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Dalí y Warhol: el reencuentro de dos genios

Invierno de 1964-1965. Salvador Dalí y Andy Warhol en el St. Regis Hotel de la ciudad de Nueva York (Créditos: David Mccabe/A Year in the Life of Andy Warhol, Phaidon, 2003).

Salvador Dalí sostenía que lo más importante era que se hable mal de él. Andy Warhol afirmaba que el mejor arte es hacer un buen negocio. Los máximos referentes del surrealismo y el pop art cultivaron una imagen pública que atrajo la atención del mundo, marcando la historia del arte.

*** Una primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 06/08/2017.

 

Tan solo una vez en su trayectoria, cuando ya era una leyenda en vida, Andy Warhol se quedó verdaderamente atónito, turbado, sin palabras. Fue en el verano de 1965, en el St. Regis Hotel de Nueva York. Tenía una cita en la suite 1610. Al aproximarse, alguien desde adentro lo invitó a pasar con un giro de su bastón. Una ópera ensordecedora invadía la habitación. De acuerdo al fotógrafo David McCabe, quien contó la historia y estuvo allí para registrarla, el hombre del bastón se acercó apremiado y se situó detrás de Warhol para ponerle un penacho de reminiscencias incaicas en la cabeza. Fue una reunión de cinco minutos que el creador del pop art sintió como un siglo de incomodidad. El extravagante huésped era otro mito llamado Salvador Dalí.

Aquel fue el primer encuentro de dos de los artistas más memorables del siglo XX. Y si bien solo trabajaron juntos en dos proyectos —la película Salvador Dalí (1966), donde el pintor conoce a The Velvet Underground; y el memorable retrato mudo del rostro de Dalí (1966), uno de los cientos de screen test de Warhol—, su relación perduró las siguientes dos décadas. En otra afamada fotografía de Christopher Makos, de 1978, Dalí y Warhol se saludaron compartiendo un beso durante una recepción en Nueva York. Fue un símbolo de mutua admiración y, para muchos, un guiño a la forma en la que ambos concibieron su trabajo: entre la genialidad, la fama y los dólares. El encuentro de dos grandes megalómanos que crearon su propia imagen y realidad alrededor de sí mismos, trastocando —o eliminando— los límites entre la vida y el arte.

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Hasta el próximo 7 de octubre, Dalí y Warhol celebran un último reencuentro en el cuarto piso del Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, un viejo edificio gótico que Stalin obsequió a Polonia en tiempos soviéticos y que hoy es uno de los espacios culturales más importantes de la ciudad. La exhibición (Dali kontra Warhol en polaco) superpone de forma integral la biografía y obra de ambos artistas a través de más de 120 obras, algunas nunca mostradas al público. Para el crítico de arte y curador Stach Szabłowski, uno de los dos curadores de la exhibición, “tiene sentido yuxtaponerlos, pues en ambos es absolutamente imposible separar la obra del personaje, de su imagen pública”. La conexión es tan evidente como idónea. Dos generaciones, personalidades y backgrounds distintos y, sin embargo, una aproximación artística que compartía una avanzada noción del poder de la publicidad para atraer a las masas. Ello condujo a construir su imagen excéntrica como parte de su praxis del arte y, en cierta medida, hacerla su centro. Se trata de descifrar el misterio del éxito de estos artistas a través de una reflexión sobre la fama y el dinero.

La muestra en Varsovia alberga importantes y célebres piezas de Warhol, como los retratos de Marilyn Monroe (1983) o los cuadros y trabajos de las sopas Campbell (1962-69), entre otros; contrastados con pinturas de Dalí como “El enigma sin fin” (1939) o “La tentación de San Antonio” (1946), sus esculturas, e incluso un ejemplar del libro surrealista de recetas de cocina para su esposa Gala, el hoy agotado Les Diners De Gala (1973).

Sin embargo, el aditivo más exquisito de la exhibición es también el último: una generosa colección inédita de los originales de Warhol en portadas de álbumes de música. The Rolling Stones, The Smiths, Count Basie, Miguel Bosé, Rats & Star, Leopold Stokowski, Blondie, Vladimir Horowitz, Thelonious Monk, Paul Anka, Artie Shaw, David Bowie, entre muchos otros, con un énfasis final en su colaboración con The Velvet Underground. En esas portadas, Warhol se distanció de las disciplinas visuales y se permitió improvisar con total libertad. “Vemos que también tenía talento para el dibujo y una hermosa caligrafía, por ejemplo. Nada de esto es corriente en su discurso principal”, dice Szabłowski.

Salvador Dalí y Andy Warhol, circa 1978 (Créditos: Christopher Makos).

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Un fino bigote ascendente y una peluca plateada. Salvador Dalí (1904-1989) y Andy Warhol (1928-1987) quizá sean las criaturas más extrañas que hayan salido de la novelesca comarca de Ampurdán y de Pittsburgh, la ciudad de acero, respectivamente. Uno se autodefinía como una droga, el otro como un ser profundamente superficial. Fueron animales de la misma especie: revolucionarios artistas que se sirvieron de los mass media para desarrollar su discurso. Aunque, como recuerda Szabłowski, para Dalí este fenómeno fue algo por descubrir, tanto por cuestiones generacionales como geográficas: “Dalí creció en una España de inicios de siglo XX, todavía basada en la aristocracia nobiliaria; mientras que para Warhol, como para gran parte de la sociedad estadounidense, se trató de algo natural: creció en un mundo moderno y totalmente centrado en el consumismo”.

Según Szabłowski, revisando toda la obra del catalán, comprobaremos que siempre propuso la misma visión, cambiando solamente el lenguaje. Además, influyó sobremanera que, en un comienzo, mientras pertenecía activamente al movimiento surrealista, su obra estuviera dirigida a un público pequeño y cerrado, acaso más elitista. No existían, por ejemplo, museos de arte moderno o contemporáneo, éstos estaban más dedicados a lo histórico, y lo nuevo sucedía solo en un nicho. El vanguardismo ciertamente crecía y se fortalecía, pero toda nueva expresión de arte es más elitista o underground. Posteriormente, acaso desde los años cincuenta, la obra de Dalí se dirigió al público en general. 

. Dalí en uno de los screen test de Warhol (1966).

En 1934, poco antes de ser expulsado del movimiento surrealista —cuando soltó aquello de “No pueden expulsarme porque yo soy el surrealismo”—, Dalí recibió el apodo de “Ávida Dollars” por parte de André Bretón. Un anagrama de su propio nombre que señalaba su afición a la fama y el dinero. Dalí estuvo en todas partes durante su tiempo, evidenciando que su trabajo no abrazaba la vieja concepción del artista como alguien entrenado en una habilidad específica, como la pintura o escultura, por ejemplo. No. El artista como marca puede incursionar donde quiera, y Dalí lo comprobó a través de pinturas, esculturas, pero también diseño de muebles o colaboraciones cinematográficas, por ejemplo. Buscaba demostrar que como creador podía hacer lo que quisiera, algo que Warhol corroboraría años más tarde.

Ambos hicieron suya esa transgresión encarnada en los medios, la provocación y el espectáculo. Dalí los empleaba para traducir su universo, esa visión del mundo onírico y la mente; Warhol, acaso socialmente más comprometido, los utilizó como el concepto mismo de su propuesta, introduciendo al arte elementos de productos, marcas y deseos colectivos. Esa fue la contribución más importante del pop art a la historia del arte del siglo XX.

La exposición “Dali kontra Warhol”, montada en el Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, en el 2017. Estuvo compuesta por más de 120 piezas de los artistas, muchas de las cuales fueron exhibidas por primera vez (Créditos: Diego Olivas Arana).

Para Hank Hine, director del Dali Museum en San Petersburgo, Florida, Warhol fue uno de los artistas más marcados por el legado y modelo de Dalí: “Ambos tenían una estética similar, pues abrazaban lo que era el medio dominante de la época, a pesar de hacerlo de formas distintas. Warhol realmente se apropió del enfoque de Dalí a la prensa, desarrollándolo al límite”. Hine agrega que el verdadero nudo entre ambos artistas se encuentra en su curiosidad sobre el significado y la naturaleza del arte. “Ambos tenían la convicción de que el arte es algo que trasciende la pintura, el cine o la foto. Es la idea que existe detrás de la obra maestra. Algo que reflejaron en su propia imagen”.

Ciertamente, para Dalí no bastaba la simple contemplación de su imaginación en pinturas. Tenía que manifestarse en la vida real para revelar esa creatividad en persona y generar un quiebre, conjurando reacciones, como en una exposición surrealista en Londres de 1936, donde sorprendió al público al dar su discurso vistiendo una antigua escafandra para buceo y acompañado de dos galgos rusos (al final tuvo que sacarse el casco para evitar la asfixia). Warhol extremaría esta perspectiva de muchas formas, desde su protagonismo en las fiestas de Studio 54 o The Factory hasta aparecer en comerciales de la empresa electrónica nipona TDK o junto al boxeador Sonny Liston promocionado la aerolínea Brannif (when you got it, flaunt it!).

Instalación del “Sofá-labios” de Salvador Dalí en la exposición Dali kontra Warhol, en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Los dos fueron muy versátiles para desarrollar su trabajo, haciendo que sus intereses en distintos medios y plataformas de expresión volcaran en numerosas colaboraciones con otros artistas, como Dalí con Luis Buñuel en el cortometraje surrealista Un perro andaluz (1929) o la serie de pinturas colaborativas que Warhol realizó con Jean-Michel Basquiat (1983-1985). A su vez, otro factor que los unió es que tanto Dalí como Warhol descubrieron temprano la ventaja de la multiplicación, condicionando sus talleres para ello. Es curioso recordar que Dalí empezó con estos cambios antes de que Warhol conceptualizara y creara The Factory, su famoso estudio, taller y punto de encuentro de la bohemia de Nueva York. Según Szabłowski, “ambos cuestionaban el significado tradicional de la originalidad, especialmente Warhol, quien puso mucho énfasis en esto. Raramente hacia un trabajo que no tuviera varias ediciones. Casi toda su obra principal se basó en series”.

Pese a tales similitudes, las diferencias en sus propuestas están muy presentes. “A través de toda su obra, Dalí nunca abandonó el ideal de la omnipotencia del artista, es decir, la posibilidad de crear de la nada, empleando tu propia genialidad. Algo que no está mal, fue su camino y concepción, mas también se debe a que pertenecía a otra generación y a su background surrealista, que siempre lo empujaba hacia esta convicción del poder creativo ilimitado”, explica Szabłowski. “Warhol tenía otro tipo de sensibilidad. Él decía que el artista del futuro será alguien que edita y reedita, que se comunica a través de elementos ya existentes, transformándolos y dándoles más poder”, agrega.

Portada del álbum “Sticky Fingers” (1971) de The Rolling Stones, diseñado por Andy Warhol.

Además, Warhol tenía una opinión muy crítica. No era esa persona pública sin expresión ni opiniones que siempre aparentó. Ese disfraz fue parte de su proyecto artístico: servir como espejo para los conceptos de otras personas. Warhol se distanciaba mucho de la categoría de un artista sin opiniones. Su profundo entendimiento de la cultura de su tiempo provocó que su obra se centrara en una confirmación total de la sociedad de consumo: empleando elementos tomados de diferentes productos o deseos colectivos. “Muchas veces —sostiene Szabłowski—, evidenciar la forma de operar del sistema puede ser más crítico que rechazarlo o negarlo, porque a través de la confirmación estás realmente demostrando cómo funciona”. Algo que puede verse con las latas de sopa Campbell, donde glorifica y critica los hábitos de consumo de la época.

Uno de los conceptos que más los une es asimismo uno de los que más descubren su genialidad: ambos cuestionaban la mortalidad. “In Voluptas Mors” (1951), un retrato hecho en colaboración con el fotógrafo Philippe Halsman, presenta a Dalí posando junto a una gran calavera, o dependiendo de la perspectiva, junto a siete modelos desnudas (“la voluptuosidad de la muerte”). Dalí subvierte la realidad en esta fusión de la inminencia de la muerte y la presencia del erotismo, buscando que uno descubra pistas sobre sus procesos subconscientes a través de las asociaciones evocadas por la ilusión óptica.

