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Chicama: la ola más larga del mundo

Deportes, Ecología y Medio Ambiente, Reportajes, Viajes - Diego Olivas Arana - 29 Febrero, 2020

Atardecer en Chicama (Créditos: Carlos Antonio Ferrer).

El puerto Chicama, a 600 kilómetros de Lima, es hogar de la ola más larga del mundo. Su inefable grandeza y extensión han sido fruto de curiosidad y ambición de incontables tablistas. Dentro de poco, este paraíso surfer podría desaparecer ¿Qué sucede con la ola de Chicama?

 

*** Este texto fue publicado originalmente en una versión más corta en la revista Asia Sur #183 (Edición enero, 2016).

 

Ponga un dedo al azar en el mapa, y ahí donde caiga, un surfista habrá soñado alguna vez con la ola de Chicama, ese fenómeno oceanográfico único en el mundo que bosteza amplio, larguísimo y que se corona como la izquierda más larga del mundo. Cumpliendo aquel sueño, decenas de tablistas arriban a El Point, punto neurálgico del balneario norteño y paradero marino donde hombres y mujeres esperan viaje en ese medio de transporte armado con agua y sal, que favorece extensamente a quien sabe domarla a lo largo de sus dos kilómetros de cresta de espuma. Los favores de la ola han trascendido la orilla: tras los dos minutos y medio que dura su recorrido, decenas de moto taxistas esperan a los tablistas al final del viaje para regresarlos donde todo comenzó. Así de larga es: el retorno puede ser tan agotador, que es mejor pagar un nuevo sol para volver sobre tres ruedas.

Correr esta ola no tiene precio. ¿Por qué, entonces, sepultar tal maravilla de la naturaleza con un muelle?

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En marzo del año pasado, el terminal portuario de Malabrigo en Chicama, en el departamento de La libertad,  conocido también como Puerto Chicama, perdió su muelle artesanal, abatido por la intensidad del oleaje. El gobierno regional contempló la posibilidad de construir un nuevo muelle tipo espigón. Así, tres empresas extranjeras han ofrecido planes de construcción del muelle. Nada ha sido aprobado todavía, mas la polémica ya se desató: el muelle moderno cambiaría para siempre las llamadas ‘olas chicameras’, la meca del surf para el tablista de mundo. 

Para Carlo Grigoletto, de DG Costera, una institución que busca desarrollar proyectos sostenibles para la preservación del litoral peruano, todo está relacionado al proceso de transporte de sedimentos, que es el acopio de residuos arrastrados por las corrientes. «Ellos forman las playas y el fondo marino, que junto a la base sólida rocosa hacen de las rompientes lo que son ahora». Tal construcción sólida impediría el flujo natural de sedimentos, generando riesgos de erosión que afectarían la figura de las playas y el perfil y calidad de las rompientes, transformando la ola más larga del mundo en una corrida de turno.     

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. Clip de las olas de Chicama.

 

Casi dos centurias antes de que el capitán James Cook observase tablistas por primera vez en Hawái, el jesuita y antropólogo español Fray José de Acosta describió en su libro, Historia natural y moral de las Indias (1590), cómo los indígenas del Perú pescaban y paseaban por el mar sobre sus caballitos de totora, cual “tritones o neptunos sobre el agua”. Los primeros tablistas fueron peruanos. Siglos después, en 1965, el surfista hawaiano Chuck Shipman se topó con la inmensa ola de Chicama desde la ventana de su avión, regresando de un campeonato mundial de surf en Punta Rocas. Pronto identificó en un largo mapa del Perú la zona al norte de Lima donde podría hallarse aquel promontorio, y con ayuda de los tablistas peruanos Joaquín Miro Quesada, Oscar ‘Chino’ Malpartida y Carlos ‘El Flaco’ Barreda, descubrió aquello que surfistas de todo el mundo daban por mito o superchería: la ola perfecta de Chicama. Hacerse uno con la ola en Perú sienta bien. Es casi esperable. ¿Cómo salvar la leyenda viva que anida en Puerto Chicama?

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“Entre 1969 y 1972, poco después de que se descubriera la ola, visité Chicama seguido, mientras vivía en Lima. El pueblo no tenía agua corriente, solo un pozo central. No había baños, hacíamos nuestras necesidades en el desierto. Muy pocas casas tenían electricidad, la mayoría eran pequeñas chozas de barro y adobe. Las calles eran pura tierra y arena. La casa de El Hombre estaba más cerca del punto. Los surfistas dormían en un piso de tierra, en una habitación sin techo que estaba detrás de la cocina del señor Hombre. Sin costo alguno. En agradecimiento por su amabilidad, le compramos comidas cocinadas por su esposa por alrededor de 15 centavos de dólar. Esta era la única fuente de ingresos para Hombre y su familia empobrecida. Compartimos nuestro vino y pisco con Hombre, ya que él no podía permitirse ese lujo de hombre rico. Estoy feliz de ver que El Hombre llegó tan lejos y ahora dirige un exitoso hotel”.

Aquel es el testimonio de un viejo surfista apodado Fredisimo. El Hombre es un personaje casi místico en puerto Chicama, quien muy joven se dedicó a acoger a todos los tablistas extranjeros que llegaban en busca de la ola más larga del planeta. Con los años, lo que se inició como un gesto de hospitalidad acabó convirtiéndose en el negocio y legado familiar: el Hostal “El Hombre”, un espacio sagrado para los surfistas, hoy regentado por Doris, la hija de El Hombre. La ola los atrae y genera este intercambio y prosperidad. Como ellos, son muchos los lugareños cuyo trabajo gira en torno al turismo surfista de la ola de Chicama. Algo que podría desaparecer.

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Una joven surfista recorriendo la legendaria ola (Créditos: Javier Larrea).

Hace trece años se propuso la ley N° 27280, la ‘Ley de Preservación de las Rompientes apropiadas para la Práctica Deportiva’. Ley pionera en su discurso, que recién fue legislada en el 2013 bajo la condición de que solo serán protegidas aquellas registradas en el Registro Nacional de Rompientes. Carolina Butrich, campeona mundial de windsurf y coordinadora de la campaña HAZLA POR TU OLA, de la iniciativa Conservamos por Naturaleza, afirma que para realizar tales inscripciones se deben presentar expedientes y estudios que pueden tomar tanto tiempo como dinero. HAZLA busca explicar la problemática y recaudar cincuenta mil dólares para registrar un primer bloque de diez grupos de rompientes importantes, incluida Chicama. “No hay antecedentes de lo que queremos hacer, eso puede ser un problema. Tratamos de establecer un proceso para facilitar los pasos en el futuro”, confiesa Carolina, mientras contempla sonriendo el tatuaje de su muñeca: un heartbeat cuyas ondulaciones reflejan el movimiento de unas olas. La vida evocada en el mar.

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La construcción de un muelle podría ser factible en tanto sea sostenible. Carolina menciona tres principios que deben considerarse para ello: el ambiental, pues al ser un muelle sólido y no permeable, impide el tráfico de sedimentos e incrementa la erosión; el económico, porque la ola de Chicama no es solamente un acontecimiento para surfers, genera gran actividad turística que da muchos puestos de trabajo; y el social, ya que un muelle provocaría la pérdida de arena por retención de sedimentos, ello transformaría las playas, afectando los lugares turísticos y por ende a la población.

Dicen que muchos surfistas erraron toda su vida buscando la ola más extensa y perfecta, aquella misteriosa criatura infinita que los encaminaba al origen del mundo. La legendaria ola de Chicama, la más larga de la tierra, podría acaso ser tal aparición. Y podría, a su vez, convertirse en un pronto recuerdo. Está en nuestras manos.  

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Volver a Lima

ABSTRACCIONES, CRÓNICAS y REPORTAJES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019

ABSTRACCIONES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019 Distrito San Isidro al fondo, Lima (Créditos: Perfil de Flickr de KaMpErƎ & Le-tticia).

Breve asalto de reflexiones migratorias tras 60 días de vacaciones en mi ciudad natal

 

La noche del lunes volví a Varsovia luego de dos meses en Lima. Viví con intensidad: mi esposa y yo compartimos con la familia y nuestros amigos, viajamos a provincia, salimos a eventos, exposiciones, bebimos y comimos. Tras casi dos años sin pisar mi ciudad, la expectativa de esos sesenta días se conjuraba como una eternidad, pero se esfumó de repente. No fue una estadía muy calmada, es cierto, mas fuimos felices.

Ania y yo solíamos repetirnos esta frase acaso en tono de broma y sin embargo entrañando siempre cierta verdad: “solo extrañamos a Dante”, nuestro perro de dos años, querido amigo y compañero, quien se ha pasado el verano polaco en el campo con mis suegros. Y es que salvo la última semana en Lima -donde nos invadió esa conocida sensación hacia el final de cada viaje, cuando ya percibes que falta poco tiempo para volver a tu ritmo habitual y lentamente te entregas a ese calmado deseo de pasar un día normal en casa-, toda nuestra estadía hemos sido presa -yo en particular- de una euforia nostálgica por la familia, los amigos, las calles y espacios antes frecuentados. Un amor al pasado con el que te reencuentras y que ahora es distinto, como es de esperarse, pero todavía te abraza. Si bien he vivido antes en el extranjero, nunca he estado tanto tiempo alejado de casa. Me encontraba adicto a la experiencia de volver.

Salíamos del avión de Ryanair que llegaba desde Madrid -donde solemos hacer conexión-, y caminábamos junto a mi esposa y el resto de pasajeros a través de la pista de aterrizaje del Warszawa -Modlin, aquel menudo aeropuerto internacional exclusivo para vuelos low-cost del que siempre salgo extenuado y adormecido. Avanzábamos en una fila india encauzada por cercas metálicas cuya guía terminaba en la entrada al aeropuerto. En ese momento, todavía en la pista, sentí la caricia del viento sobre mi rostro, ese guiño apacible del verano europeo al que nos adentrábamos, que de inmediato me rebobinó a la misma escena en el aeropuerto Jorge Chávez, dos meses antes. Ya desde esa primera escena la experiencia es tremendamente distinta. Salir del Jorge Chávez para darse de bruces con Lima: la ola de humedad te invade de pronto, como una bofetada caliente y fantasmal. No importa la estación, en Lima respiramos siempre moléculas de agua y uno toma aun más consciencia de ello al volver después de largo tiempo. Una sensación viscosa por momentos -en especial en verano-, pero que aprendí a querer. La primera bienvenida es el abrazo violento de la humedad.

