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Chicama: la ola más larga del mundo

Deportes, Ecología y Medio Ambiente, Reportajes, Viajes - Diego Olivas Arana - 29 Febrero, 2020

Atardecer en Chicama (Créditos: Carlos Antonio Ferrer).

El puerto Chicama, a 600 kilómetros de Lima, es hogar de la ola más larga del mundo. Su inefable grandeza y extensión han sido fruto de curiosidad y ambición de incontables tablistas. Dentro de poco, este paraíso surfer podría desaparecer ¿Qué sucede con la ola de Chicama?

 

*** Este texto fue publicado originalmente en una versión más corta en la revista Asia Sur #183 (Edición enero, 2016).

 

Ponga un dedo al azar en el mapa, y ahí donde caiga, un surfista habrá soñado alguna vez con la ola de Chicama, ese fenómeno oceanográfico único en el mundo que bosteza amplio, larguísimo y que se corona como la izquierda más larga del mundo. Cumpliendo aquel sueño, decenas de tablistas arriban a El Point, punto neurálgico del balneario norteño y paradero marino donde hombres y mujeres esperan viaje en ese medio de transporte armado con agua y sal, que favorece extensamente a quien sabe domarla a lo largo de sus dos kilómetros de cresta de espuma. Los favores de la ola han trascendido la orilla: tras los dos minutos y medio que dura su recorrido, decenas de moto taxistas esperan a los tablistas al final del viaje para regresarlos donde todo comenzó. Así de larga es: el retorno puede ser tan agotador, que es mejor pagar un nuevo sol para volver sobre tres ruedas.

Correr esta ola no tiene precio. ¿Por qué, entonces, sepultar tal maravilla de la naturaleza con un muelle?

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En marzo del año pasado, el terminal portuario de Malabrigo en Chicama, en el departamento de La libertad,  conocido también como Puerto Chicama, perdió su muelle artesanal, abatido por la intensidad del oleaje. El gobierno regional contempló la posibilidad de construir un nuevo muelle tipo espigón. Así, tres empresas extranjeras han ofrecido planes de construcción del muelle. Nada ha sido aprobado todavía, mas la polémica ya se desató: el muelle moderno cambiaría para siempre las llamadas ‘olas chicameras’, la meca del surf para el tablista de mundo. 

Para Carlo Grigoletto, de DG Costera, una institución que busca desarrollar proyectos sostenibles para la preservación del litoral peruano, todo está relacionado al proceso de transporte de sedimentos, que es el acopio de residuos arrastrados por las corrientes. «Ellos forman las playas y el fondo marino, que junto a la base sólida rocosa hacen de las rompientes lo que son ahora». Tal construcción sólida impediría el flujo natural de sedimentos, generando riesgos de erosión que afectarían la figura de las playas y el perfil y calidad de las rompientes, transformando la ola más larga del mundo en una corrida de turno.     

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. Clip de las olas de Chicama.

 

Casi dos centurias antes de que el capitán James Cook observase tablistas por primera vez en Hawái, el jesuita y antropólogo español Fray José de Acosta describió en su libro, Historia natural y moral de las Indias (1590), cómo los indígenas del Perú pescaban y paseaban por el mar sobre sus caballitos de totora, cual “tritones o neptunos sobre el agua”. Los primeros tablistas fueron peruanos. Siglos después, en 1965, el surfista hawaiano Chuck Shipman se topó con la inmensa ola de Chicama desde la ventana de su avión, regresando de un campeonato mundial de surf en Punta Rocas. Pronto identificó en un largo mapa del Perú la zona al norte de Lima donde podría hallarse aquel promontorio, y con ayuda de los tablistas peruanos Joaquín Miro Quesada, Oscar ‘Chino’ Malpartida y Carlos ‘El Flaco’ Barreda, descubrió aquello que surfistas de todo el mundo daban por mito o superchería: la ola perfecta de Chicama. Hacerse uno con la ola en Perú sienta bien. Es casi esperable. ¿Cómo salvar la leyenda viva que anida en Puerto Chicama?

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“Entre 1969 y 1972, poco después de que se descubriera la ola, visité Chicama seguido, mientras vivía en Lima. El pueblo no tenía agua corriente, solo un pozo central. No había baños, hacíamos nuestras necesidades en el desierto. Muy pocas casas tenían electricidad, la mayoría eran pequeñas chozas de barro y adobe. Las calles eran pura tierra y arena. La casa de El Hombre estaba más cerca del punto. Los surfistas dormían en un piso de tierra, en una habitación sin techo que estaba detrás de la cocina del señor Hombre. Sin costo alguno. En agradecimiento por su amabilidad, le compramos comidas cocinadas por su esposa por alrededor de 15 centavos de dólar. Esta era la única fuente de ingresos para Hombre y su familia empobrecida. Compartimos nuestro vino y pisco con Hombre, ya que él no podía permitirse ese lujo de hombre rico. Estoy feliz de ver que El Hombre llegó tan lejos y ahora dirige un exitoso hotel”.

Aquel es el testimonio de un viejo surfista apodado Fredisimo. El Hombre es un personaje casi místico en puerto Chicama, quien muy joven se dedicó a acoger a todos los tablistas extranjeros que llegaban en busca de la ola más larga del planeta. Con los años, lo que se inició como un gesto de hospitalidad acabó convirtiéndose en el negocio y legado familiar: el Hostal “El Hombre”, un espacio sagrado para los surfistas, hoy regentado por Doris, la hija de El Hombre. La ola los atrae y genera este intercambio y prosperidad. Como ellos, son muchos los lugareños cuyo trabajo gira en torno al turismo surfista de la ola de Chicama. Algo que podría desaparecer.

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Una joven surfista recorriendo la legendaria ola (Créditos: Javier Larrea).

Hace trece años se propuso la ley N° 27280, la ‘Ley de Preservación de las Rompientes apropiadas para la Práctica Deportiva’. Ley pionera en su discurso, que recién fue legislada en el 2013 bajo la condición de que solo serán protegidas aquellas registradas en el Registro Nacional de Rompientes. Carolina Butrich, campeona mundial de windsurf y coordinadora de la campaña HAZLA POR TU OLA, de la iniciativa Conservamos por Naturaleza, afirma que para realizar tales inscripciones se deben presentar expedientes y estudios que pueden tomar tanto tiempo como dinero. HAZLA busca explicar la problemática y recaudar cincuenta mil dólares para registrar un primer bloque de diez grupos de rompientes importantes, incluida Chicama. “No hay antecedentes de lo que queremos hacer, eso puede ser un problema. Tratamos de establecer un proceso para facilitar los pasos en el futuro”, confiesa Carolina, mientras contempla sonriendo el tatuaje de su muñeca: un heartbeat cuyas ondulaciones reflejan el movimiento de unas olas. La vida evocada en el mar.

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La construcción de un muelle podría ser factible en tanto sea sostenible. Carolina menciona tres principios que deben considerarse para ello: el ambiental, pues al ser un muelle sólido y no permeable, impide el tráfico de sedimentos e incrementa la erosión; el económico, porque la ola de Chicama no es solamente un acontecimiento para surfers, genera gran actividad turística que da muchos puestos de trabajo; y el social, ya que un muelle provocaría la pérdida de arena por retención de sedimentos, ello transformaría las playas, afectando los lugares turísticos y por ende a la población.

Dicen que muchos surfistas erraron toda su vida buscando la ola más extensa y perfecta, aquella misteriosa criatura infinita que los encaminaba al origen del mundo. La legendaria ola de Chicama, la más larga de la tierra, podría acaso ser tal aparición. Y podría, a su vez, convertirse en un pronto recuerdo. Está en nuestras manos.  

