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Dalí y Warhol: el reencuentro de dos genios

Invierno de 1964-1965. Salvador Dalí y Andy Warhol en el St. Regis Hotel de la ciudad de Nueva York (Créditos: David Mccabe/A Year in the Life of Andy Warhol, Phaidon, 2003).

Salvador Dalí sostenía que lo más importante era que se hable mal de él. Andy Warhol afirmaba que el mejor arte es hacer un buen negocio. Los máximos referentes del surrealismo y el pop art cultivaron una imagen pública que atrajo la atención del mundo, marcando la historia del arte.

*** Una primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 06/08/2017.

 

Tan solo una vez en su trayectoria, cuando ya era una leyenda en vida, Andy Warhol se quedó verdaderamente atónito, turbado, sin palabras. Fue en el verano de 1965, en el St. Regis Hotel de Nueva York. Tenía una cita en la suite 1610. Al aproximarse, alguien desde adentro lo invitó a pasar con un giro de su bastón. Una ópera ensordecedora invadía la habitación. De acuerdo al fotógrafo David McCabe, quien contó la historia y estuvo allí para registrarla, el hombre del bastón se acercó apremiado y se situó detrás de Warhol para ponerle un penacho de reminiscencias incaicas en la cabeza. Fue una reunión de cinco minutos que el creador del pop art sintió como un siglo de incomodidad. El extravagante huésped era otro mito llamado Salvador Dalí.

Aquel fue el primer encuentro de dos de los artistas más memorables del siglo XX. Y si bien solo trabajaron juntos en dos proyectos —la película Salvador Dalí (1966), donde el pintor conoce a The Velvet Underground; y el memorable retrato mudo del rostro de Dalí (1966), uno de los cientos de screen test de Warhol—, su relación perduró las siguientes dos décadas. En otra afamada fotografía de Christopher Makos, de 1978, Dalí y Warhol se saludaron compartiendo un beso durante una recepción en Nueva York. Fue un símbolo de mutua admiración y, para muchos, un guiño a la forma en la que ambos concibieron su trabajo: entre la genialidad, la fama y los dólares. El encuentro de dos grandes megalómanos que crearon su propia imagen y realidad alrededor de sí mismos, trastocando —o eliminando— los límites entre la vida y el arte.

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Hasta el próximo 7 de octubre, Dalí y Warhol celebran un último reencuentro en el cuarto piso del Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, un viejo edificio gótico que Stalin obsequió a Polonia en tiempos soviéticos y que hoy es uno de los espacios culturales más importantes de la ciudad. La exhibición (Dali kontra Warhol en polaco) superpone de forma integral la biografía y obra de ambos artistas a través de más de 120 obras, algunas nunca mostradas al público. Para el crítico de arte y curador Stach Szabłowski, uno de los dos curadores de la exhibición, “tiene sentido yuxtaponerlos, pues en ambos es absolutamente imposible separar la obra del personaje, de su imagen pública”. La conexión es tan evidente como idónea. Dos generaciones, personalidades y backgrounds distintos y, sin embargo, una aproximación artística que compartía una avanzada noción del poder de la publicidad para atraer a las masas. Ello condujo a construir su imagen excéntrica como parte de su praxis del arte y, en cierta medida, hacerla su centro. Se trata de descifrar el misterio del éxito de estos artistas a través de una reflexión sobre la fama y el dinero.

La muestra en Varsovia alberga importantes y célebres piezas de Warhol, como los retratos de Marilyn Monroe (1983) o los cuadros y trabajos de las sopas Campbell (1962-69), entre otros; contrastados con pinturas de Dalí como “El enigma sin fin” (1939) o “La tentación de San Antonio” (1946), sus esculturas, e incluso un ejemplar del libro surrealista de recetas de cocina para su esposa Gala, el hoy agotado Les Diners De Gala (1973).

Sin embargo, el aditivo más exquisito de la exhibición es también el último: una generosa colección inédita de los originales de Warhol en portadas de álbumes de música. The Rolling Stones, The Smiths, Count Basie, Miguel Bosé, Rats & Star, Leopold Stokowski, Blondie, Vladimir Horowitz, Thelonious Monk, Paul Anka, Artie Shaw, David Bowie, entre muchos otros, con un énfasis final en su colaboración con The Velvet Underground. En esas portadas, Warhol se distanció de las disciplinas visuales y se permitió improvisar con total libertad. “Vemos que también tenía talento para el dibujo y una hermosa caligrafía, por ejemplo. Nada de esto es corriente en su discurso principal”, dice Szabłowski.

Salvador Dalí y Andy Warhol, circa 1978 (Créditos: Christopher Makos).

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Un fino bigote ascendente y una peluca plateada. Salvador Dalí (1904-1989) y Andy Warhol (1928-1987) quizá sean las criaturas más extrañas que hayan salido de la novelesca comarca de Ampurdán y de Pittsburgh, la ciudad de acero, respectivamente. Uno se autodefinía como una droga, el otro como un ser profundamente superficial. Fueron animales de la misma especie: revolucionarios artistas que se sirvieron de los mass media para desarrollar su discurso. Aunque, como recuerda Szabłowski, para Dalí este fenómeno fue algo por descubrir, tanto por cuestiones generacionales como geográficas: “Dalí creció en una España de inicios de siglo XX, todavía basada en la aristocracia nobiliaria; mientras que para Warhol, como para gran parte de la sociedad estadounidense, se trató de algo natural: creció en un mundo moderno y totalmente centrado en el consumismo”.

Según Szabłowski, revisando toda la obra del catalán, comprobaremos que siempre propuso la misma visión, cambiando solamente el lenguaje. Además, influyó sobremanera que, en un comienzo, mientras pertenecía activamente al movimiento surrealista, su obra estuviera dirigida a un público pequeño y cerrado, acaso más elitista. No existían, por ejemplo, museos de arte moderno o contemporáneo, éstos estaban más dedicados a lo histórico, y lo nuevo sucedía solo en un nicho. El vanguardismo ciertamente crecía y se fortalecía, pero toda nueva expresión de arte es más elitista o underground. Posteriormente, acaso desde los años cincuenta, la obra de Dalí se dirigió al público en general. 

. Dalí en uno de los screen test de Warhol (1966).

En 1934, poco antes de ser expulsado del movimiento surrealista —cuando soltó aquello de “No pueden expulsarme porque yo soy el surrealismo”—, Dalí recibió el apodo de “Ávida Dollars” por parte de André Bretón. Un anagrama de su propio nombre que señalaba su afición a la fama y el dinero. Dalí estuvo en todas partes durante su tiempo, evidenciando que su trabajo no abrazaba la vieja concepción del artista como alguien entrenado en una habilidad específica, como la pintura o escultura, por ejemplo. No. El artista como marca puede incursionar donde quiera, y Dalí lo comprobó a través de pinturas, esculturas, pero también diseño de muebles o colaboraciones cinematográficas, por ejemplo. Buscaba demostrar que como creador podía hacer lo que quisiera, algo que Warhol corroboraría años más tarde.

Ambos hicieron suya esa transgresión encarnada en los medios, la provocación y el espectáculo. Dalí los empleaba para traducir su universo, esa visión del mundo onírico y la mente; Warhol, acaso socialmente más comprometido, los utilizó como el concepto mismo de su propuesta, introduciendo al arte elementos de productos, marcas y deseos colectivos. Esa fue la contribución más importante del pop art a la historia del arte del siglo XX.

La exposición “Dali kontra Warhol”, montada en el Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, en el 2017. Estuvo compuesta por más de 120 piezas de los artistas, muchas de las cuales fueron exhibidas por primera vez (Créditos: Diego Olivas Arana).

Para Hank Hine, director del Dali Museum en San Petersburgo, Florida, Warhol fue uno de los artistas más marcados por el legado y modelo de Dalí: “Ambos tenían una estética similar, pues abrazaban lo que era el medio dominante de la época, a pesar de hacerlo de formas distintas. Warhol realmente se apropió del enfoque de Dalí a la prensa, desarrollándolo al límite”. Hine agrega que el verdadero nudo entre ambos artistas se encuentra en su curiosidad sobre el significado y la naturaleza del arte. “Ambos tenían la convicción de que el arte es algo que trasciende la pintura, el cine o la foto. Es la idea que existe detrás de la obra maestra. Algo que reflejaron en su propia imagen”.

