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Dalí y Warhol: el reencuentro de dos genios

Invierno de 1964-1965. Salvador Dalí y Andy Warhol en el St. Regis Hotel de la ciudad de Nueva York (Créditos: David Mccabe/A Year in the Life of Andy Warhol, Phaidon, 2003).

Salvador Dalí sostenía que lo más importante era que se hable mal de él. Andy Warhol afirmaba que el mejor arte es hacer un buen negocio. Los máximos referentes del surrealismo y el pop art cultivaron una imagen pública que atrajo la atención del mundo, marcando la historia del arte.

*** Una primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 06/08/2017.

 

Tan solo una vez en su trayectoria, cuando ya era una leyenda en vida, Andy Warhol se quedó verdaderamente atónito, turbado, sin palabras. Fue en el verano de 1965, en el St. Regis Hotel de Nueva York. Tenía una cita en la suite 1610. Al aproximarse, alguien desde adentro lo invitó a pasar con un giro de su bastón. Una ópera ensordecedora invadía la habitación. De acuerdo al fotógrafo David McCabe, quien contó la historia y estuvo allí para registrarla, el hombre del bastón se acercó apremiado y se situó detrás de Warhol para ponerle un penacho de reminiscencias incaicas en la cabeza. Fue una reunión de cinco minutos que el creador del pop art sintió como un siglo de incomodidad. El extravagante huésped era otro mito llamado Salvador Dalí.

Aquel fue el primer encuentro de dos de los artistas más memorables del siglo XX. Y si bien solo trabajaron juntos en dos proyectos —la película Salvador Dalí (1966), donde el pintor conoce a The Velvet Underground; y el memorable retrato mudo del rostro de Dalí (1966), uno de los cientos de screen test de Warhol—, su relación perduró las siguientes dos décadas. En otra afamada fotografía de Christopher Makos, de 1978, Dalí y Warhol se saludaron compartiendo un beso durante una recepción en Nueva York. Fue un símbolo de mutua admiración y, para muchos, un guiño a la forma en la que ambos concibieron su trabajo: entre la genialidad, la fama y los dólares. El encuentro de dos grandes megalómanos que crearon su propia imagen y realidad alrededor de sí mismos, trastocando —o eliminando— los límites entre la vida y el arte.

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Hasta el próximo 7 de octubre, Dalí y Warhol celebran un último reencuentro en el cuarto piso del Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, un viejo edificio gótico que Stalin obsequió a Polonia en tiempos soviéticos y que hoy es uno de los espacios culturales más importantes de la ciudad. La exhibición (Dali kontra Warhol en polaco) superpone de forma integral la biografía y obra de ambos artistas a través de más de 120 obras, algunas nunca mostradas al público. Para el crítico de arte y curador Stach Szabłowski, uno de los dos curadores de la exhibición, “tiene sentido yuxtaponerlos, pues en ambos es absolutamente imposible separar la obra del personaje, de su imagen pública”. La conexión es tan evidente como idónea. Dos generaciones, personalidades y backgrounds distintos y, sin embargo, una aproximación artística que compartía una avanzada noción del poder de la publicidad para atraer a las masas. Ello condujo a construir su imagen excéntrica como parte de su praxis del arte y, en cierta medida, hacerla su centro. Se trata de descifrar el misterio del éxito de estos artistas a través de una reflexión sobre la fama y el dinero.

La muestra en Varsovia alberga importantes y célebres piezas de Warhol, como los retratos de Marilyn Monroe (1983) o los cuadros y trabajos de las sopas Campbell (1962-69), entre otros; contrastados con pinturas de Dalí como “El enigma sin fin” (1939) o “La tentación de San Antonio” (1946), sus esculturas, e incluso un ejemplar del libro surrealista de recetas de cocina para su esposa Gala, el hoy agotado Les Diners De Gala (1973).

Sin embargo, el aditivo más exquisito de la exhibición es también el último: una generosa colección inédita de los originales de Warhol en portadas de álbumes de música. The Rolling Stones, The Smiths, Count Basie, Miguel Bosé, Rats & Star, Leopold Stokowski, Blondie, Vladimir Horowitz, Thelonious Monk, Paul Anka, Artie Shaw, David Bowie, entre muchos otros, con un énfasis final en su colaboración con The Velvet Underground. En esas portadas, Warhol se distanció de las disciplinas visuales y se permitió improvisar con total libertad. “Vemos que también tenía talento para el dibujo y una hermosa caligrafía, por ejemplo. Nada de esto es corriente en su discurso principal”, dice Szabłowski.

Salvador Dalí y Andy Warhol, circa 1978 (Créditos: Christopher Makos).

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Un fino bigote ascendente y una peluca plateada. Salvador Dalí (1904-1989) y Andy Warhol (1928-1987) quizá sean las criaturas más extrañas que hayan salido de la novelesca comarca de Ampurdán y de Pittsburgh, la ciudad de acero, respectivamente. Uno se autodefinía como una droga, el otro como un ser profundamente superficial. Fueron animales de la misma especie: revolucionarios artistas que se sirvieron de los mass media para desarrollar su discurso. Aunque, como recuerda Szabłowski, para Dalí este fenómeno fue algo por descubrir, tanto por cuestiones generacionales como geográficas: “Dalí creció en una España de inicios de siglo XX, todavía basada en la aristocracia nobiliaria; mientras que para Warhol, como para gran parte de la sociedad estadounidense, se trató de algo natural: creció en un mundo moderno y totalmente centrado en el consumismo”.

Según Szabłowski, revisando toda la obra del catalán, comprobaremos que siempre propuso la misma visión, cambiando solamente el lenguaje. Además, influyó sobremanera que, en un comienzo, mientras pertenecía activamente al movimiento surrealista, su obra estuviera dirigida a un público pequeño y cerrado, acaso más elitista. No existían, por ejemplo, museos de arte moderno o contemporáneo, éstos estaban más dedicados a lo histórico, y lo nuevo sucedía solo en un nicho. El vanguardismo ciertamente crecía y se fortalecía, pero toda nueva expresión de arte es más elitista o underground. Posteriormente, acaso desde los años cincuenta, la obra de Dalí se dirigió al público en general. 

. Dalí en uno de los screen test de Warhol (1966).

En 1934, poco antes de ser expulsado del movimiento surrealista —cuando soltó aquello de “No pueden expulsarme porque yo soy el surrealismo”—, Dalí recibió el apodo de “Ávida Dollars” por parte de André Bretón. Un anagrama de su propio nombre que señalaba su afición a la fama y el dinero. Dalí estuvo en todas partes durante su tiempo, evidenciando que su trabajo no abrazaba la vieja concepción del artista como alguien entrenado en una habilidad específica, como la pintura o escultura, por ejemplo. No. El artista como marca puede incursionar donde quiera, y Dalí lo comprobó a través de pinturas, esculturas, pero también diseño de muebles o colaboraciones cinematográficas, por ejemplo. Buscaba demostrar que como creador podía hacer lo que quisiera, algo que Warhol corroboraría años más tarde.

Ambos hicieron suya esa transgresión encarnada en los medios, la provocación y el espectáculo. Dalí los empleaba para traducir su universo, esa visión del mundo onírico y la mente; Warhol, acaso socialmente más comprometido, los utilizó como el concepto mismo de su propuesta, introduciendo al arte elementos de productos, marcas y deseos colectivos. Esa fue la contribución más importante del pop art a la historia del arte del siglo XX.

La exposición “Dali kontra Warhol”, montada en el Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, en el 2017. Estuvo compuesta por más de 120 piezas de los artistas, muchas de las cuales fueron exhibidas por primera vez (Créditos: Diego Olivas Arana).

Para Hank Hine, director del Dali Museum en San Petersburgo, Florida, Warhol fue uno de los artistas más marcados por el legado y modelo de Dalí: “Ambos tenían una estética similar, pues abrazaban lo que era el medio dominante de la época, a pesar de hacerlo de formas distintas. Warhol realmente se apropió del enfoque de Dalí a la prensa, desarrollándolo al límite”. Hine agrega que el verdadero nudo entre ambos artistas se encuentra en su curiosidad sobre el significado y la naturaleza del arte. “Ambos tenían la convicción de que el arte es algo que trasciende la pintura, el cine o la foto. Es la idea que existe detrás de la obra maestra. Algo que reflejaron en su propia imagen”.

Ciertamente, para Dalí no bastaba la simple contemplación de su imaginación en pinturas. Tenía que manifestarse en la vida real para revelar esa creatividad en persona y generar un quiebre, conjurando reacciones, como en una exposición surrealista en Londres de 1936, donde sorprendió al público al dar su discurso vistiendo una antigua escafandra para buceo y acompañado de dos galgos rusos (al final tuvo que sacarse el casco para evitar la asfixia). Warhol extremaría esta perspectiva de muchas formas, desde su protagonismo en las fiestas de Studio 54 o The Factory hasta aparecer en comerciales de la empresa electrónica nipona TDK o junto al boxeador Sonny Liston promocionado la aerolínea Brannif (when you got it, flaunt it!).

Instalación del “Sofá-labios” de Salvador Dalí en la exposición Dali kontra Warhol, en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Los dos fueron muy versátiles para desarrollar su trabajo, haciendo que sus intereses en distintos medios y plataformas de expresión volcaran en numerosas colaboraciones con otros artistas, como Dalí con Luis Buñuel en el cortometraje surrealista Un perro andaluz (1929) o la serie de pinturas colaborativas que Warhol realizó con Jean-Michel Basquiat (1983-1985). A su vez, otro factor que los unió es que tanto Dalí como Warhol descubrieron temprano la ventaja de la multiplicación, condicionando sus talleres para ello. Es curioso recordar que Dalí empezó con estos cambios antes de que Warhol conceptualizara y creara The Factory, su famoso estudio, taller y punto de encuentro de la bohemia de Nueva York. Según Szabłowski, “ambos cuestionaban el significado tradicional de la originalidad, especialmente Warhol, quien puso mucho énfasis en esto. Raramente hacia un trabajo que no tuviera varias ediciones. Casi toda su obra principal se basó en series”.

Pese a tales similitudes, las diferencias en sus propuestas están muy presentes. “A través de toda su obra, Dalí nunca abandonó el ideal de la omnipotencia del artista, es decir, la posibilidad de crear de la nada, empleando tu propia genialidad. Algo que no está mal, fue su camino y concepción, mas también se debe a que pertenecía a otra generación y a su background surrealista, que siempre lo empujaba hacia esta convicción del poder creativo ilimitado”, explica Szabłowski. “Warhol tenía otro tipo de sensibilidad. Él decía que el artista del futuro será alguien que edita y reedita, que se comunica a través de elementos ya existentes, transformándolos y dándoles más poder”, agrega.

Portada del álbum “Sticky Fingers” (1971) de The Rolling Stones, diseñado por Andy Warhol.

Además, Warhol tenía una opinión muy crítica. No era esa persona pública sin expresión ni opiniones que siempre aparentó. Ese disfraz fue parte de su proyecto artístico: servir como espejo para los conceptos de otras personas. Warhol se distanciaba mucho de la categoría de un artista sin opiniones. Su profundo entendimiento de la cultura de su tiempo provocó que su obra se centrara en una confirmación total de la sociedad de consumo: empleando elementos tomados de diferentes productos o deseos colectivos. “Muchas veces —sostiene Szabłowski—, evidenciar la forma de operar del sistema puede ser más crítico que rechazarlo o negarlo, porque a través de la confirmación estás realmente demostrando cómo funciona”. Algo que puede verse con las latas de sopa Campbell, donde glorifica y critica los hábitos de consumo de la época.

Uno de los conceptos que más los une es asimismo uno de los que más descubren su genialidad: ambos cuestionaban la mortalidad. “In Voluptas Mors” (1951), un retrato hecho en colaboración con el fotógrafo Philippe Halsman, presenta a Dalí posando junto a una gran calavera, o dependiendo de la perspectiva, junto a siete modelos desnudas (“la voluptuosidad de la muerte”). Dalí subvierte la realidad en esta fusión de la inminencia de la muerte y la presencia del erotismo, buscando que uno descubra pistas sobre sus procesos subconscientes a través de las asociaciones evocadas por la ilusión óptica.

El clásico “In Voluptas Mors” (Philippe Halsman, 1951).

A su vez, en su “Díptico de Marilyn” (1962), Warhol presenta cincuenta cuadros del rostro de Marilyn Monroe, basados en una fotografía publicitaria para la película “Niagara” (1953). Se trata de una serigrafía realizada poco después del deceso de la actriz, donde una mitad está a colores y la otra en blanco y negro, connotando no solamente la extremada reproducción que reduce el valor de las persona retratada, sino la relación entre la figura de la fama con la del consumismo y la muerte. Hank Hine sostiene que “en Warhol podemos ver el amor por este mundo, pero también un sentido de su fugacidad y su muerte. Las celebridades como un esbozo que eventualmente se descompondrá y desaparecerá”.

 

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A pesar de los años, el recuerdo de estos dos iconoclastas permanece vigente en la memoria colectiva. Algo que intensifica la importancia de esta muestra y le otorga actualidad es el reciente retorno de ambos a las noticias, nuevamente bajo el manto del escándalo. A fines de junio, John McEnroe, el retirado campeón de tenis estadounidense convertido en celebridad, publicó su autobiografía, donde, entre otras confidencias, señala a Warhol como el saboteador de su vida sexual, interrumpiendo muchos de sus flirteos nocturnos con sus fotografías (Warhol solía tomar Polaroids a todos, incluyendo personajes como Alfred Hitchcock, Pelé o Mick Jagger. Por esa afición es que hoy se le considera uno de los precursores del concepto de Instagram). McEnroe además afirma que Warhol fue un “mediocre sobrevalorado”, olvidando quizá que en 1986 lo contrató para que hiciera un retrato de él y su entonces esposa, Tatum O’Neal.

De la misma forma, el nombre de Dalí ha resonado por toda España con revigorada fuerza. El pasado 20 de julio se realizó la exhumación de su tumba en el Teatro-Museo Dalí, en su natal Figueras. La acción se dio como orden de una corte de Madrid, paso crucial para la consecuente prueba de ADN que implica proseguir la demanda de Pilar Abel Martínez, tarotista de 61 años que asegura ser su hija extramatrimonial. Una noticia que ha conmocionado a todo el país, dividiendo a la gente entre quienes apoyan a Abel Martínez y quienes la dan por una oportunista y embaucadora. Además del rechazo de los actuales dueños del patrimonio del surrealista: la Fundación Gala-Salvador Dalí, el Estado español y el ayuntamiento de su pueblo. El equipo forense extrajo un poco de pelo, uñas y dos huesos largos para la comparación de ADN, y según uno de sus miembros, el bigote de Dalí permanece idéntico, dando las 10 y 10 de un reloj imaginario, como él deseaba. Los resultados se pronostican para mediados de setiembre. Toda una locura que el diario El País ha llamado “surrealismo en estado puro”.

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Afiche de la muestra “Dali kontra Warhol” en Varsovia (2017).

En mayo de 1978, Dalí y Warhol se citaron en un restaurante en Nueva York. Warhol llevó dos ejemplares de uno de los libros de Dalí para que se los firmara. Allí, ambos descubrieron que compartían la inquietud por buscar beautiful freaks. Antes de despedirse, Dalí sorprendió a Warhol una vez más, obsequiándole una bolsa de plástico con sus paladares usados. Un simbólico gesto que se entendió como la confirmación de su aprecio, y a su vez, como un ritual de sucesión. Un recuerdo que Warhol registró con admiración en sus diarios. Obsesionado como estaba con el concepto del artista presente en la esfera pública, Dalí era un caso fascinante para Warhol. “Sin embargo, no existen pruebas de que Dalí haya estado tan interesado en Warhol. Creo que eso dice mucho de la relación de ambos. Los divide, a su vez. Dalí estaba muy concentrado en sus ideas, el desarrollo de su propuesta; mientras Warhol sabía que estaban sucediendo cosas importantes allá afuera, absorbía, prestaba atención”, subraya el curador Szabłowski.

Dalí dijo que si llegaba a morir, no lo haría del todo. Warhol afirmó que no creía en la muerte, y que no podía decir nada sobre ella porque todavía no estaba preparado. Hoy que se reencuentran en Polonia se han cumplido 113 y 89 de sus aniversarios, respectivamente. Ambos influyen hasta el día de hoy a muchas generaciones de artistas. Fueron absolutamente célebres: amados y odiados mientras vivieron, y lo han sido cada vez más desde sus muertes. Son inmortales.

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El caso Amok: el libro de la muerte

Krystian Bala, 2008 (Créditos: Adam Hawałej/PAP).

Krystian Bala podría acaso denominarse como el precursor del ‘meta-asesinato’. El joven escritor polaco permanece en la prisión de Breslavia, tras culpársele de haber premeditado, dirigido y cometido un homicidio en el 2000. Después de acabar —supuestamente— con la vida de un empresario, escribió y publicó un libro de nombre Amok, en el que se narraba una muerte muy similar. Nadie podría haberlo descubierto. Al menos eso pensaba.