El río Vístula desde el centro de Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

El taxi a las cinco de la madrugada desde el aeropuerto hasta Miraflores: las palmeras. Plaza San Miguel. La odiada línea de combis “S”, que me llevó a la universidad durante toda la carrera. La Costa Verde y el inefable océano Pacífico. Las calles de San Antonio donde crecí, con sus casas miraflorinas antiguas, sus parques con nombres de militares y estadistas, sus perros con abrigos de polar, las ardillas grises, sus panaderías y bodegas. El Malecón de Miraflores. El Pollos Piers y los otros bares de mala muerte alrededor del Parque Kennedy. El Eka Bar y su setlist inmortal. Barranco con la Bajada de los Baños, Sáenz Peña, San Martín, Grau, El Sol, La Noche, Juanito, el Piselli. Los chifas. El Queirolo de Pueblo Libre y el de Camaná. El jirón Quilca con sus libros y juguetes y el Bar de Tito. El Yacana. Los jueves de karaoke del Koca Kinto. Ver películas en el viejo Pacífico, el Alcázar o el Centro Cultural de la PUCP. Cusqueñas negras y Pilsen Callao. Ir a Wong cerca de mi casa para comprar absolutamente cualquier tontería: una Coca-Cola, un Sublime-Princesa-Sorrento-Milky-CuaCua-Pícaras-Margarita-Morochas-Tortees-Cuates-Canchita serrana… Pensar en Lima o en mi viaje a Lima me trae todo esto. Siento que el retrato mental de mi ciudad está demasiado enfocado en ciertos asfaltos, cantidades vulgares de comida y alcohol y en mucha música. ¿Es malo concebir Lima bajo ese inofensivo hedonismo familiar y citadino?

Lo ignoro. Pero Lima no es solo eso. Son muchas ciudades divididas. Un monstruo con muchas caras, la mayoría más adversas, tristes y menos privilegiadas que la apremiada evocación con la que acabo de resumir una parte esencial de mi vida.

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Se extraña Lima, mas hay realidades que me repelan ipso facto. El transporte público, el tráfico y el egoísmo suicida de los conductores de custers y combis y de vehículos privados representan una problemática que he despreciado siempre y con la que me he topado no pocas veces durante mi retorno. Autos pasándose la luz roja, ignorando que pretendo cruzar o cortándome el paso deliberadamente. Cederle el paso al peatón en Lima se antoja como un acto quimérico, alienígena, acaso irrisorio. Más de una vez en Varsovia, Ania me preguntó por qué no cruzo o tardo en cruzar la pista cuando toca. Me tomó tiempo habituarme a la prioridad del peatón: siempre aguardaba alerta, creyendo que les importo un carajo y contemplando la posibilidad de ser atropellado. Como todo limeño.

“Lima la horrible” (edición de Populibros, 1964), de Sebastián Salazar Bondy.

A su vez, el tráfico vuelca en desesperación: me recuerdo enrabiado de impaciencia y aburrimiento -e intensos dolores de espalda y cuello- en la avenida La Marina, Benavides o Javier Prado. Adelantándose a su tiempo, Sebastián Salazar Bondy escribió en el clásico Lima la horrible (Biblioteca Era, 1964): “Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir”. Cincuenta y tres años después, Diego Trelles Paz publicó La procesión infinita (Anagrama, 2017), poderosa novela que curiosamente leí en un momento muy acertado, empezándola en el avión de Madrid hacia Lima y terminándola unas semanas antes de volver a Varsovia. Una de sus páginas más notables reza lo siguiente, confirmando con brutalidad la vigencia de lo descrito por el gran Salazar Bondy décadas atrás:

“La procesión infinita”, de Diego Trelles Paz (Anagrama, 2017).

“… El primer anuncio del delirio automovilístico de lima es una estampida furiosa de custers, combis, taxis, buses, motos y carros particulares que rodean y atraviesan el óvalo de Faucett en distintas direcciones al mismo tiempo. Todo está permitido: meter la trompa del vehículo y cerrar el paso, pasar del carril extremo de la izquierda al de la derecha, acelerando en diagonal, detenerse en cualquier lado de la avenida el tiempo que se estime conveniente, subirse a las veredas, a las bermas con jardines, a las ciclovías, a los parques, a donde lleguen las ruedas, comerse todos y cada uno de los semáforos o simplemente quedarse quieto esperando pasajeros mientras la luz verde agoniza, tocar la bocina frenéticamente, una dos, cinco, diez, veinte veces mientras gritas y golpeas y amenazas y bajas del auto con el fierro de la gata dispuesto ya a romper, a quebrar, a chancar, a destruir, a asesinar a quien sea, por lo que sea, así venga la policía, ¡qué mierda!, tú a la policía te la pasas por los huevos, tombo conchatumadre, aquí yo hago lo-que-chucha-me-dé-la-gana, qué mierda quieres, ¿ponerme una papeleta?, ponme cinco si quieres, igual no las pago, huevonazo, y aprietas y aceleras y chocas y atropellas y te das la fuga y todos vieron pero nadie vio porque si pasa y tienes bille, arreglas, trabajas, ofreces, coimeas, la libras, la olvidas, se olvidan, no saben, no opinan, la vuelves a hacer, todo se puede porque el mundo es ancho e impune cuando enciendes un vehículo y te lanzas sobre las pistas cementerio de las calles de Lima”.  

Y el siguiente párrafo toca justamente ese miedo animal que mencionaba líneas atrás:

“Quizás es por eso que los peatones no confían cuando el Chato respeta el PARE y, con la mano barriendo el aire, los invita a cruzar por delante con una sonrisa. Éste está cojudo. Éste está loco. ¿Qué le pasa? Si avanzo, me mata. Si le creo, acelera y me arrolla. Por aquí es así, lo sabemos todos, es ley-no-escrita: primero el carro, segundo el carro, tercero el carro, cuarto el carro y así hasta el infinito. El que confía muere. En Lima hay que tener ojos en la cabeza y en las orejas por si te embisten por detrás o te levantan de lado. Nadie está libre…”.

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Hace ya varios años, compartiendo cervezas en algún bar de Helsinki, Tapio, un entrañable amigo finlandés (que ama y conoce el Perú más que muchos de los peruanos que conozco) me contó que cuando regresó a Lima unos años después de haber venido por su intercambio universitario, sintió que ya nada era lo mismo. Los amigos estaban en otras partes o tenían otros intereses, los lugares frecuentados ya no existían o habían sido renovados, la gente en la universidad era otra. Fue una sensación natural pero extraña, me dijo. Esta idea se quedó sembrada en mis adentros: mi vida en ese momento atravesaba un momento idílico en Helsinki, e imaginaba cómo sería volver. A inicios de este año tuve la oportunidad de descubrirlo, cuando mi esposa y yo visitamos Finlandia por primera vez desde esa temporada en la que nos conocimos. Los cambios eran evidentes, esperables: ya no había casi nadie de las personas que conocía en la ciudad, el edificio de estudiantes donde vivía estaba invadido por eufóricos veinteañeros, existían ahora algunos nuevos lugares en el centro, y así. Fue un retorno tan nostálgico como dichoso, pues Ania y yo descubrimos -acaso confirmamos- que seguíamos amando esa ciudad. Cuando regresas a un lugar muy importante para ti, donde has vivido momentos inolvidables, la experiencia nunca es la misma, no obstante, ello no aminora su importancia ni mitiga tu emoción. El sentimiento se transforma. ¿Quizás crece, madura, pasa a una siguiente etapa?

El Palacio de Gobierno en una tarde de agosto. Lima, 2019 (Créditos: Diego Olivas Arana).

Todo está en constante cambio, frase tan manida como cierta, y añadiría que ello suele darse para bien. Fue así al volver a Lima. Desde mi familia hasta mis amigas y amigos, todos han dejado al menos un poco de ser aquellos que conjuraba en mi recuerdo. Algunos se han entregado a una pasión que antes palpaban con cautela o han abrazado un movimiento cultural o político. Otros han descubierto su vocación en senderos ya sea muy esperados o alternativos o van camino a convertirse en destacados funcionarios del Estado o en estrellas de la televisión. Hay quienes empiezan una nueva maestría o estudios en Perú o en alguna parte del mundo, no pocos son ahora nuevos empresarios y están por último aquellos que estrenan flamantes parejas o siguen con la misma ya consolidada, encaminándose a la relación adulta (con gato o perro adoptado incluido).

Verlos a todos me lleva a pensar en cuánto he cambiado yo. No pocas veces discurro en estas abstracciones (como todo este texto, habrán de disculparme). Para un puñado de la gente que frecuentaba en Lima soy quizás el único casado o el único que se fue a otro continente por tiempo indefinido. Cambios tremendos: incluso he retornado con unos generosos kilos de más. ¿Soy la misma persona? ¿Está mal ya no serlo? En la cáustica Changes del infinito David Bowie, el estribillo decía: “Time may change me / But I can’t trace time”… “Quizás el tiempo me cambie, pero yo no puedo rastrear al tiempo”. Tanto en inglés como en español, la frase deviene nebulosa, ¿qué diantres quiere decir Bowie con “rastrear al tiempo”? Sabemos que la canción es tanto un grito de rebeldía contra la movida musical de los setentas como una exaltación de sus camaleónicas reinvenciones artísticas, pero creo que también deja un espacio incierto para al menos elucubrar alguna reflexión más interna. De pronto Bowie está tratando de decirnos que, mientras está consciente del transcurrir del tiempo y su efecto sobre él, no sabe con certidumbre cómo o en qué momento la persona que una vez fue se convirtió en quien es ahora. ¿En qué momento uno deja de ser uno para volverse ese otro nuevo? ¿Es una traición o una evolución? Prefiero concebirlo como el cauce natural de las cosas.

. Changes, del legendario David Bowie

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La misma noche en la que llegamos a Polonia, estaba en nuestro hogar, el departamento donde vivimos en Jabłonna. Mi cuñada y su novio, quienes nos recogieron, nos habían preparado una cena y estábamos comiendo y tomando vino. Cuando ya teníamos buen rato conversando, cogí mi copa y los dejé para irme al balcón y echarle un vistazo a mi vecindario. Era la medianoche de un lunes y la imagen era oscura y silenciosa: el patio con juegos para niños rodeado de edificios y automóviles. Ninguna persona y solamente la luz de los postes. Me quedé absorto contemplando unos columpios, sin saber qué estaba sintiendo hasta luego de unos segundos, cuando sonreí. La cálida noche, las luces amarillas y redondas de los faroles, las voces de Ania y su familia riéndose desde mi sala. Me sentía en casa. No esperaba sentirme así al llegar. No esperaba nada, solo retornar a donde resido, seguir adelante. Tampoco se trata de una percepción ajena a Perú: Polonia es mi otra casa. Por primera vez me descubrí aliviado, feliz de llegar a este país y continuar con el ritmo habitual de mi vida. Fue un instante revelador.