Ciertamente, para Dalí no bastaba la simple contemplación de su imaginación en pinturas. Tenía que manifestarse en la vida real para revelar esa creatividad en persona y generar un quiebre, conjurando reacciones, como en una exposición surrealista en Londres de 1936, donde sorprendió al público al dar su discurso vistiendo una antigua escafandra para buceo y acompañado de dos galgos rusos (al final tuvo que sacarse el casco para evitar la asfixia). Warhol extremaría esta perspectiva de muchas formas, desde su protagonismo en las fiestas de Studio 54 o The Factory hasta aparecer en comerciales de la empresa electrónica nipona TDK o junto al boxeador Sonny Liston promocionado la aerolínea Brannif (when you got it, flaunt it!).

Instalación del “Sofá-labios” de Salvador Dalí en la exposición Dali kontra Warhol, en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Los dos fueron muy versátiles para desarrollar su trabajo, haciendo que sus intereses en distintos medios y plataformas de expresión volcaran en numerosas colaboraciones con otros artistas, como Dalí con Luis Buñuel en el cortometraje surrealista Un perro andaluz (1929) o la serie de pinturas colaborativas que Warhol realizó con Jean-Michel Basquiat (1983-1985). A su vez, otro factor que los unió es que tanto Dalí como Warhol descubrieron temprano la ventaja de la multiplicación, condicionando sus talleres para ello. Es curioso recordar que Dalí empezó con estos cambios antes de que Warhol conceptualizara y creara The Factory, su famoso estudio, taller y punto de encuentro de la bohemia de Nueva York. Según Szabłowski, “ambos cuestionaban el significado tradicional de la originalidad, especialmente Warhol, quien puso mucho énfasis en esto. Raramente hacia un trabajo que no tuviera varias ediciones. Casi toda su obra principal se basó en series”.

Pese a tales similitudes, las diferencias en sus propuestas están muy presentes. “A través de toda su obra, Dalí nunca abandonó el ideal de la omnipotencia del artista, es decir, la posibilidad de crear de la nada, empleando tu propia genialidad. Algo que no está mal, fue su camino y concepción, mas también se debe a que pertenecía a otra generación y a su background surrealista, que siempre lo empujaba hacia esta convicción del poder creativo ilimitado”, explica Szabłowski. “Warhol tenía otro tipo de sensibilidad. Él decía que el artista del futuro será alguien que edita y reedita, que se comunica a través de elementos ya existentes, transformándolos y dándoles más poder”, agrega.

Portada del álbum “Sticky Fingers” (1971) de The Rolling Stones, diseñado por Andy Warhol.

Además, Warhol tenía una opinión muy crítica. No era esa persona pública sin expresión ni opiniones que siempre aparentó. Ese disfraz fue parte de su proyecto artístico: servir como espejo para los conceptos de otras personas. Warhol se distanciaba mucho de la categoría de un artista sin opiniones. Su profundo entendimiento de la cultura de su tiempo provocó que su obra se centrara en una confirmación total de la sociedad de consumo: empleando elementos tomados de diferentes productos o deseos colectivos. “Muchas veces —sostiene Szabłowski—, evidenciar la forma de operar del sistema puede ser más crítico que rechazarlo o negarlo, porque a través de la confirmación estás realmente demostrando cómo funciona”. Algo que puede verse con las latas de sopa Campbell, donde glorifica y critica los hábitos de consumo de la época.

Uno de los conceptos que más los une es asimismo uno de los que más descubren su genialidad: ambos cuestionaban la mortalidad. “In Voluptas Mors” (1951), un retrato hecho en colaboración con el fotógrafo Philippe Halsman, presenta a Dalí posando junto a una gran calavera, o dependiendo de la perspectiva, junto a siete modelos desnudas (“la voluptuosidad de la muerte”). Dalí subvierte la realidad en esta fusión de la inminencia de la muerte y la presencia del erotismo, buscando que uno descubra pistas sobre sus procesos subconscientes a través de las asociaciones evocadas por la ilusión óptica.

El clásico “In Voluptas Mors” (Philippe Halsman, 1951).

A su vez, en su “Díptico de Marilyn” (1962), Warhol presenta cincuenta cuadros del rostro de Marilyn Monroe, basados en una fotografía publicitaria para la película “Niagara” (1953). Se trata de una serigrafía realizada poco después del deceso de la actriz, donde una mitad está a colores y la otra en blanco y negro, connotando no solamente la extremada reproducción que reduce el valor de las persona retratada, sino la relación entre la figura de la fama con la del consumismo y la muerte. Hank Hine sostiene que “en Warhol podemos ver el amor por este mundo, pero también un sentido de su fugacidad y su muerte. Las celebridades como un esbozo que eventualmente se descompondrá y desaparecerá”.

 

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A pesar de los años, el recuerdo de estos dos iconoclastas permanece vigente en la memoria colectiva. Algo que intensifica la importancia de esta muestra y le otorga actualidad es el reciente retorno de ambos a las noticias, nuevamente bajo el manto del escándalo. A fines de junio, John McEnroe, el retirado campeón de tenis estadounidense convertido en celebridad, publicó su autobiografía, donde, entre otras confidencias, señala a Warhol como el saboteador de su vida sexual, interrumpiendo muchos de sus flirteos nocturnos con sus fotografías (Warhol solía tomar Polaroids a todos, incluyendo personajes como Alfred Hitchcock, Pelé o Mick Jagger. Por esa afición es que hoy se le considera uno de los precursores del concepto de Instagram). McEnroe además afirma que Warhol fue un “mediocre sobrevalorado”, olvidando quizá que en 1986 lo contrató para que hiciera un retrato de él y su entonces esposa, Tatum O’Neal.

De la misma forma, el nombre de Dalí ha resonado por toda España con revigorada fuerza. El pasado 20 de julio se realizó la exhumación de su tumba en el Teatro-Museo Dalí, en su natal Figueras. La acción se dio como orden de una corte de Madrid, paso crucial para la consecuente prueba de ADN que implica proseguir la demanda de Pilar Abel Martínez, tarotista de 61 años que asegura ser su hija extramatrimonial. Una noticia que ha conmocionado a todo el país, dividiendo a la gente entre quienes apoyan a Abel Martínez y quienes la dan por una oportunista y embaucadora. Además del rechazo de los actuales dueños del patrimonio del surrealista: la Fundación Gala-Salvador Dalí, el Estado español y el ayuntamiento de su pueblo. El equipo forense extrajo un poco de pelo, uñas y dos huesos largos para la comparación de ADN, y según uno de sus miembros, el bigote de Dalí permanece idéntico, dando las 10 y 10 de un reloj imaginario, como él deseaba. Los resultados se pronostican para mediados de setiembre. Toda una locura que el diario El País ha llamado “surrealismo en estado puro”.

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Afiche de la muestra “Dali kontra Warhol” en Varsovia (2017).

En mayo de 1978, Dalí y Warhol se citaron en un restaurante en Nueva York. Warhol llevó dos ejemplares de uno de los libros de Dalí para que se los firmara. Allí, ambos descubrieron que compartían la inquietud por buscar beautiful freaks. Antes de despedirse, Dalí sorprendió a Warhol una vez más, obsequiándole una bolsa de plástico con sus paladares usados. Un simbólico gesto que se entendió como la confirmación de su aprecio, y a su vez, como un ritual de sucesión. Un recuerdo que Warhol registró con admiración en sus diarios. Obsesionado como estaba con el concepto del artista presente en la esfera pública, Dalí era un caso fascinante para Warhol. “Sin embargo, no existen pruebas de que Dalí haya estado tan interesado en Warhol. Creo que eso dice mucho de la relación de ambos. Los divide, a su vez. Dalí estaba muy concentrado en sus ideas, el desarrollo de su propuesta; mientras Warhol sabía que estaban sucediendo cosas importantes allá afuera, absorbía, prestaba atención”, subraya el curador Szabłowski.

Dalí dijo que si llegaba a morir, no lo haría del todo. Warhol afirmó que no creía en la muerte, y que no podía decir nada sobre ella porque todavía no estaba preparado. Hoy que se reencuentran en Polonia se han cumplido 113 y 89 de sus aniversarios, respectivamente. Ambos influyen hasta el día de hoy a muchas generaciones de artistas. Fueron absolutamente célebres: amados y odiados mientras vivieron, y lo han sido cada vez más desde sus muertes. Son inmortales.

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Adaptarse a la fatalidad: Desgracia, de J. M. Coetzee

Ediciones en español de "Desgracia".

Reseña de la desgarradora novela del Nobel 2003 y ganadora del Premio Booker 1999.

