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Volver a Lima

ABSTRACCIONES, CRÓNICAS y REPORTAJES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019

ABSTRACCIONES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019 Distrito San Isidro al fondo, Lima (Créditos: Perfil de Flickr de KaMpErƎ & Le-tticia).

Breve asalto de reflexiones migratorias tras 60 días de vacaciones en mi ciudad natal

 

La noche del lunes volví a Varsovia luego de dos meses en Lima. Viví con intensidad: mi esposa y yo compartimos con la familia y nuestros amigos, viajamos a provincia, salimos a eventos, exposiciones, bebimos y comimos. Tras casi dos años sin pisar mi ciudad, la expectativa de esos sesenta días se conjuraba como una eternidad, pero se esfumó de repente. No fue una estadía muy calmada, es cierto, mas fuimos felices.

Ania y yo solíamos repetirnos esta frase acaso en tono de broma y sin embargo entrañando siempre cierta verdad: “solo extrañamos a Dante”, nuestro perro de dos años, querido amigo y compañero, quien se ha pasado el verano polaco en el campo con mis suegros. Y es que salvo la última semana en Lima -donde nos invadió esa conocida sensación hacia el final de cada viaje, cuando ya percibes que falta poco tiempo para volver a tu ritmo habitual y lentamente te entregas a ese calmado deseo de pasar un día normal en casa-, toda nuestra estadía hemos sido presa -yo en particular- de una euforia nostálgica por la familia, los amigos, las calles y espacios antes frecuentados. Un amor al pasado con el que te reencuentras y que ahora es distinto, como es de esperarse, pero todavía te abraza. Si bien he vivido antes en el extranjero, nunca he estado tanto tiempo alejado de casa. Me encontraba adicto a la experiencia de volver.

Salíamos del avión de Ryanair que llegaba desde Madrid -donde solemos hacer conexión-, y caminábamos junto a mi esposa y el resto de pasajeros a través de la pista de aterrizaje del Warszawa -Modlin, aquel menudo aeropuerto internacional exclusivo para vuelos low-cost del que siempre salgo extenuado y adormecido. Avanzábamos en una fila india encauzada por cercas metálicas cuya guía terminaba en la entrada al aeropuerto. En ese momento, todavía en la pista, sentí la caricia del viento sobre mi rostro, ese guiño apacible del verano europeo al que nos adentrábamos, que de inmediato me rebobinó a la misma escena en el aeropuerto Jorge Chávez, dos meses antes. Ya desde esa primera escena la experiencia es tremendamente distinta. Salir del Jorge Chávez para darse de bruces con Lima: la ola de humedad te invade de pronto, como una bofetada caliente y fantasmal. No importa la estación, en Lima respiramos siempre moléculas de agua y uno toma aun más consciencia de ello al volver después de largo tiempo. Una sensación viscosa por momentos -en especial en verano-, pero que aprendí a querer. La primera bienvenida es el abrazo violento de la humedad.

El río Vístula desde el centro de Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

El taxi a las cinco de la madrugada desde el aeropuerto hasta Miraflores: las palmeras. Plaza San Miguel. La odiada línea de combis “S”, que me llevó a la universidad durante toda la carrera. La Costa Verde y el inefable océano Pacífico. Las calles de San Antonio donde crecí, con sus casas miraflorinas antiguas, sus parques con nombres de militares y estadistas, sus perros con abrigos de polar, las ardillas grises, sus panaderías y bodegas. El Malecón de Miraflores. El Pollos Piers y los otros bares de mala muerte alrededor del Parque Kennedy. El Eka Bar y su setlist inmortal. Barranco con la Bajada de los Baños, Sáenz Peña, San Martín, Grau, El Sol, La Noche, Juanito, el Piselli. Los chifas. El Queirolo de Pueblo Libre y el de Camaná. El jirón Quilca con sus libros y juguetes y el Bar de Tito. El Yacana. Los jueves de karaoke del Koca Kinto. Ver películas en el viejo Pacífico, el Alcázar o el Centro Cultural de la PUCP. Cusqueñas negras y Pilsen Callao. Ir a Wong cerca de mi casa para comprar absolutamente cualquier tontería: una Coca-Cola, un Sublime-Princesa-Sorrento-Milky-CuaCua-Pícaras-Margarita-Morochas-Tortees-Cuates-Canchita serrana… Pensar en Lima o en mi viaje a Lima me trae todo esto. Siento que el retrato mental de mi ciudad está demasiado enfocado en ciertos asfaltos, cantidades vulgares de comida y alcohol y en mucha música. ¿Es malo concebir Lima bajo ese inofensivo hedonismo familiar y citadino?

Lo ignoro. Pero Lima no es solo eso. Son muchas ciudades divididas. Un monstruo con muchas caras, la mayoría más adversas, tristes y menos privilegiadas que la apremiada evocación con la que acabo de resumir una parte esencial de mi vida.

