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La partida y el legado de Quino

Mafalda y el mundo (Fuente: Web oficial de Quino).

Un breve comentario sobre la muerte del gran Quino y la importancia de Mafalda.

Ayer falleció Joaquín Lavado (1932-2020), el enorme historietista argentino conocido por todos como Quino, el hombre que dio vida a Mafalda. Quino se nos fue a los 88 años un día después del quincuagésimo sexto aniversario de su más emblemático personaje, y el Gobierno Argentino declaró duelo nacional. Me atrevería a decir que al menos toda la Latinoamérica comparte el duelo: ¿quién no tiene un libro de Mafalda en casa? 

Quino, un tipo de personalidad tímida que tenía mucho qué decir, un humorista gráfico con un agudo y fino talento  para criticar a la sociedad y la política, creó a esta niña filósofa, sabia, esa alma vieja que en las cambiantes décadas de los 60s y 70s reflejaría el sentir, la angustia y curiosidad de una época. Mafalda, una pequeña cuestionadora que hace preguntas incómodas a sus padres, quienes pocas veces sabían qué contestarle. Junto a ella estaban otros personajes acaso igual de entrañables: Su mamá, su papá, su hermanito menor Guille, Felipe —mi personaje preferido, tan distraído, soñador, perdido en sus cómics e imaginación, pero al mismo tiempo estresado y paranoico con las responsabilidades y el colegio—, Susanita, Manolito, Miguelito y Libertad. En cada una de sus viñetas, Mafalda proponía ideas, compartía sus impresiones de su entorno y del mundo, sus maravillas y extrañezas, nos hablaba de los derechos humanos, siempre con una tendencia pacifista —en tiempos de dictaduras, la Guerra Fría y Vietnam—; de los roles y valores en la familia; del feminismo, el patriarcado y el lugar de la mujer; del amor a la cultura, las artes y la ciencia. Sin duda una niña visionaria, adelantada a su época, y todo bajo una perspectiva progresista que ciertamente realiza una crítica social, mas que nunca abandona el optimismo, la esperanza, la ternura y, por supuesto, el humor.

Algunas de las mejores viñetas de Mafalda (Fuente: Web oficial de Quino).

“No tiene importancia lo que yo pienso de Mafalda. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí”, dijo alguna vez Julio Cortázar. Y es que gracias a ella, Quino compartió su preocupación por nuestro presente y nuestro incierto futuro. Podemos verlo en cuánto Mafalda detestaba la sopa y escapaba de ella o la tomaba a regañadientes: en una entrevista a sí mismo publicada en su web oficial, Quino admite que en realidad a él le gusta la sopa y que ella es “una metáfora sobre el militarismo y la imposición política”. Y así, nos encontramos fuertes ideas en muchas frases clásicas de Mafalda como: “lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre”, “el problema es que hay más gente interesada que gente interesante”, “¡paren el mundo que me quiero bajar!”,  “y al final, ¿cómo es la cosa? ¿Uno lleva la vida por delante o la vida se lleva por delante a uno?” o “a fin de cuentas, la humanidad no es nada más que un sándwich de carne entre el cielo y la tierra”, entre tantas otras más.

Quino haciendo un autorretrato para Caretas (Fuente: Arkivperu.com).

Mafalda dio la vuelta al mundo y tuvo hasta dos series animadas y una película en 1982. Así, Quino se hizo de muchos galardones durante su carrera, entre los que destaca el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014. Si bien buscaba hacer tanto una reflexión como una crítica a la realidad de su tiempo, los mensajes de las tiras cómicas de Mafalda permanecen vigentes hasta el día de hoy. Toda Hispanoamérica —todo el mundo, si pensamos en las cientos de ediciones y las 35 traducciones— le tiene una deuda imposible de saldar: a través de su obra, Quino se ha hecho inmortal.

A Mafalda le tengo un amor añejo, de toda la vida. Mi mamá leía a Mafalda desde niña, mi hermana y hermano mayor también y gracias a ellos mi otra hermana y yo, los últimos hijos, leímos mucho Mafalda de pequeños. Recuerdo cuando mi hermana mayor me obsequió el TODA MAFALDA para mi noveno o décimo cumpleaños. Lo leí muchas veces y el libro se avejentó rápido, de tanto llevarlo de un lado a otro. Mi mamá todavía tiene esa muñeca de Mafalda en la casa, más vieja que yo, con la que ahora juega mi sobrina de seis años, nueva seguidora cuya personalidad y opiniones no pocas veces me recuerdan a esta niña genio que ahora está de luto. Y así seguiremos, transmitiendo la afición de generación a generación, porque con ciertas cosas es necesario. Gracias, Quino.

El maestro Quino (Fuente: Web oficial de Quino).

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El Día de Star Wars: la nostalgia de una gran época

ABSTRACCIONES, Cine, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

El elenco original. De izquierda a derecha: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill y Carrie Fisher (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Evocando la saga de películas que cambió mi vida (y la de millones)

[Text in ENGLISH]

Hoy es el Día de Star Wars, mi historia favorita o acaso una de mis favoritas. Uno de mis placeres culposos más grandes, a pesar de la decadencia de sus últimas películas. En vista de ello, hoy toca asaltar un momento mi jornada para evocar la saga y quizá ver alguna de las películas clásicas (no las precuelas ni secuelas ni spin-offs ni dibujos animados). Por qué no.

El Star Wars Day es conocido por la frase May the Fourth be with you, un divertido juego de palabras del poderoso latiguillo de trascendencia metafísica May the Force be with you, repetido a través de todas las entregas de la saga galáctica. Por supuesto, este calambur no tendría sentido en español, pues existe poca similitud entre Que la Fuerza te acompañe y Que el Cuarto te acompañe. La frase se utilizó por primera vez en 1979, cuando Margaret Thatcher fue nombrada Primera Ministra de Reino Unido. La primera mujer que asumía el cargo fue felicitada por los miembros del partido político conservador, quienes a través del London Evening News expresaron “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations”. Curiosamente, la cita influenciada del May the Force be with you de la película de Lucas fue luego reciclada por los fans de la saga, y ahora el 4 de mayo es el día oficial de Star Wars en todo el mundo.

Carrie Fisher y Mark Hamill bromeando durante la filmación de “El imperio contraataca”, circa 1980 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Mi relación con esa galaxia muy, muy lejana es de toda una vida. La primera vez que vi Star Wars tenía cinco años. Soy un aficionado de segunda o acaso tercera generación. Era una grabación en VHS de The Empire Strikes Back (1980) o El Imperio contraataca como la conocimos en español. Mi hermano mayor la había grabado de Cine Millonario, el legendario bloque de películas de los domingos por la noche en Frecuencia Latina. Si mi memoria no me es infiel, era un fin de semana por la tarde, acaso un domingo. Mi tío estaba de visita y en mi recuerdo convergen la escena de Luke y Yoda en el pantanoso planeta Dagobah acompañadas de las voces de mis padres cotilleando con mi tío. Recuerdo también la clásica etiqueta con el nombre de la película en la parte inferior izquierda de la pantalla: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”. Una traducción curiosa, considerando que no existía en la trilogía entera ninguna guerra entre galaxias. Ese nombre otorgado por el doblaje para Hispanoamérica se incrustó en mi mente como la rémora al tiburón. Henchido de maravilla y exultación, invadí de preguntas a mi hermano y mi hermana, ¿quién era ese monstruito verde? ¿Quién es el malo? ¿Qué es un Jedi? Era imparable. Ahora bien, la memoria es tan frágil como falaz y quizás mi evocación es una construcción selectiva. Quizás fue El retorno del Jedi (1983) y quizás fue un lunes por la noche y sin mi tío. Sea como haya sido, este es mi recuerdo más viejo de Star Wars y uno de los más entrañables de mi infancia.

Era 1993: en el Perú, el autogolpe de nuestro dictador Fujimori ya celebraba su primer aniversario y el conflicto armado interno entre las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso diezmaba las poblaciones asháninka y nomatsiguenga de Satipo… En el mundo, Bill Clinton era elegido como el cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos y Nelson Mandela recibía el Premio Nobel de la Paz. Y mientras Hollywood remecía al mundo con Jurassic ParkPapá por siempre o La lista de Schindler, yo me entregaba de manera absoluta a La Guerra de las Galaxias.

Enloquecí cuando mi hermano me reveló que también tenía las otras dos películas grabadas. Y así empezó todo: vi esa versión de la trilogía original una y otra vez en esos viejos casetes de VHS hasta 1997, cuando entré al colegio Los Reyes Rojos en plena fiebre global de Star Wars por el estreno de la Special Edition y se los presté a un compañero nuevo que jamás los devolvió. A pesar de ese desliz en mi afición, ella siguió creciendo, y yo con ella.

Póster peruano de “A New Hope” para promocionar la película en los cines de Lima, Perú,1978 (Créditos: Archivo de la web de Arkiv Perú):

Ansioso por recrear las aventuras de Luke, Han y Leia, lamentaba mucho que no existan figuras de acción de Star Wars. Solamente contaba con un puñado de sobrevivientes de la colección de Kenner de los setentas y ochentas, heredada de mis hermanos mayores: un Tusken Raider, un RD-D2 sin patas, un guardia gamorreano y la princesa Leia. Solía jugar con tres G.I. Joes que reemplazaban a Luke, Han y C-3PO; imaginaba que el gamorreano era Chewbacca; y a ellos les sumaba el R2 lisiado y a la antiquísima Leia. Así fantaseaba hasta 1996, cuando arribó al Perú mi sueño materializado por Hasbro. La colección The Power of the Force, el retorno de las figuras de acción de la saga galáctica, revivió el encantamiento que ya Dragonball o los superhéroes de Marvel o las Tortugas Ninja empezaban a mermar. Con los juguetes llegaron luego cómics y algunas novelas. Para 1999, cuando apareció La amenaza fantasma, la primera película de la trilogía de precuelas de Star Wars, yo ya era un pequeño experto o al menos creía serlo —no tenía idea de lo vasto que era ese Universo Expandido sitiado de cómics, novelas y videojuegos—. Incluso pertenecí por unos años a un club de fanáticos en Lima, The Force Perú, donde gané un sorteo por primera vez en mi vida, a los 11 años, y me hice poseedor de un Junior Jedi Training Manual, un librillo con accesorios y un audiobook donde al final debía firmar un seriecísimo “Juramento del Jedi Junior” que todavía conservo. Abracé las precuelas y con la adolescencia y la adultez comprendí mejor la franquicia y sus imperfecciones: El retorno del Jedi, mi preferida durante la infancia, fue desplazada por El Imperio contraataca; me uní —temporalmente, ahora he cedido un poco— a la enorme campaña de animadversión hacia Jar Jar Binks; y odié las escenas y líneas románticas entre Anakin y Padmé. Pero todo aquello no redujo mi amor por la saga. Tras la locura del 2005 con La venganza de los Sith, que se encargó de adecentar las precuelas, la vida siguió. Algún libro o figura de acción ocasional o ver las series animadas de televisión y todo iba bien. Star Wars se amalgamó con mi existencia de forma orgánica. No necesitaba más.

De aquella epopeya espacial que trasladó el “viaje del héroe” de Joseph Campbell a nuestros tiempos, que atravesó todas las barreras geográficas y sociales y devino en un fenómeno de la cultura popular durante cuatro décadas, he aprendido mucho. Crecí citando a Ben Kenobi, Luke, Yoda, incluso más tarde a Qui-Gon. Cuestionaba la existencia de la suerte y las casualidades, reflexionaba sobre la dualidad del bien y el mal en todos nosotros y la posibilidad de errar o tomar la decisión equivocada, me preguntaba por la Fuerza y por ende por la creencia en Dios y la divinidad, revaloraba el amor por la familia y contemplaba como esencial la búsqueda de un mentor o maestro en la vida. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill y Denis Lawson se divierten un rato en un momento detrás de cámaras de “El retorno del Jedi”, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Star Wars nutrió asimismo mi adicción por las historias, la ficción y el acto de escribir. Dos de mis cuentos más viejos, perdidos para siempre con el estropeo de la antigua Pentium III de mi casa —uno de mis traumas de inicios de la adolescencia— eran fanfics predecibles de la saga: A Bounty Hunter’s Tale y Jedi Journeys. Star Wars me enseñó la insondable belleza de los mundos posibles. Ha sido entonces parte de mi educación sentimental e intelectual, ingrediente esencial en el desarrollo de una sensibilidad primaria, infantil, muy amable, que continúa mutando, cimentándose con la experiencia y el encuentro con otras historias.

Tras la fraudulenta trilogía de secuelas de Disney —algo en lo que no vale la pena explayarme ahora— atravieso una etapa de saturación de Star Wars, mas la franquicia parece imparable. Ni siquiera la pandemia del COVID-19 parece aplacarla: hoy se acaba de confirmar una nueva película dirigida por el talentoso y muy solicitado Taika Waititi. ¿Tendremos Star Wars hasta el fin de los tiempos? ¿Continuarán Disney y Lucasfilm creando estas historias cuando mis supuestos nietos tengan sus primeros descendientes? ¿Cuando un apocalipsis zombi se coma a la mitad del planeta? ¿Cuando una nueva guerra mundial arrase con Europa o Siria? ¿Cuando nos invadan extraños extraterrestres fusiformes con rostro de bivalvo? ¿Habrá algún reboot? ¿Recastearán a Luke o Leia en algún momento (por todos los Ewoks de Endor, no por favor) o los seguirán rejuveneciendo y reviviendo digitalmente per saecula saeculorum?

Clásica fotografía de Carrie Fisher en una sesión playera de la revista Rolling Stone, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Aquellas cuestiones, al fin y al cabo, me tienen sin cuidado. Vivimos un momento en el que la crónica de aquel granjero soñador de Tatooine se expande indeciblemente, más allá de aquellos dos soles gemelos que contempla silente, con más vida que nunca. Para bien o para mal, hay Star Wars para rato, mas prefiero darme un respiro del futuro de la saga y volver a sus raíces. Hasta que se les ocurra hacer un spin-off de Jar Jar Binks, hay que estar agradecidos…

De pronto suena a cualquier dislate de efemérides de turno, mas aquellos que comprenden saben que es cierto. La deuda con Star Wars prevalece. May the Fourth!

Los personajes de la trilogía original de “Star Wars” en plena pandemia del coronavirus (Créditos: desconocido, hallado en Internet).

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Star Wars Day: the nostalgia for amazing times

ABSTRACCIONES, Cine, In English, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

The original cast. From left to right: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill and Carrie Fisher (Credits: Lucasfilm / Disney).

Evoking the movie trilogy that changed my life (and that of millions)

[Texto en ESPAÑOL]

Today is Star Wars Day, one of my favourites stories ever, if not my favourite. One of my biggest guilty pleasures, despite the decline of its latest movies. Because of this, today it is time to interrupt my daily routine to evoke the saga and perhaps see some of its classic entries (not the prequels or sequels or spin-offs or cartoons). Why not.

Star Wars Day is known for the catchphrase May the Fourth be with you, a funny pun on the powerful quote of metaphysical transcendence May the Force be with you, repeated throughout all installments of the galactic saga. Of course, this calembour would not make sense in Spanish—my mother tongue —, since there is little similarity between Que la Fuerza te acompañe and Que el Cuarto te acompañe. The phrase was first used in 1979, when Margaret Thatcher was appointed Prime Minister of the United Kingdom. The first woman to take office was congratulated by members of the Conservative political party, who through the London Evening News expressed “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations ”. Interestingly, the quote influenced from Lucas’s May the Force be with you was later recycled by the fans of the saga, and now May 4 is the official day of Star Wars around the world.

Carrie Fisher and Mark Hamill having fun on the set of “The Empire Strikes Back”, circa 1980 (Credits: Lucasfilm / Disney).

My relationship with that galaxy far, far away goes through my whole life. The first time I saw Star Wars I was five years old. It was a VHS recording of The Empire Strikes Back (1980). My older brother had recorded it from Cine Millonario, the legendary block of Sunday night movies in Frecuencia Latina, a Peruvian national broadcast station. If my memory does not betray me, it was a weekend afternoon, perhaps a Sunday. My uncle was visiting us and in my recollection the scene of Luke and Yoda on the swampy planet Dagobah converges with the voices of my parents and my uncle laughing and gossiping in the background. I also remember the classic label with the name of the film at the bottom left of the screen: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS“. Now everyone in Hispanic America knows the franchise as Star Wars, but back then we were more used to our version, which means Galaxy Wars. A curious translation, considering that there was no war between galaxies in the entire trilogy. That name given by the dubbing was fixated in my mind like a remora to a shark. Filled with wonder and joy, I invaded my brother and sister with questions, who was that little green monster? Who is the bad guy? What is a Jedi? I was unstoppable. However, memory is as fragile as fallacious and perhaps my evocation is a selective construction. Maybe it was The Return of the Jedi (1983) and maybe it was a Monday night without my uncle. Either way, this is my oldest memory of Star Wars and one of the most endearing of my childhood.

It was 1993: in Peru, the auto-coup of our dictator Fujimori was already celebrating its first anniversary and the internal armed conflict between the Armed Forces and the Shining Path was decimating the Asháninka and Nomatsiguenga indigenous populations of Satipo… In the world, Bill Clinton was becoming the fortieth second President of the United States and Nelson Mandela was receiving the Nobel Peace Prize. And while new Hollywood’s blockbusters like Jurassic ParkMrs. Doubtfire or Schindler’s List were conquering the world, I was giving myself up to La Guerra de las Galaxias.

I went crazy when my brother revealed that he also had recorded the other two movies. And that’s how it all began: I watched that version of the original trilogy over and over again on those old VHS cassettes until 1997, when I started third grade in a new school during the days of the Star Wars Special Edition fever and borrowed them to a new classmate who never returned them. Despite that sad episode, life went on and so it did my obsession. We grew together.

Peruvian poster of “A New Hope” to promote the movie in theaters in Lima, Peru, 1978 (Credits: Archive of the Arkiv Peru website).

Anxious to recreate the adventures of Luke, Han and Leia, I used to find it sad that there were no Star Wars action figures. I only had a handful of survivors from the Kenner collection of the seventies and eighties, inherited from my older brothers: a Tusken Raider, an RD-D2 without legs, a Gamorrean guard and Princess Leia. I used to play with three G.I. Joes that were replacing Luke, Han and C-3PO; the Gamorrean was Chewbacca; and completed the group with the disabled R2 and the classic Leia. So I fantasized until 1996, when my dream came true and it arrived to Peru, materialized by Hasbro. The Power of the Force collection, the return of the galactic saga’s action figures, revived the spell on me that Dragonball or Marvel superheroes or the Ninja Turtles were beginning to diminish. With the toys came later comics and some novels. By 1999, when The Phantom Menace appeared, the first film in the Star Wars prequel trilogy, I was already a small expert or at least I thought I was—I had no idea how vast was that Expanded Universe of comics, novels and video games. I even belonged for a few years to a fan club in Lima, The Force Perú, where I won a raffle for the first time in my life, at age 11, and became an owner of a Junior Jedi Training Manual, a booklet with accessories and an audiobook where I had to sign a very serious “Junior Jedi Oath” at the end. I still have it. I embraced the prequels and with the adolescence and adulthood I understood better the franchise and its imperfections: The Return of the Jedi, my favourite during childhood, was displaced by The Empire Strikes Back; I joined – temporarily, now I have somehow accepted it – to the everlasting hate campaign towards Jar Jar Binks; and I hated the romantic scenes and lines between Anakin and Padmé. But all that did not affected my love for the saga. After the madness of 2005 with Revenge of the Sith, which took it upon itself to leave the reputation of prequels in a better place, life went on. Reading any occasional book, buying an action figure or watching the animated television series and everything was okay. Star Wars amalgamated with my existence organically. I did not need more.

I have learned a lot from that space opera that translated the “Hero’s Journey” of Joseph Campbell to our times, that crossed all geographical and social barriers and became a pop culture phenomenon for four decades. I grew up quoting Ben Kenobi, Luke, Yoda, even Qui-Gon, later. It made me question the existence of luck and coincidences, reflect on the duality of good and evil in all of us and the possibility of making the wrong choice, wonder about the Force and therefore about the existence in God and divinity, revaluate the importance of family, and contemplate as essential the search for a mentor in life. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill and Denis Lawson on a shot behind the scenes of “Return of the Jedi”, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Star Wars also nurtured my addiction to stories, fiction and the act of writing. Two of my oldest short stories, lost forever with the malfunction of the family’s old Pentium III—a trauma of my early adolescence—were predictable fanfics of the saga: A Bounty Hunter’s Tale and Jedi Journeys. Star Wars taught me the unfathomable beauty of possible worlds. Then, it has been part of both my sentimental and intellectual education. An essential ingredient in the development of a primary, childish, and very warm sensitivity, that continues to mutate, across the experience and the collision with other stories.

After the failed trilogy of the Disney sequels—something that is not worth going deeper on now—I am going through a phase of saturation of Star Wars, but the franchise seems unstoppable. Not even the COVID-19 pandemic seems to appease it: a new film directed by the talented and highly sought-after Taika Waititi has just been confirmed today. Will we have Star Wars until the end of time? Will Disney and Lucasfilm continue to create these stories when my alleged grandchildren have their own descendants? When a zombie apocalypse eats half the planet? When a new world war crash with Europe or Syria? When we are invaded by strange fusiform aliens with bivalve-like faces? Will there be a reboot? Will they recast Luke or Leia at some point (for all the Ewoks of Endor, please not) or will they continue to digitally rejuvenate and resurrect them per saecula saeculorum?

Classic photograph of Carrie Fisher during a Rolling Stone magazine beach shoot, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Those questions, after all, do not matter to me. We live in a moment in which the adventure of that daydreamer farmboy from Tatooine expands unspeakably, far beyond those two twin suns that he silently contemplates, more alive than ever. For better or for worse, Star Wars has come to stay, but I prefer to give myself a break from the future of the saga and return to its roots. As far as they do not announce a Jar Jar Binks spin-off, we have to be grateful…

It may sound like a cheap thought of any given holiday, but those who understand know it to be true. The debt to Star Wars prevails. May the Fourth!

The characters from the original “Star Wars” trilogy in the middle of the coronavirus pandemic (Credits: unknown, found on the Internet).

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El caso Amok: el libro de la muerte

Krystian Bala, 2008 (Créditos: Adam Hawałej/PAP).

Krystian Bala podría acaso denominarse como el precursor del ‘meta-asesinato’. El joven escritor polaco permanece en la prisión de Breslavia, tras culpársele de haber premeditado, dirigido y cometido un homicidio en el 2000. Después de acabar —supuestamente— con la vida de un empresario, escribió y publicó un libro de nombre Amok, en el que se narraba una muerte muy similar. Nadie podría haberlo descubierto. Al menos eso pensaba.

 

El caso

Diciembre para Polonia es un mes perdido. El invierno deprime a sus habitantes, invade la voluntad de los corazones con una desidia tan gris y fría como el cielo de sus tardes. Aquella gélida jornada de diciembre del 2000, cerca al río Óder, al suroeste del país, tres pescadores se hallaban trabajando en silencio. Todavía no encontraban nada cuando uno de ellos creyó ver un gran pez aproximándose a la orilla. Mientras se iba acercando, el pescador y sus amigos pensaron que era un tronco, pero al verlo ya ante ellos, repararon en el cabello. El pescador emitió un alarido de pavor que alarmó a sus colegas, y palpó la figura con su caña de pescar, para atraerla. Lo sabía. Era un cadáver.

El departamento de policía de Breslavia, la ciudad más cercana al hallazgo, trasladó el cuerpo a la morgue. Una soga amarraba el cuello del hombre. Las manos atadas a la espalda. Parte de la cuerda, probablemente cortada con un cuchillo, conectaba sus manos al cuello, provocando que el menor intento de movimiento ajuste y ahorque más la soga en su garganta. Su crueldad lo sugería: era un homicidio. Vestido con un polo y ropa interior, las heridas del cuerpo evidenciaban maltrato y torturas. Los exámenes posteriores revelarían que la víctima no había ingerido alimentos durante los días precedentes a su muerte. Otro examen pulmonar reveló signos de ahogamiento. Contemplaron la posibilidad de que la víctima haya sido lanzada con vida al río.

Las características reflejadas en el análisis del occiso coincidían con la descripción de Dariusz Janiszewski, un publicista de 35 años que se había reportado como desaparecido desde el mes anterior. Fue visto por última vez saliendo de su trabajo en el centro de Breslavia, el 13 de noviembre. Cuando los efectivos de la policía se contactaron con la esposa de Janiszewski para que identifique al muerto, ella se negó. No soportaba el dolor. Su madre, sin embargo, aceptó acudir a la cita, reconociendo el cuerpo sin vida de su hijo. Tenía la misma marca de nacimiento en el pecho.

Portada del libro “Amok”, publicado en Breslavia por la editorial Croma (2003).

Meses después, desprovistos de pistas e información, la policía tiró la toalla y abandonó la investigación. Fue bautizado por la prensa polaca como “el crimen perfecto”. Tres años más tarde, en otoño del 2003, Jacek Wróblewski, un detective de 38 años de la policía de Breslavia, desempolvó el caso. Revisó exhaustivamente el archivo, en una madrugada sitiada de tazas de café e interrogantes. Sus pensamientos moraban con este crimen. Estaba fascinado. Acaso la oscura incertidumbre que lo entrañaba, la inquietud de resolver un enigma sangriento y de relevancia nacional. Wróblewski era un detective muy curioso. Para comprender la mente criminal, había empezado a estudiar psicología en sus espacios libres, en la universidad pública local.

Durante sus indagaciones, un detalle aparentemente fútil captó su atención: nunca hallaron el teléfono celular de Janiszewski. El detective buscó a la esposa del difunto y le pidió los documentos del móvil desaparecido. Ella le brindó el manual de instrucciones, donde figuraba el número de serie del equipo, que Wróblewski empezó a rastrear. Pronto encontraron su paradero: había sido vendido cuatro días después de la desaparición de Janiszewski, en la popular tienda online polaca llamada Allegro. El vendedor estaba registrado como “ChrisB(7)”. Tras una breve pesquisa, el usuario fue reconocido como un escritor, filósofo y empresario de 30 años llamado Krystian Bala.

Empezó a investigar al joven académico. Acababa de publicar Amok, un libro experimental, muy extraño e incomprendido por los medios, en el que figuraba un diabólico chivo de ojos brillantes en la portada. Una representación clásica del Diablo. ‘Amok’ es una curiosa palabra de origen malayo que tanto en polaco como en español y otros idiomas describe un frenesí violento, salvaje y disruptivo, cual estado berserk. Una locura homicida. El detective adquirió la novela y la devoró con rapidez. Narraba las desventuras de un joven intelectual polaco —cual alter ego de Bala— perdido en una sórdida historia sitiada por drogas, sexo y alcohol. Pero algo conjuró su total sorpresa: en determinado momento del libro se describía un asesinato idéntico al de Janiszewski. Wróblewski hiló cabos y no vaciló. Bala fue capturado a los pocos días, y su libro se volvió un insospechado best-seller. Los lectores querían hallar pistas del asesinato en la novela.