 

Desgracia (1999) se inicia en Ciudad del Cabo. David Lurie tiene 52 años, dos divorcios y una visión curtida y cínica de la vida. Una visita semanal a su prostituta preferida o algún desvío circunstancial del deseo, entre mujeres que rápidamente se difuminan, así se sabe satisfecho. Su inclinación por el eros es un elemento importante en su vida, como aquello que lo define en la sociedad: su erudición en torno a los poetas románticos ingleses, como Wordsworth o Byron. Una pasión egoísta, solitaria, de escritorio. Su trabajo como docente le tiene sin cuidado. Tras un penoso escándalo en el que tanto la universidad como la prensa divulgan su tórrido y perturbador idilio con la joven alumna Melanie Isaacs, se ve obligado a renunciar. Presto a empezar de cero, decide irse al campo a visitar a su hija Lucy, una hippie que vive alejada de la metrópoli en su propia granja, donde además tiene una perrera.

Una tarde, tres hombres negros irrumpen en la casa de Lucy deliberadamente. Luego de incendiar la cabeza de David –quemando su cabello– y encerrarlo en el baño, asesinan a los perros, roban lo que pueden y violan en grupo a su hija. Este es el punto de quiebre del relato.

Desde aquí, se da un vertiginoso descenso a la esencia misma de la deshonra –y la desgracia–. La condición humana se cuestiona desde contextos abismales. Ambos personajes son colocados en los más aciagos extremos, atraviesan una situación que raya desde lo perturbador o incómodo hasta la pesadilla silente. La vida de David se va cayendo a pedazos, y sin embargo, no acabas sintiendo una verdadera lástima por él ni por el resto: todos representan personas con muchos defectos y rasgos inmorales que tornan más difícil la empatía, pero al mismo tiempo, se siente que esto es a propósito. Y funciona. 

Algo particular es la relación con Petrus, el capataz relacionado con el ataque sexual a Lucy. La interacción de ambos no obedece a ninguna lógica ética u occidental, solo al miedo y la tradición. Lucy sabe quiénes fueron los victimarios de la invasión a su casa y su violación, y sin embargo su reacción a este acontecimiento traumático resulta inconsecuente, especialmente para David, quien contempla confusa y absurda la decisión de su hija de quedarse en su casa, no denunciar el crimen y sufrir en silencio. Respeta la determinación, mas no deja de desconcertarlo y de hacerse cuestionamientos. ¿Debería él hacer algo, tratar finalmente de ser un buen padre? ¿Existe la posibilidad de solucionarlo todo o de cambiar la mentalidad de las personas? Sus disquisiciones, no obstante, no lo conducen a ninguna parte. David Lurie lucha sin éxito contra la aceptación de lo ineludible. Y le toma todo el libro comprenderlo.

Edición de Debolsillo de “Desgracia” (2012).

La violencia sexual se traduce como una suerte de odio ancestral y castigo por las desigualdades históricas. Al mismo tiempo vemos cómo ninguno del resto de personajes, hombres en su mayoría, logra comprender el proceder de Lucy, su forma de confrontar el dolor. David hace el intento, mas él mismo exhibe y abraza una inmoralidad lasciva desde el inicio del relato –la relación con Melanie Isaacs, sus episodios con prostitutas–, la cual acaba destruyendo su reputación y autoexiliándolo con su hija. Hombres blancos y negros no exentos de mácula, con una imperfección comparable en cierto nivel, e incapaces de ponerse en el lugar de la mujer, aun si lo quieren. Coetzee nos dice que el yerro humano no diferencia razas ni grupos étnicos.

Otro tema relevante es la imagen de la mujer. Una instancia primordial en las lucubraciones de David, con aproximadamente nueve mujeres a través del libro (excluyendo su fascinación idílica por la Teresa de Byron). La presencia de la mujer –o las mujeres– es vista desde la perspectiva de David y es necesaria para entenderlo: genera una correlación de pensamientos y debates internos que articulan el desarrollo del personaje. De igual manera, tenemos el sufrimiento de los animales –tema recurrente del autor, un conocido vegetariano–, representado en el relato con la imagen de los perros. David termina identificándose con la vida y la muerte de los perros en el campo, en la veterinaria, en la perrera e incluso con aquel casi mutilado can que cojeaba, al final del libro, a quien aprecia y no vacila en eliminar. Los perros son una constante que no solo sirve como mecanismo para comprender a David, sino a toda Sudáfrica: en un país donde los seres humanos se matan unos a otros, la vida de los perros no vale nada.

La voz de Coetzee se siente con intensidad, un narrador que comprende a su protagonista y permanece cerca de él. Incluso podríamos, sin mucho esfuerzo, encontrar ciertos rasgos autobiográficos. La forma en la que se cuestionan los actos de David Lurie es tan intensa y vívida que podría fácilmente ser el mismo protagonista quien narra, a pesar de ser en tercera persona. Comparten una forma de pensar, acaso de proceder. Coetzee se sirve del estilo indirecto libre –técnica narrativa caracterizada por presentarnos una narración en tercera persona que adopta elementos de una en primera persona–, ya que podemos detectar mucho del discurso de David en Coetzee. Para aquellos familiarizados con al autor y su obra, la idea de una auto identificación o un sutil alter ego no resulta ajena. Coetzee es también un profesor sudafricano blanco, salvaje lector y un retraído hombre de letras que expresa más en el papel que en entrevistas o conferencias de prensa. En el sentido del análisis de personaje de James Wood, podríamos decir que Coetzee pertenece a esta línea de autores más enfocados en el yo, cuyos personajes pueden ser sin problemas un calco de sí mismos.

Coetzee en Varsovia, 2006 (Créditos: Mariusz Kubik).

Quizá lo más importante sea que Desgracia es una ficción situada en un contexto determinado. Sudáfrica post apartheid. La experiencia de David y Lucy reflejan los rezagos de esta problemática. La indeseable situación de Lucy, atrapada entre el horror del ultraje sexual y la sumisión al orden establecido. Siendo ellos dos blancos en un poblado de negros. Siendo Lucy una mujer granjera en una zona de hombres de campo. Su historia funciona también como un relato del pasado de Sudáfrica y sus secuelas. Hay muchas referencias, como David argumentando que Petrus no podría ser un kaffir como los de antes o Lucy comentando la violación como un acto ‘personal y lleno de odio’, a lo que su padre responde que ‘fue la historia y los ancestros’ los que hablaron a través del abuso sexual. Vemos aquí una presencia fuerte de la memoria como tema, así como también un ejemplo de la idea de Vargas Llosa de la ficción como recurso para expresar una necesidad general, filtrar una identificación mayor. Un reflejo sensible y desolador de lo que podría sucederle a cualquier persona, en cualquier época y cualquier lugar del mundo. Desgracia, para muchos la mejor novela del enorme Coetzee, acaba siendo una obra universal, y esto podemos percibirlo a su vez en su ausencia de desenlace. Se trata de un final abierto, crudo y real. La vida sigue y toca adaptarse y sobrellevar la fatalidad.

Datos del libro:

  • Idioma y título original: Inglés / Disgrace
  • Primera publicación: 1999
  • Edición en español: Debolsillo, 2012
  • Traducción: Miguel Martínez-Lage
  • Páginas: 270

Puedes ver el tráiler de la adaptación cinematográfica aquí.

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Eclosionar con la memoria: el retrato de los padres literarios judíos en Maus y Patrimonio

Cómics/Novelas gráficas, ENSAYOS, Historia, Inmigración, Judaísmo, Literatura - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2019

Portada de la novela gráfica "Maus" (publicada entre 1980-1991), ganadora del Premio Pulitzer en 1992.

Art Spiegelman y Philip Roth. Un historietista y un escritor. Ambos crecieron en Norteamérica con sus padres, judíos de pura cepa, alimentando una deuda con ellos que se ha reflejado en sus obras: Vladek Spiegelman en Maus y Herman Roth en Patrimony. A true story. Revelaron parte de sí mismos contando la historia de sus padres, y al mismo tiempo, la de los judíos. ¿Puede un testimonio familiar evocar la realidad de un pueblo?

*** Una primera versión de este ensayo fue publicado por primera vez en el número 11 de la revista digital de contenido periodístico Carta Abierta, en julio del 2016.

Entre sus distintas acepciones, la RAE nos ofrece lo siguiente por memoria: “Facultad por medio de la cual se retiene o recuerda el pasado / Exposición de hechos, datos o motivos referentes a determinado asunto / Libro o relación escrita en que el autor narra su propia vida o acontecimientos de ella”.  Cualquiera, acaso todas, podrían aplicarse sin problemas a Maus o Patrimonio. Ambos son relatos reales, de no-ficción. El primero es una novela gráfica, el otro, un mémoire o autobiografía.  Ambos, a su vez, rinden homenaje a un padre. Un judío. Un inmigrante. Un sobreviviente. Representan la memoria de un personaje, de un momento, un sentimiento, tan profundo como brutal.

