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El caso Amok: el libro de la muerte

Krystian Bala, 2008 (Créditos: Adam Hawałej/PAP).

Krystian Bala podría acaso denominarse como el precursor del ‘meta-asesinato’. El joven escritor polaco permanece en la prisión de Breslavia, tras culpársele de haber premeditado, dirigido y cometido un homicidio en el 2000. Después de acabar —supuestamente— con la vida de un empresario, escribió y publicó un libro de nombre Amok, en el que se narraba una muerte muy similar. Nadie podría haberlo descubierto. Al menos eso pensaba.

 

El caso

Diciembre para Polonia es un mes perdido. El invierno deprime a sus habitantes, invade la voluntad de los corazones con una desidia tan gris y fría como el cielo de sus tardes. Aquella gélida jornada de diciembre del 2000, cerca al río Óder, al suroeste del país, tres pescadores se hallaban trabajando en silencio. Todavía no encontraban nada cuando uno de ellos creyó ver un gran pez aproximándose a la orilla. Mientras se iba acercando, el pescador y sus amigos pensaron que era un tronco, pero al verlo ya ante ellos, repararon en el cabello. El pescador emitió un alarido de pavor que alarmó a sus colegas, y palpó la figura con su caña de pescar, para atraerla. Lo sabía. Era un cadáver.

El departamento de policía de Breslavia, la ciudad más cercana al hallazgo, trasladó el cuerpo a la morgue. Una soga amarraba el cuello del hombre. Las manos atadas a la espalda. Parte de la cuerda, probablemente cortada con un cuchillo, conectaba sus manos al cuello, provocando que el menor intento de movimiento ajuste y ahorque más la soga en su garganta. Su crueldad lo sugería: era un homicidio. Vestido con un polo y ropa interior, las heridas del cuerpo evidenciaban maltrato y torturas. Los exámenes posteriores revelarían que la víctima no había ingerido alimentos durante los días precedentes a su muerte. Otro examen pulmonar reveló signos de ahogamiento. Contemplaron la posibilidad de que la víctima haya sido lanzada con vida al río.

Las características reflejadas en el análisis del occiso coincidían con la descripción de Dariusz Janiszewski, un publicista de 35 años que se había reportado como desaparecido desde el mes anterior. Fue visto por última vez saliendo de su trabajo en el centro de Breslavia, el 13 de noviembre. Cuando los efectivos de la policía se contactaron con la esposa de Janiszewski para que identifique al muerto, ella se negó. No soportaba el dolor. Su madre, sin embargo, aceptó acudir a la cita, reconociendo el cuerpo sin vida de su hijo. Tenía la misma marca de nacimiento en el pecho.

Portada del libro “Amok”, publicado en Breslavia por la editorial Croma (2003).

Meses después, desprovistos de pistas e información, la policía tiró la toalla y abandonó la investigación. Fue bautizado por la prensa polaca como “el crimen perfecto”. Tres años más tarde, en otoño del 2003, Jacek Wróblewski, un detective de 38 años de la policía de Breslavia, desempolvó el caso. Revisó exhaustivamente el archivo, en una madrugada sitiada de tazas de café e interrogantes. Sus pensamientos moraban con este crimen. Estaba fascinado. Acaso la oscura incertidumbre que lo entrañaba, la inquietud de resolver un enigma sangriento y de relevancia nacional. Wróblewski era un detective muy curioso. Para comprender la mente criminal, había empezado a estudiar psicología en sus espacios libres, en la universidad pública local.

Durante sus indagaciones, un detalle aparentemente fútil captó su atención: nunca hallaron el teléfono celular de Janiszewski. El detective buscó a la esposa del difunto y le pidió los documentos del móvil desaparecido. Ella le brindó el manual de instrucciones, donde figuraba el número de serie del equipo, que Wróblewski empezó a rastrear. Pronto encontraron su paradero: había sido vendido cuatro días después de la desaparición de Janiszewski, en la popular tienda online polaca llamada Allegro. El vendedor estaba registrado como “ChrisB(7)”. Tras una breve pesquisa, el usuario fue reconocido como un escritor, filósofo y empresario de 30 años llamado Krystian Bala.

Empezó a investigar al joven académico. Acababa de publicar Amok, un libro experimental, muy extraño e incomprendido por los medios, en el que figuraba un diabólico chivo de ojos brillantes en la portada. Una representación clásica del Diablo. ‘Amok’ es una curiosa palabra de origen malayo que tanto en polaco como en español y otros idiomas describe un frenesí violento, salvaje y disruptivo, cual estado berserk. Una locura homicida. El detective adquirió la novela y la devoró con rapidez. Narraba las desventuras de un joven intelectual polaco —cual alter ego de Bala— perdido en una sórdida historia sitiada por drogas, sexo y alcohol. Pero algo conjuró su total sorpresa: en determinado momento del libro se describía un asesinato idéntico al de Janiszewski. Wróblewski hiló cabos y no vaciló. Bala fue capturado a los pocos días, y su libro se volvió un insospechado best-seller. Los lectores querían hallar pistas del asesinato en la novela.

Ilustración de John Ritter para la crónica de David Grann en The New Yorker.

En el 2007, el tribunal de Breslavia falló declarándolo culpable. Al año siguiente, se ratificó la sentencia y se oficializó su condena a 25 años de prisión. El asesino intelectual sigue proclamando al mundo su inocencia, aduciendo que se basó en dos textos periodísticos como material principal para su obra. Hacia el final, la novela de Bala se descartó como evidencia en el caso. Sin embargo, otros factores insistieron en su culpabilidad, donde destacaba el teléfono robado de Janiszewski. El motivo resultó ser bastante común: celos. La exesposa de Bala tenía una aventura con la víctima. Bala nunca dejó de insistir en que aquello carecía de sentido, pues esa relación había terminado hace años y él ya no sentía nada. Durante su reclusión, Bala empezó a escribir su segunda novela, supuestamente titulada De Liryk.

 Aunque para muchos sea indiscutible, hasta el día de hoy no se ha esclarecido a plenitud si cometió el crimen. Las pruebas así lo señalan, mas las averiguaciones realizadas encuentran ciertos vacíos en la cadena lógica de eventos, como los testimonios contradictorios en los exámenes forenses. Además, los fiscales y la policía no pueden determinar con exactitud las circunstancias del asesinato de Janiszewski. Muchas preguntas permanecen sin respuesta: ¿dónde se cometió el crimen? ¿cómo transportó a la víctima a un lugar a aproximadamente 100 kilómetros de Breslavia? ¿Tuvo alguna ayuda o estaba solo? A su vez, tampoco se sabe si terminó aquella segunda entrega literaria. David Grann, escritor y periodista del The New Yorker que narró el caso en su extensa crónica True Crime. A postmodern murder mystery, cuenta que, al preguntarle por el libro durante una entrevista en la cárcel, Bala lanzó una nerviosa mirada a los guardias, cerciorándose de no ser escuchado, y musitó: “este próximo libro será aún más deslumbrante”.

 

Krystian Bala hoy

El autor de Amok continúa tras las rejas. Todavía afirma ser inocente. En una entrevista del 2010, Grann habló de su experiencia entrevistando al criminal. Allí entra en detalle en su psicología: Bala se pasó gran parte de estos años hablando de la dualidad entre la realidad y la ficción, y como su libro era un relato ficticio que podía abrirse a la interpretación. Fue lo que le dijo a Grann en la cárcel y que también le repitió a los periodistas polacos Mateusz Baczyński y Janusz Schwertner en el 2017. No obstante, la desesperación parece haber afectado a Bala, quien se contradice: “lo sorprendente, lo divertido —algo que al menos algunas de estas historias tienen— es que pueden ser muy inquietantes, a veces perturbadoras, pero también tienen momentos extrañamente cómicos, y uno de los momentos más graciosos fue cuando este novelista posmoderno está en pleno juicio y de repente intenta convencer a todos de que él es un empirista y que nadie puede interpretar su novela. Yo sé lo que es la novela”, comenta Grann. La crónica sobre el caso Amok de David Grann fue incluida en dos de sus compilaciones de ensayos y textos periodísticos: The Devil & Sherlock Holmes: Tales of Murder, Madness & Obsession (2010) y The Old Man and the Gun: And Other Tales of True Crime (2018).

Bala se ha mostrado entusiasta al hablar sobre la supuesta secuela de Amok, la anunciada De Liryk. Un todavía sobrecogido Grann agrega que, luego de enterarse de la existencia de este próximo libro, descubriría que la policía de Breslavia ya había reunido evidencia hallada en la computadora de Bala, cuyos archivos contenían material sobre una potencial nueva víctima. De acuerdo al reporte policial, Bala planeaba volver a matar, enlazando su segunda novela con un nuevo asesinato. Años más tarde, el escritor homicida le revelaría a Baczyński y Schwertner que De Liryk ya estaba casi lista y que se trata de la segunda parte de una trilogía: “será una disertación pornosófica, posmoderna en forma, hardcore en contenido”, señaló desde la prisión.

En el 2010, Bala intentó anular su sentencia sirviéndose del recurso de casación, pero el Tribunal Supremo rechazó su apelación. El caso de Amok sigue siendo uno de los crímenes más sonados tanto en Breslavia como en todo el país. Krystian Bala continúa cumpliendo la condena de 25 años, y no se declara culpable hasta el día de hoy.

Bala en el 2017, en un reportaje del canal de televisión polaco TVN24.

 

Amok en el séptimo arte

La historia de un graduado de filosofía que incurre en homicidio y unos años después publica una novela donde camufla pistas y otros detalles de cómo acometió el crimen. Era una cuestión de tiempo: periodistas, escritores, cineastas, criminólogos, el caso dio la vuelta al mundo, en gran parte por el relato de Grann en The New Yorker. Ciertamente, es una idea muy atractiva para la ficción.

La primera adaptación del caso fue local. Amok es una película del 2017 dirigida por Kasia Adamik —hija de la connotada cineasta polaca Agnieszka Holland— y protagonizada por Mateusz Kościukiewicz, quien interpreta a Krystian Bala. Se trata de una adaptación libre del crimen de Bala y su libro que generó mucho interés por la ya conocida y controversial historia detrás, pero que no fue bien recibida por la crítica. En el 2017, cuando los periodistas Baczyński y Schwertner le preguntaron por qué permitió que realicen una película que lo presenta como el asesino cuando él sigue alegando lo contrario, Bala replicó: “es solo una película. ¡Ficción, no documental! Todo el argumento se basa en los eventos de una forma muy abierta. Algunos personajes son completamente ficticios. Verás, yo me permito una provocación. Para ser honesto, no estaría de acuerdo con una hagiografía. No quiero verme inmaculado. Y esta película es una narración divertida… Para el cine podría incluso ser un caníbal. Repito: es divertido”.

Póster oficial de la película “Amok” (2017).

Quizá lo curioso sea lo acontecido detrás de cámaras: Bala aceptó la idea y vendió los derechos de autor tanto del libro como la película, ganando alrededor de 30 mil dólares en złoty —la moneda polaca— que transfirió de inmediato a su madre. Al año siguiente, la familia de la víctima, Dariusz Janiszewski, denunció a los creadores de la película y llevó el caso a la corte de Breslavia, aduciendo que la información de esta violaba sus derechos de privacidad y ofendía la memoria del difunto. La abogada de la cineasta afirmó que todo el proceso se había dado bajo la ley, refiriéndose al dinero otorgado a Bala. Cuando la corte decidió que Bala debía pagar 11 mil złoty —unos 3 mil dólares— a la familia de Janiszewski, este se negó, declarando que ya lleva años sin recursos financieros y sin ningún ingreso en el camino. Desde entonces, la fiscalía de Breslavia lleva a cabo una investigación para explicar si se ha ocultado el dinero. Todo quedó en el aire.

Claqueta de la filmación de “Amok”, la adaptación al cine de Kasia Adamik (Créditos: TVN24).

Mientras esto sucedía, Estados Unidos preparaba su propia versión de la mano del director griego Alexandros Avranas. Dark Crimes se estrenó el 2018 luego de recorrer festivales como True Crimes, un nombre más cercano a la afamada crónica de David Grann en la cual se basó el guion. En Dark Crimes tenemos a Jim Carrey como Tadek, un detective polaco que encuentra grandes similitudes entre un caso sin resolver y un reciente best-seller escrito por un siniestro personaje llamado Kozlov —el Krystian Bala de turno—, interpretado por Marton Csokas. La película fue presa de un rechazo devastador, centrado en su ritmo excesivamente sombrío y deprimente, el acento eslavo de Carrey y las no pocas escenas de violencia contra la mujer. Al mismo tiempo, el rol de Csokas como el asesino fue ovacionado y considerado lo mejor de la película.

Personalmente, creo que tanto Amok como Dark Crimes no son buenas películas, pero aquello no las hace detestables. Mientras la primera es un thriller más digerible y ameno que no ofrece nada nuevo, la segunda parece esforzarse demasiado —sin éxito— en emular esa atmósfera lúgubre y siniestra del cine policial europeo, además de la sórdida y explosiva violencia de algunas escenas. No obstante, pienso que las actuaciones la salvan de ser un total bodrio, con un Jim Carrey bastante sólido —si ignoramos ese acento innecesario que es todo menos polaco— y las acertadas actuaciones de Charlotte Gainsbourg, Kati Outinen, Robert Więckiewicz o el ya mencionado Csokas. Dicho todo esto, ambas historias son inferiores a la descabellada historia de la vida real en la que están basadas. Todavía queda pendiente un gran thriller sobre el caso Amok.

 

Otros escritores asesinos

Si bien el caso de Krystian Bala y su libro Amok es extraordinario, no se trata de un episodio sui géneris en la literatura. Existen otros escritores de novela negra que luego se descubrieron como verdaderos asesinos. Quizá los más similares al caso Amok, es decir, crímenes en los que se haya matado a un ser humano para luego narrar los detalles subrepticiamente en una novela, sean los de Richard Klinkhamer y Liu Yongbiao. El primero es un escritor holandés cuya esposa desapareció en 1991. Un año después presentaría a su editor el manuscrito de una perversa novela donde proponía siete distintas maneras de asesinar a su esposa. El texto fue rechazado, pero sus fragmentos vieron la luz en la prensa clandestina. En el 2000 los nuevos dueños de su antigua casa hallaron el cráneo de su esposa enterrado en el jardín. Klinkhamer confesó el crimen y fue sentenciado a siete años de prisión, saliendo el 2003 por buena conducta. Murió en el 2016, convertido en una celebridad. El otro es Liu Yongbiao, un escritor chino que se hizo muy notorio en su región. En el 2010 publicó una novela en cuyo prólogo comentaba su próximo proyecto literario como “la historia de una hermosa escritora que ha matado a muchas personas, pero los casos siguen sin resolverse”. En el 2017 fue arrestado como principal sospechoso de un caso sin resolver de 1995, el asesinato múltiple de una familia que trabajaba en una pensión de la localidad de Huzhou. “He estado esperando este día durante mucho tiempo”, confesó Liu, quien fue sentenciado a muerte en el 2018.

