Las tórridas elecciones del Bicentenario

Verónika Mendoza en campaña en Lima, 7 de abril del 2021 (Créditos: Página de Facebook de Juntos por el Perú).

Son días decisivos para todos los peruanos: este 11 de abril tendremos la oportunidad de elegir al nuevo presidente del Perú en el ducentésimo aniversario de su Independencia, el mentado bicentenario.

El país se encuentra bajo una enorme tensión, atravesando una de las peores crisis por la pandemia del COVID-19 en Latinoamérica: miles de miles de muertos, tragedias familiares, peruanos sin trabajo, sin familias, sin oxígeno, y sumémosle a eso el escándalo bautizado como “Vacunagate” con sus más 400 funcionarios del gobierno —entre ellos el expresidente Martín Vizcarra— vacunados subrepticiamente mientras la gente se moría. Esas vacunas VIP acabaron por mellar los últimos resquicios de moralidad que acaso le quedaban a nuestra clase política. Yéndonos unos meses atrás, nos damos de bruces con el golpe de estado realizado por el presidente del congreso Manuel Merino, que duró menos de una semana en el cargo hasta su inevitable renuncia, y que despertó una protesta nacional que concluyó con el asesinato de dos jóvenes a manos de la brutalidad policial. Y el paro agrario que cobró más vidas y todavía sigue. Y puedo seguir yo también, recapitulando la vorágine que parece estar exenta de principio o fin.  

Ciertamente, son tiempos funestos para recibir tal celebración. El virus ha visibilizado la falla del modelo, la mentira hipócrita de la “Marca Perú”, del “milagro económico” que ha sido caldo de cultivo para la falta de oportunidades, la desigualdad y la corrupción. Bajo estos contextos, ¿quiénes se atreven a competir en estos comicios?

En el primer lugar (pero cayendo) figura Yonhy Lescano, de Acción Popular, un viejo partido que poco a poco ha ido hundiéndose y dividiéndose, y que es el mayor responsable por la inestabilidad en el país con el golpe y las movilizaciones ciudadanas de noviembre. El excongresista Lescano mantiene una lucha solitaria contra su informe partido: ellos se oponen a todas sus promesas (la derecha que proyecta Lescano busca hacerse pasar como izquierda populista en esta campaña, hablando por ejemplo de cambiar la Constitución u ofreciendo más intervencionismo), él ha perdido su apoyo y se ha mostrado hasta el momento incapaz de zanjar relaciones con el golpista Merino, correligionario suyo que debería estar en la cárcel y hoy anda impune luego de desatar el caos nacional. Si entra al gobierno, su propia gente será su oposición, y ese quizá es su mayor problema. Por otro lado, el mismo Lescano es un personaje impresentable: tiene una denuncia por acoso sexual que acabó archivada y que siempre sale a flote en los debates. En sus últimas entrevistas ha insistido que el coronavirus se cura con cañazo y sal, y en uno de los últimos debates pasó a convertirse en un meme al citar a Wikipedia. Pese a su vaga e improvisada performance en estas elecciones —incluyendo ese plan de gobierno que promete demasiado y no dice cómo—  y la muy cuestionable reputación de su partido, Lescano se mantiene primero: es un político conocido, con dos décadas en el congreso y se ha hecho con la mayoría de votos en el sur, en especial en su natal Puno. Pero su improvisación y nadería no le van a servir para siempre: últimamente ha perdido votos y la posibilidad de que no llegue a segunda vuelta empieza a ser más factible.

Los candidatos a la presidencia del Perú (Créditos: ANDINA).

