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Eclosionar con la memoria: el retrato de los padres literarios judíos en Maus y Patrimonio

Cómics/Novelas gráficas, ENSAYOS, Historia, Inmigración, Judaísmo, Literatura - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2019

Portada de la novela gráfica "Maus" (publicada entre 1980-1991), ganadora del Premio Pulitzer en 1992.

Art Spiegelman y Philip Roth. Un historietista y un escritor. Ambos crecieron en Norteamérica con sus padres, judíos de pura cepa, alimentando una deuda con ellos que se ha reflejado en sus obras: Vladek Spiegelman en Maus y Herman Roth en Patrimony. A true story. Revelaron parte de sí mismos contando la historia de sus padres, y al mismo tiempo, la de los judíos. ¿Puede un testimonio familiar evocar la realidad de un pueblo?

*** Una primera versión de este ensayo fue publicado por primera vez en el número 11 de la revista digital de contenido periodístico Carta Abierta, en julio del 2016.

Entre sus distintas acepciones, la RAE nos ofrece lo siguiente por memoria: “Facultad por medio de la cual se retiene o recuerda el pasado / Exposición de hechos, datos o motivos referentes a determinado asunto / Libro o relación escrita en que el autor narra su propia vida o acontecimientos de ella”.  Cualquiera, acaso todas, podrían aplicarse sin problemas a Maus o Patrimonio. Ambos son relatos reales, de no-ficción. El primero es una novela gráfica, el otro, un mémoire o autobiografía.  Ambos, a su vez, rinden homenaje a un padre. Un judío. Un inmigrante. Un sobreviviente. Representan la memoria de un personaje, de un momento, un sentimiento, tan profundo como brutal.

Cual vampiros deseosos de sangre, nos nutrimos de historias que no son nuestras. Nos aferramos a ellas por diversas razones. Acaso la soledad. Quizás la necesidad de experiencias. ¿Pero qué pasa cuando esa historia no es solamente ajena, mas también muy cercana? ¿Qué sucede al narrar la vida de tu padre -o tu padre y tú- y en el camino, palpar una problemática colectiva? Quienes han leído ambos relatos no tardarán en comparar las situaciones o personajes. Para comprender aquello es menester comentarlos.

Philip Roth (Créditos: Eric Thayer/Reuters).

Las memorias

Maus es sin vacilar el magnum opus de Spiegelman, publicado entre 1980 y 1991. Fue la primera novela gráfica en ganar un Pulitzer, en 1992. La historia es una mezcla perfecta entre una biografía de su padre, una autobiografía, un libro de memorias, un relato histórico y uno de ficción. Vladek, su progenitor, sobrevivió al Holocausto y logró arribar a Norteamérica contra todo pronóstico y restablecer su vida y la de su familia. Se trata de una lección eterna y hermosamente narrada, donde uno no deja de pasmarse ante los horrores sufridos por el judío polaco, mas a la vez, asombrarse y admirar sus inefables ganas de vivir. Al mismo tiempo, es el relato de la relación entre Art y su padre: sus límites, las manías de uno, las frustraciones del otro, la ausencia de comunicación. Es un retrato de su padre y de la impotencia de poder narrar la experiencia de Auschwitz haciendo justicia a lo vivido. En una parte del cómic, vemos a Art conversando desde el asiento de copiloto con su pareja, Françoise. Ella, al volante, lo escucha, esperando calmar su frustración: “Me siento tan equivocado tratando de reconstruir una realidad que fue peor que mis más oscuras pesadillas… ¡Y tratar de hacerlo en una tira cómica! … Tal vez debería olvidar todo el asunto. Hay tanto que nunca seré capaz de entender o visualizar. Quiero decir, la realidad es demasiado compleja para los cómics”. Art vio su gran proyecto truncado debido a la necedad de su padre y a la aparente falta de sensibilidad que suponía hacer un cómic de su experiencia.

Patrimonio, por su parte, es un libro publicado en 1991. Narra el último episodio en la vida de Herman Roth, su padre, un judío emigrado a Newark, Nueva Jersey, desde la Galitzia polaca, antes del estallido de la guerra. Fluctúa entre varias escenas en la relación del padre y su hijo a través del tiempo, siempre con el azaroso presente de 1988, donde el antes vigoroso e inmortal cuerpo de Herman empieza a decaer, como síntoma de un implacable tumor cerebral. El triste y literal proceso de descomposición de su padre será sufrido también por Philip Roth, quien escribirá el libro mientras lo acompaña en el inexorable sendero a su desaparición, redescubriendo su relación, enfrentándose a sus frustraciones pasadas y acercándose a su padre como jamás lo hubiera concebido, liberándose en el camino. Se trata de una contemplación de la historia familiar, del amor y la muerte.

Art Spiegelman en su estudio, 2018 (Créditos: Phil Penman, The New York Times).