Póster oficial de la película “Dark Crimes” (2018).

Entre otros casos de escritores asesinos tenemos al norteamericano E. Richard Johnson, autor de Mongo’s Back in Town, un libro de 1969 llevado al cine en 1971. Johnson escribió casi la totalidad de sus relatos de crimen desde la cárcel, donde estuvo a raíz de un homicidio en segundo grado acometido durante uno de sus atracos en su juventud. Anne Perry, reconocida autora británica de novelas de misterio, entre ellas sus series sobre Thomas Pitt y William Monk, estuvo en la cárcel cinco años por el asesinato de la madre de su mejor amiga en 1954. Ambas la mataron a ladrillazos. El oscuro incidente recordado como el “Caso Parker-Hulme” fue adaptado al cine por Peter Jackson en la lograda Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, 1994).

María Carolina Geel fue una recordada escritora y crítica literaria chilena que en 1955 asesinó a su amante en el suceso conocido como “El crimen del Hotel Crillón”. Gabriela Mistral, entonces cónsul en Nueva York, solicitó su indulto al presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, cumpliendo así solamente un año de su sentencia. En ese periodo concibió Cárcel de mujeres (1956), uno de sus libros más exitosos, y siguió escribiendo hasta su muerte en 1996.

Si bien fue declarado como un accidente, en 1951 en Ciudad de México, el mítico beatnik William Burroughs acabó con la vida de su segunda esposa, Joan Vollmer. Al inicio retrató el incidente como una macabra borrachera, al estar ambos ebrios jugando “Guillermo Tell”, pero luego diría que fue un descuido mientras mostraba su pistola a sus amigos. Al retornar a Estados Unidos, fue sentenciado a prisión suspendida por dos años. David Cronenberg recreó el incidente en su delirante película El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991).

Más recientemente, tenemos al historietista y dibujante canadiense Blake Leibel, quien en el 2016 torturó, extrajo el cuero cabelludo y drenó el cuerpo de su prometida hasta la muerte. Las investigaciones sugieren que Leibel se había inspirado en Syndrome, una sangrienta novela gráfica del 2010 que coescribió junto a otros artistas. Fue condenado a cadena perpetua en el 2018.

Y la lista continúa. Relatos aterradores en los que la realidad supera a la ficción. Crímenes en los que la vida imita al arte. Polonia tiene a Krystian Bala y su libro Amok. En unos años Bala saldrá libre. ¿Publicará aquella secuela? ¿Volverá a planear un homicidio?

Simplemente no lo sabemos.

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Cuando el horror resiste: True Detective (Temporada 3, Episodios 6, 7 y 8)

Ficción policiaca, REVIEWS, Serie de antología, Series de TV - Diego Olivas Arana - 20 Diciembre, 2019

Mahershala Ali como Wayne Hays (Créditos: HBO).

Reseña del esperado retorno de True Detective

*** La presente es la última de una serie de tres textos reseñando la nueva temporada de True Detective. Estas publicaciones contienen spoilers de cada episodio. Están advertidos.

 

Quizás no se haya acercado a la insuperable primera entrega de True Detective, pero esta última temporada, si bien imperfecta, no es nada desdeñable. Por ello, retornamos a continuación a este relato y terminamos así con esta serie de reseñas. Se cierra el círculo en la aventura de los envejecidos Hays y West: ¿sobrevivirán?

 

Los episodios

“Hunters in the Dark” es el título del sexto episodio, que arranca en 1980 retomando las secuelas del brutal tiroteo en la casa del indio norteamericano Woodward (Michael Greyeyes). La profesora de escuela Amelia Reardon (Carmen Ejogo) descansa en la cama junto al detective y veterano de Vietnam Wayne Hays (Mahershala Ali). Cuando Hays le cuenta que aquella ha sido la primera vez que usa su arma en el trabajo, ella le pregunta por Vietnam, y su respuesta la deja meditando: “Honestamente, nunca lo pensé… Algo que aprendí en la guerra es que la vida pasa ahora, luego el después es ahora, ¿entiendes? Nunca está detrás de ti…No estoy evitando la pregunta, es solo que realmente yo no paso el tiempo recordando cosas”.

En la jefatura de policía, Hays observa las fotografías de las pertenencias de los niños Purcell halladas en casa de Woodward: una mochila roja y un suéter rosado. Desconcertado, Hays desconfía de las pruebas y les dice a sus colegas que ello es imposible e insuficiente. El ambicioso Fiscal del Distrito Gerald Kindt (Brett Cullen), les informa a los protagonistas que van a culpar a Woodward para cerrar el tema y evitar escándalos. El veterano de Vietnam con trastorno de estrés postraumático que asesinó un par de niños. Una salida fácil. Impotente e indignado, Hays se retira molesto de la oficina. En otra parte del pueblo, una destrozada Lucy Purcell (Mamie Gummer) rechaza el contacto y ayuda de Amelia con mucha aflicción y agresividad.

En 1990, tras escuchar el audio de Julie Purcell (Bea Santos), interrogan a su desmoralizado y ofendido padre, Tom (Scoot McNairy), quien acaba temporalmente encarcelado. Hays cree que la mochila de los niños Purcell fue evidencia plantada, pero decide no informar a sus superiores hasta tener más pruebas, pues cree que lo usarían para culpar a Tom Purcell y volver a cerrar el caso. Buscando pruebas en la casa de Purcell, los detectives encuentran un cajón con condones y un panfleto religioso sobre cómo curar la homosexualidad. Hays desconfía de él y West no. Algo más en lo que no están de acuerdo.

Stephen Dorff como Roland West (Créditos: HBO).

Amelia le revela a Hays sus intenciones de escribir una secuela de su libro de no-ficción sobre el caso Purcell, y Hays no oculta su desaprobación. La distancia y tensión entre ellos se va intensificando.

Cuando West y Hays investigan al policía que encontró la mochila en 1980, Harris James (Scott Shepherd), descubren con asombro que es el Jefe de Seguridad de las empresas Hoyt, donde empezó a laborar al año del caso Purcell, en 1981. Las pistas los conducen al sospechoso Dan O’Brien (Michael Graziadei), el primo de Lucy Purcell, quien los cita en una cafetería. Ha cambiado mucho desde que lo vieron hace una década: parece un narcodependiente desesperado y engañoso. O’Brien les dice que “hay gente que no quiere que ellos sigan averiguando más sobre Julie y el caso y que prefieren que parezca que la madre murió de sobredosis de drogas”. Quiere miles de dólares en recompensa por esa información. Tom Purcell escucha a los policías mencionar a O’Brien y decide resolver las cosas por su cuenta. Muy buena actuación de Graziade: la transformación de O’Brien en un trémulo y desaliñado chantajista en la cima de la desesperación.

West aconseja a su conflictuado colega que despeje la mente y se vaya a casa a pasar tiempo con su familia, pero Hays quiere seguir investigando. “Nosotros trabajamos diferente”, sostiene Hays, a lo que West responde: “Sí, lo hacemos, por eso estoy donde estoy y tú… Tú eres tú”. Hays se retira del vehículo y se va caminando por la carretera, enfadado. Mientras, la noche cae y un ebrio Tom Purcell logra rastrear a O’Brien en el motel donde se está hospedando. Tras una discusión que vuelca en pelea, O’Brien admite que él no tiene nada que ver, que no es culpable y le revela que Lucy Purcell hizo algo oscuro con su hija Julie: alguien le daba dinero y él sabe quien es y pretende darle ese nombre a las autoridades…

Saltamos al 2015. Elisa Montgomery (Sarah Gadon), la documentalista, informa al vetusto Hays que los restos del primo O’Brien fueron hallados hace unos años y que Harris James desapareció poco después de la investigación de 1990. Elisa menciona a todos los muertos relacionados al caso Purcell y comparte su teoría del asesinato de James. Hays le increpa que está incurriendo en especulaciones y que debería tener cuidado. Hays se reúne con West y le informa que Elisa está preguntando sobre Harris James “otra vez”. West parece preocupado. Cuando Hays se dirige al baño, West descubre su arma y navega entre las anotaciones en el libro que escribió su esposa. Al retornar, Hays ha olvidado por completo la visita de su amigo, le pregunta a West qué hace en su casa y en qué momento llegó, anonadado. West le sigue el juego con paciencia. Hays le pide que le haga un favor y que vaya a la ventana con cautela y confirme si hay un sedán oscuro esperándolos en la calle. West no ve nada. Mientras contempla a su amigo con confusión y lástima, éste le pregunta si están en el año 2015.

Dorff y Ali envejecidos en la tercera temporada (Créditos: HBO).

Volvemos a 1990. Amelia arriba a un hospicio religioso para indagar sobre Julie Purcell. Una chica le confiesa que sí la conocía, que Julie ahora se hace llamar Mary o Mary July: luchaba con una adicción a las drogas y se fue hace alrededor de cinco meses. Cuando Amelia le pregunta si Julie alguna vez mencionó su casa o su familia, la chica contesta que Julie solía divagar diciendo que vivía en “las habitaciones rosadas” o que era “una reina en un castillo rosado”.

Duranta una lectura de su libro en una librería local, Amelia es interrumpida por un hombre negro y tuerto (Steven Williams), quien demanda a gritos saber el paradero de Julie Purcell y la acusa de hacer dinero con el sufrimiento ajeno. “¡Qué vergüenza, mujer!”, vocifera amenazadoramente antes de partir.

En la fábrica Hoyt, Tom Purcell irrumpe fuera de sí. Alguien lo observa desde las cámaras de videovigilancia. Purcell se sigue adentrando hasta llegar a una extraña habitación rosa. Mientras pregunta por Julie, inconsciente, casi para sí mismo, Harris James se aproxima por detrás.

Los misterios se van develando (y nuestras teorías se confirman) en el séptimo episodio de la serie. “The Final Country” empieza con el estreno de una cuarta línea temporal, entre 1990 y el 2015. Vemos a un Hays ya entrado en canas dejando a su hija Becca (Deborah Ayorinde) en el colegio, con una mirada triste. Y esto es todo. En 1990, los detectives encuentran el cadáver de Tom Purcell en una escena compuesta para parecer un suicidio. Junto a la pistola en su mano descansa una nota ensangrentada escrita a máquina de escribir: “Lo siento. Perdónenme por favor. Me voy a ver a mi esposa e hijo”. El caso se cierra otra vez. Cuando Hays le cuenta a Amelia sobre Tom, ella le habla del hombre negro y tuerto que interrumpió su lectura en la librería.

Hays se siente en 1980 de nuevo: sin pruebas fehacientes y dependiendo de sospechosos muertos. Cuestiona con suspicacia las habilidades de Purcell con la mecanografía. Un irritado West le recuerda que ha vuelto al caso y a ser detective gracias a él. Siguen peleando. Amelia entrevista a una señora amiga y vecina de Lucy Purcell, quien le cuenta que un hombre negro de un ojo le dio a Julie una muñeca en 1980, y le muestra una foto de los niños Purcell en Halloween donde se puede ver al fondo a dos figuras siniestras: una pareja de adultos disfrazados de fantasmas. Las indagaciones de Hays lo sumergen en los registros telefónicos de Lucy y descubre muchas llamadas a Harris James el día de su muerte: James voló a Las Vegas esa misma tarde y regresó al día siguiente. Azorado, Hays plantea que James la mató y convence a West de ir a interrogarlo por su cuenta, “como en los viejos tiempos”. Le dice que lo haga por Tom. Así, los detectives buscan, emboscan y capturan a James, llevándolo a un granero abandonado.

Steven Williams como el misterioso Junius Watts (Créditos: HBO).

Una música oscura y tenebrosa invade de suspenso la escena. Los detectives ya no lo son. Armados, enguantados, frustrados y solos. James niega todas las acusaciones y West le destruye las costillas a punta de ganchos y rodillazos. Lo deja muy mal. Cuando Harris James les suplica que lo desaten, que no siente sus manos y teme desfallecer, Hays lo libera. James coge su arma en el acto e intenta dispararle pero West lo remata con dos disparos. Han matado a un hombre sin proponérselo, insospechadamente y fuera de la ley. Lo entierran y destruyen toda evidencia.

Estamos en el 2015. Elisa Montgomery comparte con su entrevistado Hays la existencia de indicios de que Tom Purcell fue asesinado. Él no lo cree. “Es como 1980 de nuevo: un repentino acto de violencia. Un hombre muerto. Caso cerrado”, añade ella. Hays parece desconcertado. Tras mostrarle un video de 1990 donde el Fiscal Kindt anuncia en una conferencia de prensa que Purcell se mató en el lugar del crimen y que su nota puede ser interpretada como una confesión, Hays -quien estuvo presente en ese momento, años atrás- le admite a Elisa que jamás estuvo satisfecho con el caso. Ella le cuenta sobre un hombre negro tuerto que andaba preguntando por Julie Purcell, incluso desde antes de la muerte de Tom. Un testigo informó que aquel hombre se identificaba como “Watts”. Elisa cree que Julie escapaba de un proxeneta o de trata de menores. A continuación, ella nos lanza una revelación tremenda a los espectadores con las siguientes líneas:

“Estas muñecas son usadas como símbolos en el tráfico humano underground. Esta espiral azul, por ejemplo, es un código para los pedófilos. En el 2012, dos policías estatales de Louisiana detuvieron a un asesino en serie asociado con una red de pedofilia… Pero a pesar de la evidencia de la complicidad, el caso nunca trascendió”. Ciertamente: conexión con la primera temporada y la historia de Rust Cohle y Marty Hart. El universo True Detective.

Elisa demuestra su frustración al exponer sus teorías a Hays y no obtener ninguna respuesta de él. Hays se retira molesto mas luego vemos que todo es un teatro: se acerca a West y le pide que anote el nombre de Watts antes de que se le olvide. Piensa seguir investigando por su cuenta, y le confiesa a su amigo que su esposa quiere que termine el caso.

Hays y West entrevistan a una exama de llaves de la familia Hoyt, quien les cuenta que la familia tenía muchos problemas: el señor Hoyt tenía una hija llamada Isabel que perdió a su esposo e hija en un accidente automovilístico en 1977 y posteriormente fue víctima de otro accidente similar. Ella vivía en el sótano, y el encargado de cuidarla a tiempo completo y ser su chofer era Mr. June, un hombre negro y ciego de un ojo. Los ahora ancianos detectives se reúnen en casa de Hays a hablar del tema. Hays le cuenta a Roland que su esposa le “dijo algo el otro día.. que él no se conocía a sí mismo y aquello endureció su corazón”. Luego Hays mira por la ventana y encuentra de nuevo el sedán. West confirma que no se trataba de una alucinación senil: hay un carro afuera. Hays sale a enfrentarlo con un bat de beisbol. El carro avanza y se va lentamente, mientras West le toma foto a la placa con la cámara de su teléfono celular. Cuando caminan de regreso a casa, todo se apaga y se invade de profundas tinieblas donde Hays solo ve una luz… Luego aparece un fuego, lo sigue y se ve a sí mismo quemando su ropa en 1990, tras la muerte de Harris James.