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ABSTRACCIONES, CRÓNICAS y REPORTAJES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019

ABSTRACCIONES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019 Distrito San Isidro al fondo, Lima (Créditos: Perfil de Flickr de KaMpErƎ & Le-tticia).

Breve asalto de reflexiones migratorias tras 60 días de vacaciones en mi ciudad natal

 

La noche del lunes volví a Varsovia luego de dos meses en Lima. Viví con intensidad: mi esposa y yo compartimos con la familia y nuestros amigos, viajamos a provincia, salimos a eventos, exposiciones, bebimos y comimos. Tras casi dos años sin pisar mi ciudad, la expectativa de esos sesenta días se conjuraba como una eternidad, pero se esfumó de repente. No fue una estadía muy calmada, es cierto, mas fuimos felices.

Ania y yo solíamos repetirnos esta frase acaso en tono de broma y sin embargo entrañando siempre cierta verdad: “solo extrañamos a Dante”, nuestro perro de dos años, querido amigo y compañero, quien se ha pasado el verano polaco en el campo con mis suegros. Y es que salvo la última semana en Lima -donde nos invadió esa conocida sensación hacia el final de cada viaje, cuando ya percibes que falta poco tiempo para volver a tu ritmo habitual y lentamente te entregas a ese calmado deseo de pasar un día normal en casa-, toda nuestra estadía hemos sido presa -yo en particular- de una euforia nostálgica por la familia, los amigos, las calles y espacios antes frecuentados. Un amor al pasado con el que te reencuentras y que ahora es distinto, como es de esperarse, pero todavía te abraza. Si bien he vivido antes en el extranjero, nunca he estado tanto tiempo alejado de casa. Me encontraba adicto a la experiencia de volver.

Salíamos del avión de Ryanair que llegaba desde Madrid -donde solemos hacer conexión-, y caminábamos junto a mi esposa y el resto de pasajeros a través de la pista de aterrizaje del Warszawa -Modlin, aquel menudo aeropuerto internacional exclusivo para vuelos low-cost del que siempre salgo extenuado y adormecido. Avanzábamos en una fila india encauzada por cercas metálicas cuya guía terminaba en la entrada al aeropuerto. En ese momento, todavía en la pista, sentí la caricia del viento sobre mi rostro, ese guiño apacible del verano europeo al que nos adentrábamos, que de inmediato me rebobinó a la misma escena en el aeropuerto Jorge Chávez, dos meses antes. Ya desde esa primera escena la experiencia es tremendamente distinta. Salir del Jorge Chávez para darse de bruces con Lima: la ola de humedad te invade de pronto, como una bofetada caliente y fantasmal. No importa la estación, en Lima respiramos siempre moléculas de agua y uno toma aun más consciencia de ello al volver después de largo tiempo. Una sensación viscosa por momentos -en especial en verano-, pero que aprendí a querer. La primera bienvenida es el abrazo violento de la humedad.

El río Vístula desde el centro de Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

El taxi a las cinco de la madrugada desde el aeropuerto hasta Miraflores: las palmeras. Plaza San Miguel. La odiada línea de combis “S”, que me llevó a la universidad durante toda la carrera. La Costa Verde y el inefable océano Pacífico. Las calles de San Antonio donde crecí, con sus casas miraflorinas antiguas, sus parques con nombres de militares y estadistas, sus perros con abrigos de polar, las ardillas grises, sus panaderías y bodegas. El Malecón de Miraflores. El Pollos Piers y los otros bares de mala muerte alrededor del Parque Kennedy. El Eka Bar y su setlist inmortal. Barranco con la Bajada de los Baños, Sáenz Peña, San Martín, Grau, El Sol, La Noche, Juanito, el Piselli. Los chifas. El Queirolo de Pueblo Libre y el de Camaná. El jirón Quilca con sus libros y juguetes y el Bar de Tito. El Yacana. Los jueves de karaoke del Koca Kinto. Ver películas en el viejo Pacífico, el Alcázar o el Centro Cultural de la PUCP. Cusqueñas negras y Pilsen Callao. Ir a Wong cerca de mi casa para comprar absolutamente cualquier tontería: una Coca-Cola, un Sublime-Princesa-Sorrento-Milky-CuaCua-Pícaras-Margarita-Morochas-Tortees-Cuates-Canchita serrana… Pensar en Lima o en mi viaje a Lima me trae todo esto. Siento que el retrato mental de mi ciudad está demasiado enfocado en ciertos asfaltos, cantidades vulgares de comida y alcohol y en mucha música. ¿Es malo concebir Lima bajo ese inofensivo hedonismo familiar y citadino?

Lo ignoro. Pero Lima no es solo eso. Son muchas ciudades divididas. Un monstruo con muchas caras, la mayoría más adversas, tristes y menos privilegiadas que la apremiada evocación con la que acabo de resumir una parte esencial de mi vida.

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Se extraña Lima, mas hay realidades que me repelan ipso facto. El transporte público, el tráfico y el egoísmo suicida de los conductores de custers y combis y de vehículos privados representan una problemática que he despreciado siempre y con la que me he topado no pocas veces durante mi retorno. Autos pasándose la luz roja, ignorando que pretendo cruzar o cortándome el paso deliberadamente. Cederle el paso al peatón en Lima se antoja como un acto quimérico, alienígena, acaso irrisorio. Más de una vez en Varsovia, Ania me preguntó por qué no cruzo o tardo en cruzar la pista cuando toca. Me tomó tiempo habituarme a la prioridad del peatón: siempre aguardaba alerta, creyendo que les importo un carajo y contemplando la posibilidad de ser atropellado. Como todo limeño.

“Lima la horrible” (edición de Populibros, 1964), de Sebastián Salazar Bondy.

A su vez, el tráfico vuelca en desesperación: me recuerdo enrabiado de impaciencia y aburrimiento -e intensos dolores de espalda y cuello- en la avenida La Marina, Benavides o Javier Prado. Adelantándose a su tiempo, Sebastián Salazar Bondy escribió en el clásico Lima la horrible (Biblioteca Era, 1964): “Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir”. Cincuenta y tres años después, Diego Trelles Paz publicó La procesión infinita (Anagrama, 2017), poderosa novela que curiosamente leí en un momento muy acertado, empezándola en el avión de Madrid hacia Lima y terminándola unas semanas antes de volver a Varsovia. Una de sus páginas más notables reza lo siguiente, confirmando con brutalidad la vigencia de lo descrito por el gran Salazar Bondy décadas atrás:

“La procesión infinita”, de Diego Trelles Paz (Anagrama, 2017).

“… El primer anuncio del delirio automovilístico de lima es una estampida furiosa de custers, combis, taxis, buses, motos y carros particulares que rodean y atraviesan el óvalo de Faucett en distintas direcciones al mismo tiempo. Todo está permitido: meter la trompa del vehículo y cerrar el paso, pasar del carril extremo de la izquierda al de la derecha, acelerando en diagonal, detenerse en cualquier lado de la avenida el tiempo que se estime conveniente, subirse a las veredas, a las bermas con jardines, a las ciclovías, a los parques, a donde lleguen las ruedas, comerse todos y cada uno de los semáforos o simplemente quedarse quieto esperando pasajeros mientras la luz verde agoniza, tocar la bocina frenéticamente, una dos, cinco, diez, veinte veces mientras gritas y golpeas y amenazas y bajas del auto con el fierro de la gata dispuesto ya a romper, a quebrar, a chancar, a destruir, a asesinar a quien sea, por lo que sea, así venga la policía, ¡qué mierda!, tú a la policía te la pasas por los huevos, tombo conchatumadre, aquí yo hago lo-que-chucha-me-dé-la-gana, qué mierda quieres, ¿ponerme una papeleta?, ponme cinco si quieres, igual no las pago, huevonazo, y aprietas y aceleras y chocas y atropellas y te das la fuga y todos vieron pero nadie vio porque si pasa y tienes bille, arreglas, trabajas, ofreces, coimeas, la libras, la olvidas, se olvidan, no saben, no opinan, la vuelves a hacer, todo se puede porque el mundo es ancho e impune cuando enciendes un vehículo y te lanzas sobre las pistas cementerio de las calles de Lima”.  

