Detrás del centenario polaco

Marcha de Independencia de este año (Fuente: Sean Gallup-Getty, publicada en The Guardian).

Breves reflexiones en torno a los 100 años de la independencia de Polonia, celebrado el domingo 11 de noviembre.

 

El sábado pasado viví algo extraño. Algo desconocido hasta ahora para mí, cuyo significado me ha dejado pensando hasta hoy: una reunión entre amigos se canceló por miedo a ser violentados en la calle. Por ser distintos. Por vernos diferentes. Foráneos. Tres inmigrantes hispanohablantes convinieron en que lo mejor era dejar esa reunión amena de pizzas y cervezas para otra ocasión. Todos los días se posponen eventos o encuentros, pero nuestras razones rayaban ahora entre lo ignoto y una necesidad elemental: el bienestar físico -y acaso psicológico-.  Lo frustrante de pronto fue la expectativa. Habíamos pactado esa reunión desde hace días y era probablemente el único día del mes que coincidíamos todos. Un día antes del 11 de noviembre. El día de la independencia de Polonia.

Sí. El pasado domingo se celebró el centésimo aniversario de la Independencia de Polonia, que en 1918 recobró su autonomía tras 123 años de estar invadida por tres potencias europeas: Rusia, Prusia y el Imperio austrohúngaro. 100 es un número redondo, preciso, casi mágico. Un siglo de cualquier cosa es digno de festejarse, y el país que ahora me acoge lo hace con intensidad: alrededor de 200 mil ciudadanos de toda la nación emprendieron una marcha por las calles del centro de Varsovia. Quizás sea el evento público más grande desde la caída del comunismo en 1989. Una desmedida aglomeración que en efecto aconteció sin mayores escándalos -a diferencia de la marcha en Breslavia y sus tres heridos-, pero aquello no la distanció de la controversia. La marcha de este año fue al principio una iniciativa de los grupos de ultraderecha, que protagonizan este evento desde el 2009. Sin embargo, dada la experiencia del año pasado, la alcaldesa de Varsovia y miembro importante de la oposición, Hanna Gronkiewicz-Waltz, decidió cancelar la marcha.

¿Qué sucedió el año pasado? Más de 60 mil polacos se reunieron concentrados bajo lemas conservadores como “Queremos a Dios”, “Polonia Católica, no secular”, y otros de carácter nacionalista o incluso xenófobos como “Polonia pura, Polonia blanca”, “Lárguense con los refugiados” o “Muerte a los enemigos de la patria”, generando actos de violencia y despertando el rechazo y vergüenza internacional, en especial para con la Unión Europea.

Pero este año la marcha ocurrió. Las organizaciones ultranacionalistas del país protestaron en favor al derecho a la libertad de expresión, un tribunal denegó la prohibición de la alcaldesa y el gobierno, dirigido por el partido conservador y de extrema derecha católica Ley y Justicia (PiS por su acrónimo en polaco, Prawo i Sprawiedliwość) decidió que se daría una nueva marcha en la que participen todos los polacos. Se trató de un acuerdo apremiado y desesperado entre el Presidente Andrzej Duda -títere de Jaroslaw Kaczynski, líder de PiS- y los grupos radicales de ultraderecha. La idea de esta marcha conjunta es por un lado descabellada y aterradora: El Presidente recorriendo el centro de la capital de la mano con los fanáticos fascistas y antisemitas; mas por otro lado, puede verse para muchos como una solución ideal: todos marchando juntos. No olvidemos que miles de las personas que marchan no guardan ninguna simpatía o tienen nada que ver con las organizaciones radicales, son solo polacos patriotas contentos de celebrar y pasear con la bandera. “La decisión de la alcaldesa fue una bendición para Duda y el gobierno porque permitió que la oposición liberal tomara la culpa de los nacionalistas por prohibir su marcha, mientras evitaba la posibilidad de que se celebrara un festival neofascista en el centenario de nuestra independencia”, opinó al The Guardian Michał Szułdrzyński, periodista y columnista del diario Rzeczpospolita.

Así, el pasado domingo 11 de noviembre la marcha por la Independencia aconteció sin mayores episodios. Una caminata de exorbitante dimensión, pero curiosamente calmada en comparación a la de años anteriores, considerando que destacó por la presencia de distintos grupos de extrema derecha polacos y del exterior: ultranacionalistas húngaros, italianos y eslovacos arribaron para apoyar a sus hermanos polacos en su gran odisea contra la diversidad y la posibilidad de un mundo sin barreras.

