Modelo de impunidad

ABSTRACCIONES, Pensamientos, Política - Diego Olivas Arana - 30 Abril, 2019

Alan García Pérez, 2018 (Fuente: Guadalupe Pardo/Reuters).

Divagaciones sobre el suicidio del expresidente y delincuente Alan García Pérez

 

Alan García Pérez ha muerto. No es algo para celebrar, no le deseo la muerte a nadie, mas tampoco me invade una tristeza profunda. Se ha ido impune. Hay que respetar la decisión de un individuo de quitarse la vida, no juzgarlo. Pero de nuevo, se ha ido impune. Debió afrontar la justicia y envejecer tras las rejas. No podemos olvidarlo. Qué impotencia.

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García falleció a las 10:05 de la mañana del 17 de abril, en el hospital Casimiro Ulloa. Ultimó su existencia con un disparo en la sien unas horas antes, cuando la policía arribó a su casa para llevar a cabo la detención preliminar, allanamiento y registro domiciliario dictaminado por José Domingo Pérez y Henry Amenábar, los fiscales que lideran la investigación especial del caso Lava Jato en Perú. Sí, el enorme caso de corrupción sobre la indecible red de sobornos protagonizado por la constructora brasileña Odebrecht, cuyo veneno se ha expandido por casi toda Latinoamérica. García anduvo escapando de manifestarse ante la ley por este incidente desde el 2017, cuando se reveló oficialmente su nombre entre los exmandatarios que recibieron los millonarios sobornos. La mañana del miércoles 17 se aproximó como un rayo de esperanza, una prueba de que todavía puede darse la justicia en nuestro país a través del esfuerzo descomunal de estas pesquisas. Uno de nuestros expresidentes más repudiados en la actualidad por fin respondería a la justicia. Pero no fue así. Aconteció un súbito suceso que conmocionó al país -en distintos niveles-, pero que al parecer él había premeditado. García cogió su Colt 38 y se despojó del planeta con un proyectil en los sesos. Como he leído en distintos lugares, nos ha robado hasta las ganas de verlo en la cárcel

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Las primeras impresiones son curiosas. Me enteré del suceso mientras trabajaba, y de inmediato regresé a una sensación similar: el momento en que supe de la renuncia a la presidencia de Pedro Pablo Kuczynski, un año antes. Vivo en la otra parte del mundo y, si bien estoy -o trato de estar- al tanto de los acontecimientos más importantes en Perú, recepto algunos con cierta dilación. Estos no. A los pocos minutos de la dimisión de PPK recibí un mail de uno de mis mejores amigos donde solamente decía: “Se fue Kuczynski.” Entré en el acto a Google y la noticia ya estaba en todas partes. Ahora sucedió lo mismo: recibí cinco variaciones del enunciado “Alan García se disparó” vía WhatsApp. Mi familia y amigos me habían escrito minutos después de estallada la noticia. Eran alrededor de las 5 de la tarde donde vivo, seguía en el trabajo y estaba desconcertado. El primero de los mensajes, de otro de mis mejores amigos, incluía un screenshot del noticiero donde se leía que García estaba en el Casimiro Ulloa. “Tiene que ser una joda” -pensé al inicio- “una tomadura de pelo”. No hace mucho, Internet y los medios de comunicación viralizaron las falsas muertes de personajes como Sylvester Stallone o Axl Rose. Incluso el encantador de perros César Millán expiró temporalmente por un paro cardíaco, un par de años atrás. García parecía un blanco factible para estos asesinatos virtuales. Pronto vería noticias sobre su muerte que en unas horas se desmentirían. Eso empezaba a creer.

AGP en su primer mandato (Fuente: GettyImages).

