Posts for ABSTRACCIONES Category

El Día de Star Wars: la nostalgia de una gran época

ABSTRACCIONES, Cine, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

El elenco original. De izquierda a derecha: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill y Carrie Fisher (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Evocando la saga de películas que cambió mi vida (y la de millones)

[Text in ENGLISH]

Hoy es el Día de Star Wars, mi historia favorita o acaso una de mis favoritas. Uno de mis placeres culposos más grandes, a pesar de la decadencia de sus últimas películas. En vista de ello, hoy toca asaltar un momento mi jornada para evocar la saga y quizá ver alguna de las películas clásicas (no las precuelas ni secuelas ni spin-offs ni dibujos animados). Por qué no.

El Star Wars Day es conocido por la frase May the Fourth be with you, un divertido juego de palabras del poderoso latiguillo de trascendencia metafísica May the Force be with you, repetido a través de todas las entregas de la saga galáctica. Por supuesto, este calambur no tendría sentido en español, pues existe poca similitud entre Que la Fuerza te acompañe y Que el Cuarto te acompañe. La frase se utilizó por primera vez en 1979, cuando Margaret Thatcher fue nombrada Primera Ministra de Reino Unido. La primera mujer que asumía el cargo fue felicitada por los miembros del partido político conservador, quienes a través del London Evening News expresaron “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations”. Curiosamente, la cita influenciada del May the Force be with you de la película de Lucas fue luego reciclada por los fans de la saga, y ahora el 4 de mayo es el día oficial de Star Wars en todo el mundo.

Carrie Fisher y Mark Hamill bromeando durante la filmación de “El imperio contraataca”, circa 1980 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Mi relación con esa galaxia muy, muy lejana es de toda una vida. La primera vez que vi Star Wars tenía cinco años. Soy un aficionado de segunda o acaso tercera generación. Era una grabación en VHS de The Empire Strikes Back (1980) o El Imperio contraataca como la conocimos en español. Mi hermano mayor la había grabado de Cine Millonario, el legendario bloque de películas de los domingos por la noche en Frecuencia Latina. Si mi memoria no me es infiel, era un fin de semana por la tarde, acaso un domingo. Mi tío estaba de visita y en mi recuerdo convergen la escena de Luke y Yoda en el pantanoso planeta Dagobah acompañadas de las voces de mis padres cotilleando con mi tío. Recuerdo también la clásica etiqueta con el nombre de la película en la parte inferior izquierda de la pantalla: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”. Una traducción curiosa, considerando que no existía en la trilogía entera ninguna guerra entre galaxias. Ese nombre otorgado por el doblaje para Hispanoamérica se incrustó en mi mente como la rémora al tiburón. Henchido de maravilla y exultación, invadí de preguntas a mi hermano y mi hermana, ¿quién era ese monstruito verde? ¿Quién es el malo? ¿Qué es un Jedi? Era imparable. Ahora bien, la memoria es tan frágil como falaz y quizás mi evocación es una construcción selectiva. Quizás fue El retorno del Jedi (1983) y quizás fue un lunes por la noche y sin mi tío. Sea como haya sido, este es mi recuerdo más viejo de Star Wars y uno de los más entrañables de mi infancia.

Era 1993: en el Perú, el autogolpe de nuestro dictador Fujimori ya celebraba su primer aniversario y el conflicto armado interno entre las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso diezmaba las poblaciones asháninka y nomatsiguenga de Satipo… En el mundo, Bill Clinton era elegido como el cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos y Nelson Mandela recibía el Premio Nobel de la Paz. Y mientras Hollywood remecía al mundo con Jurassic ParkPapá por siempre o La lista de Schindler, yo me entregaba de manera absoluta a La Guerra de las Galaxias.

Enloquecí cuando mi hermano me reveló que también tenía las otras dos películas grabadas. Y así empezó todo: vi esa versión de la trilogía original una y otra vez en esos viejos casetes de VHS hasta 1997, cuando entré al colegio Los Reyes Rojos en plena fiebre global de Star Wars por el estreno de la Special Edition y se los presté a un compañero nuevo que jamás los devolvió. A pesar de ese desliz en mi afición, ella siguió creciendo, y yo con ella.

Póster peruano de “A New Hope” para promocionar la película en los cines de Lima, Perú,1978 (Créditos: Archivo de la web de Arkiv Perú):

Ansioso por recrear las aventuras de Luke, Han y Leia, lamentaba mucho que no existan figuras de acción de Star Wars. Solamente contaba con un puñado de sobrevivientes de la colección de Kenner de los setentas y ochentas, heredada de mis hermanos mayores: un Tusken Raider, un RD-D2 sin patas, un guardia gamorreano y la princesa Leia. Solía jugar con tres G.I. Joes que reemplazaban a Luke, Han y C-3PO; imaginaba que el gamorreano era Chewbacca; y a ellos les sumaba el R2 lisiado y a la antiquísima Leia. Así fantaseaba hasta 1996, cuando arribó al Perú mi sueño materializado por Hasbro. La colección The Power of the Force, el retorno de las figuras de acción de la saga galáctica, revivió el encantamiento que ya Dragonball o los superhéroes de Marvel o las Tortugas Ninja empezaban a mermar. Con los juguetes llegaron luego cómics y algunas novelas. Para 1999, cuando apareció La amenaza fantasma, la primera película de la trilogía de precuelas de Star Wars, yo ya era un pequeño experto o al menos creía serlo —no tenía idea de lo vasto que era ese Universo Expandido sitiado de cómics, novelas y videojuegos—. Incluso pertenecí por unos años a un club de fanáticos en Lima, The Force Perú, donde gané un sorteo por primera vez en mi vida, a los 11 años, y me hice poseedor de un Junior Jedi Training Manual, un librillo con accesorios y un audiobook donde al final debía firmar un seriecísimo “Juramento del Jedi Junior” que todavía conservo. Abracé las precuelas y con la adolescencia y la adultez comprendí mejor la franquicia y sus imperfecciones: El retorno del Jedi, mi preferida durante la infancia, fue desplazada por El Imperio contraataca; me uní —temporalmente, ahora he cedido un poco— a la enorme campaña de animadversión hacia Jar Jar Binks; y odié las escenas y líneas románticas entre Anakin y Padmé. Pero todo aquello no redujo mi amor por la saga. Tras la locura del 2005 con La venganza de los Sith, que se encargó de adecentar las precuelas, la vida siguió. Algún libro o figura de acción ocasional o ver las series animadas de televisión y todo iba bien. Star Wars se amalgamó con mi existencia de forma orgánica. No necesitaba más.

De aquella epopeya espacial que trasladó el “viaje del héroe” de Joseph Campbell a nuestros tiempos, que atravesó todas las barreras geográficas y sociales y devino en un fenómeno de la cultura popular durante cuatro décadas, he aprendido mucho. Crecí citando a Ben Kenobi, Luke, Yoda, incluso más tarde a Qui-Gon. Cuestionaba la existencia de la suerte y las casualidades, reflexionaba sobre la dualidad del bien y el mal en todos nosotros y la posibilidad de errar o tomar la decisión equivocada, me preguntaba por la Fuerza y por ende por la creencia en Dios y la divinidad, revaloraba el amor por la familia y contemplaba como esencial la búsqueda de un mentor o maestro en la vida. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill y Denis Lawson se divierten un rato en un momento detrás de cámaras de “El retorno del Jedi”, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Star Wars nutrió asimismo mi adicción por las historias, la ficción y el acto de escribir. Dos de mis cuentos más viejos, perdidos para siempre con el estropeo de la antigua Pentium III de mi casa —uno de mis traumas de inicios de la adolescencia— eran fanfics predecibles de la saga: A Bounty Hunter’s Tale y Jedi Journeys. Star Wars me enseñó la insondable belleza de los mundos posibles. Ha sido entonces parte de mi educación sentimental e intelectual, ingrediente esencial en el desarrollo de una sensibilidad primaria, infantil, muy amable, que continúa mutando, cimentándose con la experiencia y el encuentro con otras historias.

Tras la fraudulenta trilogía de secuelas de Disney —algo en lo que no vale la pena explayarme ahora— atravieso una etapa de saturación de Star Wars, mas la franquicia parece imparable. Ni siquiera la pandemia del COVID-19 parece aplacarla: hoy se acaba de confirmar una nueva película dirigida por el talentoso y muy solicitado Taika Waititi. ¿Tendremos Star Wars hasta el fin de los tiempos? ¿Continuarán Disney y Lucasfilm creando estas historias cuando mis supuestos nietos tengan sus primeros descendientes? ¿Cuando un apocalipsis zombi se coma a la mitad del planeta? ¿Cuando una nueva guerra mundial arrase con Europa o Siria? ¿Cuando nos invadan extraños extraterrestres fusiformes con rostro de bivalvo? ¿Habrá algún reboot? ¿Recastearán a Luke o Leia en algún momento (por todos los Ewoks de Endor, no por favor) o los seguirán rejuveneciendo y reviviendo digitalmente per saecula saeculorum?

Clásica fotografía de Carrie Fisher en una sesión playera de la revista Rolling Stone, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Aquellas cuestiones, al fin y al cabo, me tienen sin cuidado. Vivimos un momento en el que la crónica de aquel granjero soñador de Tatooine se expande indeciblemente, más allá de aquellos dos soles gemelos que contempla silente, con más vida que nunca. Para bien o para mal, hay Star Wars para rato, mas prefiero darme un respiro del futuro de la saga y volver a sus raíces. Hasta que se les ocurra hacer un spin-off de Jar Jar Binks, hay que estar agradecidos…

De pronto suena a cualquier dislate de efemérides de turno, mas aquellos que comprenden saben que es cierto. La deuda con Star Wars prevalece. May the Fourth!

Los personajes de la trilogía original de “Star Wars” en plena pandemia del coronavirus (Créditos: desconocido, hallado en Internet).

Continue Reading

Star Wars Day: the nostalgia for amazing times

ABSTRACCIONES, Cine, In English, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

The original cast. From left to right: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill and Carrie Fisher (Credits: Lucasfilm / Disney).

Evoking the movie trilogy that changed my life (and that of millions)

[Texto en ESPAÑOL]

Today is Star Wars Day, one of my favourites stories ever, if not my favourite. One of my biggest guilty pleasures, despite the decline of its latest movies. Because of this, today it is time to interrupt my daily routine to evoke the saga and perhaps see some of its classic entries (not the prequels or sequels or spin-offs or cartoons). Why not.

Star Wars Day is known for the catchphrase May the Fourth be with you, a funny pun on the powerful quote of metaphysical transcendence May the Force be with you, repeated throughout all installments of the galactic saga. Of course, this calembour would not make sense in Spanish—my mother tongue —, since there is little similarity between Que la Fuerza te acompañe and Que el Cuarto te acompañe. The phrase was first used in 1979, when Margaret Thatcher was appointed Prime Minister of the United Kingdom. The first woman to take office was congratulated by members of the Conservative political party, who through the London Evening News expressed “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations ”. Interestingly, the quote influenced from Lucas’s May the Force be with you was later recycled by the fans of the saga, and now May 4 is the official day of Star Wars around the world.

Carrie Fisher and Mark Hamill having fun on the set of “The Empire Strikes Back”, circa 1980 (Credits: Lucasfilm / Disney).

My relationship with that galaxy far, far away goes through my whole life. The first time I saw Star Wars I was five years old. It was a VHS recording of The Empire Strikes Back (1980). My older brother had recorded it from Cine Millonario, the legendary block of Sunday night movies in Frecuencia Latina, a Peruvian national broadcast station. If my memory does not betray me, it was a weekend afternoon, perhaps a Sunday. My uncle was visiting us and in my recollection the scene of Luke and Yoda on the swampy planet Dagobah converges with the voices of my parents and my uncle laughing and gossiping in the background. I also remember the classic label with the name of the film at the bottom left of the screen: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS“. Now everyone in Hispanic America knows the franchise as Star Wars, but back then we were more used to our version, which means Galaxy Wars. A curious translation, considering that there was no war between galaxies in the entire trilogy. That name given by the dubbing was fixated in my mind like a remora to a shark. Filled with wonder and joy, I invaded my brother and sister with questions, who was that little green monster? Who is the bad guy? What is a Jedi? I was unstoppable. However, memory is as fragile as fallacious and perhaps my evocation is a selective construction. Maybe it was The Return of the Jedi (1983) and maybe it was a Monday night without my uncle. Either way, this is my oldest memory of Star Wars and one of the most endearing of my childhood.

It was 1993: in Peru, the auto-coup of our dictator Fujimori was already celebrating its first anniversary and the internal armed conflict between the Armed Forces and the Shining Path was decimating the Asháninka and Nomatsiguenga indigenous populations of Satipo… In the world, Bill Clinton was becoming the fortieth second President of the United States and Nelson Mandela was receiving the Nobel Peace Prize. And while new Hollywood’s blockbusters like Jurassic ParkMrs. Doubtfire or Schindler’s List were conquering the world, I was giving myself up to La Guerra de las Galaxias.

I went crazy when my brother revealed that he also had recorded the other two movies. And that’s how it all began: I watched that version of the original trilogy over and over again on those old VHS cassettes until 1997, when I started third grade in a new school during the days of the Star Wars Special Edition fever and borrowed them to a new classmate who never returned them. Despite that sad episode, life went on and so it did my obsession. We grew together.

