Posts for El Comercio

Dalí y Warhol: el reencuentro de dos genios

Invierno de 1964-1965. Salvador Dalí y Andy Warhol en el St. Regis Hotel de la ciudad de Nueva York (Créditos: David Mccabe/A Year in the Life of Andy Warhol, Phaidon, 2003).

Salvador Dalí sostenía que lo más importante era que se hable mal de él. Andy Warhol afirmaba que el mejor arte es hacer un buen negocio. Los máximos referentes del surrealismo y el pop art cultivaron una imagen pública que atrajo la atención del mundo, marcando la historia del arte.

*** Una primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 06/08/2017.

 

Tan solo una vez en su trayectoria, cuando ya era una leyenda en vida, Andy Warhol se quedó verdaderamente atónito, turbado, sin palabras. Fue en el verano de 1965, en el St. Regis Hotel de Nueva York. Tenía una cita en la suite 1610. Al aproximarse, alguien desde adentro lo invitó a pasar con un giro de su bastón. Una ópera ensordecedora invadía la habitación. De acuerdo al fotógrafo David McCabe, quien contó la historia y estuvo allí para registrarla, el hombre del bastón se acercó apremiado y se situó detrás de Warhol para ponerle un penacho de reminiscencias incaicas en la cabeza. Fue una reunión de cinco minutos que el creador del pop art sintió como un siglo de incomodidad. El extravagante huésped era otro mito llamado Salvador Dalí.

Aquel fue el primer encuentro de dos de los artistas más memorables del siglo XX. Y si bien solo trabajaron juntos en dos proyectos —la película Salvador Dalí (1966), donde el pintor conoce a The Velvet Underground; y el memorable retrato mudo del rostro de Dalí (1966), uno de los cientos de screen test de Warhol—, su relación perduró las siguientes dos décadas. En otra afamada fotografía de Christopher Makos, de 1978, Dalí y Warhol se saludaron compartiendo un beso durante una recepción en Nueva York. Fue un símbolo de mutua admiración y, para muchos, un guiño a la forma en la que ambos concibieron su trabajo: entre la genialidad, la fama y los dólares. El encuentro de dos grandes megalómanos que crearon su propia imagen y realidad alrededor de sí mismos, trastocando —o eliminando— los límites entre la vida y el arte.

***

Hasta el próximo 7 de octubre, Dalí y Warhol celebran un último reencuentro en el cuarto piso del Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, un viejo edificio gótico que Stalin obsequió a Polonia en tiempos soviéticos y que hoy es uno de los espacios culturales más importantes de la ciudad. La exhibición (Dali kontra Warhol en polaco) superpone de forma integral la biografía y obra de ambos artistas a través de más de 120 obras, algunas nunca mostradas al público. Para el crítico de arte y curador Stach Szabłowski, uno de los dos curadores de la exhibición, “tiene sentido yuxtaponerlos, pues en ambos es absolutamente imposible separar la obra del personaje, de su imagen pública”. La conexión es tan evidente como idónea. Dos generaciones, personalidades y backgrounds distintos y, sin embargo, una aproximación artística que compartía una avanzada noción del poder de la publicidad para atraer a las masas. Ello condujo a construir su imagen excéntrica como parte de su praxis del arte y, en cierta medida, hacerla su centro. Se trata de descifrar el misterio del éxito de estos artistas a través de una reflexión sobre la fama y el dinero.

La muestra en Varsovia alberga importantes y célebres piezas de Warhol, como los retratos de Marilyn Monroe (1983) o los cuadros y trabajos de las sopas Campbell (1962-69), entre otros; contrastados con pinturas de Dalí como “El enigma sin fin” (1939) o “La tentación de San Antonio” (1946), sus esculturas, e incluso un ejemplar del libro surrealista de recetas de cocina para su esposa Gala, el hoy agotado Les Diners De Gala (1973).

Sin embargo, el aditivo más exquisito de la exhibición es también el último: una generosa colección inédita de los originales de Warhol en portadas de álbumes de música. The Rolling Stones, The Smiths, Count Basie, Miguel Bosé, Rats & Star, Leopold Stokowski, Blondie, Vladimir Horowitz, Thelonious Monk, Paul Anka, Artie Shaw, David Bowie, entre muchos otros, con un énfasis final en su colaboración con The Velvet Underground. En esas portadas, Warhol se distanció de las disciplinas visuales y se permitió improvisar con total libertad. “Vemos que también tenía talento para el dibujo y una hermosa caligrafía, por ejemplo. Nada de esto es corriente en su discurso principal”, dice Szabłowski.

Salvador Dalí y Andy Warhol, circa 1978 (Créditos: Christopher Makos).

***

Un fino bigote ascendente y una peluca plateada. Salvador Dalí (1904-1989) y Andy Warhol (1928-1987) quizá sean las criaturas más extrañas que hayan salido de la novelesca comarca de Ampurdán y de Pittsburgh, la ciudad de acero, respectivamente. Uno se autodefinía como una droga, el otro como un ser profundamente superficial. Fueron animales de la misma especie: revolucionarios artistas que se sirvieron de los mass media para desarrollar su discurso. Aunque, como recuerda Szabłowski, para Dalí este fenómeno fue algo por descubrir, tanto por cuestiones generacionales como geográficas: “Dalí creció en una España de inicios de siglo XX, todavía basada en la aristocracia nobiliaria; mientras que para Warhol, como para gran parte de la sociedad estadounidense, se trató de algo natural: creció en un mundo moderno y totalmente centrado en el consumismo”.