Y el siguiente párrafo toca justamente ese miedo animal que mencionaba líneas atrás:

“Quizás es por eso que los peatones no confían cuando el Chato respeta el PARE y, con la mano barriendo el aire, los invita a cruzar por delante con una sonrisa. Éste está cojudo. Éste está loco. ¿Qué le pasa? Si avanzo, me mata. Si le creo, acelera y me arrolla. Por aquí es así, lo sabemos todos, es ley-no-escrita: primero el carro, segundo el carro, tercero el carro, cuarto el carro y así hasta el infinito. El que confía muere. En Lima hay que tener ojos en la cabeza y en las orejas por si te embisten por detrás o te levantan de lado. Nadie está libre…”.

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Hace ya varios años, compartiendo cervezas en algún bar de Helsinki, Tapio, un entrañable amigo finlandés (que ama y conoce el Perú más que muchos de los peruanos que conozco) me contó que cuando regresó a Lima unos años después de haber venido por su intercambio universitario, sintió que ya nada era lo mismo. Los amigos estaban en otras partes o tenían otros intereses, los lugares frecuentados ya no existían o habían sido renovados, la gente en la universidad era otra. Fue una sensación natural pero extraña, me dijo. Esta idea se quedó sembrada en mis adentros: mi vida en ese momento atravesaba un momento idílico en Helsinki, e imaginaba cómo sería volver. A inicios de este año tuve la oportunidad de descubrirlo, cuando mi esposa y yo visitamos Finlandia por primera vez desde esa temporada en la que nos conocimos. Los cambios eran evidentes, esperables: ya no había casi nadie de las personas que conocía en la ciudad, el edificio de estudiantes donde vivía estaba invadido por eufóricos veinteañeros, existían ahora algunos nuevos lugares en el centro, y así. Fue un retorno tan nostálgico como dichoso, pues Ania y yo descubrimos -acaso confirmamos- que seguíamos amando esa ciudad. Cuando regresas a un lugar muy importante para ti, donde has vivido momentos inolvidables, la experiencia nunca es la misma, no obstante, ello no aminora su importancia ni mitiga tu emoción. El sentimiento se transforma. ¿Quizás crece, madura, pasa a una siguiente etapa?

El Palacio de Gobierno en una tarde de agosto. Lima, 2019 (Créditos: Diego Olivas Arana).

Todo está en constante cambio, frase tan manida como cierta, y añadiría que ello suele darse para bien. Fue así al volver a Lima. Desde mi familia hasta mis amigas y amigos, todos han dejado al menos un poco de ser aquellos que conjuraba en mi recuerdo. Algunos se han entregado a una pasión que antes palpaban con cautela o han abrazado un movimiento cultural o político. Otros han descubierto su vocación en senderos ya sea muy esperados o alternativos o van camino a convertirse en destacados funcionarios del Estado o en estrellas de la televisión. Hay quienes empiezan una nueva maestría o estudios en Perú o en alguna parte del mundo, no pocos son ahora nuevos empresarios y están por último aquellos que estrenan flamantes parejas o siguen con la misma ya consolidada, encaminándose a la relación adulta (con gato o perro adoptado incluido).

Verlos a todos me lleva a pensar en cuánto he cambiado yo. No pocas veces discurro en estas abstracciones (como todo este texto, habrán de disculparme). Para un puñado de la gente que frecuentaba en Lima soy quizás el único casado o el único que se fue a otro continente por tiempo indefinido. Cambios tremendos: incluso he retornado con unos generosos kilos de más. ¿Soy la misma persona? ¿Está mal ya no serlo? En la cáustica Changes del infinito David Bowie, el estribillo decía: “Time may change me / But I can’t trace time”… “Quizás el tiempo me cambie, pero yo no puedo rastrear al tiempo”. Tanto en inglés como en español, la frase deviene nebulosa, ¿qué diantres quiere decir Bowie con “rastrear al tiempo”? Sabemos que la canción es tanto un grito de rebeldía contra la movida musical de los setentas como una exaltación de sus camaleónicas reinvenciones artísticas, pero creo que también deja un espacio incierto para al menos elucubrar alguna reflexión más interna. De pronto Bowie está tratando de decirnos que, mientras está consciente del transcurrir del tiempo y su efecto sobre él, no sabe con certidumbre cómo o en qué momento la persona que una vez fue se convirtió en quien es ahora. ¿En qué momento uno deja de ser uno para volverse ese otro nuevo? ¿Es una traición o una evolución? Prefiero concebirlo como el cauce natural de las cosas.

. Changes, del legendario David Bowie

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La misma noche en la que llegamos a Polonia, estaba en nuestro hogar, el departamento donde vivimos en Jabłonna. Mi cuñada y su novio, quienes nos recogieron, nos habían preparado una cena y estábamos comiendo y tomando vino. Cuando ya teníamos buen rato conversando, cogí mi copa y los dejé para irme al balcón y echarle un vistazo a mi vecindario. Era la medianoche de un lunes y la imagen era oscura y silenciosa: el patio con juegos para niños rodeado de edificios y automóviles. Ninguna persona y solamente la luz de los postes. Me quedé absorto contemplando unos columpios, sin saber qué estaba sintiendo hasta luego de unos segundos, cuando sonreí. La cálida noche, las luces amarillas y redondas de los faroles, las voces de Ania y su familia riéndose desde mi sala. Me sentía en casa. No esperaba sentirme así al llegar. No esperaba nada, solo retornar a donde resido, seguir adelante. Tampoco se trata de una percepción ajena a Perú: Polonia es mi otra casa. Por primera vez me descubrí aliviado, feliz de llegar a este país y continuar con el ritmo habitual de mi vida. Fue un instante revelador.

En este último viaje acometí una empresa descabellada para los ojos de muchos amigos: pagué por equipaje extra y traje conmigo alrededor de cincuenta de los libros que tengo en Lima y un centenar de mi colección de figuras de acción. Fue una necedad planeada tiempo atrás y que necesitaba realizar (y que Ania comprendió). Sin embargo, alguna vez me he cuestionado el sentido de traer aquí mis pertenencias. Llevo todo a Varsovia, pero luego tal vez me vaya a estudiar a alguna parte, entonces qué, ¿me llevo estas posesiones también o las dejo aquí? ¿He decidido quedarme en Polonia para siempre? ¿Nunca voy a volver a Perú? ¿Solo visitas de uno o dos meses cada tantos años? ¿En qué país quiero vivir? ¿En qué ciudad quiero morir? ¿O será que volveré en mi vejez, para morir en Lima, como hicieron tantos compatriotas? Cada vez que estas disquisiciones se dilatan llego a un callejón sin salida.