Peruvian poster of “A New Hope” to promote the movie in theaters in Lima, Peru, 1978 (Credits: Archive of the Arkiv Peru website).

Anxious to recreate the adventures of Luke, Han and Leia, I used to find it sad that there were no Star Wars action figures. I only had a handful of survivors from the Kenner collection of the seventies and eighties, inherited from my older brothers: a Tusken Raider, an RD-D2 without legs, a Gamorrean guard and Princess Leia. I used to play with three G.I. Joes that were replacing Luke, Han and C-3PO; the Gamorrean was Chewbacca; and completed the group with the disabled R2 and the classic Leia. So I fantasized until 1996, when my dream came true and it arrived to Peru, materialized by Hasbro. The Power of the Force collection, the return of the galactic saga’s action figures, revived the spell on me that Dragonball or Marvel superheroes or the Ninja Turtles were beginning to diminish. With the toys came later comics and some novels. By 1999, when The Phantom Menace appeared, the first film in the Star Wars prequel trilogy, I was already a small expert or at least I thought I was—I had no idea how vast was that Expanded Universe of comics, novels and video games. I even belonged for a few years to a fan club in Lima, The Force Perú, where I won a raffle for the first time in my life, at age 11, and became an owner of a Junior Jedi Training Manual, a booklet with accessories and an audiobook where I had to sign a very serious “Junior Jedi Oath” at the end. I still have it. I embraced the prequels and with the adolescence and adulthood I understood better the franchise and its imperfections: The Return of the Jedi, my favourite during childhood, was displaced by The Empire Strikes Back; I joined – temporarily, now I have somehow accepted it – to the everlasting hate campaign towards Jar Jar Binks; and I hated the romantic scenes and lines between Anakin and Padmé. But all that did not affected my love for the saga. After the madness of 2005 with Revenge of the Sith, which took it upon itself to leave the reputation of prequels in a better place, life went on. Reading any occasional book, buying an action figure or watching the animated television series and everything was okay. Star Wars amalgamated with my existence organically. I did not need more.

I have learned a lot from that space opera that translated the “Hero’s Journey” of Joseph Campbell to our times, that crossed all geographical and social barriers and became a pop culture phenomenon for four decades. I grew up quoting Ben Kenobi, Luke, Yoda, even Qui-Gon, later. It made me question the existence of luck and coincidences, reflect on the duality of good and evil in all of us and the possibility of making the wrong choice, wonder about the Force and therefore about the existence in God and divinity, revaluate the importance of family, and contemplate as essential the search for a mentor in life. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill and Denis Lawson on a shot behind the scenes of “Return of the Jedi”, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Star Wars also nurtured my addiction to stories, fiction and the act of writing. Two of my oldest short stories, lost forever with the malfunction of the family’s old Pentium III—a trauma of my early adolescence—were predictable fanfics of the saga: A Bounty Hunter’s Tale and Jedi Journeys. Star Wars taught me the unfathomable beauty of possible worlds. Then, it has been part of both my sentimental and intellectual education. An essential ingredient in the development of a primary, childish, and very warm sensitivity, that continues to mutate, across the experience and the collision with other stories.

After the failed trilogy of the Disney sequels—something that is not worth going deeper on now—I am going through a phase of saturation of Star Wars, but the franchise seems unstoppable. Not even the COVID-19 pandemic seems to appease it: a new film directed by the talented and highly sought-after Taika Waititi has just been confirmed today. Will we have Star Wars until the end of time? Will Disney and Lucasfilm continue to create these stories when my alleged grandchildren have their own descendants? When a zombie apocalypse eats half the planet? When a new world war crash with Europe or Syria? When we are invaded by strange fusiform aliens with bivalve-like faces? Will there be a reboot? Will they recast Luke or Leia at some point (for all the Ewoks of Endor, please not) or will they continue to digitally rejuvenate and resurrect them per saecula saeculorum?

Classic photograph of Carrie Fisher during a Rolling Stone magazine beach shoot, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Those questions, after all, do not matter to me. We live in a moment in which the adventure of that daydreamer farmboy from Tatooine expands unspeakably, far beyond those two twin suns that he silently contemplates, more alive than ever. For better or for worse, Star Wars has come to stay, but I prefer to give myself a break from the future of the saga and return to its roots. As far as they do not announce a Jar Jar Binks spin-off, we have to be grateful…

It may sound like a cheap thought of any given holiday, but those who understand know it to be true. The debt to Star Wars prevails. May the Fourth!

The characters from the original “Star Wars” trilogy in the middle of the coronavirus pandemic (Credits: unknown, found on the Internet).

Continue Reading

Volver a Lima

ABSTRACCIONES, CRÓNICAS y REPORTAJES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019

ABSTRACCIONES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019 Distrito San Isidro al fondo, Lima (Créditos: Perfil de Flickr de KaMpErƎ & Le-tticia).

Breve asalto de reflexiones migratorias tras 60 días de vacaciones en mi ciudad natal

 

La noche del lunes volví a Varsovia luego de dos meses en Lima. Viví con intensidad: mi esposa y yo compartimos con la familia y nuestros amigos, viajamos a provincia, salimos a eventos, exposiciones, bebimos y comimos. Tras casi dos años sin pisar mi ciudad, la expectativa de esos sesenta días se conjuraba como una eternidad, pero se esfumó de repente. No fue una estadía muy calmada, es cierto, mas fuimos felices.

Ania y yo solíamos repetirnos esta frase acaso en tono de broma y sin embargo entrañando siempre cierta verdad: “solo extrañamos a Dante”, nuestro perro de dos años, querido amigo y compañero, quien se ha pasado el verano polaco en el campo con mis suegros. Y es que salvo la última semana en Lima -donde nos invadió esa conocida sensación hacia el final de cada viaje, cuando ya percibes que falta poco tiempo para volver a tu ritmo habitual y lentamente te entregas a ese calmado deseo de pasar un día normal en casa-, toda nuestra estadía hemos sido presa -yo en particular- de una euforia nostálgica por la familia, los amigos, las calles y espacios antes frecuentados. Un amor al pasado con el que te reencuentras y que ahora es distinto, como es de esperarse, pero todavía te abraza. Si bien he vivido antes en el extranjero, nunca he estado tanto tiempo alejado de casa. Me encontraba adicto a la experiencia de volver.

Salíamos del avión de Ryanair que llegaba desde Madrid -donde solemos hacer conexión-, y caminábamos junto a mi esposa y el resto de pasajeros a través de la pista de aterrizaje del Warszawa -Modlin, aquel menudo aeropuerto internacional exclusivo para vuelos low-cost del que siempre salgo extenuado y adormecido. Avanzábamos en una fila india encauzada por cercas metálicas cuya guía terminaba en la entrada al aeropuerto. En ese momento, todavía en la pista, sentí la caricia del viento sobre mi rostro, ese guiño apacible del verano europeo al que nos adentrábamos, que de inmediato me rebobinó a la misma escena en el aeropuerto Jorge Chávez, dos meses antes. Ya desde esa primera escena la experiencia es tremendamente distinta. Salir del Jorge Chávez para darse de bruces con Lima: la ola de humedad te invade de pronto, como una bofetada caliente y fantasmal. No importa la estación, en Lima respiramos siempre moléculas de agua y uno toma aun más consciencia de ello al volver después de largo tiempo. Una sensación viscosa por momentos -en especial en verano-, pero que aprendí a querer. La primera bienvenida es el abrazo violento de la humedad.

El río Vístula desde el centro de Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

El taxi a las cinco de la madrugada desde el aeropuerto hasta Miraflores: las palmeras. Plaza San Miguel. La odiada línea de combis “S”, que me llevó a la universidad durante toda la carrera. La Costa Verde y el inefable océano Pacífico. Las calles de San Antonio donde crecí, con sus casas miraflorinas antiguas, sus parques con nombres de militares y estadistas, sus perros con abrigos de polar, las ardillas grises, sus panaderías y bodegas. El Malecón de Miraflores. El Pollos Piers y los otros bares de mala muerte alrededor del Parque Kennedy. El Eka Bar y su setlist inmortal. Barranco con la Bajada de los Baños, Sáenz Peña, San Martín, Grau, El Sol, La Noche, Juanito, el Piselli. Los chifas. El Queirolo de Pueblo Libre y el de Camaná. El jirón Quilca con sus libros y juguetes y el Bar de Tito. El Yacana. Los jueves de karaoke del Koca Kinto. Ver películas en el viejo Pacífico, el Alcázar o el Centro Cultural de la PUCP. Cusqueñas negras y Pilsen Callao. Ir a Wong cerca de mi casa para comprar absolutamente cualquier tontería: una Coca-Cola, un Sublime-Princesa-Sorrento-Milky-CuaCua-Pícaras-Margarita-Morochas-Tortees-Cuates-Canchita serrana… Pensar en Lima o en mi viaje a Lima me trae todo esto. Siento que el retrato mental de mi ciudad está demasiado enfocado en ciertos asfaltos, cantidades vulgares de comida y alcohol y en mucha música. ¿Es malo concebir Lima bajo ese inofensivo hedonismo familiar y citadino?

Lo ignoro. Pero Lima no es solo eso. Son muchas ciudades divididas. Un monstruo con muchas caras, la mayoría más adversas, tristes y menos privilegiadas que la apremiada evocación con la que acabo de resumir una parte esencial de mi vida.

***

Se extraña Lima, mas hay realidades que me repelan ipso facto. El transporte público, el tráfico y el egoísmo suicida de los conductores de custers y combis y de vehículos privados representan una problemática que he despreciado siempre y con la que me he topado no pocas veces durante mi retorno. Autos pasándose la luz roja, ignorando que pretendo cruzar o cortándome el paso deliberadamente. Cederle el paso al peatón en Lima se antoja como un acto quimérico, alienígena, acaso irrisorio. Más de una vez en Varsovia, Ania me preguntó por qué no cruzo o tardo en cruzar la pista cuando toca. Me tomó tiempo habituarme a la prioridad del peatón: siempre aguardaba alerta, creyendo que les importo un carajo y contemplando la posibilidad de ser atropellado. Como todo limeño.

“Lima la horrible” (edición de Populibros, 1964), de Sebastián Salazar Bondy.

A su vez, el tráfico vuelca en desesperación: me recuerdo enrabiado de impaciencia y aburrimiento -e intensos dolores de espalda y cuello- en la avenida La Marina, Benavides o Javier Prado. Adelantándose a su tiempo, Sebastián Salazar Bondy escribió en el clásico Lima la horrible (Biblioteca Era, 1964): “Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir”. Cincuenta y tres años después, Diego Trelles Paz publicó La procesión infinita (Anagrama, 2017), poderosa novela que curiosamente leí en un momento muy acertado, empezándola en el avión de Madrid hacia Lima y terminándola unas semanas antes de volver a Varsovia. Una de sus páginas más notables reza lo siguiente, confirmando con brutalidad la vigencia de lo descrito por el gran Salazar Bondy décadas atrás:

“La procesión infinita”, de Diego Trelles Paz (Anagrama, 2017).

“… El primer anuncio del delirio automovilístico de lima es una estampida furiosa de custers, combis, taxis, buses, motos y carros particulares que rodean y atraviesan el óvalo de Faucett en distintas direcciones al mismo tiempo. Todo está permitido: meter la trompa del vehículo y cerrar el paso, pasar del carril extremo de la izquierda al de la derecha, acelerando en diagonal, detenerse en cualquier lado de la avenida el tiempo que se estime conveniente, subirse a las veredas, a las bermas con jardines, a las ciclovías, a los parques, a donde lleguen las ruedas, comerse todos y cada uno de los semáforos o simplemente quedarse quieto esperando pasajeros mientras la luz verde agoniza, tocar la bocina frenéticamente, una dos, cinco, diez, veinte veces mientras gritas y golpeas y amenazas y bajas del auto con el fierro de la gata dispuesto ya a romper, a quebrar, a chancar, a destruir, a asesinar a quien sea, por lo que sea, así venga la policía, ¡qué mierda!, tú a la policía te la pasas por los huevos, tombo conchatumadre, aquí yo hago lo-que-chucha-me-dé-la-gana, qué mierda quieres, ¿ponerme una papeleta?, ponme cinco si quieres, igual no las pago, huevonazo, y aprietas y aceleras y chocas y atropellas y te das la fuga y todos vieron pero nadie vio porque si pasa y tienes bille, arreglas, trabajas, ofreces, coimeas, la libras, la olvidas, se olvidan, no saben, no opinan, la vuelves a hacer, todo se puede porque el mundo es ancho e impune cuando enciendes un vehículo y te lanzas sobre las pistas cementerio de las calles de Lima”.  

Y el siguiente párrafo toca justamente ese miedo animal que mencionaba líneas atrás:

“Quizás es por eso que los peatones no confían cuando el Chato respeta el PARE y, con la mano barriendo el aire, los invita a cruzar por delante con una sonrisa. Éste está cojudo. Éste está loco. ¿Qué le pasa? Si avanzo, me mata. Si le creo, acelera y me arrolla. Por aquí es así, lo sabemos todos, es ley-no-escrita: primero el carro, segundo el carro, tercero el carro, cuarto el carro y así hasta el infinito. El que confía muere. En Lima hay que tener ojos en la cabeza y en las orejas por si te embisten por detrás o te levantan de lado. Nadie está libre…”.

