Cuando el horror resiste: True Detective (Temporada 3, Episodios 1 y 2)

Ficción policiaca, REVIEWS, Serie de antología, Series de TV - Diego Olivas Arana - 23 Enero, 2019

Stephen Dorff como Roland West y Mahershala Ali como Wayne Hays en "True Detective" (Créditos: HBO).

Reseña del esperado retorno de True Detective

*** La presente es la primera de una serie de tres textos reseñando la nueva temporada de True Detective. Estas publicaciones contienen spoilers de cada episodio. Están advertidos.

 

Dos detectives solitarios e imperfectos que no aguantan pulgas. Un pueblo o una región alejada, profusa de paisajes. Un crimen macabro e incierto que toca muchas vidas y trasciende el tiempo. Agrégale a eso el juego con los periodos de tiempo y ya tienes los ingredientes esenciales para True Detective, la serie de antología de drama policiaco creada por Nic Pizzolatto que transformó el género y volcó en clásico moderno con su primera temporada (2014). Para muchos -incluyéndome-, ese primer vistazo a True Detective es una de las mejores historias que se han contado en la ficción televisiva. Su segunda temporada (2015), sin embargo, significó un descenso en muchos niveles y se ganó el repudio de no pocos críticos y adeptos, quizás por la ausencia del director Cary Fukunaga, cuyo estilo fue esencial en la concepción de la primera entrega. No odié la secuela con Colin Farrell, Rachel McAdams y un irreconocible Vince Vaughn, mas sí reconozco la inmensa superioridad de su antecesora. La segunda temporada había fallado, y así, Pizzolatto dejó la valla ridículamente alta para cualquier intento de revivir una serie que para muchos hubiera trascendido dejándole con una única temporada. ¿Tendríamos una tercera? Han tenido que pasar cuatro años para que tengamos una nueva entrega de True Detective. Cuatro años de rumores y noticias distantes en la web. Cuando ya había olvidado que esta serie todavía existe descubro que hace unos días se estrenaron los dos primeros episodios. Pizzolatto y sus perturbados detectives han retornado: el visionado era una prioridad, y debo admitir que me encuentro encantado. Soy presa fácil para un relato policial bien narrado y que además evoca elementos de aquella magistral primera temporada. ¿Pero qué entraña este nuevo atrevimiento de Pizzolatto? ¿Cuál es el caso y quiénes lo protagonizan?

1980: West y Hays, los nuevos detectives (Créditos: HBO).

El detective se aleja de la patrulla de investigación. Policías, civiles voluntarios y perros rastreadores siguen un camino contrario en tanto el detective parece perderse a la distancia: ido, autómata y silente cual zombi. Uno de los voluntarios pregunta por qué el detective no está con ellos. El otro detective, su compañero, le responde: “el hombre era un LRRP en Vietnam, ¿sabes qué es eso? long-range reconnaissance patrol. Lo sueltas en la jungla solo, y regresa dos o tres semanas después cargando trozos de cuero cabelludo. El tipo es como un pathfinder. Se divierte rastreando jabalíes… Si él quiere trabajar solo, por mí está bien”. El detective continúa su observación. Parece recorrer un sendero invisible para nosotros, una lectura entre las hojas solo percibida por él. Una música incómoda invade la escena: un campaneo repetido, difuso, acompañado de una sorda melodía metálica, de factoría. El detective se topa con un mirador. Sube sus escaleras con cuidado. Cigarrillos, colillas, botellas y latas de alcohol. Rezagos del desenfreno. El detective desciende y al seguir errando descubre una primera y reveladora pista: una bicicleta dañada. La captura en una fotografía y avanza. No pasa mucho tiempo para encontrarse entre los matorrales con una figura escondida detrás de un tronco. Una muñeca de paja. Lleva un ramo de flores y un velo. Una artesanía de espeluznante belleza que parece indicarle por dónde ir. El detective toma otra fotografía. El sendero lo ha atraído hasta una cueva cuesta arriba, donde puede ver otra muñeca de paja que aguarda su llegada. Parece una niña con trenzas. El detective coge la cámara para registrarla y se adentra en la cueva. Casi en el mismo momento en que enciende su linterna, ve algo que lo impacta. “Mierda”, susurra pasmado. Un niño descansa sobre una gran roca, boca arriba. Las palmas de sus manos están juntas, como si rezara en sueños. El detective le toma el pulso. Está muerto. Lo vemos fuera de la cueva contactando a su compañero: “Roland. Encontré al niño”, afirma con dificultad, trémulo y con la mirada fija al vacío. Entre el horror y el llanto.

