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La partida y el legado de Quino

Mafalda y el mundo (Fuente: Web oficial de Quino).

Un breve comentario sobre la muerte del gran Quino y la importancia de Mafalda.

Ayer falleció Joaquín Lavado (1932-2020), el enorme historietista argentino conocido por todos como Quino, el hombre que dio vida a Mafalda. Quino se nos fue a los 88 años un día después del quincuagésimo sexto aniversario de su más emblemático personaje, y el Gobierno Argentino declaró duelo nacional. Me atrevería a decir que al menos toda la Latinoamérica comparte el duelo: ¿quién no tiene un libro de Mafalda en casa? 

Quino, un tipo de personalidad tímida que tenía mucho qué decir, un humorista gráfico con un agudo y fino talento  para criticar a la sociedad y la política, creó a esta niña filósofa, sabia, esa alma vieja que en las cambiantes décadas de los 60s y 70s reflejaría el sentir, la angustia y curiosidad de una época. Mafalda, una pequeña cuestionadora que hace preguntas incómodas a sus padres, quienes pocas veces sabían qué contestarle. Junto a ella estaban otros personajes acaso igual de entrañables: Su mamá, su papá, su hermanito menor Guille, Felipe —mi personaje preferido, tan distraído, soñador, perdido en sus cómics e imaginación, pero al mismo tiempo estresado y paranoico con las responsabilidades y el colegio—, Susanita, Manolito, Miguelito y Libertad. En cada una de sus viñetas, Mafalda proponía ideas, compartía sus impresiones de su entorno y del mundo, sus maravillas y extrañezas, nos hablaba de los derechos humanos, siempre con una tendencia pacifista —en tiempos de dictaduras, la Guerra Fría y Vietnam—; de los roles y valores en la familia; del feminismo, el patriarcado y el lugar de la mujer; del amor a la cultura, las artes y la ciencia. Sin duda una niña visionaria, adelantada a su época, y todo bajo una perspectiva progresista que ciertamente realiza una crítica social, mas que nunca abandona el optimismo, la esperanza, la ternura y, por supuesto, el humor.

Algunas de las mejores viñetas de Mafalda (Fuente: Web oficial de Quino).

“No tiene importancia lo que yo pienso de Mafalda. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí”, dijo alguna vez Julio Cortázar. Y es que gracias a ella, Quino compartió su preocupación por nuestro presente y nuestro incierto futuro. Podemos verlo en cuánto Mafalda detestaba la sopa y escapaba de ella o la tomaba a regañadientes: en una entrevista a sí mismo publicada en su web oficial, Quino admite que en realidad a él le gusta la sopa y que ella es “una metáfora sobre el militarismo y la imposición política”. Y así, nos encontramos fuertes ideas en muchas frases clásicas de Mafalda como: “lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre”, “el problema es que hay más gente interesada que gente interesante”, “¡paren el mundo que me quiero bajar!”,  “y al final, ¿cómo es la cosa? ¿Uno lleva la vida por delante o la vida se lleva por delante a uno?” o “a fin de cuentas, la humanidad no es nada más que un sándwich de carne entre el cielo y la tierra”, entre tantas otras más.

Quino haciendo un autorretrato para Caretas (Fuente: Arkivperu.com).

Mafalda dio la vuelta al mundo y tuvo hasta dos series animadas y una película en 1982. Así, Quino se hizo de muchos galardones durante su carrera, entre los que destaca el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014. Si bien buscaba hacer tanto una reflexión como una crítica a la realidad de su tiempo, los mensajes de las tiras cómicas de Mafalda permanecen vigentes hasta el día de hoy. Toda Hispanoamérica —todo el mundo, si pensamos en las cientos de ediciones y las 35 traducciones— le tiene una deuda imposible de saldar: a través de su obra, Quino se ha hecho inmortal.

A Mafalda le tengo un amor añejo, de toda la vida. Mi mamá leía a Mafalda desde niña, mi hermana y hermano mayor también y gracias a ellos mi otra hermana y yo, los últimos hijos, leímos mucho Mafalda de pequeños. Recuerdo cuando mi hermana mayor me obsequió el TODA MAFALDA para mi noveno o décimo cumpleaños. Lo leí muchas veces y el libro se avejentó rápido, de tanto llevarlo de un lado a otro. Mi mamá todavía tiene esa muñeca de Mafalda en la casa, más vieja que yo, con la que ahora juega mi sobrina de seis años, nueva seguidora cuya personalidad y opiniones no pocas veces me recuerdan a esta niña genio que ahora está de luto. Y así seguiremos, transmitiendo la afición de generación a generación, porque con ciertas cosas es necesario. Gracias, Quino.

El maestro Quino (Fuente: Web oficial de Quino).

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Dalí y Warhol: el reencuentro de dos genios

Invierno de 1964-1965. Salvador Dalí y Andy Warhol en el St. Regis Hotel de la ciudad de Nueva York (Créditos: David Mccabe/A Year in the Life of Andy Warhol, Phaidon, 2003).

Salvador Dalí sostenía que lo más importante era que se hable mal de él. Andy Warhol afirmaba que el mejor arte es hacer un buen negocio. Los máximos referentes del surrealismo y el pop art cultivaron una imagen pública que atrajo la atención del mundo, marcando la historia del arte.

*** Una primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 06/08/2017.

 

Tan solo una vez en su trayectoria, cuando ya era una leyenda en vida, Andy Warhol se quedó verdaderamente atónito, turbado, sin palabras. Fue en el verano de 1965, en el St. Regis Hotel de Nueva York. Tenía una cita en la suite 1610. Al aproximarse, alguien desde adentro lo invitó a pasar con un giro de su bastón. Una ópera ensordecedora invadía la habitación. De acuerdo al fotógrafo David McCabe, quien contó la historia y estuvo allí para registrarla, el hombre del bastón se acercó apremiado y se situó detrás de Warhol para ponerle un penacho de reminiscencias incaicas en la cabeza. Fue una reunión de cinco minutos que el creador del pop art sintió como un siglo de incomodidad. El extravagante huésped era otro mito llamado Salvador Dalí.

Aquel fue el primer encuentro de dos de los artistas más memorables del siglo XX. Y si bien solo trabajaron juntos en dos proyectos —la película Salvador Dalí (1966), donde el pintor conoce a The Velvet Underground; y el memorable retrato mudo del rostro de Dalí (1966), uno de los cientos de screen test de Warhol—, su relación perduró las siguientes dos décadas. En otra afamada fotografía de Christopher Makos, de 1978, Dalí y Warhol se saludaron compartiendo un beso durante una recepción en Nueva York. Fue un símbolo de mutua admiración y, para muchos, un guiño a la forma en la que ambos concibieron su trabajo: entre la genialidad, la fama y los dólares. El encuentro de dos grandes megalómanos que crearon su propia imagen y realidad alrededor de sí mismos, trastocando —o eliminando— los límites entre la vida y el arte.

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Hasta el próximo 7 de octubre, Dalí y Warhol celebran un último reencuentro en el cuarto piso del Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, un viejo edificio gótico que Stalin obsequió a Polonia en tiempos soviéticos y que hoy es uno de los espacios culturales más importantes de la ciudad. La exhibición (Dali kontra Warhol en polaco) superpone de forma integral la biografía y obra de ambos artistas a través de más de 120 obras, algunas nunca mostradas al público. Para el crítico de arte y curador Stach Szabłowski, uno de los dos curadores de la exhibición, “tiene sentido yuxtaponerlos, pues en ambos es absolutamente imposible separar la obra del personaje, de su imagen pública”. La conexión es tan evidente como idónea. Dos generaciones, personalidades y backgrounds distintos y, sin embargo, una aproximación artística que compartía una avanzada noción del poder de la publicidad para atraer a las masas. Ello condujo a construir su imagen excéntrica como parte de su praxis del arte y, en cierta medida, hacerla su centro. Se trata de descifrar el misterio del éxito de estos artistas a través de una reflexión sobre la fama y el dinero.

La muestra en Varsovia alberga importantes y célebres piezas de Warhol, como los retratos de Marilyn Monroe (1983) o los cuadros y trabajos de las sopas Campbell (1962-69), entre otros; contrastados con pinturas de Dalí como “El enigma sin fin” (1939) o “La tentación de San Antonio” (1946), sus esculturas, e incluso un ejemplar del libro surrealista de recetas de cocina para su esposa Gala, el hoy agotado Les Diners De Gala (1973).

Sin embargo, el aditivo más exquisito de la exhibición es también el último: una generosa colección inédita de los originales de Warhol en portadas de álbumes de música. The Rolling Stones, The Smiths, Count Basie, Miguel Bosé, Rats & Star, Leopold Stokowski, Blondie, Vladimir Horowitz, Thelonious Monk, Paul Anka, Artie Shaw, David Bowie, entre muchos otros, con un énfasis final en su colaboración con The Velvet Underground. En esas portadas, Warhol se distanció de las disciplinas visuales y se permitió improvisar con total libertad. “Vemos que también tenía talento para el dibujo y una hermosa caligrafía, por ejemplo. Nada de esto es corriente en su discurso principal”, dice Szabłowski.

Salvador Dalí y Andy Warhol, circa 1978 (Créditos: Christopher Makos).

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Un fino bigote ascendente y una peluca plateada. Salvador Dalí (1904-1989) y Andy Warhol (1928-1987) quizá sean las criaturas más extrañas que hayan salido de la novelesca comarca de Ampurdán y de Pittsburgh, la ciudad de acero, respectivamente. Uno se autodefinía como una droga, el otro como un ser profundamente superficial. Fueron animales de la misma especie: revolucionarios artistas que se sirvieron de los mass media para desarrollar su discurso. Aunque, como recuerda Szabłowski, para Dalí este fenómeno fue algo por descubrir, tanto por cuestiones generacionales como geográficas: “Dalí creció en una España de inicios de siglo XX, todavía basada en la aristocracia nobiliaria; mientras que para Warhol, como para gran parte de la sociedad estadounidense, se trató de algo natural: creció en un mundo moderno y totalmente centrado en el consumismo”.

Según Szabłowski, revisando toda la obra del catalán, comprobaremos que siempre propuso la misma visión, cambiando solamente el lenguaje. Además, influyó sobremanera que, en un comienzo, mientras pertenecía activamente al movimiento surrealista, su obra estuviera dirigida a un público pequeño y cerrado, acaso más elitista. No existían, por ejemplo, museos de arte moderno o contemporáneo, éstos estaban más dedicados a lo histórico, y lo nuevo sucedía solo en un nicho. El vanguardismo ciertamente crecía y se fortalecía, pero toda nueva expresión de arte es más elitista o underground. Posteriormente, acaso desde los años cincuenta, la obra de Dalí se dirigió al público en general. 

. Dalí en uno de los screen test de Warhol (1966).

En 1934, poco antes de ser expulsado del movimiento surrealista —cuando soltó aquello de “No pueden expulsarme porque yo soy el surrealismo”—, Dalí recibió el apodo de “Ávida Dollars” por parte de André Bretón. Un anagrama de su propio nombre que señalaba su afición a la fama y el dinero. Dalí estuvo en todas partes durante su tiempo, evidenciando que su trabajo no abrazaba la vieja concepción del artista como alguien entrenado en una habilidad específica, como la pintura o escultura, por ejemplo. No. El artista como marca puede incursionar donde quiera, y Dalí lo comprobó a través de pinturas, esculturas, pero también diseño de muebles o colaboraciones cinematográficas, por ejemplo. Buscaba demostrar que como creador podía hacer lo que quisiera, algo que Warhol corroboraría años más tarde.

Ambos hicieron suya esa transgresión encarnada en los medios, la provocación y el espectáculo. Dalí los empleaba para traducir su universo, esa visión del mundo onírico y la mente; Warhol, acaso socialmente más comprometido, los utilizó como el concepto mismo de su propuesta, introduciendo al arte elementos de productos, marcas y deseos colectivos. Esa fue la contribución más importante del pop art a la historia del arte del siglo XX.

La exposición “Dali kontra Warhol”, montada en el Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, en el 2017. Estuvo compuesta por más de 120 piezas de los artistas, muchas de las cuales fueron exhibidas por primera vez (Créditos: Diego Olivas Arana).

Para Hank Hine, director del Dali Museum en San Petersburgo, Florida, Warhol fue uno de los artistas más marcados por el legado y modelo de Dalí: “Ambos tenían una estética similar, pues abrazaban lo que era el medio dominante de la época, a pesar de hacerlo de formas distintas. Warhol realmente se apropió del enfoque de Dalí a la prensa, desarrollándolo al límite”. Hine agrega que el verdadero nudo entre ambos artistas se encuentra en su curiosidad sobre el significado y la naturaleza del arte. “Ambos tenían la convicción de que el arte es algo que trasciende la pintura, el cine o la foto. Es la idea que existe detrás de la obra maestra. Algo que reflejaron en su propia imagen”.

Ciertamente, para Dalí no bastaba la simple contemplación de su imaginación en pinturas. Tenía que manifestarse en la vida real para revelar esa creatividad en persona y generar un quiebre, conjurando reacciones, como en una exposición surrealista en Londres de 1936, donde sorprendió al público al dar su discurso vistiendo una antigua escafandra para buceo y acompañado de dos galgos rusos (al final tuvo que sacarse el casco para evitar la asfixia). Warhol extremaría esta perspectiva de muchas formas, desde su protagonismo en las fiestas de Studio 54 o The Factory hasta aparecer en comerciales de la empresa electrónica nipona TDK o junto al boxeador Sonny Liston promocionado la aerolínea Brannif (when you got it, flaunt it!).

Instalación del “Sofá-labios” de Salvador Dalí en la exposición Dali kontra Warhol, en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Los dos fueron muy versátiles para desarrollar su trabajo, haciendo que sus intereses en distintos medios y plataformas de expresión volcaran en numerosas colaboraciones con otros artistas, como Dalí con Luis Buñuel en el cortometraje surrealista Un perro andaluz (1929) o la serie de pinturas colaborativas que Warhol realizó con Jean-Michel Basquiat (1983-1985). A su vez, otro factor que los unió es que tanto Dalí como Warhol descubrieron temprano la ventaja de la multiplicación, condicionando sus talleres para ello. Es curioso recordar que Dalí empezó con estos cambios antes de que Warhol conceptualizara y creara The Factory, su famoso estudio, taller y punto de encuentro de la bohemia de Nueva York. Según Szabłowski, “ambos cuestionaban el significado tradicional de la originalidad, especialmente Warhol, quien puso mucho énfasis en esto. Raramente hacia un trabajo que no tuviera varias ediciones. Casi toda su obra principal se basó en series”.

