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Un año más sin Kapuściński: el reportero del siglo XX

Kapuściński en su escritorio en Varsovia (Créditos de la foto: Maciej Zienkiewicz).

Ryszard Kapuściński fue el hombre que hizo célebre su forma de mirar. El escritor y periodista polaco más traducido y publicado del mundo. A una década de su muerte, su obra prevalece más vigente que nunca.

*** La primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 10/12/2017.

Kapuściński tenía siete años cuando descubrió la guerra. Era 1939 y deambulaba en un prado cerca de su casa cuando reparó en esos destellos que surcaban el cielo, seguidos de un sonido ensordecedor. El entonces pequeño Rysiek –como le llamaban los amigos, una versión polaca de ‘Ricardito’– no entendía lo que sucedía. Un estruendo desmesurado e inexplicable lo alertaba. Rysiek nunca había escuchado una bomba, ni siquiera estaba al tanto de su existencia.  Contempló azorado cómo, desde el bosque, se levantaba la tierra. Nunca había visto algo semejante, una magia siniestra que lo atraía como a todo niño frente a lo incierto. Cuando se encaminaba hacia esa dirección, alguien lo cogió del hombro, tumbándolo al suelo. Era su madre. “No te muevas —susurró—. Ahí está la muerte”. Así lo contó en su primer libro de reportajes literarios, La jungla polaca.

La guerra marcó para siempre a Kapuściński, quien tradujo esta inquietud persiguiéndola durante toda su vida, en una lucha por comprender las diferencias entre los seres humanos: una búsqueda del ‘Otro’, solía decir. El resultado fue una ingente obra periodística y literaria cuyas ideas guardan todavía una intensa vigencia. Hoy, en el decenio de su fallecimiento –y su octogésimo quinto cumpleaños–, aquel “cronista del tercer mundo” voceado numerosas veces al Nobel de Literatura y ganador del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades el 2003; aquel polémico trotamundos que revolucionó los estándares de la narración periodística, es evocado en su tierra con nostalgia y cotidianidad. ¿Quién fue Ryszard Kapuściński (1932-2007)?

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Una tarde gris de otoño en el distrito varsoviano de Ochota. Las hojas de los árboles descansan amarillas sobre el asfalto húmedo, tras la lluvia. La niebla invade silente el vasto parque Pole Mokotowskie. No muy lejos de allí, en el número 11 de la calle Prokuratorska se encuentra la casa de Kapu –como muchos lo conocen en Latinoamérica–. Allí reside una pediatra muy paciente llamada Alicja Kapuścińska. Tiene 84 años y ha sido la esposa del escritor por 55. Un lustro luego de volverse la viuda de Kapuściński, confesó a un semanario local que por lo general no siente que su esposo se haya ido para siempre. Hoy, mientras bebe un té en la sala de su casa, rodeada de premios y reconocimientos y de fotografías de su esposo y familia, esa sensación permanece. “Todavía siento que está haciendo un reportaje. Solo han pasado diez años. Siempre vivimos así: él, fuera de casa por largo tiempo; yo, aquí, viendo sus cosas. Pero él siempre volvía… Cincuenta años en los que él estaba viajando. Imagínate. Para mí es lo mismo ahora”.

El timbre de la casa de Kapuściński en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Alicja esboza una mirada afectuosa y sonríe con frecuencia, mas es de pocas palabras, siempre con un perfecto español, fruto del puñado de años que vivió con su familia en México. Curiosamente, su rostro evoca de alguna forma a su querido Kapuściński: acaso sea la refulgencia de sus ojos, o esa suerte de hexágono que se dibuja en la parte inferior de su rostro al sonreír. Alicja no reza ni enciende velas en nombre de su esposo. Tampoco le habla a su fotografía. Sin embargo, su recuerdo es lo primero que percibe cada mañana. Lo evoca por reflejo: “Solo en ese momento, al despertar, miro al otro lado de la cama. ¿Está durmiendo?, me pregunto y casi en el acto recuerdo que ya no está. Que está viajando”.

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Darse de bruces contra una cobra egipcia en Tanzania y sobrevivir para cruzar la frontera con Uganda desvariando por la malaria. Desplazarse una semana desde China a Rusia a través del inefable Transiberiano, recorriendo los inhóspitos yermos de Siberia. Acompañar a cinco mineros polacos en un periplo fúnebre al otro extremo del país para retornar a su pueblo natal el cadáver de un compañero muerto en una explosión. ¿Por qué hay que leer a Ryszard Kapuściński, aquel vagabundo políglota que acuñó la frase “para ser buen periodista hay que ser una buena persona”?

Quizá porque no se conformaba con entrevistar a líderes políticos. Kapuściński era un reportero sabueso poseedor de una insondable empatía: podía pasar semanas o meses viviendo en aldeas alejadas o barrios marginales, compenetrándose con las costumbres y pensamientos de la gente –acaso una fusión de la observación participante y el periodismo gonzo–, identificándose y dándole voz a los olvidados. Aquello lo ha convertido en un referente del humanismo y la moral en el quehacer periodístico.

Quizá porque era una criatura indefinible: un viajero licenciado en historia que ejercía el periodismo como un novelista, poeta y ensayista, que además era fotógrafo (su faceta menos conocida) y que en su última etapa destacó como un erudito preocupado por las desigualdades y el racismo, crítico de la globalización y el capitalismo y severamente descreído de los medios de comunicación. Y por último, quizás porque el periodismo que practicaba, cuya maestría en la prosa lo aproximaba más al relato breve, era una propuesta mutante espléndida, a caballo entre crónicas de viaje, autobiografía, ensayo, testimonio, poesía y reportaje.

Ciertamente, Kapuściński concibió una impronta única y experimental que solía palpar la ficción. Evitaba fechas o nombres deliberadamente, atribuyéndoles más valor a la idea que denotaban que a los hechos por sí mismos. “Fue capaz de inventar para hacer una verdad aun más verdadera. Era un gran narrador, pero nunca un mentiroso”, aseguró en su defensa Neal Ascherson, veterano periodista escocés. Además de una mutua admiración, compartió esta pulsión literaria con el Nobel Gabriel García Márquez, quien se dirigía a su colega polaco como ‘Maestro’ y lo invitó a formar parte de su Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Durante el primer taller de crónica que Kapu dictó allí, el 2001 en México, alguien preguntó si era justificable agregar una lágrima a una persona para intensificar el efecto literario. Gabo tomó la palabra. “Por supuesto que sí. Refleja mejor la atmósfera del momento, el estado mental de la persona. ¿Dónde está la traición ahí?” Estallaba el debate cuando mira a Kapu y le pregunta entretenido: “tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?”. Su réplica fue una breve y silente sonrisa. Ambos creían que la objetividad conducía a la desinformación.