Según Szabłowski, revisando toda la obra del catalán, comprobaremos que siempre propuso la misma visión, cambiando solamente el lenguaje. Además, influyó sobremanera que, en un comienzo, mientras pertenecía activamente al movimiento surrealista, su obra estuviera dirigida a un público pequeño y cerrado, acaso más elitista. No existían, por ejemplo, museos de arte moderno o contemporáneo, éstos estaban más dedicados a lo histórico, y lo nuevo sucedía solo en un nicho. El vanguardismo ciertamente crecía y se fortalecía, pero toda nueva expresión de arte es más elitista o underground. Posteriormente, acaso desde los años cincuenta, la obra de Dalí se dirigió al público en general. 

. Dalí en uno de los screen test de Warhol (1966).

En 1934, poco antes de ser expulsado del movimiento surrealista —cuando soltó aquello de “No pueden expulsarme porque yo soy el surrealismo”—, Dalí recibió el apodo de “Ávida Dollars” por parte de André Bretón. Un anagrama de su propio nombre que señalaba su afición a la fama y el dinero. Dalí estuvo en todas partes durante su tiempo, evidenciando que su trabajo no abrazaba la vieja concepción del artista como alguien entrenado en una habilidad específica, como la pintura o escultura, por ejemplo. No. El artista como marca puede incursionar donde quiera, y Dalí lo comprobó a través de pinturas, esculturas, pero también diseño de muebles o colaboraciones cinematográficas, por ejemplo. Buscaba demostrar que como creador podía hacer lo que quisiera, algo que Warhol corroboraría años más tarde.

Ambos hicieron suya esa transgresión encarnada en los medios, la provocación y el espectáculo. Dalí los empleaba para traducir su universo, esa visión del mundo onírico y la mente; Warhol, acaso socialmente más comprometido, los utilizó como el concepto mismo de su propuesta, introduciendo al arte elementos de productos, marcas y deseos colectivos. Esa fue la contribución más importante del pop art a la historia del arte del siglo XX.

La exposición “Dali kontra Warhol”, montada en el Palacio de la Cultura y la Ciencia, en Varsovia, en el 2017. Estuvo compuesta por más de 120 piezas de los artistas, muchas de las cuales fueron exhibidas por primera vez (Créditos: Diego Olivas Arana).

Para Hank Hine, director del Dali Museum en San Petersburgo, Florida, Warhol fue uno de los artistas más marcados por el legado y modelo de Dalí: “Ambos tenían una estética similar, pues abrazaban lo que era el medio dominante de la época, a pesar de hacerlo de formas distintas. Warhol realmente se apropió del enfoque de Dalí a la prensa, desarrollándolo al límite”. Hine agrega que el verdadero nudo entre ambos artistas se encuentra en su curiosidad sobre el significado y la naturaleza del arte. “Ambos tenían la convicción de que el arte es algo que trasciende la pintura, el cine o la foto. Es la idea que existe detrás de la obra maestra. Algo que reflejaron en su propia imagen”.

Ciertamente, para Dalí no bastaba la simple contemplación de su imaginación en pinturas. Tenía que manifestarse en la vida real para revelar esa creatividad en persona y generar un quiebre, conjurando reacciones, como en una exposición surrealista en Londres de 1936, donde sorprendió al público al dar su discurso vistiendo una antigua escafandra para buceo y acompañado de dos galgos rusos (al final tuvo que sacarse el casco para evitar la asfixia). Warhol extremaría esta perspectiva de muchas formas, desde su protagonismo en las fiestas de Studio 54 o The Factory hasta aparecer en comerciales de la empresa electrónica nipona TDK o junto al boxeador Sonny Liston promocionado la aerolínea Brannif (when you got it, flaunt it!).

Instalación del “Sofá-labios” de Salvador Dalí en la exposición Dali kontra Warhol, en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Los dos fueron muy versátiles para desarrollar su trabajo, haciendo que sus intereses en distintos medios y plataformas de expresión volcaran en numerosas colaboraciones con otros artistas, como Dalí con Luis Buñuel en el cortometraje surrealista Un perro andaluz (1929) o la serie de pinturas colaborativas que Warhol realizó con Jean-Michel Basquiat (1983-1985). A su vez, otro factor que los unió es que tanto Dalí como Warhol descubrieron temprano la ventaja de la multiplicación, condicionando sus talleres para ello. Es curioso recordar que Dalí empezó con estos cambios antes de que Warhol conceptualizara y creara The Factory, su famoso estudio, taller y punto de encuentro de la bohemia de Nueva York. Según Szabłowski, “ambos cuestionaban el significado tradicional de la originalidad, especialmente Warhol, quien puso mucho énfasis en esto. Raramente hacia un trabajo que no tuviera varias ediciones. Casi toda su obra principal se basó en series”.

