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Las tórridas elecciones del Bicentenario

Verónika Mendoza en campaña en Lima, 7 de abril del 2021 (Créditos: Página de Facebook de Juntos por el Perú).

Son días decisivos para todos los peruanos: este 11 de abril tendremos la oportunidad de elegir al nuevo presidente del Perú en el ducentésimo aniversario de su Independencia, el mentado bicentenario.

El país se encuentra bajo una enorme tensión, atravesando una de las peores crisis por la pandemia del COVID-19 en Latinoamérica: miles de miles de muertos, tragedias familiares, peruanos sin trabajo, sin familias, sin oxígeno, y sumémosle a eso el escándalo bautizado como “Vacunagate” con sus más 400 funcionarios del gobierno —entre ellos el expresidente Martín Vizcarra— vacunados subrepticiamente mientras la gente se moría. Esas vacunas VIP acabaron por mellar los últimos resquicios de moralidad que acaso le quedaban a nuestra clase política. Yéndonos unos meses atrás, nos damos de bruces con el golpe de estado realizado por el presidente del congreso Manuel Merino, que duró menos de una semana en el cargo hasta su inevitable renuncia, y que despertó una protesta nacional que concluyó con el asesinato de dos jóvenes a manos de la brutalidad policial. Y el paro agrario que cobró más vidas y todavía sigue. Y puedo seguir yo también, recapitulando la vorágine que parece estar exenta de principio o fin.  

Ciertamente, son tiempos funestos para recibir tal celebración. El virus ha visibilizado la falla del modelo, la mentira hipócrita de la “Marca Perú”, del “milagro económico” que ha sido caldo de cultivo para la falta de oportunidades, la desigualdad y la corrupción. Bajo estos contextos, ¿quiénes se atreven a competir en estos comicios?

En el primer lugar (pero cayendo) figura Yonhy Lescano, de Acción Popular, un viejo partido que poco a poco ha ido hundiéndose y dividiéndose, y que es el mayor responsable por la inestabilidad en el país con el golpe y las movilizaciones ciudadanas de noviembre. El excongresista Lescano mantiene una lucha solitaria contra su informe partido: ellos se oponen a todas sus promesas (la derecha que proyecta Lescano busca hacerse pasar como izquierda populista en esta campaña, hablando por ejemplo de cambiar la Constitución u ofreciendo más intervencionismo), él ha perdido su apoyo y se ha mostrado hasta el momento incapaz de zanjar relaciones con el golpista Merino, correligionario suyo que debería estar en la cárcel y hoy anda impune luego de desatar el caos nacional. Si entra al gobierno, su propia gente será su oposición, y ese quizá es su mayor problema. Por otro lado, el mismo Lescano es un personaje impresentable: tiene una denuncia por acoso sexual que acabó archivada y que siempre sale a flote en los debates. En sus últimas entrevistas ha insistido que el coronavirus se cura con cañazo y sal, y en uno de los últimos debates pasó a convertirse en un meme al citar a Wikipedia. Pese a su vaga e improvisada performance en estas elecciones —incluyendo ese plan de gobierno que promete demasiado y no dice cómo—  y la muy cuestionable reputación de su partido, Lescano se mantiene primero: es un político conocido, con dos décadas en el congreso y se ha hecho con la mayoría de votos en el sur, en especial en su natal Puno. Pero su improvisación y nadería no le van a servir para siempre: últimamente ha perdido votos y la posibilidad de que no llegue a segunda vuelta empieza a ser más factible.

Los candidatos a la presidencia del Perú (Créditos: ANDINA).

Hernando de Soto, de Avanza País, ha subido en las últimas encuestas. Un laureado economista con trayectoria internacional, reconocido también por haber sido asesor de diversos dictadores como Gadafi o Mubarak o el mismo Fujimori. De Soto siempre ha estado asociado con el fujimorismo: fue asesor del dictador Alberto como su asesor y en las elecciones pasadas era parte del equipo de Keiko, hoy su rival electoral. Fue también cercano al segundo gobierno de Alan García. Mario Vargas Llosa ya había descifrado a De Soto lustros atrás, escribiendo que “parecía un hombre con más ambiciones que principios y de dudosa lealtad” y prácticamente afirmando que él lo inventó y que se arrepiente, como consta en El pez en el agua, su libro de memorias. A pesar del pasado que De Soto representa y que el país debe dejar, él se ofrece como la opción del cambio. Al igual que López Aliaga —otro con antecedentes fujimoristas— se le han detectado no pocas mentiras y contradicciones a lo largo de su campaña, entre las que destaca un discreto viaje a Estados Unidos para vacunarse contra el COVID, que negó y luego admitió: se fue a vacunarse gratis con la salud pública norteamericana y a su retorno anuncia que en un potencial gobierno suyo las vacunas las vendería el sector privado. Esa es la definición de doble moral.

Podría decirse que De Soto no tiene partido: Avanza País es un vientre de alquiler, cambió de ideología con su repentina entrada en 2020. ¿Cómo podrá liderar sin una bancada? Cuando menos, se trata de un caso curioso: un candidato que hasta hace poco decía que no le importaba ganar las elecciones. Cuando un estudio que revisa los planes de gobierno de los candidatos bajo los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas aseveró que los peores planes eran los de Lescano y De Soto, ambos salieron con excusas baratas. El primero dijo que el plan de gobierno entregado por su partido es un “borrador” y De Soto mintió aseverando que aquel —un miserable documento de dos páginas o de diecisiete si buscas un poco más— no es su verdadero plan de gobierno y que el definitivo se ha publicado en el semanario inglés The Economist. Poco después Michael Reid, editor jefe de la revista, se manifestó desmintiendo a De Soto. Una vergüenza internacional tan grande como la del día de ayer, cuando se negaba a responderle al periodista de la CNN en qué ciudad norteamericana recibió su vacuna. Como economista o intelectual quizá tenga cierta reputación, pero como político es un desastre.

Se trata entonces de un nuevo PPK, con ego superlativo, protagonista de memes y videos en TikTok, un octogenario que padece de una fuerte miopía social, que vive en las nubes, a años luz del Perú, desvariando en los debates presidenciales, mintiendo, adjudicándose logros y victorias ajenas o yéndose por las ramas con Uber,  asesorado por el sórdido y extraño Chibolín, triste símbolo de la farándula peruana, siempre detrás suyo para traducir sus delirios a los pobres. De Soto parece ser la opción preferida de la clase alta limeña y del sector privado (después de los traspiés de RLA), un peligro camuflado que hasta el momento se proyecta como el presidente más “vacable”. El congreso se lo comerá en un año o menos. Y se repetirá el ciclo, una vez más.

. Video del Primer Debate Presidencial 2021 (Fuente: canal de YouTube del Diario Gestión).

Siguiendo tenemos a Rafael López Aliaga, de Renovación Popular, una refundación del partido conservador de derecha Solidaridad Nacional. RLA es un advenedizo, un empresario millonario, dueño de PeruRail (el tren a Machu Picchu) y fanático religioso, un miembro del Opus Dei que hasta hace unos meses era un desconocido en la política peruana. Apodado “Porky” por sus seguidores y llamado fascista o “Bolsonaro peruano” por sus críticos, RLA goza de una desmedida aprobación por un sector de la población, mas se ha construido una infame reputación en tiempo récord: se reveló que le debe al estado 28 millones de soles en impuestos, ha mentido y se ha contradicho innumerables veces, denigrado a otros políticos o al presidente, ha salido ebrio a dar declaraciones públicas, confesado que lleva 40 años de celibato y que disfruta autoflagelarse con cilicio cada vez que piensa en sexo, manifestado su aprecio por curas pedófilos comprobados, denigrado a los enfermos terminales, los homosexuales y a las mujeres, se muestra en contra de la cuarentena, del aborto legal, de la eutanasia y de la educación sexual en las escuelas. Su participación en los debates del Jurado Nacional de Elecciones fue tan pésima como insospechada, propia de un sketch o parodia: balbuceaba las palabras, leía propuestas que definitivamente él no ha escrito y mantenía la cabeza gacha, con miedo de mirar a los moderadores o a los espectadores. Y ello sin contar con las controversiales declaraciones de otros miembros de su partido: gente que afirma que las mujeres son las culpables de ser violadas, que consideran la homosexualidad una enfermedad y que como él, no han perdido la oportunidad de difundir noticias falsas o teorías de conspiración. Todos parecen extraídos de una mala película distópica.

¿Por qué la ultraderecha religiosa tiene tanta acogida en el Perú? Cuesta pensar en alguien que votaría por un personaje tan peligroso. RLA es uno de los candidatos predilectos de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (CONFIEP) y quizá por eso tiene mucha presencia en redes y en la televisión, asistiendo seguido a entrevistas en Willax, el foco de la desinformación televisiva, que lo apoya incondicionalmente. Además, no podemos obviar el considerable número de conservadores peruanos, una notable parte de ellos en Piura, donde RLA ha estudiado y vivido por años. Fuera de estas razones, sigue sonando descabellado votar por este individuo tras enterarte las cosas que dice o hace, es decir, pueden haber ciudadanos religiosos o conservadores y eso no está para nada mal, pero apoyar a este individuo es inadmisible. Diría que la gente no vota por él, sino por lo que representa: RLA es el rechazo al feminismo, a los derechos de la comunidad LGBT, a la legalización del aborto, al enfoque de género, al cuidado del medio ambiente, a la igualdad de condiciones y derechos para los pueblos indígenas y así. RLA es el voto antiprogresista. Y puede volverse el próximo presidente, pero ya anda algo lejos.

Hernando De Soto en CNN negándose a responder en qué parte de Estados Unidos se vacunó (Créditos: captura de pantalla de CNN).

Quien antes andaba última entre los seis primeros y ahora asciende peligrosamente es Keiko Fujimori, un rostro harto familiar: la hija del dictador que arremete por tercera vez para hacerse con la presidencia. Su partido, Fuerza Popular, encarna el mismo populismo de la derecha conservadora que ha caracterizado al fujimorismo. Ella parece más centrada, tiene ya una experiencia en la brega electoral, pero su prontuariado la delata: la prisión por lavado de activos en el caso Odebrecht. Keiko se ha pasado los últimos meses criticando el gobierno transitorio de Francisco Sagasti, manifestándose en contra de la cuarentena, prometiendo “mano dura” contra el crimen y la corrupción —que irónicamente ella representa— y prometiendo salvar al país de la supuesta izquierda radical de su contrincante y antípoda Verónika Mendoza. El fujimorismo arremete otra vez y parece no irse nunca, ¿qué nos pasa?

Después está George Forsyth, un exfutbolista y empresario de 38 años cuyo partido, Victoria Nacional, es en realidad el evangélico Restauración Nacional, con nuevo nombre desde el año pasado. No hay más qué decir de este nulo personaje, es solamente un títere político que parece surtir efecto en el Perú: un joven blanco creyente, emprendedor, deportista y por supuesto, con una denuncia de violencia doméstica de su expareja.

Dibujo de Verónika Mendoza (Créditos: arte de Siwar Qinti Ramos Berrocal en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Peleando por llegar a segunda vuelta también se encuentra Verónika Mendoza, de Juntos por el Perú, el único partido de izquierda con posibilidad en la contienda. Sus propuestas encarnan grandes cambios: la protección de los recursos naturales, nacionalización del gas, una nueva Constitución enfocada en los derechos, que reemplace a la neoliberal de la dictadura de Fujimori, entre otras políticas sociales y ecológicas que aterran a la CONFIEP, que en gran medida controla el país. Es de lejos la candidata más preparada y la que más solidez y consecuencia demuestra en los debates, pero sus propuestas dependen de un diálogo difícil de llevarse a cabo con el escindido congreso que le tocaría en un potencial gobierno. Su discurso no ha convencido del todo a los sectores más populares, que prefieren una izquierda reflejada en Pedro Castillo, un candidato que, si bien está subiendo, se ubica muy atrás en la carrera. No obstante, Mendoza permanece expectante y tiene posibilidades, verla llegar a segunda vuelta sería un saludable panorama en el desenlace de las elecciones.

. Verónika Mendoza en última entrevista con Juliana Oxenford del 7 de abril del 2021 (Créditos: canal de YouTube de ATV Noticias).

Detrás de estos candidatos está un tropel de doce aspirantes a la presidencia que se hallan muy lejanos en la carrera, donde destaca la ya mencionada candidatura Pedro Castillo por Perú Libre (una izquierda más dura y conservadora, criticada por ser el partido de Vladimir Cerrón. Castillo promete desactivar el Tribunal Constitucional, evaluar el retiro del Pacto de San José y está en contra de muchas propuestas progresistas como el enfoque de género o el aborto legal. Su popularidad ha crecido estas semanas), el militar retirado Daniel Urresti por Podemos Perú (polémico e hilarante personaje a quien ya conocemos y de quien no olvidamos sus juicios por asesinato y abuso sexual), el millonario emprendedor César Acuña por Alianza para el Progreso (otro protagonista de memes, corrupto y plagiador contumaz), el expresidente Ollanta Humala por el Partido Nacionalista Peruano (de quien ya se ha dicho todo), Julio Guzmán por el Partido Morado (cuyos lamentables episodios personales se encargaron de sabotear —en conjunto con el gobierno actual de su correligionario Sagasti— la reputación de su sólido partido) , el detestable Rafael Santos por Perú Patria Segura (que acabó revelándose como el triste sicario político de López Aliaga en los últimos debates) o el olvidable Andrés Alcántara por Democracia Directa, entre otros.

Ahora bien, hay un factor determinante en estas elecciones: los sondeos revelan casi un 30% de votantes indecisos. Para el analista político Santiago Pedraglio, la pandemia y las elecciones han generado un escenario fragmentado y de desconfianza donde lo más probable es que mucha gente esté escondiendo su voto. En las postrimerías de los comicios, toca convencer a aquellos que tienen el voto indefinido.

Vivimos esos últimos días donde aquellos que ya afirmaron su voto lo anuncian o reafirman, toman una posición. Eso es muy importante. Lidiar con las elecciones en medio de una crisis económica, sanitaria, política y moral puede ser demasiado. Son días cruciales para los peruanos y es necesario dejar de pensar en derechas o izquierdas o en favoritos o más odiados y encauzar nuestra decisión a aquello que es lo mejor para el país, a quedarnos en lo mismo o apostar por la posibilidad del cambio.