***

Hace ya varios años, compartiendo cervezas en algún bar de Helsinki, Tapio, un entrañable amigo finlandés (que ama y conoce el Perú más que muchos de los peruanos que conozco) me contó que cuando regresó a Lima unos años después de haber venido por su intercambio universitario, sintió que ya nada era lo mismo. Los amigos estaban en otras partes o tenían otros intereses, los lugares frecuentados ya no existían o habían sido renovados, la gente en la universidad era otra. Fue una sensación natural pero extraña, me dijo. Esta idea se quedó sembrada en mis adentros: mi vida en ese momento atravesaba un momento idílico en Helsinki, e imaginaba cómo sería volver. A inicios de este año tuve la oportunidad de descubrirlo, cuando mi esposa y yo visitamos Finlandia por primera vez desde esa temporada en la que nos conocimos. Los cambios eran evidentes, esperables: ya no había casi nadie de las personas que conocía en la ciudad, el edificio de estudiantes donde vivía estaba invadido por eufóricos veinteañeros, existían ahora algunos nuevos lugares en el centro, y así. Fue un retorno tan nostálgico como dichoso, pues Ania y yo descubrimos -acaso confirmamos- que seguíamos amando esa ciudad. Cuando regresas a un lugar muy importante para ti, donde has vivido momentos inolvidables, la experiencia nunca es la misma, no obstante, ello no aminora su importancia ni mitiga tu emoción. El sentimiento se transforma. ¿Quizás crece, madura, pasa a una siguiente etapa?

El Palacio de Gobierno en una tarde de agosto. Lima, 2019 (Créditos: Diego Olivas Arana).

Todo está en constante cambio, frase tan manida como cierta, y añadiría que ello suele darse para bien. Fue así al volver a Lima. Desde mi familia hasta mis amigas y amigos, todos han dejado al menos un poco de ser aquellos que conjuraba en mi recuerdo. Algunos se han entregado a una pasión que antes palpaban con cautela o han abrazado un movimiento cultural o político. Otros han descubierto su vocación en senderos ya sea muy esperados o alternativos o van camino a convertirse en destacados funcionarios del Estado o en estrellas de la televisión. Hay quienes empiezan una nueva maestría o estudios en Perú o en alguna parte del mundo, no pocos son ahora nuevos empresarios y están por último aquellos que estrenan flamantes parejas o siguen con la misma ya consolidada, encaminándose a la relación adulta (con gato o perro adoptado incluido).

Verlos a todos me lleva a pensar en cuánto he cambiado yo. No pocas veces discurro en estas abstracciones (como todo este texto, habrán de disculparme). Para un puñado de la gente que frecuentaba en Lima soy quizás el único casado o el único que se fue a otro continente por tiempo indefinido. Cambios tremendos: incluso he retornado con unos generosos kilos de más. ¿Soy la misma persona? ¿Está mal ya no serlo? En la cáustica Changes del infinito David Bowie, el estribillo decía: “Time may change me / But I can’t trace time”… “Quizás el tiempo me cambie, pero yo no puedo rastrear al tiempo”. Tanto en inglés como en español, la frase deviene nebulosa, ¿qué diantres quiere decir Bowie con “rastrear al tiempo”? Sabemos que la canción es tanto un grito de rebeldía contra la movida musical de los setentas como una exaltación de sus camaleónicas reinvenciones artísticas, pero creo que también deja un espacio incierto para al menos elucubrar alguna reflexión más interna. De pronto Bowie está tratando de decirnos que, mientras está consciente del transcurrir del tiempo y su efecto sobre él, no sabe con certidumbre cómo o en qué momento la persona que una vez fue se convirtió en quien es ahora. ¿En qué momento uno deja de ser uno para volverse ese otro nuevo? ¿Es una traición o una evolución? Prefiero concebirlo como el cauce natural de las cosas.

. Changes, del legendario David Bowie

***

La misma noche en la que llegamos a Polonia, estaba en nuestro hogar, el departamento donde vivimos en Jabłonna. Mi cuñada y su novio, quienes nos recogieron, nos habían preparado una cena y estábamos comiendo y tomando vino. Cuando ya teníamos buen rato conversando, cogí mi copa y los dejé para irme al balcón y echarle un vistazo a mi vecindario. Era la medianoche de un lunes y la imagen era oscura y silenciosa: el patio con juegos para niños rodeado de edificios y automóviles. Ninguna persona y solamente la luz de los postes. Me quedé absorto contemplando unos columpios, sin saber qué estaba sintiendo hasta luego de unos segundos, cuando sonreí. La cálida noche, las luces amarillas y redondas de los faroles, las voces de Ania y su familia riéndose desde mi sala. Me sentía en casa. No esperaba sentirme así al llegar. No esperaba nada, solo retornar a donde resido, seguir adelante. Tampoco se trata de una percepción ajena a Perú: Polonia es mi otra casa. Por primera vez me descubrí aliviado, feliz de llegar a este país y continuar con el ritmo habitual de mi vida. Fue un instante revelador.

En este último viaje acometí una empresa descabellada para los ojos de muchos amigos: pagué por equipaje extra y traje conmigo alrededor de cincuenta de los libros que tengo en Lima y un centenar de mi colección de figuras de acción. Fue una necedad planeada tiempo atrás y que necesitaba realizar (y que Ania comprendió). Sin embargo, alguna vez me he cuestionado el sentido de traer aquí mis pertenencias. Llevo todo a Varsovia, pero luego tal vez me vaya a estudiar a alguna parte, entonces qué, ¿me llevo estas posesiones también o las dejo aquí? ¿He decidido quedarme en Polonia para siempre? ¿Nunca voy a volver a Perú? ¿Solo visitas de uno o dos meses cada tantos años? ¿En qué país quiero vivir? ¿En qué ciudad quiero morir? ¿O será que volveré en mi vejez, para morir en Lima, como hicieron tantos compatriotas? Cada vez que estas disquisiciones se dilatan llego a un callejón sin salida.

Una fotografía de los libros que traje de Lima (faltan unos pocos, creo), ya en mi casa en Jabłonna, Polonia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Tales pensamientos también encierran una noción a la que regreso con frecuencia: mi ciudad. Soy un peruano nacido en Lima que ya no vive allí. Nunca dejaré de ser limeño ni peruano, ni pretendo hacerlo, ¿pero cuál es mi ciudad? Hablo del espacio que escojo voluntariamente como mío. Que adopto como refugio, madriguera, hogar de mis pasiones, creaciones y cuitas, base de operaciones y tierra para mis posibles hijas e hijos. ¿Cuál es mi ciudad? ¿Es el novelesco pueblo de Whitefish, Montana, donde trabajé brevemente en mi juventud y me rompí los ligamentos de la rodilla? ¿Es Helsinki, donde estudié y conocí a mi esposa y pasé uno de los mejores años de mi vida? ¿Es Varsovia, donde empecé desde cero una vida con ella hace más de dos años? ¿Es Lima, donde nací y viví y donde se encuentran mi familia y amigos?

Un profuso número de seres humanos que admiro -y con los que jamás podría compararme- migraron a otra ciudad y la adoptaron para siempre o por un periodo significativo de su existencia. Cioran, Vallejo, Cortázar, Hemingway, Julio Ramón Ribeyro: todos ellos escogieron París (y los tres primeros están enterrados allá). Coetzee vive en Adelaida, Miłosz vivió en Berkeley, Borges murió en Ginebra, García Márquez en Ciudad de México, Bolaño en Barcelona (pero vivió en Blanes). Por otro lado, Kapuściński siempre regresó a su casa en Varsovia, donde murió el 2007. Entonces, ¿estoy traicionando mis orígenes por irme a radicar a otra parte? No lo creo. Evoco ahora uno de mis diálogos favoritos de una de mis películas favoritas, Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997), donde el enorme Federico Luppi interpreta a Martín, cineasta bonaerense que lleva más de veinte años viviendo en Madrid y padre de Hache (Juan Diego Botto), a quien aquí alecciona sobre la migración y la patria:

“Eso de extrañar, la nostalgia, todo eso es un verso. No se extraña un país. Se extraña el barrio, en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento: ¿qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Una estadística. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa…”.

. Escena mencionada de Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997).

Asimismo, en Conversaciones, la compilación de entrevistas a Cioran, (Tusquets, Serie Marginales, 2011), el maestro de los aforismos confesó: “Soy jurídicamente apátrida y eso corresponde a algo profundo, pero no ideológico ni político, es mi estatuto metafísico. Quiero carecer de patria, de identidad”. Y más tarde agrega: “Para mí, París ha sido idolatría. Pero me he cansado, porque envejezco y la ciudad también. El hechizo se ha acabado. Si no la abandono es porque he vivido en ella durante cuarenta años. Pero ya no me inspira… Es una ciudad triste. Está destruida. Se ha convertido en un infierno -o en una pesadilla- que no puedo abandonar. No podría vivir en ninguna otra parte”.

“Conversaciones”, de E.M. Cioran (Tusquets, Serie Marginales, 2011).

Ambas citas son muy interesantes para abrir un debate sobre estas ideas. Si bien no rechazo mi patria ni el concepto de ella, me gusta pensar que ella se traduce en mis amigos, mi familia. Hace unos días bromeaba con una amiga de Lima a quien le decía que la próxima contrataré un container para transportar el resto de mis libros, a lo que ella me respondió que aquella era una situación precisa para infiltrar a todos nuestros amigos escondidos hasta Varsovia, y quedármelos allá para siempre. Si pudiésemos transferir nuestros seres más queridos a esa ciudad al otro lado del mundo donde hemos migrado, ¿lo haríamos?

Una tarde de mis últimos años en la universidad, conversando luego de clases en la cafetería del Edificio Mac Gregor, Juan Manuel Robles me dijo que cuando uno viaja a otro país por un buen tiempo, tiene la oportunidad de ser una nueva versión de sí mismo. Recuerdo haberme quedado con esa frase el resto del día, pues me devolvía a mi vida en Helsinki, donde aquello ocurrió y experimenté una entrega absoluta. Quizás el fantasioso proyecto de transportar a todos mis conocidos en containers hasta Varsovia arruinaría tal proceso. Dejarlo todo y a todos no debe ser solo una consecuencia de la migración, sino, al mismo tiempo, una de sus razones. El porqué de aquella razón es algo que tal vez me tome toda mi vida descifrar. Partí a Polonia para casarme y empezar una vida con mi esposa en su tierra. En más de una ocasión ella ha afirmado que podríamos volver a Lima si yo quiero, y yo me opongo casi de inmediato. Hasta ahora no acabo de comprender el porqué de esa decisión tan testaruda como inconsciente. Después de todo, nadie me está obligando. De quedarme en Polonia toda mi vida, ¿llegaré a mirarla con una pasiva tristeza y decepción, como Cioran? ¿Admitir su caída y al mismo tiempo mi imposibilidad de retornar?

***

Sé que me queda un tiempo considerable en Varsovia. Ciertamente ahora sucede menos, pero hay días en los que detesto este país que me acoge, como también hay días en los que me descubro queriéndolo. Hay días en los que no sé si me gusta esta ciudad o bromeo que estoy atrapado dentro de ella, efecto que también me han generado muchos días oscuros en Lima. Perú y Polonia no son tan distintos, al fin y al cabo: la política es horrorosa, de pesadilla, una vergüenza peligrosa. Hay racismo y discriminación aunque en niveles e instancias muy disímiles. A veces, en momentos de exasperación, me pregunto si estoy loco por haberme ido de un caos para instalarme en otro igual o peor. Pero ultimando el sendero, uno ama Lima. Y ahora puedo admitir que ese amor reverdece e intensifica cuando vives afuera . Ambas ciudades encarnan cierta desdicha, cierto desconcierto, mas también cierta resistencia. Varsovia puede ser hermosa, y todavía quedan largas jornadas por estos lares. 

Hacia el final de esta fragmentada y abierta reflexión, no tengo ni la más peregrina idea. Y con eso me basta.

Continue Reading

Modelo de impunidad

ABSTRACCIONES, Pensamientos, Política - Diego Olivas Arana - 30 Abril, 2019

Alan García Pérez, 2018 (Fuente: Guadalupe Pardo/Reuters).

Divagaciones sobre el suicidio del expresidente y delincuente Alan García Pérez

 

Alan García Pérez ha muerto. No es algo para celebrar, no le deseo la muerte a nadie, mas tampoco me invade una tristeza profunda. Se ha ido impune. Hay que respetar la decisión de un individuo de quitarse la vida, no juzgarlo. Pero de nuevo, se ha ido impune. Debió afrontar la justicia y envejecer tras las rejas. No podemos olvidarlo. Qué impotencia.

