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Las tórridas elecciones del Bicentenario

Verónika Mendoza en campaña en Lima, 7 de abril del 2021 (Créditos: Página de Facebook de Juntos por el Perú).

Son días decisivos para todos los peruanos: este 11 de abril tendremos la oportunidad de elegir al nuevo presidente del Perú en el ducentésimo aniversario de su Independencia, el mentado bicentenario.

El país se encuentra bajo una enorme tensión, atravesando una de las peores crisis por la pandemia del COVID-19 en Latinoamérica: miles de miles de muertos, tragedias familiares, peruanos sin trabajo, sin familias, sin oxígeno, y sumémosle a eso el escándalo bautizado como “Vacunagate” con sus más 400 funcionarios del gobierno —entre ellos el expresidente Martín Vizcarra— vacunados subrepticiamente mientras la gente se moría. Esas vacunas VIP acabaron por mellar los últimos resquicios de moralidad que acaso le quedaban a nuestra clase política. Yéndonos unos meses atrás, nos damos de bruces con el golpe de estado realizado por el presidente del congreso Manuel Merino, que duró menos de una semana en el cargo hasta su inevitable renuncia, y que despertó una protesta nacional que concluyó con el asesinato de dos jóvenes a manos de la brutalidad policial. Y el paro agrario que cobró más vidas y todavía sigue. Y puedo seguir yo también, recapitulando la vorágine que parece estar exenta de principio o fin.  

Ciertamente, son tiempos funestos para recibir tal celebración. El virus ha visibilizado la falla del modelo, la mentira hipócrita de la “Marca Perú”, del “milagro económico” que ha sido caldo de cultivo para la falta de oportunidades, la desigualdad y la corrupción. Bajo estos contextos, ¿quiénes se atreven a competir en estos comicios?

En el primer lugar (pero cayendo) figura Yonhy Lescano, de Acción Popular, un viejo partido que poco a poco ha ido hundiéndose y dividiéndose, y que es el mayor responsable por la inestabilidad en el país con el golpe y las movilizaciones ciudadanas de noviembre. El excongresista Lescano mantiene una lucha solitaria contra su informe partido: ellos se oponen a todas sus promesas (la derecha que proyecta Lescano busca hacerse pasar como izquierda populista en esta campaña, hablando por ejemplo de cambiar la Constitución u ofreciendo más intervencionismo), él ha perdido su apoyo y se ha mostrado hasta el momento incapaz de zanjar relaciones con el golpista Merino, correligionario suyo que debería estar en la cárcel y hoy anda impune luego de desatar el caos nacional. Si entra al gobierno, su propia gente será su oposición, y ese quizá es su mayor problema. Por otro lado, el mismo Lescano es un personaje impresentable: tiene una denuncia por acoso sexual que acabó archivada y que siempre sale a flote en los debates. En sus últimas entrevistas ha insistido que el coronavirus se cura con cañazo y sal, y en uno de los últimos debates pasó a convertirse en un meme al citar a Wikipedia. Pese a su vaga e improvisada performance en estas elecciones —incluyendo ese plan de gobierno que promete demasiado y no dice cómo—  y la muy cuestionable reputación de su partido, Lescano se mantiene primero: es un político conocido, con dos décadas en el congreso y se ha hecho con la mayoría de votos en el sur, en especial en su natal Puno. Pero su improvisación y nadería no le van a servir para siempre: últimamente ha perdido votos y la posibilidad de que no llegue a segunda vuelta empieza a ser más factible.

Los candidatos a la presidencia del Perú (Créditos: ANDINA).

Hernando de Soto, de Avanza País, ha subido en las últimas encuestas. Un laureado economista con trayectoria internacional, reconocido también por haber sido asesor de diversos dictadores como Gadafi o Mubarak o el mismo Fujimori. De Soto siempre ha estado asociado con el fujimorismo: fue asesor del dictador Alberto como su asesor y en las elecciones pasadas era parte del equipo de Keiko, hoy su rival electoral. Fue también cercano al segundo gobierno de Alan García. Mario Vargas Llosa ya había descifrado a De Soto lustros atrás, escribiendo que “parecía un hombre con más ambiciones que principios y de dudosa lealtad” y prácticamente afirmando que él lo inventó y que se arrepiente, como consta en El pez en el agua, su libro de memorias. A pesar del pasado que De Soto representa y que el país debe dejar, él se ofrece como la opción del cambio. Al igual que López Aliaga —otro con antecedentes fujimoristas— se le han detectado no pocas mentiras y contradicciones a lo largo de su campaña, entre las que destaca un discreto viaje a Estados Unidos para vacunarse contra el COVID, que negó y luego admitió: se fue a vacunarse gratis con la salud pública norteamericana y a su retorno anuncia que en un potencial gobierno suyo las vacunas las vendería el sector privado. Esa es la definición de doble moral.

Podría decirse que De Soto no tiene partido: Avanza País es un vientre de alquiler, cambió de ideología con su repentina entrada en 2020. ¿Cómo podrá liderar sin una bancada? Cuando menos, se trata de un caso curioso: un candidato que hasta hace poco decía que no le importaba ganar las elecciones. Cuando un estudio que revisa los planes de gobierno de los candidatos bajo los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas aseveró que los peores planes eran los de Lescano y De Soto, ambos salieron con excusas baratas. El primero dijo que el plan de gobierno entregado por su partido es un “borrador” y De Soto mintió aseverando que aquel —un miserable documento de dos páginas o de diecisiete si buscas un poco más— no es su verdadero plan de gobierno y que el definitivo se ha publicado en el semanario inglés The Economist. Poco después Michael Reid, editor jefe de la revista, se manifestó desmintiendo a De Soto. Una vergüenza internacional tan grande como la del día de ayer, cuando se negaba a responderle al periodista de la CNN en qué ciudad norteamericana recibió su vacuna. Como economista o intelectual quizá tenga cierta reputación, pero como político es un desastre.

Se trata entonces de un nuevo PPK, con ego superlativo, protagonista de memes y videos en TikTok, un octogenario que padece de una fuerte miopía social, que vive en las nubes, a años luz del Perú, desvariando en los debates presidenciales, mintiendo, adjudicándose logros y victorias ajenas o yéndose por las ramas con Uber,  asesorado por el sórdido y extraño Chibolín, triste símbolo de la farándula peruana, siempre detrás suyo para traducir sus delirios a los pobres. De Soto parece ser la opción preferida de la clase alta limeña y del sector privado (después de los traspiés de RLA), un peligro camuflado que hasta el momento se proyecta como el presidente más “vacable”. El congreso se lo comerá en un año o menos. Y se repetirá el ciclo, una vez más.

. Video del Primer Debate Presidencial 2021 (Fuente: canal de YouTube del Diario Gestión).

Siguiendo tenemos a Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, una refundación del partido conservador de derecha Solidaridad Nacional. RLA es un advenedizo, un empresario millonario, dueño de PeruRail (el tren a Machu Picchu) y fanático religioso, un miembro del Opus Dei que hasta hace unos meses era un desconocido en la política peruana. Apodado “Porky” por sus seguidores y llamado fascista o “Bolsonaro peruano” por sus críticos, RLA goza de una desmedida aprobación por un sector de la población, mas se ha construido una infame reputación en tiempo récord: se reveló que le debe al estado 28 millones de soles en impuestos, ha mentido y se ha contradicho innumerables veces, denigrado a otros políticos o al presidente, ha salido ebrio a dar declaraciones públicas, confesado que lleva 40 años de celibato y que disfruta autoflagelarse con cilicio cada vez que piensa en sexo, manifestado su aprecio por curas pedófilos comprobados, denigrado a los enfermos terminales, los homosexuales y a las mujeres, se muestra en contra de la cuarentena, del aborto legal, de la eutanasia y de la educación sexual en las escuelas. Su participación en los debates del Jurado Nacional de Elecciones fue tan pésima como insospechada, propia de un sketch o parodia: balbuceaba las palabras, leía propuestas que definitivamente él no ha escrito y mantenía la cabeza gacha, con miedo de mirar a los moderadores o a los espectadores. Y ello sin contar con las controversiales declaraciones de otros miembros de su partido: gente que afirma que las mujeres son las culpables de ser violadas, que consideran la homosexualidad una enfermedad y que como él, no han perdido la oportunidad de difundir noticias falsas o teorías de conspiración. Todos parecen extraídos de una mala película distópica.

¿Por qué la ultraderecha religiosa tiene tanta acogida en el Perú? Cuesta pensar en alguien que votaría por un personaje tan peligroso. RLA es uno de los candidatos predilectos de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (CONFIEP) y quizá por eso tiene mucha presencia en redes y en la televisión, asistiendo seguido a entrevistas en Willax, el foco de la desinformación televisiva, que lo apoya incondicionalmente. Además, no podemos obviar el considerable número de conservadores peruanos, una notable parte de ellos en Piura, donde RLA ha estudiado y vivido por años. Fuera de estas razones, sigue sonando descabellado votar por este individuo tras enterarte las cosas que dice o hace, es decir, pueden haber ciudadanos religiosos o conservadores y eso no está para nada mal, pero apoyar a este individuo es inadmisible. Diría que la gente no vota por él, sino por lo que representa: RLA es el rechazo al feminismo, a los derechos de la comunidad LGBT, a la legalización del aborto, al enfoque de género, al cuidado del medio ambiente, a la igualdad de condiciones y derechos para los pueblos indígenas y así. RLA es el voto antiprogresista. Y puede volverse el próximo presidente, pero ya anda algo lejos.

Hernando De Soto en CNN negándose a responder en qué parte de Estados Unidos se vacunó (Créditos: captura de pantalla de CNN).