 

El caso

Diciembre para Polonia es un mes perdido. El invierno deprime a sus habitantes, invade la voluntad de los corazones con una desidia tan gris y fría como el cielo de sus tardes. Aquella gélida jornada de diciembre del 2000, cerca al río Óder, al suroeste del país, tres pescadores se hallaban trabajando en silencio. Todavía no encontraban nada cuando uno de ellos creyó ver un gran pez aproximándose a la orilla. Mientras se iba acercando, el pescador y sus amigos pensaron que era un tronco, pero al verlo ya ante ellos, repararon en el cabello. El pescador emitió un alarido de pavor que alarmó a sus colegas, y palpó la figura con su caña de pescar, para atraerla. Lo sabía. Era un cadáver.

El departamento de policía de Breslavia, la ciudad más cercana al hallazgo, trasladó el cuerpo a la morgue. Una soga amarraba el cuello del hombre. Las manos atadas a la espalda. Parte de la cuerda, probablemente cortada con un cuchillo, conectaba sus manos al cuello, provocando que el menor intento de movimiento ajuste y ahorque más la soga en su garganta. Su crueldad lo sugería: era un homicidio. Vestido con un polo y ropa interior, las heridas del cuerpo evidenciaban maltrato y torturas. Los exámenes posteriores revelarían que la víctima no había ingerido alimentos durante los días precedentes a su muerte. Otro examen pulmonar reveló signos de ahogamiento. Contemplaron la posibilidad de que la víctima haya sido lanzada con vida al río.

Las características reflejadas en el análisis del occiso coincidían con la descripción de Dariusz Janiszewski, un publicista de 35 años que se había reportado como desaparecido desde el mes anterior. Fue visto por última vez saliendo de su trabajo en el centro de Breslavia, el 13 de noviembre. Cuando los efectivos de la policía se contactaron con la esposa de Janiszewski para que identifique al muerto, ella se negó. No soportaba el dolor. Su madre, sin embargo, aceptó acudir a la cita, reconociendo el cuerpo sin vida de su hijo. Tenía la misma marca de nacimiento en el pecho.

Portada del libro “Amok”, publicado en Breslavia por la editorial Croma (2003).

Meses después, desprovistos de pistas e información, la policía tiró la toalla y abandonó la investigación. Fue bautizado por la prensa polaca como “el crimen perfecto”. Tres años más tarde, en otoño del 2003, Jacek Wróblewski, un detective de 38 años de la policía de Breslavia, desempolvó el caso. Revisó exhaustivamente el archivo, en una madrugada sitiada de tazas de café e interrogantes. Sus pensamientos moraban con este crimen. Estaba fascinado. Acaso la oscura incertidumbre que lo entrañaba, la inquietud de resolver un enigma sangriento y de relevancia nacional. Wróblewski era un detective muy curioso. Para comprender la mente criminal, había empezado a estudiar psicología en sus espacios libres, en la universidad pública local.

Durante sus indagaciones, un detalle aparentemente fútil captó su atención: nunca hallaron el teléfono celular de Janiszewski. El detective buscó a la esposa del difunto y le pidió los documentos del móvil desaparecido. Ella le brindó el manual de instrucciones, donde figuraba el número de serie del equipo, que Wróblewski empezó a rastrear. Pronto encontraron su paradero: había sido vendido cuatro días después de la desaparición de Janiszewski, en la popular tienda online polaca llamada Allegro. El vendedor estaba registrado como “ChrisB(7)”. Tras una breve pesquisa, el usuario fue reconocido como un escritor, filósofo y empresario de 30 años llamado Krystian Bala.

Empezó a investigar al joven académico. Acababa de publicar Amok, un libro experimental, muy extraño e incomprendido por los medios, en el que figuraba un diabólico chivo de ojos brillantes en la portada. Una representación clásica del Diablo. ‘Amok’ es una curiosa palabra de origen malayo que tanto en polaco como en español y otros idiomas describe un frenesí violento, salvaje y disruptivo, cual estado berserk. Una locura homicida. El detective adquirió la novela y la devoró con rapidez. Narraba las desventuras de un joven intelectual polaco —cual alter ego de Bala— perdido en una sórdida historia sitiada por drogas, sexo y alcohol. Pero algo conjuró su total sorpresa: en determinado momento del libro se describía un asesinato idéntico al de Janiszewski. Wróblewski hiló cabos y no vaciló. Bala fue capturado a los pocos días, y su libro se volvió un insospechado best-seller. Los lectores querían hallar pistas del asesinato en la novela.

Ilustración de John Ritter para la crónica de David Grann en The New Yorker.

En el 2007, el tribunal de Breslavia falló declarándolo culpable. Al año siguiente, se ratificó la sentencia y se oficializó su condena a 25 años de prisión. El asesino intelectual sigue proclamando al mundo su inocencia, aduciendo que se basó en dos textos periodísticos como material principal para su obra. Hacia el final, la novela de Bala se descartó como evidencia en el caso. Sin embargo, otros factores insistieron en su culpabilidad, donde destacaba el teléfono robado de Janiszewski. El motivo resultó ser bastante común: celos. La exesposa de Bala tenía una aventura con la víctima. Bala nunca dejó de insistir en que aquello carecía de sentido, pues esa relación había terminado hace años y él ya no sentía nada. Durante su reclusión, Bala empezó a escribir su segunda novela, supuestamente titulada De Liryk.

 Aunque para muchos sea indiscutible, hasta el día de hoy no se ha esclarecido a plenitud si cometió el crimen. Las pruebas así lo señalan, mas las averiguaciones realizadas encuentran ciertos vacíos en la cadena lógica de eventos, como los testimonios contradictorios en los exámenes forenses. Además, los fiscales y la policía no pueden determinar con exactitud las circunstancias del asesinato de Janiszewski. Muchas preguntas permanecen sin respuesta: ¿dónde se cometió el crimen? ¿cómo transportó a la víctima a un lugar a aproximadamente 100 kilómetros de Breslavia? ¿Tuvo alguna ayuda o estaba solo? A su vez, tampoco se sabe si terminó aquella segunda entrega literaria. David Grann, escritor y periodista del The New Yorker que narró el caso en su extensa crónica True Crime. A postmodern murder mystery, cuenta que, al preguntarle por el libro durante una entrevista en la cárcel, Bala lanzó una nerviosa mirada a los guardias, cerciorándose de no ser escuchado, y musitó: “este próximo libro será aún más deslumbrante”.

 

Krystian Bala hoy

El autor de Amok continúa tras las rejas. Todavía afirma ser inocente. En una entrevista del 2010, Grann habló de su experiencia entrevistando al criminal. Allí entra en detalle en su psicología: Bala se pasó gran parte de estos años hablando de la dualidad entre la realidad y la ficción, y como su libro era un relato ficticio que podía abrirse a la interpretación. Fue lo que le dijo a Grann en la cárcel y que también le repitió a los periodistas polacos Mateusz Baczyński y Janusz Schwertner en el 2017. No obstante, la desesperación parece haber afectado a Bala, quien se contradice: “lo sorprendente, lo divertido —algo que al menos algunas de estas historias tienen— es que pueden ser muy inquietantes, a veces perturbadoras, pero también tienen momentos extrañamente cómicos, y uno de los momentos más graciosos fue cuando este novelista posmoderno está en pleno juicio y de repente intenta convencer a todos de que él es un empirista y que nadie puede interpretar su novela. Yo sé lo que es la novela”, comenta Grann. La crónica sobre el caso Amok de David Grann fue incluida en dos de sus compilaciones de ensayos y textos periodísticos: The Devil & Sherlock Holmes: Tales of Murder, Madness & Obsession (2010) y The Old Man and the Gun: And Other Tales of True Crime (2018).

Bala se ha mostrado entusiasta al hablar sobre la supuesta secuela de Amok, la anunciada De Liryk. Un todavía sobrecogido Grann agrega que, luego de enterarse de la existencia de este próximo libro, descubriría que la policía de Breslavia ya había reunido evidencia hallada en la computadora de Bala, cuyos archivos contenían material sobre una potencial nueva víctima. De acuerdo al reporte policial, Bala planeaba volver a matar, enlazando su segunda novela con un nuevo asesinato. Años más tarde, el escritor homicida le revelaría a Baczyński y Schwertner que De Liryk ya estaba casi lista y que se trata de la segunda parte de una trilogía: “será una disertación pornosófica, posmoderna en forma, hardcore en contenido”, señaló desde la prisión.

En el 2010, Bala intentó anular su sentencia sirviéndose del recurso de casación, pero el Tribunal Supremo rechazó su apelación. El caso de Amok sigue siendo uno de los crímenes más sonados tanto en Breslavia como en todo el país. Krystian Bala continúa cumpliendo la condena de 25 años, y no se declara culpable hasta el día de hoy.

Bala en el 2017, en un reportaje del canal de televisión polaco TVN24.

 

Amok en el séptimo arte

La historia de un graduado de filosofía que incurre en homicidio y unos años después publica una novela donde camufla pistas y otros detalles de cómo acometió el crimen. Era una cuestión de tiempo: periodistas, escritores, cineastas, criminólogos, el caso dio la vuelta al mundo, en gran parte por el relato de Grann en The New Yorker. Ciertamente, es una idea muy atractiva para la ficción.

La primera adaptación del caso fue local. Amok es una película del 2017 dirigida por Kasia Adamik —hija de la connotada cineasta polaca Agnieszka Holland— y protagonizada por Mateusz Kościukiewicz, quien interpreta a Krystian Bala. Se trata de una adaptación libre del crimen de Bala y su libro que generó mucho interés por la ya conocida y controversial historia detrás, pero que no fue bien recibida por la crítica. En el 2017, cuando los periodistas Baczyński y Schwertner le preguntaron por qué permitió que realicen una película que lo presenta como el asesino cuando él sigue alegando lo contrario, Bala replicó: “es solo una película. ¡Ficción, no documental! Todo el argumento se basa en los eventos de una forma muy abierta. Algunos personajes son completamente ficticios. Verás, yo me permito una provocación. Para ser honesto, no estaría de acuerdo con una hagiografía. No quiero verme inmaculado. Y esta película es una narración divertida… Para el cine podría incluso ser un caníbal. Repito: es divertido”.

Póster oficial de la película “Amok” (2017).

Quizá lo curioso sea lo acontecido detrás de cámaras: Bala aceptó la idea y vendió los derechos de autor tanto del libro como la película, ganando alrededor de 30 mil dólares en złoty —la moneda polaca— que transfirió de inmediato a su madre. Al año siguiente, la familia de la víctima, Dariusz Janiszewski, denunció a los creadores de la película y llevó el caso a la corte de Breslavia, aduciendo que la información de esta violaba sus derechos de privacidad y ofendía la memoria del difunto. La abogada de la cineasta afirmó que todo el proceso se había dado bajo la ley, refiriéndose al dinero otorgado a Bala. Cuando la corte decidió que Bala debía pagar 11 mil złoty —unos 3 mil dólares— a la familia de Janiszewski, este se negó, declarando que ya lleva años sin recursos financieros y sin ningún ingreso en el camino. Desde entonces, la fiscalía de Breslavia lleva a cabo una investigación para explicar si se ha ocultado el dinero. Todo quedó en el aire.

Claqueta de la filmación de “Amok”, la adaptación al cine de Kasia Adamik (Créditos: TVN24).

Mientras esto sucedía, Estados Unidos preparaba su propia versión de la mano del director griego Alexandros Avranas. Dark Crimes se estrenó el 2018 luego de recorrer festivales como True Crimes, un nombre más cercano a la afamada crónica de David Grann en la cual se basó el guion. En Dark Crimes tenemos a Jim Carrey como Tadek, un detective polaco que encuentra grandes similitudes entre un caso sin resolver y un reciente best-seller escrito por un siniestro personaje llamado Kozlov —el Krystian Bala de turno—, interpretado por Marton Csokas. La película fue presa de un rechazo devastador, centrado en su ritmo excesivamente sombrío y deprimente, el acento eslavo de Carrey y las no pocas escenas de violencia contra la mujer. Al mismo tiempo, el rol de Csokas como el asesino fue ovacionado y considerado lo mejor de la película.

Personalmente, creo que tanto Amok como Dark Crimes no son buenas películas, pero aquello no las hace detestables. Mientras la primera es un thriller más digerible y ameno que no ofrece nada nuevo, la segunda parece esforzarse demasiado —sin éxito— en emular esa atmósfera lúgubre y siniestra del cine policial europeo, además de la sórdida y explosiva violencia de algunas escenas. No obstante, pienso que las actuaciones la salvan de ser un total bodrio, con un Jim Carrey bastante sólido —si ignoramos ese acento innecesario que es todo menos polaco— y las acertadas actuaciones de Charlotte Gainsbourg, Kati Outinen, Robert Więckiewicz o el ya mencionado Csokas. Dicho todo esto, ambas historias son inferiores a la descabellada historia de la vida real en la que están basadas. Todavía queda pendiente un gran thriller sobre el caso Amok.

 

Otros escritores asesinos

Si bien el caso de Krystian Bala y su libro Amok es extraordinario, no se trata de un episodio sui géneris en la literatura. Existen otros escritores de novela negra que luego se descubrieron como verdaderos asesinos. Quizá los más similares al caso Amok, es decir, crímenes en los que se haya matado a un ser humano para luego narrar los detalles subrepticiamente en una novela, sean los de Richard Klinkhamer y Liu Yongbiao. El primero es un escritor holandés cuya esposa desapareció en 1991. Un año después presentaría a su editor el manuscrito de una perversa novela donde proponía siete distintas maneras de asesinar a su esposa. El texto fue rechazado, pero sus fragmentos vieron la luz en la prensa clandestina. En el 2000 los nuevos dueños de su antigua casa hallaron el cráneo de su esposa enterrado en el jardín. Klinkhamer confesó el crimen y fue sentenciado a siete años de prisión, saliendo el 2003 por buena conducta. Murió en el 2016, convertido en una celebridad. El otro es Liu Yongbiao, un escritor chino que se hizo muy notorio en su región. En el 2010 publicó una novela en cuyo prólogo comentaba su próximo proyecto literario como “la historia de una hermosa escritora que ha matado a muchas personas, pero los casos siguen sin resolverse”. En el 2017 fue arrestado como principal sospechoso de un caso sin resolver de 1995, el asesinato múltiple de una familia que trabajaba en una pensión de la localidad de Huzhou. “He estado esperando este día durante mucho tiempo”, confesó Liu, quien fue sentenciado a muerte en el 2018.

Póster oficial de la película “Dark Crimes” (2018).

Entre otros casos de escritores asesinos tenemos al norteamericano E. Richard Johnson, autor de Mongo’s Back in Town, un libro de 1969 llevado al cine en 1971. Johnson escribió casi la totalidad de sus relatos de crimen desde la cárcel, donde estuvo a raíz de un homicidio en segundo grado acometido durante uno de sus atracos en su juventud. Anne Perry, reconocida autora británica de novelas de misterio, entre ellas sus series sobre Thomas Pitt y William Monk, estuvo en la cárcel cinco años por el asesinato de la madre de su mejor amiga en 1954. Ambas la mataron a ladrillazos. El oscuro incidente recordado como el “Caso Parker-Hulme” fue adaptado al cine por Peter Jackson en la lograda Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, 1994).

María Carolina Geel fue una recordada escritora y crítica literaria chilena que en 1955 asesinó a su amante en el suceso conocido como “El crimen del Hotel Crillón”. Gabriela Mistral, entonces cónsul en Nueva York, solicitó su indulto al presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, cumpliendo así solamente un año de su sentencia. En ese periodo concibió Cárcel de mujeres (1956), uno de sus libros más exitosos, y siguió escribiendo hasta su muerte en 1996.

Si bien fue declarado como un accidente, en 1951 en Ciudad de México, el mítico beatnik William Burroughs acabó con la vida de su segunda esposa, Joan Vollmer. Al inicio retrató el incidente como una macabra borrachera, al estar ambos ebrios jugando “Guillermo Tell”, pero luego diría que fue un descuido mientras mostraba su pistola a sus amigos. Al retornar a Estados Unidos, fue sentenciado a prisión suspendida por dos años. David Cronenberg recreó el incidente en su delirante película El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991).

Más recientemente, tenemos al historietista y dibujante canadiense Blake Leibel, quien en el 2016 torturó, extrajo el cuero cabelludo y drenó el cuerpo de su prometida hasta la muerte. Las investigaciones sugieren que Leibel se había inspirado en Syndrome, una sangrienta novela gráfica del 2010 que coescribió junto a otros artistas. Fue condenado a cadena perpetua en el 2018.

Y la lista continúa. Relatos aterradores en los que la realidad supera a la ficción. Crímenes en los que la vida imita al arte. Polonia tiene a Krystian Bala y su libro Amok. En unos años Bala saldrá libre. ¿Publicará aquella secuela? ¿Volverá a planear un homicidio?

Simplemente no lo sabemos.

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To forgive doesn’t mean to forget: Corpus Christi (Jan Komasa, 2019)

Cine, In English, Oscars, Polish Cinema, REVIEWS, The Church - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2020

Bartosz Bielenia in "Corpus Christi" (Credits: Kino Świat).

