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No se culpe a nadie de su sueño

Retrato de Luis Guillermo Hernández Camarero (Créditos: Herman Schwarz).

Evocando a Luis Hernández Camarero a través de tres encuentros: Jaime Domenack, Luis La Hoz y Nicolás Yerovi.

*** En el cuadragésimo segundo aniversario de la muerte del entrañable Luis Hernández, comparto este texto publicado por primera vez en el libro Entrevistas Humanas (2012), editado por la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica del Perú. El libro compila los mejores trabajos del Taller de Entrevista Periodística a cargo del poeta y docente Abelardo ‘Balo’ Sanchéz-León.

 

Solitarios son los actos

Del poeta: Como aquellos

Del Amor

Y de la Muerte. 

Luis Hernández Camarero

 

Soy Luisito Hernández / CMP 8977 / Ex campeón de peso welter / Interbarrios: Soy Billy / The Kid también, / Y la exuberancia / De mi amor / Hace que se me haga / Un nudo en el pulmón. Luis Guillermo Hernández Camarero tenía el corazón ávido de encanto. El mar, el sol, la música, los bares, las esquinas y un amor lo hicieron poeta, volviéndose uno de los exponentes más conspicuos y singulares de la Generación del 60, con un corpus poético tan lúdico como experimental. Nació el 18 de diciembre de 1941, siendo desde temprano una criatura excepcional. Fue un lector precoz y vehemente, también incursionó en otras áreas durante sus años mozos como la fotografía, el teatro, la radioastronomía –obsesionado con captar la música de las esferas- o la música, tocando el piano, la flauta y el violín. Vivió siempre en la calle 6 de Agosto en Jesús María y estudió en el colegio La Salle, donde descubriría más obras y entablaría largas amistades. Médico de barrio, estudió psicología en la PUCP y, tras un viaje a Europa de un año, medicina en San Marcos. Escribía tenazmente, poemas que rayaban entre lo más simple y excelso, tan lúdicos como verdaderos. Publicó tres poemarios: Orilla (1961), Charlie Melnik (1962) y Las Constelaciones (1965). A inicios de los 70 decidió no publicar más y emprender el proyecto que consolidaría su leyenda: escribir sus versos en cuadernos Minerva o Atlas espiral, con plumones Faber-Castell, invadidos de su poesía, encarnada en una hermosa caligrafía acompañada de pueriles dibujos que hacían de esta empresa ológrafa una obra de arte. Cuadernos que obsequiaba por doquier, con un desprendimiento total, entre amigos o familiares, incluso gente que no estaba interesada en la poesía. Cuadernos que seguía escribiendo para, como él afirmó, dejar de sufrir, vencer esa Impecable Soledad. En medio de esa vorágine, se enfermó de la espalda, y fruto de tan intenso dolor, a pesar de su maciza figura y sus patillas de Corto Maltés, se hizo adicto al Sosegón, veinticinco dosis diarias que atenuaban su pesar. Así, Gran-Jefe-Uno-Lado-Del-Cielo, Shelley Álvarez, El Inspector o el Capitán Dexter, empezó a decaer. En estos años, su amigo Nicolás Yerovi se dedicó, junto a él, a estudiar y compilar todos los cuadernos posibles, que Yerovi empezó a recolectar con permiso de Lucho para su tesis de doctorado en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue a través de esa coyuntura que en el verano de 1976 lo descubrió Betty Adler, the legendary girl, Che piba, Frazadita. Se enamoraron perdidamente. Nunca dejaron de amarse. Ella lo ayudó y cuidó hasta que se separaron, cuando Lucho partió hacia Buenos Aires para ser psicoanalizado internándose en la clínica García Badaracco -cuyo director, Jorge García Badaracco, había estudiado con Jacques Lacan- con un diagnóstico incierto de problemas mentales, en marzo del 77, meses después de haber dado un único recital inolvidable en el Instituto Nacional de Cultura. El 3 de octubre del mismo año expiró, a los 35 años, bajo nebulosas circunstancias, supuestamente lanzándose a las vías del tren, en Santos Lugares, Buenos Aires. Posteriormente, Yerovi publicaría Vox horrísona (1978), la primera edición de su tesis, legado poético de Lucho compilado en un tomo extenso que se volvería de culto y se agotaría prontamente, al igual que su reedición del ‘83.

Treinta y cinco años luego de su muerte, tres personajes muy relacionados al poeta conversan sobre sobre Lucho, su obra y su desaparición. El primero, Jaime Domenack, artista plástico de una generación posterior, mas cuya devoción es más que evidente, incluyendo el homenaje pictórico más grande y emotivo a Luis Hernández; y los siguientes, Luis La Hoz y Nicolás Yerovi, reconocidos poetas y dos de los mejores amigos del bardo, quienes lo acompañaron en la aventura y en la desgracia.

Betty Adler, Lucho Hernández y el Volvo en una de las pinturas del artista Jaime Domenack, en su serie sobre Luis Hernández.

 

Jaime Domenack

“Lucho es muy importante para mí”, afirma el artista egresado de la Escuela Nacional Bellas Artes del Perú y profesor de Historia del Arte en Cibertec. Su taller, ubicado en el segundo piso de una casa cercana al paradero Venus de la avenida Brasil, resulta un espacio insospechado. Lucho atraviesa toda la larga habitación que conforma el taller. Lo primero que salta a la vista es un enorme cuadro que ocupaba gran parte de una de las paredes, díptico en el que vemos al centro a Andy Warhol, flanqueado por Betty Adler y Lucho en la posición de la clásica fotografía en la que le da el biberón a su sobrina Techi. El trío está rodeado de imágenes pop de los años ’70, alusivas al famoso Estudio 54; o fotos personales, de Domenack de niño, sus padres de jóvenes, sus dibujos animados de la infancia, entre otros. En la otra pared, al fondo, Betty y Lucho manejaban el Volvo felices, con un fondo cromático perfecto. Una fotografía del vate enmarcada, pequeña, junto a otra de sus padres, como si se tratase de un tío suyo, o del abuelo de joven. Se siente en los cuadros de Domenack sobre Lucho un deseo de tornarlo más familiar, de hacerlo suyo.