***

Se extraña Lima, mas hay realidades que me repelan ipso facto. El transporte público, el tráfico y el egoísmo suicida de los conductores de custers y combis y de vehículos privados representan una problemática que he despreciado siempre y con la que me he topado no pocas veces durante mi retorno. Autos pasándose la luz roja, ignorando que pretendo cruzar o cortándome el paso deliberadamente. Cederle el paso al peatón en Lima se antoja como un acto quimérico, alienígena, acaso irrisorio. Más de una vez en Varsovia, Ania me preguntó por qué no cruzo o tardo en cruzar la pista cuando toca. Me tomó tiempo habituarme a la prioridad del peatón: siempre aguardaba alerta, creyendo que les importo un carajo y contemplando la posibilidad de ser atropellado. Como todo limeño.

“Lima la horrible” (edición de Populibros, 1964), de Sebastián Salazar Bondy.

A su vez, el tráfico vuelca en desesperación: me recuerdo enrabiado de impaciencia y aburrimiento -e intensos dolores de espalda y cuello- en la avenida La Marina, Benavides o Javier Prado. Adelantándose a su tiempo, Sebastián Salazar Bondy escribió en el clásico Lima la horrible (Biblioteca Era, 1964): “Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir”. Cincuenta y tres años después, Diego Trelles Paz publicó La procesión infinita (Anagrama, 2017), poderosa novela que curiosamente leí en un momento muy acertado, empezándola en el avión de Madrid hacia Lima y terminándola unas semanas antes de volver a Varsovia. Una de sus páginas más notables reza lo siguiente, confirmando con brutalidad la vigencia de lo descrito por el gran Salazar Bondy décadas atrás:

“La procesión infinita”, de Diego Trelles Paz (Anagrama, 2017).

“… El primer anuncio del delirio automovilístico de lima es una estampida furiosa de custers, combis, taxis, buses, motos y carros particulares que rodean y atraviesan el óvalo de Faucett en distintas direcciones al mismo tiempo. Todo está permitido: meter la trompa del vehículo y cerrar el paso, pasar del carril extremo de la izquierda al de la derecha, acelerando en diagonal, detenerse en cualquier lado de la avenida el tiempo que se estime conveniente, subirse a las veredas, a las bermas con jardines, a las ciclovías, a los parques, a donde lleguen las ruedas, comerse todos y cada uno de los semáforos o simplemente quedarse quieto esperando pasajeros mientras la luz verde agoniza, tocar la bocina frenéticamente, una dos, cinco, diez, veinte veces mientras gritas y golpeas y amenazas y bajas del auto con el fierro de la gata dispuesto ya a romper, a quebrar, a chancar, a destruir, a asesinar a quien sea, por lo que sea, así venga la policía, ¡qué mierda!, tú a la policía te la pasas por los huevos, tombo conchatumadre, aquí yo hago lo-que-chucha-me-dé-la-gana, qué mierda quieres, ¿ponerme una papeleta?, ponme cinco si quieres, igual no las pago, huevonazo, y aprietas y aceleras y chocas y atropellas y te das la fuga y todos vieron pero nadie vio porque si pasa y tienes bille, arreglas, trabajas, ofreces, coimeas, la libras, la olvidas, se olvidan, no saben, no opinan, la vuelves a hacer, todo se puede porque el mundo es ancho e impune cuando enciendes un vehículo y te lanzas sobre las pistas cementerio de las calles de Lima”.  

Y el siguiente párrafo toca justamente ese miedo animal que mencionaba líneas atrás:

“Quizás es por eso que los peatones no confían cuando el Chato respeta el PARE y, con la mano barriendo el aire, los invita a cruzar por delante con una sonrisa. Éste está cojudo. Éste está loco. ¿Qué le pasa? Si avanzo, me mata. Si le creo, acelera y me arrolla. Por aquí es así, lo sabemos todos, es ley-no-escrita: primero el carro, segundo el carro, tercero el carro, cuarto el carro y así hasta el infinito. El que confía muere. En Lima hay que tener ojos en la cabeza y en las orejas por si te embisten por detrás o te levantan de lado. Nadie está libre…”.

***

Hace ya varios años, compartiendo cervezas en algún bar de Helsinki, Tapio, un entrañable amigo finlandés (que ama y conoce el Perú más que muchos de los peruanos que conozco) me contó que cuando regresó a Lima unos años después de haber venido por su intercambio universitario, sintió que ya nada era lo mismo. Los amigos estaban en otras partes o tenían otros intereses, los lugares frecuentados ya no existían o habían sido renovados, la gente en la universidad era otra. Fue una sensación natural pero extraña, me dijo. Esta idea se quedó sembrada en mis adentros: mi vida en ese momento atravesaba un momento idílico en Helsinki, e imaginaba cómo sería volver. A inicios de este año tuve la oportunidad de descubrirlo, cuando mi esposa y yo visitamos Finlandia por primera vez desde esa temporada en la que nos conocimos. Los cambios eran evidentes, esperables: ya no había casi nadie de las personas que conocía en la ciudad, el edificio de estudiantes donde vivía estaba invadido por eufóricos veinteañeros, existían ahora algunos nuevos lugares en el centro, y así. Fue un retorno tan nostálgico como dichoso, pues Ania y yo descubrimos -acaso confirmamos- que seguíamos amando esa ciudad. Cuando regresas a un lugar muy importante para ti, donde has vivido momentos inolvidables, la experiencia nunca es la misma, no obstante, ello no aminora su importancia ni mitiga tu emoción. El sentimiento se transforma. ¿Quizás crece, madura, pasa a una siguiente etapa?