El clásico “In Voluptas Mors” (Philippe Halsman, 1951).

A su vez, en su “Díptico de Marilyn” (1962), Warhol presenta cincuenta cuadros del rostro de Marilyn Monroe, basados en una fotografía publicitaria para la película “Niagara” (1953). Se trata de una serigrafía realizada poco después del deceso de la actriz, donde una mitad está a colores y la otra en blanco y negro, connotando no solamente la extremada reproducción que reduce el valor de las persona retratada, sino la relación entre la figura de la fama con la del consumismo y la muerte. Hank Hine sostiene que “en Warhol podemos ver el amor por este mundo, pero también un sentido de su fugacidad y su muerte. Las celebridades como un esbozo que eventualmente se descompondrá y desaparecerá”.

 

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A pesar de los años, el recuerdo de estos dos iconoclastas permanece vigente en la memoria colectiva. Algo que intensifica la importancia de esta muestra y le otorga actualidad es el reciente retorno de ambos a las noticias, nuevamente bajo el manto del escándalo. A fines de junio, John McEnroe, el retirado campeón de tenis estadounidense convertido en celebridad, publicó su autobiografía, donde, entre otras confidencias, señala a Warhol como el saboteador de su vida sexual, interrumpiendo muchos de sus flirteos nocturnos con sus fotografías (Warhol solía tomar Polaroids a todos, incluyendo personajes como Alfred Hitchcock, Pelé o Mick Jagger. Por esa afición es que hoy se le considera uno de los precursores del concepto de Instagram). McEnroe además afirma que Warhol fue un “mediocre sobrevalorado”, olvidando quizá que en 1986 lo contrató para que hiciera un retrato de él y su entonces esposa, Tatum O’Neal.

De la misma forma, el nombre de Dalí ha resonado por toda España con revigorada fuerza. El pasado 20 de julio se realizó la exhumación de su tumba en el Teatro-Museo Dalí, en su natal Figueras. La acción se dio como orden de una corte de Madrid, paso crucial para la consecuente prueba de ADN que implica proseguir la demanda de Pilar Abel Martínez, tarotista de 61 años que asegura ser su hija extramatrimonial. Una noticia que ha conmocionado a todo el país, dividiendo a la gente entre quienes apoyan a Abel Martínez y quienes la dan por una oportunista y embaucadora. Además del rechazo de los actuales dueños del patrimonio del surrealista: la Fundación Gala-Salvador Dalí, el Estado español y el ayuntamiento de su pueblo. El equipo forense extrajo un poco de pelo, uñas y dos huesos largos para la comparación de ADN, y según uno de sus miembros, el bigote de Dalí permanece idéntico, dando las 10 y 10 de un reloj imaginario, como él deseaba. Los resultados se pronostican para mediados de setiembre. Toda una locura que el diario El País ha llamado “surrealismo en estado puro”.

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Afiche de la muestra “Dali kontra Warhol” en Varsovia (2017).

En mayo de 1978, Dalí y Warhol se citaron en un restaurante en Nueva York. Warhol llevó dos ejemplares de uno de los libros de Dalí para que se los firmara. Allí, ambos descubrieron que compartían la inquietud por buscar beautiful freaks. Antes de despedirse, Dalí sorprendió a Warhol una vez más, obsequiándole una bolsa de plástico con sus paladares usados. Un simbólico gesto que se entendió como la confirmación de su aprecio, y a su vez, como un ritual de sucesión. Un recuerdo que Warhol registró con admiración en sus diarios. Obsesionado como estaba con el concepto del artista presente en la esfera pública, Dalí era un caso fascinante para Warhol. “Sin embargo, no existen pruebas de que Dalí haya estado tan interesado en Warhol. Creo que eso dice mucho de la relación de ambos. Los divide, a su vez. Dalí estaba muy concentrado en sus ideas, el desarrollo de su propuesta; mientras Warhol sabía que estaban sucediendo cosas importantes allá afuera, absorbía, prestaba atención”, subraya el curador Szabłowski.

Dalí dijo que si llegaba a morir, no lo haría del todo. Warhol afirmó que no creía en la muerte, y que no podía decir nada sobre ella porque todavía no estaba preparado. Hoy que se reencuentran en Polonia se han cumplido 113 y 89 de sus aniversarios, respectivamente. Ambos influyen hasta el día de hoy a muchas generaciones de artistas. Fueron absolutamente célebres: amados y odiados mientras vivieron, y lo han sido cada vez más desde sus muertes. Son inmortales.

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El Día de Star Wars: la nostalgia de una gran época

ABSTRACCIONES, Cine, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

El elenco original. De izquierda a derecha: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill y Carrie Fisher (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Evocando la saga de películas que cambió mi vida (y la de millones)

[Text in ENGLISH]

Hoy es el Día de Star Wars, mi historia favorita o acaso una de mis favoritas. Uno de mis placeres culposos más grandes, a pesar de la decadencia de sus últimas películas. En vista de ello, hoy toca asaltar un momento mi jornada para evocar la saga y quizá ver alguna de las películas clásicas (no las precuelas ni secuelas ni spin-offs ni dibujos animados). Por qué no.

El Star Wars Day es conocido por la frase May the Fourth be with you, un divertido juego de palabras del poderoso latiguillo de trascendencia metafísica May the Force be with you, repetido a través de todas las entregas de la saga galáctica. Por supuesto, este calambur no tendría sentido en español, pues existe poca similitud entre Que la Fuerza te acompañe y Que el Cuarto te acompañe. La frase se utilizó por primera vez en 1979, cuando Margaret Thatcher fue nombrada Primera Ministra de Reino Unido. La primera mujer que asumía el cargo fue felicitada por los miembros del partido político conservador, quienes a través del London Evening News expresaron “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations”. Curiosamente, la cita influenciada del May the Force be with you de la película de Lucas fue luego reciclada por los fans de la saga, y ahora el 4 de mayo es el día oficial de Star Wars en todo el mundo.

Carrie Fisher y Mark Hamill bromeando durante la filmación de “El imperio contraataca”, circa 1980 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Mi relación con esa galaxia muy, muy lejana es de toda una vida. La primera vez que vi Star Wars tenía cinco años. Soy un aficionado de segunda o acaso tercera generación. Era una grabación en VHS de The Empire Strikes Back (1980) o El Imperio contraataca como la conocimos en español. Mi hermano mayor la había grabado de Cine Millonario, el legendario bloque de películas de los domingos por la noche en Frecuencia Latina. Si mi memoria no me es infiel, era un fin de semana por la tarde, acaso un domingo. Mi tío estaba de visita y en mi recuerdo convergen la escena de Luke y Yoda en el pantanoso planeta Dagobah acompañadas de las voces de mis padres cotilleando con mi tío. Recuerdo también la clásica etiqueta con el nombre de la película en la parte inferior izquierda de la pantalla: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”. Una traducción curiosa, considerando que no existía en la trilogía entera ninguna guerra entre galaxias. Ese nombre otorgado por el doblaje para Hispanoamérica se incrustó en mi mente como la rémora al tiburón. Henchido de maravilla y exultación, invadí de preguntas a mi hermano y mi hermana, ¿quién era ese monstruito verde? ¿Quién es el malo? ¿Qué es un Jedi? Era imparable. Ahora bien, la memoria es tan frágil como falaz y quizás mi evocación es una construcción selectiva. Quizás fue El retorno del Jedi (1983) y quizás fue un lunes por la noche y sin mi tío. Sea como haya sido, este es mi recuerdo más viejo de Star Wars y uno de los más entrañables de mi infancia.

Era 1993: en el Perú, el autogolpe de nuestro dictador Fujimori ya celebraba su primer aniversario y el conflicto armado interno entre las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso diezmaba las poblaciones asháninka y nomatsiguenga de Satipo… En el mundo, Bill Clinton era elegido como el cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos y Nelson Mandela recibía el Premio Nobel de la Paz. Y mientras Hollywood remecía al mundo con Jurassic ParkPapá por siempre o La lista de Schindler, yo me entregaba de manera absoluta a La Guerra de las Galaxias.

Enloquecí cuando mi hermano me reveló que también tenía las otras dos películas grabadas. Y así empezó todo: vi esa versión de la trilogía original una y otra vez en esos viejos casetes de VHS hasta 1997, cuando entré al colegio Los Reyes Rojos en plena fiebre global de Star Wars por el estreno de la Special Edition y se los presté a un compañero nuevo que jamás los devolvió. A pesar de ese desliz en mi afición, ella siguió creciendo, y yo con ella.

Póster peruano de “A New Hope” para promocionar la película en los cines de Lima, Perú,1978 (Créditos: Archivo de la web de Arkiv Perú):

Ansioso por recrear las aventuras de Luke, Han y Leia, lamentaba mucho que no existan figuras de acción de Star Wars. Solamente contaba con un puñado de sobrevivientes de la colección de Kenner de los setentas y ochentas, heredada de mis hermanos mayores: un Tusken Raider, un RD-D2 sin patas, un guardia gamorreano y la princesa Leia. Solía jugar con tres G.I. Joes que reemplazaban a Luke, Han y C-3PO; imaginaba que el gamorreano era Chewbacca; y a ellos les sumaba el R2 lisiado y a la antiquísima Leia. Así fantaseaba hasta 1996, cuando arribó al Perú mi sueño materializado por Hasbro. La colección The Power of the Force, el retorno de las figuras de acción de la saga galáctica, revivió el encantamiento que ya Dragonball o los superhéroes de Marvel o las Tortugas Ninja empezaban a mermar. Con los juguetes llegaron luego cómics y algunas novelas. Para 1999, cuando apareció La amenaza fantasma, la primera película de la trilogía de precuelas de Star Wars, yo ya era un pequeño experto o al menos creía serlo —no tenía idea de lo vasto que era ese Universo Expandido sitiado de cómics, novelas y videojuegos—. Incluso pertenecí por unos años a un club de fanáticos en Lima, The Force Perú, donde gané un sorteo por primera vez en mi vida, a los 11 años, y me hice poseedor de un Junior Jedi Training Manual, un librillo con accesorios y un audiobook donde al final debía firmar un seriecísimo “Juramento del Jedi Junior” que todavía conservo. Abracé las precuelas y con la adolescencia y la adultez comprendí mejor la franquicia y sus imperfecciones: El retorno del Jedi, mi preferida durante la infancia, fue desplazada por El Imperio contraataca; me uní —temporalmente, ahora he cedido un poco— a la enorme campaña de animadversión hacia Jar Jar Binks; y odié las escenas y líneas románticas entre Anakin y Padmé. Pero todo aquello no redujo mi amor por la saga. Tras la locura del 2005 con La venganza de los Sith, que se encargó de adecentar las precuelas, la vida siguió. Algún libro o figura de acción ocasional o ver las series animadas de televisión y todo iba bien. Star Wars se amalgamó con mi existencia de forma orgánica. No necesitaba más.

De aquella epopeya espacial que trasladó el “viaje del héroe” de Joseph Campbell a nuestros tiempos, que atravesó todas las barreras geográficas y sociales y devino en un fenómeno de la cultura popular durante cuatro décadas, he aprendido mucho. Crecí citando a Ben Kenobi, Luke, Yoda, incluso más tarde a Qui-Gon. Cuestionaba la existencia de la suerte y las casualidades, reflexionaba sobre la dualidad del bien y el mal en todos nosotros y la posibilidad de errar o tomar la decisión equivocada, me preguntaba por la Fuerza y por ende por la creencia en Dios y la divinidad, revaloraba el amor por la familia y contemplaba como esencial la búsqueda de un mentor o maestro en la vida. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill y Denis Lawson se divierten un rato en un momento detrás de cámaras de “El retorno del Jedi”, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Star Wars nutrió asimismo mi adicción por las historias, la ficción y el acto de escribir. Dos de mis cuentos más viejos, perdidos para siempre con el estropeo de la antigua Pentium III de mi casa —uno de mis traumas de inicios de la adolescencia— eran fanfics predecibles de la saga: A Bounty Hunter’s Tale y Jedi Journeys. Star Wars me enseñó la insondable belleza de los mundos posibles. Ha sido entonces parte de mi educación sentimental e intelectual, ingrediente esencial en el desarrollo de una sensibilidad primaria, infantil, muy amable, que continúa mutando, cimentándose con la experiencia y el encuentro con otras historias.