A review of the powerful Polish competitor to win the statuette for Best International Film at the last Oscar ceremony

[Texto en ESPAÑOL]

“You know what we’re good at? Giving up on people. Pointing the finger at them. To forgive doesn’t mean to forget. Forgive means Love. To love someone despite their guilt. No matter what the guilt is”.

This is the quote I will remember from the whole movie. Perhaps the best scenes of Corpus Christi are those of the homilies, where the impostor father gives speeches charged with compelling truth. Words that hurt and transcend the traditions of the Church. Words that can be translated as heresy but that in the end reflect the most essential precepts of an institution that needs to adapt to changes. Such is its potency.

Daniel (Bartosz Bielenia) is an unfortunate and rebellious man in his twenties who is soon to finish his sentence in a Warsaw juvenile detention center, due to a second-degree murder happened during his teens. In the course of this imprisonment, he has undergone a rediscovery of his spirituality and wants to become a priest, but his criminal records prevent him from studying in a seminary. Frustrated, he is released on parole and sent to work at a sawmill in the countryside on the other side of the country, where he is mistaken for the new priest. Seeing a possibility of fulfilling his religious vocation, Daniel deliberately adopts the identity. This is how his new life begins: the young priest from the capital who begins to give masses in the town’s small parish. An impostor priest who does not have bad intentions and little by little transforms the lives of his parishioners, until problems begin: on the one hand, his criminal past haunts him; and on the other, his radical vision of faith and religious life collides with the local’s sensitivity regarding a tragic incident. That is the plot of Corpus Christi.

Poster of “Corpus Christi” (Credits: Kino Świat).

The cinéma d’auteur in the land of Wajda and Kieślowski is still promising. Every year a new film is present in international festivals and even makes it to commercial theaters of remote countries like mine—Peru. In 2018 we had the last example with the magnificent Cold War (Zimna wojna in Polish) by Paweł Pawlikowski—whose movie Ida was the first Polish film to win the award for the foreign film in the 2015 Oscars—and now it was the turn of Komasa, a young filmmaker with a fruitful filmography. Corpus Christi is the literal translation of Boże Ciało, the original name of the film in his native Poland, whose story is based on real events: his screenwriter, the even younger Mateusz Pacewicz, published a reportage in the Polish newspaper Gazeta Wyborcza a few years ago, titled Kamil, the one who posed as a priest. Curiously, this case has been repeated in different parts of the country. When writing the script for the film, there were two central themes: “social roles, and all the questions connected with our social roles in the theater of everyday life. The other topic was trauma: how our traumas shape who we are, and how they enslave us, both as individuals and social groups”, said Pacewicz, interviewed by Notes from Poland.

On the other hand, we must remember that Corpus Christi is not the first Polish film in recent years that sparks controversy speaking about the Church: Clergy (Kler), by Wojciech Smarzowski was a bomb from 2018 that portrayed the highest institution of the Catholic faith as a corrupted entity, hypocritical and invaded by pedophilia. But these are two very different movies. While Clergy works as a straightforward, more aggressive criticism film, Corpus Christi is sustained by a more contemplative discourse, questioning with ideas.

It is worth getting deeper into the protagonist. Father Daniel is quite a complex character, and Bielenia plays him with virtuosity. An insolent young man, a convicted criminal who seizes an opportunity and usurps an identity in order to give himself into his spiritual illumination. He believes he does it for the right reasons, however, his way of consummating this awakening is dishonest. In this context, his imposture verges on blasphemy. It is interesting to see how this blasphemy transforms into a challenge at the film’s core: the confrontation with a small community invaded by collective trauma. To make them see their cynicism and hypocrisy. Certainly: through Daniel’s modern and unorthodox preaching, the locals begin to deal with issues such as guilt, the true meaning of forgiveness, violence, death and mourning, or the different ways of embracing spiritual life. Daniel raises concerns and annoyance in the idiosyncrasy of this little town marked by a recent tragedy, whose inhabitants think of themselves as decent people with good manners, and suddenly discover they are imperfect. They are sinners. Thus, the film seeks to question the viewer’s own impiety, in these times where reigns a lack of compassion that leads to misconceptions and inequality.

Towards the end, we see that Daniel does not reach that desired conversion. When his criminal past returns and his deception is revealed, Corpus Christi distances from the linear happy ending to give us one as open as it is cruel. It works, but maybe it would have been preferable to dig more into the mind and the transformation of its main character and less in the trauma of the villagers. Perhaps the only thing I find dissonant with the plot is the scene of sexual intimacy between Daniel and his friend Marta (Eliza Rycembel). The consummation of his attraction feels gratuitous. It would have been better to leave their relation shrouded by the silent desire we see throughout the film. However, none of this reduces the strength and relevance of this story.

The cast, director and screenwriter of “Corpus Christi” at The 44th Polish Film Festival in Gdynia (Credits: Jakub Wozniak/Tricity New).

Corpus Christi has won various awards around Europe and became one of the five nominees for Best International Film at the 92nd Academy Awards ceremony, where it lost to the colossal Parasite. Bong Joon-ho’s movie deserves its accolades: it is a huge lash, a marvelous shock to the divided reality of our times. But honestly, it had already won too many awards, and I cannot help thinking that its statuettes are essentially related with the Academy’s eagerness for political correctness. The Oscars are very fun to watch and comment, but they happen to be also very politicized—which diminishes their artistic relevance, I dare say—in recent years. I think Corpus Christi should have won the Oscar for the best foreign film, its only nomination.

Finally, the fact that this story was born and set in Poland is not a coincidence. We are talking about a society that is historically Catholic and currently led by a very religious far-right government. At the same time, we are talking about a country where a considerable part of the population faces some disbelief, where Catholicism and church attendance are decreasing dramatically in the younger generations, gradually heading towards secularization. Despite such local setting, it is important to accept that the story told in Corpus Christi could happen anywhere. A fable about an impostor priest of small parish in a remote and rural town, whose message ends up being just as necessary or why not, just as universal.

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Perdonar no significa olvidar: Corpus Christi (Jan Komasa, 2019)

Cine, Cine Polaco, La Iglesia, Oscars, REVIEWS - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2020

Bartosz Bielenia en "Corpus Christi" (Créditos: Kino Świat).

Reseña de la poderosa competidora polaca para hacerse con la estatuilla a la Mejor película internacional en la última ceremonia de los Óscar

*** Este texto fue publicado en la web de la revista de cine Ventana Indiscreta (3 de abril, 2020).

[Text in ENGLISH]

“¿Saben para qué somos buenos? Para renunciar a las personas. Señalarlos con el dedo… Perdonar no significa olvidar. Perdonar significa Amor. Amar a alguien a pesar de su culpa. No importa cuál sea”.

Me quedo con esa cita de la película. Quizá las mejores escenas de Corpus Christi sean aquellas de las homilías, donde el padre impostor da discursos cargados de verdad. Palabras que duelen y trascienden las costumbres de la Iglesia. Palabras que pueden traducirse como herejía pero que al final reflejan los preceptos más esenciales de una institución que necesita adaptarse a los cambios. Tal es su potencia.

Daniel (Bartosz Bielenia) es un veinteañero infortunado y rebelde que está pronto a terminar su condena en un reformatorio de Varsovia, a raíz de un homicidio en segundo grado acontecido durante su adolescencia. Durante su reclusión ha experimentado un redescubrimiento de su espiritualidad y quiere ser cura, mas sus antecedentes penales le impiden estudiar en un seminario. Frustrado, sale en libertad condicional y es enviado a trabajar a un aserradero en el campo, al otro lado del país, donde es confundido con el nuevo sacerdote. Viendo una posibilidad de cumplir su vocación religiosa, Daniel adopta la identidad deliberadamente. Así comienza su nueva vida: el joven cura de la capital que empieza a dar misas en la pequeña parroquia del pueblo. Un cura impostor que no tiene malas intenciones y poco a poco transforma la vida de sus feligreses, hasta que se manifiestan los problemas: por un lado, su pasado criminal acecha; y por el otro, su visión radical de la fe y la vida religiosa colisiona con la sensibilidad del pueblo en torno a un trágico incidente. Aquella es la premisa de Corpus Christi.

Póster de “Corpus Christi” (Créditos: Kino Świat).

El cine de autor en la tierra de Wajda y Kieślowski todavía promete. Cada año sale alguna película que desfila entre festivales internacionales y llega incluso a las salas comerciales de países remotos como nuestro Perú. El 2018 tuvimos el último ejemplo con la magnífica Guerra Fría (Zimna wojna en polaco) de Paweł Pawlikowski —cuya película Ida fue la primera cinta polaca en llevarse el premio a la película extranjera en los Óscares del 2015— y ahora fue el turno de Komasa, joven realizador con una fecunda filmografía. Corpus Christi es la traducción literal de Boże Ciało, nombre original de la película en su natal Polonia, cuya historia está basada en hechos reales: su guionista, el aun más joven Mateusz Pacewicz, publicó años antes un reportaje en el periódico polaco Gazeta Wyborcza, titulado Kamil, aquel que se hizo pasar por sacerdote. Un patrón que curiosamente se ha repetido en distintas partes del país. Dos fueron los temas centrales a la hora de escribir el guion de la película: “los roles sociales, y todas las preguntas relacionadas con nuestros roles sociales en el teatro de la vida cotidiana. El otro tema fue el trauma: cómo nuestros traumas determinan quiénes somos y cómo nos esclavizan, tanto como individuos como en grupos sociales”, sostuvo Pacewicz, entrevistado para Notes from Poland.

Por otra parte, debemos recordar que Corpus Christi no es la primera película polaca en los últimos años que desata polémica hablando de la Iglesia: Clero (Kler), de Wojciech Smarzowski fue una bomba del 2018 que retrató a la máxima institución de la fe católica como una entidad corrupta, hipócrita e invadida de pedofilia. Pero se trata de dos películas muy diferentes. Si bien Clero funciona como una crítica directa, más agresiva, Corpus Christi se sostiene por un discurso más contemplativo y que cuestiona más con ideas.

Detenerse en el protagonista deviene en una necesidad. El padre Daniel es un personaje bastante complejo, y Bielenia lo interpreta con virtuosismo. Un jovencito insolente, un criminal convicto que aprovecha una oportunidad y usurpa una identidad para adentrarse en su iluminación espiritual. Él cree que lo hace por las razones correctas, sin embargo, su forma de consumar este despertar es deshonesta. Bajo ese contexto, su impostura raya en la blasfemia. Es interesante ver cómo esa blasfemia se traduce en un desafío que entraña el núcleo de la película: el confrontar a una pequeña comunidad invadida por un trauma colectivo. El hacerlos ver su cinismo e hipocresía. Ciertamente: a través de la prédica moderna y poco ortodoxa de Daniel, los lugareños empiezan a lidiar con temas como la culpa, el verdadero significado del perdón, la violencia, la muerte y el duelo, o las formas distintas de adoptar la vida espiritual. Daniel despierta inquietudes y ojerizas en la idiosincrasia de este pueblito marcado por una tragedia reciente, cuyos habitantes se saben decentes y de buenas costumbres y de pronto se descubren como personas imperfectas. Como pecadores. Así, la película busca cuestionar al espectador con su propia impiedad, en estos tiempos donde reina una la falta de compasión que conlleva a la incomprensión y la desigualdad.

Hacia el final, vemos que Daniel no llega a alcanzar esa anhelada conversión. Cuando su pasado criminal retorna y su engaño es revelado, Corpus Christi se distancia del desenlace feliz y lineal para otorgarnos uno tan abierto como cruel. Funciona, mas acaso hubiera sido preferible que se indague más en la mente y la transformación de su protagonista y menos en el trauma del pueblo. Quizá lo único que encuentre disonante con la trama es la escena de intimidad sexual entre Daniel y su amiga Marta (Eliza Rycembel). La consumación de su atracción se siente gratuita e innecesaria. Hubiera sido mejor dejarlo como el mutuo deseo silente que los envolvió a través de la película. No obstante, nada de esto reduce la fuerza y relevancia de esta historia.  

Elenco, director y guionista de “Corpus Christi” en el 44 Festival de Cine Polaco de Gdynia (Créditos: Jakub Wozniak/Tricity New).

Corpus Christi se ha hecho de distintos galardones alrededor de Europa y llegó a formar parte de las cinco nominadas a la Mejor película internacional en la 92.º ceremonia de entrega de los Óscares, donde perdió frente a la colosal Parasite. La película de Bong Joon-ho se merece sus reconocimientos: es un enorme latigazo, una portentosa sacudida a la realidad dividida de nuestros tiempos, mas honestamente, ya se había llevado demasiados premios, y no puedo dejar de pensar que sus estatuillas van también esencialmente arraigadas con el afán de corrección política de la Academia. Se trata de un certamen muy divertido de ver y comentar, pero bastante politizado —y por ende, de menor relevancia artística, me atrevería a decir— en los últimos años. Pienso que Corpus Christi debió llevarse el Óscar a la película extranjera, su única nominación.

Por último, que este relato haya nacido y este ambientado en Polonia no es mera coincidencia. Hablamos de una sociedad históricamente católica y en la actualidad liderada por un gobierno de ultraderecha muy religioso. Al mismo tiempo, hablamos de un país en donde una parte considerable de la población enfrenta cierto descreimiento, donde el catolicismo y la asistencia a la iglesia está disminuyendo sobremanera en las generaciones más jóvenes, gradualmente encaminándose a la secularización. Pese a tal escenario local, es importante reconocer que el relato de Corpus Christi podría suceder en cualquier parte. Una fábula sobre un cura impostor en una pequeña parroquia de un pueblo remoto y rural, cuyo mensaje acaba siendo igual de necesario o por qué no, igual de universal.

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Un año más sin Kapuściński: el reportero del siglo XX

Kapuściński en su escritorio en Varsovia (Créditos de la foto: Maciej Zienkiewicz).

Ryszard Kapuściński fue el hombre que hizo célebre su forma de mirar. El escritor y periodista polaco más traducido y publicado del mundo. A una década de su muerte, su obra prevalece más vigente que nunca.

*** La primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 10/12/2017.

Kapuściński tenía siete años cuando descubrió la guerra. Era 1939 y deambulaba en un prado cerca de su casa cuando reparó en esos destellos que surcaban el cielo, seguidos de un sonido ensordecedor. El entonces pequeño Rysiek –como le llamaban los amigos, una versión polaca de ‘Ricardito’– no entendía lo que sucedía. Un estruendo desmesurado e inexplicable lo alertaba. Rysiek nunca había escuchado una bomba, ni siquiera estaba al tanto de su existencia.  Contempló azorado cómo, desde el bosque, se levantaba la tierra. Nunca había visto algo semejante, una magia siniestra que lo atraía como a todo niño frente a lo incierto. Cuando se encaminaba hacia esa dirección, alguien lo cogió del hombro, tumbándolo al suelo. Era su madre. “No te muevas —susurró—. Ahí está la muerte”. Así lo contó en su primer libro de reportajes literarios, La jungla polaca.

La guerra marcó para siempre a Kapuściński, quien tradujo esta inquietud persiguiéndola durante toda su vida, en una lucha por comprender las diferencias entre los seres humanos: una búsqueda del ‘Otro’, solía decir. El resultado fue una ingente obra periodística y literaria cuyas ideas guardan todavía una intensa vigencia. Hoy, en el decenio de su fallecimiento –y su octogésimo quinto cumpleaños–, aquel “cronista del tercer mundo” voceado numerosas veces al Nobel de Literatura y ganador del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades el 2003; aquel polémico trotamundos que revolucionó los estándares de la narración periodística, es evocado en su tierra con nostalgia y cotidianidad. ¿Quién fue Ryszard Kapuściński (1932-2007)?

***

Una tarde gris de otoño en el distrito varsoviano de Ochota. Las hojas de los árboles descansan amarillas sobre el asfalto húmedo, tras la lluvia. La niebla invade silente el vasto parque Pole Mokotowskie. No muy lejos de allí, en el número 11 de la calle Prokuratorska se encuentra la casa de Kapu –como muchos lo conocen en Latinoamérica–. Allí reside una pediatra muy paciente llamada Alicja Kapuścińska. Tiene 84 años y ha sido la esposa del escritor por 55. Un lustro luego de volverse la viuda de Kapuściński, confesó a un semanario local que por lo general no siente que su esposo se haya ido para siempre. Hoy, mientras bebe un té en la sala de su casa, rodeada de premios y reconocimientos y de fotografías de su esposo y familia, esa sensación permanece. “Todavía siento que está haciendo un reportaje. Solo han pasado diez años. Siempre vivimos así: él, fuera de casa por largo tiempo; yo, aquí, viendo sus cosas. Pero él siempre volvía… Cincuenta años en los que él estaba viajando. Imagínate. Para mí es lo mismo ahora”.