Quien antes andaba última entre los seis primeros y ahora asciende peligrosamente es Keiko Fujimori, un rostro harto familiar: la hija del dictador que arremete por tercera vez para hacerse con la presidencia. Su partido, Fuerza Popular, encarna el mismo populismo de la derecha conservadora que ha caracterizado al fujimorismo. Ella parece más centrada, tiene ya una experiencia en la brega electoral, pero su prontuariado la delata: la prisión por lavado de activos en el caso Odebrecht. Keiko se ha pasado los últimos meses criticando el gobierno transitorio de Francisco Sagasti, manifestándose en contra de la cuarentena, prometiendo “mano dura” contra el crimen y la corrupción —que irónicamente ella representa— y prometiendo salvar al país de la supuesta izquierda radical de su contrincante y antípoda Verónika Mendoza. El fujimorismo arremete otra vez y parece no irse nunca, ¿qué nos pasa?

Después está George Forsyth, un exfutbolista y empresario de 38 años cuyo partido, Victoria Nacional, es en realidad el evangélico Restauración Nacional, con nuevo nombre desde el año pasado. No hay más qué decir de este nulo personaje, es solamente un títere político que parece surtir efecto en el Perú: un joven blanco creyente, emprendedor, deportista y por supuesto, con una denuncia de violencia doméstica de su expareja.

Dibujo de Verónika Mendoza (Créditos: arte de Siwar Qinti Ramos Berrocal en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Peleando por llegar a segunda vuelta también se encuentra Verónika Mendoza, de Juntos por el Perú, el único partido de izquierda con posibilidad en la contienda. Sus propuestas encarnan grandes cambios: la protección de los recursos naturales, nacionalización del gas, una nueva Constitución enfocada en los derechos, que reemplace a la neoliberal de la dictadura de Fujimori, entre otras políticas sociales y ecológicas que aterran a la CONFIEP, que en gran medida controla el país. Es de lejos la candidata más preparada y la que más solidez y consecuencia demuestra en los debates, pero sus propuestas dependen de un diálogo difícil de llevarse a cabo con el escindido congreso que le tocaría en un potencial gobierno. Su discurso no ha convencido del todo a los sectores más populares, que prefieren una izquierda reflejada en Pedro Castillo, un candidato que, si bien está subiendo, se ubica muy atrás en la carrera. No obstante, Mendoza permanece expectante y tiene posibilidades, verla llegar a segunda vuelta sería un saludable panorama en el desenlace de las elecciones.

. Verónika Mendoza en última entrevista con Juliana Oxenford del 7 de abril del 2021 (Créditos: canal de YouTube de ATV Noticias).

Detrás de estos candidatos está un tropel de doce aspirantes a la presidencia que se hallan muy lejanos en la carrera, donde destaca la ya mencionada candidatura Pedro Castillo por Perú Libre (una izquierda más dura y conservadora, criticada por ser el partido de Vladimir Cerrón. Castillo promete desactivar el Tribunal Constitucional, evaluar el retiro del Pacto de San José y está en contra de muchas propuestas progresistas como el enfoque de género o el aborto legal. Su popularidad ha crecido estas semanas), el militar retirado Daniel Urresti por Podemos Perú (polémico e hilarante personaje a quien ya conocemos y de quien no olvidamos sus juicios por asesinato y abuso sexual), el millonario emprendedor César Acuña por Alianza para el Progreso (otro protagonista de memes, corrupto y plagiador contumaz), el expresidente Ollanta Humala por el Partido Nacionalista Peruano (de quien ya se ha dicho todo), Julio Guzmán por el Partido Morado (cuyos lamentables episodios personales se encargaron de sabotear —en conjunto con el gobierno actual de su correligionario Sagasti— la reputación de su sólido partido) , el detestable Rafael Santos por Perú Patria Segura (que acabó revelándose como el triste sicario político de López Aliaga en los últimos debates) o el olvidable Andrés Alcántara por Democracia Directa, entre otros.

Ahora bien, hay un factor determinante en estas elecciones: los sondeos revelan casi un 30% de votantes indecisos. Para el analista político Santiago Pedraglio, la pandemia y las elecciones han generado un escenario fragmentado y de desconfianza donde lo más probable es que mucha gente esté escondiendo su voto. En las postrimerías de los comicios, toca convencer a aquellos que tienen el voto indefinido.

Vivimos esos últimos días donde aquellos que ya afirmaron su voto lo anuncian o reafirman, toman una posición. Eso es muy importante. Lidiar con las elecciones en medio de una crisis económica, sanitaria, política y moral puede ser demasiado. Son días cruciales para los peruanos y es necesario dejar de pensar en derechas o izquierdas o en favoritos o más odiados y encauzar nuestra decisión a aquello que es lo mejor para el país, a quedarnos en lo mismo o apostar por la posibilidad del cambio.

Creo que debemos pensar en los últimos gobiernos, en las dificultades que sufre nuestro país y así generar un consenso. Necesitamos un cambio de raíz, un reinicio para la fatídica situación del Perú, un país donde la corrupción se ha convertido en un problema endémico y donde el año pasado tuvimos tres presidentes en una semana. Pensémoslo.

Todos los demás candidatos son lo mismo en diferentes escalas (o acaso algo peor), una sucesión de oportunistas, improvisados y cepas del fujimorismo (Keiko, De Soto, López Aliaga y en gran parte Forsyth). Votar por ellos es perpetuar este ciclo de gobiernos con los que ya llevamos poco más de 30 años y que han conducido al Perú a la crisis actual frente a la pandemia, a tanta desorganización, desempleo y muerte. Pensemos en los posibles escenarios de segunda vuelta, donde convergen el populismo vacío, el continuismo fujimorista o a la ultraderecha religiosa: son opciones de espanto.

Keiko, De Soto y López Aliaga: las tres cepas del fujimorismo (Créditos: distintas fotos de archivo, collage realizado por mí).

Por ello, me queda claro que en el contexto actual, esa opción solo es viable con Verónika Mendoza y Juntos por el Perú. No hay que ser su fan acérrimo ni militante de izquierda para aceptar que es la única moral, ética y legalmente limpia: sin ningún proceso judicial ni dinero en paraísos fiscales ni amiga de delincuentes con corbata ni socia oculta del fujimorismo ni fanática religiosa ni promoviendo mensajes de odio por la prensa y las redes sociales. Tampoco admitir que es la más preparada y la más seria y tiene un equipo y plan de gobierno enfocado en las necesidades del país, a corto y largo plazo: mejorar la calidad de vida de los peruanos a través de la igualdad de derechos y oportunidades (que tanta falta nos hace), donde destacan el apoyo a las mujeres y a la comunidad LGBT o el innovador ejemplo del internet como derecho, para que los niños más pobres dejen de perder su educación por la pandemia; la reactivación económica con créditos a las micro y pequeñas empresas así como trabajos temporales para gran parte de la población; y la lucha contra la pandemia, asegurando la vacunación gratuita y organizada pero abriendo la posibilidad a que posteriormente pueda también distribuirla el sector privado y tomando el control temporal de la producción y distribución del oxígeno medicinal. En gran medida, pienso que el plan de Juntos por el Perú sí busca devolvernos la dignidad a todos los peruanos, salvar vidas y hacer que el país avance de forma justa para todos, sin amiguismos ni privilegios de aquellos en el poder. Perfecto o no, es el único programa que trae un verdadero proyecto de país para el Perú, enfocado en la igualdad, la educación, la salud y la ciencia.

Existen un par de ataques sistemáticos que Mendoza ha tenido que enfrentar y que encuentro pertinente mencionar. Una es el llamado “terruqueo”, neologismo que estos años se ha empleado para definir a la sucia jugada política de aprovecharse del miedo al terrorismo, llamándola terruca/comunista/roja/marxista-leninista/chavista/camarada de Abimael Guzmán/amiga de Nicolás Maduro, entre otros epítetos. El otro es la profecía de que su gobierno va a “venezonalizar” al Perú y lo llevará la ruina. Nada más distanciado de la realidad. La izquierda de Juntos por el Perú es más cercana al socialismo democrático que a una izquierda extrema. Además, basta mirarnos al espejo para saber que esa ruina ya la han traído el neoliberalismo caníbal que reina en el país por décadas y que esta pandemia ha evidenciado (Perú es uno de los países de la región con los más bajos niveles de educación y uno de los que menos invierte en salud). Al fin y al cabo, para Mendoza ambas acusaciones ya han devenido en absurdos clichés, paparruchas o dislates que ya no aminoran su crecimiento.

Con su clara subida en las últimas encuestas, Mendoza se ha confirmado como un peligro para el status quo y de inmediato ha despertado una agresiva campaña contra ella: columnas de opinión provocadoras y maledicentes, editoriales hostiles, nuevos terruqueos y violentas entrevistas donde es interrumpida con los refritos de siempre. Estos días previos al domingo electoral son muy intensos para todos los candidatos aunque más para Mendoza, a quien siempre le han hecho entrevistas difíciles, nunca complacientes como a la mayoría, pero que jamás se ha victimizado y ha sabido salir airosa de todas con habilidad, consecuencia y recientemente con cierto carisma (a diferencia del irreflexivo RLA, que suele victimizarse alegando que se trata de él contra el mundo, inventando una narrativa orate en la que figura como el héroe que salvará al país de la mafia de Odebrecht y la “prensa mermelera”). En fin, puedo equivocarme sobre Verónika Mendoza, pero hemos arribado a la situación actual con décadas enteras de la derecha peruana. Su propuesta es la única nueva. Todas las demás, entre aquellas cinco o seis que lideran las encuestas, son conocidas y peligrosas. Esto es innegable.

Verónika Mendoza (Créditos: arte de Alcides Catacora en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Es cierto que la idea de un gobierno de izquierda no es bienvenida para la mayoría del Perú. Tememos lo desconocido, pero si ya hemos sido tan golpeados, ¿no es momento de abrazar lo diferente, de dejar de pensar en “el mal menor” y empezar a albergar, por primera vez en años, la esperanza de una opción realmente buena? No tengamos miedo. Este es el voto valiente.