“Descubrí a Luchito tiempo atrás. Recuerdo haber leído el poema que reza Habiendo robado / Lluvia de tu jardín / Y tocado tu cuerpo / Me duermo / No se culpe a nadie / De mi sueño, sin embargo, en el colegio no nos enseñaron nada de él, eso fue posterior. En realidad lo que me cautivó más fue el artículo de Beto Ortiz en el Somos del ’96, Frazadita, si bien me gustaba antes, allí empezó a fascinarme. Algo sucedió durante esa lectura. Su vida, las fotos que acompañaban el texto –aquella donde está cargando a Techi-, sentí a Lucho muy familiar, muy próximo a mí. Parecía un tío, un compadre, un primo. Alguien con quien podría conversar. Además, por ese entonces, yo estaba investigando los años ’70 en el Perú y de pronto me topo con Lucho y pienso ‘qué perfecto personaje, y todavía en mi país, en mi localidad, en mi Lima’. Esa noche ni siquiera terminé de leer el Somos, leí la crónica de Beto muchas veces y concluí que tenía que conocer a Betty Adler a como dé lugar e investigar más de Luis Hernández. Así comenzó todo”, afirma el pintor.

El artista plástico Jaime Domenack en la presentación de los tres poemarios de Luis Hernández, en La Noche de Barranco (Créditos: Perfil de Facebook de Jaime Domenack).

Ciertamente, la forma en la que emprendió su travesía por saber más de Lucho y llegar a Betty resulta muy curiosa. Lo primero que hizo fue buscar a la chica legendaria en la guía telefónica. Beatriz, Betty, no hallaba nada. Entonces decidió ir a la misma fuente, Beto Ortiz. La gente de Somos le dijo que Beto era un colaborador y no sabían cómo ubicarlo. Sin embargo, la recepcionista que lo atendió le hizo una pequeña corrección: Domenack había preguntado por Alberto Ortiz, mas el nombre del periodista era Humberto. “En la guía, hay como mierda de Alberto Ortiz, pero Humberto, ocho, creo”. Beto lo sintió realmente interesado y aceptó un encuentro. La cita se dio en un pequeño bar en Miraflores, en el que hablaron largo tiempo de su afición compartida por Lucho. Él le prestó su propia documentación sobre el poeta, mas una copia de la tesis de Yerovi. Domenack quedó encantado con el material, el cual fotocopió y consumió vorazmente. No obstante, Beto le confesó que había perdido la dirección de Betty hace mucho tiempo. Aquello lo frustraba. Una noche, un amigo suyo lo invitó a una fiesta en el departamento de Óscar Ugarteche, donde vería a muchos personajes del teatro y televisión. Una gran juerga. Cuando bajó con otros invitados a comprar cigarros, sintió que alguien le golpeaba el hombro. Azorado, volteó en el acto y vio a uno de ellos que le gritaba ‘¡Jaime, mira esto!’: en el directorio del edificio, el artista plástico pudo leer ‘#301 Betty Adler’. No podía creerlo. Era el destino. “No toqué el timbre pero palpé la puerta con suavidad, reflexivo, poéticamente, quizás. Volví a los pocos días y le dejé una carta debajo de su puerta, explicándole todo y mostrándole una fotografía de un cuadro mío: una portada de un álbum de Abba, donde en lugar de los músicos, interpreté a mis padres junto a ella y Lucho Hernández”. Betty Adler le respondería esa misma semana. Estaba impresionada por el cuadro. Domenack recibió una invitación a su casa. Cuando arribó, la chica que trabajaba allí le informó que Betty no podía atenderlo y que en su lugar le dejaba un vino y un álbum de fotos para que revise. Tan extrañado como complacido, no vaciló en aceptar. Su segunda visita fue finalmente recibida por la mítica pareja del poeta. Conversaron durante horas. Esa noche iniciaron una amistad que continúa hasta ahora. Solían reunirse para hablar de Lucho. “A veces nos íbamos a su cuarto a abrir los sobres, pues tenía muchos con cartas y fotos de Luis, y su empleada se preocupaba, veía con malos ojos que un chico joven se meta a su cuarto, pero todo fue amistad y un descubrimiento para mí de quien fue el amor de su vida”. Gracias a Betty, Domenack obtuvo más material del poeta para hacer cuadros, antes lo hacía todo con fotos del periódico o revistas. Todo sucedió entre el ’96 y el ‘98’.

Gracias a su afición, Domenack obtuvo la calificación más alta en su trabajo final para egresar de la Escuela Nacional de Bellas Artes y expuso en lugares como el Peruano Ruso o el Centro Cultural Ricardo Palma. Cada 18 de diciembre asiste al nicho N° 66 del pabellón San Antoliano en el cementerio El Ángel, donde descansa el poeta, a dejarle flores y declamar algunos versos, junto a otros hernandianos. “Cuando uno no sabe cómo comenzar un cuadro debe indagar en sus motivaciones. Mi mayor interés en ese tiempo era Luis Hernández y decidí plasmarlo en mis cuadros”.

Jaime Domenack se levanta un rato para poner algo de jazz setentero. Una canción de Weather Report invade el taller. El pintor admite que, a diferencia de Chabuca Granda u otros personajes peruanos que ha investigado para su arte, con Lucho buscaba enfocarse en su vida, no la obra. “Sus vivencias; lo vi sacado de un álbum familiar y no pude evitar sentir una proximidad, un cariño. Lucho era un niño grande, estaba siempre con gente menor, con chibolos, como yo cuando me mudé a este barrio, hace muchos años, y me hacía amigo de chibolos de 15 o 16, con quienes conversaba y fumaba. Me gustaba volver a vivir esas épocas. También cuando leí que estuvo internado en Stella Maris y las monjas renegaban porque sus amigos le llevaban marihuana y el humo salía por la ventana del cuarto, me gustaba eso porque en esa época yo estaba en Bellas Artes y nosotros lanzábamos mucho. Todo facilitó la identificación. Además Lucho sabía tantas cosas, era un loco genio, un renacentista. Es como si conocieras a alguien y luego te enteras más cosas de esa persona y dices ‘no puede ser, este huevón es mi alma gemela”. Admiraba, además, su gran talento poético y su sensibilidad social con sus pacientes. Dada su condición de pintor, Domenack se encontró a su vez atraído por la gráfica y la imagen que Luis Hernández proponía tanto en su vida como en sus poemas: La Herradura, el SOS de La Herradura, la calle 6 de Agosto, el Marcantonio de la avenida Arequipa, las esquinas, los cinemas, el asfalto, el helado ‘El Buen Humor’ de D’Onofrio, entre otros.