El timbre de la casa de Kapuściński en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Alicja esboza una mirada afectuosa y sonríe con frecuencia, mas es de pocas palabras, siempre con un perfecto español, fruto del puñado de años que vivió con su familia en México. Curiosamente, su rostro evoca de alguna forma a su querido Kapuściński: acaso sea la refulgencia de sus ojos, o esa suerte de hexágono que se dibuja en la parte inferior de su rostro al sonreír. Alicja no reza ni enciende velas en nombre de su esposo. Tampoco le habla a su fotografía. Sin embargo, su recuerdo es lo primero que percibe cada mañana. Lo evoca por reflejo: “Solo en ese momento, al despertar, miro al otro lado de la cama. ¿Está durmiendo?, me pregunto y casi en el acto recuerdo que ya no está. Que está viajando”.

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Darse de bruces contra una cobra egipcia en Tanzania y sobrevivir para cruzar la frontera con Uganda desvariando por la malaria. Desplazarse una semana desde China a Rusia a través del inefable Transiberiano, recorriendo los inhóspitos yermos de Siberia. Acompañar a cinco mineros polacos en un periplo fúnebre al otro extremo del país para retornar a su pueblo natal el cadáver de un compañero muerto en una explosión. ¿Por qué hay que leer a Ryszard Kapuściński, aquel vagabundo políglota que acuñó la frase “para ser buen periodista hay que ser una buena persona”?

Quizá porque no se conformaba con entrevistar a líderes políticos. Kapuściński era un reportero sabueso poseedor de una insondable empatía: podía pasar semanas o meses viviendo en aldeas alejadas o barrios marginales, compenetrándose con las costumbres y pensamientos de la gente –acaso una fusión de la observación participante y el periodismo gonzo–, identificándose y dándole voz a los olvidados. Aquello lo ha convertido en un referente del humanismo y la moral en el quehacer periodístico.

Quizá porque era una criatura indefinible: un viajero licenciado en historia que ejercía el periodismo como un novelista, poeta y ensayista, que además era fotógrafo (su faceta menos conocida) y que en su última etapa destacó como un erudito preocupado por las desigualdades y el racismo, crítico de la globalización y el capitalismo y severamente descreído de los medios de comunicación. Y por último, quizás porque el periodismo que practicaba, cuya maestría en la prosa lo aproximaba más al relato breve, era una propuesta mutante espléndida, a caballo entre crónicas de viaje, autobiografía, ensayo, testimonio, poesía y reportaje.

Ciertamente, Kapuściński concibió una impronta única y experimental que solía palpar la ficción. Evitaba fechas o nombres deliberadamente, atribuyéndoles más valor a la idea que denotaban que a los hechos por sí mismos. “Fue capaz de inventar para hacer una verdad aun más verdadera. Era un gran narrador, pero nunca un mentiroso”, aseguró en su defensa Neal Ascherson, veterano periodista escocés. Además de una mutua admiración, compartió esta pulsión literaria con el Nobel Gabriel García Márquez, quien se dirigía a su colega polaco como ‘Maestro’ y lo invitó a formar parte de su Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Durante el primer taller de crónica que Kapu dictó allí, el 2001 en México, alguien preguntó si era justificable agregar una lágrima a una persona para intensificar el efecto literario. Gabo tomó la palabra. “Por supuesto que sí. Refleja mejor la atmósfera del momento, el estado mental de la persona. ¿Dónde está la traición ahí?” Estallaba el debate cuando mira a Kapu y le pregunta entretenido: “tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?”. Su réplica fue una breve y silente sonrisa. Ambos creían que la objetividad conducía a la desinformación.

Por otro lado, no faltaron detractores, como el inglés John Ryle, aclamado antropólogo británico experto en África, quien corroboró diversas inexactitudes y mitificaciones realizadas por Kapu. Argumentaba que El Emperador era más una alegoría del poder comunista en Polonia que un reportaje sobre la Etiopía imperial. “El problema –asevera– es que sus libros se presentan como reportajes reales: no podemos desmerecer su mensaje, su brillantez, sus grandes momentos o su auténtica simpatía por la gente, pero no debemos tomarlo en serio como una guía de la realidad”.

El legendario estudio-buhardilla de Kapu (Créditos: Diego Olivas Arana).

En su monumental biografía sobre Kapuściński, Artur Domosławski coincide en que su obra funciona para comprender los mecanismos del poder en cualquier régimen autocrático. De la misma forma, cuestionó distintos pasajes épicos de la obra de Kapu. Domosławski afirma que Kapuściński carecía de pruebas al narrar que los peces del lago Victoria en Uganda habían crecido anormalmente tras alimentarse con las víctimas de Idi Amin Dada: éstos crecieron simplemente debido a su ingesta de otros peces del Nilo. Kapu se sirvió de esta metáfora para revelar una cruenta verdad. El talento para ‘intensificar la realidad’.

***

La viuda de Kapuściński no está sola esta tarde. Como cada año, su hija ha arribado temporalmente a Varsovia. La artista visual y pintora Rene Maisner conserva el apellido de su primer matrimonio y reside desde hace décadas en Canadá. A sus 64 abriles, parece que el tiempo hubiese acentuado el parecido con su padre: detrás de sus gafas ovaladas, esos ojos pequeños y oscuros comparten aquel destello que los torna casi grises, las cejas arqueadas, la nariz romana y ese rostro que concluye en el hexágono familiar. Hoy es una abuela algo encorvada, mas jovial y veloz. Rene Maisner, la hija de Kapuściński, podría también ser su melliza.

Acaba de retornar de un festival de literatura en Roma, al que asiste anualmente invitada por el Ministerio de Cultura polaco para entregar una premiación en honor a su padre, pero este año fue distinto: el actual gobierno polaco liderado por el partido ultraconservador y católico Ley y Justicia se ha desentendido de la premiación. “Lo mismo está sucediendo con otros artistas o escritores: este gobierno no aprecia a aquellos que lo merecen”, asegura Maisner. La derecha radical polaca no quiere a Kapuściński. Lastimosamente, esa no es la primera traba estatal con la que se topan: también han congelado los planes de Alicja Kapuścińska de convertir la buhardilla en el primer museo oficial sobre su esposo, un proceso que ella ha llevado a cabo por años. “Así funciona este gobierno”, coincide con su hija.

Alicja siempre fue su sostén: era tanto su mánager como la correctora de las primeras versiones de sus libros. Esa devoción no se ha apaciguado, y, acaso como otras viudas literarias, se dedica exclusivamente a preservar la memoria de Rysiek. Desde las constantes visitas de adeptos que buscan conocer el mítico estudio hasta entregar galardones en nombre de su esposo tanto en Polonia como el extranjero, entre ellos el prestigioso Premio de Reportaje Literario Ryszard Kapuściński (con ganadores como el curtido corresponsal de guerra Ed Vulliamy o la Nobel Svetlana Alexievich). Mientras enumera tales actividades irrumpe el teléfono y se levanta del sofá a contestar. “Otra editorial”, comenta con cierto desgano, como quien abre la puerta de la casa y se topa por enésima vez con los vendedores de biblias. Kapuściński le confió su obra inmortal y ella debe protegerla.

Madre e hija se habituaron a tenerlo lejos: durante los sesenta hubo un momento donde dejó de comunicarse por dos años. Fue el máximo periodo de incertidumbre que pasaron: “Estaba perdido en África y nosotras aquí. Eran los tiempos donde no teníamos teléfono, solamente sabíamos de él a través de sus despachos para la Agencia de Prensa Polaca. Iba todos los días a preguntar. Ellos me decían cómo estaba y si estaba con vida”, recuerda Alicja.

Ryszard Kapuściński en Varsovia, 1962 (Créditos de la foto: Janusz Sobolewski/FORUM).

Sería durante otra temporada incierta, años después, que Rysiek retornaría a Varsovia para toparse con una sorpresa. Era 1989 y su padre –recuerda Rene– estaba en Rusia haciendo la reportería para El Imperio. Su madre continúa: “él quería su propia biblioteca, por eso empezamos a construir el estudio. Pronto estaba llena de albañiles, arquitectos y dirigiendo. Él no sabía nada. Cuando volvió subimos hacia la buhardilla y él no quería, estaba cansado, pero fue”. Al llegar, Rysiek quedó atónito, observándolo todo. “¡No me lo imaginaba!”, gritó extasiado, volviendo la mirada hacia su esposa. Ambos sonrieron en silencio, solos en el estudio vacío. Se pasó la tarde transportando sus libros. “Era su templo”, proclama su viuda, con una sonrisa frágil y auténtica. Así fue el primer encuentro de Kapuściński con aquel indecible espacio donde terminaría de escribir su obra.

***

Dentro de un añejo maletín en el estudio de Kapu anidan alrededor de 80 páginas de sus notas. La viuda y la hija aún piensan que estas pueden ser una futura séptima entrega de Lapidarium, aquella miscelánea de reflexiones, relatos o sentimientos que publicó en sus últimos años y cuyo sexto tomo, póstumo, dejó listo antes de que un infarto lo apartara del mundo. Sus tres proyectos pendientes más ambiciosos fueron un libro sobre la historia de Pinsk, su pueblo natal; un retrato de otro gran viajero polaco, el antropólogo Bronisław Malinowski; y acaso el más cercano al resto de su obra, una nueva entrega sobre Sudamérica, que ya llevaba título: Fiesta. En uno de los cuadernos de ese maletín descansa un hermoso pasaje de aquel libro, escrito durante una de sus últimas estancias en nuestras latitudes, en el 2000:

“Lima: en el invierno (nuestro verano), el cielo es de un gris impasible, bajo y plano en las primeras horas del alba; sin nubes, inmóvil y carente de vientos. Más tarde, antes del mediodía, se torna algo más brillante y azulado, pero no en la forma en que las nubes tan solo se dispersan y se alejan, no, es como si cierto proceso químico sucediese en este cielo gris, como si lo grisáceo se fundiera y transformara en azul, para otra vez volverse más gris, más oscuro y devenir en una noche sin estrellas”. Otro de sus apuntes para Fiesta, escrito en el mismo viaje, fue compartido por Domosławski en su biografía: “Como Hitler o Stalin, el líder es una suerte de Dios. Es la mentalidad de los Testigos de Jehová… Abimael Guzmán –el ideólogo de Sendero Luminoso– es un Maoísta. No tiene amor por el Perú, solamente deseos de guerra contra la sociedad peruana”.

Kapuściński junto al teólogo peruano Gustavo Gutiérrez Merino después de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Comunicaciones y Humanidades 2003 (Créditos de la Foto: AFP).

Kapuściński sentía gran interés por el Perú. Estuvo aquí a fines de los sesenta, cuando se enclaustró un mes en un hotel limeño para traducir al polaco el diario del Che Guevara en Bolivia; o en los Andes peruanos en 1970, cuando conversó durante días con granjeros y trabajadores sobre la reforma agraria de Velasco. Su experiencia nómada lo trajo aquí varias veces, mas el tiempo no le alcanzó para adentrarse en nuestra realidad como deseaba.

***

Impoluto, como si Kapu hubiera salido un rato a pasear por el vecindario. Como si el tiempo se hubiese detenido en enero del 2007. La buhardilla de Ryszard Kapuściński es tanto un gabinete de nostalgia como una galería de rarezas. Aquella estancia donde confluyen en solidario desorden el arte y conocimiento humano de miles de libros con recuerdos de toda una vida plasmados en fotos, cartas, postales, cuadernos, libretas de notas y souvenirs. Aquel amplio espacio cuyo techo en pendiente es reforzado por unas vigas de madera colmadas de citas de autores o esquemas para libros. En el escritorio descansa la absurda pila de alrededor de 600 lapiceros que Kapu traía de todo el mundo. Hoy la mayoría carece de tinta, mas la colección sigue creciendo: lectores románticos todavía dejan lapiceros en la tumba de Kapu, en el Cementerio Militar de Powązki.

“Mi papá no tenía un libro favorito”, dice Rene Maisner mientras contempla los estantes. Para ella, su predilección cambiaba con el tiempo. Mann, Baudrillard, Foucault, Brodsky, Auden, Chomsky, Whitman, De Saint-Exupéry o Dostoyevski son algunos de sus nombres más queridos. Sus géneros preferidos siempre fueron la filosofía y la poesía, pero en su etapa final su tendencia iba por el ensayo o reflexión.

Diferentes memorias de autores adornan el templo, como una foto Polaroid en la que aparece cenando entre amigos, donde encierra entre sus brazos a Salman Rushdie; una postal del poeta polaco Edward Stachura desde Nueva York; o una carta de otra paisana y Nobel de Literatura que reza: “Señor Ryszard, estoy bebiendo por su salud. Wisława Szymborska”.

Uno de sus carné de prensa, colgado en la puerta de su estudio (Créditos: Diego Olivas Arana).

El autor de El mundo de hoy escribió sus últimos libros en aquel universo suyo, encerrado en la cima de su hogar, mas tal comodidad no descartaba el desafío. Kapuściński podía pasar semanas conflictuado antes de empezar a escribir, obsesionado por aquella primera línea que, según él, otorgaría el ritmo al resto de la obra, cuenta su hija, y tras hallarla, corría feliz a buscar a su esposa y darle la noticia. Antes de subir al estudio, su madre recordó las tardes enteras que Rysiek pasaba echado en el suelo, la concentración previa a la escritura: “necesitaba mucho silencio: ‘no estoy para nadie’ decía seguido, o desconectaba el teléfono antes de entrar al estudio”. Otro aditivo precedente a la creación era leer como un descosido: el estudio contiene libros de acaso todos los temas posibles y en varios de los siete idiomas que leía y hablaba Kapuściński. Su instrucción fue esencialmente autodidacta: aprendió inglés perdido en India, leyendo a Hemingway; o el español mientras era corresponsal en Sudamérica. Solía jactarse de haber leído al menos cien libros del tema de turno antes de lanzarse a escribir.

Rene Maisner coge la ajada edición en polaco de Historias de Heródoto de Halicarnaso, que acompañó a su padre durante sus primeros viajes y que sería parte esencial de Viajes con Heródoto, su último libro de reportajes. Kapu guardaba gran estima por el griego padre de la historia, a quien él consideraba como su maestro y ‘el primer reportero’. Tras su muerte, Alicja cumpliría un sueño frustrado de su esposo: crear la Fundación Heródoto de Ryszard Kapuściński, que anualmente otorga becas completas de estudios a periodistas jóvenes de toda Polonia. Para Kapu, las ideas y trayectorias de este legendario viajero fueron una inspiración de toda la vida.

Mientras recorre sus páginas llenas de subrayados y anotaciones, Maisner vuelve a regresar en el tiempo. Durante las décadas del setenta y ochenta, conseguir libros en Polonia era casi un deporte. Uno debía cazar las traducciones al polaco de autores foráneos, de escaso tiraje. Su padre gozaba del aprecio de muchos libreros en Varsovia y apoyaba ese tráfico valiente de cultura: ella recuerda haberlo acompañado en ciertas ocasiones a librerías donde recogía libros que no estaban a la venta, guardados bajo el mostrador y conseguidos solo para él. “No era algo corrupto, sino pura camaradería, para conocedores”, sostiene. Si no estaba en Polonia cuando llegaba un libro, se lo guardaban, y en no pocas ocasiones ella lo recogía en su nombre. Los avatares del amor por la palabra escrita.

***

De vuelta a la sala, Maisner encuentra a su madre con la mirada perdida hacia la entrada del balcón. “Se pasaba horas sentado ahí, junto a esos gatos”, cuenta sin apartar la vista. Kapu solía descansar en el balcón contemplando una banda peculiar: uno negro, otro blanco y el último gris. Tres felinos echados sobre el techo del garaje adyacente al balcón. Siempre estaban ahí, cual cuervo de Poe. Fascinado, Rysiek los llamaba por sus colores: hablaba de ellos, les daba leche, los fotografiaba con una de sus cámaras análogas. Tras años de visitas, la misteriosa terna dejó de aparecer sobre el garaje, poco después de que Kapuściński dejara el cuerpo. “Quizá murieron. Él ya no está aquí y los gatos tampoco”, concluye su esposa.

Edición compilatoria de Anagrama, 2019: “Un día más con vida” / “Ébano” / “Los cínicos no sirven para este oficio” / “Viajes con Heródoto”.

Hacia el final de su vida, quizá el reportero del siglo XX reconocía en ellos a algunos personajes de sus primeras crónicas, como ese trío de obreros polacos con los que caminó por kilómetros: errantes sin hogar ni ambición que viajaban de pueblo en pueblo en trabajos de construcción que luego abandonaban, hijos de la crisis de la migración industrial. Criaturas que viven en el margen. Porque aquel fue su mayor interés: hablar de aquellos que ignoramos para explicar problemas universales, ya sea en Varsovia, Lima o Adís Abeba.

Si Kapuściński hubiese presenciado la marcha de los sesenta mil nacionalistas de extrema derecha en el último día de independencia de su patria, clamando por una “Polonia blanca”, se hubiera pronunciado. Si viviese estos tiempos de refugiados, atentados y un peligroso megalómano liderando Estados Unidos, no habría tardado en manifestarse. A través de su obra, Ryszard Kapuściński vivirá eternamente, y su lectura es urgente para intentar comprendernos entre nosotros como seres humanos: nuestras creencias, diferencias y similitudes. Hoy más que nunca.