Mahershala Ali interpreta a Wayne Hays en tres momentos de su vida (Foto: Warrick Page/Créditos: HBO).

Aquella es la última escena del primer episodio. Acaso la mejor. Pizzolatto lo hizo de nuevo, pienso, mas sé que no debo bajar la guardia, es tan solo el comienzo. No se trata de una secuela de la dupla de Rust Cohle (Matthew McConaughey) y Marty Hart (Woody Harrelson), los protagonistas de la primera temporada cuya historia se volvió de culto, sus citas devinieron en memes, su universo en un fenómeno cultural -que acaso rivaliza solamente con Fargo, si hablamos de series de los últimos años-. No. Es una propuesta distinta, sus protagonistas son complejos por otras razones, el contexto histórico es otro, el lugar de los hechos también… Aunque quizás no tanto.

 

Veamos. La nueva temporada de True Detective tiene por protagonistas a Wayne Hays (Mahershala Ali) y Roland West (Stephen Dorff), dos detectives del cuerpo de policía en los Ozarks, Arkansas, y está dividida en tres periodos de tiempo. Nos encontramos primero en 1980, donde arranca la trama cuando ambos detectives investigan la desaparición de dos niños, un crimen que marcará sus vidas. Después estamos en 1990, donde un Hays retirado del cuerpo de policía y un West convertido en teniente son citados para testificar sobre el mismo caso, ahora reabierto ante la aparición de un significativo suceso. Por último, en el 2015, los realizadores de True Criminal, una serie documental sobre el caso jamás resuelto, acuden a un ya septuagenario y debilitado Hays para entrevistarlo y pedirle ayuda.

Hays frente a la cámara para “True Criminal”: la serie documental sobre el caso Purcell (Créditos: HBO).

Los saltos entre las tres líneas de tiempo de la narración son súbitos, advertidos especialmente por la apariencia de Hays: en los ’80 parece andar por la treintena , con el cabello rizado corto y vestimenta policial; en los ’90, ya con más de cuarenta años, se ve formal en todo sentido, corte militar y camisas blancas; y en el 2015 es prácticamente un anciano. Sus gestos o mirada también distan mucho en cada tiempo: el silente e introspectivo veterano de guerra, el más relajado y seguro padre de familia y el preocupado y nervioso abuelo con problemas de memoria. Ali está interpretando a tres personajes, y con esa simple verdad ya deslumbra y se apodera de la serie con gracia.

Los episodios

En el primer episodio: “The Great War and Modern Memory”, Hays y West se adentran al caso en un crimen que definirá un antes y un después en sus vidas -o al menos en la de Hays, pues en estos dos primeros asaltos no tenemos nada de West en los otros tiempos de la historia-. Julie (Lena McCarthy) y Will (Phoenix Elkin) Purcell son dos niños del pueblo ficticio de West Finger, Arkansas. La tarde del 7 de noviembre de 1980 -el día que murió Steve McQueen, como recuerda Hays-, salen a montar bicicleta y jamás regresan. Su padre, Tom Purcell (Scoot McNairy) y su esposa Lucy (Mamie Gummer) viven juntos pero se detestan. Uno culpa al otro de la desaparición. Hays y West llegan al hogar, interrogan al padre, a los vecinos. Tom les dice que los niños se iban a ver al nuevo cachorro de un vecino. O al menos eso decían. Sospechosos por el momento: tres adolescentes que iban en un Volkswagen escarabajo morado (y que vemos luego libando cerveza y jugando con la que parece ser una de las bicicletas de los niños). Brett Woodard (Michael Greyeyes), un chatarrero que maneja un buggy y paseaba por el vecindario cuando los niños salieron. Al revisar toda la casa, los detectives encuentran revistas porno debajo de la cama de Will y un agujero en el closet de su habitación que permite espiar la habitación de Julie. Interrogado por la dupla, Tom Purcell confiesa que las revistas no son suyas y que pertenecen al primo de los niños, Dan (Michael Graziadei), quien se hospedó un tiempo en el cuarto de Will y ahora vive en otra ciudad. Otro sospechoso.

Will y Julie Purcell jamás regresan de su paseo (Créditos: HBO).