***

Tan fugaz o improbable como haya sido la posibilidad de que suceda, nunca me había detenido a preguntarme si es seguro salir de mi casa a ver a mis amigos. Sabíamos que los seguidores de estas organizaciones ya rondaban el centro desde la noche anterior, cuando pensábamos vernos. Soy de Lima y conozco mi ciudad natal, con muchos de sus distritos afamados por su peligrosidad, pero esta es una sensación distinta. No van a hacerte daño porque quieren tu billetera o celular, tan solo porque te ves diferente. Conocidos, otros amigos y los medios de comunicación conllevaron a que nos hagamos la pregunta: ¿es seguro salir este sábado, unas horas antes de la marcha del 11 de noviembre? Un sudaca peruano de 30 años que podría pasar sin problemas como alguien de distintas etnicidades, pues, rayos, tuve que contemplar cualquier escenario, a regañadientes, prefería ignorar esta realidad y divertirme. Al final me quedé en casa.

Y no me arrepiento. Fui a un cine cercano con mi esposa y vimos Bohemian Rhapsody (vivo muy lejos del centro). Fue una noche amena. De regreso, mientras cruzábamos la avenida Modlińska para llegar a nuestro paradero de bus, observé una caterva menuda y excitada, aguardando en el paradero con sus banderas polacas, aquel blanquirrojo tan familiar regodeándose en el cielo nocturno. Olvidé la tertulia cinéfila y me alerté de pronto, cual gato erizado. Mirándolos de soslayo en tanto seguíamos cruzando la gran avenida divida por una berma central, le pregunté a mi esposa si creía que debíamos tener cuidado. Ella no tenía idea. Cruzamos la pista y pasamos junto a estas personas con cautela: nos miraron felices, alzando las banderas, y se metieron en el siguiente bus. De quedarse un rato más, quizás nos habrían abrazado y cantado el himno. Fue algo irrisorio al inicio, pero ya en el bus camino a casa, empezamos a reflexionar sobre lo acontecido. “¿Cómo es posible que al ver a personas felices con la bandera polaca nuestra primera reacción sea estar a la defensiva?” se preguntó mi esposa. “¿Cómo es posible que mi esposo haya decidido quedarse en casa en lugar de salir a divertirse con sus amigos en el centro por temer ser perseguido o golpeado en la calle?”, agregó indignada. Esas preguntas, descubro en este momento, motivaron estas palabras.

***

Perú es un país de muchos matices. Tanto qué decir. Quizás por ello a veces uno no quiere decir nada. Y entre ese caos, Perú también es un país racista. Un racismo que descansa en las entrañas de nuestra historia, cultura y educación. Un racismo estructural. Marco Avilés ha profundizado mucho en este tema estos últimos años, y de él recojo ahora una definición acertada de la palabra ‘inmigrante’, en su libro No soy tu cholo (2017): “un inmigrante es todo aquel que se muda a vivir a una tierra que no es la suya, dice el diccionario. Pero, en la práctica, esa palabra se usa en un solo sentido: para señalar a los que nos movemos del sur hacia el norte. Es decir, para etiquetar a los latinos, a los africanos y a los asiáticos y a todos los que venimos a vivir y a trabajar a los llamados países desarrollados. Los latinos jamás usamos esa palabra salvo para nombrarnos a nosotros mismos cuando estamos en el exilio”.

Manifestación contra el Gobierno del PiS en Varsovia, 2016 (Fuente: Paweł Supernak / María Sahuquillo / QUALITY. Publicado en El País).

Esto me remite a un episodio insospechado. Durante gran parte de mi primer año en Polonia estuve dando clases privadas de conversación en español e inglés. Ella es una adolescente de 15 años, la primera alumna de su clase, de una familia acomodada, polacos de provincia mudados a la capital, viviendo en uno de los distritos más caros de la ciudad. Gente decente que ha trabajado mucho para llegar a la posición social y económica que representan, y quieren que sus hijos tengan todas las oportunidades que ellos ni concebían. Por esa misma razón, quizás la protegen demasiado. Ella tiene todo el mundo en sus manos, y sin embargo, no sabe nada de él. Iba tres veces a la semana a darles clases a ella y a su hermano menor, por separado. Solía organizar temas que planteaba para la reflexión y el debate en inglés. Una tarde llegué a su casa y le hablé sobre el conflicto en Siria y la realidad de los refugiados por la guerra civil, centrándome en el caso de Rania Mustafa Ali, una valiente muchacha siria de 20 años que se hizo famosa por registrar su odisea escapando de su país hasta llegar a Austria. Una chica aficionada a Spotify, 9GAG y Game of Thrones. Alguien como ella. Cuando terminamos de hablar del tema, mi alumna estaba conmovida, asombrada y encantada. Al decirle que ahora Rania es una inmigrante en Europa, como yo, Natalia se pasmó de repente. Frunció sus ceños y abrió los ojos, pálida.