***

El biógrafo del reportero

El primer libro de Ryszard Kapuściński que leyó Artur Domosławski fue El Emperador, aquel extenso perfil de Haile Selassie, el monarca absoluto de Etiopía. Para muchos, su magnum opus. “Es la mejor ‘novela’ de Kapuściński”, coincide divertido. Para él, la bibliografía de Kapu es maravillosa, pero en última instancia, es más literatura que periodismo. Ryszard Kapuściński, el héroe de sus propios libros, fue también un personaje de ficción.

Domosławski es uno de los periodistas más celebrados de Polonia, y en el 2010 publicó uno de sus más afamados libros, Kapuściński non-fiction: la biografía definitiva de quien fue su amigo y mentor durante sus últimos nueve años de vida. Un título que dio la vuelta al mundo, traducido tantas veces como un libro del mismo Kapu. Maestro y discípulo, personaje y biógrafo, se conocieron a mediados de los años noventa en la redacción de Gazeta Wyborcza, cuando un curioso Kapuściński lo buscó para felicitarlo por un texto. Si bien fue laureada y ovacionada en el exterior, en su país la biografía devino en una polémica nacional: muchos la aclamaron pero no pocos juzgaron su contenido como una ofensa hacia su ídolo. La controversia surgió por las revelaciones sobre las relaciones extramaritales de Kapu –que tuvieron su réplica en un prolongado juicio con Alicja, concluido a fines del 2016 a favor de Domosławski–; el análisis de la nebulosa línea entre la realidad y la ficción en la obra del periodista; y su conexión con los servicios secretos de la entonces República Popular de Polonia.

La última edición polaca de “Kapuściński non-fiction” (Editoral: Wielka Litera, 2017).

“El libro no tiene nada desagradable. Hay etapas o decisiones difíciles en la vida de una persona y se cuentan allí, pero nunca tuve la intención de lastimar a alguien”, confiesa el también viajero y cronista. “Para muchos, Kapu es más un mito que una persona real”, agrega. Y es que la empresa de interpretar a Kapuściński puede ser tan profunda como controversial, como demuestra Domosławski al contemplar su ideología política: “Perteneció al Partido Comunista de Polonia por casi 30 años. Quizá se inició como una faceta de la juventud, pero luego su fe prevalece. Siempre fue un idealista. Uno puede estar en desacuerdo con la Iglesia y seguir siendo católico. Así pensaba él”.

Consecuentemente, esta convicción disparó su carrera profesional: en tiempos de fuertes restricciones comunistas en Polonia, Kapuściński recorrió el mundo como el único corresponsal en el extranjero, colaborando de paso con el espionaje polaco. Pero como sostiene Domosławski, él no actuaba con cinismo, sino como un seguidor de la verdad. Una certidumbre que le dio la oportunidad de escribir títulos inmortales como Un día más con vida o La guerra del fútbol.

Un retrato de alguien es una forma de desmitificarlo, de tratar de entender y representar a una persona en diferentes momentos de su vida. Kapuściński non-fiction es uno poderoso y sincero: no una hagiografía que elevara al autor de Ébano, cual mito, sino una investigación narrativa de largo aliento, que encontró en su entrañable y enigmático protagonista a un ser humano que alcanzó lo extraordinario.

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ABSTRACCIONES, CRÓNICAS y REPORTAJES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019

ABSTRACCIONES, Inmigración, Pensamientos, Viajes - Diego Olivas Arana - 31 Agosto, 2019 Distrito San Isidro al fondo, Lima (Créditos: Perfil de Flickr de KaMpErƎ & Le-tticia).

Breve asalto de reflexiones migratorias tras 60 días de vacaciones en mi ciudad natal

 

La noche del lunes volví a Varsovia luego de dos meses en Lima. Viví con intensidad: mi esposa y yo compartimos con la familia y nuestros amigos, viajamos a provincia, salimos a eventos, exposiciones, bebimos y comimos. Tras casi dos años sin pisar mi ciudad, la expectativa de esos sesenta días se conjuraba como una eternidad, pero se esfumó de repente. No fue una estadía muy calmada, es cierto, mas fuimos felices.

Ania y yo solíamos repetirnos esta frase acaso en tono de broma y sin embargo entrañando siempre cierta verdad: “solo extrañamos a Dante”, nuestro perro de dos años, querido amigo y compañero, quien se ha pasado el verano polaco en el campo con mis suegros. Y es que salvo la última semana en Lima -donde nos invadió esa conocida sensación hacia el final de cada viaje, cuando ya percibes que falta poco tiempo para volver a tu ritmo habitual y lentamente te entregas a ese calmado deseo de pasar un día normal en casa-, toda nuestra estadía hemos sido presa -yo en particular- de una euforia nostálgica por la familia, los amigos, las calles y espacios antes frecuentados. Un amor al pasado con el que te reencuentras y que ahora es distinto, como es de esperarse, pero todavía te abraza. Si bien he vivido antes en el extranjero, nunca he estado tanto tiempo alejado de casa. Me encontraba adicto a la experiencia de volver.

Salíamos del avión de Ryanair que llegaba desde Madrid -donde solemos hacer conexión-, y caminábamos junto a mi esposa y el resto de pasajeros a través de la pista de aterrizaje del Warszawa -Modlin, aquel menudo aeropuerto internacional exclusivo para vuelos low-cost del que siempre salgo extenuado y adormecido. Avanzábamos en una fila india encauzada por cercas metálicas cuya guía terminaba en la entrada al aeropuerto. En ese momento, todavía en la pista, sentí la caricia del viento sobre mi rostro, ese guiño apacible del verano europeo al que nos adentrábamos, que de inmediato me rebobinó a la misma escena en el aeropuerto Jorge Chávez, dos meses antes. Ya desde esa primera escena la experiencia es tremendamente distinta. Salir del Jorge Chávez para darse de bruces con Lima: la ola de humedad te invade de pronto, como una bofetada caliente y fantasmal. No importa la estación, en Lima respiramos siempre moléculas de agua y uno toma aun más consciencia de ello al volver después de largo tiempo. Una sensación viscosa por momentos -en especial en verano-, pero que aprendí a querer. La primera bienvenida es el abrazo violento de la humedad.

El río Vístula desde el centro de Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

El taxi a las cinco de la madrugada desde el aeropuerto hasta Miraflores: las palmeras. Plaza San Miguel. La odiada línea de combis “S”, que me llevó a la universidad durante toda la carrera. La Costa Verde y el inefable océano Pacífico. Las calles de San Antonio donde crecí, con sus casas miraflorinas antiguas, sus parques con nombres de militares y estadistas, sus perros con abrigos de polar, las ardillas grises, sus panaderías y bodegas. El Malecón de Miraflores. El Pollos Piers y los otros bares de mala muerte alrededor del Parque Kennedy. El Eka Bar y su setlist inmortal. Barranco con la Bajada de los Baños, Sáenz Peña, San Martín, Grau, El Sol, La Noche, Juanito, el Piselli. Los chifas. El Queirolo de Pueblo Libre y el de Camaná. El jirón Quilca con sus libros y juguetes y el Bar de Tito. El Yacana. Los jueves de karaoke del Koca Kinto. Ver películas en el viejo Pacífico, el Alcázar o el Centro Cultural de la PUCP. Cusqueñas negras y Pilsen Callao. Ir a Wong cerca de mi casa para comprar absolutamente cualquier tontería: una Coca-Cola, un Sublime-Princesa-Sorrento-Milky-CuaCua-Pícaras-Margarita-Morochas-Tortees-Cuates-Canchita serrana… Pensar en Lima o en mi viaje a Lima me trae todo esto. Siento que el retrato mental de mi ciudad está demasiado enfocado en ciertos asfaltos, cantidades vulgares de comida y alcohol y en mucha música. ¿Es malo concebir Lima bajo ese inofensivo hedonismo familiar y citadino?

Lo ignoro. Pero Lima no es solo eso. Son muchas ciudades divididas. Un monstruo con muchas caras, la mayoría más adversas, tristes y menos privilegiadas que la apremiada evocación con la que acabo de resumir una parte esencial de mi vida.

***

Se extraña Lima, mas hay realidades que me repelan ipso facto. El transporte público, el tráfico y el egoísmo suicida de los conductores de custers y combis y de vehículos privados representan una problemática que he despreciado siempre y con la que me he topado no pocas veces durante mi retorno. Autos pasándose la luz roja, ignorando que pretendo cruzar o cortándome el paso deliberadamente. Cederle el paso al peatón en Lima se antoja como un acto quimérico, alienígena, acaso irrisorio. Más de una vez en Varsovia, Ania me preguntó por qué no cruzo o tardo en cruzar la pista cuando toca. Me tomó tiempo habituarme a la prioridad del peatón: siempre aguardaba alerta, creyendo que les importo un carajo y contemplando la posibilidad de ser atropellado. Como todo limeño.

“Lima la horrible” (edición de Populibros, 1964), de Sebastián Salazar Bondy.

A su vez, el tráfico vuelca en desesperación: me recuerdo enrabiado de impaciencia y aburrimiento -e intensos dolores de espalda y cuello- en la avenida La Marina, Benavides o Javier Prado. Adelantándose a su tiempo, Sebastián Salazar Bondy escribió en el clásico Lima la horrible (Biblioteca Era, 1964): “Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir”. Cincuenta y tres años después, Diego Trelles Paz publicó La procesión infinita (Anagrama, 2017), poderosa novela que curiosamente leí en un momento muy acertado, empezándola en el avión de Madrid hacia Lima y terminándola unas semanas antes de volver a Varsovia. Una de sus páginas más notables reza lo siguiente, confirmando con brutalidad la vigencia de lo descrito por el gran Salazar Bondy décadas atrás:

“La procesión infinita”, de Diego Trelles Paz (Anagrama, 2017).

“… El primer anuncio del delirio automovilístico de lima es una estampida furiosa de custers, combis, taxis, buses, motos y carros particulares que rodean y atraviesan el óvalo de Faucett en distintas direcciones al mismo tiempo. Todo está permitido: meter la trompa del vehículo y cerrar el paso, pasar del carril extremo de la izquierda al de la derecha, acelerando en diagonal, detenerse en cualquier lado de la avenida el tiempo que se estime conveniente, subirse a las veredas, a las bermas con jardines, a las ciclovías, a los parques, a donde lleguen las ruedas, comerse todos y cada uno de los semáforos o simplemente quedarse quieto esperando pasajeros mientras la luz verde agoniza, tocar la bocina frenéticamente, una dos, cinco, diez, veinte veces mientras gritas y golpeas y amenazas y bajas del auto con el fierro de la gata dispuesto ya a romper, a quebrar, a chancar, a destruir, a asesinar a quien sea, por lo que sea, así venga la policía, ¡qué mierda!, tú a la policía te la pasas por los huevos, tombo conchatumadre, aquí yo hago lo-que-chucha-me-dé-la-gana, qué mierda quieres, ¿ponerme una papeleta?, ponme cinco si quieres, igual no las pago, huevonazo, y aprietas y aceleras y chocas y atropellas y te das la fuga y todos vieron pero nadie vio porque si pasa y tienes bille, arreglas, trabajas, ofreces, coimeas, la libras, la olvidas, se olvidan, no saben, no opinan, la vuelves a hacer, todo se puede porque el mundo es ancho e impune cuando enciendes un vehículo y te lanzas sobre las pistas cementerio de las calles de Lima”.  

Y el siguiente párrafo toca justamente ese miedo animal que mencionaba líneas atrás:

“Quizás es por eso que los peatones no confían cuando el Chato respeta el PARE y, con la mano barriendo el aire, los invita a cruzar por delante con una sonrisa. Éste está cojudo. Éste está loco. ¿Qué le pasa? Si avanzo, me mata. Si le creo, acelera y me arrolla. Por aquí es así, lo sabemos todos, es ley-no-escrita: primero el carro, segundo el carro, tercero el carro, cuarto el carro y así hasta el infinito. El que confía muere. En Lima hay que tener ojos en la cabeza y en las orejas por si te embisten por detrás o te levantan de lado. Nadie está libre…”.

***

Hace ya varios años, compartiendo cervezas en algún bar de Helsinki, Tapio, un entrañable amigo finlandés (que ama y conoce el Perú más que muchos de los peruanos que conozco) me contó que cuando regresó a Lima unos años después de haber venido por su intercambio universitario, sintió que ya nada era lo mismo. Los amigos estaban en otras partes o tenían otros intereses, los lugares frecuentados ya no existían o habían sido renovados, la gente en la universidad era otra. Fue una sensación natural pero extraña, me dijo. Esta idea se quedó sembrada en mis adentros: mi vida en ese momento atravesaba un momento idílico en Helsinki, e imaginaba cómo sería volver. A inicios de este año tuve la oportunidad de descubrirlo, cuando mi esposa y yo visitamos Finlandia por primera vez desde esa temporada en la que nos conocimos. Los cambios eran evidentes, esperables: ya no había casi nadie de las personas que conocía en la ciudad, el edificio de estudiantes donde vivía estaba invadido por eufóricos veinteañeros, existían ahora algunos nuevos lugares en el centro, y así. Fue un retorno tan nostálgico como dichoso, pues Ania y yo descubrimos -acaso confirmamos- que seguíamos amando esa ciudad. Cuando regresas a un lugar muy importante para ti, donde has vivido momentos inolvidables, la experiencia nunca es la misma, no obstante, ello no aminora su importancia ni mitiga tu emoción. El sentimiento se transforma. ¿Quizás crece, madura, pasa a una siguiente etapa?

El Palacio de Gobierno en una tarde de agosto. Lima, 2019 (Créditos: Diego Olivas Arana).

Todo está en constante cambio, frase tan manida como cierta, y añadiría que ello suele darse para bien. Fue así al volver a Lima. Desde mi familia hasta mis amigas y amigos, todos han dejado al menos un poco de ser aquellos que conjuraba en mi recuerdo. Algunos se han entregado a una pasión que antes palpaban con cautela o han abrazado un movimiento cultural o político. Otros han descubierto su vocación en senderos ya sea muy esperados o alternativos o van camino a convertirse en destacados funcionarios del Estado o en estrellas de la televisión. Hay quienes empiezan una nueva maestría o estudios en Perú o en alguna parte del mundo, no pocos son ahora nuevos empresarios y están por último aquellos que estrenan flamantes parejas o siguen con la misma ya consolidada, encaminándose a la relación adulta (con gato o perro adoptado incluido).

Verlos a todos me lleva a pensar en cuánto he cambiado yo. No pocas veces discurro en estas abstracciones (como todo este texto, habrán de disculparme). Para un puñado de la gente que frecuentaba en Lima soy quizás el único casado o el único que se fue a otro continente por tiempo indefinido. Cambios tremendos: incluso he retornado con unos generosos kilos de más. ¿Soy la misma persona? ¿Está mal ya no serlo? En la cáustica Changes del infinito David Bowie, el estribillo decía: “Time may change me / But I can’t trace time”… “Quizás el tiempo me cambie, pero yo no puedo rastrear al tiempo”. Tanto en inglés como en español, la frase deviene nebulosa, ¿qué diantres quiere decir Bowie con “rastrear al tiempo”? Sabemos que la canción es tanto un grito de rebeldía contra la movida musical de los setentas como una exaltación de sus camaleónicas reinvenciones artísticas, pero creo que también deja un espacio incierto para al menos elucubrar alguna reflexión más interna. De pronto Bowie está tratando de decirnos que, mientras está consciente del transcurrir del tiempo y su efecto sobre él, no sabe con certidumbre cómo o en qué momento la persona que una vez fue se convirtió en quien es ahora. ¿En qué momento uno deja de ser uno para volverse ese otro nuevo? ¿Es una traición o una evolución? Prefiero concebirlo como el cauce natural de las cosas.

. Changes, del legendario David Bowie

***

La misma noche en la que llegamos a Polonia, estaba en nuestro hogar, el departamento donde vivimos en Jabłonna. Mi cuñada y su novio, quienes nos recogieron, nos habían preparado una cena y estábamos comiendo y tomando vino. Cuando ya teníamos buen rato conversando, cogí mi copa y los dejé para irme al balcón y echarle un vistazo a mi vecindario. Era la medianoche de un lunes y la imagen era oscura y silenciosa: el patio con juegos para niños rodeado de edificios y automóviles. Ninguna persona y solamente la luz de los postes. Me quedé absorto contemplando unos columpios, sin saber qué estaba sintiendo hasta luego de unos segundos, cuando sonreí. La cálida noche, las luces amarillas y redondas de los faroles, las voces de Ania y su familia riéndose desde mi sala. Me sentía en casa. No esperaba sentirme así al llegar. No esperaba nada, solo retornar a donde resido, seguir adelante. Tampoco se trata de una percepción ajena a Perú: Polonia es mi otra casa. Por primera vez me descubrí aliviado, feliz de llegar a este país y continuar con el ritmo habitual de mi vida. Fue un instante revelador.