Por otro lado, no faltaron detractores, como el inglés John Ryle, aclamado antropólogo británico experto en África, quien corroboró diversas inexactitudes y mitificaciones realizadas por Kapu. Argumentaba que El Emperador era más una alegoría del poder comunista en Polonia que un reportaje sobre la Etiopía imperial. “El problema –asevera– es que sus libros se presentan como reportajes reales: no podemos desmerecer su mensaje, su brillantez, sus grandes momentos o su auténtica simpatía por la gente, pero no debemos tomarlo en serio como una guía de la realidad”.

El legendario estudio-buhardilla de Kapu (Créditos: Diego Olivas Arana).

En su monumental biografía sobre Kapuściński, Artur Domosławski coincide en que su obra funciona para comprender los mecanismos del poder en cualquier régimen autocrático. De la misma forma, cuestionó distintos pasajes épicos de la obra de Kapu. Domosławski afirma que Kapuściński carecía de pruebas al narrar que los peces del lago Victoria en Uganda habían crecido anormalmente tras alimentarse con las víctimas de Idi Amin Dada: éstos crecieron simplemente debido a su ingesta de otros peces del Nilo. Kapu se sirvió de esta metáfora para revelar una cruenta verdad. El talento para ‘intensificar la realidad’.

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La viuda de Kapuściński no está sola esta tarde. Como cada año, su hija ha arribado temporalmente a Varsovia. La artista visual y pintora Rene Maisner conserva el apellido de su primer matrimonio y reside desde hace décadas en Canadá. A sus 64 abriles, parece que el tiempo hubiese acentuado el parecido con su padre: detrás de sus gafas ovaladas, esos ojos pequeños y oscuros comparten aquel destello que los torna casi grises, las cejas arqueadas, la nariz romana y ese rostro que concluye en el hexágono familiar. Hoy es una abuela algo encorvada, mas jovial y veloz. Rene Maisner, la hija de Kapuściński, podría también ser su melliza.

Acaba de retornar de un festival de literatura en Roma, al que asiste anualmente invitada por el Ministerio de Cultura polaco para entregar una premiación en honor a su padre, pero este año fue distinto: el actual gobierno polaco liderado por el partido ultraconservador y católico Ley y Justicia se ha desentendido de la premiación. “Lo mismo está sucediendo con otros artistas o escritores: este gobierno no aprecia a aquellos que lo merecen”, asegura Maisner. La derecha radical polaca no quiere a Kapuściński. Lastimosamente, esa no es la primera traba estatal con la que se topan: también han congelado los planes de Alicja Kapuścińska de convertir la buhardilla en el primer museo oficial sobre su esposo, un proceso que ella ha llevado a cabo por años. “Así funciona este gobierno”, coincide con su hija.

Alicja siempre fue su sostén: era tanto su mánager como la correctora de las primeras versiones de sus libros. Esa devoción no se ha apaciguado, y, acaso como otras viudas literarias, se dedica exclusivamente a preservar la memoria de Rysiek. Desde las constantes visitas de adeptos que buscan conocer el mítico estudio hasta entregar galardones en nombre de su esposo tanto en Polonia como el extranjero, entre ellos el prestigioso Premio de Reportaje Literario Ryszard Kapuściński (con ganadores como el curtido corresponsal de guerra Ed Vulliamy o la Nobel Svetlana Alexievich). Mientras enumera tales actividades irrumpe el teléfono y se levanta del sofá a contestar. “Otra editorial”, comenta con cierto desgano, como quien abre la puerta de la casa y se topa por enésima vez con los vendedores de biblias. Kapuściński le confió su obra inmortal y ella debe protegerla.

Madre e hija se habituaron a tenerlo lejos: durante los sesenta hubo un momento donde dejó de comunicarse por dos años. Fue el máximo periodo de incertidumbre que pasaron: “Estaba perdido en África y nosotras aquí. Eran los tiempos donde no teníamos teléfono, solamente sabíamos de él a través de sus despachos para la Agencia de Prensa Polaca. Iba todos los días a preguntar. Ellos me decían cómo estaba y si estaba con vida”, recuerda Alicja.

Ryszard Kapuściński en Varsovia, 1962 (Créditos de la foto: Janusz Sobolewski/FORUM).

Sería durante otra temporada incierta, años después, que Rysiek retornaría a Varsovia para toparse con una sorpresa. Era 1989 y su padre –recuerda Rene– estaba en Rusia haciendo la reportería para El Imperio. Su madre continúa: “él quería su propia biblioteca, por eso empezamos a construir el estudio. Pronto estaba llena de albañiles, arquitectos y dirigiendo. Él no sabía nada. Cuando volvió subimos hacia la buhardilla y él no quería, estaba cansado, pero fue”. Al llegar, Rysiek quedó atónito, observándolo todo. “¡No me lo imaginaba!”, gritó extasiado, volviendo la mirada hacia su esposa. Ambos sonrieron en silencio, solos en el estudio vacío. Se pasó la tarde transportando sus libros. “Era su templo”, proclama su viuda, con una sonrisa frágil y auténtica. Así fue el primer encuentro de Kapuściński con aquel indecible espacio donde terminaría de escribir su obra.

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Dentro de un añejo maletín en el estudio de Kapu anidan alrededor de 80 páginas de sus notas. La viuda y la hija aún piensan que estas pueden ser una futura séptima entrega de Lapidarium, aquella miscelánea de reflexiones, relatos o sentimientos que publicó en sus últimos años y cuyo sexto tomo, póstumo, dejó listo antes de que un infarto lo apartara del mundo. Sus tres proyectos pendientes más ambiciosos fueron un libro sobre la historia de Pinsk, su pueblo natal; un retrato de otro gran viajero polaco, el antropólogo Bronisław Malinowski; y acaso el más cercano al resto de su obra, una nueva entrega sobre Sudamérica, que ya llevaba título: Fiesta. En uno de los cuadernos de ese maletín descansa un hermoso pasaje de aquel libro, escrito durante una de sus últimas estancias en nuestras latitudes, en el 2000:

“Lima: en el invierno (nuestro verano), el cielo es de un gris impasible, bajo y plano en las primeras horas del alba; sin nubes, inmóvil y carente de vientos. Más tarde, antes del mediodía, se torna algo más brillante y azulado, pero no en la forma en que las nubes tan solo se dispersan y se alejan, no, es como si cierto proceso químico sucediese en este cielo gris, como si lo grisáceo se fundiera y transformara en azul, para otra vez volverse más gris, más oscuro y devenir en una noche sin estrellas”. Otro de sus apuntes para Fiesta, escrito en el mismo viaje, fue compartido por Domosławski en su biografía: “Como Hitler o Stalin, el líder es una suerte de Dios. Es la mentalidad de los Testigos de Jehová… Abimael Guzmán –el ideólogo de Sendero Luminoso– es un Maoísta. No tiene amor por el Perú, solamente deseos de guerra contra la sociedad peruana”.

