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Las tórridas elecciones del Bicentenario

Verónika Mendoza en campaña en Lima, 7 de abril del 2021 (Créditos: Página de Facebook de Juntos por el Perú).

Son días decisivos para todos los peruanos: este 11 de abril tendremos la oportunidad de elegir al nuevo presidente del Perú en el ducentésimo aniversario de su Independencia, el mentado bicentenario.

El país se encuentra bajo una enorme tensión, atravesando una de las peores crisis por la pandemia del COVID-19 en Latinoamérica: miles de miles de muertos, tragedias familiares, peruanos sin trabajo, sin familias, sin oxígeno, y sumémosle a eso el escándalo bautizado como “Vacunagate” con sus más 400 funcionarios del gobierno —entre ellos el expresidente Martín Vizcarra— vacunados subrepticiamente mientras la gente se moría. Esas vacunas VIP acabaron por mellar los últimos resquicios de moralidad que acaso le quedaban a nuestra clase política. Yéndonos unos meses atrás, nos damos de bruces con el golpe de estado realizado por el presidente del congreso Manuel Merino, que duró menos de una semana en el cargo hasta su inevitable renuncia, y que despertó una protesta nacional que concluyó con el asesinato de dos jóvenes a manos de la brutalidad policial. Y el paro agrario que cobró más vidas y todavía sigue. Y puedo seguir yo también, recapitulando la vorágine que parece estar exenta de principio o fin.  

Ciertamente, son tiempos funestos para recibir tal celebración. El virus ha visibilizado la falla del modelo, la mentira hipócrita de la “Marca Perú”, del “milagro económico” que ha sido caldo de cultivo para la falta de oportunidades, la desigualdad y la corrupción. Bajo estos contextos, ¿quiénes se atreven a competir en estos comicios?

En el primer lugar (pero cayendo) figura Yonhy Lescano, de Acción Popular, un viejo partido que poco a poco ha ido hundiéndose y dividiéndose, y que es el mayor responsable por la inestabilidad en el país con el golpe y las movilizaciones ciudadanas de noviembre. El excongresista Lescano mantiene una lucha solitaria contra su informe partido: ellos se oponen a todas sus promesas (la derecha que proyecta Lescano busca hacerse pasar como izquierda populista en esta campaña, hablando por ejemplo de cambiar la Constitución u ofreciendo más intervencionismo), él ha perdido su apoyo y se ha mostrado hasta el momento incapaz de zanjar relaciones con el golpista Merino, correligionario suyo que debería estar en la cárcel y hoy anda impune luego de desatar el caos nacional. Si entra al gobierno, su propia gente será su oposición, y ese quizá es su mayor problema. Por otro lado, el mismo Lescano es un personaje impresentable: tiene una denuncia por acoso sexual que acabó archivada y que siempre sale a flote en los debates. En sus últimas entrevistas ha insistido que el coronavirus se cura con cañazo y sal, y en uno de los últimos debates pasó a convertirse en un meme al citar a Wikipedia. Pese a su vaga e improvisada performance en estas elecciones —incluyendo ese plan de gobierno que promete demasiado y no dice cómo—  y la muy cuestionable reputación de su partido, Lescano se mantiene primero: es un político conocido, con dos décadas en el congreso y se ha hecho con la mayoría de votos en el sur, en especial en su natal Puno. Pero su improvisación y nadería no le van a servir para siempre: últimamente ha perdido votos y la posibilidad de que no llegue a segunda vuelta empieza a ser más factible.

Los candidatos a la presidencia del Perú (Créditos: ANDINA).

Hernando de Soto, de Avanza País, ha subido en las últimas encuestas. Un laureado economista con trayectoria internacional, reconocido también por haber sido asesor de diversos dictadores como Gadafi o Mubarak o el mismo Fujimori. De Soto siempre ha estado asociado con el fujimorismo: fue asesor del dictador Alberto como su asesor y en las elecciones pasadas era parte del equipo de Keiko, hoy su rival electoral. Fue también cercano al segundo gobierno de Alan García. Mario Vargas Llosa ya había descifrado a De Soto lustros atrás, escribiendo que “parecía un hombre con más ambiciones que principios y de dudosa lealtad” y prácticamente afirmando que él lo inventó y que se arrepiente, como consta en El pez en el agua, su libro de memorias. A pesar del pasado que De Soto representa y que el país debe dejar, él se ofrece como la opción del cambio. Al igual que López Aliaga —otro con antecedentes fujimoristas— se le han detectado no pocas mentiras y contradicciones a lo largo de su campaña, entre las que destaca un discreto viaje a Estados Unidos para vacunarse contra el COVID, que negó y luego admitió: se fue a vacunarse gratis con la salud pública norteamericana y a su retorno anuncia que en un potencial gobierno suyo las vacunas las vendería el sector privado. Esa es la definición de doble moral.

Podría decirse que De Soto no tiene partido: Avanza País es un vientre de alquiler, cambió de ideología con su repentina entrada en 2020. ¿Cómo podrá liderar sin una bancada? Cuando menos, se trata de un caso curioso: un candidato que hasta hace poco decía que no le importaba ganar las elecciones. Cuando un estudio que revisa los planes de gobierno de los candidatos bajo los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas aseveró que los peores planes eran los de Lescano y De Soto, ambos salieron con excusas baratas. El primero dijo que el plan de gobierno entregado por su partido es un “borrador” y De Soto mintió aseverando que aquel —un miserable documento de dos páginas o de diecisiete si buscas un poco más— no es su verdadero plan de gobierno y que el definitivo se ha publicado en el semanario inglés The Economist. Poco después Michael Reid, editor jefe de la revista, se manifestó desmintiendo a De Soto. Una vergüenza internacional tan grande como la del día de ayer, cuando se negaba a responderle al periodista de la CNN en qué ciudad norteamericana recibió su vacuna. Como economista o intelectual quizá tenga cierta reputación, pero como político es un desastre.

Se trata entonces de un nuevo PPK, con ego superlativo, protagonista de memes y videos en TikTok, un octogenario que padece de una fuerte miopía social, que vive en las nubes, a años luz del Perú, desvariando en los debates presidenciales, mintiendo, adjudicándose logros y victorias ajenas o yéndose por las ramas con Uber,  asesorado por el sórdido y extraño Chibolín, triste símbolo de la farándula peruana, siempre detrás suyo para traducir sus delirios a los pobres. De Soto parece ser la opción preferida de la clase alta limeña y del sector privado (después de los traspiés de RLA), un peligro camuflado que hasta el momento se proyecta como el presidente más “vacable”. El congreso se lo comerá en un año o menos. Y se repetirá el ciclo, una vez más.

