Cuando el horror resiste: True Detective (Temporada 3, Episodios 6, 7 y 8)

Ficción policiaca, REVIEWS, Serie de antología, Series de TV - Diego Olivas Arana - 20 Diciembre, 2019

Mahershala Ali como Wayne Hays (Créditos: HBO).

Reseña del esperado retorno de True Detective

*** La presente es la última de una serie de tres textos reseñando la nueva temporada de True Detective. Estas publicaciones contienen spoilers de cada episodio. Están advertidos.

 

Quizás no se haya acercado a la insuperable primera entrega de True Detective, pero esta última temporada, si bien imperfecta, no es nada desdeñable. Por ello, retornamos a continuación a este relato y terminamos así con esta serie de reseñas. Se cierra el círculo en la aventura de los envejecidos Hays y West: ¿sobrevivirán?

 

Los episodios

“Hunters in the Dark” es el título del sexto episodio, que arranca en 1980 retomando las secuelas del brutal tiroteo en la casa del indio norteamericano Woodward (Michael Greyeyes). La profesora de escuela Amelia Reardon (Carmen Ejogo) descansa en la cama junto al detective y veterano de Vietnam Wayne Hays (Mahershala Ali). Cuando Hays le cuenta que aquella ha sido la primera vez que usa su arma en el trabajo, ella le pregunta por Vietnam, y su respuesta la deja meditando: “Honestamente, nunca lo pensé… Algo que aprendí en la guerra es que la vida pasa ahora, luego el después es ahora, ¿entiendes? Nunca está detrás de ti…No estoy evitando la pregunta, es solo que realmente yo no paso el tiempo recordando cosas”.

En la jefatura de policía, Hays observa las fotografías de las pertenencias de los niños Purcell halladas en casa de Woodward: una mochila roja y un suéter rosado. Desconcertado, Hays desconfía de las pruebas y les dice a sus colegas que ello es imposible e insuficiente. El ambicioso Fiscal del Distrito Gerald Kindt (Brett Cullen), les informa a los protagonistas que van a culpar a Woodward para cerrar el tema y evitar escándalos. El veterano de Vietnam con trastorno de estrés postraumático que asesinó un par de niños. Una salida fácil. Impotente e indignado, Hays se retira molesto de la oficina. En otra parte del pueblo, una destrozada Lucy Purcell (Mamie Gummer) rechaza el contacto y ayuda de Amelia con mucha aflicción y agresividad.

En 1990, tras escuchar el audio de Julie Purcell (Bea Santos), interrogan a su desmoralizado y ofendido padre, Tom (Scoot McNairy), quien acaba temporalmente encarcelado. Hays cree que la mochila de los niños Purcell fue evidencia plantada, pero decide no informar a sus superiores hasta tener más pruebas, pues cree que lo usarían para culpar a Tom Purcell y volver a cerrar el caso. Buscando pruebas en la casa de Purcell, los detectives encuentran un cajón con condones y un panfleto religioso sobre cómo curar la homosexualidad. Hays desconfía de él y West no. Algo más en lo que no están de acuerdo.

Stephen Dorff como Roland West (Créditos: HBO).

Amelia le revela a Hays sus intenciones de escribir una secuela de su libro de no-ficción sobre el caso Purcell, y Hays no oculta su desaprobación. La distancia y tensión entre ellos se va intensificando.

Cuando West y Hays investigan al policía que encontró la mochila en 1980, Harris James (Scott Shepherd), descubren con asombro que es el Jefe de Seguridad de las empresas Hoyt, donde empezó a laborar al año del caso Purcell, en 1981. Las pistas los conducen al sospechoso Dan O’Brien (Michael Graziadei), el primo de Lucy Purcell, quien los cita en una cafetería. Ha cambiado mucho desde que lo vieron hace una década: parece un narcodependiente desesperado y engañoso. O’Brien les dice que “hay gente que no quiere que ellos sigan averiguando más sobre Julie y el caso y que prefieren que parezca que la madre murió de sobredosis de drogas”. Quiere miles de dólares en recompensa por esa información. Tom Purcell escucha a los policías mencionar a O’Brien y decide resolver las cosas por su cuenta. Muy buena actuación de Graziade: la transformación de O’Brien en un trémulo y desaliñado chantajista en la cima de la desesperación.

West aconseja a su conflictuado colega que despeje la mente y se vaya a casa a pasar tiempo con su familia, pero Hays quiere seguir investigando. “Nosotros trabajamos diferente”, sostiene Hays, a lo que West responde: “Sí, lo hacemos, por eso estoy donde estoy y tú… Tú eres tú”. Hays se retira del vehículo y se va caminando por la carretera, enfadado. Mientras, la noche cae y un ebrio Tom Purcell logra rastrear a O’Brien en el motel donde se está hospedando. Tras una discusión que vuelca en pelea, O’Brien admite que él no tiene nada que ver, que no es culpable y le revela que Lucy Purcell hizo algo oscuro con su hija Julie: alguien le daba dinero y él sabe quien es y pretende darle ese nombre a las autoridades…

Saltamos al 2015. Elisa Montgomery (Sarah Gadon), la documentalista, informa al vetusto Hays que los restos del primo O’Brien fueron hallados hace unos años y que Harris James desapareció poco después de la investigación de 1990. Elisa menciona a todos los muertos relacionados al caso Purcell y comparte su teoría del asesinato de James. Hays le increpa que está incurriendo en especulaciones y que debería tener cuidado. Hays se reúne con West y le informa que Elisa está preguntando sobre Harris James “otra vez”. West parece preocupado. Cuando Hays se dirige al baño, West descubre su arma y navega entre las anotaciones en el libro que escribió su esposa. Al retornar, Hays ha olvidado por completo la visita de su amigo, le pregunta a West qué hace en su casa y en qué momento llegó, anonadado. West le sigue el juego con paciencia. Hays le pide que le haga un favor y que vaya a la ventana con cautela y confirme si hay un sedán oscuro esperándolos en la calle. West no ve nada. Mientras contempla a su amigo con confusión y lástima, éste le pregunta si están en el año 2015.