En este último viaje acometí una empresa descabellada para los ojos de muchos amigos: pagué por equipaje extra y traje conmigo alrededor de cincuenta de los libros que tengo en Lima y un centenar de mi colección de figuras de acción. Fue una necedad planeada tiempo atrás y que necesitaba realizar (y que Ania comprendió). Sin embargo, alguna vez me he cuestionado el sentido de traer aquí mis pertenencias. Llevo todo a Varsovia, pero luego tal vez me vaya a estudiar a alguna parte, entonces qué, ¿me llevo estas posesiones también o las dejo aquí? ¿He decidido quedarme en Polonia para siempre? ¿Nunca voy a volver a Perú? ¿Solo visitas de uno o dos meses cada tantos años? ¿En qué país quiero vivir? ¿En qué ciudad quiero morir? ¿O será que volveré en mi vejez, para morir en Lima, como hicieron tantos compatriotas? Cada vez que estas disquisiciones se dilatan llego a un callejón sin salida.

Una fotografía de los libros que traje de Lima (faltan unos pocos, creo), ya en mi casa en Jabłonna, Polonia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Tales pensamientos también encierran una noción a la que regreso con frecuencia: mi ciudad. Soy un peruano nacido en Lima que ya no vive allí. Nunca dejaré de ser limeño ni peruano, ni pretendo hacerlo, ¿pero cuál es mi ciudad? Hablo del espacio que escojo voluntariamente como mío. Que adopto como refugio, madriguera, hogar de mis pasiones, creaciones y cuitas, base de operaciones y tierra para mis posibles hijas e hijos. ¿Cuál es mi ciudad? ¿Es el novelesco pueblo de Whitefish, Montana, donde trabajé brevemente en mi juventud y me rompí los ligamentos de la rodilla? ¿Es Helsinki, donde estudié y conocí a mi esposa y pasé uno de los mejores años de mi vida? ¿Es Varsovia, donde empecé desde cero una vida con ella hace más de dos años? ¿Es Lima, donde nací y viví y donde se encuentran mi familia y amigos?

Un profuso número de seres humanos que admiro -y con los que jamás podría compararme- migraron a otra ciudad y la adoptaron para siempre o por un periodo significativo de su existencia. Cioran, Vallejo, Cortázar, Hemingway, Julio Ramón Ribeyro: todos ellos escogieron París (y los tres primeros están enterrados allá). Coetzee vive en Adelaida, Miłosz vivió en Berkeley, Borges murió en Ginebra, García Márquez en Ciudad de México, Bolaño en Barcelona (pero vivió en Blanes). Por otro lado, Kapuściński siempre regresó a su casa en Varsovia, donde murió el 2007. Entonces, ¿estoy traicionando mis orígenes por irme a radicar a otra parte? No lo creo. Evoco ahora uno de mis diálogos favoritos de una de mis películas favoritas, Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997), donde el enorme Federico Luppi interpreta a Martín, cineasta bonaerense que lleva más de veinte años viviendo en Madrid y padre de Hache (Juan Diego Botto), a quien aquí alecciona sobre la migración y la patria:

“Eso de extrañar, la nostalgia, todo eso es un verso. No se extraña un país. Se extraña el barrio, en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento: ¿qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Una estadística. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa…”.

. Escena mencionada de Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997).

Asimismo, en Conversaciones, la compilación de entrevistas a Cioran, (Tusquets, Serie Marginales, 2011), el maestro de los aforismos confesó: “Soy jurídicamente apátrida y eso corresponde a algo profundo, pero no ideológico ni político, es mi estatuto metafísico. Quiero carecer de patria, de identidad”. Y más tarde agrega: “Para mí, París ha sido idolatría. Pero me he cansado, porque envejezco y la ciudad también. El hechizo se ha acabado. Si no la abandono es porque he vivido en ella durante cuarenta años. Pero ya no me inspira… Es una ciudad triste. Está destruida. Se ha convertido en un infierno -o en una pesadilla- que no puedo abandonar. No podría vivir en ninguna otra parte”.

“Conversaciones”, de E.M. Cioran (Tusquets, Serie Marginales, 2011).

Ambas citas son muy interesantes para abrir un debate sobre estas ideas. Si bien no rechazo mi patria ni el concepto de ella, me gusta pensar que ella se traduce en mis amigos, mi familia. Hace unos días bromeaba con una amiga de Lima a quien le decía que la próxima contrataré un container para transportar el resto de mis libros, a lo que ella me respondió que aquella era una situación precisa para infiltrar a todos nuestros amigos escondidos hasta Varsovia, y quedármelos allá para siempre. Si pudiésemos transferir nuestros seres más queridos a esa ciudad al otro lado del mundo donde hemos migrado, ¿lo haríamos?

Una tarde de mis últimos años en la universidad, conversando luego de clases en la cafetería del Edificio Mac Gregor, Juan Manuel Robles me dijo que cuando uno viaja a otro país por un buen tiempo, tiene la oportunidad de ser una nueva versión de sí mismo. Recuerdo haberme quedado con esa frase el resto del día, pues me devolvía a mi vida en Helsinki, donde aquello ocurrió y experimenté una entrega absoluta. Quizás el fantasioso proyecto de transportar a todos mis conocidos en containers hasta Varsovia arruinaría tal proceso. Dejarlo todo y a todos no debe ser solo una consecuencia de la migración, sino, al mismo tiempo, una de sus razones. El porqué de aquella razón es algo que tal vez me tome toda mi vida descifrar. Partí a Polonia para casarme y empezar una vida con mi esposa en su tierra. En más de una ocasión ella ha afirmado que podríamos volver a Lima si yo quiero, y yo me opongo casi de inmediato. Hasta ahora no acabo de comprender el porqué de esa decisión tan testaruda como inconsciente. Después de todo, nadie me está obligando. De quedarme en Polonia toda mi vida, ¿llegaré a mirarla con una pasiva tristeza y decepción, como Cioran? ¿Admitir su caída y al mismo tiempo mi imposibilidad de retornar?

***

Sé que me queda un tiempo considerable en Varsovia. Ciertamente ahora sucede menos, pero hay días en los que detesto este país que me acoge, como también hay días en los que me descubro queriéndolo. Hay días en los que no sé si me gusta esta ciudad o bromeo que estoy atrapado dentro de ella, efecto que también me han generado muchos días oscuros en Lima. Perú y Polonia no son tan distintos, al fin y al cabo: la política es horrorosa, de pesadilla, una vergüenza peligrosa. Hay racismo y discriminación aunque en niveles e instancias muy disímiles. A veces, en momentos de exasperación, me pregunto si estoy loco por haberme ido de un caos para instalarme en otro igual o peor. Pero ultimando el sendero, uno ama Lima. Y ahora puedo admitir que ese amor reverdece e intensifica cuando vives afuera . Ambas ciudades encarnan cierta desdicha, cierto desconcierto, mas también cierta resistencia. Varsovia puede ser hermosa, y todavía quedan largas jornadas por estos lares. 

Hacia el final de esta fragmentada y abierta reflexión, no tengo ni la más peregrina idea. Y con eso me basta.

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El fumadero celestial

Mural en la Ciudad Libre de Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

La Ciudad Libre de Christiania fue fundada en un antiguo cuartel del ejército. Desde su aparición, los coloridos murales y locales de este vecindario reciben más de un millón de visitas al año. Granjeros, joyeros, obreros, músicos, orates, madres, niños, junkies, todos son bienvenidos a este santuario verde en el corazón de Copenhague. ¿Qué es Christiania? ¿Qué tan seguro es? ¿Con quién me puedo encontrar? ¿Con qué me puedo encontrar?

 

*** Una primera edición de esta crónica fue publicada por primera vez en el número 5 de la revista digital de contenido periodístico Carta Abierta, en diciembre del 2014.

 

Copenhague en mayo es un infierno feliz. La metáfora podría parecer equivocada, mas en realidad se trata de un sutil reflejo de la observación. En los tórridos días del verano europeo, las calles parecen un sueño: gente caminando en shorts y sandalias por las calles, vegetando en las bancas y escaleras de la Plaza del Ayuntamiento, junto a los pequeños dragones de piedra que vigilan el lugar. Mujeres y bicicletas. Si bien la cultura ciclista es una de las principales características de Copenhague desde finales del siglo XIX, lo que extraña -y deleita- es ver casi solamente mujeres sobre ruedas. Aquí hay demasiadas ciclistas.

En el antiquísimo puerto de Nyhavn, donde los coloridos edificios del siglo XVII y XVIII resplandecen aún más con el sol y ciegan la vista de todo extranjero, la gente está de fiesta. Cientos de personas descansando en sillas con parasoles junto al canal o en las embarcaciones-restaurante que se encuentran flotando en la misma entrada desde el mar. Un hedonismo curioso, acaso ajeno, invade el lugar. Todos parecen millonarios felices posando para una pintura de verano. Como si la burguesa e incestuosa familia del Festen de Vinterberg se hubiera reunido en este céntrico puerto a vacacionar, por mencionar algo danés. De pronto no está tan lejos del dinero y la perversión: desde su creación hasta mediados del siglo pasado, Nyhavn no era un espacio de ocio representativo de la cultura escandinava. Estaba lleno de cebada, marineros de todas partes y prostitutas. El red light district del norte.

“Diviértete. No corras. No tomes fotos”. Leyes en el Green Light District (Foto: Diego Olivas Arana).

Pensaba en todo esto mientras revisaba mi registro fotográfico y descansaba en una esquina con sombra, en uno de los cuatro edificios idénticos del Palacio de Amalienborg, la residencia de la familia real danesa. Capturaba en una imagen la estatua del rey Frederick V, su fundador, mientras el Cambio de Guardia acababa de terminar. Cada mañana a las once y media, Den Kongelige Livgarde –la Guardia Real de Dinamarca- recorría las calles de Copenhague desde el castillo de Rosenborg hasta retornar a Amalienborg. Los alcancé cuando terminaban el paseo. La bandera no estaba izada en el palacio de Schack, la reina Margrethe II no estaba presente. Bebía con premura el agua de una botella que le compré a un nigeriano ambulante en el parque de Langelinie, en la Bahía del Puerto de Copenhague, donde me adentré entre el tumulto –unos sesenta japoneses- para contemplar a Den lille havfrue, la sirenita danesa de Eriksen, acaso el atractivo turístico más simplón y monótono de Escandinavia. Bebí unos sorbos más, lucubrando. Una inquietud me turbaba: donde dormiría. Era un peruano viajando solo, con menos de cien euros y una mochila de casi diez kilos. ¿En qué estaba pensando? Dentro de mi precaria situación, dormir en la Estación Central de Copenhague sonaba lo más coherente. Sin embargo, había escuchado en Finlandia que era posible quedarme en el barrio autogobernado de Christiania, el principal destino de mi viaje. Tenía que confirmarlo.