. Video del Primer Debate Presidencial 2021 (Fuente: canal de YouTube del Diario Gestión).

Siguiendo tenemos a Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, una refundación del partido conservador de derecha Solidaridad Nacional. RLA es un advenedizo, un empresario millonario, dueño de PeruRail (el tren a Machu Picchu) y fanático religioso, un miembro del Opus Dei que hasta hace unos meses era un desconocido en la política peruana. Apodado “Porky” por sus seguidores y llamado fascista o “Bolsonaro peruano” por sus críticos, RLA goza de una desmedida aprobación por un sector de la población, mas se ha construido una infame reputación en tiempo récord: se reveló que le debe al estado 28 millones de soles en impuestos, ha mentido y se ha contradicho innumerables veces, denigrado a otros políticos o al presidente, ha salido ebrio a dar declaraciones públicas, confesado que lleva 40 años de celibato y que disfruta autoflagelarse con cilicio cada vez que piensa en sexo, manifestado su aprecio por curas pedófilos comprobados, denigrado a los enfermos terminales, los homosexuales y a las mujeres, se muestra en contra de la cuarentena, del aborto legal, de la eutanasia y de la educación sexual en las escuelas. Su participación en los debates del Jurado Nacional de Elecciones fue tan pésima como insospechada, propia de un sketch o parodia: balbuceaba las palabras, leía propuestas que definitivamente él no ha escrito y mantenía la cabeza gacha, con miedo de mirar a los moderadores o a los espectadores. Y ello sin contar con las controversiales declaraciones de otros miembros de su partido: gente que afirma que las mujeres son las culpables de ser violadas, que consideran la homosexualidad una enfermedad y que como él, no han perdido la oportunidad de difundir noticias falsas o teorías de conspiración. Todos parecen extraídos de una mala película distópica.

¿Por qué la ultraderecha religiosa tiene tanta acogida en el Perú? Cuesta pensar en alguien que votaría por un personaje tan peligroso. RLA es uno de los candidatos predilectos de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (CONFIEP) y quizá por eso tiene mucha presencia en redes y en la televisión, asistiendo seguido a entrevistas en Willax, el foco de la desinformación televisiva, que lo apoya incondicionalmente. Además, no podemos obviar el considerable número de conservadores peruanos, una notable parte de ellos en Piura, donde RLA ha estudiado y vivido por años. Fuera de estas razones, sigue sonando descabellado votar por este individuo tras enterarte las cosas que dice o hace, es decir, pueden haber ciudadanos religiosos o conservadores y eso no está para nada mal, pero apoyar a este individuo es inadmisible. Diría que la gente no vota por él, sino por lo que representa: RLA es el rechazo al feminismo, a los derechos de la comunidad LGBT, a la legalización del aborto, al enfoque de género, al cuidado del medio ambiente, a la igualdad de condiciones y derechos para los pueblos indígenas y así. RLA es el voto antiprogresista. Y puede volverse el próximo presidente, pero ya anda algo lejos.

Hernando De Soto en CNN negándose a responder en qué parte de Estados Unidos se vacunó (Créditos: captura de pantalla de CNN).

Quien antes andaba última entre los seis primeros y ahora asciende peligrosamente es Keiko Fujimori, un rostro harto familiar: la hija del dictador que arremete por tercera vez para hacerse con la presidencia. Su partido, Fuerza Popular, encarna el mismo populismo de la derecha conservadora que ha caracterizado al fujimorismo. Ella parece más centrada, tiene ya una experiencia en la brega electoral, pero su prontuariado la delata: la prisión por lavado de activos en el caso Odebrecht. Keiko se ha pasado los últimos meses criticando el gobierno transitorio de Francisco Sagasti, manifestándose en contra de la cuarentena, prometiendo “mano dura” contra el crimen y la corrupción —que irónicamente ella representa— y prometiendo salvar al país de la supuesta izquierda radical de su contrincante y antípoda Verónika Mendoza. El fujimorismo arremete otra vez y parece no irse nunca, ¿qué nos pasa?

Después está George Forsyth, un exfutbolista y empresario de 38 años cuyo partido, Victoria Nacional, es en realidad el evangélico Restauración Nacional, con nuevo nombre desde el año pasado. No hay más qué decir de este nulo personaje, es solamente un títere político que parece surtir efecto en el Perú: un joven blanco creyente, emprendedor, deportista y por supuesto, con una denuncia de violencia doméstica de su expareja.

Dibujo de Verónika Mendoza (Créditos: arte de Siwar Qinti Ramos Berrocal en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Peleando por llegar a segunda vuelta también se encuentra Verónika Mendoza, de Juntos por el Perú, el único partido de izquierda con posibilidad en la contienda. Sus propuestas encarnan grandes cambios: la protección de los recursos naturales, nacionalización del gas, una nueva Constitución enfocada en los derechos, que reemplace a la neoliberal de la dictadura de Fujimori, entre otras políticas sociales y ecológicas que aterran a la CONFIEP, que en gran medida controla el país. Es de lejos la candidata más preparada y la que más solidez y consecuencia demuestra en los debates, pero sus propuestas dependen de un diálogo difícil de llevarse a cabo con el escindido congreso que le tocaría en un potencial gobierno. Su discurso no ha convencido del todo a los sectores más populares, que prefieren una izquierda reflejada en Pedro Castillo, un candidato que, si bien está subiendo, se ubica muy atrás en la carrera. No obstante, Mendoza permanece expectante y tiene posibilidades, verla llegar a segunda vuelta sería un saludable panorama en el desenlace de las elecciones.

. Verónika Mendoza en última entrevista con Juliana Oxenford del 7 de abril del 2021 (Créditos: canal de YouTube de ATV Noticias).

Detrás de estos candidatos está un tropel de doce aspirantes a la presidencia que se hallan muy lejanos en la carrera, donde destaca la ya mencionada candidatura Pedro Castillo por Perú Libre (una izquierda más dura y conservadora, criticada por ser el partido de Vladimir Cerrón. Castillo promete desactivar el Tribunal Constitucional, evaluar el retiro del Pacto de San José y está en contra de muchas propuestas progresistas como el enfoque de género o el aborto legal. Su popularidad ha crecido estas semanas), el militar retirado Daniel Urresti por Podemos Perú (polémico e hilarante personaje a quien ya conocemos y de quien no olvidamos sus juicios por asesinato y abuso sexual), el millonario emprendedor César Acuña por Alianza para el Progreso (otro protagonista de memes, corrupto y plagiador contumaz), el expresidente Ollanta Humala por el Partido Nacionalista Peruano (de quien ya se ha dicho todo), Julio Guzmán por el Partido Morado (cuyos lamentables episodios personales se encargaron de sabotear —en conjunto con el gobierno actual de su correligionario Sagasti— la reputación de su sólido partido) , el detestable Rafael Santos por Perú Patria Segura (que acabó revelándose como el triste sicario político de López Aliaga en los últimos debates) o el olvidable Andrés Alcántara por Democracia Directa, entre otros.