Referencia a la recordada primera temporada de ‘True Detective’ (Créditos: HBO).

En 1980, West se encuentra con un devastado Purcell y entrega su tarjeta, ofreciéndole su apoyo si algún día lo necesita. Es el inicio de su amistad. Hays prepara el desayuno para Amelia y ella le habla de los primeros esbozos de su libro. Acabamos de regreso en 1990: Harris James acaba de ser asesinado. Hays quema su ropa afuera de la casa, Amelia lo ve y le pregunta. Él se mantiene en silencio, la mira horrorizado… No responde sus preguntas y al final dice que no puede hablar de ello. Hablan por la mañana. Ella propone ser honestos y seguir adelante. Hays le dice que hay cosas que es mejor no saber. Quiere ocultarle la verdad para protegerla y ella no lo entiende. En ese momento recibe una llamada de Edward Hoyt diciéndole que quiere discutir sobre Harry James y lo que pasó anoche. Lo amenaza mencionando a su familia. Su vehículo lo espera afuera. Hays acepta preocupado. Sale a paso lento de la casa. Amelia observa a su esposo introducirse en el carro, alejarse y desaparecer.

Y así llegamos hasta el octavo y último episodio, “Now Am Found”. De nuevo lidiamos con esta nueva línea de tiempo entre 1990 y 2015, donde descubrimos que Amelia y Hays trabajan en el mismo lugar: ella es profesora en el campus de la universidad de Arkansas y él es el jefe de seguridad. Hays entra a su clase y la contempla en silencio. Vemos indicios de las canas que lucirá en su senectud del 2015.

Retornamos al momento final del episodio anterior, en 1990. Edward Hoyt (Michael Rooker) se manifiesta: luce como un cazador redneck alcohólico. Todo el tiempo está bebiendo. Conduce a Hays a un punto perdido en las profundidades del bosque. Rodeado de su seguridad, emprende un paseo matutino con Hays, donde lo amenaza revelándole que tiene en su posesión imágenes del auto de Harris James seguido por el de Hays, saliendo de la planta de Hoyt, y que sabe cómo ver las coordenadas de dónde se vio a Harris por última vez, a través del chip GPS en su beeper. Tras reiterarle la amenaza contra su familia y negar cualquier conocimiento del paradero de Julie Purcell, Hoyt y sus guardias se retiran, dejando a Hays solo en el bosque.

Amelia y Hays se encuentran en un restaurante para hablar de lo que pasa entre ellos y discutir su futuro como pareja. Hays no dice mucho, solo confirma que su reserva y sus comportamientos extraños se deben al caso Purcell. Ella sigue sin entender. Hays le cuenta que han cerrado el caso nuevamente y que va a renunciar, Amelia lo apoya: “Debiste renunciar hace diez años… Tú podrías haber hecho lo que quieras, Wayne, pero lo que tú crees que eres, eso te bloqueó”. Tienen un momento emotivo donde ella llora y Hays le coge la mano, diciéndole que ambos deberían renunciar y seguir juntos. Hermosa escena.

Momento decisivo de los protagonistas (Créditos: HBO).

West se pierde en un bar donde se embriaga e incita una pelea grupal. Está muy colérico y frustrado y busca violencia. Termina solo en la calle, ensangrentado en el suelo con una botella de alcohol, llorando y consolado por un perro callejero. Es la confirmación de su soledad y acaso el inicio de su afición a los perros en la vejez.

Veinticinco años más tarde, la pareja de detectives recién retornados del retiro visita a la esposa de Harris James, una enfermera en un hospital, quien les da el nombre completo de su mayor sospechoso: Junius Watts. West propone investigar la abandonada planta Hoyt, ahora un fideicomiso público. Al adentrarse de noche, no tardan demasiado en encontrar un callejón misterioso que los conduce a una puerta blanca que al atravesarla les descubre la habitación rosada. Sorprendido al ver pistas como los dibujos de Julie o el castillo en la pared en aquel siniestro espacio cerrado y adornado para una niña, Hays concluye “aquí es donde la tenían, de aquí se estaba escapando”, y West replica frustrado: “25 años y nosotros acabamos de… Todo este puto tiempo… ¿Qué estabas haciendo?”.

Localizan a Junius Watts. Sigue con vida, viviendo en una granja humilde. Admite que él era quien acosaba y seguía a Hays. Quería hablar con él. Cuando observa que ambos detectives están armados, les pregunta si lo van a matar: parece derrotado y listo para asumir sus delitos. Los invita a su casa y les revela el destino de los niños Purcell. Tras perder a su hija y a su esposo en el accidente, Isabel (Lauren Sweetser), la hija de Hoyt, pierde el juicio: deja de hablar y se recluye en su casa para siempre. Watts estaba a cargo de cuidarla. Hoyt solía viajar para evitar ver el sufrimiento de su hija. Un día, durante un picnic para los empleados en la fábrica Hoyt, ella ve a Julie Purcell y queda encantada con el enorme parecido de la niña con Mary, su difunta hija. Se obsesiona con ella. Watts empieza a pagarle a Lucy Purcell para que permita que Isabel se reúna seguido con Julie para jugar en el bosque. Pronto Isabel parece mejorar, andaba feliz y deja el litio que tomaba como medicina, pero algo iba mal: empezó a llamar a Julie “Mary” e insistía en que quería adoptarla. Una tarde en el bosque jugando a las escondidas, una malhumorada Isabel acaba jaloneando al niño Purcell, quien se golpea contra una roca y muere en el acto. Vemos todo en un flashback: Watts mueve el cadáver del niño a la cueva y una sollozante Julie dispone sus manos en posición de rezo mientras deja caer una de sus muñecas al salir de la cueva. Watts afirma que todo fue un accidente y que Hoyt no sabía nada, estaba de safari. Harris James les ayudó plantando la evidencia en casa de Woodward y dándole a Lucy dinero por su silencio.

Watts continúa. Desde ese momento, Julie permaneció en la habitación rosada. Estaba feliz. Isabel le había convencido de que ella era su madre. Parecía haber olvidado quién era. Los años pasaron y Watts descubrió la verdad: Isabel la había estado drogando con litio todo el tiempo, desde que Julie tenía 10 años. La niña andaba tan dopada que había empezaba a perder la memoria y tenía problemas para recordar su pasado. El estado mental de Isabel siguió decayendo, se hacía más obsesiva y peligrosa. Julie ya era una adolescente y quería salir de la casa, preguntaba por su hermano. Cuando ella se escapa -ayudada por un arrepentido Watts-, Isabel colapsa: se viste como novia y acaba su vida con una sobredosis de pastillas. Watts busca a Julie por años hasta encontrarla en un convento de monjas, donde se hace llamar Mary July. Los detectives deciden dejarlo y encaminarse para allá, pero Watts les exige ser castigado: quiere que lo maten o lo lleven preso. West le dice “si no quieres vivir con esto, no lo hagas”, sugiriendo el suicidio.

Hays y West llegan al convento para descubrir la lápida de Julie, fallecida en 1995. Allí se enteran que estuvo tres años como monja y que había llegado con trastorno disociativo y VIH. West y Hays contemplan la tumba y le hablan a Julie, le cuentan quién fue. “Siempre es demasiado tarde. No importa lo que hagamos”, sostiene Hays en un suspiro.

Scoot McNairy como Tom Purcell descubriendo la habitación rosada (Créditos: HBO).

En casa de Hays, ambos se confiesan que a pesar de haber resuelto el caso después de tanto tiempo, no sienten ningún tipo de cierre. Se despiden. Solo en su escritorio, Hays regresa a un pasaje del libro de Amelia que habla de Mike Ardoin (Corbin Pitts), el hijo de un jardinero, quien siempre estuvo enamorado de Julie y rompe en llanto al saber de su desaparición. Hays piensa en el jardinero Ardoin (Nathan Wetherington) que vio trabajando en el convento con su hija Lucy (Ivy Dubreuil) y sospecha que se trata del mismo Ardoin y que aquella es su hija con Julie, quien debe seguir con vida. Aquí hace nuevamente su aparición fantasmal la Amelia de 1980, quien le da a entender a Hays que se trata del mismo chico y que debe encontrarlo.

Hays encuentra la dirección de Ardoin y conduce a su casa sin avisarle a nadie, pero al llegar no puede recordar por qué está allí. Llama a su hijo Henry y le confiesa que se ha perdido. Henry le dice que pregunte a alguien en dónde está, y Hays se acerca a casa de Ardoin, donde habla brevemente con Julie y su hija Lucy, sin saber quiénes son. Henry y su hermana Becca vienen a recogerlo. La hija menor de Hays lo contempla, extraviado en sus adentros, y echa a llorar. Ambos se dicen que se extrañan. Hays le entrega a su hijo el fragmento de papel con la dirección anotada y él pretende tirarlo mas lo guarda en su bolsillo. Cuando llega West, todos se saludan felices y arranca un zoom in al ojo derecho de Hays, que nos traslada a 1980.

Hacia el final, volvemos al primer acto de la historia. el Fiscal Kindt informa a Hays que Amelia ha escrito un artículo sobre el caso Purcell en el periódico y que habla demasiado, criticando la eficiencia de la policía. Le piden a Hays que firme un documento donde niega haber cooperado para el artículo, mas él se niega y es relevado y enviado como castigo a trabajar a la oficina de Información Pública. West no entiende por qué Hays no aceptó la oferta, Hays le dice que si firma el documento arruinará a Amelia, quien no mintió ni dijo nada malo. West se siente traicionado. Hays llama a Amelia y decide terminar la relación, pero ninguno es capaz de acordar nada, solo discuten y se alejan. Días después, pactan una cita en un bar, donde ella le pregunta si quiere volver a intentarlo y Hays le responde que quiere casarse con ella. Complacida, Amelia le anuncia que lo llevará a casa y se van de la mano. Se escucha “Saint James Infirmary Blues” de Jon Batiste de fondo. Ambos cruzan la puerta que despide una luz enceguecedora y luego ya no los vemos más.

En la última escena de la serie, todavía con la canción de Batiste, viajamos al pasado de nuestro protagonista, en Vietnam. Wayne Hays erra silente por la jungla y de pronto lanza una mirada amenazadora y alerta a la pantalla, al público, a nosotros. Fin.

Los niños Purcell y unas presencias siniestras en el fondo (Créditos: HBO).

 

Detrás de los episodios

Si hacia la mitad de la historia el énfasis en los personajes rayaba más en desarrollar a Hays y su interacción con West, los tres últimos episodios extreman este proceso: con sus arcos ya definidos, la historia incide en avanzar en su relación y nos muestra momentos de esplendor en el guion. El choque entre ambos personajes, en especial en 1990, está matizado por la búsqueda de independencia o el liderazgo entre ambos y acaso en menor medida, con otro tema presente en toda la serie, como ya comentamos anteriormente: el racismo. Hays percibe que parte de la actitud de West viene cargada con un rechazo racial parte de la época. West no es un personaje particularmente racista, pero en su forma de contemplar la realidad subyacen ideas de esa naturaleza, quizás por los tiempos que viven y por su condición de hombre blanco soltero en un puesto de autoridad. Como la escena en la que discuten y Hays se retira del auto de West, y Hays le dice que ellos tienen una forma diferente de trabajar. “Sí, lo hacemos, por eso estoy donde estoy y tú… Tú eres tú”, responde West. Él quiere dejar en claro quién es el líder ahora y que Hays le debe un favor por convocarlo para retornar al caso y a Major Crimes Unit. Otro momento que define la relación entre nuestros protagonistas.

En el último episodio vemos a un West de 1980 defraudado de la decisión tomada por su compañero al no firmar el documento de sus superiores para sabotear a Amelia. Su partner, su socio durante años ha decidido darle la espalda para ayudar a una mujer. “¿Y qué hay de nosotros?” le pregunta casi con desespero, como para acentuar el bromance. “No es que ya no nos vamos a ver, tomaremos una cerveza o veremos un partido alguna vez”, responde un indiferente Hays. La herida queda abierta.

Por otro lado, en estos episodios descubrimos aquel secreto que llevan guardado por años y que significó el fin de su amistad: ambos son los culpables de un crimen jamás resuelto. El asesinato de Harris James en el granero abandonado. Aquel incidente ciertamente marca sus vidas, pero ellos no lo contemplan de la misma forma. Recordemos las líneas de esa escena:

West: “¡Acabo de matar un hombre, imbécil! Ahora ya fue todo, todo lo que él sabía, fue… ¡Has jodido mi vida!”

Hays: “¡Ambos lo hicimos, Roland!”

West: “Tú, maldito manipulador, egoísta, arrogante…”

Hays: “¿Qué? ¡Di lo que vas a decir, hijo de puta!”

West: “No. Solo quiero que sepas que lo estoy pensando.”

Ali y Dorff en dos de las mejores interpretaciones de sus carreras (Créditos: HBO).

Nuevamente el tema de la raza interviene en sus discusiones. Hays estaba esperando que West diga algo como nigger o black motherfucker” para explotar, pero la ira se queda a medio camino. Aun así, ya es demasiado tarde para ambos. Al fin y al cabo, West tiene razones para culpar o enfadarse: ha confiado en las pautas y corazonadas de Hays y la consecuencia ha sido de pesadilla. Saber que estos detectives mataron a un hombre en secreto es un giro de tuerca potente para el desarrollo de ambos. Nos ayuda a entender mucho de cómo son en el 2015, especialmente entre ellos, y al mismo tiempo complejiza sus personajes.

Además de observar la gran dupla que representan Hays y West o los temas que subyacen en su interacción, la última entrega de esta antología de relatos detectivescos nos ha obsequiado un protagonista fascinante que destaca en los últimos episodios. El sendero narrativo de Wayne Hays, magistralmente interpretado por Mahershala Ali, es aquel trastocado por el olvido, la memoria, la negación y el sacrificio.