Creo que debemos pensar en los últimos gobiernos, en las dificultades que sufre nuestro país y así generar un consenso. Necesitamos un cambio de raíz, un reinicio para la fatídica situación del Perú, un país donde la corrupción se ha convertido en un problema endémico y donde el año pasado tuvimos tres presidentes en una semana. Pensémoslo.

Todos los demás candidatos son lo mismo en diferentes escalas (o acaso algo peor), una sucesión de oportunistas, improvisados y cepas del fujimorismo (Keiko, De Soto, López Aliaga y en gran parte Forsyth). Votar por ellos es perpetuar este ciclo de gobiernos con los que ya llevamos poco más de 30 años y que han conducido al Perú a la crisis actual frente a la pandemia, a tanta desorganización, desempleo y muerte. Pensemos en los posibles escenarios de segunda vuelta, donde convergen el populismo vacío, el continuismo fujimorista o a la ultraderecha religiosa: son opciones de espanto.

Keiko, De Soto y López Aliaga: las tres cepas del fujimorismo (Créditos: distintas fotos de archivo, collage realizado por mí).

Por ello, me queda claro que en el contexto actual, esa opción solo es viable con Verónika Mendoza y Juntos por el Perú. No hay que ser su fan acérrimo ni militante de izquierda para aceptar que es la única moral, ética y legalmente limpia: sin ningún proceso judicial ni dinero en paraísos fiscales ni amiga de delincuentes con corbata ni socia oculta del fujimorismo ni fanática religiosa ni promoviendo mensajes de odio por la prensa y las redes sociales. Tampoco admitir que es la más preparada y la más seria y tiene un equipo y plan de gobierno enfocado en las necesidades del país, a corto y largo plazo: mejorar la calidad de vida de los peruanos a través de la igualdad de derechos y oportunidades (que tanta falta nos hace), donde destacan el apoyo a las mujeres y a la comunidad LGBT o el innovador ejemplo del internet como derecho, para que los niños más pobres dejen de perder su educación por la pandemia; la reactivación económica con créditos a las micro y pequeñas empresas así como trabajos temporales para gran parte de la población; y la lucha contra la pandemia, asegurando la vacunación gratuita y organizada pero abriendo la posibilidad a que posteriormente pueda también distribuirla el sector privado y tomando el control temporal de la producción y distribución del oxígeno medicinal. En gran medida, pienso que el plan de Juntos por el Perú sí busca devolvernos la dignidad a todos los peruanos, salvar vidas y hacer que el país avance de forma justa para todos, sin amiguismos ni privilegios de aquellos en el poder. Perfecto o no, es el único programa que trae un verdadero proyecto de país para el Perú, enfocado en la igualdad, la educación, la salud y la ciencia.

Existen un par de ataques sistemáticos que Mendoza ha tenido que enfrentar y que encuentro pertinente mencionar. Una es el llamado “terruqueo”, neologismo que estos años se ha empleado para definir a la sucia jugada política de aprovecharse del miedo al terrorismo, llamándola terruca/comunista/roja/marxista-leninista/chavista/camarada de Abimael Guzmán/amiga de Nicolás Maduro, entre otros epítetos. El otro es la profecía de que su gobierno va a “venezonalizar” al Perú y lo llevará la ruina. Nada más distanciado de la realidad. La izquierda de Juntos por el Perú es más cercana al socialismo democrático que a una izquierda extrema. Además, basta mirarnos al espejo para saber que esa ruina ya la han traído el neoliberalismo caníbal que reina en el país por décadas y que esta pandemia ha evidenciado (Perú es uno de los países de la región con los más bajos niveles de educación y uno de los que menos invierte en salud). Al fin y al cabo, para Mendoza ambas acusaciones ya han devenido en absurdos clichés, paparruchas o dislates que ya no aminoran su crecimiento.

Con su clara subida en las últimas encuestas, Mendoza se ha confirmado como un peligro para el status quo y de inmediato ha despertado una agresiva campaña contra ella: columnas de opinión provocadoras y maledicentes, editoriales hostiles, nuevos terruqueos y violentas entrevistas donde es interrumpida con los refritos de siempre. Estos días previos al domingo electoral son muy intensos para todos los candidatos aunque más para Mendoza, a quien siempre le han hecho entrevistas difíciles, nunca complacientes como a la mayoría, pero que jamás se ha victimizado y ha sabido salir airosa de todas con habilidad, consecuencia y recientemente con cierto carisma (a diferencia del irreflexivo RLA, que suele victimizarse alegando que se trata de él contra el mundo, inventando una narrativa orate en la que figura como el héroe que salvará al país de la mafia de Odebrecht y la “prensa mermelera”). En fin, puedo equivocarme sobre Verónika Mendoza, pero hemos arribado a la situación actual con décadas enteras de la derecha peruana. Su propuesta es la única nueva. Todas las demás, entre aquellas cinco o seis que lideran las encuestas, son conocidas y peligrosas. Esto es innegable.

Verónika Mendoza (Créditos: arte de Alcides Catacora en página de Facebook de Verónika Mendoza).

Es cierto que la idea de un gobierno de izquierda no es bienvenida para la mayoría del Perú. Tememos lo desconocido, pero si ya hemos sido tan golpeados, ¿no es momento de abrazar lo diferente, de dejar de pensar en “el mal menor” y empezar a albergar, por primera vez en años, la esperanza de una opción realmente buena? No tengamos miedo. Este es el voto valiente.

¿Cuál va a ser el desenlace este 11 de abril? ¿Acaso no sería histórico y emocionante recibir los doscientos años de la proclamación de Independencia con una mujer, una cusqueña joven de izquierda progresista, como la primera presidenta del Perú? Si bien hay posibilidades, con tan fragmentadas elecciones, el panorama es incierto. De algo no cabe duda: toca estar vigilantes.

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“En el Perú, la gente ya no es feliz”

ENTREVISTAS y PERFILES, Historia, Periodismo, Política, Semblanzas, Terrorismo - Diego Olivas Arana - 20 Enero, 2021

Carlos Tapia García (Foto: Archivo Grupo El Comercio).

Hoy nos hemos enterado del fallecimiento de Carlos Tapia García (1941-2021), ingeniero agrónomo, docente universitario, analista político, miembro de la CVR, exdiputado y reconocido militante de la izquierda. En vista de ello, comparto esta conversación que tuve con él hace una década. La siguiente es una versión editada de una entrevista realizada el 1 de octubre del 2011, durante mi primer año de estudios de periodismo en la universidad Católica (PUCP). En esos tiempos, Tapia era todavía asesor de Salomón Lerner Ghitis en la Presidencia del Consejo de Ministros (PCM). Se le nota agudo y divertido, mas lúcido y certero, como siempre. Que en paz descanse. 

Muchos lo llaman loco por personalidad intensa y dada a la confrontación. No son pocos los que, falsamente, han aprovechado su experiencia de vida y conocimientos para asociarlo con el terrorismo. Los hay quienes lo contemplan como una persona íntegra y uno de los últimos baluartes de la izquierda en el Perú. Otros, simplemente, no pueden evitar recordar sus polémicas declaraciones. Lo cierto es que Carlos Tapia es un personaje singular. Estudió Ingeniería Agrónoma en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, donde luego retornaría como docente, mas fue su carrera política, iniciada al unirse al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) a los 22 años, la que lo hizo más conocido. Ha participado en seminarios y conferencias sobre terrorismo en diversos países de Latinoamérica y Europa; fue miembro de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) donde trabajó duro para investigar y dar a conocer lo sucedido durante el conflicto armado; ex ideólogo del Partido Nacionalista Peruano y en las últimas elecciones, asesor de Ollanta Humala en Gana Perú. Actualmente es asesor de la PCM y afirma que la vida ya no hace feliz a los peruanos, pues existe una desigualdad que nos condena y es apoyada por los medios.

— ¿Tú has venido a arreglar el wifi, no? — Me preguntó, en el acto, apenas le extendí la mano. Nunca supe si me estaba jodiendo o si realmente pensaba que llegaba a reparar su conexión de Internet. Vestía un buzo, como si lo hubiese cogido justo antes de salir a trotar al parque. Carola, su esposa, estaba allí cerca y me aproximé a saludarla. Se veían muy bien juntos, muy hogareños en esa atmósfera cálida y apacible de su casa en San Felipe.

— Sabe, lo vi ayer por la tarde en la universidad, en la conferencia con Santiago Pedraglio y Salomón Lerner. — Le comenté mientras me sentaba, buscando un inicio amigable.

— ¿Estuviste? ¿Qué tal? — Quiso saber. Lamentablemente, tuve que confesarle que no me habían dejado entrar y lo había escuchado desde afuera, pues había llegado tarde.

— Con esa barba pues, quién te va a dejar entrar.

Y así seguimos. Tras hablar sobre la universidad e intercambiar algunos chascarrillos —miento, todos eran suyos, yo solo me reía—, arrancamos.

 

Violencia Política

Empezamos desde la raíz. Considerado un ducho en lo relacionado a la guerra interna en el Perú, en especial a Sendero Luminoso, quise saber de su pasado en la Universidad de Huamanga. ¿Cómo conoció al Abimael Guzmán? ¿Qué tan cercanos eran? Se frotó el mentón y respondió, casi en el acto que esa era su casa de estudios y estaba orgulloso de ella, y prosiguió:

“Conocí a Guzmán en la universidad. Era profesor en la facultad de educación. Llevaba a su cargo un curso llamado ‘Historia de las ideas políticas’. Yo era jefe de práctica de matemáticas y a la vez, alumno de ingeniería rural. Nunca fuimos realmente amigos. Él era mayor que yo, y no te olvides, yo militaba en la izquierda y él era conocido por ser del Partido Comunista. Nunca pensé hacerme comunista, jamás tuve esa predisposición a aceptar las cosas que él difundía. Además, yo era católico e incluso cadete de la Escuela Naval del Perú. Él criticaba a los guerrilleros: al Che Guevara lo llamaba ‘tipejo’, era obvio que no teníamos puntos en común, al contrario, había polémicas, discusiones, entre los que eran de Sendero Luminoso y los que éramos de la izquierda, llamémosle ‘nueva’, no comunista. Es sabido que, por ese entonces esas eran las polémicas en las universidades: entre los senderistas y los que estaban con el MIR, con Vanguardia Revolucionaria y que después formamos Izquierda Unida y participamos en las elecciones. Ellos consideraban que éramos unos electoreros, traidores, cosas por el estilo”.

Su experiencia como “senderólogo” es harto conocida. Si pensamos en los numerosos estudios en torno la organización terrorista como LA AUTODEFENSA ARMADA DEL CAMPESINADO (1995) o LAS FUERZAS ARMADAS Y SENDERO LUMINOSO: DOS ESTRATEGIAS Y UN FINAL (1997), entre otros, o su rol dentro de la CVR, vemos sin duda que el tema no es algo que ha vivido en carne propia, sino que también le apasiona. Me contó que en el año 1980 fue candidato a una diputación por Ayacucho, por la Unión de Vanguardia Revolucionaria (UDVP). En ese año empezó a estudiar al Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso:

“Sendero empezó a matar a todos, te darás cuenta de que en ese momento era obvio para mí que tenía que salir de Lima disparado, si no me mataban. Cuando regresé, me di cuenta que acá la izquierda no tenía claro que era Sendero Luminoso. Consideraban que el camino hacia la lucha armada era el indicado, mucha gente de izquierda estaba confundida y por lo tanto decidí especializarme. Estuve de Diputado de la Nación y Miembro de la Comisión de Defensa y Orden Interno y empecé a dar conferencias sobre el terrorismo. Publiqué en La República 212 columnas sobre Sendero. Era consultor de las empresas, pues todas querían invertir en esas zonas y querían ver qué pasaba con la violencia… Creía en una posición militante en la que se podía luchar por la paz. Después fui miembro de la CVR y allí me tocó coordinar con otros miembros todo lo concerniente a Sendero Luminoso. Para ese entonces, ya conocía bastante”.

Dicho esto, es importante recordar que en la vida de Carlos Tapia la violencia política no se redujo solamente a debatir ideas. El 29 de diciembre de 1993, Sendero Luminoso dinamitó su casa en Lima. Él no estaba presente.

“Tuve suerte. Han muerto muchos amigos míos por Sendero Luminoso… Y también muchos otros asesinados por los malos elementos de las Fuerzas Armadas”.

 

Violencia urbana

Estábamos solos en su sala. A pesar de haber mencionado su premura y el poco tiempo que tendríamos para conversar, Carlos parecía sosegado, incluso amigable, pero cuando me disponía a cambiar de tema para hablar sobre la violencia en la ciudad, pareció emocionarse. No vaciló, y al escuchar la palabra feminicidio se lanzó. Para él todo gira en torno a la igualdad:

“Esta problemática es más recurrente en el campo que en la ciudad. Piensa en esto, si un día cualquiera, un hombre asesina a su esposa porque le engaña con otro campesino, ¿qué sucede? Nada, nadie se entera. Lamentablemente, muchos no tienen a quien recurrir. Algunos ni siquiera tienen DNI, no están registrados… Y esto responde en gran parte a que nuestra sociedad no ha dejado de ser machista y patriarcal, donde la que la mujer todavía es un objeto subordinado al poder del varón”.

Tapia lo contempla como una consecuencia lógica en países como el Perú, en los que, como afirma, cuanto más atrasada sea la sociedad, más natural será la violencia doméstica en todas sus facetas:

“Es una parte oscura que la sociedad no quiere reconocer, que tiene que ver con la búsqueda de la libertad, de una sociedad libre, una en la que los hombres no tengan esos miedos, traumas y secuelas en la formación de su personalidad que los llevan a hacerle daño a las mujeres. Esto es algo que nunca se ha conseguido. Aquí el hombre vive ocultando sus temores, creyendo que siempre tendrá el dominio de la situación, que puede hacer lo que le plazca. Eso es parte del atraso. Solo se podrá superar cuando nuestra sociedad sea más libre a través de la equidad”.

