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Dalí y Warhol: el reencuentro de dos genios

Invierno de 1964-1965. Salvador Dalí y Andy Warhol en el St. Regis Hotel de la ciudad de Nueva York (Créditos: David Mccabe/A Year in the Life of Andy Warhol, Phaidon, 2003).

Salvador Dalí sostenía que lo más importante era que se hable mal de él. Andy Warhol afirmaba que el mejor arte es hacer un buen negocio. Los máximos referentes del surrealismo y el pop art cultivaron una imagen pública que atrajo la atención del mundo, marcando la historia del arte.

*** Una primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 06/08/2017.

 

Tan solo una vez en su trayectoria, cuando ya era una leyenda en vida, Andy Warhol se quedó verdaderamente atónito, turbado, sin palabras. Fue en el verano de 1965, en el St. Regis Hotel de Nueva York. Tenía una cita en la suite 1610. Al aproximarse, alguien desde adentro lo invitó a pasar con un giro de su bastón. Una ópera ensordecedora invadía la habitación. De acuerdo al fotógrafo David McCabe, quien contó la historia y estuvo allí para registrarla, el hombre del bastón se acercó apremiado y se situó detrás de Warhol para ponerle un penacho de reminiscencias incaicas en la cabeza. Fue una reunión de cinco minutos que el creador del pop art sintió como un siglo de incomodidad. El extravagante huésped era otro mito llamado Salvador Dalí.

Aquel fue el primer encuentro de dos de los artistas más memorables del siglo XX. Y si bien solo trabajaron juntos en dos proyectos —la película Salvador Dalí (1966), donde el pintor conoce a The Velvet Underground; y el memorable retrato mudo del rostro de Dalí (1966), uno de los cientos de screen test de Warhol—, su relación perduró las siguientes dos décadas. En otra afamada fotografía de Christopher Makos, de 1978, Dalí y Warhol se saludaron compartiendo un beso durante una recepción en Nueva York. Fue un símbolo de mutua admiración y, para muchos, un guiño a la forma en la que ambos concibieron su trabajo: entre la genialidad, la fama y los dólares. El encuentro de dos grandes megalómanos que crearon su propia imagen y realidad alrededor de sí mismos, trastocando —o eliminando— los límites entre la vida y el arte.

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Hasta el próximo 7 de octubre, Dalí y Warhol celebran un último reencuentro en el cuarto piso del Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, un viejo edificio gótico que Stalin obsequió a Polonia en tiempos soviéticos y que hoy es uno de los espacios culturales más importantes de la ciudad. La exhibición (Dali kontra Warhol en polaco) superpone de forma integral la biografía y obra de ambos artistas a través de más de 120 obras, algunas nunca mostradas al público. Para el crítico de arte y curador Stach Szabłowski, uno de los dos curadores de la exhibición, “tiene sentido yuxtaponerlos, pues en ambos es absolutamente imposible separar la obra del personaje, de su imagen pública”. La conexión es tan evidente como idónea. Dos generaciones, personalidades y backgrounds distintos y, sin embargo, una aproximación artística que compartía una avanzada noción del poder de la publicidad para atraer a las masas. Ello condujo a construir su imagen excéntrica como parte de su praxis del arte y, en cierta medida, hacerla su centro. Se trata de descifrar el misterio del éxito de estos artistas a través de una reflexión sobre la fama y el dinero.

La muestra en Varsovia alberga importantes y célebres piezas de Warhol, como los retratos de Marilyn Monroe (1983) o los cuadros y trabajos de las sopas Campbell (1962-69), entre otros; contrastados con pinturas de Dalí como “El enigma sin fin” (1939) o “La tentación de San Antonio” (1946), sus esculturas, e incluso un ejemplar del libro surrealista de recetas de cocina para su esposa Gala, el hoy agotado Les Diners De Gala (1973).

Sin embargo, el aditivo más exquisito de la exhibición es también el último: una generosa colección inédita de los originales de Warhol en portadas de álbumes de música. The Rolling Stones, The Smiths, Count Basie, Miguel Bosé, Rats & Star, Leopold Stokowski, Blondie, Vladimir Horowitz, Thelonious Monk, Paul Anka, Artie Shaw, David Bowie, entre muchos otros, con un énfasis final en su colaboración con The Velvet Underground. En esas portadas, Warhol se distanció de las disciplinas visuales y se permitió improvisar con total libertad. “Vemos que también tenía talento para el dibujo y una hermosa caligrafía, por ejemplo. Nada de esto es corriente en su discurso principal”, dice Szabłowski.

Salvador Dalí y Andy Warhol, circa 1978 (Créditos: Christopher Makos).

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Un fino bigote ascendente y una peluca plateada. Salvador Dalí (1904-1989) y Andy Warhol (1928-1987) quizá sean las criaturas más extrañas que hayan salido de la novelesca comarca de Ampurdán y de Pittsburgh, la ciudad de acero, respectivamente. Uno se autodefinía como una droga, el otro como un ser profundamente superficial. Fueron animales de la misma especie: revolucionarios artistas que se sirvieron de los mass media para desarrollar su discurso. Aunque, como recuerda Szabłowski, para Dalí este fenómeno fue algo por descubrir, tanto por cuestiones generacionales como geográficas: “Dalí creció en una España de inicios de siglo XX, todavía basada en la aristocracia nobiliaria; mientras que para Warhol, como para gran parte de la sociedad estadounidense, se trató de algo natural: creció en un mundo moderno y totalmente centrado en el consumismo”.

Según Szabłowski, revisando toda la obra del catalán, comprobaremos que siempre propuso la misma visión, cambiando solamente el lenguaje. Además, influyó sobremanera que, en un comienzo, mientras pertenecía activamente al movimiento surrealista, su obra estuviera dirigida a un público pequeño y cerrado, acaso más elitista. No existían, por ejemplo, museos de arte moderno o contemporáneo, éstos estaban más dedicados a lo histórico, y lo nuevo sucedía solo en un nicho. El vanguardismo ciertamente crecía y se fortalecía, pero toda nueva expresión de arte es más elitista o underground. Posteriormente, acaso desde los años cincuenta, la obra de Dalí se dirigió al público en general. 

. Dalí en uno de los screen test de Warhol (1966).

En 1934, poco antes de ser expulsado del movimiento surrealista —cuando soltó aquello de “No pueden expulsarme porque yo soy el surrealismo”—, Dalí recibió el apodo de “Ávida Dollars” por parte de André Bretón. Un anagrama de su propio nombre que señalaba su afición a la fama y el dinero. Dalí estuvo en todas partes durante su tiempo, evidenciando que su trabajo no abrazaba la vieja concepción del artista como alguien entrenado en una habilidad específica, como la pintura o escultura, por ejemplo. No. El artista como marca puede incursionar donde quiera, y Dalí lo comprobó a través de pinturas, esculturas, pero también diseño de muebles o colaboraciones cinematográficas, por ejemplo. Buscaba demostrar que como creador podía hacer lo que quisiera, algo que Warhol corroboraría años más tarde.

Ambos hicieron suya esa transgresión encarnada en los medios, la provocación y el espectáculo. Dalí los empleaba para traducir su universo, esa visión del mundo onírico y la mente; Warhol, acaso socialmente más comprometido, los utilizó como el concepto mismo de su propuesta, introduciendo al arte elementos de productos, marcas y deseos colectivos. Esa fue la contribución más importante del pop art a la historia del arte del siglo XX.

La exposición “Dali kontra Warhol”, montada en el Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, en el 2017. Estuvo compuesta por más de 120 piezas de los artistas, muchas de las cuales fueron exhibidas por primera vez (Créditos: Diego Olivas Arana).

Para Hank Hine, director del Dali Museum en San Petersburgo, Florida, Warhol fue uno de los artistas más marcados por el legado y modelo de Dalí: “Ambos tenían una estética similar, pues abrazaban lo que era el medio dominante de la época, a pesar de hacerlo de formas distintas. Warhol realmente se apropió del enfoque de Dalí a la prensa, desarrollándolo al límite”. Hine agrega que el verdadero nudo entre ambos artistas se encuentra en su curiosidad sobre el significado y la naturaleza del arte. “Ambos tenían la convicción de que el arte es algo que trasciende la pintura, el cine o la foto. Es la idea que existe detrás de la obra maestra. Algo que reflejaron en su propia imagen”.