Ilustración de John Ritter para la crónica de David Grann en The New Yorker.

En el 2007, el tribunal de Breslavia falló declarándolo culpable. Al año siguiente, se ratificó la sentencia y se oficializó su condena a 25 años de prisión. El asesino intelectual sigue proclamando al mundo su inocencia, aduciendo que se basó en dos textos periodísticos como material principal para su obra. Hacia el final, la novela de Bala se descartó como evidencia en el caso. Sin embargo, otros factores insistieron en su culpabilidad, donde destacaba el teléfono robado de Janiszewski. El motivo resultó ser bastante común: celos. La exesposa de Bala tenía una aventura con la víctima. Bala nunca dejó de insistir en que aquello carecía de sentido, pues esa relación había terminado hace años y él ya no sentía nada. Durante su reclusión, Bala empezó a escribir su segunda novela, supuestamente titulada De Liryk.

 Aunque para muchos sea indiscutible, hasta el día de hoy no se ha esclarecido a plenitud si cometió el crimen. Las pruebas así lo señalan, mas las averiguaciones realizadas encuentran ciertos vacíos en la cadena lógica de eventos, como los testimonios contradictorios en los exámenes forenses. Además, los fiscales y la policía no pueden determinar con exactitud las circunstancias del asesinato de Janiszewski. Muchas preguntas permanecen sin respuesta: ¿dónde se cometió el crimen? ¿cómo transportó a la víctima a un lugar a aproximadamente 100 kilómetros de Breslavia? ¿Tuvo alguna ayuda o estaba solo? A su vez, tampoco se sabe si terminó aquella segunda entrega literaria. David Grann, escritor y periodista del The New Yorker que narró el caso en su extensa crónica True Crime. A postmodern murder mystery, cuenta que, al preguntarle por el libro durante una entrevista en la cárcel, Bala lanzó una nerviosa mirada a los guardias, cerciorándose de no ser escuchado, y musitó: “este próximo libro será aún más deslumbrante”.

 

Krystian Bala hoy

El autor de Amok continúa tras las rejas. Todavía afirma ser inocente. En una entrevista del 2010, Grann habló de su experiencia entrevistando al criminal. Allí entra en detalle en su psicología: Bala se pasó gran parte de estos años hablando de la dualidad entre la realidad y la ficción, y como su libro era un relato ficticio que podía abrirse a la interpretación. Fue lo que le dijo a Grann en la cárcel y que también le repitió a los periodistas polacos Mateusz Baczyński y Janusz Schwertner en el 2017. No obstante, la desesperación parece haber afectado a Bala, quien se contradice: “lo sorprendente, lo divertido —algo que al menos algunas de estas historias tienen— es que pueden ser muy inquietantes, a veces perturbadoras, pero también tienen momentos extrañamente cómicos, y uno de los momentos más graciosos fue cuando este novelista posmoderno está en pleno juicio y de repente intenta convencer a todos de que él es un empirista y que nadie puede interpretar su novela. Yo sé lo que es la novela”, comenta Grann. La crónica sobre el caso Amok de David Grann fue incluida en dos de sus compilaciones de ensayos y textos periodísticos: The Devil & Sherlock Holmes: Tales of Murder, Madness & Obsession (2010) y The Old Man and the Gun: And Other Tales of True Crime (2018).

Bala se ha mostrado entusiasta al hablar sobre la supuesta secuela de Amok, la anunciada De Liryk. Un todavía sobrecogido Grann agrega que, luego de enterarse de la existencia de este próximo libro, descubriría que la policía de Breslavia ya había reunido evidencia hallada en la computadora de Bala, cuyos archivos contenían material sobre una potencial nueva víctima. De acuerdo al reporte policial, Bala planeaba volver a matar, enlazando su segunda novela con un nuevo asesinato. Años más tarde, el escritor homicida le revelaría a Baczyński y Schwertner que De Liryk ya estaba casi lista y que se trata de la segunda parte de una trilogía: “será una disertación pornosófica, posmoderna en forma, hardcore en contenido”, señaló desde la prisión.

En el 2010, Bala intentó anular su sentencia sirviéndose del recurso de casación, pero el Tribunal Supremo rechazó su apelación. El caso de Amok sigue siendo uno de los crímenes más sonados tanto en Breslavia como en todo el país. Krystian Bala continúa cumpliendo la condena de 25 años, y no se declara culpable hasta el día de hoy.

Bala en el 2017, en un reportaje del canal de televisión polaco TVN24.

 

Amok en el séptimo arte

La historia de un graduado de filosofía que incurre en homicidio y unos años después publica una novela donde camufla pistas y otros detalles de cómo acometió el crimen. Era una cuestión de tiempo: periodistas, escritores, cineastas, criminólogos, el caso dio la vuelta al mundo, en gran parte por el relato de Grann en The New Yorker. Ciertamente, es una idea muy atractiva para la ficción.

La primera adaptación del caso fue local. Amok es una película del 2017 dirigida por Kasia Adamik —hija de la connotada cineasta polaca Agnieszka Holland— y protagonizada por Mateusz Kościukiewicz, quien interpreta a Krystian Bala. Se trata de una adaptación libre del crimen de Bala y su libro que generó mucho interés por la ya conocida y controversial historia detrás, pero que no fue bien recibida por la crítica. En el 2017, cuando los periodistas Baczyński y Schwertner le preguntaron por qué permitió que realicen una película que lo presenta como el asesino cuando él sigue alegando lo contrario, Bala replicó: “es solo una película. ¡Ficción, no documental! Todo el argumento se basa en los eventos de una forma muy abierta. Algunos personajes son completamente ficticios. Verás, yo me permito una provocación. Para ser honesto, no estaría de acuerdo con una hagiografía. No quiero verme inmaculado. Y esta película es una narración divertida… Para el cine podría incluso ser un caníbal. Repito: es divertido”.

Póster oficial de la película “Amok” (2017).

Quizá lo curioso sea lo acontecido detrás de cámaras: Bala aceptó la idea y vendió los derechos de autor tanto del libro como la película, ganando alrededor de 30 mil dólares en złoty —la moneda polaca— que transfirió de inmediato a su madre. Al año siguiente, la familia de la víctima, Dariusz Janiszewski, denunció a los creadores de la película y llevó el caso a la corte de Breslavia, aduciendo que la información de esta violaba sus derechos de privacidad y ofendía la memoria del difunto. La abogada de la cineasta afirmó que todo el proceso se había dado bajo la ley, refiriéndose al dinero otorgado a Bala. Cuando la corte decidió que Bala debía pagar 11 mil złoty —unos 3 mil dólares— a la familia de Janiszewski, este se negó, declarando que ya lleva años sin recursos financieros y sin ningún ingreso en el camino. Desde entonces, la fiscalía de Breslavia lleva a cabo una investigación para explicar si se ha ocultado el dinero. Todo quedó en el aire.

Claqueta de la filmación de “Amok”, la adaptación al cine de Kasia Adamik (Créditos: TVN24).

Mientras esto sucedía, Estados Unidos preparaba su propia versión de la mano del director griego Alexandros Avranas. Dark Crimes se estrenó el 2018 luego de recorrer festivales como True Crimes, un nombre más cercano a la afamada crónica de David Grann en la cual se basó el guion. En Dark Crimes tenemos a Jim Carrey como Tadek, un detective polaco que encuentra grandes similitudes entre un caso sin resolver y un reciente best-seller escrito por un siniestro personaje llamado Kozlov —el Krystian Bala de turno—, interpretado por Marton Csokas. La película fue presa de un rechazo devastador, centrado en su ritmo excesivamente sombrío y deprimente, el acento eslavo de Carrey y las no pocas escenas de violencia contra la mujer. Al mismo tiempo, el rol de Csokas como el asesino fue ovacionado y considerado lo mejor de la película.

Personalmente, creo que tanto Amok como Dark Crimes no son buenas películas, pero aquello no las hace detestables. Mientras la primera es un thriller más digerible y ameno que no ofrece nada nuevo, la segunda parece esforzarse demasiado —sin éxito— en emular esa atmósfera lúgubre y siniestra del cine policial europeo, además de la sórdida y explosiva violencia de algunas escenas. No obstante, pienso que las actuaciones la salvan de ser un total bodrio, con un Jim Carrey bastante sólido —si ignoramos ese acento innecesario que es todo menos polaco— y las acertadas actuaciones de Charlotte Gainsbourg, Kati Outinen, Robert Więckiewicz o el ya mencionado Csokas. Dicho todo esto, ambas historias son inferiores a la descabellada historia de la vida real en la que están basadas. Todavía queda pendiente un gran thriller sobre el caso Amok.

 

Otros escritores asesinos

Si bien el caso de Krystian Bala y su libro Amok es extraordinario, no se trata de un episodio sui géneris en la literatura. Existen otros escritores de novela negra que luego se descubrieron como verdaderos asesinos. Quizá los más similares al caso Amok, es decir, crímenes en los que se haya matado a un ser humano para luego narrar los detalles subrepticiamente en una novela, sean los de Richard Klinkhamer y Liu Yongbiao. El primero es un escritor holandés cuya esposa desapareció en 1991. Un año después presentaría a su editor el manuscrito de una perversa novela donde proponía siete distintas maneras de asesinar a su esposa. El texto fue rechazado, pero sus fragmentos vieron la luz en la prensa clandestina. En el 2000 los nuevos dueños de su antigua casa hallaron el cráneo de su esposa enterrado en el jardín. Klinkhamer confesó el crimen y fue sentenciado a siete años de prisión, saliendo el 2003 por buena conducta. Murió en el 2016, convertido en una celebridad. El otro es Liu Yongbiao, un escritor chino que se hizo muy notorio en su región. En el 2010 publicó una novela en cuyo prólogo comentaba su próximo proyecto literario como “la historia de una hermosa escritora que ha matado a muchas personas, pero los casos siguen sin resolverse”. En el 2017 fue arrestado como principal sospechoso de un caso sin resolver de 1995, el asesinato múltiple de una familia que trabajaba en una pensión de la localidad de Huzhou. “He estado esperando este día durante mucho tiempo”, confesó Liu, quien fue sentenciado a muerte en el 2018.

Póster oficial de la película “Dark Crimes” (2018).

Entre otros casos de escritores asesinos tenemos al norteamericano E. Richard Johnson, autor de Mongo’s Back in Town, un libro de 1969 llevado al cine en 1971. Johnson escribió casi la totalidad de sus relatos de crimen desde la cárcel, donde estuvo a raíz de un homicidio en segundo grado acometido durante uno de sus atracos en su juventud. Anne Perry, reconocida autora británica de novelas de misterio, entre ellas sus series sobre Thomas Pitt y William Monk, estuvo en la cárcel cinco años por el asesinato de la madre de su mejor amiga en 1954. Ambas la mataron a ladrillazos. El oscuro incidente recordado como el “Caso Parker-Hulme” fue adaptado al cine por Peter Jackson en la lograda Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, 1994).

María Carolina Geel fue una recordada escritora y crítica literaria chilena que en 1955 asesinó a su amante en el suceso conocido como “El crimen del Hotel Crillón”. Gabriela Mistral, entonces cónsul en Nueva York, solicitó su indulto al presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, cumpliendo así solamente un año de su sentencia. En ese periodo concibió Cárcel de mujeres (1956), uno de sus libros más exitosos, y siguió escribiendo hasta su muerte en 1996.

Si bien fue declarado como un accidente, en 1951 en Ciudad de México, el mítico beatnik William Burroughs acabó con la vida de su segunda esposa, Joan Vollmer. Al inicio retrató el incidente como una macabra borrachera, al estar ambos ebrios jugando “Guillermo Tell”, pero luego diría que fue un descuido mientras mostraba su pistola a sus amigos. Al retornar a Estados Unidos, fue sentenciado a prisión suspendida por dos años. David Cronenberg recreó el incidente en su delirante película El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991).

Más recientemente, tenemos al historietista y dibujante canadiense Blake Leibel, quien en el 2016 torturó, extrajo el cuero cabelludo y drenó el cuerpo de su prometida hasta la muerte. Las investigaciones sugieren que Leibel se había inspirado en Syndrome, una sangrienta novela gráfica del 2010 que coescribió junto a otros artistas. Fue condenado a cadena perpetua en el 2018.

Y la lista continúa. Relatos aterradores en los que la realidad supera a la ficción. Crímenes en los que la vida imita al arte. Polonia tiene a Krystian Bala y su libro Amok. En unos años Bala saldrá libre. ¿Publicará aquella secuela? ¿Volverá a planear un homicidio?

Simplemente no lo sabemos.

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El gran tropiezo de La Fuerza: Star Wars sequel trilogy

Cine, Pensamientos, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 8 Enero, 2020

Escena de "Rise of Skywalker" (2019). El nuevo trio de esta trilogía (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Una detallada catarsis de mi experiencia con la última trilogía de la saga galáctica, con énfasis en la última película, Star Wars: Episode IX – The Rise of Skywalker

[Text in ENGLISH]

*** Algunas ideas de este texto tienen su origen en mis diferentes conversaciones sobre estas películas con Jair Luján y Ricardo Otiniano.

Mi relación con esa galaxia muy, muy lejana

Hace unas semanas, cuando me encontré con mi esposa luego de salir del cine y compartí desaforadamente mis impresiones sobre The Rise of Skywalker (2019), ella me pidió que le refresque por qué me gusta tanto Star WarsLa primera vez que vi Star Wars tenía cinco años. Era una grabación en VHS de The Empire Strikes Back (1980) o El Imperio contraataca como la conocimos en español. Mi hermano mayor la había grabado de Cine Millonario, el legendario bloque de películas de los domingos por la noche en Frecuencia Latina. Desde ese momento, la saga galáctica me ha acompañado toda la vida, para bien o para mal. Aquella noche, le dije todo eso y mucho más. He escrito antes sobre mi relación con la saga. Finalizado este prolegómeno, debo decir que es por todo esto que las últimas películas de la saga, las películas de Disney, han significado una declive progresivo que me ha llevado a cuestionarme mi amor por este relato sideral y a tomar decisiones sobre hacia dónde conducirlo. The Rise of Skywalker ha cerrado ese círculo y ha confirmado lo inevitable, y es por ello que será tratada en detalle al final, pero antes, revisaré las dos primeras películas de la llamada “sequel trilogy”, The Force Awakens (2015) y The Last Jedi (2017).

Póster peruano de “A New Hope” promocionando la película en los cines de Lima, Perú,1978 (Créditos: Archivo de la web de Arkiv Perú).

 

Un comienzo calcado es un comienzo inofensivo

Star Wars: Episode VII – The Force Awakens (El despertar de la Fuerza)

Empezaré afirmando lo siguiente: cualquier película que busque continuar la saga luego de El retorno del Jedi es innecesaria. Se trata del Episodio VI, el final de las seis películas. La trilogía original tiene un desenlace redondo que resuelve todos los arcos dramáticos de los personajes. Veamos: Luke y Leia son hermanos y ella es pareja de Han, Han a su vez decide quedarse con ellos y la Rebelión y se descubre como un hombre bueno; el Emperador Palpatine se manifiesta como el enemigo final absoluto, Vader encuentra la redención a través de su hijo y Luke completa su entrenamiento y se hace Caballero Jedi aceptando y salvando a su padre en una prueba de amor y compasión. Ganan la guerra y todos celebran, desde los peludos Ewoks hasta los maestros Jedi fallecidos, ahora fantasmas de la Fuerza. Pese a todos sus errores, la trilogía de precuelas también justificaba su existencia. George Lucas buscaba armar todo el rompecabezas: mostrarnos la caída de la República Galáctica y la Orden Jedi y especialmente profundizar y cerrar el arco de Anakin Skywalker. Muy al contrario, la trilogía de secuelas fue tan solo un intento -arbitrario, ahora lo sabemos- de continuar la franquicia. No tenía sentido hacerlas pero vamos, las hicieron y nosotros los fans no podíamos quejarnos: después de tantos años, ¿quién creería que habrían nuevas películas de Star Wars? Pero nos equivocamos.

El despertar de la Fuerza significó muchísimo para los seguidores de la saga de Lucas. Nadie esperaba que esto fuese a suceder: fue la primera película de este universo de ficción en una década, desde La venganza de los Sith, y la continuación oficial del final de la historia en El retorno del Jedi, 32 años después. Era un momento emocionante para ser un fan de Star Wars. Se abría un mundo de posibilidades, citando a Ben Kenobi. Cuando la vi por vez primera reconocí su extremado homenaje a la primera cinta, Una nueva esperanza (1977), para no pocos un calco total, mas me dejé llevar por los misterios que planteaba y por el afecto a la saga. Sin embargo, la película no envejece bien. Pese a ser la menos detestable de esta trilogía, con cada visionado se siente menos Star Wars.

¿A qué me refiero con esto? Mucho. Escenas o diseños de personajes extraños que más parecen del Star Trek de Abrams que de Star Wars, como Bala-Tik (Brian Vernel) y su Guavian Death Gang, los piratas que atacan a Han Solo y Chewbacca. Las criaturas con tentáculos que los atacan en la misma escena, los rathtars, también parecen sacados de otra película. Toda esa secuencia se siente ajena y lo único que vale -y mucho- es tener de vuelta a nuestra dupla de contrabandistas favorita. Y hablando de Han Solo, su muerte es un momento crucial tanto para la película como para el arco de su hijo Ben alias Kylo Ren (Adam Driver) y al fin y al cabo, para toda la saga. ¿Por qué se despidieron de un personaje tan entrañable de esa manera tan poco ceremoniosa? Puede entenderse: cerrar el personaje de Harrison Ford -quien ha admitido que quería que maten a Solo desde hace años- como un padre que todavía contempla esperanza para su hijo, pero siento que eso no tiene mucho que ver con el Han Solo que conocemos. Su arco dramático iba por otro lado: el contrabandista egoísta y sin moral que descubre el amor, la amistad y acaba abrazando una causa justa, haciéndose un héroe de guerra. Podría haberse muerto sacrificándose pero al final vemos a un solitario Han Solo ya cercano a la tercera edad, alejado de su esposa y aparentemente incapaz de enfrentar las responsabilidades de la paternidad hasta el mismo momento de su muerte, donde se redime intentando abrir el corazón de su hijo. Puede ser, pero me deja un sinsabor. Además, el hecho de caerse al vacío y no tener un entierro ni verse ninguna escena de Chewbacca y Leia -o Luke- compartiendo el luto me apena. Un desenlace raro para uno de los personajes más queridos y reconocibles de la historia del cine.

Póster oficial para “The Force Awakens”, 2015 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Despachar a Han Solo así de pronto es algo arriesgado -y en cierta forma, valiente- y creo que tiene más sentido si lo vemos desde el punto de vista de Kylo Ren: el parricida que ha cruzado definitivamente el sendero hacia el Lado Oscuro de la Fuerza, a pesar de tener todavía muchas inquietudes. Ben Solo no es un verdadero villano, es un joven genocida obsesionado con el recuerdo de su abuelo Darth Vader, conflictuado e inseguro sobre su lugar en esta guerra galáctica. Un personaje interesante otorgado a un buen actor, pero al final, mal ejecutado.

Rey (Daisy Ridley), la chatarrera olvidada en un planeta desierto que emprende un camino de autodescubrimiento y se inicia en las artes Jedi. Es un personaje fascinante y con un gran potencial. ¿Pero quién es ella? ¿Quiénes son sus padres? La nueva protagonista de la saga entraña muchas dudas y aquello es parte de su encanto, la posibilidad de conocer y apreciar a una sucesora del legado de Luke Skywalker. No obstante, es difícil conectarse con Rey. No parece tener ninguna debilidad ni conflicto salvo el no saber quién es y además está extrañamente dotada de habilidades con la Fuerza jamás vistas en un Jedi, ni siquiera en Yoda: ¿cómo es tan talentosa con el sable láser y usando la Fuerza si nunca ha recibido entrenamiento? Anakin, Luke o Leia, todos tenían reflejos y percepciones que precedieron su entrenamiento, pero jamás demostraron tanta habilidad. Acaba de aparecer y ya parece invencible, ¿es que la Profecía Jedi de las precuelas fue malinterpretada y es ella -y no Anakin- la Elegida que traerá balance a la Fuerza? Ni idea. ¿Y qué hay del par escenas de Finn (John Boyega) -otro personaje interesante- blandiendo un sable láser contra un stormtrooper y luego contra el mismo Kylo Ren? Suena increíble en Star Wars. En El Imperio contraataca vimos a Han Solo usar el sable con cierta dificultad para abrir el pecho del tauntaun y calentar a su amigo Luke, pero no es lo mismo poner a un personaje presentado como no relacionado con la Fuerza a pelear contra el Sith de la película.

Otro elemento sospechoso es el personaje de Maz Kanata (Lupita Nyong’o). ¿Una abuelita alienígena guerrera con más de mil años de vida y sensible a la Fuerza? Es evidente que querían crear una suerte de nueva versión femenina de Yoda -incluso se mantiene en secreto su especie, algo que solo ha sucedido con Yoda hasta la fecha- y eso no está mal, pero casi no la utilizaron y la dejaron imbuida de misterio ¿Cómo rayos consiguió el sable láser de que perteneció a Anakin Skywalker y posteriormente a su hijo Luke? Esperaba saber más de un personaje tan intrigante en las secuelas, donde seguramente cumpliría un rol vital. Y el Líder supremo Snoke (Andy Serkis) el nuevo archinémesis de la saga a quien solo vemos un par de minutos en un holograma, ¿quién es?

Kathleen Kennedy, J. J. Abrams y Lawrence Kasdan en la Comic-Con de San Diego, 2015 (Créditos: Gage Skidmore).

Pero no todo genera desconcierto en The Force Awakens. Ver de nuevo a Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford en sus respectivos roles es un verdadero placer, y otros personajes y elementos de la saga como los androides R2-D2 y C-3PO (desperdiciados), Chewbacca, el Halcón Milenario o el Almirante Ackbar. El nuevo androide BB-8 funciona muy bien. Y ese final tan bonito y con tantas lecturas: Rey encontrando por fin a Luke Skywalker y ofreciéndole de vuelta su sable láser. Luke se ve estupendo y transmite mucho con su silencio, devolviéndole una mirada triste, solemne y poderosa. Un final promisorio. Pareciese que J. J. Abrams tuvo la valla demasiado alta con la responsabilidad de continuar la saga. Al tener a la intertextualidad como ingrediente principal para conmovernos y evocar sin respiro la trilogía original, con un exceso de guiños y repitiendo muchos de los recursos narrativos, se siente que esta película no aporta casi nada nuevo. Digo casi debido las preguntas que estableció para las secuelas y a ese acertado cliffhanger.

Así, mis primeras impresiones de The Force Awakens me dejaban la siguiente conclusión: quisieron reunificar a la comunidad de fans -dividida por las precuelas de Lucas, muy criticadas- homenajeando o haciendo básicamente un remake oculto de la primera película, aquella que lo inició todo. De acuerdo, no está mal, tampoco me fascinó, pero esto solo fue el comienzo. La siguiente tiene que ser mejor, mucho mejor. Qué iluso de mí.

 

Deconstrucción no quiere decir destrucción

Star Wars: Episode VIII – The Last Jedi (Los últimos Jedi)

La película que para mí desató el caos. Como escribí antes, tras la cinta anterior, yo esperaba algo grande. Debo admitir que tenía grandes expectativas por el segundo acto de estas nuevas películas. ¿Sería El Imperio Contraataca de una nueva generación? El resultado fue insospechado. Salí contrariado y confundido del cine, con muchos sentimientos encontrados, sorprendido y sin saber qué pensar. Me tomó unos días consolidar una opinión de Los últimos Jedi. Rian Johnson generó un monstruo incierto, probablemente el eslabón más ajeno de toda la saga. Disney le dio una oportunidad única y él hizo absolutamente lo que le dio la gana: una película transgresora que se encargó de desarmar mucho de lo establecido en el resto de películas. Para mí, Los últimos Jedi creó una desconfianza tanto en Disney como en el futuro de Star Wars. No quise volver a verla por todo lo que significó, y ha sido la única película de la saga a la que le he dedicado un solo visionado, hasta hace unas semanas, que volví a verla para asistir fresco a ver su secuela, y mi impresión fue acaso peor. Es una película original, ello es innegable, y tiene ciertas buenas ideas, pero la ejecución de Johnson las desbarata. Su película destruye Star Wars.

La desilusión de Los últimos Jedi hizo que el panorama del futuro de la saga me deje de importar. Luego de esa película me invadió una indiferencia total: ya no aguardarlas con emoción, iba a ver las películas sin ninguna expectativa (como me sucedió con el olvidable spin-off de Han Solo). Además, existe algo triste detrás de la proliferación millonaria de cintas de Disney: con tantas ya planeadas, Star Wars ha dejado de ser un evento importante. Como el viejo aficionado que ciertamente me considero, esto alberga una sensación agridulce en mis adentros. Por un lado, descubro que Disney jamás se detendrá: cual película de Marvel Studios, habrá una nueva entrega de Star Wars cada año, un episodio de la saga oficial seguido de un spin-off, seguido de otro oficial -otra trilogía que vayan a empezar y anunciarán pronto, seguramente- y otro spin-off, y así, ad infinitum. Tendré dosis anuales de Star Wars hasta el día de mi muerte. Eso puede traducirse en un éxtasis geek, como cualquier fanboy, pero también en una inquietud por el futuro de esta historia que me ha acompañado desde los cinco años. Es decir, el estreno de una nueva película de Star Wars ya no significará un evento sin precedentes. Ya no será un acontecimiento cultural, al menos no en ese pedestal de grandeza pop contemporánea al que nos tenía habituados. Al contrario, cada salida será vista como ‘la película de turno’ de Star Wars. El público perderá la emoción, se cansará, la historia se tornará más episódica de lo que ya es -¿es eso posible?-, acaso más repetitiva y perderá mucho de su magia. ¿Pueden los planes millonarios de Disney arruinar la ópera espacial más famosa de la historia del cine? Es una infortunada y probable realidad. ¿Pueden, como pretenden, revivir la saga, explorar horizontes extraños de aquella galaxia muy, muy lejana, y hacernos respirar Star Wars por y para siempre? Acaso una empresa compleja, mas no impensable.

Pero bueno, volvamos a Los últimos Jedi. Pasaron muchas cosas en esta película, tantas que podría tratarse de la última de la trilogía, un prematuro Episodio IX, y además sumándole ese final sin cliffhanger o sin dar pie a una secuela, muy distinto de los otros segundos actos de la saga: incluso El ataque de los clones (2002) dejaba la galaxia y a sus personajes en una situación en vilo. Por ello y otras razones más la siento ajena a la franquicia.

