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El caso Amok: el libro de la muerte

Krystian Bala, 2008 (Créditos: Adam Hawałej/PAP).

Krystian Bala podría acaso denominarse como el precursor del ‘meta-asesinato’. El joven escritor polaco permanece en la prisión de Breslavia, tras culpársele de haber premeditado, dirigido y cometido un homicidio en el 2000. Después de acabar —supuestamente— con la vida de un empresario, escribió y publicó un libro de nombre Amok, en el que se narraba una muerte muy similar. Nadie podría haberlo descubierto. Al menos eso pensaba.

 

El caso

Diciembre para Polonia es un mes perdido. El invierno deprime a sus habitantes, invade la voluntad de los corazones con una desidia tan gris y fría como el cielo de sus tardes. Aquella gélida jornada de diciembre del 2000, cerca al río Óder, al suroeste del país, tres pescadores se hallaban trabajando en silencio. Todavía no encontraban nada cuando uno de ellos creyó ver un gran pez aproximándose a la orilla. Mientras se iba acercando, el pescador y sus amigos pensaron que era un tronco, pero al verlo ya ante ellos, repararon en el cabello. El pescador emitió un alarido de pavor que alarmó a sus colegas, y palpó la figura con su caña de pescar, para atraerla. Lo sabía. Era un cadáver.

El departamento de policía de Breslavia, la ciudad más cercana al hallazgo, trasladó el cuerpo a la morgue. Una soga amarraba el cuello del hombre. Las manos atadas a la espalda. Parte de la cuerda, probablemente cortada con un cuchillo, conectaba sus manos al cuello, provocando que el menor intento de movimiento ajuste y ahorque más la soga en su garganta. Su crueldad lo sugería: era un homicidio. Vestido con un polo y ropa interior, las heridas del cuerpo evidenciaban maltrato y torturas. Los exámenes posteriores revelarían que la víctima no había ingerido alimentos durante los días precedentes a su muerte. Otro examen pulmonar reveló signos de ahogamiento. Contemplaron la posibilidad de que la víctima haya sido lanzada con vida al río.

Las características reflejadas en el análisis del occiso coincidían con la descripción de Dariusz Janiszewski, un publicista de 35 años que se había reportado como desaparecido desde el mes anterior. Fue visto por última vez saliendo de su trabajo en el centro de Breslavia, el 13 de noviembre. Cuando los efectivos de la policía se contactaron con la esposa de Janiszewski para que identifique al muerto, ella se negó. No soportaba el dolor. Su madre, sin embargo, aceptó acudir a la cita, reconociendo el cuerpo sin vida de su hijo. Tenía la misma marca de nacimiento en el pecho.

Portada del libro “Amok”, publicado en Breslavia por la editorial Croma (2003).

Meses después, desprovistos de pistas e información, la policía tiró la toalla y abandonó la investigación. Fue bautizado por la prensa polaca como “el crimen perfecto”. Tres años más tarde, en otoño del 2003, Jacek Wróblewski, un detective de 38 años de la policía de Breslavia, desempolvó el caso. Revisó exhaustivamente el archivo, en una madrugada sitiada de tazas de café e interrogantes. Sus pensamientos moraban con este crimen. Estaba fascinado. Acaso la oscura incertidumbre que lo entrañaba, la inquietud de resolver un enigma sangriento y de relevancia nacional. Wróblewski era un detective muy curioso. Para comprender la mente criminal, había empezado a estudiar psicología en sus espacios libres, en la universidad pública local.

Durante sus indagaciones, un detalle aparentemente fútil captó su atención: nunca hallaron el teléfono celular de Janiszewski. El detective buscó a la esposa del difunto y le pidió los documentos del móvil desaparecido. Ella le brindó el manual de instrucciones, donde figuraba el número de serie del equipo, que Wróblewski empezó a rastrear. Pronto encontraron su paradero: había sido vendido cuatro días después de la desaparición de Janiszewski, en la popular tienda online polaca llamada Allegro. El vendedor estaba registrado como “ChrisB(7)”. Tras una breve pesquisa, el usuario fue reconocido como un escritor, filósofo y empresario de 30 años llamado Krystian Bala.

