Cuando el horror resiste: True Detective (Temporada 3, Episodios 3, 4 y 5)

Ficción policiaca, REVIEWS, Serie de antología, Series de TV - Diego Olivas Arana - 15 Febrero, 2019

Las versiones ancianas de Hays (MAHERSHALA ALI) y West (STEPHEN DORFF) (Créditos: HBO).

Reseña del esperado retorno de True Detective

*** La presente es la segunda de una serie de tres textos reseñando la nueva temporada de True Detective. Estas publicaciones contienen spoilers de cada episodio. Están advertidos.

 

Continuamos con nuestra recapitulación de esta fantástica nueva temporada de la serie de Nic Pizzolatto. El último episodio emitido, el quinto, ha elevado tremendamente la historia y actuaciones. ¿Qué hace tan buena a esta temporada? No me atrevo a afirmar que supera a la primera, pero sin duda la historia de los detectives Hays y West y el caso Purcell es lo mejor que se ha visto en la televisión en lo que va del año. ¿Deberíamos quizás atribuirlo al hecho de que por primera vez Pizzolatto dirige algunos episodios (aunque solo sean el cuarto y el quinto)? Contando al creador y guionista Pizzolatto, esta temporada tiene solo tres directores, mucho menos que la anterior -diría que esa es una de las razones por las que la segunda falló, la falta de una huella, de un estilo que hermane sus episodios-, pero no menos que la primera -entera y magistralmente dirigida por Cary Fukunaga-. Aquella realidad ya es suficiente para distinguir esta tercera entrega: el amo está más presente y con más control en cada uno de sus dominios. Hay una cohesión que no llega a la gracilidad de la dupla Pizzolatto-Fukunaga, pero se aproxima con decencia.

West y Hays saliendo de la iglesia local (CRÉDITOS: HBO).

Ahora veamos qué ha sucedido en estos últimos episodios. Hacia la mitad de la temporada, surgen acaso más preguntas y sorpresas.

 

Los episodios

El tercer episodio: “The Big Never”, inicia con un primer vistazo a Roland West (Stephen Dorff) en 1990. Ahora es teniente de la policía estatal de Arkansas. Está casi calvo y se le ve con mucha confianza y autosuficiencia, muy distinto de su versión en los ’80. Al igual que su compañero Wayne Hays (Mahershala Ali), está presente en una citación de la policía, frente a Jim Dobkins (Josh Hopkins) y Alan Jones (Jon Tenney), para hablar del ahora reabierto caso Purcell. West recuerda la perturbadora nota que los padres recibieron en aquel entonces: “No se preocupen. Julie está sana y salva en un buen lugar. Los niños deberían reír. No miren. Deja ir”. La rememoración nos traslada a 1980: tras una serie de investigaciones, Wayne se da cuenta de que los niños Purcell mentían sobre sus salidas con frecuencia: nunca iban a jugar con el hijo del vecino. Hays no deja de preguntarse el porqué de esas invenciones.

Los detectives descubren que una organización caritativa llamada Ozark Children’s Outreach está ofreciendo una recompensa de 10 mil dólares por cualquier información que conduzca a la niña o a los responsables del caso Purcell. Al interrogar a uno de los representantes de la organización, Hays y West descubren que ésta pertenece a la familia Hoyt, dueños de una fábrica y distintos negocios en la zona. Lucy (Mamie Gummer), la madre de los niños Purcell, era una empleada del área avícola de la fábrica. El representante les revela que la organización existe desde que el presidente, el señor Hoyt, perdió a su nieta unos años atrás. Hoyt no está presente para interrogarlo: se encuentra de safari en África desde hace unos meses. Hays y West se retiran con cierta desconfianza.

“Do not worry. Julie is in a good place and safe.. The children shud laugh, do not look, let go” (CRÉDITOS: HBO).

Durante una de las excursiones en la zona donde se halló el cuerpo de Will Purcell, Hays descubre unos dados entre el follaje y un bolso con juguetes. Unos metros cerca de allí se topa con una roca ensangrentada. Hays concluye que el niño murió allí y alguien transportó su cadáver a la cueva. Junto a West, tocan la puerta de la casa próxima al sendero junto a la roca. En la casa no parece vivir nadie más que un granjero ya mayor, quien les revela que el día de ayer fue visitado por otro policía, un hombre blanco con traje que le mostró su placa y le inquirió sobre los niños desaparecidos. El granjero les repite lo que le dijo al policía: que sí ha visto a esos niños unas cuántas veces, adentrándose en el bosque en sus bicicletas. Luego agrega que también a avistado un sedán marrón en el bosque, manejado por un hombre negro y una mujer blanca. No recuerda más.