Esta cinta está plagada de decisiones rarísimas, entre ellas, la introducción de algunos personajes innecesarios y aburridos que en ocasiones palpan la antipatía. Empecemos con el total desperdicio del gran actor que es Benicio del Toro. Su personaje, bautizado con el extremadamente original DJ -que es un acrónimo de “Don’t Join”, su filosofía de vida-, no aporta absolutamente nada. ¿Qué intentaron hacer? ¿Una versión más cínica y amoral de Han Solo o Lando Calrissian? Aparece, expone su forma de pensar y desaparece para ya no volver ni siquiera en la siguiente película. Siento que su personaje fue quizás un atisbo del lado más nihilista del discurso contra el legado y el pasado que propone Rian Johnson: “buenos, malos, todos son corruptos al final, nada importa, no tomes partido”, parece gritar DJ. Su filosofía no genera ningún conflicto en sus receptores y desaparece de la trama sin importancia alguna, teniendo muchos minutos frente a la cámara.

Otro elemento aleatorio y sospechoso fue toda la secuencia en Canto Bight, la ciudad-casino que deviene en una misión alterna que separa a Finn y Rose Tico (Kelly Marie Tran) de toda la trama y se corona como el momento más tedioso -e innecesario- de la película. Finn, el exsoldado de la Primera Orden con buen corazón que piensa escapar de la guerra y buscar a su amiga Rey; Rose, la miembro de la Resistencia devastada por perder a su hermana en la última batalla y que siente cierta admiración por el supuesto héroe que es Finn y no puede tolerar su proceder. Ambos hacen una dupla que puede ser interesante, donde se conocen y aprenden el uno del otro, en especial Finn, pero esto no sucede. Toda la escena en ese planeta invadido por los juegos de azar no tiene sentido. Podríamos decir que sirve para darle más desarrollo a Rose, ¿pero de qué sirve si al final la dejarán de lado repentinamente en la siguiente película? Me apena mucho saber del primitivo cyberbullying racista y sexista que recibió la actriz, es algo que jamás debió suceder, pero lo siguiente es cierto: no se sabe qué diantres querían hacer con este personaje. Y Finn casi pasa desapercibido en Los últimos Jedi.

No obstante, ninguno de estos personajes resulta tan indeseable como la Vicealmirante Holdo (Laura Dern). Un personaje poco atractivo que llega de pronto como una figura sabia, importante y de autoridad. Una líder que no inspira nada: no la conoces, no puedes identificarte con ella, lo único que hace es equivocarse, pero a los veinte minutos de su aparición la nombran líder de toda la Resistencia y se sacrifica para salvar a todos con una táctica suicida premeditada… ¿Qué rayos?

Póster oficial de “The Last Jedi”, 2017 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Dern es una de mis actrices preferidas y anduve entusiasmado con la idea de verla formar parte de Star Wars, pero Holdo fue otra de las razones por las que esta película fracasó. No voy a entrar en debates sobre la viabilidad de la “maniobra Holdo” dentro del canon de Star Wars, solo afirmaré lo siguiente: su rol y su desenlace hubieran funcionado mucho mejor realizados por un personaje más querido, que ya conozcamos. La respuesta más obvia es el Almirante Ackbar (Timothy D. Rose), el entrañable alienígena mon calamari, brillante estratega y uno de los líderes de la Alianza Rebelde, que conocemos desde El retorno del Jedi y volvimos a ver en El despertar de la Fuerza. Ackbar estuvo en esa misma batalla junto a Leia, Holdo y otros miembros de la Resistencia, mas poco antes del ataque kamikaze de Holdo, un personaje secundario llega a informarle a ella sobre la muerte de muchos rebeldes, incluido Ackbar. Tan solo lo nombran entre las víctimas. Se trata de uno de los alienígenas más recordados de Star Wars, no solo por los fans: Ackbar ha sido parodiado y referenciado en muchas series y películas, su frase “It’s a trap!” de El retorno del Jedi devino en un meme. Su rostro es parte de la cultura popular. Lo insultaron robándose su sacrificio heroico de esa manera. Si querían ser más extremos, pudieron haber usado a Leia para esa maniobra y acabar con ella de forma más digna que en Rise of Skywalker. Además de desperdiciar el talento de Dern, todo se siente muy disonante.

Si bien no me afecta tanto, el retrato de Leia Organa en esta película todavía me resulta ambiguo. Me refiero a ese momento tan extraño en el que ella es expulsada al vacío del espacio y, en lugar de perecer como el resto, utiliza la Fuerza para protegerse e impulsarse de regreso a una de las naves, cual mujer kryptoniana. Siempre supimos que Leia, hija de Anakin Skywalker, poseía una gran sensibilidad con la Fuerza, pero jamás hemos visto algo como esto. Podemos aceptarlo más, creo, si lo contemplamos como un homenaje a la recordada Carrie Fisher, quien ya tenía un año de fallecida cuando la cinta se estrenaba en los cines. Mejor así. Fuera de todo esto, se trata de un personaje central en la saga que acaso mereció más tiempo frente a la cámara, por más que sepamos que esta trilogía no se enfoca en el elenco de la trilogía original.

A diferencia del resto, Poe Dameron (Oscar Isaac) crece en esta película y resulta un personaje más entretenido. Es interesante verlo aprender lecciones de Leia y de Holdo: ser humilde, tener la mente fría y estar listo para sacrificarse es más importante que ir al ataque improvisado y ser el gran héroe. ¿Pero por qué nos vendieron a la Capitana Phasma (Gwendoline Christie) como un villano trascendente si no explican nada de ella y la matan tan rápido? No es relevante al final, siendo su personaje irrelevante, pero lo que sí es un absurdo es hacer lo mismo con el Líder supremo Snoke. Hacer que Kylo Ren lo asesine tan de pronto es uno de los grandes errores de esta película. Simplemente es un sinsentido, al que volveré cuando hable de The Rise of Skywalker.

Y toca hablar de Luke Skywalker. Reencontrarse con Mark Hamill en ese papel legendario ha sido una experiencia tan hermosa como nostálgica. Se le siente muy cómodo en el rol del ahora veterano Maestro Jedi y se roba la película de tal manera que por poco nos olvidamos de todas las inconsistencias que ésta entraña, especialmente con su personaje. Verlo de vuelta es genial pero no termina de agradarme lo que hacen con él. Aquel es mi mayor problema con Los últimos Jedi. Ahora que he vuelto a ver la película, siento que la representación de Luke como una versión extrema de Obi-Wan Kenobi puede ser muy interesante, es decir, como un Jedi retirado, derrotado y exiliado en un planeta distante al sentirse responsable de la caída del nuevo templo Jedi y de la conversión de su sobrino al Lado Oscuro de la Fuerza. Su forma de pensar también es llamativa: un Luke descreído de la filosofía Jedi, diciendo que la Fuerza le pertenece a todos y que no se trata solamente del bien y del mal. Sería una oportunidad para darle un giro inesperado al personaje, sí, pero por otro lado siento que un Luke anacoreta no podría darse: si él nunca se rindió con su padre cuando incluso sus maestros Yoda y Obi-Wan le exhortaban a matarlo, ¿por qué tiraría la toalla con su sobrino? Conocemos a Luke. Es mucho más estable y menos emocional que su padre Anakin y tiene una predisposición infinita para la bondad. No me termina de gustar, pero la idea puede funcionar, puede ser buena, mas no. Johnson tenía que matar a Luke al final, y con ello dinamitó cualquier esperanza. La muerte de Luke arruinó mi experiencia con esta película. Esperaba verlo mucho aquí, conociéndolo en su etapa más adulta y viéndolo como el mentor de Rey. Esperaba verlo en la continuación de esta película, donde quizás moriría peleando contra Snoke, salvando a Rey o a su redimido sobrino. Como muchos, esperaba distintas cosas, incluso contemplaba la posibilidad de que sea el padre de Rey…

Hubo, valgan verdades, algunos momentos de esplendor con Luke. Su escena con Yoda (Frank Oz) me conmovió hasta dejarme con los ojos vidriosos: el simple efecto de la nostalgia. El legendario Maestro Jedi aparece como un fantasma de la Fuerza para conjurar un rayo que destruye la biblioteca Jedi en el planeta Ahch-To y enseñarle a Luke una última y hermosa lección: que no se rinda ante su fracaso, que lo supere y aprenda de él, pues fracasar es una parte importante de la vida. Es una escena muy bonita, en la que tenemos a un Yoda muy parecido en diseño y estilo al de El Imperio contraataca, representado a través de un títere -y no con efectos digitales como en las precuelas- y hablándole a Luke de forma lúdica y tratándolo como un adolescente. Yoda decide manifestarse para reencaminar a un Luke Skywalker que ha perdido la fe en la Fuerza, en la Orden Jedi y en sí mismo. Es quizás una de las más emotivas escenas de la saga para mí. A pesar del resto de la película.

El otro gran momento de Luke es al mismo tiempo el peor de la película. Es su muerte. Desde la soledad de su autoexilio en Ahch-To, Luke Skywalker genera una proyección de sí mismo a través de la Fuerza en el planeta Crait. Una suerte de “ilusión corpórea” que lucha solo contra los ejércitos de la Primera Orden y al final se encierra en un duelo con Kylo Ren, todo para darles tiempo de escapar a su hermana Leia y a los remanentes de la Resistencia. Cuando ya han huido, un exhausto Luke, habiendo empleado toda su concentración y energía, esfuma su proyección y muere solo mientras contempla el sol, desapareciendo como sus maestros y haciéndose uno con la Fuerza. Así se acaba: un Luke que se redime dando su vida. Otra lectura para su muerte, por otro lado, es perpetuar la leyenda del Jedi que se enfrentó solo a la Primera Orden y así inspirar la rebelión en toda la galaxia. Esto se refleja con los niños huérfanos en el epílogo de la cinta, que recrean la batalla con juguetes hechos a mano. Desafortunadamente, este significado más grande se verá cancelado en la siguiente película, como explicaré más adelante. Pero bueno, sí, así termina el papel del protagonista de la trilogía original y el personaje favorito de millones de personas: muerto de cansancio al usar todo su poder para una distracción en una batalla en el segundo acto de la trilogía, donde jamás blandeó realmente su sable láser, ni acabó la guerra o derrotó a ningún Sith.

La idea me gusta: el viejo mago que genera una ilusión de sí mismo para engañar al enemigo y a su ejército, ayudando a los buenos y dándoles coraje para la última batalla. Parece sacada de algún relato bíblico o fantástico. Encuentro digno del personaje que haya llegado a inefables niveles en el uso de la Fuerza: un Luke Skywalker con esa edad debería ser un Jedi capaz de realizar tales hazañas. Además, la escena es épica, con Luke llegando calmado y sin temor alguno frente a decenas de las temidas máquinas de combate caminantes AT-AT. ¿Pero por qué tuvo que morirse? Es decir, está bien para el arco de Luke que muera salvando a sus amigos, pero eso debería darse al final. Si tenía que morir así entonces esa jugada maestra no debió suceder a medio camino y en su lugar reservarse para el desenlace de la trilogía. O en su defecto, debió usarse para otro personaje. Luke no debió morir cansado luego de un breve truco que sirvió para que escapen sus amigos.

Rian Johnson en la Wondercon, California, 2012 (Créditos: Gage Skidmore).

Quizás mi descontento suene exagerado o caprichoso, pero es una arbitrariedad que Luke haya sido retratado así y lo hayan matado tan pronto como vuelva a ser el Luke que todos conocemos y queremos. No lo vimos batirse a duelo con nadie -sin contar la proyección de la Fuerza- ni hablar con su sobrino con la determinación y comprensión redentora con la que se acercó a su padre. Tampoco lo vimos pilotar su X-Wing o alguna nave donde demuestre sus destrezas. Y quizás lo peor: ni siquiera lo vimos reunirse con sus seres más amados, salvo quizás el breve encuentro con el buen Chewie. Luke Skywalker jamás se reencontró con su hermana Leia ni con su mejor amigo Han. Mark Hamill afirmó que ignorar esa reunión fue un craso error. Y tiene razón.

Se trata entonces de un final en general malo e indigno para tan querido personaje, pero de alguna forma consistente con la historia que Rian Johnson quiso contar en su película: la de un Luke fracasado y arrepentido que al final busca la redención y la encuentra al sacrificar su vida y convertirse en el héroe que todos creen que es. Pero he de repetirlo, solo funciona en el arco planteado para Luke en Los últimos Jedi. Fuera de eso parece otro personaje -como sugirió el mismo Hamill- y eso es una pena.

Por último, está la absurda revelación de la película, buscando emular y burlarse a la vez de la clásica revelación del final de El Imperio contraataca: los padres de Rey no son nadie. Unos olvidables chatarreros alcohólicos que no dudaron en venderla. Star Wars es la historia de los Skywalker, que siempre ha sido un drama espacial sobre padres e hijos. La saga está concebida de tal forma que Rey tenía que ser hija de algún Skywalker, ya sea Leia o Luke. O era la hermana de Kylo Ren/Ben Solo para tener en ambos a los nuevos Jacen y Jaina, los hijos de Han y Leia en el fenecido Universo Expandido; o es la única hija de Luke, y nos contarían una historia más nueva. Muchos saludaron este giro bajo el argumento de que esto es muy novedoso para la saga. Diría que ciertamente es original pero es incongruente con la gran historia detrás, la llamada “Saga Skywalker”.

Podemos atribuir este atropello al discurso de la película, que incluso es proferido textualmente por Kylo Ren: ”deja que el pasado muera. Mátalo si es necesario. Es la única forma de convertirte en quien llegarás a ser”. En otras palabras, olvidémonos de los Skywalker y la tradición que hemos seguido en las otras entregas. Cualquiera puede ser un Skywalker, las castas y herencias no importan y todos pueden ser especiales, fuertes, elegidos para para cambiar el mundo. Luego tenemos esa controversial escena final del niño huérfano que antes jugaba con sus amigos, mirando al cielo en silencio en tanto una escoba levita hacia su mano gracias a la Fuerza. ¿Quién rayos es este muchachito? A quién le importa, ahora todos pueden usar la Fuerza.

Decir que los apellidos o linajes no importan para alcanzar la grandeza -o en el caso de Rey, para ser una Jedi y salvar la galaxia- es un hermoso mensaje, pero la forma en que lo presentan y la revelación que viene con ésta no solo van en contra de cómo está estructurada la saga, sino que además desdice una constante y misteriosa insistencia planteada en El despertar de la Fuerza: la cinta claramente alude mucho al origen de Rey y nos invita a cuestionarnos quién es ella y quiénes son sus padres. Podría incluso decirse que aquello es el trasfondo de toda la película.

Esto y la muerte del personaje de Luke Skywalker desmoronaron mi experiencia en el cine. Dos años después, me descubro en la necesidad de escribir esto. ¿Qué diantres me pasa? ¿Es que acaso mi disgusto raya con un engreimiento imposible? Pienso un poco en el significado de todo esto. Star Wars es un fenómeno que ya le pertenece a distintas generaciones. Muchos de nosotros crecimos con estas películas, las tenemos presentes en nuestros corazones y les profesamos un cariño incondicional a sus personajes. Es algo que trasciende la simple afición por una obra de ficción. Así, el cauce natural de esa situación es aquella que advierte Los últimos Jedi: hemos idealizado nuestra experiencia con Star Wars. Hemos idealizado el pasado. Toca destruirlo. Es una decisión desafiante del director. Desafiante y cruel.

Todo aquí se siente tan ajeno a cómo concebimos Star Wars que simplemente parece otra película. Hay una insistencia tan fuerte por transmitirnos su mensaje que llega a ser ofensiva. Por ejemplo, algo tan extraño como ilógico fue la desconexión con El despertar de la Fuerza. El sendero de la historia cambió drásticamente y las preguntas e intrigas planteadas fueron en su mayoría canceladas o respondidas muy arbitrariamente. En su cruzada por innovar en la franquicia, la película de Rian Johnson rompe las reglas establecidas por Lucas cuando creó este universo y que se han seguido hasta El despertar de la Fuerza.

Así, lo que hace Johnson con la decepcionante revelación del origen de Rey o con la deshonrosa muerte de Luke es lo mismo que ha ido haciendo a través de toda la película: anular lo establecido por Abrams al inicio de la trilogía y de paso insultar la mitología de Star Wars.

 

Historias que se descartan (o la gota que colmó el vaso)

Star Wars: Episode IX – The Rise of Skywalker (El ascenso de Skywalker)

La última instalación de la saga terminó de convencerme de que estas tres películas no son una trilogía para nada. En Sudamérica le llamamos mazamorra a una mezcla líquida de gran espesor hecha en base de maíz. En Perú, donde se suele hacerla con nuestro tradicional maíz morado, le llamamos también mazamorra a una mezcolanza de ideas o elementos carente de todo método u orden. Un revoltijo total, como El ascenso de Skywalker. Rian Johnson generó un desorden tan desmedido con su película, que cuando le tocó a J. J. Abrams retomar la batuta, no supo por dónde ir y no le quedó otra más que transformar su película en una gran mazamorra. Una mal hecha.

Mi experiencia en el cine con esta película fue ciertamente distinta que la anterior. Tras la decepción de Los últimos Jedi y el aburrimiento general que ha provocado Disney con sus películas, dibujos animados, cómics, libros, ropa y juguetes y demás merchandising de Star Wars, ya no me importaba en lo absoluto. Veía los tráileres de la película por obligación cinéfila o de fanático pero mis expectativas eran las más bajas posibles. Creo que por eso salí del cine relajado. Había visto una película que me hizo reír en muchas ocasiones, que tuvo el despliegue más vulgar de fan service visto en una película de Star Wars -pero aun así me conmovió con algunos de sus excesivos guiños-. El ascenso de Skywalker me pareció en general una historia descabellada e informe, pero muy entretenida. La mejor de una trilogía de malas películas, pensé en su momento. Ahora que han pasado las semanas y he tratado sin éxito de comprender o justificar el curso que da la historia en esta película, pienso que es la peor.

¿Qué la transforma en una mazamorra? Empecemos retomando a los tres protagonistas de la trilogía original. El ascenso de Skywalker está repleta de alteraciones, contradicciones o reinterpretaciones de hechos previamente establecidos en la película anterior, es decir, casos de “retrocontinuidad” o retcons. Uno de los más brutales es el hacer que el infame sacrificio de Luke y el final de Los últimos Jedi no valgan nada. Su muerte significó en gran parte la inspiración que uniría a los ciudadanos de miles de planetas contra la Primera Orden y al inicio de esta película la Resistencia sigue siendo un grupo de veinte personas. Esta convocatoria sideral termina dándose en la última batalla gracias a Lando Calrissian (Billy Dee Williams) de forma muy aleatoria y gratuita. ¿Por qué el último acto de Luke no tuvo ningún impacto? Además, Luke casi no es mencionado en esta película y su versión como fantasma de la Fuerza solo aparece uno o dos minutos en una escena por lo general olvidable. Si la primera y segunda entregas de esta trilogía están muy relacionadas con Luke Skywalker -una gira alrededor de buscarlo y la otra lo tiene como uno de sus protagonistas-, ésta lo ignora casi del todo. Nos da la sensación de que El ascenso de Skywalker es una película aparte, y aquello incrementa la desconexión.

Póster oficial de “The Rise of Skywalker”, 2019 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Es cierto que Carrie Fisher ya no estaba presente durante la filmación de esta película, y ya habían anunciado que usarían material grabado de las anteriores para sus escenas, mas no puedo dejar de preguntarme, ¿esto es lo mejor que pudieron hacer? Leia ya estaba muy débil desde el inicio de la película y no sabemos por qué, mas podría intuirse que es por el intenso uso de la Fuerza que hizo en Los últimos Jedi para sobrevivir a su expulsión al espacio. En esta película parece morir en un momento de profunda conexión psíquica con su hijo Ben Solo. A través de la Fuerza, Leia le transmite su amor y luego expira casi al mismo tiempo que Rey le propina una estocada mortal a su hijo. Como su hermano Luke, parece que muriera por un agotamiento espiritual posterior al uso de la Fuerza. Todo se siente muy vago y confuso y lejos de ser emotivo: nunca sentimos nada por Ben Solo en este momento, a quien conocemos poco, y tampoco existe escena alguna en la trilogía donde madre e hijo interactúen y los apreciemos juntos, siquiera como flashback, impidiendo que nos identifiquemos con su relación y por ende con esta escena. Sé que la idea era dedicar y despedirse de un personaje de la trilogía original por película, pero esta muerte se siente hasta innecesaria. Quizás hubiera funcionado mejor que tan solo le den menos tiempo en la pantalla a Leia y la alejen del argumento central, como ha habían hecho en las cintas anteriores. Dejar a la libre interpretación la muerte de otro de los más amados personajes de la saga es una terrible decisión.

Además, la película da por sentado que Leia es una Maestra Jedi. ¿Cuándo pasó esto? Sabemos de su gran sensibilidad con la Fuerza y que tiene facultades dignas de Superman, como vimos en Los últimos Jedi, pero jamás nos explicaron o dieron a entender que había completado un entrenamiento, y aquí ya está entrenando a alguien. Una escena rara por ser tan molesta como bella es aquel flashback tan nostálgico de los jóvenes hermanos entrenando: la magia de verlos es temporal, pronto nos damos cuenta de que la escena solo sirve para informarnos que Leia fue entrenada y que su sable láser estaba en poder de Luke. Otra vez todo forzado y explicado tan de pronto y con apremio. Aunque debo admitir que Chewie llorando y lanzando alaridos de dolor al enterarse de su muerte fue algo muy bonito y emotivo.

Si hay algo que no entiendo en lo absoluto en El ascenso de Skywalker es la presencia de Han Solo. El padre de Ben y esposo de Leia hace una última aparición luego de la muerte de Leia para convencer finalmente a su hijo de que abandone el Lado Oscuro. Pero Han Solo murió en El despertar de la Fuerza. Y no es un Jedi ni tampoco tiene sensibilidad con la Fuerza, ¿entonces qué está pasando? Un Harrison Ford feliz de despedirse de su personaje para siempre le revela al otrora Kylo Ren que es una memoria. Su memoria. ¿Ben Solo está interactuando con una memoria de su padre, qué es esto? Quizás me falta cierta sensibilidad para entender la escena. O quizás Ben Solo está alucinando y tanto caos interior le ha despertado ciertos rasgos de esquizofrenia. Ni idea. En toda la tradición de Star Wars solo los Jedi que han dominado el crepuscular arte de hacerse uno con la Fuerza pasan a convertirse en fantasmas de la Fuerza después de la muerte, teniendo la posibilidad de manifestarse en cualquier parte e interactuar con los vivos. Podría traducirse como una suerte de inmortalidad. Solo ellos, entonces la aparición de Han Solo, por más que nos den la burda y vaguísima justificación de que se trata de una memoria con autonomía, no tiene sentido. Se siente raro, no parece de Star Wars -otra vez-. El despertar de la Fuerza hizo algo muy ajeno a la saga introduciendo flashbacks, algo que nunca vimos en las dos trilogías precedentes. Algo riesgoso, pero que se puede aceptar. ¿No hubiera sigo mejor hacer un flashback de Ben y su padre en el pasado, alguna conversación profunda que tuvieron antes de que se pase al Lado Oscuro? Ello hubiera sido menos fuera de contexto.

Aquí debo incidir con un tema que ya toqué en las muertes de Han y Luke: es triste saber que ninguno de estos tres protagonistas tan amados desde hace cuarenta y tres años se volvió a reunir en esta trilogía, ni estuvo presente en la muerte del otro. Han es asesinado por su hijo y cae al abismo. Luke se entera una película después, su reacción es casi nula y muere de cansancio, solo sobre un peñasco. Leia lo hace de forma similar pero acompañada de unos cuantos desconocidos, el resto de la Resistencia. Nadie dice nada, nada pasa con ellos luego. Al contrario: los emplean a lo largo de la trilogía -y en especial en la última- para rellenar o cubrir inconsistencias en el guion. Soluciones apremiadas en las que les faltan el respeto a los personajes clásicos.

Abrams y BB-8 en el Montclair Film Festival (Créditos: Neil Grabowsky).

¿Y qué decir del nuevo reparto? No son malos actores y no son malos personajes -al menos no tan malos-. Pero no nos atrapan, no encantan, no termino de sentir que se está pasando la antorcha. Por otro lado, se les ve muy bien juntos: hay una química entre Rey, Finn y Poe, desde sus monosilábicos nombres hasta sus personalidades y diálogos. Podría imaginarme una serie o dibujo animado de los tres teniendo aventuras por el espacio. Es divertido verlos como la nueva crew del Halcón Milenario, junto a Chewie y los androides.

Poe Dameron sigue siendo el más aceptable de los tres, a pesar de que su personaje en El ascenso de Skywalker irrite por momentos al parecerse demasiado a Han Solo. Tiene un desarrollo: descubrimos que era un traficante de spice -la droga de Star Wars– y que tiene una exnovia, la misteriosa Zorii Bliss (Keri Russell), lo cual elimina la esperada unión romántica con Finn, una teoría muy popular del fandom en Internet. Finn sigue pasando desapercibido. Fuera de ser un personaje gracioso por momentos y de haber conocido un grupo de stormtroopers desertores como él con el que podría identificarse y profundizar su personaje -pero no lo hace- nada le sucede. A través de la película se le ve muy preocupado por Rey y en un momento crucial, creyéndose a punto de morir, parece que intenta confesarle su amor mas no lo logra. Abrams y el mismo Boyega afirmaron en sus redes sociales hace unas semanas que Finn no iba a declararle sus sentimientos: quería contarle que él también tiene sensibilidad con la Fuerza. ¿Qué? Hay escenas donde Finn siente la presencia de Rey, incluso su muerte, pero jamás se explora esto. ¿Y por qué querría ocultarle aquello a Poe? Nada tiene sentido.

Rose Tico fue deliberadamente relegada en esta última entrega de la trilogía. Tiene menos de dos minutos en la pantalla y ni siquiera retornaron a la posible relación amorosa que empezaría con Finn; es más, crearon otro personaje como compañera de aventuras y supuesto interés amoroso para Finn, Jannah (Naomi Ackie), otra desertora de la Primera Orden que aparece muy poco y demasiado tarde y me tiene sin cuidado. Pienso que si no querían continuar con el personaje, ya sea sola o como pareja de Finn, lo mejor hubiera sido que Rose muera al final de Los últimos Jedi: así ella hubiera acabado su arco comprendiendo y repitiendo el destino de su hermana y al mismo tiempo le hubiera enseñado una lección de amor y heroísmo al incauto Finn.