***

García falleció a las 10:05 de la mañana del 17 de abril, en el hospital Casimiro Ulloa. Ultimó su existencia con un disparo en la sien unas horas antes, cuando la policía arribó a su casa para llevar a cabo la detención preliminar, allanamiento y registro domiciliario dictaminado por José Domingo Pérez y Henry Amenábar, los fiscales que lideran la investigación especial del caso Lava Jato en Perú. Sí, el enorme caso de corrupción sobre la indecible red de sobornos protagonizado por la constructora brasileña Odebrecht, cuyo veneno se ha expandido por casi toda Latinoamérica. García anduvo escapando de manifestarse ante la ley por este incidente desde el 2017, cuando se reveló oficialmente su nombre entre los exmandatarios que recibieron los millonarios sobornos. La mañana del miércoles 17 se aproximó como un rayo de esperanza, una prueba de que todavía puede darse la justicia en nuestro país a través del esfuerzo descomunal de estas pesquisas. Uno de nuestros expresidentes más repudiados en la actualidad por fin respondería a la justicia. Pero no fue así. Aconteció un súbito suceso que conmocionó al país -en distintos niveles-, pero que al parecer él había premeditado. García cogió su Colt 38 y se despojó del planeta con un proyectil en los sesos. Como he leído en distintos lugares, nos ha robado hasta las ganas de verlo en la cárcel

***

Las primeras impresiones son curiosas. Me enteré del suceso mientras trabajaba, y de inmediato regresé a una sensación similar: el momento en que supe de la renuncia a la presidencia de Pedro Pablo Kuczynski, un año antes. Vivo en la otra parte del mundo y, si bien estoy -o trato de estar- al tanto de los acontecimientos más importantes en Perú, recepto algunos con cierta dilación. Estos no. A los pocos minutos de la dimisión de PPK recibí un mail de uno de mis mejores amigos donde solamente decía: “Se fue Kuczynski.” Entré en el acto a Google y la noticia ya estaba en todas partes. Ahora sucedió lo mismo: recibí cinco variaciones del enunciado “Alan García se disparó” vía WhatsApp. Mi familia y amigos me habían escrito minutos después de estallada la noticia. Eran alrededor de las 5 de la tarde donde vivo, seguía en el trabajo y estaba desconcertado. El primero de los mensajes, de otro de mis mejores amigos, incluía un screenshot del noticiero donde se leía que García estaba en el Casimiro Ulloa. “Tiene que ser una joda” -pensé al inicio- “una tomadura de pelo”. No hace mucho, Internet y los medios de comunicación viralizaron las falsas muertes de personajes como Sylvester Stallone o Axl Rose. Incluso el encantador de perros César Millán expiró temporalmente por un paro cardíaco, un par de años atrás. García parecía un blanco factible para estos asesinatos virtuales. Pronto vería noticias sobre su muerte que en unas horas se desmentirían. Eso empezaba a creer.

AGP en su primer mandato (Fuente: GettyImages).

Al rato reparé en el hospital y lo nostálgico que me resulta, pues queda a unas cuadras de una casa donde viví con mi familia por 14 años, porque antes de esa casa vivía al frente de ese hospital y porque ahora mi familia vive todavía no tan lejos del mismo, y sigue formando parte de su paisaje urbano diario. “García se ha querido matar y ahora lo están operando cerca de mi casa”, pensaba. Por último, me pregunté por papá. Tras los dos gobiernos de García (1985-1990 y 2006-2011), mi padre, quien en su juventud fue un seguidor de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y asistía a las legendarias reuniones de Víctor Raúl Haya de la Torre, pasó a volverse un descorazonado del partido, caído en desgracia con el liderazgo de García y su séquito. Estaba seguro que en casa esto iba a ser el único tema de conversación. Al rato, recibí un correo electrónico del mismo amigo que un año antes me anunció la salida de PPK, con una verdad directa y filuda que para ese momento ya conocía: “Acaba de morir el cobarde de Alan García Pérez. La muerte no le sienta bien”. Perú, Odebrecht, PPK, Alan, ¿suicidio? Sonaba más loco que los mejores momentos de House of Cards. ¿Cómo reaccionar?

***

Lo que siguió -y continúa- a la confirmación de su muerte es tan penoso como interesante. Las redes sociales, una tribuna fuerte, difusa y con creciente relevancia, se invadieron de dos posturas: aquella que reclamaba respeto por el suicidio, por ese expresidente que ha dejado existir por cuenta propia; y aquella otra que celebraba la muerte del mafioso y se regocijaba en insultarlo y atacar a los que se oponen. Las noticias aunadas con este tropel de publicaciones y comentarios de Facebook me dejaron más contrariado. Como la mayoría del Perú, he deseado que García caiga por todos sus crímenes. Hablo de un político corrupto y megalómano que se las arregló para esquivar cualquier enfrentamiento, quien nunca se presentó ante la ley, arreglándoselas para escapar airoso en todas las oportunidades. Una suerte de genio del mal cuyo estratégico proceder nos condujo a contemplar su caída como algo ilusorio. Si pensabas que García terminará en la cárcel es porque eres un ingenuo. Cayó Keiko, PPK, caerá Toledo -una cuestión de tiempo- pero García no. El pueblo lo rechaza pero también le atribuye una inteligencia incomparable. No obstante, ese 17 de abril esta incredulidad o desánimo general se esfumó de la forma más insospechada. Alan García se mató y quedó sin castigo justo cuando se iniciaba el proceso que lo haría responsable de sus delitos.

Así, nos aplaca una sensación de impunidad tremenda: queríamos que pague y se desapareció de la faz de la tierra. Muchos proyectábamos una amanecida brutal entre cervezas para el día en que García sea juzgado. Cuando PPK absolvió a Fujimori salimos a las calles, pero cuando renunció nos tocó festejar. Ya lejos, salí apremiado del trabajo y compré una cerveza en el supermercado. La bebí solo y feliz, a miles de leguas de distancia. Recrear ahora aquello sería extraño. Queríamos justicia mas no buscábamos matarlo. Un gran amigo me dijo con frustración: “es como si estuvieras ganando un partido y al último minuto te lo empatan… Un empate con sabor a derrota”. Como mencionaba al inicio, no puedo alegrarme por un suicidio. Cualquier muerte implica respeto y seriedad por aquel que ha fenecido, mas también por su familia y amigos. Además, alguien se ha quitado la vida y por más lucubraciones y teorías que ensayemos, jamás sabremos a cabalidad las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Es demasiado pronto, pero en un futuro cercano habría que detenerse a pensar qué pasaba en sus adentros, tratar de entenderlo. Quizás fue una última salida para alguien que realmente clamaba su inocencia; o una forma de redención personal, pensando en todos sus errores y delitos; o a lo mejor -y esto me parece lo más probable, con tristeza- un último reflejo de su arrogancia infinita, escaparse y burlarse de la justicia hasta la misma muerte, sin afirmar nada y esperando algún tipo de trascendencia histórica.

En 1988, un treintón García profesaba su admiración a Sendero Luminoso por su “mística de entrega”, militantes dispuestos a dar la vida. Un desliz público que le valió más críticas en ese desastroso primer mandato. Pienso, ¿reflejará esta memoria un resquicio de esa realidad distorsionada que lo llevó al suicidio? ¿Habrá creído con total certidumbre que estaba inmolándose por la justicia, por nosotros, por el Perú? Él seguía afirmando su inculpabilidad o en todo caso, la ausencia de pruebas (“demuéstrenlo pues, imbéciles, encuentren algo”). Lo dudo, pero nunca lo sabremos.

***

Todo esto puede o no ser cierto, sin embargo, siento que aquí debe hacerse una diferenciación entre los sentimientos que este suceso a desencadenado: no es correcto celebrar el suicidio, pero dentro de todo, sí puede alegrarnos que el día de hoy la justicia en el Perú estuvo por delante. Si estábamos prontos a tenerlo entre cuatro paredes es porque se ha avanzado sin intereses ni influencias de políticos en el poder, y se llegó prácticamente a arrinconar a García. Lo siguiente era hablar, admitir por vez primera. No había vuelta atrás y él lo sabía. Funcionó hasta que nos enteramos del pistoletazo que García decidió darse en la cabeza. Un corrupto muerto no es lo que queríamos, al menos no literalmente, pero sí un corrupto menos, desactivado y enmarrocado. Ciertamente tenemos ahora un corrupto menos, uno de los más detestables y escurridizos, pero tal desenlace agridulce puede confundirnos. En este contexto, considero que existen razones para estar motivados por el porvenir de la realización de la justicia. La decisión de un ser humano de autoinfligirse mortalmente con un proyectil en el cerebro es suya y por más interesante que resulte en matices ya sea relativos al morbo, la empatía o incluso a lo narrativo, no es algo que nos concierna de manera inherente; pero siendo García quien fue, un personaje público que lideró el país en dos ocasiones y le hizo mucho daño, sí es algo que estamos en el derecho de cuestionar o criticar. Se respeta sin perder la entereza. No aplaudo su muerte, menos aún el significado que sus seguidores le quieren dar, más bien me aúno al descontento de aquellos que esperaban verlo en la cárcel. Y sin embargo, al final del día, guardando el respeto por su familia, es reconfortante saber que ya no hay posibilidad de que se aproveche, se burle o haga más daño al Perú. Lo ideal era que enfrente la justicia, una posibilidad ya descartada, pero al menos el proceso anticorrupción continúa.

***

El momento en que AGP llamó “imbéciles” a aquellos que lo juzgan de corrupto.

A todo esto, pienso a su vez en el acto. A las pocas horas de su muerte, el círculo más fiel de García en el APRA así como también los fujimoristas y ciertos periodistas deleznables no han dejado de exaltar su suicidio como un último acto heroico. Una muerte simbólica y paradigma martirológico. Esto es una verdadera y total falacia y debemos tener mucho cuidado con ella. Están aprovechando su suicidio para amedrentar el trabajo sin precedentes de los jueces a cargo de Lava Jato, al equipo de periodistas honestos partícipes de estas investigaciones e incluso al presidente Vizcarra y su administración, que no es un santo de mi devoción, pero nada tiene que ver con este trágico y descabellado episodio. Imagino que esta campaña de desprestigio tiene para rato, y puede confundir a muchos peruanos de buena fe, defensores de la vida y los derechos humanos. Esto me remite a algunos puntos que quisiera mencionar:

Primero: Este episodio ha traído como consecuencia algo en parte bueno: el despertar del tema del suicidio en la agenda nacional. Creo que la razón no es la mejor, el suicidio está relacionado con el bienestar psicológico de las personas: la salud mental debería representar siempre una inquietud importante en el país, no cada vez que se mata un político o famoso, y menos uno que inspire descaro, encono, deshonra. Pero es lo que tenemos.

Existe un viejo y conservador postulado que ha cobrado fuerza con la muerte de este expresidente: que el suicidio es la obra de un pusilánime, la máxima expresión de cobardía. Creo que es un momento adecuado para repensar aquello. Hace unas semanas mi cuñado compartió conmigo un ensayo muy interesante que escribió y leyó durante el IV Congreso Internacional de Logoterapia en Lima, donde establece un diálogo entre dos posturas acaso contradictorias: la del explosivo fatalista rumano Emile Cioran y su pesimismo filosófico, y la del austriaco psicoterapeuta y padre de la logoterapia, Viktor Frankl. Retorné a estas ideas al reflexionar sobre la muerte de García. Ambos albergan célebres pensamientos en torno al suicidio. Citas de Cioran como “suicidarse por ser lo que se es, pase; pero no porque la Humanidad entera pudiera escupirle a uno a la cara” o “ningún autócrata ha dispuesto nunca de un poder comparable al que tiene un pobre diablo que piensa en matarse”, en cierta forma se hermanan con este párrafo poderoso de Frankl: “No es tan fácil contestar a la trivial pregunta de si el que se suicida es un valiente o un cobarde. No puede ser uno tan injusto que pase por alto la lucha interior que suele preceder a toda tentativa de suicidio. No nos queda, pues, otro camino que decir: el suicida es valiente ante la muerte, pero cobarde ante la vida”. 

Me permito a continuación volar un poco sobre la base de estas palabras. Pienso que debemos separar el respeto y empatía que consideramos esperable y humano en torno a un suicida con la realidad de algunos casos específicos. García se fue del mundo como último recurso para evitar ese escupitajo en el rostro. Dudo que haya anidado algo de arrepentimiento en sus motivos. Yéndose evitó mucho: admitir la verdad, la cárcel, la vergüenza, la culpabilidad y los sucesos que todo ello acarrea. Pero al apagarse a sí mismo, García escogió hacerse su propia justicia: aquel es el lamentable poder que entraña su muerte. Tocaba confesar y entregarse para acaso dar paso a un atisbo de dignidad y quizás, con las décadas, a una vida en cautiverio, austera y reflexiva: una vejez en redención. Y no obstante lo anterior, hay que aceptar que optar por el suicidio es un paso definitivo, un adentramiento directo e innatural hacia el incierto camino después de la muerte. Requiere tanto desesperación como coraje, y algo de vesania. Pero si aquello implica también un pavor desmedido a la verdad y a afrontar en vida las consecuencias de tus actos, ¿entonces es reconocible la valentía ante la muerte? Al menos me queda claro que el expresidente sí fue un cobarde ante la vida. El inefable David Foster Wallace (quien se ahorcó en el 2008) decía: “las partes de mí que solían pensar que yo era diferente, más inteligente o lo que sea, casi me hacen morir”. Si evocamos los delirios de grandeza que lo caracterizaron en vida, podríamos decir que García parece haber consumado ese pensamiento. Foster Wallace también escribió una de las reflexiones más certeras sobre el suicidio en La broma infinita (1996), donde resaltan estas líneas: “La persona cuya agonía invisible alcanza un cierto nivel insoportable se matará de la misma manera que una persona atrapada saltará por la ventana de un rascacielos en llamas… Cuando las llamas se acercan lo suficiente, caerse a la muerte se vuelve el ligeramente menos terrible de los dos terrores. No es desear la caída, es el terror a las llamas”. Acaso las circunstancias sean bastante disímiles, mas es cierto que García prefirió la muerte a la humillación y derrota que significaban para él rendir cuentas con la justicia. Como para debatirlo.