Tras la fraudulenta trilogía de secuelas de Disney —algo en lo que no vale la pena explayarme ahora— atravieso una etapa de saturación de Star Wars, mas la franquicia parece imparable. Ni siquiera la pandemia del COVID-19 parece aplacarla: hoy se acaba de confirmar una nueva película dirigida por el talentoso y muy solicitado Taika Waititi. ¿Tendremos Star Wars hasta el fin de los tiempos? ¿Continuarán Disney y Lucasfilm creando estas historias cuando mis supuestos nietos tengan sus primeros descendientes? ¿Cuando un apocalipsis zombi se coma a la mitad del planeta? ¿Cuando una nueva guerra mundial arrase con Europa o Siria? ¿Cuando nos invadan extraños extraterrestres fusiformes con rostro de bivalvo? ¿Habrá algún reboot? ¿Recastearán a Luke o Leia en algún momento (por todos los Ewoks de Endor, no por favor) o los seguirán rejuveneciendo y reviviendo digitalmente per saecula saeculorum?

Clásica fotografía de Carrie Fisher en una sesión playera de la revista Rolling Stone, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Aquellas cuestiones, al fin y al cabo, me tienen sin cuidado. Vivimos un momento en el que la crónica de aquel granjero soñador de Tatooine se expande indeciblemente, más allá de aquellos dos soles gemelos que contempla silente, con más vida que nunca. Para bien o para mal, hay Star Wars para rato, mas prefiero darme un respiro del futuro de la saga y volver a sus raíces. Hasta que se les ocurra hacer un spin-off de Jar Jar Binks, hay que estar agradecidos…

De pronto suena a cualquier dislate de efemérides de turno, mas aquellos que comprenden saben que es cierto. La deuda con Star Wars prevalece. May the Fourth!

Los personajes de la trilogía original de “Star Wars” en plena pandemia del coronavirus (Créditos: desconocido, hallado en Internet).

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Star Wars Day: the nostalgia for amazing times

ABSTRACCIONES, Cine, In English, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

The original cast. From left to right: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill and Carrie Fisher (Credits: Lucasfilm / Disney).

Evoking the movie trilogy that changed my life (and that of millions)

[Texto en ESPAÑOL]

Today is Star Wars Day, one of my favourites stories ever, if not my favourite. One of my biggest guilty pleasures, despite the decline of its latest movies. Because of this, today it is time to interrupt my daily routine to evoke the saga and perhaps see some of its classic entries (not the prequels or sequels or spin-offs or cartoons). Why not.

Star Wars Day is known for the catchphrase May the Fourth be with you, a funny pun on the powerful quote of metaphysical transcendence May the Force be with you, repeated throughout all installments of the galactic saga. Of course, this calembour would not make sense in Spanish—my mother tongue —, since there is little similarity between Que la Fuerza te acompañe and Que el Cuarto te acompañe. The phrase was first used in 1979, when Margaret Thatcher was appointed Prime Minister of the United Kingdom. The first woman to take office was congratulated by members of the Conservative political party, who through the London Evening News expressed “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations ”. Interestingly, the quote influenced from Lucas’s May the Force be with you was later recycled by the fans of the saga, and now May 4 is the official day of Star Wars around the world.

Carrie Fisher and Mark Hamill having fun on the set of “The Empire Strikes Back”, circa 1980 (Credits: Lucasfilm / Disney).

My relationship with that galaxy far, far away goes through my whole life. The first time I saw Star Wars I was five years old. It was a VHS recording of The Empire Strikes Back (1980). My older brother had recorded it from Cine Millonario, the legendary block of Sunday night movies in Frecuencia Latina, a Peruvian national broadcast station. If my memory does not betray me, it was a weekend afternoon, perhaps a Sunday. My uncle was visiting us and in my recollection the scene of Luke and Yoda on the swampy planet Dagobah converges with the voices of my parents and my uncle laughing and gossiping in the background. I also remember the classic label with the name of the film at the bottom left of the screen: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS“. Now everyone in Hispanic America knows the franchise as Star Wars, but back then we were more used to our version, which means Galaxy Wars. A curious translation, considering that there was no war between galaxies in the entire trilogy. That name given by the dubbing was fixated in my mind like a remora to a shark. Filled with wonder and joy, I invaded my brother and sister with questions, who was that little green monster? Who is the bad guy? What is a Jedi? I was unstoppable. However, memory is as fragile as fallacious and perhaps my evocation is a selective construction. Maybe it was The Return of the Jedi (1983) and maybe it was a Monday night without my uncle. Either way, this is my oldest memory of Star Wars and one of the most endearing of my childhood.

It was 1993: in Peru, the auto-coup of our dictator Fujimori was already celebrating its first anniversary and the internal armed conflict between the Armed Forces and the Shining Path was decimating the Asháninka and Nomatsiguenga indigenous populations of Satipo… In the world, Bill Clinton was becoming the fortieth second President of the United States and Nelson Mandela was receiving the Nobel Peace Prize. And while new Hollywood’s blockbusters like Jurassic ParkMrs. Doubtfire or Schindler’s List were conquering the world, I was giving myself up to La Guerra de las Galaxias.

I went crazy when my brother revealed that he also had recorded the other two movies. And that’s how it all began: I watched that version of the original trilogy over and over again on those old VHS cassettes until 1997, when I started third grade in a new school during the days of the Star Wars Special Edition fever and borrowed them to a new classmate who never returned them. Despite that sad episode, life went on and so it did my obsession. We grew together.

Peruvian poster of “A New Hope” to promote the movie in theaters in Lima, Peru, 1978 (Credits: Archive of the Arkiv Peru website).

Anxious to recreate the adventures of Luke, Han and Leia, I used to find it sad that there were no Star Wars action figures. I only had a handful of survivors from the Kenner collection of the seventies and eighties, inherited from my older brothers: a Tusken Raider, an RD-D2 without legs, a Gamorrean guard and Princess Leia. I used to play with three G.I. Joes that were replacing Luke, Han and C-3PO; the Gamorrean was Chewbacca; and completed the group with the disabled R2 and the classic Leia. So I fantasized until 1996, when my dream came true and it arrived to Peru, materialized by Hasbro. The Power of the Force collection, the return of the galactic saga’s action figures, revived the spell on me that Dragonball or Marvel superheroes or the Ninja Turtles were beginning to diminish. With the toys came later comics and some novels. By 1999, when The Phantom Menace appeared, the first film in the Star Wars prequel trilogy, I was already a small expert or at least I thought I was—I had no idea how vast was that Expanded Universe of comics, novels and video games. I even belonged for a few years to a fan club in Lima, The Force Perú, where I won a raffle for the first time in my life, at age 11, and became an owner of a Junior Jedi Training Manual, a booklet with accessories and an audiobook where I had to sign a very serious “Junior Jedi Oath” at the end. I still have it. I embraced the prequels and with the adolescence and adulthood I understood better the franchise and its imperfections: The Return of the Jedi, my favourite during childhood, was displaced by The Empire Strikes Back; I joined – temporarily, now I have somehow accepted it – to the everlasting hate campaign towards Jar Jar Binks; and I hated the romantic scenes and lines between Anakin and Padmé. But all that did not affected my love for the saga. After the madness of 2005 with Revenge of the Sith, which took it upon itself to leave the reputation of prequels in a better place, life went on. Reading any occasional book, buying an action figure or watching the animated television series and everything was okay. Star Wars amalgamated with my existence organically. I did not need more.

I have learned a lot from that space opera that translated the “Hero’s Journey” of Joseph Campbell to our times, that crossed all geographical and social barriers and became a pop culture phenomenon for four decades. I grew up quoting Ben Kenobi, Luke, Yoda, even Qui-Gon, later. It made me question the existence of luck and coincidences, reflect on the duality of good and evil in all of us and the possibility of making the wrong choice, wonder about the Force and therefore about the existence in God and divinity, revaluate the importance of family, and contemplate as essential the search for a mentor in life. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill and Denis Lawson on a shot behind the scenes of “Return of the Jedi”, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Star Wars also nurtured my addiction to stories, fiction and the act of writing. Two of my oldest short stories, lost forever with the malfunction of the family’s old Pentium III—a trauma of my early adolescence—were predictable fanfics of the saga: A Bounty Hunter’s Tale and Jedi Journeys. Star Wars taught me the unfathomable beauty of possible worlds. Then, it has been part of both my sentimental and intellectual education. An essential ingredient in the development of a primary, childish, and very warm sensitivity, that continues to mutate, across the experience and the collision with other stories.

After the failed trilogy of the Disney sequels—something that is not worth going deeper on now—I am going through a phase of saturation of Star Wars, but the franchise seems unstoppable. Not even the COVID-19 pandemic seems to appease it: a new film directed by the talented and highly sought-after Taika Waititi has just been confirmed today. Will we have Star Wars until the end of time? Will Disney and Lucasfilm continue to create these stories when my alleged grandchildren have their own descendants? When a zombie apocalypse eats half the planet? When a new world war crash with Europe or Syria? When we are invaded by strange fusiform aliens with bivalve-like faces? Will there be a reboot? Will they recast Luke or Leia at some point (for all the Ewoks of Endor, please not) or will they continue to digitally rejuvenate and resurrect them per saecula saeculorum?

Classic photograph of Carrie Fisher during a Rolling Stone magazine beach shoot, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Those questions, after all, do not matter to me. We live in a moment in which the adventure of that daydreamer farmboy from Tatooine expands unspeakably, far beyond those two twin suns that he silently contemplates, more alive than ever. For better or for worse, Star Wars has come to stay, but I prefer to give myself a break from the future of the saga and return to its roots. As far as they do not announce a Jar Jar Binks spin-off, we have to be grateful…

It may sound like a cheap thought of any given holiday, but those who understand know it to be true. The debt to Star Wars prevails. May the Fourth!

The characters from the original “Star Wars” trilogy in the middle of the coronavirus pandemic (Credits: unknown, found on the Internet).

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Boris Bally: un artesano de la chatarra

Arte, Diseño industrial, ENTREVISTAS y PERFILES, Reciclaje - Diego Olivas Arana - 30 Abril, 2020

Boris Bally (Créditos: Aaron Usher III / www.borisbally.com).

Abanderado del diseño industrial consciente y del reciclaje, Boris es un artista que ha realizado un matrimonio implacable entre su obra y su familia. Su hogar en Providence, Rodhe Island, está invadido de señales de tránsito y objetos ‘reutilizados’ de todo tipo.  Una casa con todas las formas y colores, acaso ordinaria desde la calle, mas toda una revelación al entrar y encontrarte con lámparas hechas con cascos de obreros o la parte superior de una camioneta y sus reflectores instaladas en el techo del comedor.

*** Una primera versión de este texto fue publicada en ARQ., la revista de arquitectura, urbanismo y arte de la Editorial Comunica2 (Edición #43, 2016).

 

Boris sale de la mini van ahorradora de gas que conduce siempre para conseguir su material de trabajo y gira su gorro con visera hacia atrás, preparándose para la faena. Su asistente, Curtis Aric, hace lo mismo desde el asiento del copiloto. No es la primera vez que arriban al basurero central de Providence. Boris visita periódicamente ese y otros depósitos de chatarra locales, siempre en busca de señales de tránsito, señalética u otros objetos reciclables. Pronto regresan con grandes fragmentos de señales, junto a algunos chatarreros. Boris se remanga la camiseta, preparándose para levantar las nuevas adquisiciones, descubriendo un gran tatuaje que recorre todo su antebrazo derecho: unos dragones chinos batallando en un cielo nocturno. Camino a casa, con Curtis al volante, conversan sobre las sillas que tienen que terminar, hechas con señales de autobús, cuando de pronto Boris repara en algo difuso y brillante. Curtis retrocede, a pedido de Boris, quien desciende del vehículo y se aproxima hacia la hierba adyacente a la autopista. Se trataba de un cartel metálico, abandonado en medio de la nada y emitiendo un intenso resplandor. Era una tarde soleada. Boris lo recoge y lee las palabras en fondo rojo: wrong way (camino errado). Regresa y lo introduce en la maletera. Un ademán del artista es suficiente para que Curtis encienda el motor y reemprendan el viaje. Boris sonríe para sí mismo. Ha sido una buena jornada, y además se había topado con esta olvidada señal de tránsito sin buscarla, cuya brillantez advirtió su presencia al reciclador y lo atrajo. Lo había buscado en el camino, como si supiera que junto a él le esperaba un nuevo renacer. 