De noche en casa de los Purcell, Hays encuentra una foto de la primera comunión de Will en la que sale en la misma posición en la que se halló su cadáver.

Will y Julie Purcell (CRÉDITOS: HBO).

Brett Woodard (Michael Greyeyes), el chatarrero nativo americano y veterano de Vietnam, es emboscado por un grupo de vecinos de West Finger, quienes lo golpean y dejan malherido, exhortándolo con odio a que no vuelva jamás al vecindario y se aleje de sus hijos.

De vuelta a 1990, Amelia (Carmen Ejogo) le propone a su esposo Hays acercarse a los policías de la zona para preguntarles del caso de robo en Walgreens donde se registraron las huellas digitales de Julie Purcell. Cree poder sacarles información valiéndose de su condición de mujer y escritora. Hays vacila. Cuando le preguntan por su relación con Hays, West admite que desconoce por qué no se han vuelto a ver desde la experiencia con el caso. “No hubo nada malo entre nosotros. Éramos buenos amigos, yo lo veo así. Creo que, una vez que dejamos de trabajar juntos, simplemente dejamos. A veces pasa así con la gente”. Amelia le cuenta a un nada complacido Hays que salió a cenar con los policías locales para averiguar sobre Julie y Walgreens: se cree que era una cliente pues sus huellas se encontraron solamente en el área de cosméticos, y hay una posibilidad de que le permitan ver el material de las cámaras de seguridad. Hays no tolera la forma en la que su esposa concibe el caso y terminan discutiendo.

El interesante cambio en el personaje de Tom Purcell (CRÉDITOS: HBO).

West pasa por la casa de un reformado, sobrio y ahora religioso Tom Purcell (Scoot McNairy), quien se encuentra muy sorprendido por la posible aparición de su hija. Tom menciona la muerte de Lucy en 1988 y lo invita a rezar en su sala.

West y Hays se reencuentran en un bar, donde West le propone a su antiguo compañero volver a la policía y unirse al caso. Hays acepta.

En el 2015, los doctores confirman que los problemas de memoria de Hays han empeorado. En otra de las grabaciones para la serie documental True Criminal, Elisa (Sarah Gadon) le informa a Hays que muchos de los vecinos de la comunidad afirmaron jamás ser interrogados por la policía, a pesar de haberse dado un escrutinio general por el caso Purcell. Elisa agrega que algunos residentes fueron interrogados más de una vez, lo cual torna más extraño el dejar de lado al resto. Dos de ese grupo afirmaron por separado haber visto un sedán marrón muy lujoso pasearse por el vecindario el día del asesinato, algo que no es mencionado en ninguno de los reportes. Elisa continúa: otro vecino, Charles Snyder, sostiene que dos semanas antes del caso, él reportó que su hijo y un amigo habían visto a un hombre negro con una cicatriz en el ojo, en traje, cerca del lugar donde ellos jugaban, en Devil’s Den. Nadie lo cuestionó sobre el tema. Hays escucha alterado, evocando la idea del sedán marrón y las huellas de un vehículo hallados en el bosque. Cuando le increpa a Elisa que le revele sus intenciones y si tienen nuevas evidencias sobre Julie, su hijo Henry (Ray Fisher) detiene la entrevista y Hays se retira, ofuscado.

Wayne Hays y Roland West: excelente maquillaje para el ocaso de sus vidas (CRÉDITOS: HBO).

En un momento de soledad en su escritorio, Hays es visitado por una visión de su difunta esposa Amelia, joven como la conoció en 1980. Ella le habla de una forma onírica y misteriosa. Profundamente asustado, Hays solo atina a repetir “Por favor no así. No así. No así”. Mientras hablan, Hays ve a sus hijos de niños jugando detrás de su esposa. Ella se aproxima y antes de esfumarse le susurra algo tan incierto como aterrador: “te preocupa lo que encontrarán… Lo que dejaste en el bosque. Termínalo”.