Ahora bien, hay un factor determinante en estas elecciones: los sondeos revelan casi un 30% de votantes indecisos. Para el analista político Santiago Pedraglio, la pandemia y las elecciones han generado un escenario fragmentado y de desconfianza donde lo más probable es que mucha gente esté escondiendo su voto. En las postrimerías de los comicios, toca convencer a aquellos que tienen el voto indefinido.

Vivimos esos últimos días donde aquellos que ya afirmaron su voto lo anuncian o reafirman, toman una posición. Eso es muy importante. Lidiar con las elecciones en medio de una crisis económica, sanitaria, política y moral puede ser demasiado. Son días cruciales para los peruanos y es necesario dejar de pensar en derechas o izquierdas o en favoritos o más odiados y encauzar nuestra decisión a aquello que es lo mejor para el país, a quedarnos en lo mismo o apostar por la posibilidad del cambio.

Creo que debemos pensar en los últimos gobiernos, en las dificultades que sufre nuestro país y así generar un consenso. Necesitamos un cambio de raíz, un reinicio para la fatídica situación del Perú, un país donde la corrupción se ha convertido en un problema endémico y donde el año pasado tuvimos tres presidentes en una semana. Pensémoslo.

Todos los demás candidatos son lo mismo en diferentes escalas (o acaso algo peor), una sucesión de oportunistas, improvisados y cepas del fujimorismo (Keiko, De Soto, López Aliaga y en gran parte Forsyth). Votar por ellos es perpetuar este ciclo de gobiernos con los que ya llevamos poco más de 30 años y que han conducido al Perú a la crisis actual frente a la pandemia, a tanta desorganización, desempleo y muerte. Pensemos en los posibles escenarios de segunda vuelta, donde convergen el populismo vacío, el continuismo fujimorista o a la ultraderecha religiosa: son opciones de espanto.

Keiko, De Soto y López Aliaga: las tres cepas del fujimorismo (Créditos: distintas fotos de archivo, collage realizado por mí).

Por ello, me queda claro que en el contexto actual, esa opción solo es viable con Verónika Mendoza y Juntos por el Perú. No hay que ser su fan acérrimo ni militante de izquierda para aceptar que es la única moral, ética y legalmente limpia: sin ningún proceso judicial ni dinero en paraísos fiscales ni amiga de delincuentes con corbata ni socia oculta del fujimorismo ni fanática religiosa ni promoviendo mensajes de odio por la prensa y las redes sociales. Tampoco admitir que es la más preparada y la más seria y tiene un equipo y plan de gobierno enfocado en las necesidades del país, a corto y largo plazo: mejorar la calidad de vida de los peruanos a través de la igualdad de derechos y oportunidades (que tanta falta nos hace), donde destacan el apoyo a las mujeres y a la comunidad LGBT o el innovador ejemplo del internet como derecho, para que los niños más pobres dejen de perder su educación por la pandemia; la reactivación económica con créditos a las micro y pequeñas empresas así como trabajos temporales para gran parte de la población; y la lucha contra la pandemia, asegurando la vacunación gratuita y organizada pero abriendo la posibilidad a que posteriormente pueda también distribuirla el sector privado y tomando el control temporal de la producción y distribución del oxígeno medicinal. En gran medida, pienso que el plan de Juntos por el Perú sí busca devolvernos la dignidad a todos los peruanos, salvar vidas y hacer que el país avance de forma justa para todos, sin amiguismos ni privilegios de aquellos en el poder. Perfecto o no, es el único programa que trae un verdadero proyecto de país para el Perú, enfocado en la igualdad, la educación, la salud y la ciencia.

Existen un par de ataques sistemáticos que Mendoza ha tenido que enfrentar y que encuentro pertinente mencionar. Una es el llamado “terruqueo”, neologismo que estos años se ha empleado para definir a la sucia jugada política de aprovecharse del miedo al terrorismo, llamándola terruca/comunista/roja/marxista-leninista/chavista/camarada de Abimael Guzmán/amiga de Nicolás Maduro, entre otros epítetos. El otro es la profecía de que su gobierno va a “venezonalizar” al Perú y lo llevará la ruina. Nada más distanciado de la realidad. La izquierda de Juntos por el Perú es más cercana al socialismo democrático que a una izquierda extrema. Además, basta mirarnos al espejo para saber que esa ruina ya la han traído el neoliberalismo caníbal que reina en el país por décadas y que esta pandemia ha evidenciado (Perú es uno de los países de la región con los más bajos niveles de educación y uno de los que menos invierte en salud). Al fin y al cabo, para Mendoza ambas acusaciones ya han devenido en absurdos clichés, paparruchas o dislates que ya no aminoran su crecimiento.

Con su clara subida en las últimas encuestas, Mendoza se ha confirmado como un peligro para el status quo y de inmediato ha despertado una agresiva campaña contra ella: columnas de opinión provocadoras y maledicentes, editoriales hostiles, nuevos terruqueos y violentas entrevistas donde es interrumpida con los refritos de siempre. Estos días previos al domingo electoral son muy intensos para todos los candidatos aunque más para Mendoza, a quien siempre le han hecho entrevistas difíciles, nunca complacientes como a la mayoría, pero que jamás se ha victimizado y ha sabido salir airosa de todas con habilidad, consecuencia y recientemente con cierto carisma (a diferencia del irreflexivo RLA, que suele victimizarse alegando que se trata de él contra el mundo, inventando una narrativa orate en la que figura como el héroe que salvará al país de la mafia de Odebrecht y la “prensa mermelera”). En fin, puedo equivocarme sobre Verónika Mendoza, pero hemos arribado a la situación actual con décadas enteras de la derecha peruana. Su propuesta es la única nueva. Todas las demás, entre aquellas cinco o seis que lideran las encuestas, son conocidas y peligrosas. Esto es innegable.

Verónika Mendoza (Créditos: arte de Alcides Catacora en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Es cierto que la idea de un gobierno de izquierda no es bienvenida para la mayoría del Perú. Tememos lo desconocido, pero si ya hemos sido tan golpeados, ¿no es momento de abrazar lo diferente, de dejar de pensar en “el mal menor” y empezar a albergar, por primera vez en años, la esperanza de una opción realmente buena? No tengamos miedo. Este es el voto valiente.