Al rato reparé en el hospital y lo nostálgico que me resulta, pues queda a unas cuadras de una casa donde viví con mi familia por 14 años, porque antes de esa casa vivía al frente de ese hospital y porque ahora mi familia vive todavía no tan lejos del mismo, y sigue formando parte de su paisaje urbano diario. “García se ha querido matar y ahora lo están operando cerca de mi casa”, pensaba. Por último, me pregunté por papá. Tras los dos gobiernos de García (1985-1990 y 2006-2011), mi padre, quien en su juventud fue un seguidor de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y asistía a las legendarias reuniones de Víctor Raúl Haya de la Torre, pasó a volverse un descorazonado del partido, caído en desgracia con el liderazgo de García y su séquito. Estaba seguro que en casa esto iba a ser el único tema de conversación. Al rato, recibí un correo electrónico del mismo amigo que un año antes me anunció la salida de PPK, con una verdad directa y filuda que para ese momento ya conocía: “Acaba de morir el cobarde de Alan García Pérez. La muerte no le sienta bien”. Perú, Odebrecht, PPK, Alan, ¿suicidio? Sonaba más loco que los mejores momentos de House of Cards. ¿Cómo reaccionar?

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Lo que siguió -y continúa- a la confirmación de su muerte es tan penoso como interesante. Las redes sociales, una tribuna fuerte, difusa y con creciente relevancia, se invadieron de dos posturas: aquella que reclamaba respeto por el suicidio, por ese expresidente que ha dejado existir por cuenta propia; y aquella otra que celebraba la muerte del mafioso y se regocijaba en insultarlo y atacar a los que se oponen. Las noticias aunadas con este tropel de publicaciones y comentarios de Facebook me dejaron más contrariado. Como la mayoría del Perú, he deseado que García caiga por todos sus crímenes. Hablo de un político corrupto y megalómano que se las arregló para esquivar cualquier enfrentamiento, quien nunca se presentó ante la ley, arreglándoselas para escapar airoso en todas las oportunidades. Una suerte de genio del mal cuyo estratégico proceder nos condujo a contemplar su caída como algo ilusorio. Si pensabas que García terminará en la cárcel es porque eres un ingenuo. Cayó Keiko, PPK, caerá Toledo -una cuestión de tiempo- pero García no. El pueblo lo rechaza pero también le atribuye una inteligencia incomparable. No obstante, ese 17 de abril esta incredulidad o desánimo general se esfumó de la forma más insospechada. Alan García se mató y quedó sin castigo justo cuando se iniciaba el proceso que lo haría responsable de sus delitos.

Así, nos aplaca una sensación de impunidad tremenda: queríamos que pague y se desapareció de la faz de la tierra. Muchos proyectábamos una amanecida brutal entre cervezas para el día en que García sea juzgado. Cuando PPK absolvió a Fujimori salimos a las calles, pero cuando renunció nos tocó festejar. Ya lejos, salí apremiado del trabajo y compré una cerveza en el supermercado. La bebí solo y feliz, a miles de leguas de distancia. Recrear ahora aquello sería extraño. Queríamos justicia mas no buscábamos matarlo. Un gran amigo me dijo con frustración: “es como si estuvieras ganando un partido y al último minuto te lo empatan… Un empate con sabor a derrota”. Como mencionaba al inicio, no puedo alegrarme por un suicidio. Cualquier muerte implica respeto y seriedad por aquel que ha fenecido, mas también por su familia y amigos. Además, alguien se ha quitado la vida y por más lucubraciones y teorías que ensayemos, jamás sabremos a cabalidad las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Es demasiado pronto, pero en un futuro cercano habría que detenerse a pensar qué pasaba en sus adentros, tratar de entenderlo. Quizás fue una última salida para alguien que realmente clamaba su inocencia; o una forma de redención personal, pensando en todos sus errores y delitos; o a lo mejor -y esto me parece lo más probable, con tristeza- un último reflejo de su arrogancia infinita, escaparse y burlarse de la justicia hasta la misma muerte, sin afirmar nada y esperando algún tipo de trascendencia histórica.