El artista plástico Jaime Domenack junto a una de las obras de su serie sobre Luis Hernández: Betty y Lucho flanqueando a Andy Warhol y rodeados de distintas imágenes de la cultura pop de la época (Créditos: Diego Olivas Arana, taller de Jaime Domenack, 2012).

Al pensar en la muerte de Lucho, Domenack medita silente. Considera su tratamiento en Buenos Aires como un encierro. Lucho sufrió mucho: no podía lidiar con su pesar y además estaba lejos de su frazadita. “Recuerdo que Betty me contó, como algo privado, que cuando Lucho estaba en García Badaracco, le decía en sus cartas que se sentía como Alex de La Naranja Mecánica, por los exámenes que le hacían, para él fueron torturas y horrores muy fuertes. Eso se lo comenté a Rafael Romero Tassara en un correo electrónico y lo incluyó sin mi permiso en su biografía sobre Lucho, La Armonía de H”. Domenack ha contemplado ambas versiones de la muerte, que han consolidado el mito de Luis Hernández Camarero: una dice que se suicidó lanzándose a las vías del tren y la otra sugiere que lo empujaron, un homicidio por parte de algún militar del gobierno de Videla. “Herman Schwarz y Edgar O’Hara viajaron a Santos Lugares y publicaron hace unos años en Somos un artículo que daba a entender que había sido un asesinato. Sé que muchos amigos y familiares de Luis dan el hecho por suicidio, pero en este caso me inclino más por la idea de que lo empujaron”. Durante la dictadura de Videla, no era extraño que desaparecieran artistas o intelectuales rebeldes. Un poeta foráneo como Hernández Camarero podría haber sido un blanco, mas Domenack no culpa a los militares. “Solo digo que alguien lo mató. Creo que han querido deshacerse de él. Kike Wangeman, su gran amigo, te respondería con poesía: ‘Lucho no se suicidó, se suicidó el tren”. Domenack siente que aquello aún falta develarse, pero él ya recorrió tales senderos. Ya no es su tarea. “Tengo un Lucho dentro y con ese he de quedarme. Todo lo dicho, lo hago de corazón”. Mi primer amor / Fue la música / Mi segundo amor / Fue el amor a la música / Mi tercer amor / Fue humano.

 

Luis La Hoz

“Yo ya no quiero hablar de Luis Hernández. Es más, ya casi odio a Luis Hernández”, subraya el poeta Luis La Hoz con ironía, en su casa en la avenida San Martín, Barranco. Maestro en el arte poético, autor de poemarios reconocidos como Los Adolescentes (1987), Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, 33 Poetas suicidas (1988) o más recientemente Los Poemas de Federico (2003) o Una flor amarilla (2004), entre otras obras, fuma sosegado, en el sofá, con un filtro especial que reduce la nicotina. Mientras zarandea suavemente el cigarro sobre el cenicero, recuerda cómo conoció al ‘Gran Jefe Un Lado Del Cielo’. Corría el año 1965. Luis La Hoz frecuentaba la oscura y apacible casa miraflorina de los hermanos Larco. Estudiaba con Iván. Hernández Camarero ya había publicado sus poemarios. Una noche donde los Larco, La Hoz cayó de visita. La habitación de Iván estaba en un segundo piso, al subir se dio de bruces con un personaje sentado en la escalera, con una lamparilla, el cabello desordenado, fumando y escribiendo. “Es Luis Hernández; no le digas nada porque está escribiendo y anda de mal humor”, le dijo Iván. Al rato entró Luis al cuarto y leyó el poema que andaba escribiendo o reescribiendo. Así, se fueron encontrando en esa casa. Tenían mucho en común, pero Lucho, mayor que ellos y muy tímido, era difícil de tratar. Cuando La Hoz, Nicolás Yerovi, Iván Larco, Carlos Cornejo y otros amigos del colegio La Salle publicaron una revista llamada Collage en el año 67, invitaron a Lucho a publicar un par de poemas. Aquello consolidó su relación.

El poeta Luis La Hoz (Créditos: Web del Festival Internacional de Poesía de Bogotá).

Gracias a Lucho descubrió poemas, libros, autores; pero lo que más aprecia fue la revelación del ritmo y los secretos de la poesía. La influencia que tuvo sobre su obra está más relacionada a las figuras. Referencias como el mar -una pasión que ambos compartían-, el sol o la alegría de las calles y los bares. La Hoz se dio cuenta, con los años, de que su insólito camarada siempre procedía con un propósito, todas sus acciones eran justificadas. Por ejemplo, nunca leyó un poema suyo: los tiraba al suelo, dándolos por vanos, mas siempre llamaba para hacerle leer una plétora de versos de todo tipo y de distintos autores. “Lucho hizo que aprendiera. En el ejercicio de la poesía siempre se trabaja mejor con el basurero al costado”. Existe una influencia en la musicalidad, mas no en el estilo de la misma. La Hoz tiene otra forma de expresarse. Su poesía, prosigue, no llegó a ser como la de Luis Hernández. “Hubo un tiempo en el que dejé de leer a Lucho, así como también a Vallejo, y empecé a leer poesía francesa o italiana -que era la que más me interesaba-, para encontrar mi propia voz”.