Empezó a investigar al joven académico. Acababa de publicar Amok, un libro experimental, muy extraño e incomprendido por los medios, en el que figuraba un diabólico chivo de ojos brillantes en la portada. Una representación clásica del Diablo. ‘Amok’ es una curiosa palabra de origen malayo que tanto en polaco como en español y otros idiomas describe un frenesí violento, salvaje y disruptivo, cual estado berserk. Una locura homicida. El detective adquirió la novela y la devoró con rapidez. Narraba las desventuras de un joven intelectual polaco —cual alter ego de Bala— perdido en una sórdida historia sitiada por drogas, sexo y alcohol. Pero algo conjuró su total sorpresa: en determinado momento del libro se describía un asesinato idéntico al de Janiszewski. Wróblewski hiló cabos y no vaciló. Bala fue capturado a los pocos días, y su libro se volvió un insospechado best-seller. Los lectores querían hallar pistas del asesinato en la novela.

Ilustración de John Ritter para la crónica de David Grann en The New Yorker.

En el 2007, el tribunal de Breslavia falló declarándolo culpable. Al año siguiente, se ratificó la sentencia y se oficializó su condena a 25 años de prisión. El asesino intelectual sigue proclamando al mundo su inocencia, aduciendo que se basó en dos textos periodísticos como material principal para su obra. Hacia el final, la novela de Bala se descartó como evidencia en el caso. Sin embargo, otros factores insistieron en su culpabilidad, donde destacaba el teléfono robado de Janiszewski. El motivo resultó ser bastante común: celos. La exesposa de Bala tenía una aventura con la víctima. Bala nunca dejó de insistir en que aquello carecía de sentido, pues esa relación había terminado hace años y él ya no sentía nada. Durante su reclusión, Bala empezó a escribir su segunda novela, supuestamente titulada De Liryk.

 Aunque para muchos sea indiscutible, hasta el día de hoy no se ha esclarecido a plenitud si cometió el crimen. Las pruebas así lo señalan, mas las averiguaciones realizadas encuentran ciertos vacíos en la cadena lógica de eventos, como los testimonios contradictorios en los exámenes forenses. Además, los fiscales y la policía no pueden determinar con exactitud las circunstancias del asesinato de Janiszewski. Muchas preguntas permanecen sin respuesta: ¿dónde se cometió el crimen? ¿cómo transportó a la víctima a un lugar a aproximadamente 100 kilómetros de Breslavia? ¿Tuvo alguna ayuda o estaba solo? A su vez, tampoco se sabe si terminó aquella segunda entrega literaria. David Grann, escritor y periodista del The New Yorker que narró el caso en su extensa crónica True Crime. A postmodern murder mystery, cuenta que, al preguntarle por el libro durante una entrevista en la cárcel, Bala lanzó una nerviosa mirada a los guardias, cerciorándose de no ser escuchado, y musitó: “este próximo libro será aún más deslumbrante”.

 

Krystian Bala hoy

El autor de Amok continúa tras las rejas. Todavía afirma ser inocente. En una entrevista del 2010, Grann habló de su experiencia entrevistando al criminal. Allí entra en detalle en su psicología: Bala se pasó gran parte de estos años hablando de la dualidad entre la realidad y la ficción, y como su libro era un relato ficticio que podía abrirse a la interpretación. Fue lo que le dijo a Grann en la cárcel y que también le repitió a los periodistas polacos Mateusz Baczyński y Janusz Schwertner en el 2017. No obstante, la desesperación parece haber afectado a Bala, quien se contradice: “lo sorprendente, lo divertido —algo que al menos algunas de estas historias tienen— es que pueden ser muy inquietantes, a veces perturbadoras, pero también tienen momentos extrañamente cómicos, y uno de los momentos más graciosos fue cuando este novelista posmoderno está en pleno juicio y de repente intenta convencer a todos de que él es un empirista y que nadie puede interpretar su novela. Yo sé lo que es la novela”, comenta Grann. La crónica sobre el caso Amok de David Grann fue incluida en dos de sus compilaciones de ensayos y textos periodísticos: The Devil & Sherlock Holmes: Tales of Murder, Madness & Obsession (2010) y The Old Man and the Gun: And Other Tales of True Crime (2018).