Pese a tales similitudes, las diferencias en sus propuestas están muy presentes. “A través de toda su obra, Dalí nunca abandonó el ideal de la omnipotencia del artista, es decir, la posibilidad de crear de la nada, empleando tu propia genialidad. Algo que no está mal, fue su camino y concepción, mas también se debe a que pertenecía a otra generación y a su background surrealista, que siempre lo empujaba hacia esta convicción del poder creativo ilimitado”, explica Szabłowski. “Warhol tenía otro tipo de sensibilidad. Él decía que el artista del futuro será alguien que edita y reedita, que se comunica a través de elementos ya existentes, transformándolos y dándoles más poder”, agrega.

Portada del álbum “Sticky Fingers” (1971) de The Rolling Stones, diseñado por Andy Warhol.

Además, Warhol tenía una opinión muy crítica. No era esa persona pública sin expresión ni opiniones que siempre aparentó. Ese disfraz fue parte de su proyecto artístico: servir como espejo para los conceptos de otras personas. Warhol se distanciaba mucho de la categoría de un artista sin opiniones. Su profundo entendimiento de la cultura de su tiempo provocó que su obra se centrara en una confirmación total de la sociedad de consumo: empleando elementos tomados de diferentes productos o deseos colectivos. “Muchas veces —sostiene Szabłowski—, evidenciar la forma de operar del sistema puede ser más crítico que rechazarlo o negarlo, porque a través de la confirmación estás realmente demostrando cómo funciona”. Algo que puede verse con las latas de sopa Campbell, donde glorifica y critica los hábitos de consumo de la época.

Uno de los conceptos que más los une es asimismo uno de los que más descubren su genialidad: ambos cuestionaban la mortalidad. “In Voluptas Mors” (1951), un retrato hecho en colaboración con el fotógrafo Philippe Halsman, presenta a Dalí posando junto a una gran calavera, o dependiendo de la perspectiva, junto a siete modelos desnudas (“la voluptuosidad de la muerte”). Dalí subvierte la realidad en esta fusión de la inminencia de la muerte y la presencia del erotismo, buscando que uno descubra pistas sobre sus procesos subconscientes a través de las asociaciones evocadas por la ilusión óptica.

El clásico “In Voluptas Mors” (Philippe Halsman, 1951).

A su vez, en su “Díptico de Marilyn” (1962), Warhol presenta cincuenta cuadros del rostro de Marilyn Monroe, basados en una fotografía publicitaria para la película “Niagara” (1953). Se trata de una serigrafía realizada poco después del deceso de la actriz, donde una mitad está a colores y la otra en blanco y negro, connotando no solamente la extremada reproducción que reduce el valor de las persona retratada, sino la relación entre la figura de la fama con la del consumismo y la muerte. Hank Hine sostiene que “en Warhol podemos ver el amor por este mundo, pero también un sentido de su fugacidad y su muerte. Las celebridades como un esbozo que eventualmente se descompondrá y desaparecerá”.

 

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A pesar de los años, el recuerdo de estos dos iconoclastas permanece vigente en la memoria colectiva. Algo que intensifica la importancia de esta muestra y le otorga actualidad es el reciente retorno de ambos a las noticias, nuevamente bajo el manto del escándalo. A fines de junio, John McEnroe, el retirado campeón de tenis estadounidense convertido en celebridad, publicó su autobiografía, donde, entre otras confidencias, señala a Warhol como el saboteador de su vida sexual, interrumpiendo muchos de sus flirteos nocturnos con sus fotografías (Warhol solía tomar Polaroids a todos, incluyendo personajes como Alfred Hitchcock, Pelé o Mick Jagger. Por esa afición es que hoy se le considera uno de los precursores del concepto de Instagram). McEnroe además afirma que Warhol fue un “mediocre sobrevalorado”, olvidando quizá que en 1986 lo contrató para que hiciera un retrato de él y su entonces esposa, Tatum O’Neal.

De la misma forma, el nombre de Dalí ha resonado por toda España con revigorada fuerza. El pasado 20 de julio se realizó la exhumación de su tumba en el Teatro-Museo Dalí, en su natal Figueras. La acción se dio como orden de una corte de Madrid, paso crucial para la consecuente prueba de ADN que implica proseguir la demanda de Pilar Abel Martínez, tarotista de 61 años que asegura ser su hija extramatrimonial. Una noticia que ha conmocionado a todo el país, dividiendo a la gente entre quienes apoyan a Abel Martínez y quienes la dan por una oportunista y embaucadora. Además del rechazo de los actuales dueños del patrimonio del surrealista: la Fundación Gala-Salvador Dalí, el Estado español y el ayuntamiento de su pueblo. El equipo forense extrajo un poco de pelo, uñas y dos huesos largos para la comparación de ADN, y según uno de sus miembros, el bigote de Dalí permanece idéntico, dando las 10 y 10 de un reloj imaginario, como él deseaba. Los resultados se pronostican para mediados de setiembre. Toda una locura que el diario El País ha llamado “surrealismo en estado puro”.

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Afiche de la muestra “Dali kontra Warhol” en Varsovia (2017).

En mayo de 1978, Dalí y Warhol se citaron en un restaurante en Nueva York. Warhol llevó dos ejemplares de uno de los libros de Dalí para que se los firmara. Allí, ambos descubrieron que compartían la inquietud por buscar beautiful freaks. Antes de despedirse, Dalí sorprendió a Warhol una vez más, obsequiándole una bolsa de plástico con sus paladares usados. Un simbólico gesto que se entendió como la confirmación de su aprecio, y a su vez, como un ritual de sucesión. Un recuerdo que Warhol registró con admiración en sus diarios. Obsesionado como estaba con el concepto del artista presente en la esfera pública, Dalí era un caso fascinante para Warhol. “Sin embargo, no existen pruebas de que Dalí haya estado tan interesado en Warhol. Creo que eso dice mucho de la relación de ambos. Los divide, a su vez. Dalí estaba muy concentrado en sus ideas, el desarrollo de su propuesta; mientras Warhol sabía que estaban sucediendo cosas importantes allá afuera, absorbía, prestaba atención”, subraya el curador Szabłowski.

Dalí dijo que si llegaba a morir, no lo haría del todo. Warhol afirmó que no creía en la muerte, y que no podía decir nada sobre ella porque todavía no estaba preparado. Hoy que se reencuentran en Polonia se han cumplido 113 y 89 de sus aniversarios, respectivamente. Ambos influyen hasta el día de hoy a muchas generaciones de artistas. Fueron absolutamente célebres: amados y odiados mientras vivieron, y lo han sido cada vez más desde sus muertes. Son inmortales.

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El Día de Star Wars: la nostalgia de una gran época

ABSTRACCIONES, Cine, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

El elenco original. De izquierda a derecha: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill y Carrie Fisher (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Evocando la saga de películas que cambió mi vida (y la de millones)

[Text in ENGLISH]

Hoy es el Día de Star Wars, mi historia favorita o acaso una de mis favoritas. Uno de mis placeres culposos más grandes, a pesar de la decadencia de sus últimas películas. En vista de ello, hoy toca asaltar un momento mi jornada para evocar la saga y quizá ver alguna de las películas clásicas (no las precuelas ni secuelas ni spin-offs ni dibujos animados). Por qué no.

El Star Wars Day es conocido por la frase May the Fourth be with you, un divertido juego de palabras del poderoso latiguillo de trascendencia metafísica May the Force be with you, repetido a través de todas las entregas de la saga galáctica. Por supuesto, este calambur no tendría sentido en español, pues existe poca similitud entre Que la Fuerza te acompañe y Que el Cuarto te acompañe. La frase se utilizó por primera vez en 1979, cuando Margaret Thatcher fue nombrada Primera Ministra de Reino Unido. La primera mujer que asumía el cargo fue felicitada por los miembros del partido político conservador, quienes a través del London Evening News expresaron “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations”. Curiosamente, la cita influenciada del May the Force be with you de la película de Lucas fue luego reciclada por los fans de la saga, y ahora el 4 de mayo es el día oficial de Star Wars en todo el mundo.

Carrie Fisher y Mark Hamill bromeando durante la filmación de “El imperio contraataca”, circa 1980 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Mi relación con esa galaxia muy, muy lejana es de toda una vida. La primera vez que vi Star Wars tenía cinco años. Soy un aficionado de segunda o acaso tercera generación. Era una grabación en VHS de The Empire Strikes Back (1980) o El Imperio contraataca como la conocimos en español. Mi hermano mayor la había grabado de Cine Millonario, el legendario bloque de películas de los domingos por la noche en Frecuencia Latina. Si mi memoria no me es infiel, era un fin de semana por la tarde, acaso un domingo. Mi tío estaba de visita y en mi recuerdo convergen la escena de Luke y Yoda en el pantanoso planeta Dagobah acompañadas de las voces de mis padres cotilleando con mi tío. Recuerdo también la clásica etiqueta con el nombre de la película en la parte inferior izquierda de la pantalla: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”. Una traducción curiosa, considerando que no existía en la trilogía entera ninguna guerra entre galaxias. Ese nombre otorgado por el doblaje para Hispanoamérica se incrustó en mi mente como la rémora al tiburón. Henchido de maravilla y exultación, invadí de preguntas a mi hermano y mi hermana, ¿quién era ese monstruito verde? ¿Quién es el malo? ¿Qué es un Jedi? Era imparable. Ahora bien, la memoria es tan frágil como falaz y quizás mi evocación es una construcción selectiva. Quizás fue El retorno del Jedi (1983) y quizás fue un lunes por la noche y sin mi tío. Sea como haya sido, este es mi recuerdo más viejo de Star Wars y uno de los más entrañables de mi infancia.

Era 1993: en el Perú, el autogolpe de nuestro dictador Fujimori ya celebraba su primer aniversario y el conflicto armado interno entre las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso diezmaba las poblaciones asháninka y nomatsiguenga de Satipo… En el mundo, Bill Clinton era elegido como el cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos y Nelson Mandela recibía el Premio Nobel de la Paz. Y mientras Hollywood remecía al mundo con Jurassic ParkPapá por siempre o La lista de Schindler, yo me entregaba de manera absoluta a La Guerra de las Galaxias.

Enloquecí cuando mi hermano me reveló que también tenía las otras dos películas grabadas. Y así empezó todo: vi esa versión de la trilogía original una y otra vez en esos viejos casetes de VHS hasta 1997, cuando entré al colegio Los Reyes Rojos en plena fiebre global de Star Wars por el estreno de la Special Edition y se los presté a un compañero nuevo que jamás los devolvió. A pesar de ese desliz en mi afición, ella siguió creciendo, y yo con ella.

Póster peruano de “A New Hope” para promocionar la película en los cines de Lima, Perú,1978 (Créditos: Archivo de la web de Arkiv Perú):

Ansioso por recrear las aventuras de Luke, Han y Leia, lamentaba mucho que no existan figuras de acción de Star Wars. Solamente contaba con un puñado de sobrevivientes de la colección de Kenner de los setentas y ochentas, heredada de mis hermanos mayores: un Tusken Raider, un RD-D2 sin patas, un guardia gamorreano y la princesa Leia. Solía jugar con tres G.I. Joes que reemplazaban a Luke, Han y C-3PO; imaginaba que el gamorreano era Chewbacca; y a ellos les sumaba el R2 lisiado y a la antiquísima Leia. Así fantaseaba hasta 1996, cuando arribó al Perú mi sueño materializado por Hasbro. La colección The Power of the Force, el retorno de las figuras de acción de la saga galáctica, revivió el encantamiento que ya Dragonball o los superhéroes de Marvel o las Tortugas Ninja empezaban a mermar. Con los juguetes llegaron luego cómics y algunas novelas. Para 1999, cuando apareció La amenaza fantasma, la primera película de la trilogía de precuelas de Star Wars, yo ya era un pequeño experto o al menos creía serlo —no tenía idea de lo vasto que era ese Universo Expandido sitiado de cómics, novelas y videojuegos—. Incluso pertenecí por unos años a un club de fanáticos en Lima, The Force Perú, donde gané un sorteo por primera vez en mi vida, a los 11 años, y me hice poseedor de un Junior Jedi Training Manual, un librillo con accesorios y un audiobook donde al final debía firmar un seriecísimo “Juramento del Jedi Junior” que todavía conservo. Abracé las precuelas y con la adolescencia y la adultez comprendí mejor la franquicia y sus imperfecciones: El retorno del Jedi, mi preferida durante la infancia, fue desplazada por El Imperio contraataca; me uní —temporalmente, ahora he cedido un poco— a la enorme campaña de animadversión hacia Jar Jar Binks; y odié las escenas y líneas románticas entre Anakin y Padmé. Pero todo aquello no redujo mi amor por la saga. Tras la locura del 2005 con La venganza de los Sith, que se encargó de adecentar las precuelas, la vida siguió. Algún libro o figura de acción ocasional o ver las series animadas de televisión y todo iba bien. Star Wars se amalgamó con mi existencia de forma orgánica. No necesitaba más.

De aquella epopeya espacial que trasladó el “viaje del héroe” de Joseph Campbell a nuestros tiempos, que atravesó todas las barreras geográficas y sociales y devino en un fenómeno de la cultura popular durante cuatro décadas, he aprendido mucho. Crecí citando a Ben Kenobi, Luke, Yoda, incluso más tarde a Qui-Gon. Cuestionaba la existencia de la suerte y las casualidades, reflexionaba sobre la dualidad del bien y el mal en todos nosotros y la posibilidad de errar o tomar la decisión equivocada, me preguntaba por la Fuerza y por ende por la creencia en Dios y la divinidad, revaloraba el amor por la familia y contemplaba como esencial la búsqueda de un mentor o maestro en la vida. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill y Denis Lawson se divierten un rato en un momento detrás de cámaras de “El retorno del Jedi”, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Star Wars nutrió asimismo mi adicción por las historias, la ficción y el acto de escribir. Dos de mis cuentos más viejos, perdidos para siempre con el estropeo de la antigua Pentium III de mi casa —uno de mis traumas de inicios de la adolescencia— eran fanfics predecibles de la saga: A Bounty Hunter’s Tale y Jedi Journeys. Star Wars me enseñó la insondable belleza de los mundos posibles. Ha sido entonces parte de mi educación sentimental e intelectual, ingrediente esencial en el desarrollo de una sensibilidad primaria, infantil, muy amable, que continúa mutando, cimentándose con la experiencia y el encuentro con otras historias.