¿Cuál va a ser el desenlace este 11 de abril? ¿Acaso no sería histórico y emocionante recibir los doscientos años de la proclamación de Independencia con una mujer, una cusqueña joven de izquierda progresista, como la primera presidenta del Perú? Si bien hay posibilidades, con tan fragmentadas elecciones, el panorama es incierto. De algo no cabe duda: toca estar vigilantes.

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“En el Perú, la gente ya no es feliz”

ENTREVISTAS y PERFILES, Historia, Periodismo, Política, Semblanzas, Terrorismo - Diego Olivas Arana - 20 Enero, 2021

Carlos Tapia García (Foto: Archivo Grupo El Comercio).

Hoy nos hemos enterado del fallecimiento de Carlos Tapia García (1941-2021), ingeniero agrónomo, docente universitario, analista político, miembro de la CVR, exdiputado y reconocido militante de la izquierda. En vista de ello, comparto esta conversación que tuve con él hace una década. La siguiente es una versión editada de una entrevista realizada el 1 de octubre del 2011, durante mi primer año de estudios de periodismo en la universidad Católica (PUCP). En esos tiempos, Tapia era todavía asesor de Salomón Lerner Ghitis en la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM). Se le nota agudo y divertido, mas lúcido y certero, como siempre. Que en paz descanse. 

Muchos lo llaman loco por personalidad intensa y dada a la confrontación. No son pocos los que, falsamente, han aprovechado su experiencia de vida y conocimientos para asociarlo con el terrorismo. Los hay quienes lo contemplan como una persona íntegra y uno de los últimos baluartes de la izquierda en el Perú. Otros, simplemente, no pueden evitar recordar sus polémicas declaraciones. Lo cierto es que Carlos Tapia es un personaje singular. Estudió Ingeniería Agrónoma en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, donde luego retornaría como docente, mas fue su carrera política, iniciada al unirse al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) a los 22 años, la que lo hizo más conocido. Ha participado en seminarios y conferencias sobre terrorismo en diversos países de Latinoamérica y Europa; fue miembro de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) donde trabajó duro para investigar y dar a conocer lo sucedido durante el conflicto armado; ex ideólogo del Partido Nacionalista Peruano y en las últimas elecciones, asesor de Ollanta Humala en Gana Perú. Actualmente es asesor de la PCM y afirma que la vida ya no hace feliz a los peruanos, pues existe una desigualdad que nos condena y es apoyada por los medios.

— ¿Tú has venido a arreglar el wifi, no? — Me preguntó, en el acto, apenas le extendí la mano. Nunca supe si me estaba jodiendo o si realmente pensaba que llegaba a reparar su conexión de Internet. Vestía un buzo, como si lo hubiese cogido justo antes de salir a trotar al parque. Carola, su esposa, estaba allí cerca y me aproximé a saludarla. Se veían muy bien juntos, muy hogareños en esa atmósfera cálida y apacible de su casa en San Felipe.

— Sabe, lo vi ayer por la tarde en la universidad, en la conferencia con Santiago Pedraglio y Salomón Lerner. — Le comenté mientras me sentaba, buscando un inicio amigable.

— ¿Estuviste? ¿Qué tal? — Quiso saber. Lamentablemente, tuve que confesarle que no me habían dejado entrar y lo había escuchado desde afuera, pues había llegado tarde.

— Con esa barba pues, quién te va a dejar entrar.

Y así seguimos. Tras hablar sobre la universidad e intercambiar algunos chascarrillos —miento, todos eran suyos, yo solo me reía—, arrancamos.

 

Violencia Política

Empezamos desde la raíz. Considerado un ducho en lo relacionado a la guerra interna en el Perú, en especial a Sendero Luminoso, quise saber de su pasado en la Universidad de Huamanga. ¿Cómo conoció al Abimael Guzmán? ¿Qué tan cercanos eran? Se frotó el mentón y respondió, casi en el acto que esa era su casa de estudios y estaba orgulloso de ella, y prosiguió:

“Conocí a Guzmán en la universidad. Era profesor en la facultad de educación. Llevaba a su cargo un curso llamado ‘Historia de las ideas políticas’. Yo era jefe de práctica de matemáticas y a la vez, alumno de ingeniería rural. Nunca fuimos realmente amigos. Él era mayor que yo, y no te olvides, yo militaba en la izquierda y él era conocido por ser del Partido Comunista. Nunca pensé hacerme comunista, jamás tuve esa predisposición a aceptar las cosas que él difundía. Además, yo era católico e incluso cadete de la Escuela Naval del Perú. Él criticaba a los guerrilleros: al Che Guevara lo llamaba ‘tipejo’, era obvio que no teníamos puntos en común, al contrario, había polémicas, discusiones, entre los que eran de Sendero Luminoso y los que éramos de la izquierda, llamémosle ‘nueva’, no comunista. Es sabido que, por ese entonces esas eran las polémicas en las universidades: entre los senderistas y los que estaban con el MIR, con Vanguardia Revolucionaria y que después formamos Izquierda Unida y participamos en las elecciones. Ellos consideraban que éramos unos electoreros, traidores, cosas por el estilo”.

Su experiencia como “senderólogo” es harto conocida. Si pensamos en los numerosos estudios en torno la organización terrorista como LA AUTODEFENSA ARMADA DEL CAMPESINADO (1995) o LAS FUERZAS ARMADAS Y SENDERO LUMINOSO: DOS ESTRATEGIAS Y UN FINAL (1997), entre otros, o su rol dentro de la CVR, vemos sin duda que el tema no es algo que ha vivido en carne propia, sino que también le apasiona. Me contó que en el año 1980 fue candidato a una diputación por Ayacucho, por la Unión de Vanguardia Revolucionaria (UDVP). En ese año empezó a estudiar al Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso:

“Sendero empezó a matar a todos, te darás cuenta de que en ese momento era obvio para mí que tenía que salir de Lima disparado, si no me mataban. Cuando regresé, me di cuenta que acá la izquierda no tenía claro que era Sendero Luminoso. Consideraban que el camino hacia la lucha armada era el indicado, mucha gente de izquierda estaba confundida y por lo tanto decidí especializarme. Estuve de Diputado de la Nación y Miembro de la Comisión de Defensa y Orden Interno y empecé a dar conferencias sobre el terrorismo. Publiqué en La República 212 columnas sobre Sendero. Era consultor de las empresas, pues todas querían invertir en esas zonas y querían ver qué pasaba con la violencia… Creía en una posición militante en la que se podía luchar por la paz. Después fui miembro de la CVR y allí me tocó coordinar con otros miembros todo lo concerniente a Sendero Luminoso. Para ese entonces, ya conocía bastante”.

Dicho esto, es importante recordar que en la vida de Carlos Tapia la violencia política no se redujo solamente a debatir ideas. El 29 de diciembre de 1993, Sendero Luminoso dinamitó su casa en Lima. Él no estaba presente.

“Tuve suerte. Han muerto muchos amigos míos por Sendero Luminoso… Y también muchos otros asesinados por los malos elementos de las Fuerzas Armadas”.

 

Violencia urbana

Estábamos solos en su sala. A pesar de haber mencionado su premura y el poco tiempo que tendríamos para conversar, Carlos parecía sosegado, incluso amigable, pero cuando me disponía a cambiar de tema para hablar sobre la violencia en la ciudad, pareció emocionarse. No vaciló, y al escuchar la palabra feminicidio se lanzó. Para él todo gira en torno a la igualdad:

“Esta problemática es más recurrente en el campo que en la ciudad. Piensa en esto, si un día cualquiera, un hombre asesina a su esposa porque le engaña con otro campesino, ¿qué sucede? Nada, nadie se entera. Lamentablemente, muchos no tienen a quien recurrir. Algunos ni siquiera tienen DNI, no están registrados… Y esto responde en gran parte a que nuestra sociedad no ha dejado de ser machista y patriarcal, donde la que la mujer todavía es un objeto subordinado al poder del varón”.

Tapia lo contempla como una consecuencia lógica en países como el Perú, en los que, como afirma, cuanto más atrasada sea la sociedad, más natural será la violencia doméstica en todas sus facetas:

“Es una parte oscura que la sociedad no quiere reconocer, que tiene que ver con la búsqueda de la libertad, de una sociedad libre, una en la que los hombres no tengan esos miedos, traumas y secuelas en la formación de su personalidad que los llevan a hacerle daño a las mujeres. Esto es algo que nunca se ha conseguido. Aquí el hombre vive ocultando sus temores, creyendo que siempre tendrá el dominio de la situación, que puede hacer lo que le plazca. Eso es parte del atraso. Solo se podrá superar cuando nuestra sociedad sea más libre a través de la equidad”.

Tapia continuó discurriendo sobre la desigualdad actual en nuestra sociedad. ¿Qué podría hacerse para fomentar ese pensamiento de libertad e igualdad?, le pregunto. Su respuesta fue de lo más insospechada:

“Hay que meter presos a todos los violentistas. Si le pegan a tu mamá, ¿por qué no pedir que metan preso al que lo hizo?”

Entonces, ¿para erradicar la violencia tenemos que meter presos a todos los victimarios?

“Pero por supuesto. No me cabe la menor duda. ¿Te agrada el escenario en el que una pobre mujer se acerca a la comisaría con el rostro golpeado, el ojo morado y el policía le diga “algo habrás hecho para que tu esposo te deje así”…? ¿No, verdad?”

No le digo que está equivocado, ¿pero acaso es la única solución?

“Jamás. Nunca hay una sola solución, pero debemos comenzar por algún lugar, y aquel es un buen punto de partida”.

 

Violencia y los medios

Continuamos hablando de la ciudad, mas esta vez tornándonos más coyunturales. La desgraciada muerte del aliancista Walter Oyarce y la galería de personajes inculpados siguen invadiendo la prensa. La desaparición de este joven de 24 años todavía es fruto de miedos e indignaciones. Tapia está más que enterado del asunto, y aprovechó la oportunidad para invitarme a una marcha encabezada por el presidente Humala este 15 de octubre:

“Ese día habrá una marcha de la sociedad peruana, de rechazo a la violencia social. Estos problemas suelen responder a diversos complejos y problemas tanto sociales como individuales. Cuando sucede algo tan terrible como lo que le ocurrió a este chico, se debe actuar, haciendo que la sociedad civil se levante. Todo lo que pueda hacer un ministerio o el gobierno en sí mismo nunca será suficiente. Si no hay participación y no se genera una consciencia colectiva y nueva de rechazo de estos actos condenables, las cosas jamás saldrán bien”.

