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Los cuerpos sutiles de Johanna Hamann

Arte, Arte peruano, ENTREVISTAS y PERFILES, Escultura, Semblanzas - Diego Olivas Arana - 7 Abril, 2020

Johanna Hamann en su retrospectiva en el ICPNA, 2016 (Créditos: PuntoEdu/PUCP).

El 7 de abril del 2017 falleció Johanna Hamann, una de las escultoras peruanas más notables de las últimas décadas. Tenía 62 años. Conversé con ella un año antes para la revista Asia Sur, a raíz de la exposición de su retrospectiva en la galería Germán Krüger Espantoso del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores. Hoy, en el tercer aniversario de su muerte, comparto el texto.

*** Este texto fue publicado originalmente en la revista Asia Sur (Edición marzo, 2016).

 

Johanna Hamann es una de las más insignes representantes de la escultura contemporánea peruana. Para ella, el adentramiento plástico es reflexión, silencio y autoconocimiento. Hoy conmemora sus casi cuarenta años de obra artística con una muestra retrospectiva en la galería del Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores. Una vida entregada a la exploración del cuerpo y la forma.

 

La modelo se encuentra de pie con las manos cruzadas por detrás. La cabeza alzada al extremo, con la mirada ascendente. Magra y desnuda, su belleza contrasta con el significado que subyace a su posición. Parece sometida por algún hado incierto. Para la escultora Johanna Hamann, ella sugiere opresión. Deseaba desatar su imagen y esencia. Enlaza la contemplación de su modelo con la realidad, la historia o aquello que lleva dentro. Ello inspiraría Cuerpo I (Opresión), la mujer de cera de tamaño natural que iniciaría la serie El Cuerpo Blasonado (1997): un reflejo tan cruento como noble de la vida, el dolor y la muerte. Refugios donde la anatomía femenina dialoga con el sacrificio, palpando una tanática liberación, como quizás refleje Cuerpo II (Libertad), una criatura antropoide de olivo cuyas piernas humanas y torso se extienden en un par de apéndices de madera gigantes, cual alas de polilla. Así, Cuerpo III (Ejecución), revela la voluntad y fuerza de ir contra el cuerpo: una mujer de cera de cabellos largos y tenue sonrisa atravesada por una guillotina de acero inoxidable. El cuerpo sensible con fierro incrustado es una idea que se replica en trabajos precedentes, como Mujer de Madera o Esqueleto, que guardan connotaciones con la guerra interna que nuestro país sufrió durante dos décadas. “En mí anidan elementos que me mueven de fuera para adentro y viceversa. Voy experimentando en el camino, lo que encuentro me lleva a lo siguiente”, cuenta la artista, mientras recorre la galería.   

Johanna Hamann: “Libertad II”, 2013. Escultura en olivo, 219 cm. x 190 cm. x 70 cm (Créditos: Augusto Carhuayo).

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Johanna Hamann (1954) no ha perdido tiempo. Su vocación se encauzó tempranamente: dibujaba y pintaba desde pequeña. A los diecisiete años era una de las estudiantes de la entonces Escuela de Artes Plásticas de la Universidad Católica, donde conoció y llevó cursos con Adolfo Winternitz, el recordado pintor austriaco fundador de la Escuela de Arte, la escultora italiana Anna Maccagno y la pintora abstracta Julia Navarrete, entre otros. “Ellos transmitían su interior: hallar nuestra propia forma de expresarnos para descubrirnos como artistas. Allí adquirí la fe en indagar quién quiero ser como alguien que crea, como artista”. Su menuda promoción fue aquella sitiada por la naturaleza, recién mudada al Fundo Pando, en San Miguel. Bajo esa atmósfera, Johanna exploró diferentes disciplinas artísticas hasta entregarse de forma absoluta a la escultura. Era un momento de iniciación, pero también de tomar decisiones y mirar hacia el futuro. Ella albergaba a posibilidad de vivir a través del arte, y arribaba a un mundo donde quería vivir para siempre.

Johanna Hamann: “Cuerpo II” (Ejecución), 1995-1997. Madera de caoba, acero inoxidable y cera, 145 cm. x 87 cm. x 72 cm. (Créditos: Gino L. Ataucusi Arenas).

