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Las tórridas elecciones del Bicentenario

Verónika Mendoza en campaña en Lima, 7 de abril del 2021 (Créditos: Página de Facebook de Juntos por el Perú).

Son días decisivos para todos los peruanos: este 11 de abril tendremos la oportunidad de elegir al nuevo presidente del Perú en el ducentésimo aniversario de su Independencia, el mentado bicentenario.

El país se encuentra bajo una enorme tensión, atravesando una de las peores crisis por la pandemia del COVID-19 en Latinoamérica: miles de miles de muertos, tragedias familiares, peruanos sin trabajo, sin familias, sin oxígeno, y sumémosle a eso el escándalo bautizado como “Vacunagate” con sus más 400 funcionarios del gobierno —entre ellos el expresidente Martín Vizcarra— vacunados subrepticiamente mientras la gente se moría. Esas vacunas VIP acabaron por mellar los últimos resquicios de moralidad que acaso le quedaban a nuestra clase política. Yéndonos unos meses atrás, nos damos de bruces con el golpe de estado realizado por el presidente del congreso Manuel Merino, que duró menos de una semana en el cargo hasta su inevitable renuncia, y que despertó una protesta nacional que concluyó con el asesinato de dos jóvenes a manos de la brutalidad policial. Y el paro agrario que cobró más vidas y todavía sigue. Y puedo seguir yo también, recapitulando la vorágine que parece estar exenta de principio o fin.  

Ciertamente, son tiempos funestos para recibir tal celebración. El virus ha visibilizado la falla del modelo, la mentira hipócrita de la “Marca Perú”, del “milagro económico” que ha sido caldo de cultivo para la falta de oportunidades, la desigualdad y la corrupción. Bajo estos contextos, ¿quiénes se atreven a competir en estos comicios?

En el primer lugar (pero cayendo) figura Yonhy Lescano, de Acción Popular, un viejo partido que poco a poco ha ido hundiéndose y dividiéndose, y que es el mayor responsable por la inestabilidad en el país con el golpe y las movilizaciones ciudadanas de noviembre. El excongresista Lescano mantiene una lucha solitaria contra su informe partido: ellos se oponen a todas sus promesas (la derecha que proyecta Lescano busca hacerse pasar como izquierda populista en esta campaña, hablando por ejemplo de cambiar la Constitución u ofreciendo más intervencionismo), él ha perdido su apoyo y se ha mostrado hasta el momento incapaz de zanjar relaciones con el golpista Merino, correligionario suyo que debería estar en la cárcel y hoy anda impune luego de desatar el caos nacional. Si entra al gobierno, su propia gente será su oposición, y ese quizá es su mayor problema. Por otro lado, el mismo Lescano es un personaje impresentable: tiene una denuncia por acoso sexual que acabó archivada y que siempre sale a flote en los debates. En sus últimas entrevistas ha insistido que el coronavirus se cura con cañazo y sal, y en uno de los últimos debates pasó a convertirse en un meme al citar a Wikipedia. Pese a su vaga e improvisada performance en estas elecciones —incluyendo ese plan de gobierno que promete demasiado y no dice cómo—  y la muy cuestionable reputación de su partido, Lescano se mantiene primero: es un político conocido, con dos décadas en el congreso y se ha hecho con la mayoría de votos en el sur, en especial en su natal Puno. Pero su improvisación y nadería no le van a servir para siempre: últimamente ha perdido votos y la posibilidad de que no llegue a segunda vuelta empieza a ser más factible.

Los candidatos a la presidencia del Perú (Créditos: ANDINA).

Hernando de Soto, de Avanza País, ha subido en las últimas encuestas. Un laureado economista con trayectoria internacional, reconocido también por haber sido asesor de diversos dictadores como Gadafi o Mubarak o el mismo Fujimori. De Soto siempre ha estado asociado con el fujimorismo: fue asesor del dictador Alberto como su asesor y en las elecciones pasadas era parte del equipo de Keiko, hoy su rival electoral. Fue también cercano al segundo gobierno de Alan García. Mario Vargas Llosa ya había descifrado a De Soto lustros atrás, escribiendo que “parecía un hombre con más ambiciones que principios y de dudosa lealtad” y prácticamente afirmando que él lo inventó y que se arrepiente, como consta en El pez en el agua, su libro de memorias. A pesar del pasado que De Soto representa y que el país debe dejar, él se ofrece como la opción del cambio. Al igual que López Aliaga —otro con antecedentes fujimoristas— se le han detectado no pocas mentiras y contradicciones a lo largo de su campaña, entre las que destaca un discreto viaje a Estados Unidos para vacunarse contra el COVID, que negó y luego admitió: se fue a vacunarse gratis con la salud pública norteamericana y a su retorno anuncia que en un potencial gobierno suyo las vacunas las vendería el sector privado. Esa es la definición de doble moral.