Quizás una de las pocas cosas que El ascenso de Skywalker  ha hecho bien es darnos a uno de los mejores C-3PO (Anthony Daniels) de todas las nueve películas. 3PO fue prácticamente ignorado en las precuelas y tuvo sus momentos de mayor esplendor en El Imperio contraataca y El retorno del Jedi. Su representación en esta película es tan divertida como en esas dos, o incluso más: sus líneas figuran entre las más hilarantes y su arco es crucial para el argumento. De esto hablaba líneas arriba: si ya tienes excelentes personajes que existen hace cuarenta años a tu disposición, úsalos y no inventes cosas raras como Holdo y su maniobra suicida.

El muy anunciado y esperado retorno de Lando Calrissian a la saga fue fascinante. La expresión de su rostro, sus risas mientras pilotaba el Halcón Milenario junto a Chewie, son uno de los ejemplos de gran fan service con los que la película quiere cautivarte. Son sensacionales, mas no justifican todo el caos que entraña la película. Si hay algo que me extrañó entre tantas referencias y momentos nostálgicos fue que no nos mostraron ningún reencuentro entre Lando y el alienígena sullustano Nien Nunb (Mike Quinn), su recordado copiloto en el Halcón Milenario durante la Batalla de Endor, en El retorno del Jedi. Ambos se hallaban en la misma reunión de la Resistencia para planear el ataque y hacia el final de la película participan juntos en el combate espacial. ¿Por qué no intercambiaron diálogo alguno? Podría decirse que Lando solo está en la película para encantarnos siendo Lando, pero es en esa misma última contienda que su rol supuestamente cobra importancia, al traer una flota de naves de simpatizantes de toda la galaxia y hacer que se sumen a la Resistencia. Una escena que no sirve para nada pues esta trilogía torna inanes todas las batallas espaciales.

Entre los cameos más entrañables tenemos el regreso del afamado piloto de la Alianza Rebelde Wedge Antilles (Denis Lawson). Meses atrás había leído rumores de que Lawson repetiría su papel pero lo olvidé por completo. Cuando vi a Wedge pilotando su nave no pude evitar gritar su nombre en el cine, emocionado. Éramos diez personas en la última función de domingo y Wedge me había revelado como un escandaloso, encandilado adulto repentinamente retornado a la niñez. Ver al ewok Wicket (Warwick Davis) fue más irrisorio que sublime, pero me dejó sonriente. Estos cameos eficientes son un abuso de la intertextualidad que es bienvenido entre tanta incongruencia -como un placer culposo- como lo es también ver a Rey manejando el X-Wing de Luke con el casco incluido o ver al querido wookie Chewbacca recibir por fin la medalla que merecía y no ganó en Una nueva esperanza. Quien le otorga ese premio es Maz Kanata, personaje que sobra en El ascenso de Skywalker y del cual no se resuelve ninguna de sus llamativas intrigas planteadas en El despertar de la Fuerza. Un desperdicio acaso comparable al del General Hux (Domhnall Gleeson), quien es ejecutado de inmediato luego de revelarse como espía de la Resistencia.

Gran parte del elenco de “The Force Awakens” en la Comic-Con de San Diego, 2015 (Créditos: Gage Skidmore).

Toca mencionar el que tal vez sea el mayor desacierto de la película: el regreso del Emperador Palpatine (Ian McDiarmid). Desde que anunciaron su retorno en uno de los últimos tráileres, sabía que se avecinaba un gran despropósito. Revivir a Palpatine no fue algo que Kathleen Kennedy y J. J. Abrams tenían premeditado desde El despertar de la Fuerza, como han dicho hace poco. Eso es una mentira. Basta ver a El ascenso de Skywalker para darse cuenta de que fue una decisión desesperada de último minuto. Rian Johnson mató a Snoke súbitamente y sin ningún plan aparente sobre hacia donde seguiría la historia en el siguiente episodio. Con ese escenario, Abrams y el otro guionista, Chris Terrio, quedaron entre la espada y la pared. Necesitaban un villano y no se les ocurrió mejor idea que traer de regreso al Emperador. El resultado es tan predecible como ridículo.

No me malentiendan. Palpatine es un gran personaje y el villano por antonomasia. Jamás creí que volvería a ver a McDiarmid repitiendo su excelente papel, ese ser profundamente malévolo, sin ningún conflicto. ¿Pero qué pasa cuando vemos a Palpatine repetir sus planes e incluso sus líneas de El retorno del Jedi o La venganza de los Sith? ¿Qué pasa cuando no tienen una idea precisa de cómo regresarlo? “¡Los muertos hablan!” recita el texto de apertura al inicio de la película, “la galaxia ha escuchado una transmisión misteriosa. Una amenaza de venganza en la siniestra voz del fallecido Emperador Palpatine”. La cinta se torna en una broma de principio a fin. Nos dan a entender que el Emperador sobrevivió a la Batalla de Endor y ha estado todo este tiempo refugiado en el planeta Exegol, bajo el cuidado de una secta de fanáticos de los Sith. ¿Qué quiere el Emperador? Lo mismo de siempre: conquistar la galaxia, pero esta vez además pretende poseer el cuerpo de Rey para rejuvenecer y traer de vuelta a los Sith… Suena todo demasiado vago y barato.

La muerte de Snoke fue uno de los momentos más estúpidos de Star Wars, y generó el regreso del Emperador, que al mismo tiempo se encargó de explicar a Snoke: Palpatine nos revela que Snoke no era más que un títere, una figura que él usaba desde el inicio para poder manipular a Ben Solo y a la Primera Orden tras bambalinas. Mientras dice esto nos muestran un tanque de agua con múltiples clones amontonados de Snoke. Abrams empleó el recurso más fácil, decirnos que Snoke era una suerte de clon -desfigurado, ni idea por qué- del Emperador. Esto nos recuerda a la historia barata de los clones del Emperador o a ese tipo de novelas de Star Wars con ideas flojas de la primera época del Universo Expandido. Debieron haber desarrollado a Snoke y hacerlo un villano perfecto para el final; o presentarnos el regreso de Palpatine desde el inicio de la trilogía. Se nota que no hubo una sintonía entre los realizadores y por ende, tampoco un plan. Lo dijo el mismo McDiarmid: George Lucas nunca hubiera resucitado a Palpatine.

Así llegamos a Rey. Ella casi no tiene un verdadero arco dramático en esta película. Tratan de representarla con una gran confusión y dilema sobre quién es y de qué lado está, ¿no proponía Los últimos Jedi que los orígenes no importaban? Pues Abrams nos grita en esta película que Johnson se equivocó: los orígenes sí importan, especialmente el de Rey, ¡es una Palpatine! Rey es la nieta del Emperador. Rey Palpatine. Parece una broma. Meses atrás me contaron que se había filtrado este rumor por Reddit y me reí, me parecía una ridiculez imposible y la olvidé en el acto. Se trata de una revelación completamente distanciada del arco de Rey en las dos primeras películas. Algo que no se siente un efecto natural de la narrativa de esta trilogía en lo absoluto, y más si se considera el ya crucial cambio de ella en la película anterior.

Digo que Rey carece de un arco en El ascenso de Skywalker porque no hace nada. Todo el tiempo la vemos corriendo de un planeta a otro, buscando McGuffins con sus amigos o lanzándose al duelo contra Kylo Ren. Además, los intentos de conflictos u obstáculos que se le presentan son inexistentes: ya sea la culpa por las falsas muertes -Chewbacca- o casi matar a alguien a quien curas de inmediato -Kylo Ren-, nada de lo que se lamenta tiene un efecto verdadero en el argumento de la película ni en ella misma. Ella sigue tan perfecta y sin claroscuros como la han mostrado en las instalaciones anteriores. Ni siquiera ha perdido un miembro en sus duelos, algo que para no pocos es una tradición de Star Wars: Anakin perdiendo primero un brazo y después el resto de extremidades, Vader cercenando la mano de Luke antes de revelarle que es su padre. Como observó acertadamente un amigo cercano con quien discuto la saga “Anakin era el Elegido, gran mecánico, piloto, guerrero y espadachín, y en su trilogía solo ganó un duelo. Luke era la nueva esperanza, el último Jedi y un buen piloto, y en su trilogía no ganó ningún duelo a excepción del breve momento donde venció a Vader utilizando el Lado Oscuro, para luego arrojar su sable y rendirse, afirmándose como Jedi. Rey, gran pilota, mecánica, guerrera, espadachina, ganó todos los duelos en los que lucho en su trilogía, pero nunca perdió nada realmente, no la conocemos y no podemos identificarnos con ella, y por ende su personaje nunca avanza”. En efecto, a diferencia de Anakin y Luke, cuyos sueños y conflictos los volvían cercanos desde el inicio, Rey ha estado imbuida en misterio desde El despertar de la Fuerza: no sabíamos quién era ni de dónde venía, pero ella tampoco lo sabía y no encontraba respuestas, o al menos no muy concretas o satisfactorias. Eso no nos permite conocerla mejor.

Por último, Rey cogiendo el apellido de sus maestros y volviéndose la última Skywalker es otro desmedido despropósito que continúa deshaciendo el discurso de la película anterior, lo cual genera muchas inconsistencias a nivel de la trilogía, y además rompe la lógica establecida en la saga. Pero ya he hablado suficiente de esto.

La gran Carrie Fisher en la Comic-Con de San Diego, 2015 (Créditos: Gage Skidmore).

Me apena un poco que se haya desperdiciado al notable actor que es Adam Driver. Estos últimos años lo he visto en muchas otras cintas donde deslumbra, como no sucede en Star Wars, aunque podemos ver que hace un esfuerzo por otorgarle algo de poder al personaje. Fuera de mis conflictos de fan geek apropiado de sus personajes más queridos, que me impiden perdonarle haber matado a Han Solo, sigo sin convencerme con Ben. Esperaba su redención y me gusta verlo pelear junto a Rey y blandeando un sable láser azul, pero de nuevo es la ejecución la que se torna poco creíble, como ya comentamos antes, con la ilusión de su padre o un abrazo mental de la madre -llamémoslo así- y los encuentros con Rey. Por otro lado, sabiendo en esta película que él es el último Skywalker y Rey una Palpatine, no se siente normal, de alguna forma, verlo relegado a un personaje casi secundario. La súbita revelación de su interés amoroso hacia Rey, tocada brevemente, justo antes de su muerte, me parece una tontería digna de un fan fiction que reduce la complejidad de su relación con Rey. 

Tanto Rey como Ben Solo conllevan a mencionar el Force healing, la habilidad de curarse a sí mismo o a otros mediante el uso de la Fuerza y que en niveles extremos podría revivir a una persona a costa de la propia vida. Se trata de un fenómeno importante que recién se explora en esta película. Siento que ya las posibilidades con la Fuerza en esta trilogía son ilimitadas. ¿Por qué ni Yoda, Obi-Wan, Anakin o Leia podían hacer esto? Si es algo que Rey aprendió con los libros sagrados que robó de la biblioteca Jedi en Ahch-To, ¿entonces por qué Luke no lo sabía? ¿Y por qué Ben Solo también puede hacerlo, quizás por el vínculo especial que comparte con Rey, la llamada Díada en la Fuerza? ¿Es la misma habilidad desarrollada por Darth Plagueis y que mencionaba Palpatine en La venganza de los Sith? Podría atribuir su secretismo a la gran dificultad que implica realizar esta técnica probablemente prohibida. No explican nada y eso alimenta la idea de que el uso de la Fuerza representado en esta trilogía es vago y poco creíble dentro de la saga tal y como la conocemos. De nuevo, todo parece extraído de un fan fiction.

Una película no tiene que explicarlo todo, cierto misterio siempre es bienvenido, pero en la trilogía de Star Wars de Disney existen demasiadas interrogantes que no se llegaron a responder y le quitan solidez a la historia. Por ejemplo, ¿cómo puede el X-Wing funcionar después de tantos años sumergido y sin un droide astromecánico como R2? ¿Es Jannah hija de Lando? ¿Quién reparó el sable láser azul de Luke -que en realidad es de Anakin, algo que esta trilogía parece ignorar? Qué pasó con el clásico sable láser verde de Luke que solo vimos en un flashback en Los últimos Jedi? ¿Cómo creó Rey su sable láser amarillo? ¿Y qué hay de ese beso entre las dos chicas miembros de la Resistencia durante la celebración final? Un intento forzoso de Abrams y Disney de mostrar su cuota de corrección política. Si tanto buscan la aprobación de la comunidad de fans, ¿no hubiera sido mejor y más orgánico acatar sus deseos y hacer que Poe y Finn sean una pareja homosexual? Parece que hubiesen agregado a Jannah y a Zorii Bliss para desmentir definitivamente la relación sentimental entre ambos protagonistas masculinos. El Star Wars gay kiss no aporta nada a la historia, tan solo les sirve a los creadores para decir que son inclusivos o apoyan la diversidad. Totalmente gratuito.

El ascenso de Skywalker es un paradigma del caos a nivel creativo. A diferencia de Lucas, Abrams nunca mantuvo un control o dejó pautas severas de hacia dónde iba la trilogía tras la primera película, todo dio un giro copernicano en la segunda y para la última solo queda enmendar, arreglar el desastre como se pueda. Y es que honestamente, a pesar de ciertas decisiones temerosas que reflejan el miedo a innovar y sorprender a los seguidores, esto es lo mejor que se pudo hacer luego de cómo Rian Johnson dejó la trilogía. Además de no saber acabar sus historias, por más buenas que sean, como sucedió con el polémico final de su popular serie de televisión Lost, Abrams peca aquí también de una indignante falta de imaginación. En cierta manera, se entiende que El despertar de la Fuerza sea tan parecida a la primera película de la saga, un homenaje para volver a adentrarse cómodo en este universo tras tantos años, pero que El ascenso de Skywalker, el “nuevo” final de la saga Skywalker sea tan poco original, tan derivada de la trilogía clásica, un calco vulgar del anterior final en El retorno del Jedi, eso es imperdonable.

En efecto, Abrams se fue por el camino seguro, ya conocido para él: calcar El retorno del Jedi. Porque eso es, un calco inferior, inconsistente y algo absurdo del sexto episodio de la saga. Al final de la trilogía, que culmina en una pacífica y emotiva celebración de la Resistencia, igual que los Rebeldes en Endor, tenemos a la galaxia en el mismo estado en que la dejó El retorno del Jedi: el Emperador Palpatine ha muerto -esta vez para siempre, espero-, se ha restaurado la paz, la República y la Orden Jedi deben refundarse. Todo es lo mismo, solo reemplacemos a Luke, Leia y Han por Rey, Finn y Poe. No aporta nada nuevo. Un lamentable refrito.

Este refrito, no obstante, se pasa la película entera haciendo algo muy evidente que hace más floja la trilogía pero no deja de ser interesante -y en ocasiones gracioso, dependiendo del espectador-: darle la contra a las ideas propuestas por Johnson. A veces parece como si toda la película fuera una crítica o amonestación a su predecesora. Un buen ejemplo se halla en la escena con el fantasma de Luke. Una Rey en pánico busca autoexiliarse y lanza el sable láser al fuego, solo para ser cogido por su difunto maestro, quien le dice: “el arma de un Jedi merece más respeto”. Una referencia a cómo él arroja el mismo sable al acantilado al inicio de Los últimos Jedi. Abrams se las arregla una y otra vez en intentar decirnos que Johnson se equivocó. La película niega o cancela o reinterpreta los sucesos de la anterior a tal nivel que podría obviarse esa película. Si el texto de apertura agregara la línea “el Maestro Jedi Luke Skywalker murió hace un año dando la vida por sus amigos y Kylo Ren asesinó a Snoke y se autoproclamó el nuevo Líder Supremo” o algo similar, no habría necesidad laguna de ver Los últimos Jedi. Ciertamente no es una trilogía.

George Lucas y J. J. Abrams (Créditos: Joi Ito).

No obstante, hay que admitir algo: Rian Johnson tenía una visión de lo que quería hacer y estaba comprometido con su idea, sin importar de que ésta sea un daño para la narrativa de la franquicia. J. J. Abrams denota lo opuesto: quería salir rápido del problema y estuvo presto a hacer una película supuestamente de consenso, para tratar de agradar a todos los seguidores de la saga y no dividirlos como la anterior. El ascenso de Skywalker busca encantarnos con sus referencias a la trilogía original y se siente demasiado apremiada, suceden tantas cosas y no tienen tiempo de explicar nada. Es como si fuesen los dos últimos episodios de la saga juntos. Trata de atraernos  con giros en la trama que al final se sienten engañosos y no son relevantes, como las “falsas muertes” de Chewie, 3PO -cuando le borran la memoria- Ben o Rey, por nombrar un ejemplo. Mi impresión inicial con El despertar de la Fuerza acabó por confirmarse: Abrams tenía la valla demasiado alta para continuar la saga, y se le fue de las manos.

Es rarísimo que problemas tan grandes sucedan en una película de Star Wars. Me hace pensar en un grupo de  universitarios estudiantes de cine, entusiastas que quieren hacer una película pero no saben por dónde conducir la historia y acaban estropeándolo todo. Una experiencia de amateurs, pero estamos hablando de un estudio de Hollywood. Esta trilogía propuso cincuenta preguntas en la primera película, suprimió y contradijo esas preguntas en la segunda y estableció otras y en la última entrega trató de enmendar el desorden y revalidar las primeras preguntas, por lo general con respuestas poco satisfactorias. Es una pena que incluso con tanto por dónde coger, décadas de novelas, cómics, series animadas y videojuegos que han conformado el Universo Expandido, hayan terminado en esto. Diría que El ascenso de Skywalker es una película muy entretenida y con buenas dosis de nostalgia, funcionando bien a nivel emocional al menos en un primer visionado, pero terriblemente floja a nivel de argumento y personajes, llegando a momentos irrisorios. Un desastre.

 

El sendero de cada fan

Soy un fan viejo de Star Wars. No pertenezco a la primera generación de fans, es decir, no fui al cine de niño con mis padres en 1977 a ver Una nueva esperanza. No había nacido. Vi la trilogía original muy de niño durante el primero lustro de los años ’90 gracias a mis hermanos mayores, y crecí con ella, a diferencia de muchos de mis contemporáneos, que descubrieron la saga años más tarde gracias a las precuelas. Pero eso no importa. Ninguna de estas formas de descubrir y contemplar Star Wars es mejor que la otra. Hoy incluso hay fans que descubrieron la saga a través de los dibujos animados o los juguetes. Pienso en los niños que están yendo al cine a ver El ascenso de Skywalker. Toda una nueva generación de seguidores muy diferentes a mí. ¿Crecerán acompañados de esta historia tan especial? No lo sé. Veo difícil identificarse y abrazar con fuerza estas nuevas películas. Me imagino que los nuevos fans no cultivarán un afecto muy grande, Star Wars no se quedará con ellos mucho tiempo. Agradezco la experiencia de haber visto las películas originales de niño y haber crecido yendo al cine a ver las precuelas. Ambos eran mejores tiempos para ser un fan de Star Wars. Pero a lo mejor me equivoco. Ojalá, pero lo dudo mucho.

¿Por qué ha pasado esto? La historia detrás de estas tres películas es tan triste como curiosa.  J. J. Abrams la tuvo difícil. ¿Podemos culparlo? Pues la responsabilidad recae sobre él, ciertamente, mas también sobre Kathleen Kennedy, Bob Iger, Disney en general, guionistas como Chris Terrio o Lawrence Kasdan -que regresó para participar en El despertar de la Fuerza-, y por supuesto, Rian Johnson. ¿Pero vale la pena zambullirse en discusiones y campañas de odio virtuales por esto? Para nada. Este resultado duele, lo admito, y genera mucha indiferencia para el futuro de la franquicia, pero hay que tener en claro que estamos hablando más de películas que de historias, que se trata en gran parte de una industria y que, mientras genera ganancias, continuará, para bien o para mal.

Antes de concluir, quisiera hacer una pequeña digresión en torno a la trilogía de precuelas. Todos sabemos de sus muchas falencias y de los problemas de George Lucas para dirigir y trabajar con los diálogos, pero, digan lo que digan, las precuelas tenían una plan perfectamente mapeado. Lucas sabía a donde iba a conducir su historia de principio a fin: una gran fábula de cómo el mal encarnado en la peor corrupción podía surgir desde adentro y apoderarse de una república. También contaron el origen de Darth Vader y deconstruyeron su personaje para revelarnos sus conflictos y vulnerabilidades. Esto está presente de forma orgánica durante las tres películas, por más que las dos primeras no sean realmente buenas. Además, las precuelas expandieron sobremanera la mitología de Star Wars con conceptos como la profecía del Elegido, la Orden Jedi, el Senado Galáctico, los Sith, incluso ideas impopulares como los midi-chlorians. Lucas no es el mejor escritor del mundo, pero fue muy original y ordenado, y tenía una visión y una historia que contar. Si bien no me parece perfecta, nunca me consideré un detractor de esta segunda trilogía, me gusta mucho La venganza de los Sith, pero el intento de Disney de hacer una tercera me ha llevado a reflexionar sobre esto y a apreciar más las precuelas.

El panorama para Star Wars es rico. Imagino que los spin-off y las series de televisión continuarán, y desconfío mucho del trato de Disney con la franquicia, pero imagino que ocasionalmente algo bueno surgirá entre tanto desastre. Pero la saga oficial, la fundacional historia de los Skywalker, me da pena. Es complicado decirlo pero esa historia tan desastrosa fue lo mejor que pudieron hacer, y es una desilusión. ¿Volvería a ver la trilogía de Disney? Quizás. Lo dudo. Al menos estoy seguro de que no las incluiría en ninguna maratón.

Todo esto me remonta a un momento de la infancia: de niño era un casi un adicto al anime Dragonball, y años después, en mi adolescencia, volví a ver la última serie que sacaron sin el creador Akira Toriyama, Dragonball GT, y confirmé que no me gustaba. Con el tiempo decidí “cancelarla” de mi canon: siendo una mala historia no firmada por Toriyama, GT ya no existiría para mí. Hace poco decidí que esa es la posición que tomaré con Star Wars. Hay muchos cineastas y guionistas talentosos, y Lucas no tiene que dirigir las películas de Star Wars para que sean maravillosas, pero debe estar involucrado, debe estar siempre detrás, debe ser su historia. Si no es con el padre de Star Wars, no es parte de mi canon. Star Wars termina en El retorno del Jedi. Un final perfecto para una gran historia.

Que la Fuerza los acompañe.

El trio de leyenda. Harrison Ford, Carrie Fisher, Mark Hamill, y Gary the Dog, 2015 (Créditos: Albert L. Ortega).

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No se culpe a nadie de su sueño

Retrato de Luis Guillermo Hernández Camarero (Créditos: Herman Schwarz).

Evocando a Luis Hernández Camarero a través de tres encuentros: Jaime Domenack, Luis La Hoz y Nicolás Yerovi.

*** En el cuadragésimo segundo aniversario de la muerte del entrañable Luis Hernández, comparto este texto publicado por primera vez en el libro Entrevistas Humanas (2012), editado por la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica del Perú. El libro compila los mejores trabajos del Taller de Entrevista Periodística a cargo del poeta y docente Abelardo ‘Balo’ Sanchéz-León.

 

Solitarios son los actos

Del poeta: Como aquellos

Del Amor

Y de la Muerte. 

Luis Hernández Camarero

 

Soy Luisito Hernández / CMP 8977 / Ex campeón de peso welter / Interbarrios: Soy Billy / The Kid también, / Y la exuberancia / De mi amor / Hace que se me haga / Un nudo en el pulmón. Luis Guillermo Hernández Camarero tenía el corazón ávido de encanto. El mar, el sol, la música, los bares, las esquinas y un amor lo hicieron poeta, volviéndose uno de los exponentes más conspicuos y singulares de la Generación del 60, con un corpus poético tan lúdico como experimental. Nació el 18 de diciembre de 1941, siendo desde temprano una criatura excepcional. Fue un lector precoz y vehemente, también incursionó en otras áreas durante sus años mozos como la fotografía, el teatro, la radioastronomía –obsesionado con captar la música de las esferas- o la música, tocando el piano, la flauta y el violín. Vivió siempre en la calle 6 de Agosto en Jesús María y estudió en el colegio La Salle, donde descubriría más obras y entablaría largas amistades. Médico de barrio, estudió psicología en la PUCP y, tras un viaje a Europa de un año, medicina en San Marcos. Escribía tenazmente, poemas que rayaban entre lo más simple y excelso, tan lúdicos como verdaderos. Publicó tres poemarios: Orilla (1961), Charlie Melnik (1962) y Las Constelaciones (1965). A inicios de los 70 decidió no publicar más y emprender el proyecto que consolidaría su leyenda: escribir sus versos en cuadernos Minerva o Atlas espiral, con plumones Faber-Castell, invadidos de su poesía, encarnada en una hermosa caligrafía acompañada de pueriles dibujos que hacían de esta empresa ológrafa una obra de arte. Cuadernos que obsequiaba por doquier, con un desprendimiento total, entre amigos o familiares, incluso gente que no estaba interesada en la poesía. Cuadernos que seguía escribiendo para, como él afirmó, dejar de sufrir, vencer esa Impecable Soledad. En medio de esa vorágine, se enfermó de la espalda, y fruto de tan intenso dolor, a pesar de su maciza figura y sus patillas de Corto Maltés, se hizo adicto al Sosegón, veinticinco dosis diarias que atenuaban su pesar. Así, Gran-Jefe-Uno-Lado-Del-Cielo, Shelley Álvarez, El Inspector o el Capitán Dexter, empezó a decaer. En estos años, su amigo Nicolás Yerovi se dedicó, junto a él, a estudiar y compilar todos los cuadernos posibles, que Yerovi empezó a recolectar con permiso de Lucho para su tesis de doctorado en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue a través de esa coyuntura que en el verano de 1976 lo descubrió Betty Adler, the legendary girl, Che piba, Frazadita. Se enamoraron perdidamente. Nunca dejaron de amarse. Ella lo ayudó y cuidó hasta que se separaron, cuando Lucho partió hacia Buenos Aires para ser psicoanalizado internándose en la clínica García Badaracco -cuyo director, Jorge García Badaracco, había estudiado con Jacques Lacan- con un diagnóstico incierto de problemas mentales, en marzo del 77, meses después de haber dado un único recital inolvidable en el Instituto Nacional de Cultura. El 3 de octubre del mismo año expiró, a los 35 años, bajo nebulosas circunstancias, supuestamente lanzándose a las vías del tren, en Santos Lugares, Buenos Aires. Posteriormente, Yerovi publicaría Vox horrísona (1978), la primera edición de su tesis, legado poético de Lucho compilado en un tomo extenso que se volvería de culto y se agotaría prontamente, al igual que su reedición del ‘83.

Treinta y cinco años luego de su muerte, tres personajes muy relacionados al poeta conversan sobre sobre Lucho, su obra y su desaparición. El primero, Jaime Domenack, artista plástico de una generación posterior, mas cuya devoción es más que evidente, incluyendo el homenaje pictórico más grande y emotivo a Luis Hernández; y los siguientes, Luis La Hoz y Nicolás Yerovi, reconocidos poetas y dos de los mejores amigos del bardo, quienes lo acompañaron en la aventura y en la desgracia.