Bala se ha mostrado entusiasta al hablar sobre la supuesta secuela de Amok, la anunciada De Liryk. Un todavía sobrecogido Grann agrega que, luego de enterarse de la existencia de este próximo libro, descubriría que la policía de Breslavia ya había reunido evidencia hallada en la computadora de Bala, cuyos archivos contenían material sobre una potencial nueva víctima. De acuerdo al reporte policial, Bala planeaba volver a matar, enlazando su segunda novela con un nuevo asesinato. Años más tarde, el escritor homicida le revelaría a Baczyński y Schwertner que De Liryk ya estaba casi lista y que se trata de la segunda parte de una trilogía: “será una disertación pornosófica, posmoderna en forma, hardcore en contenido”, señaló desde la prisión.

En el 2010, Bala intentó anular su sentencia sirviéndose del recurso de casación, pero el Tribunal Supremo rechazó su apelación. El caso de Amok sigue siendo uno de los crímenes más sonados tanto en Breslavia como en todo el país. Krystian Bala continúa cumpliendo la condena de 25 años, y no se declara culpable hasta el día de hoy.

Bala en el 2017, en un reportaje del canal de televisión polaco TVN24.

 

Amok en el séptimo arte

La historia de un graduado de filosofía que incurre en homicidio y unos años después publica una novela donde camufla pistas y otros detalles de cómo acometió el crimen. Era una cuestión de tiempo: periodistas, escritores, cineastas, criminólogos, el caso dio la vuelta al mundo, en gran parte por el relato de Grann en The New Yorker. Ciertamente, es una idea muy atractiva para la ficción.

La primera adaptación del caso fue local. Amok es una película del 2017 dirigida por Kasia Adamik —hija de la connotada cineasta polaca Agnieszka Holland— y protagonizada por Mateusz Kościukiewicz, quien interpreta a Krystian Bala. Se trata de una adaptación libre del crimen de Bala y su libro que generó mucho interés por la ya conocida y controversial historia detrás, pero que no fue bien recibida por la crítica. En el 2017, cuando los periodistas Baczyński y Schwertner le preguntaron por qué permitió que realicen una película que lo presenta como el asesino cuando él sigue alegando lo contrario, Bala replicó: “es solo una película. ¡Ficción, no documental! Todo el argumento se basa en los eventos de una forma muy abierta. Algunos personajes son completamente ficticios. Verás, yo me permito una provocación. Para ser honesto, no estaría de acuerdo con una hagiografía. No quiero verme inmaculado. Y esta película es una narración divertida… Para el cine podría incluso ser un caníbal. Repito: es divertido”.

Póster oficial de la película “Amok” (2017).

Quizá lo curioso sea lo acontecido detrás de cámaras: Bala aceptó la idea y vendió los derechos de autor tanto del libro como la película, ganando alrededor de 30 mil dólares en złoty —la moneda polaca— que transfirió de inmediato a su madre. Al año siguiente, la familia de la víctima, Dariusz Janiszewski, denunció a los creadores de la película y llevó el caso a la corte de Breslavia, aduciendo que la información de esta violaba sus derechos de privacidad y ofendía la memoria del difunto. La abogada de la cineasta afirmó que todo el proceso se había dado bajo la ley, refiriéndose al dinero otorgado a Bala. Cuando la corte decidió que Bala debía pagar 11 mil złoty —unos 3 mil dólares— a la familia de Janiszewski, este se negó, declarando que ya lleva años sin recursos financieros y sin ningún ingreso en el camino. Desde entonces, la fiscalía de Breslavia lleva a cabo una investigación para explicar si se ha ocultado el dinero. Todo quedó en el aire.

Claqueta de la filmación de “Amok”, la adaptación al cine de Kasia Adamik (Créditos: TVN24).

Mientras esto sucedía, Estados Unidos preparaba su propia versión de la mano del director griego Alexandros Avranas. Dark Crimes se estrenó el 2018 luego de recorrer festivales como True Crimes, un nombre más cercano a la afamada crónica de David Grann en la cual se basó el guion. En Dark Crimes tenemos a Jim Carrey como Tadek, un detective polaco que encuentra grandes similitudes entre un caso sin resolver y un reciente best-seller escrito por un siniestro personaje llamado Kozlov —el Krystian Bala de turno—, interpretado por Marton Csokas. La película fue presa de un rechazo devastador, centrado en su ritmo excesivamente sombrío y deprimente, el acento eslavo de Carrey y las no pocas escenas de violencia contra la mujer. Al mismo tiempo, el rol de Csokas como el asesino fue ovacionado y considerado lo mejor de la película.