– ¿Qué? ¿Tú eres un inmigrante?

– Claro. Soy alguien de Perú que se ha mudado a otra parte del mundo.

– Lo sé. Pero no entiendo, tú no eres un inmigrante.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque los inmigrantes son terroristas, ¿no?

Pude ver en su rostro que realmente estaba extrañada. Me tomó cierto tiempo y paciencia explicarle que tales palabras no eran sinónimos. Ella era una esponja, preguntaba y me escuchaba con atención. A la mañana siguiente recibí un mensaje de texto suyo, agradeciéndome por enviarle el link del video de Rania e informarla sobre tantas cosas. Me dijo que había llorado con la crónica de su viaje, y que lo había mostrado a sus padres. Esa clase fue reveladora para ambos: ella aprendió un poco de lo que pasa en el mundo y yo medité en cómo la desinformación también puede llevarte -acaso por accidente- a pensamientos u opiniones xenófobas o racistas.

Volviendo al párrafo de Avilés, pues si uno es honesto, identificarse con él y su discurso no entraña dificultad: todos hemos sido discriminados y hemos discriminado. Hemos choleado y sido choleados, y existe un rechazo al extraño, al inmigrante del cual somos muchas veces inconscientes. Aquí en Polonia soy un inmigrante, sí, pero lo extraño o interesante es que aquí el racismo hacia el inmigrante no es algo invasivo y sistematizado. No forma parte del día a día. La totalidad de los polacos de mi entorno no caerían bajo esa categoría, de eso estoy seguro. Pero los grupos ultranacionalistas, neofascistas, conservadores radicales de extrema derecha o como quieran llamarlos, o cualquier individuo que comparta sus ideales, no están escondidos y tampoco están en todas partes. Los puedes cruzar en la calle, sí, y te van a mirar con una reprobación verdadera y fatal. Te podrán decir algo, agredirte verbal o físicamente y joder tu día de alguna forma. No hay mucho misterio en su existencia, tan solo es directa y lamentable.

***

En junio del 2017, un grupo de escolares musulmanas de Alemania viajaron a Polonia para visitar los homenajes y lugares de memoria sobre el Holocausto, y fueron víctimas de racismo por parte de la población. Un hombre se acercó a una de ellas y le escupió en el rostro, en frente de un policía que no se inmutó. Otra fue obligada a retirarse de un supermercado porque ‘perturbaba a los clientes’ cuando hablaba persa por su smartphone, entre otros sucesos igual de deplorables. La triste ironía de ir a visitar y recordar una de las memorias más brutales de discriminación en la historia de la humanidad y ser víctimas de lo mismo, de aquello que intentan repensar o reflexionar… Y Jarosław Gowin, el Ministro de Educación, solidarizándose con la violencia, sosteniendo que “toda nación y su gente tiene derecho a protegerse a sí misma de la extinción”. Como si estos 72 años de problemas, cambios e ideas no significaron nada en este país.

Visitantes del ahora museo de memoria de Auschwitz (Fuente: Maciek Nabrdalik, publicado en The New York Times).

El polaco Donald Tusk, actual presidente del Consejo Europeo, advirtió hace unos días que la administración de PiS podría empujar Polonia hacia el desenlace que cada vez más de sus ciudadanos denominan Polexit: la hipotética salida del país de la Unión Europea. Leyes orwellianas como la reforma del Tribunal Supremo, el rechazo abierto a la aceptación de refugiados o la polémica ley que castiga con pena de cárcel tanto el uso de la expresión “campos de concentración polacos” como el acusar a los polacos de complicidad en los crímenes de guerra de la Alemania Nazi: todo ello ha ofendido a Europa Occidental y sus ideales de igualdad y libertad de expresión. Una fisura que parece ir ganando terreno hasta detonar en el Polexit. Tal posibilidad deviene en pesadilla para la oposición al gobierno, las personas de pensamiento afín a los preceptos de la Unión Europea y los extranjeros que han abandonado las palmeras, la palta y el jugo de maracuyá para adentrarse en esta tierra y esperar moverse sin problemas por Europa, como yo.