Hay momentos que nos sirven para profundizar más en la compleja mente de Hays, como aquella conversación con su hijo Henry en el sexto episodio, donde él le confiesa que tiene un amorío con la documentalista Elisa y que piensa decírselo a su esposa, pues la quiere y no piensa separarse. Hays le aconseja que termine su relación con Elisa y que calle: “no vale la pena causar daño porque tú te sientes culpable”, agrega. Eso habla mucho de su forma de pensar: Hays prefiere tragarse el sufrimiento antes que herir a los que quiere, como lo hace al perder su trabajo por Amelia. Y esto conlleva a habituarse a reprimir sus sentimientos, pero conforme envejece va dudando de esa forma de actuar. En otra escena con Henry, conversando por teléfono, le dice “nada permanece como solía ser… ¿Piensas que yo te enseñe a contenerte? No tenía intención de eso. No me di cuenta de que estaba sucediendo”, y Henry cambia de tema. “Yo escuchaba a mi mamá. Estuve en el ejército y luego en la policía. Quizás me hice muy bueno en hacer lo que se me pide”, reflexiona en otro momento. Esa abnegación la refleja también en la razón por la que estuvo en Vietnam -que Amelia cuenta llorando en el último episodio-: Hays le confiesa que se convenció de ir a la guerra al enterarse que si moría, su madre recibiría 10 mil dólares del gobierno. Se trata de una nobleza y sacrificio  muy intensos, que pueden hacerte daño.

Un daño que abraza la represión de emociones y al que puede atribuírsele otro de los elementos primordiales en la construcción del personaje de Hays: el olvido. “No estoy evitando la pregunta, es solo que realmente yo no paso el tiempo recordando cosas”, le dice a Amelia en el sexto episodio. Una línea clave que dialoga no solo con el pasado y naturaleza de Hays, sino también con la relevancia del olvido y la memoria fragmentada, temas centrales de esta temporada, algo que se traduce de forma literal en la última faceta de Hays con sus pérdidas parciales de memoria, que sugieren un atisbo de Alzheimer.

Carmen Ejogo como Amelia Reardon (Créditos: HBO).

Olvidar el pasado, negar el dolor, son temas que subyacen los actos y palabras de Hays. Volvamos a una de sus primeras opiniones al descubrir que Amelia está escribiendo el libro sobre el caso Purcell: “escribir es un dolor… Deberías tachar la mitad de lo que escribiste… ¿Por qué molestarse?”. La evasión en Hays se traduce al punto que en su vejez, siendo un adulto mayor saludable, tiene problemas severos de memoria -incluso lo vemos usando una grabadora de voz en ocasiones, que lo ayuda-. Ahora bien, el Hays del 2015 -acaso el más interesante- también presenta otro matiz nuevo en la serie, que comentamos en la reseña anterior: las alucinaciones. Él se ve atormentado por los fantasmas del pasado de forma literal, especialmente su difunta esposa, quien se manifiesta con su apariencia de 1980 y suele guiarlo con alguna reflexión psicológica o monólogo que  lo ayudan a resolver el caso Purcell. Las apariciones de Amelia suelen dejar pasmado a su esposo y al mismo tiempo sobrecogernos con esa atmósfera onírica que invade la escena y que también nos llena de dudas: ¿esto es una alucinación de Hays, un rezago de sus desvaríos seniles o estamos ante un verdadero fantasma? En su última escena, la alucinación de Amelia le susurra a un aterrado Hays:

“¿Y qué tal si el final no es para nada el verdadero final?… ¿Qué tal si Julie sí encontró vida en ese convento, amor, amistad? Y aquel niño que la amó mucho y que ahora estaba a cargo del jardín en ese convento, ¿qué tal si la reconoció? ¿Qué tal si la conocía incluso si ella no se reconocía a sí misma? ¿Y si esas monjas sabían que gente mala la buscaba y querían protegerla? Contando una historia… ¿Qué tal si hay otra historia? ¿Si algo quedo intacto? Toda esta vida, esta pérdida, ¿qué tal si es en realidad una historia muy larga que siguió y siguió hasta curarse a sí misma? ¿No sería un relato digno de contar? ¿De escuchar?…”

Por un lado, se siente un facilismo que ella, en otras palabras, le construya y obsequie toda la hipótesis a Hays de forma tan textual. Por otro lado, la escena no deja de ser intrigante: ¿es en realidad todo ideado por Hays, cuya alucinación es a su vez un intento de lidiar con la culpa y con alguna suerte de cierre del caso Purcell que además devenga en un cierre o despedida con su amada esposa? El caso Purcell influyó profundamente su vida y la de su esposa y las cambió para siempre, por lo que me inclino a pensar que todo esto es producto de la mente de Hays, y por ende, una deducción suya, de su razonamiento detectivesco, ahora sitiado por lagunas mentales.

“Quizás esto es de lo que realmente hablamos. Siempre ha habido este gran secreto entre nosotros y es que… Tú y yo, quiénes somos juntos, este matrimonio, nuestros hijos… Todo está amarrado con la historia de un niño muerto y una niña desaparecida”, sentencia Hays. Muy buena línea que además define su unión. Los últimos episodios de esta temporada también sirven para ello, desarrollar la relación entre Amelia y Hays. Distintas escenas de peleas de pareja, conversaciones serias o reconciliaciones en bares o restaurantes -la última muy emotiva y bella- nos ayudan a conocerlos más juntos y a ver sus perspectivas.

Los dibujos de Julie Purcell en la siniestra habitación rosada (Créditos: HBO).

Hays es el solitario detective veterano de guerra que carga sus propios demonios y al que ya vamos conociendo durante toda la temporada, pero es hacia el final que conectamos mejor con Amelia: una mujer y persona íntegra, buena, de fuerte carácter que además es muy complicada y curiosa, lo que acaba metiéndola en ciertos aprietos. Sumémosle a ello sus ambiciones literarias y tenemos a un personaje sólido.

Un punto aparte interesante es aquel sobre el libro de Amelia, Life and Death and the Harvest Moon: una obra de no-ficción sobre el caso Purcell. En una de las escenas en 1980, Hays le prepara el desayuno mientras ella comenta los primeros esbozos del libro. Le pregunta si alguna vez ha leído In Cold Blood -o A sangre fría, como le conocemos en español- el clásico de Truman Capote sobre el asesinato de la familia Clutter, muy probablemente la obra más conocida de la no-ficción. Cuando Hays le pregunta si ese es el título de un cómic de Batman o de Silver Surfer, ella le explica: “estoy pensando en escribir sobre el crimen pero más sobre la comunidad”. Esto es precisamente lo que sucede en la novela-reportaje de Capote, considerada un exponente del periodismo narrativo, o New Journalism en palabras de Tom Wolfe. Un relato novelado de un hecho real, hacer una investigación periodística que pueda funcionar como el retrato de un momento, de un pueblo, de una persona o de una idea. Resulta acertado pensar que Amelia es una de estas autoras inspiradas por esta corriente que en 1980 ya contaba con un par de décadas. Le otorga tanto cronología como credibilidad a la historia.

Ahora bien, otro aspecto fascinante de esta última temporada fue el decirnos que toda la serie existe en un único universo compartido. Cuando Elisa menciona el caso de la primera temporada de True Detective y vemos incluso las fotografías de Cohle y Hart, nos están diciendo que en esa misma versión ficticia de Estados Unidos, en el lejano Luisiana, existe un par de detectives locos que dieron con una poderosa red de pedofilia. Esto abre un abanico de posibilidades: ¿existe una relación con esto y el caso Purcell? Sin embargo, el último episodio de la serie deshace esa teoría, y también lo hizo el creador Nic Pizzolatto en una entrevista para Esquire: “Una de las funciones del personaje de Elisa era servir como especuladora. Wayne está hablando con ella fundamentalmente para descifrar la información que pueda conocer. Y una vez que se da cuenta de que ella no sabe lo que él hizo o el destino final de Julie Purcell, queda perplejo. También fue una forma de decir que reconocemos la posibilidad de conectar este caso con la historia del Rey Amarillo. Como decir, podría ser, pero no estamos interesados en eso”. Carcosa no está involucrada en el caso Purcell.

Antes de adentrarnos en el final, es necesario comentar brevemente ciertos aspectos cinematográficos. La fotografía es prodigiosa en muchas de las tomas, pero lo que más sorprende quizás sea la edición. Se siente muy orgánica y bien planteada con relación a las líneas de tiempo que componen la temporada, y además bastante acertada en términos visuales. Una de las escenas del capítulo final, por ejemplo, presenta una contraposición a través de los años: 2015, 1990, 1980, todo a través de los rostros de los personajes dentro del auto, que cambian mientras conducen. En ocasiones la música y la edición se hermanan para entregarnos imágenes perturbadoras: en el séptimo episodio, cuando Hays camina de regreso a casa, todo se apaga y se invade de profundas tinieblas, donde él solo ve una luz que luego se transforma en fuego. Hays lo sigue hasta encontrarse consigo mismo quemando su ropa en 1990, tras el asesinato de Harris James. Su mayor secreto y su mayor miedo reflejados en una secuencia tan oscura como estupenda.

 

El final

La tercera temporada de True Detective funciona. Una historia que te mantiene en vilo y te encanta a través de cada episodio, hasta llegar al final. Se trata de un desenlace interesante, bueno, mas que me deja con un sinsabor. Y es que en una temporada donde todo tiene que ver más que nada con la memoria y el olvido, el hecho de que Hays no haya podido contactar a Julie Purcell en ese pequeño viaje donde acabó perdiendo la memoria puede funcionar como un buen final en un sentido realista o irónico, pero no lo siento como un cierre exacto. Es la misma Julie Purcell, lo asumimos porque es la misma actriz y lo ha reafirmado Pizzolatto: “Esa es ella al final, definitivamente. Y creo que es suficiente saber que ella lo logró. Es la misma actriz de la que fuimos testigos antes y también en el video de vigilancia de 1990”. Siendo ella, ¿no se merecían Hays y West un verdadero cierre en lugar de darla por muerta, sabiendo nosotros todo lo que ellos han pasado estas décadas? Pues lo queramos o no, ese cierre o closure sí lo sienten los detectives ancianos: ella escapó, la pasó mal y luego mejoró en el convento, donde fue feliz hasta su pronta muerte. Hays y West pasaron toda su vida pensando en el caso Purcell y al final encuentran cierta redención poniéndole un final al misterio de esa forma. Esa es su verdad.

Me permito a continuación extraviarme en ciertos detalles. El final también abre el camino a la libre interpretación. Vemos a Henry, el hijo de Hays, guardar la dirección de Julie en el bolsillo. ¿Algún día irá? ¿Se enterará qué pasó con ella y le contará a su padre? ¿Llegará a saber el terrible secreto que comparte con West? Pizzolatto imagina que, de seguir la dirección, Henry tal vez encuentre un cierre para él y para West. “Quizás sea tan simple como decir que al final, Henry no estaba dispuesto a tirar la vida de su padre”, agrega el creador. Me agrada pensar que tarde o temprano Henry emprendería ese pequeño viaje.

La supuesta lápida de Julie Purcell (Créditos: HBO).

Nada sobra en True Detective. El último episodio arranca con un hermoso poema que no puede estar vano. Se trata de Calmly We Walk through This April’s Day (Calmadamente atravesamos este día de abril) de Delmore Schwartz. Publicado en su libro Summer Knowledge. New and Selected Poems (1938-1958), el poema leído por Amelia en su clase en la universidad de Arkansas guarda relación con toda la temporada. Aquí los versos que ella lee:

¿Qué vendrá a ser de ti y de mí

Más allá de la foto y la memoria?

(Esta es la escuela en que aprendemos…)

(… que el tiempo es el fuego en que ardemos.)

 

¿Qué es el yo en medio de este fulgor?

Lo que soy yo ahora era ya entonces,

Eso mismo que retomaré y otra vez soportaré,

¡Los niños bulliciosos rebrillan mientras corren

(Esta es la escuela en que ellos aprenden…)

 

¿Qué soy yo ahora que era ya entonces?

Que la memoria restituya una y otra vez

El más pequeño color del día más breve:

El tiempo es la escuela en que aprendemos,

El tiempo es el fuego en el que ardemos.

 

. Fragmento del poema ‘Calmly We Walk through This April’s Day’ de Delmore Schwartz, en el último episodio.

 

Es evidente que esto se presta a la interpretación, mas resulta fascinante cómo Pizzolatto ha cuidado estos detalles. En las estrofas leídas se pueden observar distintos matices o referencias a esta historia. Para empezar con lo más débil, el título del poema habla del mes de abril, y en la serie tenemos junio y julio con Junius Watts y Julie Purcell, respectivamente. ¿Es que alguien más sería abril? Luego está ¿Qué vendrá a ser de ti y de mí / Más allá de la foto y la memoria?, aquí tenemos reminiscencias con los niños Purcell, convertidos en fotos y objetos: muñecas, mochilas, la foto del día de Halloween. Asimismo, parece evocar la memoria en Hays y las tres líneas de tiempo. Que la memoria restituya una y otra vez / El más pequeño color del día más breve: dos versos que nos conectan otra vez Hays, la memoria y sus intentos de recordar las cosas. La última estrofa, donde se habla del yo y de la memoria, podría traducirse otra vez en Hays y su naciente Alzheimer. El tiempo es el fuego en el que ardemos: Hays quemando su ropa tras el asesinato de Harris James.

El poema es más largo. Existen otras partes que Amelia no lee en el episodio y pueden relacionarse con la serie, como esta: Los niños revoltosos, el automóvil / Que se aleja, fugitivo, por nuestro lado, / Entre el obrero y el millonario. Todo esto suena a los niños Purcell y su destino nebuloso y triste, y al mismo tiempo parece evocar los personajes de Watts y a Hoyt. Pero de nuevo, la interpretación abre todo un mundo de posibilidades, y este improvisado ejercicio podría tornarse eterno.

Otros tema importante son los falsos villanos, es decir, los “malos” de la temporada que al final no lo son, o al menos cuya maldad no resulta determinante para la temporada. Tenemos a Junius Watts, el misterioso afroamericano tuerto: no solamente se descubre como un peón de Hoyt, sino que además parece tener cierto remordimiento, ayudando a Julie a escapar y posteriormente buscando confesar sus pecados. El mismo Mr. Hoyt, quien se antojaba al inicio como el líder de alguna conspiración o al menos el responsable de la muerte y desaparición de los niños Purcell, resultó ser un millonario con tendencias criminales, ciertamente, mas no estaba involucrado: la tragedia familiar lo había convertido en un alcohólico y distanciado de la vida de su hija Isabel y por ende del crimen de los Purcell. No sabía nada. Tampoco existe ninguna gran red de pedofilia o corporación malévola, como ya se descarta hacia el final. Simplemente descubrimos que todo se debió a un accidente que se manejó muy mal.

En fin, la tercera temporada de True Detective se asemeja en estilo y ritmo a su primera gran entrega, pero hacia el final decide recorrer otro camino: tornarse más realista. Nos propone un crimen que tiene un desenlace menos triste y fatídico, o menos siniestro en sus motivos y orígenes. Se trata de una perspectiva interesante y bien construida, pero debo admitir que aquello reduce o hace que se pierda la impronta de la serie, esa rareza e intriga que palpa debates ancestrales en tanto explora la oscuridad del mundo en el que vivimos. No obstante, sigue siendo un relato digno que enriquece el universo de True Detective, pues como lee Amelia durante la lectura de su libro, “un niño perdido es una historia a la que nunca se le permite terminar”.