Ciertamente, para Dalí no bastaba la simple contemplación de su imaginación en pinturas. Tenía que manifestarse en la vida real para revelar esa creatividad en persona y generar un quiebre, conjurando reacciones, como en una exposición surrealista en Londres de 1936, donde sorprendió al público al dar su discurso vistiendo una antigua escafandra para buceo y acompañado de dos galgos rusos (al final tuvo que sacarse el casco para evitar la asfixia). Warhol extremaría esta perspectiva de muchas formas, desde su protagonismo en las fiestas de Studio 54 o The Factory hasta aparecer en comerciales de la empresa electrónica nipona TDK o junto al boxeador Sonny Liston promocionado la aerolínea Brannif (when you got it, flaunt it!).

Instalación del “Sofá-labios” de Salvador Dalí en la exposición Dali kontra Warhol, en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Los dos fueron muy versátiles para desarrollar su trabajo, haciendo que sus intereses en distintos medios y plataformas de expresión volcaran en numerosas colaboraciones con otros artistas, como Dalí con Luis Buñuel en el cortometraje surrealista Un perro andaluz (1929) o la serie de pinturas colaborativas que Warhol realizó con Jean-Michel Basquiat (1983-1985). A su vez, otro factor que los unió es que tanto Dalí como Warhol descubrieron temprano la ventaja de la multiplicación, condicionando sus talleres para ello. Es curioso recordar que Dalí empezó con estos cambios antes de que Warhol conceptualizara y creara The Factory, su famoso estudio, taller y punto de encuentro de la bohemia de Nueva York. Según Szabłowski, “ambos cuestionaban el significado tradicional de la originalidad, especialmente Warhol, quien puso mucho énfasis en esto. Raramente hacia un trabajo que no tuviera varias ediciones. Casi toda su obra principal se basó en series”.

Pese a tales similitudes, las diferencias en sus propuestas están muy presentes. “A través de toda su obra, Dalí nunca abandonó el ideal de la omnipotencia del artista, es decir, la posibilidad de crear de la nada, empleando tu propia genialidad. Algo que no está mal, fue su camino y concepción, mas también se debe a que pertenecía a otra generación y a su background surrealista, que siempre lo empujaba hacia esta convicción del poder creativo ilimitado”, explica Szabłowski. “Warhol tenía otro tipo de sensibilidad. Él decía que el artista del futuro será alguien que edita y reedita, que se comunica a través de elementos ya existentes, transformándolos y dándoles más poder”, agrega.

Portada del álbum “Sticky Fingers” (1971) de The Rolling Stones, diseñado por Andy Warhol.

Además, Warhol tenía una opinión muy crítica. No era esa persona pública sin expresión ni opiniones que siempre aparentó. Ese disfraz fue parte de su proyecto artístico: servir como espejo para los conceptos de otras personas. Warhol se distanciaba mucho de la categoría de un artista sin opiniones. Su profundo entendimiento de la cultura de su tiempo provocó que su obra se centrara en una confirmación total de la sociedad de consumo: empleando elementos tomados de diferentes productos o deseos colectivos. “Muchas veces —sostiene Szabłowski—, evidenciar la forma de operar del sistema puede ser más crítico que rechazarlo o negarlo, porque a través de la confirmación estás realmente demostrando cómo funciona”. Algo que puede verse con las latas de sopa Campbell, donde glorifica y critica los hábitos de consumo de la época.

Uno de los conceptos que más los une es asimismo uno de los que más descubren su genialidad: ambos cuestionaban la mortalidad. “In Voluptas Mors” (1951), un retrato hecho en colaboración con el fotógrafo Philippe Halsman, presenta a Dalí posando junto a una gran calavera, o dependiendo de la perspectiva, junto a siete modelos desnudas (“la voluptuosidad de la muerte”). Dalí subvierte la realidad en esta fusión de la inminencia de la muerte y la presencia del erotismo, buscando que uno descubra pistas sobre sus procesos subconscientes a través de las asociaciones evocadas por la ilusión óptica.

El clásico “In Voluptas Mors” (Philippe Halsman, 1951).

A su vez, en su “Díptico de Marilyn” (1962), Warhol presenta cincuenta cuadros del rostro de Marilyn Monroe, basados en una fotografía publicitaria para la película “Niagara” (1953). Se trata de una serigrafía realizada poco después del deceso de la actriz, donde una mitad está a colores y la otra en blanco y negro, connotando no solamente la extremada reproducción que reduce el valor de las persona retratada, sino la relación entre la figura de la fama con la del consumismo y la muerte. Hank Hine sostiene que “en Warhol podemos ver el amor por este mundo, pero también un sentido de su fugacidad y su muerte. Las celebridades como un esbozo que eventualmente se descompondrá y desaparecerá”.

 

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A pesar de los años, el recuerdo de estos dos iconoclastas permanece vigente en la memoria colectiva. Algo que intensifica la importancia de esta muestra y le otorga actualidad es el reciente retorno de ambos a las noticias, nuevamente bajo el manto del escándalo. A fines de junio, John McEnroe, el retirado campeón de tenis estadounidense convertido en celebridad, publicó su autobiografía, donde, entre otras confidencias, señala a Warhol como el saboteador de su vida sexual, interrumpiendo muchos de sus flirteos nocturnos con sus fotografías (Warhol solía tomar Polaroids a todos, incluyendo personajes como Alfred Hitchcock, Pelé o Mick Jagger. Por esa afición es que hoy se le considera uno de los precursores del concepto de Instagram). McEnroe además afirma que Warhol fue un “mediocre sobrevalorado”, olvidando quizá que en 1986 lo contrató para que hiciera un retrato de él y su entonces esposa, Tatum O’Neal.

De la misma forma, el nombre de Dalí ha resonado por toda España con revigorada fuerza. El pasado 20 de julio se realizó la exhumación de su tumba en el Teatro-Museo Dalí, en su natal Figueras. La acción se dio como orden de una corte de Madrid, paso crucial para la consecuente prueba de ADN que implica proseguir la demanda de Pilar Abel Martínez, tarotista de 61 años que asegura ser su hija extramatrimonial. Una noticia que ha conmocionado a todo el país, dividiendo a la gente entre quienes apoyan a Abel Martínez y quienes la dan por una oportunista y embaucadora. Además del rechazo de los actuales dueños del patrimonio del surrealista: la Fundación Gala-Salvador Dalí, el Estado español y el ayuntamiento de su pueblo. El equipo forense extrajo un poco de pelo, uñas y dos huesos largos para la comparación de ADN, y según uno de sus miembros, el bigote de Dalí permanece idéntico, dando las 10 y 10 de un reloj imaginario, como él deseaba. Los resultados se pronostican para mediados de setiembre. Toda una locura que el diario El País ha llamado “surrealismo en estado puro”.

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Afiche de la muestra “Dali kontra Warhol” en Varsovia (2017).

En mayo de 1978, Dalí y Warhol se citaron en un restaurante en Nueva York. Warhol llevó dos ejemplares de uno de los libros de Dalí para que se los firmara. Allí, ambos descubrieron que compartían la inquietud por buscar beautiful freaks. Antes de despedirse, Dalí sorprendió a Warhol una vez más, obsequiándole una bolsa de plástico con sus paladares usados. Un simbólico gesto que se entendió como la confirmación de su aprecio, y a su vez, como un ritual de sucesión. Un recuerdo que Warhol registró con admiración en sus diarios. Obsesionado como estaba con el concepto del artista presente en la esfera pública, Dalí era un caso fascinante para Warhol. “Sin embargo, no existen pruebas de que Dalí haya estado tan interesado en Warhol. Creo que eso dice mucho de la relación de ambos. Los divide, a su vez. Dalí estaba muy concentrado en sus ideas, el desarrollo de su propuesta; mientras Warhol sabía que estaban sucediendo cosas importantes allá afuera, absorbía, prestaba atención”, subraya el curador Szabłowski.

Dalí dijo que si llegaba a morir, no lo haría del todo. Warhol afirmó que no creía en la muerte, y que no podía decir nada sobre ella porque todavía no estaba preparado. Hoy que se reencuentran en Polonia se han cumplido 113 y 89 de sus aniversarios, respectivamente. Ambos influyen hasta el día de hoy a muchas generaciones de artistas. Fueron absolutamente célebres: amados y odiados mientras vivieron, y lo han sido cada vez más desde sus muertes. Son inmortales.