Tapia continuó discurriendo sobre la desigualdad actual en nuestra sociedad. ¿Qué podría hacerse para fomentar ese pensamiento de libertad e igualdad?, le pregunto. Su respuesta fue de lo más insospechada:

“Hay que meter presos a todos los violentistas. Si le pegan a tu mamá, ¿por qué no pedir que metan preso al que lo hizo?”

Entonces, ¿para erradicar la violencia tenemos que meter presos a todos los victimarios?

“Pero por supuesto. No me cabe la menor duda. ¿Te agrada el escenario en el que una pobre mujer se acerca a la comisaría con el rostro golpeado, el ojo morado y el policía le diga “algo habrás hecho para que tu esposo te deje así”…? ¿No, verdad?”

No le digo que está equivocado, ¿pero acaso es la única solución?

“Jamás. Nunca hay una sola solución, pero debemos comenzar por algún lugar, y aquel es un buen punto de partida”.

 

Violencia y los medios

Continuamos hablando de la ciudad, mas esta vez tornándonos más coyunturales. La desgraciada muerte del aliancista Walter Oyarce y la galería de personajes inculpados siguen invadiendo la prensa. La desaparición de este joven de 24 años todavía es fruto de miedos e indignaciones. Tapia está más que enterado del asunto, y aprovechó la oportunidad para invitarme a una marcha encabezada por el presidente Humala este 15 de octubre:

“Ese día habrá una marcha de la sociedad peruana, de rechazo a la violencia social. Estos problemas suelen responder a diversos complejos y problemas tanto sociales como individuales. Cuando sucede algo tan terrible como lo que le ocurrió a este chico, se debe actuar, haciendo que la sociedad civil se levante. Todo lo que pueda hacer un ministerio o el gobierno en sí mismo nunca será suficiente. Si no hay participación y no se genera una consciencia colectiva y nueva de rechazo de estos actos condenables, las cosas jamás saldrán bien”.

Su entusiasmo no mermó. Al contrario, se mostraba más serio y decidido.

“Hay algo que todos deben entender. ¿Tú sabes el nombre del chico, del aliancista asesinado, verdad? De acuerdo, y dime ¿por casualidad no sabrás también el nombre del chico del Sport Boys que murió apuñalado por los barristas? La gente no lo sabe porque la prensa no se interesó en él… ¿Y por qué crees que sí se preocupó por un joven fan de Alianza Lima que se ha caído del palco y no lo hizo cuando acuchillaron a este joven humilde de barrio, de los barracones del Callao? Porque era alguien en un palco, en su lugarcito en la tribuna norte. ¿Se desató algún escándalo por el chico apuñalado? ¿Se hizo una marcha? No. Esto sucede porque los hechos son recogidos por el periodismo de acuerdo a sus intereses. Debemos reflexionar sobre esto”.

Luego trasladó esa desigualdad que nos marca a otros contextos, ajenos al fútbol:

“Mira, desde febrero a julio de 1992, Sendero Luminoso puso 17 coches bomba alrededor de Lima. Uno fue el de Tarata. ¿Qué hay de los otros 16? Los de Tarata fueron víctimas inocentes, pero carajo, ¿y los muertos de Puentepiedra? ¿El coche bomba de la comisaría? ¿Y los del coche bomba en Villa El Salvador? No valen lo mismo. La prensa levantó todo ese polvo con el incidente de Tarata porque sucedió en Miraflores. No puede ser que en un país nos fijemos en la violencia solo cuando hay muertos de la clase alta. Otro ejemplo: tras la matanza de los ocho periodistas en Uchuraccay en 1983, todos los 26 de enero, fecha en la que sucedió la masacre, hay una marcha de los deudos por la comunidad. Yo los acompañaba, pues me parecía una responsabilidad compartida e importante. Pero con el tiempo, la comunidad empezó a recibir a los periodistas y a los familiares de los fenecidos de una manera no muy respetuosa. Finalmente, un año en el que los acompañé hubo una feria en la que vendían chicharrones, bebida, de todo. Indignado, busqué al presidente de la comunidad y le pregunté por qué dejaba que eso suceda. Él me llevó a una esquina y me dijo: ‘lo que pasa es que usted viene porque sabe que esos son sus muertos. Pero en nuestra comunidad tenemos 135 muertos, nadie viene por ellos, nadie sabe quiénes son’… ¿Ves a lo que me refiero?”.

Según Carlos, todo atañe a una desigualdad que nos retiene y es intensificada por el mal periodismo, aquel del sensacionalismo, de la desinformación, falto de toda ética. En el Perú, sostiene, existe esta desigualdad que no solamente se expresa en los niveles de vida, sino en cómo está construida la sociedad:

“Esto demuestra que los medios cumplen una función deformada de su profesión, porque están sujetos al rating y a la condición económica de la empresa. Se debe construir otro periodismo reflexionando en torno a este problema”.

Y acabamos volviendo al fútbol. Como hincha del Sport Boys, le pregunto, ¿qué nos puede decir sobre las barras bravas y el caso Oyarce?

“No voy mucho al estadio, pero creo que este es un problema que tiene que interiorizarse para resolverse. Las barras bravas son una expresión de la ira contenida y de la frustración de la vida de los jóvenes, ellos no están contentos, por ello beben o se drogan. Verás, hay que entender que en el Perú, la gente ya no es feliz, la vida ya no hace feliz a las personas. Se sienten frustradas y esto es parte de un sistema que nos lleva a competir permanentemente. Este sistema dice ‘todo vale si te hace feliz, no importa lo que pase con el resto, lucha, no seas cojudo. Entonces, yo le meto marihuana, PBC, entre otras cosas. No tienen límites y eso es producto de una enfermedad muy profunda no solo de nuestra sociedad, sino del mundo. Recuerda lo que está pasando en España o en Grecia. La desigualdad es muy grande. Es por ello que, para sosegar ese comportamiento, reducir esos actos, debemos luchar por una sociedad que goce de igualdad y eso sucederá principalmente cuando los medios de comunicación estén al servicio del cambio y no propendan a seguir manteniendo esa diferencia”.

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La partida y el legado de Quino

Mafalda y el mundo (Fuente: Web oficial de Quino).

Un breve comentario sobre la muerte del gran Quino y la importancia de Mafalda.

Ayer falleció Joaquín Lavado (1932-2020), el enorme historietista argentino conocido por todos como Quino, el hombre que dio vida a Mafalda. Quino se nos fue a los 88 años un día después del quincuagésimo sexto aniversario de su más emblemático personaje, y el Gobierno Argentino declaró duelo nacional. Me atrevería a decir que al menos toda la Latinoamérica comparte el duelo: ¿quién no tiene un libro de Mafalda en casa? 

Quino, un tipo de personalidad tímida que tenía mucho qué decir, un humorista gráfico con un agudo y fino talento  para criticar a la sociedad y la política, creó a esta niña filósofa, sabia, esa alma vieja que en las cambiantes décadas de los 60s y 70s reflejaría el sentir, la angustia y curiosidad de una época. Mafalda, una pequeña cuestionadora que hace preguntas incómodas a sus padres, quienes pocas veces sabían qué contestarle. Junto a ella estaban otros personajes acaso igual de entrañables: Su mamá, su papá, su hermanito menor Guille, Felipe —mi personaje preferido, tan distraído, soñador, perdido en sus cómics e imaginación, pero al mismo tiempo estresado y paranoico con las responsabilidades y el colegio—, Susanita, Manolito, Miguelito y Libertad. En cada una de sus viñetas, Mafalda proponía ideas, compartía sus impresiones de su entorno y del mundo, sus maravillas y extrañezas, nos hablaba de los derechos humanos, siempre con una tendencia pacifista —en tiempos de dictaduras, la Guerra Fría y Vietnam—; de los roles y valores en la familia; del feminismo, el patriarcado y el lugar de la mujer; del amor a la cultura, las artes y la ciencia. Sin duda una niña visionaria, adelantada a su época, y todo bajo una perspectiva progresista que ciertamente realiza una crítica social, mas que nunca abandona el optimismo, la esperanza, la ternura y, por supuesto, el humor.

Algunas de las mejores viñetas de Mafalda (Fuente: Web oficial de Quino).

“No tiene importancia lo que yo pienso de Mafalda. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí”, dijo alguna vez Julio Cortázar. Y es que gracias a ella, Quino compartió su preocupación por nuestro presente y nuestro incierto futuro. Podemos verlo en cuánto Mafalda detestaba la sopa y escapaba de ella o la tomaba a regañadientes: en una entrevista a sí mismo publicada en su web oficial, Quino admite que en realidad a él le gusta la sopa y que ella es “una metáfora sobre el militarismo y la imposición política”. Y así, nos encontramos fuertes ideas en muchas frases clásicas de Mafalda como: “lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre”, “el problema es que hay más gente interesada que gente interesante”, “¡paren el mundo que me quiero bajar!”,  “y al final, ¿cómo es la cosa? ¿Uno lleva la vida por delante o la vida se lleva por delante a uno?” o “a fin de cuentas, la humanidad no es nada más que un sándwich de carne entre el cielo y la tierra”, entre tantas otras más.

Quino haciendo un autorretrato para Caretas (Fuente: Arkivperu.com).

Mafalda dio la vuelta al mundo y tuvo hasta dos series animadas y una película en 1982. Así, Quino se hizo de muchos galardones durante su carrera, entre los que destaca el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014. Si bien buscaba hacer tanto una reflexión como una crítica a la realidad de su tiempo, los mensajes de las tiras cómicas de Mafalda permanecen vigentes hasta el día de hoy. Toda Hispanoamérica —todo el mundo, si pensamos en las cientos de ediciones y las 35 traducciones— le tiene una deuda imposible de saldar: a través de su obra, Quino se ha hecho inmortal.

A Mafalda le tengo un amor añejo, de toda la vida. Mi mamá leía a Mafalda desde niña, mi hermana y hermano mayor también y gracias a ellos mi otra hermana y yo, los últimos hijos, leímos mucho Mafalda de pequeños. Recuerdo cuando mi hermana mayor me obsequió el TODA MAFALDA para mi noveno o décimo cumpleaños. Lo leí muchas veces y el libro se avejentó rápido, de tanto llevarlo de un lado a otro. Mi mamá todavía tiene esa muñeca de Mafalda en la casa, más vieja que yo, con la que ahora juega mi sobrina de seis años, nueva seguidora cuya personalidad y opiniones no pocas veces me recuerdan a esta niña genio que ahora está de luto. Y así seguiremos, transmitiendo la afición de generación a generación, porque con ciertas cosas es necesario. Gracias, Quino.

El maestro Quino (Fuente: Web oficial de Quino).

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Dalí y Warhol: el reencuentro de dos genios

Invierno de 1964-1965. Salvador Dalí y Andy Warhol en el St. Regis Hotel de la ciudad de Nueva York (Créditos: David Mccabe/A Year in the Life of Andy Warhol, Phaidon, 2003).

Salvador Dalí sostenía que lo más importante era que se hable mal de él. Andy Warhol afirmaba que el mejor arte es hacer un buen negocio. Los máximos referentes del surrealismo y el pop art cultivaron una imagen pública que atrajo la atención del mundo, marcando la historia del arte.

*** Una primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 06/08/2017.

 

Tan solo una vez en su trayectoria, cuando ya era una leyenda en vida, Andy Warhol se quedó verdaderamente atónito, turbado, sin palabras. Fue en el verano de 1965, en el St. Regis Hotel de Nueva York. Tenía una cita en la suite 1610. Al aproximarse, alguien desde adentro lo invitó a pasar con un giro de su bastón. Una ópera ensordecedora invadía la habitación. De acuerdo al fotógrafo David McCabe, quien contó la historia y estuvo allí para registrarla, el hombre del bastón se acercó apremiado y se situó detrás de Warhol para ponerle un penacho de reminiscencias incaicas en la cabeza. Fue una reunión de cinco minutos que el creador del pop art sintió como un siglo de incomodidad. El extravagante huésped era otro mito llamado Salvador Dalí.

Aquel fue el primer encuentro de dos de los artistas más memorables del siglo XX. Y si bien solo trabajaron juntos en dos proyectos —la película Salvador Dalí (1966), donde el pintor conoce a The Velvet Underground; y el memorable retrato mudo del rostro de Dalí (1966), uno de los cientos de screen test de Warhol—, su relación perduró las siguientes dos décadas. En otra afamada fotografía de Christopher Makos, de 1978, Dalí y Warhol se saludaron compartiendo un beso durante una recepción en Nueva York. Fue un símbolo de mutua admiración y, para muchos, un guiño a la forma en la que ambos concibieron su trabajo: entre la genialidad, la fama y los dólares. El encuentro de dos grandes megalómanos que crearon su propia imagen y realidad alrededor de sí mismos, trastocando —o eliminando— los límites entre la vida y el arte.

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Hasta el próximo 7 de octubre, Dalí y Warhol celebran un último reencuentro en el cuarto piso del Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, un viejo edificio gótico que Stalin obsequió a Polonia en tiempos soviéticos y que hoy es uno de los espacios culturales más importantes de la ciudad. La exhibición (Dali kontra Warhol en polaco) superpone de forma integral la biografía y obra de ambos artistas a través de más de 120 obras, algunas nunca mostradas al público. Para el crítico de arte y curador Stach Szabłowski, uno de los dos curadores de la exhibición, “tiene sentido yuxtaponerlos, pues en ambos es absolutamente imposible separar la obra del personaje, de su imagen pública”. La conexión es tan evidente como idónea. Dos generaciones, personalidades y backgrounds distintos y, sin embargo, una aproximación artística que compartía una avanzada noción del poder de la publicidad para atraer a las masas. Ello condujo a construir su imagen excéntrica como parte de su praxis del arte y, en cierta medida, hacerla su centro. Se trata de descifrar el misterio del éxito de estos artistas a través de una reflexión sobre la fama y el dinero.