Podría decirse que De Soto no tiene partido: Avanza País es un vientre de alquiler, cambió de ideología con su repentina entrada en 2020. ¿Cómo podrá liderar sin una bancada? Cuando menos, se trata de un caso curioso: un candidato que hasta hace poco decía que no le importaba ganar las elecciones. Cuando un estudio que revisa los planes de gobierno de los candidatos bajo los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas aseveró que los peores planes eran los de Lescano y De Soto, ambos salieron con excusas baratas. El primero dijo que el plan de gobierno entregado por su partido es un “borrador” y De Soto mintió aseverando que aquel —un miserable documento de dos páginas o de diecisiete si buscas un poco más— no es su verdadero plan de gobierno y que el definitivo se ha publicado en el semanario inglés The Economist. Poco después Michael Reid, editor jefe de la revista, se manifestó desmintiendo a De Soto. Una vergüenza internacional tan grande como la del día de ayer, cuando se negaba a responderle al periodista de la CNN en qué ciudad norteamericana recibió su vacuna. Como economista o intelectual quizá tenga cierta reputación, pero como político es un desastre.

Se trata entonces de un nuevo PPK, con ego superlativo, protagonista de memes y videos en TikTok, un octogenario que padece de una fuerte miopía social, que vive en las nubes, a años luz del Perú, desvariando en los debates presidenciales, mintiendo, adjudicándose logros y victorias ajenas o yéndose por las ramas con Uber,  asesorado por el sórdido y extraño Chibolín, triste símbolo de la farándula peruana, siempre detrás suyo para traducir sus delirios a los pobres. De Soto parece ser la opción preferida de la clase alta limeña y del sector privado (después de los traspiés de RLA), un peligro camuflado que hasta el momento se proyecta como el presidente más “vacable”. El congreso se lo comerá en un año o menos. Y se repetirá el ciclo, una vez más.

. Video del Primer Debate Presidencial 2021 (Fuente: canal de YouTube del Diario Gestión).

Siguiendo tenemos a Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, una refundación del partido conservador de derecha Solidaridad Nacional. RLA es un advenedizo, un empresario millonario, dueño de PeruRail (el tren a Machu Picchu) y fanático religioso, un miembro del Opus Dei que hasta hace unos meses era un desconocido en la política peruana. Apodado “Porky” por sus seguidores y llamado fascista o “Bolsonaro peruano” por sus críticos, RLA goza de una desmedida aprobación por un sector de la población, mas se ha construido una infame reputación en tiempo récord: se reveló que le debe al estado 28 millones de soles en impuestos, ha mentido y se ha contradicho innumerables veces, denigrado a otros políticos o al presidente, ha salido ebrio a dar declaraciones públicas, confesado que lleva 40 años de celibato y que disfruta autoflagelarse con cilicio cada vez que piensa en sexo, manifestado su aprecio por curas pedófilos comprobados, denigrado a los enfermos terminales, los homosexuales y a las mujeres, se muestra en contra de la cuarentena, del aborto legal, de la eutanasia y de la educación sexual en las escuelas. Su participación en los debates del Jurado Nacional de Elecciones fue tan pésima como insospechada, propia de un sketch o parodia: balbuceaba las palabras, leía propuestas que definitivamente él no ha escrito y mantenía la cabeza gacha, con miedo de mirar a los moderadores o a los espectadores. Y ello sin contar con las controversiales declaraciones de otros miembros de su partido: gente que afirma que las mujeres son las culpables de ser violadas, que consideran la homosexualidad una enfermedad y que como él, no han perdido la oportunidad de difundir noticias falsas o teorías de conspiración. Todos parecen extraídos de una mala película distópica.

¿Por qué la ultraderecha religiosa tiene tanta acogida en el Perú? Cuesta pensar en alguien que votaría por un personaje tan peligroso. RLA es uno de los candidatos predilectos de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (CONFIEP) y quizá por eso tiene mucha presencia en redes y en la televisión, asistiendo seguido a entrevistas en Willax, el foco de la desinformación televisiva, que lo apoya incondicionalmente. Además, no podemos obviar el considerable número de conservadores peruanos, una notable parte de ellos en Piura, donde RLA ha estudiado y vivido por años. Fuera de estas razones, sigue sonando descabellado votar por este individuo tras enterarte las cosas que dice o hace, es decir, pueden haber ciudadanos religiosos o conservadores y eso no está para nada mal, pero apoyar a este individuo es inadmisible. Diría que la gente no vota por él, sino por lo que representa: RLA es el rechazo al feminismo, a los derechos de la comunidad LGBT, a la legalización del aborto, al enfoque de género, al cuidado del medio ambiente, a la igualdad de condiciones y derechos para los pueblos indígenas y así. RLA es el voto antiprogresista. Y puede volverse el próximo presidente, pero ya anda algo lejos.

Hernando De Soto en CNN negándose a responder en qué parte de Estados Unidos se vacunó (Créditos: captura de pantalla de CNN).

Quien antes andaba última entre los seis primeros y ahora asciende peligrosamente es Keiko Fujimori, un rostro harto familiar: la hija del dictador que arremete por tercera vez para hacerse con la presidencia. Su partido, Fuerza Popular, encarna el mismo populismo de la derecha conservadora que ha caracterizado al fujimorismo. Ella parece más centrada, tiene ya una experiencia en la brega electoral, pero su prontuariado la delata: la prisión por lavado de activos en el caso Odebrecht. Keiko se ha pasado los últimos meses criticando el gobierno transitorio de Francisco Sagasti, manifestándose en contra de la cuarentena, prometiendo “mano dura” contra el crimen y la corrupción —que irónicamente ella representa— y prometiendo salvar al país de la supuesta izquierda radical de su contrincante y antípoda Verónika Mendoza. El fujimorismo arremete otra vez y parece no irse nunca, ¿qué nos pasa?