Betty Adler, Lucho Hernández y el Volvo en una de las pinturas del artista Jaime Domenack, en su serie sobre Luis Hernández.

 

Jaime Domenack

“Lucho es muy importante para mí”, afirma el artista egresado de la Escuela Nacional Bellas Artes del Perú y profesor de Historia del Arte en Cibertec. Su taller, ubicado en el segundo piso de una casa cercana al paradero Venus de la avenida Brasil, resulta un espacio insospechado. Lucho atraviesa toda la larga habitación que conforma el taller. Lo primero que salta a la vista es un enorme cuadro que ocupaba gran parte de una de las paredes, díptico en el que vemos al centro a Andy Warhol, flanqueado por Betty Adler y Lucho en la posición de la clásica fotografía en la que le da el biberón a su sobrina Techi. El trío está rodeado de imágenes pop de los años ’70, alusivas al famoso Estudio 54; o fotos personales, de Domenack de niño, sus padres de jóvenes, sus dibujos animados de la infancia, entre otros. En la otra pared, al fondo, Betty y Lucho manejaban el Volvo felices, con un fondo cromático perfecto. Una fotografía del vate enmarcada, pequeña, junto a otra de sus padres, como si se tratase de un tío suyo, o del abuelo de joven. Se siente en los cuadros de Domenack sobre Lucho un deseo de tornarlo más familiar, de hacerlo suyo.

“Descubrí a Luchito tiempo atrás. Recuerdo haber leído el poema que reza Habiendo robado / Lluvia de tu jardín / Y tocado tu cuerpo / Me duermo / No se culpe a nadie / De mi sueño, sin embargo, en el colegio no nos enseñaron nada de él, eso fue posterior. En realidad lo que me cautivó más fue el artículo de Beto Ortiz en el Somos del ’96, Frazadita, si bien me gustaba antes, allí empezó a fascinarme. Algo sucedió durante esa lectura. Su vida, las fotos que acompañaban el texto –aquella donde está cargando a Techi-, sentí a Lucho muy familiar, muy próximo a mí. Parecía un tío, un compadre, un primo. Alguien con quien podría conversar. Además, por ese entonces, yo estaba investigando los años ’70 en el Perú y de pronto me topo con Lucho y pienso ‘qué perfecto personaje, y todavía en mi país, en mi localidad, en mi Lima’. Esa noche ni siquiera terminé de leer el Somos, leí la crónica de Beto muchas veces y concluí que tenía que conocer a Betty Adler a como dé lugar e investigar más de Luis Hernández. Así comenzó todo”, afirma el pintor.

El artista plástico Jaime Domenack en la presentación de los tres poemarios de Luis Hernández, en La Noche de Barranco (Créditos: Perfil de Facebook de Jaime Domenack).

Ciertamente, la forma en la que emprendió su travesía por saber más de Lucho y llegar a Betty resulta muy curiosa. Lo primero que hizo fue buscar a la chica legendaria en la guía telefónica. Beatriz, Betty, no hallaba nada. Entonces decidió ir a la misma fuente, Beto Ortiz. La gente de Somos le dijo que Beto era un colaborador y no sabían cómo ubicarlo. Sin embargo, la recepcionista que lo atendió le hizo una pequeña corrección: Domenack había preguntado por Alberto Ortiz, mas el nombre del periodista era Humberto. “En la guía, hay como mierda de Alberto Ortiz, pero Humberto, ocho, creo”. Beto lo sintió realmente interesado y aceptó un encuentro. La cita se dio en un pequeño bar en Miraflores, en el que hablaron largo tiempo de su afición compartida por Lucho. Él le prestó su propia documentación sobre el poeta, mas una copia de la tesis de Yerovi. Domenack quedó encantado con el material, el cual fotocopió y consumió vorazmente. No obstante, Beto le confesó que había perdido la dirección de Betty hace mucho tiempo. Aquello lo frustraba. Una noche, un amigo suyo lo invitó a una fiesta en el departamento de Óscar Ugarteche, donde vería a muchos personajes del teatro y televisión. Una gran juerga. Cuando bajó con otros invitados a comprar cigarros, sintió que alguien le golpeaba el hombro. Azorado, volteó en el acto y vio a uno de ellos que le gritaba ‘¡Jaime, mira esto!’: en el directorio del edificio, el artista plástico pudo leer ‘#301 Betty Adler’. No podía creerlo. Era el destino. “No toqué el timbre pero palpé la puerta con suavidad, reflexivo, poéticamente, quizás. Volví a los pocos días y le dejé una carta debajo de su puerta, explicándole todo y mostrándole una fotografía de un cuadro mío: una portada de un álbum de Abba, donde en lugar de los músicos, interpreté a mis padres junto a ella y Lucho Hernández”. Betty Adler le respondería esa misma semana. Estaba impresionada por el cuadro. Domenack recibió una invitación a su casa. Cuando arribó, la chica que trabajaba allí le informó que Betty no podía atenderlo y que en su lugar le dejaba un vino y un álbum de fotos para que revise. Tan extrañado como complacido, no vaciló en aceptar. Su segunda visita fue finalmente recibida por la mítica pareja del poeta. Conversaron durante horas. Esa noche iniciaron una amistad que continúa hasta ahora. Solían reunirse para hablar de Lucho. “A veces nos íbamos a su cuarto a abrir los sobres, pues tenía muchos con cartas y fotos de Luis, y su empleada se preocupaba, veía con malos ojos que un chico joven se meta a su cuarto, pero todo fue amistad y un descubrimiento para mí de quien fue el amor de su vida”. Gracias a Betty, Domenack obtuvo más material del poeta para hacer cuadros, antes lo hacía todo con fotos del periódico o revistas. Todo sucedió entre el ’96 y el ‘98’.

Gracias a su afición, Domenack obtuvo la calificación más alta en su trabajo final para egresar de la Escuela Nacional de Bellas Artes y expuso en lugares como el Peruano Ruso o el Centro Cultural Ricardo Palma. Cada 18 de diciembre asiste al nicho N° 66 del pabellón San Antoliano en el cementerio El Ángel, donde descansa el poeta, a dejarle flores y declamar algunos versos, junto a otros hernandianos. “Cuando uno no sabe cómo comenzar un cuadro debe indagar en sus motivaciones. Mi mayor interés en ese tiempo era Luis Hernández y decidí plasmarlo en mis cuadros”.

Jaime Domenack se levanta un rato para poner algo de jazz setentero. Una canción de Weather Report invade el taller. El pintor admite que, a diferencia de Chabuca Granda u otros personajes peruanos que ha investigado para su arte, con Lucho buscaba enfocarse en su vida, no la obra. “Sus vivencias; lo vi sacado de un álbum familiar y no pude evitar sentir una proximidad, un cariño. Lucho era un niño grande, estaba siempre con gente menor, con chibolos, como yo cuando me mudé a este barrio, hace muchos años, y me hacía amigo de chibolos de 15 o 16, con quienes conversaba y fumaba. Me gustaba volver a vivir esas épocas. También cuando leí que estuvo internado en Stella Maris y las monjas renegaban porque sus amigos le llevaban marihuana y el humo salía por la ventana del cuarto, me gustaba eso porque en esa época yo estaba en Bellas Artes y nosotros lanzábamos mucho. Todo facilitó la identificación. Además Lucho sabía tantas cosas, era un loco genio, un renacentista. Es como si conocieras a alguien y luego te enteras más cosas de esa persona y dices ‘no puede ser, este huevón es mi alma gemela”. Admiraba, además, su gran talento poético y su sensibilidad social con sus pacientes. Dada su condición de pintor, Domenack se encontró a su vez atraído por la gráfica y la imagen que Luis Hernández proponía tanto en su vida como en sus poemas: La Herradura, el SOS de La Herradura, la calle 6 de Agosto, el Marcantonio de la avenida Arequipa, las esquinas, los cinemas, el asfalto, el helado ‘El Buen Humor’ de D’Onofrio, entre otros.

El artista plástico Jaime Domenack junto a una de las obras de su serie sobre Luis Hernández: Betty y Lucho flanqueando a Andy Warhol y rodeados de distintas imágenes de la cultura pop de la época (Créditos: Diego Olivas Arana, taller de Jaime Domenack, 2012).

Al pensar en la muerte de Lucho, Domenack medita silente. Considera su tratamiento en Buenos Aires como un encierro. Lucho sufrió mucho: no podía lidiar con su pesar y además estaba lejos de su frazadita. “Recuerdo que Betty me contó, como algo privado, que cuando Lucho estaba en García Badaracco, le decía en sus cartas que se sentía como Alex de La Naranja Mecánica, por los exámenes que le hacían, para él fueron torturas y horrores muy fuertes. Eso se lo comenté a Rafael Romero Tassara en un correo electrónico y lo incluyó sin mi permiso en su biografía sobre Lucho, La Armonía de H”. Domenack ha contemplado ambas versiones de la muerte, que han consolidado el mito de Luis Hernández Camarero: una dice que se suicidó lanzándose a las vías del tren y la otra sugiere que lo empujaron, un homicidio por parte de algún militar del gobierno de Videla. “Herman Schwarz y Edgar O’Hara viajaron a Santos Lugares y publicaron hace unos años en Somos un artículo que daba a entender que había sido un asesinato. Sé que muchos amigos y familiares de Luis dan el hecho por suicidio, pero en este caso me inclino más por la idea de que lo empujaron”. Durante la dictadura de Videla, no era extraño que desaparecieran artistas o intelectuales rebeldes. Un poeta foráneo como Hernández Camarero podría haber sido un blanco, mas Domenack no culpa a los militares. “Solo digo que alguien lo mató. Creo que han querido deshacerse de él. Kike Wangeman, su gran amigo, te respondería con poesía: ‘Lucho no se suicidó, se suicidó el tren”. Domenack siente que aquello aún falta develarse, pero él ya recorrió tales senderos. Ya no es su tarea. “Tengo un Lucho dentro y con ese he de quedarme. Todo lo dicho, lo hago de corazón”. Mi primer amor / Fue la música / Mi segundo amor / Fue el amor a la música / Mi tercer amor / Fue humano.

 

Luis La Hoz

“Yo ya no quiero hablar de Luis Hernández. Es más, ya casi odio a Luis Hernández”, subraya el poeta Luis La Hoz con ironía, en su casa en la avenida San Martín, Barranco. Maestro en el arte poético, autor de poemarios reconocidos como Los Adolescentes (1987), Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, 33 Poetas suicidas (1988) o más recientemente Los Poemas de Federico (2003) o Una flor amarilla (2004), entre otras obras, fuma sosegado, en el sofá, con un filtro especial que reduce la nicotina. Mientras zarandea suavemente el cigarro sobre el cenicero, recuerda cómo conoció al ‘Gran Jefe Un Lado Del Cielo’. Corría el año 1965. Luis La Hoz frecuentaba la oscura y apacible casa miraflorina de los hermanos Larco. Estudiaba con Iván. Hernández Camarero ya había publicado sus poemarios. Una noche donde los Larco, La Hoz cayó de visita. La habitación de Iván estaba en un segundo piso, al subir se dio de bruces con un personaje sentado en la escalera, con una lamparilla, el cabello desordenado, fumando y escribiendo. “Es Luis Hernández; no le digas nada porque está escribiendo y anda de mal humor”, le dijo Iván. Al rato entró Luis al cuarto y leyó el poema que andaba escribiendo o reescribiendo. Así, se fueron encontrando en esa casa. Tenían mucho en común, pero Lucho, mayor que ellos y muy tímido, era difícil de tratar. Cuando La Hoz, Nicolás Yerovi, Iván Larco, Carlos Cornejo y otros amigos del colegio La Salle publicaron una revista llamada Collage en el año 67, invitaron a Lucho a publicar un par de poemas. Aquello consolidó su relación.

El poeta Luis La Hoz (Créditos: Web del Festival Internacional de Poesía de Bogotá).

Gracias a Lucho descubrió poemas, libros, autores; pero lo que más aprecia fue la revelación del ritmo y los secretos de la poesía. La influencia que tuvo sobre su obra está más relacionada a las figuras. Referencias como el mar -una pasión que ambos compartían-, el sol o la alegría de las calles y los bares. La Hoz se dio cuenta, con los años, de que su insólito camarada siempre procedía con un propósito, todas sus acciones eran justificadas. Por ejemplo, nunca leyó un poema suyo: los tiraba al suelo, dándolos por vanos, mas siempre llamaba para hacerle leer una plétora de versos de todo tipo y de distintos autores. “Lucho hizo que aprendiera. En el ejercicio de la poesía siempre se trabaja mejor con el basurero al costado”. Existe una influencia en la musicalidad, mas no en el estilo de la misma. La Hoz tiene otra forma de expresarse. Su poesía, prosigue, no llegó a ser como la de Luis Hernández. “Hubo un tiempo en el que dejé de leer a Lucho, así como también a Vallejo, y empecé a leer poesía francesa o italiana -que era la que más me interesaba-, para encontrar mi propia voz”.

La Hoz profesa que la poesía de Lucho era una poesía abierta, y la suya, cerrada. ”Lucho era un tipo con una inteligencia y una cultura fuera de lo normal. Era alguien con quien podías hablar de cualquier cosa, una vez me explicó toda la teoría de la relatividad en una pared de su cuarto. No era un hombre normal. Tampoco era un poeta normal, porque había decidido, a partir de los ’70, dejar de publicar. Perdió la fe en los libros. Tres poemarios y se acabó. Incluso allí tú notas ya algunas estrofas de sus poemas que terminan de pronto y te dejan en el aire: Y entonces la noche, no concluye la idea, pero no hay necesidad, pues esa frase es retóricamente bella. Ya en los ’70 rompe con todo, porque él quería realizar su obra abierta, como él me explicaba y discutíamos. Lucho decía que los poemas no tenían inicio ni fin. Que toda obra debía ser un continuum. En realidad, toda su obra lo es. Desde los ’70, la ológrafa, escrita y armada con colores, donde todo es lúdico y repetitivo”. Lucho tomaba un verso de Keats, le daba la vuelta, lo hacía suyo y después lo repetía de otra manera. “Ejecutaba esa poesía abierta que aún no es reconocida en los estudios literarios y poéticos del Perú. Su obra fue eso. Y su vida fue eso. Completamente coherente. Marco Martos se equivocó al decir que a su obra le faltó. A la obra de Lucho no le faltó nada. En la generación del ’60, él fue otra cosa”.

Betty Adler y Lucho Hernández (Créditos: Herman Schwarz).

Su grave voz continúa invadiendo el espacio, imponente. Nadie, según él, ha observado realmente el tema de la obra de Luis Hernández como un continuum. Incluso la tesis de Yerovi o la biografía de Romero Tassara no hablan de ello. Hablar del hombre y su leyenda es importante. Luis Hernández era un tipo agudo y excéntrico que disfrutaba llamar la atención. “A veces me llamaba por teléfono, yo contestaba y lo visitaba de inmediato porque era un privilegio hablar con él de cualquier tema y lo encontraba subido en su ropero, escribiendo fórmulas químicas o físicas en el techo de su cuarto, escuchando Beethoven y hablando en alemán. No me hablaba. Le preguntaba ‘¿para qué me has llamado?’ y no me contestaba. Así era él”. La Hoz podría discurrir en anécdotas extraordinarias semejantes, pero insiste en la urgencia de un estudio literario de su desaparecido amigo. Su teoría lírica, su visión de la realidad social, su posición religiosa o política. “Al hablar de la coyuntura política, uno no necesita ser explícito para ser crítico. Cuando Luis Hernández dice en el fondo todo el mundo tiembla cuando ve un arma está hablando de un miedo que arrastramos hasta ahora. Cuando dice mi país no es Grecia dice que su país no es ese lugar mitológico y reflexivo, sino aquel lleno de curas y tonsurados… lo dice sin decirlo. No es solamente un verso bonito, tiene una condición política y de conciencia. ‘Mi país es Lima, la eterna ciudad de los burdeles’. Lucho tenía una posición política firme de la cual jamás hablábamos porque casi no hablaba. Era un contestatario urbano”. Para La Hoz, la misión del poeta es la poesía, y bajo esa premisa, Luis Hernández, aquel que dobla solitariamente en las esquinas, nunca regaló sus dibujos a los policías en vano. Nada era gratis. “Él era un rebelde, totalmente antisistema. A nadie le importa, pero de Antonio Cisneros o Rodolfo Hinostroza sí se ha observado eso, porque tienen libros, son explícitos y se reconocen como poetas serios. El mundo académico lo ha visto como un gracioso, un poeta juguetón, sin importancia”.

¿Por qué Lucho no figura del todo en las antologías de los ‘60? Por un lado, en esos tiempos no había tantos críticos y por ende, tampoco muchas antologías. Por otro lado, Luis Hernández se alejó del movimiento voluntariamente. No se reflejaba en la manera de ser de los otros poetas, sus contemporáneos. No asistía ni era invitado a reuniones. “Debemos recordar que por esos años él estaba concibiendo su obra real, la manuscrita, con los dibujos y todo. Se apartaba del canon, definitivamente”. Sin embargo, Luis Hernández sería incluido en antologías posteriores, de los ‘70’s u ‘80’s, cuando ya existía el mito. Tras sus tres primeros poemarios, ¿cómo hace un antólogo con su obra posterior? Vox horrísona está escrita a mano, con colores y formas. Al transcribirla e imprimirla se perderían muchos elementos. “Creo que fue el jetudo de José Miguel Oviedo quien dijo que la poesía de Lucho era una obra que estaba comenzando y carecía de estructura. Una obra ligera. Él no tenía ni idea de lo que estaba hablando”.

. Recopilación de algunos extractos de la entrevista a Luis Hernández llevada a cabo por Álex Zisman, publicada por ‘Correo’ en dos partes, el 7 y el 14 de junio de 1975 (Canal de Youtube de la Casa de la Literatura Peruana).

 

Ciertamente, los relatos sobran. La Hoz evoca aquel de Luis Hernández y Yellow Submarine. “Fue un acto de maldad absurda y pueril, contra el cine y contra todos. La cagamos horrible”. Esa noche, Hernández, La Hoz, Iván Larco y otros amigos asistieron al cineclub Virgen Del Pilar para ver la esperada cinta de The Beatles. Todos quedaron absortos ante el despliegue de imágenes de psicodelia y esplendor. Tan idos como intoxicados. Lucho no podía concebir el encanto, estaba embelesado de pies a cabeza. “De repente, este pendejo se desapareció. Al rato regresa con un bulto en su blazer grandote y nos dice ‘vámonos ahora’. Y nos fuimos”. Extrañados, tomaron un taxi y partieron en el acto. Ya en la calle, Lucho saca del blazer un rollo enorme de 35mm. ‘¡¿Qué has hecho?!’, le gritaron todos. Victorioso, Lucho manifestó que era suyo y ahora ellos podrían proyectarlo. Para proyectar un rollo así, ahora inexistente, se requería gran maquinaría. Esos antiguos rollos solían viajar de cine en cine vía moto. Luis Hernández había detenido la proyección temporalmente. No se vio más que un día. “Fue un escándalo, el robo salió en los periódicos, la radio. Todos teníamos un sentimiento de culpa horrible. Birlamos la cinta y todo lo que siguió fue culpa y miedo, éramos unos chibolos y creíamos que nos podían meter presos o algo así. El rollo nunca apareció. No le preguntamos a Lucho, ni queríamos saber del tema, estábamos avergonzados de nuestra pendejada… Marihuaneros de mierda”, dispara La Hoz, seguido de una estentórea carcajada.

La última vez que vio a Luis Hernández. Luis La Hoz volvió a coger el cigarro con filtro y aspiró en silencio unos segundos, rememorando. “Fue antes de su partida a Buenos Aires. Me dijo ‘nos vemos cuando regrese, en La Herradura’. Luego pasaría lo del recital en el Instituto Nacional de Cultura y ya no lo vi más”. Yerovi, él y el resto de sus amigos ya sabían del internamiento de Lucho. “Nunca estuve de acuerdo. La familia quería que se cure, Betty quería vivir con él, le había conseguido un consultorio, pero Lucho ya no quería nada; su poesía se había acabado. No podía escribir poesía. Lucho vivió su cenit hasta los 35 años. ¿Qué iba a hacer? ¿Ser un pequeño burgués? ¿Médico, trabajar y cobrar? Ese no era su mundo ni su estilo ni su deseo. No era de este mundo. Era un ser caído en esos años, en un país como este y en una ciudad como esta”.

Los tres poemarios de Luis Hernández publicados en vida: ‘Orilla’ (1961), ‘Charlie Melnik’ (1962) y ‘Las Constelaciones’ (1965).

Una tarde del ‘77, Yerovi fue a buscarlo a su trabajo. La Hoz trabajaba para el gobierno de Velasco, en propiedad social. ‘Tengo que hablar contigo’, le dijo. Fueron a La Herradura, donde siempre se reunían con Lucho. Mientras tomaban un trago, Yerovi le contó a su viejo amigo que Lucho se había suicidado. Extrañamente, ese día de invierno salió el sol. “Yo siempre sentí, hasta hace ya un tiempo, que Lucho iba a llegar a mi casa e iba a tocar la puerta. Durante muchos años tuve esa sensación. Creo que se acabó cuando fui a Santos Lugares, donde lo encontraron”. No tuvo el valor de recorrerlo todo, se sentó en la estación San Martín, en una plazuela, silente, mientras su esposa exploraba el lugar. Era invierno y era un sitio muy triste, lúgubre. Al regresar a Lima, La Hoz se sentía distinto, como si hubiera dejado eso atrás. “Pero siempre lo tengo presente. Fue mi gran amigo, carajo. Viví con él en la selva, fue médico de mis hijos. Lo amé mucho, como una vez dije, mi amado y detestable”, sostiene, emotivo.

El poeta recuerda por qué cree que su querido amigo y colega se lanzó a las vías del tren. Cuando concibió la idea del libro de la antología 33 Poetas Suicidas, buscó motivado a Lucho para exponérsela. “Me mandó a rodar. Pero días después me llamó y me dijo ‘ven a mi casa ahorita’. Así de detestable era, en ocasiones”. Al arribar, Luis Hernández le habló de un poeta húngaro llamado Attila József. Durante el viaje europeo de Lucho, una noche errando en Budapest, vio los rieles de un tren y de pronto una piedra en la que decía ‘aquí se mató Attila József’. Tras narrar la experiencia, empezó a dictarle poemas, sugiriéndole que debían aparecer en su antología tal cual los iba recitando. Quizás sea tan solo una anécdota, acaso mera conjetura. Para La Hoz, aquello connotaba la contemplación de un desenlace similar. Hernández Camarero ya no quería saber nada más. Genio y niño a la vez, el mundo no estaba preparado para él. “Lucho era un espíritu libre, de aquellos que acontecen cada cien o doscientos años… Soportar tanta belleza, tanto dolor, tanta soledad”. Como cree La Hoz, quizás Lucho quiso expirar en las vías del tren. “Al final, eso no importa, Luchito cumplió su función. El arte es duradero, la vida es breve, 36 años y chau”, concluye La Hoz. Solo la emoción perdura / Solo la armonía quiebra.

 

Nicolás Yerovi

El departamento del poeta y periodista se encuentra en un edificio antiguo y muy bello de Barranco, plagado de jardines y escaleras. En las paredes de su hogar reinaba una gama variopinta de elementos: fotografías del también humorista y dramaturgo en diversos lugares o en distintas portadas de diarios; portadas de revistas suyas o de la famosa Monos y Monadas, fundada por su abuelo el poeta Leónidas Yerovi, de la cual su nieto fue director; y muchos títulos y diplomas. Una suerte de museo personal.

Yerovi fuma entretenido mientras hace memoria. Se ríe de pronto, súbitas carcajadas que acaso no guardan sentido salvo en sus pensamientos, donde moran las historias con Luis Hernández. También era amigo de los cuatro hermanos Larco: Fedor, el mayor, era más viejo que Lucho, quien era de la promoción de Boris, mas Lucho era una especie de adolescente perpetuo: cuando el mayor terminaba sus estudios, se iba a vivir solo, se comprometía o se casaba, él se desconectaba, quería prolongar su juventud, evitar responsabilidades y horarios. Bajo ese plan, se hacía amigo del hermano que seguía. Así empezó a frecuentar a Iván. “Yo era de la promoción de Luis La Hoz y de Iván Larco, así que nosotros heredamos a Lucho”, sostiene, dejando escapar una breve sonrisa. Los tres poetas se encontraban escuchando música clásica. Eran finales de los ‘60.

El poeta Nicolás Yerovi posando junto a su tesis de doctorado de la PUCP: la compilación y análisis crítico de la obra de su amigo Lucho Hernández (Créditos: Ángela Ponce/Diario Correo).

La obra poética de Yerovi deslumbró en los ‘70, con títulos como Mapa de agua (1971), Crónica de ciego (1973), o Quiero morir soñando (1978). Desde secundaria sabía que sería escritor, mas su verdadero propósito es escribir poemas para, como él afirma, ‘enamorar a las muchachas’. Lo demás era accesorio. Sin embargo, también lo influyó el humor, heredado del padre y del abuelo. Ignoraba cómo asociar el lirismo con gracia, ironía y travesura, hasta leer poemas de Luis Hernández como aquel que reza: Te amo / Raíz cuadrada de -1 / Eres un amor / Irracional. Allí comprendió que podía conjugar en un mismo concepto la emoción de los sentimientos y las pasiones que provoca la vida misma con la agudeza y la travesura del sentido del humor. “En ese sentido, la poesía de Lucho me influyó definitivamente”, confiesa Yerovi.

Una noche, acaso una tarde que se convirtió en noche, cuando Yerovi todavía era un alumno de doctorado, lo visitó Lucho Camarero, primo hermano de Luis Hernández Camarero y compañero suyo del La Salle. Entre conversaciones, terminó comentándole que su primo, quien para ese entonces ya era amigo de Yerovi, se había vuelto completamente loco. Allí Yerovi descubrió que su entrañable amigo había renunciado a publicar bajo los estándares editoriales y se había comprometido quijotescamente en reproducir su obra con plumones y cuadernos escolares y la andaba regalando a todo el mundo. El primo de Lucho le mostró uno de los cuadernos. Yerovi quedó embelesado y le dio la razón, “cómo puede regalar esto, es una belleza… ¿Sabes lo que acabas de hacer? me acabas de dar el tema de mi tesis de doctorado”, le dijo al primo del legendario poeta, a quien busco para proponerle el proyecto: que le entregase una relación de cada persona a la que le había obsequiado un cuaderno. Él recolectaría todos, los transcribía a máquina de escribir y los revisaría con él. Sería una empresa azarosa: habría que estudiar bien cada poema, pues Lucho escribía en alemán, italiano, francés, holandés, inglés, castellano, latín, griego y además, traducía a Juan Ramón Jiménez al alemán, a Byron al italiano, y así, ad infinitum. Muchos versos no eran suyos, pero él los traducía y los colaba en medio de sus propias composiciones. Para una edición crítica de los cuadernos, la colaboración del autor era imprescindible. Para su suerte, tras cavilarlo un poco, Luis Hernández aceptó. La tesis doctoral de Yerovi acabó poseyendo centenares de notas a pies de página. Fueron 28 cuadernos recolectados. Dos años de la vida de Yerovi. Mientras evoca tamaña proeza, se levanta de su sofá y se aproxima a un estante, de donde extrae un enorme y viejo tomo redactado a máquina de escribir. Era el hermoso y ajado manuscrito original de su legendaria tesis: Hacia una edición crítica de “Vox horrísona” (Poesía de Luis Hernández 1961-1976).