La muestra en Varsovia alberga importantes y célebres piezas de Warhol, como los retratos de Marilyn Monroe (1983) o los cuadros y trabajos de las sopas Campbell (1962-69), entre otros; contrastados con pinturas de Dalí como “El enigma sin fin” (1939) o “La tentación de San Antonio” (1946), sus esculturas, e incluso un ejemplar del libro surrealista de recetas de cocina para su esposa Gala, el hoy agotado Les Diners De Gala (1973).

Sin embargo, el aditivo más exquisito de la exhibición es también el último: una generosa colección inédita de los originales de Warhol en portadas de álbumes de música. The Rolling Stones, The Smiths, Count Basie, Miguel Bosé, Rats & Star, Leopold Stokowski, Blondie, Vladimir Horowitz, Thelonious Monk, Paul Anka, Artie Shaw, David Bowie, entre muchos otros, con un énfasis final en su colaboración con The Velvet Underground. En esas portadas, Warhol se distanció de las disciplinas visuales y se permitió improvisar con total libertad. “Vemos que también tenía talento para el dibujo y una hermosa caligrafía, por ejemplo. Nada de esto es corriente en su discurso principal”, dice Szabłowski.

Salvador Dalí y Andy Warhol, circa 1978 (Créditos: Christopher Makos).

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Un fino bigote ascendente y una peluca plateada. Salvador Dalí (1904-1989) y Andy Warhol (1928-1987) quizá sean las criaturas más extrañas que hayan salido de la novelesca comarca de Ampurdán y de Pittsburgh, la ciudad de acero, respectivamente. Uno se autodefinía como una droga, el otro como un ser profundamente superficial. Fueron animales de la misma especie: revolucionarios artistas que se sirvieron de los mass media para desarrollar su discurso. Aunque, como recuerda Szabłowski, para Dalí este fenómeno fue algo por descubrir, tanto por cuestiones generacionales como geográficas: “Dalí creció en una España de inicios de siglo XX, todavía basada en la aristocracia nobiliaria; mientras que para Warhol, como para gran parte de la sociedad estadounidense, se trató de algo natural: creció en un mundo moderno y totalmente centrado en el consumismo”.

Según Szabłowski, revisando toda la obra del catalán, comprobaremos que siempre propuso la misma visión, cambiando solamente el lenguaje. Además, influyó sobremanera que, en un comienzo, mientras pertenecía activamente al movimiento surrealista, su obra estuviera dirigida a un público pequeño y cerrado, acaso más elitista. No existían, por ejemplo, museos de arte moderno o contemporáneo, éstos estaban más dedicados a lo histórico, y lo nuevo sucedía solo en un nicho. El vanguardismo ciertamente crecía y se fortalecía, pero toda nueva expresión de arte es más elitista o underground. Posteriormente, acaso desde los años cincuenta, la obra de Dalí se dirigió al público en general. 

. Dalí en uno de los screen test de Warhol (1966).

En 1934, poco antes de ser expulsado del movimiento surrealista —cuando soltó aquello de “No pueden expulsarme porque yo soy el surrealismo”—, Dalí recibió el apodo de “Ávida Dollars” por parte de André Bretón. Un anagrama de su propio nombre que señalaba su afición a la fama y el dinero. Dalí estuvo en todas partes durante su tiempo, evidenciando que su trabajo no abrazaba la vieja concepción del artista como alguien entrenado en una habilidad específica, como la pintura o escultura, por ejemplo. No. El artista como marca puede incursionar donde quiera, y Dalí lo comprobó a través de pinturas, esculturas, pero también diseño de muebles o colaboraciones cinematográficas, por ejemplo. Buscaba demostrar que como creador podía hacer lo que quisiera, algo que Warhol corroboraría años más tarde.

Ambos hicieron suya esa transgresión encarnada en los medios, la provocación y el espectáculo. Dalí los empleaba para traducir su universo, esa visión del mundo onírico y la mente; Warhol, acaso socialmente más comprometido, los utilizó como el concepto mismo de su propuesta, introduciendo al arte elementos de productos, marcas y deseos colectivos. Esa fue la contribución más importante del pop art a la historia del arte del siglo XX.

La exposición “Dali kontra Warhol”, montada en el Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, en el 2017. Estuvo compuesta por más de 120 piezas de los artistas, muchas de las cuales fueron exhibidas por primera vez (Créditos: Diego Olivas Arana).

Para Hank Hine, director del Dali Museum en San Petersburgo, Florida, Warhol fue uno de los artistas más marcados por el legado y modelo de Dalí: “Ambos tenían una estética similar, pues abrazaban lo que era el medio dominante de la época, a pesar de hacerlo de formas distintas. Warhol realmente se apropió del enfoque de Dalí a la prensa, desarrollándolo al límite”. Hine agrega que el verdadero nudo entre ambos artistas se encuentra en su curiosidad sobre el significado y la naturaleza del arte. “Ambos tenían la convicción de que el arte es algo que trasciende la pintura, el cine o la foto. Es la idea que existe detrás de la obra maestra. Algo que reflejaron en su propia imagen”.

Ciertamente, para Dalí no bastaba la simple contemplación de su imaginación en pinturas. Tenía que manifestarse en la vida real para revelar esa creatividad en persona y generar un quiebre, conjurando reacciones, como en una exposición surrealista en Londres de 1936, donde sorprendió al público al dar su discurso vistiendo una antigua escafandra para buceo y acompañado de dos galgos rusos (al final tuvo que sacarse el casco para evitar la asfixia). Warhol extremaría esta perspectiva de muchas formas, desde su protagonismo en las fiestas de Studio 54 o The Factory hasta aparecer en comerciales de la empresa electrónica nipona TDK o junto al boxeador Sonny Liston promocionado la aerolínea Brannif (when you got it, flaunt it!).

Instalación del “Sofá-labios” de Salvador Dalí en la exposición Dali kontra Warhol, en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Los dos fueron muy versátiles para desarrollar su trabajo, haciendo que sus intereses en distintos medios y plataformas de expresión volcaran en numerosas colaboraciones con otros artistas, como Dalí con Luis Buñuel en el cortometraje surrealista Un perro andaluz (1929) o la serie de pinturas colaborativas que Warhol realizó con Jean-Michel Basquiat (1983-1985). A su vez, otro factor que los unió es que tanto Dalí como Warhol descubrieron temprano la ventaja de la multiplicación, condicionando sus talleres para ello. Es curioso recordar que Dalí empezó con estos cambios antes de que Warhol conceptualizara y creara The Factory, su famoso estudio, taller y punto de encuentro de la bohemia de Nueva York. Según Szabłowski, “ambos cuestionaban el significado tradicional de la originalidad, especialmente Warhol, quien puso mucho énfasis en esto. Raramente hacia un trabajo que no tuviera varias ediciones. Casi toda su obra principal se basó en series”.

Pese a tales similitudes, las diferencias en sus propuestas están muy presentes. “A través de toda su obra, Dalí nunca abandonó el ideal de la omnipotencia del artista, es decir, la posibilidad de crear de la nada, empleando tu propia genialidad. Algo que no está mal, fue su camino y concepción, mas también se debe a que pertenecía a otra generación y a su background surrealista, que siempre lo empujaba hacia esta convicción del poder creativo ilimitado”, explica Szabłowski. “Warhol tenía otro tipo de sensibilidad. Él decía que el artista del futuro será alguien que edita y reedita, que se comunica a través de elementos ya existentes, transformándolos y dándoles más poder”, agrega.

Portada del álbum “Sticky Fingers” (1971) de The Rolling Stones, diseñado por Andy Warhol.

Además, Warhol tenía una opinión muy crítica. No era esa persona pública sin expresión ni opiniones que siempre aparentó. Ese disfraz fue parte de su proyecto artístico: servir como espejo para los conceptos de otras personas. Warhol se distanciaba mucho de la categoría de un artista sin opiniones. Su profundo entendimiento de la cultura de su tiempo provocó que su obra se centrara en una confirmación total de la sociedad de consumo: empleando elementos tomados de diferentes productos o deseos colectivos. “Muchas veces —sostiene Szabłowski—, evidenciar la forma de operar del sistema puede ser más crítico que rechazarlo o negarlo, porque a través de la confirmación estás realmente demostrando cómo funciona”. Algo que puede verse con las latas de sopa Campbell, donde glorifica y critica los hábitos de consumo de la época.

Uno de los conceptos que más los une es asimismo uno de los que más descubren su genialidad: ambos cuestionaban la mortalidad. “In Voluptas Mors” (1951), un retrato hecho en colaboración con el fotógrafo Philippe Halsman, presenta a Dalí posando junto a una gran calavera, o dependiendo de la perspectiva, junto a siete modelos desnudas (“la voluptuosidad de la muerte”). Dalí subvierte la realidad en esta fusión de la inminencia de la muerte y la presencia del erotismo, buscando que uno descubra pistas sobre sus procesos subconscientes a través de las asociaciones evocadas por la ilusión óptica.

El clásico “In Voluptas Mors” (Philippe Halsman, 1951).

A su vez, en su “Díptico de Marilyn” (1962), Warhol presenta cincuenta cuadros del rostro de Marilyn Monroe, basados en una fotografía publicitaria para la película “Niagara” (1953). Se trata de una serigrafía realizada poco después del deceso de la actriz, donde una mitad está a colores y la otra en blanco y negro, connotando no solamente la extremada reproducción que reduce el valor de las persona retratada, sino la relación entre la figura de la fama con la del consumismo y la muerte. Hank Hine sostiene que “en Warhol podemos ver el amor por este mundo, pero también un sentido de su fugacidad y su muerte. Las celebridades como un esbozo que eventualmente se descompondrá y desaparecerá”.

 

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A pesar de los años, el recuerdo de estos dos iconoclastas permanece vigente en la memoria colectiva. Algo que intensifica la importancia de esta muestra y le otorga actualidad es el reciente retorno de ambos a las noticias, nuevamente bajo el manto del escándalo. A fines de junio, John McEnroe, el retirado campeón de tenis estadounidense convertido en celebridad, publicó su autobiografía, donde, entre otras confidencias, señala a Warhol como el saboteador de su vida sexual, interrumpiendo muchos de sus flirteos nocturnos con sus fotografías (Warhol solía tomar Polaroids a todos, incluyendo personajes como Alfred Hitchcock, Pelé o Mick Jagger. Por esa afición es que hoy se le considera uno de los precursores del concepto de Instagram). McEnroe además afirma que Warhol fue un “mediocre sobrevalorado”, olvidando quizá que en 1986 lo contrató para que hiciera un retrato de él y su entonces esposa, Tatum O’Neal.

De la misma forma, el nombre de Dalí ha resonado por toda España con revigorada fuerza. El pasado 20 de julio se realizó la exhumación de su tumba en el Teatro-Museo Dalí, en su natal Figueras. La acción se dio como orden de una corte de Madrid, paso crucial para la consecuente prueba de ADN que implica proseguir la demanda de Pilar Abel Martínez, tarotista de 61 años que asegura ser su hija extramatrimonial. Una noticia que ha conmocionado a todo el país, dividiendo a la gente entre quienes apoyan a Abel Martínez y quienes la dan por una oportunista y embaucadora. Además del rechazo de los actuales dueños del patrimonio del surrealista: la Fundación Gala-Salvador Dalí, el Estado español y el ayuntamiento de su pueblo. El equipo forense extrajo un poco de pelo, uñas y dos huesos largos para la comparación de ADN, y según uno de sus miembros, el bigote de Dalí permanece idéntico, dando las 10 y 10 de un reloj imaginario, como él deseaba. Los resultados se pronostican para mediados de setiembre. Toda una locura que el diario El País ha llamado “surrealismo en estado puro”.

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Afiche de la muestra “Dali kontra Warhol” en Varsovia (2017).

En mayo de 1978, Dalí y Warhol se citaron en un restaurante en Nueva York. Warhol llevó dos ejemplares de uno de los libros de Dalí para que se los firmara. Allí, ambos descubrieron que compartían la inquietud por buscar beautiful freaks. Antes de despedirse, Dalí sorprendió a Warhol una vez más, obsequiándole una bolsa de plástico con sus paladares usados. Un simbólico gesto que se entendió como la confirmación de su aprecio, y a su vez, como un ritual de sucesión. Un recuerdo que Warhol registró con admiración en sus diarios. Obsesionado como estaba con el concepto del artista presente en la esfera pública, Dalí era un caso fascinante para Warhol. “Sin embargo, no existen pruebas de que Dalí haya estado tan interesado en Warhol. Creo que eso dice mucho de la relación de ambos. Los divide, a su vez. Dalí estaba muy concentrado en sus ideas, el desarrollo de su propuesta; mientras Warhol sabía que estaban sucediendo cosas importantes allá afuera, absorbía, prestaba atención”, subraya el curador Szabłowski.

Dalí dijo que si llegaba a morir, no lo haría del todo. Warhol afirmó que no creía en la muerte, y que no podía decir nada sobre ella porque todavía no estaba preparado. Hoy que se reencuentran en Polonia se han cumplido 113 y 89 de sus aniversarios, respectivamente. Ambos influyen hasta el día de hoy a muchas generaciones de artistas. Fueron absolutamente célebres: amados y odiados mientras vivieron, y lo han sido cada vez más desde sus muertes. Son inmortales.

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El Día de Star Wars: la nostalgia de una gran época

ABSTRACCIONES, Cine, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

El elenco original. De izquierda a derecha: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill y Carrie Fisher (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Evocando la saga de películas que cambió mi vida (y la de millones)

[Text in ENGLISH]

Hoy es el Día de Star Wars, mi historia favorita o acaso una de mis favoritas. Uno de mis placeres culposos más grandes, a pesar de la decadencia de sus últimas películas. En vista de ello, hoy toca asaltar un momento mi jornada para evocar la saga y quizá ver alguna de las películas clásicas (no las precuelas ni secuelas ni spin-offs ni dibujos animados). Por qué no.