Obra de Boris Bally (Créditos: Steve Mason / www.borisbally.com).

Desde su habitación en Providence, Boris nos relata esa extraña eventualidad. Él sabe que no está recorriendo ningún camino errado. El reciclaje y el diseño son el motor de su vida. La devoción por el reciclaje se gestó desde su infancia en Pittsburgh, Pennsylvania, donde sus padres, en lugar de llevarlo al zoológico, lo paseaban por todos los basureros distritales de la ciudad. “Es cierto que de joven estuve aprendiendo y trabajando como orfebre en todo tipo de metales y madera en Suiza, pero quienes cultivaron esto en mí fueron primero mis padres, ellos migraron de Zúrich en los ’60. Allá todos tienen un estilo de vida muy consciente, reciclan desde hace años y siempre lo harán. Nuestro family motto, que ahora es el de mi esposa e hijos, es el mismo: úsalo, gástalo, hazlo durar y tíralo”.

De acuerdo al diseñador industrial estadounidense Phil Renato, su compatriota Boris Bally es “un diseñador industrial capaz, un artesano dotado, un astuto negociante, un escultor exigente y un agudo crítico cultural”. ¿A qué persona se le pueden atribuir tantas virtudes? La amalgama de elementos con los que Boris trabaja es insondable: metales preciosos y no preciosos, señales de la calle abandonadas, partes de armas, fragmentos de vehículos, cubiertos viejos y demás despojos —algunos peligrosos— de la ciudad. Sirviéndose del uso de metales y de su talento como joyero y orfebre (fortalecido en su año de estudios en Basel, Suiza, en 1979), ha desarrollado un estilo innovador e ingenioso, que mediante el diseño industrial ha transformado el reciclaje en una aventura cromática desbordante.

“La obra de Boris busca darle otra vida a distintos objetos de la calle —con énfasis en las señales—  y así reflejar la estética urbana del país en su forma más verdadera, distorsionando a su vez el orden de las cosas a través de su arte”, afirma Renato. Bally, por su parte, considera la exploración continua de materiales extraños y comunes como un intento de romper los límites establecidos entre el diseño y el arte. Sus sillas y mesas fabricadas en base a señales han viajado por todo el mundo, obteniendo diferentes galardones y menciones en premiaciones como el Eco Arts Awards, Forbes Magazine o la New York Foundation for the Arts, entre otros, además de exhibiciones alrededor de Estados Unidos y países como Korea, Japón, Inglaterra o Francia. Transit Chairs (sillas de tránsito) es su proyecto más afamado.

Una menorá o candelabro hecho de armas (Créditos: Aaron Usher III / www.borisbally.com).

Los diseños de Boris fluctúan entre lo excéntrico, pasando por lo sofisticado hasta lo meramente gracioso (como esa bandeja en la que dice Not ass —no culo—, proveniente de una señal de Do not pass —no pasar—).  Cada silla o mesa mantiene su funcionalidad y a su vez exhibe todo o una parte del mensaje del cual está fabricado. Todas son únicas, no existen modelos en serie, la disponibilidad de cualquiera se da sobre la base de lo que pueda hallar Boris hurgando en la basura. Él no desperdicia nada en la manufacturación de sus diseños. Emplea las ‘sobras’ del proceso inicial para convertirlas en cosas más pequeñas: posavasos, llaveros o broches. Al final suele quedar aserrín o partículas de metal que trae de vuelta a su depósito de chatarra para reingresarlo en el ciclo de reciclaje. Asimismo, los detalles no se extrañan, todos los modelos vienen con corchos de botellas de champán reciclados en las patas, para proteger sus plantas. 

¿Cómo converge su práctica de estudio con su vida familiar? El nivel de compromiso, su obra enfocada en la resurrección de objetos, se refleja en su casa. “Dirijo mi vida —y como familia todos lo hacemos— a la reducción de basura, el reciclaje, el devolverle la utilidad a algo. Mi estudio y hogar es un viejo edificio que antes era una escuela y luego pasó a ser local del American Legion —organización de veteranos— en 1889, ¡el cual yo compré en el año ’99 al precio de un automóvil! Es un monumento de la ciudad y lo iban a derrumbar: yo lo salvé y restauré. La barandilla de la escalera la hice con palas donadas del conductor de mi UPS (United Parcel Service). Las rejillas de las ventanas fueron hechas con taladros de electricistas, quienes las donaron cuando activaron la energía del lugar”.

El interior de su casa es quizás el paradigma más perfecto del matrimonio entre el diseño industrial y el reciclaje. Todo es material reutilizado: los interruptores de luz (partes de señales), el viejo armoire de la televisión (que muestra el símbolo No pass —no pase—  para los niños), los cascos lámpara, las manijas de las puertas de la alacena hechas con cubiertos doblados, las sillas y mesas fabricadas con señales, la parte de camioneta en el techo, iluminando el comedor con sus reflectores o el suelo del baño cubierto enteramente de fragmentos de señales: duck, red, ship, dont, how, way, wrong, air y así. Su familia también usa todos los prototipos, modelos rechazados o diseños para la casa como buzones de correo, bandejas, platos, cubertería, sillas o mesas. Nada se abandona. “Mis hijos aman la casa y no se dan cuenta de que es muy diferente a las del resto. Cuando sus amigos llegan con sus padres a jugar siempre terminan boquiabiertos y dicen lo mismo: ¡oh Dios mío, no sabía que se puede vivir en un lugar tan genial y colorido!… Es lo que siempre he querido en la vida, un estudio de ensueño que ahora tengo y es mi hogar, el lugar más maravilloso en el que jamás pensé vivir”.

Algunas sillas de Boris Bally (Créditos: J.W. Johnson / www.borisbally.com).

El objetivo es hacer algo que la gente valore empleando algo que han desechado. Lograr que  paguen mucho por un diseño hecho de sus propios descartes. “¡Esencialmente ‘reenvasar’ el material y vendérselo de vuelta a ellos! Hacer algo sexy y valioso a partir de oro es fácil. Trata de hacerlo con basura, ¡ese es el verdadero reto!”, proclama Boris.

“Si bien las vende, Boris no diseña y vende estas sillas para comercializar. Lo importante de su trabajo es, además de continuar la costumbre familiar, el fomento de la consciencia ecológica. El diseño sostenible es un servicio a la comunidad, no se traduce solamente en diseñar y fabricar un producto ecológicamente amigable. Existen tres pilares dentro del diseño sostenible: el ambiental, el económico y el social. Todos tienen que darse para que funcione y esto es lo que sucede con el proyecto Transit Chairs de Boris Bally, y por qué no, con toda su obra”, afirma Ricardo Geldres, diseñador industrial sostenible y docente de la Facultad de Arte de la Universidad Católica.

Obras de Boris Bally (Créditos: J.W. Johnson / www.borisbally.com).

Aún es posible tener un hogar como el de Boris Bally, solidarizándose con la ecología a través de sus preciosos diseños. Siempre se puede acceder a su website para solicitar un pedido. El artista chatarrero seguirá transgrediendo el diseño industrial, buceando en el basurero local de Providence, en una cruzada por sus convicciones y por instaurar esta tradición familiar en la consciencia de todos.

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Los cuerpos sutiles de Johanna Hamann

Arte, Arte peruano, ENTREVISTAS y PERFILES, Escultura, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 7 Abril, 2020

Johanna Hamann en su retrospectiva en el ICPNA, 2016 (Créditos: PuntoEdu/PUCP).

El 7 de abril del 2017 falleció Johanna Hamann, una de las escultoras peruanas más notables de las últimas décadas. Tenía 62 años. Conversé con ella un año antes para la revista Asia Sur, a raíz de la exposición de su retrospectiva en la galería Germán Krüger Espantoso del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores. Hoy, en el tercer aniversario de su muerte, comparto el texto.

*** Este texto fue publicado originalmente en la revista Asia Sur (Edición marzo, 2016).

 

Johanna Hamann es una de las más insignes representantes de la escultura contemporánea peruana. Para ella, el adentramiento plástico es reflexión, silencio y autoconocimiento. Hoy conmemora sus casi cuarenta años de obra artística con una muestra retrospectiva en la galería del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores. Una vida entregada a la exploración del cuerpo y la forma.

 

La modelo se encuentra de pie con las manos cruzadas por detrás. La cabeza alzada al extremo, con la mirada ascendente. Magra y desnuda, su belleza contrasta con el significado que subyace a su posición. Parece sometida por algún hado incierto. Para la escultora Johanna Hamann, ella sugiere opresión. Deseaba desatar su imagen y esencia. Enlaza la contemplación de su modelo con la realidad, la historia o aquello que lleva dentro. Ello inspiraría Cuerpo I (Opresión), la mujer de cera de tamaño natural que iniciaría la serie El Cuerpo Blasonado (1997): un reflejo tan cruento como noble de la vida, el dolor y la muerte. Refugios donde la anatomía femenina dialoga con el sacrificio, palpando una tanática liberación, como quizás refleje Cuerpo II (Libertad), una criatura antropoide de olivo cuyas piernas humanas y torso se extienden en un par de apéndices de madera gigantes, cual alas de polilla. Así, Cuerpo III (Ejecución), revela la voluntad y fuerza de ir contra el cuerpo: una mujer de cera de cabellos largos y tenue sonrisa atravesada por una guillotina de acero inoxidable. El cuerpo sensible con fierro incrustado es una idea que se replica en trabajos precedentes, como Mujer de Madera o Esqueleto, que guardan connotaciones con la guerra interna que nuestro país sufrió durante dos décadas. “En mí anidan elementos que me mueven de fuera para adentro y viceversa. Voy experimentando en el camino, lo que encuentro me lleva a lo siguiente”, cuenta la artista, mientras recorre la galería.   

Johanna Hamann: “Libertad II”, 2013. Escultura en olivo, 219 cm. x 190 cm. x 70 cm (Créditos: Augusto Carhuayo).

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Johanna Hamann (1954) no ha perdido tiempo. Su vocación se encauzó tempranamente: dibujaba y pintaba desde pequeña. A los diecisiete años era una de las estudiantes de la entonces Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Católica, donde conoció y llevó cursos con Adolfo Winternitz, el recordado pintor austriaco fundador de la Escuela de Arte, la escultora italiana Anna Maccagno y la pintora abstracta Julia Navarrete, entre otros. “Ellos transmitían su interior: hallar nuestra propia forma de expresarnos para descubrirnos como artistas. Allí adquirí la fe en indagar quién quiero ser como alguien que crea, como artista”. Su menuda promoción fue aquella sitiada por la naturaleza, recién mudada al Fundo Pando, en San Miguel. Bajo esa atmósfera, Johanna exploró diferentes disciplinas artísticas hasta entregarse de forma absoluta a la escultura. Era un momento de iniciación, pero también de tomar decisiones y mirar hacia el futuro. Ella albergaba a posibilidad de vivir a través del arte, y arribaba a un mundo donde quería vivir para siempre.

Johanna Hamann: “Cuerpo II” (Ejecución), 1995-1997. Madera de caoba, acero inoxidable y cera, 145 cm. x 87 cm. x 72 cm. (Créditos: Gino L. Ataucusi Arenas).