Después está George Forsyth, un exfutbolista y empresario de 38 años cuyo partido, Victoria Nacional, es en realidad el evangélico Restauración Nacional, con nuevo nombre desde el año pasado. No hay más qué decir de este nulo personaje, es solamente un títere político que parece surtir efecto en el Perú: un joven blanco creyente, emprendedor, deportista y por supuesto, con una denuncia de violencia doméstica de su expareja.

Dibujo de Verónika Mendoza (Créditos: arte de Siwar Qinti Ramos Berrocal en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Peleando por llegar a segunda vuelta también se encuentra Verónika Mendoza, de Juntos por el Perú, el único partido de izquierda con posibilidad en la contienda. Sus propuestas encarnan grandes cambios: la protección de los recursos naturales, nacionalización del gas, una nueva Constitución enfocada en los derechos, que reemplace a la neoliberal de la dictadura de Fujimori, entre otras políticas sociales y ecológicas que aterran a la CONFIEP, que en gran medida controla el país. Es de lejos la candidata más preparada y la que más solidez y consecuencia demuestra en los debates, pero sus propuestas dependen de un diálogo difícil de llevarse a cabo con el escindido congreso que le tocaría en un potencial gobierno. Su discurso no ha convencido del todo a los sectores más populares, que prefieren una izquierda reflejada en Pedro Castillo, un candidato que, si bien está subiendo, se ubica muy atrás en la carrera. No obstante, Mendoza permanece expectante y tiene posibilidades, verla llegar a segunda vuelta sería un saludable panorama en el desenlace de las elecciones.

. Verónika Mendoza en última entrevista con Juliana Oxenford del 7 de abril del 2021 (Créditos: canal de YouTube de ATV Noticias).

Detrás de estos candidatos está un tropel de doce aspirantes a la presidencia que se hallan muy lejanos en la carrera, donde destaca la ya mencionada candidatura Pedro Castillo por Perú Libre (una izquierda más dura y conservadora, criticada por ser el partido de Vladimir Cerrón. Castillo promete desactivar el Tribunal Constitucional, evaluar el retiro del Pacto de San José y está en contra de muchas propuestas progresistas como el enfoque de género o el aborto legal. Su popularidad ha crecido estas semanas), el militar retirado Daniel Urresti por Podemos Perú (polémico e hilarante personaje a quien ya conocemos y de quien no olvidamos sus juicios por asesinato y abuso sexual), el millonario emprendedor César Acuña por Alianza para el Progreso (otro protagonista de memes, corrupto y plagiador contumaz), el expresidente Ollanta Humala por el Partido Nacionalista Peruano (de quien ya se ha dicho todo), Julio Guzmán por el Partido Morado (cuyos lamentables episodios personales se encargaron de sabotear —en conjunto con el gobierno actual de su correligionario Sagasti— la reputación de su sólido partido) , el detestable Rafael Santos por Perú Patria Segura (que acabó revelándose como el triste sicario político de López Aliaga en los últimos debates) o el olvidable Andrés Alcántara por Democracia Directa, entre otros.

Ahora bien, hay un factor determinante en estas elecciones: los sondeos revelan casi un 30% de votantes indecisos. Para el analista político Santiago Pedraglio, la pandemia y las elecciones han generado un escenario fragmentado y de desconfianza donde lo más probable es que mucha gente esté escondiendo su voto. En las postrimerías de los comicios, toca convencer a aquellos que tienen el voto indefinido.

Vivimos esos últimos días donde aquellos que ya afirmaron su voto lo anuncian o reafirman, toman una posición. Eso es muy importante. Lidiar con las elecciones en medio de una crisis económica, sanitaria, política y moral puede ser demasiado. Son días cruciales para los peruanos y es necesario dejar de pensar en derechas o izquierdas o en favoritos o más odiados y encauzar nuestra decisión a aquello que es lo mejor para el país, a quedarnos en lo mismo o apostar por la posibilidad del cambio.

Creo que debemos pensar en los últimos gobiernos, en las dificultades que sufre nuestro país y así generar un consenso. Necesitamos un cambio de raíz, un reinicio para la fatídica situación del Perú, un país donde la corrupción se ha convertido en un problema endémico y donde el año pasado tuvimos tres presidentes en una semana. Pensémoslo.

Todos los demás candidatos son lo mismo en diferentes escalas (o acaso algo peor), una sucesión de oportunistas, improvisados y cepas del fujimorismo (Keiko, De Soto, López Aliaga y en gran parte Forsyth). Votar por ellos es perpetuar este ciclo de gobiernos con los que ya llevamos poco más de 30 años y que han conducido al Perú a la crisis actual frente a la pandemia, a tanta desorganización, desempleo y muerte. Pensemos en los posibles escenarios de segunda vuelta, donde convergen el populismo vacío, el continuismo fujimorista o a la ultraderecha religiosa: son opciones de espanto.