Cual vampiros deseosos de sangre, nos nutrimos de historias que no son nuestras. Nos aferramos a ellas por diversas razones. Acaso la soledad. Quizás la necesidad de experiencias. ¿Pero qué pasa cuando esa historia no es solamente ajena, mas también muy cercana? ¿Qué sucede al narrar la vida de tu padre -o tu padre y tú- y en el camino, palpar una problemática colectiva? Quienes han leído ambos relatos no tardarán en comparar las situaciones o personajes. Para comprender aquello es menester comentarlos.

Philip Roth (Créditos: Eric Thayer/Reuters).

Las memorias

Maus es sin vacilar el magnum opus de Spiegelman, publicado entre 1980 y 1991. Fue la primera novela gráfica en ganar un Pulitzer, en 1992. La historia es una mezcla perfecta entre una biografía de su padre, una autobiografía, un libro de memorias, un relato histórico y uno de ficción. Vladek, su progenitor, sobrevivió al Holocausto y logró arribar a Norteamérica contra todo pronóstico y restablecer su vida y la de su familia. Se trata de una lección eterna y hermosamente narrada, donde uno no deja de pasmarse ante los horrores sufridos por el judío polaco, mas a la vez, asombrarse y admirar sus inefables ganas de vivir. Al mismo tiempo, es el relato de la relación entre Art y su padre: sus límites, las manías de uno, las frustraciones del otro, la ausencia de comunicación. Es un retrato de su padre y de la impotencia de poder narrar la experiencia de Auschwitz haciendo justicia a lo vivido. En una parte del cómic, vemos a Art conversando desde el asiento de copiloto con su pareja, Françoise. Ella, al volante, lo escucha, esperando calmar su frustración: “Me siento tan equivocado tratando de reconstruir una realidad que fue peor que mis más oscuras pesadillas… ¡Y tratar de hacerlo en una tira cómica! … Tal vez debería olvidar todo el asunto. Hay tanto que nunca seré capaz de entender o visualizar. Quiero decir, la realidad es demasiado compleja para los cómics”. Art vio su gran proyecto truncado debido a la necedad de su padre y a la aparente falta de sensibilidad que suponía hacer un cómic de su experiencia.

Patrimonio, por su parte, es un libro publicado en 1991. Narra el último episodio en la vida de Herman Roth, su padre, un judío emigrado a Newark, Nueva Jersey, desde la Galitzia polaca, antes del estallido de la guerra. Fluctúa entre varias escenas en la relación del padre y su hijo a través del tiempo, siempre con el azaroso presente de 1988, donde el antes vigoroso e inmortal cuerpo de Herman empieza a decaer, como síntoma de un implacable tumor cerebral. El triste y literal proceso de descomposición de su padre será sufrido también por Philip Roth, quien escribirá el libro mientras lo acompaña en el inexorable sendero a su desaparición, redescubriendo su relación, enfrentándose a sus frustraciones pasadas y acercándose a su padre como jamás lo hubiera concebido, liberándose en el camino. Se trata de una contemplación de la historia familiar, del amor y la muerte.

Art Spiegelman en su estudio, 2018 (Créditos: Phil Penman, The New York Times).

Juan Villoro comenta en Safari accidental (Editorial Etiqueta Negra, 2006) sobre el testigo y el reto de contar un episodio semejante. “El intento de darle voz a los demás -estímulo cardinal de la crónica- es un ejercicio de aproximaciones. Imposible suplantar sin pérdida a quien vivió la experiencia”. Luego cita a Giorgio Agamben: “quien asume la carga de testimoniar por ellos sabe que tiene que dar testimonio de la imposibilidad de testimoniar”. Tal afirmación está presente en el miedo de Art Spiegelman de realizar Maus y a su vez, el intento de retratar quién fue su padre y el advenimiento de su muerte en Patrimonio de Roth.

Judíos perdidos en Estados Unidos

Acaso el registro cultural más fuerte de la memoria, tanto en Maus como Patrimonio, se encuentra en las personalidades de sus protagonistas. Vladek Spiegelman y Herman Roth no son personajes de ficción, y sin embargo, son demasiado parecidos, en un nivel tan desmedido como -incluso- irrisorio. Ciertamente, de no saberse los detalles, podrían ser la misma persona. Aquello no es una mera coincidencia o un reflejo de aquella noción sobre la inexistencia de originalidad en las historias, no. Esto tiene que ver teorías narrativas, psicología o ciencias sociales, pero más que nada, con la historia.

La cultura judía constituye un patrimonio cultural en ambos textos, y en los arquetipos encarnados en ambos personajes. Francisco Javier Rodríguez, en el libro Saber narrar (Aguilar, 2012), habla de los arquetipos como una forma de hacer que alguien cumpla una función determinada dentro de un relato. Dice Rodríguez que “el psicoanalista suizo Carl G. Jung elaboró el concepto de arquetipo para definir esas personalidades que se repiten en cualquier cultura humana, formando parte de lo que él llamo el inconsciente colectivo. Son una constante en todas las épocas y culturas, y aparecen tanto en los cuentos y en los mitos como en el plano individual, tanto en las personalidades como en los sueños”.

Página de “Maus” donde Art Spiegelman cuestiona la dificultad y el propósito de retratar la vida de su padre.

Podríamos decir que, en estas historias escritas por hijos judíos-americanos, sus padres son retratados de la misma manera: como los clásicos judíos inmigrantes de primera generación, es decir, aquellos que nacieron en Europa y erraron a Norteamérica en busca de prosperidad y nuevas oportunidades. Vladek viene de Częstochowa, Polonia y fue un sobreviviente de los campos de concentración, llegando a Nueva York más adulto. Herman, por su parte, salió de Europa y empezó su vida en Nueva Jersey más joven. Son de la misma generación (el primero nació en 1906 y el otro en 1901). Sus situaciones son similares: provienen de familias pobres y tuvieron que dedicarse al trabajo desde temprano, abandonando el colegio y volviéndose con el tiempo, grandes jefes de familia y empresarios, a pesar de la precariedad de su condición y del antisemitismo imperante en la primera mitad del siglo XX. Además, ambos son viudos que encontraron una segunda pareja para compartir la senectud.

 

No obstante, probablemente lo que más sorprende de estos ancianos radica en la similitud de sus personalidades. Son fieles paradigmas del llamado ‘judío duro’: hombres serios, muchas veces insensibles, muy trabajadores y con una increíble capacidad de sacrificio por la familia. Obstinados, listos, tenaces, dueños de una tozudez sin límites; las características clásicas del estereotipo de los primeros inmigrantes judíos. La masculinidad judía, a su vez, es un patrón muy fuerte y notable, de un matiz cultural muy arraigado, más que nada en el padre de Roth (cuyo retrato del padre o de los judíos estadounidenses se manifiesta a través de toda su obra). El autor afirma en el libro que la razón de ser de su padre era en esencia un esfuerzo vehemente de hacer que sus hijos alcancen aquello que le fue negado: ser aceptados como americanos. Sin embargo, en ese intento, ellos -Vladek y Herman-, se distancian de sus hijos, pues su mentalidad no ha cambiado, y Art y Philip no comprenden, desde niños, el porqué de su proceder, de su dominancia y severidad. Quizás en el caso de Art sea más fuerte, teniendo siempre la sombra de su padre, el sobreviviente de Auschwitz, cuyo broken english de acento yidis discurre siempre en su fatídica experiencia, tornando inanes las inquietudes y angustias de su hijo.

Herman Roth e hijos Sandy y Philip en Bradley Beach, New Jersey. Agosto, 1937. De arriba hacia abajo: Herman (36), Sandy (9), Philip (4) (Créditos: Nat Bodian, Fuente: Newark Memories).

Además de ello, estos personajes comparten el ser muy realistas, exigentes o mezquinos. Tanto el padre de Spiegelman como el de Roth son criaturas ambivalentes, llenas de contradicciones. Al igual que Herman, Vladek puede parecer un manipulador de inquietudes y manías patológicas, pero siempre actúa con la seguridad de quien obra por el bien de la familia. Y al igual que Vladek -que lo demuestra valientemente durante su estadía en Auschwitz-, Herman puede parecer un monstruo, pero nunca vacilará en apoyar a otros judíos migrantes, ya sea con dinero, amistad, comida, incluso usando a su hijo, el afamado escritor, para conseguir contactos de editores y publicar libros de judíos.