En el cuarto episodio: “The Hour and the Day”, empezamos en 1980, donde Hays y West conversan con el cura de la iglesia a la que asistían los niños Purcell, quien reconoce a las muñecas de paja como artesanías de una feligresa llamada Patty Faber. Hays teoriza que el objetivo siempre fue Julie y que Will murió protegiendo a su hermana menor. La señora Faber confirma que esas son sus muñecas y que un hombre negro con una cicatriz en el ojo le compró una decena, meses atrás. Los detectives siguen el rastro hasta llegar a un tal Mr. Whitehead, un afroamericano tuerto que se exaspera con el interrogatorio y arma un escándalo en su vecindario. Antes de pirarse para evitar ser linchados por la turba vecinal, Whitehead les asegura que él no es el único negro con un ojo en el área, y menciona a los “empleados de la fábrica de pollos” (presumiblemente Hoyt).

Los últimos episodios indagan más en el personaje de West, magistralmente interpretado por Stephen Dorff (CRÉDITOS: HBO).

West recoge a un derrotado y ebrio Tom Purcell de una escaramuza en un bar. El chatarrero Woodard se prepara para contraatacar a los residentes que lo agredieron. Hays y West interrogan a Freddy Burns (Rhys Wakefield), uno de los bullies del colegio y sospechoso del caso.

Una década más tarde, vemos cómo el caso Purcell tensa cada vez más la relación entre Hays y su esposa. Los detectives se reúnen con el ahora Fiscal General de Arkansas Gerald Kindt (Brett Cullen), quien con  disimulo les sugiere no seguir indagando en el caso. Hays ve a Julie Purcell, ahora una joven de 21 años, en los videos de la cámara de seguridad de Walgreens.

En el 2015, Hays le confiesa a su hijo que está revisando viejas notas sobre el caso Purcell y considera retomarlo. Henry lo contempla con total incredulidad, mas tiene que aceptar cuando su padre le dice que esta es su forma de sentirse vivo, y le pide ayuda para encontrar a West. Hays visita a Elisa, quien le informa de la desaparición en 1990 y posterior muerte de Dan O’Brien (Michael Graziadei), el sospechoso primo de los niños Purcell. En otra noche en su biblioteca, Hays parece estar divagando mientras le habla a su grabadora de voz: le dice a su hija que se arrepiente de muchas cosas, recuerda el video de Julie, piensa en el sedán marrón, en la culpa que lo invade, en su esposa y concluye en que debe encontrarse con West. Todo esto rodeado de una nebulosa tropa de soldados de Vietnam. Sus demonios lo acosan.

Para el quinto episodio: “If You Have Ghosts”, la trama parece ir consolidándose. En 1980, el chatarrero Woodward es perseguido hasta su hogar por sus agresores y estalla una balacera. Hays y West llegan en ese momento. Los vecinos y algunos policías son eliminados por Woodward. West recibe un disparo en la pierna. Hays confronta a Woodward, otro veterano de Vietnam como él, quien lo amenaza con matarlo si no le dispara. El detective acaba asesinando al chatarrero de un balazo en la cabeza.

Amelia y Hays se van conociendo en tanto participan en la búsqueda de Julie Purcell (CRÉDITOS: HBO).

Luego del tiroteo, un alterado Hays está en el hospital esperando saber sobre West, quien requiere cirugía de emergencia en la pierna. Amelia arriba preocupada al enterarse del caso, salen del hospital y terminan haciendo el amor en su apartamento.

En la destruida casa de Woodward, unos policías encuentran la mochila de Will Purcell bajo el suelo de madera de la entrada. Uno de las pruebas capitales para culpar al chatarrerro como el asesino y secuestrador del caso.

Diez años después, Tom Purcell da una declaración de prensa hablando de su hija y el reabierto caso Purcell. El alcalde Kindt afirma a la prensa que la posibilidad de que Julie Purcell esté con vida no socava la resolución oficial del caso: Woodward asesinó a Will Purcell y secuestró a su hermana menor. Hays observa molesto. Durante un interrogatorio en su casa, un ya adulto, casado y rencoroso Freddy Burns admite haber estado con Will en el bosque y deja entrever que los niños frecuentaban a alguien más. Un muchacho de la calle les cuenta a West y Hays que conoce a Julie: una joven que llegó y se unió a su comunidad juvenil callejera. Según su testimonio, Julie parecía haber escapado de alguien o algo, en algún momento mencionó un hermano perdido y solía divagar diciendo que ella es “la princesa de la habitación rosada”.