La Hoz profesa que la poesía de Lucho era una poesía abierta, y la suya, cerrada. ”Lucho era un tipo con una inteligencia y una cultura fuera de lo normal. Era alguien con quien podías hablar de cualquier cosa, una vez me explicó toda la teoría de la relatividad en una pared de su cuarto. No era un hombre normal. Tampoco era un poeta normal, porque había decidido, a partir de los ’70, dejar de publicar. Perdió la fe en los libros. Tres poemarios y se acabó. Incluso allí tú notas ya algunas estrofas de sus poemas que terminan de pronto y te dejan en el aire: Y entonces la noche, no concluye la idea, pero no hay necesidad, pues esa frase es retóricamente bella. Ya en los ’70 rompe con todo, porque él quería realizar su obra abierta, como él me explicaba y discutíamos. Lucho decía que los poemas no tenían inicio ni fin. Que toda obra debía ser un continuum. En realidad, toda su obra lo es. Desde los ’70, la ológrafa, escrita y armada con colores, donde todo es lúdico y repetitivo”. Lucho tomaba un verso de Keats, le daba la vuelta, lo hacía suyo y después lo repetía de otra manera. “Ejecutaba esa poesía abierta que aún no es reconocida en los estudios literarios y poéticos del Perú. Su obra fue eso. Y su vida fue eso. Completamente coherente. Marco Martos se equivocó al decir que a su obra le faltó. A la obra de Lucho no le faltó nada. En la generación del ’60, él fue otra cosa”.

Betty Adler y Lucho Hernández (Créditos: Herman Schwarz).

Su grave voz continúa invadiendo el espacio, imponente. Nadie, según él, ha observado realmente el tema de la obra de Luis Hernández como un continuum. Incluso la tesis de Yerovi o la biografía de Romero Tassara no hablan de ello. Hablar del hombre y su leyenda es importante. Luis Hernández era un tipo agudo y excéntrico que disfrutaba llamar la atención. “A veces me llamaba por teléfono, yo contestaba y lo visitaba de inmediato porque era un privilegio hablar con él de cualquier tema y lo encontraba subido en su ropero, escribiendo fórmulas químicas o físicas en el techo de su cuarto, escuchando Beethoven y hablando en alemán. No me hablaba. Le preguntaba ‘¿para qué me has llamado?’ y no me contestaba. Así era él”. La Hoz podría discurrir en anécdotas extraordinarias semejantes, pero insiste en la urgencia de un estudio literario de su desaparecido amigo. Su teoría lírica, su visión de la realidad social, su posición religiosa o política. “Al hablar de la coyuntura política, uno no necesita ser explícito para ser crítico. Cuando Luis Hernández dice en el fondo todo el mundo tiembla cuando ve un arma está hablando de un miedo que arrastramos hasta ahora. Cuando dice mi país no es Grecia dice que su país no es ese lugar mitológico y reflexivo, sino aquel lleno de curas y tonsurados… lo dice sin decirlo. No es solamente un verso bonito, tiene una condición política y de conciencia. ‘Mi país es Lima, la eterna ciudad de los burdeles’. Lucho tenía una posición política firme de la cual jamás hablábamos porque casi no hablaba. Era un contestatario urbano”. Para La Hoz, la misión del poeta es la poesía, y bajo esa premisa, Luis Hernández, aquel que dobla solitariamente en las esquinas, nunca regaló sus dibujos a los policías en vano. Nada era gratis. “Él era un rebelde, totalmente antisistema. A nadie le importa, pero de Antonio Cisneros o Rodolfo Hinostroza sí se ha observado eso, porque tienen libros, son explícitos y se reconocen como poetas serios. El mundo académico lo ha visto como un gracioso, un poeta juguetón, sin importancia”.

¿Por qué Lucho no figura del todo en las antologías de los ‘60? Por un lado, en esos tiempos no había tantos críticos y por ende, tampoco muchas antologías. Por otro lado, Luis Hernández se alejó del movimiento voluntariamente. No se reflejaba en la manera de ser de los otros poetas, sus contemporáneos. No asistía ni era invitado a reuniones. “Debemos recordar que por esos años él estaba concibiendo su obra real, la manuscrita, con los dibujos y todo. Se apartaba del canon, definitivamente”. Sin embargo, Luis Hernández sería incluido en antologías posteriores, de los ‘70’s u ‘80’s, cuando ya existía el mito. Tras sus tres primeros poemarios, ¿cómo hace un antólogo con su obra posterior? Vox horrísona está escrita a mano, con colores y formas. Al transcribirla e imprimirla se perderían muchos elementos. “Creo que fue el jetudo de José Miguel Oviedo quien dijo que la poesía de Lucho era una obra que estaba comenzando y carecía de estructura. Una obra ligera. Él no tenía ni idea de lo que estaba hablando”.

. Recopilación de algunos extractos de la entrevista a Luis Hernández llevada a cabo por Álex Zisman, publicada por ‘Correo’ en dos partes, el 7 y el 14 de junio de 1975 (Canal de Youtube de la Casa de la Literatura Peruana).

 

Ciertamente, los relatos sobran. La Hoz evoca aquel de Luis Hernández y Yellow Submarine. “Fue un acto de maldad absurda y pueril, contra el cine y contra todos. La cagamos horrible”. Esa noche, Hernández, La Hoz, Iván Larco y otros amigos asistieron al cineclub Virgen Del Pilar para ver la esperada cinta de The Beatles. Todos quedaron absortos ante el despliegue de imágenes de psicodelia y esplendor. Tan idos como intoxicados. Lucho no podía concebir el encanto, estaba embelesado de pies a cabeza. “De repente, este pendejo se desapareció. Al rato regresa con un bulto en su blazer grandote y nos dice ‘vámonos ahora’. Y nos fuimos”. Extrañados, tomaron un taxi y partieron en el acto. Ya en la calle, Lucho saca del blazer un rollo enorme de 35mm. ‘¡¿Qué has hecho?!’, le gritaron todos. Victorioso, Lucho manifestó que era suyo y ahora ellos podrían proyectarlo. Para proyectar un rollo así, ahora inexistente, se requería gran maquinaría. Esos antiguos rollos solían viajar de cine en cine vía moto. Luis Hernández había detenido la proyección temporalmente. No se vio más que un día. “Fue un escándalo, el robo salió en los periódicos, la radio. Todos teníamos un sentimiento de culpa horrible. Birlamos la cinta y todo lo que siguió fue culpa y miedo, éramos unos chibolos y creíamos que nos podían meter presos o algo así. El rollo nunca apareció. No le preguntamos a Lucho, ni queríamos saber del tema, estábamos avergonzados de nuestra pendejada… Marihuaneros de mierda”, dispara La Hoz, seguido de una estentórea carcajada.