Kapuściński junto al teólogo peruano Gustavo Gutiérrez Merino después de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Comunicaciones y Humanidades 2003 (Créditos de la Foto: AFP).

Kapuściński sentía gran interés por el Perú. Estuvo aquí a fines de los sesenta, cuando se enclaustró un mes en un hotel limeño para traducir al polaco el diario del Che Guevara en Bolivia; o en los Andes peruanos en 1970, cuando conversó durante días con granjeros y trabajadores sobre la reforma agraria de Velasco. Su experiencia nómada lo trajo aquí varias veces, mas el tiempo no le alcanzó para adentrarse en nuestra realidad como deseaba.

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Impoluto, como si Kapu hubiera salido un rato a pasear por el vecindario. Como si el tiempo se hubiese detenido en enero del 2007. La buhardilla de Ryszard Kapuściński es tanto un gabinete de nostalgia como una galería de rarezas. Aquella estancia donde confluyen en solidario desorden el arte y conocimiento humano de miles de libros con recuerdos de toda una vida plasmados en fotos, cartas, postales, cuadernos, libretas de notas y souvenirs. Aquel amplio espacio cuyo techo en pendiente es reforzado por unas vigas de madera colmadas de citas de autores o esquemas para libros. En el escritorio descansa la absurda pila de alrededor de 600 lapiceros que Kapu traía de todo el mundo. Hoy la mayoría carece de tinta, mas la colección sigue creciendo: lectores románticos todavía dejan lapiceros en la tumba de Kapu, en el Cementerio Militar de Powązki.

“Mi papá no tenía un libro favorito”, dice Rene Maisner mientras contempla los estantes. Para ella, su predilección cambiaba con el tiempo. Mann, Baudrillard, Foucault, Brodsky, Auden, Chomsky, Whitman, De Saint-Exupéry o Dostoyevski son algunos de sus nombres más queridos. Sus géneros preferidos siempre fueron la filosofía y la poesía, pero en su etapa final su tendencia iba por el ensayo o reflexión.

Diferentes memorias de autores adornan el templo, como una foto Polaroid en la que aparece cenando entre amigos, donde encierra entre sus brazos a Salman Rushdie; una postal del poeta polaco Edward Stachura desde Nueva York; o una carta de otra paisana y Nobel de Literatura que reza: “Señor Ryszard, estoy bebiendo por su salud. Wisława Szymborska”.

Uno de sus carné de prensa, colgado en la puerta de su estudio (Créditos: Diego Olivas Arana).

El autor de El mundo de hoy escribió sus últimos libros en aquel universo suyo, encerrado en la cima de su hogar, mas tal comodidad no descartaba el desafío. Kapuściński podía pasar semanas conflictuado antes de empezar a escribir, obsesionado por aquella primera línea que, según él, otorgaría el ritmo al resto de la obra, cuenta su hija, y tras hallarla, corría feliz a buscar a su esposa y darle la noticia. Antes de subir al estudio, su madre recordó las tardes enteras que Rysiek pasaba echado en el suelo, la concentración previa a la escritura: “necesitaba mucho silencio: ‘no estoy para nadie’ decía seguido, o desconectaba el teléfono antes de entrar al estudio”. Otro aditivo precedente a la creación era leer como un descosido: el estudio contiene libros de acaso todos los temas posibles y en varios de los siete idiomas que leía y hablaba Kapuściński. Su instrucción fue esencialmente autodidacta: aprendió inglés perdido en India, leyendo a Hemingway; o el español mientras era corresponsal en Sudamérica. Solía jactarse de haber leído al menos cien libros del tema de turno antes de lanzarse a escribir.

Rene Maisner coge la ajada edición en polaco de Historias de Heródoto de Halicarnaso, que acompañó a su padre durante sus primeros viajes y que sería parte esencial de Viajes con Heródoto, su último libro de reportajes. Kapu guardaba gran estima por el griego padre de la historia, a quien él consideraba como su maestro y ‘el primer reportero’. Tras su muerte, Alicja cumpliría un sueño frustrado de su esposo: crear la Fundación Heródoto de Ryszard Kapuściński, que anualmente otorga becas completas de estudios a periodistas jóvenes de toda Polonia. Para Kapu, las ideas y trayectorias de este legendario viajero fueron una inspiración de toda la vida.

Mientras recorre sus páginas llenas de subrayados y anotaciones, Maisner vuelve a regresar en el tiempo. Durante las décadas del setenta y ochenta, conseguir libros en Polonia era casi un deporte. Uno debía cazar las traducciones al polaco de autores foráneos, de escaso tiraje. Su padre gozaba del aprecio de muchos libreros en Varsovia y apoyaba ese tráfico valiente de cultura: ella recuerda haberlo acompañado en ciertas ocasiones a librerías donde recogía libros que no estaban a la venta, guardados bajo el mostrador y conseguidos solo para él. “No era algo corrupto, sino pura camaradería, para conocedores”, sostiene. Si no estaba en Polonia cuando llegaba un libro, se lo guardaban, y en no pocas ocasiones ella lo recogía en su nombre. Los avatares del amor por la palabra escrita.

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De vuelta a la sala, Maisner encuentra a su madre con la mirada perdida hacia la entrada del balcón. “Se pasaba horas sentado ahí, junto a esos gatos”, cuenta sin apartar la vista. Kapu solía descansar en el balcón contemplando una banda peculiar: uno negro, otro blanco y el último gris. Tres felinos echados sobre el techo del garaje adyacente al balcón. Siempre estaban ahí, cual cuervo de Poe. Fascinado, Rysiek los llamaba por sus colores: hablaba de ellos, les daba leche, los fotografiaba con una de sus cámaras análogas. Tras años de visitas, la misteriosa terna dejó de aparecer sobre el garaje, poco después de que Kapuściński dejara el cuerpo. “Quizá murieron. Él ya no está aquí y los gatos tampoco”, concluye su esposa.

Edición compilatoria de Anagrama, 2019: “Un día más con vida” / “Ébano” / “Los cínicos no sirven para este oficio” / “Viajes con Heródoto”.

Hacia el final de su vida, quizá el reportero del siglo XX reconocía en ellos a algunos personajes de sus primeras crónicas, como ese trío de obreros polacos con los que caminó por kilómetros: errantes sin hogar ni ambición que viajaban de pueblo en pueblo en trabajos de construcción que luego abandonaban, hijos de la crisis de la migración industrial. Criaturas que viven en el margen. Porque aquel fue su mayor interés: hablar de aquellos que ignoramos para explicar problemas universales, ya sea en Varsovia, Lima o Adís Abeba.

