El siniestro encanto de la infancia: Big Baby

Cómics/Novelas gráficas, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 30 Noviembre, 2018

Portada del volumen compilatorio de los cómics de 'Big Baby'.

Horror moderno y urbano en uno de los cómics más tempranos del inefable Charles Burns.

 

Oscuro. Inocente. Cruel. Necio. Tierno. Los adjetivos que me remiten a la existencia de este niñato –como le llaman en la versión traducida de Ediciones La Cúpula (2005)-, rayan entre lo infantil a lo macabro. Una dualidad acaso no tan extraña. Tony Delmonto se olvida del mundo real que tan poco conoce y se deja invadir por su vasta imaginación, libre en la soledad de la sala de estar o en su dormitorio, devorando cómics y programas de TV cuya insondable oscuridad es solamente comparable a la sucia y siniestra realidad en derredor.

El pequeño Tony, amo y señor de un reino encarnado en dinosaurios, extraterrestres, robots, cohetes, soldados y demás tipos de monstruos. El pequeño Tony, ávido de misterio, aventura y horror, mas también deseoso de indagar en la vida de los otros, donde refleja todos los elementos y situaciones sobrenaturales que conforman su lóbrego universo.

El pequeño Tony, el Big Baby, es el protagonista de una serie de historias homónimas del cáustico estadounidense Charles Burns (el mismo loco de la aterradora y fantástica Black Hole, con la que lo descubrí muy tarde, sin duda su magnum opus). Publicadas en la década de los ‘80 en la legendaria revista Raw de Art Spiegelman y compiladas en un libro por vez primera en 1999, Big Baby no se distancia de esa influencia por el cine de terror serie B, los cómics de horror, ciencia ficción, los pulp fiction de la primera mitad del siglo XX o la novela negra, elementos que caracterizan a este historietista e ilustrador cuya visión fue descrita por Sammy Harkham -otra figura prominente en el cómic norteamericano moderno, acaso más joven- como “un paralelo inquietante entre los mundos de David Lynch y Lovecraft, con una realidad trastornada, amenazadora, y siempre de una familiaridad suficiente para sentirse casi verdadera”. [1]

Retrato de Charles Burns por Sammy Harkham, publicado en VICE (1/12/2010).

En el caso del curioso Tony, Burns afirma que en parte se trata de un relato autobiográfico: “… Big Baby es en muchos aspectos un retrato abstracto de mi propia infancia, de mi crecimiento en una familia de clase media norteamericana. A ambos nos gustan los mismos programas de tele, los mismos juguetes, y ambos tenemos una febril imaginación que a veces nos mete en problemas”. [2] Se trata de un cómic imperdible para los seguidores de Burns, donde ya podemos ver muchos de los conceptos que más tarde desarrollaría con profusión y excelencia en novelas gráficas como Black Hole o la trilogía de Last Look.

Cualquiera puede sentirse identificado leyendo Big Baby. Acaso existan algunos niños que no posean mentes tan recalcitrantes y calenturientas como las de Tony, mas todos hemos tenido –algunos en mayor medida-, ese llamado inmortal por controlar aquellas historias que nos atraen, apropiarnos de ellas y plasmarlas en la aburrida cotidianeidad de nuestra infancia. Aquello tiene como aditivo la tórrida intriga del sexo, cuestión ajena y difusa para todo párvulo, mas no por ello menos atrayente.

Sin embargo, para Tony, todo esto deviene en ‘descubrir sin descubrir’ que su contexto aparentemente normal es el paradigma perfecto de su propia ficción. Su lúdico e infernal interior deja de ser tan creepy en tanto vemos cómo la gente que lo rodea -familias o personas modelo de la clase media norteamericana- son fieles homólogos de todo aquello que engendra su imaginación. Cuando digo ‘descubrir sin descubrir’ hago referencia al intenso hecho de que, si bien Tony es testigo de diversas atrocidades que evidencian la purulenta vorágine en la que se halla sumida la realidad -o al menos, la realidad bajo el perturbado y magistral lente de Burns-, al final del día es un niño inocente, y cree que todos forman parte de la fantasía que él va armando.

Página de ‘Teen Plague’ de la versión en inglés de ‘Big Baby’.

Aquello puede verse en historias como Teen Plague o Blood Club, entre otras, donde Tony palpa una sociedad americana en furtiva degradación con episodios que van desde la violencia conyugal o enfermedades venéreas hasta homicidios secretos, siempre a través de su perspectiva terrorífica y sobrenatural. Tan intensa llega a ser esta manifestación de alternancia entre realidad siniestra estándar-monstruosidad infantil de Tony, que el lector termina ya no riendo ante las osadas travesuras de Big Baby, sino perturbándose lentamente, adentrándose con incomodidad en esa maldad naturalizada, encarnada en esa paranoia narrativa que Tony se esfuerza en acometer ¿Es que realmente está pasando todo lo que ve?