En este último viaje acometí una empresa descabellada para los ojos de muchos amigos: pagué por equipaje extra y traje conmigo alrededor de cincuenta de los libros que tengo en Lima y un centenar de mi colección de figuras de acción. Fue una necedad planeada tiempo atrás y que necesitaba realizar (y que Ania comprendió). Sin embargo, alguna vez me he cuestionado el sentido de traer aquí mis pertenencias. Llevo todo a Varsovia, pero luego tal vez me vaya a estudiar a alguna parte, entonces qué, ¿me llevo estas posesiones también o las dejo aquí? ¿He decidido quedarme en Polonia para siempre? ¿Nunca voy a volver a Perú? ¿Solo visitas de uno o dos meses cada tantos años? ¿En qué país quiero vivir? ¿En qué ciudad quiero morir? ¿O será que volveré en mi vejez, para morir en Lima, como hicieron tantos compatriotas? Cada vez que estas disquisiciones se dilatan llego a un callejón sin salida.

Una fotografía de los libros que traje de Lima (faltan unos pocos, creo), ya en mi casa en Jabłonna, Polonia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Tales pensamientos también encierran una noción a la que regreso con frecuencia: mi ciudad. Soy un peruano nacido en Lima que ya no vive allí. Nunca dejaré de ser limeño ni peruano, ni pretendo hacerlo, ¿pero cuál es mi ciudad? Hablo del espacio que escojo voluntariamente como mío. Que adopto como refugio, madriguera, hogar de mis pasiones, creaciones y cuitas, base de operaciones y tierra para mis posibles hijas e hijos. ¿Cuál es mi ciudad? ¿Es el novelesco pueblo de Whitefish, Montana, donde trabajé brevemente en mi juventud y me rompí los ligamentos de la rodilla? ¿Es Helsinki, donde estudié y conocí a mi esposa y pasé uno de los mejores años de mi vida? ¿Es Varsovia, donde empecé desde cero una vida con ella hace más de dos años? ¿Es Lima, donde nací y viví y donde se encuentran mi familia y amigos?

Un profuso número de seres humanos que admiro -y con los que jamás podría compararme- migraron a otra ciudad y la adoptaron para siempre o por un periodo significativo de su existencia. Cioran, Vallejo, Cortázar, Hemingway, Julio Ramón Ribeyro: todos ellos escogieron París (y los tres primeros están enterrados allá). Coetzee vive en Adelaida, Miłosz vivió en Berkeley, Borges murió en Ginebra, García Márquez en Ciudad de México, Bolaño en Barcelona (pero vivió en Blanes). Por otro lado, Kapuściński siempre regresó a su casa en Varsovia, donde murió el 2007. Entonces, ¿estoy traicionando mis orígenes por irme a radicar a otra parte? No lo creo. Evoco ahora uno de mis diálogos favoritos de una de mis películas favoritas, Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997), donde el enorme Federico Luppi interpreta a Martín, cineasta bonaerense que lleva más de veinte años viviendo en Madrid y padre de Hache (Juan Diego Botto), a quien aquí alecciona sobre la migración y la patria:

“Eso de extrañar, la nostalgia, todo eso es un verso. No se extraña un país. Se extraña el barrio, en todo caso, pero también lo extrañas si te mudas a diez cuadras. El que se siente patriota, que pertenece a un país es un tarado mental. La patria es un invento: ¿qué tengo que ver yo con un tucumano o con un salteño? Son tan ajenos a mí como un catalán o un portugués. Una estadística. Números sin cara. Uno se siente parte de muy poca gente. Tu país son tus amigos y eso sí se extraña, pero se pasa…”.

. Escena mencionada de Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997).

Asimismo, en Conversaciones, la compilación de entrevistas a Cioran, (Tusquets, Serie Marginales, 2011), el maestro de los aforismos confesó: “Soy jurídicamente apátrida y eso corresponde a algo profundo, pero no ideológico ni político, es mi estatuto metafísico. Quiero carecer de patria, de identidad”. Y más tarde agrega: “Para mí, París ha sido idolatría. Pero me he cansado, porque envejezco y la ciudad también. El hechizo se ha acabado. Si no la abandono es porque he vivido en ella durante cuarenta años. Pero ya no me inspira… Es una ciudad triste. Está destruida. Se ha convertido en un infierno -o en una pesadilla- que no puedo abandonar. No podría vivir en ninguna otra parte”.

“Conversaciones”, de E.M. Cioran (Tusquets, Serie Marginales, 2011).

Ambas citas son muy interesantes para abrir un debate sobre estas ideas. Si bien no rechazo mi patria ni el concepto de ella, me gusta pensar que ella se traduce en mis amigos, mi familia. Hace unos días bromeaba con una amiga de Lima a quien le decía que la próxima contrataré un container para transportar el resto de mis libros, a lo que ella me respondió que aquella era una situación precisa para infiltrar a todos nuestros amigos escondidos hasta Varsovia, y quedármelos allá para siempre. Si pudiésemos transferir nuestros seres más queridos a esa ciudad al otro lado del mundo donde hemos migrado, ¿lo haríamos?

Una tarde de mis últimos años en la universidad, conversando luego de clases en la cafetería del Edificio Mac Gregor, Juan Manuel Robles me dijo que cuando uno viaja a otro país por un buen tiempo, tiene la oportunidad de ser una nueva versión de sí mismo. Recuerdo haberme quedado con esa frase el resto del día, pues me devolvía a mi vida en Helsinki, donde aquello ocurrió y experimenté una entrega absoluta. Quizás el fantasioso proyecto de transportar a todos mis conocidos en containers hasta Varsovia arruinaría tal proceso. Dejarlo todo y a todos no debe ser solo una consecuencia de la migración, sino, al mismo tiempo, una de sus razones. El porqué de aquella razón es algo que tal vez me tome toda mi vida descifrar. Partí a Polonia para casarme y empezar una vida con mi esposa en su tierra. En más de una ocasión ella ha afirmado que podríamos volver a Lima si yo quiero, y yo me opongo casi de inmediato. Hasta ahora no acabo de comprender el porqué de esa decisión tan testaruda como inconsciente. Después de todo, nadie me está obligando. De quedarme en Polonia toda mi vida, ¿llegaré a mirarla con una pasiva tristeza y decepción, como Cioran? ¿Admitir su caída y al mismo tiempo mi imposibilidad de retornar?

***

Sé que me queda un tiempo considerable en Varsovia. Ciertamente ahora sucede menos, pero hay días en los que detesto este país que me acoge, como también hay días en los que me descubro queriéndolo. Hay días en los que no sé si me gusta esta ciudad o bromeo que estoy atrapado dentro de ella, efecto que también me han generado muchos días oscuros en Lima. Perú y Polonia no son tan distintos, al fin y al cabo: la política es horrorosa, de pesadilla, una vergüenza peligrosa. Hay racismo y discriminación aunque en niveles e instancias muy disímiles. A veces, en momentos de exasperación, me pregunto si estoy loco por haberme ido de un caos para instalarme en otro igual o peor. Pero ultimando el sendero, uno ama Lima. Y ahora puedo admitir que ese amor reverdece e intensifica cuando vives afuera . Ambas ciudades encarnan cierta desdicha, cierto desconcierto, mas también cierta resistencia. Varsovia puede ser hermosa, y todavía quedan largas jornadas por estos lares. 

Hacia el final de esta fragmentada y abierta reflexión, no tengo ni la más peregrina idea. Y con eso me basta.

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Eclosionar con la memoria: el retrato de los padres literarios judíos en Maus y Patrimonio

Cómics/Novelas gráficas, ENSAYOS, Historia, Inmigración, Judaísmo, Literatura - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2019

Portada de la novela gráfica "Maus" (publicada entre 1980-1991), ganadora del Premio Pulitzer en 1992.

Art Spiegelman y Philip Roth. Un historietista y un escritor. Ambos crecieron en Norteamérica con sus padres, judíos de pura cepa, alimentando una deuda con ellos que se ha reflejado en sus obras: Vladek Spiegelman en Maus y Herman Roth en Patrimony. A true story. Revelaron parte de sí mismos contando la historia de sus padres, y al mismo tiempo, la de los judíos. ¿Puede un testimonio familiar evocar la realidad de un pueblo?

*** Una primera versión de este ensayo fue publicado por primera vez en el número 11 de la revista digital de contenido periodístico Carta Abierta, en julio del 2016.

Entre sus distintas acepciones, la RAE nos ofrece lo siguiente por memoria: “Facultad por medio de la cual se retiene o recuerda el pasado / Exposición de hechos, datos o motivos referentes a determinado asunto / Libro o relación escrita en que el autor narra su propia vida o acontecimientos de ella”.  Cualquiera, acaso todas, podrían aplicarse sin problemas a Maus o Patrimonio. Ambos son relatos reales, de no-ficción. El primero es una novela gráfica, el otro, un mémoire o autobiografía.  Ambos, a su vez, rinden homenaje a un padre. Un judío. Un inmigrante. Un sobreviviente. Representan la memoria de un personaje, de un momento, un sentimiento, tan profundo como brutal.

Cual vampiros deseosos de sangre, nos nutrimos de historias que no son nuestras. Nos aferramos a ellas por diversas razones. Acaso la soledad. Quizás la necesidad de experiencias. ¿Pero qué pasa cuando esa historia no es solamente ajena, mas también muy cercana? ¿Qué sucede al narrar la vida de tu padre -o tu padre y tú- y en el camino, palpar una problemática colectiva? Quienes han leído ambos relatos no tardarán en comparar las situaciones o personajes. Para comprender aquello es menester comentarlos.

Philip Roth (Créditos: Eric Thayer/Reuters).

Las memorias

Maus es sin vacilar el magnum opus de Spiegelman, publicado entre 1980 y 1991. Fue la primera novela gráfica en ganar un Pulitzer, en 1992. La historia es una mezcla perfecta entre una biografía de su padre, una autobiografía, un libro de memorias, un relato histórico y uno de ficción. Vladek, su progenitor, sobrevivió al Holocausto y logró arribar a Norteamérica contra todo pronóstico y restablecer su vida y la de su familia. Se trata de una lección eterna y hermosamente narrada, donde uno no deja de pasmarse ante los horrores sufridos por el judío polaco, mas a la vez, asombrarse y admirar sus inefables ganas de vivir. Al mismo tiempo, es el relato de la relación entre Art y su padre: sus límites, las manías de uno, las frustraciones del otro, la ausencia de comunicación. Es un retrato de su padre y de la impotencia de poder narrar la experiencia de Auschwitz haciendo justicia a lo vivido. En una parte del cómic, vemos a Art conversando desde el asiento de copiloto con su pareja, Françoise. Ella, al volante, lo escucha, esperando calmar su frustración: “Me siento tan equivocado tratando de reconstruir una realidad que fue peor que mis más oscuras pesadillas… ¡Y tratar de hacerlo en una tira cómica! … Tal vez debería olvidar todo el asunto. Hay tanto que nunca seré capaz de entender o visualizar. Quiero decir, la realidad es demasiado compleja para los cómics”. Art vio su gran proyecto truncado debido a la necedad de su padre y a la aparente falta de sensibilidad que suponía hacer un cómic de su experiencia.

Patrimonio, por su parte, es un libro publicado en 1991. Narra el último episodio en la vida de Herman Roth, su padre, un judío emigrado a Newark, Nueva Jersey, desde la Galitzia polaca, antes del estallido de la guerra. Fluctúa entre varias escenas en la relación del padre y su hijo a través del tiempo, siempre con el azaroso presente de 1988, donde el antes vigoroso e inmortal cuerpo de Herman empieza a decaer, como síntoma de un implacable tumor cerebral. El triste y literal proceso de descomposición de su padre será sufrido también por Philip Roth, quien escribirá el libro mientras lo acompaña en el inexorable sendero a su desaparición, redescubriendo su relación, enfrentándose a sus frustraciones pasadas y acercándose a su padre como jamás lo hubiera concebido, liberándose en el camino. Se trata de una contemplación de la historia familiar, del amor y la muerte.

Art Spiegelman en su estudio, 2018 (Créditos: Phil Penman, The New York Times).

Juan Villoro comenta en Safari accidental (Editorial Etiqueta Negra, 2006) sobre el testigo y el reto de contar un episodio semejante. “El intento de darle voz a los demás -estímulo cardinal de la crónica- es un ejercicio de aproximaciones. Imposible suplantar sin pérdida a quien vivió la experiencia”. Luego cita a Giorgio Agamben: “quien asume la carga de testimoniar por ellos sabe que tiene que dar testimonio de la imposibilidad de testimoniar”. Tal afirmación está presente en el miedo de Art Spiegelman de realizar Maus y a su vez, el intento de retratar quién fue su padre y el advenimiento de su muerte en Patrimonio de Roth.

Judíos perdidos en Estados Unidos

Acaso el registro cultural más fuerte de la memoria, tanto en Maus como Patrimonio, se encuentra en las personalidades de sus protagonistas. Vladek Spiegelman y Herman Roth no son personajes de ficción, y sin embargo, son demasiado parecidos, en un nivel tan desmedido como -incluso- irrisorio. Ciertamente, de no saberse los detalles, podrían ser la misma persona. Aquello no es una mera coincidencia o un reflejo de aquella noción sobre la inexistencia de originalidad en las historias, no. Esto tiene que ver teorías narrativas, psicología o ciencias sociales, pero más que nada, con la historia.

La cultura judía constituye un patrimonio cultural en ambos textos, y en los arquetipos encarnados en ambos personajes. Francisco Javier Rodríguez, en el libro Saber narrar (Aguilar, 2012), habla de los arquetipos como una forma de hacer que alguien cumpla una función determinada dentro de un relato. Dice Rodríguez que “el psicoanalista suizo Carl G. Jung elaboró el concepto de arquetipo para definir esas personalidades que se repiten en cualquier cultura humana, formando parte de lo que él llamo el inconsciente colectivo. Son una constante en todas las épocas y culturas, y aparecen tanto en los cuentos y en los mitos como en el plano individual, tanto en las personalidades como en los sueños”.

Página de “Maus” donde Art Spiegelman cuestiona la dificultad y el propósito de retratar la vida de su padre.

Podríamos decir que, en estas historias escritas por hijos judíos-americanos, sus padres son retratados de la misma manera: como los clásicos judíos inmigrantes de primera generación, es decir, aquellos que nacieron en Europa y erraron a Norteamérica en busca de prosperidad y nuevas oportunidades. Vladek viene de Częstochowa, Polonia y fue un sobreviviente de los campos de concentración, llegando a Nueva York más adulto. Herman, por su parte, salió de Europa y empezó su vida en Nueva Jersey más joven. Son de la misma generación (el primero nació en 1906 y el otro en 1901). Sus situaciones son similares: provienen de familias pobres y tuvieron que dedicarse al trabajo desde temprano, abandonando el colegio y volviéndose con el tiempo, grandes jefes de familia y empresarios, a pesar de la precariedad de su condición y del antisemitismo imperante en la primera mitad del siglo XX. Además, ambos son viudos que encontraron una segunda pareja para compartir la senectud.

 

No obstante, probablemente lo que más sorprende de estos ancianos radica en la similitud de sus personalidades. Son fieles paradigmas del llamado ‘judío duro’: hombres serios, muchas veces insensibles, muy trabajadores y con una increíble capacidad de sacrificio por la familia. Obstinados, listos, tenaces, dueños de una tozudez sin límites; las características clásicas del estereotipo de los primeros inmigrantes judíos. La masculinidad judía, a su vez, es un patrón muy fuerte y notable, de un matiz cultural muy arraigado, más que nada en el padre de Roth (cuyo retrato del padre o de los judíos estadounidenses se manifiesta a través de toda su obra). El autor afirma en el libro que la razón de ser de su padre era en esencia un esfuerzo vehemente de hacer que sus hijos alcancen aquello que le fue negado: ser aceptados como americanos. Sin embargo, en ese intento, ellos -Vladek y Herman-, se distancian de sus hijos, pues su mentalidad no ha cambiado, y Art y Philip no comprenden, desde niños, el porqué de su proceder, de su dominancia y severidad. Quizás en el caso de Art sea más fuerte, teniendo siempre la sombra de su padre, el sobreviviente de Auschwitz, cuyo broken english de acento yidis discurre siempre en su fatídica experiencia, tornando inanes las inquietudes y angustias de su hijo.

Herman Roth e hijos Sandy y Philip en Bradley Beach, New Jersey. Agosto, 1937. De arriba hacia abajo: Herman (36), Sandy (9), Philip (4) (Créditos: Nat Bodian, Fuente: Newark Memories).

Además de ello, estos personajes comparten el ser muy realistas, exigentes o mezquinos. Tanto el padre de Spiegelman como el de Roth son criaturas ambivalentes, llenas de contradicciones. Al igual que Herman, Vladek puede parecer un manipulador de inquietudes y manías patológicas, pero siempre actúa con la seguridad de quien obra por el bien de la familia. Y al igual que Vladek -que lo demuestra valientemente durante su estadía en Auschwitz-, Herman puede parecer un monstruo, pero nunca vacilará en apoyar a otros judíos migrantes, ya sea con dinero, amistad, comida, incluso usando a su hijo, el afamado escritor, para conseguir contactos de editores y publicar libros de judíos.