La vejez también los atormenta de manera violenta, y sus hijos -en especial Roth- la retratan con fidelidad. Comparten la muerte de sus esposas como un fantasma constante. La diabetes, los infartos y la pérdida de un ojo en Vladek. El tumor cerebral y todas sus secuelas, como el ir perdiendo la vista, la falta de equilibrio, el no controlar sus esfínteres, la parálisis facial o la desaparición de sus facultades de deglución, en Herman.

El padre de Roth había llegado a un nivel de mezquindad y obsesión por el ahorro “demasiado judía” para su hijo, pero al mismo tiempo ridícula: su rechazo a comprar el periódico -a la espera de leer la copia usada del vecino-, o el tener a la señora de la limpieza solo una vez al mes -manifestando una autosuficiencia exagerada-, reinando la suciedad en el departamento. De la misma forma, Vladek no se queda atrás: obsesionado con el orden, organiza sus pastillas, se queja indefinidamente si encuentra algo fuera de su lugar. Recoge alambres de la calle para su posible uso; buscando ahorrar, roba servilletas y papel toalla de los baños públicos y restaurantes. Por último, se rehúsa a comprar algo que necesite e incluso a pagar por el peluquero de su segunda esposa, Mala, a quien enloquece. Se revela como un acumulador de cachivaches compulsivo. Todo ello, entre otras características o detalles de ambos, reflejan la presencia de la caricaturizada idea que se tiene -o del patrón que se repite- del judaísmo entre los primeros inmigrantes de Europa a Estados Unidos. En un momento del cómic, vemos a Art comentar: “De alguna forma él es como la caricatura racista del viejo avaro judío”. Podría decirse que estos homenajes, además de biografía y de literatura, son retratos etnográficos, pues los modelos de los personajes no solo hablan de dos individuos, sino de todo un grupo determinado.

Edición Hardcover de “Maus”, 2003.

Objetos mágicos en la familia judía

Como descripción acaso material o estática de la memoria, un recurso vital en ambas obras son los objetos. Ellos evocan tanto una instancia temporal como diversas emociones. Todos poseen correlatos cruciales para la comprensión de los cuatro personajes, los padres y sus  hijos.

Edición en español de “Patrimonio” de Roth (Seix Barral, 2003).

Para comenzar, tenemos un elemento que se repite en las dos narraciones: la idea de tener una esposa. Vladek y Herman volvieron a empezar una relación luego de enviudarse. El primero se casó con Mala y el segundo convive con Lil. Sin embargo, estas mujeres viven asediadas por la impoluta y majestuosa figura de la difunta ex mujer: Anja, la primera esposa de Vladek y madre de Art, se suicidó muchos años después de la guerra, ya en Nueva York, trastornada por la experiencia en Auschwitz. Un episodio que jamás superó, a pesar del coraje y apoyo de su esposo. Su muerte, a su vez, afectó sobremanera a su hijo. Bessie Roth vivió mucho más, en Newark con su familia, mas una trombosis la desconectó de la Tierra en un restaurante, en 1981, siete años antes de los sucesos narrados en Patrimonio.

Así, Mala y Lil sufren la constante referencia a la perfección y santidad de sus antecesoras, además de estar siempre -e involuntariamente- a la orden de sus parejas, quienes sienten una necesidad enferma de tener alguien a quien mandar. Roth comenta en el libro que Lil “estaba condenada a ser imperfecta y nunca alcanzar el estatus de Bess Roth, a quien él ahora exaltaba como un parangón de la femineidad”.  De aquí podemos derivar otro objeto en común importante: la vestimenta de las difuntas esposas. El trato que le atribuye cada judío es distinto: Vladek nunca se deshizo de los vestidos de Anja, se rehusaba a donarlos y quería que Mala los use, ofendiéndola con la oferta. Herman, por su parte, arrojó todos los vestidos de Bessie el mismo día de su entierro, desesperado e inconsciente, asegurándole a su hijo que a él “no le servía de nada” y que “podría serle útil a otros judíos”.

De la misma forma, existen otros objetos en estos relatos, unos más esenciales que otros, que denotan un significado trascendental para los personajes. Por ejemplo, está el diario de Anja durante el Holocausto. Sus escritos de Auschwitz. Art no pudo ocultar su ira al descubrir que su padre había arrojado tales manuscritos a la basura, llamándolo ‘asesino’. Así como Vladek perpetró tal acción, Herman obsequió la colección de estampillas que Philip había juntado durante toda su niñez, hecho que le fue ocultado por años. Ninguno de los padres parece respetar la herencia familiar, y reflejan una alta insensibilidad en los ojos de sus hijos.

En Patrimonio se ve también cómo la cultura judía existe todavía en el afecto y la herencia de los hijos, incluso si no la practican, la vida de Philip ha estado rodeada de adminículos o detalles judíos. El cuenco de afeitar del abuelo Sender Roth, que encarna tanto una herencia familiar como una ejercicio de tradición judía, resulta un ejemplo viable, pues Roth recuerda que todas las semanas se reservaban diez centavos para que su abuelo, que había estudiado para ser rabino, vaya a la barbería antes del Sabbath. Él lo veía como algo mítico, ritual y luego solicita su posesión a su padre. Asimismo, están los tefilín, las envolturas de cuero que contienen pergaminos de las sagradas Escrituras, que siempre habían estado en la sala y tanto Philip como su hermano mayor contemplaban como algo legendario. Tras descubrir el tumor, Herman los abandonaría en el camerino de un centro comunitario judío, para sorpresa e indignación de su hijo Philip.

Roth frente a la escuela hebrea donde estudió de niño (Créditos: Bob Peterson, Fuente: Time Life Pictures/Getty Images).

Superando el horror de sobrevivir

En Misery (Debolsillo, 2003), Stephen King nos obsequia una reflexión atractiva entorno al escritor y la memoria: “los escritores lo recuerdan todo, especialmente las heridas. Desnuda a un escritor, señala sus cicatrices y te contará la historia de cada una de ellas, incluyendo las más pequeñas. De las grandes, se sacan novelas, no amnesia. Es bueno tener un poco de talento si quieres ser escritor, pero el único requisito auténtico es la habilidad para recordar la historia de cada cicatriz… El arte consiste en la persistencia de la memoria”. Maus y Patrimonio son textos centrados en la memoria. En ellos, los dos hijos tratan de inmortalizar la historia de sus padres, haciendo un recorrido de la historia personal, una crónica familiar, pero a su vez, hablando del problema de ser judíos, de la Segunda Guerra y Auschwitz -en Spiegelman- y de empezar desde cero en Estados Unidos, escapando de la miseria. Ambos testimonios retratan un periodo y un espacio en el tiempo. Es un registro que comprende un pasado desgarrador, de diáspora, riesgos y sacrificios, pero que también entraña intensos recueros de valentía, del poder de la familia, del aprecio por la tradición y los orígenes, tornándose así tanto individuales como universales.

Página de “Maus” donde el padre de Art Spiegelman narra un episodio de inicios de la Segunda Guerra Mundial donde asesinan judíos en su barrio de la juventud.

Se trata, asimismo, de una lucha personal. Tanto Art Spiegelman como Philip Roth tienen que aceptar a sus padres y descubrirlos, revelarlos, conocerlos. Acaso en Art aquello es más azaroso, debido a la truncada comunicación con el padre que a través de Maus intenta reestablecer. Philip, por su parte, si está con su padre en todo momento, lo aguanta y apoya, más como una figura paternal -o maternal, como afirma el mismo Herman- que como un hijo. Como mencionan en ambos libros, sus autores han dirigido su vida al arte y la escritura para alejarse lo más posible de la sombra de sus padres: Art confiesa que escogió el arte porque su padre lo consideraba una pérdida de tiempo; Philip revela que Herman nunca entendió el oficio de escritor ni la docencia, que los daba por algo ambiguo, mas lo respetaba. Exponen la vida de sus padres a través del arte. Consolidando su herencia, su patrimonio, Auschwitz y el judaísmo, y finalmente separándose de ellos, superándolos.

Sobrevivir al padre a través de la memoria.

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Detrás del centenario polaco

Marcha de Independencia de este año (Fuente: Sean Gallup-Getty, publicada en The Guardian).

Breves reflexiones en torno a los 100 años de la independencia de Polonia, celebrado el domingo 11 de noviembre.