– Bueno, un hostel barato en Copenhague es todavía caro para muchos. Quizás si sales del centro puedas hallar lugares a veinticinco o treinta euros la noche. Por otro lado, creo que sí puedes dormir en Christiania. Hay mucha gente, puede ser peligroso, pero creo que si buscas, podrás hallar un espacio. Muchos homeless hacen lo mismo.

Había terminado el free walking tour y la respuesta de Mikkel, mi guía por dos horas,  un tipo delgado y animoso, cuya rojiza barba era tan implacable como sus estentóreas risotadas, terminó de convencerme. Mi arribo a la capital de Dinamarca tenía por latente y especial propósito mi visita a Christiania, mas no consideraba quedarme ahí en primera instancia. Había llegado sin un plan, sin dinero. Desarmado. Entregado a lo incierto. Acaso como se deberían dar todos los viajes. Renunciar a la posibilidad de hospedarme en algún hostel no me costó mucho, tras averiguar los precios. Además de la aventura, la falta de dinero fue una determinante para mi estadía en Christiania. Estaba resuelto.

“Ahora estás ingresando a la Unión Europea”, una de las entradas de Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Fristaden Christiania o la Ciudad libre de Christiania se fundó en septiembre de 1971, en pleno apogeo del hippismo, cuando los residentes del distrito de Christianshavn, donde se encuentra, derribaron el vallado que cubría la extensa área de un viejo y abandonado terreno militar, otrora depósito y laboratorio de materiales y municiones del ejército. Estaba venido a menos desde el final de la Segunda Guerra, mas fue en 1967 que se desatendió totalmente. La mayoría de los vecinos eran padres de familia, que, hastiados de los reducidos ambientes y la densa población de la zona, buscaban un espacio público verde, iluminado, donde sus hijos puedan jugar.

No pasó mucho tiempo para que el lugar se popularizara y Jacob Ludvigsen, periodista danés y partidario del movimiento contracultural provo, fundara Christiania, afirmando en su revista Hovedbladet que se trataba de “la más grande oportunidad de construir una sociedad desde el inicio… La parte de la ciudad que se ha mantenido en secreto para nosotros, pero ya no más”. Así empezó la invasión, por parte de distintos grupos que buscaban escapar del statu quo y vivir ajenos al Estado, en una nueva comunidad. Contra todo pronóstico, aquel espacio militar en desuso que cubría un área de treinta y cuatro hectáreas del distrito de Christianshavn renació como Christiania, un barrio autónomo de aproximadamente ochocientos habitantes, hermano del movimiento hippie y del anarquismo. Una parte del centro de Copenhague que se autoproclamaba independiente del Estado danés y de la Unión Europea. Una verdadera locura.

Llegar a Christiania no fue una tarea azarosa. Tras errar un buen rato hacia el norte por Prinsessegade, di con la entrada principal, en Christianshavn, muy cerca del célebre restaurante Noma de René Redzepi. A pocos metros resaltaba un mensaje artesanal dándome la bienvenida. Allí me reuní con Giovanni Battista, alias GB, un amigo italiano que había conocido en Helsinki y con quien me topé por accidente en el avión. Christiania es lo más diferente a Dinamarca que se puede hallar dentro de Dinamarca. Allí los carros no existen y los perros vagan felices sin dueño. Sus calles son una mezcla de asfalto con tierra, nada está pavimentado. La calle principal es conocida como ‘Pusher Street, la ‘calle de los vendedores de droga’. A través de ella recorrimos distintas partes del vecindario, como bares, restaurantes, souvenir shops o centros culturales. Todo en Christiania es más barato que en el resto de Copenhague –a veces incluso cincuenta por ciento menos- debido a la ausencia de impuestos. En tanto nos alejábamos de la vía principal pudimos ver casas o pequeños edificios –siempre ajados y con graffiti-, mecánicos, ferreterías, panaderías, puentes, esculturas o espacios recreacionales para niños. Suficientes establecimientos para considerarse una metrópoli. Christiania es una ciudad de bolsillo.

Residentes y visitantes fumando y relajándose en Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Muchos de estos lugares estaban alrededor de un gran lago que parecía hallarse en el centro de Christiania, donde los patos y cisnes disfrutan su soledad mientras muchos de los residentes o visitantes los contemplan absortos, idos de tantos psicoactivos. La ciudad tiene cuatro entradas, mas sólo una es considerada la salida, aquella con un letrero curvado que funge de socarrona despedida: You’re now entering the EU -“Ahora estás ingresando a la Unión Europea”. Entrar y salir de Christiania es palpar fugazmente el caos, rompiendo con el estilo de vida nórdica y acaso con el paradigma de sociedad europea.

GB estaba interesado en adquirir marihuana. Y es que esa es una de las más evidentes razones por las que Christiania se ha vuelto uno de los pilares del turismo en la ciudad –quizás superado solamente por el parque de atracciones Tivoli-: su llamado green light district, en Pusher Street. En Christiania es posible consumir y comprar todo tipo de drogas blandas. Se podría aseverar sin vacilaciones que en este menudo distrito la droga están en todas partes. El amable atisbo del olor de la marihuana viajando por tus fosas nasales se torna en algo habitual. Día a día, cientos de turistas y daneses locales pasan por el barrio a comprar, algunos se quedan a consumir –siendo este acaso el lugar más idóneo para ello-. La gente fuma en los bares, en las bancas, en el pasto junto al lago, en el suelo, en terrazas o restaurantes.

Quizás un apelativo más específico no sería una ciudad, sino un Ámsterdam de bolsillo. En el ‘distrito verde’ se encuentran diversos puestos ambulantes de drug dealing que ofrecen diferentes tipos y precios de skunk y hachís. Probablemente sea la parte más oscura del vecindario. La disposición es peculiar: módulos pequeños, algunos unipersonales, cubiertos por lo general por una manta o cortina negra. Algunos de los vendedores, a su vez, tienen el rostro tapado, ya sea solamente un gorro o usando un misterioso pasamontañas. Si hay una insistencia en la clandestinidad de estas transacciones es porque en Copenhague la venta de drogas sigue siendo ilegal. Christiania es un lugar alternativo, un Estado independiente, mas todavía tienen que lidiar con esa realidad. Quizás no sea una democracia per se, mas los habitantes de la ‘ciudad libre’ han impuesto sus propias leyes, volviéndose el único lugar de la ciudad donde se comercia y consume libremente el cannabis. Las autoridades danesas han dejado que esto suceda por más de treinta años, pero desde el 2004 los conflictos y negociaciones por regularizar la situación legal de la comunidad se han incrementado, hasta la actualidad.

Christiania tiene casas y edificaciones tanto extrañas como interesantes (Foto: Diego Olivas Arana).

A su vez, Christiania no es del todo libre. Hasta el día de hoy su existencia genera controversia, teniendo que lidiar siempre con el gobierno. Las cosas cambiaron un poco en 1989, al promulgarse la Ley de Christiania, que transfería la supervisión del área de la municipalidad de Copenhague al Estado danés, y aceptaba la presencia y desarrollo del vecindario en tanto se sometiera a un futuro proceso jurídico y de estandarización.

Fue en ese momento que nos percatamos. Acompañé a GB de tienda en tienda, preguntando por los precios. Como todo backpacker –y quizás como todo buen mediterráneo-, GB buscaba lo más barato. Pronto se decidió: un paquete de 2.8 gramos de skunk por doscientas coronas danesas. Veintisiete euros. Querían convencerlo de adquirir tres paquetes por quinientas coronas. Un atractivo descuento que declinó, arguyendo que no tenía dinero. Intentaron convencerme a mí de que le preste a mi amigo para que obtenga la ganga. Les dije que era sudamericano. GB terminó llevándose solamente un paquete.

Salimos del oscuro módulo sorprendidos por la insistencia de los comerciantes y pensé en fotografiar los puestos al aire libre. Apenas alcé mis manos con la cámara para enfocar cuando una voluminosa mano negra me detuvo. “No pictures”, sentenció. Yo quise saber por qué. Él me señaló un letrero cercano y repitió lo mismo, marchándose, mas sabía que nos observaba a la distancia. GB y yo nos aproximamos al letrero, que tenía el diseño de tres Cannabis sativa en la parte superior y leímos lo siguiente, en danés, inglés, español y alemán:

“ESTIMADOS AMIGOS, EN GREEN LIGHT DISTRICT TENEMOS TRES REGLAS: DIVIÉRTETE; NO CORRAS –CREA PÁNICO; Y NO SE HACEN FOTOS –COMPRAR Y VENDER HASH SIGUE SIENDO ILEGAL”.

Grafiti en alguna pared de Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Ciertamente, el green light district tenía una legislación muy fácil de cumplir. De un momento a otro era evidente que muchos nos espiaban, luego de verme con la cámara. Aquello saboteaba la perpetración de mi registro visual. Desde ese momento, fue casi imposible tomar fotos en Christiania. Poco después, en una joyería ambulante, un latinoamericano me reconocería como igual y entablaríamos conversación. Félix, un bisutero sexagenario de República Dominicana y residente de Christiania desde el 2000. Fue él quien me explicó mejor lo de las fotografías:

– Los dealers que venden hachís acá están siempre preocupados por si toman fotos o video. Piden a todos que guarden sus equipos. Incluso pueden ser violentos. Podrían destruir tu cámara. Muchos son de pandillas grandes, organizaciones que venden droga fuera de Christiania. Ganan mucho vendiendo hierba acá. A veces viene la policía a incautar y cerrar todo, pero ellos siempre vuelven a abrir las tiendas. Y siempre hay muchos clientes. Esto nunca va a terminar.