El Palacio de Gobierno en una tarde de agosto. Lima, 2019 (Créditos: Diego Olivas Arana).

Todo está en constante cambio, frase tan manida como cierta, y añadiría que ello suele darse para bien. Fue así al volver a Lima. Desde mi familia hasta mis amigas y amigos, todos han dejado al menos un poco de ser aquellos que conjuraba en mi recuerdo. Algunos se han entregado a una pasión que antes palpaban con cautela o han abrazado un movimiento cultural o político. Otros han descubierto su vocación en senderos ya sea muy esperados o alternativos o van camino a convertirse en destacados funcionarios del Estado o en estrellas de la televisión. Hay quienes empiezan una nueva maestría o estudios en Perú o en alguna parte del mundo, no pocos son ahora nuevos empresarios y están por último aquellos que estrenan flamantes parejas o siguen con la misma ya consolidada, encaminándose a la relación adulta (con gato o perro adoptado incluido).

Verlos a todos me lleva a pensar en cuánto he cambiado yo. No pocas veces discurro en estas abstracciones (como todo este texto, habrán de disculparme). Para un puñado de la gente que frecuentaba en Lima soy quizás el único casado o el único que se fue a otro continente por tiempo indefinido. Cambios tremendos: incluso he retornado con unos generosos kilos de más. ¿Soy la misma persona? ¿Está mal ya no serlo? En la cáustica Changes del infinito David Bowie, el estribillo decía: “Time may change me / But I can’t trace time”… “Quizás el tiempo me cambie, pero yo no puedo rastrear al tiempo”. Tanto en inglés como en español, la frase deviene nebulosa, ¿qué diantres quiere decir Bowie con “rastrear al tiempo”? Sabemos que la canción es tanto un grito de rebeldía contra la movida musical de los setentas como una exaltación de sus camaleónicas reinvenciones artísticas, pero creo que también deja un espacio incierto para al menos elucubrar alguna reflexión más interna. De pronto Bowie está tratando de decirnos que, mientras está consciente del transcurrir del tiempo y su efecto sobre él, no sabe con certidumbre cómo o en qué momento la persona que una vez fue se convirtió en quien es ahora. ¿En qué momento uno deja de ser uno para volverse ese otro nuevo? ¿Es una traición o una evolución? Prefiero concebirlo como el cauce natural de las cosas.

. Changes, del legendario David Bowie

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La misma noche en la que llegamos a Polonia, estaba en nuestro hogar, el departamento donde vivimos en Jabłonna. Mi cuñada y su novio, quienes nos recogieron, nos habían preparado una cena y estábamos comiendo y tomando vino. Cuando ya teníamos buen rato conversando, cogí mi copa y los dejé para irme al balcón y echarle un vistazo a mi vecindario. Era la medianoche de un lunes y la imagen era oscura y silenciosa: el patio con juegos para niños rodeado de edificios y automóviles. Ninguna persona y solamente la luz de los postes. Me quedé absorto contemplando unos columpios, sin saber qué estaba sintiendo hasta luego de unos segundos, cuando sonreí. La cálida noche, las luces amarillas y redondas de los faroles, las voces de Ania y su familia riéndose desde mi sala. Me sentía en casa. No esperaba sentirme así al llegar. No esperaba nada, solo retornar a donde resido, seguir adelante. Tampoco se trata de una percepción ajena a Perú: Polonia es mi otra casa. Por primera vez me descubrí aliviado, feliz de llegar a este país y continuar con el ritmo habitual de mi vida. Fue un instante revelador.

En este último viaje acometí una empresa descabellada para los ojos de muchos amigos: pagué por equipaje extra y traje conmigo alrededor de cincuenta de los libros que tengo en Lima y un centenar de mi colección de figuras de acción. Fue una necedad planeada tiempo atrás y que necesitaba realizar (y que Ania comprendió). Sin embargo, alguna vez me he cuestionado el sentido de traer aquí mis pertenencias. Llevo todo a Varsovia, pero luego tal vez me vaya a estudiar a alguna parte, entonces qué, ¿me llevo estas posesiones también o las dejo aquí? ¿He decidido quedarme en Polonia para siempre? ¿Nunca voy a volver a Perú? ¿Solo visitas de uno o dos meses cada tantos años? ¿En qué país quiero vivir? ¿En qué ciudad quiero morir? ¿O será que volveré en mi vejez, para morir en Lima, como hicieron tantos compatriotas? Cada vez que estas disquisiciones se dilatan llego a un callejón sin salida.