¿Cuál va a ser el desenlace este 11 de abril? ¿Acaso no sería histórico y emocionante recibir los doscientos años de la proclamación de Independencia con una mujer, una cusqueña joven de izquierda progresista, como la primera presidenta del Perú? Si bien hay posibilidades, con tan fragmentadas elecciones, el panorama es incierto. De algo no cabe duda: toca estar vigilantes.

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Evocando la tinta: Conversación con Francisco Lombardi

Cine, Cine Peruano, ENTREVISTAS y PERFILES, Literatura, Periodismo - Diego Olivas Arana - 31 Octubre, 2018

Ilustración de Lombardi para la edición especial de su filmografía, "Lombardi: 10 Obras Maestras".

Un encuentro inédito con Francisco Lombardi sobre una de las obras más conocidas de su filmografía, uno de los mejores retratos del periodismo en el cine peruano: Tinta Roja.

 

El Día del Periodista se celebra el 1 de octubre en el Perú. Acaso con cierta dilación, aprovecho tal efemérides hacia el final del mes para compartir este encuentro con el director de Tinta Roja, realizado a fines del 2016 como investigación para mi tesis de licenciatura.

 

Lombardi y su película

El director de Tinta Roja es definitivamente el primer y más importante propulsor de un cinéma d’auteur en el Perú. Francisco Lombardi (Tacna, 1949) es un realizador que se ha comprometido con su mirada, cuyo corpus fílmico siempre delata: identificable en cada una de sus películas a través de ideas, críticas, inquietudes, personajes o relaciones características. Si nos explayamos en la clasificación, podríamos proponer la filmografía de Armando Robles Godoy (1923-2010) como aquella de un cine de autor, precedente a la de Lombardi. Sin embargo, la obra del segundo ha sido más prolífica y permanece vigente (Dos Besos, su última entrega, salió el 2015). Hoy en día han aparecido otros directores peruanos que también apuestan por un cine que devele su perspectiva del mundo e inviten a la reflexión o al cuestionamiento, como Josué Méndez, Claudia Llosa o Héctor Gálvez, entre otros, pero, acaso por la trayectoria, la obra de Lombardi prevalece todavía como la primera referencia de un estilo de cine en el Perú.

Su particular visión se ha enfocado siempre en los claroscuros de la realidad urbana, especialmente la de Lima. Federico De Cárdenas afirmaba que Lombardi ha reflejado una percepción propia de la sociedad peruana que raya entre lo concreto y lo metafórico, y que le ha permitido narrar historias que se tornan universales. Por otro lado, Ricardo Bedoya sostiene que a Lombardi siempre le han interesado dos cosas: el recorrido por la ciudad, lo urbano; y el periodismo, el cronista que se acerca a los hechos de la realidad y los contempla. De alguna manera, esto es lo que él ha hecho en su filmografía, acercarse a esos rincones sórdidos de la realidad. Y así existen otras constantes en su cine, como las confrontaciones masculinas o rivalidad entre dos hombres; la relación de maestro y aprendiz, que no pocas veces roza con la del padre e hijo; la crítica al periodismo y los medios de comunicación; la violencia de los años de terrorismo; o el decaimiento de una sociedad abatida por la corrupción y la crisis económica. Temas que pueden verse indistintamente en muchos de los exponentes más célebres de su obra, como Muerte al Amanecer (1977), Muerte de un Magnate (1980), Maruja en el Infierno (1983), La ciudad y los perros (1985), La boca del lobo (1988), Caídos del Cielo (1990), Bajo la piel (1996), Pantaleón y las Visitadoras (1999), Ojos que no ven (2002) o Mariposa Negra (2006), entre otros. Tinta Roja (2000) es una película ambientada en Lima que a su vez es una adaptación de la novela homónima del chileno Alberto Fuguet (Alfaguara, 1996), ambientada en Santiago de Chile. Se trata de una de las adaptaciones de guion más elaboradas y acertadas de Giovanna Pollarolo, guionista del director durante una considerable parte de su filmografía. Una historia que se integra idóneamente al universo lombardiano, donde encontramos casi todos los temas que acabamos de mencionar… ¿Pero por qué Tinta Roja es tan importante para el cine peruano?

Poster de Tinta Roja (Ilustración de Rocío Urtecho – Jugo Gástrico).

Quizás por ser la más recordada película de Lombardi -acaso junto a La ciudad y los perros o La boca del lobo-. Argüiría que no es la mejor, aunque sí una de mis favoritas: Caídos del Cielo o La boca del lobo, por ejemplo, me parecen superiores, mas Tinta Roja está fresca y vigente en la memoria de muchos peruanos. No solo entre estudiantes de periodismo o ciencias de la comunicación. Tampoco es una predilección exclusiva de cinéfilos, guionistas o críticos de cine. Hablamos de una de las películas peruanas más queridas, repetida incontables veces en la televisión nacional, proyectada en clases de periodismo y ética en universidades, galardonada en diferentes festivales internacionales, siendo el único largometraje peruano que ha ganado la Concha de Plata al Mejor Actor en el Festival de San Sebastián del 2000, otorgado a Gianfranco Brero por su interpretación de Saúl Faúndez, el mejor personaje de la película -y uno de los mejores de todo el cine peruano-, afamado por sus profusos momentos y citas de esplendor, como este: Quiero algo más que el qué, el quién el cómo y no sé qué chucha más. Quiero que el lector se meta. Se identifique, piense que esto le pudo pasar a él. Todos los días se muere alguien, carajo. Eso no es novedad. Tienes que hacer que ese muerto parezca el primero, y para eso tienes que encontrar un ángulo diferente, personal…

En Tinta Roja, Alfonso Fernández Ferrer (Giovanni Ciccia), egresado de periodismo, aspirante a escritor y reciente practicante en la sección de policiales del diario El Clamor, debe lidiar con Saúl Faúndez (Brero), su irreverente, nada ortodoxo mas siempre eficaz editor y mentor. Así, Alfonso inicia un adentramiento al bajo mundo de las redacciones de tabloides limeños, donde es instruido por Faúndez en el seductor arte de la manipulación periodística, tanto de las personas que forman parte de la noticia, exponiendo los dramas de sus vidas, como de los textos en sí, inventando detalles, recreando -o ‘maquillando’ llamativamente las historias ‘humanas’ para atrapar y conmover al lector. La perversión y la pérdida de la inocencia para Alfonso deviene también en una transformación y autodescubrimiento para ambos personajes. Un relato de aprendizaje que acontece en una atmósfera de muerte, mentiras, periódicos y un retrato honesto y oscuro de Lima.