Viví casi todo el año pasado en el barrio de Nowodwory, en el distrito de Białołęka, al norte de Varsovia. Una zona alejada, apacible, aledaña al bosque y al río. Recuerdo una noche de verano en la que caminaba hacia la tienda, quizás para comprarme una cerveza o un chocolate, cuando me topé con unos grafitis que decoraban un paradero de bus cercano a mi casa. No estaban ahí antes. Me aproximé para revisarlos. Mensajes xenófobos y homofóbicos en polaco: “jódanse homosexuales”, “afuera los musulmanes”, rematados por la infaltable caricatura de un pene.

En otra ocasión, meses atrás, regresaba a casa en el metro. Salía del trabajo. Era casi la medianoche de un día excitante para los polacos: jugaba el Legia de Varsovia, el club de fútbol más importante del país. Estaba leyendo Pánico al amanecer (1961), de Kenneth Cook, cuando se escucharon unos gritos. Dos tipos habían entrado en la estación Świętokrzyska. Saltaron felices hacia nuestro vehículo desde los andenes. Llevaban casacas de cuero, jeans, cabezas rapadas, una encapuchada y la otra descubierta, y botellas de cerveza en las manos. Todos volteamos a mirarlos de inmediato, extraviados entre la incomodidad, el temor y la estupefacción. La barra brava polaca. Los hooligans del Legia. “Ya me cagué” pensé en el acto. Cogí mi mochila, que descansaba entre mis piernas, la coloqué junto a mí, anticipando una carrera, y pretendí seguir leyendo en tanto los observaba con el rabillo del ojo. Me había quedado en un momento crucial del libro: el protagonista, un profesor perdido en un pueblo del outback australiano, es obligado a participar en la caza de un canguro y se descubre horrorizado de sí mismo al disfrutar el acribillamiento del animal. Casi al frente de mi asiento, otro inmigrante, presuntamente de la India, evitaba mirarlos y simulaba escuchar la música de sus audífonos. Intercambiamos una mirada cómplice, seria, y continuamos nuestro teatro silente. El par de fanáticos lanzaba gritos guturales de éxtasis. Nunca avanzaron: se detuvieron junto a la entrada por la que ingresaron, muy cerca de mí, y continuaron su canto, cogiéndose de una de las barras de metal verticales. Una suerte de himno feroz enfatizado por el alcohol, cuyo ritmo era familiar mas cuya letra jamás había escuchado: alaridos que repetían la frase “Żydzi do gazu” (los judíos al gas) y seguidas siempre del estribillo “Auschwitz-Birkenau”. Gritaban con más intensidad cuando de pronto se soltaron de la barra: uno introdujo la botella en el bolsillo de la casaca y empezó a saltar extendiendo los brazos cual gorila. Con cada salto tocaba el techo del metro y en cada caída resonaba el suelo en un pisotón, provocando un breve temblor. El otro empezó a golpear las ventanas y cualquier parte lateral del metro, despertando el mismo alboroto. Todos evitábamos sus miradas. Minutos después, en la estación del metro Marymont, salieron de nuestro metro riéndose a carcajadas. En todo el trance nunca dejaron de gritar aquel himno racista, repitiendo el nombre del campo de concentración y exterminio nazi más célebre de la historia. Un breve trayecto de terror gratuito.

El presidente polaco, Duda, hablando sobre una “unión entre todos los polacos” (Fuente: Agata Grzybowska Agencja Gazeta, via Reuters).

A fines del año pasado, asistí con mi esposa a un cumpleaños en Varsovia. Una fiesta en un departamento. Conocía a poquísima gente, y como siempre sucede por aquí en tales reuniones, mi apariencia distinta llamaba la atención del resto. Entre ellos percibí que un par me miraba con desconcierto, pero al escucharme contarle a otros de dónde provenía y responder preguntas sobre el español, el quechua, Machu Picchu y las llamas, se aproximaron amistosos. Conversamos un rato de viajes, comida peruana -uno de ellos sentía gran curiosidad por la ingesta del cuy en Perú, pues aquí es visto como una tierna mascota-, cervezas, bimber, videojuegos, películas y no sé en qué momento la tertulia viró hacia Polonia y los inmigrantes. Uno de ellos afirmó que estaba orgulloso de que Polonia rechace participar en la repartición de refugiados. Así empezó:

– ¿Pero cómo puedes decir eso?