Juan Villoro comenta en Safari accidental (Editorial Etiqueta Negra, 2006) sobre el testigo y el reto de contar un episodio semejante. “El intento de darle voz a los demás -estímulo cardinal de la crónica- es un ejercicio de aproximaciones. Imposible suplantar sin pérdida a quien vivió la experiencia”. Luego cita a Giorgio Agamben: “quien asume la carga de testimoniar por ellos sabe que tiene que dar testimonio de la imposibilidad de testimoniar”. Tal afirmación está presente en el miedo de Art Spiegelman de realizar Maus y a su vez, el intento de retratar quién fue su padre y el advenimiento de su muerte en Patrimonio de Roth.

Judíos perdidos en Estados Unidos

Acaso el registro cultural más fuerte de la memoria, tanto en Maus como Patrimonio, se encuentra en las personalidades de sus protagonistas. Vladek Spiegelman y Herman Roth no son personajes de ficción, y sin embargo, son demasiado parecidos, en un nivel tan desmedido como -incluso- irrisorio. Ciertamente, de no saberse los detalles, podrían ser la misma persona. Aquello no es una mera coincidencia o un reflejo de aquella noción sobre la inexistencia de originalidad en las historias, no. Esto tiene que ver teorías narrativas, psicología o ciencias sociales, pero más que nada, con la historia.

La cultura judía constituye un patrimonio cultural en ambos textos, y en los arquetipos encarnados en ambos personajes. Francisco Javier Rodríguez, en el libro Saber narrar (Aguilar, 2012), habla de los arquetipos como una forma de hacer que alguien cumpla una función determinada dentro de un relato. Dice Rodríguez que “el psicoanalista suizo Carl G. Jung elaboró el concepto de arquetipo para definir esas personalidades que se repiten en cualquier cultura humana, formando parte de lo que él llamo el inconsciente colectivo. Son una constante en todas las épocas y culturas, y aparecen tanto en los cuentos y en los mitos como en el plano individual, tanto en las personalidades como en los sueños”.

Página de “Maus” donde Art Spiegelman cuestiona la dificultad y el propósito de retratar la vida de su padre.

Podríamos decir que, en estas historias escritas por hijos judíos-americanos, sus padres son retratados de la misma manera: como los clásicos judíos inmigrantes de primera generación, es decir, aquellos que nacieron en Europa y erraron a Norteamérica en busca de prosperidad y nuevas oportunidades. Vladek viene de Częstochowa, Polonia y fue un sobreviviente de los campos de concentración, llegando a Nueva York más adulto. Herman, por su parte, salió de Europa y empezó su vida en Nueva Jersey más joven. Son de la misma generación (el primero nació en 1906 y el otro en 1901). Sus situaciones son similares: provienen de familias pobres y tuvieron que dedicarse al trabajo desde temprano, abandonando el colegio y volviéndose con el tiempo, grandes jefes de familia y empresarios, a pesar de la precariedad de su condición y del antisemitismo imperante en la primera mitad del siglo XX. Además, ambos son viudos que encontraron una segunda pareja para compartir la senectud.

 

No obstante, probablemente lo que más sorprende de estos ancianos radica en la similitud de sus personalidades. Son fieles paradigmas del llamado ‘judío duro’: hombres serios, muchas veces insensibles, muy trabajadores y con una increíble capacidad de sacrificio por la familia. Obstinados, listos, tenaces, dueños de una tozudez sin límites; las características clásicas del estereotipo de los primeros inmigrantes judíos. La masculinidad judía, a su vez, es un patrón muy fuerte y notable, de un matiz cultural muy arraigado, más que nada en el padre de Roth (cuyo retrato del padre o de los judíos estadounidenses se manifiesta a través de toda su obra). El autor afirma en el libro que la razón de ser de su padre era en esencia un esfuerzo vehemente de hacer que sus hijos alcancen aquello que le fue negado: ser aceptados como americanos. Sin embargo, en ese intento, ellos -Vladek y Herman-, se distancian de sus hijos, pues su mentalidad no ha cambiado, y Art y Philip no comprenden, desde niños, el porqué de su proceder, de su dominancia y severidad. Quizás en el caso de Art sea más fuerte, teniendo siempre la sombra de su padre, el sobreviviente de Auschwitz, cuyo broken english de acento yidis discurre siempre en su fatídica experiencia, tornando inanes las inquietudes y angustias de su hijo.

Herman Roth e hijos Sandy y Philip en Bradley Beach, New Jersey. Agosto, 1937. De arriba hacia abajo: Herman (36), Sandy (9), Philip (4) (Créditos: Nat Bodian, Fuente: Newark Memories).

Además de ello, estos personajes comparten el ser muy realistas, exigentes o mezquinos. Tanto el padre de Spiegelman como el de Roth son criaturas ambivalentes, llenas de contradicciones. Al igual que Herman, Vladek puede parecer un manipulador de inquietudes y manías patológicas, pero siempre actúa con la seguridad de quien obra por el bien de la familia. Y al igual que Vladek -que lo demuestra valientemente durante su estadía en Auschwitz-, Herman puede parecer un monstruo, pero nunca vacilará en apoyar a otros judíos migrantes, ya sea con dinero, amistad, comida, incluso usando a su hijo, el afamado escritor, para conseguir contactos de editores y publicar libros de judíos.