***

Encuentro con el cineasta

Pactar un encuentro con Pancho Lombardi fue algo azaroso. Debe haberme tomado alrededor de todo el año 2016 para convencerlo, sobre la base de un puñado de correos electrónicos. Todavía conservo alguna de las singulares negativas, como “estoy con el tiempo fatal, lo siento” o “mejor habla con Giovanna [Pollarolo], han pasado muchos años para mí y no creo que pueda dar mucho detalle”. Meses después, cuando ya daba por descontado la posibilidad de verlo, le escribí una última vez, casi por deporte, y un mensaje insospechado arribó a mi bandeja de entrada: “Diego: Viernes a las 12:15, en mi departamento en Miraflores… Tendré media ahora aproximadamente. Quizás hasta la 1. Te espero”. Fue así como lo vi, en su casa cerca a Larcomar. Para recordar Tinta Roja.

Francisco ‘Pancho’ Lombardi (Fuente: Flickr de Aline Arruda).

Me habla de su experiencia como periodista. Lombardi siempre ha demostrado un interés por el periodismo que ciertamente no obedece a coincidencia alguna. Tras estudiar dirección de cine en el Programa de Cine y Televisión de la Universidad de Lima, fue captado pronto como crítico de cine en la emblemática revista Hablemos de cine, labor que alternó con su trabajo en el suplemento dominical Suceso, del diario Correo, donde hacía lo mismo. A Correo llegó a través de su padre, que se desempeñaba como periodista de hípica. Si bien Lombardi desarrollaba específicamente un periodismo cultural, es una faceta que ha perdurado hasta años recientes, quizás cada vez con menos frecuencia, a través de textos sobre fútbol en el diario El Comercio. Y así arrancamos:

“Sí. Mi padre trabajaba ahí, y como iba seguido a verlo, conseguí trabajo en el diario y pronto me pidieron reemplazar durante un tiempo a un redactor de Suceso. Me quedé varios meses y así conocí el ambiente, y descubrí personas que atrajeron mi atención. Fue una etapa interesante que me tocó vivir”.

¿Dirías que ese primer acercamiento al periodismo motivó Tinta Roja? ¿Qué influyó a la decisión de adaptar la novela a un guion de cine?

“Bueno, de alguna forma sí, porque pasaron los años y cuando llegó a mis manos la novela de Fuguet, reconocí en ella muchas cosas que yo había vivido de cerca, me identifiqué, había personajes interesantes. Siempre busco personajes que revelen determinadas maneras de ser y de ver las cosas, ciertas conductas que sean representativas de conductas más generales, universales, peculiares o especiales, qué se yo. Eso estaba en Faúndez y el grupo de personajes que lo rodean en la novela”.

Sobre el libro, cuando hablé con Giovanna Pollarolo, me dijo que para ella, Fuguet jamás habría escrito Tinta Roja si no hubiera leído Conversación en la catedral (1969). Una novela fundacional en esa manera de ver a los periodistas, como escritores frustrados y bohemios. Esto luego lo he corroborado leyendo un texto incluido en una edición de Tinta Roja del 2003, donde Fuguet habla de los elementos autobiográficos de la novela y recuerda cómo la lectura de El pez en el agua (1993) evocó distintos recuerdos de su pequeña experiencia como periodista policial, y lo motivó a leer Conversación en la catedral y La tía Julia y el escribidor (1977). En Tinta Roja hay mucho de Mario Vargas Llosa y la visión del periodismo en su narrativa, incluso está el detalle de Pollarolo de hacer que Alfonso siempre tenga uno de sus libros consigo. Pienso en lo que me cuentas de la gente que descubriste en ese primer trabajo periodístico: ¿hay otras inspiraciones además de los personajes de MVLL? ¿Gente que conociste o periodistas reales de la época?

“De la época no, pero sí recordaba a algunos de los periodistas de esos tiempos trabajando en Correo. Conocí ahí ciertos personajes parecidos. A pesar de que no salía a reportear, me sentía en esa época, cuando recién entré, similar al personaje de Ciccia… También, cuando al final de la película llega este nuevo practicante, que se presenta no ante Faúndez, sino ante Alfonso, y le dice algo así como ‘me han mandado para el nuevo puesto’… Es el chico nuevo en la redacción, que seguramente seguirá los pasos y la transformación que Alfonso sufre durante la película. Ese personaje también se parece un poco a mí”.

¿Y qué hay de Faúndez?

“Pasa que cuando escribía críticas de cine en el dominical Suceso, llegué donde un director de esos tiempos que tenía fama de bohemio y aficionado a las drogas, alguien que de pronto desaparecía.”

¿Recuerdas su nombre?

“Lo recuerdo, lo recuerdo, pero no voy a decirlo [risas]… Llegué donde él y me dijo: ‘tú eres el hijo de Francisco Lombardi’ y yo ‘sí’, y me pregunta: ‘¿y por qué te ha mandado aquí?’ y le contesto: ‘bueno, he venido a hacer crítica de cine’ y él ‘¿y qué tiene qué ver la crítica de cine con lo que te voy a pedir que hagas acá? Nada. No tiene nada qué ver’… Así nos conocimos. Un personaje que me trató en un inicio de forma muy parecida a Faúndez. Después se portó muy amable conmigo. Pasa que mi trabajo en Suceso consistía mayormente en voltear noticias, redactar un poco pero sobre todo voltear. Llegaba un jueves en la mañana y durante todo el día hasta las 11 de la noche tenía que voltear las inactuales que me encargaba este hombre. Era su trabajo, pero como él no venía, terminaba haciéndolo yo. Pasó el tiempo, tenía muchos meses trabajando ahí, y de pronto surge la oportunidad de un viaje a Canadá para estudiar cine. Le cuento a mi padre y me dice que no me vaya porque le parece que van a botar al director y como yo hago casi todo en Suceso quizás termine siendo el nuevo director. Tenía 20 años, para mi padre era una gran oportunidad. Pero yo no tenía la ambición de ser periodista, yo quería dirigir películas. Pero en esa época no habían películas, entonces me agenciaba haciendo periodismo porque lo que yo quería hacer no estaba disponible, así lo veía yo. Al final me fui a Canadá y nunca supe qué pasó con esta persona, pero tuve la oportunidad de volverme el director interino de ese suplemento. Quedó como experiencia”.

Gianfranco Brero es Saúl Faúndez, el personaje que se roba la película.