Si Kapuściński hubiese presenciado la marcha de los sesenta mil nacionalistas de extrema derecha en el último día de independencia de su patria, clamando por una “Polonia blanca”, se hubiera pronunciado. Si viviese estos tiempos de refugiados, atentados y un peligroso megalómano liderando Estados Unidos, no habría tardado en manifestarse. A través de su obra, Ryszard Kapuściński vivirá eternamente, y su lectura es urgente para intentar comprendernos entre nosotros como seres humanos: nuestras creencias, diferencias y similitudes. Hoy más que nunca.

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El biógrafo del reportero

El primer libro de Ryszard Kapuściński que leyó Artur Domosławski fue El Emperador, aquel extenso perfil de Haile Selassie, el monarca absoluto de Etiopía. Para muchos, su magnum opus. “Es la mejor ‘novela’ de Kapuściński”, coincide divertido. Para él, la bibliografía de Kapu es maravillosa, pero en última instancia, es más literatura que periodismo. Ryszard Kapuściński, el héroe de sus propios libros, fue también un personaje de ficción.

Domosławski es uno de los periodistas más celebrados de Polonia, y en el 2010 publicó uno de sus más afamados libros, Kapuściński non-fiction: la biografía definitiva de quien fue su amigo y mentor durante sus últimos nueve años de vida. Un título que dio la vuelta al mundo, traducido tantas veces como un libro del mismo Kapu. Maestro y discípulo, personaje y biógrafo, se conocieron a mediados de los años noventa en la redacción de Gazeta Wyborcza, cuando un curioso Kapuściński lo buscó para felicitarlo por un texto. Si bien fue laureada y ovacionada en el exterior, en su país la biografía devino en una polémica nacional: muchos la aclamaron pero no pocos juzgaron su contenido como una ofensa hacia su ídolo. La controversia surgió por las revelaciones sobre las relaciones extramaritales de Kapu –que tuvieron su réplica en un prolongado juicio con Alicja, concluido a fines del 2016 a favor de Domosławski–; el análisis de la nebulosa línea entre la realidad y la ficción en la obra del periodista; y su conexión con los servicios secretos de la entonces República Popular de Polonia.

La última edición polaca de “Kapuściński non-fiction” (Editoral: Wielka Litera, 2017).

“El libro no tiene nada desagradable. Hay etapas o decisiones difíciles en la vida de una persona y se cuentan allí, pero nunca tuve la intención de lastimar a alguien”, confiesa el también viajero y cronista. “Para muchos, Kapu es más un mito que una persona real”, agrega. Y es que la empresa de interpretar a Kapuściński puede ser tan profunda como controversial, como demuestra Domosławski al contemplar su ideología política: “Perteneció al Partido Comunista de Polonia por casi 30 años. Quizá se inició como una faceta de la juventud, pero luego su fe prevalece. Siempre fue un idealista. Uno puede estar en desacuerdo con la Iglesia y seguir siendo católico. Así pensaba él”.

Consecuentemente, esta convicción disparó su carrera profesional: en tiempos de fuertes restricciones comunistas en Polonia, Kapuściński recorrió el mundo como el único corresponsal en el extranjero, colaborando de paso con el espionaje polaco. Pero como sostiene Domosławski, él no actuaba con cinismo, sino como un seguidor de la verdad. Una certidumbre que le dio la oportunidad de escribir títulos inmortales como Un día más con vida o La guerra del fútbol.

Un retrato de alguien es una forma de desmitificarlo, de tratar de entender y representar a una persona en diferentes momentos de su vida. Kapuściński non-fiction es uno poderoso y sincero: no una hagiografía que elevara al autor de Ébano, cual mito, sino una investigación narrativa de largo aliento, que encontró en su entrañable y enigmático protagonista a un ser humano que alcanzó lo extraordinario.

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El fumadero celestial

Mural en la Ciudad Libre de Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

La Ciudad Libre de Christiania fue fundada en un antiguo cuartel del ejército. Desde su aparición, los coloridos murales y locales de este vecindario reciben más de un millón de visitas al año. Granjeros, joyeros, obreros, músicos, orates, madres, niños, junkies, todos son bienvenidos a este santuario verde en el corazón de Copenhague. ¿Qué es Christiania? ¿Qué tan seguro es? ¿Con quién me puedo encontrar? ¿Con qué me puedo encontrar?

 

*** Una primera edición de esta crónica fue publicada por primera vez en el número 5 de la revista digital de contenido periodístico Carta Abierta, en diciembre del 2014.

 

Copenhague en mayo es un infierno feliz. La metáfora podría parecer equivocada, mas en realidad se trata de un sutil reflejo de la observación. En los tórridos días del verano europeo, las calles parecen un sueño: gente caminando en shorts y sandalias por las calles, vegetando en las bancas y escaleras de la Plaza del Ayuntamiento, junto a los pequeños dragones de piedra que vigilan el lugar. Mujeres y bicicletas. Si bien la cultura ciclista es una de las principales características de Copenhague desde finales del siglo XIX, lo que extraña -y deleita- es ver casi solamente mujeres sobre ruedas. Aquí hay demasiadas ciclistas.

En el antiquísimo puerto de Nyhavn, donde los coloridos edificios del siglo XVII y XVIII resplandecen aún más con el sol y ciegan la vista de todo extranjero, la gente está de fiesta. Cientos de personas descansando en sillas con parasoles junto al canal o en las embarcaciones-restaurante que se encuentran flotando en la misma entrada desde el mar. Un hedonismo curioso, acaso ajeno, invade el lugar. Todos parecen millonarios felices posando para una pintura de verano. Como si la burguesa e incestuosa familia del Festen de Vinterberg se hubiera reunido en este céntrico puerto a vacacionar, por mencionar algo danés. De pronto no está tan lejos del dinero y la perversión: desde su creación hasta mediados del siglo pasado, Nyhavn no era un espacio de ocio representativo de la cultura escandinava. Estaba lleno de cebada, marineros de todas partes y prostitutas. El red light district del norte.

“Diviértete. No corras. No tomes fotos”. Leyes en el Green Light District (Foto: Diego Olivas Arana).