Hernando de Soto, de Avanza País, ha subido en las últimas encuestas. Un laureado economista con trayectoria internacional, reconocido también por haber sido asesor de diversos dictadores como Gadafi o Mubarak o el mismo Fujimori. De Soto siempre ha estado asociado con el fujimorismo: fue asesor del dictador Alberto como su asesor y en las elecciones pasadas era parte del equipo de Keiko, hoy su rival electoral. Fue también cercano al segundo gobierno de Alan García. Mario Vargas Llosa ya había descifrado a De Soto lustros atrás, escribiendo que “parecía un hombre con más ambiciones que principios y de dudosa lealtad” y prácticamente afirmando que él lo inventó y que se arrepiente, como consta en El pez en el agua, su libro de memorias. A pesar del pasado que De Soto representa y que el país debe dejar, él se ofrece como la opción del cambio. Al igual que López Aliaga —otro con antecedentes fujimoristas— se le han detectado no pocas mentiras y contradicciones a lo largo de su campaña, entre las que destaca un discreto viaje a Estados Unidos para vacunarse contra el COVID, que negó y luego admitió: se fue a vacunarse gratis con la salud pública norteamericana y a su retorno anuncia que en un potencial gobierno suyo las vacunas las vendería el sector privado. Esa es la definición de doble moral.

Podría decirse que De Soto no tiene partido: Avanza País es un vientre de alquiler, cambió de ideología con su repentina entrada en 2020. ¿Cómo podrá liderar sin una bancada? Cuando menos, se trata de un caso curioso: un candidato que hasta hace poco decía que no le importaba ganar las elecciones. Cuando un estudio que revisa los planes de gobierno de los candidatos bajo los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas aseveró que los peores planes eran los de Lescano y De Soto, ambos salieron con excusas baratas. El primero dijo que el plan de gobierno entregado por su partido es un “borrador” y De Soto mintió aseverando que aquel —un miserable documento de dos páginas o de diecisiete si buscas un poco más— no es su verdadero plan de gobierno y que el definitivo se ha publicado en el semanario inglés The Economist. Poco después Michael Reid, editor jefe de la revista, se manifestó desmintiendo a De Soto. Una vergüenza internacional tan grande como la del día de ayer, cuando se negaba a responderle al periodista de la CNN en qué ciudad norteamericana recibió su vacuna. Como economista o intelectual quizá tenga cierta reputación, pero como político es un desastre.

Se trata entonces de un nuevo PPK, con ego superlativo, protagonista de memes y videos en TikTok, un octogenario que padece de una fuerte miopía social, que vive en las nubes, a años luz del Perú, desvariando en los debates presidenciales, mintiendo, adjudicándose logros y victorias ajenas o yéndose por las ramas con Uber,  asesorado por el sórdido y extraño Chibolín, triste símbolo de la farándula peruana, siempre detrás suyo para traducir sus delirios a los pobres. De Soto parece ser la opción preferida de la clase alta limeña y del sector privado (después de los traspiés de RLA), un peligro camuflado que hasta el momento se proyecta como el presidente más “vacable”. El congreso se lo comerá en un año o menos. Y se repetirá el ciclo, una vez más.

. Video del Primer Debate Presidencial 2021 (Fuente: canal de YouTube del Diario Gestión).

Siguiendo tenemos a Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, una refundación del partido conservador de derecha Solidaridad Nacional. RLA es un advenedizo, un empresario millonario, dueño de PeruRail (el tren a Machu Picchu) y fanático religioso, un miembro del Opus Dei que hasta hace unos meses era un desconocido en la política peruana. Apodado “Porky” por sus seguidores y llamado fascista o “Bolsonaro peruano” por sus críticos, RLA goza de una desmedida aprobación por un sector de la población, mas se ha construido una infame reputación en tiempo récord: se reveló que le debe al estado 28 millones de soles en impuestos, ha mentido y se ha contradicho innumerables veces, denigrado a otros políticos o al presidente, ha salido ebrio a dar declaraciones públicas, confesado que lleva 40 años de celibato y que disfruta autoflagelarse con cilicio cada vez que piensa en sexo, manifestado su aprecio por curas pedófilos comprobados, denigrado a los enfermos terminales, los homosexuales y a las mujeres, se muestra en contra de la cuarentena, del aborto legal, de la eutanasia y de la educación sexual en las escuelas. Su participación en los debates del Jurado Nacional de Elecciones fue tan pésima como insospechada, propia de un sketch o parodia: balbuceaba las palabras, leía propuestas que definitivamente él no ha escrito y mantenía la cabeza gacha, con miedo de mirar a los moderadores o a los espectadores. Y ello sin contar con las controversiales declaraciones de otros miembros de su partido: gente que afirma que las mujeres son las culpables de ser violadas, que consideran la homosexualidad una enfermedad y que como él, no han perdido la oportunidad de difundir noticias falsas o teorías de conspiración. Todos parecen extraídos de una mala película distópica.