Una fotografía de los libros que traje de Lima (faltan unos pocos, creo), ya en mi casa en Jabłonna, Polonia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Tales pensamientos también encierran una noción a la que regreso con frecuencia: mi ciudad. Soy un peruano nacido en Lima que ya no vive allí. Nunca dejaré de ser limeño ni peruano, ni pretendo hacerlo, ¿pero cuál es mi ciudad? Hablo del espacio que escojo voluntariamente como mío. Que adopto como refugio, madriguera, hogar de mis pasiones, creaciones y cuitas, base de operaciones y tierra para mis posibles hijas e hijos. ¿Cuál es mi ciudad? ¿Es el novelesco pueblo de Whitefish, Montana, donde trabajé brevemente en mi juventud y me rompí los ligamentos de la rodilla? ¿Es Helsinki, donde estudié y conocí a mi esposa y pasé uno de los mejores años de mi vida? ¿Es Varsovia, donde empecé desde cero una vida con ella hace más de dos años? ¿Es Lima, donde nací y viví y donde se encuentran mi familia y amigos?

Un profuso número de seres humanos que admiro -y con los que jamás podría compararme- migraron a otra ciudad y la adoptaron para siempre o por un periodo significativo de su existencia. Cioran, Vallejo, Cortázar, Hemingway, Julio Ramón Ribeyro: todos ellos escogieron París (y los tres primeros están enterrados allá). Coetzee vive en Adelaida, Miłosz vivió en Berkeley, Borges murió en Ginebra, García Márquez en Ciudad de México, Bolaño en Barcelona (pero vivió en Blanes). Por otro lado, Kapuściński siempre regresó a su casa en Varsovia, donde murió el 2007. Entonces, ¿estoy traicionando mis orígenes por irme a radicar a otra parte? No lo creo. Evoco ahora uno de mis diálogos favoritos de una de mis películas favoritas, Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997), donde el enorme Federico Luppi interpreta a Martín, cineasta bonaerense que lleva más de veinte años viviendo en Madrid y padre de Hache (Juan Diego Botto), a quien aquí alecciona sobre la migración y la patria:

“Eso de extrañar, la nostalgia, todo eso es un verso. No se extraña un país. Se extraña el barrio, en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento: ¿qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Una estadística. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa…”.

. Escena mencionada de Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997).

Asimismo, en Conversaciones, la compilación de entrevistas a Cioran, (Tusquets, Serie Marginales, 2011), el maestro de los aforismos confesó: “Soy jurídicamente apátrida y eso corresponde a algo profundo, pero no ideológico ni político, es mi estatuto metafísico. Quiero carecer de patria, de identidad”. Y más tarde agrega: “Para mí, París ha sido idolatría. Pero me he cansado, porque envejezco y la ciudad también. El hechizo se ha acabado. Si no la abandono es porque he vivido en ella durante cuarenta años. Pero ya no me inspira… Es una ciudad triste. Está destruida. Se ha convertido en un infierno -o en una pesadilla- que no puedo abandonar. No podría vivir en ninguna otra parte”.

“Conversaciones”, de E.M. Cioran (Tusquets, Serie Marginales, 2011).

Ambas citas son muy interesantes para abrir un debate sobre estas ideas. Si bien no rechazo mi patria ni el concepto de ella, me gusta pensar que ella se traduce en mis amigos, mi familia. Hace unos días bromeaba con una amiga de Lima a quien le decía que la próxima contrataré un container para transportar el resto de mis libros, a lo que ella me respondió que aquella era una situación precisa para infiltrar a todos nuestros amigos escondidos hasta Varsovia, y quedármelos allá para siempre. Si pudiésemos transferir nuestros seres más queridos a esa ciudad al otro lado del mundo donde hemos migrado, ¿lo haríamos?

Una tarde de mis últimos años en la universidad, conversando luego de clases en la cafetería del Edificio Mac Gregor, Juan Manuel Robles me dijo que cuando uno viaja a otro país por un buen tiempo, tiene la oportunidad de ser una nueva versión de sí mismo. Recuerdo haberme quedado con esa frase el resto del día, pues me devolvía a mi vida en Helsinki, donde aquello ocurrió y experimenté una entrega absoluta. Quizás el fantasioso proyecto de transportar a todos mis conocidos en containers hasta Varsovia arruinaría tal proceso. Dejarlo todo y a todos no debe ser solo una consecuencia de la migración, sino, al mismo tiempo, una de sus razones. El porqué de aquella razón es algo que tal vez me tome toda mi vida descifrar. Partí a Polonia para casarme y empezar una vida con mi esposa en su tierra. En más de una ocasión ella ha afirmado que podríamos volver a Lima si yo quiero, y yo me opongo casi de inmediato. Hasta ahora no acabo de comprender el porqué de esa decisión tan testaruda como inconsciente. Después de todo, nadie me está obligando. De quedarme en Polonia toda mi vida, ¿llegaré a mirarla con una pasiva tristeza y decepción, como Cioran? ¿Admitir su caída y al mismo tiempo mi imposibilidad de retornar?

***

Sé que me queda un tiempo considerable en Varsovia. Ciertamente ahora sucede menos, pero hay días en los que detesto este país que me acoge, como también hay días en los que me descubro queriéndolo. Hay días en los que no sé si me gusta esta ciudad o bromeo que estoy atrapado dentro de ella, efecto que también me han generado muchos días oscuros en Lima. Perú y Polonia no son tan distintos, al fin y al cabo: la política es horrorosa, de pesadilla, una vergüenza peligrosa. Hay racismo y discriminación aunque en niveles e instancias muy disímiles. A veces, en momentos de exasperación, me pregunto si estoy loco por haberme ido de un caos para instalarme en otro igual o peor. Pero ultimando el sendero, uno ama Lima. Y ahora puedo admitir que ese amor reverdece e intensifica cuando vives afuera . Ambas ciudades encarnan cierta desdicha, cierto desconcierto, mas también cierta resistencia. Varsovia puede ser hermosa, y todavía quedan largas jornadas por estos lares. 

Hacia el final de esta fragmentada y abierta reflexión, no tengo ni la más peregrina idea. Y con eso me basta.

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Evocando la tinta: Conversación con Francisco Lombardi

Cine, Cine Peruano, ENTREVISTAS y PERFILES, Literatura, Periodismo - Diego Olivas Arana - 31 Octubre, 2018

Ilustración de Lombardi para la edición especial de su filmografía, "Lombardi: 10 Obras Maestras".

Un encuentro inédito con Francisco Lombardi sobre una de las obras más conocidas de su filmografía, uno de los mejores retratos del periodismo en el cine peruano: Tinta Roja.

 

El Día del Periodista se celebra el 1 de octubre en el Perú. Acaso con cierta dilación, aprovecho tal efemérides hacia el final del mes para compartir este encuentro con el director de Tinta Roja, realizado a fines del 2016 como investigación para mi tesis de licenciatura.

 

Lombardi y su película

El director de Tinta Roja es definitivamente el primer y más importante propulsor de un cinéma d’auteur en el Perú. Francisco Lombardi (Tacna, 1949) es un realizador que se ha comprometido con su mirada, cuyo corpus fílmico siempre delata: identificable en cada una de sus películas a través de ideas, críticas, inquietudes, personajes o relaciones características. Si nos explayamos en la clasificación, podríamos proponer la filmografía de Armando Robles Godoy (1923-2010) como aquella de un cine de autor, precedente a la de Lombardi. Sin embargo, la obra del segundo ha sido más prolífica y permanece vigente (Dos Besos, su última entrega, salió el 2015). Hoy en día han aparecido otros directores peruanos que también apuestan por un cine que devele su perspectiva del mundo e inviten a la reflexión o al cuestionamiento, como Josué Méndez, Claudia Llosa o Héctor Gálvez, entre otros, pero, acaso por la trayectoria, la obra de Lombardi prevalece todavía como la primera referencia de un estilo de cine en el Perú.

