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El caso Amok: el libro de la muerte

Krystian Bala, 2008 (Créditos: Adam Hawałej/PAP).

Krystian Bala podría acaso denominarse como el precursor del ‘meta-asesinato’. El joven escritor polaco permanece en la prisión de Breslavia, tras culpársele de haber premeditado, dirigido y cometido un homicidio en el 2000. Después de acabar —supuestamente— con la vida de un empresario, escribió y publicó un libro de nombre Amok, en el que se narraba una muerte muy similar. Nadie podría haberlo descubierto. Al menos eso pensaba.

 

El caso

Diciembre para Polonia es un mes perdido. El invierno deprime a sus habitantes, invade la voluntad de los corazones con una desidia tan gris y fría como el cielo de sus tardes. Aquella gélida jornada de diciembre del 2000, cerca al río Óder, al suroeste del país, tres pescadores se hallaban trabajando en silencio. Todavía no encontraban nada cuando uno de ellos creyó ver un gran pez aproximándose a la orilla. Mientras se iba acercando, el pescador y sus amigos pensaron que era un tronco, pero al verlo ya ante ellos, repararon en el cabello. El pescador emitió un alarido de pavor que alarmó a sus colegas, y palpó la figura con su caña de pescar, para atraerla. Lo sabía. Era un cadáver.

El departamento de policía de Breslavia, la ciudad más cercana al hallazgo, trasladó el cuerpo a la morgue. Una soga amarraba el cuello del hombre. Las manos atadas a la espalda. Parte de la cuerda, probablemente cortada con un cuchillo, conectaba sus manos al cuello, provocando que el menor intento de movimiento ajuste y ahorque más la soga en su garganta. Su crueldad lo sugería: era un homicidio. Vestido con un polo y ropa interior, las heridas del cuerpo evidenciaban maltrato y torturas. Los exámenes posteriores revelarían que la víctima no había ingerido alimentos durante los días precedentes a su muerte. Otro examen pulmonar reveló signos de ahogamiento. Contemplaron la posibilidad de que la víctima haya sido lanzada con vida al río.

Las características reflejadas en el análisis del occiso coincidían con la descripción de Dariusz Janiszewski, un publicista de 35 años que se había reportado como desaparecido desde el mes anterior. Fue visto por última vez saliendo de su trabajo en el centro de Breslavia, el 13 de noviembre. Cuando los efectivos de la policía se contactaron con la esposa de Janiszewski para que identifique al muerto, ella se negó. No soportaba el dolor. Su madre, sin embargo, aceptó acudir a la cita, reconociendo el cuerpo sin vida de su hijo. Tenía la misma marca de nacimiento en el pecho.

Portada del libro “Amok”, publicado en Breslavia por la editorial Croma (2003).

Meses después, desprovistos de pistas e información, la policía tiró la toalla y abandonó la investigación. Fue bautizado por la prensa polaca como “el crimen perfecto”. Tres años más tarde, en otoño del 2003, Jacek Wróblewski, un detective de 38 años de la policía de Breslavia, desempolvó el caso. Revisó exhaustivamente el archivo, en una madrugada sitiada de tazas de café e interrogantes. Sus pensamientos moraban con este crimen. Estaba fascinado. Acaso la oscura incertidumbre que lo entrañaba, la inquietud de resolver un enigma sangriento y de relevancia nacional. Wróblewski era un detective muy curioso. Para comprender la mente criminal, había empezado a estudiar psicología en sus espacios libres, en la universidad pública local.

Durante sus indagaciones, un detalle aparentemente fútil captó su atención: nunca hallaron el teléfono celular de Janiszewski. El detective buscó a la esposa del difunto y le pidió los documentos del móvil desaparecido. Ella le brindó el manual de instrucciones, donde figuraba el número de serie del equipo, que Wróblewski empezó a rastrear. Pronto encontraron su paradero: había sido vendido cuatro días después de la desaparición de Janiszewski, en la popular tienda online polaca llamada Allegro. El vendedor estaba registrado como “ChrisB(7)”. Tras una breve pesquisa, el usuario fue reconocido como un escritor, filósofo y empresario de 30 años llamado Krystian Bala.

Empezó a investigar al joven académico. Acababa de publicar Amok, un libro experimental, muy extraño e incomprendido por los medios, en el que figuraba un diabólico chivo de ojos brillantes en la portada. Una representación clásica del Diablo. ‘Amok’ es una curiosa palabra de origen malayo que tanto en polaco como en español y otros idiomas describe un frenesí violento, salvaje y disruptivo, cual estado berserk. Una locura homicida. El detective adquirió la novela y la devoró con rapidez. Narraba las desventuras de un joven intelectual polaco —cual alter ego de Bala— perdido en una sórdida historia sitiada por drogas, sexo y alcohol. Pero algo conjuró su total sorpresa: en determinado momento del libro se describía un asesinato idéntico al de Janiszewski. Wróblewski hiló cabos y no vaciló. Bala fue capturado a los pocos días, y su libro se volvió un insospechado best-seller. Los lectores querían hallar pistas del asesinato en la novela.

Ilustración de John Ritter para la crónica de David Grann en The New Yorker.

En el 2007, el tribunal de Breslavia falló declarándolo culpable. Al año siguiente, se ratificó la sentencia y se oficializó su condena a 25 años de prisión. El asesino intelectual sigue proclamando al mundo su inocencia, aduciendo que se basó en dos textos periodísticos como material principal para su obra. Hacia el final, la novela de Bala se descartó como evidencia en el caso. Sin embargo, otros factores insistieron en su culpabilidad, donde destacaba el teléfono robado de Janiszewski. El motivo resultó ser bastante común: celos. La exesposa de Bala tenía una aventura con la víctima. Bala nunca dejó de insistir en que aquello carecía de sentido, pues esa relación había terminado hace años y él ya no sentía nada. Durante su reclusión, Bala empezó a escribir su segunda novela, supuestamente titulada De Liryk.

 Aunque para muchos sea indiscutible, hasta el día de hoy no se ha esclarecido a plenitud si cometió el crimen. Las pruebas así lo señalan, mas las averiguaciones realizadas encuentran ciertos vacíos en la cadena lógica de eventos, como los testimonios contradictorios en los exámenes forenses. Además, los fiscales y la policía no pueden determinar con exactitud las circunstancias del asesinato de Janiszewski. Muchas preguntas permanecen sin respuesta: ¿dónde se cometió el crimen? ¿cómo transportó a la víctima a un lugar a aproximadamente 100 kilómetros de Breslavia? ¿Tuvo alguna ayuda o estaba solo? A su vez, tampoco se sabe si terminó aquella segunda entrega literaria. David Grann, escritor y periodista del The New Yorker que narró el caso en su extensa crónica True Crime. A postmodern murder mystery, cuenta que, al preguntarle por el libro durante una entrevista en la cárcel, Bala lanzó una nerviosa mirada a los guardias, cerciorándose de no ser escuchado, y musitó: “este próximo libro será aún más deslumbrante”.

 

Krystian Bala hoy

El autor de Amok continúa tras las rejas. Todavía afirma ser inocente. En una entrevista del 2010, Grann habló de su experiencia entrevistando al criminal. Allí entra en detalle en su psicología: Bala se pasó gran parte de estos años hablando de la dualidad entre la realidad y la ficción, y como su libro era un relato ficticio que podía abrirse a la interpretación. Fue lo que le dijo a Grann en la cárcel y que también le repitió a los periodistas polacos Mateusz Baczyński y Janusz Schwertner en el 2017. No obstante, la desesperación parece haber afectado a Bala, quien se contradice: “lo sorprendente, lo divertido —algo que al menos algunas de estas historias tienen— es que pueden ser muy inquietantes, a veces perturbadoras, pero también tienen momentos extrañamente cómicos, y uno de los momentos más graciosos fue cuando este novelista posmoderno está en pleno juicio y de repente intenta convencer a todos de que él es un empirista y que nadie puede interpretar su novela. Yo sé lo que es la novela”, comenta Grann. La crónica sobre el caso Amok de David Grann fue incluida en dos de sus compilaciones de ensayos y textos periodísticos: The Devil & Sherlock Holmes: Tales of Murder, Madness & Obsession (2010) y The Old Man and the Gun: And Other Tales of True Crime (2018).

Bala se ha mostrado entusiasta al hablar sobre la supuesta secuela de Amok, la anunciada De Liryk. Un todavía sobrecogido Grann agrega que, luego de enterarse de la existencia de este próximo libro, descubriría que la policía de Breslavia ya había reunido evidencia hallada en la computadora de Bala, cuyos archivos contenían material sobre una potencial nueva víctima. De acuerdo al reporte policial, Bala planeaba volver a matar, enlazando su segunda novela con un nuevo asesinato. Años más tarde, el escritor homicida le revelaría a Baczyński y Schwertner que De Liryk ya estaba casi lista y que se trata de la segunda parte de una trilogía: “será una disertación pornosófica, posmoderna en forma, hardcore en contenido”, señaló desde la prisión.

En el 2010, Bala intentó anular su sentencia sirviéndose del recurso de casación, pero el Tribunal Supremo rechazó su apelación. El caso de Amok sigue siendo uno de los crímenes más sonados tanto en Breslavia como en todo el país. Krystian Bala continúa cumpliendo la condena de 25 años, y no se declara culpable hasta el día de hoy.

Bala en el 2017, en un reportaje del canal de televisión polaco TVN24.

 

Amok en el séptimo arte

La historia de un graduado de filosofía que incurre en homicidio y unos años después publica una novela donde camufla pistas y otros detalles de cómo acometió el crimen. Era una cuestión de tiempo: periodistas, escritores, cineastas, criminólogos, el caso dio la vuelta al mundo, en gran parte por el relato de Grann en The New Yorker. Ciertamente, es una idea muy atractiva para la ficción.

La primera adaptación del caso fue local. Amok es una película del 2017 dirigida por Kasia Adamik —hija de la connotada cineasta polaca Agnieszka Holland— y protagonizada por Mateusz Kościukiewicz, quien interpreta a Krystian Bala. Se trata de una adaptación libre del crimen de Bala y su libro que generó mucho interés por la ya conocida y controversial historia detrás, pero que no fue bien recibida por la crítica. En el 2017, cuando los periodistas Baczyński y Schwertner le preguntaron por qué permitió que realicen una película que lo presenta como el asesino cuando él sigue alegando lo contrario, Bala replicó: “es solo una película. ¡Ficción, no documental! Todo el argumento se basa en los eventos de una forma muy abierta. Algunos personajes son completamente ficticios. Verás, yo me permito una provocación. Para ser honesto, no estaría de acuerdo con una hagiografía. No quiero verme inmaculado. Y esta película es una narración divertida… Para el cine podría incluso ser un caníbal. Repito: es divertido”.

Póster oficial de la película “Amok” (2017).

Quizá lo curioso sea lo acontecido detrás de cámaras: Bala aceptó la idea y vendió los derechos de autor tanto del libro como la película, ganando alrededor de 30 mil dólares en złoty —la moneda polaca— que transfirió de inmediato a su madre. Al año siguiente, la familia de la víctima, Dariusz Janiszewski, denunció a los creadores de la película y llevó el caso a la corte de Breslavia, aduciendo que la información de esta violaba sus derechos de privacidad y ofendía la memoria del difunto. La abogada de la cineasta afirmó que todo el proceso se había dado bajo la ley, refiriéndose al dinero otorgado a Bala. Cuando la corte decidió que Bala debía pagar 11 mil złoty —unos 3 mil dólares— a la familia de Janiszewski, este se negó, declarando que ya lleva años sin recursos financieros y sin ningún ingreso en el camino. Desde entonces, la fiscalía de Breslavia lleva a cabo una investigación para explicar si se ha ocultado el dinero. Todo quedó en el aire.

Claqueta de la filmación de “Amok”, la adaptación al cine de Kasia Adamik (Créditos: TVN24).

Mientras esto sucedía, Estados Unidos preparaba su propia versión de la mano del director griego Alexandros Avranas. Dark Crimes se estrenó el 2018 luego de recorrer festivales como True Crimes, un nombre más cercano a la afamada crónica de David Grann en la cual se basó el guion. En Dark Crimes tenemos a Jim Carrey como Tadek, un detective polaco que encuentra grandes similitudes entre un caso sin resolver y un reciente best-seller escrito por un siniestro personaje llamado Kozlov —el Krystian Bala de turno—, interpretado por Marton Csokas. La película fue presa de un rechazo devastador, centrado en su ritmo excesivamente sombrío y deprimente, el acento eslavo de Carrey y las no pocas escenas de violencia contra la mujer. Al mismo tiempo, el rol de Csokas como el asesino fue ovacionado y considerado lo mejor de la película.

Personalmente, creo que tanto Amok como Dark Crimes no son buenas películas, pero aquello no las hace detestables. Mientras la primera es un thriller más digerible y ameno que no ofrece nada nuevo, la segunda parece esforzarse demasiado —sin éxito— en emular esa atmósfera lúgubre y siniestra del cine policial europeo, además de la sórdida y explosiva violencia de algunas escenas. No obstante, pienso que las actuaciones la salvan de ser un total bodrio, con un Jim Carrey bastante sólido —si ignoramos ese acento innecesario que es todo menos polaco— y las acertadas actuaciones de Charlotte Gainsbourg, Kati Outinen, Robert Więckiewicz o el ya mencionado Csokas. Dicho todo esto, ambas historias son inferiores a la descabellada historia de la vida real en la que están basadas. Todavía queda pendiente un gran thriller sobre el caso Amok.

 

Otros escritores asesinos

Si bien el caso de Krystian Bala y su libro Amok es extraordinario, no se trata de un episodio sui géneris en la literatura. Existen otros escritores de novela negra que luego se descubrieron como verdaderos asesinos. Quizá los más similares al caso Amok, es decir, crímenes en los que se haya matado a un ser humano para luego narrar los detalles subrepticiamente en una novela, sean los de Richard Klinkhamer y Liu Yongbiao. El primero es un escritor holandés cuya esposa desapareció en 1991. Un año después presentaría a su editor el manuscrito de una perversa novela donde proponía siete distintas maneras de asesinar a su esposa. El texto fue rechazado, pero sus fragmentos vieron la luz en la prensa clandestina. En el 2000 los nuevos dueños de su antigua casa hallaron el cráneo de su esposa enterrado en el jardín. Klinkhamer confesó el crimen y fue sentenciado a siete años de prisión, saliendo el 2003 por buena conducta. Murió en el 2016, convertido en una celebridad. El otro es Liu Yongbiao, un escritor chino que se hizo muy notorio en su región. En el 2010 publicó una novela en cuyo prólogo comentaba su próximo proyecto literario como “la historia de una hermosa escritora que ha matado a muchas personas, pero los casos siguen sin resolverse”. En el 2017 fue arrestado como principal sospechoso de un caso sin resolver de 1995, el asesinato múltiple de una familia que trabajaba en una pensión de la localidad de Huzhou. “He estado esperando este día durante mucho tiempo”, confesó Liu, quien fue sentenciado a muerte en el 2018.

Póster oficial de la película “Dark Crimes” (2018).

Entre otros casos de escritores asesinos tenemos al norteamericano E. Richard Johnson, autor de Mongo’s Back in Town, un libro de 1969 llevado al cine en 1971. Johnson escribió casi la totalidad de sus relatos de crimen desde la cárcel, donde estuvo a raíz de un homicidio en segundo grado acometido durante uno de sus atracos en su juventud. Anne Perry, reconocida autora británica de novelas de misterio, entre ellas sus series sobre Thomas Pitt y William Monk, estuvo en la cárcel cinco años por el asesinato de la madre de su mejor amiga en 1954. Ambas la mataron a ladrillazos. El oscuro incidente recordado como el “Caso Parker-Hulme” fue adaptado al cine por Peter Jackson en la lograda Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, 1994).

María Carolina Geel fue una recordada escritora y crítica literaria chilena que en 1955 asesinó a su amante en el suceso conocido como “El crimen del Hotel Crillón”. Gabriela Mistral, entonces cónsul en Nueva York, solicitó su indulto al presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, cumpliendo así solamente un año de su sentencia. En ese periodo concibió Cárcel de mujeres (1956), uno de sus libros más exitosos, y siguió escribiendo hasta su muerte en 1996.

Si bien fue declarado como un accidente, en 1951 en Ciudad de México, el mítico beatnik William Burroughs acabó con la vida de su segunda esposa, Joan Vollmer. Al inicio retrató el incidente como una macabra borrachera, al estar ambos ebrios jugando “Guillermo Tell”, pero luego diría que fue un descuido mientras mostraba su pistola a sus amigos. Al retornar a Estados Unidos, fue sentenciado a prisión suspendida por dos años. David Cronenberg recreó el incidente en su delirante película El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991).

Más recientemente, tenemos al historietista y dibujante canadiense Blake Leibel, quien en el 2016 torturó, extrajo el cuero cabelludo y drenó el cuerpo de su prometida hasta la muerte. Las investigaciones sugieren que Leibel se había inspirado en Syndrome, una sangrienta novela gráfica del 2010 que coescribió junto a otros artistas. Fue condenado a cadena perpetua en el 2018.

Y la lista continúa. Relatos aterradores en los que la realidad supera a la ficción. Crímenes en los que la vida imita al arte. Polonia tiene a Krystian Bala y su libro Amok. En unos años Bala saldrá libre. ¿Publicará aquella secuela? ¿Volverá a planear un homicidio?

Simplemente no lo sabemos.

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To forgive doesn’t mean to forget: Corpus Christi (Jan Komasa, 2019)

Cine, In English, Oscars, Polish Cinema, REVIEWS, The Church - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2020

Bartosz Bielenia in "Corpus Christi" (Credits: Kino Świat).

A review of the powerful Polish competitor to win the statuette for Best International Film at the last Oscar ceremony

[Texto en ESPAÑOL]

“You know what we’re good at? Giving up on people. Pointing the finger at them. To forgive doesn’t mean to forget. Forgive means Love. To love someone despite their guilt. No matter what the guilt is”.

This is the quote I will remember from the whole movie. Perhaps the best scenes of Corpus Christi are those of the homilies, where the impostor father gives speeches charged with compelling truth. Words that hurt and transcend the traditions of the Church. Words that can be translated as heresy but that in the end reflect the most essential precepts of an institution that needs to adapt to changes. Such is its potency.

Daniel (Bartosz Bielenia) is an unfortunate and rebellious man in his twenties who is soon to finish his sentence in a Warsaw juvenile detention center, due to a second-degree murder happened during his teens. In the course of this imprisonment, he has undergone a rediscovery of his spirituality and wants to become a priest, but his criminal records prevent him from studying in a seminary. Frustrated, he is released on parole and sent to work at a sawmill in the countryside on the other side of the country, where he is mistaken for the new priest. Seeing a possibility of fulfilling his religious vocation, Daniel deliberately adopts the identity. This is how his new life begins: the young priest from the capital who begins to give masses in the town’s small parish. An impostor priest who does not have bad intentions and little by little transforms the lives of his parishioners, until problems begin: on the one hand, his criminal past haunts him; and on the other, his radical vision of faith and religious life collides with the local’s sensitivity regarding a tragic incident. That is the plot of Corpus Christi.

Poster of “Corpus Christi” (Credits: Kino Świat).

The cinéma d’auteur in the land of Wajda and Kieślowski is still promising. Every year a new film is present in international festivals and even makes it to commercial theaters of remote countries like mine—Peru. In 2018 we had the last example with the magnificent Cold War (Zimna wojna in Polish) by Paweł Pawlikowski—whose movie Ida was the first Polish film to win the award for the foreign film in the 2015 Oscars—and now it was the turn of Komasa, a young filmmaker with a fruitful filmography. Corpus Christi is the literal translation of Boże Ciało, the original name of the film in his native Poland, whose story is based on real events: his screenwriter, the even younger Mateusz Pacewicz, published a reportage in the Polish newspaper Gazeta Wyborcza a few years ago, titled Kamil, the one who posed as a priest. Curiously, this case has been repeated in different parts of the country. When writing the script for the film, there were two central themes: “social roles, and all the questions connected with our social roles in the theater of everyday life. The other topic was trauma: how our traumas shape who we are, and how they enslave us, both as individuals and social groups”, said Pacewicz, interviewed by Notes from Poland.

On the other hand, we must remember that Corpus Christi is not the first Polish film in recent years that sparks controversy speaking about the Church: Clergy (Kler), by Wojciech Smarzowski was a bomb from 2018 that portrayed the highest institution of the Catholic faith as a corrupted entity, hypocritical and invaded by pedophilia. But these are two very different movies. While Clergy works as a straightforward, more aggressive criticism film, Corpus Christi is sustained by a more contemplative discourse, questioning with ideas.

It is worth getting deeper into the protagonist. Father Daniel is quite a complex character, and Bielenia plays him with virtuosity. An insolent young man, a convicted criminal who seizes an opportunity and usurps an identity in order to give himself into his spiritual illumination. He believes he does it for the right reasons, however, his way of consummating this awakening is dishonest. In this context, his imposture verges on blasphemy. It is interesting to see how this blasphemy transforms into a challenge at the film’s core: the confrontation with a small community invaded by collective trauma. To make them see their cynicism and hypocrisy. Certainly: through Daniel’s modern and unorthodox preaching, the locals begin to deal with issues such as guilt, the true meaning of forgiveness, violence, death and mourning, or the different ways of embracing spiritual life. Daniel raises concerns and annoyance in the idiosyncrasy of this little town marked by a recent tragedy, whose inhabitants think of themselves as decent people with good manners, and suddenly discover they are imperfect. They are sinners. Thus, the film seeks to question the viewer’s own impiety, in these times where reigns a lack of compassion that leads to misconceptions and inequality.

Towards the end, we see that Daniel does not reach that desired conversion. When his criminal past returns and his deception is revealed, Corpus Christi distances from the linear happy ending to give us one as open as it is cruel. It works, but maybe it would have been preferable to dig more into the mind and the transformation of its main character and less in the trauma of the villagers. Perhaps the only thing I find dissonant with the plot is the scene of sexual intimacy between Daniel and his friend Marta (Eliza Rycembel). The consummation of his attraction feels gratuitous. It would have been better to leave their relation shrouded by the silent desire we see throughout the film. However, none of this reduces the strength and relevance of this story.

The cast, director and screenwriter of “Corpus Christi” at The 44th Polish Film Festival in Gdynia (Credits: Jakub Wozniak/Tricity New).

Corpus Christi has won various awards around Europe and became one of the five nominees for Best International Film at the 92nd Academy Awards ceremony, where it lost to the colossal Parasite. Bong Joon-ho’s movie deserves its accolades: it is a huge lash, a marvelous shock to the divided reality of our times. But honestly, it had already won too many awards, and I cannot help thinking that its statuettes are essentially related with the Academy’s eagerness for political correctness. The Oscars are very fun to watch and comment, but they happen to be also very politicized—which diminishes their artistic relevance, I dare say—in recent years. I think Corpus Christi should have won the Oscar for the best foreign film, its only nomination.

Finally, the fact that this story was born and set in Poland is not a coincidence. We are talking about a society that is historically Catholic and currently led by a very religious far-right government. At the same time, we are talking about a country where a considerable part of the population faces some disbelief, where Catholicism and church attendance are decreasing dramatically in the younger generations, gradually heading towards secularization. Despite such local setting, it is important to accept that the story told in Corpus Christi could happen anywhere. A fable about an impostor priest of small parish in a remote and rural town, whose message ends up being just as necessary or why not, just as universal.

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Perdonar no significa olvidar: Corpus Christi (Jan Komasa, 2019)

Cine, Cine Polaco, La Iglesia, Oscars, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2020

Bartosz Bielenia en "Corpus Christi" (Créditos: Kino Świat).

Reseña de la poderosa competidora polaca para hacerse con la estatuilla a la Mejor película internacional en la última ceremonia de los Óscar

*** Este texto fue publicado en la web de la revista de cine Ventana Indiscreta (3 de abril, 2020).

[Text in ENGLISH]

“¿Saben para qué somos buenos? Para renunciar a las personas. Señalarlos con el dedo… Perdonar no significa olvidar. Perdonar significa Amor. Amar a alguien a pesar de su culpa. No importa cuál sea”.

Me quedo con esa cita de la película. Quizá las mejores escenas de Corpus Christi sean aquellas de las homilías, donde el padre impostor da discursos cargados de verdad. Palabras que duelen y trascienden las costumbres de la Iglesia. Palabras que pueden traducirse como herejía pero que al final reflejan los preceptos más esenciales de una institución que necesita adaptarse a los cambios. Tal es su potencia.

Daniel (Bartosz Bielenia) es un veinteañero infortunado y rebelde que está pronto a terminar su condena en un reformatorio de Varsovia, a raíz de un homicidio en segundo grado acontecido durante su adolescencia. Durante su reclusión ha experimentado un redescubrimiento de su espiritualidad y quiere ser cura, mas sus antecedentes penales le impiden estudiar en un seminario. Frustrado, sale en libertad condicional y es enviado a trabajar a un aserradero en el campo, al otro lado del país, donde es confundido con el nuevo sacerdote. Viendo una posibilidad de cumplir su vocación religiosa, Daniel adopta la identidad deliberadamente. Así comienza su nueva vida: el joven cura de la capital que empieza a dar misas en la pequeña parroquia del pueblo. Un cura impostor que no tiene malas intenciones y poco a poco transforma la vida de sus feligreses, hasta que se manifiestan los problemas: por un lado, su pasado criminal acecha; y por el otro, su visión radical de la fe y la vida religiosa colisiona con la sensibilidad del pueblo en torno a un trágico incidente. Aquella es la premisa de Corpus Christi.

Póster de “Corpus Christi” (Créditos: Kino Świat).

El cine de autor en la tierra de Wajda y Kieślowski todavía promete. Cada año sale alguna película que desfila entre festivales internacionales y llega incluso a las salas comerciales de países remotos como nuestro Perú. El 2018 tuvimos el último ejemplo con la magnífica Guerra Fría (Zimna wojna en polaco) de Paweł Pawlikowski —cuya película Ida fue la primera cinta polaca en llevarse el premio a la película extranjera en los Óscares del 2015— y ahora fue el turno de Komasa, joven realizador con una fecunda filmografía. Corpus Christi es la traducción literal de Boże Ciało, nombre original de la película en su natal Polonia, cuya historia está basada en hechos reales: su guionista, el aun más joven Mateusz Pacewicz, publicó años antes un reportaje en el periódico polaco Gazeta Wyborcza, titulado Kamil, aquel que se hizo pasar por sacerdote. Un patrón que curiosamente se ha repetido en distintas partes del país. Dos fueron los temas centrales a la hora de escribir el guion de la película: “los roles sociales, y todas las preguntas relacionadas con nuestros roles sociales en el teatro de la vida cotidiana. El otro tema fue el trauma: cómo nuestros traumas determinan quiénes somos y cómo nos esclavizan, tanto como individuos como en grupos sociales”, sostuvo Pacewicz, entrevistado para Notes from Poland.

Por otra parte, debemos recordar que Corpus Christi no es la primera película polaca en los últimos años que desata polémica hablando de la Iglesia: Clero (Kler), de Wojciech Smarzowski fue una bomba del 2018 que retrató a la máxima institución de la fe católica como una entidad corrupta, hipócrita e invadida de pedofilia. Pero se trata de dos películas muy diferentes. Si bien Clero funciona como una crítica directa, más agresiva, Corpus Christi se sostiene por un discurso más contemplativo y que cuestiona más con ideas.

Detenerse en el protagonista deviene en una necesidad. El padre Daniel es un personaje bastante complejo, y Bielenia lo interpreta con virtuosismo. Un jovencito insolente, un criminal convicto que aprovecha una oportunidad y usurpa una identidad para adentrarse en su iluminación espiritual. Él cree que lo hace por las razones correctas, sin embargo, su forma de consumar este despertar es deshonesta. Bajo ese contexto, su impostura raya en la blasfemia. Es interesante ver cómo esa blasfemia se traduce en un desafío que entraña el núcleo de la película: el confrontar a una pequeña comunidad invadida por un trauma colectivo. El hacerlos ver su cinismo e hipocresía. Ciertamente: a través de la prédica moderna y poco ortodoxa de Daniel, los lugareños empiezan a lidiar con temas como la culpa, el verdadero significado del perdón, la violencia, la muerte y el duelo, o las formas distintas de adoptar la vida espiritual. Daniel despierta inquietudes y ojerizas en la idiosincrasia de este pueblito marcado por una tragedia reciente, cuyos habitantes se saben decentes y de buenas costumbres y de pronto se descubren como personas imperfectas. Como pecadores. Así, la película busca cuestionar al espectador con su propia impiedad, en estos tiempos donde reina una la falta de compasión que conlleva a la incomprensión y la desigualdad.