Keiko, De Soto y López Aliaga: las tres cepas del fujimorismo (Créditos: distintas fotos de archivo, collage realizado por mí).

Por ello, me queda claro que en el contexto actual, esa opción solo es viable con Verónika Mendoza y Juntos por el Perú. No hay que ser su fan acérrimo ni militante de izquierda para aceptar que es la única moral, ética y legalmente limpia: sin ningún proceso judicial ni dinero en paraísos fiscales ni amiga de delincuentes con corbata ni socia oculta del fujimorismo ni fanática religiosa ni promoviendo mensajes de odio por la prensa y las redes sociales. Tampoco admitir que es la más preparada y la más seria y tiene un equipo y plan de gobierno enfocado en las necesidades del país, a corto y largo plazo: mejorar la calidad de vida de los peruanos a través de la igualdad de derechos y oportunidades (que tanta falta nos hace), donde destacan el apoyo a las mujeres y a la comunidad LGBT o el innovador ejemplo del internet como derecho, para que los niños más pobres dejen de perder su educación por la pandemia; la reactivación económica con créditos a las micro y pequeñas empresas así como trabajos temporales para gran parte de la población; y la lucha contra la pandemia, asegurando la vacunación gratuita y organizada pero abriendo la posibilidad a que posteriormente pueda también distribuirla el sector privado y tomando el control temporal de la producción y distribución del oxígeno medicinal. En gran medida, pienso que el plan de Juntos por el Perú sí busca devolvernos la dignidad a todos los peruanos, salvar vidas y hacer que el país avance de forma justa para todos, sin amiguismos ni privilegios de aquellos en el poder. Perfecto o no, es el único programa que trae un verdadero proyecto de país para el Perú, enfocado en la igualdad, la educación, la salud y la ciencia.

Existen un par de ataques sistemáticos que Mendoza ha tenido que enfrentar y que encuentro pertinente mencionar. Una es el llamado “terruqueo”, neologismo que estos años se ha empleado para definir a la sucia jugada política de aprovecharse del miedo al terrorismo, llamándola terruca/comunista/roja/marxista-leninista/chavista/camarada de Abimael Guzmán/amiga de Nicolás Maduro, entre otros epítetos. El otro es la profecía de que su gobierno va a “venezonalizar” al Perú y lo llevará la ruina. Nada más distanciado de la realidad. La izquierda de Juntos por el Perú es más cercana al socialismo democrático que a una izquierda extrema. Además, basta mirarnos al espejo para saber que esa ruina ya la han traído el neoliberalismo caníbal que reina en el país por décadas y que esta pandemia ha evidenciado (Perú es uno de los países de la región con los más bajos niveles de educación y uno de los que menos invierte en salud). Al fin y al cabo, para Mendoza ambas acusaciones ya han devenido en absurdos clichés, paparruchas o dislates que ya no aminoran su crecimiento.

Con su clara subida en las últimas encuestas, Mendoza se ha confirmado como un peligro para el status quo y de inmediato ha despertado una agresiva campaña contra ella: columnas de opinión provocadoras y maledicentes, editoriales hostiles, nuevos terruqueos y violentas entrevistas donde es interrumpida con los refritos de siempre. Estos días previos al domingo electoral son muy intensos para todos los candidatos aunque más para Mendoza, a quien siempre le han hecho entrevistas difíciles, nunca complacientes como a la mayoría, pero que jamás se ha victimizado y ha sabido salir airosa de todas con habilidad, consecuencia y recientemente con cierto carisma (a diferencia del irreflexivo RLA, que suele victimizarse alegando que se trata de él contra el mundo, inventando una narrativa orate en la que figura como el héroe que salvará al país de la mafia de Odebrecht y la “prensa mermelera”). En fin, puedo equivocarme sobre Verónika Mendoza, pero hemos arribado a la situación actual con décadas enteras de la derecha peruana. Su propuesta es la única nueva. Todas las demás, entre aquellas cinco o seis que lideran las encuestas, son conocidas y peligrosas. Esto es innegable.

Verónika Mendoza (Créditos: arte de Alcides Catacora en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Es cierto que la idea de un gobierno de izquierda no es bienvenida para la mayoría del Perú. Tememos lo desconocido, pero si ya hemos sido tan golpeados, ¿no es momento de abrazar lo diferente, de dejar de pensar en “el mal menor” y empezar a albergar, por primera vez en años, la esperanza de una opción realmente buena? No tengamos miedo. Este es el voto valiente.

¿Cuál va a ser el desenlace este 11 de abril? ¿Acaso no sería histórico y emocionante recibir los doscientos años de la proclamación de Independencia con una mujer, una cusqueña joven de izquierda progresista, como la primera presidenta del Perú? Si bien hay posibilidades, con tan fragmentadas elecciones, el panorama es incierto. De algo no cabe duda: toca estar vigilantes.

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ABSTRACCIONES, CRÓNICAS y REPORTAJES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019

ABSTRACCIONES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019 Distrito San Isidro al fondo, Lima (Créditos: Perfil de Flickr de KaMpErƎ & Le-tticia).