Una fotografía de los libros que traje de Lima (faltan unos pocos, creo), ya en mi casa en Jabłonna, Polonia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Tales pensamientos también encierran una noción a la que regreso con frecuencia: mi ciudad. Soy un peruano nacido en Lima que ya no vive allí. Nunca dejaré de ser limeño ni peruano, ni pretendo hacerlo, ¿pero cuál es mi ciudad? Hablo del espacio que escojo voluntariamente como mío. Que adopto como refugio, madriguera, hogar de mis pasiones, creaciones y cuitas, base de operaciones y tierra para mis posibles hijas e hijos. ¿Cuál es mi ciudad? ¿Es el novelesco pueblo de Whitefish, Montana, donde trabajé brevemente en mi juventud y me rompí los ligamentos de la rodilla? ¿Es Helsinki, donde estudié y conocí a mi esposa y pasé uno de los mejores años de mi vida? ¿Es Varsovia, donde empecé desde cero una vida con ella hace más de dos años? ¿Es Lima, donde nací y viví y donde se encuentran mi familia y amigos?

Un profuso número de seres humanos que admiro -y con los que jamás podría compararme- migraron a otra ciudad y la adoptaron para siempre o por un periodo significativo de su existencia. Cioran, Vallejo, Cortázar, Hemingway, Julio Ramón Ribeyro: todos ellos escogieron París (y los tres primeros están enterrados allá). Coetzee vive en Adelaida, Miłosz vivió en Berkeley, Borges murió en Ginebra, García Márquez en Ciudad de México, Bolaño en Barcelona (pero vivió en Blanes). Por otro lado, Kapuściński siempre regresó a su casa en Varsovia, donde murió el 2007. Entonces, ¿estoy traicionando mis orígenes por irme a radicar a otra parte? No lo creo. Evoco ahora uno de mis diálogos favoritos de una de mis películas favoritas, Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997), donde el enorme Federico Luppi interpreta a Martín, cineasta bonaerense que lleva más de veinte años viviendo en Madrid y padre de Hache (Juan Diego Botto), a quien aquí alecciona sobre la migración y la patria:

“Eso de extrañar, la nostalgia, todo eso es un verso. No se extraña un país. Se extraña el barrio, en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento: ¿qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Una estadística. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa…”.

. Escena mencionada de Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997).

Asimismo, en Conversaciones, la compilación de entrevistas a Cioran, (Tusquets, Serie Marginales, 2011), el maestro de los aforismos confesó: “Soy jurídicamente apátrida y eso corresponde a algo profundo, pero no ideológico ni político, es mi estatuto metafísico. Quiero carecer de patria, de identidad”. Y más tarde agrega: “Para mí, París ha sido idolatría. Pero me he cansado, porque envejezco y la ciudad también. El hechizo se ha acabado. Si no la abandono es porque he vivido en ella durante cuarenta años. Pero ya no me inspira… Es una ciudad triste. Está destruida. Se ha convertido en un infierno -o en una pesadilla- que no puedo abandonar. No podría vivir en ninguna otra parte”.

“Conversaciones”, de E.M. Cioran (Tusquets, Serie Marginales, 2011).

Ambas citas son muy interesantes para abrir un debate sobre estas ideas. Si bien no rechazo mi patria ni el concepto de ella, me gusta pensar que ella se traduce en mis amigos, mi familia. Hace unos días bromeaba con una amiga de Lima a quien le decía que la próxima contrataré un container para transportar el resto de mis libros, a lo que ella me respondió que aquella era una situación precisa para infiltrar a todos nuestros amigos escondidos hasta Varsovia, y quedármelos allá para siempre. Si pudiésemos transferir nuestros seres más queridos a esa ciudad al otro lado del mundo donde hemos migrado, ¿lo haríamos?

Una tarde de mis últimos años en la universidad, conversando luego de clases en la cafetería del Edificio Mac Gregor, Juan Manuel Robles me dijo que cuando uno viaja a otro país por un buen tiempo, tiene la oportunidad de ser una nueva versión de sí mismo. Recuerdo haberme quedado con esa frase el resto del día, pues me devolvía a mi vida en Helsinki, donde aquello ocurrió y experimenté una entrega absoluta. Quizás el fantasioso proyecto de transportar a todos mis conocidos en containers hasta Varsovia arruinaría tal proceso. Dejarlo todo y a todos no debe ser solo una consecuencia de la migración, sino, al mismo tiempo, una de sus razones. El porqué de aquella razón es algo que tal vez me tome toda mi vida descifrar. Partí a Polonia para casarme y empezar una vida con mi esposa en su tierra. En más de una ocasión ella ha afirmado que podríamos volver a Lima si yo quiero, y yo me opongo casi de inmediato. Hasta ahora no acabo de comprender el porqué de esa decisión tan testaruda como inconsciente. Después de todo, nadie me está obligando. De quedarme en Polonia toda mi vida, ¿llegaré a mirarla con una pasiva tristeza y decepción, como Cioran? ¿Admitir su caída y al mismo tiempo mi imposibilidad de retornar?