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El caso Amok: el libro de la muerte

Krystian Bala, 2008 (Créditos: Adam Hawałej/PAP).

Krystian Bala podría acaso denominarse como el precursor del ‘meta-asesinato’. El joven escritor polaco permanece en la prisión de Breslavia, tras culpársele de haber premeditado, dirigido y cometido un homicidio en el 2000. Después de acabar —supuestamente— con la vida de un empresario, escribió y publicó un libro de nombre Amok, en el que se narraba una muerte muy similar. Nadie podría haberlo descubierto. Al menos eso pensaba.

 

El caso

Diciembre para Polonia es un mes perdido. El invierno deprime a sus habitantes, invade la voluntad de los corazones con una desidia tan gris y fría como el cielo de sus tardes. Aquella gélida jornada de diciembre del 2000, cerca al río Óder, al suroeste del país, tres pescadores se hallaban trabajando en silencio. Todavía no encontraban nada cuando uno de ellos creyó ver un gran pez aproximándose a la orilla. Mientras se iba acercando, el pescador y sus amigos pensaron que era un tronco, pero al verlo ya ante ellos, repararon en el cabello. El pescador emitió un alarido de pavor que alarmó a sus colegas, y palpó la figura con su caña de pescar, para atraerla. Lo sabía. Era un cadáver.

El departamento de policía de Breslavia, la ciudad más cercana al hallazgo, trasladó el cuerpo a la morgue. Una soga amarraba el cuello del hombre. Las manos atadas a la espalda. Parte de la cuerda, probablemente cortada con un cuchillo, conectaba sus manos al cuello, provocando que el menor intento de movimiento ajuste y ahorque más la soga en su garganta. Su crueldad lo sugería: era un homicidio. Vestido con un polo y ropa interior, las heridas del cuerpo evidenciaban maltrato y torturas. Los exámenes posteriores revelarían que la víctima no había ingerido alimentos durante los días precedentes a su muerte. Otro examen pulmonar reveló signos de ahogamiento. Contemplaron la posibilidad de que la víctima haya sido lanzada con vida al río.

Las características reflejadas en el análisis del occiso coincidían con la descripción de Dariusz Janiszewski, un publicista de 35 años que se había reportado como desaparecido desde el mes anterior. Fue visto por última vez saliendo de su trabajo en el centro de Breslavia, el 13 de noviembre. Cuando los efectivos de la policía se contactaron con la esposa de Janiszewski para que identifique al muerto, ella se negó. No soportaba el dolor. Su madre, sin embargo, aceptó acudir a la cita, reconociendo el cuerpo sin vida de su hijo. Tenía la misma marca de nacimiento en el pecho.

Portada del libro “Amok”, publicado en Breslavia por la editorial Croma (2003).

Meses después, desprovistos de pistas e información, la policía tiró la toalla y abandonó la investigación. Fue bautizado por la prensa polaca como “el crimen perfecto”. Tres años más tarde, en otoño del 2003, Jacek Wróblewski, un detective de 38 años de la policía de Breslavia, desempolvó el caso. Revisó exhaustivamente el archivo, en una madrugada sitiada de tazas de café e interrogantes. Sus pensamientos moraban con este crimen. Estaba fascinado. Acaso la oscura incertidumbre que lo entrañaba, la inquietud de resolver un enigma sangriento y de relevancia nacional. Wróblewski era un detective muy curioso. Para comprender la mente criminal, había empezado a estudiar psicología en sus espacios libres, en la universidad pública local.

Durante sus indagaciones, un detalle aparentemente fútil captó su atención: nunca hallaron el teléfono celular de Janiszewski. El detective buscó a la esposa del difunto y le pidió los documentos del móvil desaparecido. Ella le brindó el manual de instrucciones, donde figuraba el número de serie del equipo, que Wróblewski empezó a rastrear. Pronto encontraron su paradero: había sido vendido cuatro días después de la desaparición de Janiszewski, en la popular tienda online polaca llamada Allegro. El vendedor estaba registrado como “ChrisB(7)”. Tras una breve pesquisa, el usuario fue reconocido como un escritor, filósofo y empresario de 30 años llamado Krystian Bala.

Empezó a investigar al joven académico. Acababa de publicar Amok, un libro experimental, muy extraño e incomprendido por los medios, en el que figuraba un diabólico chivo de ojos brillantes en la portada. Una representación clásica del Diablo. ‘Amok’ es una curiosa palabra de origen malayo que tanto en polaco como en español y otros idiomas describe un frenesí violento, salvaje y disruptivo, cual estado berserk. Una locura homicida. El detective adquirió la novela y la devoró con rapidez. Narraba las desventuras de un joven intelectual polaco —cual alter ego de Bala— perdido en una sórdida historia sitiada por drogas, sexo y alcohol. Pero algo conjuró su total sorpresa: en determinado momento del libro se describía un asesinato idéntico al de Janiszewski. Wróblewski hiló cabos y no vaciló. Bala fue capturado a los pocos días, y su libro se volvió un insospechado best-seller. Los lectores querían hallar pistas del asesinato en la novela.

Ilustración de John Ritter para la crónica de David Grann en The New Yorker.

En el 2007, el tribunal de Breslavia falló declarándolo culpable. Al año siguiente, se ratificó la sentencia y se oficializó su condena a 25 años de prisión. El asesino intelectual sigue proclamando al mundo su inocencia, aduciendo que se basó en dos textos periodísticos como material principal para su obra. Hacia el final, la novela de Bala se descartó como evidencia en el caso. Sin embargo, otros factores insistieron en su culpabilidad, donde destacaba el teléfono robado de Janiszewski. El motivo resultó ser bastante común: celos. La exesposa de Bala tenía una aventura con la víctima. Bala nunca dejó de insistir en que aquello carecía de sentido, pues esa relación había terminado hace años y él ya no sentía nada. Durante su reclusión, Bala empezó a escribir su segunda novela, supuestamente titulada De Liryk.

 Aunque para muchos sea indiscutible, hasta el día de hoy no se ha esclarecido a plenitud si cometió el crimen. Las pruebas así lo señalan, mas las averiguaciones realizadas encuentran ciertos vacíos en la cadena lógica de eventos, como los testimonios contradictorios en los exámenes forenses. Además, los fiscales y la policía no pueden determinar con exactitud las circunstancias del asesinato de Janiszewski. Muchas preguntas permanecen sin respuesta: ¿dónde se cometió el crimen? ¿cómo transportó a la víctima a un lugar a aproximadamente 100 kilómetros de Breslavia? ¿Tuvo alguna ayuda o estaba solo? A su vez, tampoco se sabe si terminó aquella segunda entrega literaria. David Grann, escritor y periodista del The New Yorker que narró el caso en su extensa crónica True Crime. A postmodern murder mystery, cuenta que, al preguntarle por el libro durante una entrevista en la cárcel, Bala lanzó una nerviosa mirada a los guardias, cerciorándose de no ser escuchado, y musitó: “este próximo libro será aún más deslumbrante”.

 

Krystian Bala hoy

El autor de Amok continúa tras las rejas. Todavía afirma ser inocente. En una entrevista del 2010, Grann habló de su experiencia entrevistando al criminal. Allí entra en detalle en su psicología: Bala se pasó gran parte de estos años hablando de la dualidad entre la realidad y la ficción, y como su libro era un relato ficticio que podía abrirse a la interpretación. Fue lo que le dijo a Grann en la cárcel y que también le repitió a los periodistas polacos Mateusz Baczyński y Janusz Schwertner en el 2017. No obstante, la desesperación parece haber afectado a Bala, quien se contradice: “lo sorprendente, lo divertido —algo que al menos algunas de estas historias tienen— es que pueden ser muy inquietantes, a veces perturbadoras, pero también tienen momentos extrañamente cómicos, y uno de los momentos más graciosos fue cuando este novelista posmoderno está en pleno juicio y de repente intenta convencer a todos de que él es un empirista y que nadie puede interpretar su novela. Yo sé lo que es la novela”, comenta Grann. La crónica sobre el caso Amok de David Grann fue incluida en dos de sus compilaciones de ensayos y textos periodísticos: The Devil & Sherlock Holmes: Tales of Murder, Madness & Obsession (2010) y The Old Man and the Gun: And Other Tales of True Crime (2018).