Breve asalto de reflexiones migratorias tras 60 días de vacaciones en mi ciudad natal

 

La noche del lunes volví a Varsovia luego de dos meses en Lima. Viví con intensidad: mi esposa y yo compartimos con la familia y nuestros amigos, viajamos a provincia, salimos a eventos, exposiciones, bebimos y comimos. Tras casi dos años sin pisar mi ciudad, la expectativa de esos sesenta días se conjuraba como una eternidad, pero se esfumó de repente. No fue una estadía muy calmada, es cierto, mas fuimos felices.

Ania y yo solíamos repetirnos esta frase acaso en tono de broma y sin embargo entrañando siempre cierta verdad: “solo extrañamos a Dante”, nuestro perro de dos años, querido amigo y compañero, quien se ha pasado el verano polaco en el campo con mis suegros. Y es que salvo la última semana en Lima -donde nos invadió esa conocida sensación hacia el final de cada viaje, cuando ya percibes que falta poco tiempo para volver a tu ritmo habitual y lentamente te entregas a ese calmado deseo de pasar un día normal en casa-, toda nuestra estadía hemos sido presa -yo en particular- de una euforia nostálgica por la familia, los amigos, las calles y espacios antes frecuentados. Un amor al pasado con el que te reencuentras y que ahora es distinto, como es de esperarse, pero todavía te abraza. Si bien he vivido antes en el extranjero, nunca he estado tanto tiempo alejado de casa. Me encontraba adicto a la experiencia de volver.

Salíamos del avión de Ryanair que llegaba desde Madrid -donde solemos hacer conexión-, y caminábamos junto a mi esposa y el resto de pasajeros a través de la pista de aterrizaje del Warszawa -Modlin, aquel menudo aeropuerto internacional exclusivo para vuelos low-cost del que siempre salgo extenuado y adormecido. Avanzábamos en una fila india encauzada por cercas metálicas cuya guía terminaba en la entrada al aeropuerto. En ese momento, todavía en la pista, sentí la caricia del viento sobre mi rostro, ese guiño apacible del verano europeo al que nos adentrábamos, que de inmediato me rebobinó a la misma escena en el aeropuerto Jorge Chávez, dos meses antes. Ya desde esa primera escena la experiencia es tremendamente distinta. Salir del Jorge Chávez para darse de bruces con Lima: la ola de humedad te invade de pronto, como una bofetada caliente y fantasmal. No importa la estación, en Lima respiramos siempre moléculas de agua y uno toma aun más consciencia de ello al volver después de largo tiempo. Una sensación viscosa por momentos -en especial en verano-, pero que aprendí a querer. La primera bienvenida es el abrazo violento de la humedad.

El río Vístula desde el centro de Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

El taxi a las cinco de la madrugada desde el aeropuerto hasta Miraflores: las palmeras. Plaza San Miguel. La odiada línea de combis “S”, que me llevó a la universidad durante toda la carrera. La Costa Verde y el inefable océano Pacífico. Las calles de San Antonio donde crecí, con sus casas miraflorinas antiguas, sus parques con nombres de militares y estadistas, sus perros con abrigos de polar, las ardillas grises, sus panaderías y bodegas. El Malecón de Miraflores. El Pollos Piers y los otros bares de mala muerte alrededor del Parque Kennedy. El Eka Bar y su setlist inmortal. Barranco con la Bajada de los Baños, Sáenz Peña, San Martín, Grau, El Sol, La Noche, Juanito, el Piselli. Los chifas. El Queirolo de Pueblo Libre y el de Camaná. El jirón Quilca con sus libros y juguetes y el Bar de Tito. El Yacana. Los jueves de karaoke del Koca Kinto. Ver películas en el viejo Pacífico, el Alcázar o el Centro Cultural de la PUCP. Cusqueñas negras y Pilsen Callao. Ir a Wong cerca de mi casa para comprar absolutamente cualquier tontería: una Coca-Cola, un Sublime-Princesa-Sorrento-Milky-CuaCua-Pícaras-Margarita-Morochas-Tortees-Cuates-Canchita serrana… Pensar en Lima o en mi viaje a Lima me trae todo esto. Siento que el retrato mental de mi ciudad está demasiado enfocado en ciertos asfaltos, cantidades vulgares de comida y alcohol y en mucha música. ¿Es malo concebir Lima bajo ese inofensivo hedonismo familiar y citadino?

Lo ignoro. Pero Lima no es solo eso. Son muchas ciudades divididas. Un monstruo con muchas caras, la mayoría más adversas, tristes y menos privilegiadas que la apremiada evocación con la que acabo de resumir una parte esencial de mi vida.

***

Se extraña Lima, mas hay realidades que me repelan ipso facto. El transporte público, el tráfico y el egoísmo suicida de los conductores de custers y combis y de vehículos privados representan una problemática que he despreciado siempre y con la que me he topado no pocas veces durante mi retorno. Autos pasándose la luz roja, ignorando que pretendo cruzar o cortándome el paso deliberadamente. Cederle el paso al peatón en Lima se antoja como un acto quimérico, alienígena, acaso irrisorio. Más de una vez en Varsovia, Ania me preguntó por qué no cruzo o tardo en cruzar la pista cuando toca. Me tomó tiempo habituarme a la prioridad del peatón: siempre aguardaba alerta, creyendo que les importo un carajo y contemplando la posibilidad de ser atropellado. Como todo limeño.