La última vez que vio a Luis Hernández. Luis La Hoz volvió a coger el cigarro con filtro y aspiró en silencio unos segundos, rememorando. “Fue antes de su partida a Buenos Aires. Me dijo ‘nos vemos cuando regrese, en La Herradura’. Luego pasaría lo del recital en el Instituto Nacional de Cultura y ya no lo vi más”. Yerovi, él y el resto de sus amigos ya sabían del internamiento de Lucho. “Nunca estuve de acuerdo. La familia quería que se cure, Betty quería vivir con él, le había conseguido un consultorio, pero Lucho ya no quería nada; su poesía se había acabado. No podía escribir poesía. Lucho vivió su cenit hasta los 35 años. ¿Qué iba a hacer? ¿Ser un pequeño burgués? ¿Médico, trabajar y cobrar? Ese no era su mundo ni su estilo ni su deseo. No era de este mundo. Era un ser caído en esos años, en un país como este y en una ciudad como esta”.

Los tres poemarios de Luis Hernández publicados en vida: ‘Orilla’ (1961), ‘Charlie Melnik’ (1962) y ‘Las Constelaciones’ (1965).

Una tarde del ‘77, Yerovi fue a buscarlo a su trabajo. La Hoz trabajaba para el gobierno de Velasco, en propiedad social. ‘Tengo que hablar contigo’, le dijo. Fueron a La Herradura, donde siempre se reunían con Lucho. Mientras tomaban un trago, Yerovi le contó a su viejo amigo que Lucho se había suicidado. Extrañamente, ese día de invierno salió el sol. “Yo siempre sentí, hasta hace ya un tiempo, que Lucho iba a llegar a mi casa e iba a tocar la puerta. Durante muchos años tuve esa sensación. Creo que se acabó cuando fui a Santos Lugares, donde lo encontraron”. No tuvo el valor de recorrerlo todo, se sentó en la estación San Martín, en una plazuela, silente, mientras su esposa exploraba el lugar. Era invierno y era un sitio muy triste, lúgubre. Al regresar a Lima, La Hoz se sentía distinto, como si hubiera dejado eso atrás. “Pero siempre lo tengo presente. Fue mi gran amigo, carajo. Viví con él en la selva, fue médico de mis hijos. Lo amé mucho, como una vez dije, mi amado y detestable”, sostiene, emotivo.

El poeta recuerda por qué cree que su querido amigo y colega se lanzó a las vías del tren. Cuando concibió la idea del libro de la antología 33 Poetas Suicidas, buscó motivado a Lucho para exponérsela. “Me mandó a rodar. Pero días después me llamó y me dijo ‘ven a mi casa ahorita’. Así de detestable era, en ocasiones”. Al arribar, Luis Hernández le habló de un poeta húngaro llamado Attila József. Durante el viaje europeo de Lucho, una noche errando en Budapest, vio los rieles de un tren y de pronto una piedra en la que decía ‘aquí se mató Attila József’. Tras narrar la experiencia, empezó a dictarle poemas, sugiriéndole que debían aparecer en su antología tal cual los iba recitando. Quizás sea tan solo una anécdota, acaso mera conjetura. Para La Hoz, aquello connotaba la contemplación de un desenlace similar. Hernández Camarero ya no quería saber nada más. Genio y niño a la vez, el mundo no estaba preparado para él. “Lucho era un espíritu libre, de aquellos que acontecen cada cien o doscientos años… Soportar tanta belleza, tanto dolor, tanta soledad”. Como cree La Hoz, quizás Lucho quiso expirar en las vías del tren. “Al final, eso no importa, Luchito cumplió su función. El arte es duradero, la vida es breve, 36 años y chau”, concluye La Hoz. Solo la emoción perdura / Solo la armonía quiebra.

 

Nicolás Yerovi

El departamento del poeta y periodista se encuentra en un edificio antiguo y muy bello de Barranco, plagado de jardines y escaleras. En las paredes de su hogar reinaba una gama variopinta de elementos: fotografías del también humorista y dramaturgo en diversos lugares o en distintas portadas de diarios; portadas de revistas suyas o de la famosa Monos y Monadas, fundada por su abuelo el poeta Leónidas Yerovi, de la cual su nieto fue director; y muchos títulos y diplomas. Una suerte de museo personal.

Yerovi fuma entretenido mientras hace memoria. Se ríe de pronto, súbitas carcajadas que acaso no guardan sentido salvo en sus pensamientos, donde moran las historias con Luis Hernández. También era amigo de los cuatro hermanos Larco: Fedor, el mayor, era más viejo que Lucho, quien era de la promoción de Boris, mas Lucho era una especie de adolescente perpetuo: cuando el mayor terminaba sus estudios, se iba a vivir solo, se comprometía o se casaba, él se desconectaba, quería prolongar su juventud, evitar responsabilidades y horarios. Bajo ese plan, se hacía amigo del hermano que seguía. Así empezó a frecuentar a Iván. “Yo era de la promoción de Luis La Hoz y de Iván Larco, así que nosotros heredamos a Lucho”, sostiene, dejando escapar una breve sonrisa. Los tres poetas se encontraban escuchando música clásica. Eran finales de los ‘60.

El poeta Nicolás Yerovi posando junto a su tesis de doctorado de la PUCP: la compilación y análisis crítico de la obra de su amigo Lucho Hernández (Créditos: Ángela Ponce/Diario Correo).

La obra poética de Yerovi deslumbró en los ‘70, con títulos como Mapa de agua (1971), Crónica de ciego (1973), o Quiero morir soñando (1978). Desde secundaria sabía que sería escritor, mas su verdadero propósito es escribir poemas para, como él afirma, ‘enamorar a las muchachas’. Lo demás era accesorio. Sin embargo, también lo influyó el humor, heredado del padre y del abuelo. Ignoraba cómo asociar el lirismo con gracia, ironía y travesura, hasta leer poemas de Luis Hernández como aquel que reza: Te amo / Raíz cuadrada de -1 / Eres un amor / Irracional. Allí comprendió que podía conjugar en un mismo concepto la emoción de los sentimientos y las pasiones que provoca la vida misma con la agudeza y la travesura del sentido del humor. “En ese sentido, la poesía de Lucho me influyó definitivamente”, confiesa Yerovi.