Personalmente, creo que tanto Amok como Dark Crimes no son buenas películas, pero aquello no las hace detestables. Mientras la primera es un thriller más digerible y ameno que no ofrece nada nuevo, la segunda parece esforzarse demasiado —sin éxito— en emular esa atmósfera lúgubre y siniestra del cine policial europeo, además de la sórdida y explosiva violencia de algunas escenas. No obstante, pienso que las actuaciones la salvan de ser un total bodrio, con un Jim Carrey bastante sólido —si ignoramos ese acento innecesario que es todo menos polaco— y las acertadas actuaciones de Charlotte Gainsbourg, Kati Outinen, Robert Więckiewicz o el ya mencionado Csokas. Dicho todo esto, ambas historias son inferiores a la descabellada historia de la vida real en la que están basadas. Todavía queda pendiente un gran thriller sobre el caso Amok.

 

Otros escritores asesinos

Si bien el caso de Krystian Bala y su libro Amok es extraordinario, no se trata de un episodio sui géneris en la literatura. Existen otros escritores de novela negra que luego se descubrieron como verdaderos asesinos. Quizá los más similares al caso Amok, es decir, crímenes en los que se haya matado a un ser humano para luego narrar los detalles subrepticiamente en una novela, sean los de Richard Klinkhamer y Liu Yongbiao. El primero es un escritor holandés cuya esposa desapareció en 1991. Un año después presentaría a su editor el manuscrito de una perversa novela donde proponía siete distintas maneras de asesinar a su esposa. El texto fue rechazado, pero sus fragmentos vieron la luz en la prensa clandestina. En el 2000 los nuevos dueños de su antigua casa hallaron el cráneo de su esposa enterrado en el jardín. Klinkhamer confesó el crimen y fue sentenciado a siete años de prisión, saliendo el 2003 por buena conducta. Murió en el 2016, convertido en una celebridad. El otro es Liu Yongbiao, un escritor chino que se hizo muy notorio en su región. En el 2010 publicó una novela en cuyo prólogo comentaba su próximo proyecto literario como “la historia de una hermosa escritora que ha matado a muchas personas, pero los casos siguen sin resolverse”. En el 2017 fue arrestado como principal sospechoso de un caso sin resolver de 1995, el asesinato múltiple de una familia que trabajaba en una pensión de la localidad de Huzhou. “He estado esperando este día durante mucho tiempo”, confesó Liu, quien fue sentenciado a muerte en el 2018.

Póster oficial de la película “Dark Crimes” (2018).

Entre otros casos de escritores asesinos tenemos al norteamericano E. Richard Johnson, autor de Mongo’s Back in Town, un libro de 1969 llevado al cine en 1971. Johnson escribió casi la totalidad de sus relatos de crimen desde la cárcel, donde estuvo a raíz de un homicidio en segundo grado acometido durante uno de sus atracos en su juventud. Anne Perry, reconocida autora británica de novelas de misterio, entre ellas sus series sobre Thomas Pitt y William Monk, estuvo en la cárcel cinco años por el asesinato de la madre de su mejor amiga en 1954. Ambas la mataron a ladrillazos. El oscuro incidente recordado como el “Caso Parker-Hulme” fue adaptado al cine por Peter Jackson en la lograda Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, 1994).

María Carolina Geel fue una recordada escritora y crítica literaria chilena que en 1955 asesinó a su amante en el suceso conocido como “El crimen del Hotel Crillón”. Gabriela Mistral, entonces cónsul en Nueva York, solicitó su indulto al presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, cumpliendo así solamente un año de su sentencia. En ese periodo concibió Cárcel de mujeres (1956), uno de sus libros más exitosos, y siguió escribiendo hasta su muerte en 1996.

Si bien fue declarado como un accidente, en 1951 en Ciudad de México, el mítico beatnik William Burroughs acabó con la vida de su segunda esposa, Joan Vollmer. Al inicio retrató el incidente como una macabra borrachera, al estar ambos ebrios jugando “Guillermo Tell”, pero luego diría que fue un descuido mientras mostraba su pistola a sus amigos. Al retornar a Estados Unidos, fue sentenciado a prisión suspendida por dos años. David Cronenberg recreó el incidente en su delirante película El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991).