“Lima la horrible” (edición de Populibros, 1964), de Sebastián Salazar Bondy.

A su vez, el tráfico vuelca en desesperación: me recuerdo enrabiado de impaciencia y aburrimiento -e intensos dolores de espalda y cuello- en la avenida La Marina, Benavides o Javier Prado. Adelantándose a su tiempo, Sebastián Salazar Bondy escribió en el clásico Lima la horrible (Biblioteca Era, 1964): “Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir”. Cincuenta y tres años después, Diego Trelles Paz publicó La procesión infinita (Anagrama, 2017), poderosa novela que curiosamente leí en un momento muy acertado, empezándola en el avión de Madrid hacia Lima y terminándola unas semanas antes de volver a Varsovia. Una de sus páginas más notables reza lo siguiente, confirmando con brutalidad la vigencia de lo descrito por el gran Salazar Bondy décadas atrás:

“La procesión infinita”, de Diego Trelles Paz (Anagrama, 2017).

“… El primer anuncio del delirio automovilístico de lima es una estampida furiosa de custers, combis, taxis, buses, motos y carros particulares que rodean y atraviesan el óvalo de Faucett en distintas direcciones al mismo tiempo. Todo está permitido: meter la trompa del vehículo y cerrar el paso, pasar del carril extremo de la izquierda al de la derecha, acelerando en diagonal, detenerse en cualquier lado de la avenida el tiempo que se estime conveniente, subirse a las veredas, a las bermas con jardines, a las ciclovías, a los parques, a donde lleguen las ruedas, comerse todos y cada uno de los semáforos o simplemente quedarse quieto esperando pasajeros mientras la luz verde agoniza, tocar la bocina frenéticamente, una dos, cinco, diez, veinte veces mientras gritas y golpeas y amenazas y bajas del auto con el fierro de la gata dispuesto ya a romper, a quebrar, a chancar, a destruir, a asesinar a quien sea, por lo que sea, así venga la policía, ¡qué mierda!, tú a la policía te la pasas por los huevos, tombo conchatumadre, aquí yo hago lo-que-chucha-me-dé-la-gana, qué mierda quieres, ¿ponerme una papeleta?, ponme cinco si quieres, igual no las pago, huevonazo, y aprietas y aceleras y chocas y atropellas y te das la fuga y todos vieron pero nadie vio porque si pasa y tienes bille, arreglas, trabajas, ofreces, coimeas, la libras, la olvidas, se olvidan, no saben, no opinan, la vuelves a hacer, todo se puede porque el mundo es ancho e impune cuando enciendes un vehículo y te lanzas sobre las pistas cementerio de las calles de Lima”.  

Y el siguiente párrafo toca justamente ese miedo animal que mencionaba líneas atrás:

“Quizás es por eso que los peatones no confían cuando el Chato respeta el PARE y, con la mano barriendo el aire, los invita a cruzar por delante con una sonrisa. Éste está cojudo. Éste está loco. ¿Qué le pasa? Si avanzo, me mata. Si le creo, acelera y me arrolla. Por aquí es así, lo sabemos todos, es ley-no-escrita: primero el carro, segundo el carro, tercero el carro, cuarto el carro y así hasta el infinito. El que confía muere. En Lima hay que tener ojos en la cabeza y en las orejas por si te embisten por detrás o te levantan de lado. Nadie está libre…”.

***

Hace ya varios años, compartiendo cervezas en algún bar de Helsinki, Tapio, un entrañable amigo finlandés (que ama y conoce el Perú más que muchos de los peruanos que conozco) me contó que cuando regresó a Lima unos años después de haber venido por su intercambio universitario, sintió que ya nada era lo mismo. Los amigos estaban en otras partes o tenían otros intereses, los lugares frecuentados ya no existían o habían sido renovados, la gente en la universidad era otra. Fue una sensación natural pero extraña, me dijo. Esta idea se quedó sembrada en mis adentros: mi vida en ese momento atravesaba un momento idílico en Helsinki, e imaginaba cómo sería volver. A inicios de este año tuve la oportunidad de descubrirlo, cuando mi esposa y yo visitamos Finlandia por primera vez desde esa temporada en la que nos conocimos. Los cambios eran evidentes, esperables: ya no había casi nadie de las personas que conocía en la ciudad, el edificio de estudiantes donde vivía estaba invadido por eufóricos veinteañeros, existían ahora algunos nuevos lugares en el centro, y así. Fue un retorno tan nostálgico como dichoso, pues Ania y yo descubrimos -acaso confirmamos- que seguíamos amando esa ciudad. Cuando regresas a un lugar muy importante para ti, donde has vivido momentos inolvidables, la experiencia nunca es la misma, no obstante, ello no aminora su importancia ni mitiga tu emoción. El sentimiento se transforma. ¿Quizás crece, madura, pasa a una siguiente etapa?

El Palacio de Gobierno en una tarde de agosto. Lima, 2019 (Créditos: Diego Olivas Arana).