Hacia el final, vemos que Daniel no llega a alcanzar esa anhelada conversión. Cuando su pasado criminal retorna y su engaño es revelado, Corpus Christi se distancia del desenlace feliz y lineal para otorgarnos uno tan abierto como cruel. Funciona, mas acaso hubiera sido preferible que se indague más en la mente y la transformación de su protagonista y menos en el trauma del pueblo. Quizá lo único que encuentre disonante con la trama es la escena de intimidad sexual entre Daniel y su amiga Marta (Eliza Rycembel). La consumación de su atracción se siente gratuita e innecesaria. Hubiera sido mejor dejarlo como el mutuo deseo silente que los envolvió a través de la película. No obstante, nada de esto reduce la fuerza y relevancia de esta historia.  

Elenco, director y guionista de “Corpus Christi” en el 44 Festival de Cine Polaco de Gdynia (Créditos: Jakub Wozniak/Tricity New).

Corpus Christi se ha hecho de distintos galardones alrededor de Europa y llegó a formar parte de las cinco nominadas a la Mejor película internacional en la 92.º ceremonia de entrega de los Óscares, donde perdió frente a la colosal Parasite. La película de Bong Joon-ho se merece sus reconocimientos: es un enorme latigazo, una portentosa sacudida a la realidad dividida de nuestros tiempos, mas honestamente, ya se había llevado demasiados premios, y no puedo dejar de pensar que sus estatuillas van también esencialmente arraigadas con el afán de corrección política de la Academia. Se trata de un certamen muy divertido de ver y comentar, pero bastante politizado —y por ende, de menor relevancia artística, me atrevería a decir— en los últimos años. Pienso que Corpus Christi debió llevarse el Óscar a la película extranjera, su única nominación.

Por último, que este relato haya nacido y este ambientado en Polonia no es mera coincidencia. Hablamos de una sociedad históricamente católica y en la actualidad liderada por un gobierno de ultraderecha muy religioso. Al mismo tiempo, hablamos de un país en donde una parte considerable de la población enfrenta cierto descreimiento, donde el catolicismo y la asistencia a la iglesia está disminuyendo sobremanera en las generaciones más jóvenes, gradualmente encaminándose a la secularización. Pese a tal escenario local, es importante reconocer que el relato de Corpus Christi podría suceder en cualquier parte. Una fábula sobre un cura impostor en una pequeña parroquia de un pueblo remoto y rural, cuyo mensaje acaba siendo igual de necesario o por qué no, igual de universal.

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Adaptarse a la fatalidad: Desgracia, de J. M. Coetzee

Ediciones en español de "Desgracia".

Reseña de la desgarradora novela del Nobel 2003 y ganadora del Premio Booker 1999.

 

Desgracia (1999) se inicia en Ciudad del Cabo. David Lurie tiene 52 años, dos divorcios y una visión curtida y cínica de la vida. Una visita semanal a su prostituta preferida o algún desvío circunstancial del deseo, entre mujeres que rápidamente se difuminan, así se sabe satisfecho. Su inclinación por el eros es un elemento importante en su vida, como aquello que lo define en la sociedad: su erudición en torno a los poetas románticos ingleses, como Wordsworth o Byron. Una pasión egoísta, solitaria, de escritorio. Su trabajo como docente le tiene sin cuidado. Tras un penoso escándalo en el que tanto la universidad como la prensa divulgan su tórrido y perturbador idilio con la joven alumna Melanie Isaacs, se ve obligado a renunciar. Presto a empezar de cero, decide irse al campo a visitar a su hija Lucy, una hippie que vive alejada de la metrópoli en su propia granja, donde además tiene una perrera.

Una tarde, tres hombres negros irrumpen en la casa de Lucy deliberadamente. Luego de incendiar la cabeza de David –quemando su cabello– y encerrarlo en el baño, asesinan a los perros, roban lo que pueden y violan en grupo a su hija. Este es el punto de quiebre del relato.

Desde aquí, se da un vertiginoso descenso a la esencia misma de la deshonra –y la desgracia–. La condición humana se cuestiona desde contextos abismales. Ambos personajes son colocados en los más aciagos extremos, atraviesan una situación que raya desde lo perturbador o incómodo hasta la pesadilla silente. La vida de David se va cayendo a pedazos, y sin embargo, no acabas sintiendo una verdadera lástima por él ni por el resto: todos representan personas con muchos defectos y rasgos inmorales que tornan más difícil la empatía, pero al mismo tiempo, se siente que esto es a propósito. Y funciona. 

Algo particular es la relación con Petrus, el capataz relacionado con el ataque sexual a Lucy. La interacción de ambos no obedece a ninguna lógica ética u occidental, solo al miedo y la tradición. Lucy sabe quiénes fueron los victimarios de la invasión a su casa y su violación, y sin embargo su reacción a este acontecimiento traumático resulta inconsecuente, especialmente para David, quien contempla confusa y absurda la decisión de su hija de quedarse en su casa, no denunciar el crimen y sufrir en silencio. Respeta la determinación, mas no deja de desconcertarlo y de hacerse cuestionamientos. ¿Debería él hacer algo, tratar finalmente de ser un buen padre? ¿Existe la posibilidad de solucionarlo todo o de cambiar la mentalidad de las personas? Sus disquisiciones, no obstante, no lo conducen a ninguna parte. David Lurie lucha sin éxito contra la aceptación de lo ineludible. Y le toma todo el libro comprenderlo.

Edición de Debolsillo de “Desgracia” (2012).

La violencia sexual se traduce como una suerte de odio ancestral y castigo por las desigualdades históricas. Al mismo tiempo vemos cómo ninguno del resto de personajes, hombres en su mayoría, logra comprender el proceder de Lucy, su forma de confrontar el dolor. David hace el intento, mas él mismo exhibe y abraza una inmoralidad lasciva desde el inicio del relato –la relación con Melanie Isaacs, sus episodios con prostitutas–, la cual acaba destruyendo su reputación y autoexiliándolo con su hija. Hombres blancos y negros no exentos de mácula, con una imperfección comparable en cierto nivel, e incapaces de ponerse en el lugar de la mujer, aun si lo quieren. Coetzee nos dice que el yerro humano no diferencia razas ni grupos étnicos.

Otro tema relevante es la imagen de la mujer. Una instancia primordial en las lucubraciones de David, con aproximadamente nueve mujeres a través del libro (excluyendo su fascinación idílica por la Teresa de Byron). La presencia de la mujer –o las mujeres– es vista desde la perspectiva de David y es necesaria para entenderlo: genera una correlación de pensamientos y debates internos que articulan el desarrollo del personaje. De igual manera, tenemos el sufrimiento de los animales –tema recurrente del autor, un conocido vegetariano–, representado en el relato con la imagen de los perros. David termina identificándose con la vida y la muerte de los perros en el campo, en la veterinaria, en la perrera e incluso con aquel casi mutilado can que cojeaba, al final del libro, a quien aprecia y no vacila en eliminar. Los perros son una constante que no solo sirve como mecanismo para comprender a David, sino a toda Sudáfrica: en un país donde los seres humanos se matan unos a otros, la vida de los perros no vale nada.

La voz de Coetzee se siente con intensidad, un narrador que comprende a su protagonista y permanece cerca de él. Incluso podríamos, sin mucho esfuerzo, encontrar ciertos rasgos autobiográficos. La forma en la que se cuestionan los actos de David Lurie es tan intensa y vívida que podría fácilmente ser el mismo protagonista quien narra, a pesar de ser en tercera persona. Comparten una forma de pensar, acaso de proceder. Coetzee se sirve del estilo indirecto libre –técnica narrativa caracterizada por presentarnos una narración en tercera persona que adopta elementos de una en primera persona–, ya que podemos detectar mucho del discurso de David en Coetzee. Para aquellos familiarizados con al autor y su obra, la idea de una auto identificación o un sutil alter ego no resulta ajena. Coetzee es también un profesor sudafricano blanco, salvaje lector y un retraído hombre de letras que expresa más en el papel que en entrevistas o conferencias de prensa. En el sentido del análisis de personaje de James Wood, podríamos decir que Coetzee pertenece a esta línea de autores más enfocados en el yo, cuyos personajes pueden ser sin problemas un calco de sí mismos.

Coetzee en Varsovia, 2006 (Créditos: Mariusz Kubik).

Quizá lo más importante sea que Desgracia es una ficción situada en un contexto determinado. Sudáfrica post apartheid. La experiencia de David y Lucy reflejan los rezagos de esta problemática. La indeseable situación de Lucy, atrapada entre el horror del ultraje sexual y la sumisión al orden establecido. Siendo ellos dos blancos en un poblado de negros. Siendo Lucy una mujer granjera en una zona de hombres de campo. Su historia funciona también como un relato del pasado de Sudáfrica y sus secuelas. Hay muchas referencias, como David argumentando que Petrus no podría ser un kaffir como los de antes o Lucy comentando la violación como un acto ‘personal y lleno de odio’, a lo que su padre responde que ‘fue la historia y los ancestros’ los que hablaron a través del abuso sexual. Vemos aquí una presencia fuerte de la memoria como tema, así como también un ejemplo de la idea de Vargas Llosa de la ficción como recurso para expresar una necesidad general, filtrar una identificación mayor. Un reflejo sensible y desolador de lo que podría sucederle a cualquier persona, en cualquier época y cualquier lugar del mundo. Desgracia, para muchos la mejor novela del enorme Coetzee, acaba siendo una obra universal, y esto podemos percibirlo a su vez en su ausencia de desenlace. Se trata de un final abierto, crudo y real. La vida sigue y toca adaptarse y sobrellevar la fatalidad.

Datos del libro:

  • Idioma y título original: Inglés / Disgrace
  • Primera publicación: 1999
  • Edición en español: Debolsillo, 2012
  • Traducción: Miguel Martínez-Lage
  • Páginas: 270

Puedes ver el tráiler de la adaptación cinematográfica aquí.

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The big stumble of The Force: Star Wars sequel trilogy

Cine, In English, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 8 Enero, 2020

THE NEW TRIO IN "THE RISE OF SKYWALKER" (2019 (CREDITS: LUCASFILM/DISNEY. ALL RIGHTS RESERVED).

A detailed catharsis of my experience with the last trilogy of the galactic saga, with emphasis on the last film, Star Wars: Episode IX – The Rise of Skywalker

[Texto en ESPAÑOL]

*** Some ideas of this text have their origin in my different conversations about these films with Jair Luján and Ricardo Otiniano.

 

My relationship with that galaxy far, far away

A few weeks ago, when I met my wife after leaving the cinema and I shared my impressions about The Rise of Skywalker (2019), she asked me to refresh her memory about why I like Star Wars so much. The first time I saw Star Wars I was five years old. It was a VHS recording of The Empire Strikes Back (1980). My older brother had recorded it from Cine Millonario, the legendary block of Sunday night movies in Frecuencia Latina, a Peruvian national broadcast station. Since that moment, the galactic saga has been with me all my life, for better or for worse. That night, I told her all that and many other things. I have written about my relationship with the saga before. After this prolegomenon, I must say that it is for all these reasons that the latest films in the saga, the Disney movies, have meant a progressive decline that has led me to question my love for this sidereal story and to make decisions about where to lead it. The Rise of Skywalker has closed that circle and confirmed the inevitable, and that is why it will be treated in detail at the end, but first, I will review the first two films of the so-called sequel trilogy, The Force Awakens (2015) and The Last Jedi (2017).

Peruvian poster of “A New Hope” promoting the movie in theaters in Lima, Peru, 1978 (Credits: Archive of the Arkiv Peru website).

 

A remake beginning is a harmless beginning

Star Wars: Episode VII – The Force Awakens

I will begin with the following statement: any movie that seeks to continue the saga after The Return of the Jedi is unnecessary. This is Episode VI, the end of the six films. The original trilogy has a solid conclusion that solves all the character arcs: Luke and Leia are siblings and she is in a relationship with Han, Han decides to stay with them and the Rebellion, discovering himself as a good man, Emperor Palpatine manifests himself as the absolute final enemy, Vader finds redemption through his son, and Luke completes his training and becomes a Jedi Knight by accepting and saving his father in a test of love and compassion. The war is won and everyone celebrates, from the furry Ewoks to the deceased Jedi masters, now ghosts of the Force. Despite all its mistakes, the trilogy of prequels also justified its existence. George Lucas sought to assemble the entire puzzle: show us the fall of the Galactic Republic and the Jedi Order and especially to develop and close the arc of Anakin Skywalker. Quite the contrary, the sequel trilogy was just an attempt – arbitrary, now we know – to continue the franchise. There was no point in doing them but come on, they made them and we fans could not complain: after so many years, who would think there would be new Star Wars movies? But we were wrong. 

The Force Awakens meant a lot to the followers of Lucas’s saga. No one expected this to happen: it was the first film in this fictional universe in a decade, since Revenge of the Sith, and the official continuation of the end of the story in The Return of the Jedi, 32 years later. It was an exciting time to be a Star Wars fan. A step into a larger world, quoting Ben Kenobi. When I saw it for the first time I recognized its extreme tribute to the first film, A New Hope (1977), considered as an imitation for many, but I got carried away by the mysteries it posed and by the affection for the saga. However, the film does not age well. Despite being the least displeasing of this trilogy, with each viewing feel less Star Wars.

What do I mean by this? A lot. Scenes or designs of strange characters that seem more like Abrams’s Star Trek than Star Wars, like Bala-Tik (Brian Vernel) and his Guavian Death Gang, the pirates that attack Han Solo and Chewbacca. The creatures with tentacles that attack them in the same scene, the rathtars, also seem taken from another movie. All that sequence feels alien and the only thing that is worth – and it is worth a lot – is to have our favourite pair of smugglers back. And speaking of Han Solo, his death is a crucial moment for both the film and the arc of his son Ben aka Kylo Ren (Adam Driver) and after all, for the entire saga. Why did they say goodbye to a character so endearing in such unceremonious way? It can be understood: to finish the character of Harrison Ford – who has admitted that he wanted Solo killed for years – as a father who still contemplates hope for his son, but I feel that that does not have much to do with the Han Solo we know. His character arc was going another way: the selfish and unmoral smuggler who discovers love, friendship and ends up embracing a good cause, becoming a war hero. He could have died sacrificing himself but in the end we see a lonely Han Solo already close to old age, away from his wife and apparently unable to face the responsibilities of fatherhood until the moment of his death, where he redeems himself trying to open the heart of his son. Could be, but it leaves me with a bad feeling. In addition, the fact of falling into the abyss and not having a burial nor seeing any scene of Chewbacca and Leia – or Luke – sharing their mourn, it all saddens me. A rare conclusion for one of the most beloved and recognizable characters in film history.

Official poster for “The Force Awakens”, 2015 (Credits: Lucasfilm / Disney. All Rights Reserved).

Dispatching Han Solo so suddenly is risky – and in a way, brave – and I think it makes more sense if we see it from Kylo Ren’s point of view: a parricide who has definitely crossed the path towards the Dark Side of the Force, despite still having many doubts and anxieties. Ben Solo is not a true villain, he is a young genocidal obsessed with the memory of his grandfather Darth Vader, troubled and insecure about his place in this galactic war. An interesting character given to a good actor, but in the end, poorly executed.

Rey (Daisy Ridley), the scavenger abandoned on a desert planet that embarks on a path of self-discovery and begins in the Jedi arts. She is a fascinating character with great potential. But who is she? Who are her parents? The new protagonist of the saga is surrounded by mystery and that is part of her charm, the possibility of knowing and learn to care about a successor to Luke Skywalker’s legacy. Notwithstanding, it is difficult to connect with Rey. She does not seem to have any weakness or conflict except for not knowing who she is and she is also strangely gifted with skills with the Force never seen in a Jedi, not even in Yoda: how is she so talented with the lightsaber and using the Force if she has never received training? Anakin, Luke or Leia, they all had reflexes and perceptions that preceded their training, but never demonstrated so much skill. She has just appeared and already seems invincible, could it be that the Jedi Prophecy of the prequels was misunderstood and is she – and not Anakin – is the Chosen One that will bring balance to the Force? No clue. And what about the couple of scenes of Finn (John Boyega) – another interesting character – wielding a lightsaber against a stormtrooper and then against Kylo Ren himself? Sounds incredible in Star Wars. In The Empire Strikes Back we saw Han Solo using the lightsaber with some difficulty to open the belly of the Tauntaun and warm his friend Luke, but it is not the same to put a character presented as unrelated to the Force and making him fight the Sith of the movie.

Another suspicious element is the character of Maz Kanata (Lupita Nyong’o). An alien warrior granny with more than a thousand years of life and Force-sensitive? It is clear that they wanted to create some kind of new female version of Yoda – even her species is kept in secret, something that has only happened with Yoda so far – and that is not bad, but they almost did not use her and left her shrouded in mystery. How on earth did she got the lightsaber that belonged to Anakin Skywalker and later to his son Luke? By the time, I was expecting to know more about a character so intriguing in the sequels, where she would surely play a key role. And the Supreme Leader Snoke (Andy Serkis) the new archenemy of the saga to whom we only see a couple of minutes in a hologram, who is it?

Kathleen Kennedy, J. J. Abrams and Lawrence Kasdan at the San Diego Comic-Con, 2015 (Credits: Gage Skidmore).

But not everything is a confusion in The Force Awakens. Mark Hamill, Carrie Fisher and Harrison Ford: to see them again in their respective roles is a real pleasure, and other characters and elements of the saga such as the droids R2-D2 and C-3PO (we were happy to see them but they were wasted in the movie), Chewbacca, the Millennium Falcon or the Admiral Ackbar. The new droid BB-8 works very well. And that beautiful ending with so many readings: Rey finally finding Luke Skywalker and offering him back his lightsaber. Luke looks amazing and tells us a lot with his silence, giving him a sad, solemn and powerful look. A promising ending. It seems that George Lucas set the bar too high for J. J. Abrams with the responsibility of continuing the saga. Having intertextuality as the main ingredient for a poignant experience, evoking the original trilogy over and over, with an excess of references and Easter eggs and repeating many of the plot devices, it feels that this film brings almost nothing new. I say almost because of the questions it sets for it sequels and for that successful cliffhanger.

Thus, my first impressions of The Force Awakens left me with the following conclusion: they wanted to reunify the community of fans – divided by Lucas’s prequels, very criticized – honouring or doing essentially a subtle remake of the first film, the one that started it all. Okay, not bad, I was not fascinated either, but this was only the beginning. The next one has to be better, much better. What a dreamer I was.

 

Deconstruction does not mean destruction

Star Wars: Episode VIII – The Last Jedi

The movie that unleashed chaos for me. As I wrote before, after the first movie, I expected something big. I must admit that I had high expectations for the second act of these new films. Would it be The Empire Strike Back of a new generation? The result was unexpected. I left upset and confused from the cinema, with many mixed feelings, surprised and not knowing what to think. It took me a few days to consolidate an opinion of The Last Jedi. Rian Johnson created an uncertain monster, probably the strangest and least relatable to the entire saga. Disney gave him a unique opportunity and he did absolutely whatever he wanted: a transgressive film that was responsible for dismantling much of what was established in the rest of the films. For me, The Last Jedi created a distrust of both Disney and the future of Star Wars. I did not want to see it again for everything that meant to me, and it was the only film in the saga that I only saw once, until a few weeks ago, that I watched it again to attend fresh to see its sequel, and my impression was perhaps worse. It is an original film, that is undeniable, and has certain good ideas, but Johnson’s execution disrupts them. His movie destroys Star Wars.

The disappointment that was The Last Jedi made me stop caring about the future of the saga. A total indifference invaded me: no longer waiting for them with emotion, watching them without any expectation (as it happened with the forgettable spin-off of Han Solo). In addition, there is something sad behind the millionaire proliferation of Disney movies: with so many already planned, Star Wars has ceased to be an important event. As the old fan that I certainly consider myself to be, this harbours a bittersweet feeling inside me. On the one hand, I discover that Disney will never stop: like any Marvel Studios movie, there will be a new installment of Star Wars every year, an episode of the official saga followed by a spin-off, followed by another episode – of a new trilogy that will announce soon, surely – and another spin-off, and so on, ad infinitum. I will have annual doses of Star Wars until the day of my death. That can be translated into a geek ecstasy, like any fanboy, but also a concern for the future of this story that has being with me since I was five years old. In other words, the premiere of a new Star Wars movie will no longer mean an unprecedented cultural event, at least not on that high pedestal of contemporary pop grandeur that we are used to. On the contrary, each release will be seen as the franchise’s annual entry. The people will lose excitement, they will get tired, the story will become more episodic than it already is – is that even possible? – or maybe it will be more repetitive and lose much of its magic. Can Disney’s millionaire plans ruin the most famous space opera in film history? It is an unfortunate and probable reality. Can they, as they intend to, revive the saga, explore strange horizons of that galaxy far, far away, and make us breathe Star Wars forever and ever? A complex project, perhaps, but not unthinkable.

Well, let’s go back to The Last Jedi. Many things happened in this movie, so many that it could be the last of the trilogy, a premature Episode IX, and also including that end without a cliffhanger or without setting the events for a sequel, very different from the other second acts of the saga: even Attack of the Clones (2002) left the galaxy and its characters in total suspense. For this and other reasons I feel this is the most alien movie of the franchise.

This film is full of very rare decisions, including the introduction of some unnecessary and boring characters that sometimes awaken antipathy. Let’s start with Benicio del Toro and the total waste of his talent. His character, baptized with the extremely original name of DJ – which is an acronym for “Don’t Join”, his philosophy of life – brings absolutely nothing to the plot. What did they try to do? A more cynical and amoral version of Han Solo or Lando Calrissian? He appears, shows his way of thinking and disappears without even returning for the next movie. I feel that his character was maybe a glimpse of the most nihilistic side of the discourse against the legacy and the past that Rian Johnson proposes: “Good, bad, everyone is corrupt in the end, nothing matters, don’t take sides”, DJ seems to shout. His philosophy does not produce any conflict in the characters surrounding him and disappears from the plot without any importance, although we see him a lot on screen.

Another random and suspicious element was the whole sequence in Canto Bight, the casino city that becomes an alternate mission that separates Finn and Rose Tico (Kelly Marie Tran) from the whole plot and is well-known as the most tedious – and unnecessary – moment of the movie. Finn, the former soldier of the First Order with a good heart who attempts to escape the war and seek his friend Rey; Rose, the member of the Resistance devastated with the loss of her sister in the last battle and who feels certain admiration for the hero Finn is supposed to be and cannot tolerate his behaviour. Both make a pair that can be interesting, where they know and learn from each other, especially Finn, but this does not happen. The whole scene on that gambling planet makes no sense. We could say that it works to give more development to Rose, but why bothering if at the end they will suddenly put her aside in the next movie? I am very sorry to know about the primitive racist and sexist cyberbullying suffered by the actress, it should never have happened, but something is true: I don’t know what the hell they wanted to do with this character. And Finn almost goes unnoticed in The Last Jedi.

However, none of these characters is as unpleasant as the Vice Admiral Holdo (Laura Dern). An unattractive character who suddenly arrives as a wise, important figure of respect and authority. A leader who inspires nothing: you do not know her, you cannot identify with her, all she does is make mistakes, but twenty minutes after her first appearance she is named leader of the entire Resistance and she sacrifices herself to save everyone with a premeditated suicidal tactic… What was that?

Official poster of “The Last Jedi”, 2017 (Credits: Lucasfilm / Disney. All Rights Reserved).

Dern is one of my favourite actresses and I was excited about the idea of ​​seeing her being part of Star Wars, but Holdo was another reason why this movie failed. I will not enter into debates about the viability of the “Holdo maneuver” within the Star Wars canon, I will only affirm the following: its role and its outcome would have worked much better in a different character, a most beloved one, that we already know. The most obvious answer is Admiral Ackbar (Timothy D. Rose), the endearing alien Mon Calamari, brilliant strategist and one of the leaders of the Rebel Alliance, which we have known since Return of the Jedi and we saw again in The Force Awakens. Ackbar was in that same battle with Leia, Holdo and other members of the Resistance, but shortly before Holdo’s kamikaze attack, a secondary character comes to inform her about the death of many rebels, including Ackbar. They only name him among the victims. This is one of the most remembered aliens in Star Wars, not only by fans: Ackbar has been parodied and referenced in different media, his phrase “It’s a trap!” From Return of the Jedi became a meme. His face belongs to popular culture. They insulted him by stealing his heroic sacrifice that way. If they wanted to be more extreme, they could have used Leia for that maneuver and finish with her in a more dignified way than in The Rise of Skywalker. Besides wasting Dern’s talent, everything feels very dissonant.

While it does not affect me that much, Leia Organa’s portrait in this movie is still ambiguous to me. I am talking about that strange moment in which she is expelled into the void of space and, instead of perishing like the rest, uses the Force as protection and to propel herself back to one of the ships, like a Kryptonian woman. We always knew that Leia, daughter of Anakin Skywalker, is very strong with the Force, but we have never seen anything like this. We can accept it more, I think, if we look at it as a tribute to the cherished Carrie Fisher: by the time the movie hit theatres, it was already one year since she passed away. Better that way. That being said, it is a central character in the saga that perhaps deserved more time on screen, even if we know that this trilogy does not focus on the original cast.

Unlike the rest, Poe Dameron (Oscar Isaac) grows up in this movie and turns out to be a more entertaining character. It is interesting to see him learning lessons from Leia and Holdo: being humble, having a cool head and being ready to sacrifice is more important than jumping to a sudden attack and being a great hero. But why did they sell us Captain Phasma (Gwendoline Christie) as a crucial villain if they do not explain anything about her and then kill her so fast? In the end, it is not relevant that her character is irrelevant, but what is absurd is to do the same with the Supreme Leader Snoke. Getting Kylo Ren to kill him so suddenly is one of the biggest mistakes in this movie: it is just a nonsense that I will go back to when I talk about The Rise of Skywalker

And now it is time to talk about Luke Skywalker. Meeting again Mark Hamill in that legendary role has been an experience as beautiful as it is nostalgic. He looks very comfortable playing the part of the now veteran Jedi Master and steals the film in such a way that we almost forget all the inconsistencies it entails, especially with his character. Seeing him back is great but I do not like what they do with him. That is my biggest problem with The Last Jedi. Now that I have seen the movie again, I feel that Luke’s portrayal as an extreme version of Obi-Wan Kenobi can be very interesting, that is, as a retired Jedi, defeated and exiled on a distant planet after feeling responsible for the fall of the new Jedi temple and the conversion of his nephew to the Dark Side of the Force. His way of thinking is also striking: a Luke that has lost his faith for the Jedi philosophy and says that the Force belongs to everyone and that it is not only about good and evil. Yes, sounds like an opportunity to give the character an unexpected turn, but on the other hand I feel hesitant about an anchorite Luke: if he never gave up on his father when even his teachers Yoda and Obi-Wan urged him to kill him, why would he throw in the towel with his nephew? We know Luke. He is much more stable and less emotional than his father Anakin and has an infinite predisposition to goodness. I find it difficult to accept it, but the idea can work, it can be good, but it does not. Johnson had to murder Luke at the end, and with that he dynamited any hope. Luke’s death ruined my experience with this movie. I expected to see him there a lot, getting to know him in his late adulthood and seeing him as Rey’s mentor. I was hoping to see him in the continuation of this movie, where he might die fighting Snoke, saving Rey or his redeemed nephew. As many others, I expected different things, I even contemplated the possibility of him being Rey’s father… 

There were, truth be told, some moments of splendour with Luke. His scene with Yoda (Frank Oz) touched me to the point of leaving me with teary eyes: the simple effect of nostalgia. The legendary Jedi Master appears as a Force ghost to conjure a lightning that destroys the Jedi library in the planet Ahch-To and teach Luke one last beautiful lesson: Do not give up because of your failure, you have to overcome it and learn from it, as failure is an important part of life. It is a very beautiful scene, where we have a Yoda very similar in design and style to the one of The Empire Strikes Back, made with a puppet – and not with digital effects as in the prequels – and speaking to Luke in a playful way, treating him like a teenager. Yoda decides to manifest himself to bring back a Luke Skywalker who has lost faith in the Force, in the Jedi Order and in himself. It is perhaps one of the most emotional scenes of the saga for me. Despite the rest of the movie.

Luke’s biggest highlight is nonetheless the worst moment of the movie. It is his death. From the loneliness of his self-exile in Ahch-To, Luke Skywalker generates a projection of himself through the Force on the planet Crait. A sort of “corporeal illusion” that fights alone against the armies of the First Order and ends up in a duel with Kylo Ren, all to give time  to his sister Leia and the remnants of the Resistance to escape. When they have already fled, an exhausted Luke, having used all his concentration and energy, vanishes his projection and dies alone while contemplating the sun, disappearing like his masters and becoming one with the Force. This is how it ends: a Luke who redeems himself by giving his life. Another reading for his death, on the other hand, is to perpetuate the legend of the Jedi who faced alone the First Order and thus inspire rebellion throughout the galaxy. This is suggested with the orphaned children in the epilogue of the film who recreate the battle with handmade toys. Unfortunately, this bigger meaning will be cancelled in the next movie, as I will explain later. But well, yes, this is the end of the protagonist of the original trilogy and the favourite character of millions of people: Tired to death after using all his power to create a distraction in a battle during the second act of the trilogy, where he never really wielded his lightsaber, nor finished the war or defeated any Sith.