Dorff y Ali envejecidos en la tercera temporada (Créditos: HBO).

Volvemos a 1990. Amelia arriba a un hospicio religioso para indagar sobre Julie Purcell. Una chica le confiesa que sí la conocía, que Julie ahora se hace llamar Mary o Mary July: luchaba con una adicción a las drogas y se fue hace alrededor de cinco meses. Cuando Amelia le pregunta si Julie alguna vez mencionó su casa o su familia, la chica contesta que Julie solía divagar diciendo que vivía en “las habitaciones rosadas” o que era “una reina en un castillo rosado”.

Duranta una lectura de su libro en una librería local, Amelia es interrumpida por un hombre negro y tuerto (Steven Williams), quien demanda a gritos saber el paradero de Julie Purcell y la acusa de hacer dinero con el sufrimiento ajeno. “¡Qué vergüenza, mujer!”, vocifera amenazadoramente antes de partir.

En la fábrica Hoyt, Tom Purcell irrumpe fuera de sí. Alguien lo observa desde las cámaras de videovigilancia. Purcell se sigue adentrando hasta llegar a una extraña habitación rosa. Mientras pregunta por Julie, inconsciente, casi para sí mismo, Harris James se aproxima por detrás.

Los misterios se van develando (y nuestras teorías se confirman) en el séptimo episodio de la serie. “The Final Country” empieza con el estreno de una cuarta línea temporal, entre 1990 y el 2015. Vemos a un Hays ya entrado en canas dejando a su hija Becca (Deborah Ayorinde) en el colegio, con una mirada triste. Y esto es todo. En 1990, los detectives encuentran el cadáver de Tom Purcell en una escena compuesta para parecer un suicidio. Junto a la pistola en su mano descansa una nota ensangrentada escrita a máquina de escribir: “Lo siento. Perdónenme por favor. Me voy a ver a mi esposa e hijo”. El caso se cierra otra vez. Cuando Hays le cuenta a Amelia sobre Tom, ella le habla del hombre negro y tuerto que interrumpió su lectura en la librería.

Hays se siente en 1980 de nuevo: sin pruebas fehacientes y dependiendo de sospechosos muertos. Cuestiona con suspicacia las habilidades de Purcell con la mecanografía. Un irritado West le recuerda que ha vuelto al caso y a ser detective gracias a él. Siguen peleando. Amelia entrevista a una señora amiga y vecina de Lucy Purcell, quien le cuenta que un hombre negro de un ojo le dio a Julie una muñeca en 1980, y le muestra una foto de los niños Purcell en Halloween donde se puede ver al fondo a dos figuras siniestras: una pareja de adultos disfrazados de fantasmas. Las indagaciones de Hays lo sumergen en los registros telefónicos de Lucy y descubre muchas llamadas a Harris James el día de su muerte: James voló a Las Vegas esa misma tarde y regresó al día siguiente. Azorado, Hays plantea que James la mató y convence a West de ir a interrogarlo por su cuenta, “como en los viejos tiempos”. Le dice que lo haga por Tom. Así, los detectives buscan, emboscan y capturan a James, llevándolo a un granero abandonado.

Steven Williams como el misterioso Junius Watts (Créditos: HBO).

Una música oscura y tenebrosa invade de suspenso la escena. Los detectives ya no lo son. Armados, enguantados, frustrados y solos. James niega todas las acusaciones y West le destruye las costillas a punta de ganchos y rodillazos. Lo deja muy mal. Cuando Harris James les suplica que lo desaten, que no siente sus manos y teme desfallecer, Hays lo libera. James coge su arma en el acto e intenta dispararle pero West lo remata con dos disparos. Han matado a un hombre sin proponérselo, insospechadamente y fuera de la ley. Lo entierran y destruyen toda evidencia.

Estamos en el 2015. Elisa Montgomery comparte con su entrevistado Hays la existencia de indicios de que Tom Purcell fue asesinado. Él no lo cree. “Es como 1980 de nuevo: un repentino acto de violencia. Un hombre muerto. Caso cerrado”, añade ella. Hays parece desconcertado. Tras mostrarle un video de 1990 donde el Fiscal Kindt anuncia en una conferencia de prensa que Purcell se mató en el lugar del crimen y que su nota puede ser interpretada como una confesión, Hays -quien estuvo presente en ese momento, años atrás- le admite a Elisa que jamás estuvo satisfecho con el caso. Ella le cuenta sobre un hombre negro tuerto que andaba preguntando por Julie Purcell, incluso desde antes de la muerte de Tom. Un testigo informó que aquel hombre se identificaba como “Watts”. Elisa cree que Julie escapaba de un proxeneta o de trata de menores. A continuación, ella nos lanza una revelación tremenda a los espectadores con las siguientes líneas:

“Estas muñecas son usadas como símbolos en el tráfico humano underground. Esta espiral azul, por ejemplo, es un código para los pedófilos. En el 2012, dos policías estatales de Louisiana detuvieron a un asesino en serie asociado con una red de pedofilia… Pero a pesar de la evidencia de la complicidad, el caso nunca trascendió”. Ciertamente: conexión con la primera temporada y la historia de Rust Cohle y Marty Hart. El universo True Detective.