Tras licenciarse como artista plástica en 1985, realizó una maestría en humanidades en la misma universidad, que culminó el 2005 con una disertación sobre su proyecto artístico. Aquella fue una etapa de lectura, cuestionamiento e investigación, en la que viajó del inicio al presente de su obra para descubrirla como un continuum del cuerpo como propuesta artística. Johanna ha confrontado la corporeidad desde distintas miradas, discursos y matices. Luego viajaría a Europa para hacer un doctorado sobre espacios públicos y regeneración urbana en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona. Allí estudió los monumentos en los espacios públicos de Lima, enfocada en tiempos de Leguía (1919-1930). El tiempo y la experiencia le trajo a Hamann numerosas exposiciones individuales y conferencias en el extranjero. A su vez, la docencia ha sido un punto de inflexión en su trayectoria: dicta cursos de escultura en la Universidad Católica —su alma máter— desde hace treinta y dos años.

***

Pronto serán cuatro decenios comprometidos con la escultura. Johanna erra por los pasadizos de la galería Germán Krüger Espantoso. Es la primera vez que observa su obra reunida, ella la contempla como un reflejo de sí misma: “mis esculturas son parte de mi proceso, de mi vida”. Para Johanna Hamann, el sendero de la creación es una lucha muy fuerte y solitaria. Hurgar insondablemente en sus adentros, con la intuición de buscar aquello que no acaba de concebir, pero cuya existencia anhela con locura. En la necesidad de crear su propio mundo, la lucha prosigue hasta extraerlo de sí misma, y encarnarlo en materiales y objetos. Ahí donde convergen ideas, naturaleza y psicología en un tórrido claroscuro de sensibilidad, ella acecha su obsesión a través del abismo para evocar lo finito del cuerpo y la eternidad del alma.

Johanna Hamann: “Cuerpo I” (Opresión), 1994-1997. Cera, 170 cm. x 45 cm. x 32 cm. (Créditos: Gino L. Ataucusi Arenas).

 

 

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El caso Amok: el libro de la muerte

Krystian Bala, 2008 (Créditos: Adam Hawałej/PAP).

Krystian Bala podría acaso denominarse como el precursor del ‘meta-asesinato’. El joven escritor polaco permanece en la prisión de Breslavia, tras culpársele de haber premeditado, dirigido y cometido un homicidio en el 2000. Después de acabar —supuestamente— con la vida de un empresario, escribió y publicó un libro de nombre Amok, en el que se narraba una muerte muy similar. Nadie podría haberlo descubierto. Al menos eso pensaba.

 

El caso

Diciembre para Polonia es un mes perdido. El invierno deprime a sus habitantes, invade la voluntad de los corazones con una desidia tan gris y fría como el cielo de sus tardes. Aquella gélida jornada de diciembre del 2000, cerca al río Óder, al suroeste del país, tres pescadores se hallaban trabajando en silencio. Todavía no encontraban nada cuando uno de ellos creyó ver un gran pez aproximándose a la orilla. Mientras se iba acercando, el pescador y sus amigos pensaron que era un tronco, pero al verlo ya ante ellos, repararon en el cabello. El pescador emitió un alarido de pavor que alarmó a sus colegas, y palpó la figura con su caña de pescar, para atraerla. Lo sabía. Era un cadáver.

El departamento de policía de Breslavia, la ciudad más cercana al hallazgo, trasladó el cuerpo a la morgue. Una soga amarraba el cuello del hombre. Las manos atadas a la espalda. Parte de la cuerda, probablemente cortada con un cuchillo, conectaba sus manos al cuello, provocando que el menor intento de movimiento ajuste y ahorque más la soga en su garganta. Su crueldad lo sugería: era un homicidio. Vestido con un polo y ropa interior, las heridas del cuerpo evidenciaban maltrato y torturas. Los exámenes posteriores revelarían que la víctima no había ingerido alimentos durante los días precedentes a su muerte. Otro examen pulmonar reveló signos de ahogamiento. Contemplaron la posibilidad de que la víctima haya sido lanzada con vida al río.

Las características reflejadas en el análisis del occiso coincidían con la descripción de Dariusz Janiszewski, un publicista de 35 años que se había reportado como desaparecido desde el mes anterior. Fue visto por última vez saliendo de su trabajo en el centro de Breslavia, el 13 de noviembre. Cuando los efectivos de la policía se contactaron con la esposa de Janiszewski para que identifique al muerto, ella se negó. No soportaba el dolor. Su madre, sin embargo, aceptó acudir a la cita, reconociendo el cuerpo sin vida de su hijo. Tenía la misma marca de nacimiento en el pecho.

Portada del libro “Amok”, publicado en Breslavia por la editorial Croma (2003).

Meses después, desprovistos de pistas e información, la policía tiró la toalla y abandonó la investigación. Fue bautizado por la prensa polaca como “el crimen perfecto”. Tres años más tarde, en otoño del 2003, Jacek Wróblewski, un detective de 38 años de la policía de Breslavia, desempolvó el caso. Revisó exhaustivamente el archivo, en una madrugada sitiada de tazas de café e interrogantes. Sus pensamientos moraban con este crimen. Estaba fascinado. Acaso la oscura incertidumbre que lo entrañaba, la inquietud de resolver un enigma sangriento y de relevancia nacional. Wróblewski era un detective muy curioso. Para comprender la mente criminal, había empezado a estudiar psicología en sus espacios libres, en la universidad pública local.

Durante sus indagaciones, un detalle aparentemente fútil captó su atención: nunca hallaron el teléfono celular de Janiszewski. El detective buscó a la esposa del difunto y le pidió los documentos del móvil desaparecido. Ella le brindó el manual de instrucciones, donde figuraba el número de serie del equipo, que Wróblewski empezó a rastrear. Pronto encontraron su paradero: había sido vendido cuatro días después de la desaparición de Janiszewski, en la popular tienda online polaca llamada Allegro. El vendedor estaba registrado como “ChrisB(7)”. Tras una breve pesquisa, el usuario fue reconocido como un escritor, filósofo y empresario de 30 años llamado Krystian Bala.

Empezó a investigar al joven académico. Acababa de publicar Amok, un libro experimental, muy extraño e incomprendido por los medios, en el que figuraba un diabólico chivo de ojos brillantes en la portada. Una representación clásica del Diablo. ‘Amok’ es una curiosa palabra de origen malayo que tanto en polaco como en español y otros idiomas describe un frenesí violento, salvaje y disruptivo, cual estado berserk. Una locura homicida. El detective adquirió la novela y la devoró con rapidez. Narraba las desventuras de un joven intelectual polaco —cual alter ego de Bala— perdido en una sórdida historia sitiada por drogas, sexo y alcohol. Pero algo conjuró su total sorpresa: en determinado momento del libro se describía un asesinato idéntico al de Janiszewski. Wróblewski hiló cabos y no vaciló. Bala fue capturado a los pocos días, y su libro se volvió un insospechado best-seller. Los lectores querían hallar pistas del asesinato en la novela.

Ilustración de John Ritter para la crónica de David Grann en The New Yorker.

En el 2007, el tribunal de Breslavia falló declarándolo culpable. Al año siguiente, se ratificó la sentencia y se oficializó su condena a 25 años de prisión. El asesino intelectual sigue proclamando al mundo su inocencia, aduciendo que se basó en dos textos periodísticos como material principal para su obra. Hacia el final, la novela de Bala se descartó como evidencia en el caso. Sin embargo, otros factores insistieron en su culpabilidad, donde destacaba el teléfono robado de Janiszewski. El motivo resultó ser bastante común: celos. La exesposa de Bala tenía una aventura con la víctima. Bala nunca dejó de insistir en que aquello carecía de sentido, pues esa relación había terminado hace años y él ya no sentía nada. Durante su reclusión, Bala empezó a escribir su segunda novela, supuestamente titulada De Liryk.

 Aunque para muchos sea indiscutible, hasta el día de hoy no se ha esclarecido a plenitud si cometió el crimen. Las pruebas así lo señalan, mas las averiguaciones realizadas encuentran ciertos vacíos en la cadena lógica de eventos, como los testimonios contradictorios en los exámenes forenses. Además, los fiscales y la policía no pueden determinar con exactitud las circunstancias del asesinato de Janiszewski. Muchas preguntas permanecen sin respuesta: ¿dónde se cometió el crimen? ¿cómo transportó a la víctima a un lugar a aproximadamente 100 kilómetros de Breslavia? ¿Tuvo alguna ayuda o estaba solo? A su vez, tampoco se sabe si terminó aquella segunda entrega literaria. David Grann, escritor y periodista del The New Yorker que narró el caso en su extensa crónica True Crime. A postmodern murder mystery, cuenta que, al preguntarle por el libro durante una entrevista en la cárcel, Bala lanzó una nerviosa mirada a los guardias, cerciorándose de no ser escuchado, y musitó: “este próximo libro será aún más deslumbrante”.

 

Krystian Bala hoy

El autor de Amok continúa tras las rejas. Todavía afirma ser inocente. En una entrevista del 2010, Grann habló de su experiencia entrevistando al criminal. Allí entra en detalle en su psicología: Bala se pasó gran parte de estos años hablando de la dualidad entre la realidad y la ficción, y como su libro era un relato ficticio que podía abrirse a la interpretación. Fue lo que le dijo a Grann en la cárcel y que también le repitió a los periodistas polacos Mateusz Baczyński y Janusz Schwertner en el 2017. No obstante, la desesperación parece haber afectado a Bala, quien se contradice: “lo sorprendente, lo divertido —algo que al menos algunas de estas historias tienen— es que pueden ser muy inquietantes, a veces perturbadoras, pero también tienen momentos extrañamente cómicos, y uno de los momentos más graciosos fue cuando este novelista posmoderno está en pleno juicio y de repente intenta convencer a todos de que él es un empirista y que nadie puede interpretar su novela. Yo sé lo que es la novela”, comenta Grann. La crónica sobre el caso Amok de David Grann fue incluida en dos de sus compilaciones de ensayos y textos periodísticos: The Devil & Sherlock Holmes: Tales of Murder, Madness & Obsession (2010) y The Old Man and the Gun: And Other Tales of True Crime (2018).

Bala se ha mostrado entusiasta al hablar sobre la supuesta secuela de Amok, la anunciada De Liryk. Un todavía sobrecogido Grann agrega que, luego de enterarse de la existencia de este próximo libro, descubriría que la policía de Breslavia ya había reunido evidencia hallada en la computadora de Bala, cuyos archivos contenían material sobre una potencial nueva víctima. De acuerdo al reporte policial, Bala planeaba volver a matar, enlazando su segunda novela con un nuevo asesinato. Años más tarde, el escritor homicida le revelaría a Baczyński y Schwertner que De Liryk ya estaba casi lista y que se trata de la segunda parte de una trilogía: “será una disertación pornosófica, posmoderna en forma, hardcore en contenido”, señaló desde la prisión.

En el 2010, Bala intentó anular su sentencia sirviéndose del recurso de casación, pero el Tribunal Supremo rechazó su apelación. El caso de Amok sigue siendo uno de los crímenes más sonados tanto en Breslavia como en todo el país. Krystian Bala continúa cumpliendo la condena de 25 años, y no se declara culpable hasta el día de hoy.

Bala en el 2017, en un reportaje del canal de televisión polaco TVN24.

 

Amok en el séptimo arte

La historia de un graduado de filosofía que incurre en homicidio y unos años después publica una novela donde camufla pistas y otros detalles de cómo acometió el crimen. Era una cuestión de tiempo: periodistas, escritores, cineastas, criminólogos, el caso dio la vuelta al mundo, en gran parte por el relato de Grann en The New Yorker. Ciertamente, es una idea muy atractiva para la ficción.

La primera adaptación del caso fue local. Amok es una película del 2017 dirigida por Kasia Adamik —hija de la connotada cineasta polaca Agnieszka Holland— y protagonizada por Mateusz Kościukiewicz, quien interpreta a Krystian Bala. Se trata de una adaptación libre del crimen de Bala y su libro que generó mucho interés por la ya conocida y controversial historia detrás, pero que no fue bien recibida por la crítica. En el 2017, cuando los periodistas Baczyński y Schwertner le preguntaron por qué permitió que realicen una película que lo presenta como el asesino cuando él sigue alegando lo contrario, Bala replicó: “es solo una película. ¡Ficción, no documental! Todo el argumento se basa en los eventos de una forma muy abierta. Algunos personajes son completamente ficticios. Verás, yo me permito una provocación. Para ser honesto, no estaría de acuerdo con una hagiografía. No quiero verme inmaculado. Y esta película es una narración divertida… Para el cine podría incluso ser un caníbal. Repito: es divertido”.