Wayne Hays sumido en la oscuridad (Créditos: HBO).

. Puedes leer el poema completo de Delmore Schwartz y su traducción al español (por Roberto Zeballos Rebaza) aquí

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A halfway faux pas: Irrational Man (Woody Allen, 2015)

Joaquin Phoenix is Abe Lucas (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

An entertaining rehash of certain powerful ideas in Allen’s filmography, but a rehash after all.

[Texto en ESPAÑOL]

*** This is an edited and extended version of a review made for the unpublished crime non-fiction magazine “Rojonegro”, created for the Journalism Specialty of the Pontifical Catholic University of Peru (2015).

You are Abe Lucas (Joaquin Phoenix), the new professor of philosophy at the University of Braylin, New England. You are a celebrity among the academics. You have lived too much. Family issues. Friends killed in the Middle East. Impotent. Dipsomaniac. Junkie. Suicidal. You are getting through an intense writer’s block that goes along with your existential crisis. Without intending to, you end up in a strange love triangle that involves your student Jill Pollard (Emma Stone); and your colleague, Rita Richards (Parker Posey). Such adventure doesn’t seem to calm you. You go on without a compass until that morning in the restaurant. At the next table, a woman burst into tears. She will lose the custody of her children due to the influence of a corrupt judge in the family court. The imminent injustice is eating you. Is this the moment you were looking for? An empirically feasible situation, theoretically ideal. A stranger. Nobody would suspect. Make the judge disappear. Divine justice as its finest. A chance to play God. How to plan and execute the perfect murder and get away with it?

I saw Irrational Man during my second visit to Warsaw, in the European summer of 2015. When I was leaving the Kino Luna at the end of the show, I remember carrying with me that first thought that is more and more common with Woody Allen‘s films, “it looks like such or such, but it was not that bad”. It has been a few years, I have seen the film again and checked this review and I would say, honestly, that Irrational Man has aged well. Certainly far away from Allen’s highlights, but not among the worst either, at least considering the different bad reviews it picked up at the time. I am not saying that I liked it more this time, but it is important to mention that this story fits perfectly with the discourse that Allen’s filmography has been building over the years.

Woody Allen with the actors (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

If we think about Allen’s entire filmography, it is not the first time that we have encountered the conflict and questioning that homicide entails, as we saw in the splendid -my favourite- Crimes and Misdemeanors (1989) or the less successful but interesting Manhattan Murder Mystery (1993), to name a few. Let’s see, the film has recurring themes of Allen: a love triangle, infidelity, an artistic-intellectual atmosphere, jazz, philosophical and moral debates, murder … What new contribution to Allen’s universe does this film propose?

Not much. The three protagonists are charming, with performances that work within the limitations of the script. Despite the abuse of literary and philosophical references in Abe’s disquisitions, which sometimes are hard to swallow in the character, there are good moments laden with a familiar black humour of the director, as here: “I wanted to be a world changer and I’ve ended up a passive intellectual who can’t fuck”. The photography of Darius Khondji gives us beautiful portraits of the city. Is there anything else? I do not think so, although that doesn’t have to be a bad thing. The movie tries to emulate some of the greatest successes of the filmmaker, becoming unimaginative, somewhat in a hurry, but enjoyable. Woody Allen has a trajectory greatly enhanced by the self-referentiality and repetition of his stories, and this generates something that has become evident in his films since the beginning of the 21st century, I would say: the more he tends to copy himself, the more he will ensure an entertaining screening, perhaps nostalgic, but each time more inferior. Movies that may work exclusively with his followers.

Joaquin Phoenix in “Irrational Man” (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

It happens that when you see Irrational Man, is almost inevitable to evoke other Allen films, all better than this one. The story of a crime with existentialist nuances is already there and in its best form in the aforementioned Crimes and Misdemeanors, where Martin Landau hires a hitman to eliminate his lover; in Match Point (2005), where Jonathan Rhys-Meyers decides to do the same on his own; or even with more comedy in Love and Death (1975), when the same Allen as Boris Grushenko and his cousin and wife played by Diane Keaton plan to assassinate Napoleon Bonaparte. These titles explore better the Dostoevsky themes that obsesses Allen. In our protagonist, the philosopher, that becomes almost literal: he owns a copy of Crime and Punishment full of his homicidal notes. Abe’s conflict is typical of the moral philosophy: Can murder be considered a contribution to society? How to live after perpetrating it? Here lies one of the few doses of creativity of the film: Abe Lucas and his way of rationalizing homicide become interesting in comparison to other moral stories of Allen, where the motive is usually passion. In Irrational man it is about justice, or at least an idea of ​​it.

The consummation of the biggest crime, to kill another human being, seems to be the answer of Abe Lucas to his obsessive attempt to reach certain kind of spiritual rebirth. To disappear a supposedly evil and corrupt judge from the face of the earth is the motive he has been seeking to embrace fullness. However, Abe is not an idealistic vigilante, he follows the path of existentialism. The meaning of his life dwells in the decision and the conviction to act against what is morally accepted in our society. And so it happens the moral dilemma of the film, with its nefarious, absurd and comic consequences. Promising but without getting deeper.

Towards the end of the film, I feel that Woody Allen did not try hard enough to make us doubt whether Abe Lucas’s crime is justified or not, but I’m not complaining. Philosophical disputes about the possibility of murder are one of his strongest topics, something that his previous creations have worked better, sometimes magnificently. Perhaps if the script had not been subjected to Allen’s stubborn need to release a film per year, it would have been a superior or more original story. Irrational Man is very funny, it is not a bad idea, and it keeps the signature style of its director. Certainly watchable, but always a flawed option. You may just skip it and return to Martin Landau on the beach with Anjelica Huston.

  • The classic “The ‘In’ Crowd” by Ramsey Lewis Trio, the main theme of the film:

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Un faux pas a medias: Irrational Man (Woody Allen, 2015)

Cine, Comedia, Drama, Existencialismo, Ficción policiaca, Filosofía, Literatura, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 31 Marzo, 2019

Joaquin Phoenix is Abe Lucas (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

Un entretenido refrito de ciertas ideas poderosas en la filmografía de Allen, mas un refrito al fin.

[Text in ENGLISH]

*** Esta es una versión editada y extendida de una reseña escrita para la revista inédita de crimen y no-ficción “Rojonegro”, creada para la Especialidad de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica del Perú (2015).

Eres Abe Lucas (Joaquin Phoenix), el nuevo profesor de filosofía en la universidad de Braylin, New England. Figuras entre los académicos más afamados. Has vivido demasiado. Problemas con los padres. Amigos muertos en el medio oriente. Impotente. Dipsómano. Drogadicto. Suicida. Atraviesas un intenso bloqueo del escritor que acompaña una crisis existencial. Sin proponértelo, terminas en un extraño triángulo amoroso que involucra a tu alumna Jill Pollard (Emma Stone); y tu colega, Rita Richards (Parker Posey). Aquello no te sosiega. Continúas sin brújula hasta esa mañana en el restaurante. En la mesa de al lado, una mujer rompe en llanto. Perderá la custodia de sus hijos debido a la influencia de un corrupto juez en la corte familiar. La inminente injusticia te corroe. ¿Será esta la eventualidad que buscabas? Una situación empíricamente factible, teóricamente ideal. Una desconocida. Nadie sospecharía. Desaparecer al juez. Eliminarlo. Justicia divina. Jugar a ser Dios. ¿Cómo planear y ejecutar el asesinato perfecto sin ser atrapado?

Joaquin Phoenix y Emma Stone (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

Vi Irrational Man durante mi segunda visita a Varsovia, en el verano europeo del 2015. Cuando salía del Kino Luna al terminar la función, llevaba conmigo ese primer pensamiento que se repite cada vez más con las películas de Woody Allen, “se parece a tal o a tal, pero no estuvo tan mal”. Han pasado unos años, he vuelto a ver la película y a revisar esta reseña y diría, con honestidad, que Un hombre irracional ha envejecido bien. Muy lejos de ser la mejor película de Allen, tampoco se encuentra entre las peores, al menos considerando las distintas malas críticas que recogió en su momento. No estoy diciendo que me haya gustado más, mas es importante mencionar que cala sin problemas en el discurso que su filmografía ha ido construyendo a través de los años.

Pensando en toda la filmografía de Allen, no es la primera vez que nos topamos con el conflicto y cuestionamiento que conlleva el homicidio, como ya vimos en la espléndida -mi preferida- Crimes and Misdemeanors (1989) o la menos lograda pero interesante Manhattan Murder Mystery (1993), por nombrar un par. Veamos, la película tiene temas recurrentes de Allen: un triángulo amoroso, infidelidad, una atmósfera artística-intelectual, jazz, debates filosóficos y morales, el asesinato… ¿Qué nuevo aporte al universo de Allen propone esta película?

Phoenix con Parker Posey (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

No mucho. Los tres protagonistas son encantadores, con actuaciones que funcionan dentro de las limitaciones del guion. A pesar del abuso de referencias literarias y filosóficas en las disquisiciones de Abe, a veces difíciles de tragar en ese personaje, hay buenos momentos cargados de un familiar humor negro del director, como aquí: “quería cambiar el mundo y terminé siendo un intelectual pasivo que no puede follar”. La dirección de fotografía de Darius Khondji nos obsequia retratos hermosos de la ciudad. ¿Hay algo más? Creo que no, aunque aquello no tiene que ser algo malo. La película trata de emular algunos de los más grandes aciertos del cineasta, volviéndose poco imaginativa, algo apremiada, pero disfrutable. Woody Allen tiene una trayectoria bastante potenciada por la autorreferencialidad y la repetición de sus historias, y ello genera algo que ha evidenciado su cine desde inicios del siglo XXI, diría yo: mientras más tienda a copiarse a sí mismo, más va a asegurar un visionado ameno, quizás nostálgico, pero cada vez de menor altura. Películas que acaso funcionen exclusivamente para sus adeptos.

Y es que al ver Irrational Man es casi inevitable evocar otras películas de Allen, todas ellas mejores. El relato del crimen con matices existencialistas lo tenemos en su mejor forma en la ya mencionada Crimes and Misdemeanors, donde Martin Landau contrata un asesino a sueldo para eliminar a su amante; en Match Point (2005), donde Jonathan Rhys-Meyers decide hacer lo mismo por su cuenta; o incluso con más comedia en Love and Death (1975), cuando el mismo Allen como Boris Grushenko y su prima y esposa interpretada por Diane Keaton planean asesinar a Napoleón Bonaparte. Estos títulos exploran mejor los temas de Dostoievski que tanto apasionan a Allen. En nuestro protagonista, el filósofo, aquello se torna casi literal: él guarda una copia de Crimen y castigo intervenida con sus anotaciones homicidas. Su conflicto es propio de la filosofía moral: ¿Puede el asesinato ser considerado una contribución a la sociedad? ¿Cómo vivir tras perpetrarlo? Aquí estriba una de las pocas dosis de creatividad de la película: Abe Lucas y su forma de racionalizar el homicidio devienen en algo interesante en comparación a otros relatos morales de Allen, donde el motivo suele ser la pasión. En Un hombre irracional se trata de la justicia, o al menos, una idea de ella.

La consumación del crimen mayor, matar a otro ser humano, parecer ser la respuesta de Abe Lucas para su obsesivo intento por alcanzar cierto tipo de renacimiento espiritual. Desaparecer de la faz de la tierra a un juez supuestamente malvado y corrupto es el motivo que ha estado buscando para abrazar la plenitud. Sin embargo, Abe no es un justiciero idealista, su sendero es aquel del existencialismo. El sentido de su vida mora en la decisión y el convencimiento de obrar en contra de lo moralmente aceptado en nuestra sociedad. Y así acontece el dilema moral de la película, con sus consecuencias nefastas, absurdas y cómicas. Prometedor pero sin profundidad.

Hacia el final, siento que Woody Allen no se esforzó lo suficiente en hacernos dudar si el crimen de Abe Lucas está justificado o no, pero no me quejo. Las disputas filosóficas sobre la posibilidad del asesinato son uno de sus fuertes, algo que sus creaciones precedentes han trabajado mejor, a veces magníficamente. Quizás si el guion no hubiese estado sometido a la obstinada necesidad de Allen por sacar una película anual, hubiera sido un relato superior o más original. Irrational Man es muy divertida, no es una mala idea, y guarda el estilo de su director. Se deja ver, pero siempre será una opción floja. Como para al final evitarla y volver a ver a Martin Landau en la playa con Anjelica Huston.

  • El clásico “The ‘In’ Crowd” de Ramsey Lewis Trio, el tema principal de la película:

 

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Cuando el horror resiste: True Detective (Temporada 3, Episodios 3, 4 y 5)

Ficción policiaca, REVIEWS, Serie de antología, Series de TV - Diego Olivas Arana - 15 Febrero, 2019

Las versiones ancianas de Hays (MAHERSHALA ALI) y West (STEPHEN DORFF) (Créditos: HBO).

Reseña del esperado retorno de True Detective

*** La presente es la segunda de una serie de tres textos reseñando la nueva temporada de True Detective. Estas publicaciones contienen spoilers de cada episodio. Están advertidos.

 

Continuamos con nuestra recapitulación de esta fantástica nueva temporada de la serie de Nic Pizzolatto. El último episodio emitido, el quinto, ha elevado tremendamente la historia y actuaciones. ¿Qué hace tan buena a esta temporada? No me atrevo a afirmar que supera a la primera, pero sin duda la historia de los detectives Hays y West y el caso Purcell es lo mejor que se ha visto en la televisión en lo que va del año. ¿Deberíamos quizás atribuirlo al hecho de que por primera vez Pizzolatto dirige algunos episodios (aunque solo sean el cuarto y el quinto)? Contando al creador y guionista Pizzolatto, esta temporada tiene solo tres directores, mucho menos que la anterior -diría que esa es una de las razones por las que la segunda falló, la falta de una huella, de un estilo que hermane sus episodios-, pero no menos que la primera -entera y magistralmente dirigida por Cary Fukunaga-. Aquella realidad ya es suficiente para distinguir esta tercera entrega: el amo está más presente y con más control en cada uno de sus dominios. Hay una cohesión que no llega a la gracilidad de la dupla Pizzolatto-Fukunaga, pero se aproxima con decencia.

West y Hays saliendo de la iglesia local (CRÉDITOS: HBO).

Ahora veamos qué ha sucedido en estos últimos episodios. Hacia la mitad de la temporada, surgen acaso más preguntas y sorpresas.