Elisa demuestra su frustración al exponer sus teorías a Hays y no obtener ninguna respuesta de él. Hays se retira molesto mas luego vemos que todo es un teatro: se acerca a West y le pide que anote el nombre de Watts antes de que se le olvide. Piensa seguir investigando por su cuenta, y le confiesa a su amigo que su esposa quiere que termine el caso.

Hays y West entrevistan a una exama de llaves de la familia Hoyt, quien les cuenta que la familia tenía muchos problemas: el señor Hoyt tenía una hija llamada Isabel que perdió a su esposo e hija en un accidente automovilístico en 1977 y posteriormente fue víctima de otro accidente similar. Ella vivía en el sótano, y el encargado de cuidarla a tiempo completo y ser su chofer era Mr. June, un hombre negro y ciego de un ojo. Los ahora ancianos detectives se reúnen en casa de Hays a hablar del tema. Hays le cuenta a Roland que su esposa le “dijo algo el otro día.. que él no se conocía a sí mismo y aquello endureció su corazón”. Luego Hays mira por la ventana y encuentra de nuevo el sedán. West confirma que no se trataba de una alucinación senil: hay un carro afuera. Hays sale a enfrentarlo con un bat de beisbol. El carro avanza y se va lentamente, mientras West le toma foto a la placa con la cámara de su teléfono celular. Cuando caminan de regreso a casa, todo se apaga y se invade de profundas tinieblas donde Hays solo ve una luz… Luego aparece un fuego, lo sigue y se ve a sí mismo quemando su ropa en 1990, tras la muerte de Harris James.

Referencia a la recordada primera temporada de ‘True Detective’ (Créditos: HBO).

En 1980, West se encuentra con un devastado Purcell y entrega su tarjeta, ofreciéndole su apoyo si algún día lo necesita. Es el inicio de su amistad. Hays prepara el desayuno para Amelia y ella le habla de los primeros esbozos de su libro. Acabamos de regreso en 1990: Harris James acaba de ser asesinado. Hays quema su ropa afuera de la casa, Amelia lo ve y le pregunta. Él se mantiene en silencio, la mira horrorizado… No responde sus preguntas y al final dice que no puede hablar de ello. Hablan por la mañana. Ella propone ser honestos y seguir adelante. Hays le dice que hay cosas que es mejor no saber. Quiere ocultarle la verdad para protegerla y ella no lo entiende. En ese momento recibe una llamada de Edward Hoyt diciéndole que quiere discutir sobre Harry James y lo que pasó anoche. Lo amenaza mencionando a su familia. Su vehículo lo espera afuera. Hays acepta preocupado. Sale a paso lento de la casa. Amelia observa a su esposo introducirse en el carro, alejarse y desaparecer.

Y así llegamos hasta el octavo y último episodio, “Now Am Found”. De nuevo lidiamos con esta nueva línea de tiempo entre 1990 y 2015, donde descubrimos que Amelia y Hays trabajan en el mismo lugar: ella es profesora en el campus de la universidad de Arkansas y él es el jefe de seguridad. Hays entra a su clase y la contempla en silencio. Vemos indicios de las canas que lucirá en su senectud del 2015.

Retornamos al momento final del episodio anterior, en 1990. Edward Hoyt (Michael Rooker) se manifiesta: luce como un cazador redneck alcohólico. Todo el tiempo está bebiendo. Conduce a Hays a un punto perdido en las profundidades del bosque. Rodeado de su seguridad, emprende un paseo matutino con Hays, donde lo amenaza revelándole que tiene en su posesión imágenes del auto de Harris James seguido por el de Hays, saliendo de la planta de Hoyt, y que sabe cómo ver las coordenadas de dónde se vio a Harris por última vez, a través del chip GPS en su beeper. Tras reiterarle la amenaza contra su familia y negar cualquier conocimiento del paradero de Julie Purcell, Hoyt y sus guardias se retiran, dejando a Hays solo en el bosque.

Amelia y Hays se encuentran en un restaurante para hablar de lo que pasa entre ellos y discutir su futuro como pareja. Hays no dice mucho, solo confirma que su reserva y sus comportamientos extraños se deben al caso Purcell. Ella sigue sin entender. Hays le cuenta que han cerrado el caso nuevamente y que va a renunciar, Amelia lo apoya: “Debiste renunciar hace diez años… Tú podrías haber hecho lo que quieras, Wayne, pero lo que tú crees que eres, eso te bloqueó”. Tienen un momento emotivo donde ella llora y Hays le coge la mano, diciéndole que ambos deberían renunciar y seguir juntos. Hermosa escena.

Momento decisivo de los protagonistas (Créditos: HBO).

West se pierde en un bar donde se embriaga e incita una pelea grupal. Está muy colérico y frustrado y busca violencia. Termina solo en la calle, ensangrentado en el suelo con una botella de alcohol, llorando y consolado por un perro callejero. Es la confirmación de su soledad y acaso el inicio de su afición a los perros en la vejez.