I like the idea: the old wizard who generates an illusion of himself to deceive the enemy and his army, helping the good guys and giving them courage for the last battle. It seems to be taken from some biblical or fantastic story. Luke Skywalker certainly is worthy of having reached ineffable levels in the use of the Force: with that age should be a Jedi capable of performing such feats. Moreover, the scene is epic, with Luke arriving calm and fearless in front of dozens of the dreadful AT-AT combat walkers. But why did he had to die? I mean, it is fine for Luke’s arc to die saving his friends, but that should happen in the end. If he had to die like that, then that master move should not have happened in the middle of the trilogy and instead be reserved for its conclusion. Or if that had to be the case, it should have been used for another character. Luke should not have died tired after a brief trick that helped his friends to escape.

Rian Johnson at Wondercon, California, 2012 (Credits: Gage Skidmore).

My discontent may sound exaggerated or capricious, but it is an arbitrariness that Luke has been portrayed like this and killed as soon as he is the Luke we all know and love. We did not see him duel with anyone – excluding his projection of the Force – nor talking to his nephew with the redemptive determination and understanding showed when he approached to his father. We also did not see him flying his X-Wing or any ship where he could show his skills. And maybe the worst: we did not even see him reuniting with his most beloved ones, except for the brief encounter with good old Chewie. Luke Skywalker never met his sister Leia or his best friend Han. Mark Hamill said ignoring such gathering was a big mistake. And he is right.

In general, it is then a bad and demeaning ending for such a beloved character, but at the same time it is somehow consistent with the story that Rian Johnson wanted to tell in his film: the one about a failed and regretful Luke who ultimately seeks redemption and finds it by sacrificing himself and becoming the hero everyone thinks he is. But I will repeat, it only works in the arc made for Luke in The Last Jedi. Outside that it seems like another character – as Hamill himself suggested – and that is a shame.

Finally, we have the absurd revelation of the film, attempting to both emulate and mock the classic revelation at the end of The Empire Strikes Back: Rey’s parents are nobody. Some forgettable alcoholic scrap metal dealers who did not hesitate to sell her. Star Wars is the story of the Skywalkers, which has always been a space drama about parents and children. The saga is designed in such a way that Rey had to be the daughter of some Skywalker, either Leia or Luke. Or it was Kylo Ren / Ben Solo’s sister to have both the new Jacen and Jaina, the children of Han and Leia in the deceased Expanded Universe; or is Luke’s only daughter, and they would tell us a newer story. Many embrace this plot twist with huge enthusiasm, considering it an innovative turn of events for the saga. I would say that it is certainly original but it is incongruous with the great story behind, the so-called “Skywalker saga”.

We can attribute this transgression to the message of the film, which is even expressed literally by Kylo Ren: “Let the past die. Kill it if you have to. It’s the only way to become who you were meant to be”. In other words, let’s forget about the Skywalkers and the tradition we have followed in the other installments. Anyone can be a Skywalker, castes and legacies do not matter and everyone can be special, strong, chosen to change the world. Then we have that controversial final scene of the orphan boy who was playing with his friends before, looking at the sky in silence while a levitating broom approaches to his hand thanks to the Force. Who the hell is this boy? Who cares, now everyone can use the Force.

To say that last names or lineages do not matter to achieve greatness – or in the case of Rey, to become a Jedi and save the galaxy – is a beautiful message, but the way they present it and the revelation that comes with it not only go against how the saga is structured, but also contradicts a constant and mysterious insistence started in The Force Awakens: the film clearly alludes a lot to the origin of Rey and wants us to question who she is and who her parents are. You could even say that this is the background of the whole movie.

That and the death of Luke Skywalker ruined my experience in the cinema. Two years later, I find myself in the need to write this. What is wrong with me? Could it be that my dissatisfaction goes along with an impossible talent for whining? I think a bit about the meaning of all this. Star Wars is a phenomenon that already belongs to different generations. Many of us grew up with these films, we have them in our hearts and we profess an unconditional love for their characters. It is something that transcends the simple fondness for a work of fiction. So, the natural consequence of that situation is the one that warns The Last Jedi: we have idealized our experience with Star Wars. We have idealized the past. It is time to destroy it. It is a challenging decision of the filmmaker. Challenging and cruel.

Everything here feels so alien to how we conceive Star Wars that it just looks like another movie. The effort in transmitting the message becomes offensive. For example, something as strange as illogical was the disconnection with The Force Awakens. The path of the story changed drastically and the questions and intrigues proposed were mostly cancelled or answered in a very arbitrary way. In his attempt to innovate in the franchise, Rian Johnson’s film breaks the rules established by Lucas when he created this universe and that have been followed and respected until The Force Awakens.

Thus, what Johnson does with the disappointing revelation of Rey’s origin or with Luke’s dishonourable death is the same thing he has been doing throughout the entire movie: override what Abrams established at the beginning of the trilogy and insult the mythology of Star Wars.

 

Stories that discard each other (or the last straw)

Star Wars: Episode IX – The Rise of Skywalker

The last installment of the saga finally convinced me that these three films are not a trilogy at all. In South America we call “mazamorra” a thick liquid mixture made from corn. In Peru, where it is usually made with our traditional purple corn, we also use the same word to describe a mixture of ideas or elements lacking any method or order. A total jumble, like The Rise of Skywalker. Rian Johnson generated such an disproportionate disorder with his film, that when it was J. J. Abrams’s turn to take back the baton, he did not know where to go and he had no choice but to transform his film into an enormous mazamorra. A badly done one.

My experience at the cinema with this film was certainly different than the previous one. After the disappointment of The Last Jedi and the general boredom that Disney has caused with its movies, cartoons, comics, books, clothes and toys and other Star Wars merchandising, I could not care less. I used to watch the trailers of the movie mostly as a cinephile or fan obligation, but my expectations were the lowest possible. I believe that is why I left the cinema relaxed. I had seen a movie that made me laugh on many occasions, which had the most vulgar display of fan service seen in a Star Wars film – but still it moved me with some of its excessive references -. The Rise of Skywalker seemed to me in general an erratic, shapeless, but very entertaining story. The best one in a trilogy of bad movies, I thought at the time. Now that the weeks have passed and I have tried unsuccessfully to understand or justify the course that path taken by the story in this film, I think it is the worst.

What turns it into a mazamorra? Let’s start talking again about the three protagonists of the original trilogy. The Rise of Skywalker is full of alterations, contradictions or reinterpretations of facts previously established in the previous film, that is, cases of “retroactive continuity”, commonly known as retcons. One of the most brutal is to make Luke’s infamous sacrifice and the end of The Last Jedi worthless. His death was supposed to be the inspiration that would unite the citizens of thousands of planets against the First Order, and at the beginning of this film the Resistance is still a group of twenty people. This sidereal assembly ends up being orchestrated in the last battle by Lando Calrissian (Billy Dee Williams) in a very random and gratuitous way. Why did Luke’s last act have no impact? In addition, Luke is almost not mentioned in this movie and his version as a Force ghost only appears for a couple of minutes in a pretty much forgettable scene. If the first and second installments of this trilogy are closely related to Luke Skywalker – one revolves around looking for him and the other has him in one of the starring roles -, in this one he is almost completely ignored. It gives us the feeling that The Rise of Skywalker is a separate movie, and that increases the disconnection.

Official poster of “The Rise of Skywalker”, 2019 (Credits: Lucasfilm / Disney. All Rights Reserved).

It is true that Carrie Fisher was no longer present during the filming of this movie, and they had already announced that they would use old footage from her scenes in the previous ones, but I cannot help wondering, is this the best they could do? Leia was already very weak since the beginning of the film and we do not know why, one could guess that it is because of the intense use of the Force she made in The Last Jedi, when she survived her expulsion into the void of space. In this movie she seems to die in a moment of deep psychic connection with her son Ben Solo. Through the Force, Leia conveys her love and then expires almost at the same time that Rey gives her son a final lunge. Like her brother Luke, it seems that she died from a spiritual exhaustion after the use of the Force. It all feels very vague and confusing and far from emotional: we never feel anything for Ben Solo in this moment, a character we barely know, and there is no scene in the trilogy where mother and son interact so that we can appreciate them together, at least as a  flashback, hence preventing us from identifying with their relationship and therefore with this scene. I know the idea was to dedicate and bid farewell to one main character from the original trilogy per movie, but this death feels even unnecessary. Perhaps it would have worked better if she would just have less time on screen and away from the main plot, as they did in the previous films. Making the death of another one of the most beloved characters in the saga open to interpretation is a terrible decision. 

What is more, the film gives for granted that Leia is a Jedi Master. When did this happen? We know of his great sensitivity to the Force and that she has powers only comparable to Superman, as we saw in The Last Jedi, but they never explained or implied that she had completed a training, and here she is training someone. A rare scene for being both annoying and graceful is that nostalgic flashback of the young brothers training: the magic of seeing them is temporary, we soon realize that the scene only exist to inform us that Leia was trained and that Luke was keeping her lightsaber. Again it all feels forced and explained so suddenly and in a rush. Although I must admit that Chewie crying and screaming in pain upon learning of her death was something very touching and beautiful.

If there is something I do not understand at all in The Rise of Skywalker is the presence of Han Solo. Ben’s father and Leia’s husband makes a final appearance after Leia’s demise to finally convince his son to leave the Dark Side. But Han Solo died in The Force Awakens. And he is not a Jedi nor is he Force-sensitive, so what is happening? A Harrison Ford happy to say goodbye for good to his character reveals to the former Kylo Ren and Ben Solo that he is a memory. His memory. Ben is interacting with a memory of his father, what is this? Maybe I lack some sensitivity to understand the scene. Or maybe Ben Solo is hallucinating and so much inner chaos has awakened certain symptoms of schizophrenia. No idea. In the entire Star Wars tradition, only the Jedi who have mastered the twilight art of becoming one with the Force become Force ghosts after death, having the possibility of manifesting themselves anywhere and interacting with the living. It could be translated as a kind of immortality. Only they, so the appearance of Han Solo, even if they give us the crude and vague justification that it is a memory with autonomy, does not make sense. It feels weird, it does not look like Star Wars – again -. The Force Awakens did something very unusual to the saga by introducing flashbacks, something we never saw in the two previous trilogies. Something risky, but it can be accepted. Would not it have been better to have a flashback of Ben and his father in the past, some deep conversation they had before he turned to the Dark Side? That would have been less out of context.

Here I have to insist on a topic I already touched while talking about the deaths of Han and Luke: it is sad to know that none of the original cast, so loved since the last forty-three years, has met again in this trilogy, and neither were present in the death of each other. Han is killed by his son and falls into the abyss. Luke finds out a movie later and his reaction is almost nil and then he dies of fatigue, alone next to a rock. Leia does it in a similar way but with the company of a few strangers, the rest of the Resistance. Nobody says anything, nothing happens to them later. On the contrary: they are used throughout the trilogy – and especially in the last one – to fill in or cover inconsistencies in the script. Urgent solutions in which they disrespect the classic characters.

Abrams and BB-8 at the Montclair Film Festival (Credits: Neil Grabowsky).

And what about the new cast? They are not bad actors and they are not bad characters – at least not that bad -. But they do not catch us, they do not charm us, I cannot feel that the torch is being passed. On the other hand, they look great together: there is chemistry between Rey, Finn and Poe, from their monosyllabic names to their personalities and dialogues. I could imagine a series or cartoon of the three having adventures in space. It’s fun to see them as the new Millennium Falcon crew, along with Chewie and the droids.

Poe Dameron is still the most acceptable of the three, despite the fact that his character in The Rise of Skywalker resembles Han Solo too much and that can be irritating at times. He is more developed: we discover that he was a spice dealer – the Star Wars drug – and that he has an ex-girlfriend, the mysterious Zorii Bliss (Keri Russell), which discards the expected romantic union with Finn, a very popular theory of the fandom on Internet. Finn continues to go unnoticed. Aside from being a funny character at times and having met a group of deserting stormtroopers like him with whom he could identify and deepen his character – but he does not – nothing happens to him. Throughout the film he is very worried about Rey and at a crucial moment, believing himself about to die, it seems that he tries to confess his love but he does not succeed. Abrams and Boyega himself stated in their social networks a few weeks ago that Finn was not going to declare his feelings: he wanted to tell her that he is also Force-sensitive. What? There are scenes where Finn feels Rey’s presence, even his death, but this is never explored. And why would he want to hide that from Poe? Nothing makes sense.

Rose Tico was deliberately relegated in this last installment of the trilogy. She has less than two minutes on screen, where they did not even returned to the possible love relationship that she may have with Finn. Moreover, they created another character as an adventure companion and tentative love interest for Finn, Jannah (Naomi Ackie), another First Order runaway who appears too little and too late and I do not care about. I think that if they did not want to continue with the character, either alone or as couple for Finn, it would have been better if Rose died at the end of The Last Jedi: in that way, she would have finished her arc understanding and repeating the fate of her sister, and at the same time she would have taught a lesson of love and heroism to the unwary Finn.

Maybe one of the few things that The Rise of Skywalker has done well is to give us one of the best C-3PO (Anthony Daniels) in the whole nine movies. 3PO was virtually ignored in the prequels and had its moments of greatest splendour in The Empire Strikes Back and Return of the Jedi. Its portrayal in this movie is as fun as in those two, or even more: its lines are among the most hilarious and its arc is crucial to the plot. This is what I was talking about before: if you already have excellent characters that exist for more than forty years at your disposal, use them and do not invent weird things like Holdo and her suicidal maneuver.

Lando Calrissian’s much-anticipated and expected return to the saga was fascinating. The expression on his face and his laughter while flying the Millennium Falcon with Chewie, that is a good example of the great fan service that the movie uses to captivate us. They are sensational, but they do not justify all the chaos that the film entails. If there is something that surprised me between so many references and nostalgic moments was that they showed us no reunion between Lando and the Sullustan alien Nien Nunb (Mike Quinn), his classic co-pilot in the Millennium Falcon during the Battle of Endor, in Return of the Jedi. Both were in the same Resistance meeting to plan the attack and towards the end of the film they participate together in the space combat. Why there was no dialogue at all between them? We could say that Lando is only in the movie to charm us being Lando, but it is in that very last battle that his role apparently becomes important, by bringing a fleet of spaceships with supporters of the entire galaxy and make them join the Resistance. A scene that is useless because this trilogy makes all space battles inanes.

Among the most endearing cameos we have the return of the famous pilot of the Rebel Alliance Wedge Antilles (Denis Lawson). I had read rumours that Lawson would repeat his role but I completely forgot. When I saw Wedge piloting his ship, I could not help shouting his name in the cinema, out of excitement. We were just ten people at the last screening on a Sunday night and Wedge had exposed me as a scandalous, dazzled adult suddenly returned to childhood. Seeing the ewok Wicket (Warwick Davis) was more comical than sublime, but it made me smile. These efficient cameos are an abuse of intertextuality that is welcomed among so many incongruities – as a guilty pleasure -, as it is also to see Rey driving Luke’s X-Wing with helmet included or to see the dear wookie Chewbacca receiving the medal he deserved and did not win in A New Hope. The one who gives him that award is no other than Maz Kanata, a character neglected in this movie, which does not resolve any of her striking intrigues posed in The Force Awakens. A waste perhaps comparable to that of General Hux (Domhnall Gleeson), who is executed immediately after revealing himself as a spy of the Resistance.

Most of the cast of “The Force Awakens” at the San Diego Comic-Con, 2015 (Credits: Gage Skidmore).

It is necessary to mention what is probably the biggest mistake of the film: the return of Emperor Palpatine (Ian McDiarmid). Since they announced his return in one of the last trailers, I knew that a major nonsense was coming. Reviving Palpatine was not something Kathleen Kennedy and J. J. Abrams had premeditated since The Force Awakens, as they said recently. That is a lie. Just watch The Rise of Skywalker to realize that it was a desperate last minute decision. Rian Johnson killed Snoke all of a sudden and without any apparent plan as to where the story would follow in the next episode. With that scenario, Abrams and the other screenwriter, Chris Terrio, were between a rock and a hard place. They needed a villain and they had no better idea than to bring the Emperor back. The result is as predictable as ridiculous.

Do not get me wrong. Palpatine is a great character and the villain par excellence. I never thought I would see McDiarmid repeating his legendary role, that deeply evil being without any conflict. But what happens when we see Palpatine repeat his plans and even his lines of Return of the Jedi or Revenge of the Sith? What happens when they do not have a precise idea of ​​how to bring him back? “The dead speak!” Recites the opening crawl at the beginning of the film, “The galaxy has heard a mysterious broadcast, a threat of revenge in the sinister voice of the late Emperor Palpatine”. The film becomes a joke from beginning to end. They imply that the Emperor survived the Battle of Endor and has been all this time exiled on the planet Exegol, under the care of a cult of followers of the Sith. What does the Emperor want? The same as always: to conquer the galaxy, but this time also intends to rejuvenate  by possessing Rey’s body and bring back the Sith … It sounds pretty vague and cheap.

The death of Snoke was one of the most stupid moments of Star Wars, and triggered the return of the Emperor, who at the same time was responsible for explaining Snoke: Palpatine reveals that Snoke was nothing more than a puppet, a figure he was using from the beginning, in order to be able to manipulate Ben Solo and the First Order from behind the scenes. While saying this they show us a water tank with multiple clones of Snoke, all piled up. Abrams used the easiest excuse, telling us that Snoke was a kind of clone – a disfigured one, no idea why – of the Emperor. This bring us back to the cheap story of the Emperor’s clones or that kind of Star Wars novels with lazy ideas from the first era of the Expanded Universe. They should have developed Snoke and made him a perfect villain for the end of the trilogy; or Palpatine’s return should have been introduced from the beginning in The Force Awakens. It is evident that there was no communication between the filmmakers and therefore, neither a plan. McDiarmid said it himself: George Lucas would never have resurrected Palpatine.

And finally we get to Rey. She almost does not have a real arc in this movie. They try to represent her with great confusion and dilemma about who she is and on what side she is, did not The Last Jedi propose that origins did not matter? Well, Abrams shouts in this movie that Johnson was wrong: origins do matter, especially Rey’s, she is a Palpatine! Rey is the Emperor’s granddaughter. Rey Palpatine. Sounds like a joke. Months ago they told me that this rumour had leaked through Reddit and I laughed, it seemed impossible and ridiculous and I forgot about it on the spot. This revelation is completely distanced from the arc of Rey in the first two films. It is something that does not feel like a natural effect of the narrative of this trilogy at all, and even more if you consider the already crucial change of her in the previous film.

If I say that Rey lacks an arc in The Rise of Skywalker is because she does nothing. All the time we see her running from one planet to another, looking for McGuffins with her friends or duelling against Kylo Ren. What is more, the attempts of conflicts or obstacles that are presented to her are nonexistent: we could blame this to the false deaths – Chewbacca – or to almost killing someone whom you heal immediately – Kylo Ren -, nothing she regrets has a true effect in the plot of the movie or in herself. She is still as perfect and without any contradictions as they have shown her in the previous installments. She has not even lost a limb in her lightsaber duels, something considered a Star Wars tradition for not a few: Anakin first losing an arm and then the rest of his limbs, Vader severing Luke’s hand before revealing that he is his father. As a close friend accurately observed while discussing the saga with me: “Anakin was the Chosen One, great mechanic, pilot, warrior and swordsman, and in his trilogy he only won one duel. Luke was the New Hope, the last Jedi and a great pilot, and in his trilogy he won no duel except for the brief moment where he defeated Vader using the Dark Side and then threw his saber and surrendered, asserting himself as Jedi. Rey, excellent pilot, mechanic, warrior, swordswoman, won all the duels in which she fought in her trilogy, but never really lost anything, we do not know her and we cannot identify with her, and therefore her character never progresses”. Indeed, unlike Anakin and Luke, whose dreams and conflicts made them close from the beginning, Rey has been imbued in mystery since The Force Awakens: we did not know who she was or where she came from, but she did not know either and she did not find answers, or at least not very concrete or satisfactory ones. That does not allow us to know her better.

Finally, Rey taking the last name of his masters and becoming the last Skywalker is another excessive nonsense that continues to undo the discourse of the previous film, which creates many inconsistencies in the whole trilogy, and also breaks the logic established in the saga. But I have already talked enough about this.

The great Carrie Fisher at the Comic-Con in San Diego, 2015 (Credits: Gage Skidmore).

I am very sorry that a prominent actor like Adam Driver has been wasted. In recent years I have seen him in many other movies where he shines, something that does not happen in Star Wars, although we can see he does an effort to bring some power to the character. Besides my conflicts of the geeky fan who appropriates of his most beloved characters, which prevent me from forgiving him the murder of Han Solo, I still cannot convince myself about Ben. I was waiting for his redemption and I like to see him fighting side by side with Rey and wielding a blue lightsaber, but again it is the execution that becomes implausible, as we said before, with the illusion of his father or a mental hug of the mother – let’s call it like that – and the encounters with Rey. On the other hand, having the knowledge in this movie that he is the last Skywalker and Rey a Palpatine, it does not feel normal, somehow, to see him relegated to an almost secondary character. The sudden revelation of his love interest towards Rey, touched briefly, just before his death, seems to me like a total silliness taken from a fan fiction that reduces the complexity of his relationship with Rey.

Both Rey and Ben Solo lead me to mention the Force healing, the ability to heal themselves or others through the use of the Force, and that at extreme levels could revive a person at the expense of the user’s life. It is an important phenomenon that has just been explored in this film. I feel that the possibilities with the Force in this trilogy are unlimited. Why Yoda, Obi-Wan, Anakin or Leia were not capable of doing this? If it is something that Rey learned from the ancient books she stole from the Jedi library in Ahch-To, then why Luke did not know about it? And why Ben Solo did, is it because of the special bond they share, they so-called Dyad in the Force? Is it the same skill developed by Darth Plagueis and that Palpatine mentioned in Revenge of the Sith? We could attribute its secrecy to the great difficulty involved in performing this probably forbidden technique. They explain nothing and that feeds the idea that the use of the Force represented in this trilogy is vague and not believable within the saga as we know it. Again, this is all taken from a fan fiction.

A film does not have to explain you everything, certain mystery is always welcomed, but in the Disney’s Star Wars trilogy there are too many questions that were not answered and this diminishes the strength of the story. For example, how can the X-Wing work after so many years submerged and without an astromech droid like R2? Is Jannah Lando’s daughter? Who repaired Luke’s blue lightsaber – which is actually Anakin’s, something this trilogy seems to ignore-? What happened to Luke’s classic green lightsaber that we only saw in a flashback in The Last Jedi? How did Rey create her yellow lightsaber? And what is with the kiss between the two Resistance girls during the celebration at the end? A forced attempt by Abrams and Disney to show their share of political correctness. If they are seeking so much the approval of the fan community, would not it have been better and more organic to comply with their wishes and make Poe and Finn a gay couple? It seems that they had added Jannah and Zorii Bliss to discard undeniably any sentimental relationship between these two male protagonists. The Star Wars gay kiss does not add anything to the story, it only serves the creators to say they are inclusive or support diversity. Totally gratuitous.

On a creative level, The Rise of Skywalker is a paradigm of chaos. Unlike Lucas, Abrams never kept control or left strict or exact plans about where was the trilogy going after the first film, everything suffered a substantial alteration in the second installment and for the last one the only possible way was to amended, fix the disaster in any way you can. And honestly, despite certain fearful or coward decisions that reflect the fear of innovating and surprising the followers, this is the best thing they could do after how Rian Johnson left the trilogy. We also have to remember the following: apart from not knowing how to finish his stories no matter how good they may be, as it happened with the controversial final episode of Lost, his acclaimed television series, here Abrams is also guilty of an outrageous lack of imagination. In a way, we can all understand and agree that The Force Awakens is so similar to the first film in the saga, a tribute to come back comfortably into this universe after so many years, but that The Rise of Skywalker, the “new” final of The Skywalker saga is so unoriginal, so derivative from the classic trilogy, a vulgar copy of the previous conclusion in Return of the Jedi, that is unforgivable.

Indeed, Abrams went straight through the safe path, already known to him: a recreation of Return of the Jedi. Because that is what it is, an inferior, inconsistent and somewhat absurd imitation of the sixth episode of the saga. At the end of the trilogy, which culminates in a peaceful and emotional celebration of the Resistance, like the Rebels in Endor, we have the galaxy in the same conditions than how we saw it last time in Return of the Jedi: Emperor Palpatine is dead – this time for good, I hope – peace has been restored, the Republic and the Jedi Order must be refounded. It is all the same, let’s just replace Luke, Leia and Han with Rey, Finn and Poe. It brings nothing new. An unfortunate rehash.

This rehash, however, spends the entire movie doing something very obvious that makes the trilogy weaker but it is still interesting – and sometimes funny, depending on the viewer -: to deny Johnson’s ideas. Sometimes it seems as if the whole movie was a criticism or punishment to its predecessor. A good example is the scene with Luke’s Force ghost. A Rey in panic seeks to exile himself and throws the lightsaber into the fire, only to be caught by his late Master, who tells her: “A Jedi’s weapon deserves more respect”. A reference to how he throws the same saber into the cliff at the beginning of The Last Jedi. Abrams manages again and again to try to tell us that Johnson was wrong. The film denies or reinterprets the events of the previous one in such a way that we could just ignore its existence. If the opening crawl would add the line “Jedi Master Luke Skywalker died a year ago giving his life for his friends and Kylo Ren killed Snoke and proclaimed himself the new Supreme Leader” or something similar, there would be no need to see The Last Jedi. This is certainly not a trilogy.

George Lucas and J. J. Abrams (Credits: Joi Ito).

However, we must admit the following: Rian Johnson had a vision of what he wanted to do and was committed to it, regardless of whether this would become a damage to the franchise’s narrative. J. J. Abrams shows the opposite: he wanted to get out of the problem quickly and was ready to make a supposedly consensus film, to try to please all the fans and not divide them like The Last Jedi. The Rise of Skywalker wants to mesmerize us with its references to the original trilogy and feels too rushed, so many things happen and they have no time to explain anything. It is as if they were telling us the last two episodes of the saga together. They try to seduce us with plot twists that feel deceptive and are not relevant at the end, such as the “false deaths” of Chewie, 3PO -when they erase his memory- Ben or Rey, to name an example. My first impression with The Force Awakens is confirmed after all: Abrams had the fence too high to continue the saga, and it got out of hand.

It is so rare to find all these issues in a Star Wars movie. It makes me think of a group of film students from university, enthusiasts who want to make a movie but do not know where to lead the story and end up spoiling it all. An experience of amateurs, but we are talking about a Hollywood studio. This trilogy proposed fifty questions in the first film, suppressed and contradicted those questions in the second and established others and in the last installment tried to amend the disorder and revalidate the first questions, usually with unsatisfactory answers. It is a pity that even with so much material, decades of novels, comics, animated series and video games that have shaped the Expanded Universe, the saga had to finish in this. I would say that The Rise of Skywalker is a very entertaining film with a good dose of nostalgia, working well at an emotional level at least in a first viewing, but terribly weak when it comes to the plot and characters, reaching ridiculous moments. A disaster.

 

The path of each fan

I am an old Star Wars fan. I do not belong to the first generation of fans, I mean, I did not go to the cinema as a child with my parents in 1977 to see A New Hope. I was not born yet. I saw the original trilogy as a child during the first five years of the ’90s thanks to my older brothers, and I grew up with it, unlike many of my contemporaries, who discovered the saga years later thanks to the prequels. But that does not matter. None of these ways of discover and contemplating Star Wars is better than the other. Today there are even fans who discovered the saga through the cartoons or toys. I think of the children who are going to the cinema to see The Rise of Skywalker. A whole new generation of fans very different from me. Will they grow up along with such special story? I do not know. I find it difficult to identify and strongly embrace these new films. I imagine that the new fans will not cultivate a great affection, Star Wars will not stay with them for long. I appreciate the experience of having seen the original films as a child and growing up going to the cinema to see the prequels. Both were better times to be a Star Wars fan. But maybe I am wrong. Hopefully, but I seriously doubt it.

Why has this happened? The story behind these three films is as sad as it is curious. J. J. Abrams had a hard time. Can we blame him? Well, the responsibility lies with him, certainly, but also with Kathleen Kennedy, Bob Iger, Disney in general, screenwriters such as Chris Terrio or Lawrence Kasdan – who returned to participate in The Force Awakens – and, of course, Rian Johnson. But is it worth diving into discussions and digital hate campaigns for this? Not at all. This outcome hurts, I admit it, and it creates a lot of indifference to the future of the franchise, but we have to remember that we are talking more about movies than stories, that it is largely an industry and that, as long as it generates profits, it will continue, for good or for bad.