Su entusiasmo no mermó. Al contrario, se mostraba más serio y decidido.

“Hay algo que todos deben entender. ¿Tú sabes el nombre del chico, del aliancista asesinado, verdad? De acuerdo, y dime ¿por casualidad no sabrás también el nombre del chico del Sport Boys que murió apuñalado por los barristas? La gente no lo sabe porque la prensa no se interesó en él… ¿Y por qué crees que sí se preocupó por un joven fan de Alianza Lima que se ha caído del palco y no lo hizo cuando acuchillaron a este joven humilde de barrio, de los barracones del Callao? Porque era alguien en un palco, en su lugarcito en la tribuna norte. ¿Se desató algún escándalo por el chico apuñalado? ¿Se hizo una marcha? No. Esto sucede porque los hechos son recogidos por el periodismo de acuerdo a sus intereses. Debemos reflexionar sobre esto”.

Luego trasladó esa desigualdad que nos marca a otros contextos, ajenos al fútbol:

“Mira, desde febrero a julio de 1992, Sendero Luminoso puso 17 coches bomba alrededor de Lima. Uno fue el de Tarata. ¿Qué hay de los otros 16? Los de Tarata fueron víctimas inocentes, pero carajo, ¿y los muertos de Puentepiedra? ¿El coche bomba de la comisaría? ¿Y los del coche bomba en Villa El Salvador? No valen lo mismo. La prensa levantó todo ese polvo con el incidente de Tarata porque sucedió en Miraflores. No puede ser que en un país nos fijemos en la violencia solo cuando hay muertos de la clase alta. Otro ejemplo: tras la matanza de los ocho periodistas en Uchuraccay en 1983, todos los 26 de enero, fecha en la que sucedió la masacre, hay una marcha de los deudos por la comunidad. Yo los acompañaba, pues me parecía una responsabilidad compartida e importante. Pero con el tiempo, la comunidad empezó a recibir a los periodistas y a los familiares de los fenecidos de una manera no muy respetuosa. Finalmente, un año en el que los acompañé hubo una feria en la que vendían chicharrones, bebida, de todo. Indignado, busqué al presidente de la comunidad y le pregunté por qué dejaba que eso suceda. Él me llevó a una esquina y me dijo: ‘lo que pasa es que usted viene porque sabe que esos son sus muertos. Pero en nuestra comunidad tenemos 135 muertos, nadie viene por ellos, nadie sabe quiénes son’… ¿Ves a lo que me refiero?”.

Según Carlos, todo atañe a una desigualdad que nos retiene y es intensificada por el mal periodismo, aquel del sensacionalismo, de la desinformación, falto de toda ética. En el Perú, sostiene, existe esta desigualdad que no solamente se expresa en los niveles de vida, sino en cómo está construida la sociedad:

“Esto demuestra que los medios cumplen una función deformada de su profesión, porque están sujetos al rating y a la condición económica de la empresa. Se debe construir otro periodismo reflexionando en torno a este problema”.

Y acabamos volviendo al fútbol. Como hincha del Sport Boys, le pregunto, ¿qué nos puede decir sobre las barras bravas y el caso Oyarce?

“No voy mucho al estadio, pero creo que este es un problema que tiene que interiorizarse para resolverse. Las barras bravas son una expresión de la ira contenida y de la frustración de la vida de los jóvenes, ellos no están contentos, por ello beben o se drogan. Verás, hay que entender que en el Perú, la gente ya no es feliz, la vida ya no hace feliz a las personas. Se sienten frustradas y esto es parte de un sistema que nos lleva a competir permanentemente. Este sistema dice ‘todo vale si te hace feliz, no importa lo que pase con el resto, lucha, no seas cojudo. Entonces, yo le meto marihuana, PBC, entre otras cosas. No tienen límites y eso es producto de una enfermedad muy profunda no solo de nuestra sociedad, sino del mundo. Recuerda lo que está pasando en España o en Grecia. La desigualdad es muy grande. Es por ello que, para sosegar ese comportamiento, reducir esos actos, debemos luchar por una sociedad que goce de igualdad y eso sucederá principalmente cuando los medios de comunicación estén al servicio del cambio y no propendan a seguir manteniendo esa diferencia”.

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Modelo de impunidad

ABSTRACCIONES, Pensamientos, Política - Diego Olivas Arana - 30 Abril, 2019

Alan García Pérez, 2018 (Fuente: Guadalupe Pardo/Reuters).

Divagaciones sobre el suicidio del expresidente y delincuente Alan García Pérez

 

Alan García Pérez ha muerto. No es algo para celebrar, no le deseo la muerte a nadie, mas tampoco me invade una tristeza profunda. Se ha ido impune. Hay que respetar la decisión de un individuo de quitarse la vida, no juzgarlo. Pero de nuevo, se ha ido impune. Debió afrontar la justicia y envejecer tras las rejas. No podemos olvidarlo. Qué impotencia.

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García falleció a las 10:05 de la mañana del 17 de abril, en el hospital Casimiro Ulloa. Ultimó su existencia con un disparo en la sien unas horas antes, cuando la policía arribó a su casa para llevar a cabo la detención preliminar, allanamiento y registro domiciliario dictaminado por José Domingo Pérez y Henry Amenábar, los fiscales que lideran la investigación especial del caso Lava Jato en Perú. Sí, el enorme caso de corrupción sobre la indecible red de sobornos protagonizado por la constructora brasileña Odebrecht, cuyo veneno se ha expandido por casi toda Latinoamérica. García anduvo escapando de manifestarse ante la ley por este incidente desde el 2017, cuando se reveló oficialmente su nombre entre los exmandatarios que recibieron los millonarios sobornos. La mañana del miércoles 17 se aproximó como un rayo de esperanza, una prueba de que todavía puede darse la justicia en nuestro país a través del esfuerzo descomunal de estas pesquisas. Uno de nuestros expresidentes más repudiados en la actualidad por fin respondería a la justicia. Pero no fue así. Aconteció un súbito suceso que conmocionó al país -en distintos niveles-, pero que al parecer él había premeditado. García cogió su Colt 38 y se despojó del planeta con un proyectil en los sesos. Como he leído en distintos lugares, nos ha robado hasta las ganas de verlo en la cárcel

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Las primeras impresiones son curiosas. Me enteré del suceso mientras trabajaba, y de inmediato regresé a una sensación similar: el momento en que supe de la renuncia a la presidencia de Pedro Pablo Kuczynski, un año antes. Vivo en la otra parte del mundo y, si bien estoy -o trato de estar- al tanto de los acontecimientos más importantes en Perú, recepto algunos con cierta dilación. Estos no. A los pocos minutos de la dimisión de PPK recibí un mail de uno de mis mejores amigos donde solamente decía: “Se fue Kuczynski.” Entré en el acto a Google y la noticia ya estaba en todas partes. Ahora sucedió lo mismo: recibí cinco variaciones del enunciado “Alan García se disparó” vía WhatsApp. Mi familia y amigos me habían escrito minutos después de estallada la noticia. Eran alrededor de las 5 de la tarde donde vivo, seguía en el trabajo y estaba desconcertado. El primero de los mensajes, de otro de mis mejores amigos, incluía un screenshot del noticiero donde se leía que García estaba en el Casimiro Ulloa. “Tiene que ser una joda” -pensé al inicio- “una tomadura de pelo”. No hace mucho, Internet y los medios de comunicación viralizaron las falsas muertes de personajes como Sylvester Stallone o Axl Rose. Incluso el encantador de perros César Millán expiró temporalmente por un paro cardíaco, un par de años atrás. García parecía un blanco factible para estos asesinatos virtuales. Pronto vería noticias sobre su muerte que en unas horas se desmentirían. Eso empezaba a creer.

AGP en su primer mandato (Fuente: GettyImages).

Al rato reparé en el hospital y lo nostálgico que me resulta, pues queda a unas cuadras de una casa donde viví con mi familia por 14 años, porque antes de esa casa vivía al frente de ese hospital y porque ahora mi familia vive todavía no tan lejos del mismo, y sigue formando parte de su paisaje urbano diario. “García se ha querido matar y ahora lo están operando cerca de mi casa”, pensaba. Por último, me pregunté por papá. Tras los dos gobiernos de García (1985-1990 y 2006-2011), mi padre, quien en su juventud fue un seguidor de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y asistía a las legendarias reuniones de Víctor Raúl Haya de la Torre, pasó a volverse un descorazonado del partido, caído en desgracia con el liderazgo de García y su séquito. Estaba seguro que en casa esto iba a ser el único tema de conversación. Al rato, recibí un correo electrónico del mismo amigo que un año antes me anunció la salida de PPK, con una verdad directa y filuda que para ese momento ya conocía: “Acaba de morir el cobarde de Alan García Pérez. La muerte no le sienta bien”. Perú, Odebrecht, PPK, Alan, ¿suicidio? Sonaba más loco que los mejores momentos de House of Cards. ¿Cómo reaccionar?