Tras licenciarse como artista plástica en 1985, realizó una maestría en humanidades en la misma universidad, que culminó el 2005 con una disertación sobre su proyecto artístico. Aquella fue una etapa de lectura, cuestionamiento e investigación, en la que viajó del inicio al presente de su obra para descubrirla como un continuum del cuerpo como propuesta artística. Johanna ha confrontado la corporeidad desde distintas miradas, discursos y matices. Luego viajaría a Europa para hacer un doctorado sobre espacios públicos y regeneración urbana en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Barcelona. Allí estudió los monumentos en los espacios públicos de Lima, enfocada en tiempos de Leguía (1919-1930). El tiempo y la experiencia le trajo a Hamann numerosas exposiciones individuales y conferencias en el extranjero. A su vez, la docencia ha sido un punto de inflexión en su trayectoria: dicta cursos de escultura en la Universidad Católica —su alma máter— desde hace treinta y dos años.

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Pronto serán cuatro decenios comprometidos con la escultura. Johanna erra por los pasadizos de la galería Germán Krüger Espantoso. Es la primera vez que observa su obra reunida, ella la contempla como un reflejo de sí misma: “mis esculturas son parte de mi proceso, de mi vida”. Para Johanna Hamann, el sendero de la creación es una lucha muy fuerte y solitaria. Hurgar insondablemente en sus adentros, con la intuición de buscar aquello que no acaba de concebir, pero cuya existencia anhela con locura. En la necesidad de crear su propio mundo, la lucha prosigue hasta extraerlo de sí misma, y encarnarlo en materiales y objetos. Ahí donde convergen ideas, naturaleza y psicología en un tórrido claroscuro de sensibilidad, ella acecha su obsesión a través del abismo para evocar lo finito del cuerpo y la eternidad del alma.

Johanna Hamann: “Cuerpo I” (Opresión), 1994-1997. Cera, 170 cm. x 45 cm. x 32 cm. (Créditos: Gino L. Ataucusi Arenas).

 

 

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Chicama: la ola más larga del mundo

Deportes, Ecología y Medio Ambiente, Reportajes, Viajes - Diego Olivas Arana - 29 Febrero, 2020

Atardecer en Chicama (Créditos: Carlos Antonio Ferrer).

El puerto Chicama, a 600 kilómetros de Lima, es hogar de la ola más larga del mundo. Su inefable grandeza y extensión han sido fruto de curiosidad y ambición de incontables tablistas. Dentro de poco, este paraíso surfer podría desaparecer ¿Qué sucede con la ola de Chicama?

 

*** Este texto fue publicado originalmente en una versión más corta en la revista Asia Sur #183 (Edición enero, 2016).

 

Ponga un dedo al azar en el mapa, y ahí donde caiga, un surfista habrá soñado alguna vez con la ola de Chicama, ese fenómeno oceanográfico único en el mundo que bosteza amplio, larguísimo y que se corona como la izquierda más larga del mundo. Cumpliendo aquel sueño, decenas de tablistas arriban a El Point, punto neurálgico del balneario norteño y paradero marino donde hombres y mujeres esperan viaje en ese medio de transporte armado con agua y sal, que favorece extensamente a quien sabe domarla a lo largo de sus dos kilómetros de cresta de espuma. Los favores de la ola han trascendido la orilla: tras los dos minutos y medio que dura su recorrido, decenas de moto taxistas esperan a los tablistas al final del viaje para regresarlos donde todo comenzó. Así de larga es: el retorno puede ser tan agotador, que es mejor pagar un nuevo sol para volver sobre tres ruedas.

Correr esta ola no tiene precio. ¿Por qué, entonces, sepultar tal maravilla de la naturaleza con un muelle?

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En marzo del año pasado, el terminal portuario de Malabrigo en Chicama, en el departamento de La libertad,  conocido también como Puerto Chicama, perdió su muelle artesanal, abatido por la intensidad del oleaje. El gobierno regional contempló la posibilidad de construir un nuevo muelle tipo espigón. Así, tres empresas extranjeras han ofrecido planes de construcción del muelle. Nada ha sido aprobado todavía, mas la polémica ya se desató: el muelle moderno cambiaría para siempre las llamadas ‘olas chicameras’, la meca del surf para el tablista de mundo. 

Para Carlo Grigoletto, de DG Costera, una institución que busca desarrollar proyectos sostenibles para la preservación del litoral peruano, todo está relacionado al proceso de transporte de sedimentos, que es el acopio de residuos arrastrados por las corrientes. «Ellos forman las playas y el fondo marino, que junto a la base sólida rocosa hacen de las rompientes lo que son ahora». Tal construcción sólida impediría el flujo natural de sedimentos, generando riesgos de erosión que afectarían la figura de las playas y el perfil y calidad de las rompientes, transformando la ola más larga del mundo en una corrida de turno.     

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. Clip de las olas de Chicama.