Before concluding, I would like to make a small digression about the prequel trilogy. We all know of his many shortcomings and the problems of George Lucas to direct and work with the dialogues, but, whatever people say, the prequels had a perfectly mapped plan. Lucas knew where his story was going from beginning to end: a great fable of how evil embodied in the worst corruption could arise from within and take over a republic. They also told the origin of Darth Vader and deconstructed his character to reveal his conflicts and vulnerabilities. This is always present and feels organic during the three films, even if the first two installments are not good. Moreover, the prequels expanded enormously the mythology of Star Wars with concepts such as the prophecy of the Chosen One, the Jedi Order, the Galactic Senate, the Sith, even unpopular ideas such as the midi-chlorians. Lucas is not the best writer in the world, but he was very original and organised, and he had a vision and a story to tell. Even though they are not perfect, I never considered myself a detractor of this second trilogy, I really like Revenge of the Sith, but Disney’s attempt to make a third one has led me to reflect on this and appreciate the prequels more.

The panorama for Star Wars is rich. I imagine that the spin-offs and the television series will continue, and I distrust a lot Disney’s work with the franchise, but I imagine that occasionally something good will emerge in the among all the disaster. But the official saga, the foundational story of the Skywalkers, makes me sad. It is not easy to say it but such catastrophic story was the best they could do, and that is a disappointment. Will I see the Disney trilogy again? Maybe. I doubt it. At least I am sure I would not include them in any marathon.

All this brings me back to a moment of childhood: I was almost an addict to the anime Dragonball as a kid, and years later, in my teens, I saw the last series they released without the creator Akira Toriyama, Dragonball GT, and confirmed I did not like it. Over time I decided to “cancel” it from my canon: being a bad story not signed by Toriyama, GT would no longer exist for me. I recently decided that this is the position I will take with Star Wars. There are many talented filmmakers and screenwriters, and Lucas does not have to direct Star Wars movies in order for them to be wonderful, but he must be involved, he must be behind everything, it must be his story. If it is not with the father of Star Wars, it is not part of my canon. Star Wars ends in Return of the Jedi. A perfect ending to a great story.

May the Force be with you.

The legendary trio. Harrison Ford, Carrie Fisher, Mark Hamill, and Gary the Dog, 2015 (Credits: Albert L. Ortega).

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El gran tropiezo de La Fuerza: Star Wars sequel trilogy

Cine, Pensamientos, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 8 Enero, 2020

Escena de "Rise of Skywalker" (2019). El nuevo trio de esta trilogía (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Una detallada catarsis de mi experiencia con la última trilogía de la saga galáctica, con énfasis en la última película, Star Wars: Episode IX – The Rise of Skywalker

[Text in ENGLISH]

*** Algunas ideas de este texto tienen su origen en mis diferentes conversaciones sobre estas películas con Jair Luján y Ricardo Otiniano.

Mi relación con esa galaxia muy, muy lejana

Hace unas semanas, cuando me encontré con mi esposa luego de salir del cine y compartí desaforadamente mis impresiones sobre The Rise of Skywalker (2019), ella me pidió que le refresque por qué me gusta tanto Star WarsLa primera vez que vi Star Wars tenía cinco años. Era una grabación en VHS de The Empire Strikes Back (1980) o El Imperio contraataca como la conocimos en español. Mi hermano mayor la había grabado de Cine Millonario, el legendario bloque de películas de los domingos por la noche en Frecuencia Latina. Desde ese momento, la saga galáctica me ha acompañado toda la vida, para bien o para mal. Aquella noche, le dije todo eso y mucho más. He escrito antes sobre mi relación con la saga. Finalizado este prolegómeno, debo decir que es por todo esto que las últimas películas de la saga, las películas de Disney, han significado una declive progresivo que me ha llevado a cuestionarme mi amor por este relato sideral y a tomar decisiones sobre hacia dónde conducirlo. The Rise of Skywalker ha cerrado ese círculo y ha confirmado lo inevitable, y es por ello que será tratada en detalle al final, pero antes, revisaré las dos primeras películas de la llamada “sequel trilogy”, The Force Awakens (2015) y The Last Jedi (2017).

Póster peruano de “A New Hope” promocionando la película en los cines de Lima, Perú,1978 (Créditos: Archivo de la web de Arkiv Perú).

 

Un comienzo calcado es un comienzo inofensivo

Star Wars: Episode VII – The Force Awakens (El despertar de la Fuerza)

Empezaré afirmando lo siguiente: cualquier película que busque continuar la saga luego de El retorno del Jedi es innecesaria. Se trata del Episodio VI, el final de las seis películas. La trilogía original tiene un desenlace redondo que resuelve todos los arcos dramáticos de los personajes. Veamos: Luke y Leia son hermanos y ella es pareja de Han, Han a su vez decide quedarse con ellos y la Rebelión y se descubre como un hombre bueno; el Emperador Palpatine se manifiesta como el enemigo final absoluto, Vader encuentra la redención a través de su hijo y Luke completa su entrenamiento y se hace Caballero Jedi aceptando y salvando a su padre en una prueba de amor y compasión. Ganan la guerra y todos celebran, desde los peludos Ewoks hasta los maestros Jedi fallecidos, ahora fantasmas de la Fuerza. Pese a todos sus errores, la trilogía de precuelas también justificaba su existencia. George Lucas buscaba armar todo el rompecabezas: mostrarnos la caída de la República Galáctica y la Orden Jedi y especialmente profundizar y cerrar el arco de Anakin Skywalker. Muy al contrario, la trilogía de secuelas fue tan solo un intento -arbitrario, ahora lo sabemos- de continuar la franquicia. No tenía sentido hacerlas pero vamos, las hicieron y nosotros los fans no podíamos quejarnos: después de tantos años, ¿quién creería que habrían nuevas películas de Star Wars? Pero nos equivocamos.

El despertar de la Fuerza significó muchísimo para los seguidores de la saga de Lucas. Nadie esperaba que esto fuese a suceder: fue la primera película de este universo de ficción en una década, desde La venganza de los Sith, y la continuación oficial del final de la historia en El retorno del Jedi, 32 años después. Era un momento emocionante para ser un fan de Star Wars. Se abría un mundo de posibilidades, citando a Ben Kenobi. Cuando la vi por vez primera reconocí su extremado homenaje a la primera cinta, Una nueva esperanza (1977), para no pocos un calco total, mas me dejé llevar por los misterios que planteaba y por el afecto a la saga. Sin embargo, la película no envejece bien. Pese a ser la menos detestable de esta trilogía, con cada visionado se siente menos Star Wars.

¿A qué me refiero con esto? Mucho. Escenas o diseños de personajes extraños que más parecen del Star Trek de Abrams que de Star Wars, como Bala-Tik (Brian Vernel) y su Guavian Death Gang, los piratas que atacan a Han Solo y Chewbacca. Las criaturas con tentáculos que los atacan en la misma escena, los rathtars, también parecen sacados de otra película. Toda esa secuencia se siente ajena y lo único que vale -y mucho- es tener de vuelta a nuestra dupla de contrabandistas favorita. Y hablando de Han Solo, su muerte es un momento crucial tanto para la película como para el arco de su hijo Ben alias Kylo Ren (Adam Driver) y al fin y al cabo, para toda la saga. ¿Por qué se despidieron de un personaje tan entrañable de esa manera tan poco ceremoniosa? Puede entenderse: cerrar el personaje de Harrison Ford -quien ha admitido que quería que maten a Solo desde hace años- como un padre que todavía contempla esperanza para su hijo, pero siento que eso no tiene mucho que ver con el Han Solo que conocemos. Su arco dramático iba por otro lado: el contrabandista egoísta y sin moral que descubre el amor, la amistad y acaba abrazando una causa justa, haciéndose un héroe de guerra. Podría haberse muerto sacrificándose pero al final vemos a un solitario Han Solo ya cercano a la tercera edad, alejado de su esposa y aparentemente incapaz de enfrentar las responsabilidades de la paternidad hasta el mismo momento de su muerte, donde se redime intentando abrir el corazón de su hijo. Puede ser, pero me deja un sinsabor. Además, el hecho de caerse al vacío y no tener un entierro ni verse ninguna escena de Chewbacca y Leia -o Luke- compartiendo el luto me apena. Un desenlace raro para uno de los personajes más queridos y reconocibles de la historia del cine.

Póster oficial para “The Force Awakens”, 2015 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Despachar a Han Solo así de pronto es algo arriesgado -y en cierta forma, valiente- y creo que tiene más sentido si lo vemos desde el punto de vista de Kylo Ren: el parricida que ha cruzado definitivamente el sendero hacia el Lado Oscuro de la Fuerza, a pesar de tener todavía muchas inquietudes. Ben Solo no es un verdadero villano, es un joven genocida obsesionado con el recuerdo de su abuelo Darth Vader, conflictuado e inseguro sobre su lugar en esta guerra galáctica. Un personaje interesante otorgado a un buen actor, pero al final, mal ejecutado.

Rey (Daisy Ridley), la chatarrera olvidada en un planeta desierto que emprende un camino de autodescubrimiento y se inicia en las artes Jedi. Es un personaje fascinante y con un gran potencial. ¿Pero quién es ella? ¿Quiénes son sus padres? La nueva protagonista de la saga entraña muchas dudas y aquello es parte de su encanto, la posibilidad de conocer y apreciar a una sucesora del legado de Luke Skywalker. No obstante, es difícil conectarse con Rey. No parece tener ninguna debilidad ni conflicto salvo el no saber quién es y además está extrañamente dotada de habilidades con la Fuerza jamás vistas en un Jedi, ni siquiera en Yoda: ¿cómo es tan talentosa con el sable láser y usando la Fuerza si nunca ha recibido entrenamiento? Anakin, Luke o Leia, todos tenían reflejos y percepciones que precedieron su entrenamiento, pero jamás demostraron tanta habilidad. Acaba de aparecer y ya parece invencible, ¿es que la Profecía Jedi de las precuelas fue malinterpretada y es ella -y no Anakin- la Elegida que traerá balance a la Fuerza? Ni idea. ¿Y qué hay del par escenas de Finn (John Boyega) -otro personaje interesante- blandiendo un sable láser contra un stormtrooper y luego contra el mismo Kylo Ren? Suena increíble en Star Wars. En El Imperio contraataca vimos a Han Solo usar el sable con cierta dificultad para abrir el pecho del tauntaun y calentar a su amigo Luke, pero no es lo mismo poner a un personaje presentado como no relacionado con la Fuerza a pelear contra el Sith de la película.

Otro elemento sospechoso es el personaje de Maz Kanata (Lupita Nyong’o). ¿Una abuelita alienígena guerrera con más de mil años de vida y sensible a la Fuerza? Es evidente que querían crear una suerte de nueva versión femenina de Yoda -incluso se mantiene en secreto su especie, algo que solo ha sucedido con Yoda hasta la fecha- y eso no está mal, pero casi no la utilizaron y la dejaron imbuida de misterio ¿Cómo rayos consiguió el sable láser de que perteneció a Anakin Skywalker y posteriormente a su hijo Luke? Esperaba saber más de un personaje tan intrigante en las secuelas, donde seguramente cumpliría un rol vital. Y el Líder supremo Snoke (Andy Serkis) el nuevo archinémesis de la saga a quien solo vemos un par de minutos en un holograma, ¿quién es?

Kathleen Kennedy, J. J. Abrams y Lawrence Kasdan en la Comic-Con de San Diego, 2015 (Créditos: Gage Skidmore).

Pero no todo genera desconcierto en The Force Awakens. Ver de nuevo a Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford en sus respectivos roles es un verdadero placer, y otros personajes y elementos de la saga como los androides R2-D2 y C-3PO (desperdiciados), Chewbacca, el Halcón Milenario o el Almirante Ackbar. El nuevo androide BB-8 funciona muy bien. Y ese final tan bonito y con tantas lecturas: Rey encontrando por fin a Luke Skywalker y ofreciéndole de vuelta su sable láser. Luke se ve estupendo y transmite mucho con su silencio, devolviéndole una mirada triste, solemne y poderosa. Un final promisorio. Pareciese que J. J. Abrams tuvo la valla demasiado alta con la responsabilidad de continuar la saga. Al tener a la intertextualidad como ingrediente principal para conmovernos y evocar sin respiro la trilogía original, con un exceso de guiños y repitiendo muchos de los recursos narrativos, se siente que esta película no aporta casi nada nuevo. Digo casi debido las preguntas que estableció para las secuelas y a ese acertado cliffhanger.

Así, mis primeras impresiones de The Force Awakens me dejaban la siguiente conclusión: quisieron reunificar a la comunidad de fans -dividida por las precuelas de Lucas, muy criticadas- homenajeando o haciendo básicamente un remake oculto de la primera película, aquella que lo inició todo. De acuerdo, no está mal, tampoco me fascinó, pero esto solo fue el comienzo. La siguiente tiene que ser mejor, mucho mejor. Qué iluso de mí.

 

Deconstrucción no quiere decir destrucción

Star Wars: Episode VIII – The Last Jedi (Los últimos Jedi)

La película que para mí desató el caos. Como escribí antes, tras la cinta anterior, yo esperaba algo grande. Debo admitir que tenía grandes expectativas por el segundo acto de estas nuevas películas. ¿Sería El Imperio Contraataca de una nueva generación? El resultado fue insospechado. Salí contrariado y confundido del cine, con muchos sentimientos encontrados, sorprendido y sin saber qué pensar. Me tomó unos días consolidar una opinión de Los últimos Jedi. Rian Johnson generó un monstruo incierto, probablemente el eslabón más ajeno de toda la saga. Disney le dio una oportunidad única y él hizo absolutamente lo que le dio la gana: una película transgresora que se encargó de desarmar mucho de lo establecido en el resto de películas. Para mí, Los últimos Jedi creó una desconfianza tanto en Disney como en el futuro de Star Wars. No quise volver a verla por todo lo que significó, y ha sido la única película de la saga a la que le he dedicado un solo visionado, hasta hace unas semanas, que volví a verla para asistir fresco a ver su secuela, y mi impresión fue acaso peor. Es una película original, ello es innegable, y tiene ciertas buenas ideas, pero la ejecución de Johnson las desbarata. Su película destruye Star Wars.

La desilusión de Los últimos Jedi hizo que el panorama del futuro de la saga me deje de importar. Luego de esa película me invadió una indiferencia total: ya no aguardarlas con emoción, iba a ver las películas sin ninguna expectativa (como me sucedió con el olvidable spin-off de Han Solo). Además, existe algo triste detrás de la proliferación millonaria de cintas de Disney: con tantas ya planeadas, Star Wars ha dejado de ser un evento importante. Como el viejo aficionado que ciertamente me considero, esto alberga una sensación agridulce en mis adentros. Por un lado, descubro que Disney jamás se detendrá: cual película de Marvel Studios, habrá una nueva entrega de Star Wars cada año, un episodio de la saga oficial seguido de un spin-off, seguido de otro oficial -otra trilogía que vayan a empezar y anunciarán pronto, seguramente- y otro spin-off, y así, ad infinitum. Tendré dosis anuales de Star Wars hasta el día de mi muerte. Eso puede traducirse en un éxtasis geek, como cualquier fanboy, pero también en una inquietud por el futuro de esta historia que me ha acompañado desde los cinco años. Es decir, el estreno de una nueva película de Star Wars ya no significará un evento sin precedentes. Ya no será un acontecimiento cultural, al menos no en ese pedestal de grandeza pop contemporánea al que nos tenía habituados. Al contrario, cada salida será vista como ‘la película de turno’ de Star Wars. El público perderá la emoción, se cansará, la historia se tornará más episódica de lo que ya es -¿es eso posible?-, acaso más repetitiva y perderá mucho de su magia. ¿Pueden los planes millonarios de Disney arruinar la ópera espacial más famosa de la historia del cine? Es una infortunada y probable realidad. ¿Pueden, como pretenden, revivir la saga, explorar horizontes extraños de aquella galaxia muy, muy lejana, y hacernos respirar Star Wars por y para siempre? Acaso una empresa compleja, mas no impensable.

Pero bueno, volvamos a Los últimos Jedi. Pasaron muchas cosas en esta película, tantas que podría tratarse de la última de la trilogía, un prematuro Episodio IX, y además sumándole ese final sin cliffhanger o sin dar pie a una secuela, muy distinto de los otros segundos actos de la saga: incluso El ataque de los clones (2002) dejaba la galaxia y a sus personajes en una situación en vilo. Por ello y otras razones más la siento ajena a la franquicia.

Esta cinta está plagada de decisiones rarísimas, entre ellas, la introducción de algunos personajes innecesarios y aburridos que en ocasiones palpan la antipatía. Empecemos con el total desperdicio del gran actor que es Benicio del Toro. Su personaje, bautizado con el extremadamente original DJ -que es un acrónimo de “Don’t Join”, su filosofía de vida-, no aporta absolutamente nada. ¿Qué intentaron hacer? ¿Una versión más cínica y amoral de Han Solo o Lando Calrissian? Aparece, expone su forma de pensar y desaparece para ya no volver ni siquiera en la siguiente película. Siento que su personaje fue quizás un atisbo del lado más nihilista del discurso contra el legado y el pasado que propone Rian Johnson: “buenos, malos, todos son corruptos al final, nada importa, no tomes partido”, parece gritar DJ. Su filosofía no genera ningún conflicto en sus receptores y desaparece de la trama sin importancia alguna, teniendo muchos minutos frente a la cámara.

Otro elemento aleatorio y sospechoso fue toda la secuencia en Canto Bight, la ciudad-casino que deviene en una misión alterna que separa a Finn y Rose Tico (Kelly Marie Tran) de toda la trama y se corona como el momento más tedioso -e innecesario- de la película. Finn, el exsoldado de la Primera Orden con buen corazón que piensa escapar de la guerra y buscar a su amiga Rey; Rose, la miembro de la Resistencia devastada por perder a su hermana en la última batalla y que siente cierta admiración por el supuesto héroe que es Finn y no puede tolerar su proceder. Ambos hacen una dupla que puede ser interesante, donde se conocen y aprenden el uno del otro, en especial Finn, pero esto no sucede. Toda la escena en ese planeta invadido por los juegos de azar no tiene sentido. Podríamos decir que sirve para darle más desarrollo a Rose, ¿pero de qué sirve si al final la dejarán de lado repentinamente en la siguiente película? Me apena mucho saber del primitivo cyberbullying racista y sexista que recibió la actriz, es algo que jamás debió suceder, pero lo siguiente es cierto: no se sabe qué diantres querían hacer con este personaje. Y Finn casi pasa desapercibido en Los últimos Jedi.

No obstante, ninguno de estos personajes resulta tan indeseable como la Vicealmirante Holdo (Laura Dern). Un personaje poco atractivo que llega de pronto como una figura sabia, importante y de autoridad. Una líder que no inspira nada: no la conoces, no puedes identificarte con ella, lo único que hace es equivocarse, pero a los veinte minutos de su aparición la nombran líder de toda la Resistencia y se sacrifica para salvar a todos con una táctica suicida premeditada… ¿Qué rayos?

Póster oficial de “The Last Jedi”, 2017 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Dern es una de mis actrices preferidas y anduve entusiasmado con la idea de verla formar parte de Star Wars, pero Holdo fue otra de las razones por las que esta película fracasó. No voy a entrar en debates sobre la viabilidad de la “maniobra Holdo” dentro del canon de Star Wars, solo afirmaré lo siguiente: su rol y su desenlace hubieran funcionado mucho mejor realizados por un personaje más querido, que ya conozcamos. La respuesta más obvia es el Almirante Ackbar (Timothy D. Rose), el entrañable alienígena mon calamari, brillante estratega y uno de los líderes de la Alianza Rebelde, que conocemos desde El retorno del Jedi y volvimos a ver en El despertar de la Fuerza. Ackbar estuvo en esa misma batalla junto a Leia, Holdo y otros miembros de la Resistencia, mas poco antes del ataque kamikaze de Holdo, un personaje secundario llega a informarle a ella sobre la muerte de muchos rebeldes, incluido Ackbar. Tan solo lo nombran entre las víctimas. Se trata de uno de los alienígenas más recordados de Star Wars, no solo por los fans: Ackbar ha sido parodiado y referenciado en muchas series y películas, su frase “It’s a trap!” de El retorno del Jedi devino en un meme. Su rostro es parte de la cultura popular. Lo insultaron robándose su sacrificio heroico de esa manera. Si querían ser más extremos, pudieron haber usado a Leia para esa maniobra y acabar con ella de forma más digna que en Rise of Skywalker. Además de desperdiciar el talento de Dern, todo se siente muy disonante.

Si bien no me afecta tanto, el retrato de Leia Organa en esta película todavía me resulta ambiguo. Me refiero a ese momento tan extraño en el que ella es expulsada al vacío del espacio y, en lugar de perecer como el resto, utiliza la Fuerza para protegerse e impulsarse de regreso a una de las naves, cual mujer kryptoniana. Siempre supimos que Leia, hija de Anakin Skywalker, poseía una gran sensibilidad con la Fuerza, pero jamás hemos visto algo como esto. Podemos aceptarlo más, creo, si lo contemplamos como un homenaje a la recordada Carrie Fisher, quien ya tenía un año de fallecida cuando la cinta se estrenaba en los cines. Mejor así. Fuera de todo esto, se trata de un personaje central en la saga que acaso mereció más tiempo frente a la cámara, por más que sepamos que esta trilogía no se enfoca en el elenco de la trilogía original.

A diferencia del resto, Poe Dameron (Oscar Isaac) crece en esta película y resulta un personaje más entretenido. Es interesante verlo aprender lecciones de Leia y de Holdo: ser humilde, tener la mente fría y estar listo para sacrificarse es más importante que ir al ataque improvisado y ser el gran héroe. ¿Pero por qué nos vendieron a la Capitana Phasma (Gwendoline Christie) como un villano trascendente si no explican nada de ella y la matan tan rápido? No es relevante al final, siendo su personaje irrelevante, pero lo que sí es un absurdo es hacer lo mismo con el Líder supremo Snoke. Hacer que Kylo Ren lo asesine tan de pronto es uno de los grandes errores de esta película. Simplemente es un sinsentido, al que volveré cuando hable de The Rise of Skywalker.

Y toca hablar de Luke Skywalker. Reencontrarse con Mark Hamill en ese papel legendario ha sido una experiencia tan hermosa como nostálgica. Se le siente muy cómodo en el rol del ahora veterano Maestro Jedi y se roba la película de tal manera que por poco nos olvidamos de todas las inconsistencias que ésta entraña, especialmente con su personaje. Verlo de vuelta es genial pero no termina de agradarme lo que hacen con él. Aquel es mi mayor problema con Los últimos Jedi. Ahora que he vuelto a ver la película, siento que la representación de Luke como una versión extrema de Obi-Wan Kenobi puede ser muy interesante, es decir, como un Jedi retirado, derrotado y exiliado en un planeta distante al sentirse responsable de la caída del nuevo templo Jedi y de la conversión de su sobrino al Lado Oscuro de la Fuerza. Su forma de pensar también es llamativa: un Luke descreído de la filosofía Jedi, diciendo que la Fuerza le pertenece a todos y que no se trata solamente del bien y del mal. Sería una oportunidad para darle un giro inesperado al personaje, sí, pero por otro lado siento que un Luke anacoreta no podría darse: si él nunca se rindió con su padre cuando incluso sus maestros Yoda y Obi-Wan le exhortaban a matarlo, ¿por qué tiraría la toalla con su sobrino? Conocemos a Luke. Es mucho más estable y menos emocional que su padre Anakin y tiene una predisposición infinita para la bondad. No me termina de gustar, pero la idea puede funcionar, puede ser buena, mas no. Johnson tenía que matar a Luke al final, y con ello dinamitó cualquier esperanza. La muerte de Luke arruinó mi experiencia con esta película. Esperaba verlo mucho aquí, conociéndolo en su etapa más adulta y viéndolo como el mentor de Rey. Esperaba verlo en la continuación de esta película, donde quizás moriría peleando contra Snoke, salvando a Rey o a su redimido sobrino. Como muchos, esperaba distintas cosas, incluso contemplaba la posibilidad de que sea el padre de Rey…

Hubo, valgan verdades, algunos momentos de esplendor con Luke. Su escena con Yoda (Frank Oz) me conmovió hasta dejarme con los ojos vidriosos: el simple efecto de la nostalgia. El legendario Maestro Jedi aparece como un fantasma de la Fuerza para conjurar un rayo que destruye la biblioteca Jedi en el planeta Ahch-To y enseñarle a Luke una última y hermosa lección: que no se rinda ante su fracaso, que lo supere y aprenda de él, pues fracasar es una parte importante de la vida. Es una escena muy bonita, en la que tenemos a un Yoda muy parecido en diseño y estilo al de El Imperio contraataca, representado a través de un títere -y no con efectos digitales como en las precuelas- y hablándole a Luke de forma lúdica y tratándolo como un adolescente. Yoda decide manifestarse para reencaminar a un Luke Skywalker que ha perdido la fe en la Fuerza, en la Orden Jedi y en sí mismo. Es quizás una de las más emotivas escenas de la saga para mí. A pesar del resto de la película.

El otro gran momento de Luke es al mismo tiempo el peor de la película. Es su muerte. Desde la soledad de su autoexilio en Ahch-To, Luke Skywalker genera una proyección de sí mismo a través de la Fuerza en el planeta Crait. Una suerte de “ilusión corpórea” que lucha solo contra los ejércitos de la Primera Orden y al final se encierra en un duelo con Kylo Ren, todo para darles tiempo de escapar a su hermana Leia y a los remanentes de la Resistencia. Cuando ya han huido, un exhausto Luke, habiendo empleado toda su concentración y energía, esfuma su proyección y muere solo mientras contempla el sol, desapareciendo como sus maestros y haciéndose uno con la Fuerza. Así se acaba: un Luke que se redime dando su vida. Otra lectura para su muerte, por otro lado, es perpetuar la leyenda del Jedi que se enfrentó solo a la Primera Orden y así inspirar la rebelión en toda la galaxia. Esto se refleja con los niños huérfanos en el epílogo de la cinta, que recrean la batalla con juguetes hechos a mano. Desafortunadamente, este significado más grande se verá cancelado en la siguiente película, como explicaré más adelante. Pero bueno, sí, así termina el papel del protagonista de la trilogía original y el personaje favorito de millones de personas: muerto de cansancio al usar todo su poder para una distracción en una batalla en el segundo acto de la trilogía, donde jamás blandeó realmente su sable láser, ni acabó la guerra o derrotó a ningún Sith.

La idea me gusta: el viejo mago que genera una ilusión de sí mismo para engañar al enemigo y a su ejército, ayudando a los buenos y dándoles coraje para la última batalla. Parece sacada de algún relato bíblico o fantástico. Encuentro digno del personaje que haya llegado a inefables niveles en el uso de la Fuerza: un Luke Skywalker con esa edad debería ser un Jedi capaz de realizar tales hazañas. Además, la escena es épica, con Luke llegando calmado y sin temor alguno frente a decenas de las temidas máquinas de combate caminantes AT-AT. ¿Pero por qué tuvo que morirse? Es decir, está bien para el arco de Luke que muera salvando a sus amigos, pero eso debería darse al final. Si tenía que morir así entonces esa jugada maestra no debió suceder a medio camino y en su lugar reservarse para el desenlace de la trilogía. O en su defecto, debió usarse para otro personaje. Luke no debió morir cansado luego de un breve truco que sirvió para que escapen sus amigos.

Rian Johnson en la Wondercon, California, 2012 (Créditos: Gage Skidmore).

Quizás mi descontento suene exagerado o caprichoso, pero es una arbitrariedad que Luke haya sido retratado así y lo hayan matado tan pronto como vuelva a ser el Luke que todos conocemos y queremos. No lo vimos batirse a duelo con nadie -sin contar la proyección de la Fuerza- ni hablar con su sobrino con la determinación y comprensión redentora con la que se acercó a su padre. Tampoco lo vimos pilotar su X-Wing o alguna nave donde demuestre sus destrezas. Y quizás lo peor: ni siquiera lo vimos reunirse con sus seres más amados, salvo quizás el breve encuentro con el buen Chewie. Luke Skywalker jamás se reencontró con su hermana Leia ni con su mejor amigo Han. Mark Hamill afirmó que ignorar esa reunión fue un craso error. Y tiene razón.

Se trata entonces de un final en general malo e indigno para tan querido personaje, pero de alguna forma consistente con la historia que Rian Johnson quiso contar en su película: la de un Luke fracasado y arrepentido que al final busca la redención y la encuentra al sacrificar su vida y convertirse en el héroe que todos creen que es. Pero he de repetirlo, solo funciona en el arco planteado para Luke en Los últimos Jedi. Fuera de eso parece otro personaje -como sugirió el mismo Hamill- y eso es una pena.