Todo está en constante cambio, frase tan manida como cierta, y añadiría que ello suele darse para bien. Fue así al volver a Lima. Desde mi familia hasta mis amigas y amigos, todos han dejado al menos un poco de ser aquellos que conjuraba en mi recuerdo. Algunos se han entregado a una pasión que antes palpaban con cautela o han abrazado un movimiento cultural o político. Otros han descubierto su vocación en senderos ya sea muy esperados o alternativos o van camino a convertirse en destacados funcionarios del Estado o en estrellas de la televisión. Hay quienes empiezan una nueva maestría o estudios en Perú o en alguna parte del mundo, no pocos son ahora nuevos empresarios y están por último aquellos que estrenan flamantes parejas o siguen con la misma ya consolidada, encaminándose a la relación adulta (con gato o perro adoptado incluido).

Verlos a todos me lleva a pensar en cuánto he cambiado yo. No pocas veces discurro en estas abstracciones (como todo este texto, habrán de disculparme). Para un puñado de la gente que frecuentaba en Lima soy quizás el único casado o el único que se fue a otro continente por tiempo indefinido. Cambios tremendos: incluso he retornado con unos generosos kilos de más. ¿Soy la misma persona? ¿Está mal ya no serlo? En la cáustica Changes del infinito David Bowie, el estribillo decía: “Time may change me / But I can’t trace time”… “Quizás el tiempo me cambie, pero yo no puedo rastrear al tiempo”. Tanto en inglés como en español, la frase deviene nebulosa, ¿qué diantres quiere decir Bowie con “rastrear al tiempo”? Sabemos que la canción es tanto un grito de rebeldía contra la movida musical de los setentas como una exaltación de sus camaleónicas reinvenciones artísticas, pero creo que también deja un espacio incierto para al menos elucubrar alguna reflexión más interna. De pronto Bowie está tratando de decirnos que, mientras está consciente del transcurrir del tiempo y su efecto sobre él, no sabe con certidumbre cómo o en qué momento la persona que una vez fue se convirtió en quien es ahora. ¿En qué momento uno deja de ser uno para volverse ese otro nuevo? ¿Es una traición o una evolución? Prefiero concebirlo como el cauce natural de las cosas.

. Changes, del legendario David Bowie

***

La misma noche en la que llegamos a Polonia, estaba en nuestro hogar, el departamento donde vivimos en Jabłonna. Mi cuñada y su novio, quienes nos recogieron, nos habían preparado una cena y estábamos comiendo y tomando vino. Cuando ya teníamos buen rato conversando, cogí mi copa y los dejé para irme al balcón y echarle un vistazo a mi vecindario. Era la medianoche de un lunes y la imagen era oscura y silenciosa: el patio con juegos para niños rodeado de edificios y automóviles. Ninguna persona y solamente la luz de los postes. Me quedé absorto contemplando unos columpios, sin saber qué estaba sintiendo hasta luego de unos segundos, cuando sonreí. La cálida noche, las luces amarillas y redondas de los faroles, las voces de Ania y su familia riéndose desde mi sala. Me sentía en casa. No esperaba sentirme así al llegar. No esperaba nada, solo retornar a donde resido, seguir adelante. Tampoco se trata de una percepción ajena a Perú: Polonia es mi otra casa. Por primera vez me descubrí aliviado, feliz de llegar a este país y continuar con el ritmo habitual de mi vida. Fue un instante revelador.

En este último viaje acometí una empresa descabellada para los ojos de muchos amigos: pagué por equipaje extra y traje conmigo alrededor de cincuenta de los libros que tengo en Lima y un centenar de mi colección de figuras de acción. Fue una necedad planeada tiempo atrás y que necesitaba realizar (y que Ania comprendió). Sin embargo, alguna vez me he cuestionado el sentido de traer aquí mis pertenencias. Llevo todo a Varsovia, pero luego tal vez me vaya a estudiar a alguna parte, entonces qué, ¿me llevo estas posesiones también o las dejo aquí? ¿He decidido quedarme en Polonia para siempre? ¿Nunca voy a volver a Perú? ¿Solo visitas de uno o dos meses cada tantos años? ¿En qué país quiero vivir? ¿En qué ciudad quiero morir? ¿O será que volveré en mi vejez, para morir en Lima, como hicieron tantos compatriotas? Cada vez que estas disquisiciones se dilatan llego a un callejón sin salida.

Una fotografía de los libros que traje de Lima (faltan unos pocos, creo), ya en mi casa en Jabłonna, Polonia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Tales pensamientos también encierran una noción a la que regreso con frecuencia: mi ciudad. Soy un peruano nacido en Lima que ya no vive allí. Nunca dejaré de ser limeño ni peruano, ni pretendo hacerlo, ¿pero cuál es mi ciudad? Hablo del espacio que escojo voluntariamente como mío. Que adopto como refugio, madriguera, hogar de mis pasiones, creaciones y cuitas, base de operaciones y tierra para mis posibles hijas e hijos. ¿Cuál es mi ciudad? ¿Es el novelesco pueblo de Whitefish, Montana, donde trabajé brevemente en mi juventud y me rompí los ligamentos de la rodilla? ¿Es Helsinki, donde estudié y conocí a mi esposa y pasé uno de los mejores años de mi vida? ¿Es Varsovia, donde empecé desde cero una vida con ella hace más de dos años? ¿Es Lima, donde nací y viví y donde se encuentran mi familia y amigos?