Póster oficial de la película “Amok” (2017).

Quizá lo curioso sea lo acontecido detrás de cámaras: Bala aceptó la idea y vendió los derechos de autor tanto del libro como la película, ganando alrededor de 30 mil dólares en złoty —la moneda polaca— que transfirió de inmediato a su madre. Al año siguiente, la familia de la víctima, Dariusz Janiszewski, denunció a los creadores de la película y llevó el caso a la corte de Breslavia, aduciendo que la información de esta violaba sus derechos de privacidad y ofendía la memoria del difunto. La abogada de la cineasta afirmó que todo el proceso se había dado bajo la ley, refiriéndose al dinero otorgado a Bala. Cuando la corte decidió que Bala debía pagar 11 mil złoty —unos 3 mil dólares— a la familia de Janiszewski, este se negó, declarando que ya lleva años sin recursos financieros y sin ningún ingreso en el camino. Desde entonces, la fiscalía de Breslavia lleva a cabo una investigación para explicar si se ha ocultado el dinero. Todo quedó en el aire.

Claqueta de la filmación de “Amok”, la adaptación al cine de Kasia Adamik (Créditos: TVN24).

Mientras esto sucedía, Estados Unidos preparaba su propia versión de la mano del director griego Alexandros Avranas. Dark Crimes se estrenó el 2018 luego de recorrer festivales como True Crimes, un nombre más cercano a la afamada crónica de David Grann en la cual se basó el guion. En Dark Crimes tenemos a Jim Carrey como Tadek, un detective polaco que encuentra grandes similitudes entre un caso sin resolver y un reciente best-seller escrito por un siniestro personaje llamado Kozlov —el Krystian Bala de turno—, interpretado por Marton Csokas. La película fue presa de un rechazo devastador, centrado en su ritmo excesivamente sombrío y deprimente, el acento eslavo de Carrey y las no pocas escenas de violencia contra la mujer. Al mismo tiempo, el rol de Csokas como el asesino fue ovacionado y considerado lo mejor de la película.

Personalmente, creo que tanto Amok como Dark Crimes no son buenas películas, pero aquello no las hace detestables. Mientras la primera es un thriller más digerible y ameno que no ofrece nada nuevo, la segunda parece esforzarse demasiado —sin éxito— en emular esa atmósfera lúgubre y siniestra del cine policial europeo, además de la sórdida y explosiva violencia de algunas escenas. No obstante, pienso que las actuaciones la salvan de ser un total bodrio, con un Jim Carrey bastante sólido —si ignoramos ese acento innecesario que es todo menos polaco— y las acertadas actuaciones de Charlotte Gainsbourg, Kati Outinen, Robert Więckiewicz o el ya mencionado Csokas. Dicho todo esto, ambas historias son inferiores a la descabellada historia de la vida real en la que están basadas. Todavía queda pendiente un gran thriller sobre el caso Amok.

 

Otros escritores asesinos

Si bien el caso de Krystian Bala y su libro Amok es extraordinario, no se trata de un episodio sui géneris en la literatura. Existen otros escritores de novela negra que luego se descubrieron como verdaderos asesinos. Quizá los más similares al caso Amok, es decir, crímenes en los que se haya matado a un ser humano para luego narrar los detalles subrepticiamente en una novela, sean los de Richard Klinkhamer y Liu Yongbiao. El primero es un escritor holandés cuya esposa desapareció en 1991. Un año después presentaría a su editor el manuscrito de una perversa novela donde proponía siete distintas maneras de asesinar a su esposa. El texto fue rechazado, pero sus fragmentos vieron la luz en la prensa clandestina. En el 2000 los nuevos dueños de su antigua casa hallaron el cráneo de su esposa enterrado en el jardín. Klinkhamer confesó el crimen y fue sentenciado a siete años de prisión, saliendo el 2003 por buena conducta. Murió en el 2016, convertido en una celebridad. El otro es Liu Yongbiao, un escritor chino que se hizo muy notorio en su región. En el 2010 publicó una novela en cuyo prólogo comentaba su próximo proyecto literario como “la historia de una hermosa escritora que ha matado a muchas personas, pero los casos siguen sin resolverse”. En el 2017 fue arrestado como principal sospechoso de un caso sin resolver de 1995, el asesinato múltiple de una familia que trabajaba en una pensión de la localidad de Huzhou. “He estado esperando este día durante mucho tiempo”, confesó Liu, quien fue sentenciado a muerte en el 2018.

Póster oficial de la película “Dark Crimes” (2018).

Entre otros casos de escritores asesinos tenemos al norteamericano E. Richard Johnson, autor de Mongo’s Back in Town, un libro de 1969 llevado al cine en 1971. Johnson escribió casi la totalidad de sus relatos de crimen desde la cárcel, donde estuvo a raíz de un homicidio en segundo grado acometido durante uno de sus atracos en su juventud. Anne Perry, reconocida autora británica de novelas de misterio, entre ellas sus series sobre Thomas Pitt y William Monk, estuvo en la cárcel cinco años por el asesinato de la madre de su mejor amiga en 1954. Ambas la mataron a ladrillazos. El oscuro incidente recordado como el “Caso Parker-Hulme” fue adaptado al cine por Peter Jackson en la lograda Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, 1994).

María Carolina Geel fue una recordada escritora y crítica literaria chilena que en 1955 asesinó a su amante en el suceso conocido como “El crimen del Hotel Crillón”. Gabriela Mistral, entonces cónsul en Nueva York, solicitó su indulto al presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, cumpliendo así solamente un año de su sentencia. En ese periodo concibió Cárcel de mujeres (1956), uno de sus libros más exitosos, y siguió escribiendo hasta su muerte en 1996.

Si bien fue declarado como un accidente, en 1951 en Ciudad de México, el mítico beatnik William Burroughs acabó con la vida de su segunda esposa, Joan Vollmer. Al inicio retrató el incidente como una macabra borrachera, al estar ambos ebrios jugando “Guillermo Tell”, pero luego diría que fue un descuido mientras mostraba su pistola a sus amigos. Al retornar a Estados Unidos, fue sentenciado a prisión suspendida por dos años. David Cronenberg recreó el incidente en su delirante película El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991).

Más recientemente, tenemos al historietista y dibujante canadiense Blake Leibel, quien en el 2016 torturó, extrajo el cuero cabelludo y drenó el cuerpo de su prometida hasta la muerte. Las investigaciones sugieren que Leibel se había inspirado en Syndrome, una sangrienta novela gráfica del 2010 que coescribió junto a otros artistas. Fue condenado a cadena perpetua en el 2018.

Y la lista continúa. Relatos aterradores en los que la realidad supera a la ficción. Crímenes en los que la vida imita al arte. Polonia tiene a Krystian Bala y su libro Amok. En unos años Bala saldrá libre. ¿Publicará aquella secuela? ¿Volverá a planear un homicidio?

Simplemente no lo sabemos.

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To forgive doesn’t mean to forget: Corpus Christi (Jan Komasa, 2019)

Cine, In English, Oscars, Polish Cinema, REVIEWS, The Church - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2020

Bartosz Bielenia in "Corpus Christi" (Credits: Kino Świat).

A review of the powerful Polish competitor to win the statuette for Best International Film at the last Oscar ceremony

[Texto en ESPAÑOL]

“You know what we’re good at? Giving up on people. Pointing the finger at them. To forgive doesn’t mean to forget. Forgive means Love. To love someone despite their guilt. No matter what the guilt is”.

This is the quote I will remember from the whole movie. Perhaps the best scenes of Corpus Christi are those of the homilies, where the impostor father gives speeches charged with compelling truth. Words that hurt and transcend the traditions of the Church. Words that can be translated as heresy but that in the end reflect the most essential precepts of an institution that needs to adapt to changes. Such is its potency.

Daniel (Bartosz Bielenia) is an unfortunate and rebellious man in his twenties who is soon to finish his sentence in a Warsaw juvenile detention center, due to a second-degree murder happened during his teens. In the course of this imprisonment, he has undergone a rediscovery of his spirituality and wants to become a priest, but his criminal records prevent him from studying in a seminary. Frustrated, he is released on parole and sent to work at a sawmill in the countryside on the other side of the country, where he is mistaken for the new priest. Seeing a possibility of fulfilling his religious vocation, Daniel deliberately adopts the identity. This is how his new life begins: the young priest from the capital who begins to give masses in the town’s small parish. An impostor priest who does not have bad intentions and little by little transforms the lives of his parishioners, until problems begin: on the one hand, his criminal past haunts him; and on the other, his radical vision of faith and religious life collides with the local’s sensitivity regarding a tragic incident. That is the plot of Corpus Christi.

Poster of “Corpus Christi” (Credits: Kino Świat).

The cinéma d’auteur in the land of Wajda and Kieślowski is still promising. Every year a new film is present in international festivals and even makes it to commercial theaters of remote countries like mine—Peru. In 2018 we had the last example with the magnificent Cold War (Zimna wojna in Polish) by Paweł Pawlikowski—whose movie Ida was the first Polish film to win the award for the foreign film in the 2015 Oscars—and now it was the turn of Komasa, a young filmmaker with a fruitful filmography. Corpus Christi is the literal translation of Boże Ciało, the original name of the film in his native Poland, whose story is based on real events: his screenwriter, the even younger Mateusz Pacewicz, published a reportage in the Polish newspaper Gazeta Wyborcza a few years ago, titled Kamil, the one who posed as a priest. Curiously, this case has been repeated in different parts of the country. When writing the script for the film, there were two central themes: “social roles, and all the questions connected with our social roles in the theater of everyday life. The other topic was trauma: how our traumas shape who we are, and how they enslave us, both as individuals and social groups”, said Pacewicz, interviewed by Notes from Poland.

On the other hand, we must remember that Corpus Christi is not the first Polish film in recent years that sparks controversy speaking about the Church: Clergy (Kler), by Wojciech Smarzowski was a bomb from 2018 that portrayed the highest institution of the Catholic faith as a corrupted entity, hypocritical and invaded by pedophilia. But these are two very different movies. While Clergy works as a straightforward, more aggressive criticism film, Corpus Christi is sustained by a more contemplative discourse, questioning with ideas.

It is worth getting deeper into the protagonist. Father Daniel is quite a complex character, and Bielenia plays him with virtuosity. An insolent young man, a convicted criminal who seizes an opportunity and usurps an identity in order to give himself into his spiritual illumination. He believes he does it for the right reasons, however, his way of consummating this awakening is dishonest. In this context, his imposture verges on blasphemy. It is interesting to see how this blasphemy transforms into a challenge at the film’s core: the confrontation with a small community invaded by collective trauma. To make them see their cynicism and hypocrisy. Certainly: through Daniel’s modern and unorthodox preaching, the locals begin to deal with issues such as guilt, the true meaning of forgiveness, violence, death and mourning, or the different ways of embracing spiritual life. Daniel raises concerns and annoyance in the idiosyncrasy of this little town marked by a recent tragedy, whose inhabitants think of themselves as decent people with good manners, and suddenly discover they are imperfect. They are sinners. Thus, the film seeks to question the viewer’s own impiety, in these times where reigns a lack of compassion that leads to misconceptions and inequality.

Towards the end, we see that Daniel does not reach that desired conversion. When his criminal past returns and his deception is revealed, Corpus Christi distances from the linear happy ending to give us one as open as it is cruel. It works, but maybe it would have been preferable to dig more into the mind and the transformation of its main character and less in the trauma of the villagers. Perhaps the only thing I find dissonant with the plot is the scene of sexual intimacy between Daniel and his friend Marta (Eliza Rycembel). The consummation of his attraction feels gratuitous. It would have been better to leave their relation shrouded by the silent desire we see throughout the film. However, none of this reduces the strength and relevance of this story.

