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Perdonar no significa olvidar: Corpus Christi (Jan Komasa, 2019)

Cine, Cine Polaco, La Iglesia, Oscars, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2020

Bartosz Bielenia en "Corpus Christi" (Créditos: Kino Świat).

Reseña de la poderosa competidora polaca para hacerse con la estatuilla a la Mejor película internacional en la última ceremonia de los Óscar

*** Este texto fue publicado en la web de la revista de cine Ventana Indiscreta (3 de abril, 2020).

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“¿Saben para qué somos buenos? Para renunciar a las personas. Señalarlos con el dedo… Perdonar no significa olvidar. Perdonar significa Amor. Amar a alguien a pesar de su culpa. No importa cuál sea”.

Me quedo con esa cita de la película. Quizá las mejores escenas de Corpus Christi sean aquellas de las homilías, donde el padre impostor da discursos cargados de verdad. Palabras que duelen y trascienden las costumbres de la Iglesia. Palabras que pueden traducirse como herejía pero que al final reflejan los preceptos más esenciales de una institución que necesita adaptarse a los cambios. Tal es su potencia.

Daniel (Bartosz Bielenia) es un veinteañero infortunado y rebelde que está pronto a terminar su condena en un reformatorio de Varsovia, a raíz de un homicidio en segundo grado acontecido durante su adolescencia. Durante su reclusión ha experimentado un redescubrimiento de su espiritualidad y quiere ser cura, mas sus antecedentes penales le impiden estudiar en un seminario. Frustrado, sale en libertad condicional y es enviado a trabajar a un aserradero en el campo, al otro lado del país, donde es confundido con el nuevo sacerdote. Viendo una posibilidad de cumplir su vocación religiosa, Daniel adopta la identidad deliberadamente. Así comienza su nueva vida: el joven cura de la capital que empieza a dar misas en la pequeña parroquia del pueblo. Un cura impostor que no tiene malas intenciones y poco a poco transforma la vida de sus feligreses, hasta que se manifiestan los problemas: por un lado, su pasado criminal acecha; y por el otro, su visión radical de la fe y la vida religiosa colisiona con la sensibilidad del pueblo en torno a un trágico incidente. Aquella es la premisa de Corpus Christi.

Póster de “Corpus Christi” (Créditos: Kino Świat).

El cine de autor en la tierra de Wajda y Kieślowski todavía promete. Cada año sale alguna película que desfila entre festivales internacionales y llega incluso a las salas comerciales de países remotos como nuestro Perú. El 2018 tuvimos el último ejemplo con la magnífica Guerra Fría (Zimna wojna en polaco) de Paweł Pawlikowski —cuya película Ida fue la primera cinta polaca en llevarse el premio a la película extranjera en los Óscares del 2015— y ahora fue el turno de Komasa, joven realizador con una fecunda filmografía. Corpus Christi es la traducción literal de Boże Ciało, nombre original de la película en su natal Polonia, cuya historia está basada en hechos reales: su guionista, el aun más joven Mateusz Pacewicz, publicó años antes un reportaje en el periódico polaco Gazeta Wyborcza, titulado Kamil, aquel que se hizo pasar por sacerdote. Un patrón que curiosamente se ha repetido en distintas partes del país. Dos fueron los temas centrales a la hora de escribir el guion de la película: “los roles sociales, y todas las preguntas relacionadas con nuestros roles sociales en el teatro de la vida cotidiana. El otro tema fue el trauma: cómo nuestros traumas determinan quiénes somos y cómo nos esclavizan, tanto como individuos como en grupos sociales”, sostuvo Pacewicz, entrevistado para Notes from Poland.

Por otra parte, debemos recordar que Corpus Christi no es la primera película polaca en los últimos años que desata polémica hablando de la Iglesia: Clero (Kler), de Wojciech Smarzowski fue una bomba del 2018 que retrató a la máxima institución de la fe católica como una entidad corrupta, hipócrita e invadida de pedofilia. Pero se trata de dos películas muy diferentes. Si bien Clero funciona como una crítica directa, más agresiva, Corpus Christi se sostiene por un discurso más contemplativo y que cuestiona más con ideas.