***

Sé que me queda un tiempo considerable en Varsovia. Ciertamente ahora sucede menos, pero hay días en los que detesto este país que me acoge, como también hay días en los que me descubro queriéndolo. Hay días en los que no sé si me gusta esta ciudad o bromeo que estoy atrapado dentro de ella, efecto que también me han generado muchos días oscuros en Lima. Perú y Polonia no son tan distintos, al fin y al cabo: la política es horrorosa, de pesadilla, una vergüenza peligrosa. Hay racismo y discriminación aunque en niveles e instancias muy disímiles. A veces, en momentos de exasperación, me pregunto si estoy loco por haberme ido de un caos para instalarme en otro igual o peor. Pero ultimando el sendero, uno ama Lima. Y ahora puedo admitir que ese amor reverdece e intensifica cuando vives afuera . Ambas ciudades encarnan cierta desdicha, cierto desconcierto, mas también cierta resistencia. Varsovia puede ser hermosa, y todavía quedan largas jornadas por estos lares. 

Hacia el final de esta fragmentada y abierta reflexión, no tengo ni la más peregrina idea. Y con eso me basta.

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Modelo de impunidad

ABSTRACCIONES, Pensamientos, Política - Diego Olivas Arana - 30 Abril, 2019

Alan García Pérez, 2018 (Fuente: Guadalupe Pardo/Reuters).

Divagaciones sobre el suicidio del expresidente y delincuente Alan García Pérez

 

Alan García Pérez ha muerto. No es algo para celebrar, no le deseo la muerte a nadie, mas tampoco me invade una tristeza profunda. Se ha ido impune. Hay que respetar la decisión de un individuo de quitarse la vida, no juzgarlo. Pero de nuevo, se ha ido impune. Debió afrontar la justicia y envejecer tras las rejas. No podemos olvidarlo. Qué impotencia.

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García falleció a las 10:05 de la mañana del 17 de abril, en el hospital Casimiro Ulloa. Ultimó su existencia con un disparo en la sien unas horas antes, cuando la policía arribó a su casa para llevar a cabo la detención preliminar, allanamiento y registro domiciliario dictaminado por José Domingo Pérez y Henry Amenábar, los fiscales que lideran la investigación especial del caso Lava Jato en Perú. Sí, el enorme caso de corrupción sobre la indecible red de sobornos protagonizado por la constructora brasileña Odebrecht, cuyo veneno se ha expandido por casi toda Latinoamérica. García anduvo escapando de manifestarse ante la ley por este incidente desde el 2017, cuando se reveló oficialmente su nombre entre los exmandatarios que recibieron los millonarios sobornos. La mañana del miércoles 17 se aproximó como un rayo de esperanza, una prueba de que todavía puede darse la justicia en nuestro país a través del esfuerzo descomunal de estas pesquisas. Uno de nuestros expresidentes más repudiados en la actualidad por fin respondería a la justicia. Pero no fue así. Aconteció un súbito suceso que conmocionó al país -en distintos niveles-, pero que al parecer él había premeditado. García cogió su Colt 38 y se despojó del planeta con un proyectil en los sesos. Como he leído en distintos lugares, nos ha robado hasta las ganas de verlo en la cárcel

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Las primeras impresiones son curiosas. Me enteré del suceso mientras trabajaba, y de inmediato regresé a una sensación similar: el momento en que supe de la renuncia a la presidencia de Pedro Pablo Kuczynski, un año antes. Vivo en la otra parte del mundo y, si bien estoy -o trato de estar- al tanto de los acontecimientos más importantes en Perú, recepto algunos con cierta dilación. Estos no. A los pocos minutos de la dimisión de PPK recibí un mail de uno de mis mejores amigos donde solamente decía: “Se fue Kuczynski.” Entré en el acto a Google y la noticia ya estaba en todas partes. Ahora sucedió lo mismo: recibí cinco variaciones del enunciado “Alan García se disparó” vía WhatsApp. Mi familia y amigos me habían escrito minutos después de estallada la noticia. Eran alrededor de las 5 de la tarde donde vivo, seguía en el trabajo y estaba desconcertado. El primero de los mensajes, de otro de mis mejores amigos, incluía un screenshot del noticiero donde se leía que García estaba en el Casimiro Ulloa. “Tiene que ser una joda” -pensé al inicio- “una tomadura de pelo”. No hace mucho, Internet y los medios de comunicación viralizaron las falsas muertes de personajes como Sylvester Stallone o Axl Rose. Incluso el encantador de perros César Millán expiró temporalmente por un paro cardíaco, un par de años atrás. García parecía un blanco factible para estos asesinatos virtuales. Pronto vería noticias sobre su muerte que en unas horas se desmentirían. Eso empezaba a creer.

AGP en su primer mandato (Fuente: GettyImages).