Su particular visión se ha enfocado siempre en los claroscuros de la realidad urbana, especialmente la de Lima. Federico De Cárdenas afirmaba que Lombardi ha reflejado una percepción propia de la sociedad peruana que raya entre lo concreto y lo metafórico, y que le ha permitido narrar historias que se tornan universales. Por otro lado, Ricardo Bedoya sostiene que a Lombardi siempre le han interesado dos cosas: el recorrido por la ciudad, lo urbano; y el periodismo, el cronista que se acerca a los hechos de la realidad y los contempla. De alguna manera, esto es lo que él ha hecho en su filmografía, acercarse a esos rincones sórdidos de la realidad. Y así existen otras constantes en su cine, como las confrontaciones masculinas o rivalidad entre dos hombres; la relación de maestro y aprendiz, que no pocas veces roza con la del padre e hijo; la crítica al periodismo y los medios de comunicación; la violencia de los años de terrorismo; o el decaimiento de una sociedad abatida por la corrupción y la crisis económica. Temas que pueden verse indistintamente en muchos de los exponentes más célebres de su obra, como Muerte al Amanecer (1977), Muerte de un Magnate (1980), Maruja en el Infierno (1983), La ciudad y los perros (1985), La boca del lobo (1988), Caídos del Cielo (1990), Bajo la piel (1996), Pantaleón y las Visitadoras (1999), Ojos que no ven (2002) o Mariposa Negra (2006), entre otros. Tinta Roja (2000) es una película ambientada en Lima que a su vez es una adaptación de la novela homónima del chileno Alberto Fuguet (Alfaguara, 1996), ambientada en Santiago de Chile. Se trata de una de las adaptaciones de guion más elaboradas y acertadas de Giovanna Pollarolo, guionista del director durante una considerable parte de su filmografía. Una historia que se integra idóneamente al universo lombardiano, donde encontramos casi todos los temas que acabamos de mencionar… ¿Pero por qué Tinta Roja es tan importante para el cine peruano?

Poster de Tinta Roja (Ilustración de Rocío Urtecho – Jugo Gástrico).

Quizás por ser la más recordada película de Lombardi -acaso junto a La ciudad y los perros o La boca del lobo-. Argüiría que no es la mejor, aunque sí una de mis favoritas: Caídos del Cielo o La boca del lobo, por ejemplo, me parecen superiores, mas Tinta Roja está fresca y vigente en la memoria de muchos peruanos. No solo entre estudiantes de periodismo o ciencias de la comunicación. Tampoco es una predilección exclusiva de cinéfilos, guionistas o críticos de cine. Hablamos de una de las películas peruanas más queridas, repetida incontables veces en la televisión nacional, proyectada en clases de periodismo y ética en universidades, galardonada en diferentes festivales internacionales, siendo el único largometraje peruano que ha ganado la Concha de Plata al Mejor Actor en el Festival de San Sebastián del 2000, otorgado a Gianfranco Brero por su interpretación de Saúl Faúndez, el mejor personaje de la película -y uno de los mejores de todo el cine peruano-, afamado por sus profusos momentos y citas de esplendor, como este: Quiero algo más que el qué, el quién el cómo y no sé qué chucha más. Quiero que el lector se meta. Se identifique, piense que esto le pudo pasar a él. Todos los días se muere alguien, carajo. Eso no es novedad. Tienes que hacer que ese muerto parezca el primero, y para eso tienes que encontrar un ángulo diferente, personal…

En Tinta Roja, Alfonso Fernández Ferrer (Giovanni Ciccia), egresado de periodismo, aspirante a escritor y reciente practicante en la sección de policiales del diario El Clamor, debe lidiar con Saúl Faúndez (Brero), su irreverente, nada ortodoxo mas siempre eficaz editor y mentor. Así, Alfonso inicia un adentramiento al bajo mundo de las redacciones de tabloides limeños, donde es instruido por Faúndez en el seductor arte de la manipulación periodística, tanto de las personas que forman parte de la noticia, exponiendo los dramas de sus vidas, como de los textos en sí, inventando detalles, recreando -o ‘maquillando’ llamativamente las historias ‘humanas’ para atrapar y conmover al lector. La perversión y la pérdida de la inocencia para Alfonso deviene también en una transformación y autodescubrimiento para ambos personajes. Un relato de aprendizaje que acontece en una atmósfera de muerte, mentiras, periódicos y un retrato honesto y oscuro de Lima.

***

Encuentro con el cineasta

Pactar un encuentro con Pancho Lombardi fue algo azaroso. Debe haberme tomado alrededor de todo el año 2016 para convencerlo, sobre la base de un puñado de correos electrónicos. Todavía conservo alguna de las singulares negativas, como “estoy con el tiempo fatal, lo siento” o “mejor habla con Giovanna [Pollarolo], han pasado muchos años para mí y no creo que pueda dar mucho detalle”. Meses después, cuando ya daba por descontado la posibilidad de verlo, le escribí una última vez, casi por deporte, y un mensaje insospechado arribó a mi bandeja de entrada: “Diego: Viernes a las 12:15, en mi departamento en Miraflores… Tendré media ahora aproximadamente. Quizás hasta la 1. Te espero”. Fue así como lo vi, en su casa cerca a Larcomar. Para recordar Tinta Roja.

Francisco ‘Pancho’ Lombardi (Fuente: Flickr de Aline Arruda).

Me habla de su experiencia como periodista. Lombardi siempre ha demostrado un interés por el periodismo que ciertamente no obedece a coincidencia alguna. Tras estudiar dirección de cine en el Programa de Cine y Televisión de la Universidad de Lima, fue captado pronto como crítico de cine en la emblemática revista Hablemos de cine, labor que alternó con su trabajo en el suplemento dominical Suceso, del diario Correo, donde hacía lo mismo. A Correo llegó a través de su padre, que se desempeñaba como periodista de hípica. Si bien Lombardi desarrollaba específicamente un periodismo cultural, es una faceta que ha perdurado hasta años recientes, quizás cada vez con menos frecuencia, a través de textos sobre fútbol en el diario El Comercio. Y así arrancamos:

“Sí. Mi padre trabajaba ahí, y como iba seguido a verlo, conseguí trabajo en el diario y pronto me pidieron reemplazar durante un tiempo a un redactor de Suceso. Me quedé varios meses y así conocí el ambiente, y descubrí personas que atrajeron mi atención. Fue una etapa interesante que me tocó vivir”.

¿Dirías que ese primer acercamiento al periodismo motivó Tinta Roja? ¿Qué influyó a la decisión de adaptar la novela a un guion de cine?

“Bueno, de alguna forma sí, porque pasaron los años y cuando llegó a mis manos la novela de Fuguet, reconocí en ella muchas cosas que yo había vivido de cerca, me identifiqué, había personajes interesantes. Siempre busco personajes que revelen determinadas maneras de ser y de ver las cosas, ciertas conductas que sean representativas de conductas más generales, universales, peculiares o especiales, qué se yo. Eso estaba en Faúndez y el grupo de personajes que lo rodean en la novela”.