Una noche, acaso una tarde que se convirtió en noche, cuando Yerovi todavía era un alumno de doctorado, lo visitó Lucho Camarero, primo hermano de Luis Hernández Camarero y compañero suyo del La Salle. Entre conversaciones, terminó comentándole que su primo, quien para ese entonces ya era amigo de Yerovi, se había vuelto completamente loco. Allí Yerovi descubrió que su entrañable amigo había renunciado a publicar bajo los estándares editoriales y se había comprometido quijotescamente en reproducir su obra con plumones y cuadernos escolares y la andaba regalando a todo el mundo. El primo de Lucho le mostró uno de los cuadernos. Yerovi quedó embelesado y le dio la razón, “cómo puede regalar esto, es una belleza… ¿Sabes lo que acabas de hacer? me acabas de dar el tema de mi tesis de doctorado”, le dijo al primo del legendario poeta, a quien busco para proponerle el proyecto: que le entregase una relación de cada persona a la que le había obsequiado un cuaderno. Él recolectaría todos, los transcribía a máquina de escribir y los revisaría con él. Sería una empresa azarosa: habría que estudiar bien cada poema, pues Lucho escribía en alemán, italiano, francés, holandés, inglés, castellano, latín, griego y además, traducía a Juan Ramón Jiménez al alemán, a Byron al italiano, y así, ad infinitum. Muchos versos no eran suyos, pero él los traducía y los colaba en medio de sus propias composiciones. Para una edición crítica de los cuadernos, la colaboración del autor era imprescindible. Para su suerte, tras cavilarlo un poco, Luis Hernández aceptó. La tesis doctoral de Yerovi acabó poseyendo centenares de notas a pies de página. Fueron 28 cuadernos recolectados. Dos años de la vida de Yerovi. Mientras evoca tamaña proeza, se levanta de su sofá y se aproxima a un estante, de donde extrae un enorme y viejo tomo redactado a máquina de escribir. Era el hermoso y ajado manuscrito original de su legendaria tesis: Hacia una edición crítica de “Vox horrísona” (Poesía de Luis Hernández 1961-1976).

Uno de los poemas más recordados de los cuadernos de Luis Hernández.

Al recordar la última vez que vio a Luis Hernández, Yerovi despide un poco de humo al fumar, abstrayendo la mirada en algún punto incierto de su sala. Eran fines del ’76. Betty estaba allí. Se encontraron para beber unos jugos y conversar en Marcantonio, en el centro Comercial Risso. “Lo recuerdo tranquilo, normalmente loco, divertido, por momentos fatuo, buscando ser el centro de la conversación, como siempre. No parecía triste”. Hernández y Yerovi no estuvieron en contacto durante su internamiento en Buenos Aires. Cuando Betty lo llamó para revelarle su muerte, corrió unas cuadras por la avenida San Martín hacia la casa de Luis -La Hoz- y le dijo que necesitaban hablar. Partieron a La Herradura y ahí le contó. “Estábamos tan incrédulos, desarmados, impotentes. Era algo que jamás habíamos previsto”, agrega el humorista.

. Extracto del documental que se realizó en los años ’80 sobre Luis Hernández; y el reportaje que hizo Beto Ortiz en los ’90 (Canal de Youtube de Rokopolis).

 

La tesis de Yerovi descansa gigante sobre la mesa. En sus primeras páginas desfilan fotografías a color de los cuadernos de Lucho pegadas con goma, de las primeras que existían. Sus colores reviven de alguna forma las gastadas hojas del manuscrito, ya tornadas mostaza por los años. Los cromáticos yates / Surcan el mar / El mar azul de Prusia. Yerovi sigue hojeando la tesis y con ellas aquel triste episodio de su pasado. “Lo único que trae congruencia a este lamentable acontecimiento es que Lucho tenía debilidad por los poetas románticos ingleses, Shelley, Keats o Byron; siempre me hizo hincapié en el hecho de que todos habían muerto antes de cumplir 36 años. Lucho hubiera cumplido esa edad el 18 de diciembre… Quizás por eso partió el tres de octubre. Esa coincidencia siempre regresa, me hace pensar. Prácticamente no hubo desde que nos conocimos conversación alguna en la que dejara de mencionar este hecho”. Con la distancia emocional y reflexiva que aportan los años, Yerovi piensa que no se imagina a Luchito envejeciendo. Para él, otro motivo para dar su muerte por suicido es que Luis Hernández fue un eterno adolescente. El orden serio de la vida y sus tramos era algo ajeno a su mundo. Yerovi recuerda entre carcajadas un ejemplo de ello: cuando laboraba como médico, no cobraba por la consulta, lo hacía a cambio de fruta, cigarros o chocolates Sublimes. Nada le importaba. “Lucho vivía dentro de una informalidad absoluta, repitiendo versos y poemas en un cuaderno y el otro, mezclando poemas propios con ajenos y haciéndolo con mucho humor, eso me marcó de por vida. Su forma de entender la existencia era la de un desprendimiento continuo de su poesía y de todo. Era libre”. De algo me hablas / Pero el brillo de tu corazón / Te oculta / Algo me dices / Pero el estruendo / De tu alma / Me impide.

Luis Hernández Camarero, como lo evocan Yerovi, La Hoz o Domenack, fue un genio y un alma inefable, acaso imposible. Henchido de pasión, de alegría y de dolor. Si cantara / Lo que en el corazón / Siento / Sería para mí / La canción / Algo indescifrable. El origen de su muerte quizás no se dilucide nunca, mas su legado poético y la leyenda de su paso por estas tierras permanecerán inmarcesibles en el corazón de todos aquellos que lo descubren. Ars longa, vita brevis.

Quinta edición de ‘Vox horrísona’, por Pesopluma.

 

Links relacionados:

  • Diversos artistas leyendo poemas de Luis Hernández.
  • Luis La Hoz leyendo su poema Buena es tu voz.
  • Digitalización de los cuadernos de Luis Hernández por la PUCP.
  • Nuevos libros de Luis Hernández publicados por la editorial Pesopluma.