Veinticinco años más tarde, la pareja de detectives recién retornados del retiro visita a la esposa de Harris James, una enfermera en un hospital, quien les da el nombre completo de su mayor sospechoso: Junius Watts. West propone investigar la abandonada planta Hoyt, ahora un fideicomiso público. Al adentrarse de noche, no tardan demasiado en encontrar un callejón misterioso que los conduce a una puerta blanca que al atravesarla les descubre la habitación rosada. Sorprendido al ver pistas como los dibujos de Julie o el castillo en la pared en aquel siniestro espacio cerrado y adornado para una niña, Hays concluye “aquí es donde la tenían, de aquí se estaba escapando”, y West replica frustrado: “25 años y nosotros acabamos de… Todo este puto tiempo… ¿Qué estabas haciendo?”.

Localizan a Junius Watts. Sigue con vida, viviendo en una granja humilde. Admite que él era quien acosaba y seguía a Hays. Quería hablar con él. Cuando observa que ambos detectives están armados, les pregunta si lo van a matar: parece derrotado y listo para asumir sus delitos. Los invita a su casa y les revela el destino de los niños Purcell. Tras perder a su hija y a su esposo en el accidente, Isabel (Lauren Sweetser), la hija de Hoyt, pierde el juicio: deja de hablar y se recluye en su casa para siempre. Watts estaba a cargo de cuidarla. Hoyt solía viajar para evitar ver el sufrimiento de su hija. Un día, durante un picnic para los empleados en la fábrica Hoyt, ella ve a Julie Purcell y queda encantada con el enorme parecido de la niña con Mary, su difunta hija. Se obsesiona con ella. Watts empieza a pagarle a Lucy Purcell para que permita que Isabel se reúna seguido con Julie para jugar en el bosque. Pronto Isabel parece mejorar, andaba feliz y deja el litio que tomaba como medicina, pero algo iba mal: empezó a llamar a Julie “Mary” e insistía en que quería adoptarla. Una tarde en el bosque jugando a las escondidas, una malhumorada Isabel acaba jaloneando al niño Purcell, quien se golpea contra una roca y muere en el acto. Vemos todo en un flashback: Watts mueve el cadáver del niño a la cueva y una sollozante Julie dispone sus manos en posición de rezo mientras deja caer una de sus muñecas al salir de la cueva. Watts afirma que todo fue un accidente y que Hoyt no sabía nada, estaba de safari. Harris James les ayudó plantando la evidencia en casa de Woodward y dándole a Lucy dinero por su silencio.

Watts continúa. Desde ese momento, Julie permaneció en la habitación rosada. Estaba feliz. Isabel le había convencido de que ella era su madre. Parecía haber olvidado quién era. Los años pasaron y Watts descubrió la verdad: Isabel la había estado drogando con litio todo el tiempo, desde que Julie tenía 10 años. La niña andaba tan dopada que había empezaba a perder la memoria y tenía problemas para recordar su pasado. El estado mental de Isabel siguió decayendo, se hacía más obsesiva y peligrosa. Julie ya era una adolescente y quería salir de la casa, preguntaba por su hermano. Cuando ella se escapa -ayudada por un arrepentido Watts-, Isabel colapsa: se viste como novia y acaba su vida con una sobredosis de pastillas. Watts busca a Julie por años hasta encontrarla en un convento de monjas, donde se hace llamar Mary July. Los detectives deciden dejarlo y encaminarse para allá, pero Watts les exige ser castigado: quiere que lo maten o lo lleven preso. West le dice “si no quieres vivir con esto, no lo hagas”, sugiriendo el suicidio.

Hays y West llegan al convento para descubrir la lápida de Julie, fallecida en 1995. Allí se enteran que estuvo tres años como monja y que había llegado con trastorno disociativo y VIH. West y Hays contemplan la tumba y le hablan a Julie, le cuentan quién fue. “Siempre es demasiado tarde. No importa lo que hagamos”, sostiene Hays en un suspiro.

Scoot McNairy como Tom Purcell descubriendo la habitación rosada (Créditos: HBO).

En casa de Hays, ambos se confiesan que a pesar de haber resuelto el caso después de tanto tiempo, no sienten ningún tipo de cierre. Se despiden. Solo en su escritorio, Hays regresa a un pasaje del libro de Amelia que habla de Mike Ardoin (Corbin Pitts), el hijo de un jardinero, quien siempre estuvo enamorado de Julie y rompe en llanto al saber de su desaparición. Hays piensa en el jardinero Ardoin (Nathan Wetherington) que vio trabajando en el convento con su hija Lucy (Ivy Dubreuil) y sospecha que se trata del mismo Ardoin y que aquella es su hija con Julie, quien debe seguir con vida. Aquí hace nuevamente su aparición fantasmal la Amelia de 1980, quien le da a entender a Hays que se trata del mismo chico y que debe encontrarlo.

Hays encuentra la dirección de Ardoin y conduce a su casa sin avisarle a nadie, pero al llegar no puede recordar por qué está allí. Llama a su hijo Henry y le confiesa que se ha perdido. Henry le dice que pregunte a alguien en dónde está, y Hays se acerca a casa de Ardoin, donde habla brevemente con Julie y su hija Lucy, sin saber quiénes son. Henry y su hermana Becca vienen a recogerlo. La hija menor de Hays lo contempla, extraviado en sus adentros, y echa a llorar. Ambos se dicen que se extrañan. Hays le entrega a su hijo el fragmento de papel con la dirección anotada y él pretende tirarlo mas lo guarda en su bolsillo. Cuando llega West, todos se saludan felices y arranca un zoom in al ojo derecho de Hays, que nos traslada a 1980.