Tras la fraudulenta trilogía de secuelas de Disney —algo en lo que no vale la pena explayarme ahora— atravieso una etapa de saturación de Star Wars, mas la franquicia parece imparable. Ni siquiera la pandemia del COVID-19 parece aplacarla: hoy se acaba de confirmar una nueva película dirigida por el talentoso y muy solicitado Taika Waititi. ¿Tendremos Star Wars hasta el fin de los tiempos? ¿Continuarán Disney y Lucasfilm creando estas historias cuando mis supuestos nietos tengan sus primeros descendientes? ¿Cuando un apocalipsis zombi se coma a la mitad del planeta? ¿Cuando una nueva guerra mundial arrase con Europa o Siria? ¿Cuando nos invadan extraños extraterrestres fusiformes con rostro de bivalvo? ¿Habrá algún reboot? ¿Recastearán a Luke o Leia en algún momento (por todos los Ewoks de Endor, no por favor) o los seguirán rejuveneciendo y reviviendo digitalmente per saecula saeculorum?

Clásica fotografía de Carrie Fisher en una sesión playera de la revista Rolling Stone, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Aquellas cuestiones, al fin y al cabo, me tienen sin cuidado. Vivimos un momento en el que la crónica de aquel granjero soñador de Tatooine se expande indeciblemente, más allá de aquellos dos soles gemelos que contempla silente, con más vida que nunca. Para bien o para mal, hay Star Wars para rato, mas prefiero darme un respiro del futuro de la saga y volver a sus raíces. Hasta que se les ocurra hacer un spin-off de Jar Jar Binks, hay que estar agradecidos…

De pronto suena a cualquier dislate de efemérides de turno, mas aquellos que comprenden saben que es cierto. La deuda con Star Wars prevalece. May the Fourth!

Los personajes de la trilogía original de “Star Wars” en plena pandemia del coronavirus (Créditos: desconocido, hallado en Internet).

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Star Wars Day: the nostalgia for amazing times

ABSTRACCIONES, Cine, In English, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

The original cast. From left to right: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill and Carrie Fisher (Credits: Lucasfilm / Disney).

Evoking the movie trilogy that changed my life (and that of millions)

[Texto en ESPAÑOL]

Today is Star Wars Day, one of my favourites stories ever, if not my favourite. One of my biggest guilty pleasures, despite the decline of its latest movies. Because of this, today it is time to interrupt my daily routine to evoke the saga and perhaps see some of its classic entries (not the prequels or sequels or spin-offs or cartoons). Why not.

Star Wars Day is known for the catchphrase May the Fourth be with you, a funny pun on the powerful quote of metaphysical transcendence May the Force be with you, repeated throughout all installments of the galactic saga. Of course, this calembour would not make sense in Spanish—my mother tongue —, since there is little similarity between Que la Fuerza te acompañe and Que el Cuarto te acompañe. The phrase was first used in 1979, when Margaret Thatcher was appointed Prime Minister of the United Kingdom. The first woman to take office was congratulated by members of the Conservative political party, who through the London Evening News expressed “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations ”. Interestingly, the quote influenced from Lucas’s May the Force be with you was later recycled by the fans of the saga, and now May 4 is the official day of Star Wars around the world.

Carrie Fisher and Mark Hamill having fun on the set of “The Empire Strikes Back”, circa 1980 (Credits: Lucasfilm / Disney).

My relationship with that galaxy far, far away goes through my whole life. The first time I saw Star Wars I was five years old. It was a VHS recording of The Empire Strikes Back (1980). My older brother had recorded it from Cine Millonario, the legendary block of Sunday night movies in Frecuencia Latina, a Peruvian national broadcast station. If my memory does not betray me, it was a weekend afternoon, perhaps a Sunday. My uncle was visiting us and in my recollection the scene of Luke and Yoda on the swampy planet Dagobah converges with the voices of my parents and my uncle laughing and gossiping in the background. I also remember the classic label with the name of the film at the bottom left of the screen: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS“. Now everyone in Hispanic America knows the franchise as Star Wars, but back then we were more used to our version, which means Galaxy Wars. A curious translation, considering that there was no war between galaxies in the entire trilogy. That name given by the dubbing was fixated in my mind like a remora to a shark. Filled with wonder and joy, I invaded my brother and sister with questions, who was that little green monster? Who is the bad guy? What is a Jedi? I was unstoppable. However, memory is as fragile as fallacious and perhaps my evocation is a selective construction. Maybe it was The Return of the Jedi (1983) and maybe it was a Monday night without my uncle. Either way, this is my oldest memory of Star Wars and one of the most endearing of my childhood.

It was 1993: in Peru, the auto-coup of our dictator Fujimori was already celebrating its first anniversary and the internal armed conflict between the Armed Forces and the Shining Path was decimating the Asháninka and Nomatsiguenga indigenous populations of Satipo… In the world, Bill Clinton was becoming the fortieth second President of the United States and Nelson Mandela was receiving the Nobel Peace Prize. And while new Hollywood’s blockbusters like Jurassic ParkMrs. Doubtfire or Schindler’s List were conquering the world, I was giving myself up to La Guerra de las Galaxias.

I went crazy when my brother revealed that he also had recorded the other two movies. And that’s how it all began: I watched that version of the original trilogy over and over again on those old VHS cassettes until 1997, when I started third grade in a new school during the days of the Star Wars Special Edition fever and borrowed them to a new classmate who never returned them. Despite that sad episode, life went on and so it did my obsession. We grew together.

Peruvian poster of “A New Hope” to promote the movie in theaters in Lima, Peru, 1978 (Credits: Archive of the Arkiv Peru website).

Anxious to recreate the adventures of Luke, Han and Leia, I used to find it sad that there were no Star Wars action figures. I only had a handful of survivors from the Kenner collection of the seventies and eighties, inherited from my older brothers: a Tusken Raider, an RD-D2 without legs, a Gamorrean guard and Princess Leia. I used to play with three G.I. Joes that were replacing Luke, Han and C-3PO; the Gamorrean was Chewbacca; and completed the group with the disabled R2 and the classic Leia. So I fantasized until 1996, when my dream came true and it arrived to Peru, materialized by Hasbro. The Power of the Force collection, the return of the galactic saga’s action figures, revived the spell on me that Dragonball or Marvel superheroes or the Ninja Turtles were beginning to diminish. With the toys came later comics and some novels. By 1999, when The Phantom Menace appeared, the first film in the Star Wars prequel trilogy, I was already a small expert or at least I thought I was—I had no idea how vast was that Expanded Universe of comics, novels and video games. I even belonged for a few years to a fan club in Lima, The Force Perú, where I won a raffle for the first time in my life, at age 11, and became an owner of a Junior Jedi Training Manual, a booklet with accessories and an audiobook where I had to sign a very serious “Junior Jedi Oath” at the end. I still have it. I embraced the prequels and with the adolescence and adulthood I understood better the franchise and its imperfections: The Return of the Jedi, my favourite during childhood, was displaced by The Empire Strikes Back; I joined – temporarily, now I have somehow accepted it – to the everlasting hate campaign towards Jar Jar Binks; and I hated the romantic scenes and lines between Anakin and Padmé. But all that did not affected my love for the saga. After the madness of 2005 with Revenge of the Sith, which took it upon itself to leave the reputation of prequels in a better place, life went on. Reading any occasional book, buying an action figure or watching the animated television series and everything was okay. Star Wars amalgamated with my existence organically. I did not need more.

I have learned a lot from that space opera that translated the “Hero’s Journey” of Joseph Campbell to our times, that crossed all geographical and social barriers and became a pop culture phenomenon for four decades. I grew up quoting Ben Kenobi, Luke, Yoda, even Qui-Gon, later. It made me question the existence of luck and coincidences, reflect on the duality of good and evil in all of us and the possibility of making the wrong choice, wonder about the Force and therefore about the existence in God and divinity, revaluate the importance of family, and contemplate as essential the search for a mentor in life. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill and Denis Lawson on a shot behind the scenes of “Return of the Jedi”, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Star Wars also nurtured my addiction to stories, fiction and the act of writing. Two of my oldest short stories, lost forever with the malfunction of the family’s old Pentium III—a trauma of my early adolescence—were predictable fanfics of the saga: A Bounty Hunter’s Tale and Jedi Journeys. Star Wars taught me the unfathomable beauty of possible worlds. Then, it has been part of both my sentimental and intellectual education. An essential ingredient in the development of a primary, childish, and very warm sensitivity, that continues to mutate, across the experience and the collision with other stories.

After the failed trilogy of the Disney sequels—something that is not worth going deeper on now—I am going through a phase of saturation of Star Wars, but the franchise seems unstoppable. Not even the COVID-19 pandemic seems to appease it: a new film directed by the talented and highly sought-after Taika Waititi has just been confirmed today. Will we have Star Wars until the end of time? Will Disney and Lucasfilm continue to create these stories when my alleged grandchildren have their own descendants? When a zombie apocalypse eats half the planet? When a new world war crash with Europe or Syria? When we are invaded by strange fusiform aliens with bivalve-like faces? Will there be a reboot? Will they recast Luke or Leia at some point (for all the Ewoks of Endor, please not) or will they continue to digitally rejuvenate and resurrect them per saecula saeculorum?

Classic photograph of Carrie Fisher during a Rolling Stone magazine beach shoot, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Those questions, after all, do not matter to me. We live in a moment in which the adventure of that daydreamer farmboy from Tatooine expands unspeakably, far beyond those two twin suns that he silently contemplates, more alive than ever. For better or for worse, Star Wars has come to stay, but I prefer to give myself a break from the future of the saga and return to its roots. As far as they do not announce a Jar Jar Binks spin-off, we have to be grateful…

It may sound like a cheap thought of any given holiday, but those who understand know it to be true. The debt to Star Wars prevails. May the Fourth!

The characters from the original “Star Wars” trilogy in the middle of the coronavirus pandemic (Credits: unknown, found on the Internet).

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Los cuerpos sutiles de Johanna Hamann

Arte, Arte peruano, ENTREVISTAS y PERFILES, Escultura, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 7 Abril, 2020

Johanna Hamann en su retrospectiva en el ICPNA, 2016 (Créditos: PuntoEdu/PUCP).

El 7 de abril del 2017 falleció Johanna Hamann, una de las escultoras peruanas más notables de las últimas décadas. Tenía 62 años. Conversé con ella un año antes para la revista Asia Sur, a raíz de la exposición de su retrospectiva en la galería Germán Krüger Espantoso del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores. Hoy, en el tercer aniversario de su muerte, comparto el texto.

*** Este texto fue publicado originalmente en la revista Asia Sur (Edición marzo, 2016).

 

Johanna Hamann es una de las más insignes representantes de la escultura contemporánea peruana. Para ella, el adentramiento plástico es reflexión, silencio y autoconocimiento. Hoy conmemora sus casi cuarenta años de obra artística con una muestra retrospectiva en la galería del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores. Una vida entregada a la exploración del cuerpo y la forma.

 

La modelo se encuentra de pie con las manos cruzadas por detrás. La cabeza alzada al extremo, con la mirada ascendente. Magra y desnuda, su belleza contrasta con el significado que subyace a su posición. Parece sometida por algún hado incierto. Para la escultora Johanna Hamann, ella sugiere opresión. Deseaba desatar su imagen y esencia. Enlaza la contemplación de su modelo con la realidad, la historia o aquello que lleva dentro. Ello inspiraría Cuerpo I (Opresión), la mujer de cera de tamaño natural que iniciaría la serie El Cuerpo Blasonado (1997): un reflejo tan cruento como noble de la vida, el dolor y la muerte. Refugios donde la anatomía femenina dialoga con el sacrificio, palpando una tanática liberación, como quizás refleje Cuerpo II (Libertad), una criatura antropoide de olivo cuyas piernas humanas y torso se extienden en un par de apéndices de madera gigantes, cual alas de polilla. Así, Cuerpo III (Ejecución), revela la voluntad y fuerza de ir contra el cuerpo: una mujer de cera de cabellos largos y tenue sonrisa atravesada por una guillotina de acero inoxidable. El cuerpo sensible con fierro incrustado es una idea que se replica en trabajos precedentes, como Mujer de Madera o Esqueleto, que guardan connotaciones con la guerra interna que nuestro país sufrió durante dos décadas. “En mí anidan elementos que me mueven de fuera para adentro y viceversa. Voy experimentando en el camino, lo que encuentro me lleva a lo siguiente”, cuenta la artista, mientras recorre la galería.   

Johanna Hamann: “Libertad II”, 2013. Escultura en olivo, 219 cm. x 190 cm. x 70 cm (Créditos: Augusto Carhuayo).

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Johanna Hamann (1954) no ha perdido tiempo. Su vocación se encauzó tempranamente: dibujaba y pintaba desde pequeña. A los diecisiete años era una de las estudiantes de la entonces Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Católica, donde conoció y llevó cursos con Adolfo Winternitz, el recordado pintor austriaco fundador de la Escuela de Arte, la escultora italiana Anna Maccagno y la pintora abstracta Julia Navarrete, entre otros. “Ellos transmitían su interior: hallar nuestra propia forma de expresarnos para descubrirnos como artistas. Allí adquirí la fe en indagar quién quiero ser como alguien que crea, como artista”. Su menuda promoción fue aquella sitiada por la naturaleza, recién mudada al Fundo Pando, en San Miguel. Bajo esa atmósfera, Johanna exploró diferentes disciplinas artísticas hasta entregarse de forma absoluta a la escultura. Era un momento de iniciación, pero también de tomar decisiones y mirar hacia el futuro. Ella albergaba a posibilidad de vivir a través del arte, y arribaba a un mundo donde quería vivir para siempre.

Johanna Hamann: “Cuerpo II” (Ejecución), 1995-1997. Madera de caoba, acero inoxidable y cera, 145 cm. x 87 cm. x 72 cm. (Créditos: Gino L. Ataucusi Arenas).

Tras licenciarse como artista plástica en 1985, realizó una maestría en humanidades en la misma universidad, que culminó el 2005 con una disertación sobre su proyecto artístico. Aquella fue una etapa de lectura, cuestionamiento e investigación, en la que viajó del inicio al presente de su obra para descubrirla como un continuum del cuerpo como propuesta artística. Johanna ha confrontado la corporeidad desde distintas miradas, discursos y matices. Luego viajaría a Europa para hacer un doctorado sobre espacios públicos y regeneración urbana en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona. Allí estudió los monumentos en los espacios públicos de Lima, enfocada en tiempos de Leguía (1919-1930). El tiempo y la experiencia le trajo a Hamann numerosas exposiciones individuales y conferencias en el extranjero. A su vez, la docencia ha sido un punto de inflexión en su trayectoria: dicta cursos de escultura en la Universidad Católica —su alma máter— desde hace treinta y dos años.