Pensaba en todo esto mientras revisaba mi registro fotográfico y descansaba en una esquina con sombra, en uno de los cuatro edificios idénticos del Palacio de Amalienborg, la residencia de la familia real danesa. Capturaba en una imagen la estatua del rey Frederick V, su fundador, mientras el Cambio de Guardia acababa de terminar. Cada mañana a las once y media, Den Kongelige Livgarde –la Guardia Real de Dinamarca- recorría las calles de Copenhague desde el castillo de Rosenborg hasta retornar a Amalienborg. Los alcancé cuando terminaban el paseo. La bandera no estaba izada en el palacio de Schack, la reina Margrethe II no estaba presente. Bebía con premura el agua de una botella que le compré a un nigeriano ambulante en el parque de Langelinie, en la Bahía del Puerto de Copenhague, donde me adentré entre el tumulto –unos sesenta japoneses- para contemplar a Den lille havfrue, la sirenita danesa de Eriksen, acaso el atractivo turístico más simplón y monótono de Escandinavia. Bebí unos sorbos más, lucubrando. Una inquietud me turbaba: donde dormiría. Era un peruano viajando solo, con menos de cien euros y una mochila de casi diez kilos. ¿En qué estaba pensando? Dentro de mi precaria situación, dormir en la Estación Central de Copenhague sonaba lo más coherente. Sin embargo, había escuchado en Finlandia que era posible quedarme en el barrio autogobernado de Christiania, el principal destino de mi viaje. Tenía que confirmarlo.

– Bueno, un hostel barato en Copenhague es todavía caro para muchos. Quizás si sales del centro puedas hallar lugares a veinticinco o treinta euros la noche. Por otro lado, creo que sí puedes dormir en Christiania. Hay mucha gente, puede ser peligroso, pero creo que si buscas, podrás hallar un espacio. Muchos homeless hacen lo mismo.

Había terminado el free walking tour y la respuesta de Mikkel, mi guía por dos horas,  un tipo delgado y animoso, cuya rojiza barba era tan implacable como sus estentóreas risotadas, terminó de convencerme. Mi arribo a la capital de Dinamarca tenía por latente y especial propósito mi visita a Christiania, mas no consideraba quedarme ahí en primera instancia. Había llegado sin un plan, sin dinero. Desarmado. Entregado a lo incierto. Acaso como se deberían dar todos los viajes. Renunciar a la posibilidad de hospedarme en algún hostel no me costó mucho, tras averiguar los precios. Además de la aventura, la falta de dinero fue una determinante para mi estadía en Christiania. Estaba resuelto.

“Ahora estás ingresando a la Unión Europea”, una de las entradas de Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Fristaden Christiania o la Ciudad libre de Christiania se fundó en septiembre de 1971, en pleno apogeo del hippismo, cuando los residentes del distrito de Christianshavn, donde se encuentra, derribaron el vallado que cubría la extensa área de un viejo y abandonado terreno militar, otrora depósito y laboratorio de materiales y municiones del ejército. Estaba venido a menos desde el final de la Segunda Guerra, mas fue en 1967 que se desatendió totalmente. La mayoría de los vecinos eran padres de familia, que, hastiados de los reducidos ambientes y la densa población de la zona, buscaban un espacio público verde, iluminado, donde sus hijos puedan jugar.

No pasó mucho tiempo para que el lugar se popularizara y Jacob Ludvigsen, periodista danés y partidario del movimiento contracultural provo, fundara Christiania, afirmando en su revista Hovedbladet que se trataba de “la más grande oportunidad de construir una sociedad desde el inicio… La parte de la ciudad que se ha mantenido en secreto para nosotros, pero ya no más”. Así empezó la invasión, por parte de distintos grupos que buscaban escapar del statu quo y vivir ajenos al Estado, en una nueva comunidad. Contra todo pronóstico, aquel espacio militar en desuso que cubría un área de treinta y cuatro hectáreas del distrito de Christianshavn renació como Christiania, un barrio autónomo de aproximadamente ochocientos habitantes, hermano del movimiento hippie y del anarquismo. Una parte del centro de Copenhague que se autoproclamaba independiente del Estado danés y de la Unión Europea. Una verdadera locura.

Llegar a Christiania no fue una tarea azarosa. Tras errar un buen rato hacia el norte por Prinsessegade, di con la entrada principal, en Christianshavn, muy cerca del célebre restaurante Noma de René Redzepi. A pocos metros resaltaba un mensaje artesanal dándome la bienvenida. Allí me reuní con Giovanni Battista, alias GB, un amigo italiano que había conocido en Helsinki y con quien me topé por accidente en el avión. Christiania es lo más diferente a Dinamarca que se puede hallar dentro de Dinamarca. Allí los carros no existen y los perros vagan felices sin dueño. Sus calles son una mezcla de asfalto con tierra, nada está pavimentado. La calle principal es conocida como ‘Pusher Street, la ‘calle de los vendedores de droga’. A través de ella recorrimos distintas partes del vecindario, como bares, restaurantes, souvenir shops o centros culturales. Todo en Christiania es más barato que en el resto de Copenhague –a veces incluso cincuenta por ciento menos- debido a la ausencia de impuestos. En tanto nos alejábamos de la vía principal pudimos ver casas o pequeños edificios –siempre ajados y con graffiti-, mecánicos, ferreterías, panaderías, puentes, esculturas o espacios recreacionales para niños. Suficientes establecimientos para considerarse una metrópoli. Christiania es una ciudad de bolsillo.

Residentes y visitantes fumando y relajándose en Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Muchos de estos lugares estaban alrededor de un gran lago que parecía hallarse en el centro de Christiania, donde los patos y cisnes disfrutan su soledad mientras muchos de los residentes o visitantes los contemplan absortos, idos de tantos psicoactivos. La ciudad tiene cuatro entradas, mas sólo una es considerada la salida, aquella con un letrero curvado que funge de socarrona despedida: You’re now entering the EU -“Ahora estás ingresando a la Unión Europea”. Entrar y salir de Christiania es palpar fugazmente el caos, rompiendo con el estilo de vida nórdica y acaso con el paradigma de sociedad europea.

GB estaba interesado en adquirir marihuana. Y es que esa es una de las más evidentes razones por las que Christiania se ha vuelto uno de los pilares del turismo en la ciudad –quizás superado solamente por el parque de atracciones Tivoli-: su llamado green light district, en Pusher Street. En Christiania es posible consumir y comprar todo tipo de drogas blandas. Se podría aseverar sin vacilaciones que en este menudo distrito la droga están en todas partes. El amable atisbo del olor de la marihuana viajando por tus fosas nasales se torna en algo habitual. Día a día, cientos de turistas y daneses locales pasan por el barrio a comprar, algunos se quedan a consumir –siendo este acaso el lugar más idóneo para ello-. La gente fuma en los bares, en las bancas, en el pasto junto al lago, en el suelo, en terrazas o restaurantes.