Hacia el final, volvemos al primer acto de la historia. el Fiscal Kindt informa a Hays que Amelia ha escrito un artículo sobre el caso Purcell en el periódico y que habla demasiado, criticando la eficiencia de la policía. Le piden a Hays que firme un documento donde niega haber cooperado para el artículo, mas él se niega y es relevado y enviado como castigo a trabajar a la oficina de Información Pública. West no entiende por qué Hays no aceptó la oferta, Hays le dice que si firma el documento arruinará a Amelia, quien no mintió ni dijo nada malo. West se siente traicionado. Hays llama a Amelia y decide terminar la relación, pero ninguno es capaz de acordar nada, solo discuten y se alejan. Días después, pactan una cita en un bar, donde ella le pregunta si quiere volver a intentarlo y Hays le responde que quiere casarse con ella. Complacida, Amelia le anuncia que lo llevará a casa y se van de la mano. Se escucha “Saint James Infirmary Blues” de Jon Batiste de fondo. Ambos cruzan la puerta que despide una luz enceguecedora y luego ya no los vemos más.

En la última escena de la serie, todavía con la canción de Batiste, viajamos al pasado de nuestro protagonista, en Vietnam. Wayne Hays erra silente por la jungla y de pronto lanza una mirada amenazadora y alerta a la pantalla, al público, a nosotros. Fin.

Los niños Purcell y unas presencias siniestras en el fondo (Créditos: HBO).

 

Detrás de los episodios

Si hacia la mitad de la historia el énfasis en los personajes rayaba más en desarrollar a Hays y su interacción con West, los tres últimos episodios extreman este proceso: con sus arcos ya definidos, la historia incide en avanzar en su relación y nos muestra momentos de esplendor en el guion. El choque entre ambos personajes, en especial en 1990, está matizado por la búsqueda de independencia o el liderazgo entre ambos y acaso en menor medida, con otro tema presente en toda la serie, como ya comentamos anteriormente: el racismo. Hays percibe que parte de la actitud de West viene cargada con un rechazo racial parte de la época. West no es un personaje particularmente racista, pero en su forma de contemplar la realidad subyacen ideas de esa naturaleza, quizás por los tiempos que viven y por su condición de hombre blanco soltero en un puesto de autoridad. Como la escena en la que discuten y Hays se retira del auto de West, y Hays le dice que ellos tienen una forma diferente de trabajar. “Sí, lo hacemos, por eso estoy donde estoy y tú… Tú eres tú”, responde West. Él quiere dejar en claro quién es el líder ahora y que Hays le debe un favor por convocarlo para retornar al caso y a Major Crimes Unit. Otro momento que define la relación entre nuestros protagonistas.

En el último episodio vemos a un West de 1980 defraudado de la decisión tomada por su compañero al no firmar el documento de sus superiores para sabotear a Amelia. Su partner, su socio durante años ha decidido darle la espalda para ayudar a una mujer. “¿Y qué hay de nosotros?” le pregunta casi con desespero, como para acentuar el bromance. “No es que ya no nos vamos a ver, tomaremos una cerveza o veremos un partido alguna vez”, responde un indiferente Hays. La herida queda abierta.

Por otro lado, en estos episodios descubrimos aquel secreto que llevan guardado por años y que significó el fin de su amistad: ambos son los culpables de un crimen jamás resuelto. El asesinato de Harris James en el granero abandonado. Aquel incidente ciertamente marca sus vidas, pero ellos no lo contemplan de la misma forma. Recordemos las líneas de esa escena:

West: “¡Acabo de matar un hombre, imbécil! Ahora ya fue todo, todo lo que él sabía, fue… ¡Has jodido mi vida!”

Hays: “¡Ambos lo hicimos, Roland!”

West: “Tú, maldito manipulador, egoísta, arrogante…”

Hays: “¿Qué? ¡Di lo que vas a decir, hijo de puta!”

West: “No. Solo quiero que sepas que lo estoy pensando.”

Ali y Dorff en dos de las mejores interpretaciones de sus carreras (Créditos: HBO).

Nuevamente el tema de la raza interviene en sus discusiones. Hays estaba esperando que West diga algo como nigger o black motherfucker” para explotar, pero la ira se queda a medio camino. Aun así, ya es demasiado tarde para ambos. Al fin y al cabo, West tiene razones para culpar o enfadarse: ha confiado en las pautas y corazonadas de Hays y la consecuencia ha sido de pesadilla. Saber que estos detectives mataron a un hombre en secreto es un giro de tuerca potente para el desarrollo de ambos. Nos ayuda a entender mucho de cómo son en el 2015, especialmente entre ellos, y al mismo tiempo complejiza sus personajes.

Además de observar la gran dupla que representan Hays y West o los temas que subyacen en su interacción, la última entrega de esta antología de relatos detectivescos nos ha obsequiado un protagonista fascinante que destaca en los últimos episodios. El sendero narrativo de Wayne Hays, magistralmente interpretado por Mahershala Ali, es aquel trastocado por el olvido, la memoria, la negación y el sacrificio.