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Pronto serán cuatro decenios comprometidos con la escultura. Johanna erra por los pasadizos de la galería Germán Krüger Espantoso. Es la primera vez que observa su obra reunida, ella la contempla como un reflejo de sí misma: “mis esculturas son parte de mi proceso, de mi vida”. Para Johanna Hamann, el sendero de la creación es una lucha muy fuerte y solitaria. Hurgar insondablemente en sus adentros, con la intuición de buscar aquello que no acaba de concebir, pero cuya existencia anhela con locura. En la necesidad de crear su propio mundo, la lucha prosigue hasta extraerlo de sí misma, y encarnarlo en materiales y objetos. Ahí donde convergen ideas, naturaleza y psicología en un tórrido claroscuro de sensibilidad, ella acecha su obsesión a través del abismo para evocar lo finito del cuerpo y la eternidad del alma.

Johanna Hamann: “Cuerpo I” (Opresión), 1994-1997. Cera, 170 cm. x 45 cm. x 32 cm. (Créditos: Gino L. Ataucusi Arenas).

 

 

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Un año más sin Kapuściński: el reportero del siglo XX

Kapuściński en su escritorio en Varsovia (Créditos de la foto: Maciej Zienkiewicz).

Ryszard Kapuściński fue el hombre que hizo célebre su forma de mirar. El escritor y periodista polaco más traducido y publicado del mundo. A una década de su muerte, su obra prevalece más vigente que nunca.

*** La primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 10/12/2017.

Kapuściński tenía siete años cuando descubrió la guerra. Era 1939 y deambulaba en un prado cerca de su casa cuando reparó en esos destellos que surcaban el cielo, seguidos de un sonido ensordecedor. El entonces pequeño Rysiek –como le llamaban los amigos, una versión polaca de ‘Ricardito’– no entendía lo que sucedía. Un estruendo desmesurado e inexplicable lo alertaba. Rysiek nunca había escuchado una bomba, ni siquiera estaba al tanto de su existencia.  Contempló azorado cómo, desde el bosque, se levantaba la tierra. Nunca había visto algo semejante, una magia siniestra que lo atraía como a todo niño frente a lo incierto. Cuando se encaminaba hacia esa dirección, alguien lo cogió del hombro, tumbándolo al suelo. Era su madre. “No te muevas —susurró—. Ahí está la muerte”. Así lo contó en su primer libro de reportajes literarios, La jungla polaca.

La guerra marcó para siempre a Kapuściński, quien tradujo esta inquietud persiguiéndola durante toda su vida, en una lucha por comprender las diferencias entre los seres humanos: una búsqueda del ‘Otro’, solía decir. El resultado fue una ingente obra periodística y literaria cuyas ideas guardan todavía una intensa vigencia. Hoy, en el decenio de su fallecimiento –y su octogésimo quinto cumpleaños–, aquel “cronista del tercer mundo” voceado numerosas veces al Nobel de Literatura y ganador del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades el 2003; aquel polémico trotamundos que revolucionó los estándares de la narración periodística, es evocado en su tierra con nostalgia y cotidianidad. ¿Quién fue Ryszard Kapuściński (1932-2007)?

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Una tarde gris de otoño en el distrito varsoviano de Ochota. Las hojas de los árboles descansan amarillas sobre el asfalto húmedo, tras la lluvia. La niebla invade silente el vasto parque Pole Mokotowskie. No muy lejos de allí, en el número 11 de la calle Prokuratorska se encuentra la casa de Kapu –como muchos lo conocen en Latinoamérica–. Allí reside una pediatra muy paciente llamada Alicja Kapuścińska. Tiene 84 años y ha sido la esposa del escritor por 55. Un lustro luego de volverse la viuda de Kapuściński, confesó a un semanario local que por lo general no siente que su esposo se haya ido para siempre. Hoy, mientras bebe un té en la sala de su casa, rodeada de premios y reconocimientos y de fotografías de su esposo y familia, esa sensación permanece. “Todavía siento que está haciendo un reportaje. Solo han pasado diez años. Siempre vivimos así: él, fuera de casa por largo tiempo; yo, aquí, viendo sus cosas. Pero él siempre volvía… Cincuenta años en los que él estaba viajando. Imagínate. Para mí es lo mismo ahora”.

El timbre de la casa de Kapuściński en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Alicja esboza una mirada afectuosa y sonríe con frecuencia, mas es de pocas palabras, siempre con un perfecto español, fruto del puñado de años que vivió con su familia en México. Curiosamente, su rostro evoca de alguna forma a su querido Kapuściński: acaso sea la refulgencia de sus ojos, o esa suerte de hexágono que se dibuja en la parte inferior de su rostro al sonreír. Alicja no reza ni enciende velas en nombre de su esposo. Tampoco le habla a su fotografía. Sin embargo, su recuerdo es lo primero que percibe cada mañana. Lo evoca por reflejo: “Solo en ese momento, al despertar, miro al otro lado de la cama. ¿Está durmiendo?, me pregunto y casi en el acto recuerdo que ya no está. Que está viajando”.

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Darse de bruces contra una cobra egipcia en Tanzania y sobrevivir para cruzar la frontera con Uganda desvariando por la malaria. Desplazarse una semana desde China a Rusia a través del inefable Transiberiano, recorriendo los inhóspitos yermos de Siberia. Acompañar a cinco mineros polacos en un periplo fúnebre al otro extremo del país para retornar a su pueblo natal el cadáver de un compañero muerto en una explosión. ¿Por qué hay que leer a Ryszard Kapuściński, aquel vagabundo políglota que acuñó la frase “para ser buen periodista hay que ser una buena persona”?

Quizá porque no se conformaba con entrevistar a líderes políticos. Kapuściński era un reportero sabueso poseedor de una insondable empatía: podía pasar semanas o meses viviendo en aldeas alejadas o barrios marginales, compenetrándose con las costumbres y pensamientos de la gente –acaso una fusión de la observación participante y el periodismo gonzo–, identificándose y dándole voz a los olvidados. Aquello lo ha convertido en un referente del humanismo y la moral en el quehacer periodístico.

Quizá porque era una criatura indefinible: un viajero licenciado en historia que ejercía el periodismo como un novelista, poeta y ensayista, que además era fotógrafo (su faceta menos conocida) y que en su última etapa destacó como un erudito preocupado por las desigualdades y el racismo, crítico de la globalización y el capitalismo y severamente descreído de los medios de comunicación. Y por último, quizás porque el periodismo que practicaba, cuya maestría en la prosa lo aproximaba más al relato breve, era una propuesta mutante espléndida, a caballo entre crónicas de viaje, autobiografía, ensayo, testimonio, poesía y reportaje.

Ciertamente, Kapuściński concibió una impronta única y experimental que solía palpar la ficción. Evitaba fechas o nombres deliberadamente, atribuyéndoles más valor a la idea que denotaban que a los hechos por sí mismos. “Fue capaz de inventar para hacer una verdad aun más verdadera. Era un gran narrador, pero nunca un mentiroso”, aseguró en su defensa Neal Ascherson, veterano periodista escocés. Además de una mutua admiración, compartió esta pulsión literaria con el Nobel Gabriel García Márquez, quien se dirigía a su colega polaco como ‘Maestro’ y lo invitó a formar parte de su Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Durante el primer taller de crónica que Kapu dictó allí, el 2001 en México, alguien preguntó si era justificable agregar una lágrima a una persona para intensificar el efecto literario. Gabo tomó la palabra. “Por supuesto que sí. Refleja mejor la atmósfera del momento, el estado mental de la persona. ¿Dónde está la traición ahí?” Estallaba el debate cuando mira a Kapu y le pregunta entretenido: “tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?”. Su réplica fue una breve y silente sonrisa. Ambos creían que la objetividad conducía a la desinformación.

Por otro lado, no faltaron detractores, como el inglés John Ryle, aclamado antropólogo británico experto en África, quien corroboró diversas inexactitudes y mitificaciones realizadas por Kapu. Argumentaba que El Emperador era más una alegoría del poder comunista en Polonia que un reportaje sobre la Etiopía imperial. “El problema –asevera– es que sus libros se presentan como reportajes reales: no podemos desmerecer su mensaje, su brillantez, sus grandes momentos o su auténtica simpatía por la gente, pero no debemos tomarlo en serio como una guía de la realidad”.

El legendario estudio-buhardilla de Kapu (Créditos: Diego Olivas Arana).

En su monumental biografía sobre Kapuściński, Artur Domosławski coincide en que su obra funciona para comprender los mecanismos del poder en cualquier régimen autocrático. De la misma forma, cuestionó distintos pasajes épicos de la obra de Kapu. Domosławski afirma que Kapuściński carecía de pruebas al narrar que los peces del lago Victoria en Uganda habían crecido anormalmente tras alimentarse con las víctimas de Idi Amin Dada: éstos crecieron simplemente debido a su ingesta de otros peces del Nilo. Kapu se sirvió de esta metáfora para revelar una cruenta verdad. El talento para ‘intensificar la realidad’.

***

La viuda de Kapuściński no está sola esta tarde. Como cada año, su hija ha arribado temporalmente a Varsovia. La artista visual y pintora Rene Maisner conserva el apellido de su primer matrimonio y reside desde hace décadas en Canadá. A sus 64 abriles, parece que el tiempo hubiese acentuado el parecido con su padre: detrás de sus gafas ovaladas, esos ojos pequeños y oscuros comparten aquel destello que los torna casi grises, las cejas arqueadas, la nariz romana y ese rostro que concluye en el hexágono familiar. Hoy es una abuela algo encorvada, mas jovial y veloz. Rene Maisner, la hija de Kapuściński, podría también ser su melliza.

Acaba de retornar de un festival de literatura en Roma, al que asiste anualmente invitada por el Ministerio de Cultura polaco para entregar una premiación en honor a su padre, pero este año fue distinto: el actual gobierno polaco liderado por el partido ultraconservador y católico Ley y Justicia se ha desentendido de la premiación. “Lo mismo está sucediendo con otros artistas o escritores: este gobierno no aprecia a aquellos que lo merecen”, asegura Maisner. La derecha radical polaca no quiere a Kapuściński. Lastimosamente, esa no es la primera traba estatal con la que se topan: también han congelado los planes de Alicja Kapuścińska de convertir la buhardilla en el primer museo oficial sobre su esposo, un proceso que ella ha llevado a cabo por años. “Así funciona este gobierno”, coincide con su hija.

Alicja siempre fue su sostén: era tanto su mánager como la correctora de las primeras versiones de sus libros. Esa devoción no se ha apaciguado, y, acaso como otras viudas literarias, se dedica exclusivamente a preservar la memoria de Rysiek. Desde las constantes visitas de adeptos que buscan conocer el mítico estudio hasta entregar galardones en nombre de su esposo tanto en Polonia como el extranjero, entre ellos el prestigioso Premio de Reportaje Literario Ryszard Kapuściński (con ganadores como el curtido corresponsal de guerra Ed Vulliamy o la Nobel Svetlana Alexievich). Mientras enumera tales actividades irrumpe el teléfono y se levanta del sofá a contestar. “Otra editorial”, comenta con cierto desgano, como quien abre la puerta de la casa y se topa por enésima vez con los vendedores de biblias. Kapuściński le confió su obra inmortal y ella debe protegerla.

Madre e hija se habituaron a tenerlo lejos: durante los sesenta hubo un momento donde dejó de comunicarse por dos años. Fue el máximo periodo de incertidumbre que pasaron: “Estaba perdido en África y nosotras aquí. Eran los tiempos donde no teníamos teléfono, solamente sabíamos de él a través de sus despachos para la Agencia de Prensa Polaca. Iba todos los días a preguntar. Ellos me decían cómo estaba y si estaba con vida”, recuerda Alicja.

Ryszard Kapuściński en Varsovia, 1962 (Créditos de la foto: Janusz Sobolewski/FORUM).

Sería durante otra temporada incierta, años después, que Rysiek retornaría a Varsovia para toparse con una sorpresa. Era 1989 y su padre –recuerda Rene– estaba en Rusia haciendo la reportería para El Imperio. Su madre continúa: “él quería su propia biblioteca, por eso empezamos a construir el estudio. Pronto estaba llena de albañiles, arquitectos y dirigiendo. Él no sabía nada. Cuando volvió subimos hacia la buhardilla y él no quería, estaba cansado, pero fue”. Al llegar, Rysiek quedó atónito, observándolo todo. “¡No me lo imaginaba!”, gritó extasiado, volviendo la mirada hacia su esposa. Ambos sonrieron en silencio, solos en el estudio vacío. Se pasó la tarde transportando sus libros. “Era su templo”, proclama su viuda, con una sonrisa frágil y auténtica. Así fue el primer encuentro de Kapuściński con aquel indecible espacio donde terminaría de escribir su obra.

***

Dentro de un añejo maletín en el estudio de Kapu anidan alrededor de 80 páginas de sus notas. La viuda y la hija aún piensan que estas pueden ser una futura séptima entrega de Lapidarium, aquella miscelánea de reflexiones, relatos o sentimientos que publicó en sus últimos años y cuyo sexto tomo, póstumo, dejó listo antes de que un infarto lo apartara del mundo. Sus tres proyectos pendientes más ambiciosos fueron un libro sobre la historia de Pinsk, su pueblo natal; un retrato de otro gran viajero polaco, el antropólogo Bronisław Malinowski; y acaso el más cercano al resto de su obra, una nueva entrega sobre Sudamérica, que ya llevaba título: Fiesta. En uno de los cuadernos de ese maletín descansa un hermoso pasaje de aquel libro, escrito durante una de sus últimas estancias en nuestras latitudes, en el 2000:

“Lima: en el invierno (nuestro verano), el cielo es de un gris impasible, bajo y plano en las primeras horas del alba; sin nubes, inmóvil y carente de vientos. Más tarde, antes del mediodía, se torna algo más brillante y azulado, pero no en la forma en que las nubes tan solo se dispersan y se alejan, no, es como si cierto proceso químico sucediese en este cielo gris, como si lo grisáceo se fundiera y transformara en azul, para otra vez volverse más gris, más oscuro y devenir en una noche sin estrellas”. Otro de sus apuntes para Fiesta, escrito en el mismo viaje, fue compartido por Domosławski en su biografía: “Como Hitler o Stalin, el líder es una suerte de Dios. Es la mentalidad de los Testigos de Jehová… Abimael Guzmán –el ideólogo de Sendero Luminoso– es un Maoísta. No tiene amor por el Perú, solamente deseos de guerra contra la sociedad peruana”.