Detenerse en el protagonista deviene en una necesidad. El padre Daniel es un personaje bastante complejo, y Bielenia lo interpreta con virtuosismo. Un jovencito insolente, un criminal convicto que aprovecha una oportunidad y usurpa una identidad para adentrarse en su iluminación espiritual. Él cree que lo hace por las razones correctas, sin embargo, su forma de consumar este despertar es deshonesta. Bajo ese contexto, su impostura raya en la blasfemia. Es interesante ver cómo esa blasfemia se traduce en un desafío que entraña el núcleo de la película: el confrontar a una pequeña comunidad invadida por un trauma colectivo. El hacerlos ver su cinismo e hipocresía. Ciertamente: a través de la prédica moderna y poco ortodoxa de Daniel, los lugareños empiezan a lidiar con temas como la culpa, el verdadero significado del perdón, la violencia, la muerte y el duelo, o las formas distintas de adoptar la vida espiritual. Daniel despierta inquietudes y ojerizas en la idiosincrasia de este pueblito marcado por una tragedia reciente, cuyos habitantes se saben decentes y de buenas costumbres y de pronto se descubren como personas imperfectas. Como pecadores. Así, la película busca cuestionar al espectador con su propia impiedad, en estos tiempos donde reina una la falta de compasión que conlleva a la incomprensión y la desigualdad.

Hacia el final, vemos que Daniel no llega a alcanzar esa anhelada conversión. Cuando su pasado criminal retorna y su engaño es revelado, Corpus Christi se distancia del desenlace feliz y lineal para otorgarnos uno tan abierto como cruel. Funciona, mas acaso hubiera sido preferible que se indague más en la mente y la transformación de su protagonista y menos en el trauma del pueblo. Quizá lo único que encuentre disonante con la trama es la escena de intimidad sexual entre Daniel y su amiga Marta (Eliza Rycembel). La consumación de su atracción se siente gratuita e innecesaria. Hubiera sido mejor dejarlo como el mutuo deseo silente que los envolvió a través de la película. No obstante, nada de esto reduce la fuerza y relevancia de esta historia.  

Elenco, director y guionista de “Corpus Christi” en el 44 Festival de Cine Polaco de Gdynia (Créditos: Jakub Wozniak/Tricity New).

Corpus Christi se ha hecho de distintos galardones alrededor de Europa y llegó a formar parte de las cinco nominadas a la Mejor película internacional en la 92.º ceremonia de entrega de los Óscares, donde perdió frente a la colosal Parasite. La película de Bong Joon-ho se merece sus reconocimientos: es un enorme latigazo, una portentosa sacudida a la realidad dividida de nuestros tiempos, mas honestamente, ya se había llevado demasiados premios, y no puedo dejar de pensar que sus estatuillas van también esencialmente arraigadas con el afán de corrección política de la Academia. Se trata de un certamen muy divertido de ver y comentar, pero bastante politizado —y por ende, de menor relevancia artística, me atrevería a decir— en los últimos años. Pienso que Corpus Christi debió llevarse el Óscar a la película extranjera, su única nominación.

Por último, que este relato haya nacido y este ambientado en Polonia no es mera coincidencia. Hablamos de una sociedad históricamente católica y en la actualidad liderada por un gobierno de ultraderecha muy religioso. Al mismo tiempo, hablamos de un país en donde una parte considerable de la población enfrenta cierto descreimiento, donde el catolicismo y la asistencia a la iglesia está disminuyendo sobremanera en las generaciones más jóvenes, gradualmente encaminándose a la secularización. Pese a tal escenario local, es importante reconocer que el relato de Corpus Christi podría suceder en cualquier parte. Una fábula sobre un cura impostor en una pequeña parroquia de un pueblo remoto y rural, cuyo mensaje acaba siendo igual de necesario o por qué no, igual de universal.

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