Pese a tales similitudes, las diferencias en sus propuestas están muy presentes. “A través de toda su obra, Dalí nunca abandonó el ideal de la omnipotencia del artista, es decir, la posibilidad de crear de la nada, empleando tu propia genialidad. Algo que no está mal, fue su camino y concepción, mas también se debe a que pertenecía a otra generación y a su background surrealista, que siempre lo empujaba hacia esta convicción del poder creativo ilimitado”, explica Szabłowski. “Warhol tenía otro tipo de sensibilidad. Él decía que el artista del futuro será alguien que edita y reedita, que se comunica a través de elementos ya existentes, transformándolos y dándoles más poder”, agrega.

Portada del álbum “Sticky Fingers” (1971) de The Rolling Stones, diseñado por Andy Warhol.

Además, Warhol tenía una opinión muy crítica. No era esa persona pública sin expresión ni opiniones que siempre aparentó. Ese disfraz fue parte de su proyecto artístico: servir como espejo para los conceptos de otras personas. Warhol se distanciaba mucho de la categoría de un artista sin opiniones. Su profundo entendimiento de la cultura de su tiempo provocó que su obra se centrara en una confirmación total de la sociedad de consumo: empleando elementos tomados de diferentes productos o deseos colectivos. “Muchas veces —sostiene Szabłowski—, evidenciar la forma de operar del sistema puede ser más crítico que rechazarlo o negarlo, porque a través de la confirmación estás realmente demostrando cómo funciona”. Algo que puede verse con las latas de sopa Campbell, donde glorifica y critica los hábitos de consumo de la época.

Uno de los conceptos que más los une es asimismo uno de los que más descubren su genialidad: ambos cuestionaban la mortalidad. “In Voluptas Mors” (1951), un retrato hecho en colaboración con el fotógrafo Philippe Halsman, presenta a Dalí posando junto a una gran calavera, o dependiendo de la perspectiva, junto a siete modelos desnudas (“la voluptuosidad de la muerte”). Dalí subvierte la realidad en esta fusión de la inminencia de la muerte y la presencia del erotismo, buscando que uno descubra pistas sobre sus procesos subconscientes a través de las asociaciones evocadas por la ilusión óptica.

El clásico “In Voluptas Mors” (Philippe Halsman, 1951).

A su vez, en su “Díptico de Marilyn” (1962), Warhol presenta cincuenta cuadros del rostro de Marilyn Monroe, basados en una fotografía publicitaria para la película “Niagara” (1953). Se trata de una serigrafía realizada poco después del deceso de la actriz, donde una mitad está a colores y la otra en blanco y negro, connotando no solamente la extremada reproducción que reduce el valor de las persona retratada, sino la relación entre la figura de la fama con la del consumismo y la muerte. Hank Hine sostiene que “en Warhol podemos ver el amor por este mundo, pero también un sentido de su fugacidad y su muerte. Las celebridades como un esbozo que eventualmente se descompondrá y desaparecerá”.

 

***

A pesar de los años, el recuerdo de estos dos iconoclastas permanece vigente en la memoria colectiva. Algo que intensifica la importancia de esta muestra y le otorga actualidad es el reciente retorno de ambos a las noticias, nuevamente bajo el manto del escándalo. A fines de junio, John McEnroe, el retirado campeón de tenis estadounidense convertido en celebridad, publicó su autobiografía, donde, entre otras confidencias, señala a Warhol como el saboteador de su vida sexual, interrumpiendo muchos de sus flirteos nocturnos con sus fotografías (Warhol solía tomar Polaroids a todos, incluyendo personajes como Alfred Hitchcock, Pelé o Mick Jagger. Por esa afición es que hoy se le considera uno de los precursores del concepto de Instagram). McEnroe además afirma que Warhol fue un “mediocre sobrevalorado”, olvidando quizá que en 1986 lo contrató para que hiciera un retrato de él y su entonces esposa, Tatum O’Neal.

De la misma forma, el nombre de Dalí ha resonado por toda España con revigorada fuerza. El pasado 20 de julio se realizó la exhumación de su tumba en el Teatro-Museo Dalí, en su natal Figueras. La acción se dio como orden de una corte de Madrid, paso crucial para la consecuente prueba de ADN que implica proseguir la demanda de Pilar Abel Martínez, tarotista de 61 años que asegura ser su hija extramatrimonial. Una noticia que ha conmocionado a todo el país, dividiendo a la gente entre quienes apoyan a Abel Martínez y quienes la dan por una oportunista y embaucadora. Además del rechazo de los actuales dueños del patrimonio del surrealista: la Fundación Gala-Salvador Dalí, el Estado español y el ayuntamiento de su pueblo. El equipo forense extrajo un poco de pelo, uñas y dos huesos largos para la comparación de ADN, y según uno de sus miembros, el bigote de Dalí permanece idéntico, dando las 10 y 10 de un reloj imaginario, como él deseaba. Los resultados se pronostican para mediados de setiembre. Toda una locura que el diario El País ha llamado “surrealismo en estado puro”.

***

Afiche de la muestra “Dali kontra Warhol” en Varsovia (2017).