Uno de los poemas más recordados de los cuadernos de Luis Hernández.

Al recordar la última vez que vio a Luis Hernández, Yerovi despide un poco de humo al fumar, abstrayendo la mirada en algún punto incierto de su sala. Eran fines del ’76. Betty estaba allí. Se encontraron para beber unos jugos y conversar en Marcantonio, en el centro Comercial Risso. “Lo recuerdo tranquilo, normalmente loco, divertido, por momentos fatuo, buscando ser el centro de la conversación, como siempre. No parecía triste”. Hernández y Yerovi no estuvieron en contacto durante su internamiento en Buenos Aires. Cuando Betty lo llamó para revelarle su muerte, corrió unas cuadras por la avenida San Martín hacia la casa de Luis -La Hoz- y le dijo que necesitaban hablar. Partieron a La Herradura y ahí le contó. “Estábamos tan incrédulos, desarmados, impotentes. Era algo que jamás habíamos previsto”, agrega el humorista.

. Extracto del documental que se realizó en los años ’80 sobre Luis Hernández; y el reportaje que hizo Beto Ortiz en los ’90 (Canal de Youtube de Rokopolis).

 

La tesis de Yerovi descansa gigante sobre la mesa. En sus primeras páginas desfilan fotografías a color de los cuadernos de Lucho pegadas con goma, de las primeras que existían. Sus colores reviven de alguna forma las gastadas hojas del manuscrito, ya tornadas mostaza por los años. Los cromáticos yates / Surcan el mar / El mar azul de Prusia. Yerovi sigue hojeando la tesis y con ellas aquel triste episodio de su pasado. “Lo único que trae congruencia a este lamentable acontecimiento es que Lucho tenía debilidad por los poetas románticos ingleses, Shelley, Keats o Byron; siempre me hizo hincapié en el hecho de que todos habían muerto antes de cumplir 36 años. Lucho hubiera cumplido esa edad el 18 de diciembre… Quizás por eso partió el tres de octubre. Esa coincidencia siempre regresa, me hace pensar. Prácticamente no hubo desde que nos conocimos conversación alguna en la que dejara de mencionar este hecho”. Con la distancia emocional y reflexiva que aportan los años, Yerovi piensa que no se imagina a Luchito envejeciendo. Para él, otro motivo para dar su muerte por suicido es que Luis Hernández fue un eterno adolescente. El orden serio de la vida y sus tramos era algo ajeno a su mundo. Yerovi recuerda entre carcajadas un ejemplo de ello: cuando laboraba como médico, no cobraba por la consulta, lo hacía a cambio de fruta, cigarros o chocolates Sublimes. Nada le importaba. “Lucho vivía dentro de una informalidad absoluta, repitiendo versos y poemas en un cuaderno y el otro, mezclando poemas propios con ajenos y haciéndolo con mucho humor, eso me marcó de por vida. Su forma de entender la existencia era la de un desprendimiento continuo de su poesía y de todo. Era libre”. De algo me hablas / Pero el brillo de tu corazón / Te oculta / Algo me dices / Pero el estruendo / De tu alma / Me impide.

Luis Hernández Camarero, como lo evocan Yerovi, La Hoz o Domenack, fue un genio y un alma inefable, acaso imposible. Henchido de pasión, de alegría y de dolor. Si cantara / Lo que en el corazón / Siento / Sería para mí / La canción / Algo indescifrable. El origen de su muerte quizás no se dilucide nunca, mas su legado poético y la leyenda de su paso por estas tierras permanecerán inmarcesibles en el corazón de todos aquellos que lo descubren. Ars longa, vita brevis.

Quinta edición de ‘Vox horrísona’, por Pesopluma.

 

Links relacionados:

  • Diversos artistas leyendo poemas de Luis Hernández.
  • Luis La Hoz leyendo su poema Buena es tu voz.
  • Digitalización de los cuadernos de Luis Hernández por la PUCP.
  • Nuevos libros de Luis Hernández publicados por la editorial Pesopluma.

 

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ABSTRACCIONES, CRÓNICAS y REPORTAJES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019

ABSTRACCIONES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019 Distrito San Isidro al fondo, Lima (Créditos: Perfil de Flickr de KaMpErƎ & Le-tticia).

Breve asalto de reflexiones migratorias tras 60 días de vacaciones en mi ciudad natal

 

La noche del lunes volví a Varsovia luego de dos meses en Lima. Viví con intensidad: mi esposa y yo compartimos con la familia y nuestros amigos, viajamos a provincia, salimos a eventos, exposiciones, bebimos y comimos. Tras casi dos años sin pisar mi ciudad, la expectativa de esos sesenta días se conjuraba como una eternidad, pero se esfumó de repente. No fue una estadía muy calmada, es cierto, mas fuimos felices.

Ania y yo solíamos repetirnos esta frase acaso en tono de broma y sin embargo entrañando siempre cierta verdad: “solo extrañamos a Dante”, nuestro perro de dos años, querido amigo y compañero, quien se ha pasado el verano polaco en el campo con mis suegros. Y es que salvo la última semana en Lima -donde nos invadió esa conocida sensación hacia el final de cada viaje, cuando ya percibes que falta poco tiempo para volver a tu ritmo habitual y lentamente te entregas a ese calmado deseo de pasar un día normal en casa-, toda nuestra estadía hemos sido presa -yo en particular- de una euforia nostálgica por la familia, los amigos, las calles y espacios antes frecuentados. Un amor al pasado con el que te reencuentras y que ahora es distinto, como es de esperarse, pero todavía te abraza. Si bien he vivido antes en el extranjero, nunca he estado tanto tiempo alejado de casa. Me encontraba adicto a la experiencia de volver.

Salíamos del avión de Ryanair que llegaba desde Madrid -donde solemos hacer conexión-, y caminábamos junto a mi esposa y el resto de pasajeros a través de la pista de aterrizaje del Warszawa -Modlin, aquel menudo aeropuerto internacional exclusivo para vuelos low-cost del que siempre salgo extenuado y adormecido. Avanzábamos en una fila india encauzada por cercas metálicas cuya guía terminaba en la entrada al aeropuerto. En ese momento, todavía en la pista, sentí la caricia del viento sobre mi rostro, ese guiño apacible del verano europeo al que nos adentrábamos, que de inmediato me rebobinó a la misma escena en el aeropuerto Jorge Chávez, dos meses antes. Ya desde esa primera escena la experiencia es tremendamente distinta. Salir del Jorge Chávez para darse de bruces con Lima: la ola de humedad te invade de pronto, como una bofetada caliente y fantasmal. No importa la estación, en Lima respiramos siempre moléculas de agua y uno toma aun más consciencia de ello al volver después de largo tiempo. Una sensación viscosa por momentos -en especial en verano-, pero que aprendí a querer. La primera bienvenida es el abrazo violento de la humedad.

El río Vístula desde el centro de Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

El taxi a las cinco de la madrugada desde el aeropuerto hasta Miraflores: las palmeras. Plaza San Miguel. La odiada línea de combis “S”, que me llevó a la universidad durante toda la carrera. La Costa Verde y el inefable océano Pacífico. Las calles de San Antonio donde crecí, con sus casas miraflorinas antiguas, sus parques con nombres de militares y estadistas, sus perros con abrigos de polar, las ardillas grises, sus panaderías y bodegas. El Malecón de Miraflores. El Pollos Piers y los otros bares de mala muerte alrededor del Parque Kennedy. El Eka Bar y su setlist inmortal. Barranco con la Bajada de los Baños, Sáenz Peña, San Martín, Grau, El Sol, La Noche, Juanito, el Piselli. Los chifas. El Queirolo de Pueblo Libre y el de Camaná. El jirón Quilca con sus libros y juguetes y el Bar de Tito. El Yacana. Los jueves de karaoke del Koca Kinto. Ver películas en el viejo Pacífico, el Alcázar o el Centro Cultural de la PUCP. Cusqueñas negras y Pilsen Callao. Ir a Wong cerca de mi casa para comprar absolutamente cualquier tontería: una Coca-Cola, un Sublime-Princesa-Sorrento-Milky-CuaCua-Pícaras-Margarita-Morochas-Tortees-Cuates-Canchita serrana… Pensar en Lima o en mi viaje a Lima me trae todo esto. Siento que el retrato mental de mi ciudad está demasiado enfocado en ciertos asfaltos, cantidades vulgares de comida y alcohol y en mucha música. ¿Es malo concebir Lima bajo ese inofensivo hedonismo familiar y citadino?

Lo ignoro. Pero Lima no es solo eso. Son muchas ciudades divididas. Un monstruo con muchas caras, la mayoría más adversas, tristes y menos privilegiadas que la apremiada evocación con la que acabo de resumir una parte esencial de mi vida.

***

Se extraña Lima, mas hay realidades que me repelan ipso facto. El transporte público, el tráfico y el egoísmo suicida de los conductores de custers y combis y de vehículos privados representan una problemática que he despreciado siempre y con la que me he topado no pocas veces durante mi retorno. Autos pasándose la luz roja, ignorando que pretendo cruzar o cortándome el paso deliberadamente. Cederle el paso al peatón en Lima se antoja como un acto quimérico, alienígena, acaso irrisorio. Más de una vez en Varsovia, Ania me preguntó por qué no cruzo o tardo en cruzar la pista cuando toca. Me tomó tiempo habituarme a la prioridad del peatón: siempre aguardaba alerta, creyendo que les importo un carajo y contemplando la posibilidad de ser atropellado. Como todo limeño.

“Lima la horrible” (edición de Populibros, 1964), de Sebastián Salazar Bondy.

A su vez, el tráfico vuelca en desesperación: me recuerdo enrabiado de impaciencia y aburrimiento -e intensos dolores de espalda y cuello- en la avenida La Marina, Benavides o Javier Prado. Adelantándose a su tiempo, Sebastián Salazar Bondy escribió en el clásico Lima la horrible (Biblioteca Era, 1964): “Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir”. Cincuenta y tres años después, Diego Trelles Paz publicó La procesión infinita (Anagrama, 2017), poderosa novela que curiosamente leí en un momento muy acertado, empezándola en el avión de Madrid hacia Lima y terminándola unas semanas antes de volver a Varsovia. Una de sus páginas más notables reza lo siguiente, confirmando con brutalidad la vigencia de lo descrito por el gran Salazar Bondy décadas atrás:

“La procesión infinita”, de Diego Trelles Paz (Anagrama, 2017).

“… El primer anuncio del delirio automovilístico de lima es una estampida furiosa de custers, combis, taxis, buses, motos y carros particulares que rodean y atraviesan el óvalo de Faucett en distintas direcciones al mismo tiempo. Todo está permitido: meter la trompa del vehículo y cerrar el paso, pasar del carril extremo de la izquierda al de la derecha, acelerando en diagonal, detenerse en cualquier lado de la avenida el tiempo que se estime conveniente, subirse a las veredas, a las bermas con jardines, a las ciclovías, a los parques, a donde lleguen las ruedas, comerse todos y cada uno de los semáforos o simplemente quedarse quieto esperando pasajeros mientras la luz verde agoniza, tocar la bocina frenéticamente, una dos, cinco, diez, veinte veces mientras gritas y golpeas y amenazas y bajas del auto con el fierro de la gata dispuesto ya a romper, a quebrar, a chancar, a destruir, a asesinar a quien sea, por lo que sea, así venga la policía, ¡qué mierda!, tú a la policía te la pasas por los huevos, tombo conchatumadre, aquí yo hago lo-que-chucha-me-dé-la-gana, qué mierda quieres, ¿ponerme una papeleta?, ponme cinco si quieres, igual no las pago, huevonazo, y aprietas y aceleras y chocas y atropellas y te das la fuga y todos vieron pero nadie vio porque si pasa y tienes bille, arreglas, trabajas, ofreces, coimeas, la libras, la olvidas, se olvidan, no saben, no opinan, la vuelves a hacer, todo se puede porque el mundo es ancho e impune cuando enciendes un vehículo y te lanzas sobre las pistas cementerio de las calles de Lima”.  

Y el siguiente párrafo toca justamente ese miedo animal que mencionaba líneas atrás:

“Quizás es por eso que los peatones no confían cuando el Chato respeta el PARE y, con la mano barriendo el aire, los invita a cruzar por delante con una sonrisa. Éste está cojudo. Éste está loco. ¿Qué le pasa? Si avanzo, me mata. Si le creo, acelera y me arrolla. Por aquí es así, lo sabemos todos, es ley-no-escrita: primero el carro, segundo el carro, tercero el carro, cuarto el carro y así hasta el infinito. El que confía muere. En Lima hay que tener ojos en la cabeza y en las orejas por si te embisten por detrás o te levantan de lado. Nadie está libre…”.

***

Hace ya varios años, compartiendo cervezas en algún bar de Helsinki, Tapio, un entrañable amigo finlandés (que ama y conoce el Perú más que muchos de los peruanos que conozco) me contó que cuando regresó a Lima unos años después de haber venido por su intercambio universitario, sintió que ya nada era lo mismo. Los amigos estaban en otras partes o tenían otros intereses, los lugares frecuentados ya no existían o habían sido renovados, la gente en la universidad era otra. Fue una sensación natural pero extraña, me dijo. Esta idea se quedó sembrada en mis adentros: mi vida en ese momento atravesaba un momento idílico en Helsinki, e imaginaba cómo sería volver. A inicios de este año tuve la oportunidad de descubrirlo, cuando mi esposa y yo visitamos Finlandia por primera vez desde esa temporada en la que nos conocimos. Los cambios eran evidentes, esperables: ya no había casi nadie de las personas que conocía en la ciudad, el edificio de estudiantes donde vivía estaba invadido por eufóricos veinteañeros, existían ahora algunos nuevos lugares en el centro, y así. Fue un retorno tan nostálgico como dichoso, pues Ania y yo descubrimos -acaso confirmamos- que seguíamos amando esa ciudad. Cuando regresas a un lugar muy importante para ti, donde has vivido momentos inolvidables, la experiencia nunca es la misma, no obstante, ello no aminora su importancia ni mitiga tu emoción. El sentimiento se transforma. ¿Quizás crece, madura, pasa a una siguiente etapa?

El Palacio de Gobierno en una tarde de agosto. Lima, 2019 (Créditos: Diego Olivas Arana).

Todo está en constante cambio, frase tan manida como cierta, y añadiría que ello suele darse para bien. Fue así al volver a Lima. Desde mi familia hasta mis amigas y amigos, todos han dejado al menos un poco de ser aquellos que conjuraba en mi recuerdo. Algunos se han entregado a una pasión que antes palpaban con cautela o han abrazado un movimiento cultural o político. Otros han descubierto su vocación en senderos ya sea muy esperados o alternativos o van camino a convertirse en destacados funcionarios del Estado o en estrellas de la televisión. Hay quienes empiezan una nueva maestría o estudios en Perú o en alguna parte del mundo, no pocos son ahora nuevos empresarios y están por último aquellos que estrenan flamantes parejas o siguen con la misma ya consolidada, encaminándose a la relación adulta (con gato o perro adoptado incluido).

Verlos a todos me lleva a pensar en cuánto he cambiado yo. No pocas veces discurro en estas abstracciones (como todo este texto, habrán de disculparme). Para un puñado de la gente que frecuentaba en Lima soy quizás el único casado o el único que se fue a otro continente por tiempo indefinido. Cambios tremendos: incluso he retornado con unos generosos kilos de más. ¿Soy la misma persona? ¿Está mal ya no serlo? En la cáustica Changes del infinito David Bowie, el estribillo decía: “Time may change me / But I can’t trace time”… “Quizás el tiempo me cambie, pero yo no puedo rastrear al tiempo”. Tanto en inglés como en español, la frase deviene nebulosa, ¿qué diantres quiere decir Bowie con “rastrear al tiempo”? Sabemos que la canción es tanto un grito de rebeldía contra la movida musical de los setentas como una exaltación de sus camaleónicas reinvenciones artísticas, pero creo que también deja un espacio incierto para al menos elucubrar alguna reflexión más interna. De pronto Bowie está tratando de decirnos que, mientras está consciente del transcurrir del tiempo y su efecto sobre él, no sabe con certidumbre cómo o en qué momento la persona que una vez fue se convirtió en quien es ahora. ¿En qué momento uno deja de ser uno para volverse ese otro nuevo? ¿Es una traición o una evolución? Prefiero concebirlo como el cauce natural de las cosas.

. Changes, del legendario David Bowie

***

La misma noche en la que llegamos a Polonia, estaba en nuestro hogar, el departamento donde vivimos en Jabłonna. Mi cuñada y su novio, quienes nos recogieron, nos habían preparado una cena y estábamos comiendo y tomando vino. Cuando ya teníamos buen rato conversando, cogí mi copa y los dejé para irme al balcón y echarle un vistazo a mi vecindario. Era la medianoche de un lunes y la imagen era oscura y silenciosa: el patio con juegos para niños rodeado de edificios y automóviles. Ninguna persona y solamente la luz de los postes. Me quedé absorto contemplando unos columpios, sin saber qué estaba sintiendo hasta luego de unos segundos, cuando sonreí. La cálida noche, las luces amarillas y redondas de los faroles, las voces de Ania y su familia riéndose desde mi sala. Me sentía en casa. No esperaba sentirme así al llegar. No esperaba nada, solo retornar a donde resido, seguir adelante. Tampoco se trata de una percepción ajena a Perú: Polonia es mi otra casa. Por primera vez me descubrí aliviado, feliz de llegar a este país y continuar con el ritmo habitual de mi vida. Fue un instante revelador.

En este último viaje acometí una empresa descabellada para los ojos de muchos amigos: pagué por equipaje extra y traje conmigo alrededor de cincuenta de los libros que tengo en Lima y un centenar de mi colección de figuras de acción. Fue una necedad planeada tiempo atrás y que necesitaba realizar (y que Ania comprendió). Sin embargo, alguna vez me he cuestionado el sentido de traer aquí mis pertenencias. Llevo todo a Varsovia, pero luego tal vez me vaya a estudiar a alguna parte, entonces qué, ¿me llevo estas posesiones también o las dejo aquí? ¿He decidido quedarme en Polonia para siempre? ¿Nunca voy a volver a Perú? ¿Solo visitas de uno o dos meses cada tantos años? ¿En qué país quiero vivir? ¿En qué ciudad quiero morir? ¿O será que volveré en mi vejez, para morir en Lima, como hicieron tantos compatriotas? Cada vez que estas disquisiciones se dilatan llego a un callejón sin salida.

Una fotografía de los libros que traje de Lima (faltan unos pocos, creo), ya en mi casa en Jabłonna, Polonia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Tales pensamientos también encierran una noción a la que regreso con frecuencia: mi ciudad. Soy un peruano nacido en Lima que ya no vive allí. Nunca dejaré de ser limeño ni peruano, ni pretendo hacerlo, ¿pero cuál es mi ciudad? Hablo del espacio que escojo voluntariamente como mío. Que adopto como refugio, madriguera, hogar de mis pasiones, creaciones y cuitas, base de operaciones y tierra para mis posibles hijas e hijos. ¿Cuál es mi ciudad? ¿Es el novelesco pueblo de Whitefish, Montana, donde trabajé brevemente en mi juventud y me rompí los ligamentos de la rodilla? ¿Es Helsinki, donde estudié y conocí a mi esposa y pasé uno de los mejores años de mi vida? ¿Es Varsovia, donde empecé desde cero una vida con ella hace más de dos años? ¿Es Lima, donde nací y viví y donde se encuentran mi familia y amigos?

Un profuso número de seres humanos que admiro -y con los que jamás podría compararme- migraron a otra ciudad y la adoptaron para siempre o por un periodo significativo de su existencia. Cioran, Vallejo, Cortázar, Hemingway, Julio Ramón Ribeyro: todos ellos escogieron París (y los tres primeros están enterrados allá). Coetzee vive en Adelaida, Miłosz vivió en Berkeley, Borges murió en Ginebra, García Márquez en Ciudad de México, Bolaño en Barcelona (pero vivió en Blanes). Por otro lado, Kapuściński siempre regresó a su casa en Varsovia, donde murió el 2007. Entonces, ¿estoy traicionando mis orígenes por irme a radicar a otra parte? No lo creo. Evoco ahora uno de mis diálogos favoritos de una de mis películas favoritas, Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997), donde el enorme Federico Luppi interpreta a Martín, cineasta bonaerense que lleva más de veinte años viviendo en Madrid y padre de Hache (Juan Diego Botto), a quien aquí alecciona sobre la migración y la patria:

“Eso de extrañar, la nostalgia, todo eso es un verso. No se extraña un país. Se extraña el barrio, en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento: ¿qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Una estadística. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa…”.

. Escena mencionada de Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997).

Asimismo, en Conversaciones, la compilación de entrevistas a Cioran, (Tusquets, Serie Marginales, 2011), el maestro de los aforismos confesó: “Soy jurídicamente apátrida y eso corresponde a algo profundo, pero no ideológico ni político, es mi estatuto metafísico. Quiero carecer de patria, de identidad”. Y más tarde agrega: “Para mí, París ha sido idolatría. Pero me he cansado, porque envejezco y la ciudad también. El hechizo se ha acabado. Si no la abandono es porque he vivido en ella durante cuarenta años. Pero ya no me inspira… Es una ciudad triste. Está destruida. Se ha convertido en un infierno -o en una pesadilla- que no puedo abandonar. No podría vivir en ninguna otra parte”.

“Conversaciones”, de E.M. Cioran (Tusquets, Serie Marginales, 2011).

Ambas citas son muy interesantes para abrir un debate sobre estas ideas. Si bien no rechazo mi patria ni el concepto de ella, me gusta pensar que ella se traduce en mis amigos, mi familia. Hace unos días bromeaba con una amiga de Lima a quien le decía que la próxima contrataré un container para transportar el resto de mis libros, a lo que ella me respondió que aquella era una situación precisa para infiltrar a todos nuestros amigos escondidos hasta Varsovia, y quedármelos allá para siempre. Si pudiésemos transferir nuestros seres más queridos a esa ciudad al otro lado del mundo donde hemos migrado, ¿lo haríamos?

Una tarde de mis últimos años en la universidad, conversando luego de clases en la cafetería del Edificio Mac Gregor, Juan Manuel Robles me dijo que cuando uno viaja a otro país por un buen tiempo, tiene la oportunidad de ser una nueva versión de sí mismo. Recuerdo haberme quedado con esa frase el resto del día, pues me devolvía a mi vida en Helsinki, donde aquello ocurrió y experimenté una entrega absoluta. Quizás el fantasioso proyecto de transportar a todos mis conocidos en containers hasta Varsovia arruinaría tal proceso. Dejarlo todo y a todos no debe ser solo una consecuencia de la migración, sino, al mismo tiempo, una de sus razones. El porqué de aquella razón es algo que tal vez me tome toda mi vida descifrar. Partí a Polonia para casarme y empezar una vida con mi esposa en su tierra. En más de una ocasión ella ha afirmado que podríamos volver a Lima si yo quiero, y yo me opongo casi de inmediato. Hasta ahora no acabo de comprender el porqué de esa decisión tan testaruda como inconsciente. Después de todo, nadie me está obligando. De quedarme en Polonia toda mi vida, ¿llegaré a mirarla con una pasiva tristeza y decepción, como Cioran? ¿Admitir su caída y al mismo tiempo mi imposibilidad de retornar?

***

Sé que me queda un tiempo considerable en Varsovia. Ciertamente ahora sucede menos, pero hay días en los que detesto este país que me acoge, como también hay días en los que me descubro queriéndolo. Hay días en los que no sé si me gusta esta ciudad o bromeo que estoy atrapado dentro de ella, efecto que también me han generado muchos días oscuros en Lima. Perú y Polonia no son tan distintos, al fin y al cabo: la política es horrorosa, de pesadilla, una vergüenza peligrosa. Hay racismo y discriminación aunque en niveles e instancias muy disímiles. A veces, en momentos de exasperación, me pregunto si estoy loco por haberme ido de un caos para instalarme en otro igual o peor. Pero ultimando el sendero, uno ama Lima. Y ahora puedo admitir que ese amor reverdece e intensifica cuando vives afuera . Ambas ciudades encarnan cierta desdicha, cierto desconcierto, mas también cierta resistencia. Varsovia puede ser hermosa, y todavía quedan largas jornadas por estos lares. 

Hacia el final de esta fragmentada y abierta reflexión, no tengo ni la más peregrina idea. Y con eso me basta.

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Modelo de impunidad

ABSTRACCIONES, Pensamientos, Política - Diego Olivas Arana - 30 Abril, 2019

Alan García Pérez, 2018 (Fuente: Guadalupe Pardo/Reuters).

Divagaciones sobre el suicidio del expresidente y delincuente Alan García Pérez

 

Alan García Pérez ha muerto. No es algo para celebrar, no le deseo la muerte a nadie, mas tampoco me invade una tristeza profunda. Se ha ido impune. Hay que respetar la decisión de un individuo de quitarse la vida, no juzgarlo. Pero de nuevo, se ha ido impune. Debió afrontar la justicia y envejecer tras las rejas. No podemos olvidarlo. Qué impotencia.