Sobre el libro, cuando hablé con Giovanna Pollarolo, me dijo que para ella, Fuguet jamás habría escrito Tinta Roja si no hubiera leído Conversación en la catedral (1969). Una novela fundacional en esa manera de ver a los periodistas, como escritores frustrados y bohemios. Esto luego lo he corroborado leyendo un texto incluido en una edición de Tinta Roja del 2003, donde Fuguet habla de los elementos autobiográficos de la novela y recuerda cómo la lectura de El pez en el agua (1993) evocó distintos recuerdos de su pequeña experiencia como periodista policial, y lo motivó a leer Conversación en la catedral y La tía Julia y el escribidor (1977). En Tinta Roja hay mucho de Mario Vargas Llosa y la visión del periodismo en su narrativa, incluso está el detalle de Pollarolo de hacer que Alfonso siempre tenga uno de sus libros consigo. Pienso en lo que me cuentas de la gente que descubriste en ese primer trabajo periodístico: ¿hay otras inspiraciones además de los personajes de MVLL? ¿Gente que conociste o periodistas reales de la época?

“De la época no, pero sí recordaba a algunos de los periodistas de esos tiempos trabajando en Correo. Conocí ahí ciertos personajes parecidos. A pesar de que no salía a reportear, me sentía en esa época, cuando recién entré, similar al personaje de Ciccia… También, cuando al final de la película llega este nuevo practicante, que se presenta no ante Faúndez, sino ante Alfonso, y le dice algo así como ‘me han mandado para el nuevo puesto’… Es el chico nuevo en la redacción, que seguramente seguirá los pasos y la transformación que Alfonso sufre durante la película. Ese personaje también se parece un poco a mí”.

¿Y qué hay de Faúndez?

“Pasa que cuando escribía críticas de cine en el dominical Suceso, llegué donde un director de esos tiempos que tenía fama de bohemio y aficionado a las drogas, alguien que de pronto desaparecía.”

¿Recuerdas su nombre?

“Lo recuerdo, lo recuerdo, pero no voy a decirlo [risas]… Llegué donde él y me dijo: ‘tú eres el hijo de Francisco Lombardi’ y yo ‘sí’, y me pregunta: ‘¿y por qué te ha mandado aquí?’ y le contesto: ‘bueno, he venido a hacer crítica de cine’ y él ‘¿y qué tiene qué ver la crítica de cine con lo que te voy a pedir que hagas acá? Nada. No tiene nada qué ver’… Así nos conocimos. Un personaje que me trató en un inicio de forma muy parecida a Faúndez. Después se portó muy amable conmigo. Pasa que mi trabajo en Suceso consistía mayormente en voltear noticias, redactar un poco pero sobre todo voltear. Llegaba un jueves en la mañana y durante todo el día hasta las 11 de la noche tenía que voltear las inactuales que me encargaba este hombre. Era su trabajo, pero como él no venía, terminaba haciéndolo yo. Pasó el tiempo, tenía muchos meses trabajando ahí, y de pronto surge la oportunidad de un viaje a Canadá para estudiar cine. Le cuento a mi padre y me dice que no me vaya porque le parece que van a botar al director y como yo hago casi todo en Suceso quizás termine siendo el nuevo director. Tenía 20 años, para mi padre era una gran oportunidad. Pero yo no tenía la ambición de ser periodista, yo quería dirigir películas. Pero en esa época no habían películas, entonces me agenciaba haciendo periodismo porque lo que yo quería hacer no estaba disponible, así lo veía yo. Al final me fui a Canadá y nunca supe qué pasó con esta persona, pero tuve la oportunidad de volverme el director interino de ese suplemento. Quedó como experiencia”.

Gianfranco Brero es Saúl Faúndez, el personaje que se roba la película.

 

Es interesante, entonces, pues tanto Alfonso en la ficción de la película como tú en la realidad tuvieron el mismo desenlace: ambos fueron jóvenes y talentosos jefes del medio en que trabajaban, temporalmente, antes de dejar el trabajo en busca de realizar sus ambiciones artísticas.

“No lo había pensado [risas] pero diría que así es”.

Conversando también con Ricardo Bedoya, me dijo que para él Tinta Roja reflejaba esa visión más clásica del perfil del periodista, uno antiguo, de la década de los ’50 o ‘60, aquella de las películas emblemáticas del subgénero del cine de periodismo: el periodista bohemio que madruga en la redacción, que está siempre fumando, etcétera. ¿Opinas lo mismo?

“Puede ser. Como te digo, la película también tiene mucho que ver con esos recuerdos de cuando hacía periodismo, en los años ’70. Creo que la esencia del periodismo está ahí”.

Sigue vigente.

“Sí. Digamos, hay diferencias pero no en la naturaleza más profunda”.

La esencia del quehacer periodístico…

“Exacto. Está ahí. Tú ves la película y está ahí… Ahora, una vez metido en el tema y mirando los sentidos que va adquiriendo la historia que estábamos narrando y eso, pienso que a mí me interesaba mucho el uso que se le da a la noticia para vender. La noticia como espectáculo. Tiene que ver un poco con la sensibilidad actual, pues se trata de vender a cualquier precio lo que la gente quiere, que es por lo general justamente aquello conectado al espectáculo, la farándula, inventar cosas que llamen la atención. Se ha perdido el sentido que la noticia poseía probablemente cuando se inició el periodismo. Hoy en día el periodismo es una mixtura de muchas cosas distintas… Está también la prensa chicha que proliferó en el gobierno de Fujimori. Pero yo no le he dado mucha relevancia a ese tema, incluso en los debates y conversatorios sobre la película, porque el sentido de la película no era la política, sino el cómo se usaba el periodismo para vender”.

Pienso en tu actividad periodística y en las reflexiones que tienes sobre la profesión. De hecho es algo muy importante para ti, al fin y al cabo, el periodismo está presente en muchas de tus películas.

“Presente, sí, pero con un sentido bastante crítico, como habrás visto. A ver, de los que me acuerdo: el Sinchi en Pantaleón y las Visitadoras, era un corrupto. En Bajo la piel también hay un periodista que sólo se dedica a joder a la gente…”.

Sí lo recuerdo. Pacheco, el reportero mentiroso y sensacionalista.

“Ese mismo”.

En Caídos del Cielo también hay un periodista, un locutor en un programa de radio.

“Sí, pero ese no diría que es periodista, es un personaje más bien bueno, ingenuo, de buena voluntad. Pero hay más: en mi primera película, Muerte al Amanecer, los periodistas están como locos salvajes queriendo coger la noticia. No les permiten pasar y ellos dicen ‘a mí no me interesa, yo voy a llegar’”.

Portada y contraportada del DVD de Tinta Roja.

También en Mariposa Negra. En todas estás películas ensayas una crítica de una determinada forma de ejercer el periodismo, entonces.

“Claro, en esa película está mucho más presente el periodismo, definitivamente. Ahí sí se toca mucho más el tema del periodismo político en la prensa de Fujimori, pues se ve el uso de la prensa para tapar un caso. Y la protagonista, una chica muy cínica que luego va teniendo una especie de transformación de su mirada a partir de su relación con este personaje que la conmueve, que revuelve cosas dentro de ella”.

Vemos ahí otra lectura del periodista.

“Sí, la de un periodista que se reconvierte en alguien quizás más decente”.

Y en esta otra, una de tus primeras películas, Muerte de un Magnate.

“¿Ahí hay un periodista? Solamente recuerdo el comienzo, donde yo interpreto a un periodista, inclusive. Al inicio hay unas entrevistas pero no está muy presente…”

Algo de metaficción entonces, siendo tú quien interpreta a este periodista secundario.

“Quizás [risas]… Yo al periodismo le doy un enorme valor en cuanto a su rol de consciencia moral del país, -algo que ha sucedido mucho en el Perú-. Los periodistas descubren y destapan cosas. Muchas de ellas convenientes para la salud moral del país, muchas otras no, al contrario. Pero bueno, el periodismo bebe de ambas fuentes”.

Y cómo ves Tinta Roja, ¿cómo una película sobre periodismo o más como una de aprendizaje, de una relación padre e hijo?