West invita a Hays y Amelia a cenar a su casa, donde vemos que todos estos años ha mantenido una relación con Lori (Jodi Balfour), una chica que conoció en la iglesia de los niños Purcell. El caso acaba siendo el tema de conversación durante la velada, para el hartazgo de Hays, quien no tolera la fascinación que produce en su esposa. La discusión continúa de regreso a casa, donde Hays le confiesa a Amelia que él cree que ella usa el infortunio de la gente como insumo creativo para su libro: “todos somos historias para ti, y nos usas para engrandecerte”. Amelia le responde que ella siente que él no la apoya y quiere que sea solamente una ama de casa, que el caso lo está absorbiendo de nuevo y es su excusa para evitarla a ella y su familia.

Notable Michael Greyeyes como Brett Woodard, un nativo norteamericano veterano de Vietnam (CRÉDITOS: HBO).

En la jefatura de policía, Hays pasa la madrugada dándole vueltas al caso y al revisar fotografías se da cuenta de que la mochila roja de Will hallada en la escena del altercado estaba en perfectas condiciones, demasiado nueva y limpia para haber estado rodeada de tanta sangre. Le informa a West que se trata de evidencia plantada y que hay alguien detrás que ha manipulado la escena y el desenlance del caso Purcell. Su compañero y ahora superior le dice que no puede hacer nada con esas pistas pues pondría en peligro tanto la posición de ambos en el caso como su carrera policial. Mientras discuten el hallazgo, West recibe una noticia: el hotline de la policía estatal de Arkansas ha recibido una llamada de alguien que afirma ser Julie Purcell. Los detectives convocan a Tom Purcell y escuchan juntos la grabación de la llamada. En ella, Julie le dice a la policia que la dejen tranquila, que no quiere saber nada de nadie, que vio al hombre en la televisión actuando como si fuese su padre -refiriéndose a la conferencia de prensa de Tom-, que quiere que la dejen en paz, y quiere saber dónde está su hermano Will, a quien dejó ‘descansando’. Cuando el policía trata de apaciguarla, ella termina la llamada. Tras escuchar la grabación, Tom rompe en llanto, sumido en confusión e impotencia.

Un cuarto de siglo más tarde, en otra de las sesiones de grabación de la serie documental, Elisa le pregunta a Hays si sabía de la repentina desaparición de Harris James, un policía que veía la escena de la masacre en casa de Woodward, quien no ha sido visto desde 1990, durante la segunda investigación del caso Purcell. Le muestra una fotografía y vemos que es uno de los policías que encontró la mochila roja de Will en 1980. Hays parece extrañado: no tiene memoria alguna del agente. De noche en su soledad, finalmente se adentra en la lectura del libro de su esposa que se rehusó a leer por décadas: en un pasaje, Amelia cita una conversación que tuvo con Lucy, la madre de los Purcell (escena que vimos en el episodio anterior), donde ella le dice que “los niños deberían reír”. Hays rebusca entre sus archivos y encuentra una copia de la nota misteriosa que recibieron los padres en 1980, con la misma línea.

Vemos por primera vez a un anciano Roland West, solo en una casa aislada en las afueras de la ciudad, viviendo con perros, fumando y bebiendo. Un vehículo se detiene frente a su casa, donde emergen Hays y su hijo Henry. Es la primera vez que estos viejos amigos y compañeros detectives se ven en 24 años. Henry actualiza a West sobre la desmemoria degenerativa que invade a su padre. A su vez, Hays le informa a su viejo amigo que Lucy escribió la nota misteriosa. West aduce que debe haber alguna relación entre ella y su antiguo jefe, Hoyt. Luego agrega que Hoyt fue a visitarle al día siguiente de “aquello que hicieron”, que estaba enterado, pero que Hays decidió dejarlo todo atrás por el bien de su familia. Hays admite que no puede recordar del todo lo que pasó. West se asombra ante el hallazgo, mas su reacción estalla cuando Hays le revela que está volviendo a investigar el caso por su cuenta y necesita su ayuda.

Julie Purcell a los 21 años (CRÉDITOS: HBO).