Para abstraernos en la descripción propongo el relato Curse of the Molemen (La maldición de los Hombres topo): en este cómic, Tony sale a jugar al patio y se topa con unos obreros cavando un gran hoyo en el jardín de los vecinos. Cuando les pregunta qué están haciendo, uno de ellos juega con el niño y le dice que están ‘buscando un tesoro de unos monstruos’. Tony lo toma con mucha seriedad: hay un tesoro escondido bajo el jardín de los vecinos, y él debe encontrarlo. Aprendemos luego que están construyendo una piscina, y que el vecino sufre de una celotipia cuya intensidad abraza la psicosis. Teme un amorío entre su esposa y los obreros, y jura que la única solución a tal ofensa sería asesinarla. En su intento de vivir la aventura y ser el héroe, Tony se adentra en un túnel dentro del hoyo y descubre a un hombre prisionero de unas criaturas monstruosas. Tras emerger despavorido se da de bruces con la vecina, atraída por el ruido en plena madrugada. Tony la abraza asustado y la visión de ella en los brazos de otra persona es suficiente para el enloquecido esposo, quien desde la distancia coge su revólver y se prepara para castigar aquella infidelidad desdibujada e inexistente. Los padres de Tony escuchan un tiroteo y al acercarse encuentran a Tony con la vecina, también armada y sorprendida ante su esposo muerto. Había respondido al disparo misterioso con otra descarga de su propio revólver, obsequiado por su cónyuge y que carga cada vez que está sola en casa. Al día siguiente los obreros leen divertidos los diarios que hablan de la esposa asesina cuando Tony los interrumpe: “me mintió sobre el tesoro de los monstruos”. “¿De qué estás hablando, niño?”, responde aquel que habló con Tony al inicio. “No debió haber mentido”, replica. Fin.

Última página de ‘The Curse of the Molemen’ en la edición española de ‘Big Baby’.

Raro, ¿verdad? Tony interactúa sin saberlo con algo muy oscuro y triste que sucede con secretismo en no pocos matrimonios: la violencia conyugal y el uxoricidio. Ello contrastado con la imaginación del niño, sus alucinaciones de monstruos bajo el agujero y aquel hombre en cautiverio pidiéndole ayuda. ¿Fue real? En una entrevista de 1992 de The Comics Journal, Burns profundiza en este cierre:

“Fue como si Big Baby tuviera una comprensión más amplia del mundo adulto. Cuando ves por primera vez a los hombres que están trabajando en esta piscina, ellos se burlan de él y le siguen la corriente a su fantasía sobre los monstruos subterráneos. Al final está acusando al mundo adulto. Está aprendiendo que no es lo que parece… Vemos en esa viñeta que él ya empieza a ver lo que subyace a la realidad adulta, y no le gusta lo que ve”. Más adelante en la entrevista, Burns responde sobre la idea de Tony como un niño con tendencia a distorsionar toda información, incapaz de un crecimiento psicológico normal: “Así lo uso como personaje. Siento que es un tema al que siempre retorno: él funciona como un ingenuo que sobre el mundo adulto, aprende el lado malo”. [3]

Como el mismo autor sugiere, Tony Delmonto vive una contradicción: contempla el mundo de manera inocente y pueril, pero ese mismo sendero de exploración es también un descenso moral, al concebir sus actos y lo que presencia como algo esperable. Así, Big Baby nos obsequia retazos de la vida de un niño grande que envilece con cada viñeta, en tanto deslumbra febrilmente con el horror, la impudicia y una naciente sexualidad. Son elementos con los que nos identificamos indefectiblemente, desde lo más profundo de nuestras ficciones infantiles, donde lo grotesco, lo fantástico y lo sensual recorren el mismo camino nebuloso a través de la cotidianeidad, en un grito eterno y desgarrador imposible de escapar, no por impotencia, sino por una razón acaso más confusa y subconsciente, propia de estos años de descubrimiento: porque no queremos.

Página de ‘Blood Club’ de la versión en inglés de ‘Big Baby’.

 

***PUEDEN ECHARLE UN VISTAZO al cómic en este video preview del Flickr de la editorial Fantagraphics.

 

[1] Traducción y edición mía del siguiente párrafo de Sammy Harkhamen en una entrevista a Charles Burns para VICE (1/12/2010): Charles Burns is the author and artist behind uncannily creepy comic books like Black Hole, Big Baby, and Skin Deep. In his work, he’s created a world that feels like an eerie parallel to those of David Lynch and some of Lovecraft. It’s reality, tweaked and menacing and always just familiar enough to feel almost plausible. His best-known work is Black Hole, which tells the story of a group of teenagers who become infected with a horrible disease that causes disgusting mutations, rendering them outcasts who shun society and hide out in the woods. It’s a perfect allegory for the awkwardness and alienation of adolescence. It’s sort of like Dazed & Confused on a permanent dose of white blotter, like one of those never-coming-down bad trips made real. It’s a classic.

[2] Cita proveniente de un texto de Burns en la edición en español de Big Baby (Ediciones La Cúpula, 2005).

[3] Traducción y edición mía de las siguientes líneas de Charles Burns en una entrevista de Darcy Sullivan para The Comics Journal (The Comics Journal #148, Febrero, 1992) y republicada en el archivo de su web:

It was like Big Baby had a certain larger understanding of the adult world. When you first see the men that are working on this pool, they’re playing around with him, going along with his fantasy about monsters under the ground. In the end, he’s accusing the adult world. He’s learning that it’s not what it seems.

Yeah, in that one segment he’s starting to see the underbelly of adult reality, and he doesn’t like what he sees.

That’s how I use him as a character. It seems to be the theme that I keep going back to. He functions as a naive who learns about the adult world, the bad side.

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