Segundo: Alan García Pérez como un mártir es una tesis errada. Aquello es incuestionable. Además de las concesiones con Odebrecht, que fueron lo que acabó acorralándolo, existe una cantidad de delitos de lesa humanidad de los que es responsable, como se lo recordó con acierto Fernando ‘Popy’ Olivera en el debate presidencial del 2016. No es nada nuevo: el enriquecimiento ilícito, los indultos a narcotraficantes, el tren eléctrico, la masacre a los indígenas del poblado de Bagua, la de los penales en 1986 o los paramilitares del Comando Rodrigo Franco, por nombrar los más capitales.

Tercero: Me he topado con paralelos imposibles. Se habla de Francisco Bolognesi, Miguel Grau o José Olaya, mártires peruanos que murieron defendiendo su país. Incluso del presidente chileno Salvador Allende, quien concluyó su vida con una AK-47 en plena invasión militar al Palacio de la Moneda. Eso podría considerarse hasta ofensivo para estos personajes históricos que perecieron con heroísmo.

Por otro lado, existe lo contrario: suicidios infames, indignos, cuyo parangón con la muerte de Alan García guarda más sentido. Hacia el fin de la Segunda Guerra y ante el avance inminente de los Aliados a Berlín, un derrotado y atemorizado Hitler optó por pegarse un tiro en la cabeza antes de vivir como fugitivo para eventualmente ser capturado y ejecutado. En el año 68 d.C., condenado a muerte como enemigo público, dejando Roma hecha un caos y sabiendo que Galba se acababa de nombrar nuevo Emperador, el sanguinario Nerón decide apuñalarse la garganta con un cuchillo, asistido por su secretario. Otros ejemplos contemporáneos se asemejan más al final de García: en el 2007 en Polonia, la exministra de construcción Barbara Blida, acusada de recibir sobornos millonarios, dirigió una bala a su corazón cuando la policía llegó a registrar su casa y arrestarla. Por la misma razón se extinguió la vida de Budd Dwyer, exsenador estadounidense que en 1987, un día antes de su sentencia, convocó una conferencia de prensa en la que se autodestruyó volándose el cerebro en vivo y en directo. El video de su suicidio dio la vuelta al mundo y todavía se puede encontrar en YouTube.

AGP con George W. Bush (Fuente: Andina/Archivo).

El final de García es mucho más cercano a estos casos deshonrosos que a los de un héroe, de alguien que se sacrifica por sus ideales. Él no era inocente ni exento de acusaciones de corrupción, tampoco un perseguido político, como alegó al intentar asilarse en la embajada de Uruguay. El suyo fue un escape fácil, acaso cobarde, pero no heroico. No dejemos que reescriban la historia: si Alan García Pérez será recordado para siempre -y lo será- no se deberá a su código moral o su abnegación para el beneficio de los peruanos, sino a su condición extraordinaria en nuestro bestiario político: un presidente abyecto y astuto que jamás quiso responder por sus crímenes y cuyo miedo a no alcanzar cierta gloria lo condujo al suicidio… Y por el cual se decretaron extrañamente tres días de duelo nacional. Una locura.

No nos dejemos engañar por las células más radicales y corruptas del APRA, los políticos en el poder o los periodistas sin ética que defienden mentiras a ultranza.

***

Termino este texto días luego de empezarlo. La muerte de Alan García Pérez y sus secuelas prevalecen entre las noticias y, dentro de todo, persiste este ataque contra los jueces y fiscales del equipo especial del caso Lava Jato, así como contra el puñado de periodistas que han colaborado con estas investigaciones. Personas que están siendo amenazadas, arriesgando sus vidas por la consecución de la justicia. García dejó una carta descubierta poco después, donde seguía clamando su inocencia y negando los sobornos. A pesar de ello, hace poco IDL-Reporteros dio otro giro de tuerca: por primera vez en la historia del caso Lava Jato y en la de García, alguien lo delata. Miguel Atala, exvicepresidente de Petroperú, ha confesado haber sido testaferro de quien lideró nuestro país dos veces, ayudándolo a recibir un millón 300 mil dólares de Odebrecht.

Existe, me repito, un porvenir para la lucha anticorrupción en el Perú. Toca apoyar como se pueda. Que no se pierda la mira.

Continue Reading

La princesa se fue de viaje

ABSTRACCIONES, Cine, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 27 Diciembre, 2018

Fisher como Leia en una captura detrás de cámaras de ‘The Empire Strickes Back’ (1980). Tenía 24 años.

Recordando a Carrie Fisher en el segundo aniversario de su muerte.

 

*** Este texto fue escrito una o dos horas luego de enterarme de la muerte de Carrie Fisher, el 27 de diciembre del 2016. Esta es una versión nueva para El Solaz de las Figuras, reeditada y brevemente extendida, mas he decidido no cambiar el tiempo. Creo que tiene más fuerza si se piensa como escrito en ese momento. Agradezco la lectura.

 

Carrie Fisher ha fallecido hoy, a los 60 años, a las 8:55 a.m. en un hospital en Los Ángeles.

60 años de Carrie Fisher.

La noche de ayer conversaba con un amigo sobre los distintos personajes famosos en la política y la cultura que han partido este año. Un comentario breve que nació al recordar la reciente muerte de George Michael hace dos días. Veo listados de estas muertes en las redes sociales, referencias digitales al dolor por tales partidas, maldiciendo al 2016 por Fidel, Prince o Juan Gabriel… Y pienso que es un absurdo culpar al presente año que se va, lo válido o curioso sería cuestionarse qué ha provocado que este número de muertes importantes acontezca en un espacio tan reducido de tiempo. Hace unos días, un taxista evangelista me dijo que aquello, juntos a otros sucesos recientes como la muerte del embajador ruso en Ankara, los constantes terremotos y el Estados Unidos de Trump; todo ello se debía a la influencia del planeta 7X, más conocido como Nibiru, que presagia la segunda llegada de Jesucristo, algo que para el convencido conductor tendría lugar próximamente. ¿Será que Zsa Zsa Gabor, Leonard Cohen o Muhammad Ali no fueron escogidos entre los salvados por El Redentor?

Al mismo tiempo, acaso abstrayéndome en disquisiciones metafísicas, pienso que morir, incluso, sienta bien. Todos moriremos, es parte del contrato de errar por este planeta. En El Silmarillion (1977), Tolkien nos dijo que los humanos albergamos el don de la muerte, envidia de muchas criaturas inmortales, condenadas a vivir en el mundo material, invadido de guerras, desamores y relaciones siempre finitas. Más que lamentar, deberíamos estar orgullosos y agradecidos de haber vivido en la misma línea temporal y la misma ciudad de Oswaldo Reynoso, por ejemplo, fallecido en mayo. Rememorar al personaje de turno, retornar a sus libros, películas o su biografía: repensar su importancia con nostálgica gratitud. Lo dijo el mismo Yoda en el episodio 3 de la saga, Revenge of the Sith (2005): “La muerte una parte natural de la vida es. Regocíjate por aquellos que te rodean y que se transforman en La Fuerza. Llorarlos no debes. Añorarlos tampoco. El apego a los celos conduce. La sombra negra de la codicia, eso es” [1]. La gente se muere, su historia permanece. De eso se trata.

Serie de fotos de Carrie Fisher de David Steen, 1976-1977.

Vuelvo a todo esto al descubrir hoy de súbito que Carrie Fisher falleció por la mañana a causa de un ataque masivo al corazón. La noticia me ha afectado de una forma insospechada. Me entristece saber que ya no forma parte de mi galería de leyendas vivas, que jamás la veré en alguna convención en Estados Unidos o algo por el estilo, ni tendremos la fotografía juntos -quizás con mi action figure de Leia de 1977, heredado de mis hermanos mayores-… El viernes pasado, cuando se dio la noticia de su infarto, mi preocupación fue inmediata, y pronto me invadió un único, fugaz y acaso egoísta pensamiento: que aguante al menos unos cuatro años, cuando ya esté culminada la nueva trilogía y podamos disfrutar de Leia en su último esplendor. Dijeron luego que se hallaba estable y olvidé el asunto. Todo bien. Mark Hamill publicó el día de ayer en su Instagram un mensaje que decía: “Querido Santa, lo único que pido por Navidad es que La Fuerza sea fuerte con Carrie”. Y sucedió. Su desaparición se confirmó hoy, con el mensaje de su hija Billie Lourd, quien la acompañó hasta el final en el centro médico junto a Gary, el incondicional bulldog francés con el que Carrie viajaba alrededor del mundo. “Ella fue amada por el mundo y será profundamente extrañada”, anunció su hija, quien tuvo un pequeño cameo en la última película de la saga como la Teniente Connix. Es una realidad. Carrie Fisher ha muerto. La Princesa Leia Organa de Alderaan se ha hecho uno con La Fuerza. Y dentro de todo, más que pena, la evoco con alegría, por haber compartido con ella, de alguna forma idílica, mi devoción por la saga de Star Wars.

Fisher y Ford. Foto de ‘The making of Empire Strikes Back’ , de J.W. Rinzler (2010).

Carrie Frances Fisher (1956-2016) no ha sido la primera actriz de Star Wars en expirar este año. Ya en abril se fue Erik Bauersfeld -quien interpretó a diferentes alienígenas, entre ellos el entrañable Almirante Ackbar– o en agosto Kenny Baker -R2-D2, una insignia de la franquicia-. Sin embargo, su muerte es definitivamente la más importante, tanto para los aficionados a esta galaxia muy, muy lejana, como para la historia del cine y la cultura pop en general. Personalmente -y esto es muy relativo- diría que representa, junto a las de Bowie y Fidel Castro, la muerte más significativa del año.

 

Fruto de la unión de estrellas fósiles de la talla de Debbie Reynolds y Eddie Fisher, Carrie fue una hija de Hollywood. Una actriz que volcó en celebridad a los 19 años con A New Hope (1977), la primera película de Star Wars -y el cuarto episodio de la saga-. Luego la veríamos en el resto de la trilogía, The Empire Strikes Back (1980), Return of the Jedi (1983) e incluso en la última, el séptimo episodio, The Force Awakens (2015). Este año palpamos nuevamente la magia sideral de contemplarla joven y onírica como la princesa Leia Organa en Rogue One: A Star Wars Story, gracias a la interpretación de Ingvild Deila y el recreo de su efebo rostro con técnicas digitales. De haberse sabido su cercana muerte, la película bien podría estar dedicada a ella, como lo está al gran Peter Cushing. No se ha confirmado si terminó de grabar sus escenas para la nueva película, que se estrenará a fines del próximo año. Fisher todavía tenía mucho que entregar a la saga.

Hamill, Fisher and Ford. (Fuente: Steve Larson para The Denver Post via Getty Images).

Sin embargo, si bien Star Wars sería aquello que la catapultase al éxito y la recordará para siempre, no fue lo único reconocible en su trayectoria. La actriz, guionista, escritora, productora y oradora Carrie Fisher actuó en otras memorables películas, como The Blues Brothers (1980), Hannah and Her Sisters (1986), When Harry Met Sally… (1989), entre otras.

Fisher con Peter Mayhew, el entrañable Chewbacca (Fuente: Twitter de Peter Mayhew).

Otra faceta suya acaso algo ignorada mas muy interesante fue su labor como asesora de guiones o script doctor. Durante el primer lustro de los ’90, Carrie Fisher era considerada una de las más prolijas y cotizadas retocadoras de guiones de Hollywood. Se encargó mayormente de pulir personajes femeninos o mejorar escenas románticas o de humor. Casi la totalidad de sus aportes fueron sin crédito, iniciándose con Lucas y Star Wars: reescrituras de líneas de Leia en Return of the Jedi, la trilogía de precuelas de la saga e incluso un guion entero de la serie de Lucas The Young Indiana Jones Chronicles (el episodio Paris, October 1916). Otras películas donde reescribió guiones fueron Hook (1991), Sister Act (1992), Lethal Weapon 3 (1992), Last Action Hero (1993), Anastasia (1997), The Wedding Singer (1998), Scream 3 (2000) o Mr. and Mrs. Smith (2005), y muchos otros títulos tanto olvidables como emblemáticos: un curioso y lucrativo momento de su vida que evidenció una vez más el potencial creativo de la princesa.

Portada de la primera edición de ‘The Princess Diarist’ (2016).

Publicó diversos libros y guiones, por lo general autobiográficos, como Postcards from the Edge (1987), la novela Surrender the Pink (1990), Wishful Drinking (2008) -que se adaptó al teatro y luego como un documental de HBO-, o su nuevo libro The Princess Diarist (2016), cuya gira realizaba durante su muerte, aquel que reveló su affaire con Harrison Ford. En muchos de estos títulos narró los avatares de su adicción a las drogas, como el LSD, y de sus problemas con la salud mental, como su desorden bipolar. Fisher vivió una intensa juventud que le costó en parte tanto su fama como su salud, pero que también reflejó una cualidad esencial: su habilidad para comunicarse y llegar a los otros a través de su experiencia personal. Este año, la universidad de Harvard la condecoró por sus esfuerzos en torno al activismo y diálogo sobre la adicción y las enfermedades mentales, que “promueven el discurso público sobre estos temas con creatividad y empatía” [2].