Al rato reparé en el hospital y lo nostálgico que me resulta, pues queda a unas cuadras de una casa donde viví con mi familia por 14 años, porque antes de esa casa vivía al frente de ese hospital y porque ahora mi familia vive todavía no tan lejos del mismo, y sigue formando parte de su paisaje urbano diario. “García se ha querido matar y ahora lo están operando cerca de mi casa”, pensaba. Por último, me pregunté por papá. Tras los dos gobiernos de García (1985-1990 y 2006-2011), mi padre, quien en su juventud fue un seguidor de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) y asistía a las legendarias reuniones de Víctor Raúl Haya de la Torre, pasó a volverse un descorazonado del partido, caído en desgracia con el liderazgo de García y su séquito. Estaba seguro que en casa esto iba a ser el único tema de conversación. Al rato, recibí un correo electrónico del mismo amigo que un año antes me anunció la salida de PPK, con una verdad directa y filuda que para ese momento ya conocía: “Acaba de morir el cobarde de Alan García Pérez. La muerte no le sienta bien”. Perú, Odebrecht, PPK, Alan, ¿suicidio? Sonaba más loco que los mejores momentos de House of Cards. ¿Cómo reaccionar?

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Lo que siguió -y continúa- a la confirmación de su muerte es tan penoso como interesante. Las redes sociales, una tribuna fuerte, difusa y con creciente relevancia, se invadieron de dos posturas: aquella que reclamaba respeto por el suicidio, por ese expresidente que ha dejado existir por cuenta propia; y aquella otra que celebraba la muerte del mafioso y se regocijaba en insultarlo y atacar a los que se oponen. Las noticias aunadas con este tropel de publicaciones y comentarios de Facebook me dejaron más contrariado. Como la mayoría del Perú, he deseado que García caiga por todos sus crímenes. Hablo de un político corrupto y megalómano que se las arregló para esquivar cualquier enfrentamiento, quien nunca se presentó ante la ley, arreglándoselas para escapar airoso en todas las oportunidades. Una suerte de genio del mal cuyo estratégico proceder nos condujo a contemplar su caída como algo ilusorio. Si pensabas que García terminará en la cárcel es porque eres un ingenuo. Cayó Keiko, PPK, caerá Toledo -una cuestión de tiempo- pero García no. El pueblo lo rechaza pero también le atribuye una inteligencia incomparable. No obstante, ese 17 de abril esta incredulidad o desánimo general se esfumó de la forma más insospechada. Alan García se mató y quedó sin castigo justo cuando se iniciaba el proceso que lo haría responsable de sus delitos.

Así, nos aplaca una sensación de impunidad tremenda: queríamos que pague y se desapareció de la faz de la tierra. Muchos proyectábamos una amanecida brutal entre cervezas para el día en que García sea juzgado. Cuando PPK absolvió a Fujimori salimos a las calles, pero cuando renunció nos tocó festejar. Ya lejos, salí apremiado del trabajo y compré una cerveza en el supermercado. La bebí solo y feliz, a miles de leguas de distancia. Recrear ahora aquello sería extraño. Queríamos justicia mas no buscábamos matarlo. Un gran amigo me dijo con frustración: “es como si estuvieras ganando un partido y al último minuto te lo empatan… Un empate con sabor a derrota”. Como mencionaba al inicio, no puedo alegrarme por un suicidio. Cualquier muerte implica respeto y seriedad por aquel que ha fenecido, mas también por su familia y amigos. Además, alguien se ha quitado la vida y por más lucubraciones y teorías que ensayemos, jamás sabremos a cabalidad las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. Es demasiado pronto, pero en un futuro cercano habría que detenerse a pensar qué pasaba en sus adentros, tratar de entenderlo. Quizás fue una última salida para alguien que realmente clamaba su inocencia; o una forma de redención personal, pensando en todos sus errores y delitos; o a lo mejor -y esto me parece lo más probable, con tristeza- un último reflejo de su arrogancia infinita, escaparse y burlarse de la justicia hasta la misma muerte, sin afirmar nada y esperando algún tipo de trascendencia histórica.

En 1988, un treintón García profesaba su admiración a Sendero Luminoso por su “mística de entrega”, militantes dispuestos a dar la vida. Un desliz público que le valió más críticas en ese desastroso primer mandato. Pienso, ¿reflejará esta memoria un resquicio de esa realidad distorsionada que lo llevó al suicidio? ¿Habrá creído con total certidumbre que estaba inmolándose por la justicia, por nosotros, por el Perú? Él seguía afirmando su inculpabilidad o en todo caso, la ausencia de pruebas (“demuéstrenlo pues, imbéciles, encuentren algo”). Lo dudo, pero nunca lo sabremos.

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Todo esto puede o no ser cierto, sin embargo, siento que aquí debe hacerse una diferenciación entre los sentimientos que este suceso a desencadenado: no es correcto celebrar el suicidio, pero dentro de todo, sí puede alegrarnos que el día de hoy la justicia en el Perú estuvo por delante. Si estábamos prontos a tenerlo entre cuatro paredes es porque se ha avanzado sin intereses ni influencias de políticos en el poder, y se llegó prácticamente a arrinconar a García. Lo siguiente era hablar, admitir por vez primera. No había vuelta atrás y él lo sabía. Funcionó hasta que nos enteramos del pistoletazo que García decidió darse en la cabeza. Un corrupto muerto no es lo que queríamos, al menos no literalmente, pero sí un corrupto menos, desactivado y enmarrocado. Ciertamente tenemos ahora un corrupto menos, uno de los más detestables y escurridizos, pero tal desenlace agridulce puede confundirnos. En este contexto, considero que existen razones para estar motivados por el porvenir de la realización de la justicia. La decisión de un ser humano de autoinfligirse mortalmente con un proyectil en el cerebro es suya y por más interesante que resulte en matices ya sea relativos al morbo, la empatía o incluso a lo narrativo, no es algo que nos concierna de manera inherente; pero siendo García quien fue, un personaje público que lideró el país en dos ocasiones y le hizo mucho daño, sí es algo que estamos en el derecho de cuestionar o criticar. Se respeta sin perder la entereza. No aplaudo su muerte, menos aún el significado que sus seguidores le quieren dar, más bien me aúno al descontento de aquellos que esperaban verlo en la cárcel. Y sin embargo, al final del día, guardando el respeto por su familia, es reconfortante saber que ya no hay posibilidad de que se aproveche, se burle o haga más daño al Perú. Lo ideal era que enfrente la justicia, una posibilidad ya descartada, pero al menos el proceso anticorrupción continúa.