¿Por qué la ultraderecha religiosa tiene tanta acogida en el Perú? Cuesta pensar en alguien que votaría por un personaje tan peligroso. RLA es uno de los candidatos predilectos de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (CONFIEP) y quizá por eso tiene mucha presencia en redes y en la televisión, asistiendo seguido a entrevistas en Willax, el foco de la desinformación televisiva, que lo apoya incondicionalmente. Además, no podemos obviar el considerable número de conservadores peruanos, una notable parte de ellos en Piura, donde RLA ha estudiado y vivido por años. Fuera de estas razones, sigue sonando descabellado votar por este individuo tras enterarte las cosas que dice o hace, es decir, pueden haber ciudadanos religiosos o conservadores y eso no está para nada mal, pero apoyar a este individuo es inadmisible. Diría que la gente no vota por él, sino por lo que representa: RLA es el rechazo al feminismo, a los derechos de la comunidad LGBT, a la legalización del aborto, al enfoque de género, al cuidado del medio ambiente, a la igualdad de condiciones y derechos para los pueblos indígenas y así. RLA es el voto antiprogresista. Y puede volverse el próximo presidente, pero ya anda algo lejos.

Hernando De Soto en CNN negándose a responder en qué parte de Estados Unidos se vacunó (Créditos: captura de pantalla de CNN).

Quien antes andaba última entre los seis primeros y ahora asciende peligrosamente es Keiko Fujimori, un rostro harto familiar: la hija del dictador que arremete por tercera vez para hacerse con la presidencia. Su partido, Fuerza Popular, encarna el mismo populismo de la derecha conservadora que ha caracterizado al fujimorismo. Ella parece más centrada, tiene ya una experiencia en la brega electoral, pero su prontuariado la delata: la prisión por lavado de activos en el caso Odebrecht. Keiko se ha pasado los últimos meses criticando el gobierno transitorio de Francisco Sagasti, manifestándose en contra de la cuarentena, prometiendo “mano dura” contra el crimen y la corrupción —que irónicamente ella representa— y prometiendo salvar al país de la supuesta izquierda radical de su contrincante y antípoda Verónika Mendoza. El fujimorismo arremete otra vez y parece no irse nunca, ¿qué nos pasa?

Después está George Forsyth, un exfutbolista y empresario de 38 años cuyo partido, Victoria Nacional, es en realidad el evangélico Restauración Nacional, con nuevo nombre desde el año pasado. No hay más qué decir de este nulo personaje, es solamente un títere político que parece surtir efecto en el Perú: un joven blanco creyente, emprendedor, deportista y por supuesto, con una denuncia de violencia doméstica de su expareja.

Dibujo de Verónika Mendoza (Créditos: arte de Siwar Qinti Ramos Berrocal en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Peleando por llegar a segunda vuelta también se encuentra Verónika Mendoza, de Juntos por el Perú, el único partido de izquierda con posibilidad en la contienda. Sus propuestas encarnan grandes cambios: la protección de los recursos naturales, nacionalización del gas, una nueva Constitución enfocada en los derechos, que reemplace a la neoliberal de la dictadura de Fujimori, entre otras políticas sociales y ecológicas que aterran a la CONFIEP, que en gran medida controla el país. Es de lejos la candidata más preparada y la que más solidez y consecuencia demuestra en los debates, pero sus propuestas dependen de un diálogo difícil de llevarse a cabo con el escindido congreso que le tocaría en un potencial gobierno. Su discurso no ha convencido del todo a los sectores más populares, que prefieren una izquierda reflejada en Pedro Castillo, un candidato que, si bien está subiendo, se ubica muy atrás en la carrera. No obstante, Mendoza permanece expectante y tiene posibilidades, verla llegar a segunda vuelta sería un saludable panorama en el desenlace de las elecciones.