 

Los episodios

El tercer episodio: “The Big Never”, inicia con un primer vistazo a Roland West (Stephen Dorff) en 1990. Ahora es teniente de la policía estatal de Arkansas. Está casi calvo y se le ve con mucha confianza y autosuficiencia, muy distinto de su versión en los ’80. Al igual que su compañero Wayne Hays (Mahershala Ali), está presente en una citación de la policía, frente a Jim Dobkins (Josh Hopkins) y Alan Jones (Jon Tenney), para hablar del ahora reabierto caso Purcell. West recuerda la perturbadora nota que los padres recibieron en aquel entonces: “No se preocupen. Julie está sana y salva en un buen lugar. Los niños deberían reír. No miren. Deja ir”. La rememoración nos traslada a 1980: tras una serie de investigaciones, Wayne se da cuenta de que los niños Purcell mentían sobre sus salidas con frecuencia: nunca iban a jugar con el hijo del vecino. Hays no deja de preguntarse el porqué de esas invenciones.

Los detectives descubren que una organización caritativa llamada Ozark Children’s Outreach está ofreciendo una recompensa de 10 mil dólares por cualquier información que conduzca a la niña o a los responsables del caso Purcell. Al interrogar a uno de los representantes de la organización, Hays y West descubren que ésta pertenece a la familia Hoyt, dueños de una fábrica y distintos negocios en la zona. Lucy (Mamie Gummer), la madre de los niños Purcell, era una empleada del área avícola de la fábrica. El representante les revela que la organización existe desde que el presidente, el señor Hoyt, perdió a su nieta unos años atrás. Hoyt no está presente para interrogarlo: se encuentra de safari en África desde hace unos meses. Hays y West se retiran con cierta desconfianza.

“Do not worry. Julie is in a good place and safe.. The children shud laugh, do not look, let go” (CRÉDITOS: HBO).

Durante una de las excursiones en la zona donde se halló el cuerpo de Will Purcell, Hays descubre unos dados entre el follaje y un bolso con juguetes. Unos metros cerca de allí se topa con una roca ensangrentada. Hays concluye que el niño murió allí y alguien transportó su cadáver a la cueva. Junto a West, tocan la puerta de la casa próxima al sendero junto a la roca. En la casa no parece vivir nadie más que un granjero ya mayor, quien les revela que el día de ayer fue visitado por otro policía, un hombre blanco con traje que le mostró su placa y le inquirió sobre los niños desaparecidos. El granjero les repite lo que le dijo al policía: que sí ha visto a esos niños unas cuántas veces, adentrándose en el bosque en sus bicicletas. Luego agrega que también a avistado un sedán marrón en el bosque, manejado por un hombre negro y una mujer blanca. No recuerda más.

De noche en casa de los Purcell, Hays encuentra una foto de la primera comunión de Will en la que sale en la misma posición en la que se halló su cadáver.

Will y Julie Purcell (CRÉDITOS: HBO).

Brett Woodard (Michael Greyeyes), el chatarrero nativo americano y veterano de Vietnam, es emboscado por un grupo de vecinos de West Finger, quienes lo golpean y dejan malherido, exhortándolo con odio a que no vuelva jamás al vecindario y se aleje de sus hijos.

De vuelta a 1990, Amelia (Carmen Ejogo) le propone a su esposo Hays acercarse a los policías de la zona para preguntarles del caso de robo en Walgreens donde se registraron las huellas digitales de Julie Purcell. Cree poder sacarles información valiéndose de su condición de mujer y escritora. Hays vacila. Cuando le preguntan por su relación con Hays, West admite que desconoce por qué no se han vuelto a ver desde la experiencia con el caso. “No hubo nada malo entre nosotros. Éramos buenos amigos, yo lo veo así. Creo que, una vez que dejamos de trabajar juntos, simplemente dejamos. A veces pasa así con la gente”. Amelia le cuenta a un nada complacido Hays que salió a cenar con los policías locales para averiguar sobre Julie y Walgreens: se cree que era una cliente pues sus huellas se encontraron solamente en el área de cosméticos, y hay una posibilidad de que le permitan ver el material de las cámaras de seguridad. Hays no tolera la forma en la que su esposa concibe el caso y terminan discutiendo.

El interesante cambio en el personaje de Tom Purcell (CRÉDITOS: HBO).

West pasa por la casa de un reformado, sobrio y ahora religioso Tom Purcell (Scoot McNairy), quien se encuentra muy sorprendido por la posible aparición de su hija. Tom menciona la muerte de Lucy en 1988 y lo invita a rezar en su sala.

West y Hays se reencuentran en un bar, donde West le propone a su antiguo compañero volver a la policía y unirse al caso. Hays acepta.

En el 2015, los doctores confirman que los problemas de memoria de Hays han empeorado. En otra de las grabaciones para la serie documental True Criminal, Elisa (Sarah Gadon) le informa a Hays que muchos de los vecinos de la comunidad afirmaron jamás ser interrogados por la policía, a pesar de haberse dado un escrutinio general por el caso Purcell. Elisa agrega que algunos residentes fueron interrogados más de una vez, lo cual torna más extraño el dejar de lado al resto. Dos de ese grupo afirmaron por separado haber visto un sedán marrón muy lujoso pasearse por el vecindario el día del asesinato, algo que no es mencionado en ninguno de los reportes. Elisa continúa: otro vecino, Charles Snyder, sostiene que dos semanas antes del caso, él reportó que su hijo y un amigo habían visto a un hombre negro con una cicatriz en el ojo, en traje, cerca del lugar donde ellos jugaban, en Devil’s Den. Nadie lo cuestionó sobre el tema. Hays escucha alterado, evocando la idea del sedán marrón y las huellas de un vehículo hallados en el bosque. Cuando le increpa a Elisa que le revele sus intenciones y si tienen nuevas evidencias sobre Julie, su hijo Henry (Ray Fisher) detiene la entrevista y Hays se retira, ofuscado.

Wayne Hays y Roland West: excelente maquillaje para el ocaso de sus vidas (CRÉDITOS: HBO).

En un momento de soledad en su escritorio, Hays es visitado por una visión de su difunta esposa Amelia, joven como la conoció en 1980. Ella le habla de una forma onírica y misteriosa. Profundamente asustado, Hays solo atina a repetir “Por favor no así. No así. No así”. Mientras hablan, Hays ve a sus hijos de niños jugando detrás de su esposa. Ella se aproxima y antes de esfumarse le susurra algo tan incierto como aterrador: “te preocupa lo que encontrarán… Lo que dejaste en el bosque. Termínalo”.

En el cuarto episodio: “The Hour and the Day”, empezamos en 1980, donde Hays y West conversan con el cura de la iglesia a la que asistían los niños Purcell, quien reconoce a las muñecas de paja como artesanías de una feligresa llamada Patty Faber. Hays teoriza que el objetivo siempre fue Julie y que Will murió protegiendo a su hermana menor. La señora Faber confirma que esas son sus muñecas y que un hombre negro con una cicatriz en el ojo le compró una decena, meses atrás. Los detectives siguen el rastro hasta llegar a un tal Mr. Whitehead, un afroamericano tuerto que se exaspera con el interrogatorio y arma un escándalo en su vecindario. Antes de pirarse para evitar ser linchados por la turba vecinal, Whitehead les asegura que él no es el único negro con un ojo en el área, y menciona a los “empleados de la fábrica de pollos” (presumiblemente Hoyt).

Los últimos episodios indagan más en el personaje de West, magistralmente interpretado por Stephen Dorff (CRÉDITOS: HBO).

West recoge a un derrotado y ebrio Tom Purcell de una escaramuza en un bar. El chatarrero Woodard se prepara para contraatacar a los residentes que lo agredieron. Hays y West interrogan a Freddy Burns (Rhys Wakefield), uno de los bullies del colegio y sospechoso del caso.

Una década más tarde, vemos cómo el caso Purcell tensa cada vez más la relación entre Hays y su esposa. Los detectives se reúnen con el ahora Fiscal General de Arkansas Gerald Kindt (Brett Cullen), quien con  disimulo les sugiere no seguir indagando en el caso. Hays ve a Julie Purcell, ahora una joven de 21 años, en los videos de la cámara de seguridad de Walgreens.

En el 2015, Hays le confiesa a su hijo que está revisando viejas notas sobre el caso Purcell y considera retomarlo. Henry lo contempla con total incredulidad, mas tiene que aceptar cuando su padre le dice que esta es su forma de sentirse vivo, y le pide ayuda para encontrar a West. Hays visita a Elisa, quien le informa de la desaparición en 1990 y posterior muerte de Dan O’Brien (Michael Graziadei), el sospechoso primo de los niños Purcell. En otra noche en su biblioteca, Hays parece estar divagando mientras le habla a su grabadora de voz: le dice a su hija que se arrepiente de muchas cosas, recuerda el video de Julie, piensa en el sedán marrón, en la culpa que lo invade, en su esposa y concluye en que debe encontrarse con West. Todo esto rodeado de una nebulosa tropa de soldados de Vietnam. Sus demonios lo acosan.

Para el quinto episodio: “If You Have Ghosts”, la trama parece ir consolidándose. En 1980, el chatarrero Woodward es perseguido hasta su hogar por sus agresores y estalla una balacera. Hays y West llegan en ese momento. Los vecinos y algunos policías son eliminados por Woodward. West recibe un disparo en la pierna. Hays confronta a Woodward, otro veterano de Vietnam como él, quien lo amenaza con matarlo si no le dispara. El detective acaba asesinando al chatarrero de un balazo en la cabeza.

Amelia y Hays se van conociendo en tanto participan en la búsqueda de Julie Purcell (CRÉDITOS: HBO).

Luego del tiroteo, un alterado Hays está en el hospital esperando saber sobre West, quien requiere cirugía de emergencia en la pierna. Amelia arriba preocupada al enterarse del caso, salen del hospital y terminan haciendo el amor en su apartamento.

En la destruida casa de Woodward, unos policías encuentran la mochila de Will Purcell bajo el suelo de madera de la entrada. Uno de las pruebas capitales para culpar al chatarrerro como el asesino y secuestrador del caso.

Diez años después, Tom Purcell da una declaración de prensa hablando de su hija y el reabierto caso Purcell. El alcalde Kindt afirma a la prensa que la posibilidad de que Julie Purcell esté con vida no socava la resolución oficial del caso: Woodward asesinó a Will Purcell y secuestró a su hermana menor. Hays observa molesto. Durante un interrogatorio en su casa, un ya adulto, casado y rencoroso Freddy Burns admite haber estado con Will en el bosque y deja entrever que los niños frecuentaban a alguien más. Un muchacho de la calle les cuenta a West y Hays que conoce a Julie: una joven que llegó y se unió a su comunidad juvenil callejera. Según su testimonio, Julie parecía haber escapado de alguien o algo, en algún momento mencionó un hermano perdido y solía divagar diciendo que ella es “la princesa de la habitación rosada”.

West invita a Hays y Amelia a cenar a su casa, donde vemos que todos estos años ha mantenido una relación con Lori (Jodi Balfour), una chica que conoció en la iglesia de los niños Purcell. El caso acaba siendo el tema de conversación durante la velada, para el hartazgo de Hays, quien no tolera la fascinación que produce en su esposa. La discusión continúa de regreso a casa, donde Hays le confiesa a Amelia que él cree que ella usa el infortunio de la gente como insumo creativo para su libro: “todos somos historias para ti, y nos usas para engrandecerte”. Amelia le responde que ella siente que él no la apoya y quiere que sea solamente una ama de casa, que el caso lo está absorbiendo de nuevo y es su excusa para evitarla a ella y su familia.

Notable Michael Greyeyes como Brett Woodard, un nativo norteamericano veterano de Vietnam (CRÉDITOS: HBO).

En la jefatura de policía, Hays pasa la madrugada dándole vueltas al caso y al revisar fotografías se da cuenta de que la mochila roja de Will hallada en la escena del altercado estaba en perfectas condiciones, demasiado nueva y limpia para haber estado rodeada de tanta sangre. Le informa a West que se trata de evidencia plantada y que hay alguien detrás que ha manipulado la escena y el desenlance del caso Purcell. Su compañero y ahora superior le dice que no puede hacer nada con esas pistas pues pondría en peligro tanto la posición de ambos en el caso como su carrera policial. Mientras discuten el hallazgo, West recibe una noticia: el hotline de la policía estatal de Arkansas ha recibido una llamada de alguien que afirma ser Julie Purcell. Los detectives convocan a Tom Purcell y escuchan juntos la grabación de la llamada. En ella, Julie le dice a la policia que la dejen tranquila, que no quiere saber nada de nadie, que vio al hombre en la televisión actuando como si fuese su padre -refiriéndose a la conferencia de prensa de Tom-, que quiere que la dejen en paz, y quiere saber dónde está su hermano Will, a quien dejó ‘descansando’. Cuando el policía trata de apaciguarla, ella termina la llamada. Tras escuchar la grabación, Tom rompe en llanto, sumido en confusión e impotencia.

Un cuarto de siglo más tarde, en otra de las sesiones de grabación de la serie documental, Elisa le pregunta a Hays si sabía de la repentina desaparición de Harris James, un policía que veía la escena de la masacre en casa de Woodward, quien no ha sido visto desde 1990, durante la segunda investigación del caso Purcell. Le muestra una fotografía y vemos que es uno de los policías que encontró la mochila roja de Will en 1980. Hays parece extrañado: no tiene memoria alguna del agente. De noche en su soledad, finalmente se adentra en la lectura del libro de su esposa que se rehusó a leer por décadas: en un pasaje, Amelia cita una conversación que tuvo con Lucy, la madre de los Purcell (escena que vimos en el episodio anterior), donde ella le dice que “los niños deberían reír”. Hays rebusca entre sus archivos y encuentra una copia de la nota misteriosa que recibieron los padres en 1980, con la misma línea.

Vemos por primera vez a un anciano Roland West, solo en una casa aislada en las afueras de la ciudad, viviendo con perros, fumando y bebiendo. Un vehículo se detiene frente a su casa, donde emergen Hays y su hijo Henry. Es la primera vez que estos viejos amigos y compañeros detectives se ven en 24 años. Henry actualiza a West sobre la desmemoria degenerativa que invade a su padre. A su vez, Hays le informa a su viejo amigo que Lucy escribió la nota misteriosa. West aduce que debe haber alguna relación entre ella y su antiguo jefe, Hoyt. Luego agrega que Hoyt fue a visitarle al día siguiente de “aquello que hicieron”, que estaba enterado, pero que Hays decidió dejarlo todo atrás por el bien de su familia. Hays admite que no puede recordar del todo lo que pasó. West se asombra ante el hallazgo, mas su reacción estalla cuando Hays le revela que está volviendo a investigar el caso por su cuenta y necesita su ayuda.

Julie Purcell a los 21 años (CRÉDITOS: HBO).

Entre furibundos sollozos, West se abre a su compañero: le recrimina el nunca haberse puesto en contacto, el no haberle pedido perdón. Le confiesa que esperaba que volviesen a ser amigos. Con los ojos vidriosos, Hays solo responde que no recuerda lo qué pasó. Que ya no puede recordar su vida. “Si he hecho algo malo, te pido disculpas”, agrega. West asiente conmovido. Hays insiste en volver al caso, y tras la negación de West, le dice que resolver este crimen y hallar a Julie es algo que debe hacer por Amelia, antes de que la enfermedad lo vuelva incapaz y dependiente “como una planta babosa”. West persiste en rechazar la propuesta y Hays atina en describirle un escenario: “un hombre negro de 70 años, volviéndose loco de remate, dando vueltas con una placa y una pistola… Es algo que no te puedes perder”. West sonríe convencido y contesta que un poco de risa no le haría nada mal.