Fisher amaba a Leia Organa. Decía que su momento preferido de la princesa era aquel en que ahorca a Jabba el Hutt hasta la muerte. Como ella, muchos fanboys -especialmente aquellos que me precedieron, en los años ’80- crecimos queriéndola: esa fuerza y carisma, acompañadas de frases icónicas como “Ayúdame Obi-Wan Kenobi, eres mi única esperanza” o la entrañable respuesta a Han Solo luego de rescatarlo secretamente de la carbonita: “¿Quién eres?”, preguntó él, cegado brevemente por la criogenia, “Alguien que te ama”, respondió Leia, sacándose el casco y besándolo. El rostro de Leia, el de Carrie Fisher, prevalecerá en nuestra memoria como un canon antiguo de belleza, ajeno a las rubias bronceadas y gráciles de hoy. Quizás una belleza “más elegante y de una era más civilizada”, citando al viejo Ben Kenobi sobre la naturaleza de los sables láser. Lo dijo el encantador Lando Calrissian al conocerla en Cloud City, la surreal ciudad levitante entre las nubes de El Imperio Contraataca: “Realmente perteneces aquí con nosotros, entre las nubes”.

En unas horas iré al cine y volveré a ver Rogue One, en nombre de Carrie Fisher. Leia Organa de Alderaan. May The Force be with you, always.

Carrie Fisher en el 2016. Foto del archivo de la web de Gazeta Wyborcza.

 

[1] Traducción mía de la siguiente cita de Yoda en Star Wars – Episode 3: Revenge of the Sith (2005): Death is a natural part of life. Rejoice for those around you who transform into the Force. Mourn them do not. Miss them do not. Attachment leads to jealousy.

[2] Traducción y edición mía del siguiente párrafo sobre la muerte de Carrie Fisher en una noticia de ABC News del 28/12/2016: In 2016, Harvard College awarded Fisher its Annual Outstanding Lifetime Award in Cultural Humanism, noting that “her forthright activism and outspokenness about addiction, mental illness, and agnosticism have advanced public discourse on these issues with creativity and empathy”.

Continue Reading

Detrás del centenario polaco

Marcha de Independencia de este año (Fuente: Sean Gallup-Getty, publicada en The Guardian).

Breves reflexiones en torno a los 100 años de la independencia de Polonia, celebrado el domingo 11 de noviembre.

 

El sábado pasado viví algo extraño. Algo desconocido hasta ahora para mí, cuyo significado me ha dejado pensando hasta hoy: una reunión entre amigos se canceló por miedo a ser violentados en la calle. Por ser distintos. Por vernos diferentes. Foráneos. Tres inmigrantes hispanohablantes convinieron en que lo mejor era dejar esa reunión amena de pizzas y cervezas para otra ocasión. Todos los días se posponen eventos o encuentros, pero nuestras razones rayaban ahora entre lo ignoto y una necesidad elemental: el bienestar físico -y acaso psicológico-.  Lo frustrante de pronto fue la expectativa. Habíamos pactado esa reunión desde hace días y era probablemente el único día del mes que coincidíamos todos. Un día antes del 11 de noviembre. El día de la independencia de Polonia.

Sí. El pasado domingo se celebró el centésimo aniversario de la Independencia de Polonia, que en 1918 recobró su autonomía tras 123 años de estar invadida por tres potencias europeas: Rusia, Prusia y el Imperio austrohúngaro. 100 es un número redondo, preciso, casi mágico. Un siglo de cualquier cosa es digno de festejarse, y el país que ahora me acoge lo hace con intensidad: alrededor de 200 mil ciudadanos de toda la nación emprendieron una marcha por las calles del centro de Varsovia. Quizás sea el evento público más grande desde la caída del comunismo en 1989. Una desmedida aglomeración que en efecto aconteció sin mayores escándalos -a diferencia de la marcha en Breslavia y sus tres heridos-, pero aquello no la distanció de la controversia. La marcha de este año fue al principio una iniciativa de los grupos de ultraderecha, que protagonizan este evento desde el 2009. Sin embargo, dada la experiencia del año pasado, la alcaldesa de Varsovia y miembro importante de la oposición, Hanna Gronkiewicz-Waltz, decidió cancelar la marcha.

¿Qué sucedió el año pasado? Más de 60 mil polacos se reunieron concentrados bajo lemas conservadores como “Queremos a Dios”, “Polonia Católica, no secular”, y otros de carácter nacionalista o incluso xenófobos como “Polonia pura, Polonia blanca”, “Lárguense con los refugiados” o “Muerte a los enemigos de la patria”, generando actos de violencia y despertando el rechazo y vergüenza internacional, en especial para con la Unión Europea.

Pero este año la marcha ocurrió. Las organizaciones ultranacionalistas del país protestaron en favor al derecho a la libertad de expresión, un tribunal denegó la prohibición de la alcaldesa y el gobierno, dirigido por el partido conservador y de extrema derecha católica Ley y Justicia (PiS por su acrónimo en polaco, Prawo i Sprawiedliwość) decidió que se daría una nueva marcha en la que participen todos los polacos. Se trató de un acuerdo apremiado y desesperado entre el Presidente Andrzej Duda -títere de Jaroslaw Kaczynski, líder de PiS- y los grupos radicales de ultraderecha. La idea de esta marcha conjunta es por un lado descabellada y aterradora: El Presidente recorriendo el centro de la capital de la mano con los fanáticos fascistas y antisemitas; mas por otro lado, puede verse para muchos como una solución ideal: todos marchando juntos. No olvidemos que miles de las personas que marchan no guardan ninguna simpatía o tienen nada que ver con las organizaciones radicales, son solo polacos patriotas contentos de celebrar y pasear con la bandera. “La decisión de la alcaldesa fue una bendición para Duda y el gobierno porque permitió que la oposición liberal tomara la culpa de los nacionalistas por prohibir su marcha, mientras evitaba la posibilidad de que se celebrara un festival neofascista en el centenario de nuestra independencia”, opinó al The Guardian Michał Szułdrzyński, periodista y columnista del diario Rzeczpospolita.

Así, el pasado domingo 11 de noviembre la marcha por la Independencia aconteció sin mayores episodios. Una caminata de exorbitante dimensión, pero curiosamente calmada en comparación a la de años anteriores, considerando que destacó por la presencia de distintos grupos de extrema derecha polacos y del exterior: ultranacionalistas húngaros, italianos y eslovacos arribaron para apoyar a sus hermanos polacos en su gran odisea contra la diversidad y la posibilidad de un mundo sin barreras.

***

Tan fugaz o improbable como haya sido la posibilidad de que suceda, nunca me había detenido a preguntarme si es seguro salir de mi casa a ver a mis amigos. Sabíamos que los seguidores de estas organizaciones ya rondaban el centro desde la noche anterior, cuando pensábamos vernos. Soy de Lima y conozco mi ciudad natal, con muchos de sus distritos afamados por su peligrosidad, pero esta es una sensación distinta. No van a hacerte daño porque quieren tu billetera o celular, tan solo porque te ves diferente. Conocidos, otros amigos y los medios de comunicación conllevaron a que nos hagamos la pregunta: ¿es seguro salir este sábado, unas horas antes de la marcha del 11 de noviembre? Un sudaca peruano de 30 años que podría pasar sin problemas como alguien de distintas etnicidades, pues, rayos, tuve que contemplar cualquier escenario, a regañadientes, prefería ignorar esta realidad y divertirme. Al final me quedé en casa.

Y no me arrepiento. Fui a un cine cercano con mi esposa y vimos Bohemian Rhapsody (vivo muy lejos del centro). Fue una noche amena. De regreso, mientras cruzábamos la avenida Modlińska para llegar a nuestro paradero de bus, observé una caterva menuda y excitada, aguardando en el paradero con sus banderas polacas, aquel blanquirrojo tan familiar regodeándose en el cielo nocturno. Olvidé la tertulia cinéfila y me alerté de pronto, cual gato erizado. Mirándolos de soslayo en tanto seguíamos cruzando la gran avenida divida por una berma central, le pregunté a mi esposa si creía que debíamos tener cuidado. Ella no tenía idea. Cruzamos la pista y pasamos junto a estas personas con cautela: nos miraron felices, alzando las banderas, y se metieron en el siguiente bus. De quedarse un rato más, quizás nos habrían abrazado y cantado el himno. Fue algo irrisorio al inicio, pero ya en el bus camino a casa, empezamos a reflexionar sobre lo acontecido. “¿Cómo es posible que al ver a personas felices con la bandera polaca nuestra primera reacción sea estar a la defensiva?” se preguntó mi esposa. “¿Cómo es posible que mi esposo haya decidido quedarse en casa en lugar de salir a divertirse con sus amigos en el centro por temer ser perseguido o golpeado en la calle?”, agregó indignada. Esas preguntas, descubro en este momento, motivaron estas palabras.

***

Perú es un país de muchos matices. Tanto qué decir. Quizás por ello a veces uno no quiere decir nada. Y entre ese caos, Perú también es un país racista. Un racismo que descansa en las entrañas de nuestra historia, cultura y educación. Un racismo estructural. Marco Avilés ha profundizado mucho en este tema estos últimos años, y de él recojo ahora una definición acertada de la palabra ‘inmigrante’, en su libro No soy tu cholo (2017): “un inmigrante es todo aquel que se muda a vivir a una tierra que no es la suya, dice el diccionario. Pero, en la práctica, esa palabra se usa en un solo sentido: para señalar a los que nos movemos del sur hacia el norte. Es decir, para etiquetar a los latinos, a los africanos y a los asiáticos y a todos los que venimos a vivir y a trabajar a los llamados países desarrollados. Los latinos jamás usamos esa palabra salvo para nombrarnos a nosotros mismos cuando estamos en el exilio”.

Manifestación contra el Gobierno del PiS en Varsovia, 2016 (Fuente: Paweł Supernak / María Sahuquillo / QUALITY. Publicado en El País).

Esto me remite a un episodio insospechado. Durante gran parte de mi primer año en Polonia estuve dando clases privadas de conversación en español e inglés. Ella es una adolescente de 15 años, la primera alumna de su clase, de una familia acomodada, polacos de provincia mudados a la capital, viviendo en uno de los distritos más caros de la ciudad. Gente decente que ha trabajado mucho para llegar a la posición social y económica que representan, y quieren que sus hijos tengan todas las oportunidades que ellos ni concebían. Por esa misma razón, quizás la protegen demasiado. Ella tiene todo el mundo en sus manos, y sin embargo, no sabe nada de él. Iba tres veces a la semana a darles clases a ella y a su hermano menor, por separado. Solía organizar temas que planteaba para la reflexión y el debate en inglés. Una tarde llegué a su casa y le hablé sobre el conflicto en Siria y la realidad de los refugiados por la guerra civil, centrándome en el caso de Rania Mustafa Ali, una valiente muchacha siria de 20 años que se hizo famosa por registrar su odisea escapando de su país hasta llegar a Austria. Una chica aficionada a Spotify, 9GAG y Game of Thrones. Alguien como ella. Cuando terminamos de hablar del tema, mi alumna estaba conmovida, asombrada y encantada. Al decirle que ahora Rania es una inmigrante en Europa, como yo, Natalia se pasmó de repente. Frunció sus ceños y abrió los ojos, pálida.

– ¿Qué? ¿Tú eres un inmigrante?

– Claro. Soy alguien de Perú que se ha mudado a otra parte del mundo.

– Lo sé. Pero no entiendo, tú no eres un inmigrante.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque los inmigrantes son terroristas, ¿no?

Pude ver en su rostro que realmente estaba extrañada. Me tomó cierto tiempo y paciencia explicarle que tales palabras no eran sinónimos. Ella era una esponja, preguntaba y me escuchaba con atención. A la mañana siguiente recibí un mensaje de texto suyo, agradeciéndome por enviarle el link del video de Rania e informarla sobre tantas cosas. Me dijo que había llorado con la crónica de su viaje, y que lo había mostrado a sus padres. Esa clase fue reveladora para ambos: ella aprendió un poco de lo que pasa en el mundo y yo medité en cómo la desinformación también puede llevarte -acaso por accidente- a pensamientos u opiniones xenófobas o racistas.

Volviendo al párrafo de Avilés, pues si uno es honesto, identificarse con él y su discurso no entraña dificultad: todos hemos sido discriminados y hemos discriminado. Hemos choleado y sido choleados, y existe un rechazo al extraño, al inmigrante del cual somos muchas veces inconscientes. Aquí en Polonia soy un inmigrante, sí, pero lo extraño o interesante es que aquí el racismo hacia el inmigrante no es algo invasivo y sistematizado. No forma parte del día a día. La totalidad de los polacos de mi entorno no caerían bajo esa categoría, de eso estoy seguro. Pero los grupos ultranacionalistas, neofascistas, conservadores radicales de extrema derecha o como quieran llamarlos, o cualquier individuo que comparta sus ideales, no están escondidos y tampoco están en todas partes. Los puedes cruzar en la calle, sí, y te van a mirar con una reprobación verdadera y fatal. Te podrán decir algo, agredirte verbal o físicamente y joder tu día de alguna forma. No hay mucho misterio en su existencia, tan solo es directa y lamentable.