La vejez también los atormenta de manera violenta, y sus hijos -en especial Roth- la retratan con fidelidad. Comparten la muerte de sus esposas como un fantasma constante. La diabetes, los infartos y la pérdida de un ojo en Vladek. El tumor cerebral y todas sus secuelas, como el ir perdiendo la vista, la falta de equilibrio, el no controlar sus esfínteres, la parálisis facial o la desaparición de sus facultades de deglución, en Herman.

El padre de Roth había llegado a un nivel de mezquindad y obsesión por el ahorro “demasiado judía” para su hijo, pero al mismo tiempo ridícula: su rechazo a comprar el periódico -a la espera de leer la copia usada del vecino-, o el tener a la señora de la limpieza solo una vez al mes -manifestando una autosuficiencia exagerada-, reinando la suciedad en el departamento. De la misma forma, Vladek no se queda atrás: obsesionado con el orden, organiza sus pastillas, se queja indefinidamente si encuentra algo fuera de su lugar. Recoge alambres de la calle para su posible uso; buscando ahorrar, roba servilletas y papel toalla de los baños públicos y restaurantes. Por último, se rehúsa a comprar algo que necesite e incluso a pagar por el peluquero de su segunda esposa, Mala, a quien enloquece. Se revela como un acumulador de cachivaches compulsivo. Todo ello, entre otras características o detalles de ambos, reflejan la presencia de la caricaturizada idea que se tiene -o del patrón que se repite- del judaísmo entre los primeros inmigrantes de Europa a Estados Unidos. En un momento del cómic, vemos a Art comentar: “De alguna forma él es como la caricatura racista del viejo avaro judío”. Podría decirse que estos homenajes, además de biografía y de literatura, son retratos etnográficos, pues los modelos de los personajes no solo hablan de dos individuos, sino de todo un grupo determinado.

Edición Hardcover de “Maus”, 2003.

Objetos mágicos en la familia judía

Como descripción acaso material o estática de la memoria, un recurso vital en ambas obras son los objetos. Ellos evocan tanto una instancia temporal como diversas emociones. Todos poseen correlatos cruciales para la comprensión de los cuatro personajes, los padres y sus  hijos.

Edición en español de “Patrimonio” de Roth (Seix Barral, 2003).

Para comenzar, tenemos un elemento que se repite en las dos narraciones: la idea de tener una esposa. Vladek y Herman volvieron a empezar una relación luego de enviudarse. El primero se casó con Mala y el segundo convive con Lil. Sin embargo, estas mujeres viven asediadas por la impoluta y majestuosa figura de la difunta ex mujer: Anja, la primera esposa de Vladek y madre de Art, se suicidó muchos años después de la guerra, ya en Nueva York, trastornada por la experiencia en Auschwitz. Un episodio que jamás superó, a pesar del coraje y apoyo de su esposo. Su muerte, a su vez, afectó sobremanera a su hijo. Bessie Roth vivió mucho más, en Newark con su familia, mas una trombosis la desconectó de la Tierra en un restaurante, en 1981, siete años antes de los sucesos narrados en Patrimonio.

Así, Mala y Lil sufren la constante referencia a la perfección y santidad de sus antecesoras, además de estar siempre -e involuntariamente- a la orden de sus parejas, quienes sienten una necesidad enferma de tener alguien a quien mandar. Roth comenta en el libro que Lil “estaba condenada a ser imperfecta y nunca alcanzar el estatus de Bess Roth, a quien él ahora exaltaba como un parangón de la femineidad”.  De aquí podemos derivar otro objeto en común importante: la vestimenta de las difuntas esposas. El trato que le atribuye cada judío es distinto: Vladek nunca se deshizo de los vestidos de Anja, se rehusaba a donarlos y quería que Mala los use, ofendiéndola con la oferta. Herman, por su parte, arrojó todos los vestidos de Bessie el mismo día de su entierro, desesperado e inconsciente, asegurándole a su hijo que a él “no le servía de nada” y que “podría serle útil a otros judíos”.

De la misma forma, existen otros objetos en estos relatos, unos más esenciales que otros, que denotan un significado trascendental para los personajes. Por ejemplo, está el diario de Anja durante el Holocausto. Sus escritos de Auschwitz. Art no pudo ocultar su ira al descubrir que su padre había arrojado tales manuscritos a la basura, llamándolo ‘asesino’. Así como Vladek perpetró tal acción, Herman obsequió la colección de estampillas que Philip había juntado durante toda su niñez, hecho que le fue ocultado por años. Ninguno de los padres parece respetar la herencia familiar, y reflejan una alta insensibilidad en los ojos de sus hijos.

En Patrimonio se ve también cómo la cultura judía existe todavía en el afecto y la herencia de los hijos, incluso si no la practican, la vida de Philip ha estado rodeada de adminículos o detalles judíos. El cuenco de afeitar del abuelo Sender Roth, que encarna tanto una herencia familiar como una ejercicio de tradición judía, resulta un ejemplo viable, pues Roth recuerda que todas las semanas se reservaban diez centavos para que su abuelo, que había estudiado para ser rabino, vaya a la barbería antes del Sabbath. Él lo veía como algo mítico, ritual y luego solicita su posesión a su padre. Asimismo, están los tefilín, las envolturas de cuero que contienen pergaminos de las sagradas Escrituras, que siempre habían estado en la sala y tanto Philip como su hermano mayor contemplaban como algo legendario. Tras descubrir el tumor, Herman los abandonaría en el camerino de un centro comunitario judío, para sorpresa e indignación de su hijo Philip.