 

Es interesante, entonces, pues tanto Alfonso en la ficción de la película como tú en la realidad tuvieron el mismo desenlace: ambos fueron jóvenes y talentosos jefes del medio en que trabajaban, temporalmente, antes de dejar el trabajo en busca de realizar sus ambiciones artísticas.

“No lo había pensado [risas] pero diría que así es”.

Conversando también con Ricardo Bedoya, me dijo que para él Tinta Roja reflejaba esa visión más clásica del perfil del periodista, uno antiguo, de la década de los ’50 o ‘60, aquella de las películas emblemáticas del subgénero del cine de periodismo: el periodista bohemio que madruga en la redacción, que está siempre fumando, etcétera. ¿Opinas lo mismo?

“Puede ser. Como te digo, la película también tiene mucho que ver con esos recuerdos de cuando hacía periodismo, en los años ’70. Creo que la esencia del periodismo está ahí”.

Sigue vigente.

“Sí. Digamos, hay diferencias pero no en la naturaleza más profunda”.

La esencia del quehacer periodístico…

“Exacto. Está ahí. Tú ves la película y está ahí… Ahora, una vez metido en el tema y mirando los sentidos que va adquiriendo la historia que estábamos narrando y eso, pienso que a mí me interesaba mucho el uso que se le da a la noticia para vender. La noticia como espectáculo. Tiene que ver un poco con la sensibilidad actual, pues se trata de vender a cualquier precio lo que la gente quiere, que es por lo general justamente aquello conectado al espectáculo, la farándula, inventar cosas que llamen la atención. Se ha perdido el sentido que la noticia poseía probablemente cuando se inició el periodismo. Hoy en día el periodismo es una mixtura de muchas cosas distintas… Está también la prensa chicha que proliferó en el gobierno de Fujimori. Pero yo no le he dado mucha relevancia a ese tema, incluso en los debates y conversatorios sobre la película, porque el sentido de la película no era la política, sino el cómo se usaba el periodismo para vender”.

Pienso en tu actividad periodística y en las reflexiones que tienes sobre la profesión. De hecho es algo muy importante para ti, al fin y al cabo, el periodismo está presente en muchas de tus películas.

“Presente, sí, pero con un sentido bastante crítico, como habrás visto. A ver, de los que me acuerdo: el Sinchi en Pantaleón y las Visitadoras, era un corrupto. En Bajo la piel también hay un periodista que sólo se dedica a joder a la gente…”.

Sí lo recuerdo. Pacheco, el reportero mentiroso y sensacionalista.

“Ese mismo”.

En Caídos del Cielo también hay un periodista, un locutor en un programa de radio.

“Sí, pero ese no diría que es periodista, es un personaje más bien bueno, ingenuo, de buena voluntad. Pero hay más: en mi primera película, Muerte al Amanecer, los periodistas están como locos salvajes queriendo coger la noticia. No les permiten pasar y ellos dicen ‘a mí no me interesa, yo voy a llegar’”.

Portada y contraportada del DVD de Tinta Roja.

También en Mariposa Negra. En todas estás películas ensayas una crítica de una determinada forma de ejercer el periodismo, entonces.

“Claro, en esa película está mucho más presente el periodismo, definitivamente. Ahí sí se toca mucho más el tema del periodismo político en la prensa de Fujimori, pues se ve el uso de la prensa para tapar un caso. Y la protagonista, una chica muy cínica que luego va teniendo una especie de transformación de su mirada a partir de su relación con este personaje que la conmueve, que revuelve cosas dentro de ella”.

Vemos ahí otra lectura del periodista.

“Sí, la de un periodista que se reconvierte en alguien quizás más decente”.

Y en esta otra, una de tus primeras películas, Muerte de un Magnate.

“¿Ahí hay un periodista? Solamente recuerdo el comienzo, donde yo interpreto a un periodista, inclusive. Al inicio hay unas entrevistas pero no está muy presente…”

Algo de metaficción entonces, siendo tú quien interpreta a este periodista secundario.

“Quizás [risas]… Yo al periodismo le doy un enorme valor en cuanto a su rol de consciencia moral del país, -algo que ha sucedido mucho en el Perú-. Los periodistas descubren y destapan cosas. Muchas de ellas convenientes para la salud moral del país, muchas otras no, al contrario. Pero bueno, el periodismo bebe de ambas fuentes”.

Y cómo ves Tinta Roja, ¿cómo una película sobre periodismo o más como una de aprendizaje, de una relación padre e hijo?

“Es básicamente, en el fondo, una película de aprendizaje. Un tema clásico de la literatura y el cine. Pero claro, el mundo en el cual se desenvuelve la historia es el periodismo, por lo tanto, diría que es a su vez una película sobre periodismo”.

Entonces es en primer lugar una película sobre una relación de aprendizaje, luego una película sobre periodismo, pero además es una película sobre Lima. Una Lima en los tiempos de Fujimori y la prensa sensacionalista.

“Mmm… Bueno, si te das cuenta, en la película no se toma directamente el tema del uso de la prensa por parte del gobierno. Piensa que es una novela chilena adaptada al Perú, que no intenta recrear ese momento sino algo más general sobre el periodismo.

Claro, se puede sugerir la ubicación temporal, pero no es algo concreto, en realidad.

Exacto, y eso le quita cierto carácter coyuntural a la película, que sí tienen otras de mi filmografía como La boca del lobo, muy coyuntural u Ojos que no ven, bastante también. Tinta Roja es más amplia en ese sentido.

Aun así, muchos la consideran situada en esa época, fines de los ’90, de la dictadura de Fujimori. ¿Dirías que está ambientada en esos tiempos?

“Sí.. sí creo que la época sería esa”.

Lombardi en entrevista con Cinencuentro durante el 22 Festival de Cine de Lima, 2018.

Regreso a lo que dijiste hace un rato, que estamos hablando de una novela chilena adaptada al Perú. Concuerdo en que es una historia con características universales, que podría suceder tanto en Santiago de Chile como en Lima. Con respecto al guion, ¿estuviste muy involucrado en la adaptación de Giovanna Pollarolo?

“Pues en cada proyecto me involucro mucho en el guion. Siempre. Es decir, no escribo, últimamente por lo menos, pero sí me reúno con el o la guionista una o dos veces por semana y corrijo lo avanzado, intercambiamos ideas. Avanzamos de manera conjunta. El guion es lo que más demora. Tal vez en una adaptación es menor, pero cuando es una historia original y se empieza de cero, puede tardar muchísimo. Recuerdo con Dos Besos, mi última película, fueron años, se frustró y todo. Fue con Augusto Cabada. El proyecto arrancó en España, después se echó para atrás, luego vino la crisis española, pasó otro productor, después yo compré el proyecto para adaptarlo al Perú… Ahora estoy trabajando tres proyectos simultáneos a ver cuál termina agarrando cuerpo [risas]… Pero sobre el guion en Tinta Roja, pues yo diría que fue un buen trabajo de adaptación. Quizás la razón de su éxito”.