 

El sábado pasado viví algo extraño. Algo desconocido hasta ahora para mí, cuyo significado me ha dejado pensando hasta hoy: una reunión entre amigos se canceló por miedo a ser violentados en la calle. Por ser distintos. Por vernos diferentes. Foráneos. Tres inmigrantes hispanohablantes convinieron en que lo mejor era dejar esa reunión amena de pizzas y cervezas para otra ocasión. Todos los días se posponen eventos o encuentros, pero nuestras razones rayaban ahora entre lo ignoto y una necesidad elemental: el bienestar físico -y acaso psicológico-.  Lo frustrante de pronto fue la expectativa. Habíamos pactado esa reunión desde hace días y era probablemente el único día del mes que coincidíamos todos. Un día antes del 11 de noviembre. El día de la independencia de Polonia.

Sí. El pasado domingo se celebró el centésimo aniversario de la Independencia de Polonia, que en 1918 recobró su autonomía tras 123 años de estar invadida por tres potencias europeas: Rusia, Prusia y el Imperio austrohúngaro. 100 es un número redondo, preciso, casi mágico. Un siglo de cualquier cosa es digno de festejarse, y el país que ahora me acoge lo hace con intensidad: alrededor de 200 mil ciudadanos de toda la nación emprendieron una marcha por las calles del centro de Varsovia. Quizás sea el evento público más grande desde la caída del comunismo en 1989. Una desmedida aglomeración que en efecto aconteció sin mayores escándalos -a diferencia de la marcha en Breslavia y sus tres heridos-, pero aquello no la distanció de la controversia. La marcha de este año fue al principio una iniciativa de los grupos de ultraderecha, que protagonizan este evento desde el 2009. Sin embargo, dada la experiencia del año pasado, la alcaldesa de Varsovia y miembro importante de la oposición, Hanna Gronkiewicz-Waltz, decidió cancelar la marcha.

¿Qué sucedió el año pasado? Más de 60 mil polacos se reunieron concentrados bajo lemas conservadores como “Queremos a Dios”, “Polonia Católica, no secular”, y otros de carácter nacionalista o incluso xenófobos como “Polonia pura, Polonia blanca”, “Lárguense con los refugiados” o “Muerte a los enemigos de la patria”, generando actos de violencia y despertando el rechazo y vergüenza internacional, en especial para con la Unión Europea.

Pero este año la marcha ocurrió. Las organizaciones ultranacionalistas del país protestaron en favor al derecho a la libertad de expresión, un tribunal denegó la prohibición de la alcaldesa y el gobierno, dirigido por el partido conservador y de extrema derecha católica Ley y Justicia (PiS por su acrónimo en polaco, Prawo i Sprawiedliwość) decidió que se daría una nueva marcha en la que participen todos los polacos. Se trató de un acuerdo apremiado y desesperado entre el Presidente Andrzej Duda -títere de Jaroslaw Kaczynski, líder de PiS- y los grupos radicales de ultraderecha. La idea de esta marcha conjunta es por un lado descabellada y aterradora: El Presidente recorriendo el centro de la capital de la mano con los fanáticos fascistas y antisemitas; mas por otro lado, puede verse para muchos como una solución ideal: todos marchando juntos. No olvidemos que miles de las personas que marchan no guardan ninguna simpatía o tienen nada que ver con las organizaciones radicales, son solo polacos patriotas contentos de celebrar y pasear con la bandera. “La decisión de la alcaldesa fue una bendición para Duda y el gobierno porque permitió que la oposición liberal tomara la culpa de los nacionalistas por prohibir su marcha, mientras evitaba la posibilidad de que se celebrara un festival neofascista en el centenario de nuestra independencia”, opinó al The Guardian Michał Szułdrzyński, periodista y columnista del diario Rzeczpospolita.

Así, el pasado domingo 11 de noviembre la marcha por la Independencia aconteció sin mayores episodios. Una caminata de exorbitante dimensión, pero curiosamente calmada en comparación a la de años anteriores, considerando que destacó por la presencia de distintos grupos de extrema derecha polacos y del exterior: ultranacionalistas húngaros, italianos y eslovacos arribaron para apoyar a sus hermanos polacos en su gran odisea contra la diversidad y la posibilidad de un mundo sin barreras.

***

Tan fugaz o improbable como haya sido la posibilidad de que suceda, nunca me había detenido a preguntarme si es seguro salir de mi casa a ver a mis amigos. Sabíamos que los seguidores de estas organizaciones ya rondaban el centro desde la noche anterior, cuando pensábamos vernos. Soy de Lima y conozco mi ciudad natal, con muchos de sus distritos afamados por su peligrosidad, pero esta es una sensación distinta. No van a hacerte daño porque quieren tu billetera o celular, tan solo porque te ves diferente. Conocidos, otros amigos y los medios de comunicación conllevaron a que nos hagamos la pregunta: ¿es seguro salir este sábado, unas horas antes de la marcha del 11 de noviembre? Un sudaca peruano de 30 años que podría pasar sin problemas como alguien de distintas etnicidades, pues, rayos, tuve que contemplar cualquier escenario, a regañadientes, prefería ignorar esta realidad y divertirme. Al final me quedé en casa.

Y no me arrepiento. Fui a un cine cercano con mi esposa y vimos Bohemian Rhapsody (vivo muy lejos del centro). Fue una noche amena. De regreso, mientras cruzábamos la avenida Modlińska para llegar a nuestro paradero de bus, observé una caterva menuda y excitada, aguardando en el paradero con sus banderas polacas, aquel blanquirrojo tan familiar regodeándose en el cielo nocturno. Olvidé la tertulia cinéfila y me alerté de pronto, cual gato erizado. Mirándolos de soslayo en tanto seguíamos cruzando la gran avenida divida por una berma central, le pregunté a mi esposa si creía que debíamos tener cuidado. Ella no tenía idea. Cruzamos la pista y pasamos junto a estas personas con cautela: nos miraron felices, alzando las banderas, y se metieron en el siguiente bus. De quedarse un rato más, quizás nos habrían abrazado y cantado el himno. Fue algo irrisorio al inicio, pero ya en el bus camino a casa, empezamos a reflexionar sobre lo acontecido. “¿Cómo es posible que al ver a personas felices con la bandera polaca nuestra primera reacción sea estar a la defensiva?” se preguntó mi esposa. “¿Cómo es posible que mi esposo haya decidido quedarse en casa en lugar de salir a divertirse con sus amigos en el centro por temer ser perseguido o golpeado en la calle?”, agregó indignada. Esas preguntas, descubro en este momento, motivaron estas palabras.

***

Perú es un país de muchos matices. Tanto qué decir. Quizás por ello a veces uno no quiere decir nada. Y entre ese caos, Perú también es un país racista. Un racismo que descansa en las entrañas de nuestra historia, cultura y educación. Un racismo estructural. Marco Avilés ha profundizado mucho en este tema estos últimos años, y de él recojo ahora una definición acertada de la palabra ‘inmigrante’, en su libro No soy tu cholo (2017): “un inmigrante es todo aquel que se muda a vivir a una tierra que no es la suya, dice el diccionario. Pero, en la práctica, esa palabra se usa en un solo sentido: para señalar a los que nos movemos del sur hacia el norte. Es decir, para etiquetar a los latinos, a los africanos y a los asiáticos y a todos los que venimos a vivir y a trabajar a los llamados países desarrollados. Los latinos jamás usamos esa palabra salvo para nombrarnos a nosotros mismos cuando estamos en el exilio”.

Manifestación contra el Gobierno del PiS en Varsovia, 2016 (Fuente: Paweł Supernak / María Sahuquillo / QUALITY. Publicado en El País).

Esto me remite a un episodio insospechado. Durante gran parte de mi primer año en Polonia estuve dando clases privadas de conversación en español e inglés. Ella es una adolescente de 15 años, la primera alumna de su clase, de una familia acomodada, polacos de provincia mudados a la capital, viviendo en uno de los distritos más caros de la ciudad. Gente decente que ha trabajado mucho para llegar a la posición social y económica que representan, y quieren que sus hijos tengan todas las oportunidades que ellos ni concebían. Por esa misma razón, quizás la protegen demasiado. Ella tiene todo el mundo en sus manos, y sin embargo, no sabe nada de él. Iba tres veces a la semana a darles clases a ella y a su hermano menor, por separado. Solía organizar temas que planteaba para la reflexión y el debate en inglés. Una tarde llegué a su casa y le hablé sobre el conflicto en Siria y la realidad de los refugiados por la guerra civil, centrándome en el caso de Rania Mustafa Ali, una valiente muchacha siria de 20 años que se hizo famosa por registrar su odisea escapando de su país hasta llegar a Austria. Una chica aficionada a Spotify, 9GAG y Game of Thrones. Alguien como ella. Cuando terminamos de hablar del tema, mi alumna estaba conmovida, asombrada y encantada. Al decirle que ahora Rania es una inmigrante en Europa, como yo, Natalia se pasmó de repente. Frunció sus ceños y abrió los ojos, pálida.