Hay momentos que nos sirven para profundizar más en la compleja mente de Hays, como aquella conversación con su hijo Henry en el sexto episodio, donde él le confiesa que tiene un amorío con la documentalista Elisa y que piensa decírselo a su esposa, pues la quiere y no piensa separarse. Hays le aconseja que termine su relación con Elisa y que calle: “no vale la pena causar daño porque tú te sientes culpable”, agrega. Eso habla mucho de su forma de pensar: Hays prefiere tragarse el sufrimiento antes que herir a los que quiere, como lo hace al perder su trabajo por Amelia. Y esto conlleva a habituarse a reprimir sus sentimientos, pero conforme envejece va dudando de esa forma de actuar. En otra escena con Henry, conversando por teléfono, le dice “nada permanece como solía ser… ¿Piensas que yo te enseñe a contenerte? No tenía intención de eso. No me di cuenta de que estaba sucediendo”, y Henry cambia de tema. “Yo escuchaba a mi mamá. Estuve en el ejército y luego en la policía. Quizás me hice muy bueno en hacer lo que se me pide”, reflexiona en otro momento. Esa abnegación la refleja también en la razón por la que estuvo en Vietnam -que Amelia cuenta llorando en el último episodio-: Hays le confiesa que se convenció de ir a la guerra al enterarse que si moría, su madre recibiría 10 mil dólares del gobierno. Se trata de una nobleza y sacrificio  muy intensos, que pueden hacerte daño.

Un daño que abraza la represión de emociones y al que puede atribuírsele otro de los elementos primordiales en la construcción del personaje de Hays: el olvido. “No estoy evitando la pregunta, es solo que realmente yo no paso el tiempo recordando cosas”, le dice a Amelia en el sexto episodio. Una línea clave que dialoga no solo con el pasado y naturaleza de Hays, sino también con la relevancia del olvido y la memoria fragmentada, temas centrales de esta temporada, algo que se traduce de forma literal en la última faceta de Hays con sus pérdidas parciales de memoria, que sugieren un atisbo de Alzheimer.

Carmen Ejogo como Amelia Reardon (Créditos: HBO).

Olvidar el pasado, negar el dolor, son temas que subyacen los actos y palabras de Hays. Volvamos a una de sus primeras opiniones al descubrir que Amelia está escribiendo el libro sobre el caso Purcell: “escribir es un dolor… Deberías tachar la mitad de lo que escribiste… ¿Por qué molestarse?”. La evasión en Hays se traduce al punto que en su vejez, siendo un adulto mayor saludable, tiene problemas severos de memoria -incluso lo vemos usando una grabadora de voz en ocasiones, que lo ayuda-. Ahora bien, el Hays del 2015 -acaso el más interesante- también presenta otro matiz nuevo en la serie, que comentamos en la reseña anterior: las alucinaciones. Él se ve atormentado por los fantasmas del pasado de forma literal, especialmente su difunta esposa, quien se manifiesta con su apariencia de 1980 y suele guiarlo con alguna reflexión psicológica o monólogo que  lo ayudan a resolver el caso Purcell. Las apariciones de Amelia suelen dejar pasmado a su esposo y al mismo tiempo sobrecogernos con esa atmósfera onírica que invade la escena y que también nos llena de dudas: ¿esto es una alucinación de Hays, un rezago de sus desvaríos seniles o estamos ante un verdadero fantasma? En su última escena, la alucinación de Amelia le susurra a un aterrado Hays:

“¿Y qué tal si el final no es para nada el verdadero final?… ¿Qué tal si Julie sí encontró vida en ese convento, amor, amistad? Y aquel niño que la amó mucho y que ahora estaba a cargo del jardín en ese convento, ¿qué tal si la reconoció? ¿Qué tal si la conocía incluso si ella no se reconocía a sí misma? ¿Y si esas monjas sabían que gente mala la buscaba y querían protegerla? Contando una historia… ¿Qué tal si hay otra historia? ¿Si algo quedo intacto? Toda esta vida, esta pérdida, ¿qué tal si es en realidad una historia muy larga que siguió y siguió hasta curarse a sí misma? ¿No sería un relato digno de contar? ¿De escuchar?…”

Por un lado, se siente un facilismo que ella, en otras palabras, le construya y obsequie toda la hipótesis a Hays de forma tan textual. Por otro lado, la escena no deja de ser intrigante: ¿es en realidad todo ideado por Hays, cuya alucinación es a su vez un intento de lidiar con la culpa y con alguna suerte de cierre del caso Purcell que además devenga en un cierre o despedida con su amada esposa? El caso Purcell influyó profundamente su vida y la de su esposa y las cambió para siempre, por lo que me inclino a pensar que todo esto es producto de la mente de Hays, y por ende, una deducción suya, de su razonamiento detectivesco, ahora sitiado por lagunas mentales.

“Quizás esto es de lo que realmente hablamos. Siempre ha habido este gran secreto entre nosotros y es que… Tú y yo, quiénes somos juntos, este matrimonio, nuestros hijos… Todo está amarrado con la historia de un niño muerto y una niña desaparecida”, sentencia Hays. Muy buena línea que además define su unión. Los últimos episodios de esta temporada también sirven para ello, desarrollar la relación entre Amelia y Hays. Distintas escenas de peleas de pareja, conversaciones serias o reconciliaciones en bares o restaurantes -la última muy emotiva y bella- nos ayudan a conocerlos más juntos y a ver sus perspectivas.