Entre furibundos sollozos, West se abre a su compañero: le recrimina el nunca haberse puesto en contacto, el no haberle pedido perdón. Le confiesa que esperaba que volviesen a ser amigos. Con los ojos vidriosos, Hays solo responde que no recuerda lo qué pasó. Que ya no puede recordar su vida. “Si he hecho algo malo, te pido disculpas”, agrega. West asiente conmovido. Hays insiste en volver al caso, y tras la negación de West, le dice que resolver este crimen y hallar a Julie es algo que debe hacer por Amelia, antes de que la enfermedad lo vuelva incapaz y dependiente “como una planta babosa”. West persiste en rechazar la propuesta y Hays atina en describirle un escenario: “un hombre negro de 70 años, volviéndose loco de remate, dando vueltas con una placa y una pistola… Es algo que no te puedes perder”. West sonríe convencido y contesta que un poco de risa no le haría nada mal.

Detrás de los episodios:

Yéndonos por el contenido de estos episodios hay algo que considero de pronto lo más esencial o rescatable: el retrato y profundidad de la relación entre Hays y West y, al mismo tiempo, el desarrollo de West, un personaje de gran complejidad que no se indagó mucho en los primeros episodios. Como mencioné en la primera entrega de estas reseñas, West es un tipo sencillo y más descifrable que Hays, pero la naturaleza de su personaje representa algo nuevo en True Detective: el policía campechano que sabe hacer su trabajo y guarda gran respeto y estima por su compañero. Así parece ser el West de 1980. Desde el episodio 3 conocemos las otras facetas de su personaje: West asciende a teniente del cuerpo policiaco local, le va bien económicamente, convive con una chica y trata a la mayoría como novatos en el oficio o lerdos incautos que debe adiestrar. Un arquetipo de cowboy, de macho alfa que justamente choca con el Hays de 1990, recién retornado al caso y al trabajo. Hays siempre ha sido un líder, y también encontrará trabas en su regreso a la policía y a la dupla con West. Para observar esto es acertado recordar el episodio 5, donde Hays se interpone entre West y Tom Purcell -otro personaje interesante en su evolución- para mostrarle al último la fotografía de Julie proveniente de la cámara de seguridad de Walgreens, preguntándole si la chica de la foto es su hija. Tom no puede creerlo y se muestra ya bastante conmocionado como para responder, pero Hays insiste. Aquí vemos cómo la paciencia de West llega su límite y le grita a Hays, ordenándole que regrese a la oficina. Hays se sorprende mas no cede hasta recibir una segunda vociferada de West. Cuando vemos cómo Hays se retira rendido entendemos algo que West quiere dejar en claro desde el inicio de su interacción en 1990: ahora él está a cargo. Hay una necesidad de saberse superior.

Este giro en su relación da otro salto en el último tiempo del relato, el 2015. Podríamos decir que el West anciano es justamente aquello que no esperábamos de él y sí de Hays: un loco solo y autoexiliado, abandonado al alcohol y el tabaco y rodeado de perros. El fatídico Hays tiene una familia a quien quiere y que lo cuida, personas que todavía lo escuchan. Aquí la relación vira por segunda vez, y con fuerza: la reapertura del caso Purcell en 1990 desencadenó algo que desconocemos, que en ocasiones parece ser culpa de Hays y en otras de ambos: un evento que destruyó su amistad. Ambos descubren sus conflictos internos, West solo quería dejar de estar solo, perdonarlo para acompañarse en la reminiscencia de su amistad, de aquella experiencia que les tocó compartir. Hays solo busca recordar lo sucedido para poder armar ese rompecabezas monstruoso que ha regresado por última vez. Resolver ese caso se traduce en una forma de cierre con su difunta esposa Amelia, pero al mismo tiempo es un arrebato para sentirse vivo: la simple idea de olvidar toda su vida lo aterra de forma insondable, hasta lo más profundo de sus entrañas. Uno lidia con la soledad, el otro con el olvido.

El encuentro de los detectives en la tercera edad deviene en una de las mejores escenas de la temporada (CRÉDITOS: HBO).