Hays and West visitan la escuela de los niños Purcell. Allí conocen a Amelia Reardon (Carmen Ejogo), la profesora de Will, quien los ayuda a entrevistar a los chicos del Volkswagen escarabajo. Wayne Hays no tiene ni la más peregrina idea de que ese caso será la obsesión de su vida durante las próximas cuatro décadas.

En 1990, Hays es citado para dar su testimonio sobre el caso Purcell. Nos enteramos que dejó el cuerpo de policía luego del caso y que este quedó sin resolver: la policía de Arkansas lo ha reabierto, mas no sabemos por qué. También descubrimos que Hays está ahora casado con Amelia, quién es ahora una escritora y ha terminado un libro de no-ficción sobre el caso. Viajamos al futuro -¿o al presente?-, al año 2015, donde un canoso y demacrado Hays, ahora con gafas y una leve cojera, tiene problemas de memoria. El caso sigue sin resolver y Life and Death and the Harvest Moon, el libro que escribió la ahora difunta Amelia, fue un best-seller y pasó a la historia como un clásico del periodismo narrativo norteamericano. Hays es entrevistado por la periodista audiovisual Elisa Montgomery (Sarah Gadon), para la serie documental sobre el caso Purcell. Vemos el descubrimiento del cuerpo de Will Purcell en 1980, como narramos al inicio. En 1990, es revelada la razón por la que se reabre el caso: unos robos en un supermercado dejaron un detalle imposible: huellas digitales de la jamás encontrada Julie Purcell.

El primer encuentro entre nuestro protagonista y Amelia Reardon (Carmen Ejogo), un personaje esencial en la historia (Créditos: HBO).

En el segundo episodio: “Kiss Tomorrow Goodbye”, tenemos a los detectives de nuevo en 1980, interrogando al chatarrero Woodward y al primo Dan. El primero les dice que es un veterano de Vietnam -Hays parece sentirse identificado al escuchar eso- y que su esposa lo abandonó y se llevó a sus hijos. Durante el funeral de Will, el primo Dan admite a los detectives que las revistas pornográficas podrían ser suyas, sin embargo, afirma haber estado ocupado el día de la desaparición de sus jóvenes primos: bebió unas cervezas y fue a casa a ver CHiPs. No recuerda ningún comportamiento extraño en los niños, salvo que solían jugar mucho afuera para evitar los gritos y discusiones de sus padres. Abatida por la pérdida, la abuela paterna de los niños aprovecha el funeral para señalar a la madre y dejar entrever que Julie no es hija de Tom.

Michael Graziadei como el primo Dan, uno de los sospechosos (Créditos: HBO).

Saltamos al 2015, donde sabemos que Hays y su hija Rebecca han perdido la comunicación desde el funeral de Amelia. En otra sesión para las entrevistas, Elisa le muestra a Hays una página web que teoriza sobre el caso Purcell, conectándolo con escándalos de pedofilia en distintos grupos de poder. “Se cree que las muñecas de paja son un símbolo de los grupos pedófilos, como las espirales torcidas” (sí, tienen que ser las espirales infernales de Carcosa del primer True Detective. ¿Nos están diciendo que la primera y tercera temporada comparten un mismo universo?).

En la línea de 1990, Hays se encuentra en un bar con Alan (Jon Tenney), uno de los policías que lo citaron para atestiguar. Comparten una cerveza en tanto hablan sobre las huellas digitales. Alan le asegura que pertenecen a la desaparecida Julie Purcell. En 1980, uno de los alumnos de Amelia le cuenta que alguien estaba obsequiando esas muñecas de paja en Halloween, y que Julie obtuvo una de dos adultos disfrazados de fantasmas. Los Purcell reciben una nota tan perturbadora como misteriosa: “No se preocupen. Julie está sana y salva en un buen lugar. Los niños deberían reír. No miren. Deja ir”. De regreso al 2015, vemos cómo el deterioro en la memoria de Hays incomoda y preocupa a su hijo Henry (Ray Fisher) y a su familia. Esa noche, un sorprendido Hays se descubre a sí mismo en el lugar donde estaba la casa de los Purcell, quemada años atrás. No guarda recuerdo alguno de cómo o por qué apareció allí. El fantasma del caso Purcell todavía lo persigue.

Scoot McNairy es Tom Purcell, el padre de los niños desaparecidos (Créditos: HBO).