El Star Wars Day es conocido por la frase May the Fourth be with you, un divertido juego de palabras del poderoso latiguillo de trascendencia metafísica May the Force be with you, repetido a través de todas las entregas de la saga galáctica. Por supuesto, este calambur no tendría sentido en español, pues existe poca similitud entre Que la Fuerza te acompañe y Que el Cuarto te acompañe. La frase se utilizó por primera vez en 1979, cuando Margaret Thatcher fue nombrada Primera Ministra de Reino Unido. La primera mujer que asumía el cargo fue felicitada por los miembros del partido político conservador, quienes a través del London Evening News expresaron “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations”. Curiosamente, la cita influenciada del May the Force be with you de la película de Lucas fue luego reciclada por los fans de la saga, y ahora el 4 de mayo es el día oficial de Star Wars en todo el mundo.

Carrie Fisher y Mark Hamill bromeando durante la filmación de “El imperio contraataca”, circa 1980 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Mi relación con esa galaxia muy, muy lejana es de toda una vida. La primera vez que vi Star Wars tenía cinco años. Soy un aficionado de segunda o acaso tercera generación. Era una grabación en VHS de The Empire Strikes Back (1980) o El Imperio contraataca como la conocimos en español. Mi hermano mayor la había grabado de Cine Millonario, el legendario bloque de películas de los domingos por la noche en Frecuencia Latina. Si mi memoria no me es infiel, era un fin de semana por la tarde, acaso un domingo. Mi tío estaba de visita y en mi recuerdo convergen la escena de Luke y Yoda en el pantanoso planeta Dagobah acompañadas de las voces de mis padres cotilleando con mi tío. Recuerdo también la clásica etiqueta con el nombre de la película en la parte inferior izquierda de la pantalla: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”. Una traducción curiosa, considerando que no existía en la trilogía entera ninguna guerra entre galaxias. Ese nombre otorgado por el doblaje para Hispanoamérica se incrustó en mi mente como la rémora al tiburón. Henchido de maravilla y exultación, invadí de preguntas a mi hermano y mi hermana, ¿quién era ese monstruito verde? ¿Quién es el malo? ¿Qué es un Jedi? Era imparable. Ahora bien, la memoria es tan frágil como falaz y quizás mi evocación es una construcción selectiva. Quizás fue El retorno del Jedi (1983) y quizás fue un lunes por la noche y sin mi tío. Sea como haya sido, este es mi recuerdo más viejo de Star Wars y uno de los más entrañables de mi infancia.

Era 1993: en el Perú, el autogolpe de nuestro dictador Fujimori ya celebraba su primer aniversario y el conflicto armado interno entre las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso diezmaba las poblaciones asháninka y nomatsiguenga de Satipo… En el mundo, Bill Clinton era elegido como el cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos y Nelson Mandela recibía el Premio Nobel de la Paz. Y mientras Hollywood remecía al mundo con Jurassic ParkPapá por siempre o La lista de Schindler, yo me entregaba de manera absoluta a La Guerra de las Galaxias.

Enloquecí cuando mi hermano me reveló que también tenía las otras dos películas grabadas. Y así empezó todo: vi esa versión de la trilogía original una y otra vez en esos viejos casetes de VHS hasta 1997, cuando entré al colegio Los Reyes Rojos en plena fiebre global de Star Wars por el estreno de la Special Edition y se los presté a un compañero nuevo que jamás los devolvió. A pesar de ese desliz en mi afición, ella siguió creciendo, y yo con ella.

Póster peruano de “A New Hope” para promocionar la película en los cines de Lima, Perú,1978 (Créditos: Archivo de la web de Arkiv Perú):

Ansioso por recrear las aventuras de Luke, Han y Leia, lamentaba mucho que no existan figuras de acción de Star Wars. Solamente contaba con un puñado de sobrevivientes de la colección de Kenner de los setentas y ochentas, heredada de mis hermanos mayores: un Tusken Raider, un RD-D2 sin patas, un guardia gamorreano y la princesa Leia. Solía jugar con tres G.I. Joes que reemplazaban a Luke, Han y C-3PO; imaginaba que el gamorreano era Chewbacca; y a ellos les sumaba el R2 lisiado y a la antiquísima Leia. Así fantaseaba hasta 1996, cuando arribó al Perú mi sueño materializado por Hasbro. La colección The Power of the Force, el retorno de las figuras de acción de la saga galáctica, revivió el encantamiento que ya Dragonball o los superhéroes de Marvel o las Tortugas Ninja empezaban a mermar. Con los juguetes llegaron luego cómics y algunas novelas. Para 1999, cuando apareció La amenaza fantasma, la primera película de la trilogía de precuelas de Star Wars, yo ya era un pequeño experto o al menos creía serlo —no tenía idea de lo vasto que era ese Universo Expandido sitiado de cómics, novelas y videojuegos—. Incluso pertenecí por unos años a un club de fanáticos en Lima, The Force Perú, donde gané un sorteo por primera vez en mi vida, a los 11 años, y me hice poseedor de un Junior Jedi Training Manual, un librillo con accesorios y un audiobook donde al final debía firmar un seriecísimo “Juramento del Jedi Junior” que todavía conservo. Abracé las precuelas y con la adolescencia y la adultez comprendí mejor la franquicia y sus imperfecciones: El retorno del Jedi, mi preferida durante la infancia, fue desplazada por El Imperio contraataca; me uní —temporalmente, ahora he cedido un poco— a la enorme campaña de animadversión hacia Jar Jar Binks; y odié las escenas y líneas románticas entre Anakin y Padmé. Pero todo aquello no redujo mi amor por la saga. Tras la locura del 2005 con La venganza de los Sith, que se encargó de adecentar las precuelas, la vida siguió. Algún libro o figura de acción ocasional o ver las series animadas de televisión y todo iba bien. Star Wars se amalgamó con mi existencia de forma orgánica. No necesitaba más.

De aquella epopeya espacial que trasladó el “viaje del héroe” de Joseph Campbell a nuestros tiempos, que atravesó todas las barreras geográficas y sociales y devino en un fenómeno de la cultura popular durante cuatro décadas, he aprendido mucho. Crecí citando a Ben Kenobi, Luke, Yoda, incluso más tarde a Qui-Gon. Cuestionaba la existencia de la suerte y las casualidades, reflexionaba sobre la dualidad del bien y el mal en todos nosotros y la posibilidad de errar o tomar la decisión equivocada, me preguntaba por la Fuerza y por ende por la creencia en Dios y la divinidad, revaloraba el amor por la familia y contemplaba como esencial la búsqueda de un mentor o maestro en la vida. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill y Denis Lawson se divierten un rato en un momento detrás de cámaras de “El retorno del Jedi”, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Star Wars nutrió asimismo mi adicción por las historias, la ficción y el acto de escribir. Dos de mis cuentos más viejos, perdidos para siempre con el estropeo de la antigua Pentium III de mi casa —uno de mis traumas de inicios de la adolescencia— eran fanfics predecibles de la saga: A Bounty Hunter’s Tale y Jedi Journeys. Star Wars me enseñó la insondable belleza de los mundos posibles. Ha sido entonces parte de mi educación sentimental e intelectual, ingrediente esencial en el desarrollo de una sensibilidad primaria, infantil, muy amable, que continúa mutando, cimentándose con la experiencia y el encuentro con otras historias.

Tras la fraudulenta trilogía de secuelas de Disney —algo en lo que no vale la pena explayarme ahora— atravieso una etapa de saturación de Star Wars, mas la franquicia parece imparable. Ni siquiera la pandemia del COVID-19 parece aplacarla: hoy se acaba de confirmar una nueva película dirigida por el talentoso y muy solicitado Taika Waititi. ¿Tendremos Star Wars hasta el fin de los tiempos? ¿Continuarán Disney y Lucasfilm creando estas historias cuando mis supuestos nietos tengan sus primeros descendientes? ¿Cuando un apocalipsis zombi se coma a la mitad del planeta? ¿Cuando una nueva guerra mundial arrase con Europa o Siria? ¿Cuando nos invadan extraños extraterrestres fusiformes con rostro de bivalvo? ¿Habrá algún reboot? ¿Recastearán a Luke o Leia en algún momento (por todos los Ewoks de Endor, no por favor) o los seguirán rejuveneciendo y reviviendo digitalmente per saecula saeculorum?

Clásica fotografía de Carrie Fisher en una sesión playera de la revista Rolling Stone, circa 1983 (Créditos: Lucasfilm/Disney).

Aquellas cuestiones, al fin y al cabo, me tienen sin cuidado. Vivimos un momento en el que la crónica de aquel granjero soñador de Tatooine se expande indeciblemente, más allá de aquellos dos soles gemelos que contempla silente, con más vida que nunca. Para bien o para mal, hay Star Wars para rato, mas prefiero darme un respiro del futuro de la saga y volver a sus raíces. Hasta que se les ocurra hacer un spin-off de Jar Jar Binks, hay que estar agradecidos…

De pronto suena a cualquier dislate de efemérides de turno, mas aquellos que comprenden saben que es cierto. La deuda con Star Wars prevalece. May the Fourth!

Los personajes de la trilogía original de “Star Wars” en plena pandemia del coronavirus (Créditos: desconocido, hallado en Internet).

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Star Wars Day: the nostalgia for amazing times

ABSTRACCIONES, Cine, In English, Pensamientos, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 4 Mayo, 2020

The original cast. From left to right: Harrison Ford, Peter Mayhew, Mark Hamill and Carrie Fisher (Credits: Lucasfilm / Disney).

Evoking the movie trilogy that changed my life (and that of millions)

[Texto en ESPAÑOL]

Today is Star Wars Day, one of my favourites stories ever, if not my favourite. One of my biggest guilty pleasures, despite the decline of its latest movies. Because of this, today it is time to interrupt my daily routine to evoke the saga and perhaps see some of its classic entries (not the prequels or sequels or spin-offs or cartoons). Why not.

Star Wars Day is known for the catchphrase May the Fourth be with you, a funny pun on the powerful quote of metaphysical transcendence May the Force be with you, repeated throughout all installments of the galactic saga. Of course, this calembour would not make sense in Spanish—my mother tongue —, since there is little similarity between Que la Fuerza te acompañe and Que el Cuarto te acompañe. The phrase was first used in 1979, when Margaret Thatcher was appointed Prime Minister of the United Kingdom. The first woman to take office was congratulated by members of the Conservative political party, who through the London Evening News expressed “May the Fourth be with you, Maggie. Congratulations ”. Interestingly, the quote influenced from Lucas’s May the Force be with you was later recycled by the fans of the saga, and now May 4 is the official day of Star Wars around the world.

Carrie Fisher and Mark Hamill having fun on the set of “The Empire Strikes Back”, circa 1980 (Credits: Lucasfilm / Disney).

My relationship with that galaxy far, far away goes through my whole life. The first time I saw Star Wars I was five years old. It was a VHS recording of The Empire Strikes Back (1980). My older brother had recorded it from Cine Millonario, the legendary block of Sunday night movies in Frecuencia Latina, a Peruvian national broadcast station. If my memory does not betray me, it was a weekend afternoon, perhaps a Sunday. My uncle was visiting us and in my recollection the scene of Luke and Yoda on the swampy planet Dagobah converges with the voices of my parents and my uncle laughing and gossiping in the background. I also remember the classic label with the name of the film at the bottom left of the screen: “CINE MILLONARIO: LA GUERRA DE LAS GALAXIAS“. Now everyone in Hispanic America knows the franchise as Star Wars, but back then we were more used to our version, which means Galaxy Wars. A curious translation, considering that there was no war between galaxies in the entire trilogy. That name given by the dubbing was fixated in my mind like a remora to a shark. Filled with wonder and joy, I invaded my brother and sister with questions, who was that little green monster? Who is the bad guy? What is a Jedi? I was unstoppable. However, memory is as fragile as fallacious and perhaps my evocation is a selective construction. Maybe it was The Return of the Jedi (1983) and maybe it was a Monday night without my uncle. Either way, this is my oldest memory of Star Wars and one of the most endearing of my childhood.

It was 1993: in Peru, the auto-coup of our dictator Fujimori was already celebrating its first anniversary and the internal armed conflict between the Armed Forces and the Shining Path was decimating the Asháninka and Nomatsiguenga indigenous populations of Satipo… In the world, Bill Clinton was becoming the fortieth second President of the United States and Nelson Mandela was receiving the Nobel Peace Prize. And while new Hollywood’s blockbusters like Jurassic ParkMrs. Doubtfire or Schindler’s List were conquering the world, I was giving myself up to La Guerra de las Galaxias.

I went crazy when my brother revealed that he also had recorded the other two movies. And that’s how it all began: I watched that version of the original trilogy over and over again on those old VHS cassettes until 1997, when I started third grade in a new school during the days of the Star Wars Special Edition fever and borrowed them to a new classmate who never returned them. Despite that sad episode, life went on and so it did my obsession. We grew together.

Peruvian poster of “A New Hope” to promote the movie in theaters in Lima, Peru, 1978 (Credits: Archive of the Arkiv Peru website).

Anxious to recreate the adventures of Luke, Han and Leia, I used to find it sad that there were no Star Wars action figures. I only had a handful of survivors from the Kenner collection of the seventies and eighties, inherited from my older brothers: a Tusken Raider, an RD-D2 without legs, a Gamorrean guard and Princess Leia. I used to play with three G.I. Joes that were replacing Luke, Han and C-3PO; the Gamorrean was Chewbacca; and completed the group with the disabled R2 and the classic Leia. So I fantasized until 1996, when my dream came true and it arrived to Peru, materialized by Hasbro. The Power of the Force collection, the return of the galactic saga’s action figures, revived the spell on me that Dragonball or Marvel superheroes or the Ninja Turtles were beginning to diminish. With the toys came later comics and some novels. By 1999, when The Phantom Menace appeared, the first film in the Star Wars prequel trilogy, I was already a small expert or at least I thought I was—I had no idea how vast was that Expanded Universe of comics, novels and video games. I even belonged for a few years to a fan club in Lima, The Force Perú, where I won a raffle for the first time in my life, at age 11, and became an owner of a Junior Jedi Training Manual, a booklet with accessories and an audiobook where I had to sign a very serious “Junior Jedi Oath” at the end. I still have it. I embraced the prequels and with the adolescence and adulthood I understood better the franchise and its imperfections: The Return of the Jedi, my favourite during childhood, was displaced by The Empire Strikes Back; I joined – temporarily, now I have somehow accepted it – to the everlasting hate campaign towards Jar Jar Binks; and I hated the romantic scenes and lines between Anakin and Padmé. But all that did not affected my love for the saga. After the madness of 2005 with Revenge of the Sith, which took it upon itself to leave the reputation of prequels in a better place, life went on. Reading any occasional book, buying an action figure or watching the animated television series and everything was okay. Star Wars amalgamated with my existence organically. I did not need more.