– ¿Qué? ¿Tú eres un inmigrante?

– Claro. Soy alguien de Perú que se ha mudado a otra parte del mundo.

– Lo sé. Pero no entiendo, tú no eres un inmigrante.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque los inmigrantes son terroristas, ¿no?

Pude ver en su rostro que realmente estaba extrañada. Me tomó cierto tiempo y paciencia explicarle que tales palabras no eran sinónimos. Ella era una esponja, preguntaba y me escuchaba con atención. A la mañana siguiente recibí un mensaje de texto suyo, agradeciéndome por enviarle el link del video de Rania e informarla sobre tantas cosas. Me dijo que había llorado con la crónica de su viaje, y que lo había mostrado a sus padres. Esa clase fue reveladora para ambos: ella aprendió un poco de lo que pasa en el mundo y yo medité en cómo la desinformación también puede llevarte -acaso por accidente- a pensamientos u opiniones xenófobas o racistas.

Volviendo al párrafo de Avilés, pues si uno es honesto, identificarse con él y su discurso no entraña dificultad: todos hemos sido discriminados y hemos discriminado. Hemos choleado y sido choleados, y existe un rechazo al extraño, al inmigrante del cual somos muchas veces inconscientes. Aquí en Polonia soy un inmigrante, sí, pero lo extraño o interesante es que aquí el racismo hacia el inmigrante no es algo invasivo y sistematizado. No forma parte del día a día. La totalidad de los polacos de mi entorno no caerían bajo esa categoría, de eso estoy seguro. Pero los grupos ultranacionalistas, neofascistas, conservadores radicales de extrema derecha o como quieran llamarlos, o cualquier individuo que comparta sus ideales, no están escondidos y tampoco están en todas partes. Los puedes cruzar en la calle, sí, y te van a mirar con una reprobación verdadera y fatal. Te podrán decir algo, agredirte verbal o físicamente y joder tu día de alguna forma. No hay mucho misterio en su existencia, tan solo es directa y lamentable.

***

En junio del 2017, un grupo de escolares musulmanas de Alemania viajaron a Polonia para visitar los homenajes y lugares de memoria sobre el Holocausto, y fueron víctimas de racismo por parte de la población. Un hombre se acercó a una de ellas y le escupió en el rostro, en frente de un policía que no se inmutó. Otra fue obligada a retirarse de un supermercado porque ‘perturbaba a los clientes’ cuando hablaba persa por su smartphone, entre otros sucesos igual de deplorables. La triste ironía de ir a visitar y recordar una de las memorias más brutales de discriminación en la historia de la humanidad y ser víctimas de lo mismo, de aquello que intentan repensar o reflexionar… Y Jarosław Gowin, el Ministro de Educación, solidarizándose con la violencia, sosteniendo que “toda nación y su gente tiene derecho a protegerse a sí misma de la extinción”. Como si estos 72 años de problemas, cambios e ideas no significaron nada en este país.

Visitantes del ahora museo de memoria de Auschwitz (Fuente: Maciek Nabrdalik, publicado en The New York Times).

El polaco Donald Tusk, actual presidente del Consejo Europeo, advirtió hace unos días que la administración de PiS podría empujar Polonia hacia el desenlace que cada vez más de sus ciudadanos denominan Polexit: la hipotética salida del país de la Unión Europea. Leyes orwellianas como la reforma del Tribunal Supremo, el rechazo abierto a la aceptación de refugiados o la polémica ley que castiga con pena de cárcel tanto el uso de la expresión “campos de concentración polacos” como el acusar a los polacos de complicidad en los crímenes de guerra de la Alemania Nazi: todo ello ha ofendido a Europa Occidental y sus ideales de igualdad y libertad de expresión. Una fisura que parece ir ganando terreno hasta detonar en el Polexit. Tal posibilidad deviene en pesadilla para la oposición al gobierno, las personas de pensamiento afín a los preceptos de la Unión Europea y los extranjeros que han abandonado las palmeras, la palta y el jugo de maracuyá para adentrarse en esta tierra y esperar moverse sin problemas por Europa, como yo.

Viví casi todo el año pasado en el barrio de Nowodwory, en el distrito de Białołęka, al norte de Varsovia. Una zona alejada, apacible, aledaña al bosque y al río. Recuerdo una noche de verano en la que caminaba hacia la tienda, quizás para comprarme una cerveza o un chocolate, cuando me topé con unos grafitis que decoraban un paradero de bus cercano a mi casa. No estaban ahí antes. Me aproximé para revisarlos. Mensajes xenófobos y homofóbicos en polaco: “jódanse homosexuales”, “afuera los musulmanes”, rematados por la infaltable caricatura de un pene.

En otra ocasión, meses atrás, regresaba a casa en el metro. Salía del trabajo. Era casi la medianoche de un día excitante para los polacos: jugaba el Legia de Varsovia, el club de fútbol más importante del país. Estaba leyendo Pánico al amanecer (1961), de Kenneth Cook, cuando se escucharon unos gritos. Dos tipos habían entrado en la estación Świętokrzyska. Saltaron felices hacia nuestro vehículo desde los andenes. Llevaban casacas de cuero, jeans, cabezas rapadas, una encapuchada y la otra descubierta, y botellas de cerveza en las manos. Todos volteamos a mirarlos de inmediato, extraviados entre la incomodidad, el temor y la estupefacción. La barra brava polaca. Los hooligans del Legia. “Ya me cagué” pensé en el acto. Cogí mi mochila, que descansaba entre mis piernas, la coloqué junto a mí, anticipando una carrera, y pretendí seguir leyendo en tanto los observaba con el rabillo del ojo. Me había quedado en un momento crucial del libro: el protagonista, un profesor perdido en un pueblo del outback australiano, es obligado a participar en la caza de un canguro y se descubre horrorizado de sí mismo al disfrutar el acribillamiento del animal. Casi al frente de mi asiento, otro inmigrante, presuntamente de la India, evitaba mirarlos y simulaba escuchar la música de sus audífonos. Intercambiamos una mirada cómplice, seria, y continuamos nuestro teatro silente. El par de fanáticos lanzaba gritos guturales de éxtasis. Nunca avanzaron: se detuvieron junto a la entrada por la que ingresaron, muy cerca de mí, y continuaron su canto, cogiéndose de una de las barras de metal verticales. Una suerte de himno feroz enfatizado por el alcohol, cuyo ritmo era familiar mas cuya letra jamás había escuchado: alaridos que repetían la frase “Żydzi do gazu” (los judíos al gas) y seguidas siempre del estribillo “Auschwitz-Birkenau”. Gritaban con más intensidad cuando de pronto se soltaron de la barra: uno introdujo la botella en el bolsillo de la casaca y empezó a saltar extendiendo los brazos cual gorila. Con cada salto tocaba el techo del metro y en cada caída resonaba el suelo en un pisotón, provocando un breve temblor. El otro empezó a golpear las ventanas y cualquier parte lateral del metro, despertando el mismo alboroto. Todos evitábamos sus miradas. Minutos después, en la estación del metro Marymont, salieron de nuestro metro riéndose a carcajadas. En todo el trance nunca dejaron de gritar aquel himno racista, repitiendo el nombre del campo de concentración y exterminio nazi más célebre de la historia. Un breve trayecto de terror gratuito.

El presidente polaco, Duda, hablando sobre una “unión entre todos los polacos” (Fuente: Agata Grzybowska Agencja Gazeta, via Reuters).

A fines del año pasado, asistí con mi esposa a un cumpleaños en Varsovia. Una fiesta en un departamento. Conocía a poquísima gente, y como siempre sucede por aquí en tales reuniones, mi apariencia distinta llamaba la atención del resto. Entre ellos percibí que un par me miraba con desconcierto, pero al escucharme contarle a otros de dónde provenía y responder preguntas sobre el español, el quechua, Machu Picchu y las llamas, se aproximaron amistosos. Conversamos un rato de viajes, comida peruana -uno de ellos sentía gran curiosidad por la ingesta del cuy en Perú, pues aquí es visto como una tierna mascota-, cervezas, bimber, videojuegos, películas y no sé en qué momento la tertulia viró hacia Polonia y los inmigrantes. Uno de ellos afirmó que estaba orgulloso de que Polonia rechace participar en la repartición de refugiados. Así empezó:

– ¿Pero cómo puedes decir eso?