Bala se ha mostrado entusiasta al hablar sobre la supuesta secuela de Amok, la anunciada De Liryk. Un todavía sobrecogido Grann agrega que, luego de enterarse de la existencia de este próximo libro, descubriría que la policía de Breslavia ya había reunido evidencia hallada en la computadora de Bala, cuyos archivos contenían material sobre una potencial nueva víctima. De acuerdo al reporte policial, Bala planeaba volver a matar, enlazando su segunda novela con un nuevo asesinato. Años más tarde, el escritor homicida le revelaría a Baczyński y Schwertner que De Liryk ya estaba casi lista y que se trata de la segunda parte de una trilogía: “será una disertación pornosófica, posmoderna en forma, hardcore en contenido”, señaló desde la prisión.

En el 2010, Bala intentó anular su sentencia sirviéndose del recurso de casación, pero el Tribunal Supremo rechazó su apelación. El caso de Amok sigue siendo uno de los crímenes más sonados tanto en Breslavia como en todo el país. Krystian Bala continúa cumpliendo la condena de 25 años, y no se declara culpable hasta el día de hoy.

Bala en el 2017, en un reportaje del canal de televisión polaco TVN24.

 

Amok en el séptimo arte

La historia de un graduado de filosofía que incurre en homicidio y unos años después publica una novela donde camufla pistas y otros detalles de cómo acometió el crimen. Era una cuestión de tiempo: periodistas, escritores, cineastas, criminólogos, el caso dio la vuelta al mundo, en gran parte por el relato de Grann en The New Yorker. Ciertamente, es una idea muy atractiva para la ficción.

La primera adaptación del caso fue local. Amok es una película del 2017 dirigida por Kasia Adamik —hija de la connotada cineasta polaca Agnieszka Holland— y protagonizada por Mateusz Kościukiewicz, quien interpreta a Krystian Bala. Se trata de una adaptación libre del crimen de Bala y su libro que generó mucho interés por la ya conocida y controversial historia detrás, pero que no fue bien recibida por la crítica. En el 2017, cuando los periodistas Baczyński y Schwertner le preguntaron por qué permitió que realicen una película que lo presenta como el asesino cuando él sigue alegando lo contrario, Bala replicó: “es solo una película. ¡Ficción, no documental! Todo el argumento se basa en los eventos de una forma muy abierta. Algunos personajes son completamente ficticios. Verás, yo me permito una provocación. Para ser honesto, no estaría de acuerdo con una hagiografía. No quiero verme inmaculado. Y esta película es una narración divertida… Para el cine podría incluso ser un caníbal. Repito: es divertido”.

Póster oficial de la película “Amok” (2017).

Quizá lo curioso sea lo acontecido detrás de cámaras: Bala aceptó la idea y vendió los derechos de autor tanto del libro como la película, ganando alrededor de 30 mil dólares en złoty —la moneda polaca— que transfirió de inmediato a su madre. Al año siguiente, la familia de la víctima, Dariusz Janiszewski, denunció a los creadores de la película y llevó el caso a la corte de Breslavia, aduciendo que la información de esta violaba sus derechos de privacidad y ofendía la memoria del difunto. La abogada de la cineasta afirmó que todo el proceso se había dado bajo la ley, refiriéndose al dinero otorgado a Bala. Cuando la corte decidió que Bala debía pagar 11 mil złoty —unos 3 mil dólares— a la familia de Janiszewski, este se negó, declarando que ya lleva años sin recursos financieros y sin ningún ingreso en el camino. Desde entonces, la fiscalía de Breslavia lleva a cabo una investigación para explicar si se ha ocultado el dinero. Todo quedó en el aire.

Claqueta de la filmación de “Amok”, la adaptación al cine de Kasia Adamik (Créditos: TVN24).

Mientras esto sucedía, Estados Unidos preparaba su propia versión de la mano del director griego Alexandros Avranas. Dark Crimes se estrenó el 2018 luego de recorrer festivales como True Crimes, un nombre más cercano a la afamada crónica de David Grann en la cual se basó el guion. En Dark Crimes tenemos a Jim Carrey como Tadek, un detective polaco que encuentra grandes similitudes entre un caso sin resolver y un reciente best-seller escrito por un siniestro personaje llamado Kozlov —el Krystian Bala de turno—, interpretado por Marton Csokas. La película fue presa de un rechazo devastador, centrado en su ritmo excesivamente sombrío y deprimente, el acento eslavo de Carrey y las no pocas escenas de violencia contra la mujer. Al mismo tiempo, el rol de Csokas como el asesino fue ovacionado y considerado lo mejor de la película.

Personalmente, creo que tanto Amok como Dark Crimes no son buenas películas, pero aquello no las hace detestables. Mientras la primera es un thriller más digerible y ameno que no ofrece nada nuevo, la segunda parece esforzarse demasiado —sin éxito— en emular esa atmósfera lúgubre y siniestra del cine policial europeo, además de la sórdida y explosiva violencia de algunas escenas. No obstante, pienso que las actuaciones la salvan de ser un total bodrio, con un Jim Carrey bastante sólido —si ignoramos ese acento innecesario que es todo menos polaco— y las acertadas actuaciones de Charlotte Gainsbourg, Kati Outinen, Robert Więckiewicz o el ya mencionado Csokas. Dicho todo esto, ambas historias son inferiores a la descabellada historia de la vida real en la que están basadas. Todavía queda pendiente un gran thriller sobre el caso Amok.

 

Otros escritores asesinos

Si bien el caso de Krystian Bala y su libro Amok es extraordinario, no se trata de un episodio sui géneris en la literatura. Existen otros escritores de novela negra que luego se descubrieron como verdaderos asesinos. Quizá los más similares al caso Amok, es decir, crímenes en los que se haya matado a un ser humano para luego narrar los detalles subrepticiamente en una novela, sean los de Richard Klinkhamer y Liu Yongbiao. El primero es un escritor holandés cuya esposa desapareció en 1991. Un año después presentaría a su editor el manuscrito de una perversa novela donde proponía siete distintas maneras de asesinar a su esposa. El texto fue rechazado, pero sus fragmentos vieron la luz en la prensa clandestina. En el 2000 los nuevos dueños de su antigua casa hallaron el cráneo de su esposa enterrado en el jardín. Klinkhamer confesó el crimen y fue sentenciado a siete años de prisión, saliendo el 2003 por buena conducta. Murió en el 2016, convertido en una celebridad. El otro es Liu Yongbiao, un escritor chino que se hizo muy notorio en su región. En el 2010 publicó una novela en cuyo prólogo comentaba su próximo proyecto literario como “la historia de una hermosa escritora que ha matado a muchas personas, pero los casos siguen sin resolverse”. En el 2017 fue arrestado como principal sospechoso de un caso sin resolver de 1995, el asesinato múltiple de una familia que trabajaba en una pensión de la localidad de Huzhou. “He estado esperando este día durante mucho tiempo”, confesó Liu, quien fue sentenciado a muerte en el 2018.

Póster oficial de la película “Dark Crimes” (2018).

Entre otros casos de escritores asesinos tenemos al norteamericano E. Richard Johnson, autor de Mongo’s Back in Town, un libro de 1969 llevado al cine en 1971. Johnson escribió casi la totalidad de sus relatos de crimen desde la cárcel, donde estuvo a raíz de un homicidio en segundo grado acometido durante uno de sus atracos en su juventud. Anne Perry, reconocida autora británica de novelas de misterio, entre ellas sus series sobre Thomas Pitt y William Monk, estuvo en la cárcel cinco años por el asesinato de la madre de su mejor amiga en 1954. Ambas la mataron a ladrillazos. El oscuro incidente recordado como el “Caso Parker-Hulme” fue adaptado al cine por Peter Jackson en la lograda Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, 1994).

María Carolina Geel fue una recordada escritora y crítica literaria chilena que en 1955 asesinó a su amante en el suceso conocido como “El crimen del Hotel Crillón”. Gabriela Mistral, entonces cónsul en Nueva York, solicitó su indulto al presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, cumpliendo así solamente un año de su sentencia. En ese periodo concibió Cárcel de mujeres (1956), uno de sus libros más exitosos, y siguió escribiendo hasta su muerte en 1996.