Hablaba relajado, mientras atendía su puesto y le daba otra pitada a su joint. Sus largos bigotes, tan canos como su larga cabellera, hacían juego con su camisa hawaiana, florida y celeste. Olía a una mezcla de marihuana y tabaco. Fumamos juntos, como todos en la comunidad. Según Félix, la constante presencia de los clientes daneses eternizaba la venta ilegal de drogas suaves. Los junkies daneses se ven atraídos a Christiania como las moscas a la carne muerta.

Erramos por distintos lugares del barrio, preguntando dónde podría quedarme. GB ya tenía un espacio con una amiga en la ciudad, donde no me podían acoger. Finalmente me guiaron hasta las casas donde podía quedarse cualquiera, mas fue en vano. Repitieron lo mismo que decían todos, incluso Félix: no había lugares disponibles, pero podía dormir en el suelo. Otros me decían que vaya a las áreas verdes que circundaban el lago, donde era más seguro. Dormir en el pasto. Una fuerte música reggae se escuchaba de fondo. Parecía venir de todas partes.

Luego de perdernos en la curiosa consecución de espirales que puede ser caminar por Christiania, volvimos a la vía principal. Allí descubrimos el origen de la música. Un nuevo bar inauguraba su aparición con una presentación en vivo y cerveza gratis. Había alrededor de ciento cincuenta personas aglomeradas, bailando, fumando, bebiendo. La música no era mala, un DJ de color y dreadlocks y otro rubio con cola de caballo reproducían canciones de reggae o dancehall. La gente hacía cola para recibir el largo vaso de cerveza. Nosotros nos adherimos ipso facto. Al poco rato nos habíamos aunado al jolgorio: GB, tan stoned como estaba, ahora bailaba motivado, emborrachándose. Yo libaba contento, era mala cerveza, mas cerveza al fin.

La vaga cadencia de la música, amena y constante, invitaba a la contemplación y la indiferencia. Todos meneábamos la cabeza e ingeríamos la cerveza, autómatas. El lugar era un horno, tanto por el sol como por la hierba. Al cabo de un rato los DJ dieron por terminada su sesión y, mientras el público explotaba en vítores, el rubio se acercó a obsequiar álbumes. GB y yo recibimos un par en el que decía “Youngblood Sound: Delux Dancehall Mix Tape 2014”. Luego del concierto, GB partió donde su amiga, hecho un desastre. No volvería a verlo en Dinamarca. Caía el crepúsculo.

Ya solo, empecé a buscar un espacio para comer, hasta encontrar, casi de noche, un lugar acertado para mi dieta. Morgenstedet es un restaurante vegetariano y vegano que sigue la filosofía ecológica que muchos de los habitantes de Christiania han asumido. Una sopa de verduras y unos cuantos panes integrales me revitalizaron.

La noche en el vecindario parecía provocar un efecto intenso en la gente. Reinaba la vida nocturna. Bares abiertos, conciertos, fiestas en locales. Las tiendas de droga al aire libre continuaban, mas con iluminación artificial. Buscando un baño, llegué al Café Månefiskeren, más famoso como The Moonfisher. Allí, un tipo menudo y cuarentón me preguntó de dónde era. Su nombre era Liam y era irlandés –no podía tener otro nombre-. Me confesó que había estado en Lima durante unos meses, años atrás, viajando y corriendo olas. Congeniamos rápidamente y me presentó a los amigos de su mesa, todos del país de los leprechauns. Me invitaban cerveza. Al igual que sus compañeros, el inglés de Liam me era casi ininteligible: decían fuck, fucking o fuck off cada tres o cuatro segundos, su pronunciación no era la mejor y su velocidad al hablar no admitía límites. Tenía una casaca de cuero marrón que le quedaba grande, una frente prominente, ojos muy pequeños y una gruesa nariz. Todo el conjunto me remitía a un doble enano de Mike Ehrmantraut, el entrañable guardaespaldas de Gus en Breaking Bad.

Mural en Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Liam trabajaba temporalmente como obrero en unas construcciones de Copenhague. El gobierno le pagaba cada mes, además de la renta de un pequeño departamento, por un contrato de dos años. Viajaba buscando empleos que le permitan seguir viajando. Odiaba Irlanda y Facebook, era un hijo del mundo: Lima, Berlín, Madrid, Marrakech, Nueva York, Bogotá, Santo Domingo, Londres, Tokio, entre otros. Su exesposa lo detestaba y veía a sus dos hijos cada dos o tres años, en Estados Unidos. Era un narcodependiente y dipsómano consuetudinario. Amaba Christiania. Venía todos los días.

– Uno descubre en la vida que todo es una mentira. Todo lo que he hecho, todo lo que soy, is a fucking lie. Mírame a los ojos cuanto te lo digo, sí, fuck off, it’s a fucking lie! Vamos, yo he vivido en América. Mis hijos viven en América. Nosotros descubrimos América, sabes, los europeos. Llegamos y habían millones de nativos de mierda y los matamos, ¡sí! Fuck it! Espero que alcances a ver toda la figura. Sí, espero que veas cómo funciona. You are fucked over, I am fucked over, my family is fucked over, the world is fucked over, and God is fucked over. It’s all a fucking lie. ¿Sabes? Yo he dado lo mejor de mí. He traído hijos a este puto mundo… Es algo exponencial, is like a fucking eagle, it goes beyond. Estoy loco pero también soy real. Entonces perdóname si sueno fuera de foco. Porque lo estoy. Esto siempre pasa. Y yo sí creo que tienes que disfrutar tu vida, cada momento, cada hora, cada segundo. This is the best fucking place to be in the world, aquí y ahora. Viajar es increíble. Te cambia, y lo cambia todo. Te mueves todo el tiempo y todo lo que conoces se mueve contigo también. It changes your fucking reality. Vamos por otra cerveza.

Aquella fue su manifestación. Entre sandeces e injurias, el tipo decía algunas cosas sensatas. Libaba y fumaba skunk a la vez con una naturalidad apreciable. No obstante, empezó a actuar muy extraño cuando le comenté que no sabía dónde dormiría. Me ofreció su cuarto sin pensarlo, advirtiéndome que era pequeñísimo y dormiría en el suelo. Insistió muchas veces, trayendo el tema a colación en nuestras conversaciones. Para ese momento, estábamos todos en el bar Woodstock, uno de los principales de Christiania. Ya no veía a los demás. No pude evitar extrañarme y temer que su repetida invitación entrañara algún interés sexual. El origen de su bondad y desinterés era tan incierto como sospechoso. Cuando me pidió ayuda para hablarle a una chica en la barra, curiosamente enrabiado y con desespero, le dije que me iba al baño y desaparecí. 

Erré por Pusher Street de noche. Algunas personas tenían una suerte de hoguera donde se calentaban y cantaban. Pensaba buscar el pasto junto al lago y dormir, cuando múltiples luces aparecieron en la salida a Christiania. Un auto de la policía irrumpió en las tinieblas. Me acerqué a dos chicos que estaban sentados en una banca, comiendo un kebab en silencio, a preguntarles qué pasaba. Era una redada en busca de drogas. Cuatro policías daban vueltas por los locales y sacaban a los dependientes a hablar afuera. Los vendedores trataban de proteger sus puestos al tiempo que unos músicos salían a protestar contra la autoridad y tres perros olían unas latas de pintura abiertas y abandonadas en la calle; mientras, otro vehículo de la policía arribaba.

Si Christiania ha tenido problemas en el pasado con la ley es, además del green light district, por los pocos mas no ordinarios accidentes que han quedado grabados en su historial: la granada que asesinó a un veinteañero en Café Nemoland en el 2009. El asalto a mano armada con un muerto y tres heridos en Pusher Street en el 2005. La invasión del barrio por la banda de motoristas daneses Bullshit en 1984 y sus posteriores líos con otras bandas, como los afamados Hells Angels y la guerra por la droga en 1996. Todos esos episodios desestabilizaron la armonía en su momento y tuvieron que hacerse comités, tomar reuniones. Christiania sabía defenderse.

La pareja de amigos del kebab era sueca. Anders y Johan afirmaban ser ‘chicos tontos del campo’, del sur del país, pero estudiaban en Estocolmo. Estaban de salida y me fui con ellos en un taxi a la Estación Central. Entré a Christiania casi al mediodía y salí a las cuatro de la madrugada del día siguiente. Dormí unas horas junto a vagabundos, gente que espera su tren y adolescentes madrugadores.

Al romper el alba, emprendí el camino de regreso a Christiania para encontrarme con Peter y Andrew, dos amigos de Melbourne que acababan de llegar. Cuando salí, aproximadamente entre la Estación Central y el Tivoli, dos mujeres empezaron a seguirme. Era temprano, quizás las ocho. Eran dos mujeres de color, cuya desmedida adiposidad sobrecogía al más incauto. Una era mucho más alta que la otra. Aparentaban tener entre cuarenta a cincuenta años y ostentaban menudas prendas, nada agradables a la vista.

– Hola, ¿de dónde eres, guapo? ¿Quieres tirar? – Propuso la más baja, interceptándome.

– Hola, no, lo siento. Muchas gracias, igual. – Seguí mi camino, apuré el paso.

– ¿No? ¿Estás seguro? Me puedo tomar tu leche. Si quieres te vienes dentro de mi culo, en serio. Te la puedo chupar todo el día.

– No, lo siento, no tengo dinero, tengo que irme.

– ¿No quieres? Te podemos hacer un descuento. ¿En qué hotel te estás quedando?

– En ninguno. Adiós.

La otra nunca habló. Mi apremio se incrementó y seguí recorriendo la cuadra cuando uno de los taxis que pasaba lentamente giró para la calle que iba a cruzar y se detuvo. Ellas lo alcanzaron. Un tipo alto y delgado, con cabello rizado, canoso y largos y albos bigotes salió de allí. Parecía árabe. Los tres se informaron y se dirigieron miradas cómplices. La otra mujer se me aproximó.

– ¿En qué hotel te estás quedando? – repitió, frunciendo el ceño. El supuesto taxista observaba serio, con los brazos cruzados, apoyando su cuerpo sobre el vehículo.

– En ninguno, la verdad. No tengo dinero para ningún hotel. He dormido en la Estación Central, no tengo nada. Ahora debo irme, lo siento. Muchas gracias.

Doblé la calle y no miré atrás hasta haberme alejado lo suficiente. Cuando ya estaba a unos cincuenta metros, volví sobre mis pasos un poco para buscarlos. Habían abordado a otro viajero. Al pasar por la Plaza del Ayuntamiento por un café en algún fast food, desistí. Dos chicos borrachos se batían a golpes frente al McDonald’s, mientras un par de gitanos errantes habían despertado de su sueño en las bancas de la plaza para aproximarse al escándalo y lograr coger los remanentes del desayuno de aquellos violentos daneses.