Detrás de los episodios:

Yéndonos por el contenido de estos episodios hay algo que considero de pronto lo más esencial o rescatable: el retrato y profundidad de la relación entre Hays y West y, al mismo tiempo, el desarrollo de West, un personaje de gran complejidad que no se indagó mucho en los primeros episodios. Como mencioné en la primera entrega de estas reseñas, West es un tipo sencillo y más descifrable que Hays, pero la naturaleza de su personaje representa algo nuevo en True Detective: el policía campechano que sabe hacer su trabajo y guarda gran respeto y estima por su compañero. Así parece ser el West de 1980. Desde el episodio 3 conocemos las otras facetas de su personaje: West asciende a teniente del cuerpo policiaco local, le va bien económicamente, convive con una chica y trata a la mayoría como novatos en el oficio o lerdos incautos que debe adiestrar. Un arquetipo de cowboy, de macho alfa que justamente choca con el Hays de 1990, recién retornado al caso y al trabajo. Hays siempre ha sido un líder, y también encontrará trabas en su regreso a la policía y a la dupla con West. Para observar esto es acertado recordar el episodio 5, donde Hays se interpone entre West y Tom Purcell -otro personaje interesante en su evolución- para mostrarle al último la fotografía de Julie proveniente de la cámara de seguridad de Walgreens, preguntándole si la chica de la foto es su hija. Tom no puede creerlo y se muestra ya bastante conmocionado como para responder, pero Hays insiste. Aquí vemos cómo la paciencia de West llega su límite y le grita a Hays, ordenándole que regrese a la oficina. Hays se sorprende mas no cede hasta recibir una segunda vociferada de West. Cuando vemos cómo Hays se retira rendido entendemos algo que West quiere dejar en claro desde el inicio de su interacción en 1990: ahora él está a cargo. Hay una necesidad de saberse superior.

Este giro en su relación da otro salto en el último tiempo del relato, el 2015. Podríamos decir que el West anciano es justamente aquello que no esperábamos de él y sí de Hays: un loco solo y autoexiliado, abandonado al alcohol y el tabaco y rodeado de perros. El fatídico Hays tiene una familia a quien quiere y que lo cuida, personas que todavía lo escuchan. Aquí la relación vira por segunda vez, y con fuerza: la reapertura del caso Purcell en 1990 desencadenó algo que desconocemos, que en ocasiones parece ser culpa de Hays y en otras de ambos: un evento que destruyó su amistad. Ambos descubren sus conflictos internos, West solo quería dejar de estar solo, perdonarlo para acompañarse en la reminiscencia de su amistad, de aquella experiencia que les tocó compartir. Hays solo busca recordar lo sucedido para poder armar ese rompecabezas monstruoso que ha regresado por última vez. Resolver ese caso se traduce en una forma de cierre con su difunta esposa Amelia, pero al mismo tiempo es un arrebato para sentirse vivo: la simple idea de olvidar toda su vida lo aterra de forma insondable, hasta lo más profundo de sus entrañas. Uno lidia con la soledad, el otro con el olvido.

El encuentro de los detectives en la tercera edad deviene en una de las mejores escenas de la temporada (CRÉDITOS: HBO).

Otro de los temas en los que se sigue explayando la serie es el racismo. En estos episodios el tema de la raza y la discriminación persiste y otorga un abanico de posibilidades. Negro, nigger y otros vocablos por lo general peyorativos son usados por distintos personajes, como un iracundo Freddy Burns llamando a Hays ‘negro de mierda’. Esa escena tiene una secuela interesante: vemos a Hays en el auto con West al volante. Sorprendido por la conducta estúpida e inmadura de Burns, Hays le dice a West: “¿Puedes creer a este tipo, culpándome de todo lo que le ha ido mal en la vida?… Por favor, explícame todas las dificultades y tribulaciones de ser un hombre blanco en este país”. Es curioso asimismo el sentimiento de fraternidad de Hays al pedirle a West que no reporte a la policía el color de piel de los violentos vecinos del barrio del tuerto Whitehead, quienes terminaron vandalizando el vehículo de los detectives. Virando de pronto hacia otro tema, diría que también podemos contemplar esa suerte de protección al inicio en su relación con Woodward, el nativo norteamericano cuya experiencia en Vietnam le ha dejado un trastorno de estrés postraumático que acaba convirtiéndolo en un asesino. Ambos se reconocen como veteranos de esa guerra -ello provoca que Woodward le perdone la vida al inicio del tiroteo- pero sus perspectivas difieren: Hays parece tener un control misterioso y profundo de ese pasado, mientras para Woodward la violencia nunca se acabó, y termina sucumbiendo a Vietnam. Aquí existe una lectura sobre la dualidad del veterano de guerra, ya sea Vietnam o Afganistán o cualquier otra: puedes regresar como un errante extraño, a veces un alma en pena y otras veces una bomba de tiempo. Tras la guerra no vuelves a ser el mismo.

Quizás lo más fantástico sea la forma en la que Pizzolatto está adentrándose en un terreno poco indagado en esta serie: los sueños o alucinaciones. Artificios sutiles de la mente y de lo incierto que suelen traducirse como una pista esencial. Pienso en toda esta secuencia onírica de Amelia joven hablando con Hays, con líneas tan nebulosas y lyncheanas como: “¿confundes reacción con sentimiento? ¿O compulsión con libertad? … Y aun así, ¿endureciste tu corazón contra aquello que más amas?”. Como si los niños Purcell hubiesen desaparecido en el pueblo de Twin Peaks. Incluso se percibe el cuidado visual de estas escenas: cuando Hays mira a su esposa o si ambos están en un plano general, ella se ve ligeramente fuera de foco, pero cuando se trata de un primer plano de esta Amelia fantasmal, hay un desenfoque a su alrededor, dándonos esa sensación onírica que nos hace dudar de lo que Hays está viviendo. Su reacción, por otro lado, es desconcertante: Hays siempre parece asustado, como si estuviese convencido de que tales manifestaciones en las noches solitarias en su escritorio son un mal augurio. Otra secuencia similar es aquella donde Hays se descubre observado por todo un pelotón de vietnamitas, armados y aguardando por él entre los libros de su biblioteca: ¿serán los soldados que asesinó en la guerra?

Hays y sus demonios del pasado (CRÉDITOS: HBO).

¿Por dónde nos conduce la serie? Todas las pistas que nos regresan a Hoyt, su fábrica, empleados, conexiones, parecen ser el sendero correcto para la especulación, mas también pienso que aquello sería demasiado esperable (por el exceso de pistas). La familia Hoyt parece gozar de mucho poder en Arkansas, comprando a la ley y evitando a toda costa que la investigación se encauce hacia la verdad, ¿pero por qué? Una posibilidad latente que imagino ya habrá sido contemplada por muchos es que Julie Purcell fue secuestrada para reemplazar a la nieta perdida de Hoyt. Pero si nada de esto es cierto, ¿entonces qué diantres tiene que ver el presidente de la compañia Hoyt con todo el caso Purcell?

Hemos llegado ya a la mitad de esta historia detectivesca. Puede verse cómo todo se va hilvanando entre los periodos de tiempo narrados, pequeños detalles susurran algo dicho literalmente en un tiempo y viceversa, como el detalle de la mochila de Will y el policía desaparecido. Ciertos sospechosos han dejado de serlo y otros lo son todavía más. Algunas preguntas nos acechan con vehemencia: ¿qué sucedió con Becca, la hija menor de Hays? ¿Qué dejó Hays en el bosque? ¿Qué fue aquello terrible que ambos detectives hicieron en 1990 y que no pueden mencionar? ¿Es la aparición de la Amelia de 1980 un reflejo de la senilidad y demencia de Hays o una manifestación espectral? ¿Esa voz y esa foto son de la verdadera Julie? ¿Dónde está, qué le pasó? ¿La princesa de la habitación rosada? ¿Quiénes son el hombre negro con la cicatriz en el ojo y la mujer blanca que lo acompaña? ¿El sedán marrón? La historia da buenísimos giros de tuerca que realmente te dejan aguardando el episodio del próximo domingo. Hasta una próxima -y última- reseña.

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Cuando el horror resiste: True Detective (Temporada 3, Episodios 1 y 2)

Ficción policiaca, REVIEWS, Serie de antología, Series de TV - Diego Olivas Arana - 23 Enero, 2019

Stephen Dorff como Roland West y Mahershala Ali como Wayne Hays en "True Detective" (Créditos: HBO).

Reseña del esperado retorno de True Detective

*** La presente es la primera de una serie de tres textos reseñando la nueva temporada de True Detective. Estas publicaciones contienen spoilers de cada episodio. Están advertidos.

 

Dos detectives solitarios e imperfectos que no aguantan pulgas. Un pueblo o una región alejada, profusa de paisajes. Un crimen macabro e incierto que toca muchas vidas y trasciende el tiempo. Agrégale a eso el juego con los periodos de tiempo y ya tienes los ingredientes esenciales para True Detective, la serie de antología de drama policiaco creada por Nic Pizzolatto que transformó el género y volcó en clásico moderno con su primera temporada (2014). Para muchos -incluyéndome-, ese primer vistazo a True Detective es una de las mejores historias que se han contado en la ficción televisiva. Su segunda temporada (2015), sin embargo, significó un descenso en muchos niveles y se ganó el repudio de no pocos críticos y adeptos, quizás por la ausencia del director Cary Fukunaga, cuyo estilo fue esencial en la concepción de la primera entrega. No odié la secuela con Colin Farrell, Rachel McAdams y un irreconocible Vince Vaughn, mas sí reconozco la inmensa superioridad de su antecesora. La segunda temporada había fallado, y así, Pizzolatto dejó la valla ridículamente alta para cualquier intento de revivir una serie que para muchos hubiera trascendido dejándole con una única temporada. ¿Tendríamos una tercera? Han tenido que pasar cuatro años para que tengamos una nueva entrega de True Detective. Cuatro años de rumores y noticias distantes en la web. Cuando ya había olvidado que esta serie todavía existe descubro que hace unos días se estrenaron los dos primeros episodios. Pizzolatto y sus perturbados detectives han retornado: el visionado era una prioridad, y debo admitir que me encuentro encantado. Soy presa fácil para un relato policial bien narrado y que además evoca elementos de aquella magistral primera temporada. ¿Pero qué entraña este nuevo atrevimiento de Pizzolatto? ¿Cuál es el caso y quiénes lo protagonizan?

1980: West y Hays, los nuevos detectives (Créditos: HBO).

El detective se aleja de la patrulla de investigación. Policías, civiles voluntarios y perros rastreadores siguen un camino contrario en tanto el detective parece perderse a la distancia: ido, autómata y silente cual zombi. Uno de los voluntarios pregunta por qué el detective no está con ellos. El otro detective, su compañero, le responde: “el hombre era un LRRP en Vietnam, ¿sabes qué es eso? long-range reconnaissance patrol. Lo sueltas en la jungla solo, y regresa dos o tres semanas después cargando trozos de cuero cabelludo. El tipo es como un pathfinder. Se divierte rastreando jabalíes… Si él quiere trabajar solo, por mí está bien”. El detective continúa su observación. Parece recorrer un sendero invisible para nosotros, una lectura entre las hojas solo percibida por él. Una música incómoda invade la escena: un campaneo repetido, difuso, acompañado de una sorda melodía metálica, de factoría. El detective se topa con un mirador. Sube sus escaleras con cuidado. Cigarrillos, colillas, botellas y latas de alcohol. Rezagos del desenfreno. El detective desciende y al seguir errando descubre una primera y reveladora pista: una bicicleta dañada. La captura en una fotografía y avanza. No pasa mucho tiempo para encontrarse entre los matorrales con una figura escondida detrás de un tronco. Una muñeca de paja. Lleva un ramo de flores y un velo. Una artesanía de espeluznante belleza que parece indicarle por dónde ir. El detective toma otra fotografía. El sendero lo ha atraído hasta una cueva cuesta arriba, donde puede ver otra muñeca de paja que aguarda su llegada. Parece una niña con trenzas. El detective coge la cámara para registrarla y se adentra en la cueva. Casi en el mismo momento en que enciende su linterna, ve algo que lo impacta. “Mierda”, susurra pasmado. Un niño descansa sobre una gran roca, boca arriba. Las palmas de sus manos están juntas, como si rezara en sueños. El detective le toma el pulso. Está muerto. Lo vemos fuera de la cueva contactando a su compañero: “Roland. Encontré al niño”, afirma con dificultad, trémulo y con la mirada fija al vacío. Entre el horror y el llanto.

Mahershala Ali interpreta a Wayne Hays en tres momentos de su vida (Foto: Warrick Page/Créditos: HBO).

Aquella es la última escena del primer episodio. Acaso la mejor. Pizzolatto lo hizo de nuevo, pienso, mas sé que no debo bajar la guardia, es tan solo el comienzo. No se trata de una secuela de la dupla de Rust Cohle (Matthew McConaughey) y Marty Hart (Woody Harrelson), los protagonistas de la primera temporada cuya historia se volvió de culto, sus citas devinieron en memes, su universo en un fenómeno cultural -que acaso rivaliza solamente con Fargo, si hablamos de series de los últimos años-. No. Es una propuesta distinta, sus protagonistas son complejos por otras razones, el contexto histórico es otro, el lugar de los hechos también… Aunque quizás no tanto.

 

Veamos. La nueva temporada de True Detective tiene por protagonistas a Wayne Hays (Mahershala Ali) y Roland West (Stephen Dorff), dos detectives del cuerpo de policía en los Ozarks, Arkansas, y está dividida en tres periodos de tiempo. Nos encontramos primero en 1980, donde arranca la trama cuando ambos detectives investigan la desaparición de dos niños, un crimen que marcará sus vidas. Después estamos en 1990, donde un Hays retirado del cuerpo de policía y un West convertido en teniente son citados para testificar sobre el mismo caso, ahora reabierto ante la aparición de un significativo suceso. Por último, en el 2015, los realizadores de True Criminal, una serie documental sobre el caso jamás resuelto, acuden a un ya septuagenario y debilitado Hays para entrevistarlo y pedirle ayuda.

Hays frente a la cámara para “True Criminal”: la serie documental sobre el caso Purcell (Créditos: HBO).