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Lo que siguió -y continúa- a la confirmación de su muerte es tan penoso como interesante. Las redes sociales, una tribuna fuerte, difusa y con creciente relevancia, se invadieron de dos posturas: aquella que reclamaba respeto por el suicidio, por ese expresidente que ha dejado existir por cuenta propia; y aquella otra que celebraba la muerte del mafioso y se regocijaba en insultarlo y atacar a los que se oponen. Las noticias aunadas con este tropel de publicaciones y comentarios de Facebook me dejaron más contrariado. Como la mayoría del Perú, he deseado que García caiga por todos sus crímenes. Hablo de un político corrupto y megalómano que se las arregló para esquivar cualquier enfrentamiento, quien nunca se presentó ante la ley, arreglándoselas para escapar airoso en todas las oportunidades. Una suerte de genio del mal cuyo estratégico proceder nos condujo a contemplar su caída como algo ilusorio. Si pensabas que García terminará en la cárcel es porque eres un ingenuo. Cayó Keiko, PPK, caerá Toledo -una cuestión de tiempo- pero García no. El pueblo lo rechaza pero también le atribuye una inteligencia incomparable. No obstante, ese 17 de abril esta incredulidad o desánimo general se esfumó de la forma más insospechada. Alan García se mató y quedó sin castigo justo cuando se iniciaba el proceso que lo haría responsable de sus delitos.

Así, nos aplaca una sensación de impunidad tremenda: queríamos que pague y se desapareció de la faz de la tierra. Muchos proyectábamos una amanecida brutal entre cervezas para el día en que García sea juzgado. Cuando PPK absolvió a Fujimori salimos a las calles, pero cuando renunció nos tocó festejar. Ya lejos, salí apremiado del trabajo y compré una cerveza en el supermercado. La bebí solo y feliz, a miles de leguas de distancia. Recrear ahora aquello sería extraño. Queríamos justicia mas no buscábamos matarlo. Un gran amigo me dijo con frustración: “es como si estuvieras ganando un partido y al último minuto te lo empatan… Un empate con sabor a derrota”. Como mencionaba al inicio, no puedo alegrarme por un suicidio. Cualquier muerte implica respeto y seriedad por aquel que ha fenecido, mas también por su familia y amigos. Además, alguien se ha quitado la vida y por más lucubraciones y teorías que ensayemos, jamás sabremos a cabalidad las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Es demasiado pronto, pero en un futuro cercano habría que detenerse a pensar qué pasaba en sus adentros, tratar de entenderlo. Quizás fue una última salida para alguien que realmente clamaba su inocencia; o una forma de redención personal, pensando en todos sus errores y delitos; o a lo mejor -y esto me parece lo más probable, con tristeza- un último reflejo de su arrogancia infinita, escaparse y burlarse de la justicia hasta la misma muerte, sin afirmar nada y esperando algún tipo de trascendencia histórica.

En 1988, un treintón García profesaba su admiración a Sendero Luminoso por su “mística de entrega”, militantes dispuestos a dar la vida. Un desliz público que le valió más críticas en ese desastroso primer mandato. Pienso, ¿reflejará esta memoria un resquicio de esa realidad distorsionada que lo llevó al suicidio? ¿Habrá creído con total certidumbre que estaba inmolándose por la justicia, por nosotros, por el Perú? Él seguía afirmando su inculpabilidad o en todo caso, la ausencia de pruebas (“demuéstrenlo pues, imbéciles, encuentren algo”). Lo dudo, pero nunca lo sabremos.

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Todo esto puede o no ser cierto, sin embargo, siento que aquí debe hacerse una diferenciación entre los sentimientos que este suceso a desencadenado: no es correcto celebrar el suicidio, pero dentro de todo, sí puede alegrarnos que el día de hoy la justicia en el Perú estuvo por delante. Si estábamos prontos a tenerlo entre cuatro paredes es porque se ha avanzado sin intereses ni influencias de políticos en el poder, y se llegó prácticamente a arrinconar a García. Lo siguiente era hablar, admitir por vez primera. No había vuelta atrás y él lo sabía. Funcionó hasta que nos enteramos del pistoletazo que García decidió darse en la cabeza. Un corrupto muerto no es lo que queríamos, al menos no literalmente, pero sí un corrupto menos, desactivado y enmarrocado. Ciertamente tenemos ahora un corrupto menos, uno de los más detestables y escurridizos, pero tal desenlace agridulce puede confundirnos. En este contexto, considero que existen razones para estar motivados por el porvenir de la realización de la justicia. La decisión de un ser humano de autoinfligirse mortalmente con un proyectil en el cerebro es suya y por más interesante que resulte en matices ya sea relativos al morbo, la empatía o incluso a lo narrativo, no es algo que nos concierna de manera inherente; pero siendo García quien fue, un personaje público que lideró el país en dos ocasiones y le hizo mucho daño, sí es algo que estamos en el derecho de cuestionar o criticar. Se respeta sin perder la entereza. No aplaudo su muerte, menos aún el significado que sus seguidores le quieren dar, más bien me aúno al descontento de aquellos que esperaban verlo en la cárcel. Y sin embargo, al final del día, guardando el respeto por su familia, es reconfortante saber que ya no hay posibilidad de que se aproveche, se burle o haga más daño al Perú. Lo ideal era que enfrente la justicia, una posibilidad ya descartada, pero al menos el proceso anticorrupción continúa.

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El momento en que AGP llamó “imbéciles” a aquellos que lo juzgan de corrupto.

A todo esto, pienso a su vez en el acto. A las pocas horas de su muerte, el círculo más fiel de García en el APRA así como también los fujimoristas y ciertos periodistas deleznables no han dejado de exaltar su suicidio como un último acto heroico. Una muerte simbólica y paradigma martirológico. Esto es una verdadera y total falacia y debemos tener mucho cuidado con ella. Están aprovechando su suicidio para amedrentar el trabajo sin precedentes de los jueces a cargo de Lava Jato, al equipo de periodistas honestos partícipes de estas investigaciones e incluso al presidente Vizcarra y su administración, que no es un santo de mi devoción, pero nada tiene que ver con este trágico y descabellado episodio. Imagino que esta campaña de desprestigio tiene para rato, y puede confundir a muchos peruanos de buena fe, defensores de la vida y los derechos humanos. Esto me remite a algunos puntos que quisiera mencionar:

Primero: Este episodio ha traído como consecuencia algo en parte bueno: el despertar del tema del suicidio en la agenda nacional. Creo que la razón no es la mejor, el suicidio está relacionado con el bienestar psicológico de las personas: la salud mental debería representar siempre una inquietud importante en el país, no cada vez que se mata un político o famoso, y menos uno que inspire descaro, encono, deshonra. Pero es lo que tenemos.

Existe un viejo y conservador postulado que ha cobrado fuerza con la muerte de este expresidente: que el suicidio es la obra de un pusilánime, la máxima expresión de cobardía. Creo que es un momento adecuado para repensar aquello. Hace unas semanas mi cuñado compartió conmigo un ensayo muy interesante que escribió y leyó durante el IV Congreso Internacional de Logoterapia en Lima, donde establece un diálogo entre dos posturas acaso contradictorias: la del explosivo fatalista rumano Emile Cioran y su pesimismo filosófico, y la del austriaco psicoterapeuta y padre de la logoterapia, Viktor Frankl. Retorné a estas ideas al reflexionar sobre la muerte de García. Ambos albergan célebres pensamientos en torno al suicidio. Citas de Cioran como “suicidarse por ser lo que se es, pase; pero no porque la Humanidad entera pudiera escupirle a uno a la cara” o “ningún autócrata ha dispuesto nunca de un poder comparable al que tiene un pobre diablo que piensa en matarse”, en cierta forma se hermanan con este párrafo poderoso de Frankl: “No es tan fácil contestar a la trivial pregunta de si el que se suicida es un valiente o un cobarde. No puede ser uno tan injusto que pase por alto la lucha interior que suele preceder a toda tentativa de suicidio. No nos queda, pues, otro camino que decir: el suicida es valiente ante la muerte, pero cobarde ante la vida”. 

Me permito a continuación volar un poco sobre la base de estas palabras. Pienso que debemos separar el respeto y empatía que consideramos esperable y humano en torno a un suicida con la realidad de algunos casos específicos. García se fue del mundo como último recurso para evitar ese escupitajo en el rostro. Dudo que haya anidado algo de arrepentimiento en sus motivos. Yéndose evitó mucho: admitir la verdad, la cárcel, la vergüenza, la culpabilidad y los sucesos que todo ello acarrea. Pero al apagarse a sí mismo, García escogió hacerse su propia justicia: aquel es el lamentable poder que entraña su muerte. Tocaba confesar y entregarse para acaso dar paso a un atisbo de dignidad y quizás, con las décadas, a una vida en cautiverio, austera y reflexiva: una vejez en redención. Y no obstante lo anterior, hay que aceptar que optar por el suicidio es un paso definitivo, un adentramiento directo e innatural hacia el incierto camino después de la muerte. Requiere tanto desesperación como coraje, y algo de vesania. Pero si aquello implica también un pavor desmedido a la verdad y a afrontar en vida las consecuencias de tus actos, ¿entonces es reconocible la valentía ante la muerte? Al menos me queda claro que el expresidente sí fue un cobarde ante la vida. El inefable David Foster Wallace (quien se ahorcó en el 2008) decía: “las partes de mí que solían pensar que yo era diferente, más inteligente o lo que sea, casi me hacen morir”. Si evocamos los delirios de grandeza que lo caracterizaron en vida, podríamos decir que García parece haber consumado ese pensamiento. Foster Wallace también escribió una de las reflexiones más certeras sobre el suicidio en La broma infinita (1996), donde resaltan estas líneas: “La persona cuya agonía invisible alcanza un cierto nivel insoportable se matará de la misma manera que una persona atrapada saltará por la ventana de un rascacielos en llamas… Cuando las llamas se acercan lo suficiente, caerse a la muerte se vuelve el ligeramente menos terrible de los dos terrores. No es desear la caída, es el terror a las llamas”. Acaso las circunstancias sean bastante disímiles, mas es cierto que García prefirió la muerte a la humillación y derrota que significaban para él rendir cuentas con la justicia. Como para debatirlo.

Segundo: Alan García Pérez como un mártir es una tesis errada. Aquello es incuestionable. Además de las concesiones con Odebrecht, que fueron lo que acabó acorralándolo, existe una cantidad de delitos de lesa humanidad de los que es responsable, como se lo recordó con acierto Fernando ‘Popy’ Olivera en el debate presidencial del 2016. No es nada nuevo: el enriquecimiento ilícito, los indultos a narcotraficantes, el tren eléctrico, la masacre a los indígenas del poblado de Bagua, la de los penales en 1986 o los paramilitares del Comando Rodrigo Franco, por nombrar los más capitales.