Ese guion de Pollarolo es un caso particular: el tránsito de la ambientación geográfica y cultural de la novela, del contexto chileno al peruano. Hay bromas y personajes que son muy chilenos y en la película resaltan su peruanidad.

“Sí. Pienso que, aunque siga bastante al libro, la estructura que tiene la película, es decir, la forma en la que se ha trabajado el guion, es lo que le da un plus, ¿no?”

Porque la novela es más lineal, con las comisiones, los casos para reportear. La película es un gran flashback que se cierra cuando Faúndez recibe la noticia sobre su hijo, que lo destruye.

“Cierto, ese es el gran cambio. Pero sabes, ya tocando estos temas, yo creo que la principal virtud de Tinta Roja es que se trata muy probablemente de la película donde más se ha acertado en vincular el tratamiento con la historia. Hay un tratamiento visual, de cámara y eso, que se siente muy cercano de lo que es el mundo de la película: esa naturaleza inestable del reportaje. Es muy contrario a lo que yo hago normalmente, a mí me gusta que la cámara no se note mucho, que sea más transparente. Que no haya artilugios. Esto fue una excepción interesante”.

¿Cómo plantearon eso?

“Me pareció correcto para la película. Siempre he pensado que cada película tiene una especie de necesidad propia. Cada una te va marcando una forma. En el caso de Tinta Roja parecía que era eso, una película sobre el reportaje, la prensa. Una película con mucho movimiento, inestable”.

Y al parecer no te equivocaste. Se siente así y funciona muy bien.

“¿Sabes? He visto hace poco la película. Pasa que la ha comprado Ibermedia, para que la pasen en todos los canales del gobierno, y hemos tenido que recuperarla de un Betacam antiguo para hacer una copia… En fin, volví a verla y recordé que me gusta mucho visualmente, como te he mencionado. Me parece una película que tiene mucha correspondencia entre forma y contenido, por ponerlo de alguna forma vulgar”.

Me he quedado pensando en esto de la inestabilidad de la cámara, del ir corriendo a las comisiones, de la inquietud de la reportería… Todo eso me remite a algo también muy presente en tu cine, el tema de lo urbano, de la ciudad.

“Como hablamos hace un rato, es una película sobre la ciudad de Lima. Creo que quizás sea la película peruana donde aparece más la ciudad, visualmente. Incluso empieza con una descripción de la ciudad, en ese paseo del carrito con Carlitos Gassols [en su personaje, Van Gogh]”.

Claro, empieza en el centro de Lima, en la Plaza Bolognesi. Lima como idea y como espacio.

“Sí, empieza ahí, pero da vueltas por Lima, por la ciudad, poco a poco se va desviando, penetra en las partes más alejadas de la ciudad, las barriadas, la periferia. Los personajes de la película siempre están yendo de un lado a otro, todo el tiempo en muchas partes. Para mí fue una película que también tiene que ver mucho con Lima. Una película bien urbana en ese sentido, como tú dices”.

La ciudad como espacio está más frecuente que la redacción del periódico, incluso.

“Claro… Es una película, además, que se hizo con mucha comodidad, a diferencia de otras de mis películas. Es decir, había medios. Por ejemplo, la redacción es toda una construcción, no es ningún periódico. Se hizo en donde está la Clínica Delgado ahora, estaba abandonado, no tenía nada. La fachada también. Algo que me gustó mucho fue que, como era una coproducción con España, teníamos una directora de arte española muy buena, quien organizó todo el decorado. Ella diseñó esa redacción, que me pareció bien ‘redacción de época’. También tuvimos un director de cinematografía, Teo Delgado, maravilloso. Esto ayudó mucho a que la película sea mejor visualmente. Hay inclusive una escena, la primera vez que sale ‘Varguitas’ (Alfonso) después de estar en el cementerio y ver al chico colgado. Les dicen que ha habido otro accidente en la Costa Verde. La camioneta llega y hay un momento determinado donde la cámara está dentro de la camioneta ya cerca de su destino. La camioneta para y la cámara está fuera como una subjetiva, sube a ver a los personajes y ellos bajan sin corte y la cámara los empieza a seguir, pasa el camarógrafo, los supera, y viene con ellos sin corte. Van avanzando y luego baja la cámara y descubre al cadáver sin cortes. Y todo esto desde la camioneta. Un movimiento de cámara que hicimos miles de veces hasta que ligó, y eso totalmente ingenio de la cinematografía de Teo Delgado. Un capo. Trabajó conmigo en muchas películas desde entonces, pero está actualmente en series de televisión españolas.

Lombardi durante la presentación de Pantaleón y las Visitadoras en el 2000 (Fuente: FICVIÑA).

Sí recuerdo que fue coproducción con España. Hasta acordaron tener dos actores españoles, ¿no?

“Era América Producciones, una empresa que tenía dinero para la producción. Teníamos buen presupuesto. Luego, todo el tratamiento de sonido en el laboratorio en Chile, y toda la posproducción extra de sonido más imagen en España. Entonces, Tinta Roja tuvo muy buenas condiciones de filmación y producción. Es la última de mis películas que se ha hecho sin preocuparse por el dinero. Todas las demás no, como la que le siguió, Ojos que no ven, que se hizo en las condiciones más misias, con cinco personas que pusieron 20 mil dólares cada una. Y recuerda que fue una película enormemente más complicada que Tinta Roja, eran seis historias con seis elencos distintos”.

Y en esa película también tenemos un periodista, el presentador de noticias corrupto interpretado por Paul Vega, que sigue todo el tema de Fujimori y que acaba con el rostro deformado…

“Ajá, claro. Ahí tienes otro personaje periodista. Uno entregado al poder”.

Gianfranco Brero [Faúndez] me contó sobre la coproducción con España. Me dijo que ya habían pactado un actor español para el personaje de Faúndez, ¿no? Antes de que lo busquen.