 

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Preludio (una presentación desorbitada)

Una colina en la villa pesquera de Bugøynes, Noruega. Foto tomada en marzo del 2014 por Diego Olivas Arana.

Bienvenidos a este experimento nuevo, heterogéneo y de largo aliento: El solaz de las figuras.

“Todo debe tener un comienzo… Y ese comienzo debe estar vinculado a algo anterior”, escribió Mary Wollstonecraft Shelley en 1831, en la introducción de una nueva edición de Frankenstein. Esa primera idea guarda cierto sentido con la aparición de este espacio. ¿De qué se trata este portal web? Si bien sé que evocar mucho el pasado bajo cualquier instancia puede acabar siendo algo nocivo, siempre me he considerado alguien que recuerda. Esto puede traducirse de distintas formas: retornar a algo que te sucedió (tu graduación, la muerte de tu perro), volver a leer o ver ciertas historias o memorias (tu novela o película favorita, la carta que te escribió tu ex de hace diez años), repetir un acto luego de muchos lustros en nombre de su primera y sublime versión (por más trillado que sea: asistir a la reunión con la promoción del colegio, visitar el parque donde compartiste aquel beso que inició todo)… Hay cierta nostalgia detrás, mas también sucede que al repensar o volver a aquello que fue podemos comprender mejor nuestro presente. Adquirir cierta perspectiva.

Y bueno, en realidad estoy divagando sobre la base de una primera línea. En el mismo párrafo, Shelley continuó: “la invención, debe admitirse humildemente, no consiste en crear desde un vacío, sino a través del caos; los materiales deben ser proporcionados: ella puede moldear sustancias oscuras e informes, pero no volverse la sustancia en sí misma”. Ciertamente me he distanciado un poco de la idea a la que conducen sus palabras, pues aquí ella sostiene que la originalidad no existe, creencia que compartoen cierta medida, repetida hasta el día de hoy por monstruos como Heidegger, Octavio Paz, Cortázar, Jim Jarmusch o Godard. Al mismo tiempo, ya hay más de un precedente de espacios como esta web. Pero mi referencia a esta cita va por otro sendero. El eterno retorno puede ir anclado a la creación –en cualquiera de sus facetas–, es decir, las historias surgen de otras novelas y películas y cuentos de la abuela. Sí. Pero las historias también estimulan comentario, discusión, análisis. Con historias no hago referencia solamente a un relato de ficción. Una historia es tanto el Blade Runner de Ridley Scott como la vida del físico soviético Vassili Nesterenko. Es tanto Conversación en la catedral de Vargas Llosa como la no-ficción Muerte en el Pentagonito de Ricardo Uceda. El esencial valor de ejercicio de memoria y documento histórico de los segundos no los desmerece o separa de la categoría de historia (‘relatos reales’, pensando en Javier Cercas). Así, aquel es uno de los caminos de este espacio: el comentar o ensayar ideas surgidas tanto de la ficción como de personas y sucesos reales. De la ficción y la no-ficción. Del consciente y pactado engaño de las historias, y de nuestro devenir en el mundo de hoy.

El solaz de las figuras es un proyecto que vengo pensando por años, de manera intermitente, acaso superficial y desde hace un año como una realidad. Un escape factible. Un espacio digital que servirá como repositorio de textos de género diverso, donde se analicen o discutan diferentes temas a través de reseñas, comentarios o ensayos de libros, películas o series de televisión; o se cuenten historias en crónicas y perfiles, entrevistas o memorias personales. 

Una miscelánea mutante e informe, cual quimera medieval (¿han revisado el Animalario universal del profesor Revillod, con criaturas imposibles como el ‘Cavaguro’ o el ‘Elenedilo’? Lo recomiendo para efectos semejantes) [1]. En otras palabras, es un espacio para escribir sobre muchos de los temas que me interesan y en los que hasta ahora profundizaba en privado (con algunas líneas ocasionales en las redes sociales), ya sea oralmente o por escrito.

Una de las criaturas del ‘Animalario Universal del profesor Revillod’.

Quizás este comienzo sea algo enrevesado, dada la insospechada dificultad de deconstruir el significado de la mera cláusula “les presento mi página web”. Aun así, Horacio proclamaba: “quien empieza ya tiene hecha la mitad. ¡Atrévete a ser sabio y empieza!”, palabras que transmiten cierto coraje frente a esta empresa. Por otro lado, Camus sostenía que “todos los grandes hechos y pensamientos poseen un comienzo ridículo. Las grandes obras a menudo nacen en la esquina de alguna calle o en la puerta giratoria de algún restaurante”. Ello me remite a la primera conversación que tuve sobre este proyecto. Eran las dos o tres de la madrugada de alguna noche del año 2012, si la memoria no me es infiel, y estaba ebrio en la cocina de mi casa, libando y departiendo con un gran amigo ingeniero de sistemas mientras jugaba con mi Nintendo 3DS. Así es, concebí la posibilidad de crear este espacio borracho como una uva y jugando Pokémon. Un comienzo acaso nada promisorio, ni para el mismo Camus. ¿Existe una relación directamente proporcional entre la estupidez o deshonra de ciertos orígenes y la buena fortuna de su cometido? Espero que sí.

Ahora bien, esta primera entrega es también idónea para explicar el nombre del presente espacio. Se trata de un guiño a quien quizás sea mi poeta peruano preferido: un poema de Gran Jefe Un Lado del Cielo, del querido Luis Hernández Camarero, un exponente sui generis de la Generación del 60 que para nuestro fortunio hoy goza de más vida que nunca (recordado incluso en stickers y morrales hipster). El poema –incluido en uno de los cuadernos, de 1970–, llamado coincidentemente Prélude (reparé en este accidental segundo guiño mientras escribía este texto) es uno de mis favoritos:

‘Prélude’ (1970) de Luis Hernández Camarero (Fondo Editorial de la PUCP).