I have learned a lot from that space opera that translated the “Hero’s Journey” of Joseph Campbell to our times, that crossed all geographical and social barriers and became a pop culture phenomenon for four decades. I grew up quoting Ben Kenobi, Luke, Yoda, even Qui-Gon, later. It made me question the existence of luck and coincidences, reflect on the duality of good and evil in all of us and the possibility of making the wrong choice, wonder about the Force and therefore about the existence in God and divinity, revaluate the importance of family, and contemplate as essential the search for a mentor in life. 

Ian McDiarmid, Mark Hamill and Denis Lawson on a shot behind the scenes of “Return of the Jedi”, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Star Wars also nurtured my addiction to stories, fiction and the act of writing. Two of my oldest short stories, lost forever with the malfunction of the family’s old Pentium III—a trauma of my early adolescence—were predictable fanfics of the saga: A Bounty Hunter’s Tale and Jedi Journeys. Star Wars taught me the unfathomable beauty of possible worlds. Then, it has been part of both my sentimental and intellectual education. An essential ingredient in the development of a primary, childish, and very warm sensitivity, that continues to mutate, across the experience and the collision with other stories.

After the failed trilogy of the Disney sequels—something that is not worth going deeper on now—I am going through a phase of saturation of Star Wars, but the franchise seems unstoppable. Not even the COVID-19 pandemic seems to appease it: a new film directed by the talented and highly sought-after Taika Waititi has just been confirmed today. Will we have Star Wars until the end of time? Will Disney and Lucasfilm continue to create these stories when my alleged grandchildren have their own descendants? When a zombie apocalypse eats half the planet? When a new world war crash with Europe or Syria? When we are invaded by strange fusiform aliens with bivalve-like faces? Will there be a reboot? Will they recast Luke or Leia at some point (for all the Ewoks of Endor, please not) or will they continue to digitally rejuvenate and resurrect them per saecula saeculorum?

Classic photograph of Carrie Fisher during a Rolling Stone magazine beach shoot, circa 1983 (Credits: Lucasfilm / Disney).

Those questions, after all, do not matter to me. We live in a moment in which the adventure of that daydreamer farmboy from Tatooine expands unspeakably, far beyond those two twin suns that he silently contemplates, more alive than ever. For better or for worse, Star Wars has come to stay, but I prefer to give myself a break from the future of the saga and return to its roots. As far as they do not announce a Jar Jar Binks spin-off, we have to be grateful…

It may sound like a cheap thought of any given holiday, but those who understand know it to be true. The debt to Star Wars prevails. May the Fourth!

The characters from the original “Star Wars” trilogy in the middle of the coronavirus pandemic (Credits: unknown, found on the Internet).

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Boris Bally: un artesano de la chatarra

Arte, Diseño industrial, ENTREVISTAS y PERFILES, Reciclaje - Diego Olivas Arana - 30 Abril, 2020

Boris Bally (Créditos: Aaron Usher III / www.borisbally.com).

Abanderado del diseño industrial consciente y del reciclaje, Boris es un artista que ha realizado un matrimonio implacable entre su obra y su familia. Su hogar en Providence, Rodhe Island, está invadido de señales de tránsito y objetos ‘reutilizados’ de todo tipo.  Una casa con todas las formas y colores, acaso ordinaria desde la calle, mas toda una revelación al entrar y encontrarte con lámparas hechas con cascos de obreros o la parte superior de una camioneta y sus reflectores instaladas en el techo del comedor.

*** Una primera versión de este texto fue publicada en ARQ., la revista de arquitectura, urbanismo y arte de la Editorial Comunica2 (Edición #43, 2016).

 

Boris sale de la mini van ahorradora de gas que conduce siempre para conseguir su material de trabajo y gira su gorro con visera hacia atrás, preparándose para la faena. Su asistente, Curtis Aric, hace lo mismo desde el asiento del copiloto. No es la primera vez que arriban al basurero central de Providence. Boris visita periódicamente ese y otros depósitos de chatarra locales, siempre en busca de señales de tránsito, señalética u otros objetos reciclables. Pronto regresan con grandes fragmentos de señales, junto a algunos chatarreros. Boris se remanga la camiseta, preparándose para levantar las nuevas adquisiciones, descubriendo un gran tatuaje que recorre todo su antebrazo derecho: unos dragones chinos batallando en un cielo nocturno. Camino a casa, con Curtis al volante, conversan sobre las sillas que tienen que terminar, hechas con señales de autobús, cuando de pronto Boris repara en algo difuso y brillante. Curtis retrocede, a pedido de Boris, quien desciende del vehículo y se aproxima hacia la hierba adyacente a la autopista. Se trataba de un cartel metálico, abandonado en medio de la nada y emitiendo un intenso resplandor. Era una tarde soleada. Boris lo recoge y lee las palabras en fondo rojo: wrong way (camino errado). Regresa y lo introduce en la maletera. Un ademán del artista es suficiente para que Curtis encienda el motor y reemprendan el viaje. Boris sonríe para sí mismo. Ha sido una buena jornada, y además se había topado con esta olvidada señal de tránsito sin buscarla, cuya brillantez advirtió su presencia al reciclador y lo atrajo. Lo había buscado en el camino, como si supiera que junto a él le esperaba un nuevo renacer. 

Obra de Boris Bally (Créditos: Steve Mason / www.borisbally.com).

Desde su habitación en Providence, Boris nos relata esa extraña eventualidad. Él sabe que no está recorriendo ningún camino errado. El reciclaje y el diseño son el motor de su vida. La devoción por el reciclaje se gestó desde su infancia en Pittsburgh, Pennsylvania, donde sus padres, en lugar de llevarlo al zoológico, lo paseaban por todos los basureros distritales de la ciudad. “Es cierto que de joven estuve aprendiendo y trabajando como orfebre en todo tipo de metales y madera en Suiza, pero quienes cultivaron esto en mí fueron primero mis padres, ellos migraron de Zúrich en los ’60. Allá todos tienen un estilo de vida muy consciente, reciclan desde hace años y siempre lo harán. Nuestro family motto, que ahora es el de mi esposa e hijos, es el mismo: úsalo, gástalo, hazlo durar y tíralo”.

De acuerdo al diseñador industrial estadounidense Phil Renato, su compatriota Boris Bally es “un diseñador industrial capaz, un artesano dotado, un astuto negociante, un escultor exigente y un agudo crítico cultural”. ¿A qué persona se le pueden atribuir tantas virtudes? La amalgama de elementos con los que Boris trabaja es insondable: metales preciosos y no preciosos, señales de la calle abandonadas, partes de armas, fragmentos de vehículos, cubiertos viejos y demás despojos —algunos peligrosos— de la ciudad. Sirviéndose del uso de metales y de su talento como joyero y orfebre (fortalecido en su año de estudios en Basel, Suiza, en 1979), ha desarrollado un estilo innovador e ingenioso, que mediante el diseño industrial ha transformado el reciclaje en una aventura cromática desbordante.

“La obra de Boris busca darle otra vida a distintos objetos de la calle —con énfasis en las señales—  y así reflejar la estética urbana del país en su forma más verdadera, distorsionando a su vez el orden de las cosas a través de su arte”, afirma Renato. Bally, por su parte, considera la exploración continua de materiales extraños y comunes como un intento de romper los límites establecidos entre el diseño y el arte. Sus sillas y mesas fabricadas en base a señales han viajado por todo el mundo, obteniendo diferentes galardones y menciones en premiaciones como el Eco Arts Awards, Forbes Magazine o la New York Foundation for the Arts, entre otros, además de exhibiciones alrededor de Estados Unidos y países como Korea, Japón, Inglaterra o Francia. Transit Chairs (sillas de tránsito) es su proyecto más afamado.

Una menorá o candelabro hecho de armas (Créditos: Aaron Usher III / www.borisbally.com).

Los diseños de Boris fluctúan entre lo excéntrico, pasando por lo sofisticado hasta lo meramente gracioso (como esa bandeja en la que dice Not ass —no culo—, proveniente de una señal de Do not pass —no pasar—).  Cada silla o mesa mantiene su funcionalidad y a su vez exhibe todo o una parte del mensaje del cual está fabricado. Todas son únicas, no existen modelos en serie, la disponibilidad de cualquiera se da sobre la base de lo que pueda hallar Boris hurgando en la basura. Él no desperdicia nada en la manufacturación de sus diseños. Emplea las ‘sobras’ del proceso inicial para convertirlas en cosas más pequeñas: posavasos, llaveros o broches. Al final suele quedar aserrín o partículas de metal que trae de vuelta a su depósito de chatarra para reingresarlo en el ciclo de reciclaje. Asimismo, los detalles no se extrañan, todos los modelos vienen con corchos de botellas de champán reciclados en las patas, para proteger sus plantas. 

¿Cómo converge su práctica de estudio con su vida familiar? El nivel de compromiso, su obra enfocada en la resurrección de objetos, se refleja en su casa. “Dirijo mi vida —y como familia todos lo hacemos— a la reducción de basura, el reciclaje, el devolverle la utilidad a algo. Mi estudio y hogar es un viejo edificio que antes era una escuela y luego pasó a ser local del American Legion —organización de veteranos— en 1889, ¡el cual yo compré en el año ’99 al precio de un automóvil! Es un monumento de la ciudad y lo iban a derrumbar: yo lo salvé y restauré. La barandilla de la escalera la hice con palas donadas del conductor de mi UPS (United Parcel Service). Las rejillas de las ventanas fueron hechas con taladros de electricistas, quienes las donaron cuando activaron la energía del lugar”.

El interior de su casa es quizás el paradigma más perfecto del matrimonio entre el diseño industrial y el reciclaje. Todo es material reutilizado: los interruptores de luz (partes de señales), el viejo armoire de la televisión (que muestra el símbolo No pass —no pase—  para los niños), los cascos lámpara, las manijas de las puertas de la alacena hechas con cubiertos doblados, las sillas y mesas fabricadas con señales, la parte de camioneta en el techo, iluminando el comedor con sus reflectores o el suelo del baño cubierto enteramente de fragmentos de señales: duck, red, ship, dont, how, way, wrong, air y así. Su familia también usa todos los prototipos, modelos rechazados o diseños para la casa como buzones de correo, bandejas, platos, cubertería, sillas o mesas. Nada se abandona. “Mis hijos aman la casa y no se dan cuenta de que es muy diferente a las del resto. Cuando sus amigos llegan con sus padres a jugar siempre terminan boquiabiertos y dicen lo mismo: ¡oh Dios mío, no sabía que se puede vivir en un lugar tan genial y colorido!… Es lo que siempre he querido en la vida, un estudio de ensueño que ahora tengo y es mi hogar, el lugar más maravilloso en el que jamás pensé vivir”.

Algunas sillas de Boris Bally (Créditos: J.W. Johnson / www.borisbally.com).

El objetivo es hacer algo que la gente valore empleando algo que han desechado. Lograr que  paguen mucho por un diseño hecho de sus propios descartes. “¡Esencialmente ‘reenvasar’ el material y vendérselo de vuelta a ellos! Hacer algo sexy y valioso a partir de oro es fácil. Trata de hacerlo con basura, ¡ese es el verdadero reto!”, proclama Boris.

“Si bien las vende, Boris no diseña y vende estas sillas para comercializar. Lo importante de su trabajo es, además de continuar la costumbre familiar, el fomento de la consciencia ecológica. El diseño sostenible es un servicio a la comunidad, no se traduce solamente en diseñar y fabricar un producto ecológicamente amigable. Existen tres pilares dentro del diseño sostenible: el ambiental, el económico y el social. Todos tienen que darse para que funcione y esto es lo que sucede con el proyecto Transit Chairs de Boris Bally, y por qué no, con toda su obra”, afirma Ricardo Geldres, diseñador industrial sostenible y docente de la Facultad de Arte de la Universidad Católica.

Obras de Boris Bally (Créditos: J.W. Johnson / www.borisbally.com).

Aún es posible tener un hogar como el de Boris Bally, solidarizándose con la ecología a través de sus preciosos diseños. Siempre se puede acceder a su website para solicitar un pedido. El artista chatarrero seguirá transgrediendo el diseño industrial, buceando en el basurero local de Providence, en una cruzada por sus convicciones y por instaurar esta tradición familiar en la consciencia de todos.

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Los cuerpos sutiles de Johanna Hamann

Arte, Arte peruano, ENTREVISTAS y PERFILES, Escultura, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 7 Abril, 2020

Johanna Hamann en su retrospectiva en el ICPNA, 2016 (Créditos: PuntoEdu/PUCP).

El 7 de abril del 2017 falleció Johanna Hamann, una de las escultoras peruanas más notables de las últimas décadas. Tenía 62 años. Conversé con ella un año antes para la revista Asia Sur, a raíz de la exposición de su retrospectiva en la galería Germán Krüger Espantoso del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores. Hoy, en el tercer aniversario de su muerte, comparto el texto.

*** Este texto fue publicado originalmente en la revista Asia Sur (Edición marzo, 2016).

 

Johanna Hamann es una de las más insignes representantes de la escultura contemporánea peruana. Para ella, el adentramiento plástico es reflexión, silencio y autoconocimiento. Hoy conmemora sus casi cuarenta años de obra artística con una muestra retrospectiva en la galería del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores. Una vida entregada a la exploración del cuerpo y la forma.