Por último, está la absurda revelación de la película, buscando emular y burlarse a la vez de la clásica revelación del final de El Imperio contraataca: los padres de Rey no son nadie. Unos olvidables chatarreros alcohólicos que no dudaron en venderla. Star Wars es la historia de los Skywalker, que siempre ha sido un drama espacial sobre padres e hijos. La saga está concebida de tal forma que Rey tenía que ser hija de algún Skywalker, ya sea Leia o Luke. O era la hermana de Kylo Ren/Ben Solo para tener en ambos a los nuevos Jacen y Jaina, los hijos de Han y Leia en el fenecido Universo Expandido; o es la única hija de Luke, y nos contarían una historia más nueva. Muchos saludaron este giro bajo el argumento de que esto es muy novedoso para la saga. Diría que ciertamente es original pero es incongruente con la gran historia detrás, la llamada “Saga Skywalker”.

Podemos atribuir este atropello al discurso de la película, que incluso es proferido textualmente por Kylo Ren: ”deja que el pasado muera. Mátalo si es necesario. Es la única forma de convertirte en quien llegarás a ser”. En otras palabras, olvidémonos de los Skywalker y la tradición que hemos seguido en las otras entregas. Cualquiera puede ser un Skywalker, las castas y herencias no importan y todos pueden ser especiales, fuertes, elegidos para para cambiar el mundo. Luego tenemos esa controversial escena final del niño huérfano que antes jugaba con sus amigos, mirando al cielo en silencio en tanto una escoba levita hacia su mano gracias a la Fuerza. ¿Quién rayos es este muchachito? A quién le importa, ahora todos pueden usar la Fuerza.

Decir que los apellidos o linajes no importan para alcanzar la grandeza -o en el caso de Rey, para ser una Jedi y salvar la galaxia- es un hermoso mensaje, pero la forma en que lo presentan y la revelación que viene con ésta no solo van en contra de cómo está estructurada la saga, sino que además desdice una constante y misteriosa insistencia planteada en El despertar de la Fuerza: la cinta claramente alude mucho al origen de Rey y nos invita a cuestionarnos quién es ella y quiénes son sus padres. Podría incluso decirse que aquello es el trasfondo de toda la película.

Esto y la muerte del personaje de Luke Skywalker desmoronaron mi experiencia en el cine. Dos años después, me descubro en la necesidad de escribir esto. ¿Qué diantres me pasa? ¿Es que acaso mi disgusto raya con un engreimiento imposible? Pienso un poco en el significado de todo esto. Star Wars es un fenómeno que ya le pertenece a distintas generaciones. Muchos de nosotros crecimos con estas películas, las tenemos presentes en nuestros corazones y les profesamos un cariño incondicional a sus personajes. Es algo que trasciende la simple afición por una obra de ficción. Así, el cauce natural de esa situación es aquella que advierte Los últimos Jedi: hemos idealizado nuestra experiencia con Star Wars. Hemos idealizado el pasado. Toca destruirlo. Es una decisión desafiante del director. Desafiante y cruel.

Todo aquí se siente tan ajeno a cómo concebimos Star Wars que simplemente parece otra película. Hay una insistencia tan fuerte por transmitirnos su mensaje que llega a ser ofensiva. Por ejemplo, algo tan extraño como ilógico fue la desconexión con El despertar de la Fuerza. El sendero de la historia cambió drásticamente y las preguntas e intrigas planteadas fueron en su mayoría canceladas o respondidas muy arbitrariamente. En su cruzada por innovar en la franquicia, la película de Rian Johnson rompe las reglas establecidas por Lucas cuando creó este universo y que se han seguido hasta El despertar de la Fuerza.

Así, lo que hace Johnson con la decepcionante revelación del origen de Rey o con la deshonrosa muerte de Luke es lo mismo que ha ido haciendo a través de toda la película: anular lo establecido por Abrams al inicio de la trilogía y de paso insultar la mitología de Star Wars.

 

Historias que se descartan (o la gota que colmó el vaso)

Star Wars: Episode IX – The Rise of Skywalker (El ascenso de Skywalker)

La última instalación de la saga terminó de convencerme de que estas tres películas no son una trilogía para nada. En Sudamérica le llamamos mazamorra a una mezcla líquida de gran espesor hecha en base de maíz. En Perú, donde se suele hacerla con nuestro tradicional maíz morado, le llamamos también mazamorra a una mezcolanza de ideas o elementos carente de todo método u orden. Un revoltijo total, como El ascenso de Skywalker. Rian Johnson generó un desorden tan desmedido con su película, que cuando le tocó a J. J. Abrams retomar la batuta, no supo por dónde ir y no le quedó otra más que transformar su película en una gran mazamorra. Una mal hecha.

Mi experiencia en el cine con esta película fue ciertamente distinta que la anterior. Tras la decepción de Los últimos Jedi y el aburrimiento general que ha provocado Disney con sus películas, dibujos animados, cómics, libros, ropa y juguetes y demás merchandising de Star Wars, ya no me importaba en lo absoluto. Veía los tráileres de la película por obligación cinéfila o de fanático pero mis expectativas eran las más bajas posibles. Creo que por eso salí del cine relajado. Había visto una película que me hizo reír en muchas ocasiones, que tuvo el despliegue más vulgar de fan service visto en una película de Star Wars -pero aun así me conmovió con algunos de sus excesivos guiños-. El ascenso de Skywalker me pareció en general una historia descabellada e informe, pero muy entretenida. La mejor de una trilogía de malas películas, pensé en su momento. Ahora que han pasado las semanas y he tratado sin éxito de comprender o justificar el curso que da la historia en esta película, pienso que es la peor.

¿Qué la transforma en una mazamorra? Empecemos retomando a los tres protagonistas de la trilogía original. El ascenso de Skywalker está repleta de alteraciones, contradicciones o reinterpretaciones de hechos previamente establecidos en la película anterior, es decir, casos de “retrocontinuidad” o retcons. Uno de los más brutales es el hacer que el infame sacrificio de Luke y el final de Los últimos Jedi no valgan nada. Su muerte significó en gran parte la inspiración que uniría a los ciudadanos de miles de planetas contra la Primera Orden y al inicio de esta película la Resistencia sigue siendo un grupo de veinte personas. Esta convocatoria sideral termina dándose en la última batalla gracias a Lando Calrissian (Billy Dee Williams) de forma muy aleatoria y gratuita. ¿Por qué el último acto de Luke no tuvo ningún impacto? Además, Luke casi no es mencionado en esta película y su versión como fantasma de la Fuerza solo aparece uno o dos minutos en una escena por lo general olvidable. Si la primera y segunda entregas de esta trilogía están muy relacionadas con Luke Skywalker -una gira alrededor de buscarlo y la otra lo tiene como uno de sus protagonistas-, ésta lo ignora casi del todo. Nos da la sensación de que El ascenso de Skywalker es una película aparte, y aquello incrementa la desconexión.

Póster oficial de “The Rise of Skywalker”, 2019 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Es cierto que Carrie Fisher ya no estaba presente durante la filmación de esta película, y ya habían anunciado que usarían material grabado de las anteriores para sus escenas, mas no puedo dejar de preguntarme, ¿esto es lo mejor que pudieron hacer? Leia ya estaba muy débil desde el inicio de la película y no sabemos por qué, mas podría intuirse que es por el intenso uso de la Fuerza que hizo en Los últimos Jedi para sobrevivir a su expulsión al espacio. En esta película parece morir en un momento de profunda conexión psíquica con su hijo Ben Solo. A través de la Fuerza, Leia le transmite su amor y luego expira casi al mismo tiempo que Rey le propina una estocada mortal a su hijo. Como su hermano Luke, parece que muriera por un agotamiento espiritual posterior al uso de la Fuerza. Todo se siente muy vago y confuso y lejos de ser emotivo: nunca sentimos nada por Ben Solo en este momento, a quien conocemos poco, y tampoco existe escena alguna en la trilogía donde madre e hijo interactúen y los apreciemos juntos, siquiera como flashback, impidiendo que nos identifiquemos con su relación y por ende con esta escena. Sé que la idea era dedicar y despedirse de un personaje de la trilogía original por película, pero esta muerte se siente hasta innecesaria. Quizás hubiera funcionado mejor que tan solo le den menos tiempo en la pantalla a Leia y la alejen del argumento central, como ha habían hecho en las cintas anteriores. Dejar a la libre interpretación la muerte de otro de los más amados personajes de la saga es una terrible decisión.

Además, la película da por sentado que Leia es una Maestra Jedi. ¿Cuándo pasó esto? Sabemos de su gran sensibilidad con la Fuerza y que tiene facultades dignas de Superman, como vimos en Los últimos Jedi, pero jamás nos explicaron o dieron a entender que había completado un entrenamiento, y aquí ya está entrenando a alguien. Una escena rara por ser tan molesta como bella es aquel flashback tan nostálgico de los jóvenes hermanos entrenando: la magia de verlos es temporal, pronto nos damos cuenta de que la escena solo sirve para informarnos que Leia fue entrenada y que su sable láser estaba en poder de Luke. Otra vez todo forzado y explicado tan de pronto y con apremio. Aunque debo admitir que Chewie llorando y lanzando alaridos de dolor al enterarse de su muerte fue algo muy bonito y emotivo.

Si hay algo que no entiendo en lo absoluto en El ascenso de Skywalker es la presencia de Han Solo. El padre de Ben y esposo de Leia hace una última aparición luego de la muerte de Leia para convencer finalmente a su hijo de que abandone el Lado Oscuro. Pero Han Solo murió en El despertar de la Fuerza. Y no es un Jedi ni tampoco tiene sensibilidad con la Fuerza, ¿entonces qué está pasando? Un Harrison Ford feliz de despedirse de su personaje para siempre le revela al otrora Kylo Ren que es una memoria. Su memoria. ¿Ben Solo está interactuando con una memoria de su padre, qué es esto? Quizás me falta cierta sensibilidad para entender la escena. O quizás Ben Solo está alucinando y tanto caos interior le ha despertado ciertos rasgos de esquizofrenia. Ni idea. En toda la tradición de Star Wars solo los Jedi que han dominado el crepuscular arte de hacerse uno con la Fuerza pasan a convertirse en fantasmas de la Fuerza después de la muerte, teniendo la posibilidad de manifestarse en cualquier parte e interactuar con los vivos. Podría traducirse como una suerte de inmortalidad. Solo ellos, entonces la aparición de Han Solo, por más que nos den la burda y vaguísima justificación de que se trata de una memoria con autonomía, no tiene sentido. Se siente raro, no parece de Star Wars -otra vez-. El despertar de la Fuerza hizo algo muy ajeno a la saga introduciendo flashbacks, algo que nunca vimos en las dos trilogías precedentes. Algo riesgoso, pero que se puede aceptar. ¿No hubiera sigo mejor hacer un flashback de Ben y su padre en el pasado, alguna conversación profunda que tuvieron antes de que se pase al Lado Oscuro? Ello hubiera sido menos fuera de contexto.

Aquí debo incidir con un tema que ya toqué en las muertes de Han y Luke: es triste saber que ninguno de estos tres protagonistas tan amados desde hace cuarenta y tres años se volvió a reunir en esta trilogía, ni estuvo presente en la muerte del otro. Han es asesinado por su hijo y cae al abismo. Luke se entera una película después, su reacción es casi nula y muere de cansancio, solo sobre un peñasco. Leia lo hace de forma similar pero acompañada de unos cuantos desconocidos, el resto de la Resistencia. Nadie dice nada, nada pasa con ellos luego. Al contrario: los emplean a lo largo de la trilogía -y en especial en la última- para rellenar o cubrir inconsistencias en el guion. Soluciones apremiadas en las que les faltan el respeto a los personajes clásicos.

Abrams y BB-8 en el Montclair Film Festival (Créditos: Neil Grabowsky).

¿Y qué decir del nuevo reparto? No son malos actores y no son malos personajes -al menos no tan malos-. Pero no nos atrapan, no encantan, no termino de sentir que se está pasando la antorcha. Por otro lado, se les ve muy bien juntos: hay una química entre Rey, Finn y Poe, desde sus monosilábicos nombres hasta sus personalidades y diálogos. Podría imaginarme una serie o dibujo animado de los tres teniendo aventuras por el espacio. Es divertido verlos como la nueva crew del Halcón Milenario, junto a Chewie y los androides.

Poe Dameron sigue siendo el más aceptable de los tres, a pesar de que su personaje en El ascenso de Skywalker irrite por momentos al parecerse demasiado a Han Solo. Tiene un desarrollo: descubrimos que era un traficante de spice -la droga de Star Wars– y que tiene una exnovia, la misteriosa Zorii Bliss (Keri Russell), lo cual elimina la esperada unión romántica con Finn, una teoría muy popular del fandom en Internet. Finn sigue pasando desapercibido. Fuera de ser un personaje gracioso por momentos y de haber conocido un grupo de stormtroopers desertores como él con el que podría identificarse y profundizar su personaje -pero no lo hace- nada le sucede. A través de la película se le ve muy preocupado por Rey y en un momento crucial, creyéndose a punto de morir, parece que intenta confesarle su amor mas no lo logra. Abrams y el mismo Boyega afirmaron en sus redes sociales hace unas semanas que Finn no iba a declararle sus sentimientos: quería contarle que él también tiene sensibilidad con la Fuerza. ¿Qué? Hay escenas donde Finn siente la presencia de Rey, incluso su muerte, pero jamás se explora esto. ¿Y por qué querría ocultarle aquello a Poe? Nada tiene sentido.

Rose Tico fue deliberadamente relegada en esta última entrega de la trilogía. Tiene menos de dos minutos en la pantalla y ni siquiera retornaron a la posible relación amorosa que empezaría con Finn; es más, crearon otro personaje como compañera de aventuras y supuesto interés amoroso para Finn, Jannah (Naomi Ackie), otra desertora de la Primera Orden que aparece muy poco y demasiado tarde y me tiene sin cuidado. Pienso que si no querían continuar con el personaje, ya sea sola o como pareja de Finn, lo mejor hubiera sido que Rose muera al final de Los últimos Jedi: así ella hubiera acabado su arco comprendiendo y repitiendo el destino de su hermana y al mismo tiempo le hubiera enseñado una lección de amor y heroísmo al incauto Finn.

Quizás una de las pocas cosas que El ascenso de Skywalker  ha hecho bien es darnos a uno de los mejores C-3PO (Anthony Daniels) de todas las nueve películas. 3PO fue prácticamente ignorado en las precuelas y tuvo sus momentos de mayor esplendor en El Imperio contraataca y El retorno del Jedi. Su representación en esta película es tan divertida como en esas dos, o incluso más: sus líneas figuran entre las más hilarantes y su arco es crucial para el argumento. De esto hablaba líneas arriba: si ya tienes excelentes personajes que existen hace cuarenta años a tu disposición, úsalos y no inventes cosas raras como Holdo y su maniobra suicida.

El muy anunciado y esperado retorno de Lando Calrissian a la saga fue fascinante. La expresión de su rostro, sus risas mientras pilotaba el Halcón Milenario junto a Chewie, son uno de los ejemplos de gran fan service con los que la película quiere cautivarte. Son sensacionales, mas no justifican todo el caos que entraña la película. Si hay algo que me extrañó entre tantas referencias y momentos nostálgicos fue que no nos mostraron ningún reencuentro entre Lando y el alienígena sullustano Nien Nunb (Mike Quinn), su recordado copiloto en el Halcón Milenario durante la Batalla de Endor, en El retorno del Jedi. Ambos se hallaban en la misma reunión de la Resistencia para planear el ataque y hacia el final de la película participan juntos en el combate espacial. ¿Por qué no intercambiaron diálogo alguno? Podría decirse que Lando solo está en la película para encantarnos siendo Lando, pero es en esa misma última contienda que su rol supuestamente cobra importancia, al traer una flota de naves de simpatizantes de toda la galaxia y hacer que se sumen a la Resistencia. Una escena que no sirve para nada pues esta trilogía torna inanes todas las batallas espaciales.

Entre los cameos más entrañables tenemos el regreso del afamado piloto de la Alianza Rebelde Wedge Antilles (Denis Lawson). Meses atrás había leído rumores de que Lawson repetiría su papel pero lo olvidé por completo. Cuando vi a Wedge pilotando su nave no pude evitar gritar su nombre en el cine, emocionado. Éramos diez personas en la última función de domingo y Wedge me había revelado como un escandaloso, encandilado adulto repentinamente retornado a la niñez. Ver al ewok Wicket (Warwick Davis) fue más irrisorio que sublime, pero me dejó sonriente. Estos cameos eficientes son un abuso de la intertextualidad que es bienvenido entre tanta incongruencia -como un placer culposo- como lo es también ver a Rey manejando el X-Wing de Luke con el casco incluido o ver al querido wookie Chewbacca recibir por fin la medalla que merecía y no ganó en Una nueva esperanza. Quien le otorga ese premio es Maz Kanata, personaje que sobra en El ascenso de Skywalker y del cual no se resuelve ninguna de sus llamativas intrigas planteadas en El despertar de la Fuerza. Un desperdicio acaso comparable al del General Hux (Domhnall Gleeson), quien es ejecutado de inmediato luego de revelarse como espía de la Resistencia.

Gran parte del elenco de “The Force Awakens” en la Comic-Con de San Diego, 2015 (Créditos: Gage Skidmore).

Toca mencionar el que tal vez sea el mayor desacierto de la película: el regreso del Emperador Palpatine (Ian McDiarmid). Desde que anunciaron su retorno en uno de los últimos tráileres, sabía que se avecinaba un gran despropósito. Revivir a Palpatine no fue algo que Kathleen Kennedy y J. J. Abrams tenían premeditado desde El despertar de la Fuerza, como han dicho hace poco. Eso es una mentira. Basta ver a El ascenso de Skywalker para darse cuenta de que fue una decisión desesperada de último minuto. Rian Johnson mató a Snoke súbitamente y sin ningún plan aparente sobre hacia donde seguiría la historia en el siguiente episodio. Con ese escenario, Abrams y el otro guionista, Chris Terrio, quedaron entre la espada y la pared. Necesitaban un villano y no se les ocurrió mejor idea que traer de regreso al Emperador. El resultado es tan predecible como ridículo.

No me malentiendan. Palpatine es un gran personaje y el villano por antonomasia. Jamás creí que volvería a ver a McDiarmid repitiendo su excelente papel, ese ser profundamente malévolo, sin ningún conflicto. ¿Pero qué pasa cuando vemos a Palpatine repetir sus planes e incluso sus líneas de El retorno del Jedi o La venganza de los Sith? ¿Qué pasa cuando no tienen una idea precisa de cómo regresarlo? “¡Los muertos hablan!” recita el texto de apertura al inicio de la película, “la galaxia ha escuchado una transmisión misteriosa. Una amenaza de venganza en la siniestra voz del fallecido Emperador Palpatine”. La cinta se torna en una broma de principio a fin. Nos dan a entender que el Emperador sobrevivió a la Batalla de Endor y ha estado todo este tiempo refugiado en el planeta Exegol, bajo el cuidado de una secta de fanáticos de los Sith. ¿Qué quiere el Emperador? Lo mismo de siempre: conquistar la galaxia, pero esta vez además pretende poseer el cuerpo de Rey para rejuvenecer y traer de vuelta a los Sith… Suena todo demasiado vago y barato.

La muerte de Snoke fue uno de los momentos más estúpidos de Star Wars, y generó el regreso del Emperador, que al mismo tiempo se encargó de explicar a Snoke: Palpatine nos revela que Snoke no era más que un títere, una figura que él usaba desde el inicio para poder manipular a Ben Solo y a la Primera Orden tras bambalinas. Mientras dice esto nos muestran un tanque de agua con múltiples clones amontonados de Snoke. Abrams empleó el recurso más fácil, decirnos que Snoke era una suerte de clon -desfigurado, ni idea por qué- del Emperador. Esto nos recuerda a la historia barata de los clones del Emperador o a ese tipo de novelas de Star Wars con ideas flojas de la primera época del Universo Expandido. Debieron haber desarrollado a Snoke y hacerlo un villano perfecto para el final; o presentarnos el regreso de Palpatine desde el inicio de la trilogía. Se nota que no hubo una sintonía entre los realizadores y por ende, tampoco un plan. Lo dijo el mismo McDiarmid: George Lucas nunca hubiera resucitado a Palpatine.

Así llegamos a Rey. Ella casi no tiene un verdadero arco dramático en esta película. Tratan de representarla con una gran confusión y dilema sobre quién es y de qué lado está, ¿no proponía Los últimos Jedi que los orígenes no importaban? Pues Abrams nos grita en esta película que Johnson se equivocó: los orígenes sí importan, especialmente el de Rey, ¡es una Palpatine! Rey es la nieta del Emperador. Rey Palpatine. Parece una broma. Meses atrás me contaron que se había filtrado este rumor por Reddit y me reí, me parecía una ridiculez imposible y la olvidé en el acto. Se trata de una revelación completamente distanciada del arco de Rey en las dos primeras películas. Algo que no se siente un efecto natural de la narrativa de esta trilogía en lo absoluto, y más si se considera el ya crucial cambio de ella en la película anterior.

Digo que Rey carece de un arco en El ascenso de Skywalker porque no hace nada. Todo el tiempo la vemos corriendo de un planeta a otro, buscando McGuffins con sus amigos o lanzándose al duelo contra Kylo Ren. Además, los intentos de conflictos u obstáculos que se le presentan son inexistentes: ya sea la culpa por las falsas muertes -Chewbacca- o casi matar a alguien a quien curas de inmediato -Kylo Ren-, nada de lo que se lamenta tiene un efecto verdadero en el argumento de la película ni en ella misma. Ella sigue tan perfecta y sin claroscuros como la han mostrado en las instalaciones anteriores. Ni siquiera ha perdido un miembro en sus duelos, algo que para no pocos es una tradición de Star Wars: Anakin perdiendo primero un brazo y después el resto de extremidades, Vader cercenando la mano de Luke antes de revelarle que es su padre. Como observó acertadamente un amigo cercano con quien discuto la saga “Anakin era el Elegido, gran mecánico, piloto, guerrero y espadachín, y en su trilogía solo ganó un duelo. Luke era la nueva esperanza, el último Jedi y un buen piloto, y en su trilogía no ganó ningún duelo a excepción del breve momento donde venció a Vader utilizando el Lado Oscuro, para luego arrojar su sable y rendirse, afirmándose como Jedi. Rey, gran pilota, mecánica, guerrera, espadachina, ganó todos los duelos en los que lucho en su trilogía, pero nunca perdió nada realmente, no la conocemos y no podemos identificarnos con ella, y por ende su personaje nunca avanza”. En efecto, a diferencia de Anakin y Luke, cuyos sueños y conflictos los volvían cercanos desde el inicio, Rey ha estado imbuida en misterio desde El despertar de la Fuerza: no sabíamos quién era ni de dónde venía, pero ella tampoco lo sabía y no encontraba respuestas, o al menos no muy concretas o satisfactorias. Eso no nos permite conocerla mejor.

Por último, Rey cogiendo el apellido de sus maestros y volviéndose la última Skywalker es otro desmedido despropósito que continúa deshaciendo el discurso de la película anterior, lo cual genera muchas inconsistencias a nivel de la trilogía, y además rompe la lógica establecida en la saga. Pero ya he hablado suficiente de esto.

La gran Carrie Fisher en la Comic-Con de San Diego, 2015 (Créditos: Gage Skidmore).

Me apena un poco que se haya desperdiciado al notable actor que es Adam Driver. Estos últimos años lo he visto en muchas otras cintas donde deslumbra, como no sucede en Star Wars, aunque podemos ver que hace un esfuerzo por otorgarle algo de poder al personaje. Fuera de mis conflictos de fan geek apropiado de sus personajes más queridos, que me impiden perdonarle haber matado a Han Solo, sigo sin convencerme con Ben. Esperaba su redención y me gusta verlo pelear junto a Rey y blandeando un sable láser azul, pero de nuevo es la ejecución la que se torna poco creíble, como ya comentamos antes, con la ilusión de su padre o un abrazo mental de la madre -llamémoslo así- y los encuentros con Rey. Por otro lado, sabiendo en esta película que él es el último Skywalker y Rey una Palpatine, no se siente normal, de alguna forma, verlo relegado a un personaje casi secundario. La súbita revelación de su interés amoroso hacia Rey, tocada brevemente, justo antes de su muerte, me parece una tontería digna de un fan fiction que reduce la complejidad de su relación con Rey. 

Tanto Rey como Ben Solo conllevan a mencionar el Force healing, la habilidad de curarse a sí mismo o a otros mediante el uso de la Fuerza y que en niveles extremos podría revivir a una persona a costa de la propia vida. Se trata de un fenómeno importante que recién se explora en esta película. Siento que ya las posibilidades con la Fuerza en esta trilogía son ilimitadas. ¿Por qué ni Yoda, Obi-Wan, Anakin o Leia podían hacer esto? Si es algo que Rey aprendió con los libros sagrados que robó de la biblioteca Jedi en Ahch-To, ¿entonces por qué Luke no lo sabía? ¿Y por qué Ben Solo también puede hacerlo, quizás por el vínculo especial que comparte con Rey, la llamada Díada en la Fuerza? ¿Es la misma habilidad desarrollada por Darth Plagueis y que mencionaba Palpatine en La venganza de los Sith? Podría atribuir su secretismo a la gran dificultad que implica realizar esta técnica probablemente prohibida. No explican nada y eso alimenta la idea de que el uso de la Fuerza representado en esta trilogía es vago y poco creíble dentro de la saga tal y como la conocemos. De nuevo, todo parece extraído de un fan fiction.

Una película no tiene que explicarlo todo, cierto misterio siempre es bienvenido, pero en la trilogía de Star Wars de Disney existen demasiadas interrogantes que no se llegaron a responder y le quitan solidez a la historia. Por ejemplo, ¿cómo puede el X-Wing funcionar después de tantos años sumergido y sin un droide astromecánico como R2? ¿Es Jannah hija de Lando? ¿Quién reparó el sable láser azul de Luke -que en realidad es de Anakin, algo que esta trilogía parece ignorar? Qué pasó con el clásico sable láser verde de Luke que solo vimos en un flashback en Los últimos Jedi? ¿Cómo creó Rey su sable láser amarillo? ¿Y qué hay de ese beso entre las dos chicas miembros de la Resistencia durante la celebración final? Un intento forzoso de Abrams y Disney de mostrar su cuota de corrección política. Si tanto buscan la aprobación de la comunidad de fans, ¿no hubiera sido mejor y más orgánico acatar sus deseos y hacer que Poe y Finn sean una pareja homosexual? Parece que hubiesen agregado a Jannah y a Zorii Bliss para desmentir definitivamente la relación sentimental entre ambos protagonistas masculinos. El Star Wars gay kiss no aporta nada a la historia, tan solo les sirve a los creadores para decir que son inclusivos o apoyan la diversidad. Totalmente gratuito.

El ascenso de Skywalker es un paradigma del caos a nivel creativo. A diferencia de Lucas, Abrams nunca mantuvo un control o dejó pautas severas de hacia dónde iba la trilogía tras la primera película, todo dio un giro copernicano en la segunda y para la última solo queda enmendar, arreglar el desastre como se pueda. Y es que honestamente, a pesar de ciertas decisiones temerosas que reflejan el miedo a innovar y sorprender a los seguidores, esto es lo mejor que se pudo hacer luego de cómo Rian Johnson dejó la trilogía. Además de no saber acabar sus historias, por más buenas que sean, como sucedió con el polémico final de su popular serie de televisión Lost, Abrams peca aquí también de una indignante falta de imaginación. En cierta manera, se entiende que El despertar de la Fuerza sea tan parecida a la primera película de la saga, un homenaje para volver a adentrarse cómodo en este universo tras tantos años, pero que El ascenso de Skywalker, el “nuevo” final de la saga Skywalker sea tan poco original, tan derivada de la trilogía clásica, un calco vulgar del anterior final en El retorno del Jedi, eso es imperdonable.

En efecto, Abrams se fue por el camino seguro, ya conocido para él: calcar El retorno del Jedi. Porque eso es, un calco inferior, inconsistente y algo absurdo del sexto episodio de la saga. Al final de la trilogía, que culmina en una pacífica y emotiva celebración de la Resistencia, igual que los Rebeldes en Endor, tenemos a la galaxia en el mismo estado en que la dejó El retorno del Jedi: el Emperador Palpatine ha muerto -esta vez para siempre, espero-, se ha restaurado la paz, la República y la Orden Jedi deben refundarse. Todo es lo mismo, solo reemplacemos a Luke, Leia y Han por Rey, Finn y Poe. No aporta nada nuevo. Un lamentable refrito.

Este refrito, no obstante, se pasa la película entera haciendo algo muy evidente que hace más floja la trilogía pero no deja de ser interesante -y en ocasiones gracioso, dependiendo del espectador-: darle la contra a las ideas propuestas por Johnson. A veces parece como si toda la película fuera una crítica o amonestación a su predecesora. Un buen ejemplo se halla en la escena con el fantasma de Luke. Una Rey en pánico busca autoexiliarse y lanza el sable láser al fuego, solo para ser cogido por su difunto maestro, quien le dice: “el arma de un Jedi merece más respeto”. Una referencia a cómo él arroja el mismo sable al acantilado al inicio de Los últimos Jedi. Abrams se las arregla una y otra vez en intentar decirnos que Johnson se equivocó. La película niega o cancela o reinterpreta los sucesos de la anterior a tal nivel que podría obviarse esa película. Si el texto de apertura agregara la línea “el Maestro Jedi Luke Skywalker murió hace un año dando la vida por sus amigos y Kylo Ren asesinó a Snoke y se autoproclamó el nuevo Líder Supremo” o algo similar, no habría necesidad laguna de ver Los últimos Jedi. Ciertamente no es una trilogía.