Ya en Christiania, me senté en medio de la calle, cerca de la entrada principal. Estaba despojado en el suelo en Christiania, cual junkie, como muchos. Pasaba totalmente desapercibido. Esperaba a los australianos sobre una de las calles donde había puestos de comida y donde conocí a Félix, el joyero. Como era temprano, era más seguro y hacía mucho calor. Empezaba a dormirme cuando tres jóvenes muchachas me abordaron.

– Vil du have det? – Me dijo la más bonita, mostrándome una pequeña pelota.

– ¿Qué? – Pregunté. Suelo hacerlo, pues no escucho bien.

– Vil du have det? – Repitió. Sus amigas me miraban.

– Oh, yo no hablo danés. Lo siento. – Repliqué en inglés, sonriendo.

– ¿Quieres esto? – Tradujo en el acto.

– ¿En serio? ¿Qué es? – Extendí mi mano para auscultarlo.

– Tómalo. – Contestó. Sus amigas se rieron.

– Gracias.

Antes de revisar lo que tenía en las manos, me quedé contemplando al trío que partía en dirección a la salida. La rubia que me entregó la curiosa bola volteó para verme y se rio con sus amigas. Parecía una mofa. Al desaparecer de mi vista, escudriñé el juguete. Era una suerte de pelotita grumosa, de un verde oscuro, cual musgo. Al olerla, comprendí que no se trataba de ningún alimento o cachivache peludo. Era hierba. La guardé en mi bolsillo, extrañado por la aleatoria acción de esas muchachas y olvidé el asunto.

Al rato llegaron Peter y Andrew, finalmente. Tras departir y mostrarles lo que había descubierto del lugar, nos dirigimos al green light district, a pedido de Andrew. Luego de ello buscábamos dónde tomar algo mientras Andrew, quien no había comprado nada, manifestaba su frustración, pues, aficionado a los estupefacientes, esperaba encontrar ciertos exponentes de alto calibre que nadie vendía. Casi como una respuesta androide, nos dimos de bruces con un letrero que respondía sus dudas:

“LEY COMÚN DE CHRISTIANIA. EL COMPROMISO DE CHRISTIANIA ES CREAR Y SOSTENER UNA COMUNIDAD AUTOGOBERNADA, EN LA QUE TODOS SEAMOS LIBRES DE DESARROLLARNOS Y EXPRESARNOS, COMO MIEMBROS RESPONSABLES DE LA COMUNIDAD: NO USAR ARMAS, NO DROGAS DURAS, NO A LA VIOLENCIA, NO A LOS VEHÍCULOS PRIVADOS, NO A LAS INSIGNIAS NI PARCHES MOTORISTAS, NO A LOS CHALECOS ANTIBALAS, NO A LA VENTA DE PIROTECNIA, NO A LOS PETARDOS, NO AL ROBO”.

Normas vitales en Christiania (Foto: Diego Olivas Arana).

Ciertamente, en Christiania estaba prohibido el consumo y uso de drogas duras, como la cocaína, las anfetaminas y metanfetaminas, el éxtasis o la heroína desde finales de los años setenta, cuando tenían muchas muertes por sobredosis de heroína y las condiciones de algunos de los edificios, repletos de adictos, eran tan deplorables que afectaban la salud y estabilidad del barrio. El discurso de Christiania apoyaba las drogas blandas o naturales, enfocado en generar una atmósfera de paz y armonía. Aquel encuentro hizo que recordara mi reciente obsequio y se lo mostré a Andrew para que me revelase qué era exactamente. Motivado, Andrew no pudo contener su asombro al informarnos a mí y a Peter que se trataba de un tipo de hachís muy fuerte, mezclado con un poco de tabaco. Era una pelota de unos cincuenta gramos. No podía creer que alguien me hubiera dado tanto de pronto. Convino en probarlo, lo cual fue muy acertado. Quién diría que degustar entre amigos y pausadamente aquella bolita mágica se volvería casi un ritual que practicaría en cada uno de mis viajes, hasta volver a Lima.

Volví con ellos al sendero del día anterior hasta dar con el lago, y me eché a descansar sobre mi pesada mochila. Estábamos rodeados de parejas. Muchas se besaban, toqueteaban, retozaban sin reparos, drogadas y alegres. Antes de quedarme dormido en el pasto, pensé que estaba en medio de alguna versión jamaiquina de las orgías del Zabriskie Point de Antonioni: en vez de devorarse entre las dunas, todos yacían apasionados entre la hierba. Un intenso humo de cannabis se concentraba, en tanto miraba el sol vespertino, perdiendo la vigilia.

Dejamos Christiania por la noche. El par de australianos partió a su hospedaje y me despedí de ellos, dirigiéndome a la Estación Central a dormir. En el camino, presencié peleas y desmadre en las calles danesas. Tenía que tomar un bus a la ciudad sueca de Malmö a la mañana siguiente, pues de allí tenía un avión a Budapest. Partí de la Ciudad Libre de Christiania pensando en su precaria pavimentación y limitada infraestructura, en la realidad de vivir en un ambiente limitado por voluntad propia, rodeados de drogas, mas también un vecindario pacífico y ecológico, muy artístico, un espacio cultural. Para muchos, un refugio para escapar de sus ordinarias vidas danesas; para otros, un distrito del ocio y la adicción olvidado por el gobierno. Para todos, un centro cultural y turístico, acaso tan seguro como cualquier parte de Copenhague, donde cualquier cosa puede pasar.

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Detrás del centenario polaco

Marcha de Independencia de este año (Fuente: Sean Gallup-Getty, publicada en The Guardian).

Breves reflexiones en torno a los 100 años de la independencia de Polonia, celebrado el domingo 11 de noviembre.

 

El sábado pasado viví algo extraño. Algo desconocido hasta ahora para mí, cuyo significado me ha dejado pensando hasta hoy: una reunión entre amigos se canceló por miedo a ser violentados en la calle. Por ser distintos. Por vernos diferentes. Foráneos. Tres inmigrantes hispanohablantes convinieron en que lo mejor era dejar esa reunión amena de pizzas y cervezas para otra ocasión. Todos los días se posponen eventos o encuentros, pero nuestras razones rayaban ahora entre lo ignoto y una necesidad elemental: el bienestar físico -y acaso psicológico-.  Lo frustrante de pronto fue la expectativa. Habíamos pactado esa reunión desde hace días y era probablemente el único día del mes que coincidíamos todos. Un día antes del 11 de noviembre. El día de la independencia de Polonia.

Sí. El pasado domingo se celebró el centésimo aniversario de la Independencia de Polonia, que en 1918 recobró su autonomía tras 123 años de estar invadida por tres potencias europeas: Rusia, Prusia y el Imperio austrohúngaro. 100 es un número redondo, preciso, casi mágico. Un siglo de cualquier cosa es digno de festejarse, y el país que ahora me acoge lo hace con intensidad: alrededor de 200 mil ciudadanos de toda la nación emprendieron una marcha por las calles del centro de Varsovia. Quizás sea el evento público más grande desde la caída del comunismo en 1989. Una desmedida aglomeración que en efecto aconteció sin mayores escándalos -a diferencia de la marcha en Breslavia y sus tres heridos-, pero aquello no la distanció de la controversia. La marcha de este año fue al principio una iniciativa de los grupos de ultraderecha, que protagonizan este evento desde el 2009. Sin embargo, dada la experiencia del año pasado, la alcaldesa de Varsovia y miembro importante de la oposición, Hanna Gronkiewicz-Waltz, decidió cancelar la marcha.

¿Qué sucedió el año pasado? Más de 60 mil polacos se reunieron concentrados bajo lemas conservadores como “Queremos a Dios”, “Polonia Católica, no secular”, y otros de carácter nacionalista o incluso xenófobos como “Polonia pura, Polonia blanca”, “Lárguense con los refugiados” o “Muerte a los enemigos de la patria”, generando actos de violencia y despertando el rechazo y vergüenza internacional, en especial para con la Unión Europea.

Pero este año la marcha ocurrió. Las organizaciones ultranacionalistas del país protestaron en favor al derecho a la libertad de expresión, un tribunal denegó la prohibición de la alcaldesa y el gobierno, dirigido por el partido conservador y de extrema derecha católica Ley y Justicia (PiS por su acrónimo en polaco, Prawo i Sprawiedliwość) decidió que se daría una nueva marcha en la que participen todos los polacos. Se trató de un acuerdo apremiado y desesperado entre el Presidente Andrzej Duda -títere de Jaroslaw Kaczynski, líder de PiS- y los grupos radicales de ultraderecha. La idea de esta marcha conjunta es por un lado descabellada y aterradora: El Presidente recorriendo el centro de la capital de la mano con los fanáticos fascistas y antisemitas; mas por otro lado, puede verse para muchos como una solución ideal: todos marchando juntos. No olvidemos que miles de las personas que marchan no guardan ninguna simpatía o tienen nada que ver con las organizaciones radicales, son solo polacos patriotas contentos de celebrar y pasear con la bandera. “La decisión de la alcaldesa fue una bendición para Duda y el gobierno porque permitió que la oposición liberal tomara la culpa de los nacionalistas por prohibir su marcha, mientras evitaba la posibilidad de que se celebrara un festival neofascista en el centenario de nuestra independencia”, opinó al The Guardian Michał Szułdrzyński, periodista y columnista del diario Rzeczpospolita.

Así, el pasado domingo 11 de noviembre la marcha por la Independencia aconteció sin mayores episodios. Una caminata de exorbitante dimensión, pero curiosamente calmada en comparación a la de años anteriores, considerando que destacó por la presencia de distintos grupos de extrema derecha polacos y del exterior: ultranacionalistas húngaros, italianos y eslovacos arribaron para apoyar a sus hermanos polacos en su gran odisea contra la diversidad y la posibilidad de un mundo sin barreras.

***

Tan fugaz o improbable como haya sido la posibilidad de que suceda, nunca me había detenido a preguntarme si es seguro salir de mi casa a ver a mis amigos. Sabíamos que los seguidores de estas organizaciones ya rondaban el centro desde la noche anterior, cuando pensábamos vernos. Soy de Lima y conozco mi ciudad natal, con muchos de sus distritos afamados por su peligrosidad, pero esta es una sensación distinta. No van a hacerte daño porque quieren tu billetera o celular, tan solo porque te ves diferente. Conocidos, otros amigos y los medios de comunicación conllevaron a que nos hagamos la pregunta: ¿es seguro salir este sábado, unas horas antes de la marcha del 11 de noviembre? Un sudaca peruano de 30 años que podría pasar sin problemas como alguien de distintas etnicidades, pues, rayos, tuve que contemplar cualquier escenario, a regañadientes, prefería ignorar esta realidad y divertirme. Al final me quedé en casa.