En mayo de 1978, Dalí y Warhol se citaron en un restaurante en Nueva York. Warhol llevó dos ejemplares de uno de los libros de Dalí para que se los firmara. Allí, ambos descubrieron que compartían la inquietud por buscar beautiful freaks. Antes de despedirse, Dalí sorprendió a Warhol una vez más, obsequiándole una bolsa de plástico con sus paladares usados. Un simbólico gesto que se entendió como la confirmación de su aprecio, y a su vez, como un ritual de sucesión. Un recuerdo que Warhol registró con admiración en sus diarios. Obsesionado como estaba con el concepto del artista presente en la esfera pública, Dalí era un caso fascinante para Warhol. “Sin embargo, no existen pruebas de que Dalí haya estado tan interesado en Warhol. Creo que eso dice mucho de la relación de ambos. Los divide, a su vez. Dalí estaba muy concentrado en sus ideas, el desarrollo de su propuesta; mientras Warhol sabía que estaban sucediendo cosas importantes allá afuera, absorbía, prestaba atención”, subraya el curador Szabłowski.

Dalí dijo que si llegaba a morir, no lo haría del todo. Warhol afirmó que no creía en la muerte, y que no podía decir nada sobre ella porque todavía no estaba preparado. Hoy que se reencuentran en Polonia se han cumplido 113 y 89 de sus aniversarios, respectivamente. Ambos influyen hasta el día de hoy a muchas generaciones de artistas. Fueron absolutamente célebres: amados y odiados mientras vivieron, y lo han sido cada vez más desde sus muertes. Son inmortales.

Continue Reading

Un año más sin Kapuściński: el reportero del siglo XX

Kapuściński en su escritorio en Varsovia (Créditos de la foto: Maciej Zienkiewicz).

Ryszard Kapuściński fue el hombre que hizo célebre su forma de mirar. El escritor y periodista polaco más traducido y publicado del mundo. A una década de su muerte, su obra prevalece más vigente que nunca.

*** La primera versión de este texto fue publicada en Domingo, el suplemento cultural del diario El Comercio, en Lima, Perú, el 10/12/2017.

Kapuściński tenía siete años cuando descubrió la guerra. Era 1939 y deambulaba en un prado cerca de su casa cuando reparó en esos destellos que surcaban el cielo, seguidos de un sonido ensordecedor. El entonces pequeño Rysiek –como le llamaban los amigos, una versión polaca de ‘Ricardito’– no entendía lo que sucedía. Un estruendo desmesurado e inexplicable lo alertaba. Rysiek nunca había escuchado una bomba, ni siquiera estaba al tanto de su existencia.  Contempló azorado cómo, desde el bosque, se levantaba la tierra. Nunca había visto algo semejante, una magia siniestra que lo atraía como a todo niño frente a lo incierto. Cuando se encaminaba hacia esa dirección, alguien lo cogió del hombro, tumbándolo al suelo. Era su madre. “No te muevas —susurró—. Ahí está la muerte”. Así lo contó en su primer libro de reportajes literarios, La jungla polaca.

La guerra marcó para siempre a Kapuściński, quien tradujo esta inquietud persiguiéndola durante toda su vida, en una lucha por comprender las diferencias entre los seres humanos: una búsqueda del ‘Otro’, solía decir. El resultado fue una ingente obra periodística y literaria cuyas ideas guardan todavía una intensa vigencia. Hoy, en el decenio de su fallecimiento –y su octogésimo quinto cumpleaños–, aquel “cronista del tercer mundo” voceado numerosas veces al Nobel de Literatura y ganador del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades el 2003; aquel polémico trotamundos que revolucionó los estándares de la narración periodística, es evocado en su tierra con nostalgia y cotidianidad. ¿Quién fue Ryszard Kapuściński (1932-2007)?

***

Una tarde gris de otoño en el distrito varsoviano de Ochota. Las hojas de los árboles descansan amarillas sobre el asfalto húmedo, tras la lluvia. La niebla invade silente el vasto parque Pole Mokotowskie. No muy lejos de allí, en el número 11 de la calle Prokuratorska se encuentra la casa de Kapu –como muchos lo conocen en Latinoamérica–. Allí reside una pediatra muy paciente llamada Alicja Kapuścińska. Tiene 84 años y ha sido la esposa del escritor por 55. Un lustro luego de volverse la viuda de Kapuściński, confesó a un semanario local que por lo general no siente que su esposo se haya ido para siempre. Hoy, mientras bebe un té en la sala de su casa, rodeada de premios y reconocimientos y de fotografías de su esposo y familia, esa sensación permanece. “Todavía siento que está haciendo un reportaje. Solo han pasado diez años. Siempre vivimos así: él, fuera de casa por largo tiempo; yo, aquí, viendo sus cosas. Pero él siempre volvía… Cincuenta años en los que él estaba viajando. Imagínate. Para mí es lo mismo ahora”.

El timbre de la casa de Kapuściński en Varsovia (Créditos: Diego Olivas Arana).