Roth frente a la escuela hebrea donde estudió de niño (Créditos: Bob Peterson, Fuente: Time Life Pictures/Getty Images).

Superando el horror de sobrevivir

En Misery (Debolsillo, 2003), Stephen King nos obsequia una reflexión atractiva entorno al escritor y la memoria: “los escritores lo recuerdan todo, especialmente las heridas. Desnuda a un escritor, señala sus cicatrices y te contará la historia de cada una de ellas, incluyendo las más pequeñas. De las grandes, se sacan novelas, no amnesia. Es bueno tener un poco de talento si quieres ser escritor, pero el único requisito auténtico es la habilidad para recordar la historia de cada cicatriz… El arte consiste en la persistencia de la memoria”. Maus y Patrimonio son textos centrados en la memoria. En ellos, los dos hijos tratan de inmortalizar la historia de sus padres, haciendo un recorrido de la historia personal, una crónica familiar, pero a su vez, hablando del problema de ser judíos, de la Segunda Guerra y Auschwitz -en Spiegelman- y de empezar desde cero en Estados Unidos, escapando de la miseria. Ambos testimonios retratan un periodo y un espacio en el tiempo. Es un registro que comprende un pasado desgarrador, de diáspora, riesgos y sacrificios, pero que también entraña intensos recueros de valentía, del poder de la familia, del aprecio por la tradición y los orígenes, tornándose así tanto individuales como universales.

Página de “Maus” donde el padre de Art Spiegelman narra un episodio de inicios de la Segunda Guerra Mundial donde asesinan judíos en su barrio de la juventud.

Se trata, asimismo, de una lucha personal. Tanto Art Spiegelman como Philip Roth tienen que aceptar a sus padres y descubrirlos, revelarlos, conocerlos. Acaso en Art aquello es más azaroso, debido a la truncada comunicación con el padre que a través de Maus intenta reestablecer. Philip, por su parte, si está con su padre en todo momento, lo aguanta y apoya, más como una figura paternal -o maternal, como afirma el mismo Herman- que como un hijo. Como mencionan en ambos libros, sus autores han dirigido su vida al arte y la escritura para alejarse lo más posible de la sombra de sus padres: Art confiesa que escogió el arte porque su padre lo consideraba una pérdida de tiempo; Philip revela que Herman nunca entendió el oficio de escritor ni la docencia, que los daba por algo ambiguo, mas lo respetaba. Exponen la vida de sus padres a través del arte. Consolidando su herencia, su patrimonio, Auschwitz y el judaísmo, y finalmente separándose de ellos, superándolos.

Sobrevivir al padre a través de la memoria.

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El siniestro encanto de la infancia: Big Baby

Cómics/Novelas gráficas, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 30 Noviembre, 2018

Portada del volumen compilatorio de los cómics de 'Big Baby'.

Horror moderno y urbano en uno de los cómics más tempranos del inefable Charles Burns.

 

Oscuro. Inocente. Cruel. Necio. Tierno. Los adjetivos que me remiten a la existencia de este niñato –como le llaman en la versión traducida de Ediciones La Cúpula (2005)-, rayan entre lo infantil a lo macabro. Una dualidad acaso no tan extraña. Tony Delmonto se olvida del mundo real que tan poco conoce y se deja invadir por su vasta imaginación, libre en la soledad de la sala de estar o en su dormitorio, devorando cómics y programas de TV cuya insondable oscuridad es solamente comparable a la sucia y siniestra realidad en derredor.

El pequeño Tony, amo y señor de un reino encarnado en dinosaurios, extraterrestres, robots, cohetes, soldados y demás tipos de monstruos. El pequeño Tony, ávido de misterio, aventura y horror, mas también deseoso de indagar en la vida de los otros, donde refleja todos los elementos y situaciones sobrenaturales que conforman su lóbrego universo.

El pequeño Tony, el Big Baby, es el protagonista de una serie de historias homónimas del cáustico estadounidense Charles Burns (el mismo loco de la aterradora y fantástica Black Hole, con la que lo descubrí muy tarde, sin duda su magnum opus). Publicadas en la década de los ‘80 en la legendaria revista Raw de Art Spiegelman y compiladas en un libro por vez primera en 1999, Big Baby no se distancia de esa influencia por el cine de terror serie B, los cómics de horror, ciencia ficción, los pulp fiction de la primera mitad del siglo XX o la novela negra, elementos que caracterizan a este historietista e ilustrador cuya visión fue descrita por Sammy Harkham -otra figura prominente en el cómic norteamericano moderno, acaso más joven- como “un paralelo inquietante entre los mundos de David Lynch y Lovecraft, con una realidad trastornada, amenazadora, y siempre de una familiaridad suficiente para sentirse casi verdadera”. [1]

Retrato de Charles Burns por Sammy Harkham, publicado en VICE (1/12/2010).