Si bien fue declarado como un accidente, en 1951 en Ciudad de México, el mítico beatnik William Burroughs acabó con la vida de su segunda esposa, Joan Vollmer. Al inicio retrató el incidente como una macabra borrachera, al estar ambos ebrios jugando “Guillermo Tell”, pero luego diría que fue un descuido mientras mostraba su pistola a sus amigos. Al retornar a Estados Unidos, fue sentenciado a prisión suspendida por dos años. David Cronenberg recreó el incidente en su delirante película El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991).

Más recientemente, tenemos al historietista y dibujante canadiense Blake Leibel, quien en el 2016 torturó, extrajo el cuero cabelludo y drenó el cuerpo de su prometida hasta la muerte. Las investigaciones sugieren que Leibel se había inspirado en Syndrome, una sangrienta novela gráfica del 2010 que coescribió junto a otros artistas. Fue condenado a cadena perpetua en el 2018.

Y la lista continúa. Relatos aterradores en los que la realidad supera a la ficción. Crímenes en los que la vida imita al arte. Polonia tiene a Krystian Bala y su libro Amok. En unos años Bala saldrá libre. ¿Publicará aquella secuela? ¿Volverá a planear un homicidio?

Simplemente no lo sabemos.

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Chicama: la ola más larga del mundo

Deportes, Ecología y Medio Ambiente, Reportajes, Viajes - Diego Olivas Arana - 29 Febrero, 2020

Atardecer en Chicama (Créditos: Carlos Antonio Ferrer).

El puerto Chicama, a 600 kilómetros de Lima, es hogar de la ola más larga del mundo. Su inefable grandeza y extensión han sido fruto de curiosidad y ambición de incontables tablistas. Dentro de poco, este paraíso surfer podría desaparecer ¿Qué sucede con la ola de Chicama?

 

*** Este texto fue publicado originalmente en una versión más corta en la revista Asia Sur #183 (Edición enero, 2016).

 

Ponga un dedo al azar en el mapa, y ahí donde caiga, un surfista habrá soñado alguna vez con la ola de Chicama, ese fenómeno oceanográfico único en el mundo que bosteza amplio, larguísimo y que se corona como la izquierda más larga del mundo. Cumpliendo aquel sueño, decenas de tablistas arriban a El Point, punto neurálgico del balneario norteño y paradero marino donde hombres y mujeres esperan viaje en ese medio de transporte armado con agua y sal, que favorece extensamente a quien sabe domarla a lo largo de sus dos kilómetros de cresta de espuma. Los favores de la ola han trascendido la orilla: tras los dos minutos y medio que dura su recorrido, decenas de moto taxistas esperan a los tablistas al final del viaje para regresarlos donde todo comenzó. Así de larga es: el retorno puede ser tan agotador, que es mejor pagar un nuevo sol para volver sobre tres ruedas.

Correr esta ola no tiene precio. ¿Por qué, entonces, sepultar tal maravilla de la naturaleza con un muelle?

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En marzo del año pasado, el terminal portuario de Malabrigo en Chicama, en el departamento de La libertad,  conocido también como Puerto Chicama, perdió su muelle artesanal, abatido por la intensidad del oleaje. El gobierno regional contempló la posibilidad de construir un nuevo muelle tipo espigón. Así, tres empresas extranjeras han ofrecido planes de construcción del muelle. Nada ha sido aprobado todavía, mas la polémica ya se desató: el muelle moderno cambiaría para siempre las llamadas ‘olas chicameras’, la meca del surf para el tablista de mundo. 

Para Carlo Grigoletto, de DG Costera, una institución que busca desarrollar proyectos sostenibles para la preservación del litoral peruano, todo está relacionado al proceso de transporte de sedimentos, que es el acopio de residuos arrastrados por las corrientes. «Ellos forman las playas y el fondo marino, que junto a la base sólida rocosa hacen de las rompientes lo que son ahora». Tal construcción sólida impediría el flujo natural de sedimentos, generando riesgos de erosión que afectarían la figura de las playas y el perfil y calidad de las rompientes, transformando la ola más larga del mundo en una corrida de turno.     

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. Clip de las olas de Chicama.

 

Casi dos centurias antes de que el capitán James Cook observase tablistas por primera vez en Hawái, el jesuita y antropólogo español Fray José de Acosta describió en su libro, Historia natural y moral de las Indias (1590), cómo los indígenas del Perú pescaban y paseaban por el mar sobre sus caballitos de totora, cual “tritones o neptunos sobre el agua”. Los primeros tablistas fueron peruanos. Siglos después, en 1965, el surfista hawaiano Chuck Shipman se topó con la inmensa ola de Chicama desde la ventana de su avión, regresando de un campeonato mundial de surf en Punta Rocas. Pronto identificó en un largo mapa del Perú la zona al norte de Lima donde podría hallarse aquel promontorio, y con ayuda de los tablistas peruanos Joaquín Miro Quesada, Oscar ‘Chino’ Malpartida y Carlos ‘El Flaco’ Barreda, descubrió aquello que surfistas de todo el mundo daban por mito o superchería: la ola perfecta de Chicama. Hacerse uno con la ola en Perú sienta bien. Es casi esperable. ¿Cómo salvar la leyenda viva que anida en Puerto Chicama?

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“Entre 1969 y 1972, poco después de que se descubriera la ola, visité Chicama seguido, mientras vivía en Lima. El pueblo no tenía agua corriente, solo un pozo central. No había baños, hacíamos nuestras necesidades en el desierto. Muy pocas casas tenían electricidad, la mayoría eran pequeñas chozas de barro y adobe. Las calles eran pura tierra y arena. La casa de El Hombre estaba más cerca del punto. Los surfistas dormían en un piso de tierra, en una habitación sin techo que estaba detrás de la cocina del señor Hombre. Sin costo alguno. En agradecimiento por su amabilidad, le compramos comidas cocinadas por su esposa por alrededor de 15 centavos de dólar. Esta era la única fuente de ingresos para Hombre y su familia empobrecida. Compartimos nuestro vino y pisco con Hombre, ya que él no podía permitirse ese lujo de hombre rico. Estoy feliz de ver que El Hombre llegó tan lejos y ahora dirige un exitoso hotel”.

Aquel es el testimonio de un viejo surfista apodado Fredisimo. El Hombre es un personaje casi místico en puerto Chicama, quien muy joven se dedicó a acoger a todos los tablistas extranjeros que llegaban en busca de la ola más larga del planeta. Con los años, lo que se inició como un gesto de hospitalidad acabó convirtiéndose en el negocio y legado familiar: el Hostal “El Hombre”, un espacio sagrado para los surfistas, hoy regentado por Doris, la hija de El Hombre. La ola los atrae y genera este intercambio y prosperidad. Como ellos, son muchos los lugareños cuyo trabajo gira en torno al turismo surfista de la ola de Chicama. Algo que podría desaparecer.

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Una joven surfista recorriendo la legendaria ola (Créditos: Javier Larrea).

Hace trece años se propuso la ley N° 27280, la ‘Ley de Preservación de las Rompientes apropiadas para la Práctica Deportiva’. Ley pionera en su discurso, que recién fue legislada en el 2013 bajo la condición de que solo serán protegidas aquellas registradas en el Registro Nacional de Rompientes. Carolina Butrich, campeona mundial de windsurf y coordinadora de la campaña HAZLA POR TU OLA, de la iniciativa Conservamos por Naturaleza, afirma que para realizar tales inscripciones se deben presentar expedientes y estudios que pueden tomar tanto tiempo como dinero. HAZLA busca explicar la problemática y recaudar cincuenta mil dólares para registrar un primer bloque de diez grupos de rompientes importantes, incluida Chicama. “No hay antecedentes de lo que queremos hacer, eso puede ser un problema. Tratamos de establecer un proceso para facilitar los pasos en el futuro”, confiesa Carolina, mientras contempla sonriendo el tatuaje de su muñeca: un heartbeat cuyas ondulaciones reflejan el movimiento de unas olas. La vida evocada en el mar.