Alicja esboza una mirada afectuosa y sonríe con frecuencia, mas es de pocas palabras, siempre con un perfecto español, fruto del puñado de años que vivió con su familia en México. Curiosamente, su rostro evoca de alguna forma a su querido Kapuściński: acaso sea la refulgencia de sus ojos, o esa suerte de hexágono que se dibuja en la parte inferior de su rostro al sonreír. Alicja no reza ni enciende velas en nombre de su esposo. Tampoco le habla a su fotografía. Sin embargo, su recuerdo es lo primero que percibe cada mañana. Lo evoca por reflejo: “Solo en ese momento, al despertar, miro al otro lado de la cama. ¿Está durmiendo?, me pregunto y casi en el acto recuerdo que ya no está. Que está viajando”.

***

Darse de bruces contra una cobra egipcia en Tanzania y sobrevivir para cruzar la frontera con Uganda desvariando por la malaria. Desplazarse una semana desde China a Rusia a través del inefable Transiberiano, recorriendo los inhóspitos yermos de Siberia. Acompañar a cinco mineros polacos en un periplo fúnebre al otro extremo del país para retornar a su pueblo natal el cadáver de un compañero muerto en una explosión. ¿Por qué hay que leer a Ryszard Kapuściński, aquel vagabundo políglota que acuñó la frase “para ser buen periodista hay que ser una buena persona”?

Quizá porque no se conformaba con entrevistar a líderes políticos. Kapuściński era un reportero sabueso poseedor de una insondable empatía: podía pasar semanas o meses viviendo en aldeas alejadas o barrios marginales, compenetrándose con las costumbres y pensamientos de la gente –acaso una fusión de la observación participante y el periodismo gonzo–, identificándose y dándole voz a los olvidados. Aquello lo ha convertido en un referente del humanismo y la moral en el quehacer periodístico.

Quizá porque era una criatura indefinible: un viajero licenciado en historia que ejercía el periodismo como un novelista, poeta y ensayista, que además era fotógrafo (su faceta menos conocida) y que en su última etapa destacó como un erudito preocupado por las desigualdades y el racismo, crítico de la globalización y el capitalismo y severamente descreído de los medios de comunicación. Y por último, quizás porque el periodismo que practicaba, cuya maestría en la prosa lo aproximaba más al relato breve, era una propuesta mutante espléndida, a caballo entre crónicas de viaje, autobiografía, ensayo, testimonio, poesía y reportaje.

Ciertamente, Kapuściński concibió una impronta única y experimental que solía palpar la ficción. Evitaba fechas o nombres deliberadamente, atribuyéndoles más valor a la idea que denotaban que a los hechos por sí mismos. “Fue capaz de inventar para hacer una verdad aun más verdadera. Era un gran narrador, pero nunca un mentiroso”, aseguró en su defensa Neal Ascherson, veterano periodista escocés. Además de una mutua admiración, compartió esta pulsión literaria con el Nobel Gabriel García Márquez, quien se dirigía a su colega polaco como ‘Maestro’ y lo invitó a formar parte de su Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Durante el primer taller de crónica que Kapu dictó allí, el 2001 en México, alguien preguntó si era justificable agregar una lágrima a una persona para intensificar el efecto literario. Gabo tomó la palabra. “Por supuesto que sí. Refleja mejor la atmósfera del momento, el estado mental de la persona. ¿Dónde está la traición ahí?” Estallaba el debate cuando mira a Kapu y le pregunta entretenido: “tú también mientes a veces, ¿verdad, Ryszard?”. Su réplica fue una breve y silente sonrisa. Ambos creían que la objetividad conducía a la desinformación.

Por otro lado, no faltaron detractores, como el inglés John Ryle, aclamado antropólogo británico experto en África, quien corroboró diversas inexactitudes y mitificaciones realizadas por Kapu. Argumentaba que El Emperador era más una alegoría del poder comunista en Polonia que un reportaje sobre la Etiopía imperial. “El problema –asevera– es que sus libros se presentan como reportajes reales: no podemos desmerecer su mensaje, su brillantez, sus grandes momentos o su auténtica simpatía por la gente, pero no debemos tomarlo en serio como una guía de la realidad”.

El legendario estudio-buhardilla de Kapu (Créditos: Diego Olivas Arana).

En su monumental biografía sobre Kapuściński, Artur Domosławski coincide en que su obra funciona para comprender los mecanismos del poder en cualquier régimen autocrático. De la misma forma, cuestionó distintos pasajes épicos de la obra de Kapu. Domosławski afirma que Kapuściński carecía de pruebas al narrar que los peces del lago Victoria en Uganda habían crecido anormalmente tras alimentarse con las víctimas de Idi Amin Dada: éstos crecieron simplemente debido a su ingesta de otros peces del Nilo. Kapu se sirvió de esta metáfora para revelar una cruenta verdad. El talento para ‘intensificar la realidad’.

***

La viuda de Kapuściński no está sola esta tarde. Como cada año, su hija ha arribado temporalmente a Varsovia. La artista visual y pintora Rene Maisner conserva el apellido de su primer matrimonio y reside desde hace décadas en Canadá. A sus 64 abriles, parece que el tiempo hubiese acentuado el parecido con su padre: detrás de sus gafas ovaladas, esos ojos pequeños y oscuros comparten aquel destello que los torna casi grises, las cejas arqueadas, la nariz romana y ese rostro que concluye en el hexágono familiar. Hoy es una abuela algo encorvada, mas jovial y veloz. Rene Maisner, la hija de Kapuściński, podría también ser su melliza.