– Porque son peligrosos.

– Mira, es que no puedes generalizar así. Esta situación de alarma ya tiene sus años, y muchas vidas inocentes se han perdido, y muchas necesitan ayuda.

– Eso es mentira, Diego. ¿Tú prefieres que Polonia abra sus puertas como Alemania o Francia, digamos, y después hayan atentados en el metro o bombas en centros comerciales? Yo me preocupo por mi país.

– Pero esos son incidentes particulares: no puedes decir que todos los refugiados son peligrosos, hay niños, madres, ancianos.

– Los niños están adiestrados. Las mujeres también. Pretenden ser pobrecitos y cuando ya tienen todo el apoyo sueltan una bomba o ametrallan en la calle. No podemos confiar en ningún sirio o musulmán. Todos están entrenados y con el cerebro lavado.

– Mira, puedo aceptar esto de un viejo, pero tú eres menor que yo, tienes acceso a Internet, estudias en la universidad. ¿No entiendes que lo que dices es inaceptable?

– Hablas como un idealista. Mira, el comunismo no funciona, ¿ok? Como idea es perfecto, pero no funciona, tú piensas así pero no sabes.

– ¿Qué cosas estás tergiversando? ¿No lees las noticias? ¿No has visto los testimonios, videos, documentales? Antes de lanzarle la culpa a todos tienes que informarte, y pensar en los más inocentes.

– Esos videos están arreglados, tú no sabes porque eres de Perú.

– Y tú no sabes porque solo consumes noticias de la televisión polaca que es pura propaganda conservadora del gobierno. Lee prensa de afuera, The Guardian, The New York Times, no sé. Estás con la mente bloqueada.

En el frenesí de la discusión, no nos dimos cuenta de que estábamos alzando la voz. Los demás nos miraban aguardando una reacción. Todo esto era muy ajeno a mí, que suelo libar entre abrazos, risas y ciertos relatos divertidos. El tipo me miraba perturbado. Su compañero, más mesurado y observador, finalizó nuestra interacción:

– Creo que todos hemos bebido mucho. Mejor cuéntanos más de Perú, Diego.

– Tienes razón. Dile a tu amigo que necesita leer más, abrir los ojos. Voy a ver en qué está mi esposa.

– Mira… Yo creo que él tiene razón. La gente no quiere hablar de esto pero nosotros pensamos así. Igual disculpa que te incomodemos, él está borracho y se ha emocionado.

– ¿Tú también? ¿Y qué hacen hablando conmigo si no soy polaco? ¿Crees que tengo alguna bomba escondida?

– No, mira. Es que tú eres de Perú, todo bien. Nadie habla de Perú acá, pero los refugiados… Es la verdad.

Me quedé conversando con mi esposa y otros invitados y no volví a hablar con esa dupla durante toda la velada. Antes de irnos se aproximaron con una chica, quien se presentó como la novia del tipo con el que discutía. Me pidió disculpas y me dijo que estaba avergonzada. Los tres se despidieron y cuando me acercaba a la puerta, su novio me lanzó una última palabra en polaco que no entendí y que olvidé muy rápido. Horas después mi esposa me contó que me había llamado lewak, un término peyorativo para alguien que sigue la izquierda política. Literalmente ‘izquierdoso’. Nunca volví a verlo.

Hace unas semanas, mi esposa decidió asistir a la misa del domingo en la Iglesia cerca a nuestro hogar, en Jabłonna. Quise acompañarla, ¿por qué no? Nunca vamos, la caminata sería entretenida. Celebrada en polaco, me pasé alrededor de 40 minutos admirando la arquitectura interior y los diseños de los santos en las paredes, cuando descubrí a mi esposa gesticulando algo a caballo entre la risa y la reprobación. De regreso a casa, le pregunté qué le había disgustado del sermón del cura. Al parecer, terminando la misa, había contado brevemente la historia de una pakistaní católica condenada a muerte por hablar de Jesucristo. Asumo que se refería al caso de Asia Bibi. “Nosotros los católicos somos la religión mas oprimida del mundo. Así como ahora está de moda defender los derechos LGTB y el islamismo, tenemos que ser valientes como ella y defender nuestra fe católica dónde sea”. Hasta ahí no suena del todo mal, hasta su última frase: “después de todo, ¿quién es ese tal Mahoma? ¿Qué cosa hizo que es tan importante? Nada”.