Tercero: Me he topado con paralelos imposibles. Se habla de Francisco Bolognesi, Miguel Grau o José Olaya, mártires peruanos que murieron defendiendo su país. Incluso del presidente chileno Salvador Allende, quien concluyó su vida con una AK-47 en plena invasión militar al Palacio de la Moneda. Eso podría considerarse hasta ofensivo para estos personajes históricos que perecieron con heroísmo.

Por otro lado, existe lo contrario: suicidios infames, indignos, cuyo parangón con la muerte de Alan García guarda más sentido. Hacia el fin de la Segunda Guerra y ante el avance inminente de los Aliados a Berlín, un derrotado y atemorizado Hitler optó por pegarse un tiro en la cabeza antes de vivir como fugitivo para eventualmente ser capturado y ejecutado. En el año 68 d.C., condenado a muerte como enemigo público, dejando Roma hecha un caos y sabiendo que Galba se acababa de nombrar nuevo Emperador, el sanguinario Nerón decide apuñalarse la garganta con un cuchillo, asistido por su secretario. Otros ejemplos contemporáneos se asemejan más al final de García: en el 2007 en Polonia, la exministra de construcción Barbara Blida, acusada de recibir sobornos millonarios, dirigió una bala a su corazón cuando la policía llegó a registrar su casa y arrestarla. Por la misma razón se extinguió la vida de Budd Dwyer, exsenador estadounidense que en 1987, un día antes de su sentencia, convocó una conferencia de prensa en la que se autodestruyó volándose el cerebro en vivo y en directo. El video de su suicidio dio la vuelta al mundo y todavía se puede encontrar en YouTube.

AGP con George W. Bush (Fuente: Andina/Archivo).

El final de García es mucho más cercano a estos casos deshonrosos que a los de un héroe, de alguien que se sacrifica por sus ideales. Él no era inocente ni exento de acusaciones de corrupción, tampoco un perseguido político, como alegó al intentar asilarse en la embajada de Uruguay. El suyo fue un escape fácil, acaso cobarde, pero no heroico. No dejemos que reescriban la historia: si Alan García Pérez será recordado para siempre -y lo será- no se deberá a su código moral o su abnegación para el beneficio de los peruanos, sino a su condición extraordinaria en nuestro bestiario político: un presidente abyecto y astuto que jamás quiso responder por sus crímenes y cuyo miedo a no alcanzar cierta gloria lo condujo al suicidio… Y por el cual se decretaron extrañamente tres días de duelo nacional. Una locura.

No nos dejemos engañar por las células más radicales y corruptas del APRA, los políticos en el poder o los periodistas sin ética que defienden mentiras a ultranza.

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Termino este texto días luego de empezarlo. La muerte de Alan García Pérez y sus secuelas prevalecen entre las noticias y, dentro de todo, persiste este ataque contra los jueces y fiscales del equipo especial del caso Lava Jato, así como contra el puñado de periodistas que han colaborado con estas investigaciones. Personas que están siendo amenazadas, arriesgando sus vidas por la consecución de la justicia. García dejó una carta descubierta poco después, donde seguía clamando su inocencia y negando los sobornos. A pesar de ello, hace poco IDL-Reporteros dio otro giro de tuerca: por primera vez en la historia del caso Lava Jato y en la de García, alguien lo delata. Miguel Atala, exvicepresidente de Petroperú, ha confesado haber sido testaferro de quien lideró nuestro país dos veces, ayudándolo a recibir un millón 300 mil dólares de Odebrecht.

Existe, me repito, un porvenir para la lucha anticorrupción en el Perú. Toca apoyar como se pueda. Que no se pierda la mira.

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Detrás del centenario polaco

Marcha de Independencia de este año (Fuente: Sean Gallup-Getty, publicada en The Guardian).

Breves reflexiones en torno a los 100 años de la independencia de Polonia, celebrado el domingo 11 de noviembre.

 

El sábado pasado viví algo extraño. Algo desconocido hasta ahora para mí, cuyo significado me ha dejado pensando hasta hoy: una reunión entre amigos se canceló por miedo a ser violentados en la calle. Por ser distintos. Por vernos diferentes. Foráneos. Tres inmigrantes hispanohablantes convinieron en que lo mejor era dejar esa reunión amena de pizzas y cervezas para otra ocasión. Todos los días se posponen eventos o encuentros, pero nuestras razones rayaban ahora entre lo ignoto y una necesidad elemental: el bienestar físico —y acaso psicológico—.  Lo frustrante de pronto fue la expectativa. Habíamos pactado esa reunión desde hace días y era probablemente el único día del mes que coincidíamos todos. Un día antes del 11 de noviembre. El día de la independencia de Polonia.

Sí. El pasado domingo se celebró el centésimo aniversario de la Independencia de Polonia, que en 1918 recobró su autonomía tras 123 años de estar invadida por tres potencias europeas: Rusia, Prusia y el Imperio austrohúngaro. 100 es un número redondo, preciso, casi mágico. Un siglo de cualquier cosa es digno de festejarse, y el país que ahora me acoge lo hace con intensidad: alrededor de 200 mil ciudadanos de toda la nación emprendieron una marcha por las calles del centro de Varsovia. Quizás sea el evento público más grande desde la caída del comunismo en 1989. Una desmedida aglomeración que en efecto aconteció sin mayores escándalos —a diferencia de la marcha en Breslavia y sus tres heridos—, pero aquello no la distanció de la controversia. La marcha de este año fue al principio una iniciativa de los grupos de ultraderecha, que protagonizan este evento desde el 2009. Sin embargo, dada la experiencia del año pasado, la alcaldesa de Varsovia y miembro importante de la oposición, Hanna Gronkiewicz-Waltz, decidió cancelar la marcha.

¿Qué sucedió el año pasado? Más de 60 mil polacos se reunieron concentrados bajo lemas conservadores como “Queremos a Dios”, “Polonia Católica, no secular”, y otros de carácter nacionalista o incluso xenófobos como “Polonia pura, Polonia blanca”, “Lárguense con los refugiados” o “Muerte a los enemigos de la patria”, generando actos de violencia y despertando el rechazo y vergüenza internacional, en especial para con la Unión Europea.

Pero este año la marcha ocurrió. Las organizaciones ultranacionalistas del país protestaron en favor al derecho a la libertad de expresión, un tribunal denegó la prohibición de la alcaldesa y el gobierno, dirigido por el partido conservador y de extrema derecha católica Ley y Justicia (PiS por su acrónimo en polaco, Prawo i Sprawiedliwość) decidió que se daría una nueva marcha en la que participen todos los polacos. Se trató de un acuerdo apremiado y desesperado entre el Presidente Andrzej Duda —títere de Jaroslaw Kaczynski, líder de PiS— y los grupos radicales de ultraderecha. La idea de esta marcha conjunta es por un lado descabellada y aterradora: El Presidente recorriendo el centro de la capital de la mano con los fanáticos fascistas y antisemitas; mas por otro lado, puede verse para muchos como una solución ideal: todos marchando juntos. No olvidemos que miles de las personas que marchan no guardan ninguna simpatía o tienen nada que ver con las organizaciones radicales, son solo polacos patriotas contentos de celebrar y pasear con la bandera. “La decisión de la alcaldesa fue una bendición para Duda y el gobierno porque permitió que la oposición liberal tomara la culpa de los nacionalistas por prohibir su marcha, mientras evitaba la posibilidad de que se celebrara un festival neofascista en el centenario de nuestra independencia”, opinó al The Guardian Michał Szułdrzyński, periodista y columnista del diario Rzeczpospolita.

Así, el pasado domingo 11 de noviembre la marcha por la Independencia aconteció sin mayores episodios. Una caminata de exorbitante dimensión, pero curiosamente calmada en comparación a la de años anteriores, considerando que destacó por la presencia de distintos grupos de extrema derecha polacos y del exterior: ultranacionalistas húngaros, italianos y eslovacos arribaron para apoyar a sus hermanos polacos en su gran odisea contra la diversidad y la posibilidad de un mundo sin barreras.

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Tan fugaz o improbable como haya sido la posibilidad de que suceda, nunca me había detenido a preguntarme si es seguro salir de mi casa a ver a mis amigos. Sabíamos que los seguidores de estas organizaciones ya rondaban el centro desde la noche anterior, cuando pensábamos vernos. Soy de Lima y conozco mi ciudad natal, con muchos de sus distritos afamados por su peligrosidad, pero esta es una sensación distinta. No van a hacerte daño porque quieren tu billetera o celular, tan solo porque te ves diferente. Conocidos, otros amigos y los medios de comunicación conllevaron a que nos hagamos la pregunta: ¿es seguro salir este sábado, unas horas antes de la marcha del 11 de noviembre? Un sudaca peruano de 30 años que podría pasar sin problemas como alguien de distintas etnicidades, pues, rayos, tuve que contemplar cualquier escenario, a regañadientes, prefería ignorar esta realidad y divertirme. Al final me quedé en casa.

Y no me arrepiento. Fui a un cine cercano con mi esposa y vimos Bohemian Rhapsody (vivo muy lejos del centro). Fue una noche amena. De regreso, mientras cruzábamos la avenida Modlińska para llegar a nuestro paradero de bus, observé una caterva menuda y excitada, aguardando en el paradero con sus banderas polacas, aquel blanquirrojo tan familiar regodeándose en el cielo nocturno. Olvidé la tertulia cinéfila y me alerté de pronto, cual gato erizado. Mirándolos de soslayo en tanto seguíamos cruzando la gran avenida divida por una berma central, le pregunté a mi esposa si creía que debíamos tener cuidado. Ella no tenía idea. Cruzamos la pista y pasamos junto a estas personas con cautela: nos miraron felices, alzando las banderas, y se metieron en el siguiente bus. De quedarse un rato más, quizás nos habrían abrazado y cantado el himno. Fue algo irrisorio al inicio, pero ya en el bus camino a casa, empezamos a reflexionar sobre lo acontecido. “¿Cómo es posible que al ver a personas felices con la bandera polaca nuestra primera reacción sea estar a la defensiva?” se preguntó mi esposa. “¿Cómo es posible que mi esposo haya decidido quedarse en casa en lugar de salir a divertirse con sus amigos en el centro por temer ser perseguido o golpeado en la calle?”, agregó indignada. Esas preguntas, descubro en este momento, motivaron estas palabras.