***

En junio del 2017, un grupo de escolares musulmanas de Alemania viajaron a Polonia para visitar los homenajes y lugares de memoria sobre el Holocausto, y fueron víctimas de racismo por parte de la población. Un hombre se acercó a una de ellas y le escupió en el rostro, en frente de un policía que no se inmutó. Otra fue obligada a retirarse de un supermercado porque ‘perturbaba a los clientes’ cuando hablaba persa por su smartphone, entre otros sucesos igual de deplorables. La triste ironía de ir a visitar y recordar una de las memorias más brutales de discriminación en la historia de la humanidad y ser víctimas de lo mismo, de aquello que intentan repensar o reflexionar… Y Jarosław Gowin, el Ministro de Educación, solidarizándose con la violencia, sosteniendo que “toda nación y su gente tiene derecho a protegerse a sí misma de la extinción”. Como si estos 72 años de problemas, cambios e ideas no significaron nada en este país.

Visitantes del ahora museo de memoria de Auschwitz (Fuente: Maciek Nabrdalik, publicado en The New York Times).

El polaco Donald Tusk, actual presidente del Consejo Europeo, advirtió hace unos días que la administración de PiS podría empujar Polonia hacia el desenlace que cada vez más de sus ciudadanos denominan Polexit: la hipotética salida del país de la Unión Europea. Leyes orwellianas como la reforma del Tribunal Supremo, el rechazo abierto a la aceptación de refugiados o la polémica ley que castiga con pena de cárcel tanto el uso de la expresión “campos de concentración polacos” como el acusar a los polacos de complicidad en los crímenes de guerra de la Alemania Nazi: todo ello ha ofendido a Europa Occidental y sus ideales de igualdad y libertad de expresión. Una fisura que parece ir ganando terreno hasta detonar en el Polexit. Tal posibilidad deviene en pesadilla para la oposición al gobierno, las personas de pensamiento afín a los preceptos de la Unión Europea y los extranjeros que han abandonado las palmeras, la palta y el jugo de maracuyá para adentrarse en esta tierra y esperar moverse sin problemas por Europa, como yo.

Viví casi todo el año pasado en el barrio de Nowodwory, en el distrito de Białołęka, al norte de Varsovia. Una zona alejada, apacible, aledaña al bosque y al río. Recuerdo una noche de verano en la que caminaba hacia la tienda, quizás para comprarme una cerveza o un chocolate, cuando me topé con unos grafitis que decoraban un paradero de bus cercano a mi casa. No estaban ahí antes. Me aproximé para revisarlos. Mensajes xenófobos y homofóbicos en polaco: “jódanse homosexuales”, “afuera los musulmanes”, rematados por la infaltable caricatura de un pene.

En otra ocasión, meses atrás, regresaba a casa en el metro. Salía del trabajo. Era casi la medianoche de un día excitante para los polacos: jugaba el Legia de Varsovia, el club de fútbol más importante del país. Estaba leyendo Pánico al amanecer (1961), de Kenneth Cook, cuando se escucharon unos gritos. Dos tipos habían entrado en la estación Świętokrzyska. Saltaron felices hacia nuestro vehículo desde los andenes. Llevaban casacas de cuero, jeans, cabezas rapadas, una encapuchada y la otra descubierta, y botellas de cerveza en las manos. Todos volteamos a mirarlos de inmediato, extraviados entre la incomodidad, el temor y la estupefacción. La barra brava polaca. Los hooligans del Legia. “Ya me cagué” pensé en el acto. Cogí mi mochila, que descansaba entre mis piernas, la coloqué junto a mí, anticipando una carrera, y pretendí seguir leyendo en tanto los observaba con el rabillo del ojo. Me había quedado en un momento crucial del libro: el protagonista, un profesor perdido en un pueblo del outback australiano, es obligado a participar en la caza de un canguro y se descubre horrorizado de sí mismo al disfrutar el acribillamiento del animal. Casi al frente de mi asiento, otro inmigrante, presuntamente de la India, evitaba mirarlos y simulaba escuchar la música de sus audífonos. Intercambiamos una mirada cómplice, seria, y continuamos nuestro teatro silente. El par de fanáticos lanzaba gritos guturales de éxtasis. Nunca avanzaron: se detuvieron junto a la entrada por la que ingresaron, muy cerca de mí, y continuaron su canto, cogiéndose de una de las barras de metal verticales. Una suerte de himno feroz enfatizado por el alcohol, cuyo ritmo era familiar mas cuya letra jamás había escuchado: alaridos que repetían la frase “Żydzi do gazu” (los judíos al gas) y seguidas siempre del estribillo “Auschwitz-Birkenau”. Gritaban con más intensidad cuando de pronto se soltaron de la barra: uno introdujo la botella en el bolsillo de la casaca y empezó a saltar extendiendo los brazos cual gorila. Con cada salto tocaba el techo del metro y en cada caída resonaba el suelo en un pisotón, provocando un breve temblor. El otro empezó a golpear las ventanas y cualquier parte lateral del metro, despertando el mismo alboroto. Todos evitábamos sus miradas. Minutos después, en la estación del metro Marymont, salieron de nuestro metro riéndose a carcajadas. En todo el trance nunca dejaron de gritar aquel himno racista, repitiendo el nombre del campo de concentración y exterminio nazi más célebre de la historia. Un breve trayecto de terror gratuito.

El presidente polaco, Duda, hablando sobre una “unión entre todos los polacos” (Fuente: Agata Grzybowska Agencja Gazeta, via Reuters).

A fines del año pasado, asistí con mi esposa a un cumpleaños en Varsovia. Una fiesta en un departamento. Conocía a poquísima gente, y como siempre sucede por aquí en tales reuniones, mi apariencia distinta llamaba la atención del resto. Entre ellos percibí que un par me miraba con desconcierto, pero al escucharme contarle a otros de dónde provenía y responder preguntas sobre el español, el quechua, Machu Picchu y las llamas, se aproximaron amistosos. Conversamos un rato de viajes, comida peruana -uno de ellos sentía gran curiosidad por la ingesta del cuy en Perú, pues aquí es visto como una tierna mascota-, cervezas, bimber, videojuegos, películas y no sé en qué momento la tertulia viró hacia Polonia y los inmigrantes. Uno de ellos afirmó que estaba orgulloso de que Polonia rechace participar en la repartición de refugiados. Así empezó:

– ¿Pero cómo puedes decir eso?

– Porque son peligrosos.

– Mira, es que no puedes generalizar así. Esta situación de alarma ya tiene sus años, y muchas vidas inocentes se han perdido, y muchas necesitan ayuda.

– Eso es mentira, Diego. ¿Tú prefieres que Polonia abra sus puertas como Alemania o Francia, digamos, y después hayan atentados en el metro o bombas en centros comerciales? Yo me preocupo por mi país.

– Pero esos son incidentes particulares: no puedes decir que todos los refugiados son peligrosos, hay niños, madres, ancianos.

– Los niños están adiestrados. Las mujeres también. Pretenden ser pobrecitos y cuando ya tienen todo el apoyo sueltan una bomba o ametrallan en la calle. No podemos confiar en ningún sirio o musulmán. Todos están entrenados y con el cerebro lavado.

– Mira, puedo aceptar esto de un viejo, pero tú eres menor que yo, tienes acceso a Internet, estudias en la universidad. ¿No entiendes que lo que dices es inaceptable?

– Hablas como un idealista. Mira, el comunismo no funciona, ¿ok? Como idea es perfecto, pero no funciona, tú piensas así pero no sabes.

– ¿Qué cosas estás tergiversando? ¿No lees las noticias? ¿No has visto los testimonios, videos, documentales? Antes de lanzarle la culpa a todos tienes que informarte, y pensar en los más inocentes.

– Esos videos están arreglados, tú no sabes porque eres de Perú.

– Y tú no sabes porque solo consumes noticias de la televisión polaca que es pura propaganda conservadora del gobierno. Lee prensa de afuera, The Guardian, The New York Times, no sé. Estás con la mente bloqueada.

En el frenesí de la discusión, no nos dimos cuenta de que estábamos alzando la voz. Los demás nos miraban aguardando una reacción. Todo esto era muy ajeno a mí, que suelo libar entre abrazos, risas y ciertos relatos divertidos. El tipo me miraba perturbado. Su compañero, más mesurado y observador, finalizó nuestra interacción:

– Creo que todos hemos bebido mucho. Mejor cuéntanos más de Perú, Diego.

– Tienes razón. Dile a tu amigo que necesita leer más, abrir los ojos. Voy a ver en qué está mi esposa.

– Mira… Yo creo que él tiene razón. La gente no quiere hablar de esto pero nosotros pensamos así. Igual disculpa que te incomodemos, él está borracho y se ha emocionado.

– ¿Tú también? ¿Y qué hacen hablando conmigo si no soy polaco? ¿Crees que tengo alguna bomba escondida?

– No, mira. Es que tú eres de Perú, todo bien. Nadie habla de Perú acá, pero los refugiados… Es la verdad.

Me quedé conversando con mi esposa y otros invitados y no volví a hablar con esa dupla durante toda la velada. Antes de irnos se aproximaron con una chica, quien se presentó como la novia del tipo con el que discutía. Me pidió disculpas y me dijo que estaba avergonzada. Los tres se despidieron y cuando me acercaba a la puerta, su novio me lanzó una última palabra en polaco que no entendí y que olvidé muy rápido. Horas después mi esposa me contó que me había llamado lewak, un término peyorativo para alguien que sigue la izquierda política. Literalmente ‘izquierdoso’. Nunca volví a verlo.

Hace unas semanas, mi esposa decidió asistir a la misa del domingo en la Iglesia cerca a nuestro hogar, en Jabłonna. Quise acompañarla, ¿por qué no? Nunca vamos, la caminata sería entretenida. Celebrada en polaco, me pasé alrededor de 40 minutos admirando la arquitectura interior y los diseños de los santos en las paredes, cuando descubrí a mi esposa gesticulando algo a caballo entre la risa y la reprobación. De regreso a casa, le pregunté qué le había disgustado del sermón del cura. Al parecer, terminando la misa, había contado brevemente la historia de una pakistaní católica condenada a muerte por hablar de Jesucristo. Asumo que se refería al caso de Asia Bibi. “Nosotros los católicos somos la religión mas oprimida del mundo. Así como ahora está de moda defender los derechos LGTB y el islamismo, tenemos que ser valientes como ella y defender nuestra fe católica dónde sea”. Hasta ahí no suena del todo mal, hasta su última frase: “después de todo, ¿quién es ese tal Mahoma? ¿Qué cosa hizo que es tan importante? Nada”.

Uno puede toparse con cavernícolas en dónde sea.

***

Veo algunas de las noticias sobre la marcha del domingo 11 de noviembre. Una fotografía de un miembro de la organización ultranacionalista Juventud de Toda Polonia (en polaco Młodzież Wszechpolska) quemando la bandera de la Unión Europea. Un video donde otro ultranacionalista enmascarado persigue, insulta y ataca a una periodista, amenazándola y golpeando su equipo. ¿Por qué vivimos esto? Conversaba hace unos meses con un amigo peruano muy cercano, miembro de la Academia Diplomática, quien me propuso que debe tratarse de un temor oculto en perder aquello llamado ‘identidad polaca’. Polonia es un país cuya historia se resume en gran parte en invasiones como las alemanas o rusas: dos naciones con identidades muy fuertes y gobiernos líderes hasta el día de hoy. “Si a esto le agregas la fuerte identidad que proyectan los musulmanes -agregó-, estas reacciones violentas pueden ser más comprensibles”. Un punto relevante, ciertamente. Mi actual casa es un país de gran historia y escenario de episodios extremos. Polonia fue prácticamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y la secuela de ello fue acaso peor: los tiempos de control bajo el bloque comunista, hasta 1989, más frescos en la memoria colectiva.

Miembros de los ultranacionalistas de Młodzież Wszechpolska quemando la bandera de la UE (Fuente: Twitter de la organización).

Y sin embargo, si bien coincido en que quizás haya cierta comprensión desde una perspectiva académica, histórica o de las ciencias sociales, creo a la vez que el odio a otros pueblos o etnias es algo inadmisible que no puedo -y no debemos, diría- tolerar bajo ningún razonamiento. Que tanta gente se sienta libre de proclamar sus inclinaciones xenófobas y racistas es una locura. Por otro lado, uno no se sorprendería mucho si se tratara tan solo de la población de la tercera edad, gente de otra época y en no pocos casos con otra perspectiva de la sociedad en la que viven, pero no es así: son muchos los adolescentes y jóvenes menores que yo que siguen a ultranza estas convicciones. Y se sienten apoyados por la actual administración del gobierno, una realidad acaso más insana e indignante. Diría que la presencia de PiS ha motivado a estas personas a expresarse sin tapujos. Una extraña falta de empatía y tolerancia que proviene de un país supuestamente democrático y liberal.

***

En una de las crónicas de La jungla polaca (1962), Ryszard Kapuściński se esfuerza en describir a unos africanos de un pueblo de Ghana que ‘no todos los blancos tienen colonias’: “hubo un tiempo, no hace mucho, en que mi país fue una colonia. Tengo mucho respeto por el sufrimiento de todos ustedes, pero debo decirles que lo nuestro fue terrible: había tranvías, restaurantes y barrios ‘solo para alemanes’. Había guerra, ejecuciones, campos de concentración… Aquello se llamaba fascismo. Es el peor de los colonialismos”.