Kapuściński junto al teólogo peruano Gustavo Gutiérrez Merino después de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Comunicaciones y Humanidades 2003 (Créditos de la Foto: AFP).

Kapuściński sentía gran interés por el Perú. Estuvo aquí a fines de los sesenta, cuando se enclaustró un mes en un hotel limeño para traducir al polaco el diario del Che Guevara en Bolivia; o en los Andes peruanos en 1970, cuando conversó durante días con granjeros y trabajadores sobre la reforma agraria de Velasco. Su experiencia nómada lo trajo aquí varias veces, mas el tiempo no le alcanzó para adentrarse en nuestra realidad como deseaba.

***

Impoluto, como si Kapu hubiera salido un rato a pasear por el vecindario. Como si el tiempo se hubiese detenido en enero del 2007. La buhardilla de Ryszard Kapuściński es tanto un gabinete de nostalgia como una galería de rarezas. Aquella estancia donde confluyen en solidario desorden el arte y conocimiento humano de miles de libros con recuerdos de toda una vida plasmados en fotos, cartas, postales, cuadernos, libretas de notas y souvenirs. Aquel amplio espacio cuyo techo en pendiente es reforzado por unas vigas de madera colmadas de citas de autores o esquemas para libros. En el escritorio descansa la absurda pila de alrededor de 600 lapiceros que Kapu traía de todo el mundo. Hoy la mayoría carece de tinta, mas la colección sigue creciendo: lectores románticos todavía dejan lapiceros en la tumba de Kapu, en el Cementerio Militar de Powązki.

“Mi papá no tenía un libro favorito”, dice Rene Maisner mientras contempla los estantes. Para ella, su predilección cambiaba con el tiempo. Mann, Baudrillard, Foucault, Brodsky, Auden, Chomsky, Whitman, De Saint-Exupéry o Dostoyevski son algunos de sus nombres más queridos. Sus géneros preferidos siempre fueron la filosofía y la poesía, pero en su etapa final su tendencia iba por el ensayo o reflexión.

Diferentes memorias de autores adornan el templo, como una foto Polaroid en la que aparece cenando entre amigos, donde encierra entre sus brazos a Salman Rushdie; una postal del poeta polaco Edward Stachura desde Nueva York; o una carta de otra paisana y Nobel de Literatura que reza: “Señor Ryszard, estoy bebiendo por su salud. Wisława Szymborska”.

Uno de sus carné de prensa, colgado en la puerta de su estudio (Créditos: Diego Olivas Arana).

El autor de El mundo de hoy escribió sus últimos libros en aquel universo suyo, encerrado en la cima de su hogar, mas tal comodidad no descartaba el desafío. Kapuściński podía pasar semanas conflictuado antes de empezar a escribir, obsesionado por aquella primera línea que, según él, otorgaría el ritmo al resto de la obra, cuenta su hija, y tras hallarla, corría feliz a buscar a su esposa y darle la noticia. Antes de subir al estudio, su madre recordó las tardes enteras que Rysiek pasaba echado en el suelo, la concentración previa a la escritura: “necesitaba mucho silencio: ‘no estoy para nadie’ decía seguido, o desconectaba el teléfono antes de entrar al estudio”. Otro aditivo precedente a la creación era leer como un descosido: el estudio contiene libros de acaso todos los temas posibles y en varios de los siete idiomas que leía y hablaba Kapuściński. Su instrucción fue esencialmente autodidacta: aprendió inglés perdido en India, leyendo a Hemingway; o el español mientras era corresponsal en Sudamérica. Solía jactarse de haber leído al menos cien libros del tema de turno antes de lanzarse a escribir.

Rene Maisner coge la ajada edición en polaco de Historias de Heródoto de Halicarnaso, que acompañó a su padre durante sus primeros viajes y que sería parte esencial de Viajes con Heródoto, su último libro de reportajes. Kapu guardaba gran estima por el griego padre de la historia, a quien él consideraba como su maestro y ‘el primer reportero’. Tras su muerte, Alicja cumpliría un sueño frustrado de su esposo: crear la Fundación Heródoto de Ryszard Kapuściński, que anualmente otorga becas completas de estudios a periodistas jóvenes de toda Polonia. Para Kapu, las ideas y trayectorias de este legendario viajero fueron una inspiración de toda la vida.

Mientras recorre sus páginas llenas de subrayados y anotaciones, Maisner vuelve a regresar en el tiempo. Durante las décadas del setenta y ochenta, conseguir libros en Polonia era casi un deporte. Uno debía cazar las traducciones al polaco de autores foráneos, de escaso tiraje. Su padre gozaba del aprecio de muchos libreros en Varsovia y apoyaba ese tráfico valiente de cultura: ella recuerda haberlo acompañado en ciertas ocasiones a librerías donde recogía libros que no estaban a la venta, guardados bajo el mostrador y conseguidos solo para él. “No era algo corrupto, sino pura camaradería, para conocedores”, sostiene. Si no estaba en Polonia cuando llegaba un libro, se lo guardaban, y en no pocas ocasiones ella lo recogía en su nombre. Los avatares del amor por la palabra escrita.

***

De vuelta a la sala, Maisner encuentra a su madre con la mirada perdida hacia la entrada del balcón. “Se pasaba horas sentado ahí, junto a esos gatos”, cuenta sin apartar la vista. Kapu solía descansar en el balcón contemplando una banda peculiar: uno negro, otro blanco y el último gris. Tres felinos echados sobre el techo del garaje adyacente al balcón. Siempre estaban ahí, cual cuervo de Poe. Fascinado, Rysiek los llamaba por sus colores: hablaba de ellos, les daba leche, los fotografiaba con una de sus cámaras análogas. Tras años de visitas, la misteriosa terna dejó de aparecer sobre el garaje, poco después de que Kapuściński dejara el cuerpo. “Quizá murieron. Él ya no está aquí y los gatos tampoco”, concluye su esposa.

Edición compilatoria de Anagrama, 2019: “Un día más con vida” / “Ébano” / “Los cínicos no sirven para este oficio” / “Viajes con Heródoto”.

Hacia el final de su vida, quizá el reportero del siglo XX reconocía en ellos a algunos personajes de sus primeras crónicas, como ese trío de obreros polacos con los que caminó por kilómetros: errantes sin hogar ni ambición que viajaban de pueblo en pueblo en trabajos de construcción que luego abandonaban, hijos de la crisis de la migración industrial. Criaturas que viven en el margen. Porque aquel fue su mayor interés: hablar de aquellos que ignoramos para explicar problemas universales, ya sea en Varsovia, Lima o Adís Abeba.

Si Kapuściński hubiese presenciado la marcha de los sesenta mil nacionalistas de extrema derecha en el último día de independencia de su patria, clamando por una “Polonia blanca”, se hubiera pronunciado. Si viviese estos tiempos de refugiados, atentados y un peligroso megalómano liderando Estados Unidos, no habría tardado en manifestarse. A través de su obra, Ryszard Kapuściński vivirá eternamente, y su lectura es urgente para intentar comprendernos entre nosotros como seres humanos: nuestras creencias, diferencias y similitudes. Hoy más que nunca.

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El biógrafo del reportero

El primer libro de Ryszard Kapuściński que leyó Artur Domosławski fue El Emperador, aquel extenso perfil de Haile Selassie, el monarca absoluto de Etiopía. Para muchos, su magnum opus. “Es la mejor ‘novela’ de Kapuściński”, coincide divertido. Para él, la bibliografía de Kapu es maravillosa, pero en última instancia, es más literatura que periodismo. Ryszard Kapuściński, el héroe de sus propios libros, fue también un personaje de ficción.

Domosławski es uno de los periodistas más celebrados de Polonia, y en el 2010 publicó uno de sus más afamados libros, Kapuściński non-fiction: la biografía definitiva de quien fue su amigo y mentor durante sus últimos nueve años de vida. Un título que dio la vuelta al mundo, traducido tantas veces como un libro del mismo Kapu. Maestro y discípulo, personaje y biógrafo, se conocieron a mediados de los años noventa en la redacción de Gazeta Wyborcza, cuando un curioso Kapuściński lo buscó para felicitarlo por un texto. Si bien fue laureada y ovacionada en el exterior, en su país la biografía devino en una polémica nacional: muchos la aclamaron pero no pocos juzgaron su contenido como una ofensa hacia su ídolo. La controversia surgió por las revelaciones sobre las relaciones extramaritales de Kapu –que tuvieron su réplica en un prolongado juicio con Alicja, concluido a fines del 2016 a favor de Domosławski–; el análisis de la nebulosa línea entre la realidad y la ficción en la obra del periodista; y su conexión con los servicios secretos de la entonces República Popular de Polonia.

La última edición polaca de “Kapuściński non-fiction” (Editoral: Wielka Litera, 2017).

“El libro no tiene nada desagradable. Hay etapas o decisiones difíciles en la vida de una persona y se cuentan allí, pero nunca tuve la intención de lastimar a alguien”, confiesa el también viajero y cronista. “Para muchos, Kapu es más un mito que una persona real”, agrega. Y es que la empresa de interpretar a Kapuściński puede ser tan profunda como controversial, como demuestra Domosławski al contemplar su ideología política: “Perteneció al Partido Comunista de Polonia por casi 30 años. Quizá se inició como una faceta de la juventud, pero luego su fe prevalece. Siempre fue un idealista. Uno puede estar en desacuerdo con la Iglesia y seguir siendo católico. Así pensaba él”.

Consecuentemente, esta convicción disparó su carrera profesional: en tiempos de fuertes restricciones comunistas en Polonia, Kapuściński recorrió el mundo como el único corresponsal en el extranjero, colaborando de paso con el espionaje polaco. Pero como sostiene Domosławski, él no actuaba con cinismo, sino como un seguidor de la verdad. Una certidumbre que le dio la oportunidad de escribir títulos inmortales como Un día más con vida o La guerra del fútbol.

Un retrato de alguien es una forma de desmitificarlo, de tratar de entender y representar a una persona en diferentes momentos de su vida. Kapuściński non-fiction es uno poderoso y sincero: no una hagiografía que elevara al autor de Ébano, cual mito, sino una investigación narrativa de largo aliento, que encontró en su entrañable y enigmático protagonista a un ser humano que alcanzó lo extraordinario.

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No se culpe a nadie de su sueño

Retrato de Luis Guillermo Hernández Camarero (Créditos: Herman Schwarz).

Evocando a Luis Hernández Camarero a través de tres encuentros: Jaime Domenack, Luis La Hoz y Nicolás Yerovi.

*** En el cuadragésimo segundo aniversario de la muerte del entrañable Luis Hernández, comparto este texto publicado por primera vez en el libro Entrevistas Humanas (2012), editado por la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica del Perú. El libro compila los mejores trabajos del Taller de Entrevista Periodística a cargo del poeta y docente Abelardo ‘Balo’ Sanchéz-León.

 

Solitarios son los actos

Del poeta: Como aquellos

Del Amor

Y de la Muerte. 

Luis Hernández Camarero

 

Soy Luisito Hernández / CMP 8977 / Ex campeón de peso welter / Interbarrios: Soy Billy / The Kid también, / Y la exuberancia / De mi amor / Hace que se me haga / Un nudo en el pulmón. Luis Guillermo Hernández Camarero tenía el corazón ávido de encanto. El mar, el sol, la música, los bares, las esquinas y un amor lo hicieron poeta, volviéndose uno de los exponentes más conspicuos y singulares de la Generación del 60, con un corpus poético tan lúdico como experimental. Nació el 18 de diciembre de 1941, siendo desde temprano una criatura excepcional. Fue un lector precoz y vehemente, también incursionó en otras áreas durante sus años mozos como la fotografía, el teatro, la radioastronomía –obsesionado con captar la música de las esferas- o la música, tocando el piano, la flauta y el violín. Vivió siempre en la calle 6 de Agosto en Jesús María y estudió en el colegio La Salle, donde descubriría más obras y entablaría largas amistades. Médico de barrio, estudió psicología en la PUCP y, tras un viaje a Europa de un año, medicina en San Marcos. Escribía tenazmente, poemas que rayaban entre lo más simple y excelso, tan lúdicos como verdaderos. Publicó tres poemarios: Orilla (1961), Charlie Melnik (1962) y Las Constelaciones (1965). A inicios de los 70 decidió no publicar más y emprender el proyecto que consolidaría su leyenda: escribir sus versos en cuadernos Minerva o Atlas espiral, con plumones Faber-Castell, invadidos de su poesía, encarnada en una hermosa caligrafía acompañada de pueriles dibujos que hacían de esta empresa ológrafa una obra de arte. Cuadernos que obsequiaba por doquier, con un desprendimiento total, entre amigos o familiares, incluso gente que no estaba interesada en la poesía. Cuadernos que seguía escribiendo para, como él afirmó, dejar de sufrir, vencer esa Impecable Soledad. En medio de esa vorágine, se enfermó de la espalda, y fruto de tan intenso dolor, a pesar de su maciza figura y sus patillas de Corto Maltés, se hizo adicto al Sosegón, veinticinco dosis diarias que atenuaban su pesar. Así, Gran-Jefe-Uno-Lado-Del-Cielo, Shelley Álvarez, El Inspector o el Capitán Dexter, empezó a decaer. En estos años, su amigo Nicolás Yerovi se dedicó, junto a él, a estudiar y compilar todos los cuadernos posibles, que Yerovi empezó a recolectar con permiso de Lucho para su tesis de doctorado en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Fue a través de esa coyuntura que en el verano de 1976 lo descubrió Betty Adler, the legendary girl, Che piba, Frazadita. Se enamoraron perdidamente. Nunca dejaron de amarse. Ella lo ayudó y cuidó hasta que se separaron, cuando Lucho partió hacia Buenos Aires para ser psicoanalizado internándose en la clínica García Badaracco -cuyo director, Jorge García Badaracco, había estudiado con Jacques Lacan- con un diagnóstico incierto de problemas mentales, en marzo del 77, meses después de haber dado un único recital inolvidable en el Instituto Nacional de Cultura. El 3 de octubre del mismo año expiró, a los 35 años, bajo nebulosas circunstancias, supuestamente lanzándose a las vías del tren, en Santos Lugares, Buenos Aires. Posteriormente, Yerovi publicaría Vox horrísona (1978), la primera edición de su tesis, legado poético de Lucho compilado en un tomo extenso que se volvería de culto y se agotaría prontamente, al igual que su reedición del ‘83.