En el caso del curioso Tony, Burns afirma que en parte se trata de un relato autobiográfico: “… Big Baby es en muchos aspectos un retrato abstracto de mi propia infancia, de mi crecimiento en una familia de clase media norteamericana. A ambos nos gustan los mismos programas de tele, los mismos juguetes, y ambos tenemos una febril imaginación que a veces nos mete en problemas”. [2] Se trata de un cómic imperdible para los seguidores de Burns, donde ya podemos ver muchos de los conceptos que más tarde desarrollaría con profusión y excelencia en novelas gráficas como Black Hole o la trilogía de Last Look.

Cualquiera puede sentirse identificado leyendo Big Baby. Acaso existan algunos niños que no posean mentes tan recalcitrantes y calenturientas como las de Tony, mas todos hemos tenido –algunos en mayor medida-, ese llamado inmortal por controlar aquellas historias que nos atraen, apropiarnos de ellas y plasmarlas en la aburrida cotidianeidad de nuestra infancia. Aquello tiene como aditivo la tórrida intriga del sexo, cuestión ajena y difusa para todo párvulo, mas no por ello menos atrayente.

Sin embargo, para Tony, todo esto deviene en ‘descubrir sin descubrir’ que su contexto aparentemente normal es el paradigma perfecto de su propia ficción. Su lúdico e infernal interior deja de ser tan creepy en tanto vemos cómo la gente que lo rodea -familias o personas modelo de la clase media norteamericana- son fieles homólogos de todo aquello que engendra su imaginación. Cuando digo ‘descubrir sin descubrir’ hago referencia al intenso hecho de que, si bien Tony es testigo de diversas atrocidades que evidencian la purulenta vorágine en la que se halla sumida la realidad -o al menos, la realidad bajo el perturbado y magistral lente de Burns-, al final del día es un niño inocente, y cree que todos forman parte de la fantasía que él va armando.

Página de ‘Teen Plague’ de la versión en inglés de ‘Big Baby’.

Aquello puede verse en historias como Teen Plague o Blood Club, entre otras, donde Tony palpa una sociedad americana en furtiva degradación con episodios que van desde la violencia conyugal o enfermedades venéreas hasta homicidios secretos, siempre a través de su perspectiva terrorífica y sobrenatural. Tan intensa llega a ser esta manifestación de alternancia entre realidad siniestra estándar-monstruosidad infantil de Tony, que el lector termina ya no riendo ante las osadas travesuras de Big Baby, sino perturbándose lentamente, adentrándose con incomodidad en esa maldad naturalizada, encarnada en esa paranoia narrativa que Tony se esfuerza en acometer ¿Es que realmente está pasando todo lo que ve?

Para abstraernos en la descripción propongo el relato Curse of the Molemen (La maldición de los Hombres topo): en este cómic, Tony sale a jugar al patio y se topa con unos obreros cavando un gran hoyo en el jardín de los vecinos. Cuando les pregunta qué están haciendo, uno de ellos juega con el niño y le dice que están ‘buscando un tesoro de unos monstruos’. Tony lo toma con mucha seriedad: hay un tesoro escondido bajo el jardín de los vecinos, y él debe encontrarlo. Aprendemos luego que están construyendo una piscina, y que el vecino sufre de una celotipia cuya intensidad abraza la psicosis. Teme un amorío entre su esposa y los obreros, y jura que la única solución a tal ofensa sería asesinarla. En su intento de vivir la aventura y ser el héroe, Tony se adentra en un túnel dentro del hoyo y descubre a un hombre prisionero de unas criaturas monstruosas. Tras emerger despavorido se da de bruces con la vecina, atraída por el ruido en plena madrugada. Tony la abraza asustado y la visión de ella en los brazos de otra persona es suficiente para el enloquecido esposo, quien desde la distancia coge su revólver y se prepara para castigar aquella infidelidad desdibujada e inexistente. Los padres de Tony escuchan un tiroteo y al acercarse encuentran a Tony con la vecina, también armada y sorprendida ante su esposo muerto. Había respondido al disparo misterioso con otra descarga de su propio revólver, obsequiado por su cónyuge y que carga cada vez que está sola en casa. Al día siguiente los obreros leen divertidos los diarios que hablan de la esposa asesina cuando Tony los interrumpe: “me mintió sobre el tesoro de los monstruos”. “¿De qué estás hablando, niño?”, responde aquel que habló con Tony al inicio. “No debió haber mentido”, replica. Fin.

Última página de ‘The Curse of the Molemen’ en la edición española de ‘Big Baby’.