Édición en español de ‘La jungla polaca’ (Anagrama, 2010).

En el mismo texto, Kapuściński  agrega: “detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Qué blanco significa más importante? Al menos hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta”.

Perú, como Polonia (o como tantos países de África, pensando en la cita anterior), también fue una colonia. Alrededor de 290 años. Polonia 123. Hemos atravesado el genocidio de la conquista de los españoles, la guerra por la independencia, los años de dictaduras militares, el conflicto armado interno, el fujimorismo. Somos un país que sigue levantándose. De posguerra, posdictadura. Pienso en mi país y en la imposibilidad de describirlo: lo bueno, lo malo, lo extraño, lo bello. Todavía no estoy preparado. Al mismo tiempo, pienso en Polonia y ensayo una descripción sin éxito: sus bosques y montañas, sus lagos y ríos, beber una cerveza a orillas del Vístula, errar por las frondosidades del parque Łazienki, ver una película en Muranów, perderme en el bosque de Pałac, los tranvías y el metro, pierogi y zapiekanka, la generosa cantidad de restaurantes vegetarianos en Varsovia, los infinitos campos de rzepak en la primavera de Podlasie, la nieve en Zakopane, la gente amable y maravillosa que he conocido, mi familia política y mi querida esposa…

Polonia tiene mucho qué darme, solo espero que antes no se resbale.

Continue Reading

Preludio (una presentación desorbitada)

Una colina en la villa pesquera de Bugøynes, Noruega. Foto tomada en marzo del 2014 por Diego Olivas Arana.

Bienvenidos a este experimento nuevo, heterogéneo y de largo aliento: El solaz de las figuras.

“Todo debe tener un comienzo… Y ese comienzo debe estar vinculado a algo anterior”, escribió Mary Wollstonecraft Shelley en 1831, en la introducción de una nueva edición de Frankenstein. Esa primera idea guarda cierto sentido con la aparición de este espacio. ¿De qué se trata este portal web? Si bien sé que evocar mucho el pasado bajo cualquier instancia puede acabar siendo algo nocivo, siempre me he considerado alguien que recuerda. Esto puede traducirse de distintas formas: retornar a algo que te sucedió (tu graduación, la muerte de tu perro), volver a leer o ver ciertas historias o memorias (tu novela o película favorita, la carta que te escribió tu ex de hace diez años), repetir un acto luego de muchos lustros en nombre de su primera y sublime versión (por más trillado que sea: asistir a la reunión con la promoción del colegio, visitar el parque donde compartiste aquel beso que inició todo)… Hay cierta nostalgia detrás, mas también sucede que al repensar o volver a aquello que fue podemos comprender mejor nuestro presente. Adquirir cierta perspectiva.

Y bueno, en realidad estoy divagando sobre la base de una primera línea. En el mismo párrafo, Shelley continuó: “la invención, debe admitirse humildemente, no consiste en crear desde un vacío, sino a través del caos; los materiales deben ser proporcionados: ella puede moldear sustancias oscuras e informes, pero no volverse la sustancia en sí misma”. Ciertamente me he distanciado un poco de la idea a la que conducen sus palabras, pues aquí ella sostiene que la originalidad no existe, creencia que compartoen cierta medida, repetida hasta el día de hoy por monstruos como Heidegger, Octavio Paz, Cortázar, Jim Jarmusch o Godard. Al mismo tiempo, ya hay más de un precedente de espacios como esta web. Pero mi referencia a esta cita va por otro sendero. El eterno retorno puede ir anclado a la creación –en cualquiera de sus facetas–, es decir, las historias surgen de otras novelas y películas y cuentos de la abuela. Sí. Pero las historias también estimulan comentario, discusión, análisis. Con historias no hago referencia solamente a un relato de ficción. Una historia es tanto el Blade Runner de Ridley Scott como la vida del físico soviético Vassili Nesterenko. Es tanto Conversación en la catedral de Vargas Llosa como la no-ficción Muerte en el Pentagonito de Ricardo Uceda. El esencial valor de ejercicio de memoria y documento histórico de los segundos no los desmerece o separa de la categoría de historia (‘relatos reales’, pensando en Javier Cercas). Así, aquel es uno de los caminos de este espacio: el comentar o ensayar ideas surgidas tanto de la ficción como de personas y sucesos reales. De la ficción y la no-ficción. Del consciente y pactado engaño de las historias, y de nuestro devenir en el mundo de hoy.

El solaz de las figuras es un proyecto que vengo pensando por años, de manera intermitente, acaso superficial y desde hace un año como una realidad. Un escape factible. Un espacio digital que servirá como repositorio de textos de género diverso, donde se analicen o discutan diferentes temas a través de reseñas, comentarios o ensayos de libros, películas o series de televisión; o se cuenten historias en crónicas y perfiles, entrevistas o memorias personales. 

Una miscelánea mutante e informe, cual quimera medieval (¿han revisado el Animalario universal del profesor Revillod, con criaturas imposibles como el ‘Cavaguro’ o el ‘Elenedilo’? Lo recomiendo para efectos semejantes) [1]. En otras palabras, es un espacio para escribir sobre muchos de los temas que me interesan y en los que hasta ahora profundizaba en privado (con algunas líneas ocasionales en las redes sociales), ya sea oralmente o por escrito.

Una de las criaturas del ‘Animalario Universal del profesor Revillod’.

Quizás este comienzo sea algo enrevesado, dada la insospechada dificultad de deconstruir el significado de la mera cláusula “les presento mi página web”. Aun así, Horacio proclamaba: “quien empieza ya tiene hecha la mitad. ¡Atrévete a ser sabio y empieza!”, palabras que transmiten cierto coraje frente a esta empresa. Por otro lado, Camus sostenía que “todos los grandes hechos y pensamientos poseen un comienzo ridículo. Las grandes obras a menudo nacen en la esquina de alguna calle o en la puerta giratoria de algún restaurante”. Ello me remite a la primera conversación que tuve sobre este proyecto. Eran las dos o tres de la madrugada de alguna noche del año 2012, si la memoria no me es infiel, y estaba ebrio en la cocina de mi casa, libando y departiendo con un gran amigo ingeniero de sistemas mientras jugaba con mi Nintendo 3DS. Así es, concebí la posibilidad de crear este espacio borracho como una uva y jugando Pokémon. Un comienzo acaso nada promisorio, ni para el mismo Camus. ¿Existe una relación directamente proporcional entre la estupidez o deshonra de ciertos orígenes y la buena fortuna de su cometido? Espero que sí.

Ahora bien, esta primera entrega es también idónea para explicar el nombre del presente espacio. Se trata de un guiño a quien quizás sea mi poeta peruano preferido: un poema de Gran Jefe Un Lado del Cielo, del querido Luis Hernández Camarero, un exponente sui generis de la Generación del 60 que para nuestro fortunio hoy goza de más vida que nunca (recordado incluso en stickers y morrales hipster). El poema –incluido en uno de los cuadernos, de 1970–, llamado coincidentemente Prélude (reparé en este accidental segundo guiño mientras escribía este texto) es uno de mis favoritos:

‘Prélude’ (1970) de Luis Hernández Camarero (Fondo Editorial de la PUCP).

Prélude

Cuando en las horas más raras del Verano 

Pienso en las acequias

A través de los parques la basura

Y la muerte creada por el hombre

Pienso en ti mi refugio de esta tierra

Y al doblar una esquina me contento

Al saber que hay dos mundos bajo el cielo

El donado por ti a mi persona

Y aquél que en un tiempo yo creara

Para juego y solaz de tu figura.

 

Acaso este hermoso poema nada tenga que ver con todo lo dicho, pero desmenuzando y transformando ese último verso, Para juego y solaz de tu figura, es como nació el nombre de El solaz de las figuras. A su vez, el significado cambia: no busco evocar mi entrega y voluntad a un amor (digamos, pues hay mucho más que eso en tan sentida estrofa), sino sugerir este espacio como un recreo. Un recoveco para distraídos, de pronto. Una estancia de ocio para ustedes, lectores, ‘las figuras’. Un par de amigos atribuían esta última palabra a mi afición a los juguetes (action figures). En cierta extraña manera, no descarto la posibilidad de su acierto.

Y ahora que menciono a Hernández, acabo de recordar que otro de sus personajes/alter egos, el pianista dueño de una soledad que “no lo mata ni lo aísla”, una impecable soledad, se llamaba Shelley Álvarez, nombre que fue el apellido de la amiga de Lord Byron con la que arrancamos este texto. Todo se relaciona (o al menos, siempre podremos establecer relaciones, por más inanes que sean)…

Por último, queda hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué hacer esto? Dije al inicio que al rememorar algo personal o regresar a la lectura o visionado de alguna historia, adquirimos cierta perspectiva. Es una de las razones por las que hoy en día devoramos ficción. La literatura y el cine persisten y las buenas historias han hallado otro medio poderoso en la televisión (podríamos hablar de un reencuentro) y el Internet (con Netflix y el auge del streaming). Vivimos enquistados en la ficción. Entonces, por un lado, hago esto porque quiero hablar de las historias que me gustan. La vida diaria está invadida de eventualidades que pueden tanto envolvernos con sus remilgos y arrumacos suavecitos como también azotarnos y zarandear nuestra existencia. En vista de ello, ¿no podemos de vez en cuando, o de cuando en vez, evadir el prurito de vivir y permitirnos olvidarlo todo? Creo que sí. Se trata de una suerte de auto obsequio, un menudo engreimiento. Lo dijo incluso el entrañable Dale Cooper, conversando con el Sheriff Truman en Twin Peaks: Harry, déjame contarte un pequeño secreto: todos los días, una vez al día, date a ti mismo un obsequio. No lo planees, tampoco lo esperes, solo deja que ocurra. Podría ser una camisa nueva, una siesta en la silla de tu oficina o dos tazas de café negro, bueno y caliente. Así … Nada como una gran taza de café negro [2]. Y así es.

Un descanso comprensible, efectivamente, pero un buen café no es la única salida –tampoco un exquisito cherry pie, si seguimos con el ejemplo del querido Cooper–, sino el autoexilio. Esa evasión total que sucede de manera casi intermitente en nuestras vidas. Exonerarse de los pensamientos para adentrarse en otras realidades. Vivimos inconscientemente una doble vida: la propia y la ajena, la de aquel relato o personaje que te motiva, que te obsesiona. Vives para saber su historia mas también para contarla. ¿Por qué anhelamos la ficción, persiguiendo su estela sin buscarla, cual único sendero que surge en el momento repentino? Todos queremos escapar, y aquel viaje solo se da en retazos. Estamos condicionados a vivir de asaltos de ficción: cuentos, novelas, películas, teatro, episodios de series o cómics. Y por qué no, nuestras propias ficciones: novelescos diarios personales, publicaciones glorificadas en Facebook donde somos increíbles, nuestras ideas preconcebidas de tanta gente y tantas realidades, la infinita ola de chismes o anécdotas entre amigos (y enemigos) y un extenso y no pocas veces penoso etcétera.

Siguiendo con esta idea, podemos decir que una secuela necesaria del adentramiento en la ficción es la indefectible comparación de tu experiencia y aquella ilusoria que sigues. 

Peter Parker, un tipo que lidia, además del rol de superhéroe, con situaciones del todo ordinarias y similares a las nuestras, como lo evidencia esta viñeta.

Por ejemplo, es fácil identificarse con Peter Parker/Spider-Man, un personaje de cómic similar a muchos adolescentes y jóvenes adultos, con las mismas inquietudes y deseos: debe estudiar y trabajar, pagar sus rentas, cuidar a su familia e intentar sobrellevar con éxito la relación con su novia. Su historia nos propone alternativas, respuestas, otras perspectivas. A su vez, sirve para menguar nuestra soledad, pues al saberte parecido a aquel personaje, te sentirás acompañado. Sobre la base de todo esto repensamos la ficción de turno con nuestra vida real, fundando conexiones. Es lo fascinante del carácter universal de las historias, y ello me lleva a plantear lo siguiente: la posibilidad de que tal identificación suceda con una experiencia real, ya sea mía o de alguien más.

Con esto último abro el terreno para el ensayo o incluso el relato testimonial. Hilvanar ideas, envolverlas en cierta anécdota personal, interpretar algo que está sucediendo o simplemente perderme en disquisiciones. Todo esto, espero descubran pronto, será parte esencial de este espacio.

En fin, es con esta exagerada bienvenida que los introduzco a El solaz de las figuras. Una exhortación a que de ahora en adelante se den un tiempo para visitar estos breves textos: otros espacios, vecindarios o galaxias, acaso diametralmente opuestos a tu experiencia, mas esencialmente parecidos. Servido.

 

[1] Animalario universal del profesor Revillod, de Miguel Murugarren. Fondo de Cultura Económica, 2003. Un bestiario ficticio encarnado en una combinación de 21 láminas que descubren 4096 especies de animales fantásticos, con la descripción zoológica de la criatura. Una libro-objeto de bella factura e irrefutable locura.

[2] Traducción mía de la cita en inglés de Cooper en Twin Peaks: Harry, I’m gonna let you in on a little secret: every day, once a day, give yourself a present. Don’t plan it, don’t wait for it, just let it happen. Could be a new shirt, a catnap in your office chair or two cups of good, hot, black coffee. Like this… Nothing like a great cup of black coffee.

Continue Reading