Acaba de retornar de un festival de literatura en Roma, al que asiste anualmente invitada por el Ministerio de Cultura polaco para entregar una premiación en honor a su padre, pero este año fue distinto: el actual gobierno polaco liderado por el partido ultraconservador y católico Ley y Justicia se ha desentendido de la premiación. “Lo mismo está sucediendo con otros artistas o escritores: este gobierno no aprecia a aquellos que lo merecen”, asegura Maisner. La derecha radical polaca no quiere a Kapuściński. Lastimosamente, esa no es la primera traba estatal con la que se topan: también han congelado los planes de Alicja Kapuścińska de convertir la buhardilla en el primer museo oficial sobre su esposo, un proceso que ella ha llevado a cabo por años. “Así funciona este gobierno”, coincide con su hija.

Alicja siempre fue su sostén: era tanto su mánager como la correctora de las primeras versiones de sus libros. Esa devoción no se ha apaciguado, y, acaso como otras viudas literarias, se dedica exclusivamente a preservar la memoria de Rysiek. Desde las constantes visitas de adeptos que buscan conocer el mítico estudio hasta entregar galardones en nombre de su esposo tanto en Polonia como el extranjero, entre ellos el prestigioso Premio de Reportaje Literario Ryszard Kapuściński (con ganadores como el curtido corresponsal de guerra Ed Vulliamy o la Nobel Svetlana Alexievich). Mientras enumera tales actividades irrumpe el teléfono y se levanta del sofá a contestar. “Otra editorial”, comenta con cierto desgano, como quien abre la puerta de la casa y se topa por enésima vez con los vendedores de biblias. Kapuściński le confió su obra inmortal y ella debe protegerla.

Madre e hija se habituaron a tenerlo lejos: durante los sesenta hubo un momento donde dejó de comunicarse por dos años. Fue el máximo periodo de incertidumbre que pasaron: “Estaba perdido en África y nosotras aquí. Eran los tiempos donde no teníamos teléfono, solamente sabíamos de él a través de sus despachos para la Agencia de Prensa Polaca. Iba todos los días a preguntar. Ellos me decían cómo estaba y si estaba con vida”, recuerda Alicja.

Ryszard Kapuściński en Varsovia, 1962 (Créditos de la foto: Janusz Sobolewski/FORUM).

Sería durante otra temporada incierta, años después, que Rysiek retornaría a Varsovia para toparse con una sorpresa. Era 1989 y su padre –recuerda Rene– estaba en Rusia haciendo la reportería para El Imperio. Su madre continúa: “él quería su propia biblioteca, por eso empezamos a construir el estudio. Pronto estaba llena de albañiles, arquitectos y dirigiendo. Él no sabía nada. Cuando volvió subimos hacia la buhardilla y él no quería, estaba cansado, pero fue”. Al llegar, Rysiek quedó atónito, observándolo todo. “¡No me lo imaginaba!”, gritó extasiado, volviendo la mirada hacia su esposa. Ambos sonrieron en silencio, solos en el estudio vacío. Se pasó la tarde transportando sus libros. “Era su templo”, proclama su viuda, con una sonrisa frágil y auténtica. Así fue el primer encuentro de Kapuściński con aquel indecible espacio donde terminaría de escribir su obra.

***

Dentro de un añejo maletín en el estudio de Kapu anidan alrededor de 80 páginas de sus notas. La viuda y la hija aún piensan que estas pueden ser una futura séptima entrega de Lapidarium, aquella miscelánea de reflexiones, relatos o sentimientos que publicó en sus últimos años y cuyo sexto tomo, póstumo, dejó listo antes de que un infarto lo apartara del mundo. Sus tres proyectos pendientes más ambiciosos fueron un libro sobre la historia de Pinsk, su pueblo natal; un retrato de otro gran viajero polaco, el antropólogo Bronisław Malinowski; y acaso el más cercano al resto de su obra, una nueva entrega sobre Sudamérica, que ya llevaba título: Fiesta. En uno de los cuadernos de ese maletín descansa un hermoso pasaje de aquel libro, escrito durante una de sus últimas estancias en nuestras latitudes, en el 2000:

“Lima: en el invierno (nuestro verano), el cielo es de un gris impasible, bajo y plano en las primeras horas del alba; sin nubes, inmóvil y carente de vientos. Más tarde, antes del mediodía, se torna algo más brillante y azulado, pero no en la forma en que las nubes tan solo se dispersan y se alejan, no, es como si cierto proceso químico sucediese en este cielo gris, como si lo grisáceo se fundiera y transformara en azul, para otra vez volverse más gris, más oscuro y devenir en una noche sin estrellas”. Otro de sus apuntes para Fiesta, escrito en el mismo viaje, fue compartido por Domosławski en su biografía: “Como Hitler o Stalin, el líder es una suerte de Dios. Es la mentalidad de los Testigos de Jehová… Abimael Guzmán –el ideólogo de Sendero Luminoso– es un Maoísta. No tiene amor por el Perú, solamente deseos de guerra contra la sociedad peruana”.