***

García falleció a las 10:05 de la mañana del 17 de abril, en el hospital Casimiro Ulloa. Ultimó su existencia con un disparo en la sien unas horas antes, cuando la policía arribó a su casa para llevar a cabo la detención preliminar, allanamiento y registro domiciliario dictaminado por José Domingo Pérez y Henry Amenábar, los fiscales que lideran la investigación especial del caso Lava Jato en Perú. Sí, el enorme caso de corrupción sobre la indecible red de sobornos protagonizado por la constructora brasileña Odebrecht, cuyo veneno se ha expandido por casi toda Latinoamérica. García anduvo escapando de manifestarse ante la ley por este incidente desde el 2017, cuando se reveló oficialmente su nombre entre los exmandatarios que recibieron los millonarios sobornos. La mañana del miércoles 17 se aproximó como un rayo de esperanza, una prueba de que todavía puede darse la justicia en nuestro país a través del esfuerzo descomunal de estas pesquisas. Uno de nuestros expresidentes más repudiados en la actualidad por fin respondería a la justicia. Pero no fue así. Aconteció un súbito suceso que conmocionó al país -en distintos niveles-, pero que al parecer él había premeditado. García cogió su Colt 38 y se despojó del planeta con un proyectil en los sesos. Como he leído en distintos lugares, nos ha robado hasta las ganas de verlo en la cárcel

***

Las primeras impresiones son curiosas. Me enteré del suceso mientras trabajaba, y de inmediato regresé a una sensación similar: el momento en que supe de la renuncia a la presidencia de Pedro Pablo Kuczynski, un año antes. Vivo en la otra parte del mundo y, si bien estoy -o trato de estar- al tanto de los acontecimientos más importantes en Perú, recepto algunos con cierta dilación. Estos no. A los pocos minutos de la dimisión de PPK recibí un mail de uno de mis mejores amigos donde solamente decía: “Se fue Kuczynski.” Entré en el acto a Google y la noticia ya estaba en todas partes. Ahora sucedió lo mismo: recibí cinco variaciones del enunciado “Alan García se disparó” vía WhatsApp. Mi familia y amigos me habían escrito minutos después de estallada la noticia. Eran alrededor de las 5 de la tarde donde vivo, seguía en el trabajo y estaba desconcertado. El primero de los mensajes, de otro de mis mejores amigos, incluía un screenshot del noticiero donde se leía que García estaba en el Casimiro Ulloa. “Tiene que ser una joda” -pensé al inicio- “una tomadura de pelo”. No hace mucho, Internet y los medios de comunicación viralizaron las falsas muertes de personajes como Sylvester Stallone o Axl Rose. Incluso el encantador de perros César Millán expiró temporalmente por un paro cardíaco, un par de años atrás. García parecía un blanco factible para estos asesinatos virtuales. Pronto vería noticias sobre su muerte que en unas horas se desmentirían. Eso empezaba a creer.

AGP en su primer mandato (Fuente: GettyImages).

Al rato reparé en el hospital y lo nostálgico que me resulta, pues queda a unas cuadras de una casa donde viví con mi familia por 14 años, porque antes de esa casa vivía al frente de ese hospital y porque ahora mi familia vive todavía no tan lejos del mismo, y sigue formando parte de su paisaje urbano diario. “García se ha querido matar y ahora lo están operando cerca de mi casa”, pensaba. Por último, me pregunté por papá. Tras los dos gobiernos de García (1985-1990 y 2006-2011), mi padre, quien en su juventud fue un seguidor de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y asistía a las legendarias reuniones de Víctor Raúl Haya de la Torre, pasó a volverse un descorazonado del partido, caído en desgracia con el liderazgo de García y su séquito. Estaba seguro que en casa esto iba a ser el único tema de conversación. Al rato, recibí un correo electrónico del mismo amigo que un año antes me anunció la salida de PPK, con una verdad directa y filuda que para ese momento ya conocía: “Acaba de morir el cobarde de Alan García Pérez. La muerte no le sienta bien”. Perú, Odebrecht, PPK, Alan, ¿suicidio? Sonaba más loco que los mejores momentos de House of Cards. ¿Cómo reaccionar?

***

Lo que siguió -y continúa- a la confirmación de su muerte es tan penoso como interesante. Las redes sociales, una tribuna fuerte, difusa y con creciente relevancia, se invadieron de dos posturas: aquella que reclamaba respeto por el suicidio, por ese expresidente que ha dejado existir por cuenta propia; y aquella otra que celebraba la muerte del mafioso y se regocijaba en insultarlo y atacar a los que se oponen. Las noticias aunadas con este tropel de publicaciones y comentarios de Facebook me dejaron más contrariado. Como la mayoría del Perú, he deseado que García caiga por todos sus crímenes. Hablo de un político corrupto y megalómano que se las arregló para esquivar cualquier enfrentamiento, quien nunca se presentó ante la ley, arreglándoselas para escapar airoso en todas las oportunidades. Una suerte de genio del mal cuyo estratégico proceder nos condujo a contemplar su caída como algo ilusorio. Si pensabas que García terminará en la cárcel es porque eres un ingenuo. Cayó Keiko, PPK, caerá Toledo -una cuestión de tiempo- pero García no. El pueblo lo rechaza pero también le atribuye una inteligencia incomparable. No obstante, ese 17 de abril esta incredulidad o desánimo general se esfumó de la forma más insospechada. Alan García se mató y quedó sin castigo justo cuando se iniciaba el proceso que lo haría responsable de sus delitos.

Así, nos aplaca una sensación de impunidad tremenda: queríamos que pague y se desapareció de la faz de la tierra. Muchos proyectábamos una amanecida brutal entre cervezas para el día en que García sea juzgado. Cuando PPK absolvió a Fujimori salimos a las calles, pero cuando renunció nos tocó festejar. Ya lejos, salí apremiado del trabajo y compré una cerveza en el supermercado. La bebí solo y feliz, a miles de leguas de distancia. Recrear ahora aquello sería extraño. Queríamos justicia mas no buscábamos matarlo. Un gran amigo me dijo con frustración: “es como si estuvieras ganando un partido y al último minuto te lo empatan… Un empate con sabor a derrota”. Como mencionaba al inicio, no puedo alegrarme por un suicidio. Cualquier muerte implica respeto y seriedad por aquel que ha fenecido, mas también por su familia y amigos. Además, alguien se ha quitado la vida y por más lucubraciones y teorías que ensayemos, jamás sabremos a cabalidad las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Es demasiado pronto, pero en un futuro cercano habría que detenerse a pensar qué pasaba en sus adentros, tratar de entenderlo. Quizás fue una última salida para alguien que realmente clamaba su inocencia; o una forma de redención personal, pensando en todos sus errores y delitos; o a lo mejor -y esto me parece lo más probable, con tristeza- un último reflejo de su arrogancia infinita, escaparse y burlarse de la justicia hasta la misma muerte, sin afirmar nada y esperando algún tipo de trascendencia histórica.

En 1988, un treintón García profesaba su admiración a Sendero Luminoso por su “mística de entrega”, militantes dispuestos a dar la vida. Un desliz público que le valió más críticas en ese desastroso primer mandato. Pienso, ¿reflejará esta memoria un resquicio de esa realidad distorsionada que lo llevó al suicidio? ¿Habrá creído con total certidumbre que estaba inmolándose por la justicia, por nosotros, por el Perú? Él seguía afirmando su inculpabilidad o en todo caso, la ausencia de pruebas (“demuéstrenlo pues, imbéciles, encuentren algo”). Lo dudo, pero nunca lo sabremos.

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Todo esto puede o no ser cierto, sin embargo, siento que aquí debe hacerse una diferenciación entre los sentimientos que este suceso a desencadenado: no es correcto celebrar el suicidio, pero dentro de todo, sí puede alegrarnos que el día de hoy la justicia en el Perú estuvo por delante. Si estábamos prontos a tenerlo entre cuatro paredes es porque se ha avanzado sin intereses ni influencias de políticos en el poder, y se llegó prácticamente a arrinconar a García. Lo siguiente era hablar, admitir por vez primera. No había vuelta atrás y él lo sabía. Funcionó hasta que nos enteramos del pistoletazo que García decidió darse en la cabeza. Un corrupto muerto no es lo que queríamos, al menos no literalmente, pero sí un corrupto menos, desactivado y enmarrocado. Ciertamente tenemos ahora un corrupto menos, uno de los más detestables y escurridizos, pero tal desenlace agridulce puede confundirnos. En este contexto, considero que existen razones para estar motivados por el porvenir de la realización de la justicia. La decisión de un ser humano de autoinfligirse mortalmente con un proyectil en el cerebro es suya y por más interesante que resulte en matices ya sea relativos al morbo, la empatía o incluso a lo narrativo, no es algo que nos concierna de manera inherente; pero siendo García quien fue, un personaje público que lideró el país en dos ocasiones y le hizo mucho daño, sí es algo que estamos en el derecho de cuestionar o criticar. Se respeta sin perder la entereza. No aplaudo su muerte, menos aún el significado que sus seguidores le quieren dar, más bien me aúno al descontento de aquellos que esperaban verlo en la cárcel. Y sin embargo, al final del día, guardando el respeto por su familia, es reconfortante saber que ya no hay posibilidad de que se aproveche, se burle o haga más daño al Perú. Lo ideal era que enfrente la justicia, una posibilidad ya descartada, pero al menos el proceso anticorrupción continúa.

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El momento en que AGP llamó “imbéciles” a aquellos que lo juzgan de corrupto.

A todo esto, pienso a su vez en el acto. A las pocas horas de su muerte, el círculo más fiel de García en el APRA así como también los fujimoristas y ciertos periodistas deleznables no han dejado de exaltar su suicidio como un último acto heroico. Una muerte simbólica y paradigma martirológico. Esto es una verdadera y total falacia y debemos tener mucho cuidado con ella. Están aprovechando su suicidio para amedrentar el trabajo sin precedentes de los jueces a cargo de Lava Jato, al equipo de periodistas honestos partícipes de estas investigaciones e incluso al presidente Vizcarra y su administración, que no es un santo de mi devoción, pero nada tiene que ver con este trágico y descabellado episodio. Imagino que esta campaña de desprestigio tiene para rato, y puede confundir a muchos peruanos de buena fe, defensores de la vida y los derechos humanos. Esto me remite a algunos puntos que quisiera mencionar:

Primero: Este episodio ha traído como consecuencia algo en parte bueno: el despertar del tema del suicidio en la agenda nacional. Creo que la razón no es la mejor, el suicidio está relacionado con el bienestar psicológico de las personas: la salud mental debería representar siempre una inquietud importante en el país, no cada vez que se mata un político o famoso, y menos uno que inspire descaro, encono, deshonra. Pero es lo que tenemos.

Existe un viejo y conservador postulado que ha cobrado fuerza con la muerte de este expresidente: que el suicidio es la obra de un pusilánime, la máxima expresión de cobardía. Creo que es un momento adecuado para repensar aquello. Hace unas semanas mi cuñado compartió conmigo un ensayo muy interesante que escribió y leyó durante el IV Congreso Internacional de Logoterapia en Lima, donde establece un diálogo entre dos posturas acaso contradictorias: la del explosivo fatalista rumano Emile Cioran y su pesimismo filosófico, y la del austriaco psicoterapeuta y padre de la logoterapia, Viktor Frankl. Retorné a estas ideas al reflexionar sobre la muerte de García. Ambos albergan célebres pensamientos en torno al suicidio. Citas de Cioran como “suicidarse por ser lo que se es, pase; pero no porque la Humanidad entera pudiera escupirle a uno a la cara” o “ningún autócrata ha dispuesto nunca de un poder comparable al que tiene un pobre diablo que piensa en matarse”, en cierta forma se hermanan con este párrafo poderoso de Frankl: “No es tan fácil contestar a la trivial pregunta de si el que se suicida es un valiente o un cobarde. No puede ser uno tan injusto que pase por alto la lucha interior que suele preceder a toda tentativa de suicidio. No nos queda, pues, otro camino que decir: el suicida es valiente ante la muerte, pero cobarde ante la vida”. 

Me permito a continuación volar un poco sobre la base de estas palabras. Pienso que debemos separar el respeto y empatía que consideramos esperable y humano en torno a un suicida con la realidad de algunos casos específicos. García se fue del mundo como último recurso para evitar ese escupitajo en el rostro. Dudo que haya anidado algo de arrepentimiento en sus motivos. Yéndose evitó mucho: admitir la verdad, la cárcel, la vergüenza, la culpabilidad y los sucesos que todo ello acarrea. Pero al apagarse a sí mismo, García escogió hacerse su propia justicia: aquel es el lamentable poder que entraña su muerte. Tocaba confesar y entregarse para acaso dar paso a un atisbo de dignidad y quizás, con las décadas, a una vida en cautiverio, austera y reflexiva: una vejez en redención. Y no obstante lo anterior, hay que aceptar que optar por el suicidio es un paso definitivo, un adentramiento directo e innatural hacia el incierto camino después de la muerte. Requiere tanto desesperación como coraje, y algo de vesania. Pero si aquello implica también un pavor desmedido a la verdad y a afrontar en vida las consecuencias de tus actos, ¿entonces es reconocible la valentía ante la muerte? Al menos me queda claro que el expresidente sí fue un cobarde ante la vida. El inefable David Foster Wallace (quien se ahorcó en el 2008) decía: “las partes de mí que solían pensar que yo era diferente, más inteligente o lo que sea, casi me hacen morir”. Si evocamos los delirios de grandeza que lo caracterizaron en vida, podríamos decir que García parece haber consumado ese pensamiento. Foster Wallace también escribió una de las reflexiones más certeras sobre el suicidio en La broma infinita (1996), donde resaltan estas líneas: “La persona cuya agonía invisible alcanza un cierto nivel insoportable se matará de la misma manera que una persona atrapada saltará por la ventana de un rascacielos en llamas… Cuando las llamas se acercan lo suficiente, caerse a la muerte se vuelve el ligeramente menos terrible de los dos terrores. No es desear la caída, es el terror a las llamas”. Acaso las circunstancias sean bastante disímiles, mas es cierto que García prefirió la muerte a la humillación y derrota que significaban para él rendir cuentas con la justicia. Como para debatirlo.

Segundo: Alan García Pérez como un mártir es una tesis errada. Aquello es incuestionable. Además de las concesiones con Odebrecht, que fueron lo que acabó acorralándolo, existe una cantidad de delitos de lesa humanidad de los que es responsable, como se lo recordó con acierto Fernando ‘Popy’ Olivera en el debate presidencial del 2016. No es nada nuevo: el enriquecimiento ilícito, los indultos a narcotraficantes, el tren eléctrico, la masacre a los indígenas del poblado de Bagua, la de los penales en 1986 o los paramilitares del Comando Rodrigo Franco, por nombrar los más capitales.

Tercero: Me he topado con paralelos imposibles. Se habla de Francisco Bolognesi, Miguel Grau o José Olaya, mártires peruanos que murieron defendiendo su país. Incluso del presidente chileno Salvador Allende, quien concluyó su vida con una AK-47 en plena invasión militar al Palacio de la Moneda. Eso podría considerarse hasta ofensivo para estos personajes históricos que perecieron con heroísmo.

Por otro lado, existe lo contrario: suicidios infames, indignos, cuyo parangón con la muerte de Alan García guarda más sentido. Hacia el fin de la Segunda Guerra y ante el avance inminente de los Aliados a Berlín, un derrotado y atemorizado Hitler optó por pegarse un tiro en la cabeza antes de vivir como fugitivo para eventualmente ser capturado y ejecutado. En el año 68 d.C., condenado a muerte como enemigo público, dejando Roma hecha un caos y sabiendo que Galba se acababa de nombrar nuevo Emperador, el sanguinario Nerón decide apuñalarse la garganta con un cuchillo, asistido por su secretario. Otros ejemplos contemporáneos se asemejan más al final de García: en el 2007 en Polonia, la exministra de construcción Barbara Blida, acusada de recibir sobornos millonarios, dirigió una bala a su corazón cuando la policía llegó a registrar su casa y arrestarla. Por la misma razón se extinguió la vida de Budd Dwyer, exsenador estadounidense que en 1987, un día antes de su sentencia, convocó una conferencia de prensa en la que se autodestruyó volándose el cerebro en vivo y en directo. El video de su suicidio dio la vuelta al mundo y todavía se puede encontrar en YouTube.

AGP con George W. Bush (Fuente: Andina/Archivo).

El final de García es mucho más cercano a estos casos deshonrosos que a los de un héroe, de alguien que se sacrifica por sus ideales. Él no era inocente ni exento de acusaciones de corrupción, tampoco un perseguido político, como alegó al intentar asilarse en la embajada de Uruguay. El suyo fue un escape fácil, acaso cobarde, pero no heroico. No dejemos que reescriban la historia: si Alan García Pérez será recordado para siempre -y lo será- no se deberá a su código moral o su abnegación para el beneficio de los peruanos, sino a su condición extraordinaria en nuestro bestiario político: un presidente abyecto y astuto que jamás quiso responder por sus crímenes y cuyo miedo a no alcanzar cierta gloria lo condujo al suicidio… Y por el cual se decretaron extrañamente tres días de duelo nacional. Una locura.

No nos dejemos engañar por las células más radicales y corruptas del APRA, los políticos en el poder o los periodistas sin ética que defienden mentiras a ultranza.

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Termino este texto días luego de empezarlo. La muerte de Alan García Pérez y sus secuelas prevalecen entre las noticias y, dentro de todo, persiste este ataque contra los jueces y fiscales del equipo especial del caso Lava Jato, así como contra el puñado de periodistas que han colaborado con estas investigaciones. Personas que están siendo amenazadas, arriesgando sus vidas por la consecución de la justicia. García dejó una carta descubierta poco después, donde seguía clamando su inocencia y negando los sobornos. A pesar de ello, hace poco IDL-Reporteros dio otro giro de tuerca: por primera vez en la historia del caso Lava Jato y en la de García, alguien lo delata. Miguel Atala, exvicepresidente de Petroperú, ha confesado haber sido testaferro de quien lideró nuestro país dos veces, ayudándolo a recibir un millón 300 mil dólares de Odebrecht.

Existe, me repito, un porvenir para la lucha anticorrupción en el Perú. Toca apoyar como se pueda. Que no se pierda la mira.

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La princesa se fue de viaje

ABSTRACCIONES, Cine, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 27 Diciembre, 2018

Fisher como Leia en una captura detrás de cámaras de ‘The Empire Strickes Back’ (1980). Tenía 24 años.

Recordando a Carrie Fisher en el segundo aniversario de su muerte.

 

*** Este texto fue escrito una o dos horas luego de enterarme de la muerte de Carrie Fisher, el 27 de diciembre del 2016. Esta es una versión nueva para El Solaz de las Figuras, reeditada y brevemente extendida, mas he decidido no cambiar el tiempo. Creo que tiene más fuerza si se piensa como escrito en ese momento. Agradezco la lectura.

 

Carrie Fisher ha fallecido hoy, a los 60 años, a las 8:55 a.m. en un hospital en Los Ángeles.

60 años de Carrie Fisher.

La noche de ayer conversaba con un amigo sobre los distintos personajes famosos en la política y la cultura que han partido este año. Un comentario breve que nació al recordar la reciente muerte de George Michael hace dos días. Veo listados de estas muertes en las redes sociales, referencias digitales al dolor por tales partidas, maldiciendo al 2016 por Fidel, Prince o Juan Gabriel… Y pienso que es un absurdo culpar al presente año que se va, lo válido o curioso sería cuestionarse qué ha provocado que este número de muertes importantes acontezca en un espacio tan reducido de tiempo. Hace unos días, un taxista evangelista me dijo que aquello, juntos a otros sucesos recientes como la muerte del embajador ruso en Ankara, los constantes terremotos y el Estados Unidos de Trump; todo ello se debía a la influencia del planeta 7X, más conocido como Nibiru, que presagia la segunda llegada de Jesucristo, algo que para el convencido conductor tendría lugar próximamente. ¿Será que Zsa Zsa Gabor, Leonard Cohen o Muhammad Ali no fueron escogidos entre los salvados por El Redentor?

Al mismo tiempo, acaso abstrayéndome en disquisiciones metafísicas, pienso que morir, incluso, sienta bien. Todos moriremos, es parte del contrato de errar por este planeta. En El Silmarillion (1977), Tolkien nos dijo que los humanos albergamos el don de la muerte, envidia de muchas criaturas inmortales, condenadas a vivir en el mundo material, invadido de guerras, desamores y relaciones siempre finitas. Más que lamentar, deberíamos estar orgullosos y agradecidos de haber vivido en la misma línea temporal y la misma ciudad de Oswaldo Reynoso, por ejemplo, fallecido en mayo. Rememorar al personaje de turno, retornar a sus libros, películas o su biografía: repensar su importancia con nostálgica gratitud. Lo dijo el mismo Yoda en el episodio 3 de la saga, Revenge of the Sith (2005): “La muerte una parte natural de la vida es. Regocíjate por aquellos que te rodean y que se transforman en La Fuerza. Llorarlos no debes. Añorarlos tampoco. El apego a los celos conduce. La sombra negra de la codicia, eso es” [1]. La gente se muere, su historia permanece. De eso se trata.

Serie de fotos de Carrie Fisher de David Steen, 1976-1977.

Vuelvo a todo esto al descubrir hoy de súbito que Carrie Fisher falleció por la mañana a causa de un ataque masivo al corazón. La noticia me ha afectado de una forma insospechada. Me entristece saber que ya no forma parte de mi galería de leyendas vivas, que jamás la veré en alguna convención en Estados Unidos o algo por el estilo, ni tendremos la fotografía juntos -quizás con mi action figure de Leia de 1977, heredado de mis hermanos mayores-… El viernes pasado, cuando se dio la noticia de su infarto, mi preocupación fue inmediata, y pronto me invadió un único, fugaz y acaso egoísta pensamiento: que aguante al menos unos cuatro años, cuando ya esté culminada la nueva trilogía y podamos disfrutar de Leia en su último esplendor. Dijeron luego que se hallaba estable y olvidé el asunto. Todo bien. Mark Hamill publicó el día de ayer en su Instagram un mensaje que decía: “Querido Santa, lo único que pido por Navidad es que La Fuerza sea fuerte con Carrie”. Y sucedió. Su desaparición se confirmó hoy, con el mensaje de su hija Billie Lourd, quien la acompañó hasta el final en el centro médico junto a Gary, el incondicional bulldog francés con el que Carrie viajaba alrededor del mundo. “Ella fue amada por el mundo y será profundamente extrañada”, anunció su hija, quien tuvo un pequeño cameo en la última película de la saga como la Teniente Connix. Es una realidad. Carrie Fisher ha muerto. La Princesa Leia Organa de Alderaan se ha hecho uno con La Fuerza. Y dentro de todo, más que pena, la evoco con alegría, por haber compartido con ella, de alguna forma idílica, mi devoción por la saga de Star Wars.

Fisher y Ford. Foto de ‘The making of Empire Strikes Back’ , de J.W. Rinzler (2010).

Carrie Frances Fisher (1956-2016) no ha sido la primera actriz de Star Wars en expirar este año. Ya en abril se fue Erik Bauersfeld -quien interpretó a diferentes alienígenas, entre ellos el entrañable Almirante Ackbar– o en agosto Kenny Baker -R2-D2, una insignia de la franquicia-. Sin embargo, su muerte es definitivamente la más importante, tanto para los aficionados a esta galaxia muy, muy lejana, como para la historia del cine y la cultura pop en general. Personalmente -y esto es muy relativo- diría que representa, junto a las de Bowie y Fidel Castro, la muerte más significativa del año.

 

Fruto de la unión de estrellas fósiles de la talla de Debbie Reynolds y Eddie Fisher, Carrie fue una hija de Hollywood. Una actriz que volcó en celebridad a los 19 años con A New Hope (1977), la primera película de Star Wars -y el cuarto episodio de la saga-. Luego la veríamos en el resto de la trilogía, The Empire Strikes Back (1980), Return of the Jedi (1983) e incluso en la última, el séptimo episodio, The Force Awakens (2015). Este año palpamos nuevamente la magia sideral de contemplarla joven y onírica como la princesa Leia Organa en Rogue One: A Star Wars Story, gracias a la interpretación de Ingvild Deila y el recreo de su efebo rostro con técnicas digitales. De haberse sabido su cercana muerte, la película bien podría estar dedicada a ella, como lo está al gran Peter Cushing. No se ha confirmado si terminó de grabar sus escenas para la nueva película, que se estrenará a fines del próximo año. Fisher todavía tenía mucho que entregar a la saga.

Hamill, Fisher and Ford. (Fuente: Steve Larson para The Denver Post via Getty Images).

Sin embargo, si bien Star Wars sería aquello que la catapultase al éxito y la recordará para siempre, no fue lo único reconocible en su trayectoria. La actriz, guionista, escritora, productora y oradora Carrie Fisher actuó en otras memorables películas, como The Blues Brothers (1980), Hannah and Her Sisters (1986), When Harry Met Sally… (1989), entre otras.

Fisher con Peter Mayhew, el entrañable Chewbacca (Fuente: Twitter de Peter Mayhew).

Otra faceta suya acaso algo ignorada mas muy interesante fue su labor como asesora de guiones o script doctor. Durante el primer lustro de los ’90, Carrie Fisher era considerada una de las más prolijas y cotizadas retocadoras de guiones de Hollywood. Se encargó mayormente de pulir personajes femeninos o mejorar escenas románticas o de humor. Casi la totalidad de sus aportes fueron sin crédito, iniciándose con Lucas y Star Wars: reescrituras de líneas de Leia en Return of the Jedi, la trilogía de precuelas de la saga e incluso un guion entero de la serie de Lucas The Young Indiana Jones Chronicles (el episodio Paris, October 1916). Otras películas donde reescribió guiones fueron Hook (1991), Sister Act (1992), Lethal Weapon 3 (1992), Last Action Hero (1993), Anastasia (1997), The Wedding Singer (1998), Scream 3 (2000) o Mr. and Mrs. Smith (2005), y muchos otros títulos tanto olvidables como emblemáticos: un curioso y lucrativo momento de su vida que evidenció una vez más el potencial creativo de la princesa.

Portada de la primera edición de ‘The Princess Diarist’ (2016).

Publicó diversos libros y guiones, por lo general autobiográficos, como Postcards from the Edge (1987), la novela Surrender the Pink (1990), Wishful Drinking (2008) -que se adaptó al teatro y luego como un documental de HBO-, o su nuevo libro The Princess Diarist (2016), cuya gira realizaba durante su muerte, aquel que reveló su affaire con Harrison Ford. En muchos de estos títulos narró los avatares de su adicción a las drogas, como el LSD, y de sus problemas con la salud mental, como su desorden bipolar. Fisher vivió una intensa juventud que le costó en parte tanto su fama como su salud, pero que también reflejó una cualidad esencial: su habilidad para comunicarse y llegar a los otros a través de su experiencia personal. Este año, la universidad de Harvard la condecoró por sus esfuerzos en torno al activismo y diálogo sobre la adicción y las enfermedades mentales, que “promueven el discurso público sobre estos temas con creatividad y empatía” [2].

Fisher amaba a Leia Organa. Decía que su momento preferido de la princesa era aquel en que ahorca a Jabba el Hutt hasta la muerte. Como ella, muchos fanboys -especialmente aquellos que me precedieron, en los años ’80- crecimos queriéndola: esa fuerza y carisma, acompañadas de frases icónicas como “Ayúdame Obi-Wan Kenobi, eres mi única esperanza” o la entrañable respuesta a Han Solo luego de rescatarlo secretamente de la carbonita: “¿Quién eres?”, preguntó él, cegado brevemente por la criogenia, “Alguien que te ama”, respondió Leia, sacándose el casco y besándolo. El rostro de Leia, el de Carrie Fisher, prevalecerá en nuestra memoria como un canon antiguo de belleza, ajeno a las rubias bronceadas y gráciles de hoy. Quizás una belleza “más elegante y de una era más civilizada”, citando al viejo Ben Kenobi sobre la naturaleza de los sables láser. Lo dijo el encantador Lando Calrissian al conocerla en Cloud City, la surreal ciudad levitante entre las nubes de El Imperio Contraataca: “Realmente perteneces aquí con nosotros, entre las nubes”.