 

La modelo se encuentra de pie con las manos cruzadas por detrás. La cabeza alzada al extremo, con la mirada ascendente. Magra y desnuda, su belleza contrasta con el significado que subyace a su posición. Parece sometida por algún hado incierto. Para la escultora Johanna Hamann, ella sugiere opresión. Deseaba desatar su imagen y esencia. Enlaza la contemplación de su modelo con la realidad, la historia o aquello que lleva dentro. Ello inspiraría Cuerpo I (Opresión), la mujer de cera de tamaño natural que iniciaría la serie El Cuerpo Blasonado (1997): un reflejo tan cruento como noble de la vida, el dolor y la muerte. Refugios donde la anatomía femenina dialoga con el sacrificio, palpando una tanática liberación, como quizás refleje Cuerpo II (Libertad), una criatura antropoide de olivo cuyas piernas humanas y torso se extienden en un par de apéndices de madera gigantes, cual alas de polilla. Así, Cuerpo III (Ejecución), revela la voluntad y fuerza de ir contra el cuerpo: una mujer de cera de cabellos largos y tenue sonrisa atravesada por una guillotina de acero inoxidable. El cuerpo sensible con fierro incrustado es una idea que se replica en trabajos precedentes, como Mujer de Madera o Esqueleto, que guardan connotaciones con la guerra interna que nuestro país sufrió durante dos décadas. “En mí anidan elementos que me mueven de fuera para adentro y viceversa. Voy experimentando en el camino, lo que encuentro me lleva a lo siguiente”, cuenta la artista, mientras recorre la galería.   

Johanna Hamann: “Libertad II”, 2013. Escultura en olivo, 219 cm. x 190 cm. x 70 cm (Créditos: Augusto Carhuayo).

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Johanna Hamann (1954) no ha perdido tiempo. Su vocación se encauzó tempranamente: dibujaba y pintaba desde pequeña. A los diecisiete años era una de las estudiantes de la entonces Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Católica, donde conoció y llevó cursos con Adolfo Winternitz, el recordado pintor austriaco fundador de la Escuela de Arte, la escultora italiana Anna Maccagno y la pintora abstracta Julia Navarrete, entre otros. “Ellos transmitían su interior: hallar nuestra propia forma de expresarnos para descubrirnos como artistas. Allí adquirí la fe en indagar quién quiero ser como alguien que crea, como artista”. Su menuda promoción fue aquella sitiada por la naturaleza, recién mudada al Fundo Pando, en San Miguel. Bajo esa atmósfera, Johanna exploró diferentes disciplinas artísticas hasta entregarse de forma absoluta a la escultura. Era un momento de iniciación, pero también de tomar decisiones y mirar hacia el futuro. Ella albergaba a posibilidad de vivir a través del arte, y arribaba a un mundo donde quería vivir para siempre.

Johanna Hamann: “Cuerpo II” (Ejecución), 1995-1997. Madera de caoba, acero inoxidable y cera, 145 cm. x 87 cm. x 72 cm. (Créditos: Gino L. Ataucusi Arenas).

Tras licenciarse como artista plástica en 1985, realizó una maestría en humanidades en la misma universidad, que culminó el 2005 con una disertación sobre su proyecto artístico. Aquella fue una etapa de lectura, cuestionamiento e investigación, en la que viajó del inicio al presente de su obra para descubrirla como un continuum del cuerpo como propuesta artística. Johanna ha confrontado la corporeidad desde distintas miradas, discursos y matices. Luego viajaría a Europa para hacer un doctorado sobre espacios públicos y regeneración urbana en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona. Allí estudió los monumentos en los espacios públicos de Lima, enfocada en tiempos de Leguía (1919-1930). El tiempo y la experiencia le trajo a Hamann numerosas exposiciones individuales y conferencias en el extranjero. A su vez, la docencia ha sido un punto de inflexión en su trayectoria: dicta cursos de escultura en la Universidad Católica —su alma máter— desde hace treinta y dos años.

***

Pronto serán cuatro decenios comprometidos con la escultura. Johanna erra por los pasadizos de la galería Germán Krüger Espantoso. Es la primera vez que observa su obra reunida, ella la contempla como un reflejo de sí misma: “mis esculturas son parte de mi proceso, de mi vida”. Para Johanna Hamann, el sendero de la creación es una lucha muy fuerte y solitaria. Hurgar insondablemente en sus adentros, con la intuición de buscar aquello que no acaba de concebir, pero cuya existencia anhela con locura. En la necesidad de crear su propio mundo, la lucha prosigue hasta extraerlo de sí misma, y encarnarlo en materiales y objetos. Ahí donde convergen ideas, naturaleza y psicología en un tórrido claroscuro de sensibilidad, ella acecha su obsesión a través del abismo para evocar lo finito del cuerpo y la eternidad del alma.

Johanna Hamann: “Cuerpo I” (Opresión), 1994-1997. Cera, 170 cm. x 45 cm. x 32 cm. (Créditos: Gino L. Ataucusi Arenas).

 

 

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El caso Amok: el libro de la muerte

Krystian Bala, 2008 (Créditos: Adam Hawałej/PAP).

Krystian Bala podría acaso denominarse como el precursor del ‘meta-asesinato’. El joven escritor polaco permanece en la prisión de Breslavia, tras culpársele de haber premeditado, dirigido y cometido un homicidio en el 2000. Después de acabar —supuestamente— con la vida de un empresario, escribió y publicó un libro de nombre Amok, en el que se narraba una muerte muy similar. Nadie podría haberlo descubierto. Al menos eso pensaba.

 

El caso

Diciembre para Polonia es un mes perdido. El invierno deprime a sus habitantes, invade la voluntad de los corazones con una desidia tan gris y fría como el cielo de sus tardes. Aquella gélida jornada de diciembre del 2000, cerca al río Óder, al suroeste del país, tres pescadores se hallaban trabajando en silencio. Todavía no encontraban nada cuando uno de ellos creyó ver un gran pez aproximándose a la orilla. Mientras se iba acercando, el pescador y sus amigos pensaron que era un tronco, pero al verlo ya ante ellos, repararon en el cabello. El pescador emitió un alarido de pavor que alarmó a sus colegas, y palpó la figura con su caña de pescar, para atraerla. Lo sabía. Era un cadáver.

El departamento de policía de Breslavia, la ciudad más cercana al hallazgo, trasladó el cuerpo a la morgue. Una soga amarraba el cuello del hombre. Las manos atadas a la espalda. Parte de la cuerda, probablemente cortada con un cuchillo, conectaba sus manos al cuello, provocando que el menor intento de movimiento ajuste y ahorque más la soga en su garganta. Su crueldad lo sugería: era un homicidio. Vestido con un polo y ropa interior, las heridas del cuerpo evidenciaban maltrato y torturas. Los exámenes posteriores revelarían que la víctima no había ingerido alimentos durante los días precedentes a su muerte. Otro examen pulmonar reveló signos de ahogamiento. Contemplaron la posibilidad de que la víctima haya sido lanzada con vida al río.

Las características reflejadas en el análisis del occiso coincidían con la descripción de Dariusz Janiszewski, un publicista de 35 años que se había reportado como desaparecido desde el mes anterior. Fue visto por última vez saliendo de su trabajo en el centro de Breslavia, el 13 de noviembre. Cuando los efectivos de la policía se contactaron con la esposa de Janiszewski para que identifique al muerto, ella se negó. No soportaba el dolor. Su madre, sin embargo, aceptó acudir a la cita, reconociendo el cuerpo sin vida de su hijo. Tenía la misma marca de nacimiento en el pecho.

Portada del libro “Amok”, publicado en Breslavia por la editorial Croma (2003).

Meses después, desprovistos de pistas e información, la policía tiró la toalla y abandonó la investigación. Fue bautizado por la prensa polaca como “el crimen perfecto”. Tres años más tarde, en otoño del 2003, Jacek Wróblewski, un detective de 38 años de la policía de Breslavia, desempolvó el caso. Revisó exhaustivamente el archivo, en una madrugada sitiada de tazas de café e interrogantes. Sus pensamientos moraban con este crimen. Estaba fascinado. Acaso la oscura incertidumbre que lo entrañaba, la inquietud de resolver un enigma sangriento y de relevancia nacional. Wróblewski era un detective muy curioso. Para comprender la mente criminal, había empezado a estudiar psicología en sus espacios libres, en la universidad pública local.

Durante sus indagaciones, un detalle aparentemente fútil captó su atención: nunca hallaron el teléfono celular de Janiszewski. El detective buscó a la esposa del difunto y le pidió los documentos del móvil desaparecido. Ella le brindó el manual de instrucciones, donde figuraba el número de serie del equipo, que Wróblewski empezó a rastrear. Pronto encontraron su paradero: había sido vendido cuatro días después de la desaparición de Janiszewski, en la popular tienda online polaca llamada Allegro. El vendedor estaba registrado como “ChrisB(7)”. Tras una breve pesquisa, el usuario fue reconocido como un escritor, filósofo y empresario de 30 años llamado Krystian Bala.

Empezó a investigar al joven académico. Acababa de publicar Amok, un libro experimental, muy extraño e incomprendido por los medios, en el que figuraba un diabólico chivo de ojos brillantes en la portada. Una representación clásica del Diablo. ‘Amok’ es una curiosa palabra de origen malayo que tanto en polaco como en español y otros idiomas describe un frenesí violento, salvaje y disruptivo, cual estado berserk. Una locura homicida. El detective adquirió la novela y la devoró con rapidez. Narraba las desventuras de un joven intelectual polaco —cual alter ego de Bala— perdido en una sórdida historia sitiada por drogas, sexo y alcohol. Pero algo conjuró su total sorpresa: en determinado momento del libro se describía un asesinato idéntico al de Janiszewski. Wróblewski hiló cabos y no vaciló. Bala fue capturado a los pocos días, y su libro se volvió un insospechado best-seller. Los lectores querían hallar pistas del asesinato en la novela.

Ilustración de John Ritter para la crónica de David Grann en The New Yorker.

En el 2007, el tribunal de Breslavia falló declarándolo culpable. Al año siguiente, se ratificó la sentencia y se oficializó su condena a 25 años de prisión. El asesino intelectual sigue proclamando al mundo su inocencia, aduciendo que se basó en dos textos periodísticos como material principal para su obra. Hacia el final, la novela de Bala se descartó como evidencia en el caso. Sin embargo, otros factores insistieron en su culpabilidad, donde destacaba el teléfono robado de Janiszewski. El motivo resultó ser bastante común: celos. La exesposa de Bala tenía una aventura con la víctima. Bala nunca dejó de insistir en que aquello carecía de sentido, pues esa relación había terminado hace años y él ya no sentía nada. Durante su reclusión, Bala empezó a escribir su segunda novela, supuestamente titulada De Liryk.

 Aunque para muchos sea indiscutible, hasta el día de hoy no se ha esclarecido a plenitud si cometió el crimen. Las pruebas así lo señalan, mas las averiguaciones realizadas encuentran ciertos vacíos en la cadena lógica de eventos, como los testimonios contradictorios en los exámenes forenses. Además, los fiscales y la policía no pueden determinar con exactitud las circunstancias del asesinato de Janiszewski. Muchas preguntas permanecen sin respuesta: ¿dónde se cometió el crimen? ¿cómo transportó a la víctima a un lugar a aproximadamente 100 kilómetros de Breslavia? ¿Tuvo alguna ayuda o estaba solo? A su vez, tampoco se sabe si terminó aquella segunda entrega literaria. David Grann, escritor y periodista del The New Yorker que narró el caso en su extensa crónica True Crime. A postmodern murder mystery, cuenta que, al preguntarle por el libro durante una entrevista en la cárcel, Bala lanzó una nerviosa mirada a los guardias, cerciorándose de no ser escuchado, y musitó: “este próximo libro será aún más deslumbrante”.

 

Krystian Bala hoy

El autor de Amok continúa tras las rejas. Todavía afirma ser inocente. En una entrevista del 2010, Grann habló de su experiencia entrevistando al criminal. Allí entra en detalle en su psicología: Bala se pasó gran parte de estos años hablando de la dualidad entre la realidad y la ficción, y como su libro era un relato ficticio que podía abrirse a la interpretación. Fue lo que le dijo a Grann en la cárcel y que también le repitió a los periodistas polacos Mateusz Baczyński y Janusz Schwertner en el 2017. No obstante, la desesperación parece haber afectado a Bala, quien se contradice: “lo sorprendente, lo divertido —algo que al menos algunas de estas historias tienen— es que pueden ser muy inquietantes, a veces perturbadoras, pero también tienen momentos extrañamente cómicos, y uno de los momentos más graciosos fue cuando este novelista posmoderno está en pleno juicio y de repente intenta convencer a todos de que él es un empirista y que nadie puede interpretar su novela. Yo sé lo que es la novela”, comenta Grann. La crónica sobre el caso Amok de David Grann fue incluida en dos de sus compilaciones de ensayos y textos periodísticos: The Devil & Sherlock Holmes: Tales of Murder, Madness & Obsession (2010) y The Old Man and the Gun: And Other Tales of True Crime (2018).

Bala se ha mostrado entusiasta al hablar sobre la supuesta secuela de Amok, la anunciada De Liryk. Un todavía sobrecogido Grann agrega que, luego de enterarse de la existencia de este próximo libro, descubriría que la policía de Breslavia ya había reunido evidencia hallada en la computadora de Bala, cuyos archivos contenían material sobre una potencial nueva víctima. De acuerdo al reporte policial, Bala planeaba volver a matar, enlazando su segunda novela con un nuevo asesinato. Años más tarde, el escritor homicida le revelaría a Baczyński y Schwertner que De Liryk ya estaba casi lista y que se trata de la segunda parte de una trilogía: “será una disertación pornosófica, posmoderna en forma, hardcore en contenido”, señaló desde la prisión.

En el 2010, Bala intentó anular su sentencia sirviéndose del recurso de casación, pero el Tribunal Supremo rechazó su apelación. El caso de Amok sigue siendo uno de los crímenes más sonados tanto en Breslavia como en todo el país. Krystian Bala continúa cumpliendo la condena de 25 años, y no se declara culpable hasta el día de hoy.

Bala en el 2017, en un reportaje del canal de televisión polaco TVN24.

 

Amok en el séptimo arte

La historia de un graduado de filosofía que incurre en homicidio y unos años después publica una novela donde camufla pistas y otros detalles de cómo acometió el crimen. Era una cuestión de tiempo: periodistas, escritores, cineastas, criminólogos, el caso dio la vuelta al mundo, en gran parte por el relato de Grann en The New Yorker. Ciertamente, es una idea muy atractiva para la ficción.