La vejez también los atormenta de manera violenta, y sus hijos -en especial Roth- la retratan con fidelidad. Comparten la muerte de sus esposas como un fantasma constante. La diabetes, los infartos y la pérdida de un ojo en Vladek. El tumor cerebral y todas sus secuelas, como el ir perdiendo la vista, la falta de equilibrio, el no controlar sus esfínteres, la parálisis facial o la desaparición de sus facultades de deglución, en Herman.

El padre de Roth había llegado a un nivel de mezquindad y obsesión por el ahorro “demasiado judía” para su hijo, pero al mismo tiempo ridícula: su rechazo a comprar el periódico -a la espera de leer la copia usada del vecino-, o el tener a la señora de la limpieza solo una vez al mes -manifestando una autosuficiencia exagerada-, reinando la suciedad en el departamento. De la misma forma, Vladek no se queda atrás: obsesionado con el orden, organiza sus pastillas, se queja indefinidamente si encuentra algo fuera de su lugar. Recoge alambres de la calle para su posible uso; buscando ahorrar, roba servilletas y papel toalla de los baños públicos y restaurantes. Por último, se rehúsa a comprar algo que necesite e incluso a pagar por el peluquero de su segunda esposa, Mala, a quien enloquece. Se revela como un acumulador de cachivaches compulsivo. Todo ello, entre otras características o detalles de ambos, reflejan la presencia de la caricaturizada idea que se tiene -o del patrón que se repite- del judaísmo entre los primeros inmigrantes de Europa a Estados Unidos. En un momento del cómic, vemos a Art comentar: “De alguna forma él es como la caricatura racista del viejo avaro judío”. Podría decirse que estos homenajes, además de biografía y de literatura, son retratos etnográficos, pues los modelos de los personajes no solo hablan de dos individuos, sino de todo un grupo determinado.

Edición Hardcover de “Maus”, 2003.

Objetos mágicos en la familia judía

Como descripción acaso material o estática de la memoria, un recurso vital en ambas obras son los objetos. Ellos evocan tanto una instancia temporal como diversas emociones. Todos poseen correlatos cruciales para la comprensión de los cuatro personajes, los padres y sus  hijos.

Edición en español de “Patrimonio” de Roth (Seix Barral, 2003).

Para comenzar, tenemos un elemento que se repite en las dos narraciones: la idea de tener una esposa. Vladek y Herman volvieron a empezar una relación luego de enviudarse. El primero se casó con Mala y el segundo convive con Lil. Sin embargo, estas mujeres viven asediadas por la impoluta y majestuosa figura de la difunta ex mujer: Anja, la primera esposa de Vladek y madre de Art, se suicidó muchos años después de la guerra, ya en Nueva York, trastornada por la experiencia en Auschwitz. Un episodio que jamás superó, a pesar del coraje y apoyo de su esposo. Su muerte, a su vez, afectó sobremanera a su hijo. Bessie Roth vivió mucho más, en Newark con su familia, mas una trombosis la desconectó de la Tierra en un restaurante, en 1981, siete años antes de los sucesos narrados en Patrimonio.

Así, Mala y Lil sufren la constante referencia a la perfección y santidad de sus antecesoras, además de estar siempre -e involuntariamente- a la orden de sus parejas, quienes sienten una necesidad enferma de tener alguien a quien mandar. Roth comenta en el libro que Lil “estaba condenada a ser imperfecta y nunca alcanzar el estatus de Bess Roth, a quien él ahora exaltaba como un parangón de la femineidad”.  De aquí podemos derivar otro objeto en común importante: la vestimenta de las difuntas esposas. El trato que le atribuye cada judío es distinto: Vladek nunca se deshizo de los vestidos de Anja, se rehusaba a donarlos y quería que Mala los use, ofendiéndola con la oferta. Herman, por su parte, arrojó todos los vestidos de Bessie el mismo día de su entierro, desesperado e inconsciente, asegurándole a su hijo que a él “no le servía de nada” y que “podría serle útil a otros judíos”.

De la misma forma, existen otros objetos en estos relatos, unos más esenciales que otros, que denotan un significado trascendental para los personajes. Por ejemplo, está el diario de Anja durante el Holocausto. Sus escritos de Auschwitz. Art no pudo ocultar su ira al descubrir que su padre había arrojado tales manuscritos a la basura, llamándolo ‘asesino’. Así como Vladek perpetró tal acción, Herman obsequió la colección de estampillas que Philip había juntado durante toda su niñez, hecho que le fue ocultado por años. Ninguno de los padres parece respetar la herencia familiar, y reflejan una alta insensibilidad en los ojos de sus hijos.

En Patrimonio se ve también cómo la cultura judía existe todavía en el afecto y la herencia de los hijos, incluso si no la practican, la vida de Philip ha estado rodeada de adminículos o detalles judíos. El cuenco de afeitar del abuelo Sender Roth, que encarna tanto una herencia familiar como una ejercicio de tradición judía, resulta un ejemplo viable, pues Roth recuerda que todas las semanas se reservaban diez centavos para que su abuelo, que había estudiado para ser rabino, vaya a la barbería antes del Sabbath. Él lo veía como algo mítico, ritual y luego solicita su posesión a su padre. Asimismo, están los tefilín, las envolturas de cuero que contienen pergaminos de las sagradas Escrituras, que siempre habían estado en la sala y tanto Philip como su hermano mayor contemplaban como algo legendario. Tras descubrir el tumor, Herman los abandonaría en el camerino de un centro comunitario judío, para sorpresa e indignación de su hijo Philip.

Roth frente a la escuela hebrea donde estudió de niño (Créditos: Bob Peterson, Fuente: Time Life Pictures/Getty Images).

Superando el horror de sobrevivir

En Misery (Debolsillo, 2003), Stephen King nos obsequia una reflexión atractiva entorno al escritor y la memoria: “los escritores lo recuerdan todo, especialmente las heridas. Desnuda a un escritor, señala sus cicatrices y te contará la historia de cada una de ellas, incluyendo las más pequeñas. De las grandes, se sacan novelas, no amnesia. Es bueno tener un poco de talento si quieres ser escritor, pero el único requisito auténtico es la habilidad para recordar la historia de cada cicatriz… El arte consiste en la persistencia de la memoria”. Maus y Patrimonio son textos centrados en la memoria. En ellos, los dos hijos tratan de inmortalizar la historia de sus padres, haciendo un recorrido de la historia personal, una crónica familiar, pero a su vez, hablando del problema de ser judíos, de la Segunda Guerra y Auschwitz -en Spiegelman- y de empezar desde cero en Estados Unidos, escapando de la miseria. Ambos testimonios retratan un periodo y un espacio en el tiempo. Es un registro que comprende un pasado desgarrador, de diáspora, riesgos y sacrificios, pero que también entraña intensos recueros de valentía, del poder de la familia, del aprecio por la tradición y los orígenes, tornándose así tanto individuales como universales.

Página de “Maus” donde el padre de Art Spiegelman narra un episodio de inicios de la Segunda Guerra Mundial donde asesinan judíos en su barrio de la juventud.

Se trata, asimismo, de una lucha personal. Tanto Art Spiegelman como Philip Roth tienen que aceptar a sus padres y descubrirlos, revelarlos, conocerlos. Acaso en Art aquello es más azaroso, debido a la truncada comunicación con el padre que a través de Maus intenta reestablecer. Philip, por su parte, si está con su padre en todo momento, lo aguanta y apoya, más como una figura paternal -o maternal, como afirma el mismo Herman- que como un hijo. Como mencionan en ambos libros, sus autores han dirigido su vida al arte y la escritura para alejarse lo más posible de la sombra de sus padres: Art confiesa que escogió el arte porque su padre lo consideraba una pérdida de tiempo; Philip revela que Herman nunca entendió el oficio de escritor ni la docencia, que los daba por algo ambiguo, mas lo respetaba. Exponen la vida de sus padres a través del arte. Consolidando su herencia, su patrimonio, Auschwitz y el judaísmo, y finalmente separándose de ellos, superándolos.

Sobrevivir al padre a través de la memoria.

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Detrás del centenario polaco

Marcha de Independencia de este año (Fuente: Sean Gallup-Getty, publicada en The Guardian).

Breves reflexiones en torno a los 100 años de la independencia de Polonia, celebrado el domingo 11 de noviembre.

 

El sábado pasado viví algo extraño. Algo desconocido hasta ahora para mí, cuyo significado me ha dejado pensando hasta hoy: una reunión entre amigos se canceló por miedo a ser violentados en la calle. Por ser distintos. Por vernos diferentes. Foráneos. Tres inmigrantes hispanohablantes convinieron en que lo mejor era dejar esa reunión amena de pizzas y cervezas para otra ocasión. Todos los días se posponen eventos o encuentros, pero nuestras razones rayaban ahora entre lo ignoto y una necesidad elemental: el bienestar físico -y acaso psicológico-.  Lo frustrante de pronto fue la expectativa. Habíamos pactado esa reunión desde hace días y era probablemente el único día del mes que coincidíamos todos. Un día antes del 11 de noviembre. El día de la independencia de Polonia.

Sí. El pasado domingo se celebró el centésimo aniversario de la Independencia de Polonia, que en 1918 recobró su autonomía tras 123 años de estar invadida por tres potencias europeas: Rusia, Prusia y el Imperio austrohúngaro. 100 es un número redondo, preciso, casi mágico. Un siglo de cualquier cosa es digno de festejarse, y el país que ahora me acoge lo hace con intensidad: alrededor de 200 mil ciudadanos de toda la nación emprendieron una marcha por las calles del centro de Varsovia. Quizás sea el evento público más grande desde la caída del comunismo en 1989. Una desmedida aglomeración que en efecto aconteció sin mayores escándalos -a diferencia de la marcha en Breslavia y sus tres heridos-, pero aquello no la distanció de la controversia. La marcha de este año fue al principio una iniciativa de los grupos de ultraderecha, que protagonizan este evento desde el 2009. Sin embargo, dada la experiencia del año pasado, la alcaldesa de Varsovia y miembro importante de la oposición, Hanna Gronkiewicz-Waltz, decidió cancelar la marcha.

¿Qué sucedió el año pasado? Más de 60 mil polacos se reunieron concentrados bajo lemas conservadores como “Queremos a Dios”, “Polonia Católica, no secular”, y otros de carácter nacionalista o incluso xenófobos como “Polonia pura, Polonia blanca”, “Lárguense con los refugiados” o “Muerte a los enemigos de la patria”, generando actos de violencia y despertando el rechazo y vergüenza internacional, en especial para con la Unión Europea.

Pero este año la marcha ocurrió. Las organizaciones ultranacionalistas del país protestaron en favor al derecho a la libertad de expresión, un tribunal denegó la prohibición de la alcaldesa y el gobierno, dirigido por el partido conservador y de extrema derecha católica Ley y Justicia (PiS por su acrónimo en polaco, Prawo i Sprawiedliwość) decidió que se daría una nueva marcha en la que participen todos los polacos. Se trató de un acuerdo apremiado y desesperado entre el Presidente Andrzej Duda -títere de Jaroslaw Kaczynski, líder de PiS- y los grupos radicales de ultraderecha. La idea de esta marcha conjunta es por un lado descabellada y aterradora: El Presidente recorriendo el centro de la capital de la mano con los fanáticos fascistas y antisemitas; mas por otro lado, puede verse para muchos como una solución ideal: todos marchando juntos. No olvidemos que miles de las personas que marchan no guardan ninguna simpatía o tienen nada que ver con las organizaciones radicales, son solo polacos patriotas contentos de celebrar y pasear con la bandera. “La decisión de la alcaldesa fue una bendición para Duda y el gobierno porque permitió que la oposición liberal tomara la culpa de los nacionalistas por prohibir su marcha, mientras evitaba la posibilidad de que se celebrara un festival neofascista en el centenario de nuestra independencia”, opinó al The Guardian Michał Szułdrzyński, periodista y columnista del diario Rzeczpospolita.

Así, el pasado domingo 11 de noviembre la marcha por la Independencia aconteció sin mayores episodios. Una caminata de exorbitante dimensión, pero curiosamente calmada en comparación a la de años anteriores, considerando que destacó por la presencia de distintos grupos de extrema derecha polacos y del exterior: ultranacionalistas húngaros, italianos y eslovacos arribaron para apoyar a sus hermanos polacos en su gran odisea contra la diversidad y la posibilidad de un mundo sin barreras.

***

Tan fugaz o improbable como haya sido la posibilidad de que suceda, nunca me había detenido a preguntarme si es seguro salir de mi casa a ver a mis amigos. Sabíamos que los seguidores de estas organizaciones ya rondaban el centro desde la noche anterior, cuando pensábamos vernos. Soy de Lima y conozco mi ciudad natal, con muchos de sus distritos afamados por su peligrosidad, pero esta es una sensación distinta. No van a hacerte daño porque quieren tu billetera o celular, tan solo porque te ves diferente. Conocidos, otros amigos y los medios de comunicación conllevaron a que nos hagamos la pregunta: ¿es seguro salir este sábado, unas horas antes de la marcha del 11 de noviembre? Un sudaca peruano de 30 años que podría pasar sin problemas como alguien de distintas etnicidades, pues, rayos, tuve que contemplar cualquier escenario, a regañadientes, prefería ignorar esta realidad y divertirme. Al final me quedé en casa.

Y no me arrepiento. Fui a un cine cercano con mi esposa y vimos Bohemian Rhapsody (vivo muy lejos del centro). Fue una noche amena. De regreso, mientras cruzábamos la avenida Modlińska para llegar a nuestro paradero de bus, observé una caterva menuda y excitada, aguardando en el paradero con sus banderas polacas, aquel blanquirrojo tan familiar regodeándose en el cielo nocturno. Olvidé la tertulia cinéfila y me alerté de pronto, cual gato erizado. Mirándolos de soslayo en tanto seguíamos cruzando la gran avenida divida por una berma central, le pregunté a mi esposa si creía que debíamos tener cuidado. Ella no tenía idea. Cruzamos la pista y pasamos junto a estas personas con cautela: nos miraron felices, alzando las banderas, y se metieron en el siguiente bus. De quedarse un rato más, quizás nos habrían abrazado y cantado el himno. Fue algo irrisorio al inicio, pero ya en el bus camino a casa, empezamos a reflexionar sobre lo acontecido. “¿Cómo es posible que al ver a personas felices con la bandera polaca nuestra primera reacción sea estar a la defensiva?” se preguntó mi esposa. “¿Cómo es posible que mi esposo haya decidido quedarse en casa en lugar de salir a divertirse con sus amigos en el centro por temer ser perseguido o golpeado en la calle?”, agregó indignada. Esas preguntas, descubro en este momento, motivaron estas palabras.

***

Perú es un país de muchos matices. Tanto qué decir. Quizás por ello a veces uno no quiere decir nada. Y entre ese caos, Perú también es un país racista. Un racismo que descansa en las entrañas de nuestra historia, cultura y educación. Un racismo estructural. Marco Avilés ha profundizado mucho en este tema estos últimos años, y de él recojo ahora una definición acertada de la palabra ‘inmigrante’, en su libro No soy tu cholo (2017): “un inmigrante es todo aquel que se muda a vivir a una tierra que no es la suya, dice el diccionario. Pero, en la práctica, esa palabra se usa en un solo sentido: para señalar a los que nos movemos del sur hacia el norte. Es decir, para etiquetar a los latinos, a los africanos y a los asiáticos y a todos los que venimos a vivir y a trabajar a los llamados países desarrollados. Los latinos jamás usamos esa palabra salvo para nombrarnos a nosotros mismos cuando estamos en el exilio”.

Manifestación contra el Gobierno del PiS en Varsovia, 2016 (Fuente: Paweł Supernak / María Sahuquillo / QUALITY. Publicado en El País).

Esto me remite a un episodio insospechado. Durante gran parte de mi primer año en Polonia estuve dando clases privadas de conversación en español e inglés. Ella es una adolescente de 15 años, la primera alumna de su clase, de una familia acomodada, polacos de provincia mudados a la capital, viviendo en uno de los distritos más caros de la ciudad. Gente decente que ha trabajado mucho para llegar a la posición social y económica que representan, y quieren que sus hijos tengan todas las oportunidades que ellos ni concebían. Por esa misma razón, quizás la protegen demasiado. Ella tiene todo el mundo en sus manos, y sin embargo, no sabe nada de él. Iba tres veces a la semana a darles clases a ella y a su hermano menor, por separado. Solía organizar temas que planteaba para la reflexión y el debate en inglés. Una tarde llegué a su casa y le hablé sobre el conflicto en Siria y la realidad de los refugiados por la guerra civil, centrándome en el caso de Rania Mustafa Ali, una valiente muchacha siria de 20 años que se hizo famosa por registrar su odisea escapando de su país hasta llegar a Austria. Una chica aficionada a Spotify, 9GAG y Game of Thrones. Alguien como ella. Cuando terminamos de hablar del tema, mi alumna estaba conmovida, asombrada y encantada. Al decirle que ahora Rania es una inmigrante en Europa, como yo, Natalia se pasmó de repente. Frunció sus ceños y abrió los ojos, pálida.