Uno puede toparse con cavernícolas en dónde sea.

***

Veo algunas de las noticias sobre la marcha del domingo 11 de noviembre. Una fotografía de un miembro de la organización ultranacionalista Juventud de Toda Polonia (en polaco Młodzież Wszechpolska) quemando la bandera de la Unión Europea. Un video donde otro ultranacionalista enmascarado persigue, insulta y ataca a una periodista, amenazándola y golpeando su equipo. ¿Por qué vivimos esto? Conversaba hace unos meses con un amigo peruano muy cercano, miembro de la Academia Diplomática, quien me propuso que debe tratarse de un temor oculto en perder aquello llamado ‘identidad polaca’. Polonia es un país cuya historia se resume en gran parte en invasiones como las alemanas o rusas: dos naciones con identidades muy fuertes y gobiernos líderes hasta el día de hoy. “Si a esto le agregas la fuerte identidad que proyectan los musulmanes -agregó-, estas reacciones violentas pueden ser más comprensibles”. Un punto relevante, ciertamente. Mi actual casa es un país de gran historia y escenario de episodios extremos. Polonia fue prácticamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y la secuela de ello fue acaso peor: los tiempos de control bajo el bloque comunista, hasta 1989, más frescos en la memoria colectiva.

Miembros de los ultranacionalistas de Młodzież Wszechpolska quemando la bandera de la UE (Fuente: Twitter de la organización).

Y sin embargo, si bien coincido en que quizás haya cierta comprensión desde una perspectiva académica, histórica o de las ciencias sociales, creo a la vez que el odio a otros pueblos o etnias es algo inadmisible que no puedo -y no debemos, diría- tolerar bajo ningún razonamiento. Que tanta gente se sienta libre de proclamar sus inclinaciones xenófobas y racistas es una locura. Por otro lado, uno no se sorprendería mucho si se tratara tan solo de la población de la tercera edad, gente de otra época y en no pocos casos con otra perspectiva de la sociedad en la que viven, pero no es así: son muchos los adolescentes y jóvenes menores que yo que siguen a ultranza estas convicciones. Y se sienten apoyados por la actual administración del gobierno, una realidad acaso más insana e indignante. Diría que la presencia de PiS ha motivado a estas personas a expresarse sin tapujos. Una extraña falta de empatía y tolerancia que proviene de un país supuestamente democrático y liberal.

***

En una de las crónicas de La jungla polaca (1962), Ryszard Kapuściński se esfuerza en describir a unos africanos de un pueblo de Ghana que ‘no todos los blancos tienen colonias’: “hubo un tiempo, no hace mucho, en que mi país fue una colonia. Tengo mucho respeto por el sufrimiento de todos ustedes, pero debo decirles que lo nuestro fue terrible: había tranvías, restaurantes y barrios ‘solo para alemanes’. Había guerra, ejecuciones, campos de concentración… Aquello se llamaba fascismo. Es el peor de los colonialismos”.

Édición en español de ‘La jungla polaca’ (Anagrama, 2010).

En el mismo texto, Kapuściński  agrega: “detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Qué blanco significa más importante? Al menos hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta”.

Perú, como Polonia (o como tantos países de África, pensando en la cita anterior), también fue una colonia. Alrededor de 290 años. Polonia 123. Hemos atravesado el genocidio de la conquista de los españoles, la guerra por la independencia, los años de dictaduras militares, el conflicto armado interno, el fujimorismo. Somos un país que sigue levantándose. De posguerra, posdictadura. Pienso en mi país y en la imposibilidad de describirlo: lo bueno, lo malo, lo extraño, lo bello. Todavía no estoy preparado. Al mismo tiempo, pienso en Polonia y ensayo una descripción sin éxito: sus bosques y montañas, sus lagos y ríos, beber una cerveza a orillas del Vístula, errar por las frondosidades del parque Łazienki, ver una película en Muranów, perderme en el bosque de Pałac, los tranvías y el metro, pierogi y zapiekanka, la generosa cantidad de restaurantes vegetarianos en Varsovia, los infinitos campos de rzepak en la primavera de Podlasie, la nieve en Zakopane, la gente amable y maravillosa que he conocido, mi familia política y mi querida esposa…

Polonia tiene mucho qué darme, solo espero que antes no se resbale.

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