Detrás de los episodios

Eso es todo por ahora. Una historia intrigante y sólida que te captura desde el inicio, con dos finales de episodios bastante satisfactorios para dejarte sediento de más (agradable reencontrarse con una serie que emite un episodio semanal, nos hemos malacostumbrado con el maratónico binge-watching de Netflix -y de los Torrents, en no pocos casos-). Ahora bien, ¿cuál es la ventaja de una serie de antología? Siendo cada temporada una historia y un cast diferente, pues diría que el recurso más asible es la autorreferencialidad. No me atrevería a decir que Pizzolatto ha calcado su primera temporada -ciertamente, no llegamos al nivel de Star Wars con A New Hope y The Force Awakens o Woody Allen con Crimes and Misdemeanors y Match Point-, pero las comparaciones sin inevitables.

Como mencioné al inicio, esta temporada ha iniciado presentándonos un todo distinto, sí, pero no encierra mucho misterio el darse cuenta el gran parecido con la primera entrega de la serie. Con la segunda temporada, Pizzolatto se alejó demasiado de la estructura y propuesta que había instalado en el debut. Esta tercera es un retorno a las raíces de la serie, evoca mucho la leyenda de Rust y Marty: los vastos bosques y ríos de Louisiana ahora son las profundas colinas y montañas de Arkansas, ambos al sur de los Estados Unidos. La sensación noir y gótica que invade la serie se intensifica en estos escenarios tal y como sucedía en la primera temporada. Las perturbadoras muñecas de paja nos remiten a aquellas tétricas esculturas -también de paja- de la primera temporada. Además, son dos protagonistas detectives -no tres como en la segunda-, ambos hombres con un pasado detrás. Todavía no sabemos mucho de West, pero Hays es un personaje complejo, dotado de muchos claroscuros: un solitario veterano de guerra convertido en detective. Cuando West revela un poco la experiencia de Hays en la jungla descubrimos que el protagonista no es solo un veterano: es un cazador. Rastrear y matar no son procesos ajenos a Hays, pero él no lo hace por placer. Recordemos la escena en la que evita que West dispare al zorro, al inicio. ¿Hay una suerte de honor entre cazadores que impide a Hays herir a un zorro? Él afirma que solo cazaría animales para comer -aquí West le increpa el hecho de disparar ratas, a lo que Hays responde que las ratas son un cáncer para el mundo y las odia. Podríamos tener más de una lectura de aquello-.

Ali como Hays en el 2015 (Créditos: HBO).

Ahondando en la relación entre ambos: nuevamente hay una alternancia entre dos detectives, no obstante, aquí existe una enorme diferencia. En la primera temporada, Rust era un detective genio conflictuado, un justiciero loco y solitario filósofo, desesperado fatalista y Marty todo lo contrario -un burdo resumen de ambos, pues hay mucho qué decir de esta fantástica dicotomía de personajes-: sus personalidades y concepción del mundo, sus creencias e ideas para afrontar la vida eran diametralmente opuestas. Muy al contrario, en esta nueva entrega tenemos a dos detectives presentados ya como amigos o al menos, buenos compañeros. Sabemos que el caso Purcell torcerá o transformará su relación en el futuro, pero estamos ante una forma distinta de proponer la interacción entre los protagonistas detectives de esta serie. Hays y West parecen conocerse desde hace mucho tiempo. Hay confianza y respeto entre ellos, e incluso se percibe cierta admiración de West hacia Hays. Un cambio extraño e interesante.

Otro elemento que ha retornado es la división de la historia en periodos de tiempo. Si en la primera temporada teníamos dos, ahora son tres, repotenciando las posibilidades narrativas de este recurso: comparten con la temporada inicial el escenario del segundo periodo de tiempo, donde son entrevistados por otros funcionarios del orden debido al crimen que dispara la historia -exactamente la misma situación que en la primera temporada-, pero además presenta este tercer tiempo donde Hays es un anciano -imagino que luego veremos qué pasó con West-. Aquel periodo de tiempo extra complejiza el relato y además lo enriquece. Si en la línea de 1990 podemos ver cómo el caso Purcell quedó sin resolver y retorna a sus vidas con fuerza, en la última del 2015 tenemos algo acaso más aterrador: cómo la obsesión por este crimen los caza a través de las décadas hasta la etapa final de sus vidas.