Kapuściński junto al teólogo peruano Gustavo Gutiérrez Merino después de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Comunicaciones y Humanidades 2003 (Créditos de la Foto: AFP).

Kapuściński sentía gran interés por el Perú. Estuvo aquí a fines de los sesenta, cuando se enclaustró un mes en un hotel limeño para traducir al polaco el diario del Che Guevara en Bolivia; o en los Andes peruanos en 1970, cuando conversó durante días con granjeros y trabajadores sobre la reforma agraria de Velasco. Su experiencia nómada lo trajo aquí varias veces, mas el tiempo no le alcanzó para adentrarse en nuestra realidad como deseaba.

***

Impoluto, como si Kapu hubiera salido un rato a pasear por el vecindario. Como si el tiempo se hubiese detenido en enero del 2007. La buhardilla de Ryszard Kapuściński es tanto un gabinete de nostalgia como una galería de rarezas. Aquella estancia donde confluyen en solidario desorden el arte y conocimiento humano de miles de libros con recuerdos de toda una vida plasmados en fotos, cartas, postales, cuadernos, libretas de notas y souvenirs. Aquel amplio espacio cuyo techo en pendiente es reforzado por unas vigas de madera colmadas de citas de autores o esquemas para libros. En el escritorio descansa la absurda pila de alrededor de 600 lapiceros que Kapu traía de todo el mundo. Hoy la mayoría carece de tinta, mas la colección sigue creciendo: lectores románticos todavía dejan lapiceros en la tumba de Kapu, en el Cementerio Militar de Powązki.

“Mi papá no tenía un libro favorito”, dice Rene Maisner mientras contempla los estantes. Para ella, su predilección cambiaba con el tiempo. Mann, Baudrillard, Foucault, Brodsky, Auden, Chomsky, Whitman, De Saint-Exupéry o Dostoyevski son algunos de sus nombres más queridos. Sus géneros preferidos siempre fueron la filosofía y la poesía, pero en su etapa final su tendencia iba por el ensayo o reflexión.

Diferentes memorias de autores adornan el templo, como una foto Polaroid en la que aparece cenando entre amigos, donde encierra entre sus brazos a Salman Rushdie; una postal del poeta polaco Edward Stachura desde Nueva York; o una carta de otra paisana y Nobel de Literatura que reza: “Señor Ryszard, estoy bebiendo por su salud. Wisława Szymborska”.

Uno de sus carné de prensa, colgado en la puerta de su estudio (Créditos: Diego Olivas Arana).

El autor de El mundo de hoy escribió sus últimos libros en aquel universo suyo, encerrado en la cima de su hogar, mas tal comodidad no descartaba el desafío. Kapuściński podía pasar semanas conflictuado antes de empezar a escribir, obsesionado por aquella primera línea que, según él, otorgaría el ritmo al resto de la obra, cuenta su hija, y tras hallarla, corría feliz a buscar a su esposa y darle la noticia. Antes de subir al estudio, su madre recordó las tardes enteras que Rysiek pasaba echado en el suelo, la concentración previa a la escritura: “necesitaba mucho silencio: ‘no estoy para nadie’ decía seguido, o desconectaba el teléfono antes de entrar al estudio”. Otro aditivo precedente a la creación era leer como un descosido: el estudio contiene libros de acaso todos los temas posibles y en varios de los siete idiomas que leía y hablaba Kapuściński. Su instrucción fue esencialmente autodidacta: aprendió inglés perdido en India, leyendo a Hemingway; o el español mientras era corresponsal en Sudamérica. Solía jactarse de haber leído al menos cien libros del tema de turno antes de lanzarse a escribir.

Rene Maisner coge la ajada edición en polaco de Historias de Heródoto de Halicarnaso, que acompañó a su padre durante sus primeros viajes y que sería parte esencial de Viajes con Heródoto, su último libro de reportajes. Kapu guardaba gran estima por el griego padre de la historia, a quien él consideraba como su maestro y ‘el primer reportero’. Tras su muerte, Alicja cumpliría un sueño frustrado de su esposo: crear la Fundación Heródoto de Ryszard Kapuściński, que anualmente otorga becas completas de estudios a periodistas jóvenes de toda Polonia. Para Kapu, las ideas y trayectorias de este legendario viajero fueron una inspiración de toda la vida.

Mientras recorre sus páginas llenas de subrayados y anotaciones, Maisner vuelve a regresar en el tiempo. Durante las décadas del setenta y ochenta, conseguir libros en Polonia era casi un deporte. Uno debía cazar las traducciones al polaco de autores foráneos, de escaso tiraje. Su padre gozaba del aprecio de muchos libreros en Varsovia y apoyaba ese tráfico valiente de cultura: ella recuerda haberlo acompañado en ciertas ocasiones a librerías donde recogía libros que no estaban a la venta, guardados bajo el mostrador y conseguidos solo para él. “No era algo corrupto, sino pura camaradería, para conocedores”, sostiene. Si no estaba en Polonia cuando llegaba un libro, se lo guardaban, y en no pocas ocasiones ella lo recogía en su nombre. Los avatares del amor por la palabra escrita.