The cast, director and screenwriter of “Corpus Christi” at The 44th Polish Film Festival in Gdynia (Credits: Jakub Wozniak/Tricity New).

Corpus Christi has won various awards around Europe and became one of the five nominees for Best International Film at the 92nd Academy Awards ceremony, where it lost to the colossal Parasite. Bong Joon-ho’s movie deserves its accolades: it is a huge lash, a marvelous shock to the divided reality of our times. But honestly, it had already won too many awards, and I cannot help thinking that its statuettes are essentially related with the Academy’s eagerness for political correctness. The Oscars are very fun to watch and comment, but they happen to be also very politicized—which diminishes their artistic relevance, I dare say—in recent years. I think Corpus Christi should have won the Oscar for the best foreign film, its only nomination.

Finally, the fact that this story was born and set in Poland is not a coincidence. We are talking about a society that is historically Catholic and currently led by a very religious far-right government. At the same time, we are talking about a country where a considerable part of the population faces some disbelief, where Catholicism and church attendance are decreasing dramatically in the younger generations, gradually heading towards secularization. Despite such local setting, it is important to accept that the story told in Corpus Christi could happen anywhere. A fable about an impostor priest of small parish in a remote and rural town, whose message ends up being just as necessary or why not, just as universal.

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Perdonar no significa olvidar: Corpus Christi (Jan Komasa, 2019)

Cine, Cine Polaco, La Iglesia, Oscars, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2020

Bartosz Bielenia en "Corpus Christi" (Créditos: Kino Świat).

Reseña de la poderosa competidora polaca para hacerse con la estatuilla a la Mejor película internacional en la última ceremonia de los Óscar

*** Este texto fue publicado en la web de la revista de cine Ventana Indiscreta (3 de abril, 2020).

[Text in ENGLISH]

“¿Saben para qué somos buenos? Para renunciar a las personas. Señalarlos con el dedo… Perdonar no significa olvidar. Perdonar significa Amor. Amar a alguien a pesar de su culpa. No importa cuál sea”.

Me quedo con esa cita de la película. Quizá las mejores escenas de Corpus Christi sean aquellas de las homilías, donde el padre impostor da discursos cargados de verdad. Palabras que duelen y trascienden las costumbres de la Iglesia. Palabras que pueden traducirse como herejía pero que al final reflejan los preceptos más esenciales de una institución que necesita adaptarse a los cambios. Tal es su potencia.

Daniel (Bartosz Bielenia) es un veinteañero infortunado y rebelde que está pronto a terminar su condena en un reformatorio de Varsovia, a raíz de un homicidio en segundo grado acontecido durante su adolescencia. Durante su reclusión ha experimentado un redescubrimiento de su espiritualidad y quiere ser cura, mas sus antecedentes penales le impiden estudiar en un seminario. Frustrado, sale en libertad condicional y es enviado a trabajar a un aserradero en el campo, al otro lado del país, donde es confundido con el nuevo sacerdote. Viendo una posibilidad de cumplir su vocación religiosa, Daniel adopta la identidad deliberadamente. Así comienza su nueva vida: el joven cura de la capital que empieza a dar misas en la pequeña parroquia del pueblo. Un cura impostor que no tiene malas intenciones y poco a poco transforma la vida de sus feligreses, hasta que se manifiestan los problemas: por un lado, su pasado criminal acecha; y por el otro, su visión radical de la fe y la vida religiosa colisiona con la sensibilidad del pueblo en torno a un trágico incidente. Aquella es la premisa de Corpus Christi.

Póster de “Corpus Christi” (Créditos: Kino Świat).

El cine de autor en la tierra de Wajda y Kieślowski todavía promete. Cada año sale alguna película que desfila entre festivales internacionales y llega incluso a las salas comerciales de países remotos como nuestro Perú. El 2018 tuvimos el último ejemplo con la magnífica Guerra Fría (Zimna wojna en polaco) de Paweł Pawlikowski —cuya película Ida fue la primera cinta polaca en llevarse el premio a la película extranjera en los Óscares del 2015— y ahora fue el turno de Komasa, joven realizador con una fecunda filmografía. Corpus Christi es la traducción literal de Boże Ciało, nombre original de la película en su natal Polonia, cuya historia está basada en hechos reales: su guionista, el aun más joven Mateusz Pacewicz, publicó años antes un reportaje en el periódico polaco Gazeta Wyborcza, titulado Kamil, aquel que se hizo pasar por sacerdote. Un patrón que curiosamente se ha repetido en distintas partes del país. Dos fueron los temas centrales a la hora de escribir el guion de la película: “los roles sociales, y todas las preguntas relacionadas con nuestros roles sociales en el teatro de la vida cotidiana. El otro tema fue el trauma: cómo nuestros traumas determinan quiénes somos y cómo nos esclavizan, tanto como individuos como en grupos sociales”, sostuvo Pacewicz, entrevistado para Notes from Poland.

Por otra parte, debemos recordar que Corpus Christi no es la primera película polaca en los últimos años que desata polémica hablando de la Iglesia: Clero (Kler), de Wojciech Smarzowski fue una bomba del 2018 que retrató a la máxima institución de la fe católica como una entidad corrupta, hipócrita e invadida de pedofilia. Pero se trata de dos películas muy diferentes. Si bien Clero funciona como una crítica directa, más agresiva, Corpus Christi se sostiene por un discurso más contemplativo y que cuestiona más con ideas.

Detenerse en el protagonista deviene en una necesidad. El padre Daniel es un personaje bastante complejo, y Bielenia lo interpreta con virtuosismo. Un jovencito insolente, un criminal convicto que aprovecha una oportunidad y usurpa una identidad para adentrarse en su iluminación espiritual. Él cree que lo hace por las razones correctas, sin embargo, su forma de consumar este despertar es deshonesta. Bajo ese contexto, su impostura raya en la blasfemia. Es interesante ver cómo esa blasfemia se traduce en un desafío que entraña el núcleo de la película: el confrontar a una pequeña comunidad invadida por un trauma colectivo. El hacerlos ver su cinismo e hipocresía. Ciertamente: a través de la prédica moderna y poco ortodoxa de Daniel, los lugareños empiezan a lidiar con temas como la culpa, el verdadero significado del perdón, la violencia, la muerte y el duelo, o las formas distintas de adoptar la vida espiritual. Daniel despierta inquietudes y ojerizas en la idiosincrasia de este pueblito marcado por una tragedia reciente, cuyos habitantes se saben decentes y de buenas costumbres y de pronto se descubren como personas imperfectas. Como pecadores. Así, la película busca cuestionar al espectador con su propia impiedad, en estos tiempos donde reina una la falta de compasión que conlleva a la incomprensión y la desigualdad.

Hacia el final, vemos que Daniel no llega a alcanzar esa anhelada conversión. Cuando su pasado criminal retorna y su engaño es revelado, Corpus Christi se distancia del desenlace feliz y lineal para otorgarnos uno tan abierto como cruel. Funciona, mas acaso hubiera sido preferible que se indague más en la mente y la transformación de su protagonista y menos en el trauma del pueblo. Quizá lo único que encuentre disonante con la trama es la escena de intimidad sexual entre Daniel y su amiga Marta (Eliza Rycembel). La consumación de su atracción se siente gratuita e innecesaria. Hubiera sido mejor dejarlo como el mutuo deseo silente que los envolvió a través de la película. No obstante, nada de esto reduce la fuerza y relevancia de esta historia.  

Elenco, director y guionista de “Corpus Christi” en el 44 Festival de Cine Polaco de Gdynia (Créditos: Jakub Wozniak/Tricity New).

Corpus Christi se ha hecho de distintos galardones alrededor de Europa y llegó a formar parte de las cinco nominadas a la Mejor película internacional en la 92.º ceremonia de entrega de los Óscares, donde perdió frente a la colosal Parasite. La película de Bong Joon-ho se merece sus reconocimientos: es un enorme latigazo, una portentosa sacudida a la realidad dividida de nuestros tiempos, mas honestamente, ya se había llevado demasiados premios, y no puedo dejar de pensar que sus estatuillas van también esencialmente arraigadas con el afán de corrección política de la Academia. Se trata de un certamen muy divertido de ver y comentar, pero bastante politizado —y por ende, de menor relevancia artística, me atrevería a decir— en los últimos años. Pienso que Corpus Christi debió llevarse el Óscar a la película extranjera, su única nominación.

Por último, que este relato haya nacido y este ambientado en Polonia no es mera coincidencia. Hablamos de una sociedad históricamente católica y en la actualidad liderada por un gobierno de ultraderecha muy religioso. Al mismo tiempo, hablamos de un país en donde una parte considerable de la población enfrenta cierto descreimiento, donde el catolicismo y la asistencia a la iglesia está disminuyendo sobremanera en las generaciones más jóvenes, gradualmente encaminándose a la secularización. Pese a tal escenario local, es importante reconocer que el relato de Corpus Christi podría suceder en cualquier parte. Una fábula sobre un cura impostor en una pequeña parroquia de un pueblo remoto y rural, cuyo mensaje acaba siendo igual de necesario o por qué no, igual de universal.

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Chicama: la ola más larga del mundo

Deportes, Ecología y Medio Ambiente, Reportajes, Viajes - Diego Olivas Arana - 29 Febrero, 2020

Atardecer en Chicama (Créditos: Carlos Antonio Ferrer).

El puerto Chicama, a 600 kilómetros de Lima, es hogar de la ola más larga del mundo. Su inefable grandeza y extensión han sido fruto de curiosidad y ambición de incontables tablistas. Dentro de poco, este paraíso surfer podría desaparecer ¿Qué sucede con la ola de Chicama?

 

*** Este texto fue publicado originalmente en una versión más corta en la revista Asia Sur #183 (Edición enero, 2016).

 

Ponga un dedo al azar en el mapa, y ahí donde caiga, un surfista habrá soñado alguna vez con la ola de Chicama, ese fenómeno oceanográfico único en el mundo que bosteza amplio, larguísimo y que se corona como la izquierda más larga del mundo. Cumpliendo aquel sueño, decenas de tablistas arriban a El Point, punto neurálgico del balneario norteño y paradero marino donde hombres y mujeres esperan viaje en ese medio de transporte armado con agua y sal, que favorece extensamente a quien sabe domarla a lo largo de sus dos kilómetros de cresta de espuma. Los favores de la ola han trascendido la orilla: tras los dos minutos y medio que dura su recorrido, decenas de moto taxistas esperan a los tablistas al final del viaje para regresarlos donde todo comenzó. Así de larga es: el retorno puede ser tan agotador, que es mejor pagar un nuevo sol para volver sobre tres ruedas.

Correr esta ola no tiene precio. ¿Por qué, entonces, sepultar tal maravilla de la naturaleza con un muelle?

***

En marzo del año pasado, el terminal portuario de Malabrigo en Chicama, en el departamento de La libertad,  conocido también como Puerto Chicama, perdió su muelle artesanal, abatido por la intensidad del oleaje. El gobierno regional contempló la posibilidad de construir un nuevo muelle tipo espigón. Así, tres empresas extranjeras han ofrecido planes de construcción del muelle. Nada ha sido aprobado todavía, mas la polémica ya se desató: el muelle moderno cambiaría para siempre las llamadas ‘olas chicameras’, la meca del surf para el tablista de mundo. 

Para Carlo Grigoletto, de DG Costera, una institución que busca desarrollar proyectos sostenibles para la preservación del litoral peruano, todo está relacionado al proceso de transporte de sedimentos, que es el acopio de residuos arrastrados por las corrientes. «Ellos forman las playas y el fondo marino, que junto a la base sólida rocosa hacen de las rompientes lo que son ahora». Tal construcción sólida impediría el flujo natural de sedimentos, generando riesgos de erosión que afectarían la figura de las playas y el perfil y calidad de las rompientes, transformando la ola más larga del mundo en una corrida de turno.     

***

. Clip de las olas de Chicama.