Los dibujos de Julie Purcell en la siniestra habitación rosada (Créditos: HBO).

Hays es el solitario detective veterano de guerra que carga sus propios demonios y al que ya vamos conociendo durante toda la temporada, pero es hacia el final que conectamos mejor con Amelia: una mujer y persona íntegra, buena, de fuerte carácter que además es muy complicada y curiosa, lo que acaba metiéndola en ciertos aprietos. Sumémosle a ello sus ambiciones literarias y tenemos a un personaje sólido.

Un punto aparte interesante es aquel sobre el libro de Amelia, Life and Death and the Harvest Moon: una obra de no-ficción sobre el caso Purcell. En una de las escenas en 1980, Hays le prepara el desayuno mientras ella comenta los primeros esbozos del libro. Le pregunta si alguna vez ha leído In Cold Blood -o A sangre fría, como le conocemos en español- el clásico de Truman Capote sobre el asesinato de la familia Clutter, muy probablemente la obra más conocida de la no-ficción. Cuando Hays le pregunta si ese es el título de un cómic de Batman o de Silver Surfer, ella le explica: “estoy pensando en escribir sobre el crimen pero más sobre la comunidad”. Esto es precisamente lo que sucede en la novela-reportaje de Capote, considerada un exponente del periodismo narrativo, o New Journalism en palabras de Tom Wolfe. Un relato novelado de un hecho real, hacer una investigación periodística que pueda funcionar como el retrato de un momento, de un pueblo, de una persona o de una idea. Resulta acertado pensar que Amelia es una de estas autoras inspiradas por esta corriente que en 1980 ya contaba con un par de décadas. Le otorga tanto cronología como credibilidad a la historia.

Ahora bien, otro aspecto fascinante de esta última temporada fue el decirnos que toda la serie existe en un único universo compartido. Cuando Elisa menciona el caso de la primera temporada de True Detective y vemos incluso las fotografías de Cohle y Hart, nos están diciendo que en esa misma versión ficticia de Estados Unidos, en el lejano Luisiana, existe un par de detectives locos que dieron con una poderosa red de pedofilia. Esto abre un abanico de posibilidades: ¿existe una relación con esto y el caso Purcell? Sin embargo, el último episodio de la serie deshace esa teoría, y también lo hizo el creador Nic Pizzolatto en una entrevista para Esquire: “Una de las funciones del personaje de Elisa era servir como especuladora. Wayne está hablando con ella fundamentalmente para descifrar la información que pueda conocer. Y una vez que se da cuenta de que ella no sabe lo que él hizo o el destino final de Julie Purcell, queda perplejo. También fue una forma de decir que reconocemos la posibilidad de conectar este caso con la historia del Rey Amarillo. Como decir, podría ser, pero no estamos interesados en eso”. Carcosa no está involucrada en el caso Purcell.

Antes de adentrarnos en el final, es necesario comentar brevemente ciertos aspectos cinematográficos. La fotografía es prodigiosa en muchas de las tomas, pero lo que más sorprende quizás sea la edición. Se siente muy orgánica y bien planteada con relación a las líneas de tiempo que componen la temporada, y además bastante acertada en términos visuales. Una de las escenas del capítulo final, por ejemplo, presenta una contraposición a través de los años: 2015, 1990, 1980, todo a través de los rostros de los personajes dentro del auto, que cambian mientras conducen. En ocasiones la música y la edición se hermanan para entregarnos imágenes perturbadoras: en el séptimo episodio, cuando Hays camina de regreso a casa, todo se apaga y se invade de profundas tinieblas, donde él solo ve una luz que luego se transforma en fuego. Hays lo sigue hasta encontrarse consigo mismo quemando su ropa en 1990, tras el asesinato de Harris James. Su mayor secreto y su mayor miedo reflejados en una secuencia tan oscura como estupenda.

 

El final

La tercera temporada de True Detective funciona. Una historia que te mantiene en vilo y te encanta a través de cada episodio, hasta llegar al final. Se trata de un desenlace interesante, bueno, mas que me deja con un sinsabor. Y es que en una temporada donde todo tiene que ver más que nada con la memoria y el olvido, el hecho de que Hays no haya podido contactar a Julie Purcell en ese pequeño viaje donde acabó perdiendo la memoria puede funcionar como un buen final en un sentido realista o irónico, pero no lo siento como un cierre exacto. Es la misma Julie Purcell, lo asumimos porque es la misma actriz y lo ha reafirmado Pizzolatto: “Esa es ella al final, definitivamente. Y creo que es suficiente saber que ella lo logró. Es la misma actriz de la que fuimos testigos antes y también en el video de vigilancia de 1990”. Siendo ella, ¿no se merecían Hays y West un verdadero cierre en lugar de darla por muerta, sabiendo nosotros todo lo que ellos han pasado estas décadas? Pues lo queramos o no, ese cierre o closure sí lo sienten los detectives ancianos: ella escapó, la pasó mal y luego mejoró en el convento, donde fue feliz hasta su pronta muerte. Hays y West pasaron toda su vida pensando en el caso Purcell y al final encuentran cierta redención poniéndole un final al misterio de esa forma. Esa es su verdad.