“Así fue. Yo viajé a España unos meses antes para conversar con el actor, no recuerdo su nombre pero era un top, muy conocido allá, hacía mucho teatro. Pero tuve un diálogo muy deprimente con él. Una persona muy altanera. Me planteó desde el primer comienzo que había decidido convertir a Faúndez en un personaje español que vivía en Perú. Que no haría en lo absoluto ningún esfuerzo en intentar, digamos, imitar la forma de hablar de los peruanos, pues le parecía ridículo. Me pedía que efectuara los cambios necesarios. Le dije que lo iba a pensar y dije al productor ‘si ese es el actor, yo me voy’. No podía trabajar con alguien así, que se diera esas ínfulas. Entonces les dije que yo tenía al actor y que se los iba a mostrar. Ahí tuvimos suerte: hubo que buscar a otro actor español que participe en un papel secundario en la película, que terminó siendo Fele Martínez, un actor importante en ese momento, quien interpretó al fotógrafo Escalona. Él había visto una película mía y cuando me hablaron de él yo le escribí y Teo Delgado le habló. Le dijeron para que venga a Lima unas tres semanas y el aceptó. Así resolvimos el problema, pues necesitábamos dos actores españoles. La actriz Lucía Jiménez fue la otra, interpretando a Nadia. Ella había actuado en No se lo digas a nadie, ya la conocía y quería volver a trabajar conmigo… Cuando regresé a Lima ya estaba pensando en Gianfranco [Brero]. Lo llamo y le digo ‘dime, ¿en los próximos dos meses estás libre de trabajo?’, ‘no’, me responde. Yo le replico: ‘ay caray, es que pensaba ofrecerte un protagónico en una película’. Ahí se interesó: ‘¿cómo es la historia, cuándo sería? Déjame ver, si es un protagónico, a ver qué puedo hacer’… Le envié el guion. Me dijo que ese papel era suyo. Un personaje con mucho potencial de crecimiento. Le fue muy bien, ganó una Concha de Plata al mejor actor por ese personaje. El premio más importante que ha ganado un actor peruano hasta ahora”.

‘Un regalo de personaje’, me dijo él. Extraordinario… Dime, y ahora, con la distancia que otorga el tiempo -han pasado más de diez años desde el lanzamiento de la película-, ¿hay algo que cambiarías? Cuando conversé con Giovanna Pollarolo me comentó que cambiaría el final, que extraería todo lo de Alfonso y su padre, que le hubiera gustado que sea un desenlace medio abierto, terminando con Faúndez y la tragedia de su hijo… ¿Compartes ese deseo?

“Puede ser. Lo que pasa es que, lo que dice ella como idea parece interesante, pero eso tampoco es un final. Habría que buscarle igual un final redondo. Es cierto que no nos hemos quedado contentos con el final, ambos, pero pasa que nunca encontramos otro mejor. Pasó algo similar con La boca del lobo, con Augusto [Cabada]. Yo no estaba seguro de ese final, refiriéndome a la escena de la ruleta rusa. Yo quería que el personaje de Gustavo Bueno se matara, me parecía una manera digna de acabarlo y coherente con el personaje: que una bestia como esa pasara por eso. Pero de ahí vino este asunto moralista de bajar un poco al personaje, de hacerlo más culpable. Fue una discusión. Al final yo cedí y se hizo así. Quedó bien también, pero en ocasiones regreso al tema y siento que mejor funcionaba la otra idea”.

Portadas de ‘Tinta Roja’, de Punto de Lectura, 2001/Alfaguara, 2000/Punta de Lectura, 2001.

Vaya. Hubiera sido interesante, pero igual La boca del lobo  quedó bien.

“Sí. Pasa a veces con los finales. Con otros proyectos me ha pasado otra cosa, que al no haberles encontrado el final, no los hemos hecho. Se quedaron atrás porque no nos convencía cómo terminaba la historia. Cuando haces un guion haces al inicio una primera aproximación, pero siempre tienes que tener claro cómo acaba. Si no tienes el final no tiene sentido todo el proyecto: en qué termina, qué quiere ser, a dónde va, qué quiere decir. Nos pasó justo antes de La boca del lobo, teníamos un tema parecido: la historia de un periodista muy conservador que trabajaba en un periódico bien de derecha, y es confundido por el Servicio de Inteligencia por un miembro de Sendero Luminoso. Entonces, se tiene que entregar a toda la mierda que normalmente ocurría de forma oculta, porque él cae como inocente, y en esa época te empapelaban y atrapaban y torturaban o mataban, te dejaban muerto en algún sitio, si pensaban que eras de Sendero Luminoso… Este proyecto se cayó porque nunca le encontramos un desenlace. Fue con Cabada y el mismo equipo de La boca del lobo. En eso estábamos y un día en Caretas veo que hablan de la masacre en la que se basó la historia. Los campesinos en medio de todo y la imagen de Sendero Luminoso como algo que no se entendía o se desconocía. Les propuse dejar un rato el proyecto y meternos en esto, que acababa de suceder y era muy significativo. Así pasó, olvidamos ese otro guion y eso que ya estaba bien avanzado. Solamente porque no teníamos el final”.

Y con Tinta Roja

Pues allí no sabíamos cómo, salvo aquel final que le dimos. Lo que dice Giovanna [Pollarolo] no me acaba de convencer. Ya no le doy muchas vueltas al tema porque la película ya está hecha y ha pasado mucho tiempo, pero sí, el final no se aventura. Diría que es un poco moralista.

***

Francisco Lombardi recibe una llamada. Anda apremiado. Nuestra conversación termina allí. Reviso la hora en mi celular y veo que son casi la 1:30 p.m. Pienso que va a llegar tarde a su reunión, muy probablemente porque le ha entretenido recordar su décimo segunda película. Tras darle la mano con efusividad, salgo de su departamento y me dispongo a errar por las calles de Miraflores, cuando de pronto ingresa con prisa al ascensor, evitando mi salida. “Me olvidé de darte esto. Mucha suerte en todo”, me dice y desciende conmigo para partir a su cita. Era un paquete sellado de la edición remasterizada de su filmografía selecta, Lombardi: 10 Obras Maestras. La fama no le ha quitado lo amable al cineasta más prolífico del Perú, pienso ya en la calle, mirando la caja con los discos, y remato recordando una de las citas del chofer apodado Van Gogh en la película: “El primero de los problemas que se plantea un hombre es encontrar qué clase de trabajo es el que debe emprender en este mundo”, recita desde el vehículo, dándole la bienvenida al novel Alfonso. Cuatro décadas y diecisiete películas después, se me ocurre que  Lombardi tomó la decisión correcta abandonando ese diario, y me voy a casa a volver a ver Tinta Roja.

*** PUEDEN VER Tinta Roja completa online aquí, desde Cinépata, la web oficial de cine de Alberto Fuguet.

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