George Lucas y J. J. Abrams (Créditos: Joi Ito).

No obstante, hay que admitir algo: Rian Johnson tenía una visión de lo que quería hacer y estaba comprometido con su idea, sin importar de que ésta sea un daño para la narrativa de la franquicia. J. J. Abrams denota lo opuesto: quería salir rápido del problema y estuvo presto a hacer una película supuestamente de consenso, para tratar de agradar a todos los seguidores de la saga y no dividirlos como la anterior. El ascenso de Skywalker busca encantarnos con sus referencias a la trilogía original y se siente demasiado apremiada, suceden tantas cosas y no tienen tiempo de explicar nada. Es como si fuesen los dos últimos episodios de la saga juntos. Trata de atraernos  con giros en la trama que al final se sienten engañosos y no son relevantes, como las “falsas muertes” de Chewie, 3PO -cuando le borran la memoria- Ben o Rey, por nombrar un ejemplo. Mi impresión inicial con El despertar de la Fuerza acabó por confirmarse: Abrams tenía la valla demasiado alta para continuar la saga, y se le fue de las manos.

Es rarísimo que problemas tan grandes sucedan en una película de Star Wars. Me hace pensar en un grupo de  universitarios estudiantes de cine, entusiastas que quieren hacer una película pero no saben por dónde conducir la historia y acaban estropeándolo todo. Una experiencia de amateurs, pero estamos hablando de un estudio de Hollywood. Esta trilogía propuso cincuenta preguntas en la primera película, suprimió y contradijo esas preguntas en la segunda y estableció otras y en la última entrega trató de enmendar el desorden y revalidar las primeras preguntas, por lo general con respuestas poco satisfactorias. Es una pena que incluso con tanto por dónde coger, décadas de novelas, cómics, series animadas y videojuegos que han conformado el Universo Expandido, hayan terminado en esto. Diría que El ascenso de Skywalker es una película muy entretenida y con buenas dosis de nostalgia, funcionando bien a nivel emocional al menos en un primer visionado, pero terriblemente floja a nivel de argumento y personajes, llegando a momentos irrisorios. Un desastre.

 

El sendero de cada fan

Soy un fan viejo de Star Wars. No pertenezco a la primera generación de fans, es decir, no fui al cine de niño con mis padres en 1977 a ver Una nueva esperanza. No había nacido. Vi la trilogía original muy de niño durante el primero lustro de los años ’90 gracias a mis hermanos mayores, y crecí con ella, a diferencia de muchos de mis contemporáneos, que descubrieron la saga años más tarde gracias a las precuelas. Pero eso no importa. Ninguna de estas formas de descubrir y contemplar Star Wars es mejor que la otra. Hoy incluso hay fans que descubrieron la saga a través de los dibujos animados o los juguetes. Pienso en los niños que están yendo al cine a ver El ascenso de Skywalker. Toda una nueva generación de seguidores muy diferentes a mí. ¿Crecerán acompañados de esta historia tan especial? No lo sé. Veo difícil identificarse y abrazar con fuerza estas nuevas películas. Me imagino que los nuevos fans no cultivarán un afecto muy grande, Star Wars no se quedará con ellos mucho tiempo. Agradezco la experiencia de haber visto las películas originales de niño y haber crecido yendo al cine a ver las precuelas. Ambos eran mejores tiempos para ser un fan de Star Wars. Pero a lo mejor me equivoco. Ojalá, pero lo dudo mucho.

¿Por qué ha pasado esto? La historia detrás de estas tres películas es tan triste como curiosa.  J. J. Abrams la tuvo difícil. ¿Podemos culparlo? Pues la responsabilidad recae sobre él, ciertamente, mas también sobre Kathleen Kennedy, Bob Iger, Disney en general, guionistas como Chris Terrio o Lawrence Kasdan -que regresó para participar en El despertar de la Fuerza-, y por supuesto, Rian Johnson. ¿Pero vale la pena zambullirse en discusiones y campañas de odio virtuales por esto? Para nada. Este resultado duele, lo admito, y genera mucha indiferencia para el futuro de la franquicia, pero hay que tener en claro que estamos hablando más de películas que de historias, que se trata en gran parte de una industria y que, mientras genera ganancias, continuará, para bien o para mal.

Antes de concluir, quisiera hacer una pequeña digresión en torno a la trilogía de precuelas. Todos sabemos de sus muchas falencias y de los problemas de George Lucas para dirigir y trabajar con los diálogos, pero, digan lo que digan, las precuelas tenían una plan perfectamente mapeado. Lucas sabía a donde iba a conducir su historia de principio a fin: una gran fábula de cómo el mal encarnado en la peor corrupción podía surgir desde adentro y apoderarse de una república. También contaron el origen de Darth Vader y deconstruyeron su personaje para revelarnos sus conflictos y vulnerabilidades. Esto está presente de forma orgánica durante las tres películas, por más que las dos primeras no sean realmente buenas. Además, las precuelas expandieron sobremanera la mitología de Star Wars con conceptos como la profecía del Elegido, la Orden Jedi, el Senado Galáctico, los Sith, incluso ideas impopulares como los midi-chlorians. Lucas no es el mejor escritor del mundo, pero fue muy original y ordenado, y tenía una visión y una historia que contar. Si bien no me parece perfecta, nunca me consideré un detractor de esta segunda trilogía, me gusta mucho La venganza de los Sith, pero el intento de Disney de hacer una tercera me ha llevado a reflexionar sobre esto y a apreciar más las precuelas.

El panorama para Star Wars es rico. Imagino que los spin-off y las series de televisión continuarán, y desconfío mucho del trato de Disney con la franquicia, pero imagino que ocasionalmente algo bueno surgirá entre tanto desastre. Pero la saga oficial, la fundacional historia de los Skywalker, me da pena. Es complicado decirlo pero esa historia tan desastrosa fue lo mejor que pudieron hacer, y es una desilusión. ¿Volvería a ver la trilogía de Disney? Quizás. Lo dudo. Al menos estoy seguro de que no las incluiría en ninguna maratón.

Todo esto me remonta a un momento de la infancia: de niño era un casi un adicto al anime Dragonball, y años después, en mi adolescencia, volví a ver la última serie que sacaron sin el creador Akira Toriyama, Dragonball GT, y confirmé que no me gustaba. Con el tiempo decidí “cancelarla” de mi canon: siendo una mala historia no firmada por Toriyama, GT ya no existiría para mí. Hace poco decidí que esa es la posición que tomaré con Star Wars. Hay muchos cineastas y guionistas talentosos, y Lucas no tiene que dirigir las películas de Star Wars para que sean maravillosas, pero debe estar involucrado, debe estar siempre detrás, debe ser su historia. Si no es con el padre de Star Wars, no es parte de mi canon. Star Wars termina en El retorno del Jedi. Un final perfecto para una gran historia.

Que la Fuerza los acompañe.

El trio de leyenda. Harrison Ford, Carrie Fisher, Mark Hamill, y Gary the Dog, 2015 (Créditos: Albert L. Ortega).

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Cuando el horror resiste: True Detective (Temporada 3, Episodios 6, 7 y 8)

Ficción policiaca, REVIEWS, Serie de antología, Series de TV - Diego Olivas Arana - 20 Diciembre, 2019

Mahershala Ali como Wayne Hays (Créditos: HBO).

Reseña del esperado retorno de True Detective

*** La presente es la última de una serie de tres textos reseñando la nueva temporada de True Detective. Estas publicaciones contienen spoilers de cada episodio. Están advertidos.

 

Quizás no se haya acercado a la insuperable primera entrega de True Detective, pero esta última temporada, si bien imperfecta, no es nada desdeñable. Por ello, retornamos a continuación a este relato y terminamos así con esta serie de reseñas. Se cierra el círculo en la aventura de los envejecidos Hays y West: ¿sobrevivirán?

 

Los episodios

“Hunters in the Dark” es el título del sexto episodio, que arranca en 1980 retomando las secuelas del brutal tiroteo en la casa del indio norteamericano Woodward (Michael Greyeyes). La profesora de escuela Amelia Reardon (Carmen Ejogo) descansa en la cama junto al detective y veterano de Vietnam Wayne Hays (Mahershala Ali). Cuando Hays le cuenta que aquella ha sido la primera vez que usa su arma en el trabajo, ella le pregunta por Vietnam, y su respuesta la deja meditando: “Honestamente, nunca lo pensé… Algo que aprendí en la guerra es que la vida pasa ahora, luego el después es ahora, ¿entiendes? Nunca está detrás de ti…No estoy evitando la pregunta, es solo que realmente yo no paso el tiempo recordando cosas”.

En la jefatura de policía, Hays observa las fotografías de las pertenencias de los niños Purcell halladas en casa de Woodward: una mochila roja y un suéter rosado. Desconcertado, Hays desconfía de las pruebas y les dice a sus colegas que ello es imposible e insuficiente. El ambicioso Fiscal del Distrito Gerald Kindt (Brett Cullen), les informa a los protagonistas que van a culpar a Woodward para cerrar el tema y evitar escándalos. El veterano de Vietnam con trastorno de estrés postraumático que asesinó un par de niños. Una salida fácil. Impotente e indignado, Hays se retira molesto de la oficina. En otra parte del pueblo, una destrozada Lucy Purcell (Mamie Gummer) rechaza el contacto y ayuda de Amelia con mucha aflicción y agresividad.

En 1990, tras escuchar el audio de Julie Purcell (Bea Santos), interrogan a su desmoralizado y ofendido padre, Tom (Scoot McNairy), quien acaba temporalmente encarcelado. Hays cree que la mochila de los niños Purcell fue evidencia plantada, pero decide no informar a sus superiores hasta tener más pruebas, pues cree que lo usarían para culpar a Tom Purcell y volver a cerrar el caso. Buscando pruebas en la casa de Purcell, los detectives encuentran un cajón con condones y un panfleto religioso sobre cómo curar la homosexualidad. Hays desconfía de él y West no. Algo más en lo que no están de acuerdo.

Stephen Dorff como Roland West (Créditos: HBO).

Amelia le revela a Hays sus intenciones de escribir una secuela de su libro de no-ficción sobre el caso Purcell, y Hays no oculta su desaprobación. La distancia y tensión entre ellos se va intensificando.

Cuando West y Hays investigan al policía que encontró la mochila en 1980, Harris James (Scott Shepherd), descubren con asombro que es el Jefe de Seguridad de las empresas Hoyt, donde empezó a laborar al año del caso Purcell, en 1981. Las pistas los conducen al sospechoso Dan O’Brien (Michael Graziadei), el primo de Lucy Purcell, quien los cita en una cafetería. Ha cambiado mucho desde que lo vieron hace una década: parece un narcodependiente desesperado y engañoso. O’Brien les dice que “hay gente que no quiere que ellos sigan averiguando más sobre Julie y el caso y que prefieren que parezca que la madre murió de sobredosis de drogas”. Quiere miles de dólares en recompensa por esa información. Tom Purcell escucha a los policías mencionar a O’Brien y decide resolver las cosas por su cuenta. Muy buena actuación de Graziade: la transformación de O’Brien en un trémulo y desaliñado chantajista en la cima de la desesperación.

West aconseja a su conflictuado colega que despeje la mente y se vaya a casa a pasar tiempo con su familia, pero Hays quiere seguir investigando. “Nosotros trabajamos diferente”, sostiene Hays, a lo que West responde: “Sí, lo hacemos, por eso estoy donde estoy y tú… Tú eres tú”. Hays se retira del vehículo y se va caminando por la carretera, enfadado. Mientras, la noche cae y un ebrio Tom Purcell logra rastrear a O’Brien en el motel donde se está hospedando. Tras una discusión que vuelca en pelea, O’Brien admite que él no tiene nada que ver, que no es culpable y le revela que Lucy Purcell hizo algo oscuro con su hija Julie: alguien le daba dinero y él sabe quien es y pretende darle ese nombre a las autoridades…

Saltamos al 2015. Elisa Montgomery (Sarah Gadon), la documentalista, informa al vetusto Hays que los restos del primo O’Brien fueron hallados hace unos años y que Harris James desapareció poco después de la investigación de 1990. Elisa menciona a todos los muertos relacionados al caso Purcell y comparte su teoría del asesinato de James. Hays le increpa que está incurriendo en especulaciones y que debería tener cuidado. Hays se reúne con West y le informa que Elisa está preguntando sobre Harris James “otra vez”. West parece preocupado. Cuando Hays se dirige al baño, West descubre su arma y navega entre las anotaciones en el libro que escribió su esposa. Al retornar, Hays ha olvidado por completo la visita de su amigo, le pregunta a West qué hace en su casa y en qué momento llegó, anonadado. West le sigue el juego con paciencia. Hays le pide que le haga un favor y que vaya a la ventana con cautela y confirme si hay un sedán oscuro esperándolos en la calle. West no ve nada. Mientras contempla a su amigo con confusión y lástima, éste le pregunta si están en el año 2015.

Dorff y Ali envejecidos en la tercera temporada (Créditos: HBO).

Volvemos a 1990. Amelia arriba a un hospicio religioso para indagar sobre Julie Purcell. Una chica le confiesa que sí la conocía, que Julie ahora se hace llamar Mary o Mary July: luchaba con una adicción a las drogas y se fue hace alrededor de cinco meses. Cuando Amelia le pregunta si Julie alguna vez mencionó su casa o su familia, la chica contesta que Julie solía divagar diciendo que vivía en “las habitaciones rosadas” o que era “una reina en un castillo rosado”.

Duranta una lectura de su libro en una librería local, Amelia es interrumpida por un hombre negro y tuerto (Steven Williams), quien demanda a gritos saber el paradero de Julie Purcell y la acusa de hacer dinero con el sufrimiento ajeno. “¡Qué vergüenza, mujer!”, vocifera amenazadoramente antes de partir.

En la fábrica Hoyt, Tom Purcell irrumpe fuera de sí. Alguien lo observa desde las cámaras de videovigilancia. Purcell se sigue adentrando hasta llegar a una extraña habitación rosa. Mientras pregunta por Julie, inconsciente, casi para sí mismo, Harris James se aproxima por detrás.

Los misterios se van develando (y nuestras teorías se confirman) en el séptimo episodio de la serie. “The Final Country” empieza con el estreno de una cuarta línea temporal, entre 1990 y el 2015. Vemos a un Hays ya entrado en canas dejando a su hija Becca (Deborah Ayorinde) en el colegio, con una mirada triste. Y esto es todo. En 1990, los detectives encuentran el cadáver de Tom Purcell en una escena compuesta para parecer un suicidio. Junto a la pistola en su mano descansa una nota ensangrentada escrita a máquina de escribir: “Lo siento. Perdónenme por favor. Me voy a ver a mi esposa e hijo”. El caso se cierra otra vez. Cuando Hays le cuenta a Amelia sobre Tom, ella le habla del hombre negro y tuerto que interrumpió su lectura en la librería.

Hays se siente en 1980 de nuevo: sin pruebas fehacientes y dependiendo de sospechosos muertos. Cuestiona con suspicacia las habilidades de Purcell con la mecanografía. Un irritado West le recuerda que ha vuelto al caso y a ser detective gracias a él. Siguen peleando. Amelia entrevista a una señora amiga y vecina de Lucy Purcell, quien le cuenta que un hombre negro de un ojo le dio a Julie una muñeca en 1980, y le muestra una foto de los niños Purcell en Halloween donde se puede ver al fondo a dos figuras siniestras: una pareja de adultos disfrazados de fantasmas. Las indagaciones de Hays lo sumergen en los registros telefónicos de Lucy y descubre muchas llamadas a Harris James el día de su muerte: James voló a Las Vegas esa misma tarde y regresó al día siguiente. Azorado, Hays plantea que James la mató y convence a West de ir a interrogarlo por su cuenta, “como en los viejos tiempos”. Le dice que lo haga por Tom. Así, los detectives buscan, emboscan y capturan a James, llevándolo a un granero abandonado.

Steven Williams como el misterioso Junius Watts (Créditos: HBO).

Una música oscura y tenebrosa invade de suspenso la escena. Los detectives ya no lo son. Armados, enguantados, frustrados y solos. James niega todas las acusaciones y West le destruye las costillas a punta de ganchos y rodillazos. Lo deja muy mal. Cuando Harris James les suplica que lo desaten, que no siente sus manos y teme desfallecer, Hays lo libera. James coge su arma en el acto e intenta dispararle pero West lo remata con dos disparos. Han matado a un hombre sin proponérselo, insospechadamente y fuera de la ley. Lo entierran y destruyen toda evidencia.

Estamos en el 2015. Elisa Montgomery comparte con su entrevistado Hays la existencia de indicios de que Tom Purcell fue asesinado. Él no lo cree. “Es como 1980 de nuevo: un repentino acto de violencia. Un hombre muerto. Caso cerrado”, añade ella. Hays parece desconcertado. Tras mostrarle un video de 1990 donde el Fiscal Kindt anuncia en una conferencia de prensa que Purcell se mató en el lugar del crimen y que su nota puede ser interpretada como una confesión, Hays -quien estuvo presente en ese momento, años atrás- le admite a Elisa que jamás estuvo satisfecho con el caso. Ella le cuenta sobre un hombre negro tuerto que andaba preguntando por Julie Purcell, incluso desde antes de la muerte de Tom. Un testigo informó que aquel hombre se identificaba como “Watts”. Elisa cree que Julie escapaba de un proxeneta o de trata de menores. A continuación, ella nos lanza una revelación tremenda a los espectadores con las siguientes líneas:

“Estas muñecas son usadas como símbolos en el tráfico humano underground. Esta espiral azul, por ejemplo, es un código para los pedófilos. En el 2012, dos policías estatales de Louisiana detuvieron a un asesino en serie asociado con una red de pedofilia… Pero a pesar de la evidencia de la complicidad, el caso nunca trascendió”. Ciertamente: conexión con la primera temporada y la historia de Rust Cohle y Marty Hart. El universo True Detective.

Elisa demuestra su frustración al exponer sus teorías a Hays y no obtener ninguna respuesta de él. Hays se retira molesto mas luego vemos que todo es un teatro: se acerca a West y le pide que anote el nombre de Watts antes de que se le olvide. Piensa seguir investigando por su cuenta, y le confiesa a su amigo que su esposa quiere que termine el caso.

Hays y West entrevistan a una exama de llaves de la familia Hoyt, quien les cuenta que la familia tenía muchos problemas: el señor Hoyt tenía una hija llamada Isabel que perdió a su esposo e hija en un accidente automovilístico en 1977 y posteriormente fue víctima de otro accidente similar. Ella vivía en el sótano, y el encargado de cuidarla a tiempo completo y ser su chofer era Mr. June, un hombre negro y ciego de un ojo. Los ahora ancianos detectives se reúnen en casa de Hays a hablar del tema. Hays le cuenta a Roland que su esposa le “dijo algo el otro día.. que él no se conocía a sí mismo y aquello endureció su corazón”. Luego Hays mira por la ventana y encuentra de nuevo el sedán. West confirma que no se trataba de una alucinación senil: hay un carro afuera. Hays sale a enfrentarlo con un bat de beisbol. El carro avanza y se va lentamente, mientras West le toma foto a la placa con la cámara de su teléfono celular. Cuando caminan de regreso a casa, todo se apaga y se invade de profundas tinieblas donde Hays solo ve una luz… Luego aparece un fuego, lo sigue y se ve a sí mismo quemando su ropa en 1990, tras la muerte de Harris James.

Referencia a la recordada primera temporada de ‘True Detective’ (Créditos: HBO).

En 1980, West se encuentra con un devastado Purcell y entrega su tarjeta, ofreciéndole su apoyo si algún día lo necesita. Es el inicio de su amistad. Hays prepara el desayuno para Amelia y ella le habla de los primeros esbozos de su libro. Acabamos de regreso en 1990: Harris James acaba de ser asesinado. Hays quema su ropa afuera de la casa, Amelia lo ve y le pregunta. Él se mantiene en silencio, la mira horrorizado… No responde sus preguntas y al final dice que no puede hablar de ello. Hablan por la mañana. Ella propone ser honestos y seguir adelante. Hays le dice que hay cosas que es mejor no saber. Quiere ocultarle la verdad para protegerla y ella no lo entiende. En ese momento recibe una llamada de Edward Hoyt diciéndole que quiere discutir sobre Harry James y lo que pasó anoche. Lo amenaza mencionando a su familia. Su vehículo lo espera afuera. Hays acepta preocupado. Sale a paso lento de la casa. Amelia observa a su esposo introducirse en el carro, alejarse y desaparecer.

Y así llegamos hasta el octavo y último episodio, “Now Am Found”. De nuevo lidiamos con esta nueva línea de tiempo entre 1990 y 2015, donde descubrimos que Amelia y Hays trabajan en el mismo lugar: ella es profesora en el campus de la universidad de Arkansas y él es el jefe de seguridad. Hays entra a su clase y la contempla en silencio. Vemos indicios de las canas que lucirá en su senectud del 2015.

Retornamos al momento final del episodio anterior, en 1990. Edward Hoyt (Michael Rooker) se manifiesta: luce como un cazador redneck alcohólico. Todo el tiempo está bebiendo. Conduce a Hays a un punto perdido en las profundidades del bosque. Rodeado de su seguridad, emprende un paseo matutino con Hays, donde lo amenaza revelándole que tiene en su posesión imágenes del auto de Harris James seguido por el de Hays, saliendo de la planta de Hoyt, y que sabe cómo ver las coordenadas de dónde se vio a Harris por última vez, a través del chip GPS en su beeper. Tras reiterarle la amenaza contra su familia y negar cualquier conocimiento del paradero de Julie Purcell, Hoyt y sus guardias se retiran, dejando a Hays solo en el bosque.

Amelia y Hays se encuentran en un restaurante para hablar de lo que pasa entre ellos y discutir su futuro como pareja. Hays no dice mucho, solo confirma que su reserva y sus comportamientos extraños se deben al caso Purcell. Ella sigue sin entender. Hays le cuenta que han cerrado el caso nuevamente y que va a renunciar, Amelia lo apoya: “Debiste renunciar hace diez años… Tú podrías haber hecho lo que quieras, Wayne, pero lo que tú crees que eres, eso te bloqueó”. Tienen un momento emotivo donde ella llora y Hays le coge la mano, diciéndole que ambos deberían renunciar y seguir juntos. Hermosa escena.

Momento decisivo de los protagonistas (Créditos: HBO).

West se pierde en un bar donde se embriaga e incita una pelea grupal. Está muy colérico y frustrado y busca violencia. Termina solo en la calle, ensangrentado en el suelo con una botella de alcohol, llorando y consolado por un perro callejero. Es la confirmación de su soledad y acaso el inicio de su afición a los perros en la vejez.

Veinticinco años más tarde, la pareja de detectives recién retornados del retiro visita a la esposa de Harris James, una enfermera en un hospital, quien les da el nombre completo de su mayor sospechoso: Junius Watts. West propone investigar la abandonada planta Hoyt, ahora un fideicomiso público. Al adentrarse de noche, no tardan demasiado en encontrar un callejón misterioso que los conduce a una puerta blanca que al atravesarla les descubre la habitación rosada. Sorprendido al ver pistas como los dibujos de Julie o el castillo en la pared en aquel siniestro espacio cerrado y adornado para una niña, Hays concluye “aquí es donde la tenían, de aquí se estaba escapando”, y West replica frustrado: “25 años y nosotros acabamos de… Todo este puto tiempo… ¿Qué estabas haciendo?”.

Localizan a Junius Watts. Sigue con vida, viviendo en una granja humilde. Admite que él era quien acosaba y seguía a Hays. Quería hablar con él. Cuando observa que ambos detectives están armados, les pregunta si lo van a matar: parece derrotado y listo para asumir sus delitos. Los invita a su casa y les revela el destino de los niños Purcell. Tras perder a su hija y a su esposo en el accidente, Isabel (Lauren Sweetser), la hija de Hoyt, pierde el juicio: deja de hablar y se recluye en su casa para siempre. Watts estaba a cargo de cuidarla. Hoyt solía viajar para evitar ver el sufrimiento de su hija. Un día, durante un picnic para los empleados en la fábrica Hoyt, ella ve a Julie Purcell y queda encantada con el enorme parecido de la niña con Mary, su difunta hija. Se obsesiona con ella. Watts empieza a pagarle a Lucy Purcell para que permita que Isabel se reúna seguido con Julie para jugar en el bosque. Pronto Isabel parece mejorar, andaba feliz y deja el litio que tomaba como medicina, pero algo iba mal: empezó a llamar a Julie “Mary” e insistía en que quería adoptarla. Una tarde en el bosque jugando a las escondidas, una malhumorada Isabel acaba jaloneando al niño Purcell, quien se golpea contra una roca y muere en el acto. Vemos todo en un flashback: Watts mueve el cadáver del niño a la cueva y una sollozante Julie dispone sus manos en posición de rezo mientras deja caer una de sus muñecas al salir de la cueva. Watts afirma que todo fue un accidente y que Hoyt no sabía nada, estaba de safari. Harris James les ayudó plantando la evidencia en casa de Woodward y dándole a Lucy dinero por su silencio.

Watts continúa. Desde ese momento, Julie permaneció en la habitación rosada. Estaba feliz. Isabel le había convencido de que ella era su madre. Parecía haber olvidado quién era. Los años pasaron y Watts descubrió la verdad: Isabel la había estado drogando con litio todo el tiempo, desde que Julie tenía 10 años. La niña andaba tan dopada que había empezaba a perder la memoria y tenía problemas para recordar su pasado. El estado mental de Isabel siguió decayendo, se hacía más obsesiva y peligrosa. Julie ya era una adolescente y quería salir de la casa, preguntaba por su hermano. Cuando ella se escapa -ayudada por un arrepentido Watts-, Isabel colapsa: se viste como novia y acaba su vida con una sobredosis de pastillas. Watts busca a Julie por años hasta encontrarla en un convento de monjas, donde se hace llamar Mary July. Los detectives deciden dejarlo y encaminarse para allá, pero Watts les exige ser castigado: quiere que lo maten o lo lleven preso. West le dice “si no quieres vivir con esto, no lo hagas”, sugiriendo el suicidio.

Hays y West llegan al convento para descubrir la lápida de Julie, fallecida en 1995. Allí se enteran que estuvo tres años como monja y que había llegado con trastorno disociativo y VIH. West y Hays contemplan la tumba y le hablan a Julie, le cuentan quién fue. “Siempre es demasiado tarde. No importa lo que hagamos”, sostiene Hays en un suspiro.

Scoot McNairy como Tom Purcell descubriendo la habitación rosada (Créditos: HBO).

En casa de Hays, ambos se confiesan que a pesar de haber resuelto el caso después de tanto tiempo, no sienten ningún tipo de cierre. Se despiden. Solo en su escritorio, Hays regresa a un pasaje del libro de Amelia que habla de Mike Ardoin (Corbin Pitts), el hijo de un jardinero, quien siempre estuvo enamorado de Julie y rompe en llanto al saber de su desaparición. Hays piensa en el jardinero Ardoin (Nathan Wetherington) que vio trabajando en el convento con su hija Lucy (Ivy Dubreuil) y sospecha que se trata del mismo Ardoin y que aquella es su hija con Julie, quien debe seguir con vida. Aquí hace nuevamente su aparición fantasmal la Amelia de 1980, quien le da a entender a Hays que se trata del mismo chico y que debe encontrarlo.

Hays encuentra la dirección de Ardoin y conduce a su casa sin avisarle a nadie, pero al llegar no puede recordar por qué está allí. Llama a su hijo Henry y le confiesa que se ha perdido. Henry le dice que pregunte a alguien en dónde está, y Hays se acerca a casa de Ardoin, donde habla brevemente con Julie y su hija Lucy, sin saber quiénes son. Henry y su hermana Becca vienen a recogerlo. La hija menor de Hays lo contempla, extraviado en sus adentros, y echa a llorar. Ambos se dicen que se extrañan. Hays le entrega a su hijo el fragmento de papel con la dirección anotada y él pretende tirarlo mas lo guarda en su bolsillo. Cuando llega West, todos se saludan felices y arranca un zoom in al ojo derecho de Hays, que nos traslada a 1980.