 

Casi dos centurias antes de que el capitán James Cook observase tablistas por primera vez en Hawái, el jesuita y antropólogo español Fray José de Acosta describió en su libro, Historia natural y moral de las Indias (1590), cómo los indígenas del Perú pescaban y paseaban por el mar sobre sus caballitos de totora, cual “tritones o neptunos sobre el agua”. Los primeros tablistas fueron peruanos. Siglos después, en 1965, el surfista hawaiano Chuck Shipman se topó con la inmensa ola de Chicama desde la ventana de su avión, regresando de un campeonato mundial de surf en Punta Rocas. Pronto identificó en un largo mapa del Perú la zona al norte de Lima donde podría hallarse aquel promontorio, y con ayuda de los tablistas peruanos Joaquín Miro Quesada, Oscar ‘Chino’ Malpartida y Carlos ‘El Flaco’ Barreda, descubrió aquello que surfistas de todo el mundo daban por mito o superchería: la ola perfecta de Chicama. Hacerse uno con la ola en Perú sienta bien. Es casi esperable. ¿Cómo salvar la leyenda viva que anida en Puerto Chicama?

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“Entre 1969 y 1972, poco después de que se descubriera la ola, visité Chicama seguido, mientras vivía en Lima. El pueblo no tenía agua corriente, solo un pozo central. No había baños, hacíamos nuestras necesidades en el desierto. Muy pocas casas tenían electricidad, la mayoría eran pequeñas chozas de barro y adobe. Las calles eran pura tierra y arena. La casa de El Hombre estaba más cerca del punto. Los surfistas dormían en un piso de tierra, en una habitación sin techo que estaba detrás de la cocina del señor Hombre. Sin costo alguno. En agradecimiento por su amabilidad, le compramos comidas cocinadas por su esposa por alrededor de 15 centavos de dólar. Esta era la única fuente de ingresos para Hombre y su familia empobrecida. Compartimos nuestro vino y pisco con Hombre, ya que él no podía permitirse ese lujo de hombre rico. Estoy feliz de ver que El Hombre llegó tan lejos y ahora dirige un exitoso hotel”.

Aquel es el testimonio de un viejo surfista apodado Fredisimo. El Hombre es un personaje casi místico en puerto Chicama, quien muy joven se dedicó a acoger a todos los tablistas extranjeros que llegaban en busca de la ola más larga del planeta. Con los años, lo que se inició como un gesto de hospitalidad acabó convirtiéndose en el negocio y legado familiar: el Hostal “El Hombre”, un espacio sagrado para los surfistas, hoy regentado por Doris, la hija de El Hombre. La ola los atrae y genera este intercambio y prosperidad. Como ellos, son muchos los lugareños cuyo trabajo gira en torno al turismo surfista de la ola de Chicama. Algo que podría desaparecer.

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Una joven surfista recorriendo la legendaria ola (Créditos: Javier Larrea).

Hace trece años se propuso la ley N° 27280, la ‘Ley de Preservación de las Rompientes apropiadas para la Práctica Deportiva’. Ley pionera en su discurso, que recién fue legislada en el 2013 bajo la condición de que solo serán protegidas aquellas registradas en el Registro Nacional de Rompientes. Carolina Butrich, campeona mundial de windsurf y coordinadora de la campaña HAZLA POR TU OLA, de la iniciativa Conservamos por Naturaleza, afirma que para realizar tales inscripciones se deben presentar expedientes y estudios que pueden tomar tanto tiempo como dinero. HAZLA busca explicar la problemática y recaudar cincuenta mil dólares para registrar un primer bloque de diez grupos de rompientes importantes, incluida Chicama. “No hay antecedentes de lo que queremos hacer, eso puede ser un problema. Tratamos de establecer un proceso para facilitar los pasos en el futuro”, confiesa Carolina, mientras contempla sonriendo el tatuaje de su muñeca: un heartbeat cuyas ondulaciones reflejan el movimiento de unas olas. La vida evocada en el mar.

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La construcción de un muelle podría ser factible en tanto sea sostenible. Carolina menciona tres principios que deben considerarse para ello: el ambiental, pues al ser un muelle sólido y no permeable, impide el tráfico de sedimentos e incrementa la erosión; el económico, porque la ola de Chicama no es solamente un acontecimiento para surfers, genera gran actividad turística que da muchos puestos de trabajo; y el social, ya que un muelle provocaría la pérdida de arena por retención de sedimentos, ello transformaría las playas, afectando los lugares turísticos y por ende a la población.

Dicen que muchos surfistas erraron toda su vida buscando la ola más extensa y perfecta, aquella misteriosa criatura infinita que los encaminaba al origen del mundo. La legendaria ola de Chicama, la más larga de la tierra, podría acaso ser tal aparición. Y podría, a su vez, convertirse en un pronto recuerdo. Está en nuestras manos.  

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