El Día de Star Wars: la nostalgia de una gran época

ABSTRACCIONES, Cine, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

El elenco original. De izquierda a derecha: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill y Carrie Fisher (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Evocando la saga de películas que cambió mi vida (y la de millones)

[Text in ENGLISH]

Hoy es el Día de Star Wars, mi historia favorita o acaso una de mis favoritas. Uno de mis placeres culposos más grandes, a pesar de la decadencia de sus últimas películas. En vista de ello, hoy toca asaltar un momento mi jornada para evocar la saga y quizá ver alguna de las películas clásicas (no las precuelas ni secuelas ni spin-offs ni dibujos animados). Por qué no.

El Star Wars Day es conocido por la frase May the Fourth be with you, un divertido juego de palabras del poderoso latiguillo de trascendencia metafísica May the Force be with you, repetido a través de todas las entregas de la saga galáctica. Por supuesto, este calambur no tendría sentido en español, pues existe poca similitud entre Que la Fuerza te acompañe y Que el Cuarto te acompañe. La frase se utilizó por primera vez en 1979, cuando Margaret Thatcher fue nombrada Primera Ministra de Reino Unido. La primera mujer que asumía el cargo fue felicitada por los miembros del partido político conservador, quienes a través del London Evening News expresaron “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations”. Curiosamente, la cita influenciada del May the Force be with you de la película de Lucas fue luego reciclada por los fans de la saga, y ahora el 4 de mayo es el día oficial de Star Wars en todo el mundo.

Carrie Fisher y Mark Hamill bromeando durante la filmación de “El imperio contraataca”, circa 1980 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Mi relación con esa galaxia muy, muy lejana es de toda una vida. La primera vez que vi Star Wars tenía cinco años. Soy un aficionado de segunda o acaso tercera generación. Era una grabación en VHS de The Empire Strikes Back (1980) o El Imperio contraataca como la conocimos en español. Mi hermano mayor la había grabado de Cine Millonario, el legendario bloque de películas de los domingos por la noche en Frecuencia Latina. Si mi memoria no me es infiel, era un fin de semana por la tarde, acaso un domingo. Mi tío estaba de visita y en mi recuerdo convergen la escena de Luke y Yoda en el pantanoso planeta Dagobah acompañadas de las voces de mis padres cotilleando con mi tío. Recuerdo también la clásica etiqueta con el nombre de la película en la parte inferior izquierda de la pantalla: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”. Una traducción curiosa, considerando que no existía en la trilogía entera ninguna guerra entre galaxias. Ese nombre otorgado por el doblaje para Hispanoamérica se incrustó en mi mente como la rémora al tiburón. Henchido de maravilla y exultación, invadí de preguntas a mi hermano y mi hermana, ¿quién era ese monstruito verde? ¿Quién es el malo? ¿Qué es un Jedi? Era imparable. Ahora bien, la memoria es tan frágil como falaz y quizás mi evocación es una construcción selectiva. Quizás fue El retorno del Jedi (1983) y quizás fue un lunes por la noche y sin mi tío. Sea como haya sido, este es mi recuerdo más viejo de Star Wars y uno de los más entrañables de mi infancia.

Era 1993: en el Perú, el autogolpe de nuestro dictador Fujimori ya celebraba su primer aniversario y el conflicto armado interno entre las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso diezmaba las poblaciones asháninka y nomatsiguenga de Satipo… En el mundo, Bill Clinton era elegido como el cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos y Nelson Mandela recibía el Premio Nobel de la Paz. Y mientras Hollywood remecía al mundo con Jurassic ParkPapá por siempre o La lista de Schindler, yo me entregaba de manera absoluta a La Guerra de las Galaxias.

Enloquecí cuando mi hermano me reveló que también tenía las otras dos películas grabadas. Y así empezó todo: vi esa versión de la trilogía original una y otra vez en esos viejos casetes de VHS hasta 1997, cuando entré al colegio Los Reyes Rojos en plena fiebre global de Star Wars por el estreno de la Special Edition y se los presté a un compañero nuevo que jamás los devolvió. A pesar de ese desliz en mi afición, ella siguió creciendo, y yo con ella.

Póster peruano de “A New Hope” para promocionar la película en los cines de Lima, Perú,1978 (Créditos: Archivo de la web de Arkiv Perú):