. Verónika Mendoza en última entrevista con Juliana Oxenford del 7 de abril del 2021 (Créditos: canal de YouTube de ATV Noticias).

Detrás de estos candidatos está un tropel de doce aspirantes a la presidencia que se hallan muy lejanos en la carrera, donde destaca la ya mencionada candidatura Pedro Castillo por Perú Libre (una izquierda más dura y conservadora, criticada por ser el partido de Vladimir Cerrón. Castillo promete desactivar el Tribunal Constitucional, evaluar el retiro del Pacto de San José y está en contra de muchas propuestas progresistas como el enfoque de género o el aborto legal. Su popularidad ha crecido estas semanas), el militar retirado Daniel Urresti por Podemos Perú (polémico e hilarante personaje a quien ya conocemos y de quien no olvidamos sus juicios por asesinato y abuso sexual), el millonario emprendedor César Acuña por Alianza para el Progreso (otro protagonista de memes, corrupto y plagiador contumaz), el expresidente Ollanta Humala por el Partido Nacionalista Peruano (de quien ya se ha dicho todo), Julio Guzmán por el Partido Morado (cuyos lamentables episodios personales se encargaron de sabotear —en conjunto con el gobierno actual de su correligionario Sagasti— la reputación de su sólido partido) , el detestable Rafael Santos por Perú Patria Segura (que acabó revelándose como el triste sicario político de López Aliaga en los últimos debates) o el olvidable Andrés Alcántara por Democracia Directa, entre otros.

Ahora bien, hay un factor determinante en estas elecciones: los sondeos revelan casi un 30% de votantes indecisos. Para el analista político Santiago Pedraglio, la pandemia y las elecciones han generado un escenario fragmentado y de desconfianza donde lo más probable es que mucha gente esté escondiendo su voto. En las postrimerías de los comicios, toca convencer a aquellos que tienen el voto indefinido.

Vivimos esos últimos días donde aquellos que ya afirmaron su voto lo anuncian o reafirman, toman una posición. Eso es muy importante. Lidiar con las elecciones en medio de una crisis económica, sanitaria, política y moral puede ser demasiado. Son días cruciales para los peruanos y es necesario dejar de pensar en derechas o izquierdas o en favoritos o más odiados y encauzar nuestra decisión a aquello que es lo mejor para el país, a quedarnos en lo mismo o apostar por la posibilidad del cambio.

Creo que debemos pensar en los últimos gobiernos, en las dificultades que sufre nuestro país y así generar un consenso. Necesitamos un cambio de raíz, un reinicio para la fatídica situación del Perú, un país donde la corrupción se ha convertido en un problema endémico y donde el año pasado tuvimos tres presidentes en una semana. Pensémoslo.

Todos los demás candidatos son lo mismo en diferentes escalas (o acaso algo peor), una sucesión de oportunistas, improvisados y cepas del fujimorismo (Keiko, De Soto, López Aliaga y en gran parte Forsyth). Votar por ellos es perpetuar este ciclo de gobiernos con los que ya llevamos poco más de 30 años y que han conducido al Perú a la crisis actual frente a la pandemia, a tanta desorganización, desempleo y muerte. Pensemos en los posibles escenarios de segunda vuelta, donde convergen el populismo vacío, el continuismo fujimorista o a la ultraderecha religiosa: son opciones de espanto.

Keiko, De Soto y López Aliaga: las tres cepas del fujimorismo (Créditos: distintas fotos de archivo, collage realizado por mí).