***

El momento en que AGP llamó “imbéciles” a aquellos que lo juzgan de corrupto.

A todo esto, pienso a su vez en el acto. A las pocas horas de su muerte, el círculo más fiel de García en el APRA así como también los fujimoristas y ciertos periodistas deleznables no han dejado de exaltar su suicidio como un último acto heroico. Una muerte simbólica y paradigma martirológico. Esto es una verdadera y total falacia y debemos tener mucho cuidado con ella. Están aprovechando su suicidio para amedrentar el trabajo sin precedentes de los jueces a cargo de Lava Jato, al equipo de periodistas honestos partícipes de estas investigaciones e incluso al presidente Vizcarra y su administración, que no es un santo de mi devoción, pero nada tiene que ver con este trágico y descabellado episodio. Imagino que esta campaña de desprestigio tiene para rato, y puede confundir a muchos peruanos de buena fe, defensores de la vida y los derechos humanos. Esto me remite a algunos puntos que quisiera mencionar:

Primero: Este episodio ha traído como consecuencia algo en parte bueno: el despertar del tema del suicidio en la agenda nacional. Creo que la razón no es la mejor, el suicidio está relacionado con el bienestar psicológico de las personas: la salud mental debería representar siempre una inquietud importante en el país, no cada vez que se mata un político o famoso, y menos uno que inspire descaro, encono, deshonra. Pero es lo que tenemos.

Existe un viejo y conservador postulado que ha cobrado fuerza con la muerte de este expresidente: que el suicidio es la obra de un pusilánime, la máxima expresión de cobardía. Creo que es un momento adecuado para repensar aquello. Hace unas semanas mi cuñado compartió conmigo un ensayo muy interesante que escribió y leyó durante el IV Congreso Internacional de Logoterapia en Lima, donde establece un diálogo entre dos posturas acaso contradictorias: la del explosivo fatalista rumano Emile Cioran y su pesimismo filosófico, y la del austriaco psicoterapeuta y padre de la logoterapia, Viktor Frankl. Retorné a estas ideas al reflexionar sobre la muerte de García. Ambos albergan célebres pensamientos en torno al suicidio. Citas de Cioran como “suicidarse por ser lo que se es, pase; pero no porque la Humanidad entera pudiera escupirle a uno a la cara” o “ningún autócrata ha dispuesto nunca de un poder comparable al que tiene un pobre diablo que piensa en matarse”, en cierta forma se hermanan con este párrafo poderoso de Frankl: “No es tan fácil contestar a la trivial pregunta de si el que se suicida es un valiente o un cobarde. No puede ser uno tan injusto que pase por alto la lucha interior que suele preceder a toda tentativa de suicidio. No nos queda, pues, otro camino que decir: el suicida es valiente ante la muerte, pero cobarde ante la vida”. 

Me permito a continuación volar un poco sobre la base de estas palabras. Pienso que debemos separar el respeto y empatía que consideramos esperable y humano en torno a un suicida con la realidad de algunos casos específicos. García se fue del mundo como último recurso para evitar ese escupitajo en el rostro. Dudo que haya anidado algo de arrepentimiento en sus motivos. Yéndose evitó mucho: admitir la verdad, la cárcel, la vergüenza, la culpabilidad y los sucesos que todo ello acarrea. Pero al apagarse a sí mismo, García escogió hacerse su propia justicia: aquel es el lamentable poder que entraña su muerte. Tocaba confesar y entregarse para acaso dar paso a un atisbo de dignidad y quizás, con las décadas, a una vida en cautiverio, austera y reflexiva: una vejez en redención. Y no obstante lo anterior, hay que aceptar que optar por el suicidio es un paso definitivo, un adentramiento directo e innatural hacia el incierto camino después de la muerte. Requiere tanto desesperación como coraje, y algo de vesania. Pero si aquello implica también un pavor desmedido a la verdad y a afrontar en vida las consecuencias de tus actos, ¿entonces es reconocible la valentía ante la muerte? Al menos me queda claro que el expresidente sí fue un cobarde ante la vida. El inefable David Foster Wallace (quien se ahorcó en el 2008) decía: “las partes de mí que solían pensar que yo era diferente, más inteligente o lo que sea, casi me hacen morir”. Si evocamos los delirios de grandeza que lo caracterizaron en vida, podríamos decir que García parece haber consumado ese pensamiento. Foster Wallace también escribió una de las reflexiones más certeras sobre el suicidio en La broma infinita (1996), donde resaltan estas líneas: “La persona cuya agonía invisible alcanza un cierto nivel insoportable se matará de la misma manera que una persona atrapada saltará por la ventana de un rascacielos en llamas… Cuando las llamas se acercan lo suficiente, caerse a la muerte se vuelve el ligeramente menos terrible de los dos terrores. No es desear la caída, es el terror a las llamas”. Acaso las circunstancias sean bastante disímiles, mas es cierto que García prefirió la muerte a la humillación y derrota que significaban para él rendir cuentas con la justicia. Como para debatirlo.