Me permito a continuación extraviarme en ciertos detalles. El final también abre el camino a la libre interpretación. Vemos a Henry, el hijo de Hays, guardar la dirección de Julie en el bolsillo. ¿Algún día irá? ¿Se enterará qué pasó con ella y le contará a su padre? ¿Llegará a saber el terrible secreto que comparte con West? Pizzolatto imagina que, de seguir la dirección, Henry tal vez encuentre un cierre para él y para West. “Quizás sea tan simple como decir que al final, Henry no estaba dispuesto a tirar la vida de su padre”, agrega el creador. Me agrada pensar que tarde o temprano Henry emprendería ese pequeño viaje.

La supuesta lápida de Julie Purcell (Créditos: HBO).

Nada sobra en True Detective. El último episodio arranca con un hermoso poema que no puede estar vano. Se trata de Calmly We Walk through This April’s Day (Calmadamente atravesamos este día de abril) de Delmore Schwartz. Publicado en su libro Summer Knowledge. New and Selected Poems (1938-1958), el poema leído por Amelia en su clase en la universidad de Arkansas guarda relación con toda la temporada. Aquí los versos que ella lee:

¿Qué vendrá a ser de ti y de mí

Más allá de la foto y la memoria?

(Esta es la escuela en que aprendemos…)

(… que el tiempo es el fuego en que ardemos.)

 

¿Qué es el yo en medio de este fulgor?

Lo que soy yo ahora era ya entonces,

Eso mismo que retomaré y otra vez soportaré,

¡Los niños bulliciosos rebrillan mientras corren

(Esta es la escuela en que ellos aprenden…)

 

¿Qué soy yo ahora que era ya entonces?

Que la memoria restituya una y otra vez

El más pequeño color del día más breve:

El tiempo es la escuela en que aprendemos,

El tiempo es el fuego en el que ardemos.

 

. Fragmento del poema ‘Calmly We Walk through This April’s Day’ de Delmore Schwartz, en el último episodio.

 

Es evidente que esto se presta a la interpretación, mas resulta fascinante cómo Pizzolatto ha cuidado estos detalles. En las estrofas leídas se pueden observar distintos matices o referencias a esta historia. Para empezar con lo más débil, el título del poema habla del mes de abril, y en la serie tenemos junio y julio con Junius Watts y Julie Purcell, respectivamente. ¿Es que alguien más sería abril? Luego está ¿Qué vendrá a ser de ti y de mí / Más allá de la foto y la memoria?, aquí tenemos reminiscencias con los niños Purcell, convertidos en fotos y objetos: muñecas, mochilas, la foto del día de Halloween. Asimismo, parece evocar la memoria en Hays y las tres líneas de tiempo. Que la memoria restituya una y otra vez / El más pequeño color del día más breve: dos versos que nos conectan otra vez Hays, la memoria y sus intentos de recordar las cosas. La última estrofa, donde se habla del yo y de la memoria, podría traducirse otra vez en Hays y su naciente Alzheimer. El tiempo es el fuego en el que ardemos: Hays quemando su ropa tras el asesinato de Harris James.

El poema es más largo. Existen otras partes que Amelia no lee en el episodio y pueden relacionarse con la serie, como esta: Los niños revoltosos, el automóvil / Que se aleja, fugitivo, por nuestro lado, / Entre el obrero y el millonario. Todo esto suena a los niños Purcell y su destino nebuloso y triste, y al mismo tiempo parece evocar los personajes de Watts y a Hoyt. Pero de nuevo, la interpretación abre todo un mundo de posibilidades, y este improvisado ejercicio podría tornarse eterno.

Otros tema importante son los falsos villanos, es decir, los “malos” de la temporada que al final no lo son, o al menos cuya maldad no resulta determinante para la temporada. Tenemos a Junius Watts, el misterioso afroamericano tuerto: no solamente se descubre como un peón de Hoyt, sino que además parece tener cierto remordimiento, ayudando a Julie a escapar y posteriormente buscando confesar sus pecados. El mismo Mr. Hoyt, quien se antojaba al inicio como el líder de alguna conspiración o al menos el responsable de la muerte y desaparición de los niños Purcell, resultó ser un millonario con tendencias criminales, ciertamente, mas no estaba involucrado: la tragedia familiar lo había convertido en un alcohólico y distanciado de la vida de su hija Isabel y por ende del crimen de los Purcell. No sabía nada. Tampoco existe ninguna gran red de pedofilia o corporación malévola, como ya se descarta hacia el final. Simplemente descubrimos que todo se debió a un accidente que se manejó muy mal.

En fin, la tercera temporada de True Detective se asemeja en estilo y ritmo a su primera gran entrega, pero hacia el final decide recorrer otro camino: tornarse más realista. Nos propone un crimen que tiene un desenlace menos triste y fatídico, o menos siniestro en sus motivos y orígenes. Se trata de una perspectiva interesante y bien construida, pero debo admitir que aquello reduce o hace que se pierda la impronta de la serie, esa rareza e intriga que palpa debates ancestrales en tanto explora la oscuridad del mundo en el que vivimos. No obstante, sigue siendo un relato digno que enriquece el universo de True Detective, pues como lee Amelia durante la lectura de su libro, “un niño perdido es una historia a la que nunca se le permite terminar”.

Wayne Hays sumido en la oscuridad (Créditos: HBO).

. Puedes leer el poema completo de Delmore Schwartz y su traducción al español (por Roberto Zeballos Rebaza) aquí

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