Prélude

Cuando en las horas más raras del Verano 

Pienso en las acequias

A través de los parques la basura

Y la muerte creada por el hombre

Pienso en ti mi refugio de esta tierra

Y al doblar una esquina me contento

Al saber que hay dos mundos bajo el cielo

El donado por ti a mi persona

Y aquél que en un tiempo yo creara

Para juego y solaz de tu figura.

 

Acaso este hermoso poema nada tenga que ver con todo lo dicho, pero desmenuzando y transformando ese último verso, Para juego y solaz de tu figura, es como nació el nombre de El solaz de las figuras. A su vez, el significado cambia: no busco evocar mi entrega y voluntad a un amor (digamos, pues hay mucho más que eso en tan sentida estrofa), sino sugerir este espacio como un recreo. Un recoveco para distraídos, de pronto. Una estancia de ocio para ustedes, lectores, ‘las figuras’. Un par de amigos atribuían esta última palabra a mi afición a los juguetes (action figures). En cierta extraña manera, no descarto la posibilidad de su acierto.

Y ahora que menciono a Hernández, acabo de recordar que otro de sus personajes/alter egos, el pianista dueño de una soledad que “no lo mata ni lo aísla”, una impecable soledad, se llamaba Shelley Álvarez, nombre que fue el apellido de la amiga de Lord Byron con la que arrancamos este texto. Todo se relaciona (o al menos, siempre podremos establecer relaciones, por más inanes que sean)…

Por último, queda hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué hacer esto? Dije al inicio que al rememorar algo personal o regresar a la lectura o visionado de alguna historia, adquirimos cierta perspectiva. Es una de las razones por las que hoy en día devoramos ficción. La literatura y el cine persisten y las buenas historias han hallado otro medio poderoso en la televisión (podríamos hablar de un reencuentro) y el Internet (con Netflix y el auge del streaming). Vivimos enquistados en la ficción. Entonces, por un lado, hago esto porque quiero hablar de las historias que me gustan. La vida diaria está invadida de eventualidades que pueden tanto envolvernos con sus remilgos y arrumacos suavecitos como también azotarnos y zarandear nuestra existencia. En vista de ello, ¿no podemos de vez en cuando, o de cuando en vez, evadir el prurito de vivir y permitirnos olvidarlo todo? Creo que sí. Se trata de una suerte de auto obsequio, un menudo engreimiento. Lo dijo incluso el entrañable Dale Cooper, conversando con el Sheriff Truman en Twin Peaks: Harry, déjame contarte un pequeño secreto: todos los días, una vez al día, date a ti mismo un obsequio. No lo planees, tampoco lo esperes, solo deja que ocurra. Podría ser una camisa nueva, una siesta en la silla de tu oficina o dos tazas de café negro, bueno y caliente. Así … Nada como una gran taza de café negro [2]. Y así es.

Un descanso comprensible, efectivamente, pero un buen café no es la única salida –tampoco un exquisito cherry pie, si seguimos con el ejemplo del querido Cooper–, sino el autoexilio. Esa evasión total que sucede de manera casi intermitente en nuestras vidas. Exonerarse de los pensamientos para adentrarse en otras realidades. Vivimos inconscientemente una doble vida: la propia y la ajena, la de aquel relato o personaje que te motiva, que te obsesiona. Vives para saber su historia mas también para contarla. ¿Por qué anhelamos la ficción, persiguiendo su estela sin buscarla, cual único sendero que surge en el momento repentino? Todos queremos escapar, y aquel viaje solo se da en retazos. Estamos condicionados a vivir de asaltos de ficción: cuentos, novelas, películas, teatro, episodios de series o cómics. Y por qué no, nuestras propias ficciones: novelescos diarios personales, publicaciones glorificadas en Facebook donde somos increíbles, nuestras ideas preconcebidas de tanta gente y tantas realidades, la infinita ola de chismes o anécdotas entre amigos (y enemigos) y un extenso y no pocas veces penoso etcétera.

Siguiendo con esta idea, podemos decir que una secuela necesaria del adentramiento en la ficción es la indefectible comparación de tu experiencia y aquella ilusoria que sigues. 

Peter Parker, un tipo que lidia, además del rol de superhéroe, con situaciones del todo ordinarias y similares a las nuestras, como lo evidencia esta viñeta.

Por ejemplo, es fácil identificarse con Peter Parker/Spider-Man, un personaje de cómic similar a muchos adolescentes y jóvenes adultos, con las mismas inquietudes y deseos: debe estudiar y trabajar, pagar sus rentas, cuidar a su familia e intentar sobrellevar con éxito la relación con su novia. Su historia nos propone alternativas, respuestas, otras perspectivas. A su vez, sirve para menguar nuestra soledad, pues al saberte parecido a aquel personaje, te sentirás acompañado. Sobre la base de todo esto repensamos la ficción de turno con nuestra vida real, fundando conexiones. Es lo fascinante del carácter universal de las historias, y ello me lleva a plantear lo siguiente: la posibilidad de que tal identificación suceda con una experiencia real, ya sea mía o de alguien más.

Con esto último abro el terreno para el ensayo o incluso el relato testimonial. Hilvanar ideas, envolverlas en cierta anécdota personal, interpretar algo que está sucediendo o simplemente perderme en disquisiciones. Todo esto, espero descubran pronto, será parte esencial de este espacio.

En fin, es con esta exagerada bienvenida que los introduzco a El solaz de las figuras. Una exhortación a que de ahora en adelante se den un tiempo para visitar estos breves textos: otros espacios, vecindarios o galaxias, acaso diametralmente opuestos a tu experiencia, mas esencialmente parecidos. Servido.

 

[1] Animalario universal del profesor Revillod, de Miguel Murugarren. Fondo de Cultura Económica, 2003. Un bestiario ficticio encarnado en una combinación de 21 láminas que descubren 4096 especies de animales fantásticos, con la descripción zoológica de la criatura. Una libro-objeto de bella factura e irrefutable locura.

[2] Traducción mía de la cita en inglés de Cooper en Twin Peaks: Harry, I’m gonna let you in on a little secret: every day, once a day, give yourself a present. Don’t plan it, don’t wait for it, just let it happen. Could be a new shirt, a catnap in your office chair or two cups of good, hot, black coffee. Like this… Nothing like a great cup of black coffee.

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