Más recientemente, tenemos al historietista y dibujante canadiense Blake Leibel, quien en el 2016 torturó, extrajo el cuero cabelludo y drenó el cuerpo de su prometida hasta la muerte. Las investigaciones sugieren que Leibel se había inspirado en Syndrome, una sangrienta novela gráfica del 2010 que coescribió junto a otros artistas. Fue condenado a cadena perpetua en el 2018.

Y la lista continúa. Relatos aterradores en los que la realidad supera a la ficción. Crímenes en los que la vida imita al arte. Polonia tiene a Krystian Bala y su libro Amok. En unos años Bala saldrá libre. ¿Publicará aquella secuela? ¿Volverá a planear un homicidio?

Simplemente no lo sabemos.

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Adaptarse a la fatalidad: Desgracia, de J. M. Coetzee

Ediciones en español de "Desgracia".

Reseña de la desgarradora novela del Nobel 2003 y ganadora del Premio Booker 1999.

 

Desgracia (1999) se inicia en Ciudad del Cabo. David Lurie tiene 52 años, dos divorcios y una visión curtida y cínica de la vida. Una visita semanal a su prostituta preferida o algún desvío circunstancial del deseo, entre mujeres que rápidamente se difuminan, así se sabe satisfecho. Su inclinación por el eros es un elemento importante en su vida, como aquello que lo define en la sociedad: su erudición en torno a los poetas románticos ingleses, como Wordsworth o Byron. Una pasión egoísta, solitaria, de escritorio. Su trabajo como docente le tiene sin cuidado. Tras un penoso escándalo en el que tanto la universidad como la prensa divulgan su tórrido y perturbador idilio con la joven alumna Melanie Isaacs, se ve obligado a renunciar. Presto a empezar de cero, decide irse al campo a visitar a su hija Lucy, una hippie que vive alejada de la metrópoli en su propia granja, donde además tiene una perrera.

Una tarde, tres hombres negros irrumpen en la casa de Lucy deliberadamente. Luego de incendiar la cabeza de David –quemando su cabello– y encerrarlo en el baño, asesinan a los perros, roban lo que pueden y violan en grupo a su hija. Este es el punto de quiebre del relato.

Desde aquí, se da un vertiginoso descenso a la esencia misma de la deshonra –y la desgracia–. La condición humana se cuestiona desde contextos abismales. Ambos personajes son colocados en los más aciagos extremos, atraviesan una situación que raya desde lo perturbador o incómodo hasta la pesadilla silente. La vida de David se va cayendo a pedazos, y sin embargo, no acabas sintiendo una verdadera lástima por él ni por el resto: todos representan personas con muchos defectos y rasgos inmorales que tornan más difícil la empatía, pero al mismo tiempo, se siente que esto es a propósito. Y funciona. 

Algo particular es la relación con Petrus, el capataz relacionado con el ataque sexual a Lucy. La interacción de ambos no obedece a ninguna lógica ética u occidental, solo al miedo y la tradición. Lucy sabe quiénes fueron los victimarios de la invasión a su casa y su violación, y sin embargo su reacción a este acontecimiento traumático resulta inconsecuente, especialmente para David, quien contempla confusa y absurda la decisión de su hija de quedarse en su casa, no denunciar el crimen y sufrir en silencio. Respeta la determinación, mas no deja de desconcertarlo y de hacerse cuestionamientos. ¿Debería él hacer algo, tratar finalmente de ser un buen padre? ¿Existe la posibilidad de solucionarlo todo o de cambiar la mentalidad de las personas? Sus disquisiciones, no obstante, no lo conducen a ninguna parte. David Lurie lucha sin éxito contra la aceptación de lo ineludible. Y le toma todo el libro comprenderlo.

Edición de Debolsillo de “Desgracia” (2012).