Raro, ¿verdad? Tony interactúa sin saberlo con algo muy oscuro y triste que sucede con secretismo en no pocos matrimonios: la violencia conyugal y el uxoricidio. Ello contrastado con la imaginación del niño, sus alucinaciones de monstruos bajo el agujero y aquel hombre en cautiverio pidiéndole ayuda. ¿Fue real? En una entrevista de 1992 de The Comics Journal, Burns profundiza en este cierre:

“Fue como si Big Baby tuviera una comprensión más amplia del mundo adulto. Cuando ves por primera vez a los hombres que están trabajando en esta piscina, ellos se burlan de él y le siguen la corriente a su fantasía sobre los monstruos subterráneos. Al final está acusando al mundo adulto. Está aprendiendo que no es lo que parece… Vemos en esa viñeta que él ya empieza a ver lo que subyace a la realidad adulta, y no le gusta lo que ve”. Más adelante en la entrevista, Burns responde sobre la idea de Tony como un niño con tendencia a distorsionar toda información, incapaz de un crecimiento psicológico normal: “Así lo uso como personaje. Siento que es un tema al que siempre retorno: él funciona como un ingenuo que sobre el mundo adulto, aprende el lado malo”. [3]

Como el mismo autor sugiere, Tony Delmonto vive una contradicción: contempla el mundo de manera inocente y pueril, pero ese mismo sendero de exploración es también un descenso moral, al concebir sus actos y lo que presencia como algo esperable. Así, Big Baby nos obsequia retazos de la vida de un niño grande que envilece con cada viñeta, en tanto deslumbra febrilmente con el horror, la impudicia y una naciente sexualidad. Son elementos con los que nos identificamos indefectiblemente, desde lo más profundo de nuestras ficciones infantiles, donde lo grotesco, lo fantástico y lo sensual recorren el mismo camino nebuloso a través de la cotidianeidad, en un grito eterno y desgarrador imposible de escapar, no por impotencia, sino por una razón acaso más confusa y subconsciente, propia de estos años de descubrimiento: porque no queremos.

Página de ‘Blood Club’ de la versión en inglés de ‘Big Baby’.

 

***PUEDEN ECHARLE UN VISTAZO al cómic en este video preview del Flickr de la editorial Fantagraphics.

 

[1] Traducción y edición mía del siguiente párrafo de Sammy Harkhamen en una entrevista a Charles Burns para VICE (1/12/2010): Charles Burns is the author and artist behind uncannily creepy comic books like Black Hole, Big Baby, and Skin Deep. In his work, he’s created a world that feels like an eerie parallel to those of David Lynch and some of Lovecraft. It’s reality, tweaked and menacing and always just familiar enough to feel almost plausible. His best-known work is Black Hole, which tells the story of a group of teenagers who become infected with a horrible disease that causes disgusting mutations, rendering them outcasts who shun society and hide out in the woods. It’s a perfect allegory for the awkwardness and alienation of adolescence. It’s sort of like Dazed & Confused on a permanent dose of white blotter, like one of those never-coming-down bad trips made real. It’s a classic.

[2] Cita proveniente de un texto de Burns en la edición en español de Big Baby (Ediciones La Cúpula, 2005).

[3] Traducción y edición mía de las siguientes líneas de Charles Burns en una entrevista de Darcy Sullivan para The Comics Journal (The Comics Journal #148, Febrero, 1992) y republicada en el archivo de su web:

It was like Big Baby had a certain larger understanding of the adult world. When you first see the men that are working on this pool, they’re playing around with him, going along with his fantasy about monsters under the ground. In the end, he’s accusing the adult world. He’s learning that it’s not what it seems.

Yeah, in that one segment he’s starting to see the underbelly of adult reality, and he doesn’t like what he sees.

That’s how I use him as a character. It seems to be the theme that I keep going back to. He functions as a naive who learns about the adult world, the bad side.

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Preludio (una presentación desorbitada)

Una colina en la villa pesquera de Bugøynes, Noruega. Foto tomada en marzo del 2014 por Diego Olivas Arana.

Bienvenidos a este experimento nuevo, heterogéneo y de largo aliento: El solaz de las figuras.

“Todo debe tener un comienzo… Y ese comienzo debe estar vinculado a algo anterior”, escribió Mary Wollstonecraft Shelley en 1831, en la introducción de una nueva edición de Frankenstein. Esa primera idea guarda cierto sentido con la aparición de este espacio. ¿De qué se trata este portal web? Si bien sé que evocar mucho el pasado bajo cualquier instancia puede acabar siendo algo nocivo, siempre me he considerado alguien que recuerda. Esto puede traducirse de distintas formas: retornar a algo que te sucedió (tu graduación, la muerte de tu perro), volver a leer o ver ciertas historias o memorias (tu novela o película favorita, la carta que te escribió tu ex de hace diez años), repetir un acto luego de muchos lustros en nombre de su primera y sublime versión (por más trillado que sea: asistir a la reunión con la promoción del colegio, visitar el parque donde compartiste aquel beso que inició todo)… Hay cierta nostalgia detrás, mas también sucede que al repensar o volver a aquello que fue podemos comprender mejor nuestro presente. Adquirir cierta perspectiva.