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Perú es un país de muchos matices. Tanto qué decir. Quizás por ello a veces uno no quiere decir nada. Y entre ese caos, Perú también es un país racista. Un racismo que descansa en las entrañas de nuestra historia, cultura y educación. Un racismo estructural. Marco Avilés ha profundizado mucho en este tema estos últimos años, y de él recojo ahora una definición acertada de la palabra ‘inmigrante’, en su libro No soy tu cholo (2017): “un inmigrante es todo aquel que se muda a vivir a una tierra que no es la suya, dice el diccionario. Pero, en la práctica, esa palabra se usa en un solo sentido: para señalar a los que nos movemos del sur hacia el norte. Es decir, para etiquetar a los latinos, a los africanos y a los asiáticos y a todos los que venimos a vivir y a trabajar a los llamados países desarrollados. Los latinos jamás usamos esa palabra salvo para nombrarnos a nosotros mismos cuando estamos en el exilio”.

Manifestación contra el Gobierno del PiS en Varsovia, 2016 (Fuente: Paweł Supernak / María Sahuquillo / QUALITY. Publicado en El País).

Esto me remite a un episodio insospechado. Durante gran parte de mi primer año en Polonia estuve dando clases privadas de conversación en español e inglés. Ella es una adolescente de 15 años, la primera alumna de su clase, de una familia acomodada, polacos de provincia mudados a la capital, viviendo en uno de los distritos más caros de la ciudad. Gente decente que ha trabajado mucho para llegar a la posición social y económica que representan, y quieren que sus hijos tengan todas las oportunidades que ellos ni concebían. Por esa misma razón, quizás la protegen demasiado. Ella tiene todo el mundo en sus manos, y sin embargo, no sabe nada de él. Iba tres veces a la semana a darles clases a ella y a su hermano menor, por separado. Solía organizar temas que planteaba para la reflexión y el debate en inglés. Una tarde llegué a su casa y le hablé sobre el conflicto en Siria y la realidad de los refugiados por la guerra civil, centrándome en el caso de Rania Mustafa Ali, una valiente muchacha siria de 20 años que se hizo famosa por registrar su odisea escapando de su país hasta llegar a Austria. Una chica aficionada a Spotify, 9GAG y Game of Thrones. Alguien como ella. Cuando terminamos de hablar del tema, mi alumna estaba conmovida, asombrada y encantada. Al decirle que ahora Rania es una inmigrante en Europa, como yo, ella se pasmó de repente. Frunció sus ceños y abrió los ojos, pálida.

— ¿Qué? ¿Tú eres un inmigrante?

— Claro. Soy alguien de Perú que se ha mudado a otra parte del mundo.

— Lo sé. Pero no entiendo, tú no eres un inmigrante.

— ¿Por qué lo dices?

— Porque los inmigrantes son terroristas, ¿no?

Pude ver en su rostro que realmente estaba extrañada. Me tomó cierto tiempo y paciencia explicarle que tales palabras no eran sinónimos. Ella era una esponja, preguntaba y me escuchaba con atención. A la mañana siguiente recibí un mensaje de texto suyo, agradeciéndome por enviarle el link del video de Rania e informarla sobre tantas cosas. Me dijo que había llorado con la crónica de su viaje, y que lo había mostrado a sus padres. Esa clase fue reveladora para ambos: ella aprendió un poco de lo que pasa en el mundo y yo medité en cómo la desinformación también puede llevarte —acaso por accidente— a pensamientos u opiniones xenófobas o racistas.

Volviendo al párrafo de Avilés, pues si uno es honesto, identificarse con él y su discurso no entraña dificultad: todos hemos sido discriminados y hemos discriminado. Hemos choleado y sido choleados, y existe un rechazo al extraño, al inmigrante del cual somos muchas veces inconscientes. Aquí en Polonia soy un inmigrante, sí, pero lo extraño o interesante es que aquí el racismo hacia el inmigrante no es algo invasivo y sistematizado. No forma parte del día a día. La totalidad de los polacos de mi entorno no caerían bajo esa categoría, de eso estoy seguro. Pero los grupos ultranacionalistas, neofascistas, conservadores radicales de extrema derecha o como quieran llamarlos, o cualquier individuo que comparta sus ideales, no están escondidos y tampoco están en todas partes. Los puedes cruzar en la calle, sí, y te van a mirar con una reprobación verdadera y fatal. Te podrán decir algo, agredirte verbal o físicamente y joder tu día de alguna forma. No hay mucho misterio en su existencia, tan solo es directa y lamentable.

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En junio del 2017, un grupo de escolares musulmanas de Alemania viajaron a Polonia para visitar los homenajes y lugares de memoria sobre el Holocausto, y fueron víctimas de racismo por parte de la población. Un hombre se acercó a una de ellas y le escupió en el rostro, en frente de un policía que no se inmutó. Otra fue obligada a retirarse de un supermercado porque ‘perturbaba a los clientes’ cuando hablaba persa por su smartphone, entre otros sucesos igual de deplorables. La triste ironía de ir a visitar y recordar una de las memorias más brutales de discriminación en la historia de la humanidad y ser víctimas de lo mismo, de aquello que intentan repensar o reflexionar… Y Jarosław Gowin, el Ministro de Educación, solidarizándose con la violencia, sosteniendo que “toda nación y su gente tiene derecho a protegerse a sí misma de la extinción”. Como si estos 72 años de problemas, cambios e ideas no significaron nada en este país.

Visitantes del ahora museo de memoria de Auschwitz (Fuente: Maciek Nabrdalik, publicado en The New York Times).

El polaco Donald Tusk, actual presidente del Consejo Europeo, advirtió hace unos días que la administración de PiS podría empujar Polonia hacia el desenlace que cada vez más de sus ciudadanos denominan Polexit: la hipotética salida del país de la Unión Europea. Leyes orwellianas como la reforma del Tribunal Supremo, el rechazo abierto a la aceptación de refugiados o la polémica ley que castiga con pena de cárcel tanto el uso de la expresión “campos de concentración polacos” como el acusar a los polacos de complicidad en los crímenes de guerra de la Alemania Nazi: todo ello ha ofendido a Europa Occidental y sus ideales de igualdad y libertad de expresión. Una fisura que parece ir ganando terreno hasta detonar en el Polexit. Tal posibilidad deviene en pesadilla para la oposición al gobierno, las personas de pensamiento afín a los preceptos de la Unión Europea y los extranjeros que han abandonado las palmeras, la palta y el jugo de maracuyá para adentrarse en esta tierra y esperar moverse sin problemas por Europa, como yo.

Viví casi todo el año pasado en el barrio de Nowodwory, en el distrito de Białołęka, al norte de Varsovia. Una zona alejada, apacible, aledaña al bosque y al río. Recuerdo una noche de verano en la que caminaba hacia la tienda, quizás para comprarme una cerveza o un chocolate, cuando me topé con unos grafitis que decoraban un paradero de bus cercano a mi casa. No estaban ahí antes. Me aproximé para revisarlos. Mensajes xenófobos y homofóbicos en polaco: “jódanse homosexuales”, “afuera los musulmanes”, rematados por la infaltable caricatura de un pene.

En otra ocasión, meses atrás, regresaba a casa en el metro. Salía del trabajo. Era casi la medianoche de un día excitante para los polacos: jugaba el Legia de Varsovia, el club de fútbol más importante del país. Estaba leyendo Pánico al amanecer (1961), de Kenneth Cook, cuando se escucharon unos gritos. Dos tipos habían entrado en la estación Świętokrzyska. Saltaron felices hacia nuestro vehículo desde los andenes. Llevaban casacas de cuero, jeans, cabezas rapadas, una encapuchada y la otra descubierta, y botellas de cerveza en las manos. Todos volteamos a mirarlos de inmediato, extraviados entre la incomodidad, el temor y la estupefacción. La barra brava polaca. Los hooligans del Legia. “Ya me cagué” pensé en el acto. Cogí mi mochila, que descansaba entre mis piernas, la coloqué junto a mí, anticipando una carrera, y pretendí seguir leyendo en tanto los observaba con el rabillo del ojo. Me había quedado en un momento crucial del libro: el protagonista, un profesor perdido en un pueblo del outback australiano, es obligado a participar en la caza de un canguro y se descubre horrorizado de sí mismo al disfrutar el acribillamiento del animal. Casi al frente de mi asiento, otro inmigrante, presuntamente de la India, evitaba mirarlos y simulaba escuchar la música de sus audífonos. Intercambiamos una mirada cómplice, seria, y continuamos nuestro teatro silente. El par de fanáticos lanzaba gritos guturales de éxtasis. Nunca avanzaron: se detuvieron junto a la entrada por la que ingresaron, muy cerca de mí, y continuaron su canto, cogiéndose de una de las barras de metal verticales. Una suerte de himno feroz enfatizado por el alcohol, cuyo ritmo era familiar mas cuya letra jamás había escuchado: alaridos que repetían la frase “Żydzi do gazu” (los judíos al gas) y seguidas siempre del estribillo “Auschwitz-Birkenau”. Gritaban con más intensidad cuando de pronto se soltaron de la barra: uno introdujo la botella en el bolsillo de la casaca y empezó a saltar extendiendo los brazos cual gorila. Con cada salto tocaba el techo del metro y en cada caída resonaba el suelo en un pisotón, provocando un breve temblor. El otro empezó a golpear las ventanas y cualquier parte lateral del metro, despertando el mismo alboroto. Todos evitábamos sus miradas. Minutos después, en la estación del metro Marymont, salieron de nuestro metro riéndose a carcajadas. En todo el trance nunca dejaron de gritar aquel himno racista, repitiendo el nombre del campo de concentración y exterminio nazi más célebre de la historia. Un breve trayecto de terror gratuito.