– Porque son peligrosos.

– Mira, es que no puedes generalizar así. Esta situación de alarma ya tiene sus años, y muchas vidas inocentes se han perdido, y muchas necesitan ayuda.

– Eso es mentira, Diego. ¿Tú prefieres que Polonia abra sus puertas como Alemania o Francia, digamos, y después hayan atentados en el metro o bombas en centros comerciales? Yo me preocupo por mi país.

– Pero esos son incidentes particulares: no puedes decir que todos los refugiados son peligrosos, hay niños, madres, ancianos.

– Los niños están adiestrados. Las mujeres también. Pretenden ser pobrecitos y cuando ya tienen todo el apoyo sueltan una bomba o ametrallan en la calle. No podemos confiar en ningún sirio o musulmán. Todos están entrenados y con el cerebro lavado.

– Mira, puedo aceptar esto de un viejo, pero tú eres menor que yo, tienes acceso a Internet, estudias en la universidad. ¿No entiendes que lo que dices es inaceptable?

– Hablas como un idealista. Mira, el comunismo no funciona, ¿ok? Como idea es perfecto, pero no funciona, tú piensas así pero no sabes.

– ¿Qué cosas estás tergiversando? ¿No lees las noticias? ¿No has visto los testimonios, videos, documentales? Antes de lanzarle la culpa a todos tienes que informarte, y pensar en los más inocentes.

– Esos videos están arreglados, tú no sabes porque eres de Perú.

– Y tú no sabes porque solo consumes noticias de la televisión polaca que es pura propaganda conservadora del gobierno. Lee prensa de afuera, The Guardian, The New York Times, no sé. Estás con la mente bloqueada.

En el frenesí de la discusión, no nos dimos cuenta de que estábamos alzando la voz. Los demás nos miraban aguardando una reacción. Todo esto era muy ajeno a mí, que suelo libar entre abrazos, risas y ciertos relatos divertidos. El tipo me miraba perturbado. Su compañero, más mesurado y observador, finalizó nuestra interacción:

– Creo que todos hemos bebido mucho. Mejor cuéntanos más de Perú, Diego.

– Tienes razón. Dile a tu amigo que necesita leer más, abrir los ojos. Voy a ver en qué está mi esposa.

– Mira… Yo creo que él tiene razón. La gente no quiere hablar de esto pero nosotros pensamos así. Igual disculpa que te incomodemos, él está borracho y se ha emocionado.

– ¿Tú también? ¿Y qué hacen hablando conmigo si no soy polaco? ¿Crees que tengo alguna bomba escondida?

– No, mira. Es que tú eres de Perú, todo bien. Nadie habla de Perú acá, pero los refugiados… Es la verdad.

Me quedé conversando con mi esposa y otros invitados y no volví a hablar con esa dupla durante toda la velada. Antes de irnos se aproximaron con una chica, quien se presentó como la novia del tipo con el que discutía. Me pidió disculpas y me dijo que estaba avergonzada. Los tres se despidieron y cuando me acercaba a la puerta, su novio me lanzó una última palabra en polaco que no entendí y que olvidé muy rápido. Horas después mi esposa me contó que me había llamado lewak, un término peyorativo para alguien que sigue la izquierda política. Literalmente ‘izquierdoso’. Nunca volví a verlo.

Hace unas semanas, mi esposa decidió asistir a la misa del domingo en la Iglesia cerca a nuestro hogar, en Jabłonna. Quise acompañarla, ¿por qué no? Nunca vamos, la caminata sería entretenida. Celebrada en polaco, me pasé alrededor de 40 minutos admirando la arquitectura interior y los diseños de los santos en las paredes, cuando descubrí a mi esposa gesticulando algo a caballo entre la risa y la reprobación. De regreso a casa, le pregunté qué le había disgustado del sermón del cura. Al parecer, terminando la misa, había contado brevemente la historia de una pakistaní católica condenada a muerte por hablar de Jesucristo. Asumo que se refería al caso de Asia Bibi. “Nosotros los católicos somos la religión mas oprimida del mundo. Así como ahora está de moda defender los derechos LGTB y el islamismo, tenemos que ser valientes como ella y defender nuestra fe católica dónde sea”. Hasta ahí no suena del todo mal, hasta su última frase: “después de todo, ¿quién es ese tal Mahoma? ¿Qué cosa hizo que es tan importante? Nada”.

Uno puede toparse con cavernícolas en dónde sea.

***

Veo algunas de las noticias sobre la marcha del domingo 11 de noviembre. Una fotografía de un miembro de la organización ultranacionalista Juventud de Toda Polonia (en polaco Młodzież Wszechpolska) quemando la bandera de la Unión Europea. Un video donde otro ultranacionalista enmascarado persigue, insulta y ataca a una periodista, amenazándola y golpeando su equipo. ¿Por qué vivimos esto? Conversaba hace unos meses con un amigo peruano muy cercano, miembro de la Academia Diplomática, quien me propuso que debe tratarse de un temor oculto en perder aquello llamado ‘identidad polaca’. Polonia es un país cuya historia se resume en gran parte en invasiones como las alemanas o rusas: dos naciones con identidades muy fuertes y gobiernos líderes hasta el día de hoy. “Si a esto le agregas la fuerte identidad que proyectan los musulmanes -agregó-, estas reacciones violentas pueden ser más comprensibles”. Un punto relevante, ciertamente. Mi actual casa es un país de gran historia y escenario de episodios extremos. Polonia fue prácticamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y la secuela de ello fue acaso peor: los tiempos de control bajo el bloque comunista, hasta 1989, más frescos en la memoria colectiva.

Miembros de los ultranacionalistas de Młodzież Wszechpolska quemando la bandera de la UE (Fuente: Twitter de la organización).

Y sin embargo, si bien coincido en que quizás haya cierta comprensión desde una perspectiva académica, histórica o de las ciencias sociales, creo a la vez que el odio a otros pueblos o etnias es algo inadmisible que no puedo -y no debemos, diría- tolerar bajo ningún razonamiento. Que tanta gente se sienta libre de proclamar sus inclinaciones xenófobas y racistas es una locura. Por otro lado, uno no se sorprendería mucho si se tratara tan solo de la población de la tercera edad, gente de otra época y en no pocos casos con otra perspectiva de la sociedad en la que viven, pero no es así: son muchos los adolescentes y jóvenes menores que yo que siguen a ultranza estas convicciones. Y se sienten apoyados por la actual administración del gobierno, una realidad acaso más insana e indignante. Diría que la presencia de PiS ha motivado a estas personas a expresarse sin tapujos. Una extraña falta de empatía y tolerancia que proviene de un país supuestamente democrático y liberal.

***

En una de las crónicas de La jungla polaca (1962), Ryszard Kapuściński se esfuerza en describir a unos africanos de un pueblo de Ghana que ‘no todos los blancos tienen colonias’: “hubo un tiempo, no hace mucho, en que mi país fue una colonia. Tengo mucho respeto por el sufrimiento de todos ustedes, pero debo decirles que lo nuestro fue terrible: había tranvías, restaurantes y barrios ‘solo para alemanes’. Había guerra, ejecuciones, campos de concentración… Aquello se llamaba fascismo. Es el peor de los colonialismos”.

Édición en español de ‘La jungla polaca’ (Anagrama, 2010).

En el mismo texto, Kapuściński  agrega: “detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Qué blanco significa más importante? Al menos hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta”.

Perú, como Polonia (o como tantos países de África, pensando en la cita anterior), también fue una colonia. Alrededor de 290 años. Polonia 123. Hemos atravesado el genocidio de la conquista de los españoles, la guerra por la independencia, los años de dictaduras militares, el conflicto armado interno, el fujimorismo. Somos un país que sigue levantándose. De posguerra, posdictadura. Pienso en mi país y en la imposibilidad de describirlo: lo bueno, lo malo, lo extraño, lo bello. Todavía no estoy preparado. Al mismo tiempo, pienso en Polonia y ensayo una descripción sin éxito: sus bosques y montañas, sus lagos y ríos, beber una cerveza a orillas del Vístula, errar por las frondosidades del parque Łazienki, ver una película en Muranów, perderme en el bosque de Pałac, los tranvías y el metro, pierogi y zapiekanka, la generosa cantidad de restaurantes vegetarianos en Varsovia, los infinitos campos de rzepak en la primavera de Podlasie, la nieve en Zakopane, la gente amable y maravillosa que he conocido, mi familia política y mi querida esposa…

Polonia tiene mucho qué darme, solo espero que antes no se resbale.

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