La violencia sexual se traduce como una suerte de odio ancestral y castigo por las desigualdades históricas. Al mismo tiempo vemos cómo ninguno del resto de personajes, hombres en su mayoría, logra comprender el proceder de Lucy, su forma de confrontar el dolor. David hace el intento, mas él mismo exhibe y abraza una inmoralidad lasciva desde el inicio del relato –la relación con Melanie Isaacs, sus episodios con prostitutas–, la cual acaba destruyendo su reputación y autoexiliándolo con su hija. Hombres blancos y negros no exentos de mácula, con una imperfección comparable en cierto nivel, e incapaces de ponerse en el lugar de la mujer, aun si lo quieren. Coetzee nos dice que el yerro humano no diferencia razas ni grupos étnicos.

Otro tema relevante es la imagen de la mujer. Una instancia primordial en las lucubraciones de David, con aproximadamente nueve mujeres a través del libro (excluyendo su fascinación idílica por la Teresa de Byron). La presencia de la mujer –o las mujeres– es vista desde la perspectiva de David y es necesaria para entenderlo: genera una correlación de pensamientos y debates internos que articulan el desarrollo del personaje. De igual manera, tenemos el sufrimiento de los animales –tema recurrente del autor, un conocido vegetariano–, representado en el relato con la imagen de los perros. David termina identificándose con la vida y la muerte de los perros en el campo, en la veterinaria, en la perrera e incluso con aquel casi mutilado can que cojeaba, al final del libro, a quien aprecia y no vacila en eliminar. Los perros son una constante que no solo sirve como mecanismo para comprender a David, sino a toda Sudáfrica: en un país donde los seres humanos se matan unos a otros, la vida de los perros no vale nada.

La voz de Coetzee se siente con intensidad, un narrador que comprende a su protagonista y permanece cerca de él. Incluso podríamos, sin mucho esfuerzo, encontrar ciertos rasgos autobiográficos. La forma en la que se cuestionan los actos de David Lurie es tan intensa y vívida que podría fácilmente ser el mismo protagonista quien narra, a pesar de ser en tercera persona. Comparten una forma de pensar, acaso de proceder. Coetzee se sirve del estilo indirecto libre –técnica narrativa caracterizada por presentarnos una narración en tercera persona que adopta elementos de una en primera persona–, ya que podemos detectar mucho del discurso de David en Coetzee. Para aquellos familiarizados con al autor y su obra, la idea de una auto identificación o un sutil alter ego no resulta ajena. Coetzee es también un profesor sudafricano blanco, salvaje lector y un retraído hombre de letras que expresa más en el papel que en entrevistas o conferencias de prensa. En el sentido del análisis de personaje de James Wood, podríamos decir que Coetzee pertenece a esta línea de autores más enfocados en el yo, cuyos personajes pueden ser sin problemas un calco de sí mismos.

Coetzee en Varsovia, 2006 (Créditos: Mariusz Kubik).

Quizá lo más importante sea que Desgracia es una ficción situada en un contexto determinado. Sudáfrica post apartheid. La experiencia de David y Lucy reflejan los rezagos de esta problemática. La indeseable situación de Lucy, atrapada entre el horror del ultraje sexual y la sumisión al orden establecido. Siendo ellos dos blancos en un poblado de negros. Siendo Lucy una mujer granjera en una zona de hombres de campo. Su historia funciona también como un relato del pasado de Sudáfrica y sus secuelas. Hay muchas referencias, como David argumentando que Petrus no podría ser un kaffir como los de antes o Lucy comentando la violación como un acto ‘personal y lleno de odio’, a lo que su padre responde que ‘fue la historia y los ancestros’ los que hablaron a través del abuso sexual. Vemos aquí una presencia fuerte de la memoria como tema, así como también un ejemplo de la idea de Vargas Llosa de la ficción como recurso para expresar una necesidad general, filtrar una identificación mayor. Un reflejo sensible y desolador de lo que podría sucederle a cualquier persona, en cualquier época y cualquier lugar del mundo. Desgracia, para muchos la mejor novela del enorme Coetzee, acaba siendo una obra universal, y esto podemos percibirlo a su vez en su ausencia de desenlace. Se trata de un final abierto, crudo y real. La vida sigue y toca adaptarse y sobrellevar la fatalidad.

Datos del libro:

  • Idioma y título original: Inglés / Disgrace
  • Primera publicación: 1999
  • Edición en español: Debolsillo, 2012
  • Traducción: Miguel Martínez-Lage
  • Páginas: 270

Puedes ver el tráiler de la adaptación cinematográfica aquí.

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