– ¿Qué? ¿Tú eres un inmigrante?

– Claro. Soy alguien de Perú que se ha mudado a otra parte del mundo.

– Lo sé. Pero no entiendo, tú no eres un inmigrante.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque los inmigrantes son terroristas, ¿no?

Pude ver en su rostro que realmente estaba extrañada. Me tomó cierto tiempo y paciencia explicarle que tales palabras no eran sinónimos. Ella era una esponja, preguntaba y me escuchaba con atención. A la mañana siguiente recibí un mensaje de texto suyo, agradeciéndome por enviarle el link del video de Rania e informarla sobre tantas cosas. Me dijo que había llorado con la crónica de su viaje, y que lo había mostrado a sus padres. Esa clase fue reveladora para ambos: ella aprendió un poco de lo que pasa en el mundo y yo medité en cómo la desinformación también puede llevarte -acaso por accidente- a pensamientos u opiniones xenófobas o racistas.

Volviendo al párrafo de Avilés, pues si uno es honesto, identificarse con él y su discurso no entraña dificultad: todos hemos sido discriminados y hemos discriminado. Hemos choleado y sido choleados, y existe un rechazo al extraño, al inmigrante del cual somos muchas veces inconscientes. Aquí en Polonia soy un inmigrante, sí, pero lo extraño o interesante es que aquí el racismo hacia el inmigrante no es algo invasivo y sistematizado. No forma parte del día a día. La totalidad de los polacos de mi entorno no caerían bajo esa categoría, de eso estoy seguro. Pero los grupos ultranacionalistas, neofascistas, conservadores radicales de extrema derecha o como quieran llamarlos, o cualquier individuo que comparta sus ideales, no están escondidos y tampoco están en todas partes. Los puedes cruzar en la calle, sí, y te van a mirar con una reprobación verdadera y fatal. Te podrán decir algo, agredirte verbal o físicamente y joder tu día de alguna forma. No hay mucho misterio en su existencia, tan solo es directa y lamentable.

***

En junio del 2017, un grupo de escolares musulmanas de Alemania viajaron a Polonia para visitar los homenajes y lugares de memoria sobre el Holocausto, y fueron víctimas de racismo por parte de la población. Un hombre se acercó a una de ellas y le escupió en el rostro, en frente de un policía que no se inmutó. Otra fue obligada a retirarse de un supermercado porque ‘perturbaba a los clientes’ cuando hablaba persa por su smartphone, entre otros sucesos igual de deplorables. La triste ironía de ir a visitar y recordar una de las memorias más brutales de discriminación en la historia de la humanidad y ser víctimas de lo mismo, de aquello que intentan repensar o reflexionar… Y Jarosław Gowin, el Ministro de Educación, solidarizándose con la violencia, sosteniendo que “toda nación y su gente tiene derecho a protegerse a sí misma de la extinción”. Como si estos 72 años de problemas, cambios e ideas no significaron nada en este país.

Visitantes del ahora museo de memoria de Auschwitz (Fuente: Maciek Nabrdalik, publicado en The New York Times).

El polaco Donald Tusk, actual presidente del Consejo Europeo, advirtió hace unos días que la administración de PiS podría empujar Polonia hacia el desenlace que cada vez más de sus ciudadanos denominan Polexit: la hipotética salida del país de la Unión Europea. Leyes orwellianas como la reforma del Tribunal Supremo, el rechazo abierto a la aceptación de refugiados o la polémica ley que castiga con pena de cárcel tanto el uso de la expresión “campos de concentración polacos” como el acusar a los polacos de complicidad en los crímenes de guerra de la Alemania Nazi: todo ello ha ofendido a Europa Occidental y sus ideales de igualdad y libertad de expresión. Una fisura que parece ir ganando terreno hasta detonar en el Polexit. Tal posibilidad deviene en pesadilla para la oposición al gobierno, las personas de pensamiento afín a los preceptos de la Unión Europea y los extranjeros que han abandonado las palmeras, la palta y el jugo de maracuyá para adentrarse en esta tierra y esperar moverse sin problemas por Europa, como yo.

Viví casi todo el año pasado en el barrio de Nowodwory, en el distrito de Białołęka, al norte de Varsovia. Una zona alejada, apacible, aledaña al bosque y al río. Recuerdo una noche de verano en la que caminaba hacia la tienda, quizás para comprarme una cerveza o un chocolate, cuando me topé con unos grafitis que decoraban un paradero de bus cercano a mi casa. No estaban ahí antes. Me aproximé para revisarlos. Mensajes xenófobos y homofóbicos en polaco: “jódanse homosexuales”, “afuera los musulmanes”, rematados por la infaltable caricatura de un pene.

En otra ocasión, meses atrás, regresaba a casa en el metro. Salía del trabajo. Era casi la medianoche de un día excitante para los polacos: jugaba el Legia de Varsovia, el club de fútbol más importante del país. Estaba leyendo Pánico al amanecer (1961), de Kenneth Cook, cuando se escucharon unos gritos. Dos tipos habían entrado en la estación Świętokrzyska. Saltaron felices hacia nuestro vehículo desde los andenes. Llevaban casacas de cuero, jeans, cabezas rapadas, una encapuchada y la otra descubierta, y botellas de cerveza en las manos. Todos volteamos a mirarlos de inmediato, extraviados entre la incomodidad, el temor y la estupefacción. La barra brava polaca. Los hooligans del Legia. “Ya me cagué” pensé en el acto. Cogí mi mochila, que descansaba entre mis piernas, la coloqué junto a mí, anticipando una carrera, y pretendí seguir leyendo en tanto los observaba con el rabillo del ojo. Me había quedado en un momento crucial del libro: el protagonista, un profesor perdido en un pueblo del outback australiano, es obligado a participar en la caza de un canguro y se descubre horrorizado de sí mismo al disfrutar el acribillamiento del animal. Casi al frente de mi asiento, otro inmigrante, presuntamente de la India, evitaba mirarlos y simulaba escuchar la música de sus audífonos. Intercambiamos una mirada cómplice, seria, y continuamos nuestro teatro silente. El par de fanáticos lanzaba gritos guturales de éxtasis. Nunca avanzaron: se detuvieron junto a la entrada por la que ingresaron, muy cerca de mí, y continuaron su canto, cogiéndose de una de las barras de metal verticales. Una suerte de himno feroz enfatizado por el alcohol, cuyo ritmo era familiar mas cuya letra jamás había escuchado: alaridos que repetían la frase “Żydzi do gazu” (los judíos al gas) y seguidas siempre del estribillo “Auschwitz-Birkenau”. Gritaban con más intensidad cuando de pronto se soltaron de la barra: uno introdujo la botella en el bolsillo de la casaca y empezó a saltar extendiendo los brazos cual gorila. Con cada salto tocaba el techo del metro y en cada caída resonaba el suelo en un pisotón, provocando un breve temblor. El otro empezó a golpear las ventanas y cualquier parte lateral del metro, despertando el mismo alboroto. Todos evitábamos sus miradas. Minutos después, en la estación del metro Marymont, salieron de nuestro metro riéndose a carcajadas. En todo el trance nunca dejaron de gritar aquel himno racista, repitiendo el nombre del campo de concentración y exterminio nazi más célebre de la historia. Un breve trayecto de terror gratuito.

El presidente polaco, Duda, hablando sobre una “unión entre todos los polacos” (Fuente: Agata Grzybowska Agencja Gazeta, via Reuters).

A fines del año pasado, asistí con mi esposa a un cumpleaños en Varsovia. Una fiesta en un departamento. Conocía a poquísima gente, y como siempre sucede por aquí en tales reuniones, mi apariencia distinta llamaba la atención del resto. Entre ellos percibí que un par me miraba con desconcierto, pero al escucharme contarle a otros de dónde provenía y responder preguntas sobre el español, el quechua, Machu Picchu y las llamas, se aproximaron amistosos. Conversamos un rato de viajes, comida peruana -uno de ellos sentía gran curiosidad por la ingesta del cuy en Perú, pues aquí es visto como una tierna mascota-, cervezas, bimber, videojuegos, películas y no sé en qué momento la tertulia viró hacia Polonia y los inmigrantes. Uno de ellos afirmó que estaba orgulloso de que Polonia rechace participar en la repartición de refugiados. Así empezó:

– ¿Pero cómo puedes decir eso?

– Porque son peligrosos.

– Mira, es que no puedes generalizar así. Esta situación de alarma ya tiene sus años, y muchas vidas inocentes se han perdido, y muchas necesitan ayuda.

– Eso es mentira, Diego. ¿Tú prefieres que Polonia abra sus puertas como Alemania o Francia, digamos, y después hayan atentados en el metro o bombas en centros comerciales? Yo me preocupo por mi país.

– Pero esos son incidentes particulares: no puedes decir que todos los refugiados son peligrosos, hay niños, madres, ancianos.

– Los niños están adiestrados. Las mujeres también. Pretenden ser pobrecitos y cuando ya tienen todo el apoyo sueltan una bomba o ametrallan en la calle. No podemos confiar en ningún sirio o musulmán. Todos están entrenados y con el cerebro lavado.

– Mira, puedo aceptar esto de un viejo, pero tú eres menor que yo, tienes acceso a Internet, estudias en la universidad. ¿No entiendes que lo que dices es inaceptable?

– Hablas como un idealista. Mira, el comunismo no funciona, ¿ok? Como idea es perfecto, pero no funciona, tú piensas así pero no sabes.

– ¿Qué cosas estás tergiversando? ¿No lees las noticias? ¿No has visto los testimonios, videos, documentales? Antes de lanzarle la culpa a todos tienes que informarte, y pensar en los más inocentes.

– Esos videos están arreglados, tú no sabes porque eres de Perú.

– Y tú no sabes porque solo consumes noticias de la televisión polaca que es pura propaganda conservadora del gobierno. Lee prensa de afuera, The Guardian, The New York Times, no sé. Estás con la mente bloqueada.

En el frenesí de la discusión, no nos dimos cuenta de que estábamos alzando la voz. Los demás nos miraban aguardando una reacción. Todo esto era muy ajeno a mí, que suelo libar entre abrazos, risas y ciertos relatos divertidos. El tipo me miraba perturbado. Su compañero, más mesurado y observador, finalizó nuestra interacción:

– Creo que todos hemos bebido mucho. Mejor cuéntanos más de Perú, Diego.

– Tienes razón. Dile a tu amigo que necesita leer más, abrir los ojos. Voy a ver en qué está mi esposa.

– Mira… Yo creo que él tiene razón. La gente no quiere hablar de esto pero nosotros pensamos así. Igual disculpa que te incomodemos, él está borracho y se ha emocionado.

– ¿Tú también? ¿Y qué hacen hablando conmigo si no soy polaco? ¿Crees que tengo alguna bomba escondida?

– No, mira. Es que tú eres de Perú, todo bien. Nadie habla de Perú acá, pero los refugiados… Es la verdad.

Me quedé conversando con mi esposa y otros invitados y no volví a hablar con esa dupla durante toda la velada. Antes de irnos se aproximaron con una chica, quien se presentó como la novia del tipo con el que discutía. Me pidió disculpas y me dijo que estaba avergonzada. Los tres se despidieron y cuando me acercaba a la puerta, su novio me lanzó una última palabra en polaco que no entendí y que olvidé muy rápido. Horas después mi esposa me contó que me había llamado lewak, un término peyorativo para alguien que sigue la izquierda política. Literalmente ‘izquierdoso’. Nunca volví a verlo.

Hace unas semanas, mi esposa decidió asistir a la misa del domingo en la Iglesia cerca a nuestro hogar, en Jabłonna. Quise acompañarla, ¿por qué no? Nunca vamos, la caminata sería entretenida. Celebrada en polaco, me pasé alrededor de 40 minutos admirando la arquitectura interior y los diseños de los santos en las paredes, cuando descubrí a mi esposa gesticulando algo a caballo entre la risa y la reprobación. De regreso a casa, le pregunté qué le había disgustado del sermón del cura. Al parecer, terminando la misa, había contado brevemente la historia de una pakistaní católica condenada a muerte por hablar de Jesucristo. Asumo que se refería al caso de Asia Bibi. “Nosotros los católicos somos la religión mas oprimida del mundo. Así como ahora está de moda defender los derechos LGTB y el islamismo, tenemos que ser valientes como ella y defender nuestra fe católica dónde sea”. Hasta ahí no suena del todo mal, hasta su última frase: “después de todo, ¿quién es ese tal Mahoma? ¿Qué cosa hizo que es tan importante? Nada”.

Uno puede toparse con cavernícolas en dónde sea.

***

Veo algunas de las noticias sobre la marcha del domingo 11 de noviembre. Una fotografía de un miembro de la organización ultranacionalista Juventud de Toda Polonia (en polaco Młodzież Wszechpolska) quemando la bandera de la Unión Europea. Un video donde otro ultranacionalista enmascarado persigue, insulta y ataca a una periodista, amenazándola y golpeando su equipo. ¿Por qué vivimos esto? Conversaba hace unos meses con un amigo peruano muy cercano, miembro de la Academia Diplomática, quien me propuso que debe tratarse de un temor oculto en perder aquello llamado ‘identidad polaca’. Polonia es un país cuya historia se resume en gran parte en invasiones como las alemanas o rusas: dos naciones con identidades muy fuertes y gobiernos líderes hasta el día de hoy. “Si a esto le agregas la fuerte identidad que proyectan los musulmanes -agregó-, estas reacciones violentas pueden ser más comprensibles”. Un punto relevante, ciertamente. Mi actual casa es un país de gran historia y escenario de episodios extremos. Polonia fue prácticamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y la secuela de ello fue acaso peor: los tiempos de control bajo el bloque comunista, hasta 1989, más frescos en la memoria colectiva.

Miembros de los ultranacionalistas de Młodzież Wszechpolska quemando la bandera de la UE (Fuente: Twitter de la organización).

Y sin embargo, si bien coincido en que quizás haya cierta comprensión desde una perspectiva académica, histórica o de las ciencias sociales, creo a la vez que el odio a otros pueblos o etnias es algo inadmisible que no puedo -y no debemos, diría- tolerar bajo ningún razonamiento. Que tanta gente se sienta libre de proclamar sus inclinaciones xenófobas y racistas es una locura. Por otro lado, uno no se sorprendería mucho si se tratara tan solo de la población de la tercera edad, gente de otra época y en no pocos casos con otra perspectiva de la sociedad en la que viven, pero no es así: son muchos los adolescentes y jóvenes menores que yo que siguen a ultranza estas convicciones. Y se sienten apoyados por la actual administración del gobierno, una realidad acaso más insana e indignante. Diría que la presencia de PiS ha motivado a estas personas a expresarse sin tapujos. Una extraña falta de empatía y tolerancia que proviene de un país supuestamente democrático y liberal.

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En una de las crónicas de La jungla polaca (1962), Ryszard Kapuściński se esfuerza en describir a unos africanos de un pueblo de Ghana que ‘no todos los blancos tienen colonias’: “hubo un tiempo, no hace mucho, en que mi país fue una colonia. Tengo mucho respeto por el sufrimiento de todos ustedes, pero debo decirles que lo nuestro fue terrible: había tranvías, restaurantes y barrios ‘solo para alemanes’. Había guerra, ejecuciones, campos de concentración… Aquello se llamaba fascismo. Es el peor de los colonialismos”.

Édición en español de ‘La jungla polaca’ (Anagrama, 2010).

En el mismo texto, Kapuściński  agrega: “detesto este lenguaje: blanco, negro, amarillo. El mito de la raza es repugnante. ¿Qué pretende transmitir? ¿Qué blanco significa más importante? Al menos hasta ahora, los canallas de piel blanca han sido mucho más numerosos. No veo por qué la gente se habría de alegrar o apenar por ser así o asá. Nadie puede elegirlo. Lo único que importa es el corazón. Lo demás no cuenta”.

Perú, como Polonia (o como tantos países de África, pensando en la cita anterior), también fue una colonia. Alrededor de 290 años. Polonia 123. Hemos atravesado el genocidio de la conquista de los españoles, la guerra por la independencia, los años de dictaduras militares, el conflicto armado interno, el fujimorismo. Somos un país que sigue levantándose. De posguerra, posdictadura. Pienso en mi país y en la imposibilidad de describirlo: lo bueno, lo malo, lo extraño, lo bello. Todavía no estoy preparado. Al mismo tiempo, pienso en Polonia y ensayo una descripción sin éxito: sus bosques y montañas, sus lagos y ríos, beber una cerveza a orillas del Vístula, errar por las frondosidades del parque Łazienki, ver una película en Muranów, perderme en el bosque de Pałac, los tranvías y el metro, pierogi y zapiekanka, la generosa cantidad de restaurantes vegetarianos en Varsovia, los infinitos campos de rzepak en la primavera de Podlasie, la nieve en Zakopane, la gente amable y maravillosa que he conocido, mi familia política y mi querida esposa…

Polonia tiene mucho qué darme, solo espero que antes no se resbale.

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