Hacia el final, volvemos al primer acto de la historia. el Fiscal Kindt informa a Hays que Amelia ha escrito un artículo sobre el caso Purcell en el periódico y que habla demasiado, criticando la eficiencia de la policía. Le piden a Hays que firme un documento donde niega haber cooperado para el artículo, mas él se niega y es relevado y enviado como castigo a trabajar a la oficina de Información Pública. West no entiende por qué Hays no aceptó la oferta, Hays le dice que si firma el documento arruinará a Amelia, quien no mintió ni dijo nada malo. West se siente traicionado. Hays llama a Amelia y decide terminar la relación, pero ninguno es capaz de acordar nada, solo discuten y se alejan. Días después, pactan una cita en un bar, donde ella le pregunta si quiere volver a intentarlo y Hays le responde que quiere casarse con ella. Complacida, Amelia le anuncia que lo llevará a casa y se van de la mano. Se escucha “Saint James Infirmary Blues” de Jon Batiste de fondo. Ambos cruzan la puerta que despide una luz enceguecedora y luego ya no los vemos más.

En la última escena de la serie, todavía con la canción de Batiste, viajamos al pasado de nuestro protagonista, en Vietnam. Wayne Hays erra silente por la jungla y de pronto lanza una mirada amenazadora y alerta a la pantalla, al público, a nosotros. Fin.

Los niños Purcell y unas presencias siniestras en el fondo (Créditos: HBO).

 

Detrás de los episodios

Si hacia la mitad de la historia el énfasis en los personajes rayaba más en desarrollar a Hays y su interacción con West, los tres últimos episodios extreman este proceso: con sus arcos ya definidos, la historia incide en avanzar en su relación y nos muestra momentos de esplendor en el guion. El choque entre ambos personajes, en especial en 1990, está matizado por la búsqueda de independencia o el liderazgo entre ambos y acaso en menor medida, con otro tema presente en toda la serie, como ya comentamos anteriormente: el racismo. Hays percibe que parte de la actitud de West viene cargada con un rechazo racial parte de la época. West no es un personaje particularmente racista, pero en su forma de contemplar la realidad subyacen ideas de esa naturaleza, quizás por los tiempos que viven y por su condición de hombre blanco soltero en un puesto de autoridad. Como la escena en la que discuten y Hays se retira del auto de West, y Hays le dice que ellos tienen una forma diferente de trabajar. “Sí, lo hacemos, por eso estoy donde estoy y tú… Tú eres tú”, responde West. Él quiere dejar en claro quién es el líder ahora y que Hays le debe un favor por convocarlo para retornar al caso y a Major Crimes Unit. Otro momento que define la relación entre nuestros protagonistas.

En el último episodio vemos a un West de 1980 defraudado de la decisión tomada por su compañero al no firmar el documento de sus superiores para sabotear a Amelia. Su partner, su socio durante años ha decidido darle la espalda para ayudar a una mujer. “¿Y qué hay de nosotros?” le pregunta casi con desespero, como para acentuar el bromance. “No es que ya no nos vamos a ver, tomaremos una cerveza o veremos un partido alguna vez”, responde un indiferente Hays. La herida queda abierta.

Por otro lado, en estos episodios descubrimos aquel secreto que llevan guardado por años y que significó el fin de su amistad: ambos son los culpables de un crimen jamás resuelto. El asesinato de Harris James en el granero abandonado. Aquel incidente ciertamente marca sus vidas, pero ellos no lo contemplan de la misma forma. Recordemos las líneas de esa escena:

West: “¡Acabo de matar un hombre, imbécil! Ahora ya fue todo, todo lo que él sabía, fue… ¡Has jodido mi vida!”

Hays: “¡Ambos lo hicimos, Roland!”

West: “Tú, maldito manipulador, egoísta, arrogante…”

Hays: “¿Qué? ¡Di lo que vas a decir, hijo de puta!”

West: “No. Solo quiero que sepas que lo estoy pensando.”

Ali y Dorff en dos de las mejores interpretaciones de sus carreras (Créditos: HBO).

Nuevamente el tema de la raza interviene en sus discusiones. Hays estaba esperando que West diga algo como nigger o black motherfucker” para explotar, pero la ira se queda a medio camino. Aun así, ya es demasiado tarde para ambos. Al fin y al cabo, West tiene razones para culpar o enfadarse: ha confiado en las pautas y corazonadas de Hays y la consecuencia ha sido de pesadilla. Saber que estos detectives mataron a un hombre en secreto es un giro de tuerca potente para el desarrollo de ambos. Nos ayuda a entender mucho de cómo son en el 2015, especialmente entre ellos, y al mismo tiempo complejiza sus personajes.

Además de observar la gran dupla que representan Hays y West o los temas que subyacen en su interacción, la última entrega de esta antología de relatos detectivescos nos ha obsequiado un protagonista fascinante que destaca en los últimos episodios. El sendero narrativo de Wayne Hays, magistralmente interpretado por Mahershala Ali, es aquel trastocado por el olvido, la memoria, la negación y el sacrificio.

Hay momentos que nos sirven para profundizar más en la compleja mente de Hays, como aquella conversación con su hijo Henry en el sexto episodio, donde él le confiesa que tiene un amorío con la documentalista Elisa y que piensa decírselo a su esposa, pues la quiere y no piensa separarse. Hays le aconseja que termine su relación con Elisa y que calle: “no vale la pena causar daño porque tú te sientes culpable”, agrega. Eso habla mucho de su forma de pensar: Hays prefiere tragarse el sufrimiento antes que herir a los que quiere, como lo hace al perder su trabajo por Amelia. Y esto conlleva a habituarse a reprimir sus sentimientos, pero conforme envejece va dudando de esa forma de actuar. En otra escena con Henry, conversando por teléfono, le dice “nada permanece como solía ser… ¿Piensas que yo te enseñe a contenerte? No tenía intención de eso. No me di cuenta de que estaba sucediendo”, y Henry cambia de tema. “Yo escuchaba a mi mamá. Estuve en el ejército y luego en la policía. Quizás me hice muy bueno en hacer lo que se me pide”, reflexiona en otro momento. Esa abnegación la refleja también en la razón por la que estuvo en Vietnam -que Amelia cuenta llorando en el último episodio-: Hays le confiesa que se convenció de ir a la guerra al enterarse que si moría, su madre recibiría 10 mil dólares del gobierno. Se trata de una nobleza y sacrificio  muy intensos, que pueden hacerte daño.

Un daño que abraza la represión de emociones y al que puede atribuírsele otro de los elementos primordiales en la construcción del personaje de Hays: el olvido. “No estoy evitando la pregunta, es solo que realmente yo no paso el tiempo recordando cosas”, le dice a Amelia en el sexto episodio. Una línea clave que dialoga no solo con el pasado y naturaleza de Hays, sino también con la relevancia del olvido y la memoria fragmentada, temas centrales de esta temporada, algo que se traduce de forma literal en la última faceta de Hays con sus pérdidas parciales de memoria, que sugieren un atisbo de Alzheimer.

Carmen Ejogo como Amelia Reardon (Créditos: HBO).

Olvidar el pasado, negar el dolor, son temas que subyacen los actos y palabras de Hays. Volvamos a una de sus primeras opiniones al descubrir que Amelia está escribiendo el libro sobre el caso Purcell: “escribir es un dolor… Deberías tachar la mitad de lo que escribiste… ¿Por qué molestarse?”. La evasión en Hays se traduce al punto que en su vejez, siendo un adulto mayor saludable, tiene problemas severos de memoria -incluso lo vemos usando una grabadora de voz en ocasiones, que lo ayuda-. Ahora bien, el Hays del 2015 -acaso el más interesante- también presenta otro matiz nuevo en la serie, que comentamos en la reseña anterior: las alucinaciones. Él se ve atormentado por los fantasmas del pasado de forma literal, especialmente su difunta esposa, quien se manifiesta con su apariencia de 1980 y suele guiarlo con alguna reflexión psicológica o monólogo que  lo ayudan a resolver el caso Purcell. Las apariciones de Amelia suelen dejar pasmado a su esposo y al mismo tiempo sobrecogernos con esa atmósfera onírica que invade la escena y que también nos llena de dudas: ¿esto es una alucinación de Hays, un rezago de sus desvaríos seniles o estamos ante un verdadero fantasma? En su última escena, la alucinación de Amelia le susurra a un aterrado Hays:

“¿Y qué tal si el final no es para nada el verdadero final?… ¿Qué tal si Julie sí encontró vida en ese convento, amor, amistad? Y aquel niño que la amó mucho y que ahora estaba a cargo del jardín en ese convento, ¿qué tal si la reconoció? ¿Qué tal si la conocía incluso si ella no se reconocía a sí misma? ¿Y si esas monjas sabían que gente mala la buscaba y querían protegerla? Contando una historia… ¿Qué tal si hay otra historia? ¿Si algo quedo intacto? Toda esta vida, esta pérdida, ¿qué tal si es en realidad una historia muy larga que siguió y siguió hasta curarse a sí misma? ¿No sería un relato digno de contar? ¿De escuchar?…”

Por un lado, se siente un facilismo que ella, en otras palabras, le construya y obsequie toda la hipótesis a Hays de forma tan textual. Por otro lado, la escena no deja de ser intrigante: ¿es en realidad todo ideado por Hays, cuya alucinación es a su vez un intento de lidiar con la culpa y con alguna suerte de cierre del caso Purcell que además devenga en un cierre o despedida con su amada esposa? El caso Purcell influyó profundamente su vida y la de su esposa y las cambió para siempre, por lo que me inclino a pensar que todo esto es producto de la mente de Hays, y por ende, una deducción suya, de su razonamiento detectivesco, ahora sitiado por lagunas mentales.

“Quizás esto es de lo que realmente hablamos. Siempre ha habido este gran secreto entre nosotros y es que… Tú y yo, quiénes somos juntos, este matrimonio, nuestros hijos… Todo está amarrado con la historia de un niño muerto y una niña desaparecida”, sentencia Hays. Muy buena línea que además define su unión. Los últimos episodios de esta temporada también sirven para ello, desarrollar la relación entre Amelia y Hays. Distintas escenas de peleas de pareja, conversaciones serias o reconciliaciones en bares o restaurantes -la última muy emotiva y bella- nos ayudan a conocerlos más juntos y a ver sus perspectivas.

Los dibujos de Julie Purcell en la siniestra habitación rosada (Créditos: HBO).

Hays es el solitario detective veterano de guerra que carga sus propios demonios y al que ya vamos conociendo durante toda la temporada, pero es hacia el final que conectamos mejor con Amelia: una mujer y persona íntegra, buena, de fuerte carácter que además es muy complicada y curiosa, lo que acaba metiéndola en ciertos aprietos. Sumémosle a ello sus ambiciones literarias y tenemos a un personaje sólido.

Un punto aparte interesante es aquel sobre el libro de Amelia, Life and Death and the Harvest Moon: una obra de no-ficción sobre el caso Purcell. En una de las escenas en 1980, Hays le prepara el desayuno mientras ella comenta los primeros esbozos del libro. Le pregunta si alguna vez ha leído In Cold Blood -o A sangre fría, como le conocemos en español- el clásico de Truman Capote sobre el asesinato de la familia Clutter, muy probablemente la obra más conocida de la no-ficción. Cuando Hays le pregunta si ese es el título de un cómic de Batman o de Silver Surfer, ella le explica: “estoy pensando en escribir sobre el crimen pero más sobre la comunidad”. Esto es precisamente lo que sucede en la novela-reportaje de Capote, considerada un exponente del periodismo narrativo, o New Journalism en palabras de Tom Wolfe. Un relato novelado de un hecho real, hacer una investigación periodística que pueda funcionar como el retrato de un momento, de un pueblo, de una persona o de una idea. Resulta acertado pensar que Amelia es una de estas autoras inspiradas por esta corriente que en 1980 ya contaba con un par de décadas. Le otorga tanto cronología como credibilidad a la historia.

Ahora bien, otro aspecto fascinante de esta última temporada fue el decirnos que toda la serie existe en un único universo compartido. Cuando Elisa menciona el caso de la primera temporada de True Detective y vemos incluso las fotografías de Cohle y Hart, nos están diciendo que en esa misma versión ficticia de Estados Unidos, en el lejano Luisiana, existe un par de detectives locos que dieron con una poderosa red de pedofilia. Esto abre un abanico de posibilidades: ¿existe una relación con esto y el caso Purcell? Sin embargo, el último episodio de la serie deshace esa teoría, y también lo hizo el creador Nic Pizzolatto en una entrevista para Esquire: “Una de las funciones del personaje de Elisa era servir como especuladora. Wayne está hablando con ella fundamentalmente para descifrar la información que pueda conocer. Y una vez que se da cuenta de que ella no sabe lo que él hizo o el destino final de Julie Purcell, queda perplejo. También fue una forma de decir que reconocemos la posibilidad de conectar este caso con la historia del Rey Amarillo. Como decir, podría ser, pero no estamos interesados en eso”. Carcosa no está involucrada en el caso Purcell.

Antes de adentrarnos en el final, es necesario comentar brevemente ciertos aspectos cinematográficos. La fotografía es prodigiosa en muchas de las tomas, pero lo que más sorprende quizás sea la edición. Se siente muy orgánica y bien planteada con relación a las líneas de tiempo que componen la temporada, y además bastante acertada en términos visuales. Una de las escenas del capítulo final, por ejemplo, presenta una contraposición a través de los años: 2015, 1990, 1980, todo a través de los rostros de los personajes dentro del auto, que cambian mientras conducen. En ocasiones la música y la edición se hermanan para entregarnos imágenes perturbadoras: en el séptimo episodio, cuando Hays camina de regreso a casa, todo se apaga y se invade de profundas tinieblas, donde él solo ve una luz que luego se transforma en fuego. Hays lo sigue hasta encontrarse consigo mismo quemando su ropa en 1990, tras el asesinato de Harris James. Su mayor secreto y su mayor miedo reflejados en una secuencia tan oscura como estupenda.

 

El final

La tercera temporada de True Detective funciona. Una historia que te mantiene en vilo y te encanta a través de cada episodio, hasta llegar al final. Se trata de un desenlace interesante, bueno, mas que me deja con un sinsabor. Y es que en una temporada donde todo tiene que ver más que nada con la memoria y el olvido, el hecho de que Hays no haya podido contactar a Julie Purcell en ese pequeño viaje donde acabó perdiendo la memoria puede funcionar como un buen final en un sentido realista o irónico, pero no lo siento como un cierre exacto. Es la misma Julie Purcell, lo asumimos porque es la misma actriz y lo ha reafirmado Pizzolatto: “Esa es ella al final, definitivamente. Y creo que es suficiente saber que ella lo logró. Es la misma actriz de la que fuimos testigos antes y también en el video de vigilancia de 1990”. Siendo ella, ¿no se merecían Hays y West un verdadero cierre en lugar de darla por muerta, sabiendo nosotros todo lo que ellos han pasado estas décadas? Pues lo queramos o no, ese cierre o closure sí lo sienten los detectives ancianos: ella escapó, la pasó mal y luego mejoró en el convento, donde fue feliz hasta su pronta muerte. Hays y West pasaron toda su vida pensando en el caso Purcell y al final encuentran cierta redención poniéndole un final al misterio de esa forma. Esa es su verdad.

Me permito a continuación extraviarme en ciertos detalles. El final también abre el camino a la libre interpretación. Vemos a Henry, el hijo de Hays, guardar la dirección de Julie en el bolsillo. ¿Algún día irá? ¿Se enterará qué pasó con ella y le contará a su padre? ¿Llegará a saber el terrible secreto que comparte con West? Pizzolatto imagina que, de seguir la dirección, Henry tal vez encuentre un cierre para él y para West. “Quizás sea tan simple como decir que al final, Henry no estaba dispuesto a tirar la vida de su padre”, agrega el creador. Me agrada pensar que tarde o temprano Henry emprendería ese pequeño viaje.

La supuesta lápida de Julie Purcell (Créditos: HBO).

Nada sobra en True Detective. El último episodio arranca con un hermoso poema que no puede estar vano. Se trata de Calmly We Walk through This April’s Day (Calmadamente atravesamos este día de abril) de Delmore Schwartz. Publicado en su libro Summer Knowledge. New and Selected Poems (1938-1958), el poema leído por Amelia en su clase en la universidad de Arkansas guarda relación con toda la temporada. Aquí los versos que ella lee:

¿Qué vendrá a ser de ti y de mí

Más allá de la foto y la memoria?

(Esta es la escuela en que aprendemos…)

(… que el tiempo es el fuego en que ardemos.)

 

¿Qué es el yo en medio de este fulgor?

Lo que soy yo ahora era ya entonces,

Eso mismo que retomaré y otra vez soportaré,

¡Los niños bulliciosos rebrillan mientras corren

(Esta es la escuela en que ellos aprenden…)

 

¿Qué soy yo ahora que era ya entonces?

Que la memoria restituya una y otra vez

El más pequeño color del día más breve:

El tiempo es la escuela en que aprendemos,

El tiempo es el fuego en el que ardemos.

 

. Fragmento del poema ‘Calmly We Walk through This April’s Day’ de Delmore Schwartz, en el último episodio.

 

Es evidente que esto se presta a la interpretación, mas resulta fascinante cómo Pizzolatto ha cuidado estos detalles. En las estrofas leídas se pueden observar distintos matices o referencias a esta historia. Para empezar con lo más débil, el título del poema habla del mes de abril, y en la serie tenemos junio y julio con Junius Watts y Julie Purcell, respectivamente. ¿Es que alguien más sería abril? Luego está ¿Qué vendrá a ser de ti y de mí / Más allá de la foto y la memoria?, aquí tenemos reminiscencias con los niños Purcell, convertidos en fotos y objetos: muñecas, mochilas, la foto del día de Halloween. Asimismo, parece evocar la memoria en Hays y las tres líneas de tiempo. Que la memoria restituya una y otra vez / El más pequeño color del día más breve: dos versos que nos conectan otra vez Hays, la memoria y sus intentos de recordar las cosas. La última estrofa, donde se habla del yo y de la memoria, podría traducirse otra vez en Hays y su naciente Alzheimer. El tiempo es el fuego en el que ardemos: Hays quemando su ropa tras el asesinato de Harris James.

El poema es más largo. Existen otras partes que Amelia no lee en el episodio y pueden relacionarse con la serie, como esta: Los niños revoltosos, el automóvil / Que se aleja, fugitivo, por nuestro lado, / Entre el obrero y el millonario. Todo esto suena a los niños Purcell y su destino nebuloso y triste, y al mismo tiempo parece evocar los personajes de Watts y a Hoyt. Pero de nuevo, la interpretación abre todo un mundo de posibilidades, y este improvisado ejercicio podría tornarse eterno.

Otros tema importante son los falsos villanos, es decir, los “malos” de la temporada que al final no lo son, o al menos cuya maldad no resulta determinante para la temporada. Tenemos a Junius Watts, el misterioso afroamericano tuerto: no solamente se descubre como un peón de Hoyt, sino que además parece tener cierto remordimiento, ayudando a Julie a escapar y posteriormente buscando confesar sus pecados. El mismo Mr. Hoyt, quien se antojaba al inicio como el líder de alguna conspiración o al menos el responsable de la muerte y desaparición de los niños Purcell, resultó ser un millonario con tendencias criminales, ciertamente, mas no estaba involucrado: la tragedia familiar lo había convertido en un alcohólico y distanciado de la vida de su hija Isabel y por ende del crimen de los Purcell. No sabía nada. Tampoco existe ninguna gran red de pedofilia o corporación malévola, como ya se descarta hacia el final. Simplemente descubrimos que todo se debió a un accidente que se manejó muy mal.

En fin, la tercera temporada de True Detective se asemeja en estilo y ritmo a su primera gran entrega, pero hacia el final decide recorrer otro camino: tornarse más realista. Nos propone un crimen que tiene un desenlace menos triste y fatídico, o menos siniestro en sus motivos y orígenes. Se trata de una perspectiva interesante y bien construida, pero debo admitir que aquello reduce o hace que se pierda la impronta de la serie, esa rareza e intriga que palpa debates ancestrales en tanto explora la oscuridad del mundo en el que vivimos. No obstante, sigue siendo un relato digno que enriquece el universo de True Detective, pues como lee Amelia durante la lectura de su libro, “un niño perdido es una historia a la que nunca se le permite terminar”.

Wayne Hays sumido en la oscuridad (Créditos: HBO).

. Puedes leer el poema completo de Delmore Schwartz y su traducción al español (por Roberto Zeballos Rebaza) aquí

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A halfway faux pas: Irrational Man (Woody Allen, 2015)

Joaquin Phoenix is Abe Lucas (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

An entertaining rehash of certain powerful ideas in Allen’s filmography, but a rehash after all.

[Texto en ESPAÑOL]

*** This is an edited and extended version of a review made for the unpublished crime non-fiction magazine “Rojonegro”, created for the Journalism Specialty of the Pontifical Catholic University of Peru (2015).

You are Abe Lucas (Joaquin Phoenix), the new professor of philosophy at the University of Braylin, New England. You are a celebrity among the academics. You have lived too much. Family issues. Friends killed in the Middle East. Impotent. Dipsomaniac. Junkie. Suicidal. You are getting through an intense writer’s block that goes along with your existential crisis. Without intending to, you end up in a strange love triangle that involves your student Jill Pollard (Emma Stone); and your colleague, Rita Richards (Parker Posey). Such adventure doesn’t seem to calm you. You go on without a compass until that morning in the restaurant. At the next table, a woman burst into tears. She will lose the custody of her children due to the influence of a corrupt judge in the family court. The imminent injustice is eating you. Is this the moment you were looking for? An empirically feasible situation, theoretically ideal. A stranger. Nobody would suspect. Make the judge disappear. Divine justice as its finest. A chance to play God. How to plan and execute the perfect murder and get away with it?

I saw Irrational Man during my second visit to Warsaw, in the European summer of 2015. When I was leaving the Kino Luna at the end of the show, I remember carrying with me that first thought that is more and more common with Woody Allen‘s films, “it looks like such or such, but it was not that bad”. It has been a few years, I have seen the film again and checked this review and I would say, honestly, that Irrational Man has aged well. Certainly far away from Allen’s highlights, but not among the worst either, at least considering the different bad reviews it picked up at the time. I am not saying that I liked it more this time, but it is important to mention that this story fits perfectly with the discourse that Allen’s filmography has been building over the years.

Woody Allen with the actors (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

If we think about Allen’s entire filmography, it is not the first time that we have encountered the conflict and questioning that homicide entails, as we saw in the splendid -my favourite- Crimes and Misdemeanors (1989) or the less successful but interesting Manhattan Murder Mystery (1993), to name a few. Let’s see, the film has recurring themes of Allen: a love triangle, infidelity, an artistic-intellectual atmosphere, jazz, philosophical and moral debates, murder … What new contribution to Allen’s universe does this film propose?

Not much. The three protagonists are charming, with performances that work within the limitations of the script. Despite the abuse of literary and philosophical references in Abe’s disquisitions, which sometimes are hard to swallow in the character, there are good moments laden with a familiar black humour of the director, as here: “I wanted to be a world changer and I’ve ended up a passive intellectual who can’t fuck”. The photography of Darius Khondji gives us beautiful portraits of the city. Is there anything else? I do not think so, although that doesn’t have to be a bad thing. The movie tries to emulate some of the greatest successes of the filmmaker, becoming unimaginative, somewhat in a hurry, but enjoyable. Woody Allen has a trajectory greatly enhanced by the self-referentiality and repetition of his stories, and this generates something that has become evident in his films since the beginning of the 21st century, I would say: the more he tends to copy himself, the more he will ensure an entertaining screening, perhaps nostalgic, but each time more inferior. Movies that may work exclusively with his followers.

Joaquin Phoenix in “Irrational Man” (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

It happens that when you see Irrational Man, is almost inevitable to evoke other Allen films, all better than this one. The story of a crime with existentialist nuances is already there and in its best form in the aforementioned Crimes and Misdemeanors, where Martin Landau hires a hitman to eliminate his lover; in Match Point (2005), where Jonathan Rhys-Meyers decides to do the same on his own; or even with more comedy in Love and Death (1975), when the same Allen as Boris Grushenko and his cousin and wife played by Diane Keaton plan to assassinate Napoleon Bonaparte. These titles explore better the Dostoevsky themes that obsesses Allen. In our protagonist, the philosopher, that becomes almost literal: he owns a copy of Crime and Punishment full of his homicidal notes. Abe’s conflict is typical of the moral philosophy: Can murder be considered a contribution to society? How to live after perpetrating it? Here lies one of the few doses of creativity of the film: Abe Lucas and his way of rationalizing homicide become interesting in comparison to other moral stories of Allen, where the motive is usually passion. In Irrational man it is about justice, or at least an idea of ​​it.

The consummation of the biggest crime, to kill another human being, seems to be the answer of Abe Lucas to his obsessive attempt to reach certain kind of spiritual rebirth. To disappear a supposedly evil and corrupt judge from the face of the earth is the motive he has been seeking to embrace fullness. However, Abe is not an idealistic vigilante, he follows the path of existentialism. The meaning of his life dwells in the decision and the conviction to act against what is morally accepted in our society. And so it happens the moral dilemma of the film, with its nefarious, absurd and comic consequences. Promising but without getting deeper.

Towards the end of the film, I feel that Woody Allen did not try hard enough to make us doubt whether Abe Lucas’s crime is justified or not, but I’m not complaining. Philosophical disputes about the possibility of murder are one of his strongest topics, something that his previous creations have worked better, sometimes magnificently. Perhaps if the script had not been subjected to Allen’s stubborn need to release a film per year, it would have been a superior or more original story. Irrational Man is very funny, it is not a bad idea, and it keeps the signature style of its director. Certainly watchable, but always a flawed option. You may just skip it and return to Martin Landau on the beach with Anjelica Huston.

  • The classic “The ‘In’ Crowd” by Ramsey Lewis Trio, the main theme of the film:

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Un faux pas a medias: Irrational Man (Woody Allen, 2015)

Cine, Comedia, Drama, Existencialismo, Ficción policiaca, Filosofía, Literatura, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 31 Marzo, 2019

Joaquin Phoenix is Abe Lucas (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

Un entretenido refrito de ciertas ideas poderosas en la filmografía de Allen, mas un refrito al fin.

[Text in ENGLISH]

*** Esta es una versión editada y extendida de una reseña escrita para la revista inédita de crimen y no-ficción “Rojonegro”, creada para la Especialidad de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica del Perú (2015).

Eres Abe Lucas (Joaquin Phoenix), el nuevo profesor de filosofía en la universidad de Braylin, New England. Figuras entre los académicos más afamados. Has vivido demasiado. Problemas con los padres. Amigos muertos en el medio oriente. Impotente. Dipsómano. Drogadicto. Suicida. Atraviesas un intenso bloqueo del escritor que acompaña una crisis existencial. Sin proponértelo, terminas en un extraño triángulo amoroso que involucra a tu alumna Jill Pollard (Emma Stone); y tu colega, Rita Richards (Parker Posey). Aquello no te sosiega. Continúas sin brújula hasta esa mañana en el restaurante. En la mesa de al lado, una mujer rompe en llanto. Perderá la custodia de sus hijos debido a la influencia de un corrupto juez en la corte familiar. La inminente injusticia te corroe. ¿Será esta la eventualidad que buscabas? Una situación empíricamente factible, teóricamente ideal. Una desconocida. Nadie sospecharía. Desaparecer al juez. Eliminarlo. Justicia divina. Jugar a ser Dios. ¿Cómo planear y ejecutar el asesinato perfecto sin ser atrapado?

Joaquin Phoenix y Emma Stone (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

Vi Irrational Man durante mi segunda visita a Varsovia, en el verano europeo del 2015. Cuando salía del Kino Luna al terminar la función, llevaba conmigo ese primer pensamiento que se repite cada vez más con las películas de Woody Allen, “se parece a tal o a tal, pero no estuvo tan mal”. Han pasado unos años, he vuelto a ver la película y a revisar esta reseña y diría, con honestidad, que Un hombre irracional ha envejecido bien. Muy lejos de ser la mejor película de Allen, tampoco se encuentra entre las peores, al menos considerando las distintas malas críticas que recogió en su momento. No estoy diciendo que me haya gustado más, mas es importante mencionar que cala sin problemas en el discurso que su filmografía ha ido construyendo a través de los años.

Pensando en toda la filmografía de Allen, no es la primera vez que nos topamos con el conflicto y cuestionamiento que conlleva el homicidio, como ya vimos en la espléndida -mi preferida- Crimes and Misdemeanors (1989) o la menos lograda pero interesante Manhattan Murder Mystery (1993), por nombrar un par. Veamos, la película tiene temas recurrentes de Allen: un triángulo amoroso, infidelidad, una atmósfera artística-intelectual, jazz, debates filosóficos y morales, el asesinato… ¿Qué nuevo aporte al universo de Allen propone esta película?

Phoenix con Parker Posey (©2015 Sony Pictures Classics. All Rights Reserved).