En 1988, un treintón García profesaba su admiración a Sendero Luminoso por su “mística de entrega”, militantes dispuestos a dar la vida. Un desliz público que le valió más críticas en ese desastroso primer mandato. Pienso, ¿reflejará esta memoria un resquicio de esa realidad distorsionada que lo llevó al suicidio? ¿Habrá creído con total certidumbre que estaba inmolándose por la justicia, por nosotros, por el Perú? Él seguía afirmando su inculpabilidad o en todo caso, la ausencia de pruebas (“demuéstrenlo pues, imbéciles, encuentren algo”). Lo dudo, pero nunca lo sabremos.

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Todo esto puede o no ser cierto, sin embargo, siento que aquí debe hacerse una diferenciación entre los sentimientos que este suceso a desencadenado: no es correcto celebrar el suicidio, pero dentro de todo, sí puede alegrarnos que el día de hoy la justicia en el Perú estuvo por delante. Si estábamos prontos a tenerlo entre cuatro paredes es porque se ha avanzado sin intereses ni influencias de políticos en el poder, y se llegó prácticamente a arrinconar a García. Lo siguiente era hablar, admitir por vez primera. No había vuelta atrás y él lo sabía. Funcionó hasta que nos enteramos del pistoletazo que García decidió darse en la cabeza. Un corrupto muerto no es lo que queríamos, al menos no literalmente, pero sí un corrupto menos, desactivado y enmarrocado. Ciertamente tenemos ahora un corrupto menos, uno de los más detestables y escurridizos, pero tal desenlace agridulce puede confundirnos. En este contexto, considero que existen razones para estar motivados por el porvenir de la realización de la justicia. La decisión de un ser humano de autoinfligirse mortalmente con un proyectil en el cerebro es suya y por más interesante que resulte en matices ya sea relativos al morbo, la empatía o incluso a lo narrativo, no es algo que nos concierna de manera inherente; pero siendo García quien fue, un personaje público que lideró el país en dos ocasiones y le hizo mucho daño, sí es algo que estamos en el derecho de cuestionar o criticar. Se respeta sin perder la entereza. No aplaudo su muerte, menos aún el significado que sus seguidores le quieren dar, más bien me aúno al descontento de aquellos que esperaban verlo en la cárcel. Y sin embargo, al final del día, guardando el respeto por su familia, es reconfortante saber que ya no hay posibilidad de que se aproveche, se burle o haga más daño al Perú. Lo ideal era que enfrente la justicia, una posibilidad ya descartada, pero al menos el proceso anticorrupción continúa.

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El momento en que AGP llamó “imbéciles” a aquellos que lo juzgan de corrupto.

A todo esto, pienso a su vez en el acto. A las pocas horas de su muerte, el círculo más fiel de García en el APRA así como también los fujimoristas y ciertos periodistas deleznables no han dejado de exaltar su suicidio como un último acto heroico. Una muerte simbólica y paradigma martirológico. Esto es una verdadera y total falacia y debemos tener mucho cuidado con ella. Están aprovechando su suicidio para amedrentar el trabajo sin precedentes de los jueces a cargo de Lava Jato, al equipo de periodistas honestos partícipes de estas investigaciones e incluso al presidente Vizcarra y su administración, que no es un santo de mi devoción, pero nada tiene que ver con este trágico y descabellado episodio. Imagino que esta campaña de desprestigio tiene para rato, y puede confundir a muchos peruanos de buena fe, defensores de la vida y los derechos humanos. Esto me remite a algunos puntos que quisiera mencionar:

Primero: Este episodio ha traído como consecuencia algo en parte bueno: el despertar del tema del suicidio en la agenda nacional. Creo que la razón no es la mejor, el suicidio está relacionado con el bienestar psicológico de las personas: la salud mental debería representar siempre una inquietud importante en el país, no cada vez que se mata un político o famoso, y menos uno que inspire descaro, encono, deshonra. Pero es lo que tenemos.