***

De vuelta a la sala, Maisner encuentra a su madre con la mirada perdida hacia la entrada del balcón. “Se pasaba horas sentado ahí, junto a esos gatos”, cuenta sin apartar la vista. Kapu solía descansar en el balcón contemplando una banda peculiar: uno negro, otro blanco y el último gris. Tres felinos echados sobre el techo del garaje adyacente al balcón. Siempre estaban ahí, cual cuervo de Poe. Fascinado, Rysiek los llamaba por sus colores: hablaba de ellos, les daba leche, los fotografiaba con una de sus cámaras análogas. Tras años de visitas, la misteriosa terna dejó de aparecer sobre el garaje, poco después de que Kapuściński dejara el cuerpo. “Quizá murieron. Él ya no está aquí y los gatos tampoco”, concluye su esposa.

Edición compilatoria de Anagrama, 2019: “Un día más con vida” / “Ébano” / “Los cínicos no sirven para este oficio” / “Viajes con Heródoto”.

Hacia el final de su vida, quizá el reportero del siglo XX reconocía en ellos a algunos personajes de sus primeras crónicas, como ese trío de obreros polacos con los que caminó por kilómetros: errantes sin hogar ni ambición que viajaban de pueblo en pueblo en trabajos de construcción que luego abandonaban, hijos de la crisis de la migración industrial. Criaturas que viven en el margen. Porque aquel fue su mayor interés: hablar de aquellos que ignoramos para explicar problemas universales, ya sea en Varsovia, Lima o Adís Abeba.

Si Kapuściński hubiese presenciado la marcha de los sesenta mil nacionalistas de extrema derecha en el último día de independencia de su patria, clamando por una “Polonia blanca”, se hubiera pronunciado. Si viviese estos tiempos de refugiados, atentados y un peligroso megalómano liderando Estados Unidos, no habría tardado en manifestarse. A través de su obra, Ryszard Kapuściński vivirá eternamente, y su lectura es urgente para intentar comprendernos entre nosotros como seres humanos: nuestras creencias, diferencias y similitudes. Hoy más que nunca.

***

El biógrafo del reportero

El primer libro de Ryszard Kapuściński que leyó Artur Domosławski fue El Emperador, aquel extenso perfil de Haile Selassie, el monarca absoluto de Etiopía. Para muchos, su magnum opus. “Es la mejor ‘novela’ de Kapuściński”, coincide divertido. Para él, la bibliografía de Kapu es maravillosa, pero en última instancia, es más literatura que periodismo. Ryszard Kapuściński, el héroe de sus propios libros, fue también un personaje de ficción.

Domosławski es uno de los periodistas más celebrados de Polonia, y en el 2010 publicó uno de sus más afamados libros, Kapuściński non-fiction: la biografía definitiva de quien fue su amigo y mentor durante sus últimos nueve años de vida. Un título que dio la vuelta al mundo, traducido tantas veces como un libro del mismo Kapu. Maestro y discípulo, personaje y biógrafo, se conocieron a mediados de los años noventa en la redacción de Gazeta Wyborcza, cuando un curioso Kapuściński lo buscó para felicitarlo por un texto. Si bien fue laureada y ovacionada en el exterior, en su país la biografía devino en una polémica nacional: muchos la aclamaron pero no pocos juzgaron su contenido como una ofensa hacia su ídolo. La controversia surgió por las revelaciones sobre las relaciones extramaritales de Kapu –que tuvieron su réplica en un prolongado juicio con Alicja, concluido a fines del 2016 a favor de Domosławski–; el análisis de la nebulosa línea entre la realidad y la ficción en la obra del periodista; y su conexión con los servicios secretos de la entonces República Popular de Polonia.

La última edición polaca de “Kapuściński non-fiction” (Editoral: Wielka Litera, 2017).

“El libro no tiene nada desagradable. Hay etapas o decisiones difíciles en la vida de una persona y se cuentan allí, pero nunca tuve la intención de lastimar a alguien”, confiesa el también viajero y cronista. “Para muchos, Kapu es más un mito que una persona real”, agrega. Y es que la empresa de interpretar a Kapuściński puede ser tan profunda como controversial, como demuestra Domosławski al contemplar su ideología política: “Perteneció al Partido Comunista de Polonia por casi 30 años. Quizá se inició como una faceta de la juventud, pero luego su fe prevalece. Siempre fue un idealista. Uno puede estar en desacuerdo con la Iglesia y seguir siendo católico. Así pensaba él”.

Consecuentemente, esta convicción disparó su carrera profesional: en tiempos de fuertes restricciones comunistas en Polonia, Kapuściński recorrió el mundo como el único corresponsal en el extranjero, colaborando de paso con el espionaje polaco. Pero como sostiene Domosławski, él no actuaba con cinismo, sino como un seguidor de la verdad. Una certidumbre que le dio la oportunidad de escribir títulos inmortales como Un día más con vida o La guerra del fútbol.

Un retrato de alguien es una forma de desmitificarlo, de tratar de entender y representar a una persona en diferentes momentos de su vida. Kapuściński non-fiction es uno poderoso y sincero: no una hagiografía que elevara al autor de Ébano, cual mito, sino una investigación narrativa de largo aliento, que encontró en su entrañable y enigmático protagonista a un ser humano que alcanzó lo extraordinario.

Continue Reading