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La construcción de un muelle podría ser factible en tanto sea sostenible. Carolina menciona tres principios que deben considerarse para ello: el ambiental, pues al ser un muelle sólido y no permeable, impide el tráfico de sedimentos e incrementa la erosión; el económico, porque la ola de Chicama no es solamente un acontecimiento para surfers, genera gran actividad turística que da muchos puestos de trabajo; y el social, ya que un muelle provocaría la pérdida de arena por retención de sedimentos, ello transformaría las playas, afectando los lugares turísticos y por ende a la población.

Dicen que muchos surfistas erraron toda su vida buscando la ola más extensa y perfecta, aquella misteriosa criatura infinita que los encaminaba al origen del mundo. La legendaria ola de Chicama, la más larga de la tierra, podría acaso ser tal aparición. Y podría, a su vez, convertirse en un pronto recuerdo. Está en nuestras manos.  

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Un año más sin Kapuściński: el reportero del siglo XX

Kapuściński en su escritorio en Varsovia (Créditos de la foto: Maciej Zienkiewicz).

Ryszard Kapuściński fue el hombre que hizo célebre su forma de mirar. El escritor y periodista polaco más traducido y publicado del mundo. A una década de su muerte, su obra prevalece más vigente que nunca.

*** La primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 10/12/2017.

Kapuściński tenía siete años cuando descubrió la guerra. Era 1939 y deambulaba en un prado cerca de su casa cuando reparó en esos destellos que surcaban el cielo, seguidos de un sonido ensordecedor. El entonces pequeño Rysiek –como le llamaban los amigos, una versión polaca de ‘Ricardito’– no entendía lo que sucedía. Un estruendo desmesurado e inexplicable lo alertaba. Rysiek nunca había escuchado una bomba, ni siquiera estaba al tanto de su existencia.  Contempló azorado cómo, desde el bosque, se levantaba la tierra. Nunca había visto algo semejante, una magia siniestra que lo atraía como a todo niño frente a lo incierto. Cuando se encaminaba hacia esa dirección, alguien lo cogió del hombro, tumbándolo al suelo. Era su madre. “No te muevas —susurró—. Ahí está la muerte”. Así lo contó en su primer libro de reportajes literarios, La jungla polaca.

La guerra marcó para siempre a Kapuściński, quien tradujo esta inquietud persiguiéndola durante toda su vida, en una lucha por comprender las diferencias entre los seres humanos: una búsqueda del ‘Otro’, solía decir. El resultado fue una ingente obra periodística y literaria cuyas ideas guardan todavía una intensa vigencia. Hoy, en el decenio de su fallecimiento –y su octogésimo quinto cumpleaños–, aquel “cronista del tercer mundo” voceado numerosas veces al Nobel de Literatura y ganador del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades el 2003; aquel polémico trotamundos que revolucionó los estándares de la narración periodística, es evocado en su tierra con nostalgia y cotidianidad. ¿Quién fue Ryszard Kapuściński (1932-2007)?

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Una tarde gris de otoño en el distrito varsoviano de Ochota. Las hojas de los árboles descansan amarillas sobre el asfalto húmedo, tras la lluvia. La niebla invade silente el vasto parque Pole Mokotowskie. No muy lejos de allí, en el número 11 de la calle Prokuratorska se encuentra la casa de Kapu –como muchos lo conocen en Latinoamérica–. Allí reside una pediatra muy paciente llamada Alicja Kapuścińska. Tiene 84 años y ha sido la esposa del escritor por 55. Un lustro luego de volverse la viuda de Kapuściński, confesó a un semanario local que por lo general no siente que su esposo se haya ido para siempre. Hoy, mientras bebe un té en la sala de su casa, rodeada de premios y reconocimientos y de fotografías de su esposo y familia, esa sensación permanece. “Todavía siento que está haciendo un reportaje. Solo han pasado diez años. Siempre vivimos así: él, fuera de casa por largo tiempo; yo, aquí, viendo sus cosas. Pero él siempre volvía… Cincuenta años en los que él estaba viajando. Imagínate. Para mí es lo mismo ahora”.

El timbre de la casa de Kapuściński en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Alicja esboza una mirada afectuosa y sonríe con frecuencia, mas es de pocas palabras, siempre con un perfecto español, fruto del puñado de años que vivió con su familia en México. Curiosamente, su rostro evoca de alguna forma a su querido Kapuściński: acaso sea la refulgencia de sus ojos, o esa suerte de hexágono que se dibuja en la parte inferior de su rostro al sonreír. Alicja no reza ni enciende velas en nombre de su esposo. Tampoco le habla a su fotografía. Sin embargo, su recuerdo es lo primero que percibe cada mañana. Lo evoca por reflejo: “Solo en ese momento, al despertar, miro al otro lado de la cama. ¿Está durmiendo?, me pregunto y casi en el acto recuerdo que ya no está. Que está viajando”.

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Darse de bruces contra una cobra egipcia en Tanzania y sobrevivir para cruzar la frontera con Uganda desvariando por la malaria. Desplazarse una semana desde China a Rusia a través del inefable Transiberiano, recorriendo los inhóspitos yermos de Siberia. Acompañar a cinco mineros polacos en un periplo fúnebre al otro extremo del país para retornar a su pueblo natal el cadáver de un compañero muerto en una explosión. ¿Por qué hay que leer a Ryszard Kapuściński, aquel vagabundo políglota que acuñó la frase “para ser buen periodista hay que ser una buena persona”?

Quizá porque no se conformaba con entrevistar a líderes políticos. Kapuściński era un reportero sabueso poseedor de una insondable empatía: podía pasar semanas o meses viviendo en aldeas alejadas o barrios marginales, compenetrándose con las costumbres y pensamientos de la gente –acaso una fusión de la observación participante y el periodismo gonzo–, identificándose y dándole voz a los olvidados. Aquello lo ha convertido en un referente del humanismo y la moral en el quehacer periodístico.

Quizá porque era una criatura indefinible: un viajero licenciado en historia que ejercía el periodismo como un novelista, poeta y ensayista, que además era fotógrafo (su faceta menos conocida) y que en su última etapa destacó como un erudito preocupado por las desigualdades y el racismo, crítico de la globalización y el capitalismo y severamente descreído de los medios de comunicación. Y por último, quizás porque el periodismo que practicaba, cuya maestría en la prosa lo aproximaba más al relato breve, era una propuesta mutante espléndida, a caballo entre crónicas de viaje, autobiografía, ensayo, testimonio, poesía y reportaje.

Ciertamente, Kapuściński concibió una impronta única y experimental que solía palpar la ficción. Evitaba fechas o nombres deliberadamente, atribuyéndoles más valor a la idea que denotaban que a los hechos por sí mismos. “Fue capaz de inventar para hacer una verdad aun más verdadera. Era un gran narrador, pero nunca un mentiroso”, aseguró en su defensa Neal Ascherson, veterano periodista escocés. Además de una mutua admiración, compartió esta pulsión literaria con el Nobel Gabriel García Márquez, quien se dirigía a su colega polaco como ‘Maestro’ y lo invitó a formar parte de su Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Durante el primer taller de crónica que Kapu dictó allí, el 2001 en México, alguien preguntó si era justificable agregar una lágrima a una persona para intensificar el efecto literario. Gabo tomó la palabra. “Por supuesto que sí. Refleja mejor la atmósfera del momento, el estado mental de la persona. ¿Dónde está la traición ahí?” Estallaba el debate cuando mira a Kapu y le pregunta entretenido: “tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?”. Su réplica fue una breve y silente sonrisa. Ambos creían que la objetividad conducía a la desinformación.

Por otro lado, no faltaron detractores, como el inglés John Ryle, aclamado antropólogo británico experto en África, quien corroboró diversas inexactitudes y mitificaciones realizadas por Kapu. Argumentaba que El Emperador era más una alegoría del poder comunista en Polonia que un reportaje sobre la Etiopía imperial. “El problema –asevera– es que sus libros se presentan como reportajes reales: no podemos desmerecer su mensaje, su brillantez, sus grandes momentos o su auténtica simpatía por la gente, pero no debemos tomarlo en serio como una guía de la realidad”.

El legendario estudio-buhardilla de Kapu (Créditos: Diego Olivas Arana).