Los saltos entre las tres líneas de tiempo de la narración son súbitos, advertidos especialmente por la apariencia de Hays: en los ’80 parece andar por la treintena , con el cabello rizado corto y vestimenta policial; en los ’90, ya con más de cuarenta años, se ve formal en todo sentido, corte militar y camisas blancas; y en el 2015 es prácticamente un anciano. Sus gestos o mirada también distan mucho en cada tiempo: el silente e introspectivo veterano de guerra, el más relajado y seguro padre de familia y el preocupado y nervioso abuelo con problemas de memoria. Ali está interpretando a tres personajes, y con esa simple verdad ya deslumbra y se apodera de la serie con gracia.

Los episodios

En el primer episodio: “The Great War and Modern Memory”, Hays y West se adentran al caso en un crimen que definirá un antes y un después en sus vidas -o al menos en la de Hays, pues en estos dos primeros asaltos no tenemos nada de West en los otros tiempos de la historia-. Julie (Lena McCarthy) y Will (Phoenix Elkin) Purcell son dos niños del pueblo ficticio de West Finger, Arkansas. La tarde del 7 de noviembre de 1980 -el día que murió Steve McQueen, como recuerda Hays-, salen a montar bicicleta y jamás regresan. Su padre, Tom Purcell (Scoot McNairy) y su esposa Lucy (Mamie Gummer) viven juntos pero se detestan. Uno culpa al otro de la desaparición. Hays y West llegan al hogar, interrogan al padre, a los vecinos. Tom les dice que los niños se iban a ver al nuevo cachorro de un vecino. O al menos eso decían. Sospechosos por el momento: tres adolescentes que iban en un Volkswagen escarabajo morado (y que vemos luego libando cerveza y jugando con la que parece ser una de las bicicletas de los niños). Brett Woodard (Michael Greyeyes), un chatarrero que maneja un buggy y paseaba por el vecindario cuando los niños salieron. Al revisar toda la casa, los detectives encuentran revistas porno debajo de la cama de Will y un agujero en el closet de su habitación que permite espiar la habitación de Julie. Interrogado por la dupla, Tom Purcell confiesa que las revistas no son suyas y que pertenecen al primo de los niños, Dan (Michael Graziadei), quien se hospedó un tiempo en el cuarto de Will y ahora vive en otra ciudad. Otro sospechoso.

Will y Julie Purcell jamás regresan de su paseo (Créditos: HBO).

Hays and West visitan la escuela de los niños Purcell. Allí conocen a Amelia Reardon (Carmen Ejogo), la profesora de Will, quien los ayuda a entrevistar a los chicos del Volkswagen escarabajo. Wayne Hays no tiene ni la más peregrina idea de que ese caso será la obsesión de su vida durante las próximas cuatro décadas.

En 1990, Hays es citado para dar su testimonio sobre el caso Purcell. Nos enteramos que dejó el cuerpo de policía luego del caso y que este quedó sin resolver: la policía de Arkansas lo ha reabierto, mas no sabemos por qué. También descubrimos que Hays está ahora casado con Amelia, quién es ahora una escritora y ha terminado un libro de no-ficción sobre el caso. Viajamos al futuro -¿o al presente?-, al año 2015, donde un canoso y demacrado Hays, ahora con gafas y una leve cojera, tiene problemas de memoria. El caso sigue sin resolver y Life and Death and the Harvest Moon, el libro que escribió la ahora difunta Amelia, fue un best-seller y pasó a la historia como un clásico del periodismo narrativo norteamericano. Hays es entrevistado por la periodista audiovisual Elisa Montgomery (Sarah Gadon), para la serie documental sobre el caso Purcell. Vemos el descubrimiento del cuerpo de Will Purcell en 1980, como narramos al inicio. En 1990, es revelada la razón por la que se reabre el caso: unos robos en un supermercado dejaron un detalle imposible: huellas digitales de la jamás encontrada Julie Purcell.

El primer encuentro entre nuestro protagonista y Amelia Reardon (Carmen Ejogo), un personaje esencial en la historia (Créditos: HBO).

En el segundo episodio: “Kiss Tomorrow Goodbye”, tenemos a los detectives de nuevo en 1980, interrogando al chatarrero Woodward y al primo Dan. El primero les dice que es un veterano de Vietnam -Hays parece sentirse identificado al escuchar eso- y que su esposa lo abandonó y se llevó a sus hijos. Durante el funeral de Will, el primo Dan admite a los detectives que las revistas pornográficas podrían ser suyas, sin embargo, afirma haber estado ocupado el día de la desaparición de sus jóvenes primos: bebió unas cervezas y fue a casa a ver CHiPs. No recuerda ningún comportamiento extraño en los niños, salvo que solían jugar mucho afuera para evitar los gritos y discusiones de sus padres. Abatida por la pérdida, la abuela paterna de los niños aprovecha el funeral para señalar a la madre y dejar entrever que Julie no es hija de Tom.

Michael Graziadei como el primo Dan, uno de los sospechosos (Créditos: HBO).

Saltamos al 2015, donde sabemos que Hays y su hija Rebecca han perdido la comunicación desde el funeral de Amelia. En otra sesión para las entrevistas, Elisa le muestra a Hays una página web que teoriza sobre el caso Purcell, conectándolo con escándalos de pedofilia en distintos grupos de poder. “Se cree que las muñecas de paja son un símbolo de los grupos pedófilos, como las espirales torcidas” (sí, tienen que ser las espirales infernales de Carcosa del primer True Detective. ¿Nos están diciendo que la primera y tercera temporada comparten un mismo universo?).

En la línea de 1990, Hays se encuentra en un bar con Alan (Jon Tenney), uno de los policías que lo citaron para atestiguar. Comparten una cerveza en tanto hablan sobre las huellas digitales. Alan le asegura que pertenecen a la desaparecida Julie Purcell. En 1980, uno de los alumnos de Amelia le cuenta que alguien estaba obsequiando esas muñecas de paja en Halloween, y que Julie obtuvo una de dos adultos disfrazados de fantasmas. Los Purcell reciben una nota tan perturbadora como misteriosa: “No se preocupen. Julie está sana y salva en un buen lugar. Los niños deberían reír. No miren. Deja ir”. De regreso al 2015, vemos cómo el deterioro en la memoria de Hays incomoda y preocupa a su hijo Henry (Ray Fisher) y a su familia. Esa noche, un sorprendido Hays se descubre a sí mismo en el lugar donde estaba la casa de los Purcell, quemada años atrás. No guarda recuerdo alguno de cómo o por qué apareció allí. El fantasma del caso Purcell todavía lo persigue.

Scoot McNairy es Tom Purcell, el padre de los niños desaparecidos (Créditos: HBO).

Detrás de los episodios

Eso es todo por ahora. Una historia intrigante y sólida que te captura desde el inicio, con dos finales de episodios bastante satisfactorios para dejarte sediento de más (agradable reencontrarse con una serie que emite un episodio semanal, nos hemos malacostumbrado con el maratónico binge-watching de Netflix -y de los Torrents, en no pocos casos-). Ahora bien, ¿cuál es la ventaja de una serie de antología? Siendo cada temporada una historia y un cast diferente, pues diría que el recurso más asible es la autorreferencialidad. No me atrevería a decir que Pizzolatto ha calcado su primera temporada -ciertamente, no llegamos al nivel de Star Wars con A New Hope y The Force Awakens o Woody Allen con Crimes and Misdemeanors y Match Point-, pero las comparaciones sin inevitables.

Como mencioné al inicio, esta temporada ha iniciado presentándonos un todo distinto, sí, pero no encierra mucho misterio el darse cuenta el gran parecido con la primera entrega de la serie. Con la segunda temporada, Pizzolatto se alejó demasiado de la estructura y propuesta que había instalado en el debut. Esta tercera es un retorno a las raíces de la serie, evoca mucho la leyenda de Rust y Marty: los vastos bosques y ríos de Louisiana ahora son las profundas colinas y montañas de Arkansas, ambos al sur de los Estados Unidos. La sensación noir y gótica que invade la serie se intensifica en estos escenarios tal y como sucedía en la primera temporada. Las perturbadoras muñecas de paja nos remiten a aquellas tétricas esculturas -también de paja- de la primera temporada. Además, son dos protagonistas detectives -no tres como en la segunda-, ambos hombres con un pasado detrás. Todavía no sabemos mucho de West, pero Hays es un personaje complejo, dotado de muchos claroscuros: un solitario veterano de guerra convertido en detective. Cuando West revela un poco la experiencia de Hays en la jungla descubrimos que el protagonista no es solo un veterano: es un cazador. Rastrear y matar no son procesos ajenos a Hays, pero él no lo hace por placer. Recordemos la escena en la que evita que West dispare al zorro, al inicio. ¿Hay una suerte de honor entre cazadores que impide a Hays herir a un zorro? Él afirma que solo cazaría animales para comer -aquí West le increpa el hecho de disparar ratas, a lo que Hays responde que las ratas son un cáncer para el mundo y las odia. Podríamos tener más de una lectura de aquello-.

Ali como Hays en el 2015 (Créditos: HBO).

Ahondando en la relación entre ambos: nuevamente hay una alternancia entre dos detectives, no obstante, aquí existe una enorme diferencia. En la primera temporada, Rust era un detective genio conflictuado, un justiciero loco y solitario filósofo, desesperado fatalista y Marty todo lo contrario -un burdo resumen de ambos, pues hay mucho qué decir de esta fantástica dicotomía de personajes-: sus personalidades y concepción del mundo, sus creencias e ideas para afrontar la vida eran diametralmente opuestas. Muy al contrario, en esta nueva entrega tenemos a dos detectives presentados ya como amigos o al menos, buenos compañeros. Sabemos que el caso Purcell torcerá o transformará su relación en el futuro, pero estamos ante una forma distinta de proponer la interacción entre los protagonistas detectives de esta serie. Hays y West parecen conocerse desde hace mucho tiempo. Hay confianza y respeto entre ellos, e incluso se percibe cierta admiración de West hacia Hays. Un cambio extraño e interesante.

Otro elemento que ha retornado es la división de la historia en periodos de tiempo. Si en la primera temporada teníamos dos, ahora son tres, repotenciando las posibilidades narrativas de este recurso: comparten con la temporada inicial el escenario del segundo periodo de tiempo, donde son entrevistados por otros funcionarios del orden debido al crimen que dispara la historia -exactamente la misma situación que en la primera temporada-, pero además presenta este tercer tiempo donde Hays es un anciano -imagino que luego veremos qué pasó con West-. Aquel periodo de tiempo extra complejiza el relato y además lo enriquece. Si en la línea de 1990 podemos ver cómo el caso Purcell quedó sin resolver y retorna a sus vidas con fuerza, en la última del 2015 tenemos algo acaso más aterrador: cómo la obsesión por este crimen los caza a través de las décadas hasta la etapa final de sus vidas.

Un libro ficticio: “Life and Death and the Harvest Moon”, el libro de no-ficción que Amelia escribió sobre el caso Purcell (Créditos: HBO).

Se trata de una fase confusa para Hays, quien para ese entonces presenta intensos síntomas de Alzheimer: esta desmemoria es otro recurso volátil para la historia: ¿podemos confiar en los recuerdos de Hays? Pizzolatto ya confirmó que sí: “si lo estás viendo, es confiable. No voy a meterme en esos juegos con la audiencia, donde te das cuenta de que lo que viste no sucedió o era un sueño o algo así. Hays es un narrador confiable”. Sin embargo, eso no elimina la posibilidad de que alguna acción de Hays olvidada por él sea revelada o sugerida por su propia falta de memoria. Tomemos como ejemplo el desenlace del segundo episodio: Hays ignora qué lo llevó a la que fue la casa Purcell, pero su subconsciente lo ha conducido allí, ¿por qué? Ciertamente podemos confiar en lo que narra Hays, pero con seguridad diría que también podemos teorizar mucho sobre el origen de sus acciones en esa etapa de difusa senectud.

Roland West en 1980 (Créditos: HBO).

Un tema interesante que subyace a través de la historia -con énfasis en el periodo de 1980- es el racismo. En los dos primeros episodios tenemos más de una ocasión en la que el tema de la raza salta a la superficie, ya sea como un impedimento o como un sentimiento de comunión. Wayne Hays es un afroamericano en Arkansas, uno de los estados del sur del país caracterizado por una mayoría blanca en su populación, nada ajenos a episodios de discriminación o violencia racial, especialmente décadas atrás. Esta realidad tiene repercusión en la historia y en el caso. Lo vemos con la indignación de los policías cuando Hays propone interrogar e investigar a todos los vecinos: luego le dice a West que él debería hablar con los superiores, porque su voz vale menos. También en la incomodidad de Tom Purcell cuando Hays se aproxima y le toca el hombro para calmarlo. O durante una de las conversaciones entre Hays y Amelia, donde en un tono de comunidad él le pregunta “¿cómo es por aquí?”, refiriéndose con disimulo a su condición de mujer negra enseñando en un colegio de blancos, algo que ella recepta con acierto. Descubrimos que el tema es a su vez uno de los intereses de Elisa para realizar la serie documental, quien en un momento hilarante -uno de los pocos-, afirma -con el divertido talante y seguridad de un estudiante de ciencias sociales de 20 años: “me interesa la interseccionalidad de los grupos marginados dentro de las estructuras racistas autoritarias y sistémicas”. Hays responde virando la mirada hacia su hijo Henry con incredulidad.

Por último, algo relevante sobre el manejo del tiempo en relación con el aspecto visual de esta temporada es cómo la multiplicidad de periodos de tiempo da lugar a formas bellas e ingeniosas de alternar las escenas. Los tres tiempos dialogan entre sí de forma natural. Hay una conexión entre las divisiones de esta intrincada historia que nos hace sentir en ocasiones que un tiempo es la evolución inmediata del siguiente, al menos en términos estéticos o visuales. Algo que observamos en algunas escenas del primer episodio: Hays en 1980 con la fotografía de Vietnam del chatarrero, mirando al vacío y afirmando que ya se quiere ir, que es demasiado por hoy, y en el acto vemos que eso lo dice Hays en sus setentas, 2015, frente a la cámara de Elisa, extenuado por el recuerdo; o también con Hays en 1990 entrevistado por Alan sobre el caso, cuando Alan detiene la grabación cambiamos casi sin percibirlo al equipo de camarógrafos de Elisa, quienes empiezan a grabar a Hays. Así, hay muchos ejemplos de esta edición muy continuada y encauzada de un relato quizás bastante laberíntico. Uno se habitúa al cambio en la narración como si fuese un solo tiempo. Como escuchar todo el Dark Side of the Moon de un tirón.

Hays en 1990 (Créditos: HBO).

Y esto es todo por ahora. Ya volveré para hablar de los tres episodios siguientes. Por ahora, ando en vilo, aguardando más de True Detective. ¿Quién será el asesino o los asesinos? ¿El primo Dan? ¿uno de los vecinos? Me quedo con una cita del año pasado de Mahershala Ali para Esquire: “no estoy bromeando, el episodio final es la mejor pieza de televisión que he leído en mi vida”. Servido.

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