Treinta y cinco años luego de su muerte, tres personajes muy relacionados al poeta conversan sobre sobre Lucho, su obra y su desaparición. El primero, Jaime Domenack, artista plástico de una generación posterior, mas cuya devoción es más que evidente, incluyendo el homenaje pictórico más grande y emotivo a Luis Hernández; y los siguientes, Luis La Hoz y Nicolás Yerovi, reconocidos poetas y dos de los mejores amigos del bardo, quienes lo acompañaron en la aventura y en la desgracia.

Betty Adler, Lucho Hernández y el Volvo en una de las pinturas del artista Jaime Domenack, en su serie sobre Luis Hernández.

 

Jaime Domenack

“Lucho es muy importante para mí”, afirma el artista egresado de la Escuela Nacional Bellas Artes del Perú y profesor de Historia del Arte en Cibertec. Su taller, ubicado en el segundo piso de una casa cercana al paradero Venus de la avenida Brasil, resulta un espacio insospechado. Lucho atraviesa toda la larga habitación que conforma el taller. Lo primero que salta a la vista es un enorme cuadro que ocupaba gran parte de una de las paredes, díptico en el que vemos al centro a Andy Warhol, flanqueado por Betty Adler y Lucho en la posición de la clásica fotografía en la que le da el biberón a su sobrina Techi. El trío está rodeado de imágenes pop de los años ’70, alusivas al famoso Estudio 54; o fotos personales, de Domenack de niño, sus padres de jóvenes, sus dibujos animados de la infancia, entre otros. En la otra pared, al fondo, Betty y Lucho manejaban el Volvo felices, con un fondo cromático perfecto. Una fotografía del vate enmarcada, pequeña, junto a otra de sus padres, como si se tratase de un tío suyo, o del abuelo de joven. Se siente en los cuadros de Domenack sobre Lucho un deseo de tornarlo más familiar, de hacerlo suyo.

“Descubrí a Luchito tiempo atrás. Recuerdo haber leído el poema que reza Habiendo robado / Lluvia de tu jardín / Y tocado tu cuerpo / Me duermo / No se culpe a nadie / De mi sueño, sin embargo, en el colegio no nos enseñaron nada de él, eso fue posterior. En realidad lo que me cautivó más fue el artículo de Beto Ortiz en el Somos del ’96, Frazadita, si bien me gustaba antes, allí empezó a fascinarme. Algo sucedió durante esa lectura. Su vida, las fotos que acompañaban el texto –aquella donde está cargando a Techi-, sentí a Lucho muy familiar, muy próximo a mí. Parecía un tío, un compadre, un primo. Alguien con quien podría conversar. Además, por ese entonces, yo estaba investigando los años ’70 en el Perú y de pronto me topo con Lucho y pienso ‘qué perfecto personaje, y todavía en mi país, en mi localidad, en mi Lima’. Esa noche ni siquiera terminé de leer el Somos, leí la crónica de Beto muchas veces y concluí que tenía que conocer a Betty Adler a como dé lugar e investigar más de Luis Hernández. Así comenzó todo”, afirma el pintor.

El artista plástico Jaime Domenack en la presentación de los tres poemarios de Luis Hernández, en La Noche de Barranco (Créditos: Perfil de Facebook de Jaime Domenack).

Ciertamente, la forma en la que emprendió su travesía por saber más de Lucho y llegar a Betty resulta muy curiosa. Lo primero que hizo fue buscar a la chica legendaria en la guía telefónica. Beatriz, Betty, no hallaba nada. Entonces decidió ir a la misma fuente, Beto Ortiz. La gente de Somos le dijo que Beto era un colaborador y no sabían cómo ubicarlo. Sin embargo, la recepcionista que lo atendió le hizo una pequeña corrección: Domenack había preguntado por Alberto Ortiz, mas el nombre del periodista era Humberto. “En la guía, hay como mierda de Alberto Ortiz, pero Humberto, ocho, creo”. Beto lo sintió realmente interesado y aceptó un encuentro. La cita se dio en un pequeño bar en Miraflores, en el que hablaron largo tiempo de su afición compartida por Lucho. Él le prestó su propia documentación sobre el poeta, mas una copia de la tesis de Yerovi. Domenack quedó encantado con el material, el cual fotocopió y consumió vorazmente. No obstante, Beto le confesó que había perdido la dirección de Betty hace mucho tiempo. Aquello lo frustraba. Una noche, un amigo suyo lo invitó a una fiesta en el departamento de Óscar Ugarteche, donde vería a muchos personajes del teatro y televisión. Una gran juerga. Cuando bajó con otros invitados a comprar cigarros, sintió que alguien le golpeaba el hombro. Azorado, volteó en el acto y vio a uno de ellos que le gritaba ‘¡Jaime, mira esto!’: en el directorio del edificio, el artista plástico pudo leer ‘#301 Betty Adler’. No podía creerlo. Era el destino. “No toqué el timbre pero palpé la puerta con suavidad, reflexivo, poéticamente, quizás. Volví a los pocos días y le dejé una carta debajo de su puerta, explicándole todo y mostrándole una fotografía de un cuadro mío: una portada de un álbum de Abba, donde en lugar de los músicos, interpreté a mis padres junto a ella y Lucho Hernández”. Betty Adler le respondería esa misma semana. Estaba impresionada por el cuadro. Domenack recibió una invitación a su casa. Cuando arribó, la chica que trabajaba allí le informó que Betty no podía atenderlo y que en su lugar le dejaba un vino y un álbum de fotos para que revise. Tan extrañado como complacido, no vaciló en aceptar. Su segunda visita fue finalmente recibida por la mítica pareja del poeta. Conversaron durante horas. Esa noche iniciaron una amistad que continúa hasta ahora. Solían reunirse para hablar de Lucho. “A veces nos íbamos a su cuarto a abrir los sobres, pues tenía muchos con cartas y fotos de Luis, y su empleada se preocupaba, veía con malos ojos que un chico joven se meta a su cuarto, pero todo fue amistad y un descubrimiento para mí de quien fue el amor de su vida”. Gracias a Betty, Domenack obtuvo más material del poeta para hacer cuadros, antes lo hacía todo con fotos del periódico o revistas. Todo sucedió entre el ’96 y el ‘98’.

Gracias a su afición, Domenack obtuvo la calificación más alta en su trabajo final para egresar de la Escuela Nacional de Bellas Artes y expuso en lugares como el Peruano Ruso o el Centro Cultural Ricardo Palma. Cada 18 de diciembre asiste al nicho N° 66 del pabellón San Antoliano en el cementerio El Ángel, donde descansa el poeta, a dejarle flores y declamar algunos versos, junto a otros hernandianos. “Cuando uno no sabe cómo comenzar un cuadro debe indagar en sus motivaciones. Mi mayor interés en ese tiempo era Luis Hernández y decidí plasmarlo en mis cuadros”.

Jaime Domenack se levanta un rato para poner algo de jazz setentero. Una canción de Weather Report invade el taller. El pintor admite que, a diferencia de Chabuca Granda u otros personajes peruanos que ha investigado para su arte, con Lucho buscaba enfocarse en su vida, no la obra. “Sus vivencias; lo vi sacado de un álbum familiar y no pude evitar sentir una proximidad, un cariño. Lucho era un niño grande, estaba siempre con gente menor, con chibolos, como yo cuando me mudé a este barrio, hace muchos años, y me hacía amigo de chibolos de 15 o 16, con quienes conversaba y fumaba. Me gustaba volver a vivir esas épocas. También cuando leí que estuvo internado en Stella Maris y las monjas renegaban porque sus amigos le llevaban marihuana y el humo salía por la ventana del cuarto, me gustaba eso porque en esa época yo estaba en Bellas Artes y nosotros lanzábamos mucho. Todo facilitó la identificación. Además Lucho sabía tantas cosas, era un loco genio, un renacentista. Es como si conocieras a alguien y luego te enteras más cosas de esa persona y dices ‘no puede ser, este huevón es mi alma gemela”. Admiraba, además, su gran talento poético y su sensibilidad social con sus pacientes. Dada su condición de pintor, Domenack se encontró a su vez atraído por la gráfica y la imagen que Luis Hernández proponía tanto en su vida como en sus poemas: La Herradura, el SOS de La Herradura, la calle 6 de Agosto, el Marcantonio de la avenida Arequipa, las esquinas, los cinemas, el asfalto, el helado ‘El Buen Humor’ de D’Onofrio, entre otros.

El artista plástico Jaime Domenack junto a una de las obras de su serie sobre Luis Hernández: Betty y Lucho flanqueando a Andy Warhol y rodeados de distintas imágenes de la cultura pop de la época (Créditos: Diego Olivas Arana, taller de Jaime Domenack, 2012).

Al pensar en la muerte de Lucho, Domenack medita silente. Considera su tratamiento en Buenos Aires como un encierro. Lucho sufrió mucho: no podía lidiar con su pesar y además estaba lejos de su frazadita. “Recuerdo que Betty me contó, como algo privado, que cuando Lucho estaba en García Badaracco, le decía en sus cartas que se sentía como Alex de La Naranja Mecánica, por los exámenes que le hacían, para él fueron torturas y horrores muy fuertes. Eso se lo comenté a Rafael Romero Tassara en un correo electrónico y lo incluyó sin mi permiso en su biografía sobre Lucho, La Armonía de H”. Domenack ha contemplado ambas versiones de la muerte, que han consolidado el mito de Luis Hernández Camarero: una dice que se suicidó lanzándose a las vías del tren y la otra sugiere que lo empujaron, un homicidio por parte de algún militar del gobierno de Videla. “Herman Schwarz y Edgar O’Hara viajaron a Santos Lugares y publicaron hace unos años en Somos un artículo que daba a entender que había sido un asesinato. Sé que muchos amigos y familiares de Luis dan el hecho por suicidio, pero en este caso me inclino más por la idea de que lo empujaron”. Durante la dictadura de Videla, no era extraño que desaparecieran artistas o intelectuales rebeldes. Un poeta foráneo como Hernández Camarero podría haber sido un blanco, mas Domenack no culpa a los militares. “Solo digo que alguien lo mató. Creo que han querido deshacerse de él. Kike Wangeman, su gran amigo, te respondería con poesía: ‘Lucho no se suicidó, se suicidó el tren”. Domenack siente que aquello aún falta develarse, pero él ya recorrió tales senderos. Ya no es su tarea. “Tengo un Lucho dentro y con ese he de quedarme. Todo lo dicho, lo hago de corazón”. Mi primer amor / Fue la música / Mi segundo amor / Fue el amor a la música / Mi tercer amor / Fue humano.

 

Luis La Hoz

“Yo ya no quiero hablar de Luis Hernández. Es más, ya casi odio a Luis Hernández”, subraya el poeta Luis La Hoz con ironía, en su casa en la avenida San Martín, Barranco. Maestro en el arte poético, autor de poemarios reconocidos como Los Adolescentes (1987), Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, 33 Poetas suicidas (1988) o más recientemente Los Poemas de Federico (2003) o Una flor amarilla (2004), entre otras obras, fuma sosegado, en el sofá, con un filtro especial que reduce la nicotina. Mientras zarandea suavemente el cigarro sobre el cenicero, recuerda cómo conoció al ‘Gran Jefe Un Lado Del Cielo’. Corría el año 1965. Luis La Hoz frecuentaba la oscura y apacible casa miraflorina de los hermanos Larco. Estudiaba con Iván. Hernández Camarero ya había publicado sus poemarios. Una noche donde los Larco, La Hoz cayó de visita. La habitación de Iván estaba en un segundo piso, al subir se dio de bruces con un personaje sentado en la escalera, con una lamparilla, el cabello desordenado, fumando y escribiendo. “Es Luis Hernández; no le digas nada porque está escribiendo y anda de mal humor”, le dijo Iván. Al rato entró Luis al cuarto y leyó el poema que andaba escribiendo o reescribiendo. Así, se fueron encontrando en esa casa. Tenían mucho en común, pero Lucho, mayor que ellos y muy tímido, era difícil de tratar. Cuando La Hoz, Nicolás Yerovi, Iván Larco, Carlos Cornejo y otros amigos del colegio La Salle publicaron una revista llamada Collage en el año 67, invitaron a Lucho a publicar un par de poemas. Aquello consolidó su relación.

El poeta Luis La Hoz (Créditos: Web del Festival Internacional de Poesía de Bogotá).

Gracias a Lucho descubrió poemas, libros, autores; pero lo que más aprecia fue la revelación del ritmo y los secretos de la poesía. La influencia que tuvo sobre su obra está más relacionada a las figuras. Referencias como el mar -una pasión que ambos compartían-, el sol o la alegría de las calles y los bares. La Hoz se dio cuenta, con los años, de que su insólito camarada siempre procedía con un propósito, todas sus acciones eran justificadas. Por ejemplo, nunca leyó un poema suyo: los tiraba al suelo, dándolos por vanos, mas siempre llamaba para hacerle leer una plétora de versos de todo tipo y de distintos autores. “Lucho hizo que aprendiera. En el ejercicio de la poesía siempre se trabaja mejor con el basurero al costado”. Existe una influencia en la musicalidad, mas no en el estilo de la misma. La Hoz tiene otra forma de expresarse. Su poesía, prosigue, no llegó a ser como la de Luis Hernández. “Hubo un tiempo en el que dejé de leer a Lucho, así como también a Vallejo, y empecé a leer poesía francesa o italiana -que era la que más me interesaba-, para encontrar mi propia voz”.

La Hoz profesa que la poesía de Lucho era una poesía abierta, y la suya, cerrada. ”Lucho era un tipo con una inteligencia y una cultura fuera de lo normal. Era alguien con quien podías hablar de cualquier cosa, una vez me explicó toda la teoría de la relatividad en una pared de su cuarto. No era un hombre normal. Tampoco era un poeta normal, porque había decidido, a partir de los ’70, dejar de publicar. Perdió la fe en los libros. Tres poemarios y se acabó. Incluso allí tú notas ya algunas estrofas de sus poemas que terminan de pronto y te dejan en el aire: Y entonces la noche, no concluye la idea, pero no hay necesidad, pues esa frase es retóricamente bella. Ya en los ’70 rompe con todo, porque él quería realizar su obra abierta, como él me explicaba y discutíamos. Lucho decía que los poemas no tenían inicio ni fin. Que toda obra debía ser un continuum. En realidad, toda su obra lo es. Desde los ’70, la ológrafa, escrita y armada con colores, donde todo es lúdico y repetitivo”. Lucho tomaba un verso de Keats, le daba la vuelta, lo hacía suyo y después lo repetía de otra manera. “Ejecutaba esa poesía abierta que aún no es reconocida en los estudios literarios y poéticos del Perú. Su obra fue eso. Y su vida fue eso. Completamente coherente. Marco Martos se equivocó al decir que a su obra le faltó. A la obra de Lucho no le faltó nada. En la generación del ’60, él fue otra cosa”.