Un profuso número de seres humanos que admiro -y con los que jamás podría compararme- migraron a otra ciudad y la adoptaron para siempre o por un periodo significativo de su existencia. Cioran, Vallejo, Cortázar, Hemingway, Julio Ramón Ribeyro: todos ellos escogieron París (y los tres primeros están enterrados allá). Coetzee vive en Adelaida, Miłosz vivió en Berkeley, Borges murió en Ginebra, García Márquez en Ciudad de México, Bolaño en Barcelona (pero vivió en Blanes). Por otro lado, Kapuściński siempre regresó a su casa en Varsovia, donde murió el 2007. Entonces, ¿estoy traicionando mis orígenes por irme a radicar a otra parte? No lo creo. Evoco ahora uno de mis diálogos favoritos de una de mis películas favoritas, Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997), donde el enorme Federico Luppi interpreta a Martín, cineasta bonaerense que lleva más de veinte años viviendo en Madrid y padre de Hache (Juan Diego Botto), a quien aquí alecciona sobre la migración y la patria:

“Eso de extrañar, la nostalgia, todo eso es un verso. No se extraña un país. Se extraña el barrio, en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento: ¿qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Una estadística. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa…”.

. Escena mencionada de Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997).

Asimismo, en Conversaciones, la compilación de entrevistas a Cioran, (Tusquets, Serie Marginales, 2011), el maestro de los aforismos confesó: “Soy jurídicamente apátrida y eso corresponde a algo profundo, pero no ideológico ni político, es mi estatuto metafísico. Quiero carecer de patria, de identidad”. Y más tarde agrega: “Para mí, París ha sido idolatría. Pero me he cansado, porque envejezco y la ciudad también. El hechizo se ha acabado. Si no la abandono es porque he vivido en ella durante cuarenta años. Pero ya no me inspira… Es una ciudad triste. Está destruida. Se ha convertido en un infierno -o en una pesadilla- que no puedo abandonar. No podría vivir en ninguna otra parte”.

“Conversaciones”, de E.M. Cioran (Tusquets, Serie Marginales, 2011).

Ambas citas son muy interesantes para abrir un debate sobre estas ideas. Si bien no rechazo mi patria ni el concepto de ella, me gusta pensar que ella se traduce en mis amigos, mi familia. Hace unos días bromeaba con una amiga de Lima a quien le decía que la próxima contrataré un container para transportar el resto de mis libros, a lo que ella me respondió que aquella era una situación precisa para infiltrar a todos nuestros amigos escondidos hasta Varsovia, y quedármelos allá para siempre. Si pudiésemos transferir nuestros seres más queridos a esa ciudad al otro lado del mundo donde hemos migrado, ¿lo haríamos?

Una tarde de mis últimos años en la universidad, conversando luego de clases en la cafetería del Edificio Mac Gregor, Juan Manuel Robles me dijo que cuando uno viaja a otro país por un buen tiempo, tiene la oportunidad de ser una nueva versión de sí mismo. Recuerdo haberme quedado con esa frase el resto del día, pues me devolvía a mi vida en Helsinki, donde aquello ocurrió y experimenté una entrega absoluta. Quizás el fantasioso proyecto de transportar a todos mis conocidos en containers hasta Varsovia arruinaría tal proceso. Dejarlo todo y a todos no debe ser solo una consecuencia de la migración, sino, al mismo tiempo, una de sus razones. El porqué de aquella razón es algo que tal vez me tome toda mi vida descifrar. Partí a Polonia para casarme y empezar una vida con mi esposa en su tierra. En más de una ocasión ella ha afirmado que podríamos volver a Lima si yo quiero, y yo me opongo casi de inmediato. Hasta ahora no acabo de comprender el porqué de esa decisión tan testaruda como inconsciente. Después de todo, nadie me está obligando. De quedarme en Polonia toda mi vida, ¿llegaré a mirarla con una pasiva tristeza y decepción, como Cioran? ¿Admitir su caída y al mismo tiempo mi imposibilidad de retornar?

***

Sé que me queda un tiempo considerable en Varsovia. Ciertamente ahora sucede menos, pero hay días en los que detesto este país que me acoge, como también hay días en los que me descubro queriéndolo. Hay días en los que no sé si me gusta esta ciudad o bromeo que estoy atrapado dentro de ella, efecto que también me han generado muchos días oscuros en Lima. Perú y Polonia no son tan distintos, al fin y al cabo: la política es horrorosa, de pesadilla, una vergüenza peligrosa. Hay racismo y discriminación aunque en niveles e instancias muy disímiles. A veces, en momentos de exasperación, me pregunto si estoy loco por haberme ido de un caos para instalarme en otro igual o peor. Pero ultimando el sendero, uno ama Lima. Y ahora puedo admitir que ese amor reverdece e intensifica cuando vives afuera . Ambas ciudades encarnan cierta desdicha, cierto desconcierto, mas también cierta resistencia. Varsovia puede ser hermosa, y todavía quedan largas jornadas por estos lares. 

Hacia el final de esta fragmentada y abierta reflexión, no tengo ni la más peregrina idea. Y con eso me basta.

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