No mucho. Los tres protagonistas son encantadores, con actuaciones que funcionan dentro de las limitaciones del guion. A pesar del abuso de referencias literarias y filosóficas en las disquisiciones de Abe, a veces difíciles de tragar en ese personaje, hay buenos momentos cargados de un familiar humor negro del director, como aquí: “quería cambiar el mundo y terminé siendo un intelectual pasivo que no puede follar”. La dirección de fotografía de Darius Khondji nos obsequia retratos hermosos de la ciudad. ¿Hay algo más? Creo que no, aunque aquello no tiene que ser algo malo. La película trata de emular algunos de los más grandes aciertos del cineasta, volviéndose poco imaginativa, algo apremiada, pero disfrutable. Woody Allen tiene una trayectoria bastante potenciada por la autorreferencialidad y la repetición de sus historias, y ello genera algo que ha evidenciado su cine desde inicios del siglo XXI, diría yo: mientras más tienda a copiarse a sí mismo, más va a asegurar un visionado ameno, quizás nostálgico, pero cada vez de menor altura. Películas que acaso funcionen exclusivamente para sus adeptos.

Y es que al ver Irrational Man es casi inevitable evocar otras películas de Allen, todas ellas mejores. El relato del crimen con matices existencialistas lo tenemos en su mejor forma en la ya mencionada Crimes and Misdemeanors, donde Martin Landau contrata un asesino a sueldo para eliminar a su amante; en Match Point (2005), donde Jonathan Rhys-Meyers decide hacer lo mismo por su cuenta; o incluso con más comedia en Love and Death (1975), cuando el mismo Allen como Boris Grushenko y su prima y esposa interpretada por Diane Keaton planean asesinar a Napoleón Bonaparte. Estos títulos exploran mejor los temas de Dostoievski que tanto apasionan a Allen. En nuestro protagonista, el filósofo, aquello se torna casi literal: él guarda una copia de Crimen y castigo intervenida con sus anotaciones homicidas. Su conflicto es propio de la filosofía moral: ¿Puede el asesinato ser considerado una contribución a la sociedad? ¿Cómo vivir tras perpetrarlo? Aquí estriba una de las pocas dosis de creatividad de la película: Abe Lucas y su forma de racionalizar el homicidio devienen en algo interesante en comparación a otros relatos morales de Allen, donde el motivo suele ser la pasión. En Un hombre irracional se trata de la justicia, o al menos, una idea de ella.

La consumación del crimen mayor, matar a otro ser humano, parecer ser la respuesta de Abe Lucas para su obsesivo intento por alcanzar cierto tipo de renacimiento espiritual. Desaparecer de la faz de la tierra a un juez supuestamente malvado y corrupto es el motivo que ha estado buscando para abrazar la plenitud. Sin embargo, Abe no es un justiciero idealista, su sendero es aquel del existencialismo. El sentido de su vida mora en la decisión y el convencimiento de obrar en contra de lo moralmente aceptado en nuestra sociedad. Y así acontece el dilema moral de la película, con sus consecuencias nefastas, absurdas y cómicas. Prometedor pero sin profundidad.

Hacia el final, siento que Woody Allen no se esforzó lo suficiente en hacernos dudar si el crimen de Abe Lucas está justificado o no, pero no me quejo. Las disputas filosóficas sobre la posibilidad del asesinato son uno de sus fuertes, algo que sus creaciones precedentes han trabajado mejor, a veces magníficamente. Quizás si el guion no hubiese estado sometido a la obstinada necesidad de Allen por sacar una película anual, hubiera sido un relato superior o más original. Irrational Man es muy divertida, no es una mala idea, y guarda el estilo de su director. Se deja ver, pero siempre será una opción floja. Como para al final evitarla y volver a ver a Martin Landau en la playa con Anjelica Huston.

  • El clásico “The ‘In’ Crowd” de Ramsey Lewis Trio, el tema principal de la película:

 

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Cuando el horror resiste: True Detective (Temporada 3, Episodios 3, 4 y 5)

Ficción policiaca, REVIEWS, Serie de antología, Series de TV - Diego Olivas Arana - 15 Febrero, 2019

Las versiones ancianas de Hays (MAHERSHALA ALI) y West (STEPHEN DORFF) (Créditos: HBO).

Reseña del esperado retorno de True Detective

*** La presente es la segunda de una serie de tres textos reseñando la nueva temporada de True Detective. Estas publicaciones contienen spoilers de cada episodio. Están advertidos.

 

Continuamos con nuestra recapitulación de esta fantástica nueva temporada de la serie de Nic Pizzolatto. El último episodio emitido, el quinto, ha elevado tremendamente la historia y actuaciones. ¿Qué hace tan buena a esta temporada? No me atrevo a afirmar que supera a la primera, pero sin duda la historia de los detectives Hays y West y el caso Purcell es lo mejor que se ha visto en la televisión en lo que va del año. ¿Deberíamos quizás atribuirlo al hecho de que por primera vez Pizzolatto dirige algunos episodios (aunque solo sean el cuarto y el quinto)? Contando al creador y guionista Pizzolatto, esta temporada tiene solo tres directores, mucho menos que la anterior -diría que esa es una de las razones por las que la segunda falló, la falta de una huella, de un estilo que hermane sus episodios-, pero no menos que la primera -entera y magistralmente dirigida por Cary Fukunaga-. Aquella realidad ya es suficiente para distinguir esta tercera entrega: el amo está más presente y con más control en cada uno de sus dominios. Hay una cohesión que no llega a la gracilidad de la dupla Pizzolatto-Fukunaga, pero se aproxima con decencia.

West y Hays saliendo de la iglesia local (CRÉDITOS: HBO).

Ahora veamos qué ha sucedido en estos últimos episodios. Hacia la mitad de la temporada, surgen acaso más preguntas y sorpresas.

 

Los episodios

El tercer episodio: “The Big Never”, inicia con un primer vistazo a Roland West (Stephen Dorff) en 1990. Ahora es teniente de la policía estatal de Arkansas. Está casi calvo y se le ve con mucha confianza y autosuficiencia, muy distinto de su versión en los ’80. Al igual que su compañero Wayne Hays (Mahershala Ali), está presente en una citación de la policía, frente a Jim Dobkins (Josh Hopkins) y Alan Jones (Jon Tenney), para hablar del ahora reabierto caso Purcell. West recuerda la perturbadora nota que los padres recibieron en aquel entonces: “No se preocupen. Julie está sana y salva en un buen lugar. Los niños deberían reír. No miren. Deja ir”. La rememoración nos traslada a 1980: tras una serie de investigaciones, Wayne se da cuenta de que los niños Purcell mentían sobre sus salidas con frecuencia: nunca iban a jugar con el hijo del vecino. Hays no deja de preguntarse el porqué de esas invenciones.

Los detectives descubren que una organización caritativa llamada Ozark Children’s Outreach está ofreciendo una recompensa de 10 mil dólares por cualquier información que conduzca a la niña o a los responsables del caso Purcell. Al interrogar a uno de los representantes de la organización, Hays y West descubren que ésta pertenece a la familia Hoyt, dueños de una fábrica y distintos negocios en la zona. Lucy (Mamie Gummer), la madre de los niños Purcell, era una empleada del área avícola de la fábrica. El representante les revela que la organización existe desde que el presidente, el señor Hoyt, perdió a su nieta unos años atrás. Hoyt no está presente para interrogarlo: se encuentra de safari en África desde hace unos meses. Hays y West se retiran con cierta desconfianza.

“Do not worry. Julie is in a good place and safe.. The children shud laugh, do not look, let go” (CRÉDITOS: HBO).

Durante una de las excursiones en la zona donde se halló el cuerpo de Will Purcell, Hays descubre unos dados entre el follaje y un bolso con juguetes. Unos metros cerca de allí se topa con una roca ensangrentada. Hays concluye que el niño murió allí y alguien transportó su cadáver a la cueva. Junto a West, tocan la puerta de la casa próxima al sendero junto a la roca. En la casa no parece vivir nadie más que un granjero ya mayor, quien les revela que el día de ayer fue visitado por otro policía, un hombre blanco con traje que le mostró su placa y le inquirió sobre los niños desaparecidos. El granjero les repite lo que le dijo al policía: que sí ha visto a esos niños unas cuántas veces, adentrándose en el bosque en sus bicicletas. Luego agrega que también a avistado un sedán marrón en el bosque, manejado por un hombre negro y una mujer blanca. No recuerda más.

De noche en casa de los Purcell, Hays encuentra una foto de la primera comunión de Will en la que sale en la misma posición en la que se halló su cadáver.

Will y Julie Purcell (CRÉDITOS: HBO).

Brett Woodard (Michael Greyeyes), el chatarrero nativo americano y veterano de Vietnam, es emboscado por un grupo de vecinos de West Finger, quienes lo golpean y dejan malherido, exhortándolo con odio a que no vuelva jamás al vecindario y se aleje de sus hijos.

De vuelta a 1990, Amelia (Carmen Ejogo) le propone a su esposo Hays acercarse a los policías de la zona para preguntarles del caso de robo en Walgreens donde se registraron las huellas digitales de Julie Purcell. Cree poder sacarles información valiéndose de su condición de mujer y escritora. Hays vacila. Cuando le preguntan por su relación con Hays, West admite que desconoce por qué no se han vuelto a ver desde la experiencia con el caso. “No hubo nada malo entre nosotros. Éramos buenos amigos, yo lo veo así. Creo que, una vez que dejamos de trabajar juntos, simplemente dejamos. A veces pasa así con la gente”. Amelia le cuenta a un nada complacido Hays que salió a cenar con los policías locales para averiguar sobre Julie y Walgreens: se cree que era una cliente pues sus huellas se encontraron solamente en el área de cosméticos, y hay una posibilidad de que le permitan ver el material de las cámaras de seguridad. Hays no tolera la forma en la que su esposa concibe el caso y terminan discutiendo.

El interesante cambio en el personaje de Tom Purcell (CRÉDITOS: HBO).

West pasa por la casa de un reformado, sobrio y ahora religioso Tom Purcell (Scoot McNairy), quien se encuentra muy sorprendido por la posible aparición de su hija. Tom menciona la muerte de Lucy en 1988 y lo invita a rezar en su sala.

West y Hays se reencuentran en un bar, donde West le propone a su antiguo compañero volver a la policía y unirse al caso. Hays acepta.

En el 2015, los doctores confirman que los problemas de memoria de Hays han empeorado. En otra de las grabaciones para la serie documental True Criminal, Elisa (Sarah Gadon) le informa a Hays que muchos de los vecinos de la comunidad afirmaron jamás ser interrogados por la policía, a pesar de haberse dado un escrutinio general por el caso Purcell. Elisa agrega que algunos residentes fueron interrogados más de una vez, lo cual torna más extraño el dejar de lado al resto. Dos de ese grupo afirmaron por separado haber visto un sedán marrón muy lujoso pasearse por el vecindario el día del asesinato, algo que no es mencionado en ninguno de los reportes. Elisa continúa: otro vecino, Charles Snyder, sostiene que dos semanas antes del caso, él reportó que su hijo y un amigo habían visto a un hombre negro con una cicatriz en el ojo, en traje, cerca del lugar donde ellos jugaban, en Devil’s Den. Nadie lo cuestionó sobre el tema. Hays escucha alterado, evocando la idea del sedán marrón y las huellas de un vehículo hallados en el bosque. Cuando le increpa a Elisa que le revele sus intenciones y si tienen nuevas evidencias sobre Julie, su hijo Henry (Ray Fisher) detiene la entrevista y Hays se retira, ofuscado.

Wayne Hays y Roland West: excelente maquillaje para el ocaso de sus vidas (CRÉDITOS: HBO).

En un momento de soledad en su escritorio, Hays es visitado por una visión de su difunta esposa Amelia, joven como la conoció en 1980. Ella le habla de una forma onírica y misteriosa. Profundamente asustado, Hays solo atina a repetir “Por favor no así. No así. No así”. Mientras hablan, Hays ve a sus hijos de niños jugando detrás de su esposa. Ella se aproxima y antes de esfumarse le susurra algo tan incierto como aterrador: “te preocupa lo que encontrarán… Lo que dejaste en el bosque. Termínalo”.

En el cuarto episodio: “The Hour and the Day”, empezamos en 1980, donde Hays y West conversan con el cura de la iglesia a la que asistían los niños Purcell, quien reconoce a las muñecas de paja como artesanías de una feligresa llamada Patty Faber. Hays teoriza que el objetivo siempre fue Julie y que Will murió protegiendo a su hermana menor. La señora Faber confirma que esas son sus muñecas y que un hombre negro con una cicatriz en el ojo le compró una decena, meses atrás. Los detectives siguen el rastro hasta llegar a un tal Mr. Whitehead, un afroamericano tuerto que se exaspera con el interrogatorio y arma un escándalo en su vecindario. Antes de pirarse para evitar ser linchados por la turba vecinal, Whitehead les asegura que él no es el único negro con un ojo en el área, y menciona a los “empleados de la fábrica de pollos” (presumiblemente Hoyt).

Los últimos episodios indagan más en el personaje de West, magistralmente interpretado por Stephen Dorff (CRÉDITOS: HBO).

West recoge a un derrotado y ebrio Tom Purcell de una escaramuza en un bar. El chatarrero Woodard se prepara para contraatacar a los residentes que lo agredieron. Hays y West interrogan a Freddy Burns (Rhys Wakefield), uno de los bullies del colegio y sospechoso del caso.

Una década más tarde, vemos cómo el caso Purcell tensa cada vez más la relación entre Hays y su esposa. Los detectives se reúnen con el ahora Fiscal General de Arkansas Gerald Kindt (Brett Cullen), quien con  disimulo les sugiere no seguir indagando en el caso. Hays ve a Julie Purcell, ahora una joven de 21 años, en los videos de la cámara de seguridad de Walgreens.

En el 2015, Hays le confiesa a su hijo que está revisando viejas notas sobre el caso Purcell y considera retomarlo. Henry lo contempla con total incredulidad, mas tiene que aceptar cuando su padre le dice que esta es su forma de sentirse vivo, y le pide ayuda para encontrar a West. Hays visita a Elisa, quien le informa de la desaparición en 1990 y posterior muerte de Dan O’Brien (Michael Graziadei), el sospechoso primo de los niños Purcell. En otra noche en su biblioteca, Hays parece estar divagando mientras le habla a su grabadora de voz: le dice a su hija que se arrepiente de muchas cosas, recuerda el video de Julie, piensa en el sedán marrón, en la culpa que lo invade, en su esposa y concluye en que debe encontrarse con West. Todo esto rodeado de una nebulosa tropa de soldados de Vietnam. Sus demonios lo acosan.

Para el quinto episodio: “If You Have Ghosts”, la trama parece ir consolidándose. En 1980, el chatarrero Woodward es perseguido hasta su hogar por sus agresores y estalla una balacera. Hays y West llegan en ese momento. Los vecinos y algunos policías son eliminados por Woodward. West recibe un disparo en la pierna. Hays confronta a Woodward, otro veterano de Vietnam como él, quien lo amenaza con matarlo si no le dispara. El detective acaba asesinando al chatarrero de un balazo en la cabeza.

Amelia y Hays se van conociendo en tanto participan en la búsqueda de Julie Purcell (CRÉDITOS: HBO).

Luego del tiroteo, un alterado Hays está en el hospital esperando saber sobre West, quien requiere cirugía de emergencia en la pierna. Amelia arriba preocupada al enterarse del caso, salen del hospital y terminan haciendo el amor en su apartamento.

En la destruida casa de Woodward, unos policías encuentran la mochila de Will Purcell bajo el suelo de madera de la entrada. Uno de las pruebas capitales para culpar al chatarrerro como el asesino y secuestrador del caso.

Diez años después, Tom Purcell da una declaración de prensa hablando de su hija y el reabierto caso Purcell. El alcalde Kindt afirma a la prensa que la posibilidad de que Julie Purcell esté con vida no socava la resolución oficial del caso: Woodward asesinó a Will Purcell y secuestró a su hermana menor. Hays observa molesto. Durante un interrogatorio en su casa, un ya adulto, casado y rencoroso Freddy Burns admite haber estado con Will en el bosque y deja entrever que los niños frecuentaban a alguien más. Un muchacho de la calle les cuenta a West y Hays que conoce a Julie: una joven que llegó y se unió a su comunidad juvenil callejera. Según su testimonio, Julie parecía haber escapado de alguien o algo, en algún momento mencionó un hermano perdido y solía divagar diciendo que ella es “la princesa de la habitación rosada”.

West invita a Hays y Amelia a cenar a su casa, donde vemos que todos estos años ha mantenido una relación con Lori (Jodi Balfour), una chica que conoció en la iglesia de los niños Purcell. El caso acaba siendo el tema de conversación durante la velada, para el hartazgo de Hays, quien no tolera la fascinación que produce en su esposa. La discusión continúa de regreso a casa, donde Hays le confiesa a Amelia que él cree que ella usa el infortunio de la gente como insumo creativo para su libro: “todos somos historias para ti, y nos usas para engrandecerte”. Amelia le responde que ella siente que él no la apoya y quiere que sea solamente una ama de casa, que el caso lo está absorbiendo de nuevo y es su excusa para evitarla a ella y su familia.

Notable Michael Greyeyes como Brett Woodard, un nativo norteamericano veterano de Vietnam (CRÉDITOS: HBO).

En la jefatura de policía, Hays pasa la madrugada dándole vueltas al caso y al revisar fotografías se da cuenta de que la mochila roja de Will hallada en la escena del altercado estaba en perfectas condiciones, demasiado nueva y limpia para haber estado rodeada de tanta sangre. Le informa a West que se trata de evidencia plantada y que hay alguien detrás que ha manipulado la escena y el desenlance del caso Purcell. Su compañero y ahora superior le dice que no puede hacer nada con esas pistas pues pondría en peligro tanto la posición de ambos en el caso como su carrera policial. Mientras discuten el hallazgo, West recibe una noticia: el hotline de la policía estatal de Arkansas ha recibido una llamada de alguien que afirma ser Julie Purcell. Los detectives convocan a Tom Purcell y escuchan juntos la grabación de la llamada. En ella, Julie le dice a la policia que la dejen tranquila, que no quiere saber nada de nadie, que vio al hombre en la televisión actuando como si fuese su padre -refiriéndose a la conferencia de prensa de Tom-, que quiere que la dejen en paz, y quiere saber dónde está su hermano Will, a quien dejó ‘descansando’. Cuando el policía trata de apaciguarla, ella termina la llamada. Tras escuchar la grabación, Tom rompe en llanto, sumido en confusión e impotencia.

Un cuarto de siglo más tarde, en otra de las sesiones de grabación de la serie documental, Elisa le pregunta a Hays si sabía de la repentina desaparición de Harris James, un policía que veía la escena de la masacre en casa de Woodward, quien no ha sido visto desde 1990, durante la segunda investigación del caso Purcell. Le muestra una fotografía y vemos que es uno de los policías que encontró la mochila roja de Will en 1980. Hays parece extrañado: no tiene memoria alguna del agente. De noche en su soledad, finalmente se adentra en la lectura del libro de su esposa que se rehusó a leer por décadas: en un pasaje, Amelia cita una conversación que tuvo con Lucy, la madre de los Purcell (escena que vimos en el episodio anterior), donde ella le dice que “los niños deberían reír”. Hays rebusca entre sus archivos y encuentra una copia de la nota misteriosa que recibieron los padres en 1980, con la misma línea.

Vemos por primera vez a un anciano Roland West, solo en una casa aislada en las afueras de la ciudad, viviendo con perros, fumando y bebiendo. Un vehículo se detiene frente a su casa, donde emergen Hays y su hijo Henry. Es la primera vez que estos viejos amigos y compañeros detectives se ven en 24 años. Henry actualiza a West sobre la desmemoria degenerativa que invade a su padre. A su vez, Hays le informa a su viejo amigo que Lucy escribió la nota misteriosa. West aduce que debe haber alguna relación entre ella y su antiguo jefe, Hoyt. Luego agrega que Hoyt fue a visitarle al día siguiente de “aquello que hicieron”, que estaba enterado, pero que Hays decidió dejarlo todo atrás por el bien de su familia. Hays admite que no puede recordar del todo lo que pasó. West se asombra ante el hallazgo, mas su reacción estalla cuando Hays le revela que está volviendo a investigar el caso por su cuenta y necesita su ayuda.

Julie Purcell a los 21 años (CRÉDITOS: HBO).

Entre furibundos sollozos, West se abre a su compañero: le recrimina el nunca haberse puesto en contacto, el no haberle pedido perdón. Le confiesa que esperaba que volviesen a ser amigos. Con los ojos vidriosos, Hays solo responde que no recuerda lo qué pasó. Que ya no puede recordar su vida. “Si he hecho algo malo, te pido disculpas”, agrega. West asiente conmovido. Hays insiste en volver al caso, y tras la negación de West, le dice que resolver este crimen y hallar a Julie es algo que debe hacer por Amelia, antes de que la enfermedad lo vuelva incapaz y dependiente “como una planta babosa”. West persiste en rechazar la propuesta y Hays atina en describirle un escenario: “un hombre negro de 70 años, volviéndose loco de remate, dando vueltas con una placa y una pistola… Es algo que no te puedes perder”. West sonríe convencido y contesta que un poco de risa no le haría nada mal.

Detrás de los episodios:

Yéndonos por el contenido de estos episodios hay algo que considero de pronto lo más esencial o rescatable: el retrato y profundidad de la relación entre Hays y West y, al mismo tiempo, el desarrollo de West, un personaje de gran complejidad que no se indagó mucho en los primeros episodios. Como mencioné en la primera entrega de estas reseñas, West es un tipo sencillo y más descifrable que Hays, pero la naturaleza de su personaje representa algo nuevo en True Detective: el policía campechano que sabe hacer su trabajo y guarda gran respeto y estima por su compañero. Así parece ser el West de 1980. Desde el episodio 3 conocemos las otras facetas de su personaje: West asciende a teniente del cuerpo policiaco local, le va bien económicamente, convive con una chica y trata a la mayoría como novatos en el oficio o lerdos incautos que debe adiestrar. Un arquetipo de cowboy, de macho alfa que justamente choca con el Hays de 1990, recién retornado al caso y al trabajo. Hays siempre ha sido un líder, y también encontrará trabas en su regreso a la policía y a la dupla con West. Para observar esto es acertado recordar el episodio 5, donde Hays se interpone entre West y Tom Purcell -otro personaje interesante en su evolución- para mostrarle al último la fotografía de Julie proveniente de la cámara de seguridad de Walgreens, preguntándole si la chica de la foto es su hija. Tom no puede creerlo y se muestra ya bastante conmocionado como para responder, pero Hays insiste. Aquí vemos cómo la paciencia de West llega su límite y le grita a Hays, ordenándole que regrese a la oficina. Hays se sorprende mas no cede hasta recibir una segunda vociferada de West. Cuando vemos cómo Hays se retira rendido entendemos algo que West quiere dejar en claro desde el inicio de su interacción en 1990: ahora él está a cargo. Hay una necesidad de saberse superior.

Este giro en su relación da otro salto en el último tiempo del relato, el 2015. Podríamos decir que el West anciano es justamente aquello que no esperábamos de él y sí de Hays: un loco solo y autoexiliado, abandonado al alcohol y el tabaco y rodeado de perros. El fatídico Hays tiene una familia a quien quiere y que lo cuida, personas que todavía lo escuchan. Aquí la relación vira por segunda vez, y con fuerza: la reapertura del caso Purcell en 1990 desencadenó algo que desconocemos, que en ocasiones parece ser culpa de Hays y en otras de ambos: un evento que destruyó su amistad. Ambos descubren sus conflictos internos, West solo quería dejar de estar solo, perdonarlo para acompañarse en la reminiscencia de su amistad, de aquella experiencia que les tocó compartir. Hays solo busca recordar lo sucedido para poder armar ese rompecabezas monstruoso que ha regresado por última vez. Resolver ese caso se traduce en una forma de cierre con su difunta esposa Amelia, pero al mismo tiempo es un arrebato para sentirse vivo: la simple idea de olvidar toda su vida lo aterra de forma insondable, hasta lo más profundo de sus entrañas. Uno lidia con la soledad, el otro con el olvido.

El encuentro de los detectives en la tercera edad deviene en una de las mejores escenas de la temporada (CRÉDITOS: HBO).

Otro de los temas en los que se sigue explayando la serie es el racismo. En estos episodios el tema de la raza y la discriminación persiste y otorga un abanico de posibilidades. Negro, nigger y otros vocablos por lo general peyorativos son usados por distintos personajes, como un iracundo Freddy Burns llamando a Hays ‘negro de mierda’. Esa escena tiene una secuela interesante: vemos a Hays en el auto con West al volante. Sorprendido por la conducta estúpida e inmadura de Burns, Hays le dice a West: “¿Puedes creer a este tipo, culpándome de todo lo que le ha ido mal en la vida?… Por favor, explícame todas las dificultades y tribulaciones de ser un hombre blanco en este país”. Es curioso asimismo el sentimiento de fraternidad de Hays al pedirle a West que no reporte a la policía el color de piel de los violentos vecinos del barrio del tuerto Whitehead, quienes terminaron vandalizando el vehículo de los detectives. Virando de pronto hacia otro tema, diría que también podemos contemplar esa suerte de protección al inicio en su relación con Woodward, el nativo norteamericano cuya experiencia en Vietnam le ha dejado un trastorno de estrés postraumático que acaba convirtiéndolo en un asesino. Ambos se reconocen como veteranos de esa guerra -ello provoca que Woodward le perdone la vida al inicio del tiroteo- pero sus perspectivas difieren: Hays parece tener un control misterioso y profundo de ese pasado, mientras para Woodward la violencia nunca se acabó, y termina sucumbiendo a Vietnam. Aquí existe una lectura sobre la dualidad del veterano de guerra, ya sea Vietnam o Afganistán o cualquier otra: puedes regresar como un errante extraño, a veces un alma en pena y otras veces una bomba de tiempo. Tras la guerra no vuelves a ser el mismo.

Quizás lo más fantástico sea la forma en la que Pizzolatto está adentrándose en un terreno poco indagado en esta serie: los sueños o alucinaciones. Artificios sutiles de la mente y de lo incierto que suelen traducirse como una pista esencial. Pienso en toda esta secuencia onírica de Amelia joven hablando con Hays, con líneas tan nebulosas y lyncheanas como: “¿confundes reacción con sentimiento? ¿O compulsión con libertad? … Y aun así, ¿endureciste tu corazón contra aquello que más amas?”. Como si los niños Purcell hubiesen desaparecido en el pueblo de Twin Peaks. Incluso se percibe el cuidado visual de estas escenas: cuando Hays mira a su esposa o si ambos están en un plano general, ella se ve ligeramente fuera de foco, pero cuando se trata de un primer plano de esta Amelia fantasmal, hay un desenfoque a su alrededor, dándonos esa sensación onírica que nos hace dudar de lo que Hays está viviendo. Su reacción, por otro lado, es desconcertante: Hays siempre parece asustado, como si estuviese convencido de que tales manifestaciones en las noches solitarias en su escritorio son un mal augurio. Otra secuencia similar es aquella donde Hays se descubre observado por todo un pelotón de vietnamitas, armados y aguardando por él entre los libros de su biblioteca: ¿serán los soldados que asesinó en la guerra?

Hays y sus demonios del pasado (CRÉDITOS: HBO).

¿Por dónde nos conduce la serie? Todas las pistas que nos regresan a Hoyt, su fábrica, empleados, conexiones, parecen ser el sendero correcto para la especulación, mas también pienso que aquello sería demasiado esperable (por el exceso de pistas). La familia Hoyt parece gozar de mucho poder en Arkansas, comprando a la ley y evitando a toda costa que la investigación se encauce hacia la verdad, ¿pero por qué? Una posibilidad latente que imagino ya habrá sido contemplada por muchos es que Julie Purcell fue secuestrada para reemplazar a la nieta perdida de Hoyt. Pero si nada de esto es cierto, ¿entonces qué diantres tiene que ver el presidente de la compañia Hoyt con todo el caso Purcell?

Hemos llegado ya a la mitad de esta historia detectivesca. Puede verse cómo todo se va hilvanando entre los periodos de tiempo narrados, pequeños detalles susurran algo dicho literalmente en un tiempo y viceversa, como el detalle de la mochila de Will y el policía desaparecido. Ciertos sospechosos han dejado de serlo y otros lo son todavía más. Algunas preguntas nos acechan con vehemencia: ¿qué sucedió con Becca, la hija menor de Hays? ¿Qué dejó Hays en el bosque? ¿Qué fue aquello terrible que ambos detectives hicieron en 1990 y que no pueden mencionar? ¿Es la aparición de la Amelia de 1980 un reflejo de la senilidad y demencia de Hays o una manifestación espectral? ¿Esa voz y esa foto son de la verdadera Julie? ¿Dónde está, qué le pasó? ¿La princesa de la habitación rosada? ¿Quiénes son el hombre negro con la cicatriz en el ojo y la mujer blanca que lo acompaña? ¿El sedán marrón? La historia da buenísimos giros de tuerca que realmente te dejan aguardando el episodio del próximo domingo. Hasta una próxima -y última- reseña.

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