Quizás un apelativo más específico no sería una ciudad, sino un Ámsterdam de bolsillo. En el ‘distrito verde’ se encuentran diversos puestos ambulantes de drug dealing que ofrecen diferentes tipos y precios de skunk y hachís. Probablemente sea la parte más oscura del vecindario. La disposición es peculiar: módulos pequeños, algunos unipersonales, cubiertos por lo general por una manta o cortina negra. Algunos de los vendedores, a su vez, tienen el rostro tapado, ya sea solamente un gorro o usando un misterioso pasamontañas. Si hay una insistencia en la clandestinidad de estas transacciones es porque en Copenhague la venta de drogas sigue siendo ilegal. Christiania es un lugar alternativo, un Estado independiente, mas todavía tienen que lidiar con esa realidad. Quizás no sea una democracia per se, mas los habitantes de la ‘ciudad libre’ han impuesto sus propias leyes, volviéndose el único lugar de la ciudad donde se comercia y consume libremente el cannabis. Las autoridades danesas han dejado que esto suceda por más de treinta años, pero desde el 2004 los conflictos y negociaciones por regularizar la situación legal de la comunidad se han incrementado, hasta la actualidad.

Christiania tiene casas y edificaciones tanto extrañas como interesantes (Foto: Diego Olivas Arana).

A su vez, Christiania no es del todo libre. Hasta el día de hoy su existencia genera controversia, teniendo que lidiar siempre con el gobierno. Las cosas cambiaron un poco en 1989, al promulgarse la Ley de Christiania, que transfería la supervisión del área de la municipalidad de Copenhague al Estado danés, y aceptaba la presencia y desarrollo del vecindario en tanto se sometiera a un futuro proceso jurídico y de estandarización.

Fue en ese momento que nos percatamos. Acompañé a GB de tienda en tienda, preguntando por los precios. Como todo backpacker –y quizás como todo buen mediterráneo-, GB buscaba lo más barato. Pronto se decidió: un paquete de 2.8 gramos de skunk por doscientas coronas danesas. Veintisiete euros. Querían convencerlo de adquirir tres paquetes por quinientas coronas. Un atractivo descuento que declinó, arguyendo que no tenía dinero. Intentaron convencerme a mí de que le preste a mi amigo para que obtenga la ganga. Les dije que era sudamericano. GB terminó llevándose solamente un paquete.

Salimos del oscuro módulo sorprendidos por la insistencia de los comerciantes y pensé en fotografiar los puestos al aire libre. Apenas alcé mis manos con la cámara para enfocar cuando una voluminosa mano negra me detuvo. “No pictures”, sentenció. Yo quise saber por qué. Él me señaló un letrero cercano y repitió lo mismo, marchándose, mas sabía que nos observaba a la distancia. GB y yo nos aproximamos al letrero, que tenía el diseño de tres Cannabis sativa en la parte superior y leímos lo siguiente, en danés, inglés, español y alemán:

“ESTIMADOS AMIGOS, EN GREEN LIGHT DISTRICT TENEMOS TRES REGLAS: DIVIÉRTETE; NO CORRAS –CREA PÁNICO; Y NO SE HACEN FOTOS –COMPRAR Y VENDER HASH SIGUE SIENDO ILEGAL”.

Grafiti en alguna pared de Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Ciertamente, el green light district tenía una legislación muy fácil de cumplir. De un momento a otro era evidente que muchos nos espiaban, luego de verme con la cámara. Aquello saboteaba la perpetración de mi registro visual. Desde ese momento, fue casi imposible tomar fotos en Christiania. Poco después, en una joyería ambulante, un latinoamericano me reconocería como igual y entablaríamos conversación. Félix, un bisutero sexagenario de República Dominicana y residente de Christiania desde el 2000. Fue él quien me explicó mejor lo de las fotografías:

– Los dealers que venden hachís acá están siempre preocupados por si toman fotos o video. Piden a todos que guarden sus equipos. Incluso pueden ser violentos. Podrían destruir tu cámara. Muchos son de pandillas grandes, organizaciones que venden droga fuera de Christiania. Ganan mucho vendiendo hierba acá. A veces viene la policía a incautar y cerrar todo, pero ellos siempre vuelven a abrir las tiendas. Y siempre hay muchos clientes. Esto nunca va a terminar.

Hablaba relajado, mientras atendía su puesto y le daba otra pitada a su joint. Sus largos bigotes, tan canos como su larga cabellera, hacían juego con su camisa hawaiana, florida y celeste. Olía a una mezcla de marihuana y tabaco. Fumamos juntos, como todos en la comunidad. Según Félix, la constante presencia de los clientes daneses eternizaba la venta ilegal de drogas suaves. Los junkies daneses se ven atraídos a Christiania como las moscas a la carne muerta.

Erramos por distintos lugares del barrio, preguntando dónde podría quedarme. GB ya tenía un espacio con una amiga en la ciudad, donde no me podían acoger. Finalmente me guiaron hasta las casas donde podía quedarse cualquiera, mas fue en vano. Repitieron lo mismo que decían todos, incluso Félix: no había lugares disponibles, pero podía dormir en el suelo. Otros me decían que vaya a las áreas verdes que circundaban el lago, donde era más seguro. Dormir en el pasto. Una fuerte música reggae se escuchaba de fondo. Parecía venir de todas partes.

Luego de perdernos en la curiosa consecución de espirales que puede ser caminar por Christiania, volvimos a la vía principal. Allí descubrimos el origen de la música. Un nuevo bar inauguraba su aparición con una presentación en vivo y cerveza gratis. Había alrededor de ciento cincuenta personas aglomeradas, bailando, fumando, bebiendo. La música no era mala, un DJ de color y dreadlocks y otro rubio con cola de caballo reproducían canciones de reggae o dancehall. La gente hacía cola para recibir el largo vaso de cerveza. Nosotros nos adherimos ipso facto. Al poco rato nos habíamos aunado al jolgorio: GB, tan stoned como estaba, ahora bailaba motivado, emborrachándose. Yo libaba contento, era mala cerveza, mas cerveza al fin.

La vaga cadencia de la música, amena y constante, invitaba a la contemplación y la indiferencia. Todos meneábamos la cabeza e ingeríamos la cerveza, autómatas. El lugar era un horno, tanto por el sol como por la hierba. Al cabo de un rato los DJ dieron por terminada su sesión y, mientras el público explotaba en vítores, el rubio se acercó a obsequiar álbumes. GB y yo recibimos un par en el que decía “Youngblood Sound: Delux Dancehall Mix Tape 2014”. Luego del concierto, GB partió donde su amiga, hecho un desastre. No volvería a verlo en Dinamarca. Caía el crepúsculo.

Ya solo, empecé a buscar un espacio para comer, hasta encontrar, casi de noche, un lugar acertado para mi dieta. Morgenstedet es un restaurante vegetariano y vegano que sigue la filosofía ecológica que muchos de los habitantes de Christiania han asumido. Una sopa de verduras y unos cuantos panes integrales me revitalizaron.