Existe un viejo y conservador postulado que ha cobrado fuerza con la muerte de este expresidente: que el suicidio es la obra de un pusilánime, la máxima expresión de cobardía. Creo que es un momento adecuado para repensar aquello. Hace unas semanas mi cuñado compartió conmigo un ensayo muy interesante que escribió y leyó durante el IV Congreso Internacional de Logoterapia en Lima, donde establece un diálogo entre dos posturas acaso contradictorias: la del explosivo fatalista rumano Emile Cioran y su pesimismo filosófico, y la del austriaco psicoterapeuta y padre de la logoterapia, Viktor Frankl. Retorné a estas ideas al reflexionar sobre la muerte de García. Ambos albergan célebres pensamientos en torno al suicidio. Citas de Cioran como “suicidarse por ser lo que se es, pase; pero no porque la Humanidad entera pudiera escupirle a uno a la cara” o “ningún autócrata ha dispuesto nunca de un poder comparable al que tiene un pobre diablo que piensa en matarse”, en cierta forma se hermanan con este párrafo poderoso de Frankl: “No es tan fácil contestar a la trivial pregunta de si el que se suicida es un valiente o un cobarde. No puede ser uno tan injusto que pase por alto la lucha interior que suele preceder a toda tentativa de suicidio. No nos queda, pues, otro camino que decir: el suicida es valiente ante la muerte, pero cobarde ante la vida”. 

Me permito a continuación volar un poco sobre la base de estas palabras. Pienso que debemos separar el respeto y empatía que consideramos esperable y humano en torno a un suicida con la realidad de algunos casos específicos. García se fue del mundo como último recurso para evitar ese escupitajo en el rostro. Dudo que haya anidado algo de arrepentimiento en sus motivos. Yéndose evitó mucho: admitir la verdad, la cárcel, la vergüenza, la culpabilidad y los sucesos que todo ello acarrea. Pero al apagarse a sí mismo, García escogió hacerse su propia justicia: aquel es el lamentable poder que entraña su muerte. Tocaba confesar y entregarse para acaso dar paso a un atisbo de dignidad y quizás, con las décadas, a una vida en cautiverio, austera y reflexiva: una vejez en redención. Y no obstante lo anterior, hay que aceptar que optar por el suicidio es un paso definitivo, un adentramiento directo e innatural hacia el incierto camino después de la muerte. Requiere tanto desesperación como coraje, y algo de vesania. Pero si aquello implica también un pavor desmedido a la verdad y a afrontar en vida las consecuencias de tus actos, ¿entonces es reconocible la valentía ante la muerte? Al menos me queda claro que el expresidente sí fue un cobarde ante la vida. El inefable David Foster Wallace (quien se ahorcó en el 2008) decía: “las partes de mí que solían pensar que yo era diferente, más inteligente o lo que sea, casi me hacen morir”. Si evocamos los delirios de grandeza que lo caracterizaron en vida, podríamos decir que García parece haber consumado ese pensamiento. Foster Wallace también escribió una de las reflexiones más certeras sobre el suicidio en La broma infinita (1996), donde resaltan estas líneas: “La persona cuya agonía invisible alcanza un cierto nivel insoportable se matará de la misma manera que una persona atrapada saltará por la ventana de un rascacielos en llamas… Cuando las llamas se acercan lo suficiente, caerse a la muerte se vuelve el ligeramente menos terrible de los dos terrores. No es desear la caída, es el terror a las llamas”. Acaso las circunstancias sean bastante disímiles, mas es cierto que García prefirió la muerte a la humillación y derrota que significaban para él rendir cuentas con la justicia. Como para debatirlo.

Segundo: Alan García Pérez como un mártir es una tesis errada. Aquello es incuestionable. Además de las concesiones con Odebrecht, que fueron lo que acabó acorralándolo, existe una cantidad de delitos de lesa humanidad de los que es responsable, como se lo recordó con acierto Fernando ‘Popy’ Olivera en el debate presidencial del 2016. No es nada nuevo: el enriquecimiento ilícito, los indultos a narcotraficantes, el tren eléctrico, la masacre a los indígenas del poblado de Bagua, la de los penales en 1986 o los paramilitares del Comando Rodrigo Franco, por nombrar los más capitales.