Betty Adler y Lucho Hernández (Créditos: Herman Schwarz).

Su grave voz continúa invadiendo el espacio, imponente. Nadie, según él, ha observado realmente el tema de la obra de Luis Hernández como un continuum. Incluso la tesis de Yerovi o la biografía de Romero Tassara no hablan de ello. Hablar del hombre y su leyenda es importante. Luis Hernández era un tipo agudo y excéntrico que disfrutaba llamar la atención. “A veces me llamaba por teléfono, yo contestaba y lo visitaba de inmediato porque era un privilegio hablar con él de cualquier tema y lo encontraba subido en su ropero, escribiendo fórmulas químicas o físicas en el techo de su cuarto, escuchando Beethoven y hablando en alemán. No me hablaba. Le preguntaba ‘¿para qué me has llamado?’ y no me contestaba. Así era él”. La Hoz podría discurrir en anécdotas extraordinarias semejantes, pero insiste en la urgencia de un estudio literario de su desaparecido amigo. Su teoría lírica, su visión de la realidad social, su posición religiosa o política. “Al hablar de la coyuntura política, uno no necesita ser explícito para ser crítico. Cuando Luis Hernández dice en el fondo todo el mundo tiembla cuando ve un arma está hablando de un miedo que arrastramos hasta ahora. Cuando dice mi país no es Grecia dice que su país no es ese lugar mitológico y reflexivo, sino aquel lleno de curas y tonsurados… lo dice sin decirlo. No es solamente un verso bonito, tiene una condición política y de conciencia. ‘Mi país es Lima, la eterna ciudad de los burdeles’. Lucho tenía una posición política firme de la cual jamás hablábamos porque casi no hablaba. Era un contestatario urbano”. Para La Hoz, la misión del poeta es la poesía, y bajo esa premisa, Luis Hernández, aquel que dobla solitariamente en las esquinas, nunca regaló sus dibujos a los policías en vano. Nada era gratis. “Él era un rebelde, totalmente antisistema. A nadie le importa, pero de Antonio Cisneros o Rodolfo Hinostroza sí se ha observado eso, porque tienen libros, son explícitos y se reconocen como poetas serios. El mundo académico lo ha visto como un gracioso, un poeta juguetón, sin importancia”.

¿Por qué Lucho no figura del todo en las antologías de los ‘60? Por un lado, en esos tiempos no había tantos críticos y por ende, tampoco muchas antologías. Por otro lado, Luis Hernández se alejó del movimiento voluntariamente. No se reflejaba en la manera de ser de los otros poetas, sus contemporáneos. No asistía ni era invitado a reuniones. “Debemos recordar que por esos años él estaba concibiendo su obra real, la manuscrita, con los dibujos y todo. Se apartaba del canon, definitivamente”. Sin embargo, Luis Hernández sería incluido en antologías posteriores, de los ‘70’s u ‘80’s, cuando ya existía el mito. Tras sus tres primeros poemarios, ¿cómo hace un antólogo con su obra posterior? Vox horrísona está escrita a mano, con colores y formas. Al transcribirla e imprimirla se perderían muchos elementos. “Creo que fue el jetudo de José Miguel Oviedo quien dijo que la poesía de Lucho era una obra que estaba comenzando y carecía de estructura. Una obra ligera. Él no tenía ni idea de lo que estaba hablando”.

. Recopilación de algunos extractos de la entrevista a Luis Hernández llevada a cabo por Álex Zisman, publicada por ‘Correo’ en dos partes, el 7 y el 14 de junio de 1975 (Canal de Youtube de la Casa de la Literatura Peruana).

 

Ciertamente, los relatos sobran. La Hoz evoca aquel de Luis Hernández y Yellow Submarine. “Fue un acto de maldad absurda y pueril, contra el cine y contra todos. La cagamos horrible”. Esa noche, Hernández, La Hoz, Iván Larco y otros amigos asistieron al cineclub Virgen Del Pilar para ver la esperada cinta de The Beatles. Todos quedaron absortos ante el despliegue de imágenes de psicodelia y esplendor. Tan idos como intoxicados. Lucho no podía concebir el encanto, estaba embelesado de pies a cabeza. “De repente, este pendejo se desapareció. Al rato regresa con un bulto en su blazer grandote y nos dice ‘vámonos ahora’. Y nos fuimos”. Extrañados, tomaron un taxi y partieron en el acto. Ya en la calle, Lucho saca del blazer un rollo enorme de 35mm. ‘¡¿Qué has hecho?!’, le gritaron todos. Victorioso, Lucho manifestó que era suyo y ahora ellos podrían proyectarlo. Para proyectar un rollo así, ahora inexistente, se requería gran maquinaría. Esos antiguos rollos solían viajar de cine en cine vía moto. Luis Hernández había detenido la proyección temporalmente. No se vio más que un día. “Fue un escándalo, el robo salió en los periódicos, la radio. Todos teníamos un sentimiento de culpa horrible. Birlamos la cinta y todo lo que siguió fue culpa y miedo, éramos unos chibolos y creíamos que nos podían meter presos o algo así. El rollo nunca apareció. No le preguntamos a Lucho, ni queríamos saber del tema, estábamos avergonzados de nuestra pendejada… Marihuaneros de mierda”, dispara La Hoz, seguido de una estentórea carcajada.

La última vez que vio a Luis Hernández. Luis La Hoz volvió a coger el cigarro con filtro y aspiró en silencio unos segundos, rememorando. “Fue antes de su partida a Buenos Aires. Me dijo ‘nos vemos cuando regrese, en La Herradura’. Luego pasaría lo del recital en el Instituto Nacional de Cultura y ya no lo vi más”. Yerovi, él y el resto de sus amigos ya sabían del internamiento de Lucho. “Nunca estuve de acuerdo. La familia quería que se cure, Betty quería vivir con él, le había conseguido un consultorio, pero Lucho ya no quería nada; su poesía se había acabado. No podía escribir poesía. Lucho vivió su cenit hasta los 35 años. ¿Qué iba a hacer? ¿Ser un pequeño burgués? ¿Médico, trabajar y cobrar? Ese no era su mundo ni su estilo ni su deseo. No era de este mundo. Era un ser caído en esos años, en un país como este y en una ciudad como esta”.

Los tres poemarios de Luis Hernández publicados en vida: ‘Orilla’ (1961), ‘Charlie Melnik’ (1962) y ‘Las Constelaciones’ (1965).

Una tarde del ‘77, Yerovi fue a buscarlo a su trabajo. La Hoz trabajaba para el gobierno de Velasco, en propiedad social. ‘Tengo que hablar contigo’, le dijo. Fueron a La Herradura, donde siempre se reunían con Lucho. Mientras tomaban un trago, Yerovi le contó a su viejo amigo que Lucho se había suicidado. Extrañamente, ese día de invierno salió el sol. “Yo siempre sentí, hasta hace ya un tiempo, que Lucho iba a llegar a mi casa e iba a tocar la puerta. Durante muchos años tuve esa sensación. Creo que se acabó cuando fui a Santos Lugares, donde lo encontraron”. No tuvo el valor de recorrerlo todo, se sentó en la estación San Martín, en una plazuela, silente, mientras su esposa exploraba el lugar. Era invierno y era un sitio muy triste, lúgubre. Al regresar a Lima, La Hoz se sentía distinto, como si hubiera dejado eso atrás. “Pero siempre lo tengo presente. Fue mi gran amigo, carajo. Viví con él en la selva, fue médico de mis hijos. Lo amé mucho, como una vez dije, mi amado y detestable”, sostiene, emotivo.

El poeta recuerda por qué cree que su querido amigo y colega se lanzó a las vías del tren. Cuando concibió la idea del libro de la antología 33 Poetas Suicidas, buscó motivado a Lucho para exponérsela. “Me mandó a rodar. Pero días después me llamó y me dijo ‘ven a mi casa ahorita’. Así de detestable era, en ocasiones”. Al arribar, Luis Hernández le habló de un poeta húngaro llamado Attila József. Durante el viaje europeo de Lucho, una noche errando en Budapest, vio los rieles de un tren y de pronto una piedra en la que decía ‘aquí se mató Attila József’. Tras narrar la experiencia, empezó a dictarle poemas, sugiriéndole que debían aparecer en su antología tal cual los iba recitando. Quizás sea tan solo una anécdota, acaso mera conjetura. Para La Hoz, aquello connotaba la contemplación de un desenlace similar. Hernández Camarero ya no quería saber nada más. Genio y niño a la vez, el mundo no estaba preparado para él. “Lucho era un espíritu libre, de aquellos que acontecen cada cien o doscientos años… Soportar tanta belleza, tanto dolor, tanta soledad”. Como cree La Hoz, quizás Lucho quiso expirar en las vías del tren. “Al final, eso no importa, Luchito cumplió su función. El arte es duradero, la vida es breve, 36 años y chau”, concluye La Hoz. Solo la emoción perdura / Solo la armonía quiebra.

 

Nicolás Yerovi

El departamento del poeta y periodista se encuentra en un edificio antiguo y muy bello de Barranco, plagado de jardines y escaleras. En las paredes de su hogar reinaba una gama variopinta de elementos: fotografías del también humorista y dramaturgo en diversos lugares o en distintas portadas de diarios; portadas de revistas suyas o de la famosa Monos y Monadas, fundada por su abuelo el poeta Leónidas Yerovi, de la cual su nieto fue director; y muchos títulos y diplomas. Una suerte de museo personal.

Yerovi fuma entretenido mientras hace memoria. Se ríe de pronto, súbitas carcajadas que acaso no guardan sentido salvo en sus pensamientos, donde moran las historias con Luis Hernández. También era amigo de los cuatro hermanos Larco: Fedor, el mayor, era más viejo que Lucho, quien era de la promoción de Boris, mas Lucho era una especie de adolescente perpetuo: cuando el mayor terminaba sus estudios, se iba a vivir solo, se comprometía o se casaba, él se desconectaba, quería prolongar su juventud, evitar responsabilidades y horarios. Bajo ese plan, se hacía amigo del hermano que seguía. Así empezó a frecuentar a Iván. “Yo era de la promoción de Luis La Hoz y de Iván Larco, así que nosotros heredamos a Lucho”, sostiene, dejando escapar una breve sonrisa. Los tres poetas se encontraban escuchando música clásica. Eran finales de los ‘60.

El poeta Nicolás Yerovi posando junto a su tesis de doctorado de la PUCP: la compilación y análisis crítico de la obra de su amigo Lucho Hernández (Créditos: Ángela Ponce/Diario Correo).

La obra poética de Yerovi deslumbró en los ‘70, con títulos como Mapa de agua (1971), Crónica de ciego (1973), o Quiero morir soñando (1978). Desde secundaria sabía que sería escritor, mas su verdadero propósito es escribir poemas para, como él afirma, ‘enamorar a las muchachas’. Lo demás era accesorio. Sin embargo, también lo influyó el humor, heredado del padre y del abuelo. Ignoraba cómo asociar el lirismo con gracia, ironía y travesura, hasta leer poemas de Luis Hernández como aquel que reza: Te amo / Raíz cuadrada de -1 / Eres un amor / Irracional. Allí comprendió que podía conjugar en un mismo concepto la emoción de los sentimientos y las pasiones que provoca la vida misma con la agudeza y la travesura del sentido del humor. “En ese sentido, la poesía de Lucho me influyó definitivamente”, confiesa Yerovi.

Una noche, acaso una tarde que se convirtió en noche, cuando Yerovi todavía era un alumno de doctorado, lo visitó Lucho Camarero, primo hermano de Luis Hernández Camarero y compañero suyo del La Salle. Entre conversaciones, terminó comentándole que su primo, quien para ese entonces ya era amigo de Yerovi, se había vuelto completamente loco. Allí Yerovi descubrió que su entrañable amigo había renunciado a publicar bajo los estándares editoriales y se había comprometido quijotescamente en reproducir su obra con plumones y cuadernos escolares y la andaba regalando a todo el mundo. El primo de Lucho le mostró uno de los cuadernos. Yerovi quedó embelesado y le dio la razón, “cómo puede regalar esto, es una belleza… ¿Sabes lo que acabas de hacer? me acabas de dar el tema de mi tesis de doctorado”, le dijo al primo del legendario poeta, a quien busco para proponerle el proyecto: que le entregase una relación de cada persona a la que le había obsequiado un cuaderno. Él recolectaría todos, los transcribía a máquina de escribir y los revisaría con él. Sería una empresa azarosa: habría que estudiar bien cada poema, pues Lucho escribía en alemán, italiano, francés, holandés, inglés, castellano, latín, griego y además, traducía a Juan Ramón Jiménez al alemán, a Byron al italiano, y así, ad infinitum. Muchos versos no eran suyos, pero él los traducía y los colaba en medio de sus propias composiciones. Para una edición crítica de los cuadernos, la colaboración del autor era imprescindible. Para su suerte, tras cavilarlo un poco, Luis Hernández aceptó. La tesis doctoral de Yerovi acabó poseyendo centenares de notas a pies de página. Fueron 28 cuadernos recolectados. Dos años de la vida de Yerovi. Mientras evoca tamaña proeza, se levanta de su sofá y se aproxima a un estante, de donde extrae un enorme y viejo tomo redactado a máquina de escribir. Era el hermoso y ajado manuscrito original de su legendaria tesis: Hacia una edición crítica de “Vox horrísona” (Poesía de Luis Hernández 1961-1976).

Uno de los poemas más recordados de los cuadernos de Luis Hernández.