La noche en el vecindario parecía provocar un efecto intenso en la gente. Reinaba la vida nocturna. Bares abiertos, conciertos, fiestas en locales. Las tiendas de droga al aire libre continuaban, mas con iluminación artificial. Buscando un baño, llegué al Café Månefiskeren, más famoso como The Moonfisher. Allí, un tipo menudo y cuarentón me preguntó de dónde era. Su nombre era Liam y era irlandés –no podía tener otro nombre-. Me confesó que había estado en Lima durante unos meses, años atrás, viajando y corriendo olas. Congeniamos rápidamente y me presentó a los amigos de su mesa, todos del país de los leprechauns. Me invitaban cerveza. Al igual que sus compañeros, el inglés de Liam me era casi ininteligible: decían fuck, fucking o fuck off cada tres o cuatro segundos, su pronunciación no era la mejor y su velocidad al hablar no admitía límites. Tenía una casaca de cuero marrón que le quedaba grande, una frente prominente, ojos muy pequeños y una gruesa nariz. Todo el conjunto me remitía a un doble enano de Mike Ehrmantraut, el entrañable guardaespaldas de Gus en Breaking Bad.

Mural en Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Liam trabajaba temporalmente como obrero en unas construcciones de Copenhague. El gobierno le pagaba cada mes, además de la renta de un pequeño departamento, por un contrato de dos años. Viajaba buscando empleos que le permitan seguir viajando. Odiaba Irlanda y Facebook, era un hijo del mundo: Lima, Berlín, Madrid, Marrakech, Nueva York, Bogotá, Santo Domingo, Londres, Tokio, entre otros. Su exesposa lo detestaba y veía a sus dos hijos cada dos o tres años, en Estados Unidos. Era un narcodependiente y dipsómano consuetudinario. Amaba Christiania. Venía todos los días.

– Uno descubre en la vida que todo es una mentira. Todo lo que he hecho, todo lo que soy, is a fucking lie. Mírame a los ojos cuanto te lo digo, sí, fuck off, it’s a fucking lie! Vamos, yo he vivido en América. Mis hijos viven en América. Nosotros descubrimos América, sabes, los europeos. Llegamos y habían millones de nativos de mierda y los matamos, ¡sí! Fuck it! Espero que alcances a ver toda la figura. Sí, espero que veas cómo funciona. You are fucked over, I am fucked over, my family is fucked over, the world is fucked over, and God is fucked over. It’s all a fucking lie. ¿Sabes? Yo he dado lo mejor de mí. He traído hijos a este puto mundo… Es algo exponencial, is like a fucking eagle, it goes beyond. Estoy loco pero también soy real. Entonces perdóname si sueno fuera de foco. Porque lo estoy. Esto siempre pasa. Y yo sí creo que tienes que disfrutar tu vida, cada momento, cada hora, cada segundo. This is the best fucking place to be in the world, aquí y ahora. Viajar es increíble. Te cambia, y lo cambia todo. Te mueves todo el tiempo y todo lo que conoces se mueve contigo también. It changes your fucking reality. Vamos por otra cerveza.

Aquella fue su manifestación. Entre sandeces e injurias, el tipo decía algunas cosas sensatas. Libaba y fumaba skunk a la vez con una naturalidad apreciable. No obstante, empezó a actuar muy extraño cuando le comenté que no sabía dónde dormiría. Me ofreció su cuarto sin pensarlo, advirtiéndome que era pequeñísimo y dormiría en el suelo. Insistió muchas veces, trayendo el tema a colación en nuestras conversaciones. Para ese momento, estábamos todos en el bar Woodstock, uno de los principales de Christiania. Ya no veía a los demás. No pude evitar extrañarme y temer que su repetida invitación entrañara algún interés sexual. El origen de su bondad y desinterés era tan incierto como sospechoso. Cuando me pidió ayuda para hablarle a una chica en la barra, curiosamente enrabiado y con desespero, le dije que me iba al baño y desaparecí. 

Erré por Pusher Street de noche. Algunas personas tenían una suerte de hoguera donde se calentaban y cantaban. Pensaba buscar el pasto junto al lago y dormir, cuando múltiples luces aparecieron en la salida a Christiania. Un auto de la policía irrumpió en las tinieblas. Me acerqué a dos chicos que estaban sentados en una banca, comiendo un kebab en silencio, a preguntarles qué pasaba. Era una redada en busca de drogas. Cuatro policías daban vueltas por los locales y sacaban a los dependientes a hablar afuera. Los vendedores trataban de proteger sus puestos al tiempo que unos músicos salían a protestar contra la autoridad y tres perros olían unas latas de pintura abiertas y abandonadas en la calle; mientras, otro vehículo de la policía arribaba.

Si Christiania ha tenido problemas en el pasado con la ley es, además del green light district, por los pocos mas no ordinarios accidentes que han quedado grabados en su historial: la granada que asesinó a un veinteañero en Café Nemoland en el 2009. El asalto a mano armada con un muerto y tres heridos en Pusher Street en el 2005. La invasión del barrio por la banda de motoristas daneses Bullshit en 1984 y sus posteriores líos con otras bandas, como los afamados Hells Angels y la guerra por la droga en 1996. Todos esos episodios desestabilizaron la armonía en su momento y tuvieron que hacerse comités, tomar reuniones. Christiania sabía defenderse.

La pareja de amigos del kebab era sueca. Anders y Johan afirmaban ser ‘chicos tontos del campo’, del sur del país, pero estudiaban en Estocolmo. Estaban de salida y me fui con ellos en un taxi a la Estación Central. Entré a Christiania casi al mediodía y salí a las cuatro de la madrugada del día siguiente. Dormí unas horas junto a vagabundos, gente que espera su tren y adolescentes madrugadores.

Al romper el alba, emprendí el camino de regreso a Christiania para encontrarme con Peter y Andrew, dos amigos de Melbourne que acababan de llegar. Cuando salí, aproximadamente entre la Estación Central y el Tivoli, dos mujeres empezaron a seguirme. Era temprano, quizás las ocho. Eran dos mujeres de color, cuya desmedida adiposidad sobrecogía al más incauto. Una era mucho más alta que la otra. Aparentaban tener entre cuarenta a cincuenta años y ostentaban menudas prendas, nada agradables a la vista.

– Hola, ¿de dónde eres, guapo? ¿Quieres tirar? – Propuso la más baja, interceptándome.

– Hola, no, lo siento. Muchas gracias, igual. – Seguí mi camino, apuré el paso.

– ¿No? ¿Estás seguro? Me puedo tomar tu leche. Si quieres te vienes dentro de mi culo, en serio. Te la puedo chupar todo el día.

– No, lo siento, no tengo dinero, tengo que irme.

– ¿No quieres? Te podemos hacer un descuento. ¿En qué hotel te estás quedando?