En unas horas iré al cine y volveré a ver Rogue One, en nombre de Carrie Fisher. Leia Organa de Alderaan. May The Force be with you, always.

Carrie Fisher en el 2016. Foto del archivo de la web de Gazeta Wyborcza.

 

[1] Traducción mía de la siguiente cita de Yoda en Star Wars – Episode 3: Revenge of the Sith (2005): Death is a natural part of life. Rejoice for those around you who transform into the Force. Mourn them do not. Miss them do not. Attachment leads to jealousy.

[2] Traducción y edición mía del siguiente párrafo sobre la muerte de Carrie Fisher en una noticia de ABC News del 28/12/2016: In 2016, Harvard College awarded Fisher its Annual Outstanding Lifetime Award in Cultural Humanism, noting that “her forthright activism and outspokenness about addiction, mental illness, and agnosticism have advanced public discourse on these issues with creativity and empathy”.

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Detrás del centenario polaco

Marcha de Independencia de este año (Fuente: Sean Gallup-Getty, publicada en The Guardian).

Breves reflexiones en torno a los 100 años de la independencia de Polonia, celebrado el domingo 11 de noviembre.

 

El sábado pasado viví algo extraño. Algo desconocido hasta ahora para mí, cuyo significado me ha dejado pensando hasta hoy: una reunión entre amigos se canceló por miedo a ser violentados en la calle. Por ser distintos. Por vernos diferentes. Foráneos. Tres inmigrantes hispanohablantes convinieron en que lo mejor era dejar esa reunión amena de pizzas y cervezas para otra ocasión. Todos los días se posponen eventos o encuentros, pero nuestras razones rayaban ahora entre lo ignoto y una necesidad elemental: el bienestar físico —y acaso psicológico—.  Lo frustrante de pronto fue la expectativa. Habíamos pactado esa reunión desde hace días y era probablemente el único día del mes que coincidíamos todos. Un día antes del 11 de noviembre. El día de la independencia de Polonia.

Sí. El pasado domingo se celebró el centésimo aniversario de la Independencia de Polonia, que en 1918 recobró su autonomía tras 123 años de estar invadida por tres potencias europeas: Rusia, Prusia y el Imperio austrohúngaro. 100 es un número redondo, preciso, casi mágico. Un siglo de cualquier cosa es digno de festejarse, y el país que ahora me acoge lo hace con intensidad: alrededor de 200 mil ciudadanos de toda la nación emprendieron una marcha por las calles del centro de Varsovia. Quizás sea el evento público más grande desde la caída del comunismo en 1989. Una desmedida aglomeración que en efecto aconteció sin mayores escándalos —a diferencia de la marcha en Breslavia y sus tres heridos—, pero aquello no la distanció de la controversia. La marcha de este año fue al principio una iniciativa de los grupos de ultraderecha, que protagonizan este evento desde el 2009. Sin embargo, dada la experiencia del año pasado, la alcaldesa de Varsovia y miembro importante de la oposición, Hanna Gronkiewicz-Waltz, decidió cancelar la marcha.

¿Qué sucedió el año pasado? Más de 60 mil polacos se reunieron concentrados bajo lemas conservadores como “Queremos a Dios”, “Polonia Católica, no secular”, y otros de carácter nacionalista o incluso xenófobos como “Polonia pura, Polonia blanca”, “Lárguense con los refugiados” o “Muerte a los enemigos de la patria”, generando actos de violencia y despertando el rechazo y vergüenza internacional, en especial para con la Unión Europea.

Pero este año la marcha ocurrió. Las organizaciones ultranacionalistas del país protestaron en favor al derecho a la libertad de expresión, un tribunal denegó la prohibición de la alcaldesa y el gobierno, dirigido por el partido conservador y de extrema derecha católica Ley y Justicia (PiS por su acrónimo en polaco, Prawo i Sprawiedliwość) decidió que se daría una nueva marcha en la que participen todos los polacos. Se trató de un acuerdo apremiado y desesperado entre el Presidente Andrzej Duda —títere de Jaroslaw Kaczynski, líder de PiS— y los grupos radicales de ultraderecha. La idea de esta marcha conjunta es por un lado descabellada y aterradora: El Presidente recorriendo el centro de la capital de la mano con los fanáticos fascistas y antisemitas; mas por otro lado, puede verse para muchos como una solución ideal: todos marchando juntos. No olvidemos que miles de las personas que marchan no guardan ninguna simpatía o tienen nada que ver con las organizaciones radicales, son solo polacos patriotas contentos de celebrar y pasear con la bandera. “La decisión de la alcaldesa fue una bendición para Duda y el gobierno porque permitió que la oposición liberal tomara la culpa de los nacionalistas por prohibir su marcha, mientras evitaba la posibilidad de que se celebrara un festival neofascista en el centenario de nuestra independencia”, opinó al The Guardian Michał Szułdrzyński, periodista y columnista del diario Rzeczpospolita.

Así, el pasado domingo 11 de noviembre la marcha por la Independencia aconteció sin mayores episodios. Una caminata de exorbitante dimensión, pero curiosamente calmada en comparación a la de años anteriores, considerando que destacó por la presencia de distintos grupos de extrema derecha polacos y del exterior: ultranacionalistas húngaros, italianos y eslovacos arribaron para apoyar a sus hermanos polacos en su gran odisea contra la diversidad y la posibilidad de un mundo sin barreras.

***

Tan fugaz o improbable como haya sido la posibilidad de que suceda, nunca me había detenido a preguntarme si es seguro salir de mi casa a ver a mis amigos. Sabíamos que los seguidores de estas organizaciones ya rondaban el centro desde la noche anterior, cuando pensábamos vernos. Soy de Lima y conozco mi ciudad natal, con muchos de sus distritos afamados por su peligrosidad, pero esta es una sensación distinta. No van a hacerte daño porque quieren tu billetera o celular, tan solo porque te ves diferente. Conocidos, otros amigos y los medios de comunicación conllevaron a que nos hagamos la pregunta: ¿es seguro salir este sábado, unas horas antes de la marcha del 11 de noviembre? Un sudaca peruano de 30 años que podría pasar sin problemas como alguien de distintas etnicidades, pues, rayos, tuve que contemplar cualquier escenario, a regañadientes, prefería ignorar esta realidad y divertirme. Al final me quedé en casa.

Y no me arrepiento. Fui a un cine cercano con mi esposa y vimos Bohemian Rhapsody (vivo muy lejos del centro). Fue una noche amena. De regreso, mientras cruzábamos la avenida Modlińska para llegar a nuestro paradero de bus, observé una caterva menuda y excitada, aguardando en el paradero con sus banderas polacas, aquel blanquirrojo tan familiar regodeándose en el cielo nocturno. Olvidé la tertulia cinéfila y me alerté de pronto, cual gato erizado. Mirándolos de soslayo en tanto seguíamos cruzando la gran avenida divida por una berma central, le pregunté a mi esposa si creía que debíamos tener cuidado. Ella no tenía idea. Cruzamos la pista y pasamos junto a estas personas con cautela: nos miraron felices, alzando las banderas, y se metieron en el siguiente bus. De quedarse un rato más, quizás nos habrían abrazado y cantado el himno. Fue algo irrisorio al inicio, pero ya en el bus camino a casa, empezamos a reflexionar sobre lo acontecido. “¿Cómo es posible que al ver a personas felices con la bandera polaca nuestra primera reacción sea estar a la defensiva?” se preguntó mi esposa. “¿Cómo es posible que mi esposo haya decidido quedarse en casa en lugar de salir a divertirse con sus amigos en el centro por temer ser perseguido o golpeado en la calle?”, agregó indignada. Esas preguntas, descubro en este momento, motivaron estas palabras.

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Perú es un país de muchos matices. Tanto qué decir. Quizás por ello a veces uno no quiere decir nada. Y entre ese caos, Perú también es un país racista. Un racismo que descansa en las entrañas de nuestra historia, cultura y educación. Un racismo estructural. Marco Avilés ha profundizado mucho en este tema estos últimos años, y de él recojo ahora una definición acertada de la palabra ‘inmigrante’, en su libro No soy tu cholo (2017): “un inmigrante es todo aquel que se muda a vivir a una tierra que no es la suya, dice el diccionario. Pero, en la práctica, esa palabra se usa en un solo sentido: para señalar a los que nos movemos del sur hacia el norte. Es decir, para etiquetar a los latinos, a los africanos y a los asiáticos y a todos los que venimos a vivir y a trabajar a los llamados países desarrollados. Los latinos jamás usamos esa palabra salvo para nombrarnos a nosotros mismos cuando estamos en el exilio”.

Manifestación contra el Gobierno del PiS en Varsovia, 2016 (Fuente: Paweł Supernak / María Sahuquillo / QUALITY. Publicado en El País).

Esto me remite a un episodio insospechado. Durante gran parte de mi primer año en Polonia estuve dando clases privadas de conversación en español e inglés. Ella es una adolescente de 15 años, la primera alumna de su clase, de una familia acomodada, polacos de provincia mudados a la capital, viviendo en uno de los distritos más caros de la ciudad. Gente decente que ha trabajado mucho para llegar a la posición social y económica que representan, y quieren que sus hijos tengan todas las oportunidades que ellos ni concebían. Por esa misma razón, quizás la protegen demasiado. Ella tiene todo el mundo en sus manos, y sin embargo, no sabe nada de él. Iba tres veces a la semana a darles clases a ella y a su hermano menor, por separado. Solía organizar temas que planteaba para la reflexión y el debate en inglés. Una tarde llegué a su casa y le hablé sobre el conflicto en Siria y la realidad de los refugiados por la guerra civil, centrándome en el caso de Rania Mustafa Ali, una valiente muchacha siria de 20 años que se hizo famosa por registrar su odisea escapando de su país hasta llegar a Austria. Una chica aficionada a Spotify, 9GAG y Game of Thrones. Alguien como ella. Cuando terminamos de hablar del tema, mi alumna estaba conmovida, asombrada y encantada. Al decirle que ahora Rania es una inmigrante en Europa, como yo, ella se pasmó de repente. Frunció sus ceños y abrió los ojos, pálida.

— ¿Qué? ¿Tú eres un inmigrante?

— Claro. Soy alguien de Perú que se ha mudado a otra parte del mundo.

— Lo sé. Pero no entiendo, tú no eres un inmigrante.

— ¿Por qué lo dices?

— Porque los inmigrantes son terroristas, ¿no?

Pude ver en su rostro que realmente estaba extrañada. Me tomó cierto tiempo y paciencia explicarle que tales palabras no eran sinónimos. Ella era una esponja, preguntaba y me escuchaba con atención. A la mañana siguiente recibí un mensaje de texto suyo, agradeciéndome por enviarle el link del video de Rania e informarla sobre tantas cosas. Me dijo que había llorado con la crónica de su viaje, y que lo había mostrado a sus padres. Esa clase fue reveladora para ambos: ella aprendió un poco de lo que pasa en el mundo y yo medité en cómo la desinformación también puede llevarte —acaso por accidente— a pensamientos u opiniones xenófobas o racistas.

Volviendo al párrafo de Avilés, pues si uno es honesto, identificarse con él y su discurso no entraña dificultad: todos hemos sido discriminados y hemos discriminado. Hemos choleado y sido choleados, y existe un rechazo al extraño, al inmigrante del cual somos muchas veces inconscientes. Aquí en Polonia soy un inmigrante, sí, pero lo extraño o interesante es que aquí el racismo hacia el inmigrante no es algo invasivo y sistematizado. No forma parte del día a día. La totalidad de los polacos de mi entorno no caerían bajo esa categoría, de eso estoy seguro. Pero los grupos ultranacionalistas, neofascistas, conservadores radicales de extrema derecha o como quieran llamarlos, o cualquier individuo que comparta sus ideales, no están escondidos y tampoco están en todas partes. Los puedes cruzar en la calle, sí, y te van a mirar con una reprobación verdadera y fatal. Te podrán decir algo, agredirte verbal o físicamente y joder tu día de alguna forma. No hay mucho misterio en su existencia, tan solo es directa y lamentable.

***

En junio del 2017, un grupo de escolares musulmanas de Alemania viajaron a Polonia para visitar los homenajes y lugares de memoria sobre el Holocausto, y fueron víctimas de racismo por parte de la población. Un hombre se acercó a una de ellas y le escupió en el rostro, en frente de un policía que no se inmutó. Otra fue obligada a retirarse de un supermercado porque ‘perturbaba a los clientes’ cuando hablaba persa por su smartphone, entre otros sucesos igual de deplorables. La triste ironía de ir a visitar y recordar una de las memorias más brutales de discriminación en la historia de la humanidad y ser víctimas de lo mismo, de aquello que intentan repensar o reflexionar… Y Jarosław Gowin, el Ministro de Educación, solidarizándose con la violencia, sosteniendo que “toda nación y su gente tiene derecho a protegerse a sí misma de la extinción”. Como si estos 72 años de problemas, cambios e ideas no significaron nada en este país.

Visitantes del ahora museo de memoria de Auschwitz (Fuente: Maciek Nabrdalik, publicado en The New York Times).

El polaco Donald Tusk, actual presidente del Consejo Europeo, advirtió hace unos días que la administración de PiS podría empujar Polonia hacia el desenlace que cada vez más de sus ciudadanos denominan Polexit: la hipotética salida del país de la Unión Europea. Leyes orwellianas como la reforma del Tribunal Supremo, el rechazo abierto a la aceptación de refugiados o la polémica ley que castiga con pena de cárcel tanto el uso de la expresión “campos de concentración polacos” como el acusar a los polacos de complicidad en los crímenes de guerra de la Alemania Nazi: todo ello ha ofendido a Europa Occidental y sus ideales de igualdad y libertad de expresión. Una fisura que parece ir ganando terreno hasta detonar en el Polexit. Tal posibilidad deviene en pesadilla para la oposición al gobierno, las personas de pensamiento afín a los preceptos de la Unión Europea y los extranjeros que han abandonado las palmeras, la palta y el jugo de maracuyá para adentrarse en esta tierra y esperar moverse sin problemas por Europa, como yo.

Viví casi todo el año pasado en el barrio de Nowodwory, en el distrito de Białołęka, al norte de Varsovia. Una zona alejada, apacible, aledaña al bosque y al río. Recuerdo una noche de verano en la que caminaba hacia la tienda, quizás para comprarme una cerveza o un chocolate, cuando me topé con unos grafitis que decoraban un paradero de bus cercano a mi casa. No estaban ahí antes. Me aproximé para revisarlos. Mensajes xenófobos y homofóbicos en polaco: “jódanse homosexuales”, “afuera los musulmanes”, rematados por la infaltable caricatura de un pene.

En otra ocasión, meses atrás, regresaba a casa en el metro. Salía del trabajo. Era casi la medianoche de un día excitante para los polacos: jugaba el Legia de Varsovia, el club de fútbol más importante del país. Estaba leyendo Pánico al amanecer (1961), de Kenneth Cook, cuando se escucharon unos gritos. Dos tipos habían entrado en la estación Świętokrzyska. Saltaron felices hacia nuestro vehículo desde los andenes. Llevaban casacas de cuero, jeans, cabezas rapadas, una encapuchada y la otra descubierta, y botellas de cerveza en las manos. Todos volteamos a mirarlos de inmediato, extraviados entre la incomodidad, el temor y la estupefacción. La barra brava polaca. Los hooligans del Legia. “Ya me cagué” pensé en el acto. Cogí mi mochila, que descansaba entre mis piernas, la coloqué junto a mí, anticipando una carrera, y pretendí seguir leyendo en tanto los observaba con el rabillo del ojo. Me había quedado en un momento crucial del libro: el protagonista, un profesor perdido en un pueblo del outback australiano, es obligado a participar en la caza de un canguro y se descubre horrorizado de sí mismo al disfrutar el acribillamiento del animal. Casi al frente de mi asiento, otro inmigrante, presuntamente de la India, evitaba mirarlos y simulaba escuchar la música de sus audífonos. Intercambiamos una mirada cómplice, seria, y continuamos nuestro teatro silente. El par de fanáticos lanzaba gritos guturales de éxtasis. Nunca avanzaron: se detuvieron junto a la entrada por la que ingresaron, muy cerca de mí, y continuaron su canto, cogiéndose de una de las barras de metal verticales. Una suerte de himno feroz enfatizado por el alcohol, cuyo ritmo era familiar mas cuya letra jamás había escuchado: alaridos que repetían la frase “Żydzi do gazu” (los judíos al gas) y seguidas siempre del estribillo “Auschwitz-Birkenau”. Gritaban con más intensidad cuando de pronto se soltaron de la barra: uno introdujo la botella en el bolsillo de la casaca y empezó a saltar extendiendo los brazos cual gorila. Con cada salto tocaba el techo del metro y en cada caída resonaba el suelo en un pisotón, provocando un breve temblor. El otro empezó a golpear las ventanas y cualquier parte lateral del metro, despertando el mismo alboroto. Todos evitábamos sus miradas. Minutos después, en la estación del metro Marymont, salieron de nuestro metro riéndose a carcajadas. En todo el trance nunca dejaron de gritar aquel himno racista, repitiendo el nombre del campo de concentración y exterminio nazi más célebre de la historia. Un breve trayecto de terror gratuito.

El presidente polaco, Duda, hablando sobre una “unión entre todos los polacos” (Fuente: Agata Grzybowska Agencja Gazeta, via Reuters).

A fines del año pasado, asistí con mi esposa a un cumpleaños en Varsovia. Una fiesta en un departamento. Conocía a poquísima gente, y como siempre sucede por aquí en tales reuniones, mi apariencia distinta llamaba la atención del resto. Entre ellos percibí que un par me miraba con desconcierto, pero al escucharme contarle a otros de dónde provenía y responder preguntas sobre el español, el quechua, Machu Picchu y las llamas, se aproximaron amistosos. Conversamos un rato de viajes, comida peruana —uno de ellos sentía gran curiosidad por la ingesta del cuy en Perú, pues aquí es visto como una tierna mascota—, cervezas, bimber, videojuegos, películas y no sé en qué momento la tertulia viró hacia Polonia y los inmigrantes. Uno de ellos afirmó que estaba orgulloso de que Polonia rechace participar en la repartición de refugiados. Así empezó:

— ¿Pero cómo puedes decir eso?

— Porque son peligrosos.

— Mira, es que no puedes generalizar así. Esta situación de alarma ya tiene sus años, y muchas vidas inocentes se han perdido, y muchas necesitan ayuda.

— Eso es mentira, Diego. ¿Tú prefieres que Polonia abra sus puertas como Alemania o Francia, digamos, y después hayan atentados en el metro o bombas en centros comerciales? Yo me preocupo por mi país.

— Pero esos son incidentes particulares: no puedes decir que todos los refugiados son peligrosos, hay niños, madres, ancianos.

— Los niños están adiestrados. Las mujeres también. Pretenden ser pobrecitos y cuando ya tienen todo el apoyo sueltan una bomba o ametrallan en la calle. No podemos confiar en ningún sirio o musulmán. Todos están entrenados y con el cerebro lavado.

— Mira, puedo aceptar esto de un viejo, pero tú eres menor que yo, tienes acceso a Internet, estudias en la universidad. ¿No entiendes que lo que dices es inaceptable?

— Hablas como un idealista. Mira, el comunismo no funciona, ¿ok? Como idea es perfecto, pero no funciona, tú piensas así pero no sabes.

— ¿Qué cosas estás tergiversando? ¿No lees las noticias? ¿No has visto los testimonios, videos, documentales? Antes de lanzarle la culpa a todos tienes que informarte, y pensar en los más inocentes.

— Esos videos están arreglados, tú no sabes porque eres de Perú.

— Y tú no sabes porque solo consumes noticias de la televisión polaca que es pura propaganda conservadora del gobierno. Lee prensa de afuera, The Guardian, The New York Times, no sé. Estás con la mente bloqueada.

En el frenesí de la discusión, no nos dimos cuenta de que estábamos alzando la voz. Los demás nos miraban aguardando una reacción. Todo esto era muy ajeno a mí, que suelo libar entre abrazos, risas y ciertos relatos divertidos. El tipo me miraba perturbado. Su compañero, más mesurado y observador, finalizó nuestra interacción:

— Creo que todos hemos bebido mucho. Mejor cuéntanos más de Perú, Diego.

— Tienes razón. Dile a tu amigo que necesita leer más, abrir los ojos. Voy a ver en qué está mi esposa.

— Mira… Yo creo que él tiene razón. La gente no quiere hablar de esto pero nosotros pensamos así. Igual disculpa que te incomodemos, él está borracho y se ha emocionado.

— ¿Tú también? ¿Y qué hacen hablando conmigo si no soy polaco? ¿Crees que tengo alguna bomba escondida?

— No, mira. Es que tú eres de Perú, todo bien. Nadie habla de Perú acá, pero los refugiados… Es la verdad.

Me quedé conversando con mi esposa y otros invitados y no volví a hablar con esa dupla durante toda la velada. Antes de irnos se aproximaron con una chica, quien se presentó como la novia del tipo con el que discutía. Me pidió disculpas y me dijo que estaba avergonzada. Los tres se despidieron y cuando me acercaba a la puerta, su novio me lanzó una última palabra en polaco que no entendí y que olvidé muy rápido. Horas después mi esposa me contó que me había llamado lewak, un término peyorativo para alguien que sigue la izquierda política. Literalmente ‘izquierdoso’. Nunca volví a verlo.

Hace unas semanas, mi esposa decidió asistir a la misa del domingo en la Iglesia cerca a nuestro hogar, en Jabłonna. Quise acompañarla, ¿por qué no? Nunca vamos, la caminata sería entretenida. Celebrada en polaco, me pasé alrededor de 40 minutos admirando la arquitectura interior y los diseños de los santos en las paredes, cuando descubrí a mi esposa gesticulando algo a caballo entre la risa y la reprobación. De regreso a casa, le pregunté qué le había disgustado del sermón del cura. Al parecer, terminando la misa, había contado brevemente la historia de una pakistaní católica condenada a muerte por hablar de Jesucristo. Asumo que se refería al caso de Asia Bibi. “Nosotros los católicos somos la religión mas oprimida del mundo. Así como ahora está de moda defender los derechos LGTB y el islamismo, tenemos que ser valientes como ella y defender nuestra fe católica dónde sea”. Hasta ahí no suena del todo mal, hasta su última frase: “después de todo, ¿quién es ese tal Mahoma? ¿Qué cosa hizo que es tan importante? Nada”.

Uno puede toparse con cavernícolas en dónde sea.

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Veo algunas de las noticias sobre la marcha del domingo 11 de noviembre. Una fotografía de un miembro de la organización ultranacionalista Juventud de Toda Polonia (en polaco Młodzież Wszechpolska) quemando la bandera de la Unión Europea. Un video donde otro ultranacionalista enmascarado persigue, insulta y ataca a una periodista, amenazándola y golpeando su equipo. ¿Por qué vivimos esto? Conversaba hace unos meses con un amigo peruano muy cercano, miembro de la Academia Diplomática, quien me propuso que debe tratarse de un temor oculto en perder aquello llamado ‘identidad polaca’. Polonia es un país cuya historia se resume en gran parte en invasiones como las alemanas o rusas: dos naciones con identidades muy fuertes y gobiernos líderes hasta el día de hoy. “Si a esto le agregas la fuerte identidad que proyectan los musulmanes —agregó—, estas reacciones violentas pueden ser más comprensibles”. Un punto relevante, ciertamente. Mi actual casa es un país de gran historia y escenario de episodios extremos. Polonia fue prácticamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y la secuela de ello fue acaso peor: los tiempos de control bajo el bloque comunista, hasta 1989, más frescos en la memoria colectiva.

Miembros de los ultranacionalistas de Młodzież Wszechpolska quemando la bandera de la UE (Fuente: Twitter de la organización).

Y sin embargo, si bien coincido en que quizás haya cierta comprensión desde una perspectiva académica, histórica o de las ciencias sociales, creo a la vez que el odio a otros pueblos o etnias es algo inadmisible que no puedo —y no debemos, diría— tolerar bajo ningún razonamiento. Que tanta gente se sienta libre de proclamar sus inclinaciones xenófobas y racistas es una locura. Por otro lado, uno no se sorprendería mucho si se tratara tan solo de la población de la tercera edad, gente de otra época y en no pocos casos con otra perspectiva de la sociedad en la que viven, pero no es así: son muchos los adolescentes y jóvenes menores que yo que siguen a ultranza estas convicciones. Y se sienten apoyados por la actual administración del gobierno, una realidad acaso más insana e indignante. Diría que la presencia de PiS ha motivado a estas personas a expresarse sin tapujos. Una extraña falta de empatía y tolerancia que proviene de un país supuestamente democrático y liberal.

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En una de las crónicas de La jungla polaca (1962), Ryszard Kapuściński se esfuerza en describir a unos africanos de un pueblo de Ghana que ‘no todos los blancos tienen colonias’: “hubo un tiempo, no hace mucho, en que mi país fue una colonia. Tengo mucho respeto por el sufrimiento de todos ustedes, pero debo decirles que lo nuestro fue terrible: había tranvías, restaurantes y barrios ‘solo para alemanes’. Había guerra, ejecuciones, campos de concentración… Aquello se llamaba fascismo. Es el peor de los colonialismos”.

Édición en español de ‘La jungla polaca’ (Anagrama, 2010).

En el mismo texto, Kapuściński  agrega: “detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Qué blanco significa más importante? Al menos hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta”.

Perú, como Polonia (o como tantos países de África, pensando en la cita anterior), también fue una colonia. Alrededor de 290 años. Polonia 123. Hemos atravesado el genocidio de la conquista de los españoles, la guerra por la independencia, los años de dictaduras militares, el conflicto armado interno, el fujimorismo. Somos un país que sigue levantándose. De posguerra, posdictadura. Pienso en mi país y en la imposibilidad de describirlo: lo bueno, lo malo, lo extraño, lo bello. Todavía no estoy preparado. Al mismo tiempo, pienso en Polonia y ensayo una descripción sin éxito: sus bosques y montañas, sus lagos y ríos, beber una cerveza a orillas del Vístula, errar por las frondosidades del parque Łazienki, ver una película en Muranów, perderme en el bosque de Pałac, los tranvías y el metro, pierogi y zapiekanka, la generosa cantidad de restaurantes vegetarianos en Varsovia, los infinitos campos de rzepak en la primavera de Podlasie, la nieve en Zakopane, la gente amable y maravillosa que he conocido, mi familia política y mi querida esposa…

Polonia tiene mucho qué darme, solo espero que antes no se resbale.

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