Y bueno, en realidad estoy divagando sobre la base de una primera línea. En el mismo párrafo, Shelley continuó: “la invención, debe admitirse humildemente, no consiste en crear desde un vacío, sino a través del caos; los materiales deben ser proporcionados: ella puede moldear sustancias oscuras e informes, pero no volverse la sustancia en sí misma”. Ciertamente me he distanciado un poco de la idea a la que conducen sus palabras, pues aquí ella sostiene que la originalidad no existe, creencia que compartoen cierta medida, repetida hasta el día de hoy por monstruos como Heidegger, Octavio Paz, Cortázar, Jim Jarmusch o Godard. Al mismo tiempo, ya hay más de un precedente de espacios como esta web. Pero mi referencia a esta cita va por otro sendero. El eterno retorno puede ir anclado a la creación –en cualquiera de sus facetas–, es decir, las historias surgen de otras novelas y películas y cuentos de la abuela. Sí. Pero las historias también estimulan comentario, discusión, análisis. Con historias no hago referencia solamente a un relato de ficción. Una historia es tanto el Blade Runner de Ridley Scott como la vida del físico soviético Vassili Nesterenko. Es tanto Conversación en la catedral de Vargas Llosa como la no-ficción Muerte en el Pentagonito de Ricardo Uceda. El esencial valor de ejercicio de memoria y documento histórico de los segundos no los desmerece o separa de la categoría de historia (‘relatos reales’, pensando en Javier Cercas). Así, aquel es uno de los caminos de este espacio: el comentar o ensayar ideas surgidas tanto de la ficción como de personas y sucesos reales. De la ficción y la no-ficción. Del consciente y pactado engaño de las historias, y de nuestro devenir en el mundo de hoy.

El solaz de las figuras es un proyecto que vengo pensando por años, de manera intermitente, acaso superficial y desde hace un año como una realidad. Un escape factible. Un espacio digital que servirá como repositorio de textos de género diverso, donde se analicen o discutan diferentes temas a través de reseñas, comentarios o ensayos de libros, películas o series de televisión; o se cuenten historias en crónicas y perfiles, entrevistas o memorias personales. 

Una miscelánea mutante e informe, cual quimera medieval (¿han revisado el Animalario universal del profesor Revillod, con criaturas imposibles como el ‘Cavaguro’ o el ‘Elenedilo’? Lo recomiendo para efectos semejantes) [1]. En otras palabras, es un espacio para escribir sobre muchos de los temas que me interesan y en los que hasta ahora profundizaba en privado (con algunas líneas ocasionales en las redes sociales), ya sea oralmente o por escrito.

Una de las criaturas del ‘Animalario Universal del profesor Revillod’.

Quizás este comienzo sea algo enrevesado, dada la insospechada dificultad de deconstruir el significado de la mera cláusula “les presento mi página web”. Aun así, Horacio proclamaba: “quien empieza ya tiene hecha la mitad. ¡Atrévete a ser sabio y empieza!”, palabras que transmiten cierto coraje frente a esta empresa. Por otro lado, Camus sostenía que “todos los grandes hechos y pensamientos poseen un comienzo ridículo. Las grandes obras a menudo nacen en la esquina de alguna calle o en la puerta giratoria de algún restaurante”. Ello me remite a la primera conversación que tuve sobre este proyecto. Eran las dos o tres de la madrugada de alguna noche del año 2012, si la memoria no me es infiel, y estaba ebrio en la cocina de mi casa, libando y departiendo con un gran amigo ingeniero de sistemas mientras jugaba con mi Nintendo 3DS. Así es, concebí la posibilidad de crear este espacio borracho como una uva y jugando Pokémon. Un comienzo acaso nada promisorio, ni para el mismo Camus. ¿Existe una relación directamente proporcional entre la estupidez o deshonra de ciertos orígenes y la buena fortuna de su cometido? Espero que sí.

Ahora bien, esta primera entrega es también idónea para explicar el nombre del presente espacio. Se trata de un guiño a quien quizás sea mi poeta peruano preferido: un poema de Gran Jefe Un Lado del Cielo, del querido Luis Hernández Camarero, un exponente sui generis de la Generación del 60 que para nuestro fortunio hoy goza de más vida que nunca (recordado incluso en stickers y morrales hipster). El poema –incluido en uno de los cuadernos, de 1970–, llamado coincidentemente Prélude (reparé en este accidental segundo guiño mientras escribía este texto) es uno de mis favoritos:

‘Prélude’ (1970) de Luis Hernández Camarero (Fondo Editorial de la PUCP).

Prélude

Cuando en las horas más raras del Verano 

Pienso en las acequias

A través de los parques la basura

Y la muerte creada por el hombre

Pienso en ti mi refugio de esta tierra

Y al doblar una esquina me contento

Al saber que hay dos mundos bajo el cielo

El donado por ti a mi persona

Y aquél que en un tiempo yo creara

Para juego y solaz de tu figura.

 

Acaso este hermoso poema nada tenga que ver con todo lo dicho, pero desmenuzando y transformando ese último verso, Para juego y solaz de tu figura, es como nació el nombre de El solaz de las figuras. A su vez, el significado cambia: no busco evocar mi entrega y voluntad a un amor (digamos, pues hay mucho más que eso en tan sentida estrofa), sino sugerir este espacio como un recreo. Un recoveco para distraídos, de pronto. Una estancia de ocio para ustedes, lectores, ‘las figuras’. Un par de amigos atribuían esta última palabra a mi afición a los juguetes (action figures). En cierta extraña manera, no descarto la posibilidad de su acierto.