Otro de los temas en los que se sigue explayando la serie es el racismo. En estos episodios el tema de la raza y la discriminación persiste y otorga un abanico de posibilidades. Negro, nigger y otros vocablos por lo general peyorativos son usados por distintos personajes, como un iracundo Freddy Burns llamando a Hays ‘negro de mierda’. Esa escena tiene una secuela interesante: vemos a Hays en el auto con West al volante. Sorprendido por la conducta estúpida e inmadura de Burns, Hays le dice a West: “¿Puedes creer a este tipo, culpándome de todo lo que le ha ido mal en la vida?… Por favor, explícame todas las dificultades y tribulaciones de ser un hombre blanco en este país”. Es curioso asimismo el sentimiento de fraternidad de Hays al pedirle a West que no reporte a la policía el color de piel de los violentos vecinos del barrio del tuerto Whitehead, quienes terminaron vandalizando el vehículo de los detectives. Virando de pronto hacia otro tema, diría que también podemos contemplar esa suerte de protección al inicio en su relación con Woodward, el nativo norteamericano cuya experiencia en Vietnam le ha dejado un trastorno de estrés postraumático que acaba convirtiéndolo en un asesino. Ambos se reconocen como veteranos de esa guerra -ello provoca que Woodward le perdone la vida al inicio del tiroteo- pero sus perspectivas difieren: Hays parece tener un control misterioso y profundo de ese pasado, mientras para Woodward la violencia nunca se acabó, y termina sucumbiendo a Vietnam. Aquí existe una lectura sobre la dualidad del veterano de guerra, ya sea Vietnam o Afganistán o cualquier otra: puedes regresar como un errante extraño, a veces un alma en pena y otras veces una bomba de tiempo. Tras la guerra no vuelves a ser el mismo.

Quizás lo más fantástico sea la forma en la que Pizzolatto está adentrándose en un terreno poco indagado en esta serie: los sueños o alucinaciones. Artificios sutiles de la mente y de lo incierto que suelen traducirse como una pista esencial. Pienso en toda esta secuencia onírica de Amelia joven hablando con Hays, con líneas tan nebulosas y lyncheanas como: “¿confundes reacción con sentimiento? ¿O compulsión con libertad? … Y aun así, ¿endureciste tu corazón contra aquello que más amas?”. Como si los niños Purcell hubiesen desaparecido en el pueblo de Twin Peaks. Incluso se percibe el cuidado visual de estas escenas: cuando Hays mira a su esposa o si ambos están en un plano general, ella se ve ligeramente fuera de foco, pero cuando se trata de un primer plano de esta Amelia fantasmal, hay un desenfoque a su alrededor, dándonos esa sensación onírica que nos hace dudar de lo que Hays está viviendo. Su reacción, por otro lado, es desconcertante: Hays siempre parece asustado, como si estuviese convencido de que tales manifestaciones en las noches solitarias en su escritorio son un mal augurio. Otra secuencia similar es aquella donde Hays se descubre observado por todo un pelotón de vietnamitas, armados y aguardando por él entre los libros de su biblioteca: ¿serán los soldados que asesinó en la guerra?

Hays y sus demonios del pasado (CRÉDITOS: HBO).

¿Por dónde nos conduce la serie? Todas las pistas que nos regresan a Hoyt, su fábrica, empleados, conexiones, parecen ser el sendero correcto para la especulación, mas también pienso que aquello sería demasiado esperable (por el exceso de pistas). La familia Hoyt parece gozar de mucho poder en Arkansas, comprando a la ley y evitando a toda costa que la investigación se encauce hacia la verdad, ¿pero por qué? Una posibilidad latente que imagino ya habrá sido contemplada por muchos es que Julie Purcell fue secuestrada para reemplazar a la nieta perdida de Hoyt. Pero si nada de esto es cierto, ¿entonces qué diantres tiene que ver el presidente de la compañia Hoyt con todo el caso Purcell?

Hemos llegado ya a la mitad de esta historia detectivesca. Puede verse cómo todo se va hilvanando entre los periodos de tiempo narrados, pequeños detalles susurran algo dicho literalmente en un tiempo y viceversa, como el detalle de la mochila de Will y el policía desaparecido. Ciertos sospechosos han dejado de serlo y otros lo son todavía más. Algunas preguntas nos acechan con vehemencia: ¿qué sucedió con Becca, la hija menor de Hays? ¿Qué dejó Hays en el bosque? ¿Qué fue aquello terrible que ambos detectives hicieron en 1990 y que no pueden mencionar? ¿Es la aparición de la Amelia de 1980 un reflejo de la senilidad y demencia de Hays o una manifestación espectral? ¿Esa voz y esa foto son de la verdadera Julie? ¿Dónde está, qué le pasó? ¿La princesa de la habitación rosada? ¿Quiénes son el hombre negro con la cicatriz en el ojo y la mujer blanca que lo acompaña? ¿El sedán marrón? La historia da buenísimos giros de tuerca que realmente te dejan aguardando el episodio del próximo domingo. Hasta una próxima -y última- reseña.

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