Tercero: Me he topado con paralelos imposibles. Se habla de Francisco Bolognesi, Miguel Grau o José Olaya, mártires peruanos que murieron defendiendo su país. Incluso del presidente chileno Salvador Allende, quien concluyó su vida con una AK-47 en plena invasión militar al Palacio de la Moneda. Eso podría considerarse hasta ofensivo para estos personajes históricos que perecieron con heroísmo.

Por otro lado, existe lo contrario: suicidios infames, indignos, cuyo parangón con la muerte de Alan García guarda más sentido. Hacia el fin de la Segunda Guerra y ante el avance inminente de los Aliados a Berlín, un derrotado y atemorizado Hitler optó por pegarse un tiro en la cabeza antes de vivir como fugitivo para eventualmente ser capturado y ejecutado. En el año 68 d.C., condenado a muerte como enemigo público, dejando Roma hecha un caos y sabiendo que Galba se acababa de nombrar nuevo Emperador, el sanguinario Nerón decide apuñalarse la garganta con un cuchillo, asistido por su secretario. Otros ejemplos contemporáneos se asemejan más al final de García: en el 2007 en Polonia, la exministra de construcción Barbara Blida, acusada de recibir sobornos millonarios, dirigió una bala a su corazón cuando la policía llegó a registrar su casa y arrestarla. Por la misma razón se extinguió la vida de Budd Dwyer, exsenador estadounidense que en 1987, un día antes de su sentencia, convocó una conferencia de prensa en la que se autodestruyó volándose el cerebro en vivo y en directo. El video de su suicidio dio la vuelta al mundo y todavía se puede encontrar en YouTube.

AGP con George W. Bush (Fuente: Andina/Archivo).

El final de García es mucho más cercano a estos casos deshonrosos que a los de un héroe, de alguien que se sacrifica por sus ideales. Él no era inocente ni exento de acusaciones de corrupción, tampoco un perseguido político, como alegó al intentar asilarse en la embajada de Uruguay. El suyo fue un escape fácil, acaso cobarde, pero no heroico. No dejemos que reescriban la historia: si Alan García Pérez será recordado para siempre -y lo será- no se deberá a su código moral o su abnegación para el beneficio de los peruanos, sino a su condición extraordinaria en nuestro bestiario político: un presidente abyecto y astuto que jamás quiso responder por sus crímenes y cuyo miedo a no alcanzar cierta gloria lo condujo al suicidio… Y por el cual se decretaron extrañamente tres días de duelo nacional. Una locura.

No nos dejemos engañar por las células más radicales y corruptas del APRA, los políticos en el poder o los periodistas sin ética que defienden mentiras a ultranza.

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Termino este texto días luego de empezarlo. La muerte de Alan García Pérez y sus secuelas prevalecen entre las noticias y, dentro de todo, persiste este ataque contra los jueces y fiscales del equipo especial del caso Lava Jato, así como contra el puñado de periodistas que han colaborado con estas investigaciones. Personas que están siendo amenazadas, arriesgando sus vidas por la consecución de la justicia. García dejó una carta descubierta poco después, donde seguía clamando su inocencia y negando los sobornos. A pesar de ello, hace poco IDL-Reporteros dio otro giro de tuerca: por primera vez en la historia del caso Lava Jato y en la de García, alguien lo delata. Miguel Atala, exvicepresidente de Petroperú, ha confesado haber sido testaferro de quien lideró nuestro país dos veces, ayudándolo a recibir un millón 300 mil dólares de Odebrecht.

Existe, me repito, un porvenir para la lucha anticorrupción en el Perú. Toca apoyar como se pueda. Que no se pierda la mira.

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