Segundo: Alan García Pérez como un mártir es una tesis errada. Aquello es incuestionable. Además de las concesiones con Odebrecht, que fueron lo que acabó acorralándolo, existe una cantidad de delitos de lesa humanidad de los que es responsable, como se lo recordó con acierto Fernando ‘Popy’ Olivera en el debate presidencial del 2016. No es nada nuevo: el enriquecimiento ilícito, los indultos a narcotraficantes, el tren eléctrico, la masacre a los indígenas del poblado de Bagua, la de los penales en 1986 o los paramilitares del Comando Rodrigo Franco, por nombrar los más capitales.

Tercero: Me he topado con paralelos imposibles. Se habla de Francisco Bolognesi, Miguel Grau o José Olaya, mártires peruanos que murieron defendiendo su país. Incluso del presidente chileno Salvador Allende, quien concluyó su vida con una AK-47 en plena invasión militar al Palacio de la Moneda. Eso podría considerarse hasta ofensivo para estos personajes históricos que perecieron con heroísmo.

Por otro lado, existe lo contrario: suicidios infames, indignos, cuyo parangón con la muerte de Alan García guarda más sentido. Hacia el fin de la Segunda Guerra y ante el avance inminente de los Aliados a Berlín, un derrotado y atemorizado Hitler optó por pegarse un tiro en la cabeza antes de vivir como fugitivo para eventualmente ser capturado y ejecutado. En el año 68 d.C., condenado a muerte como enemigo público, dejando Roma hecha un caos y sabiendo que Galba se acababa de nombrar nuevo Emperador, el sanguinario Nerón decide apuñalarse la garganta con un cuchillo, asistido por su secretario. Otros ejemplos contemporáneos se asemejan más al final de García: en el 2007 en Polonia, la exministra de construcción Barbara Blida, acusada de recibir sobornos millonarios, dirigió una bala a su corazón cuando la policía llegó a registrar su casa y arrestarla. Por la misma razón se extinguió la vida de Budd Dwyer, exsenador estadounidense que en 1987, un día antes de su sentencia, convocó una conferencia de prensa en la que se autodestruyó volándose el cerebro en vivo y en directo. El video de su suicidio dio la vuelta al mundo y todavía se puede encontrar en YouTube.

AGP con George W. Bush (Fuente: Andina/Archivo).

El final de García es mucho más cercano a estos casos deshonrosos que a los de un héroe, de alguien que se sacrifica por sus ideales. Él no era inocente ni exento de acusaciones de corrupción, tampoco un perseguido político, como alegó al intentar asilarse en la embajada de Uruguay. El suyo fue un escape fácil, acaso cobarde, pero no heroico. No dejemos que reescriban la historia: si Alan García Pérez será recordado para siempre -y lo será- no se deberá a su código moral o su abnegación para el beneficio de los peruanos, sino a su condición extraordinaria en nuestro bestiario político: un presidente abyecto y astuto que jamás quiso responder por sus crímenes y cuyo miedo a no alcanzar cierta gloria lo condujo al suicidio… Y por el cual se decretaron extrañamente tres días de duelo nacional. Una locura.

No nos dejemos engañar por las células más radicales y corruptas del APRA, los políticos en el poder o los periodistas sin ética que defienden mentiras a ultranza.

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Termino este texto días luego de empezarlo. La muerte de Alan García Pérez y sus secuelas prevalecen entre las noticias y, dentro de todo, persiste este ataque contra los jueces y fiscales del equipo especial del caso Lava Jato, así como contra el puñado de periodistas que han colaborado con estas investigaciones. Personas que están siendo amenazadas, arriesgando sus vidas por la consecución de la justicia. García dejó una carta descubierta poco después, donde seguía clamando su inocencia y negando los sobornos. A pesar de ello, hace poco IDL-Reporteros dio otro giro de tuerca: por primera vez en la historia del caso Lava Jato y en la de García, alguien lo delata. Miguel Atala, exvicepresidente de Petroperú, ha confesado haber sido testaferro de quien lideró nuestro país dos veces, ayudándolo a recibir un millón 300 mil dólares de Odebrecht.

Existe, me repito, un porvenir para la lucha anticorrupción en el Perú. Toca apoyar como se pueda. Que no se pierda la mira.

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