En su monumental biografía sobre Kapuściński, Artur Domosławski coincide en que su obra funciona para comprender los mecanismos del poder en cualquier régimen autocrático. De la misma forma, cuestionó distintos pasajes épicos de la obra de Kapu. Domosławski afirma que Kapuściński carecía de pruebas al narrar que los peces del lago Victoria en Uganda habían crecido anormalmente tras alimentarse con las víctimas de Idi Amin Dada: éstos crecieron simplemente debido a su ingesta de otros peces del Nilo. Kapu se sirvió de esta metáfora para revelar una cruenta verdad. El talento para ‘intensificar la realidad’.

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La viuda de Kapuściński no está sola esta tarde. Como cada año, su hija ha arribado temporalmente a Varsovia. La artista visual y pintora Rene Maisner conserva el apellido de su primer matrimonio y reside desde hace décadas en Canadá. A sus 64 abriles, parece que el tiempo hubiese acentuado el parecido con su padre: detrás de sus gafas ovaladas, esos ojos pequeños y oscuros comparten aquel destello que los torna casi grises, las cejas arqueadas, la nariz romana y ese rostro que concluye en el hexágono familiar. Hoy es una abuela algo encorvada, mas jovial y veloz. Rene Maisner, la hija de Kapuściński, podría también ser su melliza.

Acaba de retornar de un festival de literatura en Roma, al que asiste anualmente invitada por el Ministerio de Cultura polaco para entregar una premiación en honor a su padre, pero este año fue distinto: el actual gobierno polaco liderado por el partido ultraconservador y católico Ley y Justicia se ha desentendido de la premiación. “Lo mismo está sucediendo con otros artistas o escritores: este gobierno no aprecia a aquellos que lo merecen”, asegura Maisner. La derecha radical polaca no quiere a Kapuściński. Lastimosamente, esa no es la primera traba estatal con la que se topan: también han congelado los planes de Alicja Kapuścińska de convertir la buhardilla en el primer museo oficial sobre su esposo, un proceso que ella ha llevado a cabo por años. “Así funciona este gobierno”, coincide con su hija.

Alicja siempre fue su sostén: era tanto su mánager como la correctora de las primeras versiones de sus libros. Esa devoción no se ha apaciguado, y, acaso como otras viudas literarias, se dedica exclusivamente a preservar la memoria de Rysiek. Desde las constantes visitas de adeptos que buscan conocer el mítico estudio hasta entregar galardones en nombre de su esposo tanto en Polonia como el extranjero, entre ellos el prestigioso Premio de Reportaje Literario Ryszard Kapuściński (con ganadores como el curtido corresponsal de guerra Ed Vulliamy o la Nobel Svetlana Alexievich). Mientras enumera tales actividades irrumpe el teléfono y se levanta del sofá a contestar. “Otra editorial”, comenta con cierto desgano, como quien abre la puerta de la casa y se topa por enésima vez con los vendedores de biblias. Kapuściński le confió su obra inmortal y ella debe protegerla.

Madre e hija se habituaron a tenerlo lejos: durante los sesenta hubo un momento donde dejó de comunicarse por dos años. Fue el máximo periodo de incertidumbre que pasaron: “Estaba perdido en África y nosotras aquí. Eran los tiempos donde no teníamos teléfono, solamente sabíamos de él a través de sus despachos para la Agencia de Prensa Polaca. Iba todos los días a preguntar. Ellos me decían cómo estaba y si estaba con vida”, recuerda Alicja.

Ryszard Kapuściński en Varsovia, 1962 (Créditos de la foto: Janusz Sobolewski/FORUM).

Sería durante otra temporada incierta, años después, que Rysiek retornaría a Varsovia para toparse con una sorpresa. Era 1989 y su padre –recuerda Rene– estaba en Rusia haciendo la reportería para El Imperio. Su madre continúa: “él quería su propia biblioteca, por eso empezamos a construir el estudio. Pronto estaba llena de albañiles, arquitectos y dirigiendo. Él no sabía nada. Cuando volvió subimos hacia la buhardilla y él no quería, estaba cansado, pero fue”. Al llegar, Rysiek quedó atónito, observándolo todo. “¡No me lo imaginaba!”, gritó extasiado, volviendo la mirada hacia su esposa. Ambos sonrieron en silencio, solos en el estudio vacío. Se pasó la tarde transportando sus libros. “Era su templo”, proclama su viuda, con una sonrisa frágil y auténtica. Así fue el primer encuentro de Kapuściński con aquel indecible espacio donde terminaría de escribir su obra.

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Dentro de un añejo maletín en el estudio de Kapu anidan alrededor de 80 páginas de sus notas. La viuda y la hija aún piensan que estas pueden ser una futura séptima entrega de Lapidarium, aquella miscelánea de reflexiones, relatos o sentimientos que publicó en sus últimos años y cuyo sexto tomo, póstumo, dejó listo antes de que un infarto lo apartara del mundo. Sus tres proyectos pendientes más ambiciosos fueron un libro sobre la historia de Pinsk, su pueblo natal; un retrato de otro gran viajero polaco, el antropólogo Bronisław Malinowski; y acaso el más cercano al resto de su obra, una nueva entrega sobre Sudamérica, que ya llevaba título: Fiesta. En uno de los cuadernos de ese maletín descansa un hermoso pasaje de aquel libro, escrito durante una de sus últimas estancias en nuestras latitudes, en el 2000:

“Lima: en el invierno (nuestro verano), el cielo es de un gris impasible, bajo y plano en las primeras horas del alba; sin nubes, inmóvil y carente de vientos. Más tarde, antes del mediodía, se torna algo más brillante y azulado, pero no en la forma en que las nubes tan solo se dispersan y se alejan, no, es como si cierto proceso químico sucediese en este cielo gris, como si lo grisáceo se fundiera y transformara en azul, para otra vez volverse más gris, más oscuro y devenir en una noche sin estrellas”. Otro de sus apuntes para Fiesta, escrito en el mismo viaje, fue compartido por Domosławski en su biografía: “Como Hitler o Stalin, el líder es una suerte de Dios. Es la mentalidad de los Testigos de Jehová… Abimael Guzmán –el ideólogo de Sendero Luminoso– es un Maoísta. No tiene amor por el Perú, solamente deseos de guerra contra la sociedad peruana”.

Kapuściński junto al teólogo peruano Gustavo Gutiérrez Merino después de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Comunicaciones y Humanidades 2003 (Créditos de la Foto: AFP).

Kapuściński sentía gran interés por el Perú. Estuvo aquí a fines de los sesenta, cuando se enclaustró un mes en un hotel limeño para traducir al polaco el diario del Che Guevara en Bolivia; o en los Andes peruanos en 1970, cuando conversó durante días con granjeros y trabajadores sobre la reforma agraria de Velasco. Su experiencia nómada lo trajo aquí varias veces, mas el tiempo no le alcanzó para adentrarse en nuestra realidad como deseaba.

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Impoluto, como si Kapu hubiera salido un rato a pasear por el vecindario. Como si el tiempo se hubiese detenido en enero del 2007. La buhardilla de Ryszard Kapuściński es tanto un gabinete de nostalgia como una galería de rarezas. Aquella estancia donde confluyen en solidario desorden el arte y conocimiento humano de miles de libros con recuerdos de toda una vida plasmados en fotos, cartas, postales, cuadernos, libretas de notas y souvenirs. Aquel amplio espacio cuyo techo en pendiente es reforzado por unas vigas de madera colmadas de citas de autores o esquemas para libros. En el escritorio descansa la absurda pila de alrededor de 600 lapiceros que Kapu traía de todo el mundo. Hoy la mayoría carece de tinta, mas la colección sigue creciendo: lectores románticos todavía dejan lapiceros en la tumba de Kapu, en el Cementerio Militar de Powązki.

“Mi papá no tenía un libro favorito”, dice Rene Maisner mientras contempla los estantes. Para ella, su predilección cambiaba con el tiempo. Mann, Baudrillard, Foucault, Brodsky, Auden, Chomsky, Whitman, De Saint-Exupéry o Dostoyevski son algunos de sus nombres más queridos. Sus géneros preferidos siempre fueron la filosofía y la poesía, pero en su etapa final su tendencia iba por el ensayo o reflexión.