“Es básicamente, en el fondo, una película de aprendizaje. Un tema clásico de la literatura y el cine. Pero claro, el mundo en el cual se desenvuelve la historia es el periodismo, por lo tanto, diría que es a su vez una película sobre periodismo”.

Entonces es en primer lugar una película sobre una relación de aprendizaje, luego una película sobre periodismo, pero además es una película sobre Lima. Una Lima en los tiempos de Fujimori y la prensa sensacionalista.

“Mmm… Bueno, si te das cuenta, en la película no se toma directamente el tema del uso de la prensa por parte del gobierno. Piensa que es una novela chilena adaptada al Perú, que no intenta recrear ese momento sino algo más general sobre el periodismo.

Claro, se puede sugerir la ubicación temporal, pero no es algo concreto, en realidad.

Exacto, y eso le quita cierto carácter coyuntural a la película, que sí tienen otras de mi filmografía como La boca del lobo, muy coyuntural u Ojos que no ven, bastante también. Tinta Roja es más amplia en ese sentido.

Aun así, muchos la consideran situada en esa época, fines de los ’90, de la dictadura de Fujimori. ¿Dirías que está ambientada en esos tiempos?

“Sí.. sí creo que la época sería esa”.

Lombardi en entrevista con Cinencuentro durante el 22 Festival de Cine de Lima, 2018.

Regreso a lo que dijiste hace un rato, que estamos hablando de una novela chilena adaptada al Perú. Concuerdo en que es una historia con características universales, que podría suceder tanto en Santiago de Chile como en Lima. Con respecto al guion, ¿estuviste muy involucrado en la adaptación de Giovanna Pollarolo?

“Pues en cada proyecto me involucro mucho en el guion. Siempre. Es decir, no escribo, últimamente por lo menos, pero sí me reúno con el o la guionista una o dos veces por semana y corrijo lo avanzado, intercambiamos ideas. Avanzamos de manera conjunta. El guion es lo que más demora. Tal vez en una adaptación es menor, pero cuando es una historia original y se empieza de cero, puede tardar muchísimo. Recuerdo con Dos Besos, mi última película, fueron años, se frustró y todo. Fue con Augusto Cabada. El proyecto arrancó en España, después se echó para atrás, luego vino la crisis española, pasó otro productor, después yo compré el proyecto para adaptarlo al Perú… Ahora estoy trabajando tres proyectos simultáneos a ver cuál termina agarrando cuerpo [risas]… Pero sobre el guion en Tinta Roja, pues yo diría que fue un buen trabajo de adaptación. Quizás la razón de su éxito”.

Ese guion de Pollarolo es un caso particular: el tránsito de la ambientación geográfica y cultural de la novela, del contexto chileno al peruano. Hay bromas y personajes que son muy chilenos y en la película resaltan su peruanidad.

“Sí. Pienso que, aunque siga bastante al libro, la estructura que tiene la película, es decir, la forma en la que se ha trabajado el guion, es lo que le da un plus, ¿no?”

Porque la novela es más lineal, con las comisiones, los casos para reportear. La película es un gran flashback que se cierra cuando Faúndez recibe la noticia sobre su hijo, que lo destruye.

“Cierto, ese es el gran cambio. Pero sabes, ya tocando estos temas, yo creo que la principal virtud de Tinta Roja es que se trata muy probablemente de la película donde más se ha acertado en vincular el tratamiento con la historia. Hay un tratamiento visual, de cámara y eso, que se siente muy cercano de lo que es el mundo de la película: esa naturaleza inestable del reportaje. Es muy contrario a lo que yo hago normalmente, a mí me gusta que la cámara no se note mucho, que sea más transparente. Que no haya artilugios. Esto fue una excepción interesante”.

¿Cómo plantearon eso?

“Me pareció correcto para la película. Siempre he pensado que cada película tiene una especie de necesidad propia. Cada una te va marcando una forma. En el caso de Tinta Roja parecía que era eso, una película sobre el reportaje, la prensa. Una película con mucho movimiento, inestable”.

Y al parecer no te equivocaste. Se siente así y funciona muy bien.

“¿Sabes? He visto hace poco la película. Pasa que la ha comprado Ibermedia, para que la pasen en todos los canales del gobierno, y hemos tenido que recuperarla de un Betacam antiguo para hacer una copia… En fin, volví a verla y recordé que me gusta mucho visualmente, como te he mencionado. Me parece una película que tiene mucha correspondencia entre forma y contenido, por ponerlo de alguna forma vulgar”.

Me he quedado pensando en esto de la inestabilidad de la cámara, del ir corriendo a las comisiones, de la inquietud de la reportería… Todo eso me remite a algo también muy presente en tu cine, el tema de lo urbano, de la ciudad.

“Como hablamos hace un rato, es una película sobre la ciudad de Lima. Creo que quizás sea la película peruana donde aparece más la ciudad, visualmente. Incluso empieza con una descripción de la ciudad, en ese paseo del carrito con Carlitos Gassols [en su personaje, Van Gogh]”.

Claro, empieza en el centro de Lima, en la Plaza Bolognesi. Lima como idea y como espacio.

“Sí, empieza ahí, pero da vueltas por Lima, por la ciudad, poco a poco se va desviando, penetra en las partes más alejadas de la ciudad, las barriadas, la periferia. Los personajes de la película siempre están yendo de un lado a otro, todo el tiempo en muchas partes. Para mí fue una película que también tiene que ver mucho con Lima. Una película bien urbana en ese sentido, como tú dices”.

La ciudad como espacio está más frecuente que la redacción del periódico, incluso.

“Claro… Es una película, además, que se hizo con mucha comodidad, a diferencia de otras de mis películas. Es decir, había medios. Por ejemplo, la redacción es toda una construcción, no es ningún periódico. Se hizo en donde está la Clínica Delgado ahora, estaba abandonado, no tenía nada. La fachada también. Algo que me gustó mucho fue que, como era una coproducción con España, teníamos una directora de arte española muy buena, quien organizó todo el decorado. Ella diseñó esa redacción, que me pareció bien ‘redacción de época’. También tuvimos un director de cinematografía, Teo Delgado, maravilloso. Esto ayudó mucho a que la película sea mejor visualmente. Hay inclusive una escena, la primera vez que sale ‘Varguitas’ (Alfonso) después de estar en el cementerio y ver al chico colgado. Les dicen que ha habido otro accidente en la Costa Verde. La camioneta llega y hay un momento determinado donde la cámara está dentro de la camioneta ya cerca de su destino. La camioneta para y la cámara está fuera como una subjetiva, sube a ver a los personajes y ellos bajan sin corte y la cámara los empieza a seguir, pasa el camarógrafo, los supera, y viene con ellos sin corte. Van avanzando y luego baja la cámara y descubre al cadáver sin cortes. Y todo esto desde la camioneta. Un movimiento de cámara que hicimos miles de veces hasta que ligó, y eso totalmente ingenio de la cinematografía de Teo Delgado. Un capo. Trabajó conmigo en muchas películas desde entonces, pero está actualmente en series de televisión españolas.

Lombardi durante la presentación de Pantaleón y las Visitadoras en el 2000 (Fuente: FICVIÑA).

Sí recuerdo que fue coproducción con España. Hasta acordaron tener dos actores españoles, ¿no?