Ansioso por recrear las aventuras de Luke, Han y Leia, lamentaba mucho que no existan figuras de acción de Star Wars. Solamente contaba con un puñado de sobrevivientes de la colección de Kenner de los setentas y ochentas, heredada de mis hermanos mayores: un Tusken Raider, un RD-D2 sin patas, un guardia gamorreano y la princesa Leia. Solía jugar con tres G.I. Joes que reemplazaban a Luke, Han y C-3PO; imaginaba que el gamorreano era Chewbacca; y a ellos les sumaba el R2 lisiado y a la antiquísima Leia. Así fantaseaba hasta 1996, cuando arribó al Perú mi sueño materializado por Hasbro. La colección The Power of the Force, el retorno de las figuras de acción de la saga galáctica, revivió el encantamiento que ya Dragonball o los superhéroes de Marvel o las Tortugas Ninja empezaban a mermar. Con los juguetes llegaron luego cómics y algunas novelas. Para 1999, cuando apareció La amenaza fantasma, la primera película de la trilogía de precuelas de Star Wars, yo ya era un pequeño experto o al menos creía serlo —no tenía idea de lo vasto que era ese Universo Expandido sitiado de cómics, novelas y videojuegos—. Incluso pertenecí por unos años a un club de fanáticos en Lima, The Force Perú, donde gané un sorteo por primera vez en mi vida, a los 11 años, y me hice poseedor de un Junior Jedi Training Manual, un librillo con accesorios y un audiobook donde al final debía firmar un seriecísimo “Juramento del Jedi Junior” que todavía conservo. Abracé las precuelas y con la adolescencia y la adultez comprendí mejor la franquicia y sus imperfecciones: El retorno del Jedi, mi preferida durante la infancia, fue desplazada por El Imperio contraataca; me uní —temporalmente, ahora he cedido un poco— a la enorme campaña de animadversión hacia Jar Jar Binks; y odié las escenas y líneas románticas entre Anakin y Padmé. Pero todo aquello no redujo mi amor por la saga. Tras la locura del 2005 con La venganza de los Sith, que se encargó de adecentar las precuelas, la vida siguió. Algún libro o figura de acción ocasional o ver las series animadas de televisión y todo iba bien. Star Wars se amalgamó con mi existencia de forma orgánica. No necesitaba más.

De aquella epopeya espacial que trasladó el “viaje del héroe” de Joseph Campbell a nuestros tiempos, que atravesó todas las barreras geográficas y sociales y devino en un fenómeno de la cultura popular durante cuatro décadas, he aprendido mucho. Crecí citando a Ben Kenobi, Luke, Yoda, incluso más tarde a Qui-Gon. Cuestionaba la existencia de la suerte y las casualidades, reflexionaba sobre la dualidad del bien y el mal en todos nosotros y la posibilidad de errar o tomar la decisión equivocada, me preguntaba por la Fuerza y por ende por la creencia en Dios y la divinidad, revaloraba el amor por la familia y contemplaba como esencial la búsqueda de un mentor o maestro en la vida. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill y Denis Lawson se divierten un rato en un momento detrás de cámaras de “El retorno del Jedi”, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Star Wars nutrió asimismo mi adicción por las historias, la ficción y el acto de escribir. Dos de mis cuentos más viejos, perdidos para siempre con el estropeo de la antigua Pentium III de mi casa —uno de mis traumas de inicios de la adolescencia— eran fanfics predecibles de la saga: A Bounty Hunter’s Tale y Jedi Journeys. Star Wars me enseñó la insondable belleza de los mundos posibles. Ha sido entonces parte de mi educación sentimental e intelectual, ingrediente esencial en el desarrollo de una sensibilidad primaria, infantil, muy amable, que continúa mutando, cimentándose con la experiencia y el encuentro con otras historias.

Tras la fraudulenta trilogía de secuelas de Disney —algo en lo que no vale la pena explayarme ahora— atravieso una etapa de saturación de Star Wars, mas la franquicia parece imparable. Ni siquiera la pandemia del COVID-19 parece aplacarla: hoy se acaba de confirmar una nueva película dirigida por el talentoso y muy solicitado Taika Waititi. ¿Tendremos Star Wars hasta el fin de los tiempos? ¿Continuarán Disney y Lucasfilm creando estas historias cuando mis supuestos nietos tengan sus primeros descendientes? ¿Cuando un apocalipsis zombi se coma a la mitad del planeta? ¿Cuando una nueva guerra mundial arrase con Europa o Siria? ¿Cuando nos invadan extraños extraterrestres fusiformes con rostro de bivalvo? ¿Habrá algún reboot? ¿Recastearán a Luke o Leia en algún momento (por todos los Ewoks de Endor, no por favor) o los seguirán rejuveneciendo y reviviendo digitalmente per saecula saeculorum?

Clásica fotografía de Carrie Fisher en una sesión playera de la revista Rolling Stone, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Aquellas cuestiones, al fin y al cabo, me tienen sin cuidado. Vivimos un momento en el que la crónica de aquel granjero soñador de Tatooine se expande indeciblemente, más allá de aquellos dos soles gemelos que contempla silente, con más vida que nunca. Para bien o para mal, hay Star Wars para rato, mas prefiero darme un respiro del futuro de la saga y volver a sus raíces. Hasta que se les ocurra hacer un spin-off de Jar Jar Binks, hay que estar agradecidos…

De pronto suena a cualquier dislate de efemérides de turno, mas aquellos que comprenden saben que es cierto. La deuda con Star Wars prevalece. May the Fourth!

Los personajes de la trilogía original de “Star Wars” en plena pandemia del coronavirus (Créditos: desconocido, hallado en Internet).

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