Y ahora que menciono a Hernández, acabo de recordar que otro de sus personajes/alter egos, el pianista dueño de una soledad que “no lo mata ni lo aísla”, una impecable soledad, se llamaba Shelley Álvarez, nombre que fue el apellido de la amiga de Lord Byron con la que arrancamos este texto. Todo se relaciona (o al menos, siempre podremos establecer relaciones, por más inanes que sean)…

Por último, queda hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué hacer esto? Dije al inicio que al rememorar algo personal o regresar a la lectura o visionado de alguna historia, adquirimos cierta perspectiva. Es una de las razones por las que hoy en día devoramos ficción. La literatura y el cine persisten y las buenas historias han hallado otro medio poderoso en la televisión (podríamos hablar de un reencuentro) y el Internet (con Netflix y el auge del streaming). Vivimos enquistados en la ficción. Entonces, por un lado, hago esto porque quiero hablar de las historias que me gustan. La vida diaria está invadida de eventualidades que pueden tanto envolvernos con sus remilgos y arrumacos suavecitos como también azotarnos y zarandear nuestra existencia. En vista de ello, ¿no podemos de vez en cuando, o de cuando en vez, evadir el prurito de vivir y permitirnos olvidarlo todo? Creo que sí. Se trata de una suerte de auto obsequio, un menudo engreimiento. Lo dijo incluso el entrañable Dale Cooper, conversando con el Sheriff Truman en Twin Peaks: Harry, déjame contarte un pequeño secreto: todos los días, una vez al día, date a ti mismo un obsequio. No lo planees, tampoco lo esperes, solo deja que ocurra. Podría ser una camisa nueva, una siesta en la silla de tu oficina o dos tazas de café negro, bueno y caliente. Así … Nada como una gran taza de café negro [2]. Y así es.

Un descanso comprensible, efectivamente, pero un buen café no es la única salida –tampoco un exquisito cherry pie, si seguimos con el ejemplo del querido Cooper–, sino el autoexilio. Esa evasión total que sucede de manera casi intermitente en nuestras vidas. Exonerarse de los pensamientos para adentrarse en otras realidades. Vivimos inconscientemente una doble vida: la propia y la ajena, la de aquel relato o personaje que te motiva, que te obsesiona. Vives para saber su historia mas también para contarla. ¿Por qué anhelamos la ficción, persiguiendo su estela sin buscarla, cual único sendero que surge en el momento repentino? Todos queremos escapar, y aquel viaje solo se da en retazos. Estamos condicionados a vivir de asaltos de ficción: cuentos, novelas, películas, teatro, episodios de series o cómics. Y por qué no, nuestras propias ficciones: novelescos diarios personales, publicaciones glorificadas en Facebook donde somos increíbles, nuestras ideas preconcebidas de tanta gente y tantas realidades, la infinita ola de chismes o anécdotas entre amigos (y enemigos) y un extenso y no pocas veces penoso etcétera.

Siguiendo con esta idea, podemos decir que una secuela necesaria del adentramiento en la ficción es la indefectible comparación de tu experiencia y aquella ilusoria que sigues. 

Peter Parker, un tipo que lidia, además del rol de superhéroe, con situaciones del todo ordinarias y similares a las nuestras, como lo evidencia esta viñeta.

Por ejemplo, es fácil identificarse con Peter Parker/Spider-Man, un personaje de cómic similar a muchos adolescentes y jóvenes adultos, con las mismas inquietudes y deseos: debe estudiar y trabajar, pagar sus rentas, cuidar a su familia e intentar sobrellevar con éxito la relación con su novia. Su historia nos propone alternativas, respuestas, otras perspectivas. A su vez, sirve para menguar nuestra soledad, pues al saberte parecido a aquel personaje, te sentirás acompañado. Sobre la base de todo esto repensamos la ficción de turno con nuestra vida real, fundando conexiones. Es lo fascinante del carácter universal de las historias, y ello me lleva a plantear lo siguiente: la posibilidad de que tal identificación suceda con una experiencia real, ya sea mía o de alguien más.

Con esto último abro el terreno para el ensayo o incluso el relato testimonial. Hilvanar ideas, envolverlas en cierta anécdota personal, interpretar algo que está sucediendo o simplemente perderme en disquisiciones. Todo esto, espero descubran pronto, será parte esencial de este espacio.

En fin, es con esta exagerada bienvenida que los introduzco a El solaz de las figuras. Una exhortación a que de ahora en adelante se den un tiempo para visitar estos breves textos: otros espacios, vecindarios o galaxias, acaso diametralmente opuestos a tu experiencia, mas esencialmente parecidos. Servido.

 

[1] Animalario universal del profesor Revillod, de Miguel Murugarren. Fondo de Cultura Económica, 2003. Un bestiario ficticio encarnado en una combinación de 21 láminas que descubren 4096 especies de animales fantásticos, con la descripción zoológica de la criatura. Una libro-objeto de bella factura e irrefutable locura.

[2] Traducción mía de la cita en inglés de Cooper en Twin Peaks: Harry, I’m gonna let you in on a little secret: every day, once a day, give yourself a present. Don’t plan it, don’t wait for it, just let it happen. Could be a new shirt, a catnap in your office chair or two cups of good, hot, black coffee. Like this… Nothing like a great cup of black coffee.

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