El presidente polaco, Duda, hablando sobre una “unión entre todos los polacos” (Fuente: Agata Grzybowska Agencja Gazeta, via Reuters).

A fines del año pasado, asistí con mi esposa a un cumpleaños en Varsovia. Una fiesta en un departamento. Conocía a poquísima gente, y como siempre sucede por aquí en tales reuniones, mi apariencia distinta llamaba la atención del resto. Entre ellos percibí que un par me miraba con desconcierto, pero al escucharme contarle a otros de dónde provenía y responder preguntas sobre el español, el quechua, Machu Picchu y las llamas, se aproximaron amistosos. Conversamos un rato de viajes, comida peruana —uno de ellos sentía gran curiosidad por la ingesta del cuy en Perú, pues aquí es visto como una tierna mascota—, cervezas, bimber, videojuegos, películas y no sé en qué momento la tertulia viró hacia Polonia y los inmigrantes. Uno de ellos afirmó que estaba orgulloso de que Polonia rechace participar en la repartición de refugiados. Así empezó:

— ¿Pero cómo puedes decir eso?

— Porque son peligrosos.

— Mira, es que no puedes generalizar así. Esta situación de alarma ya tiene sus años, y muchas vidas inocentes se han perdido, y muchas necesitan ayuda.

— Eso es mentira, Diego. ¿Tú prefieres que Polonia abra sus puertas como Alemania o Francia, digamos, y después hayan atentados en el metro o bombas en centros comerciales? Yo me preocupo por mi país.

— Pero esos son incidentes particulares: no puedes decir que todos los refugiados son peligrosos, hay niños, madres, ancianos.

— Los niños están adiestrados. Las mujeres también. Pretenden ser pobrecitos y cuando ya tienen todo el apoyo sueltan una bomba o ametrallan en la calle. No podemos confiar en ningún sirio o musulmán. Todos están entrenados y con el cerebro lavado.

— Mira, puedo aceptar esto de un viejo, pero tú eres menor que yo, tienes acceso a Internet, estudias en la universidad. ¿No entiendes que lo que dices es inaceptable?

— Hablas como un idealista. Mira, el comunismo no funciona, ¿ok? Como idea es perfecto, pero no funciona, tú piensas así pero no sabes.

— ¿Qué cosas estás tergiversando? ¿No lees las noticias? ¿No has visto los testimonios, videos, documentales? Antes de lanzarle la culpa a todos tienes que informarte, y pensar en los más inocentes.

— Esos videos están arreglados, tú no sabes porque eres de Perú.

— Y tú no sabes porque solo consumes noticias de la televisión polaca que es pura propaganda conservadora del gobierno. Lee prensa de afuera, The Guardian, The New York Times, no sé. Estás con la mente bloqueada.

En el frenesí de la discusión, no nos dimos cuenta de que estábamos alzando la voz. Los demás nos miraban aguardando una reacción. Todo esto era muy ajeno a mí, que suelo libar entre abrazos, risas y ciertos relatos divertidos. El tipo me miraba perturbado. Su compañero, más mesurado y observador, finalizó nuestra interacción:

— Creo que todos hemos bebido mucho. Mejor cuéntanos más de Perú, Diego.

— Tienes razón. Dile a tu amigo que necesita leer más, abrir los ojos. Voy a ver en qué está mi esposa.

— Mira… Yo creo que él tiene razón. La gente no quiere hablar de esto pero nosotros pensamos así. Igual disculpa que te incomodemos, él está borracho y se ha emocionado.

— ¿Tú también? ¿Y qué hacen hablando conmigo si no soy polaco? ¿Crees que tengo alguna bomba escondida?

— No, mira. Es que tú eres de Perú, todo bien. Nadie habla de Perú acá, pero los refugiados… Es la verdad.

Me quedé conversando con mi esposa y otros invitados y no volví a hablar con esa dupla durante toda la velada. Antes de irnos se aproximaron con una chica, quien se presentó como la novia del tipo con el que discutía. Me pidió disculpas y me dijo que estaba avergonzada. Los tres se despidieron y cuando me acercaba a la puerta, su novio me lanzó una última palabra en polaco que no entendí y que olvidé muy rápido. Horas después mi esposa me contó que me había llamado lewak, un término peyorativo para alguien que sigue la izquierda política. Literalmente ‘izquierdoso’. Nunca volví a verlo.

Hace unas semanas, mi esposa decidió asistir a la misa del domingo en la Iglesia cerca a nuestro hogar, en Jabłonna. Quise acompañarla, ¿por qué no? Nunca vamos, la caminata sería entretenida. Celebrada en polaco, me pasé alrededor de 40 minutos admirando la arquitectura interior y los diseños de los santos en las paredes, cuando descubrí a mi esposa gesticulando algo a caballo entre la risa y la reprobación. De regreso a casa, le pregunté qué le había disgustado del sermón del cura. Al parecer, terminando la misa, había contado brevemente la historia de una pakistaní católica condenada a muerte por hablar de Jesucristo. Asumo que se refería al caso de Asia Bibi. “Nosotros los católicos somos la religión mas oprimida del mundo. Así como ahora está de moda defender los derechos LGTB y el islamismo, tenemos que ser valientes como ella y defender nuestra fe católica dónde sea”. Hasta ahí no suena del todo mal, hasta su última frase: “después de todo, ¿quién es ese tal Mahoma? ¿Qué cosa hizo que es tan importante? Nada”.

Uno puede toparse con cavernícolas en dónde sea.

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Veo algunas de las noticias sobre la marcha del domingo 11 de noviembre. Una fotografía de un miembro de la organización ultranacionalista Juventud de Toda Polonia (en polaco Młodzież Wszechpolska) quemando la bandera de la Unión Europea. Un video donde otro ultranacionalista enmascarado persigue, insulta y ataca a una periodista, amenazándola y golpeando su equipo. ¿Por qué vivimos esto? Conversaba hace unos meses con un amigo peruano muy cercano, miembro de la Academia Diplomática, quien me propuso que debe tratarse de un temor oculto en perder aquello llamado ‘identidad polaca’. Polonia es un país cuya historia se resume en gran parte en invasiones como las alemanas o rusas: dos naciones con identidades muy fuertes y gobiernos líderes hasta el día de hoy. “Si a esto le agregas la fuerte identidad que proyectan los musulmanes —agregó—, estas reacciones violentas pueden ser más comprensibles”. Un punto relevante, ciertamente. Mi actual casa es un país de gran historia y escenario de episodios extremos. Polonia fue prácticamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y la secuela de ello fue acaso peor: los tiempos de control bajo el bloque comunista, hasta 1989, más frescos en la memoria colectiva.

Miembros de los ultranacionalistas de Młodzież Wszechpolska quemando la bandera de la UE (Fuente: Twitter de la organización).

Y sin embargo, si bien coincido en que quizás haya cierta comprensión desde una perspectiva académica, histórica o de las ciencias sociales, creo a la vez que el odio a otros pueblos o etnias es algo inadmisible que no puedo —y no debemos, diría— tolerar bajo ningún razonamiento. Que tanta gente se sienta libre de proclamar sus inclinaciones xenófobas y racistas es una locura. Por otro lado, uno no se sorprendería mucho si se tratara tan solo de la población de la tercera edad, gente de otra época y en no pocos casos con otra perspectiva de la sociedad en la que viven, pero no es así: son muchos los adolescentes y jóvenes menores que yo que siguen a ultranza estas convicciones. Y se sienten apoyados por la actual administración del gobierno, una realidad acaso más insana e indignante. Diría que la presencia de PiS ha motivado a estas personas a expresarse sin tapujos. Una extraña falta de empatía y tolerancia que proviene de un país supuestamente democrático y liberal.

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En una de las crónicas de La jungla polaca (1962), Ryszard Kapuściński se esfuerza en describir a unos africanos de un pueblo de Ghana que ‘no todos los blancos tienen colonias’: “hubo un tiempo, no hace mucho, en que mi país fue una colonia. Tengo mucho respeto por el sufrimiento de todos ustedes, pero debo decirles que lo nuestro fue terrible: había tranvías, restaurantes y barrios ‘solo para alemanes’. Había guerra, ejecuciones, campos de concentración… Aquello se llamaba fascismo. Es el peor de los colonialismos”.

Édición en español de ‘La jungla polaca’ (Anagrama, 2010).

En el mismo texto, Kapuściński  agrega: “detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Qué blanco significa más importante? Al menos hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta”.

Perú, como Polonia (o como tantos países de África, pensando en la cita anterior), también fue una colonia. Alrededor de 290 años. Polonia 123. Hemos atravesado el genocidio de la conquista de los españoles, la guerra por la independencia, los años de dictaduras militares, el conflicto armado interno, el fujimorismo. Somos un país que sigue levantándose. De posguerra, posdictadura. Pienso en mi país y en la imposibilidad de describirlo: lo bueno, lo malo, lo extraño, lo bello. Todavía no estoy preparado. Al mismo tiempo, pienso en Polonia y ensayo una descripción sin éxito: sus bosques y montañas, sus lagos y ríos, beber una cerveza a orillas del Vístula, errar por las frondosidades del parque Łazienki, ver una película en Muranów, perderme en el bosque de Pałac, los tranvías y el metro, pierogi y zapiekanka, la generosa cantidad de restaurantes vegetarianos en Varsovia, los infinitos campos de rzepak en la primavera de Podlasie, la nieve en Zakopane, la gente amable y maravillosa que he conocido, mi familia política y mi querida esposa…

Polonia tiene mucho qué darme, solo espero que antes no se resbale.

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