Y no me arrepiento. Fui a un cine cercano con mi esposa y vimos Bohemian Rhapsody (vivo muy lejos del centro). Fue una noche amena. De regreso, mientras cruzábamos la avenida Modlińska para llegar a nuestro paradero de bus, observé una caterva menuda y excitada, aguardando en el paradero con sus banderas polacas, aquel blanquirrojo tan familiar regodeándose en el cielo nocturno. Olvidé la tertulia cinéfila y me alerté de pronto, cual gato erizado. Mirándolos de soslayo en tanto seguíamos cruzando la gran avenida divida por una berma central, le pregunté a mi esposa si creía que debíamos tener cuidado. Ella no tenía idea. Cruzamos la pista y pasamos junto a estas personas con cautela: nos miraron felices, alzando las banderas, y se metieron en el siguiente bus. De quedarse un rato más, quizás nos habrían abrazado y cantado el himno. Fue algo irrisorio al inicio, pero ya en el bus camino a casa, empezamos a reflexionar sobre lo acontecido. “¿Cómo es posible que al ver a personas felices con la bandera polaca nuestra primera reacción sea estar a la defensiva?” se preguntó mi esposa. “¿Cómo es posible que mi esposo haya decidido quedarse en casa en lugar de salir a divertirse con sus amigos en el centro por temer ser perseguido o golpeado en la calle?”, agregó indignada. Esas preguntas, descubro en este momento, motivaron estas palabras.

***

Perú es un país de muchos matices. Tanto qué decir. Quizás por ello a veces uno no quiere decir nada. Y entre ese caos, Perú también es un país racista. Un racismo que descansa en las entrañas de nuestra historia, cultura y educación. Un racismo estructural. Marco Avilés ha profundizado mucho en este tema estos últimos años, y de él recojo ahora una definición acertada de la palabra ‘inmigrante’, en su libro No soy tu cholo (2017): “un inmigrante es todo aquel que se muda a vivir a una tierra que no es la suya, dice el diccionario. Pero, en la práctica, esa palabra se usa en un solo sentido: para señalar a los que nos movemos del sur hacia el norte. Es decir, para etiquetar a los latinos, a los africanos y a los asiáticos y a todos los que venimos a vivir y a trabajar a los llamados países desarrollados. Los latinos jamás usamos esa palabra salvo para nombrarnos a nosotros mismos cuando estamos en el exilio”.

Manifestación contra el Gobierno del PiS en Varsovia, 2016 (Fuente: Paweł Supernak / María Sahuquillo / QUALITY. Publicado en El País).

Esto me remite a un episodio insospechado. Durante gran parte de mi primer año en Polonia estuve dando clases privadas de conversación en español e inglés. Ella es una adolescente de 15 años, la primera alumna de su clase, de una familia acomodada, polacos de provincia mudados a la capital, viviendo en uno de los distritos más caros de la ciudad. Gente decente que ha trabajado mucho para llegar a la posición social y económica que representan, y quieren que sus hijos tengan todas las oportunidades que ellos ni concebían. Por esa misma razón, quizás la protegen demasiado. Ella tiene todo el mundo en sus manos, y sin embargo, no sabe nada de él. Iba tres veces a la semana a darles clases a ella y a su hermano menor, por separado. Solía organizar temas que planteaba para la reflexión y el debate en inglés. Una tarde llegué a su casa y le hablé sobre el conflicto en Siria y la realidad de los refugiados por la guerra civil, centrándome en el caso de Rania Mustafa Ali, una valiente muchacha siria de 20 años que se hizo famosa por registrar su odisea escapando de su país hasta llegar a Austria. Una chica aficionada a Spotify, 9GAG y Game of Thrones. Alguien como ella. Cuando terminamos de hablar del tema, mi alumna estaba conmovida, asombrada y encantada. Al decirle que ahora Rania es una inmigrante en Europa, como yo, Natalia se pasmó de repente. Frunció sus ceños y abrió los ojos, pálida.

– ¿Qué? ¿Tú eres un inmigrante?

– Claro. Soy alguien de Perú que se ha mudado a otra parte del mundo.

– Lo sé. Pero no entiendo, tú no eres un inmigrante.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque los inmigrantes son terroristas, ¿no?

Pude ver en su rostro que realmente estaba extrañada. Me tomó cierto tiempo y paciencia explicarle que tales palabras no eran sinónimos. Ella era una esponja, preguntaba y me escuchaba con atención. A la mañana siguiente recibí un mensaje de texto suyo, agradeciéndome por enviarle el link del video de Rania e informarla sobre tantas cosas. Me dijo que había llorado con la crónica de su viaje, y que lo había mostrado a sus padres. Esa clase fue reveladora para ambos: ella aprendió un poco de lo que pasa en el mundo y yo medité en cómo la desinformación también puede llevarte -acaso por accidente- a pensamientos u opiniones xenófobas o racistas.

Volviendo al párrafo de Avilés, pues si uno es honesto, identificarse con él y su discurso no entraña dificultad: todos hemos sido discriminados y hemos discriminado. Hemos choleado y sido choleados, y existe un rechazo al extraño, al inmigrante del cual somos muchas veces inconscientes. Aquí en Polonia soy un inmigrante, sí, pero lo extraño o interesante es que aquí el racismo hacia el inmigrante no es algo invasivo y sistematizado. No forma parte del día a día. La totalidad de los polacos de mi entorno no caerían bajo esa categoría, de eso estoy seguro. Pero los grupos ultranacionalistas, neofascistas, conservadores radicales de extrema derecha o como quieran llamarlos, o cualquier individuo que comparta sus ideales, no están escondidos y tampoco están en todas partes. Los puedes cruzar en la calle, sí, y te van a mirar con una reprobación verdadera y fatal. Te podrán decir algo, agredirte verbal o físicamente y joder tu día de alguna forma. No hay mucho misterio en su existencia, tan solo es directa y lamentable.

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En junio del 2017, un grupo de escolares musulmanas de Alemania viajaron a Polonia para visitar los homenajes y lugares de memoria sobre el Holocausto, y fueron víctimas de racismo por parte de la población. Un hombre se acercó a una de ellas y le escupió en el rostro, en frente de un policía que no se inmutó. Otra fue obligada a retirarse de un supermercado porque ‘perturbaba a los clientes’ cuando hablaba persa por su smartphone, entre otros sucesos igual de deplorables. La triste ironía de ir a visitar y recordar una de las memorias más brutales de discriminación en la historia de la humanidad y ser víctimas de lo mismo, de aquello que intentan repensar o reflexionar… Y Jarosław Gowin, el Ministro de Educación, solidarizándose con la violencia, sosteniendo que “toda nación y su gente tiene derecho a protegerse a sí misma de la extinción”. Como si estos 72 años de problemas, cambios e ideas no significaron nada en este país.

Visitantes del ahora museo de memoria de Auschwitz (Fuente: Maciek Nabrdalik, publicado en The New York Times).

El polaco Donald Tusk, actual presidente del Consejo Europeo, advirtió hace unos días que la administración de PiS podría empujar Polonia hacia el desenlace que cada vez más de sus ciudadanos denominan Polexit: la hipotética salida del país de la Unión Europea. Leyes orwellianas como la reforma del Tribunal Supremo, el rechazo abierto a la aceptación de refugiados o la polémica ley que castiga con pena de cárcel tanto el uso de la expresión “campos de concentración polacos” como el acusar a los polacos de complicidad en los crímenes de guerra de la Alemania Nazi: todo ello ha ofendido a Europa Occidental y sus ideales de igualdad y libertad de expresión. Una fisura que parece ir ganando terreno hasta detonar en el Polexit. Tal posibilidad deviene en pesadilla para la oposición al gobierno, las personas de pensamiento afín a los preceptos de la Unión Europea y los extranjeros que han abandonado las palmeras, la palta y el jugo de maracuyá para adentrarse en esta tierra y esperar moverse sin problemas por Europa, como yo.

Viví casi todo el año pasado en el barrio de Nowodwory, en el distrito de Białołęka, al norte de Varsovia. Una zona alejada, apacible, aledaña al bosque y al río. Recuerdo una noche de verano en la que caminaba hacia la tienda, quizás para comprarme una cerveza o un chocolate, cuando me topé con unos grafitis que decoraban un paradero de bus cercano a mi casa. No estaban ahí antes. Me aproximé para revisarlos. Mensajes xenófobos y homofóbicos en polaco: “jódanse homosexuales”, “afuera los musulmanes”, rematados por la infaltable caricatura de un pene.

En otra ocasión, meses atrás, regresaba a casa en el metro. Salía del trabajo. Era casi la medianoche de un día excitante para los polacos: jugaba el Legia de Varsovia, el club de fútbol más importante del país. Estaba leyendo Pánico al amanecer (1961), de Kenneth Cook, cuando se escucharon unos gritos. Dos tipos habían entrado en la estación Świętokrzyska. Saltaron felices hacia nuestro vehículo desde los andenes. Llevaban casacas de cuero, jeans, cabezas rapadas, una encapuchada y la otra descubierta, y botellas de cerveza en las manos. Todos volteamos a mirarlos de inmediato, extraviados entre la incomodidad, el temor y la estupefacción. La barra brava polaca. Los hooligans del Legia. “Ya me cagué” pensé en el acto. Cogí mi mochila, que descansaba entre mis piernas, la coloqué junto a mí, anticipando una carrera, y pretendí seguir leyendo en tanto los observaba con el rabillo del ojo. Me había quedado en un momento crucial del libro: el protagonista, un profesor perdido en un pueblo del outback australiano, es obligado a participar en la caza de un canguro y se descubre horrorizado de sí mismo al disfrutar el acribillamiento del animal. Casi al frente de mi asiento, otro inmigrante, presuntamente de la India, evitaba mirarlos y simulaba escuchar la música de sus audífonos. Intercambiamos una mirada cómplice, seria, y continuamos nuestro teatro silente. El par de fanáticos lanzaba gritos guturales de éxtasis. Nunca avanzaron: se detuvieron junto a la entrada por la que ingresaron, muy cerca de mí, y continuaron su canto, cogiéndose de una de las barras de metal verticales. Una suerte de himno feroz enfatizado por el alcohol, cuyo ritmo era familiar mas cuya letra jamás había escuchado: alaridos que repetían la frase “Żydzi do gazu” (los judíos al gas) y seguidas siempre del estribillo “Auschwitz-Birkenau”. Gritaban con más intensidad cuando de pronto se soltaron de la barra: uno introdujo la botella en el bolsillo de la casaca y empezó a saltar extendiendo los brazos cual gorila. Con cada salto tocaba el techo del metro y en cada caída resonaba el suelo en un pisotón, provocando un breve temblor. El otro empezó a golpear las ventanas y cualquier parte lateral del metro, despertando el mismo alboroto. Todos evitábamos sus miradas. Minutos después, en la estación del metro Marymont, salieron de nuestro metro riéndose a carcajadas. En todo el trance nunca dejaron de gritar aquel himno racista, repitiendo el nombre del campo de concentración y exterminio nazi más célebre de la historia. Un breve trayecto de terror gratuito.