“Era América Producciones, una empresa que tenía dinero para la producción. Teníamos buen presupuesto. Luego, todo el tratamiento de sonido en el laboratorio en Chile, y toda la posproducción extra de sonido más imagen en España. Entonces, Tinta Roja tuvo muy buenas condiciones de filmación y producción. Es la última de mis películas que se ha hecho sin preocuparse por el dinero. Todas las demás no, como la que le siguió, Ojos que no ven, que se hizo en las condiciones más misias, con cinco personas que pusieron 20 mil dólares cada una. Y recuerda que fue una película enormemente más complicada que Tinta Roja, eran seis historias con seis elencos distintos”.

Y en esa película también tenemos un periodista, el presentador de noticias corrupto interpretado por Paul Vega, que sigue todo el tema de Fujimori y que acaba con el rostro deformado…

“Ajá, claro. Ahí tienes otro personaje periodista. Uno entregado al poder”.

Gianfranco Brero [Faúndez] me contó sobre la coproducción con España. Me dijo que ya habían pactado un actor español para el personaje de Faúndez, ¿no? Antes de que lo busquen.

“Así fue. Yo viajé a España unos meses antes para conversar con el actor, no recuerdo su nombre pero era un top, muy conocido allá, hacía mucho teatro. Pero tuve un diálogo muy deprimente con él. Una persona muy altanera. Me planteó desde el primer comienzo que había decidido convertir a Faúndez en un personaje español que vivía en Perú. Que no haría en lo absoluto ningún esfuerzo en intentar, digamos, imitar la forma de hablar de los peruanos, pues le parecía ridículo. Me pedía que efectuara los cambios necesarios. Le dije que lo iba a pensar y dije al productor ‘si ese es el actor, yo me voy’. No podía trabajar con alguien así, que se diera esas ínfulas. Entonces les dije que yo tenía al actor y que se los iba a mostrar. Ahí tuvimos suerte: hubo que buscar a otro actor español que participe en un papel secundario en la película, que terminó siendo Fele Martínez, un actor importante en ese momento, quien interpretó al fotógrafo Escalona. Él había visto una película mía y cuando me hablaron de él yo le escribí y Teo Delgado le habló. Le dijeron para que venga a Lima unas tres semanas y el aceptó. Así resolvimos el problema, pues necesitábamos dos actores españoles. La actriz Lucía Jiménez fue la otra, interpretando a Nadia. Ella había actuado en No se lo digas a nadie, ya la conocía y quería volver a trabajar conmigo… Cuando regresé a Lima ya estaba pensando en Gianfranco [Brero]. Lo llamo y le digo ‘dime, ¿en los próximos dos meses estás libre de trabajo?’, ‘no’, me responde. Yo le replico: ‘ay caray, es que pensaba ofrecerte un protagónico en una película’. Ahí se interesó: ‘¿cómo es la historia, cuándo sería? Déjame ver, si es un protagónico, a ver qué puedo hacer’… Le envié el guion. Me dijo que ese papel era suyo. Un personaje con mucho potencial de crecimiento. Le fue muy bien, ganó una Concha de Plata al mejor actor por ese personaje. El premio más importante que ha ganado un actor peruano hasta ahora”.

‘Un regalo de personaje’, me dijo él. Extraordinario… Dime, y ahora, con la distancia que otorga el tiempo -han pasado más de diez años desde el lanzamiento de la película-, ¿hay algo que cambiarías? Cuando conversé con Giovanna Pollarolo me comentó que cambiaría el final, que extraería todo lo de Alfonso y su padre, que le hubiera gustado que sea un desenlace medio abierto, terminando con Faúndez y la tragedia de su hijo… ¿Compartes ese deseo?

“Puede ser. Lo que pasa es que, lo que dice ella como idea parece interesante, pero eso tampoco es un final. Habría que buscarle igual un final redondo. Es cierto que no nos hemos quedado contentos con el final, ambos, pero pasa que nunca encontramos otro mejor. Pasó algo similar con La boca del lobo, con Augusto [Cabada]. Yo no estaba seguro de ese final, refiriéndome a la escena de la ruleta rusa. Yo quería que el personaje de Gustavo Bueno se matara, me parecía una manera digna de acabarlo y coherente con el personaje: que una bestia como esa pasara por eso. Pero de ahí vino este asunto moralista de bajar un poco al personaje, de hacerlo más culpable. Fue una discusión. Al final yo cedí y se hizo así. Quedó bien también, pero en ocasiones regreso al tema y siento que mejor funcionaba la otra idea”.

Portadas de ‘Tinta Roja’, de Punto de Lectura, 2001/Alfaguara, 2000/Punta de Lectura, 2001.

Vaya. Hubiera sido interesante, pero igual La boca del lobo  quedó bien.

“Sí. Pasa a veces con los finales. Con otros proyectos me ha pasado otra cosa, que al no haberles encontrado el final, no los hemos hecho. Se quedaron atrás porque no nos convencía cómo terminaba la historia. Cuando haces un guion haces al inicio una primera aproximación, pero siempre tienes que tener claro cómo acaba. Si no tienes el final no tiene sentido todo el proyecto: en qué termina, qué quiere ser, a dónde va, qué quiere decir. Nos pasó justo antes de La boca del lobo, teníamos un tema parecido: la historia de un periodista muy conservador que trabajaba en un periódico bien de derecha, y es confundido por el Servicio de Inteligencia por un miembro de Sendero Luminoso. Entonces, se tiene que entregar a toda la mierda que normalmente ocurría de forma oculta, porque él cae como inocente, y en esa época te empapelaban y atrapaban y torturaban o mataban, te dejaban muerto en algún sitio, si pensaban que eras de Sendero Luminoso… Este proyecto se cayó porque nunca le encontramos un desenlace. Fue con Cabada y el mismo equipo de La boca del lobo. En eso estábamos y un día en Caretas veo que hablan de la masacre en la que se basó la historia. Los campesinos en medio de todo y la imagen de Sendero Luminoso como algo que no se entendía o se desconocía. Les propuse dejar un rato el proyecto y meternos en esto, que acababa de suceder y era muy significativo. Así pasó, olvidamos ese otro guion y eso que ya estaba bien avanzado. Solamente porque no teníamos el final”.

Y con Tinta Roja

Pues allí no sabíamos cómo, salvo aquel final que le dimos. Lo que dice Giovanna [Pollarolo] no me acaba de convencer. Ya no le doy muchas vueltas al tema porque la película ya está hecha y ha pasado mucho tiempo, pero sí, el final no se aventura. Diría que es un poco moralista.

***

Francisco Lombardi recibe una llamada. Anda apremiado. Nuestra conversación termina allí. Reviso la hora en mi celular y veo que son casi la 1:30 p.m. Pienso que va a llegar tarde a su reunión, muy probablemente porque le ha entretenido recordar su décimo segunda película. Tras darle la mano con efusividad, salgo de su departamento y me dispongo a errar por las calles de Miraflores, cuando de pronto ingresa con prisa al ascensor, evitando mi salida. “Me olvidé de darte esto. Mucha suerte en todo”, me dice y desciende conmigo para partir a su cita. Era un paquete sellado de la edición remasterizada de su filmografía selecta, Lombardi: 10 Obras Maestras. La fama no le ha quitado lo amable al cineasta más prolífico del Perú, pienso ya en la calle, mirando la caja con los discos, y remato recordando una de las citas del chofer apodado Van Gogh en la película: “El primero de los problemas que se plantea un hombre es encontrar qué clase de trabajo es el que debe emprender en este mundo”, recita desde el vehículo, dándole la bienvenida al novel Alfonso. Cuatro décadas y diecisiete películas después, se me ocurre que  Lombardi tomó la decisión correcta abandonando ese diario, y me voy a casa a volver a ver Tinta Roja.

*** PUEDEN VER Tinta Roja completa online aquí, desde Cinépata, la web oficial de cine de Alberto Fuguet.

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