La primera adaptación del caso fue local. Amok es una película del 2017 dirigida por Kasia Adamik —hija de la connotada cineasta polaca Agnieszka Holland— y protagonizada por Mateusz Kościukiewicz, quien interpreta a Krystian Bala. Se trata de una adaptación libre del crimen de Bala y su libro que generó mucho interés por la ya conocida y controversial historia detrás, pero que no fue bien recibida por la crítica. En el 2017, cuando los periodistas Baczyński y Schwertner le preguntaron por qué permitió que realicen una película que lo presenta como el asesino cuando él sigue alegando lo contrario, Bala replicó: “es solo una película. ¡Ficción, no documental! Todo el argumento se basa en los eventos de una forma muy abierta. Algunos personajes son completamente ficticios. Verás, yo me permito una provocación. Para ser honesto, no estaría de acuerdo con una hagiografía. No quiero verme inmaculado. Y esta película es una narración divertida… Para el cine podría incluso ser un caníbal. Repito: es divertido”.

Póster oficial de la película “Amok” (2017).

Quizá lo curioso sea lo acontecido detrás de cámaras: Bala aceptó la idea y vendió los derechos de autor tanto del libro como la película, ganando alrededor de 30 mil dólares en złoty —la moneda polaca— que transfirió de inmediato a su madre. Al año siguiente, la familia de la víctima, Dariusz Janiszewski, denunció a los creadores de la película y llevó el caso a la corte de Breslavia, aduciendo que la información de esta violaba sus derechos de privacidad y ofendía la memoria del difunto. La abogada de la cineasta afirmó que todo el proceso se había dado bajo la ley, refiriéndose al dinero otorgado a Bala. Cuando la corte decidió que Bala debía pagar 11 mil złoty —unos 3 mil dólares— a la familia de Janiszewski, este se negó, declarando que ya lleva años sin recursos financieros y sin ningún ingreso en el camino. Desde entonces, la fiscalía de Breslavia lleva a cabo una investigación para explicar si se ha ocultado el dinero. Todo quedó en el aire.

Claqueta de la filmación de “Amok”, la adaptación al cine de Kasia Adamik (Créditos: TVN24).

Mientras esto sucedía, Estados Unidos preparaba su propia versión de la mano del director griego Alexandros Avranas. Dark Crimes se estrenó el 2018 luego de recorrer festivales como True Crimes, un nombre más cercano a la afamada crónica de David Grann en la cual se basó el guion. En Dark Crimes tenemos a Jim Carrey como Tadek, un detective polaco que encuentra grandes similitudes entre un caso sin resolver y un reciente best-seller escrito por un siniestro personaje llamado Kozlov —el Krystian Bala de turno—, interpretado por Marton Csokas. La película fue presa de un rechazo devastador, centrado en su ritmo excesivamente sombrío y deprimente, el acento eslavo de Carrey y las no pocas escenas de violencia contra la mujer. Al mismo tiempo, el rol de Csokas como el asesino fue ovacionado y considerado lo mejor de la película.

Personalmente, creo que tanto Amok como Dark Crimes no son buenas películas, pero aquello no las hace detestables. Mientras la primera es un thriller más digerible y ameno que no ofrece nada nuevo, la segunda parece esforzarse demasiado —sin éxito— en emular esa atmósfera lúgubre y siniestra del cine policial europeo, además de la sórdida y explosiva violencia de algunas escenas. No obstante, pienso que las actuaciones la salvan de ser un total bodrio, con un Jim Carrey bastante sólido —si ignoramos ese acento innecesario que es todo menos polaco— y las acertadas actuaciones de Charlotte Gainsbourg, Kati Outinen, Robert Więckiewicz o el ya mencionado Csokas. Dicho todo esto, ambas historias son inferiores a la descabellada historia de la vida real en la que están basadas. Todavía queda pendiente un gran thriller sobre el caso Amok.

 

Otros escritores asesinos

Si bien el caso de Krystian Bala y su libro Amok es extraordinario, no se trata de un episodio sui géneris en la literatura. Existen otros escritores de novela negra que luego se descubrieron como verdaderos asesinos. Quizá los más similares al caso Amok, es decir, crímenes en los que se haya matado a un ser humano para luego narrar los detalles subrepticiamente en una novela, sean los de Richard Klinkhamer y Liu Yongbiao. El primero es un escritor holandés cuya esposa desapareció en 1991. Un año después presentaría a su editor el manuscrito de una perversa novela donde proponía siete distintas maneras de asesinar a su esposa. El texto fue rechazado, pero sus fragmentos vieron la luz en la prensa clandestina. En el 2000 los nuevos dueños de su antigua casa hallaron el cráneo de su esposa enterrado en el jardín. Klinkhamer confesó el crimen y fue sentenciado a siete años de prisión, saliendo el 2003 por buena conducta. Murió en el 2016, convertido en una celebridad. El otro es Liu Yongbiao, un escritor chino que se hizo muy notorio en su región. En el 2010 publicó una novela en cuyo prólogo comentaba su próximo proyecto literario como “la historia de una hermosa escritora que ha matado a muchas personas, pero los casos siguen sin resolverse”. En el 2017 fue arrestado como principal sospechoso de un caso sin resolver de 1995, el asesinato múltiple de una familia que trabajaba en una pensión de la localidad de Huzhou. “He estado esperando este día durante mucho tiempo”, confesó Liu, quien fue sentenciado a muerte en el 2018.

Póster oficial de la película “Dark Crimes” (2018).

Entre otros casos de escritores asesinos tenemos al norteamericano E. Richard Johnson, autor de Mongo’s Back in Town, un libro de 1969 llevado al cine en 1971. Johnson escribió casi la totalidad de sus relatos de crimen desde la cárcel, donde estuvo a raíz de un homicidio en segundo grado acometido durante uno de sus atracos en su juventud. Anne Perry, reconocida autora británica de novelas de misterio, entre ellas sus series sobre Thomas Pitt y William Monk, estuvo en la cárcel cinco años por el asesinato de la madre de su mejor amiga en 1954. Ambas la mataron a ladrillazos. El oscuro incidente recordado como el “Caso Parker-Hulme” fue adaptado al cine por Peter Jackson en la lograda Criaturas celestiales (Heavenly Creatures, 1994).

María Carolina Geel fue una recordada escritora y crítica literaria chilena que en 1955 asesinó a su amante en el suceso conocido como “El crimen del Hotel Crillón”. Gabriela Mistral, entonces cónsul en Nueva York, solicitó su indulto al presidente chileno Carlos Ibáñez del Campo, cumpliendo así solamente un año de su sentencia. En ese periodo concibió Cárcel de mujeres (1956), uno de sus libros más exitosos, y siguió escribiendo hasta su muerte en 1996.

Si bien fue declarado como un accidente, en 1951 en Ciudad de México, el mítico beatnik William Burroughs acabó con la vida de su segunda esposa, Joan Vollmer. Al inicio retrató el incidente como una macabra borrachera, al estar ambos ebrios jugando “Guillermo Tell”, pero luego diría que fue un descuido mientras mostraba su pistola a sus amigos. Al retornar a Estados Unidos, fue sentenciado a prisión suspendida por dos años. David Cronenberg recreó el incidente en su delirante película El almuerzo desnudo (Naked Lunch, 1991).

Más recientemente, tenemos al historietista y dibujante canadiense Blake Leibel, quien en el 2016 torturó, extrajo el cuero cabelludo y drenó el cuerpo de su prometida hasta la muerte. Las investigaciones sugieren que Leibel se había inspirado en Syndrome, una sangrienta novela gráfica del 2010 que coescribió junto a otros artistas. Fue condenado a cadena perpetua en el 2018.

Y la lista continúa. Relatos aterradores en los que la realidad supera a la ficción. Crímenes en los que la vida imita al arte. Polonia tiene a Krystian Bala y su libro Amok. En unos años Bala saldrá libre. ¿Publicará aquella secuela? ¿Volverá a planear un homicidio?

Simplemente no lo sabemos.

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To forgive doesn’t mean to forget: Corpus Christi (Jan Komasa, 2019)

Cine, In English, Oscars, Polish Cinema, REVIEWS, The Church - Diego Olivas Arana - 14 Marzo, 2020

Bartosz Bielenia in "Corpus Christi" (Credits: Kino Świat).

A review of the powerful Polish competitor to win the statuette for Best International Film at the last Oscar ceremony

[Texto en ESPAÑOL]

“You know what we’re good at? Giving up on people. Pointing the finger at them. To forgive doesn’t mean to forget. Forgive means Love. To love someone despite their guilt. No matter what the guilt is”.

This is the quote I will remember from the whole movie. Perhaps the best scenes of Corpus Christi are those of the homilies, where the impostor father gives speeches charged with compelling truth. Words that hurt and transcend the traditions of the Church. Words that can be translated as heresy but that in the end reflect the most essential precepts of an institution that needs to adapt to changes. Such is its potency.

Daniel (Bartosz Bielenia) is an unfortunate and rebellious man in his twenties who is soon to finish his sentence in a Warsaw juvenile detention center, due to a second-degree murder happened during his teens. In the course of this imprisonment, he has undergone a rediscovery of his spirituality and wants to become a priest, but his criminal records prevent him from studying in a seminary. Frustrated, he is released on parole and sent to work at a sawmill in the countryside on the other side of the country, where he is mistaken for the new priest. Seeing a possibility of fulfilling his religious vocation, Daniel deliberately adopts the identity. This is how his new life begins: the young priest from the capital who begins to give masses in the town’s small parish. An impostor priest who does not have bad intentions and little by little transforms the lives of his parishioners, until problems begin: on the one hand, his criminal past haunts him; and on the other, his radical vision of faith and religious life collides with the local’s sensitivity regarding a tragic incident. That is the plot of Corpus Christi.

Poster of “Corpus Christi” (Credits: Kino Świat).

The cinéma d’auteur in the land of Wajda and Kieślowski is still promising. Every year a new film is present in international festivals and even makes it to commercial theaters of remote countries like mine—Peru. In 2018 we had the last example with the magnificent Cold War (Zimna wojna in Polish) by Paweł Pawlikowski—whose movie Ida was the first Polish film to win the award for the foreign film in the 2015 Oscars—and now it was the turn of Komasa, a young filmmaker with a fruitful filmography. Corpus Christi is the literal translation of Boże Ciało, the original name of the film in his native Poland, whose story is based on real events: his screenwriter, the even younger Mateusz Pacewicz, published a reportage in the Polish newspaper Gazeta Wyborcza a few years ago, titled Kamil, the one who posed as a priest. Curiously, this case has been repeated in different parts of the country. When writing the script for the film, there were two central themes: “social roles, and all the questions connected with our social roles in the theater of everyday life. The other topic was trauma: how our traumas shape who we are, and how they enslave us, both as individuals and social groups”, said Pacewicz, interviewed by Notes from Poland.

On the other hand, we must remember that Corpus Christi is not the first Polish film in recent years that sparks controversy speaking about the Church: Clergy (Kler), by Wojciech Smarzowski was a bomb from 2018 that portrayed the highest institution of the Catholic faith as a corrupted entity, hypocritical and invaded by pedophilia. But these are two very different movies. While Clergy works as a straightforward, more aggressive criticism film, Corpus Christi is sustained by a more contemplative discourse, questioning with ideas.

It is worth getting deeper into the protagonist. Father Daniel is quite a complex character, and Bielenia plays him with virtuosity. An insolent young man, a convicted criminal who seizes an opportunity and usurps an identity in order to give himself into his spiritual illumination. He believes he does it for the right reasons, however, his way of consummating this awakening is dishonest. In this context, his imposture verges on blasphemy. It is interesting to see how this blasphemy transforms into a challenge at the film’s core: the confrontation with a small community invaded by collective trauma. To make them see their cynicism and hypocrisy. Certainly: through Daniel’s modern and unorthodox preaching, the locals begin to deal with issues such as guilt, the true meaning of forgiveness, violence, death and mourning, or the different ways of embracing spiritual life. Daniel raises concerns and annoyance in the idiosyncrasy of this little town marked by a recent tragedy, whose inhabitants think of themselves as decent people with good manners, and suddenly discover they are imperfect. They are sinners. Thus, the film seeks to question the viewer’s own impiety, in these times where reigns a lack of compassion that leads to misconceptions and inequality.

Towards the end, we see that Daniel does not reach that desired conversion. When his criminal past returns and his deception is revealed, Corpus Christi distances from the linear happy ending to give us one as open as it is cruel. It works, but maybe it would have been preferable to dig more into the mind and the transformation of its main character and less in the trauma of the villagers. Perhaps the only thing I find dissonant with the plot is the scene of sexual intimacy between Daniel and his friend Marta (Eliza Rycembel). The consummation of his attraction feels gratuitous. It would have been better to leave their relation shrouded by the silent desire we see throughout the film. However, none of this reduces the strength and relevance of this story.

The cast, director and screenwriter of “Corpus Christi” at The 44th Polish Film Festival in Gdynia (Credits: Jakub Wozniak/Tricity New).

Corpus Christi has won various awards around Europe and became one of the five nominees for Best International Film at the 92nd Academy Awards ceremony, where it lost to the colossal Parasite. Bong Joon-ho’s movie deserves its accolades: it is a huge lash, a marvelous shock to the divided reality of our times. But honestly, it had already won too many awards, and I cannot help thinking that its statuettes are essentially related with the Academy’s eagerness for political correctness. The Oscars are very fun to watch and comment, but they happen to be also very politicized—which diminishes their artistic relevance, I dare say—in recent years. I think Corpus Christi should have won the Oscar for the best foreign film, its only nomination.

Finally, the fact that this story was born and set in Poland is not a coincidence. We are talking about a society that is historically Catholic and currently led by a very religious far-right government. At the same time, we are talking about a country where a considerable part of the population faces some disbelief, where Catholicism and church attendance are decreasing dramatically in the younger generations, gradually heading towards secularization. Despite such local setting, it is important to accept that the story told in Corpus Christi could happen anywhere. A fable about an impostor priest of small parish in a remote and rural town, whose message ends up being just as necessary or why not, just as universal.

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