– En ninguno. Adiós.

La otra nunca habló. Mi apremio se incrementó y seguí recorriendo la cuadra cuando uno de los taxis que pasaba lentamente giró para la calle que iba a cruzar y se detuvo. Ellas lo alcanzaron. Un tipo alto y delgado, con cabello rizado, canoso y largos y albos bigotes salió de allí. Parecía árabe. Los tres se informaron y se dirigieron miradas cómplices. La otra mujer se me aproximó.

– ¿En qué hotel te estás quedando? – repitió, frunciendo el ceño. El supuesto taxista observaba serio, con los brazos cruzados, apoyando su cuerpo sobre el vehículo.

– En ninguno, la verdad. No tengo dinero para ningún hotel. He dormido en la Estación Central, no tengo nada. Ahora debo irme, lo siento. Muchas gracias.

Doblé la calle y no miré atrás hasta haberme alejado lo suficiente. Cuando ya estaba a unos cincuenta metros, volví sobre mis pasos un poco para buscarlos. Habían abordado a otro viajero. Al pasar por la Plaza del Ayuntamiento por un café en algún fast food, desistí. Dos chicos borrachos se batían a golpes frente al McDonald’s, mientras un par de gitanos errantes habían despertado de su sueño en las bancas de la plaza para aproximarse al escándalo y lograr coger los remanentes del desayuno de aquellos violentos daneses.

Ya en Christiania, me senté en medio de la calle, cerca de la entrada principal. Estaba despojado en el suelo en Christiania, cual junkie, como muchos. Pasaba totalmente desapercibido. Esperaba a los australianos sobre una de las calles donde había puestos de comida y donde conocí a Félix, el joyero. Como era temprano, era más seguro y hacía mucho calor. Empezaba a dormirme cuando tres jóvenes muchachas me abordaron.

– Vil du have det? – Me dijo la más bonita, mostrándome una pequeña pelota.

– ¿Qué? – Pregunté. Suelo hacerlo, pues no escucho bien.

– Vil du have det? – Repitió. Sus amigas me miraban.

– Oh, yo no hablo danés. Lo siento. – Repliqué en inglés, sonriendo.

– ¿Quieres esto? – Tradujo en el acto.

– ¿En serio? ¿Qué es? – Extendí mi mano para auscultarlo.

– Tómalo. – Contestó. Sus amigas se rieron.

– Gracias.

Antes de revisar lo que tenía en las manos, me quedé contemplando al trío que partía en dirección a la salida. La rubia que me entregó la curiosa bola volteó para verme y se rio con sus amigas. Parecía una mofa. Al desaparecer de mi vista, escudriñé el juguete. Era una suerte de pelotita grumosa, de un verde oscuro, cual musgo. Al olerla, comprendí que no se trataba de ningún alimento o cachivache peludo. Era hierba. La guardé en mi bolsillo, extrañado por la aleatoria acción de esas muchachas y olvidé el asunto.

Al rato llegaron Peter y Andrew, finalmente. Tras departir y mostrarles lo que había descubierto del lugar, nos dirigimos al green light district, a pedido de Andrew. Luego de ello buscábamos dónde tomar algo mientras Andrew, quien no había comprado nada, manifestaba su frustración, pues, aficionado a los estupefacientes, esperaba encontrar ciertos exponentes de alto calibre que nadie vendía. Casi como una respuesta androide, nos dimos de bruces con un letrero que respondía sus dudas:

“LEY COMÚN DE CHRISTIANIA. EL COMPROMISO DE CHRISTIANIA ES CREAR Y SOSTENER UNA COMUNIDAD AUTOGOBERNADA, EN LA QUE TODOS SEAMOS LIBRES DE DESARROLLARNOS Y EXPRESARNOS, COMO MIEMBROS RESPONSABLES DE LA COMUNIDAD: NO USAR ARMAS, NO DROGAS DURAS, NO A LA VIOLENCIA, NO A LOS VEHÍCULOS PRIVADOS, NO A LAS INSIGNIAS NI PARCHES MOTORISTAS, NO A LOS CHALECOS ANTIBALAS, NO A LA VENTA DE PIROTECNIA, NO A LOS PETARDOS, NO AL ROBO”.

Normas vitales en Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Ciertamente, en Christiania estaba prohibido el consumo y uso de drogas duras, como la cocaína, las anfetaminas y metanfetaminas, el éxtasis o la heroína desde finales de los años setenta, cuando tenían muchas muertes por sobredosis de heroína y las condiciones de algunos de los edificios, repletos de adictos, eran tan deplorables que afectaban la salud y estabilidad del barrio. El discurso de Christiania apoyaba las drogas blandas o naturales, enfocado en generar una atmósfera de paz y armonía. Aquel encuentro hizo que recordara mi reciente obsequio y se lo mostré a Andrew para que me revelase qué era exactamente. Motivado, Andrew no pudo contener su asombro al informarnos a mí y a Peter que se trataba de un tipo de hachís muy fuerte, mezclado con un poco de tabaco. Era una pelota de unos cincuenta gramos. No podía creer que alguien me hubiera dado tanto de pronto. Convino en probarlo, lo cual fue muy acertado. Quién diría que degustar entre amigos y pausadamente aquella bolita mágica se volvería casi un ritual que practicaría en cada uno de mis viajes, hasta volver a Lima.

Volví con ellos al sendero del día anterior hasta dar con el lago, y me eché a descansar sobre mi pesada mochila. Estábamos rodeados de parejas. Muchas se besaban, toqueteaban, retozaban sin reparos, drogadas y alegres. Antes de quedarme dormido en el pasto, pensé que estaba en medio de alguna versión jamaiquina de las orgías del Zabriskie Point de Antonioni: en vez de devorarse entre las dunas, todos yacían apasionados entre la hierba. Un intenso humo de cannabis se concentraba, en tanto miraba el sol vespertino, perdiendo la vigilia.

Dejamos Christiania por la noche. El par de australianos partió a su hospedaje y me despedí de ellos, dirigiéndome a la Estación Central a dormir. En el camino, presencié peleas y desmadre en las calles danesas. Tenía que tomar un bus a la ciudad sueca de Malmö a la mañana siguiente, pues de allí tenía un avión a Budapest. Partí de la Ciudad Libre de Christiania pensando en su precaria pavimentación y limitada infraestructura, en la realidad de vivir en un ambiente limitado por voluntad propia, rodeados de drogas, mas también un vecindario pacífico y ecológico, muy artístico, un espacio cultural. Para muchos, un refugio para escapar de sus ordinarias vidas danesas; para otros, un distrito del ocio y la adicción olvidado por el gobierno. Para todos, un centro cultural y turístico, acaso tan seguro como cualquier parte de Copenhague, donde cualquier cosa puede pasar.

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