Diferentes memorias de autores adornan el templo, como una foto Polaroid en la que aparece cenando entre amigos, donde encierra entre sus brazos a Salman Rushdie; una postal del poeta polaco Edward Stachura desde Nueva York; o una carta de otra paisana y Nobel de Literatura que reza: “Señor Ryszard, estoy bebiendo por su salud. Wisława Szymborska”.

Uno de sus carné de prensa, colgado en la puerta de su estudio (Créditos: Diego Olivas Arana).

El autor de El mundo de hoy escribió sus últimos libros en aquel universo suyo, encerrado en la cima de su hogar, mas tal comodidad no descartaba el desafío. Kapuściński podía pasar semanas conflictuado antes de empezar a escribir, obsesionado por aquella primera línea que, según él, otorgaría el ritmo al resto de la obra, cuenta su hija, y tras hallarla, corría feliz a buscar a su esposa y darle la noticia. Antes de subir al estudio, su madre recordó las tardes enteras que Rysiek pasaba echado en el suelo, la concentración previa a la escritura: “necesitaba mucho silencio: ‘no estoy para nadie’ decía seguido, o desconectaba el teléfono antes de entrar al estudio”. Otro aditivo precedente a la creación era leer como un descosido: el estudio contiene libros de acaso todos los temas posibles y en varios de los siete idiomas que leía y hablaba Kapuściński. Su instrucción fue esencialmente autodidacta: aprendió inglés perdido en India, leyendo a Hemingway; o el español mientras era corresponsal en Sudamérica. Solía jactarse de haber leído al menos cien libros del tema de turno antes de lanzarse a escribir.

Rene Maisner coge la ajada edición en polaco de Historias de Heródoto de Halicarnaso, que acompañó a su padre durante sus primeros viajes y que sería parte esencial de Viajes con Heródoto, su último libro de reportajes. Kapu guardaba gran estima por el griego padre de la historia, a quien él consideraba como su maestro y ‘el primer reportero’. Tras su muerte, Alicja cumpliría un sueño frustrado de su esposo: crear la Fundación Heródoto de Ryszard Kapuściński, que anualmente otorga becas completas de estudios a periodistas jóvenes de toda Polonia. Para Kapu, las ideas y trayectorias de este legendario viajero fueron una inspiración de toda la vida.

Mientras recorre sus páginas llenas de subrayados y anotaciones, Maisner vuelve a regresar en el tiempo. Durante las décadas del setenta y ochenta, conseguir libros en Polonia era casi un deporte. Uno debía cazar las traducciones al polaco de autores foráneos, de escaso tiraje. Su padre gozaba del aprecio de muchos libreros en Varsovia y apoyaba ese tráfico valiente de cultura: ella recuerda haberlo acompañado en ciertas ocasiones a librerías donde recogía libros que no estaban a la venta, guardados bajo el mostrador y conseguidos solo para él. “No era algo corrupto, sino pura camaradería, para conocedores”, sostiene. Si no estaba en Polonia cuando llegaba un libro, se lo guardaban, y en no pocas ocasiones ella lo recogía en su nombre. Los avatares del amor por la palabra escrita.

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De vuelta a la sala, Maisner encuentra a su madre con la mirada perdida hacia la entrada del balcón. “Se pasaba horas sentado ahí, junto a esos gatos”, cuenta sin apartar la vista. Kapu solía descansar en el balcón contemplando una banda peculiar: uno negro, otro blanco y el último gris. Tres felinos echados sobre el techo del garaje adyacente al balcón. Siempre estaban ahí, cual cuervo de Poe. Fascinado, Rysiek los llamaba por sus colores: hablaba de ellos, les daba leche, los fotografiaba con una de sus cámaras análogas. Tras años de visitas, la misteriosa terna dejó de aparecer sobre el garaje, poco después de que Kapuściński dejara el cuerpo. “Quizá murieron. Él ya no está aquí y los gatos tampoco”, concluye su esposa.

Edición compilatoria de Anagrama, 2019: “Un día más con vida” / “Ébano” / “Los cínicos no sirven para este oficio” / “Viajes con Heródoto”.

Hacia el final de su vida, quizá el reportero del siglo XX reconocía en ellos a algunos personajes de sus primeras crónicas, como ese trío de obreros polacos con los que caminó por kilómetros: errantes sin hogar ni ambición que viajaban de pueblo en pueblo en trabajos de construcción que luego abandonaban, hijos de la crisis de la migración industrial. Criaturas que viven en el margen. Porque aquel fue su mayor interés: hablar de aquellos que ignoramos para explicar problemas universales, ya sea en Varsovia, Lima o Adís Abeba.

Si Kapuściński hubiese presenciado la marcha de los sesenta mil nacionalistas de extrema derecha en el último día de independencia de su patria, clamando por una “Polonia blanca”, se hubiera pronunciado. Si viviese estos tiempos de refugiados, atentados y un peligroso megalómano liderando Estados Unidos, no habría tardado en manifestarse. A través de su obra, Ryszard Kapuściński vivirá eternamente, y su lectura es urgente para intentar comprendernos entre nosotros como seres humanos: nuestras creencias, diferencias y similitudes. Hoy más que nunca.

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El biógrafo del reportero

El primer libro de Ryszard Kapuściński que leyó Artur Domosławski fue El Emperador, aquel extenso perfil de Haile Selassie, el monarca absoluto de Etiopía. Para muchos, su magnum opus. “Es la mejor ‘novela’ de Kapuściński”, coincide divertido. Para él, la bibliografía de Kapu es maravillosa, pero en última instancia, es más literatura que periodismo. Ryszard Kapuściński, el héroe de sus propios libros, fue también un personaje de ficción.

Domosławski es uno de los periodistas más celebrados de Polonia, y en el 2010 publicó uno de sus más afamados libros, Kapuściński non-fiction: la biografía definitiva de quien fue su amigo y mentor durante sus últimos nueve años de vida. Un título que dio la vuelta al mundo, traducido tantas veces como un libro del mismo Kapu. Maestro y discípulo, personaje y biógrafo, se conocieron a mediados de los años noventa en la redacción de Gazeta Wyborcza, cuando un curioso Kapuściński lo buscó para felicitarlo por un texto. Si bien fue laureada y ovacionada en el exterior, en su país la biografía devino en una polémica nacional: muchos la aclamaron pero no pocos juzgaron su contenido como una ofensa hacia su ídolo. La controversia surgió por las revelaciones sobre las relaciones extramaritales de Kapu –que tuvieron su réplica en un prolongado juicio con Alicja, concluido a fines del 2016 a favor de Domosławski–; el análisis de la nebulosa línea entre la realidad y la ficción en la obra del periodista; y su conexión con los servicios secretos de la entonces República Popular de Polonia.

La última edición polaca de “Kapuściński non-fiction” (Editoral: Wielka Litera, 2017).

“El libro no tiene nada desagradable. Hay etapas o decisiones difíciles en la vida de una persona y se cuentan allí, pero nunca tuve la intención de lastimar a alguien”, confiesa el también viajero y cronista. “Para muchos, Kapu es más un mito que una persona real”, agrega. Y es que la empresa de interpretar a Kapuściński puede ser tan profunda como controversial, como demuestra Domosławski al contemplar su ideología política: “Perteneció al Partido Comunista de Polonia por casi 30 años. Quizá se inició como una faceta de la juventud, pero luego su fe prevalece. Siempre fue un idealista. Uno puede estar en desacuerdo con la Iglesia y seguir siendo católico. Así pensaba él”.

Consecuentemente, esta convicción disparó su carrera profesional: en tiempos de fuertes restricciones comunistas en Polonia, Kapuściński recorrió el mundo como el único corresponsal en el extranjero, colaborando de paso con el espionaje polaco. Pero como sostiene Domosławski, él no actuaba con cinismo, sino como un seguidor de la verdad. Una certidumbre que le dio la oportunidad de escribir títulos inmortales como Un día más con vida o La guerra del fútbol.

Un retrato de alguien es una forma de desmitificarlo, de tratar de entender y representar a una persona en diferentes momentos de su vida. Kapuściński non-fiction es uno poderoso y sincero: no una hagiografía que elevara al autor de Ébano, cual mito, sino una investigación narrativa de largo aliento, que encontró en su entrañable y enigmático protagonista a un ser humano que alcanzó lo extraordinario.

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