Un libro ficticio: “Life and Death and the Harvest Moon”, el libro de no-ficción que Amelia escribió sobre el caso Purcell (Créditos: HBO).

Se trata de una fase confusa para Hays, quien para ese entonces presenta intensos síntomas de Alzheimer: esta desmemoria es otro recurso volátil para la historia: ¿podemos confiar en los recuerdos de Hays? Pizzolatto ya confirmó que sí: “si lo estás viendo, es confiable. No voy a meterme en esos juegos con la audiencia, donde te das cuenta de que lo que viste no sucedió o era un sueño o algo así. Hays es un narrador confiable”. Sin embargo, eso no elimina la posibilidad de que alguna acción de Hays olvidada por él sea revelada o sugerida por su propia falta de memoria. Tomemos como ejemplo el desenlace del segundo episodio: Hays ignora qué lo llevó a la que fue la casa Purcell, pero su subconsciente lo ha conducido allí, ¿por qué? Ciertamente podemos confiar en lo que narra Hays, pero con seguridad diría que también podemos teorizar mucho sobre el origen de sus acciones en esa etapa de difusa senectud.

Roland West en 1980 (Créditos: HBO).

Un tema interesante que subyace a través de la historia -con énfasis en el periodo de 1980- es el racismo. En los dos primeros episodios tenemos más de una ocasión en la que el tema de la raza salta a la superficie, ya sea como un impedimento o como un sentimiento de comunión. Wayne Hays es un afroamericano en Arkansas, uno de los estados del sur del país caracterizado por una mayoría blanca en su populación, nada ajenos a episodios de discriminación o violencia racial, especialmente décadas atrás. Esta realidad tiene repercusión en la historia y en el caso. Lo vemos con la indignación de los policías cuando Hays propone interrogar e investigar a todos los vecinos: luego le dice a West que él debería hablar con los superiores, porque su voz vale menos. También en la incomodidad de Tom Purcell cuando Hays se aproxima y le toca el hombro para calmarlo. O durante una de las conversaciones entre Hays y Amelia, donde en un tono de comunidad él le pregunta “¿cómo es por aquí?”, refiriéndose con disimulo a su condición de mujer negra enseñando en un colegio de blancos, algo que ella recepta con acierto. Descubrimos que el tema es a su vez uno de los intereses de Elisa para realizar la serie documental, quien en un momento hilarante -uno de los pocos-, afirma -con el divertido talante y seguridad de un estudiante de ciencias sociales de 20 años: “me interesa la interseccionalidad de los grupos marginados dentro de las estructuras racistas autoritarias y sistémicas”. Hays responde virando la mirada hacia su hijo Henry con incredulidad.

Por último, algo relevante sobre el manejo del tiempo en relación con el aspecto visual de esta temporada es cómo la multiplicidad de periodos de tiempo da lugar a formas bellas e ingeniosas de alternar las escenas. Los tres tiempos dialogan entre sí de forma natural. Hay una conexión entre las divisiones de esta intrincada historia que nos hace sentir en ocasiones que un tiempo es la evolución inmediata del siguiente, al menos en términos estéticos o visuales. Algo que observamos en algunas escenas del primer episodio: Hays en 1980 con la fotografía de Vietnam del chatarrero, mirando al vacío y afirmando que ya se quiere ir, que es demasiado por hoy, y en el acto vemos que eso lo dice Hays en sus setentas, 2015, frente a la cámara de Elisa, extenuado por el recuerdo; o también con Hays en 1990 entrevistado por Alan sobre el caso, cuando Alan detiene la grabación cambiamos casi sin percibirlo al equipo de camarógrafos de Elisa, quienes empiezan a grabar a Hays. Así, hay muchos ejemplos de esta edición muy continuada y encauzada de un relato quizás bastante laberíntico. Uno se habitúa al cambio en la narración como si fuese un solo tiempo. Como escuchar todo el Dark Side of the Moon de un tirón.

Hays en 1990 (Créditos: HBO).

Y esto es todo por ahora. Ya volveré para hablar de los tres episodios siguientes. Por ahora, ando en vilo, aguardando más de True Detective. ¿Quién será el asesino o los asesinos? ¿El primo Dan? ¿uno de los vecinos? Me quedo con una cita del año pasado de Mahershala Ali para Esquire: “no estoy bromeando, el episodio final es la mejor pieza de televisión que he leído en mi vida”. Servido.

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