El presidente polaco, Duda, hablando sobre una “unión entre todos los polacos” (Fuente: Agata Grzybowska Agencja Gazeta, via Reuters).

A fines del año pasado, asistí con mi esposa a un cumpleaños en Varsovia. Una fiesta en un departamento. Conocía a poquísima gente, y como siempre sucede por aquí en tales reuniones, mi apariencia distinta llamaba la atención del resto. Entre ellos percibí que un par me miraba con desconcierto, pero al escucharme contarle a otros de dónde provenía y responder preguntas sobre el español, el quechua, Machu Picchu y las llamas, se aproximaron amistosos. Conversamos un rato de viajes, comida peruana -uno de ellos sentía gran curiosidad por la ingesta del cuy en Perú, pues aquí es visto como una tierna mascota-, cervezas, bimber, videojuegos, películas y no sé en qué momento la tertulia viró hacia Polonia y los inmigrantes. Uno de ellos afirmó que estaba orgulloso de que Polonia rechace participar en la repartición de refugiados. Así empezó:

– ¿Pero cómo puedes decir eso?

– Porque son peligrosos.

– Mira, es que no puedes generalizar así. Esta situación de alarma ya tiene sus años, y muchas vidas inocentes se han perdido, y muchas necesitan ayuda.

– Eso es mentira, Diego. ¿Tú prefieres que Polonia abra sus puertas como Alemania o Francia, digamos, y después hayan atentados en el metro o bombas en centros comerciales? Yo me preocupo por mi país.

– Pero esos son incidentes particulares: no puedes decir que todos los refugiados son peligrosos, hay niños, madres, ancianos.

– Los niños están adiestrados. Las mujeres también. Pretenden ser pobrecitos y cuando ya tienen todo el apoyo sueltan una bomba o ametrallan en la calle. No podemos confiar en ningún sirio o musulmán. Todos están entrenados y con el cerebro lavado.

– Mira, puedo aceptar esto de un viejo, pero tú eres menor que yo, tienes acceso a Internet, estudias en la universidad. ¿No entiendes que lo que dices es inaceptable?

– Hablas como un idealista. Mira, el comunismo no funciona, ¿ok? Como idea es perfecto, pero no funciona, tú piensas así pero no sabes.

– ¿Qué cosas estás tergiversando? ¿No lees las noticias? ¿No has visto los testimonios, videos, documentales? Antes de lanzarle la culpa a todos tienes que informarte, y pensar en los más inocentes.

– Esos videos están arreglados, tú no sabes porque eres de Perú.

– Y tú no sabes porque solo consumes noticias de la televisión polaca que es pura propaganda conservadora del gobierno. Lee prensa de afuera, The Guardian, The New York Times, no sé. Estás con la mente bloqueada.

En el frenesí de la discusión, no nos dimos cuenta de que estábamos alzando la voz. Los demás nos miraban aguardando una reacción. Todo esto era muy ajeno a mí, que suelo libar entre abrazos, risas y ciertos relatos divertidos. El tipo me miraba perturbado. Su compañero, más mesurado y observador, finalizó nuestra interacción:

– Creo que todos hemos bebido mucho. Mejor cuéntanos más de Perú, Diego.

– Tienes razón. Dile a tu amigo que necesita leer más, abrir los ojos. Voy a ver en qué está mi esposa.

– Mira… Yo creo que él tiene razón. La gente no quiere hablar de esto pero nosotros pensamos así. Igual disculpa que te incomodemos, él está borracho y se ha emocionado.

– ¿Tú también? ¿Y qué hacen hablando conmigo si no soy polaco? ¿Crees que tengo alguna bomba escondida?

– No, mira. Es que tú eres de Perú, todo bien. Nadie habla de Perú acá, pero los refugiados… Es la verdad.

Me quedé conversando con mi esposa y otros invitados y no volví a hablar con esa dupla durante toda la velada. Antes de irnos se aproximaron con una chica, quien se presentó como la novia del tipo con el que discutía. Me pidió disculpas y me dijo que estaba avergonzada. Los tres se despidieron y cuando me acercaba a la puerta, su novio me lanzó una última palabra en polaco que no entendí y que olvidé muy rápido. Horas después mi esposa me contó que me había llamado lewak, un término peyorativo para alguien que sigue la izquierda política. Literalmente ‘izquierdoso’. Nunca volví a verlo.

Hace unas semanas, mi esposa decidió asistir a la misa del domingo en la Iglesia cerca a nuestro hogar, en Jabłonna. Quise acompañarla, ¿por qué no? Nunca vamos, la caminata sería entretenida. Celebrada en polaco, me pasé alrededor de 40 minutos admirando la arquitectura interior y los diseños de los santos en las paredes, cuando descubrí a mi esposa gesticulando algo a caballo entre la risa y la reprobación. De regreso a casa, le pregunté qué le había disgustado del sermón del cura. Al parecer, terminando la misa, había contado brevemente la historia de una pakistaní católica condenada a muerte por hablar de Jesucristo. Asumo que se refería al caso de Asia Bibi. “Nosotros los católicos somos la religión mas oprimida del mundo. Así como ahora está de moda defender los derechos LGTB y el islamismo, tenemos que ser valientes como ella y defender nuestra fe católica dónde sea”. Hasta ahí no suena del todo mal, hasta su última frase: “después de todo, ¿quién es ese tal Mahoma? ¿Qué cosa hizo que es tan importante? Nada”.

Uno puede toparse con cavernícolas en dónde sea.

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Veo algunas de las noticias sobre la marcha del domingo 11 de noviembre. Una fotografía de un miembro de la organización ultranacionalista Juventud de Toda Polonia (en polaco Młodzież Wszechpolska) quemando la bandera de la Unión Europea. Un video donde otro ultranacionalista enmascarado persigue, insulta y ataca a una periodista, amenazándola y golpeando su equipo. ¿Por qué vivimos esto? Conversaba hace unos meses con un amigo peruano muy cercano, miembro de la Academia Diplomática, quien me propuso que debe tratarse de un temor oculto en perder aquello llamado ‘identidad polaca’. Polonia es un país cuya historia se resume en gran parte en invasiones como las alemanas o rusas: dos naciones con identidades muy fuertes y gobiernos líderes hasta el día de hoy. “Si a esto le agregas la fuerte identidad que proyectan los musulmanes -agregó-, estas reacciones violentas pueden ser más comprensibles”. Un punto relevante, ciertamente. Mi actual casa es un país de gran historia y escenario de episodios extremos. Polonia fue prácticamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y la secuela de ello fue acaso peor: los tiempos de control bajo el bloque comunista, hasta 1989, más frescos en la memoria colectiva.

Miembros de los ultranacionalistas de Młodzież Wszechpolska quemando la bandera de la UE (Fuente: Twitter de la organización).

Y sin embargo, si bien coincido en que quizás haya cierta comprensión desde una perspectiva académica, histórica o de las ciencias sociales, creo a la vez que el odio a otros pueblos o etnias es algo inadmisible que no puedo -y no debemos, diría- tolerar bajo ningún razonamiento. Que tanta gente se sienta libre de proclamar sus inclinaciones xenófobas y racistas es una locura. Por otro lado, uno no se sorprendería mucho si se tratara tan solo de la población de la tercera edad, gente de otra época y en no pocos casos con otra perspectiva de la sociedad en la que viven, pero no es así: son muchos los adolescentes y jóvenes menores que yo que siguen a ultranza estas convicciones. Y se sienten apoyados por la actual administración del gobierno, una realidad acaso más insana e indignante. Diría que la presencia de PiS ha motivado a estas personas a expresarse sin tapujos. Una extraña falta de empatía y tolerancia que proviene de un país supuestamente democrático y liberal.

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En una de las crónicas de La jungla polaca (1962), Ryszard Kapuściński se esfuerza en describir a unos africanos de un pueblo de Ghana que ‘no todos los blancos tienen colonias’: “hubo un tiempo, no hace mucho, en que mi país fue una colonia. Tengo mucho respeto por el sufrimiento de todos ustedes, pero debo decirles que lo nuestro fue terrible: había tranvías, restaurantes y barrios ‘solo para alemanes’. Había guerra, ejecuciones, campos de concentración… Aquello se llamaba fascismo. Es el peor de los colonialismos”.

Édición en español de ‘La jungla polaca’ (Anagrama, 2010).

En el mismo texto, Kapuściński  agrega: “detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Qué blanco significa más importante? Al menos hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta”.

Perú, como Polonia (o como tantos países de África, pensando en la cita anterior), también fue una colonia. Alrededor de 290 años. Polonia 123. Hemos atravesado el genocidio de la conquista de los españoles, la guerra por la independencia, los años de dictaduras militares, el conflicto armado interno, el fujimorismo. Somos un país que sigue levantándose. De posguerra, posdictadura. Pienso en mi país y en la imposibilidad de describirlo: lo bueno, lo malo, lo extraño, lo bello. Todavía no estoy preparado. Al mismo tiempo, pienso en Polonia y ensayo una descripción sin éxito: sus bosques y montañas, sus lagos y ríos, beber una cerveza a orillas del Vístula, errar por las frondosidades del parque Łazienki, ver una película en Muranów, perderme en el bosque de Pałac, los tranvías y el metro, pierogi y zapiekanka, la generosa cantidad de restaurantes vegetarianos en Varsovia, los infinitos campos de rzepak en la primavera de Podlasie, la nieve en Zakopane, la gente amable y maravillosa que he conocido, mi familia política y mi querida esposa…

Polonia tiene mucho qué darme, solo espero que antes no se resbale.

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