Al recordar la última vez que vio a Luis Hernández, Yerovi despide un poco de humo al fumar, abstrayendo la mirada en algún punto incierto de su sala. Eran fines del ’76. Betty estaba allí. Se encontraron para beber unos jugos y conversar en Marcantonio, en el centro Comercial Risso. “Lo recuerdo tranquilo, normalmente loco, divertido, por momentos fatuo, buscando ser el centro de la conversación, como siempre. No parecía triste”. Hernández y Yerovi no estuvieron en contacto durante su internamiento en Buenos Aires. Cuando Betty lo llamó para revelarle su muerte, corrió unas cuadras por la avenida San Martín hacia la casa de Luis -La Hoz- y le dijo que necesitaban hablar. Partieron a La Herradura y ahí le contó. “Estábamos tan incrédulos, desarmados, impotentes. Era algo que jamás habíamos previsto”, agrega el humorista.

. Extracto del documental que se realizó en los años ’80 sobre Luis Hernández; y el reportaje que hizo Beto Ortiz en los ’90 (Canal de Youtube de Rokopolis).

 

La tesis de Yerovi descansa gigante sobre la mesa. En sus primeras páginas desfilan fotografías a color de los cuadernos de Lucho pegadas con goma, de las primeras que existían. Sus colores reviven de alguna forma las gastadas hojas del manuscrito, ya tornadas mostaza por los años. Los cromáticos yates / Surcan el mar / El mar azul de Prusia. Yerovi sigue hojeando la tesis y con ellas aquel triste episodio de su pasado. “Lo único que trae congruencia a este lamentable acontecimiento es que Lucho tenía debilidad por los poetas románticos ingleses, Shelley, Keats o Byron; siempre me hizo hincapié en el hecho de que todos habían muerto antes de cumplir 36 años. Lucho hubiera cumplido esa edad el 18 de diciembre… Quizás por eso partió el tres de octubre. Esa coincidencia siempre regresa, me hace pensar. Prácticamente no hubo desde que nos conocimos conversación alguna en la que dejara de mencionar este hecho”. Con la distancia emocional y reflexiva que aportan los años, Yerovi piensa que no se imagina a Luchito envejeciendo. Para él, otro motivo para dar su muerte por suicido es que Luis Hernández fue un eterno adolescente. El orden serio de la vida y sus tramos era algo ajeno a su mundo. Yerovi recuerda entre carcajadas un ejemplo de ello: cuando laboraba como médico, no cobraba por la consulta, lo hacía a cambio de fruta, cigarros o chocolates Sublimes. Nada le importaba. “Lucho vivía dentro de una informalidad absoluta, repitiendo versos y poemas en un cuaderno y el otro, mezclando poemas propios con ajenos y haciéndolo con mucho humor, eso me marcó de por vida. Su forma de entender la existencia era la de un desprendimiento continuo de su poesía y de todo. Era libre”. De algo me hablas / Pero el brillo de tu corazón / Te oculta / Algo me dices / Pero el estruendo / De tu alma / Me impide.

Luis Hernández Camarero, como lo evocan Yerovi, La Hoz o Domenack, fue un genio y un alma inefable, acaso imposible. Henchido de pasión, de alegría y de dolor. Si cantara / Lo que en el corazón / Siento / Sería para mí / La canción / Algo indescifrable. El origen de su muerte quizás no se dilucide nunca, mas su legado poético y la leyenda de su paso por estas tierras permanecerán inmarcesibles en el corazón de todos aquellos que lo descubren. Ars longa, vita brevis.

Quinta edición de ‘Vox horrísona’, por Pesopluma.

 

Links relacionados:

  • Diversos artistas leyendo poemas de Luis Hernández.
  • Luis La Hoz leyendo su poema Buena es tu voz.
  • Digitalización de los cuadernos de Luis Hernández por la PUCP.
  • Nuevos libros de Luis Hernández publicados por la editorial Pesopluma.

 

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La princesa se fue de viaje

ABSTRACCIONES, Cine, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 27 Diciembre, 2018

Fisher como Leia en una captura detrás de cámaras de ‘The Empire Strickes Back’ (1980). Tenía 24 años.

Recordando a Carrie Fisher en el segundo aniversario de su muerte.

 

*** Este texto fue escrito una o dos horas luego de enterarme de la muerte de Carrie Fisher, el 27 de diciembre del 2016. Esta es una versión nueva para El Solaz de las Figuras, reeditada y brevemente extendida, mas he decidido no cambiar el tiempo. Creo que tiene más fuerza si se piensa como escrito en ese momento. Agradezco la lectura.

 

Carrie Fisher ha fallecido hoy, a los 60 años, a las 8:55 a.m. en un hospital en Los Ángeles.

60 años de Carrie Fisher.

La noche de ayer conversaba con un amigo sobre los distintos personajes famosos en la política y la cultura que han partido este año. Un comentario breve que nació al recordar la reciente muerte de George Michael hace dos días. Veo listados de estas muertes en las redes sociales, referencias digitales al dolor por tales partidas, maldiciendo al 2016 por Fidel, Prince o Juan Gabriel… Y pienso que es un absurdo culpar al presente año que se va, lo válido o curioso sería cuestionarse qué ha provocado que este número de muertes importantes acontezca en un espacio tan reducido de tiempo. Hace unos días, un taxista evangelista me dijo que aquello, juntos a otros sucesos recientes como la muerte del embajador ruso en Ankara, los constantes terremotos y el Estados Unidos de Trump; todo ello se debía a la influencia del planeta 7X, más conocido como Nibiru, que presagia la segunda llegada de Jesucristo, algo que para el convencido conductor tendría lugar próximamente. ¿Será que Zsa Zsa Gabor, Leonard Cohen o Muhammad Ali no fueron escogidos entre los salvados por El Redentor?

Al mismo tiempo, acaso abstrayéndome en disquisiciones metafísicas, pienso que morir, incluso, sienta bien. Todos moriremos, es parte del contrato de errar por este planeta. En El Silmarillion (1977), Tolkien nos dijo que los humanos albergamos el don de la muerte, envidia de muchas criaturas inmortales, condenadas a vivir en el mundo material, invadido de guerras, desamores y relaciones siempre finitas. Más que lamentar, deberíamos estar orgullosos y agradecidos de haber vivido en la misma línea temporal y la misma ciudad de Oswaldo Reynoso, por ejemplo, fallecido en mayo. Rememorar al personaje de turno, retornar a sus libros, películas o su biografía: repensar su importancia con nostálgica gratitud. Lo dijo el mismo Yoda en el episodio 3 de la saga, Revenge of the Sith (2005): “La muerte una parte natural de la vida es. Regocíjate por aquellos que te rodean y que se transforman en La Fuerza. Llorarlos no debes. Añorarlos tampoco. El apego a los celos conduce. La sombra negra de la codicia, eso es” [1]. La gente se muere, su historia permanece. De eso se trata.

Serie de fotos de Carrie Fisher de David Steen, 1976-1977.

Vuelvo a todo esto al descubrir hoy de súbito que Carrie Fisher falleció por la mañana a causa de un ataque masivo al corazón. La noticia me ha afectado de una forma insospechada. Me entristece saber que ya no forma parte de mi galería de leyendas vivas, que jamás la veré en alguna convención en Estados Unidos o algo por el estilo, ni tendremos la fotografía juntos -quizás con mi action figure de Leia de 1977, heredado de mis hermanos mayores-… El viernes pasado, cuando se dio la noticia de su infarto, mi preocupación fue inmediata, y pronto me invadió un único, fugaz y acaso egoísta pensamiento: que aguante al menos unos cuatro años, cuando ya esté culminada la nueva trilogía y podamos disfrutar de Leia en su último esplendor. Dijeron luego que se hallaba estable y olvidé el asunto. Todo bien. Mark Hamill publicó el día de ayer en su Instagram un mensaje que decía: “Querido Santa, lo único que pido por Navidad es que La Fuerza sea fuerte con Carrie”. Y sucedió. Su desaparición se confirmó hoy, con el mensaje de su hija Billie Lourd, quien la acompañó hasta el final en el centro médico junto a Gary, el incondicional bulldog francés con el que Carrie viajaba alrededor del mundo. “Ella fue amada por el mundo y será profundamente extrañada”, anunció su hija, quien tuvo un pequeño cameo en la última película de la saga como la Teniente Connix. Es una realidad. Carrie Fisher ha muerto. La Princesa Leia Organa de Alderaan se ha hecho uno con La Fuerza. Y dentro de todo, más que pena, la evoco con alegría, por haber compartido con ella, de alguna forma idílica, mi devoción por la saga de Star Wars.

Fisher y Ford. Foto de ‘The making of Empire Strikes Back’ , de J.W. Rinzler (2010).

Carrie Frances Fisher (1956-2016) no ha sido la primera actriz de Star Wars en expirar este año. Ya en abril se fue Erik Bauersfeld -quien interpretó a diferentes alienígenas, entre ellos el entrañable Almirante Ackbar– o en agosto Kenny Baker -R2-D2, una insignia de la franquicia-. Sin embargo, su muerte es definitivamente la más importante, tanto para los aficionados a esta galaxia muy, muy lejana, como para la historia del cine y la cultura pop en general. Personalmente -y esto es muy relativo- diría que representa, junto a las de Bowie y Fidel Castro, la muerte más significativa del año.

 

Fruto de la unión de estrellas fósiles de la talla de Debbie Reynolds y Eddie Fisher, Carrie fue una hija de Hollywood. Una actriz que volcó en celebridad a los 19 años con A New Hope (1977), la primera película de Star Wars -y el cuarto episodio de la saga-. Luego la veríamos en el resto de la trilogía, The Empire Strikes Back (1980), Return of the Jedi (1983) e incluso en la última, el séptimo episodio, The Force Awakens (2015). Este año palpamos nuevamente la magia sideral de contemplarla joven y onírica como la princesa Leia Organa en Rogue One: A Star Wars Story, gracias a la interpretación de Ingvild Deila y el recreo de su efebo rostro con técnicas digitales. De haberse sabido su cercana muerte, la película bien podría estar dedicada a ella, como lo está al gran Peter Cushing. No se ha confirmado si terminó de grabar sus escenas para la nueva película, que se estrenará a fines del próximo año. Fisher todavía tenía mucho que entregar a la saga.

Hamill, Fisher and Ford. (Fuente: Steve Larson para The Denver Post via Getty Images).

Sin embargo, si bien Star Wars sería aquello que la catapultase al éxito y la recordará para siempre, no fue lo único reconocible en su trayectoria. La actriz, guionista, escritora, productora y oradora Carrie Fisher actuó en otras memorables películas, como The Blues Brothers (1980), Hannah and Her Sisters (1986), When Harry Met Sally… (1989), entre otras.

Fisher con Peter Mayhew, el entrañable Chewbacca (Fuente: Twitter de Peter Mayhew).

Otra faceta suya acaso algo ignorada mas muy interesante fue su labor como asesora de guiones o script doctor. Durante el primer lustro de los ’90, Carrie Fisher era considerada una de las más prolijas y cotizadas retocadoras de guiones de Hollywood. Se encargó mayormente de pulir personajes femeninos o mejorar escenas románticas o de humor. Casi la totalidad de sus aportes fueron sin crédito, iniciándose con Lucas y Star Wars: reescrituras de líneas de Leia en Return of the Jedi, la trilogía de precuelas de la saga e incluso un guion entero de la serie de Lucas The Young Indiana Jones Chronicles (el episodio Paris, October 1916). Otras películas donde reescribió guiones fueron Hook (1991), Sister Act (1992), Lethal Weapon 3 (1992), Last Action Hero (1993), Anastasia (1997), The Wedding Singer (1998), Scream 3 (2000) o Mr. and Mrs. Smith (2005), y muchos otros títulos tanto olvidables como emblemáticos: un curioso y lucrativo momento de su vida que evidenció una vez más el potencial creativo de la princesa.

Portada de la primera edición de ‘The Princess Diarist’ (2016).

Publicó diversos libros y guiones, por lo general autobiográficos, como Postcards from the Edge (1987), la novela Surrender the Pink (1990), Wishful Drinking (2008) -que se adaptó al teatro y luego como un documental de HBO-, o su nuevo libro The Princess Diarist (2016), cuya gira realizaba durante su muerte, aquel que reveló su affaire con Harrison Ford. En muchos de estos títulos narró los avatares de su adicción a las drogas, como el LSD, y de sus problemas con la salud mental, como su desorden bipolar. Fisher vivió una intensa juventud que le costó en parte tanto su fama como su salud, pero que también reflejó una cualidad esencial: su habilidad para comunicarse y llegar a los otros a través de su experiencia personal. Este año, la universidad de Harvard la condecoró por sus esfuerzos en torno al activismo y diálogo sobre la adicción y las enfermedades mentales, que “promueven el discurso público sobre estos temas con creatividad y empatía” [2].

Fisher amaba a Leia Organa. Decía que su momento preferido de la princesa era aquel en que ahorca a Jabba el Hutt hasta la muerte. Como ella, muchos fanboys -especialmente aquellos que me precedieron, en los años ’80- crecimos queriéndola: esa fuerza y carisma, acompañadas de frases icónicas como “Ayúdame Obi-Wan Kenobi, eres mi única esperanza” o la entrañable respuesta a Han Solo luego de rescatarlo secretamente de la carbonita: “¿Quién eres?”, preguntó él, cegado brevemente por la criogenia, “Alguien que te ama”, respondió Leia, sacándose el casco y besándolo. El rostro de Leia, el de Carrie Fisher, prevalecerá en nuestra memoria como un canon antiguo de belleza, ajeno a las rubias bronceadas y gráciles de hoy. Quizás una belleza “más elegante y de una era más civilizada”, citando al viejo Ben Kenobi sobre la naturaleza de los sables láser. Lo dijo el encantador Lando Calrissian al conocerla en Cloud City, la surreal ciudad levitante entre las nubes de El Imperio Contraataca: “Realmente perteneces aquí con nosotros, entre las nubes”.

En unas horas iré al cine y volveré a ver Rogue One, en nombre de Carrie Fisher. Leia Organa de Alderaan. May The Force be with you, always.

Carrie Fisher en el 2016. Foto del archivo de la web de Gazeta Wyborcza.

 

[1] Traducción mía de la siguiente cita de Yoda en Star Wars – Episode 3: Revenge of the Sith (2005): Death is a natural part of life. Rejoice for those around you who transform into the Force. Mourn them do not. Miss them do not. Attachment leads to jealousy.

[2] Traducción y edición mía del siguiente párrafo sobre la muerte de Carrie Fisher en una noticia de ABC News del 28/12/2016: In 2016, Harvard College awarded Fisher its Annual Outstanding Lifetime Award in Cultural Humanism, noting that “her forthright activism and outspokenness about addiction, mental illness, and agnosticism have advanced public discourse on these issues with creativity and empathy”.

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