 

Casi dos centurias antes de que el capitán James Cook observase tablistas por primera vez en Hawái, el jesuita y antropólogo español Fray José de Acosta describió en su libro, Historia natural y moral de las Indias (1590), cómo los indígenas del Perú pescaban y paseaban por el mar sobre sus caballitos de totora, cual “tritones o neptunos sobre el agua”. Los primeros tablistas fueron peruanos. Siglos después, en 1965, el surfista hawaiano Chuck Shipman se topó con la inmensa ola de Chicama desde la ventana de su avión, regresando de un campeonato mundial de surf en Punta Rocas. Pronto identificó en un largo mapa del Perú la zona al norte de Lima donde podría hallarse aquel promontorio, y con ayuda de los tablistas peruanos Joaquín Miro Quesada, Oscar ‘Chino’ Malpartida y Carlos ‘El Flaco’ Barreda, descubrió aquello que surfistas de todo el mundo daban por mito o superchería: la ola perfecta de Chicama. Hacerse uno con la ola en Perú sienta bien. Es casi esperable. ¿Cómo salvar la leyenda viva que anida en Puerto Chicama?

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“Entre 1969 y 1972, poco después de que se descubriera la ola, visité Chicama seguido, mientras vivía en Lima. El pueblo no tenía agua corriente, solo un pozo central. No había baños, hacíamos nuestras necesidades en el desierto. Muy pocas casas tenían electricidad, la mayoría eran pequeñas chozas de barro y adobe. Las calles eran pura tierra y arena. La casa de El Hombre estaba más cerca del punto. Los surfistas dormían en un piso de tierra, en una habitación sin techo que estaba detrás de la cocina del señor Hombre. Sin costo alguno. En agradecimiento por su amabilidad, le compramos comidas cocinadas por su esposa por alrededor de 15 centavos de dólar. Esta era la única fuente de ingresos para Hombre y su familia empobrecida. Compartimos nuestro vino y pisco con Hombre, ya que él no podía permitirse ese lujo de hombre rico. Estoy feliz de ver que El Hombre llegó tan lejos y ahora dirige un exitoso hotel”.

Aquel es el testimonio de un viejo surfista apodado Fredisimo. El Hombre es un personaje casi místico en puerto Chicama, quien muy joven se dedicó a acoger a todos los tablistas extranjeros que llegaban en busca de la ola más larga del planeta. Con los años, lo que se inició como un gesto de hospitalidad acabó convirtiéndose en el negocio y legado familiar: el Hostal “El Hombre”, un espacio sagrado para los surfistas, hoy regentado por Doris, la hija de El Hombre. La ola los atrae y genera este intercambio y prosperidad. Como ellos, son muchos los lugareños cuyo trabajo gira en torno al turismo surfista de la ola de Chicama. Algo que podría desaparecer.

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Una joven surfista recorriendo la legendaria ola (Créditos: Javier Larrea).

Hace trece años se propuso la ley N° 27280, la ‘Ley de Preservación de las Rompientes apropiadas para la Práctica Deportiva’. Ley pionera en su discurso, que recién fue legislada en el 2013 bajo la condición de que solo serán protegidas aquellas registradas en el Registro Nacional de Rompientes. Carolina Butrich, campeona mundial de windsurf y coordinadora de la campaña HAZLA POR TU OLA, de la iniciativa Conservamos por Naturaleza, afirma que para realizar tales inscripciones se deben presentar expedientes y estudios que pueden tomar tanto tiempo como dinero. HAZLA busca explicar la problemática y recaudar cincuenta mil dólares para registrar un primer bloque de diez grupos de rompientes importantes, incluida Chicama. “No hay antecedentes de lo que queremos hacer, eso puede ser un problema. Tratamos de establecer un proceso para facilitar los pasos en el futuro”, confiesa Carolina, mientras contempla sonriendo el tatuaje de su muñeca: un heartbeat cuyas ondulaciones reflejan el movimiento de unas olas. La vida evocada en el mar.

***

La construcción de un muelle podría ser factible en tanto sea sostenible. Carolina menciona tres principios que deben considerarse para ello: el ambiental, pues al ser un muelle sólido y no permeable, impide el tráfico de sedimentos e incrementa la erosión; el económico, porque la ola de Chicama no es solamente un acontecimiento para surfers, genera gran actividad turística que da muchos puestos de trabajo; y el social, ya que un muelle provocaría la pérdida de arena por retención de sedimentos, ello transformaría las playas, afectando los lugares turísticos y por ende a la población.

Dicen que muchos surfistas erraron toda su vida buscando la ola más extensa y perfecta, aquella misteriosa criatura infinita que los encaminaba al origen del mundo. La legendaria ola de Chicama, la más larga de la tierra, podría acaso ser tal aparición. Y podría, a su vez, convertirse en un pronto recuerdo. Está en nuestras manos.  

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Adaptarse a la fatalidad: Desgracia, de J. M. Coetzee

Ediciones en español de "Desgracia".

Reseña de la desgarradora novela del Nobel 2003 y ganadora del Premio Booker 1999.

 

Desgracia (1999) se inicia en Ciudad del Cabo. David Lurie tiene 52 años, dos divorcios y una visión curtida y cínica de la vida. Una visita semanal a su prostituta preferida o algún desvío circunstancial del deseo, entre mujeres que rápidamente se difuminan, así se sabe satisfecho. Su inclinación por el eros es un elemento importante en su vida, como aquello que lo define en la sociedad: su erudición en torno a los poetas románticos ingleses, como Wordsworth o Byron. Una pasión egoísta, solitaria, de escritorio. Su trabajo como docente le tiene sin cuidado. Tras un penoso escándalo en el que tanto la universidad como la prensa divulgan su tórrido y perturbador idilio con la joven alumna Melanie Isaacs, se ve obligado a renunciar. Presto a empezar de cero, decide irse al campo a visitar a su hija Lucy, una hippie que vive alejada de la metrópoli en su propia granja, donde además tiene una perrera.

Una tarde, tres hombres negros irrumpen en la casa de Lucy deliberadamente. Luego de incendiar la cabeza de David –quemando su cabello– y encerrarlo en el baño, asesinan a los perros, roban lo que pueden y violan en grupo a su hija. Este es el punto de quiebre del relato.

Desde aquí, se da un vertiginoso descenso a la esencia misma de la deshonra –y la desgracia–. La condición humana se cuestiona desde contextos abismales. Ambos personajes son colocados en los más aciagos extremos, atraviesan una situación que raya desde lo perturbador o incómodo hasta la pesadilla silente. La vida de David se va cayendo a pedazos, y sin embargo, no acabas sintiendo una verdadera lástima por él ni por el resto: todos representan personas con muchos defectos y rasgos inmorales que tornan más difícil la empatía, pero al mismo tiempo, se siente que esto es a propósito. Y funciona. 

Algo particular es la relación con Petrus, el capataz relacionado con el ataque sexual a Lucy. La interacción de ambos no obedece a ninguna lógica ética u occidental, solo al miedo y la tradición. Lucy sabe quiénes fueron los victimarios de la invasión a su casa y su violación, y sin embargo su reacción a este acontecimiento traumático resulta inconsecuente, especialmente para David, quien contempla confusa y absurda la decisión de su hija de quedarse en su casa, no denunciar el crimen y sufrir en silencio. Respeta la determinación, mas no deja de desconcertarlo y de hacerse cuestionamientos. ¿Debería él hacer algo, tratar finalmente de ser un buen padre? ¿Existe la posibilidad de solucionarlo todo o de cambiar la mentalidad de las personas? Sus disquisiciones, no obstante, no lo conducen a ninguna parte. David Lurie lucha sin éxito contra la aceptación de lo ineludible. Y le toma todo el libro comprenderlo.

Edición de Debolsillo de “Desgracia” (2012).

La violencia sexual se traduce como una suerte de odio ancestral y castigo por las desigualdades históricas. Al mismo tiempo vemos cómo ninguno del resto de personajes, hombres en su mayoría, logra comprender el proceder de Lucy, su forma de confrontar el dolor. David hace el intento, mas él mismo exhibe y abraza una inmoralidad lasciva desde el inicio del relato –la relación con Melanie Isaacs, sus episodios con prostitutas–, la cual acaba destruyendo su reputación y autoexiliándolo con su hija. Hombres blancos y negros no exentos de mácula, con una imperfección comparable en cierto nivel, e incapaces de ponerse en el lugar de la mujer, aun si lo quieren. Coetzee nos dice que el yerro humano no diferencia razas ni grupos étnicos.

Otro tema relevante es la imagen de la mujer. Una instancia primordial en las lucubraciones de David, con aproximadamente nueve mujeres a través del libro (excluyendo su fascinación idílica por la Teresa de Byron). La presencia de la mujer –o las mujeres– es vista desde la perspectiva de David y es necesaria para entenderlo: genera una correlación de pensamientos y debates internos que articulan el desarrollo del personaje. De igual manera, tenemos el sufrimiento de los animales –tema recurrente del autor, un conocido vegetariano–, representado en el relato con la imagen de los perros. David termina identificándose con la vida y la muerte de los perros en el campo, en la veterinaria, en la perrera e incluso con aquel casi mutilado can que cojeaba, al final del libro, a quien aprecia y no vacila en eliminar. Los perros son una constante que no solo sirve como mecanismo para comprender a David, sino a toda Sudáfrica: en un país donde los seres humanos se matan unos a otros, la vida de los perros no vale nada.

La voz de Coetzee se siente con intensidad, un narrador que comprende a su protagonista y permanece cerca de él. Incluso podríamos, sin mucho esfuerzo, encontrar ciertos rasgos autobiográficos. La forma en la que se cuestionan los actos de David Lurie es tan intensa y vívida que podría fácilmente ser el mismo protagonista quien narra, a pesar de ser en tercera persona. Comparten una forma de pensar, acaso de proceder. Coetzee se sirve del estilo indirecto libre –técnica narrativa caracterizada por presentarnos una narración en tercera persona que adopta elementos de una en primera persona–, ya que podemos detectar mucho del discurso de David en Coetzee. Para aquellos familiarizados con al autor y su obra, la idea de una auto identificación o un sutil alter ego no resulta ajena. Coetzee es también un profesor sudafricano blanco, salvaje lector y un retraído hombre de letras que expresa más en el papel que en entrevistas o conferencias de prensa. En el sentido del análisis de personaje de James Wood, podríamos decir que Coetzee pertenece a esta línea de autores más enfocados en el yo, cuyos personajes pueden ser sin problemas un calco de sí mismos.

Coetzee en Varsovia, 2006 (Créditos: Mariusz Kubik).

Quizá lo más importante sea que Desgracia es una ficción situada en un contexto determinado. Sudáfrica post apartheid. La experiencia de David y Lucy reflejan los rezagos de esta problemática. La indeseable situación de Lucy, atrapada entre el horror del ultraje sexual y la sumisión al orden establecido. Siendo ellos dos blancos en un poblado de negros. Siendo Lucy una mujer granjera en una zona de hombres de campo. Su historia funciona también como un relato del pasado de Sudáfrica y sus secuelas. Hay muchas referencias, como David argumentando que Petrus no podría ser un kaffir como los de antes o Lucy comentando la violación como un acto ‘personal y lleno de odio’, a lo que su padre responde que ‘fue la historia y los ancestros’ los que hablaron a través del abuso sexual. Vemos aquí una presencia fuerte de la memoria como tema, así como también un ejemplo de la idea de Vargas Llosa de la ficción como recurso para expresar una necesidad general, filtrar una identificación mayor. Un reflejo sensible y desolador de lo que podría sucederle a cualquier persona, en cualquier época y cualquier lugar del mundo. Desgracia, para muchos la mejor novela del enorme Coetzee, acaba siendo una obra universal, y esto podemos percibirlo a su vez en su ausencia de desenlace. Se trata de un final abierto, crudo y real. La vida sigue y toca adaptarse y sobrellevar la fatalidad.

Datos del libro:

  • Idioma y título original: Inglés / Disgrace
  • Primera publicación: 1999
  • Edición en español: Debolsillo, 2012
  • Traducción: Miguel Martínez-Lage
  • Páginas: 270

Puedes ver el tráiler de la adaptación cinematográfica aquí.

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