Por ello, me queda claro que en el contexto actual, esa opción solo es viable con Verónika Mendoza y Juntos por el Perú. No hay que ser su fan acérrimo ni militante de izquierda para aceptar que es la única moral, ética y legalmente limpia: sin ningún proceso judicial ni dinero en paraísos fiscales ni amiga de delincuentes con corbata ni socia oculta del fujimorismo ni fanática religiosa ni promoviendo mensajes de odio por la prensa y las redes sociales. Tampoco admitir que es la más preparada y la más seria y tiene un equipo y plan de gobierno enfocado en las necesidades del país, a corto y largo plazo: mejorar la calidad de vida de los peruanos a través de la igualdad de derechos y oportunidades (que tanta falta nos hace), donde destacan el apoyo a las mujeres y a la comunidad LGBT o el innovador ejemplo del internet como derecho, para que los niños más pobres dejen de perder su educación por la pandemia; la reactivación económica con créditos a las micro y pequeñas empresas así como trabajos temporales para gran parte de la población; y la lucha contra la pandemia, asegurando la vacunación gratuita y organizada pero abriendo la posibilidad a que posteriormente pueda también distribuirla el sector privado y tomando el control temporal de la producción y distribución del oxígeno medicinal. En gran medida, pienso que el plan de Juntos por el Perú sí busca devolvernos la dignidad a todos los peruanos, salvar vidas y hacer que el país avance de forma justa para todos, sin amiguismos ni privilegios de aquellos en el poder. Perfecto o no, es el único programa que trae un verdadero proyecto de país para el Perú, enfocado en la igualdad, la educación, la salud y la ciencia.

Existen un par de ataques sistemáticos que Mendoza ha tenido que enfrentar y que encuentro pertinente mencionar. Una es el llamado “terruqueo”, neologismo que estos años se ha empleado para definir a la sucia jugada política de aprovecharse del miedo al terrorismo, llamándola terruca/comunista/roja/marxista-leninista/chavista/camarada de Abimael Guzmán/amiga de Nicolás Maduro, entre otros epítetos. El otro es la profecía de que su gobierno va a “venezonalizar” al Perú y lo llevará la ruina. Nada más distanciado de la realidad. La izquierda de Juntos por el Perú es más cercana al socialismo democrático que a una izquierda extrema. Además, basta mirarnos al espejo para saber que esa ruina ya la han traído el neoliberalismo caníbal que reina en el país por décadas y que esta pandemia ha evidenciado (Perú es uno de los países de la región con los más bajos niveles de educación y uno de los que menos invierte en salud). Al fin y al cabo, para Mendoza ambas acusaciones ya han devenido en absurdos clichés, paparruchas o dislates que ya no aminoran su crecimiento.

Con su clara subida en las últimas encuestas, Mendoza se ha confirmado como un peligro para el status quo y de inmediato ha despertado una agresiva campaña contra ella: columnas de opinión provocadoras y maledicentes, editoriales hostiles, nuevos terruqueos y violentas entrevistas donde es interrumpida con los refritos de siempre. Estos días previos al domingo electoral son muy intensos para todos los candidatos aunque más para Mendoza, a quien siempre le han hecho entrevistas difíciles, nunca complacientes como a la mayoría, pero que jamás se ha victimizado y ha sabido salir airosa de todas con habilidad, consecuencia y recientemente con cierto carisma (a diferencia del irreflexivo RLA, que suele victimizarse alegando que se trata de él contra el mundo, inventando una narrativa orate en la que figura como el héroe que salvará al país de la mafia de Odebrecht y la “prensa mermelera”). En fin, puedo equivocarme sobre Verónika Mendoza, pero hemos arribado a la situación actual con décadas enteras de la derecha peruana. Su propuesta es la única nueva. Todas las demás, entre aquellas cinco o seis que lideran las encuestas, son conocidas y peligrosas. Esto es innegable.

Verónika Mendoza (Créditos: arte de Alcides Catacora en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Es cierto que la idea de un gobierno de izquierda no es bienvenida para la mayoría del Perú. Tememos lo desconocido, pero si ya hemos sido tan golpeados, ¿no es momento de abrazar lo diferente, de dejar de pensar en “el mal menor” y empezar a albergar, por primera vez en años, la esperanza de una opción realmente buena? No tengamos miedo. Este es el voto valiente.

¿Cuál va a ser el desenlace este 11 de abril? ¿Acaso no sería histórico y emocionante recibir los doscientos años de la proclamación de Independencia con una mujer, una cusqueña joven de izquierda progresista, como la primera presidenta del Perú? Si bien hay posibilidades, con tan fragmentadas elecciones, el panorama es incierto. De algo no cabe duda: toca estar vigilantes.

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